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Keiko Fujimori: dinastía, derrotas, ¿y destino?

Entre la herencia del fujimorismo y la crisis crónica del sistema político peruano, Keiko Fujimori vuelve a apostar por la presidencia como símbolo de continuidad, experiencia y polarización.

La sombra del padre ya no la cubre. Keiko encara la segunda vuelta presidencial de Perú por cuarta vez, pero la primera ocasión sin su padre vivo, el ex presidente (1990-2000) y sepulturero de la democracia peruana, Alberto Fujimori. En las elecciones generales del 12 de abril, la líder conservadora del partido Fuerza Popular obtuvo el 17% de los votos, un 5% más que el segundo, el centroizquierdista Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú. Quizás la figura política más polarizante del país, Keiko buscará persuadir a los peruanos en la segunda vuelta del 7 de junio que, tras tanto experimento presidencial fallido, esta vez podrían valorar su experiencia política. De ganar, se sumaría así a la reciente tendencia a elegir gobiernos conservadores en los vecinos Ecuador, Bolivia y Chile.

Y es que el contexto electoral peruano ha cambiado mucho desde que Keiko se lanzó por primera vez a la presidencia en 2011, con sólo 36 años, aunque ya había sido primera dama entre 1994 y 2000 y congresista entre 2006 y 2011.

¿Destino?

La figura de Keiko se puede ver realzada esta vez debido a que podría representar experiencia y estabilidad en un contexto donde los enfrentamientos entre los poderes ejecutivo y legislativo han llevado a sucesivos reemplazos presidenciales mediante destituciones, votos de censura y renuncias. Los frecuentes escándalos de corrupción presidencial y la debilidad institucional de los partidos en un Congreso altamente fragmentado han mantenido un ciclo de inestabilidad, en el que en la Casa de Pizarro han jugado a las sillitas musicales 8 presidentes desde 2018.

Pedro Pablo Kuczynski, quien apenas derrotó a Keiko en las elecciones de 2016, renunció en marzo de 2018 anticipando su expulsión por parte del congreso, acusado de corrupción. El legislativo aprobó luego la vacancia del sucesor de Kuczynski, Martín Vizcarra, en 2020 por “permanente incapacidad moral”. El sucesor, Manuel Merino, duró menos que un suspiro limeño al renunciar tras cinco días en la presidencia debido a protestas masivas en su contra. Francisco Sagasti logró luego sobrevivir 8 meses para concluir el período constitucional de Kuczynski (2016-2021). Keiko entonces volvió a la carrera en 2021, pero la perdió en segunda vuelta ante el entonces poco conocido Pedro Castillo. Sin embargo, Castillo se desmoronó pronto, cuando el congreso lo removió en 2022 por un fallido autogolpe de Estado. Lo sucederían sin éxito Dina Boluarte (2022-2025) y José Jeri (2025-2026), ambos removidos por el congreso. Fujimori o Sánchez sucederán a José María Balcázar, quien asumió en febrero de este año.  

Keiko tiene débiles credenciales democráticas; aún honra con orgullo a su padre dictador, ha usado su influencia legislativa para obstruir al Ejecutivo, ha acusado fraude en las derrotas electorales sin contar con pruebas sólidas, y ha enfrentado cargos legales por lavado de activos y organización criminal. Sin embargo, políticamente ha sostenido un liderazgo fuerte en el tiempo y también ha sabido navegar situaciones difíciles, incluso dentro del fujimorismo. 

Independiente del resultado, Keiko encarna dos vías efectivas hacia el poder político en América Latina: la herencia dinástica y la emergencia de ex primeras damas como políticas exitosas. Ella ilustra cómo las redes informales y los lazos familiares perpetúan el poder dinástico en democracias frágiles con partidos débiles. Perú tiene numerosos partidos pequeños y subinstitucionalizados. En ese contexto, los votantes recurren al reconocimiento como atajo: los apellidos reemplazan a las plataformas y las personalidades se imponen sobre la ideología. Los vínculos dinásticos proporcionan una base política ya constituida.

Dinastía

Alberto introdujo a Keiko en la política cuando la nombró primera dama de Perú con apenas 19 años. El nombramiento se produjo después del divorcio de Fujimori de Susana Higuchi, quien lo acusó de ordenar a agentes de inteligencia que la torturaran. Keiko ocupó el cargo hasta que su padre huyó a Japón en 2000 para evitar cargos de corrupción.

Una vez que Alberto dejó Perú, Keiko heredó el liderazgo del fujimorismo, el movimiento populista de derecha construido en torno a su padre y encarnado en el partido Fuerza Popular, que ella ha liderado desde su formación.

Keiko ha construido su carrera ligada a la imagen de su padre. El día de la elección, visitó las tumbas de sus padres antes de votar como clara señal de continuismo. Dentro del fujimorismo, se enfrentó a su hermano Kenji, uno de los congresistas más votados entre 2011 y 2018, quien rompió con Fuerza Popular para impedir la destitución presidencial de Kuczynski. Como represalia por la rebeldía, Fuerza Popular difundió videos que parecían mostrar a Kenji comprando votos, lo que llevó al colapso de su carrera política. Otros miembros de la familia Fujimori también han sido legisladores, incluida Susana Higuchi (2000–2006) y Santiago, hermano de Alberto (2006–2011). Entre todos han consolidado a los Fujimori como la dinastía política más influyente de Perú.

Las dinastías no son infrecuentes en América Latina. En Colombia, dos Pastrana y dos familias López produjeron presidentes con una generación de distancia. Uruguay tuvo cuatro Batlle en dos generaciones. El presidente de Guatemala, Bernardo Arévalo, es hijo del expresidente Juan José Arévalo. En Venezuela, la presidenta encargada Delcy Rodríguez encabeza el Ejecutivo mientras su hermano Jorge preside la Asamblea Nacional.

Esta tendencia se ha extendido recientemente a ex primeras damas como Keiko. Nuestra investigación muestra que, entre 1999 y 2026, veinte ex primeras damas compitieron por cargos públicos 34 veces en América Latina y fueron elegidas en 23 ocasiones. Doce de esas candidaturas ocurrieron solo en los últimos diez años. Cuando las ex primeras damas compiten por el Congreso, ganan siempre: 14 intentos, 14 victorias, incluida Keiko.

La aparición de primeras damas como candidatas no debería sorprendernos. A menudo actúan como las asesoras más cercanas del presidente, con acceso a información que nunca llega al gabinete. Influyen en políticas públicas, representan al Estado en foros internacionales y coordinan acciones entre ministerios, todo ello sin ocupar un cargo electo ni enfrentar supervisión formal. El papel de primera dama ofrece visibilidad y acceso a la toma de decisiones sin rendición de cuentas. Estas ventajas reducen las barreras para los miembros de familias dinásticas, mientras las elevan para todos los demás, restringiendo la representación y empujando la democracia hacia un patrimonialismo blando.En un estudio de 88 primeras damas en 18 países latinoamericanos entre 1990 y 2016, encontramos que el 75% participó en el diseño, dirección o administración de programas públicos. La presidencia ha resultado más difícil, con solo 3 victorias en 11 intentos. Cristina Fernández lo logró dos veces en Argentina y Xiomara Castro, de Honduras, fue la última en ganar, en 2021. Keiko podría ser la próxima.

Autor

Otros artículos del autor

Profesor asistente de Ciencia Política en la Universidad Carnegie Mellon. Especializado en comportamiento presidencial y en el estudio comparado de las instituciones políticas en América Latina. Más información en www.ignacioarana.org

Doctora en Ciencia Política. Investigadora asociada en el GIGA Institute for Latin American Studies en Alemania e integrante de la Red de Politólogas. Su investigación se centra en las primeras damas, las élites, el poder ejecutivo, las relaciones ejecutivo-legislativo y las mujeres en la política en América Latina.

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