Partidos políticos: entre el amor y el odio

Los partidos políticos son necesarios para la democracia pero a la vez pueden provocar antipatía en la ciudadanía. Para los afamados politólogos Levitsky & Ziblatt (2018) estos son los guardianes de la democracia estadounidense, sin embargo, en América Latina la confianza en ellos llega sólo al 13% (Latinobarómetro 2018). Este sentir de los ciudadanos del sur del continente hacia los partidos políticos preocupa debido a la importancia de los mismo para la conservación de la democracia representativa.

¿Qué dice la literatura académica? Para Santano, Barbosa y Kozicki (2015), “es un hecho que dichas organizaciones generan una dualidad de percepciones. Parece ser que, si hay política, hay partidos, pues su existencia es necesaria para cualquier régimen democrático. Sin embargo, también están directamente vinculados al lado más nebuloso de las instituciones públicas, ostentando quizá la posición más incómoda dentro de la arena pública”. Mientras que para el politólogo Manuel Alcántara (2019), “Los partidos políticos desde hace un siglo constituyen un elemento central en la operatividad democrática”.

los partidos son necesarios para la democracia representativa porque alguien tiene que ser electo mediante una organización política para gobernar.

Indudablemente, los partidos son necesarios para la democracia representativa porque alguien tiene que ser electo mediante una organización política para gobernar. Por ejemplo, en el año 2018 se aprobó en Bolivia la Ley de Organizaciones Políticas—en el momento de su aplicación se consideró apresurada y favorable al oficialismo (MAS)— para regular la actividad de las agrupaciones políticas. Un diseño institucional necesario y pertinente cuando la personalidad política se impone a la organización partidaria y los militantes no tienen muchas chances para decidir.

Equidad de género, democracia interna, financiamiento y elecciones primarias son aspectos que contiene la norma para mejorar el sistema de partidos boliviano. Sin embargo, por ahora, el pragmatismo táctico de los actores políticos sigue prevaleciendo: la democracia interna de las organizaciones políticas está supeditada a lo que popularmente se conoce como dedazo (imposición de candidatos desde la cúpula hacia las bases), por tanto, sólo fungen como instrumentos que buscan ganar elecciones para administrar el Estado y otorgar cargos públicos a su militancia.

De acuerdo al Latinobarómetro 2018, el país con mayor confianza en Latinoamérica es Uruguay con 21%, mientras que el apoyo en Venezuela es de 14%. Esta diferencia, de apenas siete puntos, es muy preocupante debido a las grandes diferencias en términos cualitativos entre ambos países. Mientras que en Uruguay funciona la alternancia en el gobierno, como síntoma de que se respetan las reglas de juego, en Venezuela, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) gana todas las elecciones debido a la manipulación institucional.

Esta desconfianza hacia los partidos es una constante que, por el momento, parece que seguirá vigente ya que la corrupción, el corporativismo, la desigualdad y la ausencia de nuevas narrativas en un contexto de polarización política se mantendrán en el mediano plazo.

Los partidos son necesarios para acceder al gobierno. Son el instrumento idóneo de determinados liderazgos y personalidades gravitantes en el espacio público para obtener la legitimidad del voto popular y, así, constituirse en representantes de una mayoría electoral que, con cuando la institucionalidad pública y los partidos son débiles, deciden sobre la cosa pública en función de sus pasiones personales y los intereses de las facciones que dirigen.

En América Latina no es extraño que el presidente electo por el voto popular sea más importante y determinante que el partido

En América Latina no es extraño que el presidente electo por el voto popular sea más importante y determinante que el partido (ahora su instrumento) en los procesos políticos. Por ejemplo, Jair Bolsonaro, Nicolás Maduro, y en su momento Evo Morales, son actores políticos que representan una determinada corriente política-ideológica y encarnan el presidencialismo como personalidades políticas gravitantes que muchas veces han estado por encima de las leyes y respeto al sentido común.

Se trata de personalidades que alcanzan el poder gracias al voto popular como efecto de su sintonía con las demandas de determinados sectores de la sociedad. Su contracara es la anemia institucional de los partidos políticos y la desconfianza ciudadana hacía su papel de intermediación y representación. En términos gramscianos, su condición de primera célula en la que se sintetizan los gérmenes de la voluntad colectiva que tienden a devenir en lo universal ya no va más. Simplemente son útiles como instrumentos legales que sirven de escalera, pero no como estructuras legítimas que generan identidades, relatos y compromisos.

Estar con y contra los partidos políticos parece un oxímoron, pero es parte de la realidad sociopolítica Latinoamericana. Además, los partidos vienen sufriendo un desfase con las transformaciones sociales como efecto del desarrollo de las tecnologías de la comunicación, y no han prestado atenciones serias y respuestas contundentes respecto al cambio climático, entre otros problemas. Sin embargo, estos son los guardianes de la democracia a pesar de su débil institucionalidad y la alta desconfianza ciudadana.  

Los partidos políticos son, sin duda, las herramientas de acceso al ejercicio del gobierno para liderazgos carismáticos que se esfuerzan para ser escuchados, queridos y votados. Pero su condición de estructuras democráticas ha caducado. Con todo, estos antiguos vehículos aún funcionan ya que la democracia representativa ha resistido las inclemencias del tiempo. Sin embargo, han quedado reducidos en el espacio porque ya no expresan la voluntad colectiva.

Foto de Globovisión en Foter.com / CC BY-NC

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