Los “genocidas” del mercado financiero

Brasil vive uno de los momentos más trágicos de su historia, pero en 2020, que terminó con 195.000 muertos por Covid-19 y un PIB que se contrajo un 4%, el movimiento financiero en la Bolsa de Valores (B3) batió récords de puntos. El índice Bovespa superó la marca inédita de 120 mil puntos y el volumen de negocio fue de 35 billones de reales, casi cinco veces el PIB del año. ¿Cómo ocurrió esto?

El capitalismo financiero brasileño

En el caso de Brasil, el paquete de rescate de 1,2 billones de reales del Banco Central para el sistema financiero, anunciado en marzo de 2020, contribuyó a que las ganancias financieras crecieran en la misma proporción que las muertes de Covid-19 en el país. Cabe decir que la justificación de dicho paquete era garantizar la liquidez de los bancos en sus operaciones con los clientes.

Un estudio del Instituto de Economía de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), muestra que poco más del 10% de esta cantidad se puso efectivamente a disposición del crédito para las empresas en dificultades, en medio de la pandemia.

Antonio Gramsci ya había señalado que la función política del fascismo es poner a la pequeña burguesía y su discurso antisistema, bases del movimiento fascista, al servicio del capital monopolista financiero, en tiempos de crisis. El “neofascismo” del actual presidente Jair Bolsonaro con su 20 a 30% de seguidores en la población y la conducta económica del ministro Paulo Guedes parecen confirmar el diagnóstico gramsciano.

Lo que vemos hoy en el capitalismo brasileño se viene gestando desde la crisis de 2008, que llegó a Brasil recién con la caída de los precios de las materias primas en 2011. Asistimos, a partir de entonces, a un doble movimiento que desembocó en el Golpe de 2016; la profundización de la financiarización a escala global, incluido Brasil; y una renovada expansión del capital monopolista internacional sobre la economía brasileña.

En medio de un entorno global de enormes masas de capital excedente en busca de revalorización, Brasil se encontró bajo la presión de los grandes grupos económicos para la desnacionalización, la privatización, la flexibilización de las relaciones laborales y la profundización del ajuste fiscal, la llamada “agenda de reformas”, según los medios de comunicación, o simplemente “agenda ultraliberal”, en curso desde el gobierno de Michel Temer.

No es casualidad que el volumen de negocio en el mercado de valores se haya duplicado con creces en los últimos cuatro años, separándose rápidamente de la economía real. En 2016, año del golpe de Estado contra la ex presidenta Dilma Rousseff, este era algo más del doble del PIB, y hoy alcanza casi cinco veces.

Los agentes del mercado financiero

En el control de los grupos económicos (extranjeros y nacionales) suelen estar instituciones financieras como bancos, sociedades de cartera y fondos de inversión. Son las instituciones que dirigen el casino financiero, drenando hacia sus accionistas la riqueza generada por la población, a través de su trabajo y el pago de deudas, impuestos y tasas. Hoy están plenamente representados en el Ministerio de Economía de Paulo Guedes (antiguo socio fundador del banco BTG Pactual) y en el ahora “autónomo” Banco Central de Roberto Campos Neto (antiguo responsable de mercado del banco Santander).

Son ellos quienes sostienen a Bolsonaro y a su camarilla en las Fuerzas Armadas, comandadas por un oficial de la generación de 1964, intelectualmente indigente y políticamente servil a la agenda neoliberal. Es, por lo tanto, en la “Faria Lima”, avenida paulista donde se reúne a la crema del sector financiero, que están los principales responsables, junto al títere Bolsonaro, del estado de calamidad en el que ya se cuentan más de 300 mil muertos por Covid-19, fruto del negacionismo bolsonarista.

En nombre de esas “reformas económicas”, están dispuestos a sacrificar los principios democráticos liberales y apoyar las salidas autocráticas. Entre otras cosas, porque saben que el carácter antisocial de estas reformas requiere un gobierno capaz de imponerlas a la sociedad a sangre y fuego. Por ejemplo, con la aprobación por parte del gobierno de la llamada Propuesta de Enmienda Constitucional de Emergencia (PEC), que, a cambio de una ayuda de emergencia de unos míseros 250 reales, ahoga aún más el gasto público.

Ciertamente, los de “Faria Lima” llevan tiempo trabajando para el “genocidio” de la población brasileña, pero hoy, este “necro-gobierno” que sostienen exige que no se pueda ocultar más su responsabilidad.

Pero ¿quiénes son? Una pista es observar las instituciones financieras que se reúnen en torno a la Asociación Nacional de Entidades Financieras y del Mercado de Capitales (ANBIMA). ANBIMA es responsable de la autorregulación del mercado financiero, junto con la autarquía pública, la Comisión de Valores Mobiliarios (CVM).

La regulación del mercado financiero como tarea pendiente

Se ha convertido en un lugar común llamar la atención sobre la élite financiera como aquellos que, de hecho, mandan en la vida política. Pero, ante la situación extrema en la que vivimos en el país, esto resulta insuficiente. Es necesario nombrarlos, pedirles cuentas.

Los ricos se han acostumbrado a ver cómo se multiplican sus ingresos sin interesarse por sus implicaciones en el mundo real. Como ya ha dicho alguien por ahí, “en la órbita financiera no hay coágulos de humanidad”.

Tras un rápido vistazo a la composición del consejo de administración de ANBIMA, identificamos algunas de estas instituciones que comandan el banco. Destacan los representantes nacionales de Itaú/Unibanco, BTG Pactual, Bradesco, XP Investimentos, Votorantim y Safra; y en el caso de los grupos extranjeros: Santander, Blackrock, Brookfield, Credit Suisse, JP Morgan y BNP Paribas.

Se trata de instituciones muy poderosas, algunas de ellas con un capital mucho mayor que el PIB brasileño, y por ello mismo hay que desenmascararlas. Quitemos, pues, el velo al llamado “mercado financiero”, que no es más que una organización que, bajo la justificación de dirigir el ahorro interno y externo al sector productivo, actúa de hecho como un parásito que corroe al organismo anfitrión.

No se espera sensibilizar a los agentes financieros. Como también afirmaba Gramsci, es un error esperar que la propia burguesía se resista al fascismo. Sería lo mismo que reconocer que en la reciente iniciativa de la “Carta abierta a la sociedad sobre las medidas para combatir el Covid”, la llamada “carta de los economistas y banqueros”, había cierta oposición al gobierno de Bolsonaro.

Se trata de una carta tardía que se limita, en medio del colapso del sistema sanitario, a señalar los cuellos de botella en la gestión de la pandemia, conocidos y proclamados desde hace tiempo. Las propuestas para garantizar los ingresos y la protección social son superficiales si tenemos en cuenta que son economistas. Tal vez, se deba a que tales propuestas los llevarían a tener que exponer su intransigente defensa de la reducción, en este momento crítico, del gasto público.

La intención aquí, en cambio, es mucho menos pretenciosa. Simplemente, nombrar, sacar de las sombras, hacer que la élite financiera rinda cuentas públicamente, para que el debate pueda, al menos, resolverse de una manera más clara y directa. Universidades, organizaciones y movimientos sociales tienen la palabra sobre la urgencia de ejercer un control, una vigilancia social del mercado financiero.

Foto de Rafael Matsunaga

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