Colombia entre la esperanza y las expectativa por un cambio

La reciente posesión de Gustavo Petro como presidente de Colombia, se desmarcó de la de sus antecesores y estuvo llena de símbolos que representan el cambio que implica el ascenso del primer presidente de izquierda en el país. Un presidente que alcanzó el gobierno sin el apoyo de las clases políticas tradicionales. El discurso estuvo en gran parte dirigido a las bases sociales que le votaron, y que durante la ceremonia, llenaron la Plaza de Bolívar y muchas otras del país.

Durante la posesión, la referencia a las mayorías excluidas en uno de los países más desiguales de América Latina, fue evidente. Además de los tradicionales saludos a altos funcionarios, jefes de Estado y representaciones diplomáticas, Petro mencionó los nombres de ciudadanos que conoció durante la campaña saludando especialmente a un pescador, una líder juvenil, una vendedora ambulante, un silletero, un cafetero y una barrendera.

La vicepresidenta, Francia Márquez, primera mujer negra en llegar a ese cargo, también  tuvo gestos simbólicos en el juramento al tomar posesión, pues además de hacerlo ante Dios y el pueblo colombiano como es tradición, lo hizo ante sus ancestros y colombianos que han sido históricamente excluidos.

El público que acudió a la posesión, expresó la diversidad de la población del país y aquella que ha sido negada y excluida por las élites gobernantes, y violentada por los grupos armados, pero también por el Estado. Y es que la mirada racista y colonial en contra de los pueblos étnicos fue lo que exacerbó el conflicto armado, como lo señaló el Informe de la Comisión de la Verdad, cuyas recomendaciones Petro se comprometió a acatar en junio pasado, cuando fue hecho público.

La primer orden como presidente de Petro -durante la ceremonia- fue la de exhibir la espada de Simón Bolívar, a lo cual se había negado el presidente saliente, Iván Duque, a pesar del pedido del presidente entrante. La espada había sido hurtada en 1974 por la guerrilla urbana del M-19, a la cual perteneció Petro y fue devuelta recién en 1991, tras el proceso de paz durante el gobierno de Virgilio Barco (1986-1990).

También, en alusión al conflicto colombiano y a la exclusión y la violencia política en contra de la izquierda en Colombia, fue llamada para colocar la banda presidencial la congresista María José Pizarro, hija de Carlos Pizarro, comandante máximo del M-19 y que fuera asesinado en 1990 cuando era candidato presidencial, tras el proceso de paz.

Después de cuatro años en los que el gobierno de Duque, no solo no avanzó de forma consistente con la implementación del Acuerdo de Paz firmado en 2016, sino que abandonó las negociaciones con grupos armados y cuestionó las instancias creadas por ese acuerdo, Petro y su equipo han impulsado el concepto de Paz total. Por lo tanto, se espera que la paz vuelva a ser una prioridad en la agenda gubernamental y el actual gobierno ha anunciado su interés de dialogar con los distintos grupos armados, específicamente con la guerrilla Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el Clan del Golfo. Este grupo narcoparamilitar, con amplio control territorial, ya anunció un cese al fuego unilateral, tras la posesión del nuevo gobierno.

El nombramiento como canciller de Álvaro Leyva, quien ha sido mediador en distintos procesos de paz desde la década de 1980, denota el interés del nuevo gobierno en avanzar con el proceso de paz. Además, con respecto a las relaciones internacionales, se esperan dos grandes cambios. Por un lado, el replanteamiento de las relaciones con Estados Unidos que históricamente ha pasado por la política antidrogas, la cual Petro ha criticado por la muerte de miles de latinoamericanos; pero también de estadounidenses que fallecen por sobredosis.

Por otro lado, se espera una mayor aproximación hacia los países latinoamericanos, algo que Petro mencionó de distintas formas en su discurso, aludiendo a la necesidad de mayor integración, así como de protección conjunta de la Amazonía.

El acto de posesión y los primeros días del gobierno, reafirman la promesa de cambio en torno a la búsqueda de justicia social, la paz y el cuidado del medio ambiente. Sin embargo, dejar atrás las altas tasas de inflación y desempleo que marcaron cifras récord durante el gobierno de Duque, no será fácil. Frente a estas expectativas de diversos sectores políticos y sociales del país, pero también de América Latina, este gobierno tiene el gran desafío de lograr distanciarse de sus antecesores. Y sobre todo, de no defraudar a los millones de colombianos que esperan, como sentenciaba un cartel desde lo alto de una de las lámparas de la Plaza de Bolívar, “no nos fallen”.


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Profesor de la Escuela Superior de Administración Pública – ESAP (Bogotá). Doctor en Ciencia Política por el Instituto de Estudios Sociales y Políticos de la Universidad del Estado de Rio de Janeiro (IESP/UERJ).

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