La ex primera dama Michelle Bolsonaro fue elegida senadora por el Distrito Federal el 4 de octubre en su primera aventura electoral, decisión que justificó como “la misión que mi marido me confió”. La frase encaja en una explicación conocida, la de la esposa que compite por encargo del expresidente, en este caso Jair Bolsonaro (2019-2023). Nuestra investigación sobre primeras damas latinoamericanas muestra que esa lectura es incompleta y que ellas son parte de la élite política. Aunque Michelle aprovecha el apellido familiar, su triunfo permite examinar su capital político propio, lo cual le permitirá moldear el bolsonarismo, especialmente si su hijastro Flávio gana la presidencia en la segunda ronda de las presidenciales el próximo 25 de octubre, donde enfrentará al incumbente Lula Da Silva (2003-2011, 2023-).
Michelle no está sola. Entre 1999 y 2026, 21 ex primeras damas latinoamericanas se presentaron 35 veces a la presidencia, la vicepresidencia o el Congreso, y ganaron en 24 ocasiones. Algo interesante es que han ganado en todas las legislativas; 15 veces, contando los recientes comicios. Ese dato sugiere que la experiencia en el palacio presidencial ofrece una ventaja electoral abrumadora, incluso para quienes no han competido electoralmente.

Herencia política y carrera propia
Para explicar estas candidaturas, la prensa y analistas suelen hablar de esposas que gobiernan por encargo. Y, si bien la delegación existe en casos puntuales, esta no explica quiénes compiten ni cuándo lo hacen.
En un estudio previo, analizamos a las 90 ex primeras damas que podían competir en 18 países latinoamericanos entre 1999 y 2016. Encontramos que quienes tenían experiencia electoral antes de llegar al Ejecutivo tienden a usar el rol como trampolín para continuar sus carreras. Para estas mujeres, la probabilidad de competir por un cargo nacional alcanza el 70%, y sube al 86% en la primera elección después de dejar el gobierno. La popularidad del presidente saliente, en cambio, no explica cuándo se presentan sus esposas. Los datos apuntan a otras variables, entre ellas su participación en políticas públicas.
Precisamente, aunque Michelle llegó al Palácio da Alvorada sin experiencia electoral, sí tuvo participación en políticas públicas desde el Ejecutivo. Ella ejerció el rol de primera dama como una institución informal al servicio del proyecto político de su marido, pero construyó dentro de él un espacio propio. Hizo de la discapacidad, las enfermedades raras y el voluntariado sus principales banderas y presidió Pátria Voluntária, un programa gubernamental que articulaba al Estado, organizaciones sociales y sector privado para ayudar a poblaciones vulnerables. Ese espacio le permitió ganar visibilidad, construir redes y reforzar sus vínculos con sectores evangélicos y femeninos.
En nuestro estudio, quienes diseñan o dirigen programas públicos también tienen más probabilidades de convertirse después en candidatas. Y esto no es una actividad excepcional ya que en nuestra muestra tres de cada cuatro primeras damas diseñaron, dirigieron o administraron programas públicos. Esto sugiere una paradoja democrática. Una posición basada en una relación romántica y sin mandato electoral propio suele dar acceso a recursos, visibilidad y capacidad de desarrollar una agenda política propia. Y como el rol de primera dama suele no existir formalmente, los controles sobre los programas y sus presupuestos donde participan brillan por su ausencia.
Al lanzar su campaña a senadora, Michelle dijo que, si ya había actuado a favor de los brasileños como primera dama sin haber sido elegida, podría hacer más con un mandato. Es decir, presentó su paso por el palacio como una credencial para llegar al Senado.
Su perfil también se formó en la relación con los seguidores de Jair. En gobiernos populistas, las primeras damas pueden actuar como lo que llamamos amplificadoras mediadoras, es decir, traducen el mensaje del líder a un registro emocional, moral y religioso. Michelle desempeñó ese papel, reforzando el vínculo con el electorado evangélico y buscando ampliar el apoyo entre las mujeres. Un análisis publicado en 2020 describía cómo Michelle matizaba la débil agenda social del gobierno y servía de contrapunto a los arrebatos de los hijos del presidente.
La disputa por la herencia del bolsonarismo
Según relató Michelle en junio, su hijastro Flávio le reprochó por teléfono que no entendía nada de política. El episodio expuso una disputa por su lugar en el movimiento. Ella dejó la presidencia del PL Mulher, invocando la necesidad de cuidar a su marido y a su hija, aunque después retomó su candidatura al Senado. El lenguaje del cuidado de los suyos le permitió mantener su capital político propio.
Las dinastías políticas concentran oportunidades electorales en pocas familias, y esta elección lo mostró con claridad. Flávio pasó a la segunda vuelta presidencial como el candidato más votado, Michelle y su hijastro Carlos ganaron escaños en el Senado, mientras que su hijastro Jair Renan y Renato, hermano del expresidente, llegarán a la Cámara de Diputados.
La situación de los Bolsonaros es un reflejo de los Fujimori en Perú. El capital político del expresidente peruano Alberto Fujimori (1990-2000) alimentó luego las carreras de su exesposa y legisladora Susana Higuchi, y sus hijos Kenji, excongresista, y Keiko, ex primera dama y presidenta desde julio.
Si bien ser un heredero del bolsonarismo o el fujimorismo abre las puertas electorales, también abre disputas por el liderazgo. Michelle Bolsonaro cruza con esta elección un umbral importante. El reciente resultado le confiere a ella por primera vez un mandato propio y, si su hijastro gana la presidencia, nadie como ella podrá reclamar una ascendencia sobre el presidente desde el legislativo. No es poco.











