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Los errores de Petro

El fracaso de Petro no se explica solo por la derrota electoral, sino por un gobierno marcado por la soberbia, la inestabilidad y la incapacidad de convertir sus grandes promesas en políticas públicas duraderas.

El 21 de junio Colombia se sumó al grupo de países que en el último bienio han girado a la derecha en Latinoamérica. El candidato outsider Abelardo de la Espriella se convirtió en presidente de la república y asumió el poder por los siguientes cuatro años. Más allá de analizar la cuestionada campaña de la izquierda e Iván Cepeda, o de estudiar el impacto de las redes sociales y los discursos simples en la nueva era, nuestro deseo es centrar los ojos en el gobierno que se fue y comprender qué llevó al fracaso de la primera apuesta de izquierda en la historia contemporánea de Colombia.

Un “Aureliano” perdido en su palacio

El coronel Aureliano Buendía es uno de los personajes icónicos del único premio Nobel de Literatura colombiano, Gabriel García Márquez. Se trata del revolucionario hijo de José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, que se fue a combatir contra los gobiernos conservadores y sobre quien su madre reflexionaba: “Vislumbró que no había hecho tantas guerras por idealismo como todo el mundo creía, ni había renunciado por cansancio a la victoria inminente, como todo el mundo creía, sino que había ganado y perdido por el mismo motivo, por pura y pecaminosa soberbia”. En dos calificativos: incapaz de amar y soberbio.

Es paradójico trazar un perfil del personaje de fantasía que se convirtió en espejo del mandatario colombiano saliente. Gustavo Petro convirtió al coronel Buendía en una especie de ícono constante y referente propio, en parte porque se sabe que era el alias que el hoy mandatario usó en su paso por la guerrilla del M-19. También llama la atención que, así como el militar macondiano terminó sus días haciendo y rehaciendo pescaditos de oro en la soledad de su taller, el presidente saliente haya terminado de forma similar: encerrado en su soledad posteando de madrugada conspiraciones hilarantes y denuncias de fraude que pocos respaldan. En palabras de una periodista reconocida: incapaz y soberbio.

Gustavo Petro Urrego, un experimentado político que había pasado de la clandestinidad a la vida política siendo concejal, representante en la Cámara, senador y alcalde mayor de Bogotá, alcanzó la presidencia de Colombia en junio de 2022 enfrentándose al fallecido exalcalde de Bucaramanga Rodolfo Hernández. Era un hecho realmente histórico: Petro era el primer presidente con un proyecto abiertamente disruptivo desde 1934, cuando Alfonso López Pumarejo llegó al poder por primera vez. Lideraba la propuesta de izquierda más sólida en un país históricamente gobernado por elites de unas pocas familias, la mayoría de ellas afincadas en Bogotá.

Tan pronto se posesionó, instaló un gabinete que incluía tecnócratas experimentados de centro, activistas respetados en el ámbito de la izquierda y nuevos referentes en sus campos que auguraban un buen gobierno. Sin embargo, la concordia duró poco: apenas un par de meses después, se rompió la coalición de gobierno ante fracturas ideológicas en el contenido de las reformas sociales que impulsaba el gobierno. Tras esto, lo que vino fue una sucesión interminable de ministros sin parangón en la historia política reciente del país. Muchos de ellos fueron despedidos intempestivamente y en malos términos, lo que conllevaba que las semanas siguientes las mesas de análisis de las radios matutinas narraran con especial embeleso las rupturas internas del poder.

¿Estaban los medios tradicionales en una campaña abierta contra el gobierno? Sí. Por lo menos mayoritariamente. Debemos aceptarlo. Sin embargo, no tuvieron que esforzarse demasiado. Periódicamente el gobierno brindaba argumentos y temas. Hubo escándalos de corrupción y conflictos de intereses que involucraron al hijo y al hermano del mandatario. Lo anterior se sumó a una serie de decisiones institucionales en torno a la transmisión en cadena nacional de los consejos de ministros: eternos concilios que no tenían nada que envidiar a las series de moda y que incluían funcionarios evitando el sueño, acusaciones y grandes soliloquios que hablaban de lo divino y lo humano, pero que en pocas ocasiones trataban temas eminentemente técnicos.

Ahora bien, hay otros temas que vale la pena estudiar. Petro se rindió al mismo hechizo que posee a la historia republicana de Colombia: el fetiche legislativo. Mientras otros mandatarios de izquierda en Latinoamérica inauguraron sus ciclos de poder con inversiones en infraestructura, grandes despliegues de acción social directa del Estado o apostando por el pago de la deuda externa, desde el primer minuto el gobierno Petro se obsesionó con tres grandes reformas legislativas: sanitaria, pensional y laboral, de las que por solo pudo sacar adelante la laboral.

Al desfile interminable de ministros se sumó una ruptura profunda entre Petro y la vicepresidenta Francia Márquez. El gran proyecto de la líder afrocolombiana, el ministerio de la Igualdad, fracasó estrepitosamente por una serie de fallos administrativos que provocaron su cierre, lo que conllevó una crisis de funcionamiento y ninguna política real perdurable en el tiempo.

Mientras tanto, en un país profundamente violento y lleno de mitos que pueblan su idiosincrasia —por ejemplo, el ser portadores del español mejor hablado del mundo—, el mandatario decidió convertir su discurso en una especie de conjuro mágico que acompañase su soledad. Unos largos monólogos que no llegaban a ninguna parte y un perfil en X que se convirtió en muro de lamentaciones de un hombre que gobernaba poco pero que hablaba y escribía mucho fueron creando una realidad alternativa donde el mandatario era amado y respetado por una inmensa mayoría que confiaba en el porvenir de su proyecto de nación.

Mientras tanto, una profunda inconformidad se acumulaba en las promesas que nunca se materializaron: la política de negociación de paz con grupos armados resultó ser un fracaso, el tren elevado bioceánico nunca salió del post de X y los escándalos personales y choques institucionales del mandatario crearon el preludio para la llegada de una nueva derecha al poder.

El sucesor como chivo expiatorio

La oposición obtuvo casi la mitad de los votos válidos. Ahora bien, es claro que la izquierda se ha consolidado en Colombia y está lejos de volver a ser una fuerza marginal como en los tiempos del bipartidismo. Con todo, culpar totalmente de la derrota al candidato Iván Cepeda es obviar que una elección democrática también representa un referéndum del éxito del gobierno saliente. El petrismo no perdió por 250.000 votos. Una mirada más amplia implica entender el voto en blanco, constituido por muchos votantes de tercerías que no se sintieron convocados a una unión excepcional tras casi un cuatrienio de divisiones y discursos de fragmentación. Y, por supuesto, también implica analizar el amplio porcentaje de abstencionismo (que, aunque ha descendido, sigue siendo alto en un país que se ufana de ser la democracia más antigua de Latinoamérica). El soliloquio eterno fue incapaz de enamorar a una población con bajo involucramiento político y con preocupaciones en materia de seguridad y en el plano económico.

Probablemente haya mucho que decir sobre los errores de la campaña de Cepeda. Sin embargo, valdría más la pena mirar hacia el sur y encontrar paralelismos. Si en Argentina Javier Milei permanece fuerte, pese a la crisis económica, es precisamente por la incapacidad de la izquierda para la autocrítica: mientras buena parte de la oposición persista en creer en el hechizo kirchnerista, alegar persecuciones y apedrear a cualquier figura emergente, deberán acostumbrarse a ser eso: oposición.

Si la izquierda colombiana pretende erigir a Petro como el gran referente de sus ideas ignorando su misoginia, la ausencia de políticas públicas para las comunidades diversas y su incapacidad para condenar los totalitarismos de izquierda, quizá lo mejor es que se acostumbre a tener un destino triste: permanecer encerrados en un taller forjando pescaditos de oro para luego volverlos a fundir y volver a empezar.

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"Abogado, periodista y profesor universitario. Docente adscrito a la carrera de Ciencia Política y Gobierno de la Fundación Universitaria Los Libertadores. Consultor e investigador. Máster en Periodismo de la Universitat de Barcelona / Columbia University.

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