Durante la ceremonia de toma de posesión de Keiko Fujimori como presidenta de Perú, el 28 de julio, hubo protestas en las calles del centro histórico de Lima, varias de ellas encabezadas por Roberto Sánchez, el candidato perdedor de la elección en segunda vuelta. Algunos congresistas de su partido, Juntos por el Perú, pero también de Ahora Nación, ambos de la oposición, abandonaron el hemiciclo, mientras que otros usaron un crespón fúnebre y se pusieron de espaldas mientras Fujimori daba su mensaje a la nación.
En Colombia, Gustavo Petro, presidente saliente, se ha negado a reconocer el triunfo electoral de Abelardo de la Espriella como nuevo presidente, señalando un fraude sin pruebas. Incluso Iván Cepeda, candidato perdedor de su partido, ha reconocido el triunfo. Sin embargo, la negativa de Petro ha penetrado en medios y en la opinión pública, lo que ha afectado a la legitimidad del presidente entrante. ¿Qué implican este tipo de comportamientos? ¿Cuáles son sus efectos para la estabilidad de las democracias?
El consenso del perdedor, un pilar democrático
El consenso del perdedor es un componente central para el funcionamiento de las democracias, sobre todo en los presidencialismos bajo condiciones de competencia justa. En la medida en que los contendientes perdedores reconocen el triunfo de los presidentes electos, complementan la legitimidad de origen que los ganadores obtienen por la mayoría de votos. En Estados Unidos, por ejemplo, existe la práctica del “discurso de concesión” del candidato perdedor ante sus seguidores, y que tiende a estar precedida de una llamada telefónica al candidato ganador. Este es el comportamiento esperado cuando la diferencia entre el ganador y el perdedor es muy amplia, pero a veces cuando los resultados son muy estrechos y el candidato perdedor no acepta la derrota, aparecen escenarios conflictivos.
Evidentemente, la protesta y la no aceptación de los resultados son comprensibles políticamente cuando existen claras evidencias de fraude, como sucedió con las elecciones presidenciales de Venezuela en 2024. Pero cuando no las hay, la ausencia del consenso del perdedor tiende a crear problemas de largo alcance, y en la época contemporánea, es un componente que aumenta la polarización negativa. Existen varios casos de malos perdedores en la historia de las elecciones presidenciales, pero en el siglo XXI los episodios emblemáticos de la falta del consenso del perdedor han pasado de ser meras anécdotas para convertirse en el origen de graves crisis institucionales. Los casos más emblemáticos son México en 2006 con López Obrador, Estados Unidos con Donald Trump en 2020-2021 y Brasil con Jair Bolsonaro en 2022-2023.
De México al asalto del Capitolio
López Obrador perdió las elecciones presidenciales del 2 de julio de 2006 frente a Felipe Calderón con una diferencia de apenas un 0,56%. No aceptó la derrota y enarboló la bandera del fraude: por casi un mes y medio su partido y sus seguidores tomaron el Zócalo y una de las principales avenidas de la Ciudad de México como forma de presión a las autoridades electorales. El cénit del desconocimiento de los resultados llegó el 20 de noviembre, cuando montó una toma de protesta como “presidente legítimo” ante sus seguidores en el mismo Zócalo, portando incluso una banda presidencial y designando a un gabinete. Si bien las movilizaciones que encabezó no fueron violentas, sí generaron descontento social, y a la larga impulsaron reformas legales que restringieron la influencia del poder ejecutivo en las elecciones, que paradójicamente, ya como presidente entre 2018 y 2024, él mismo no respetó.
Donald Trump no reconoció el triunfo de Joe Biden en las elecciones presidenciales estadounidenses del 3 de noviembre de 2020, a pesar de que el resultado era superior al 4% del voto popular y 74 votos del Colegio Electoral. La no aceptación de los resultados continuó en las siguientes semanas, y culminó con un incendiario discurso de Trump que provocó que sus seguidores asaltaran el Capitolio el 6 de enero de 2021 mientras se verificaba la mayoría de los votos electorales favorables a Biden. El resultado fueron al menos 5 muertes, cientos de heridos y el aumento de la polarización extrema que aún persiste en la política estadounidense.
Similar fue el asalto a la plaza de los Tres Poderes en Brasilia el 8 de enero de 2023 producto de la no aceptación, por parte de Bolsonaro, de los resultados de las elecciones presidenciales de octubre de 2022, que le dieron el triunfo a Luis Inácio Lula Da Silva. Las protestas derivaron en actos de vandalismo y más 1.500 detenidos.
Los efectos duraderos del desconocimiento electoral
Si bien los tres casos se resolvieron finalmente por la vía institucional, sus efectos perduran en la dinámica política de estos países. También habría que agregar el caso de Bolivia, con Evo Morales en 2019, cuya elección fraudulenta desató hechos de violencia a lo largo del país. El fraude se confeccionó desde 2016, cuando la ciudadanía rechazó en un referéndum la reelección de Morales, pero posteriormente el Tribunal Constitucional, cooptado por su movimiento, le permitió presentarse de nuevo a las elecciones. Cuando en 2019 el órgano electoral igualmente cooptado decidió otorgarle el triunfo, la polarización terminó desencadenando movilizaciones que dejaron cientos de heridos y algunos muertos en Sacaba y Senkata.
La aceptación de la derrota fomenta una política de cooperación y disminuye la polarización. Cuando está ausente el “consenso del perdedor”, los mecanismos formales pueden contener sus efectos negativos, pero si dicha ausencia se desarrolla bajo contextos institucionales debilitados y una elevada polarización —que tiende a aumentar durante las campañas electorales—, entonces se convierte en el mecanismo que puede activar la violencia postelectoral.
Liderazgos personalistas y partidos debilitados
En los casos reseñados, quienes no aceptaron la derrota eran presidentes en el cargo, con excepción de López Obrador. Surgieron y lideran movimientos políticos poco estructurados, sin ideología clara y por lo tanto fácilmente manipulables por medio del discurso; este control les permite operar directamente sobre sus acciones, y por ello son responsables de las consecuencias negativas para la estabilidad de las democracias.
Los partidos “tradicionales” difícilmente pueden impedir está dinámica, como sucedió con el Partido Republicano en Estados Unidos, o son tan débiles institucionalmente que solo operan bajo una lógica vertical según la que importan más los deseos del líder que la preservación de los principios de la democracia, como sucedió con el MAS en Bolivia, el Partido Liberal en Brasil o el ya extinto Partido de la Revolución Democrática en México.
El consenso del perdedor es una condición necesaria, no solo para la legitimidad de los nuevos gobernantes sino también para la estabilidad de los sistemas políticos y la continuidad de la democracia. Por lo tanto, debe ser una preocupación también de la ciudadanía y no solo de las clases políticas.










