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67 años después, Cuba sigue siendo una metáfora para Washington

La política estadounidense hacia la isla ya no busca gestionar una realidad, sino cerrar una historia inconclusa convirtiendo el sufrimiento económico y la migración en pruebas morales.

John Maynard Keynes advirtió una vez que “los hombres prácticos, que se creen completamente exentos de cualquier influencia intelectual, suelen ser esclavos de algún economista difunto”. Su tesis no era simplemente que las malas ideas perduran, sino que cuando las ideas se separan de los contextos intelectuales e institucionales que las produjeron, adquieren una autonomía peligrosa. Migran al poder, se simplifican y comienzan a actuar como imperativos morales en lugar de argumentos. La convergencia actual del trumpismo, el conservadurismo del exilio cubanoamericano, vertientes selectas de la economía migratoria, el lenguaje humanitario y los flujos migratorios ilustran este proceso con una claridad inquietante, transformando a Cuba de una sociedad real y compleja en un problema simbólico que demanda un cierre histórico.

Desde la Revolución de 1959, Cuba ha ocupado un lugar singular en la imaginación política estadounidense. El derrocamiento de la dictadura de Batista, respaldada por Estados Unidos, y la rápida alineación de la isla con la Unión Soviética constituyeron no solo el surgimiento de un estado adversario, sino una afrenta permanente a la autoridad hemisférica estadounidense a noventa millas de Florida. 

La invasión de Bahía de Cochinos, la Crisis de los Misiles y décadas de embargo, acción encubierta y aislamiento diplomático fijaron a Cuba como un problema de la Guerra Fría cuya carga simbólica sobrevivió con creces su significado estratégico. Incluso después del colapso de la Unión Soviética, la supervivencia de Cuba siguió siendo para muchos en Washington una anomalía histórica sin resolver. 

El breve proceso de normalización bajo Barack Obama importó precisamente porque rompió con esta lógica al tratar a Cuba como un estado normal. Su reversión bajo Donald Trump, y ahora bajo el Secretario de Estado Marco Rubio en su segundo mandato, ha restaurado una política hacia Cuba organizada en torno a la memoria en lugar de la gestión.

Esa política de la memoria ha sido mediada durante mucho tiempo por la comunidad del exilio cubanoamericano, particularmente en Miami, donde el anticomunismo se endureció hasta convertirse en un régimen ideológico disciplinado. La trayectoria política de Rubio ejemplifica esta estructura. Su retórica no es empírica sino escatológica: el socialismo siempre es inminente, Cuba siempre está al borde del precipicio y la historia demanda perpetuamente una narrativa de redención. 

El segundo mandato de Trump ha suministrado el temperamento de gobierno para esta cosmovisión, marcado por la indiferencia a las normas, la preferencia por el espectáculo y la impaciencia con las restricciones, expresado más dramáticamente en el secuestro de Nicolás Maduro y la incautación efectiva de los activos petroleros de Venezuela.

Dentro de este ecosistema político, el trabajo de George J. Borjas, un economista nacido en Cuba, criado en Estados Unidos y formado en Harvard, adquirió relevancia mucho más allá de su alcance académico original. El argumento central de Borjas, desarrollado a principios de los años 2000 y posteriormente consolidado en su trabajo sobre economía de la inmigración, sostiene que los aumentos en la inmigración poco calificada pueden ejercer presión a la baja sobre los salarios de ciertos trabajadores nativos. Su reanálisis del episodio icónico del éxodo del Mariel, en 2017, fue más allá, argumentando que deprimió los salarios de los trabajadores poco calificados no hispanos en Miami.

Estas conclusiones permanecen profundamente cuestionadas por varios estudios. Incluso el propio Borjas ha reconocido la sensibilidad de sus resultados a los supuestos subyacentes. Sin embargo, una vez traducidas al discurso político, los matices desaparecieron. La restricción migratoria dejó de aparecer como una opción política con compensaciones y en su lugar se convirtió en una necesidad aparente. En el sentido de Keynes, Borjas se convirtió en el arquetípico “economista difunto”: vivo y citado, pero abstraído, con su trabajo funcionando como autorización moral en lugar de argumento empírico.

Lo que une la memoria del exilio de Miami, la econometría de Borjas y la crisis presente de Cuba es un solo circuito político. El anticomunismo de Rubio suministra el guión moral, la economía migratoria de la era Trump suministra la coartada tecnocrática y el poder ejecutivo suministra la capacidad coercitiva. 

A medida que el colapso económico impulsa la migración cubana, el movimiento se reimporta a la política estadounidense como prueba en lugar de consecuencia: evidencia de que el socialismo expulsa y las fronteras deben endurecerse. Los efectos salariales de Borjas, despojados de contestación, se convierten en el puente entre el agravio y la política. La presión produce migración, la migración legitima la restricción y la restricción autoriza más presión. La ruina de Cuba se convierte así no en fracaso sino en mandato.

La historia de Cuba es mucho más ambivalente de lo que permiten las narrativas del exilio. Desde 1959, la Revolución entregó logros sociales genuinos: alfabetización casi universal, esperanza de vida comparable a la de países desarrollados, un sistema de atención primaria de salud ampliamente admirado y una rica vida cultural a pesar de la escasez material. 

Al mismo tiempo, consolidó un estado de partido único, reprimió el pluralismo político, mal asignó recursos y no logró sostener un crecimiento productivo. El embargo estadounidense, aunque insuficiente por sí solo para explicar el fracaso económico, exacerbó las ineficiencias y limitó la adaptación. Después del colapso soviético, Cuba sobrevivió mediante la improvisación, el turismo, las remesas y reformas parciales, sin prosperar ni colapsar.

Ese frágil equilibrio ahora se ha roto. Cuba está experimentando su crisis económica más profunda en décadas, marcada por inflación sostenida por encima del 20%, años sucesivos de contracción del PIB y escasez crónica de alimentos, combustible y medicinas. El turismo, la principal fuente de divisas de la isla, se ha derrumbado bajo el peso combinado de la pandemia, el deterioro de la infraestructura y la incertidumbre prolongada. Durante años, Venezuela subvencionó el sistema energético de Cuba, permitiendo a la isla sostener su balanza de pagos mediante un frágil arbitraje energético externo. 

Con la decapitación del régimen de Maduro y el bloqueo efectivo de los flujos de petróleo venezolano, este salvavidas ha sido abruptamente cortado. Los suministros limitados de México son insuficientes. El resultado han sido apagones en cascada que ahora estructuran la vida cotidiana, paralizando el transporte, la manufactura y la distribución de alimentos. Los analistas señalan que los canales energéticos restantes de Cuba son estrechos y fácilmente interrumpibles, haciendo que un mayor aislamiento sea relativamente de bajo costo para Washington pero económicamente devastador para la isla.

Sin embargo, el colapso económico no ha producido rebelión. El miedo al caos, la violencia y la retribución poscolapso ha reforzado la cohesión de la élite y la pasividad social. La presión endurece al estado en lugar de fracturarlo. Lo que sí produce es migración. Los cubanos se van en lugar de levantarse, y este movimiento cruza un umbral interpretativo crucial. El sufrimiento económico se convierte en urgencia política en el extranjero. En la frontera estadounidense, la causalidad desaparece: las sanciones y el colapso estructural son reemplazados por una narrativa moral de personas “huyendo del comunismo”. La migración se convierte en prueba y la prueba se convierte en mandato.

Aquí el lenguaje humanitario funciona como la bisagra final. Las sanciones suenan punitivas, los embargos agresivos y la invasión imperial, pero la “intervención humanitaria”, los corredores y la estabilización suenan reluctantes y morales. Históricamente, así es como la coerción cruza su umbral retórico final. La migración suministra urgencia, el humanitarismo suministra legitimidad y la fuerza entra sin nombrarse.

Hay dos canciones icónicas cubanas, Veinte años atrás, una habanera de María Teresa Vera —cuyos versos insisten en que el amor que ya ha pasado “no se debe recordar”, pero que aun así exige ser reconocido—, en la que se refleja el título de este artículo, y Quizás, quizás, quizás, de Osvaldo Farrés, que mapean la gramática emocional de una Cuba suspendida entre un contrato social que una vez prometió cuidado, amor y pertenencia y un futuro que no ofrece ni claridad ni respuesta.Keynes advirtió que las ideas escapan de quienes las crean. Aquí vemos algo aún más inquietante: el duelo escapando de su tiempo y migrando hacia la política. La economía se vuelve moral, la migración un mandato y el humanitarismo coerción, no por crueldad singular, sino porque demasiados actores intentan forzar a la historia a resolver una nostalgia sin resolver. Y la historia, como la música popular cubana ha entendido desde hace mucho tiempo, no responde al mando o al ruego, sino al aplazamiento indefinido de una respuesta que nunca termina de llegar: quizás, quizás, quizás

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Investigador asociado en ICAEPA, con sede en Sheffield, Reino Unido. Econmetrista. Consultor de análisis de riesgos, inteligencia empresarial, análisis de la cadena de valor y precios de transferencia.

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