Una región, todas las voces

Guayaquil, la imagen de la tragedia

Hace exactamente un año veíamos las dramáticas escenas de cadáveres apilados en salas hospitalarias, en contenedores refrigerados, en el interior de las viviendas y en las aceras de la ciudad de Guayaquil. Estas eran las primeras imágenes de los devastadores efectos de la pandemia en el Ecuador a ojos del mundo.

El Ecuador se ha posicionado entre los países con un panorama desolador en la lucha contra el Covid-19. Con corte a inicios de marzo, el país    registra 299.216 casos confirmados y 11.403 fallecidos según cifras del Ministerio de Salud Pública del Ecuador, institución que durante la emergencia sanitaria no reflejó credibilidad debido a sus contradicciones con la cruda realidad, con un sistema de salud desbordado y con las funestas consecuencias en casi todo el territorio nacional.

No obstante, el nuevo coronavirus coloca sobre el tablero una serie de antecedentes sobre los cuales reflexionar: el histórico rol del Estado, la configuración política y la desigualdad y pobreza que sistemáticamente han perdurado en este país.

La provincia del Guayas y su capital Guayaquil, una de las ciudades más importantes y densamente pobladas del país —bastión económico  por su puerto—, albergó en los primeros meses de la crisis a casi el 68% del total de casos confirmados en el país. Esto se dio no solo a causa de la demora en la implementación de medidas preventivas a partir del primer caso registrado, sino también debido a la composición social de la provincia, de la cual se desagregan dinámicas políticas y económicas particulares.

Siguiendo a Norbert Lechner en su trabajo «La política ya no es lo que fue«, la dinámica de mercado imperante en nuestras sociedades latinoamericanas da por resultado una imperiosa necesidad de eficiencia económica por parte de los Estados, soslayando a segundo —o último— plano la “integración social”. Es decir, dejar por el margen de la política pública las numerosas necesidades y desigualdades sociales, a costa del desempeño económico. Claro está, también tiene mucho que ver la voluntad política y los intereses en juego en cada coyuntura crítica.

Lo mencionado podría tener su materialización tanto en Guayaquil como en todo el Ecuador. Dada la condición económicamente privilegiada de la provincia del Guayas, como uno de los principales puertos del Pacífico, a lo largo de décadas se ha generado riqueza para sectores comerciantes y exportadores, pero a su vez ha germinado su correlato en periféricas comunidades que viven en extrema pobreza. La desigualdad económica se ha traducido en crisis de representación política, misma que ha operado en beneficio de las élites.

Aquí los servicios públicos de salud —así como de educación y vivienda— han sido abordados históricamente en disonancia con las realidades. Esto a provocado a largo plazo una precarización de esos servicios y su posterior desbordamiento frente a la pandemia del Covid-19.

Por otro lado, antes de la crisis sanitaria, las condiciones sociales de Guayaquil se presentabann como reflejo de una crisis política canalizada por la inequidad financiera. Si a futuro estas condiciones no son corregidas, la situación podría desembocar en una profundización de la crisis social y, a largo plazo, en una crisis estatal.

Desarticulación entre la región y el Estado

Como coda histórica, Guayaquil ha intentado independizarse del Ecuador debido a su condición de puerto, influencia política y a los réditos económicos que todo ello implica. Este relato, por sorprendente que sea, aún prevalece bajo la idea de “Guayaquil independiente”, muchas veces utilizado como slogan en concentraciones políticas y festivas de la ciudad.

Por otro lado, hay que recordar que el ex alcalde de esta ciudad, quien permaneció en funciones 18 años, fue opositor consagrado del ex Presidente Rafael Correa, lo cual llevó a un modelo de gestión de la ciudad que puso en evidencia una confrontación centro/periferia, liderazgos locales frente al proyecto nacional del ex presidente Correa. La consecuencia: una desarticulación de lo regional con lo estatal.

Ahora bien, este modelo de ciudad con la configuración política que hemos explicado, junto con las consecuencias nefastas del Covid-19, podrían afectar la entidad del Estado debido a la baja operatividad de este en el territorio porteño y en otras ciudades igualmente golpeadas por la pandemia.

Si tenemos en cuenta la definición de Guillermo O`Donnell del Estado como una entidad que proclama su autoridad sobre la población de un territorio, en Guayaquil esa autoridad se ve amenazada. Los líderes políticos locales que ahora están gestionando la emergencia dejan en tela de juicio las características o funciones estatales: eficacia de la burocracia y efectividad del sistema legal.

La crisis del Estado podría explicarse también por el vaciamiento de la democracia, donde las instituciones estatales pierden relevancia para la vida cotidiana  de la mayoría de la gente que sufren la desigualdad y falencia de servicios o instituciones estatales. De esta manera se aferran a la autoridad local como única instancia de control, lo que puede dar pie a dinámicas políticas de corte populista. Un ejemplo es la “iniciativa” de varios alcaldes para adquirir vacunas por su cuenta, y con ello, dar una “solución” efectiva y rápida en sus ciudades, por encima de la gestión nacional.

Guillermo O`Donnell planteaba que “los ciudadanos y ciudadanas tenemos un derecho público e irrenunciable al Estado”, y esto lamentablemente no se ha materializado en el caso del Ecuador. La lista es larga, desde la falta de empleo, las condiciones de vivienda precaria de los sectores más pobres, falta de alcantarillado y servicios básicos, poca o nula presencia de la autoridad frente a problemáticas sociales como el microtráfico y el contrabando. A esto se suma la evidente ineficacia del sector de la salud lo cual hace que el Estado adquiera ahora grandes retos de cara a garantizar los derechos de las y los ecuatorianos.

El estado debe tener presencia en las zonas más afectadas por el Covid-19, incluso por sobre autoridades locales y liderazgos personalistas. Debe convertirse “no sólo en promotor del desarrollo económico y la equidad social, sino también en promotor y garantía de los diversos aspectos de la ciudadanía política, civil,  social y cultural”, para de esta manera ir combatiendo la crisis que se avizora.

La denominada “democracia ciudadana”, como condición necesaria para el desarrollo, también juega un papel preponderante en medio de esta crisis ¿Qué podemos esperar de una ciudadanía soslayada económica y políticamente? Existen varias respuestas, pero solo bajo esa democracia ciudadana se podrá construir una mejor sociedad que adopte “la capacidad de creación y agencia de la misma sociedad, donde la cultura y sus actores constituyen la mejor energía para avanzar en una sociedad de bienestar digna”.

Necesitamos multilateralismo para afrontar la pandemia

Coautor Ignacio Lara

La Covid-19 irrumpió en un mundo desordenado en el que predominan organizaciones multilaterales débiles y desfinanciadas, minadas a su vez por las tensiones geopolíticas en ascenso entre China y Estados Unidos. Esto ha repercutido en cómo se tomaron las medidas para afrontar la pandemia, predominando soluciones nacionalistas para cerrar fronteras, comprar insumos médicos y vacunas. Impactó también en la eficacia de las medidas, en donde se vislumbra un “apartheid” de países ricos e inoculados y otros donde la pandemia corre el riesgo de volverse endémica. Y también debilitó las soluciones multilaterales, con una Organización Mundial de la Salud que tiene como principal aportante a una fundación privada (Gates Foundation). De este organismo surgió el COVAX, el sistema colaborativo de vacunación a nivel global que empezó a distribuir vacunas tres meses después de que los países ricos comenzaran a vacunar y que, en el mejor de los casos, logrará cubrir a la quinta parte de la población.

Esta situación debería preocuparnos a los latinoamericanos. Aquí la pandemia golpeó como en ninguna otra parte del mundo. Pese a que somos un poco menos del 9% de la población mundial, llegamos a representar la quinta parte de los contagios y el 30% de las muertes en todo el mundo a fines del 2020. También es la región más golpeada económicamente, con una caída del 8% en la actividad, el cierre de 2,7 millones de empresas y la caída de dos de cada diez de las remesas recibidas. Esto ha generado 28 millones de nuevos pobres —cifra similar a toda la población venezolana— y 15 millones en situación de pobreza extrema.

Desafíos altamente complejos como la Covid-19, “super enmarañados” o super wicked, como les nombra la literatura de políticas públicas, se distinguen por cuatro factores concurrentes. El primero es la necesidad de una solución urgente. El segundo, la coincidencia entre quienes causan el problema y quienes quieren solucionarlo. Tercero, la debilidad o inexistencia de una autoridad por sobre las partes para manejar la cuestión. Y, por último, pero no por ello menos importante, la potencialidad de que las actuales acciones sumen ulteriores problemas para el futuro. Este tipo de problemas requieren de mayor cooperación y coordinación entre los países.

Sin embargo, no se produjo una acción concertada por parte de los países de la región en respuesta a la pandemia, más allá de acciones puntuales y bilaterales. Y la pasada Cumbre del Mercosur, en la que el presidente de Uruguay catalogó de “lastre” al bloque, es sintomática de la crisis de los proyectos regionales. Se ha dado un “vaciamiento latinoamericano” de políticas comunes. Situación paradójica, considerando que la Organización Panamericana de la Salud (OPS) es la agencia internacional de salud pública más antigua del mundo.

Ante el desmembramiento de la Unión Suramericana de Naciones y la consecuente desaparición del Instituto Suramericano de Gobierno en Salud, no se erigió una instancia regional alternativa. Mientras que las reuniones virtuales promovidas por la Celac y por el Prosur no se tradujeron en hechos. El Mercosur también brilló por su ausencia, cuando en el pasado se habían logrado resultados concretos en el ámbito de la regulación sectorial y —desde su Comisión Intergubernamental de Política de Medicamentos— se había negociado patentes con laboratorios.

Otros organismos como la Comunidad Andina de Naciones, el Sistema de la Integración Centroamericana y la Comunidad del Caribe han mostrado algunas iniciativas de articulación de sus Estados miembros, pero no fueron suficientes como para tener un impacto sustantivo a nivel latinoamericano.

Es por ello que se torna ineludible recuperar espacios de coordinación política, evitando los errores del pasado y tomando nota de los aprendizajes que ha dejado la experiencia. En este sentido, el ex Secretario General de la Unasur, Ernesto Samper, sostiene la necesidad de una convergencia de las instancias ya existentes, pero bajo una coordinación política de la Celac.

Asimismo, se requiere un enfoque diferente, uno que apunte a una gobernanza multilateral colaborativa —lo llamamos 3M—  que sea a la vez multilateral, multinivel y multiactoral. Es decir, la mesa de decisión política debe estar, lógicamente compuesta por organismos internacionales, organizaciones de la sociedad civil (internacionales o regionales), así como con las grandes fundaciones filantrópicas cuyos financiamientos son fundamentales para el mantenimiento de los presupuestos de programas globales.

Aquí los actores locales cumplen un rol fundamental por su conocimiento y legitimidad en el territorio de la cual carecen —en mayor o menor medida— los demás actores. Toda política global, consensuada en el ámbito regional, hemisférico o internacional, necesariamente debe pasar por un proceso de adaptación al contexto local, sin que por esto se disipe el foco y la meta. También es fundamental incorporar al sector privado, especialmente a las grandes empresas multinacionales que en ciertos casos poseen presupuestos superiores a los de muchos países y tienen intereses concretos, tanto para cooperar o no.

El contexto amerita ser proactivos y responder con mayor coordinación, colaboración y compromiso, mediante un plan a largo plazo que apueste estratégicamente a operar bajo el paraguas de la Celac. Este plan no es solamente urgente para afrontar la pandemia, sino que es una oportunidad histórica para América Latina de posicionarse en un mundo que cada vez está más lleno de problemas “super enmarañados”. Ya tenemos frente a nosotros los costos de no hacerlo.

Ignacio Lara es Politólogo (UBA), Master en Mercados e Instituciones del Sistema Global y Doctor en Políticas e Instituciones (ambas en la Universidad  Catolica del Sacro Cuore di Milano, Italia). Docente de posgrado e investigador.


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Foto de Casa Rosada

Bolivia: Responsabilidad y juicio

Las últimas elecciones generales en Bolivia confirmaban de forma contundente al MAS-IPSP como la opción política para reconstruir lo que el expresidente Rodríguez Veltzé ha denominado “la interrupción del periodo más largo de la democracia”. Sin embargo, la detención preventiva de la expresidenta del gobierno de facto, Jeanine Áñez, bajo cargos de conspiración, sedición y terrorismo han abierto un escenario donde se intentan generar sombras sobre los legítimos gobiernos del MAS más que analizar el gobierno inconstitucional de Áñez.

Aunque la Comisión Interamericana de Derechos Humanos rechazó tomar las medidas cautelares solicitadas por Áñez, y una misión del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU supervisó su atención médica, los reclamos de “persecución política” de la imputada han desencadenado pronunciamientos diversos: desde la calificación de la detención como “irrazonable” por el presidente de Brasil, a la preocupación por las garantías legales y la transparencia del proceso expresada por Naciones Unidas o la Unión Europea. El Secretario de Estado de Estados Unidos iba más allá, demandando la “liberación de los detenidos”; y la OEA se sumaba al pedido valorando el sistema judicial boliviano como falto de condiciones para el proceso.

Estas declaraciones han sido calificadas por la Cancillería boliviana como “desafortunada injerencia”. El presidente del Observatorio de la Democracia del Mercosur acusaba al presidente de la OEA, Luis Almagro, de “pretender inmiscuirse desembozadamente en la situación política de Bolivia”, y el presidente de México se posicionaba en la misma línea.

De nuevo, una cuestión boliviana nos sitúa ante el espejo. Atentar contra la democracia requiere respuestas, y garantías para la no repetición. Los mecanismos de la justicia restaurativa pueden ser legalmente complejos, pero la responsabilidad colectiva, de la que hablaba Hanna Arendt en el libro cuyo título tomamos, forma parte de los caminos desde donde disputar la impunidad de las responsabilidades políticas y sobre la que construir la reconciliación del país.

Foto de UNCTAD

Ecuador, un debate y las ideas de siempre

¿Los debates electorales cambian las preferencias de voto o son espacios de disputa simbólica en la opinión pública sin ningún efecto? ¿Quién no recuerda el debate entre John F. Kennedy y Richard Nixon el 26 de septiembre de 1960 en los Estados Unidos, el de Alberto Fujimori y Mario Vargas Llosa el 3 de junio de 1990 en Perú o el de Mauricio Macri y Daniel Scioli el 15 de noviembre de 2015 de Argentina? Millones de personas permanecieron expectantes frente a las pantallas de televisión o las radios, aunque muchas de ellas ya habían decicido su voto.  

Kennedy había llegado al set de televisión bronceado, con la estampa juvenil y la idea de cambio que promocionaba frente a un Nixon lacónico, cerebral y dispuesto al ataque. Quienes miraron el debate dijeron que el primero había ganado, mientras que quienes siguieron este encuentro por la radio dieron como vencedor al segundo. Las preferencias se ganaron por la vista pero también por el oído. Desde ahí, los asesores de campaña cuidan todos los detalles de manera meticulosa y más ahora, en donde un traspié puede convertirse en meme y viralizarse.

En el mundo intelectual nadie apostaba que el ganador fuera el “chino” Fujimori, porque se enfrentaba al laureado escritor Vargas Llosa que, dicho sea de paso, vivía entre Europa y Perú, mientras que su contrincante se había metido en los lugares más recónditos del país andino y sabía comunicarse con la mayoría de la población. Al final, el ingeniero agrónomo cuya apariencia refleja la ascendencia asiática y el mestizaje peruano se llevó la elección. Los pronósticos a favor del escritor se cayeron frente a un discurso que reivindicaba a la clase popular y rechazaba el neoliberalismo.

En Argentina, a lo largo del debate Mauricio Macri le dijo a su rival Daniel Scioli en varias ocasiones: “Daniel en qué te han transformado” para remarcar la necesidad de escapar de la polarización entre el kirchnerismo y el antikirchnerismo. Las encuestas dijeron que Macri había ganado, pudo remontar la diferencia de la primera vuelta y se alzó con la presidencia. Sin embargo, no se puede atribuir a su actuación en el debate la causa de su victoria, pues existía un claro deseo de cambio en Argentina en dicha elección.

Los debates tienen un poder simbólico que nadie pone a prueba. La confrontación de ideas enriquece la deliberación pública y exige a los candidatos una mejor preparación para llegar a los electores. Eso significa potenciar su lenguaje gestual, la contundencia del mensaje, la capacidad de respuesta, la creatividad para salir de lugares incómodos, el uso de propuestas claras, sencillas, directas y, sobre todo, la generación de emociones, cuando también la habilidad para incomodar a los rivales con réplicas y cuestionamientos.

Viejos discursos en el más reciente debateecuatoriano

En Ecuador, después de 37 años se realizó un debate entre los dos candidatos que disputan la presidencia, porque la nueva ley de elecciones o Código de la Democracia lo establece como obligatorio. El domingo 21 de marzo, la audiencia siguió este evento por televisión y redes sociales en horario estelar. Un importante número de analistas había advertido que el ganador llevaría a su favor el porcentaje de indecisos que según varias encuestas bordea el 20%. Sin embargo, no hay evidencia suficiente para afirmar que un debate pueda definir las elecciones en este país.

Fue un debate rígido, porque el formato impidió a la moderadora repreguntar y encausar las respuestas ante las evasivas. Pero sí se trajo de vuelta la disputa ideológica y discursiva de los últimos 20 años en la región: el retorno de los gobiernos del giro a la izquierda y la recomposición de la derecha. El representante del correísmo, Andrés Arauz, reeditó el mensaje que ha posicionado a Lula, Evo, Correa y Cristina Fernández como opositores de las elites económicas y los medios, y la dignificación del pueblo.

Guillermo Lasso, exbanquero y por tercera ocasión candidato por el movimiento CREO, enfatizó la idea de que Ecuador está en la mayor encrucijada de su historia: volver al correísmo, como sinónimo de transgresión de libertades y derechos, o escoger por la generación de empleo, la unidad nacional y la prosperidad. Y así, los dos candidatos fueron polarizando el debate: el poder de la banca versus la “venezolanización” de la política.

No hubo ganadores, aunque sí momentos de mayor contundencia. Al inicio, Arauz arrancó con fuerza y soltura, pero se fue desinflando. Su mejor participación fue en el campo de la educación, y su mayor vacío la economía. En Lasso se vio un inicio lineal, pero mejoró al final. Su mayor fortaleza, el plan de vacunación y su vacío, la educación. En ninguno se vislumbró una luz al final del túnel para salir de la crisis: desempleo, pandemia e inseguridad ciudadana en términos de delincuencia y violencias. 

La segunda vuelta no muestra cambios en los discursos de los candidatos. Se instaló la idea de una Guerra Fría criolla que reedita la disputa entre capitalismo versus socialismo. Desde el postulante de la derecha, el discurso de libre mercado ocupa un lugar estelar que demoniza cualquier vertiente de izquierda, resaltando el papel que juegan las libertades en el marco de una democracia representativa. Mientras que por el otro lado, se ataca a ultranza a la banca, el libre comercio y el papel de los medios, por ir en contra del bienestar de la población.

El binarismo es la dinámica con la que se desarrollará la campaña hasta el domingo 11 de abril, en donde se conocerán los resultados de manera oficial. Si bien circulan varias encuestas, hay una creciente desconfianza hacia estas debido a sus errores recurrentes. Lo único cierto es que Arauz pasó al balotaje con 12 puntos de ventaja y que Lasso juega por tercera vez a destronar el correísmo del poder. Todo puede pasar.


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Foto de PATXI LOPEZ no Foter.com

Justicia climática en América Latina

En noviembre, hace apenas cinco meses, los huracanes Eta e Iota devastaron zonas de Panamá, Costa Rica, Honduras, Nicaragua, El Salvador, Guatemala y Belice dejando más de 200 muertos y más de medio millón de desplazados. Estos huracanes, así como las inundaciones, sequías, aumento del nivel del mar o la acidificación del océano, provocados por el cambio climático, no afectan a los territorios por igual. Pese a tratarse de una problemática global, los efectos del cambio climático se hacen especialmente patentes en países en vías de desarrollo. Muchos no cuentan con infraestructuras suficientes, mecanismos de control o capacidad de regeneración tras un desastre ambiental. Además, por sus características geográficas, la mayoría de los países en desarrollo con problemas climáticos están en zonas tropicales con mayor exposición a fenómenos extremos como huracanes o ciclones.

Para tratar de hacer frente a los efectos del cambio climático, en las últimas décadas la cuestión ambiental ha entrado en la agenda de gobiernos y organizaciones internacionales, con una presencia activa de la sociedad civil. Una de ellas son las semanas del clima regionales (SCR), foro donde individuos y organizaciones públicas y privadas abordan un amplio abanico de cuestiones climáticas. Los impulsores de este proyecto, además de gobiernos, son el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, el Programa de las Naciones Unidas para el Cambio Climático y el Grupo del Banco Mundial.

Respuestas regionales a problemas globales

La principal particularidad de estas cumbres es que afrontan las cuestiones climáticas y ambientales desde una perspectiva regional. Es decir, se pone el foco en las condiciones concretas de cada área geográfica, tanto desde el punto de vista de los efectos del cambio climático como de los recursos para hacerle frente. Las regiones participantes son América Latina y el Caribe, África, Asia y Pacífico, y Medio Oriente y Norte de África-Emiratos Árabes Unidos.

Tras la postergación de las reuniones planificadas para 2020 como consecuencia de la crisis sanitaria, la agenda se retomó los días 3 y 4 de marzo, con mesas regionales virtuales para marcar las directrices de 2021. La próxima cita para América Latina serán las sesiones temáticas virtuales programadas para mayo donde participarán actores de la sociedad civil que discutirán sobre la aplicación, la gestión de riesgos climáticos y el aprovechamiento de oportunidades para implementar la agenda climática. Por último, a finales de agosto serán las sesiones ministeriales, que incluirán interacciones con la sociedad civil.

En esta ocasión, con República Dominicana como anfitrión, la principal reivindicación gira en torno a la justicia ambiental. Pese a que América Latina y el Caribe es la región que menos emisiones produce a nivel global, es una de las más afectadas el cambio climático. De los diez países más afectados por cuestiones ambientales, cinco son latinoamericanos: Haití, Puerto Rico, Dominica, Honduras y Nicaragua. Por ello, es urgente establecer mecanismos para equilibrar la balanza y que puedan ser recompensados por los efectos sobre su territorio derivados de la emisión de terceros países.

Desequilibrios en los efectos del cambio climático

Pese a que la región sufre las consecuencias ambientales, ningún país latinoamericano se encuentra entre los diez principales emisores de dióxido de carbono. Con el Acuerdo de París se acordó crear un mercado mundial de emisiones y el financiamiento climático, pero a día de hoy este mecanismo no ha acabado de ser implementado de manera eficaz.

La necesidad de corregir este desajuste es urgente. Los efectos del cambio climático se multiplican en América Latina, acentuando la pobreza y extrema pobreza, y afectando nuevas dimensiones. Se espera que en los próximos años disminuya la producción y calidad de los alimentos, consecuencia de las altas temperaturas, precipitaciones irregulares y fertilización por aumento del dióxido de carbono. También se restringirá la disponibilidad de recursos hídricos, sobre todo en regiones semiáridas y dependientes del derretimiento de glaciares como los de la Cordillera de los Andes. El aumento de las temperaturas y la deforestación en selvas, como el Amazonas, incrementará el riesgo de mega incendios.

La estrategia regional debe abarcar, al menos, tres aspectos. Primero, evidenciar y reivindicar que los efectos del cambio climático afectarán con más virulencia a los países y comunidades más vulnerables de América Latina. Segundo, tomar en cuenta que gran parte de sus efectos trascienden las fronteras nacionales. Y tercero, orientar las respuestas con base a un principio de equidad que trate de paliar las desigualdades tanto con relación al grado de afectación como a la capacidad de respuesta.

La agenda ambiental en Latinoamérica

La firma del acuerdo de Escazú supuso un paso decisivo en la política medioambiental latinoamericana. El tratado, acordado por veinticuatro países de América Latina y el Caribe, fue resultado de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible de 2012 y la Decisión de Santiago de 2014. Tras cuatro años de negociaciones, el acuerdo regional se firmó el 4 de marzo de 2018.

Entre sus propósitos, recoge la implementación efectiva de los derechos de acceso a la información ambiental, la participación pública en los procesos de toma de decisiones ambientales y el acceso a la justicia en el ámbito medioambiental. Es un instrumento para, entre otras cosas, articular el crecimiento económico y gestionar el medio ambiente bajo la premisa de la cooperación.

Sin embargo, esta agenda y mecanismos regionales serán insuficientes si no logran insertarse dentro del contexto global. La fractura norte/sur está presente en la disponibilidad de recursos naturales y medios ambientales, el cambio climático y el desarrollo sustentable. La naturaleza mundial del cambio climático requiere del mayor grado posible de cooperación entre países, estimulando la participación de cada estado para generar una respuesta internacional efectiva, que tome en cuenta las responsabilidades comunes,  las diferencias en las capacidades de respuesta y las desiguales condiciones sociales y económicas.


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Los “genocidas” del mercado financiero

Brasil vive uno de los momentos más trágicos de su historia, pero en 2020, que terminó con 195.000 muertos por Covid-19 y un PIB que se contrajo un 4%, el movimiento financiero en la Bolsa de Valores (B3) batió récords de puntos. El índice Bovespa superó la marca inédita de 120 mil puntos y el volumen de negocio fue de 35 billones de reales, casi cinco veces el PIB del año. ¿Cómo ocurrió esto?

El capitalismo financiero brasileño

En el caso de Brasil, el paquete de rescate de 1,2 billones de reales del Banco Central para el sistema financiero, anunciado en marzo de 2020, contribuyó a que las ganancias financieras crecieran en la misma proporción que las muertes de Covid-19 en el país. Cabe decir que la justificación de dicho paquete era garantizar la liquidez de los bancos en sus operaciones con los clientes.

Un estudio del Instituto de Economía de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), muestra que poco más del 10% de esta cantidad se puso efectivamente a disposición del crédito para las empresas en dificultades, en medio de la pandemia.

Antonio Gramsci ya había señalado que la función política del fascismo es poner a la pequeña burguesía y su discurso antisistema, bases del movimiento fascista, al servicio del capital monopolista financiero, en tiempos de crisis. El «neofascismo» del actual presidente Jair Bolsonaro con su 20 a 30% de seguidores en la población y la conducta económica del ministro Paulo Guedes parecen confirmar el diagnóstico gramsciano.

Lo que vemos hoy en el capitalismo brasileño se viene gestando desde la crisis de 2008, que llegó a Brasil recién con la caída de los precios de las materias primas en 2011. Asistimos, a partir de entonces, a un doble movimiento que desembocó en el Golpe de 2016; la profundización de la financiarización a escala global, incluido Brasil; y una renovada expansión del capital monopolista internacional sobre la economía brasileña.

En medio de un entorno global de enormes masas de capital excedente en busca de revalorización, Brasil se encontró bajo la presión de los grandes grupos económicos para la desnacionalización, la privatización, la flexibilización de las relaciones laborales y la profundización del ajuste fiscal, la llamada «agenda de reformas», según los medios de comunicación, o simplemente «agenda ultraliberal», en curso desde el gobierno de Michel Temer.

No es casualidad que el volumen de negocio en el mercado de valores se haya duplicado con creces en los últimos cuatro años, separándose rápidamente de la economía real. En 2016, año del golpe de Estado contra la ex presidenta Dilma Rousseff, este era algo más del doble del PIB, y hoy alcanza casi cinco veces.

Los agentes del mercado financiero

En el control de los grupos económicos (extranjeros y nacionales) suelen estar instituciones financieras como bancos, sociedades de cartera y fondos de inversión. Son las instituciones que dirigen el casino financiero, drenando hacia sus accionistas la riqueza generada por la población, a través de su trabajo y el pago de deudas, impuestos y tasas. Hoy están plenamente representados en el Ministerio de Economía de Paulo Guedes (antiguo socio fundador del banco BTG Pactual) y en el ahora «autónomo» Banco Central de Roberto Campos Neto (antiguo responsable de mercado del banco Santander).

Son ellos quienes sostienen a Bolsonaro y a su camarilla en las Fuerzas Armadas, comandadas por un oficial de la generación de 1964, intelectualmente indigente y políticamente servil a la agenda neoliberal. Es, por lo tanto, en la «Faria Lima», avenida paulista donde se reúne a la crema del sector financiero, que están los principales responsables, junto al títere Bolsonaro, del estado de calamidad en el que ya se cuentan más de 300 mil muertos por Covid-19, fruto del negacionismo bolsonarista.

En nombre de esas «reformas económicas», están dispuestos a sacrificar los principios democráticos liberales y apoyar las salidas autocráticas. Entre otras cosas, porque saben que el carácter antisocial de estas reformas requiere un gobierno capaz de imponerlas a la sociedad a sangre y fuego. Por ejemplo, con la aprobación por parte del gobierno de la llamada Propuesta de Enmienda Constitucional de Emergencia (PEC), que, a cambio de una ayuda de emergencia de unos míseros 250 reales, ahoga aún más el gasto público.

Ciertamente, los de “Faria Lima” llevan tiempo trabajando para el “genocidio” de la población brasileña, pero hoy, este “necro-gobierno” que sostienen exige que no se pueda ocultar más su responsabilidad.

Pero ¿quiénes son? Una pista es observar las instituciones financieras que se reúnen en torno a la Asociación Nacional de Entidades Financieras y del Mercado de Capitales (ANBIMA). ANBIMA es responsable de la autorregulación del mercado financiero, junto con la autarquía pública, la Comisión de Valores Mobiliarios (CVM).

La regulación del mercado financiero como tarea pendiente

Se ha convertido en un lugar común llamar la atención sobre la élite financiera como aquellos que, de hecho, mandan en la vida política. Pero, ante la situación extrema en la que vivimos en el país, esto resulta insuficiente. Es necesario nombrarlos, pedirles cuentas.

Los ricos se han acostumbrado a ver cómo se multiplican sus ingresos sin interesarse por sus implicaciones en el mundo real. Como ya ha dicho alguien por ahí, “en la órbita financiera no hay coágulos de humanidad”.

Tras un rápido vistazo a la composición del consejo de administración de ANBIMA, identificamos algunas de estas instituciones que comandan el banco. Destacan los representantes nacionales de Itaú/Unibanco, BTG Pactual, Bradesco, XP Investimentos, Votorantim y Safra; y en el caso de los grupos extranjeros: Santander, Blackrock, Brookfield, Credit Suisse, JP Morgan y BNP Paribas.

Se trata de instituciones muy poderosas, algunas de ellas con un capital mucho mayor que el PIB brasileño, y por ello mismo hay que desenmascararlas. Quitemos, pues, el velo al llamado “mercado financiero”, que no es más que una organización que, bajo la justificación de dirigir el ahorro interno y externo al sector productivo, actúa de hecho como un parásito que corroe al organismo anfitrión.

No se espera sensibilizar a los agentes financieros. Como también afirmaba Gramsci, es un error esperar que la propia burguesía se resista al fascismo. Sería lo mismo que reconocer que en la reciente iniciativa de la “Carta abierta a la sociedad sobre las medidas para combatir el Covid”, la llamada “carta de los economistas y banqueros”, había cierta oposición al gobierno de Bolsonaro.

Se trata de una carta tardía que se limita, en medio del colapso del sistema sanitario, a señalar los cuellos de botella en la gestión de la pandemia, conocidos y proclamados desde hace tiempo. Las propuestas para garantizar los ingresos y la protección social son superficiales si tenemos en cuenta que son economistas. Tal vez, se deba a que tales propuestas los llevarían a tener que exponer su intransigente defensa de la reducción, en este momento crítico, del gasto público.

La intención aquí, en cambio, es mucho menos pretenciosa. Simplemente, nombrar, sacar de las sombras, hacer que la élite financiera rinda cuentas públicamente, para que el debate pueda, al menos, resolverse de una manera más clara y directa. Universidades, organizaciones y movimientos sociales tienen la palabra sobre la urgencia de ejercer un control, una vigilancia social del mercado financiero.

Foto de Rafael Matsunaga

México: austeridad como fetiche

Uno de los elementos discursivos más repetidos del gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) es la austeridad. No pierden ocasión en recordarnos lo mucho que ahorran en sueldos, proveedores, gasolinas, y gasto burocrático en general. El afán ahorrativo de AMLO lo traslada incluso a su vida personal: le gusta mostrarse con zapatos gastados, prefiere viajar en clase turista (para incomodidad de los demás pasajeros), y presume haber heredado ya en vida todos sus bienes a sus hijos. En la campaña presidencial de 2018 dijo no cargar más que con 200 pesos en la cartera. “Ni para un taxi”, aclaró.

Antes de continuar, vale precisar que la política de austeridad de AMLO no es la receta económica que se planteó en Europa tras la crisis financiera de 2009. Aquella austeridad seguía la hipótesis de la Contracción Fiscal Expansiva (EFC por sus siglas en inglés). La EFC postula que la reducción de gasto gubernamental, a través de medidas de austeridad, alienta el consumo privado al generar la expectativa de una futura baja de impuestos.

No es el caso en México hoy. La austeridad de AMLO es más bien una fórmula para eliminar la corrupción en abstracto. Así, ha convertido el ahorro en un símbolo de honestidad y autoridad moral con trazas ya de fetichismo. En su cruzada anticorrupción, este gobierno presenta como logros los recortes presupuestales, la desaparición de dependencias gubernamentales, la eliminación de plazas burocráticas, la revisión de los salarios a la baja, etc. Cada peso que se ahorra el gobierno sería un peso menos que se va a manos de “La Corrupción”.

Se preguntará usted, querido lector, ¿a dónde se va tanto ahorro? Es una excelente pregunta para la cual no hay respuesta clara. A pesar de su manía con la austeridad, los datos duros cuentan una historia diferente de este gobierno. De acuerdo a la Auditoría Superior de la Federación (ASF), en su primer año en funciones, prepandemia, se gastaron el 96 por ciento del Fondo de Estabilización de los Ingresos Presupuestarios (FEIP), un apartado presupuestal que contenía los ahorros del gobierno federal acumulados en los últimos veinte años.

En los tiempos de pandemia que corren, las políticas de austeridad de AMLO chocan con una realidad que demanda un nivel de gasto al alza en áreas específicas. Veamos un caso concreto: la educación pública.

Al momento de escribir estas líneas, de acuerdo a datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), 1.3 millones de niños y adolescentes en educación básica (preescolar, primaria y secundaria) están fuera de todo tipo de actividad escolar por razones asociados a la pandemia. Estos son datos de la “Encuesta para la Medición del Impacto COVID-19 en la Educación” que señala que el 20 por ciento de estos niños y adolescentes abandonaron la escuela virtual al carecer de una computadora o conexión a internet. No hace falta ser un genio para saber que esta población se concentra en los estados más pobres del país. Considérese que en Chiapas sólo el 24.6 por ciento de los hogares tenía conectividad a internet en 2019.

Frente a este escenario desolador, la nueva secretaria de educación, Delfina Gómez, se estrenó en su cargo el pasado 15 de febrero recortando personal. Su carta dirigida a los Subsecretarios y Directores Generales de la Secretaría de Educación Pública da tristeza:

Me permito distraer de su atención en relación a la política de austeridad que nuestro señor presidente ha impulsado y ha dado ejemplo de que se puede tener un desempeño honesto y en estricto apego a la Ley. Dentro del complicado contexto por el que estamos pasando en esta pandemia, les pido muy atentamente reconsideren el número de personal a su cargo, solicitando atentamente me presenten en los próximos días su propuesta de reducción de personal.”

La secretaria Gómez no explica su objetivo en ahorrarse unos pesos, ni informa sobre el destino  de esos recursos. Simplemente intenta emular “la política de austeridad de nuestro señor presidente” como si se tratase de un ejemplo de vida edificante. De esta forma, y frente a la tragedia que viven los niños mexicanos, la primer orden de la nueva encargada del despacho es ahorrar. ¿No sería mejor gastar para localizar y retener en la escuela a estos niños y adolescentes? En un giro sorprendente, se ha terminado por imponer en el discurso público que la austeridad soluciona mágicamente los problemas.

Estamos en Semana Santa, y a hilo de ello viene a cuento recordar la parábola de los talentos del evangelio de Mateo 25:14-30. Érase un hombre rico que se va de viaje y deja su hacienda en manos de tres criados, dándole a cada uno algunas monedas para invertirlas. A su regreso, el amo les manda llamar y les pide cuentas. El primero le devuelve el capital e intereses acumulados, y lo mismo el segundo. El tercero, sin embargo, le informa que enterró las monedas y ahora se las devuelva tal cual le fueron entregadas. Enfurecido, el amo le echa de su presencia y le dice: “debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses.”

Así como el amo de la parábola, se acerca la fecha en que los votantes mexicanos le preguntaremos a este gobierno: “¿Qué hiciste con mi dinero?” La respuesta, me temo, será un “Lo guardé.”

Foto de Eneas De Troya

Un Estado que propaga desinformación en plena pandemia

Venezuela es considerada uno de los cinco países en el mundo en donde el Estado ha desarrollado mayores capacidades para poner en ejecución operaciones de propaganda en-línea. Desde el Estado venezolano se han realizado operaciones de ciberacoso usando trolls al menos desde 2009 y operaciones automatizadas para impulsar tendencias de opinión desde 2010. La pandemia de COVID-19 ha sido otro territorio para operaciones de guerra informativa ejecutadas por el aparato comunicacional oficialista venezolano.

Bajo el estado de alarma por la pandemia de COVID-19, el Estado venezolano continuó sus prácticas sistemáticas de violación de derechos civiles y políticos de ciudadanos, en este caso de personal de salud, enfermos, migrantes y periodistas. Médicos y enfermeras fueron víctimas de hostigamiento por denunciar el colapso del sistema de salud pública, incluso en comunicaciones privadas como sus estatus en WhatsApp o notas de voz originalmente destinadas a amigos, que llegaron a circular viralmente.

Uno de los casos emblemáticos es la detención de Julio Molina, un médico de 72 años, acusado de provocar pánico, causar estrés en la comunidad e incitar al odio. Esta detención arbitraria se realizó alegando la inconstitucional Ley contra el Odio, después de que Molina denunciara que el Hospital Núñez Tovar, en el oriente del país, no tenían insumos para afrontar la emergencia.

Aunque pareciera que las campañas encaminadas a promover los desórdenes informativos sólo atañen al ecosistema digital, en el contexto venezolano ha habido evidencias de la existencia de estrategias de desórdenes informativos usando medios tradicionales, al menos desde el año 2002. En el ámbito de los desórdenes informativos asociados al COVID-19, la televisión de señal abierta, específicamente los canales bajo control del Estado venezolano han sido frecuentemente usados para la introducción del contenidos engañosos, manipulados o propagandísticos.

El segundo canal de propagación de este tipo de contenidos desde el oficialismo fue Twitter, usando las redes oficiales de la administración pública; el tercer canal fue WhatsApp, especialmente con el uso de notas de voz que simulaban filtraciones; y la cuarta vía fueron los canales gubernamentales en Telegram, por donde se envían a diario las órdenes operativas para posicionar las etiquetas oficialistas. Finalmente, las etiquetas oficiales cuentan con el apoyo de decenas de miles de usuarios del Sistema Patria que se activan como tuiteros patriotas para optar a los bonos de céntimos de dólar que se reparten entre quienes usan las etiquetas del día.

En Twitter, observamos un patrón de introducción de operaciones de desinformación vía comentarios en respuestas a tweets de periodistas populares, usando cuentas inauténticas. También observamos que las cuentas inauténticas suelen usar seudónimos y con frecuencia sus imágenes de perfil parecieran generadas por inteligencia artificial. También se observan indicios del uso de granjas de trolls y de operaciones de astroturfing, que simulan opiniones orgánicas de ciudadanos o de activistas de base, pero que en realidad responden a líneas de propaganda dirigidas a presentar como eficiente la gestión oficialista de la epidemia.

Se han realizado operaciones de desinformación que inician con rumores o filtraciones en WhatsApp, generan debates polarizados en Twitter y terminan en desmentidos en los canales de comunicación oficiales, como fue el caso de las noticias tendenciosas de la instalación de los hornos crematorios en el estacionamiento del centro de espectáculos de El Poliedro, en Caracas.

Entre los desórdenes informativos más importantes registrados en Venezuela en el año de pandemia destaca la estigmatización de los migrantes venezolanos en retorno como “armas biológicas” contra el país. Tanto Nicolás Maduro como otros funcionarios de su administración llegaron a decir en transmisiones oficiales por TV que los migrantes retornados son “armas biológicas” introducidas en Venezuela por el presidente de Colombia, Iván Duque.

El 20 de mayo de 2020, Nicolás Maduro acusó públicamente al gobierno de Colombia, de «contaminar» a Venezuela con autobuses llenos de gente infectada. La declaración de Maduro marcó el inicio de una política gubernamental de estigmatización de los migrantes. Las órdenes oficiales fueron denunciar a través de correos electrónicos a personas que habían retornado, marcar las casas donde se sospechara que había migrantes y concentrar a los migrantes en los centros de confinamiento. Además, se mantuvo un discurso oficial incriminatorio por bioterrorismo contra Colombia y Brasil, países a los cuales se les acusa de la infiltrar el virus a través de sus fronteras con Venezuela.

La valoración negativa o positiva de las vacunas de acuerdo con el lugar de origen de su desarrollo, y no según criterios científicos, ha sido otra constante en los últimos seis meses. La llegada al país del primer lote de vacunas rusas Sputnik fue celebrada con la “etiqueta del día” #SputnikVEnVenezuela, difundida por el aparato de comunicaciones oficiales, incluyendo a los altos jerarcas del PSUV, estructuras militares como las Zonas Operativas de Defensa Integral (ZODI) y las Regiones Estratégicas de Defensa Integral (REDI).

Por el contrario, a finales de marzo 2021, el aparato comunicacional oficialista desplegó una campaña de información tendenciosa para justificar su negativa de dar entrada a Venezuela de la vacuna AstraZeneca, que la Asamblea Nacional liderada por las fuerzas pro-democratización había logrado obtener vía el mecanismo COVAX de la Organización Panamericana de la Salud.

El aparato comunicacional oficialista, con el propio Nicolás Maduro como vocero, también se ha dedicado a difundir contenidos de pseudociencia, en un país con bajo acceso a los servicios de diagnóstico y tratamiento para el COVID-19. En el primer ciclo de contagio en Venezuela, a través de los canales del Estado, promovieron intensivamente el uso de un brebaje casero con la planta malojillo o hierbaluisa como ingrediente principal que supuestamente curaría el COVID-19. En cadena nacional de radio y televisón, Nicolás Maduro promovió la fórmula de Sirio Quintero, compuesta por seis ingredientes: hierbaluisa, jengibre, pimienta negra, cáscara de limón, jugo de limón, miel y sauco, como la cura contra el coronavirus.

Al inicio de 2021, el aparato comunicacional oficialista lanzó como cura milagrosa para el COVID-19 la marca comercial Carvativir, unas gotas cuyo principio activo es el isotimol, usado ampliamente como desinfectante bucal y en medicamentos anti-parasitario. Para el lanzamiento comercial del Carvativir se combinaron estrategias de legitimación de pseudociencia (con el uso de un falso artículo científico publicado en la plataforma para compartir documentos Scribd), apelación a los mercados naturistas y apelación a las creencias religiosas (denominación secundaria “gotitas milagrosas de José Gregorio Hernández”, en referencia al médico venezolano en proceso de canonización por parte de la Iglesia Católica).

*La mayoría de los datos referidos en este artículo provienen del estudio: Desórdenes informativos propagados en Venezuela, vía WhatsApp y redes sociales, en medio de la pandemia de COVID-19,(https://covid.infodesorden.org/) realizado por Puyosa; Madriz; Alvarado; Andueza; Córdova; & Azpúrua (2021).  


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Foto de Que Comunismo! em Foter.com

Tras el covid, varios futuros posibles

A un año de la emergencia sanitaria y el inicio de las medidas restrictivas, las especulaciones sobre el futuro pós-covid empiezan a dibujarse. ¿Qué nos espera para cuando pase la pandemia? Sociedades que consiguieron neutralizar la dispersión masiva del virus como Nueva Zelandia y Australia o que rápidamente implementaron un proceso vacunador de sus ciudadanos como Israel surgen como espejos optimistas. Estadios de rugby repletos de fans sin máscara como en Oceanía o destinos turísticos emblemáticos como Jerusalem ensayando su apertura a los visitantes se convierten en retratos de lo que –en teoría– sería posible anticipar una vez superada la pandemia.

La combinación de eventos con aglomeraciones, movilidad sin límites y reactivación económica parecen indicar un retorno a la vieja normalidad. ¿Nos espera volver al pasado? ¿O veremos perpetuarse los cambios vividos durante la pandemia afectando cómo y cuánto trabajamos, nos educamos, nos divertimos, nos alimentamos y socializamos?

Estas son las preguntas que animan el libro Sustainable Lifestyles after Covid, recién lanzado por el sello Routledge de la editora Taylor&Francis. A lo largo de sus 152 páginas, este estudio publicado en coautoría por un grupo de expertos sobre desarrollo sostenible diseca las tendencias de largo plazo disparadas por las políticas de combate al covid-19 en el plano del comportamiento social. El libro aborda la tensión entre el regreso a la habitualidad pre-covid versus la emergencia de un “nuevo normal” y bosqueja cuatro escenarios sobre cómo viviremos el futuro.

Elaborar escenarios pós-crisis reintroduce un sentido de orden, anticipando trayectorias y repertorios y reduciendo las angustias de líderes, organizaciones y ciudadanos sobre lo que vendrá. Escenarios son historias sobre cómo será el futuro, narrativas especulativas sobre cómo las personas vivirán sus vidas, tras el impacto del covid. En la medida en que el consumo y la sociabilidad fueron las dimensiones que más radicalmente mudaron en volumen, formato y hasta en sus objetivos, ellas constituyen la base para generar escenarios.

Un consumo fuertemente restringido sugiere dos posibles respuestas de los individuos: abrazar un comportamiento vengativo que busca compensar los sentimientos y experiencia de consumo reprimido y gratificación postergada o, por el contrario, valorizar la vida más frugal, auto-suficiente y menos materialista heredada del lockdown. Privilegio de quien no perdió ingresos con la pandemia, la primera reacción supone el regreso al consumo conspicuo y acumulador de bienes –el “viejo normal”.

Para muchos gobiernos es la apuesta para ganarle a la crisis, incentivando las compras, el familiar “business as usual”. Un futuro que entusiasma a muchos en el corto-plazo pero se chocacon la agenda venidera de mitigación del cambio climático,lo cual exige la reducción y desmaterialización de nuestros consumosy la reversión de los niveles de producción de basura y extracción de recursos naturales.

Las relaciones socialestambién fueron dramáticamente atravesadas por la escasez, volviéndose así más valiosas y deseadas. Dos respuestas son posibles: la inmersión en encuentros sociales presenciales buscando revertir la experiencia de privación afectiva y de pertenencia social o, por el contrario, el acostumbramiento a a la conexión remota donde los beneficios de privacidad, seguridad y confort pesan más que el costo de la soledad. La segunda ilustra la “internalización de la virtualidad”. Seguir una u otra situación dependerá menos de la clase social y más de los cortes generacionales.

Entrecruzando esas cuatro respuestas posibles emergen los cuatro escenarios. Quienes reaccionen con un consumo vengativo y la inmersión social compondrán la base de la “vieja normalidad”. Ellos se regirán por los incentivos o mediaciones materiales en sus relaciones afectivas como de diversión, valorizando el status y la conveniencia, asociando bienestar con el consumo tangible de servicios y productos. Este subgrupo es partidario del trabajo y la educación en los moldes convencionalesy serán filosóficamenteopuestos a nuevas cuarentenas.

Quienes combinan orientaciones de consumo vengativo y virtualidad internalizada constituirán los “materialistas virtuales”. Serán apoyadores del control social, dependientes de compras online y el delivery, desatentos a un bienestar anclado en la salud física y alimenticia, reacios a la movilidad fuera de casa para trabajar, aprender o divertirse. Se caracterizarán por ser ávidos consumidores de noticias e Internet y con escaso equilibrio entre vida familiar y profesional.

El tercer escenario surge de la confluencia de quienes aspiran a una inmersión social pero encaran el consumo desde la frugalidad pós-material. Son los “simplificadores gregarios” que resisten tanto al teletrabajo como a la educación online, asocian entretenimiento y bienestar al contacto con la naturaleza, vida familiar y formas offline de interacción e integración, rechazan el status y apuntan a la autorrealización intelectual, sensorial o social participando de iniciativas de voluntariado y favoreciendo el comercio local. Adoptan mecanismos de consumo colaborativo y economía circular, minimizando su huella ambiental.

El último escenario es compuesto por los “rebeldes online”, quienes asimilaron la vida social mediatizada por computadores o aplicativos pero a partir de una postura frugal en su rol como consumidores.Activos políticamente en las redes, entienden la esfera online en términos de resistencia y cooperación entre pares, sus distracciones como también su educación y trabajo ocurren remotamente via internet.

Esos cuatro escenarios ejemplifican los diferentes perfiles emergentes con la pandemia y de qué manera se vincularán con las tareas del cotidiano y con la próxima agenda centrada en la preocupación con el cambio climático. Encarnan tanto novedades como versiones intensificadas de antiguas tendencias;para todos ellos, el futuro pós-covid supone un rompecabezas con final abierto, plural y desafiador.


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*Texto publicado originalmente en diario Clarín, Argentina

Foto de Jorge Díaz

La deuda se dispara con la pandemia

Es año pasado 2.7 millones de empresas desaparecieron en América Latina, 44 millones de personas—número semejante a la población de Argentina— se encontraban en situación de desempleo y la pobreza extrema llegó a niveles similares a 1990. Según estimaciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el PIB per cápita de la región retrocedió a niveles similares a los de 2010. Sin duda, la pandemia del COVID-19 ha provocado una profunda crisis en la economía latinoamericana. Y tras el fin de la pandemia la región probablemente deberá afrontar una nueva crisis de deuda.

Esta situación, no obstante, es extrapolable al contexto mundial. Frente al descalabro derivado de la crisis sanitaria, las diferentes economías se han visto obligadas a actuar con determinación. Varios países, principalmente los desarrollados, diseñaron programas fiscales y monetarios sin precedentes. Según datos del Fondo Monetario Internacional (FMI) los paquetes fiscales ascienden a 12 billones de dólares, mientras que las iniciativas monetarias llegan a 7.5 billones.

Pese a que estas medidas buscan mermar las consecuencias negativas de la crisis sanitaria en lo económico, a veces se nos olvida la otra cara de la moneda: exacerban el endeudamiento.

El crecimiento de la deuda

Antes de la pandemia, el nivel de deuda global había alcanzado su record histórico. En 2019 se situaba en el 320% del PIB mundial, en el primer trimestre de 2020 había superado el 331% y en la actualidad sobrepasa el 360%. En el caso de Latinoamérica la trayectoria de la deuda se había acelerado por las políticas de expansión fiscal, aplicadas principalmente por los gobiernos progresistas de la región y por el fin del auge del precio de las materias primas en el 2014.

De acuerdo con la información del FMI, en Sudamérica el déficit neto del gobierno en relación con el PIB pasó de un promedio de 0.77% entre el 2000 y 2009 a un 3.8% entre el 2010 y 2019. Por su parte, en Centroamérica y el Caribe el déficit neto del gobierno alcanzó un promedio de 2.58% entre el 2010 y 2019. La persistencia y en algunos casos el incremento del déficit fiscal de los últimos años ha desencadenado un crecimiento de la deuda en la región.

En Sudamérica el promedio de deuda bruta sobre el PIB pasó de un 30.9% en el 2011 a un 72.3% para 2019. Los países sudamericanos que más incrementaron su deuda entre 2010 y 2019 fueron: Argentina con 47 puntos, Ecuador con 34 puntos y Brasil con 26 puntos. Cabe destacar que, los países con mayor peso de deuda en Sudamérica durante el 2019 fueron: Venezuela con 232.8%, Argentina con el 90.4% y Brasil con el 89.5%.

Por otra parte, en Centroamérica y el Caribe el promedio de deuda bruta sobre el PIB pasó de un 55.8% en 2008 a un 65.8% en 2019. Las naciones que más incrementaron su deuda durante el mismo período fueron: Costa Rica con 34 puntos, Aruba con 39 puntos y El Salvador 23 puntos; mientras que en 2019 los países con mayor peso de deuda sobre PIB fueron: Barbados con 122.2%, Belice con 105.1%, Jamaica con 93.9% y Dominica con 85.7%. Sin embargo, en el marco de la actual crisis del COVID-19 la aceleración de la deuda ha sido extraordinaria. De acuerdo a estimaciones del mismo FMI, entre 2019 y 2021 en Centroamérica y el Caribe la deuda promedio pasaría de un 65% del ratio deuda/PIB a un 80.8%. Es decir, un aumento de 15 puntos del cociente deuda/PIB. En Sudamérica del ratio deuda/PIB se incrementaría en un promedio de 12 puntos en dicho período.

La espiral de la deuda

Bajo estas condiciones, existe una alta probabilidad que la región entre en una espiral de deuda. Los desequilibrios fiscales de las economías latinoamericanas, unidos al reciente aumento de la deuda y la fuerte desaceleración de la actividad económica, muy seguramente provocarán un aumento de las necesidades de financiamiento. Este escenario puede generar dudas sobre la solvencia de los gobiernos para afrontar sus compromisos financieros, generando un incremento del riesgo soberano y mayores costos de endeudamiento.

Las recientes pérdidas de valor de ciertas monedas también son un problema potencial. Ante una fuerte devaluación respecto a la divisa del acreedor, una economía al endeudarse en una moneda sobre la que no posee control no puede garantizar a los tenedores de deuda que el dinero esté siempre disponible cuando llega el plazo de vencimiento de los bonos. Este fenómeno es conocido en el argot económico como el pecado original.

A pesar de que la crisis económica no ha podido ser evitada por ninguna economía, ciertas decisiones y características han contribuido a maximizar los efectos de la pandemia. La inestabilidad política de varias naciones, los problemas en el manejo económico antes de la crisis sanitaria, la inacción de varios gobiernos, los problemas estructurales que no han sido superados en las últimas décadas, la evidente inequidad en la distribución de las vacunas del COVID-19, el descenso del comercio mundial y la caída en el precio de las materias primas auguran un futuro desalentador para la región.

En consecuencia, además de las pérdidas humanas, el deterioro de las condiciones sociales y la caída de la actividad productiva, Latinoamérica también deberá enfrentar un en el mediano plazo una probable crisis de deuda, similar a la experimentada en las décadas de los ochenta y noventa.


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Foto de xomiele en Foter.com