Nunca se habló tanto del Sur Global. China reivindica su pertenencia a pesar de ser la segunda economía del mundo; India aspira a convertirse en una de sus voces; Brasil lo ha incorporado a su discurso internacional y los BRICS hacen de esa identidad una parte creciente de su narrativa. Sin embargo, nadie puede establecer con precisión dónde empieza y dónde termina.
¿Estamos frente a un nuevo actor internacional o frente a una categoría que cataliza transformaciones reales del poder mundial? El experto Juan Agulló, coordinador del Diploma Superior en Geopolítica de CLACSO, propone una reivindicación del concepto: tampoco “Occidente” tiene fronteras estables y eso no impide utilizarlo como categoría geopolítica. El Sur Global, sostiene, es una categoría “definitivamente evolutiva”, con una genealogía que pasa por los No Alineados, el G77 y los debates sobre centro y periferia. La imprecisión, por lo tanto, no volvería inútil al concepto.

Que el Sur Global pueda funcionar como categoría analítica no lo convierte en actor político monolítico. Los países comprendidos bajo esa denominación tienen regímenes diferentes, niveles de desarrollo extraordinariamente desiguales e intereses económicos y estratégicos que muchas veces chocan entre sí. Sin embargo, varios de sus principales integrantes compiten por representar esa identidad.
El concepto del Sur Global precede largamente al ascenso de China, pero Beijing tiene un interés evidente en consolidarlo como identidad política y se define como parte de él. India, por su parte, ha organizado sucesivas cumbres bajo el nombre Voice of Global South, mientras el Brasil de Lula también incorpora esa identidad a su proyección internacional como una potencia intermedia, representante del Sur Global desde Occidente.
La paradoja es evidente: quienes pretenden representar al Sur Global también compiten entre sí por mercados, inversiones, tecnología e influencia. Más allá de las dificultades de la categoría, hay transformaciones materiales que ayudan a explicar por qué ha adquirido tanta relevancia.
El regreso de la materialidad
Durante las décadas de globalización se instaló cierta ilusión de que la distancia, las fronteras y la localización de los recursos habían perdido importancia relativa. Las recientes guerras calientes, las sanciones, la competencia entre Estados Unidos y China, y la vulnerabilidad de las cadenas de suministro nos obligaron a volver a mirar el mapa: Suez, Malaca, Panamá, el Mar Rojo o el Mar Negro vuelven a formar parte de la conversación. La globalización no eliminó la geografía, más bien construyó una enorme infraestructura que depende de ella.
Las materias primas también regresaron a los Excels de las empresas y a la planificación de las cuentas públicas. Petróleo y gas continúan siendo estratégicos, pero la electrificación y la digitalización aumentaron la importancia del litio, cobre, níquel, cobalto, grafito y tierras raras.
Una proporción considerable de las reservas y la producción de minerales críticos se concentra en países en desarrollo. Existe sin embargo una diferencia cualitativa entre poseer esos recursos y controlar las cadenas de valor. China ocupa posiciones dominantes y de escala en el refinado y procesamiento de numerosos minerales estratégicos, y es precisamente allí donde el recurso se convierte en capacidad industrial y tecnológica.
Según Mónica Bruckmann, co-coordinadora del Diploma Superior en Geopolítica de CLACSO, “hay elementos subjetivos abstractos que están cambiando: la cartografía es también una expresión de poder. Los mapas que durante siglos colocaron al Atlántico Norte en el centro empiezan a convivir con representaciones en las que el Índico y el Pacífico ocupan una posición central”.
Mientras que Agulló introduce una precisión importante sobre la geografía: recuperarla no significa regresar al determinismo de la vieja geopolítica: “La materialidad del siglo XXI está constituida también por puertos de aguas profundas, carreteras, redes eléctricas, internet y cadenas globales de valor”. El territorio importa, pero también aquello que permite conectarlo, explotarlo, procesarlo y convertirlo en capacidad económica.
Algunos territorios empiezan incluso a adquirir valor, no sólo por aquello que producen hoy, sino por lo que preservan para un futuro más incierto: agua, biodiversidad, capacidad alimentaria, minerales o energía. Una suerte de “Arca de Noé” geopolítica.
La paradoja latinoamericana
América Latina posee una extraordinaria dotación de recursos necesarios para la transición energética y la economía digital, y sin embargo en general se queda atascada en los primeros eslabones de muchas cadenas productivas. Tener algo que el mundo demande no significa necesariamente ser parte del círculo decisorio de las reglas del juego internacional. Bruckmann lo plantea como una paradoja: “China representa una gran oportunidad que nosotros estamos dejando pasar, porque, en gran medida, continuamos pensando en la lógica primario exportadora, que fue la lógica que se impuso desde el inicio de la colonia, y de la cual todavía no nos hemos liberado”.
La cuestión, entonces, no es solamente quién posee el litio, el cobre o las tierras raras, sino también quién dispone capacidad para transformarlos y capturar mayor valor. “Es indispensable tener planes estratégicos y políticas concretas para llevar adelante esos planes”, sostiene Bruckmann, y cita el caso de Indonesia, que restringió la exportación de mineral de níquel sin procesar como parte de una estrategia de downstreaming destinado a impulsar el refinado y la manufactura para capturar mayor valor localmente. La política generó un conflicto comercial con la Unión Europea y fue cuestionada ante la Organización Mundial del Comercio, pero muestra algo fundamental: poseer un recurso y utilizarlo como instrumento de política industrial son dos cosas diferentes.
Más opciones, ¿mayor autonomía?
El ascenso de China (y el dinamismo de India) ha introducido otra transformación. Para muchos países que durante décadas dependieron de un número reducido de mercados, proveedores tecnológicos y fuentes de financiamiento, el mapa de alternativas se ve ampliado. A los vínculos tradicionales con Estados Unidos y Europa se suman hoy China y otros actores asiáticos, nuevos mecanismos de financiamiento y distintos espacios de cooperación. El resultado es un sistema con más interlocutores y potencialmente mayores posibilidades de elección.
Agulló encuentra en los BRICS una manifestación particularmente interesante de esta nueva configuración, que resume con una provocación: “los BRICS no son la Unión Soviética”, ya que sus integrantes mantienen intereses distintos y en ocasiones contrapuestos. India y China compiten; productores y consumidores de energía persiguen objetivos diferentes, y sus relaciones con Estados Unidos tampoco son equivalentes. Sin embargo, esas divergencias no impiden acuerdos puntuales: India coopera con China dentro de los BRICS mientras, al mismo tiempo, integra el Quad junto con Estados Unidos, Japón y Australia.
Quizás allí haya una transformación importante respecto de la lógica de la Guerra Fría. La autonomía ya no tendría necesariamente que significar no alinearse con nadie. Puede consistir en alinearse selectivamente con diferentes actores según intereses concretos.
Pero incluso el multi-alineamiento tiene límites: a medida que una decisión se acerca al núcleo de los intereses estratégicos de una gran potencia, el margen de autonomía puede estrecharse velozmente. La reciente controversia entre Estados Unidos y CALF, la distribuidora de energía eléctrica más grande de la Patagonia argentina, ofrece una pequeña muestra. La cooperativa denunció presiones estadounidenses ante la posibilidad de contratar tecnología de Huawei para infraestructura tecnológica en una región particularmente sensible por su proximidad a Vaca Muerta. Washington considera a la compañía china una amenaza para su seguridad nacional.
Las pugnas entre China y Estados Unidos dibujan líneas rojas que, por ahora, tiene alto costo pisar. El episodio llama a cautela: contar más proveedores, inversores y socios aumenta las alternativas, pero no necesariamente elimina las jerarquías.










