Una región, todas las voces

Ecuador frente a la voracidad del hiperpresidencialismo

«No podemos volvernos en lo que la gente rechazó», afirmó el presidente ecuatoriano Daniel Noboa en la convención nacional de su partido Acción Democrática Nacional (ADN) el 6 de septiembre en Guayaquil. El evento, realizado en el Coliseo Arena Fedeguayas ante 10 mil asistentes, mostró lo de siempre: estilo plebiscitario, culto a la personalidad, liderazgo centralizado y un coro de legitimidad a la figura presidencial. 

¿Cuáles son los riesgos de repetir el mismo modelo y esperar resultados distintos?

Noboa insiste en que todo este despliegue responde a un «nuevo Ecuador». Sin embargo, sus repertorios de movilización social no son novedosos. El 11 de septiembre convocó a una marcha «por la paz y la justicia» en Guayaquil, prolongando la movilización del 12 de agosto en Quito, iniciada por él mismo contra la Corte Constitucional.

La experiencia nacional e internacional demuestra que estas maniobras revelan las preferencias de los mandatarios y debilitan las instituciones. Aunque en esta ocasión la convocatoria no se dirige contra la justicia, desplaza nuevamente la legitimidad de las instituciones hacia las calles y convierte al presidente en protagonista de una movilización frente a otros poderes.

El control plebiscitario en el coliseo y el debilitamiento institucional en las calles reflejan una impronta política: un presidente que busca encarnar la voluntad popular de forma personal y sin mediaciones, en un sistema de contrapesos debilitado. Este rasgo, característico de los regímenes que concentran facultades extraordinarias en el Ejecutivo, expone a Noboa al riesgo de convertirse en aquello que dice combatir.

El hiperpresidencialismo se define como la configuración institucional que otorga poderes excesivos a los presidentes, más allá de los equilibrios democráticos. La Constitución de 1998 (reforma de la de 1978) concedió amplias facultades al Ejecutivo en nombre de la modernización del Estado: fue la llamada constitución neoliberal. La de 2008, también fortaleció al presidente, pero con la promesa de redistribución bajo un modelo estatista: la constitución socialista del siglo XXI. En ambos casos se justificó la concentración de poder con el argumento de que «el Ecuador es ingobernable» y «se necesita un liderazgo fuerte». Sin embargo, el remedio ha reforzado el mismo problema: el hiperpresidencialismo.

La historia ecuatoriana ofrece múltiples ejemplos

En el siglo XIX, Gabriel García Moreno instauró la «República Cristiana» con la llamada «Carta Negra», que le permitió reelegirse indefinidamente y someter instituciones, apoyado por ejército y clero. Eloy Alfaro, a finales del XIX y principios del XX, gobernó tras derrocar a Luis Cordero, apoyado por ejército y milicias liberales, y reformó la Constitución a su conveniencia. José María Velasco Ibarra, cinco veces presidente hasta 1972, se declaró dictador constitucional con respaldo militar, derogando el orden vigente. En este contexto cabe preguntar: ¿fue realmente novedoso el liderazgo de Rafael Correa? ¿Son distintos los destellos personalistas de Daniel Noboa?

Correa tuvo una Asamblea Constituyente que diseñó una Constitución a su medida, redistribuyó cargos según su conveniencia, aprovechó la bonanza petrolera y declaró la moratoria de la deuda externa, lo que le permitió inyectar recursos a la economía. Además, instauró un Estado de propaganda donde el presidente era el productor de una «verdad oficial».

Noboa, en cambio, no cuenta con constituyente, ni con un aparato redistribuidor de cargos, ni con un auge petrolero. Su fortaleza radica en una estética digital, lenguaje tecnocrático y narrativa de seguridad. Sin embargo, el patrón se repite: el presidente como eje articulador de la política, aglutinante de causas sociales y único intermediario entre la sociedad y el poder. Los ciudadanos, nuevamente, quedan como espectadores pasivos de la expansión del líder.

La región y el mundo ofrecen espejos de hiperpresidencialismo

Líderes como Nayib Bukele en El Salvador, Rodrigo Duterte en Filipinas y Alberto Fujimori en Perú aplicaron estrategias similares: manipulación o intervención de las cortes, suspensión de garantías constitucionales, uso de la fuerza y propaganda de seguridad. Bukele destituyó magistrados y encarceló a miles en condiciones cuestionadas; Duterte emprendió una “guerra contra las drogas” con ejecuciones extrajudiciales; y Fujimori disolvió el Congreso, intervino el Poder Judicial y se habilitó para perpetuarse en el poder. Todos gozaron de gran popularidad mientras debilitaban las instituciones y acumulaban un poder personalista en nombre de la seguridad o la gobernabilidad.

La confrontación con la justicia tampoco es exclusiva de América Latina. En el mundo se conoce como court packing: intervenciones políticas que buscan someter a los tribunales mediante el reemplazo de jueces, reformas institucionales o presión política.

Ejemplos sobran: en 1990, Carlos Menem en Argentina amplió la Corte Suprema acusando a los jueces de «alfonsinistas»; en 2010, Recep Tayyip Erdoğan en Turquía expandió la Corte Constitucional; entre 2015 y 2018, Viktor Orbán en Hungría y Jaroslav Kaczyński en Polonia intervinieron sus sistemas judiciales, reformaron Constituciones y recompusieron tribunales con jueces leales. Rafael Correa hizo lo propio en Ecuador desde 2009, e integró sucesivas Cortes Constitucionales con magistrados afines, incluso más allá de su mandato.

Los casos de Bukele, Duterte y Fujimori, junto con los de otros líderes, muestran un mismo desenlace: mayor debilidad institucional, menos democracia y más abusos políticos.

¿Será este el monstruo que el presidente Noboa pretende destruir?

¿Son ilegales los aranceles de Trump contra Brasil?

La Corte Suprema de Estados Unidos anunció recientemente que decidirá si Trump puede continuar con su agresiva agenda arancelaria. Es la respuesta a una decisión anterior de un tribunal federal de apelaciones que declaró que una parte significativa de los aranceles de Trump son ilegales. El tribunal de apelaciones dictaminó que la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA, por sus siglas en inglés) no autorizaba al presidente Trump a imponer muchos de los controvertidos aranceles anunciados este año. La IEEPA ha sido la herramienta principal en la guerra comercial de Trump, permitiéndole eludir las aportaciones de las agencias gubernamentales y del Congreso.

Brasil está vinculado. Desde el 6 de agosto, Estados Unidos utiliza la IEEPA para imponer aranceles del 50% a las importaciones procedentes de Brasil. Insatisfecho con los asuntos internos de Brasil, principalmente relacionados con el procesamiento del expresidente Jair Bolsonaro, Estados Unidos aplica estos gravámenes. Solo Brasil e India enfrentan tasas tan extremas.

¿Qué implica esta actividad judicial para Brasil? La decisión del tribunal de apelaciones sugiere que los aranceles a Brasil son ilegales. Si la Corte Suprema aprueba este fallo, se reducirá drásticamente la capacidad de Trump para aplicar la IEEPA, un sello distintivo de su política económica. De ser así, los aranceles de Trump a Brasil serían ilegales.

El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, advirtió sobre una «vergüenza diplomática». Y es que  el accionar de Trump y los abogados del gobierno predicen la «ruina financiera» si se rescinden las tarifas de la IEEPA.

¿Qué debería hacer Brasil? 

Dos cosas: seguir ejerciendo presión para derogar los aranceles e identificar los plazos para cualquier cambio en Washington.

La presión ha comenzado. El 29 de agosto la Cámara de Comercio Exterior (CAMEX) inició el proceso para determinar si Brasil invocará aranceles de represalia. El mes pasado, Estados Unidos acordó realizar consultas con Brasil en el marco de la Organización Mundial del Comercio. Con esto, Brasil demuestra su disposición a negociar, pero si no tiene éxito, tiene opciones viables para aumentar su persuasión económica.

Al mantener los aranceles, Trump contradice su propia promesa de campaña de “bajar los precios” de los alimentos. Estos gravámenes ya impactan en importaciones clave de Brasil, como el café y la carne de res, lo que encarece directamente los desayunos y las populares hamburguesas de los consumidores estadounidenses. Por ello, los diplomáticos brasileños deberían subrayar que son los propios votantes quienes terminan pagando los costos adicionales. Difícilmente Trump y el Partido Republicano querrán que la gente empiece a corear: “¡Queremos hamburguesas baratas de nuevo!”

El impacto del fallo judicial

La reciente decisión judicial se aplica a dos conjuntos de aranceles. Uno de ellos son los Aranceles Recíprocos, anunciados en abril y aplicados a decenas de países. Estos aranceles oscilan entre el 15% y el 41%. La decisión también se aplica a los aranceles sobre las importaciones de China, México y Canadá cuyo objetivo es aumentar los controles internacionales sobre el tráfico de fentanilo y la migración ilegal.

El Tribunal de Apelaciones declaró que, en virtud de la IEEPA, el presidente Trump puede «adoptar diversas medidas» en casos de emergencia. Sin embargo, esto no incluye la imposición de aranceles. Explicó que el texto de la IEEPA no se refiere a «aranceles» ni a sinónimos como «impuesto» o «derecho».

Siguiendo esta lógica legal, otros tribunales podrían determinar que los aranceles del 50% sobre las importaciones brasileñas son ilegales. Estos aranceles se basan en la IEEPA y de hecho, un importador estadounidense de jugo de naranja ya presentó una demanda similar.

El 9 de septiembre, la Corte Suprema de Estados Unidos programó audiencias sobre las tarifas de la IEEPA para la primera semana de noviembre. Antes de esto, habrá múltiples presentaciones legales hasta las audiencias. Después, esperaremos a que los nueve jueces de la Corte Suprema decidan. Probablemente anunciarán su decisión en junio de 2026. En la mayoría de los casos, esperan hasta el final de su mandato anual para emitir fallos importantes. Con un impacto en la política económica emblemática del presidente y con repercusiones globales, un fallo de la IEEPA sería monumental.

¿Dónde deja esto a Brasil? 

La base legal para los aranceles estadounidenses del 50% está en duda, pero no se espera una acción definitiva durante al menos nueve meses, o incluso más. Este plazo permitirá evaluar el impacto económico real de los aranceles en los brasileños y los exportadores. Itamarty debería continuar las negociaciones y prepararse para represalias, en caso de ser necesarias. Conociendo el marco temporal de nueve meses, los líderes brasileños pueden empezar a equilibrar las prioridades políticas internas con las consecuencias económicas del camino actual.

El uso de la fuerza en aguas internacionales: una reflexión jurídica desde el Caribe

El 1 de septiembre de 2025, una lancha venezolana fue destruida por fuerzas militares de un Estado miembro de Naciones Unidas en aguas internacionales del mar Caribe. El ataque, confirmado por el presidente Donald Trump, dejó once personas muertas. La embarcación estaba presuntamente vinculada al grupo criminal Tren de Aragua y al tráfico de estupefacientes. Sin embargo, la operación se realizó sin autorización multilateral ni alegato formal de legítima defensa. El hecho reavivó un debate que va más allá de lo técnico: ¿puede un Estado ejercer fuerza letal fuera de su jurisdicción sin vulnerar el derecho internacional?

Este episodio, ocurrido en un espacio que no pertenece a ningún país, lo cual plantea una tensión creciente entre seguridad y legalidad. En un mundo donde las amenazas se mueven sin fronteras, ¿cómo deben actuar los Estados sin debilitar el orden jurídico internacional?

¿Qué dice la normativa internacional?

Las aguas internacionales (también llamadas alta mar) están regidas por la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR). Esta establece que ningún Estado tiene soberanía sobre ellas, y que todos gozan de libertad de navegación, pesca y sobrevuelo. Pero esa libertad está condicionada: el artículo 88 reserva la alta mar para fines pacíficos. El uso de la fuerza militar, por tanto, solo se permite en circunstancias excepcionales.

Las embarcaciones que navegan en alta mar están bajo la jurisdicción del país cuya bandera enarbolan. Solo pueden ser inspeccionadas si hay sospechas fundadas de piratería, trata de esclavos o si no tienen nacionalidad. Además, el uso de la fuerza está limitado por la Carta de las Naciones Unidas, que lo permite únicamente en legítima defensa ante un ataque armado, siempre que sea inmediato, necesario y proporcional.

En el caso reciente, no se alegó legítima defensa, no hubo resolución del Consejo de Seguridad, ni se demostró que la lancha fuera pirata o sin bandera. Por lo tanto, la legalidad de la acción resulta cuestionable. Y es que la alta mar no puede convertirse en un terreno sin ley donde cada Estado actúe según su propio criterio.

¿Qué es la seguridad nacional?

En paralelo, la noción de seguridad nacional ha evolucionado en las últimas décadas. Hoy incluye amenazas como el narcotráfico, el terrorismo y el crimen organizado. Esta expansión ha llevado a algunos gobiernos a justificar acciones extraterritoriales en nombre de la seguridad. Pero esa lógica puede erosionar principios fundamentales del derecho internacional, como la prohibición del uso de la fuerza y el respeto a la soberanía estatal.

La responsabilidad internacional de un Estado se activa cuando viola obligaciones jurídicas, como el uso de la fuerza sin autorización, la afectación de la soberanía de otro país o la violación de derechos humanos. En este caso, podrían haberse vulnerado derechos fundamentales de los ocupantes de la embarcación, especialmente el derecho a la vida. Además, no hay evidencia de que se hayan agotado mecanismos de cooperación regional o asistencia legal mutua, como los previstos en la Convención contra la Delincuencia Organizada Transnacional.

La lucha contra el narcotráfico no puede convertirse en una excusa para el uso irrestricto de la fuerza. Las acciones estatales deben guiarse por el principio de proporcionalidad y el deber de debida diligencia. Actuar fuera del territorio propio, sin mandato multilateral y sin garantías jurídicas, debilita el orden internacional y abre la puerta a abusos.

Desde una perspectiva legal, la destrucción de embarcaciones en alta mar sin autorización multilateral no está permitida. El derecho internacional consuetudinario y los tratados vigentes solo contemplan tres excepciones: legítima defensa, autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, y operaciones multilaterales previamente acordadas. Incluso en contextos extremos, como la lucha contra la piratería en Somalia, se han requerido resoluciones específicas para permitir acciones militares.

Sin estas condiciones, cualquier intervención se considera unilateral y puede violar principios como la no intervención y el respeto a la vida. En el caso reciente, la ausencia de justificación legal convierte el hecho en una medida controvertida, con implicaciones jurídicas relevantes.

Revisión del derecho internacional

Este incidente obliga a repensar el papel del derecho internacional en contextos de seguridad transnacional. ¿Puede el derecho adaptarse a nuevas amenazas sin perder su esencia garantista? ¿Estamos ante una reinterpretación funcional del principio de no uso de la fuerza o ante su progresiva erosión?

La legalidad internacional no es un obstáculo, sino una garantía. La seguridad debe ejercerse con responsabilidad, transparencia y respeto a los derechos humanos. La pregunta no es si se puede destruir una lancha en alta mar, sino cómo se construye una respuesta legítima, eficaz y respetuosa del derecho.

El océano ha sido históricamente símbolo de libertad, de comercio, de encuentro. Pero también puede convertirse en escenario de tensión, de fuego, de silencio. Cuando una embarcación es destruida en alta mar y once personas pierden la vida sin proceso ni verificación, el derecho internacional se enfrenta a su mayor desafío: seguir siendo relevante.

Este texto no pretende emitir veredictos. Pretende abrir preguntas. Preguntas que incomodan, que duelen, que exigen respuestas jurídicas serias. Porque si el derecho no puede proteger a quienes navegan en aguas sin bandera, entonces el mar deja de ser espacio común. Y eso, más allá de cualquier frontera, nos interpela a todos.

En el mar, la ley debe ser el único ancla. Porque sin ella, lo que flota no es justicia, sino incertidumbre.

Geopolítica en tu bolsillo: cómo Brasil se desdolariza

El Primer Ministro de India, Narendra Modi, fue uno de los primeros líderes globales en hablar con el Presidente de Brasil, Lula da Silva, después de que, a principios de agosto, entraran en vigor los elevados aranceles comerciales (del 50%) que les fueron impuestos unilateralmente por Donald Trump, Presidente de EEUU.

Brasil e India son miembros fundadores de los BRICS y ambos países han puesto en marcha sistemas de pago electrónico automático que, a pesar de ser diferentes, suponen una dura competencia, en mercados muy grandes- 212 y 1,437 millones de habitantes, respectivamente- para las empresas de servicios financieros estadounidenses como Visa, MasterCard o American Express.

Tanto en Brasil como en India, los mencionados sistemas de pago electrónico están contribuyendo a incluir a sus sistemas financieros, literalmente, a millones de personas que hasta entonces nunca antes habían estado bancarizados.

Por ello, la conversación entre Lula y Modi fue relevante. Y es que una posibilidad tangible es que los BRICS concluyan entre sí, cada vez más, acuerdos cruzados que permitan intercambiar pagos sin tener que someterse a la intermediación del dólar. Esto es algo que, en la práctica, India ya está poniendo en marcha a través de su participación en el Proyecto Nexus junto a cinco países del sudeste asiático.

Es por tanto muy factible que, algún día, el Pix brasileño y el UPI indio terminen funcionando de manera más o menos coordinada. Esa eventualidad incrementaría, como ahora en el caso del sur y el sudeste asiático, la complementariedad de sus economías pero, sobre todo, la competitividad global, y por ende, el atractivo comercial, de sus productos al margen del dólar.

La estrategia brasileña

Lo interesante del caso brasileño es que su estrategia de innovación y de diversificación financiera va mucho más allá del Pix. En la medida en la que le ofrece, a cualquier ciudadano, la posibilidad de intervenir a través de su propio teléfono, tiene un potencial geopolítico enorme pero sobre todo, inédito. Se trata de una apuesta pionera en América Latina donde la dependencia del dólar y de sus instrumentos de pago asociados resulta, por ahora, incontestada.

La estrategia de Brasilia en relación a los medios de pago es, en realidad, de largo plazo. Se inspira en las directrices del G20 para la inclusión financiera y constituye el resultado de un consenso nacional (el Pix se inauguró con Bolsonaro) que funciona como complemento a la equilibrada balanza exterior del país sudamericano

Las exportaciones de Brasil– con excepción de las que se dirigen a China, que absorben un 30%- se reparten a partes prácticamente iguales entre el resto de Asia, Norteamérica, Sudamérica, Europa y un poco menos, África. Tanta diversificación, como está quedando demostrado en el caso de los aranceles impuestos por Trump, le proporcionan a Brasil un margen de maniobra del que otros países carecen.

China es, desde 2009, el principal socio comercial del país sudamericano y esa sólida relación tiene cimientos. El principal sostén, hasta ahora, han sido los Swap: unos contratos de alto nivel que firman los bancos centrales para liquidar grandes volúmenes de monedas nacionales sin necesidad de pasar por el dólar. En la práctica, esos acuerdos han funcionado tan bien que desde que Brasilia y Pekín firmaron el primero, en 2013, no han dejado de renovarse.

El problema de los Swap es que no son como el Pix: sirven para garantizar grandes operaciones financieras (compra de grandes volúmenes de mercancías, como cargamentos de soja o hierro) pero para el ciudadano medio no tienen una utilidad clara ni inmediata. Cualquier brasileño, de hecho, sigue teniendo que comprar en AliExpress (la equivalente china de Amazon) con tarjetas bancarias VISA o MasterCard, lo cual tiende a complicar y a encarecer la simple adquisición de un producto banal.

Más desdolarización a futuro

El desafío geopolítico de Brasil, incluso en tiempos de Pix, continúa siendo acercar y diversificar la desdolarización para el consumidor medio. Dos nuevas opciones financieras, que estarán disponibles en los próximos meses, funcionarán con esa lógica.

La primera es una fintech llamada Left Bank. A finales de año comenzará a ofrecer a sus clientes tarjetas bancarias respaldadas por Union Pay, el rival chino de Visa, MasterCard o American Express. Su aparición, combinada con el Pix, servirá para profundizar la inclusión financiera y al mismo tiempo le brindará, a los brasileños, diversificación y por ende, seguridad

La segunda opción se llamará DREX, acrónimo de la moneda brasileña digitalizada y estará en el mercado a partir de 2026. Formalmente será una Moneda Digital de Banco Central (CBDC) con potencial para relacionarse, en un futuro, con análogas como el Yuan chino o la Rupia india, entre otras

Herramientas como las CBDC cubren áreas que no atienden los Swap y pueden ser activadas a partir de teléfonos particulares para realizar operaciones de mayor envergadura que una compra en AliExpress (como, por ejemplo, la compra de un vehículo o de una casa).

El DREX, además, podría contribuir a consolidar algunos otros innovadores productos financieros. Por ejemplo la compra de créditos de carbono en reales. Desde el pasado junio es posible hacerlo, digitalmente, en la Bolsa de valores de São Paulo (B3).

La trazabilidad que esa posibilidad ofrece multiplica el valor de esos bonos. Si además, a partir del año que viene, esas compras pueden realizarse en DREX, al contar con el aval del Banco Central de Brasil serán aún más seguras y atractivas pero, sobre todo, se realizarán en reales (digitales, pero reales) y no en dólares o euros.

Esa es una prueba más de que lo que actualmente está en juego- en AliExpress o en la B3- es la soberanía financiera. Y que esa batalla, en la medida en la que implica inmediatez y transparencia, puede darse desde el bolsillo de los ciudadanos. Brasilia tiene un plan y los brasileños se sienten bastante cómodos con las innovaciones tecnológicas que implica ese plan, como demuestra el uso previo, muy extendido, de criptomonedas.

En Brasil, lo que al final prima es el pragmatismo. De hecho, lo que estas prácticas cuestionan no es tanto al dólar como moneda de ahorro, sino como medio de pago. En Brasil, como en India o en el sudeste asiático, la tecnología se está convirtiendo en un instrumento de autonomía y los teléfonos, en un dispositivo geopolítico ¿Se extenderán algún día estas prácticas financieras al resto de América Latina?

Masas y complejidad: la incomprensión de lo que está pasando

El escenario actual de posdemocracia en el que el mundo está inmerso registra el debilitamiento global en la calidad media de la democracia en regímenes consolidados hasta alcanzar niveles de deterioro preocupantes y el incremento de las autocracias. Dentro de una gama de numerosos aspectos que poseen una naturaleza muy diferente hay dos que llaman la atención y que a la vez suscitan perplejidad. Tienen que ver con el peso de la demografía y con la complejidad de los asuntos que enmarcan la acción política. Son elementos con un componente de clara retroalimentación que están encima de la mesa desde hace tiempo y que, sin embargo, no parecen recibir la atención debida.

En 1960 tres mil millones de habitantes poblaban la tierra, una cifra que 65 años después se ha multiplicado por 2,7 hasta superar los ocho mil millones actuales de los que el 55 % viven en ciudades. Si se consideran los tres países latinoamericanos más poblados su evolución ha sido más dramática. En efecto, la población de Brasil pasó de 72,2 millones a 212 millones (3 veces), México saltó de 38,2 millones a 131 millones (3,4 veces) y Colombia creció de 16,5 millones a 52,9 millones (3,2 veces). En el rango de los países menos poblados su evolución ha sido también muy significativa. Costa Rica subió de 1,3 millones a 5,1 millones (3,9 veces), Panamá progresó de 1,1 millones a 4,5 millones (4 veces) y Uruguay pasó de 2,5 millones a 3,4 millones (1,4 veces) siendo el país de la región con menor dinamismo demográfico con diferencia.

Hoy es de dominio común que vivimos en la época del antropoceno algo suscitado por el impacto significativo de la acción humana en el planeta. No obstante, a lo largo del lapso que suponen los dos tercios de un siglo los cambios institucionales llevados a cabo para confrontar el crecimiento demográfico y adecuarlo a cierta realidad instrumental están lejos de haber evolucionado a un ritmo similar con implicaciones evidentes en la agenda pública.

Por ejemplo, la representación política apenas si ha cambiado sus pautas al igual que los procesos de descentralización que no siempre han ido acorde con la evolución social y cultural habida ni tampoco con la adecuación a las tensiones medioambientales suscitadas, al pulso por la paridad o al respeto por la diversidad. Por otra parte, algo similar surge en el desarrollo de políticas públicas en lo atinente a su diseño e implementación con la participación de las personas afectadas. Así ocurre en aspectos vinculados a la vida cotidiana de la gente en cuanto a la acometida de agua a ciudades o conurbados poblados por millones de personas, al tratamiento de sus residuos, al transporte urbano o a la seguridad ciudadana. Un acontecer que ha sufrido un crecimiento notable acaecido en cuestión de apenas un puñado de décadas.

Las propias ciudades fueron clave en el desarrollo de la experiencia política italiana en el medioevo donde se realizaba la elección de los magistrados, la deliberación ciudadana, la colegialidad de las decisiones y cierto control de las elites, aspectos fundamentales en el desarrollo de la teoría política que se aplicó en cierta manera tras el desarrollo de los estados nación. Todo ello supuso, complementariamente, un evidente antecedente de la democracia pluralista.

Sin embargo, las ciudades se han transformado radicalmente al ser espacios donde sus habitantes tienen muy poco que decir a pesar de los procesos democratizadores que buscan el autogobierno en situaciones que siguen siendo muy centralistas. Además, en su dinámica diaria cuentan con pocas zonas verdes y las barriadas distantes de los centros urbanos obligan a invertir a sus moradores varias horas en sus desplazamientos. Se trata, por otra parte, de urbes controladas por actores informales, cuando no delictivos y en donde, en un sentido muy diferente, las mascotas quintuplican en promedio al número de sus habitantes. Todo ello acarrea las consiguientes implicaciones en las transformaciones de las actitudes de la gente, así como en las políticas públicas derivadas. Asuntos transformados profundamente por la revolución digital.

El segundo aspecto tiene que ver con la complejidad de los temas que integran la agenda pública y que su socialización generalizada pareciera que requiere de una respuesta pertinente de una ciudadanía que, sin embargo, es cada vez más fragmentada, atomizada e insolidaria. El funcionamiento del sistema de pensiones en poblaciones con la pirámide demográfica invertida, la política de salud o la educativa, así como la de los cuidados que confrontan lo público con lo privad, cuestiones fiscales, el mundo de las relaciones internacionales, la cultura del hiperconsumo, la legalización de ciertas drogas son solo un manojo de asuntos que dominan la agenda y que se pueden encontrar en las habituales lizas políticas. Sobre ellos, la teoría señala que el comportamiento del electorado debiera ser racional y que, en un delirio de idealismo, concibe que está compuesto por individuos proactivos e informados. Pero la realidad dista mucho de ser así

Puede aducirse que esta situación fue habitual desde mediados del siglo pasado hasta la fecha y que lo que realmente ha cambiado es que la intermediación y los atajos cognitivos que supusieron la acción de los partidos políticos o de otros grupos de interés como los sindicatos o las organizaciones empresariales reemplazaban esa ausencia de conocimiento especializado. Solamente se necesitaba cierto grado de confianza en esa tarea de intermediación construida mediante mecanismos de identidad que garantizaban fidelidad. Pero ello hoy ha desaparecido ante el auge de las estrategias de polarización en el ámbito de la competencia política como sucedió con las clases sociales en el terreno epistemológico cuando el marxismo sucumbió ante la prédica neoliberal que ha impuesto en las Ciencias Sociales una nueva jerga en clave del imperio de la transversalidad, del mérito y del individuo.

En efecto, las formas actuales de comunicación y de información generan un escenario radicalmente diferente al existente al inicio del siglo cuando no existía ninguna de las redes sociales que se usan hoy ni el mundo digital había experimentado el crecimiento alcanzado de forma exponencial. En efecto, sólo el 6,7% de la población mundial utilizaba Internet en 2000 frente al 67,4% actual. Además, la pandemia de la COVID-19 polarizó a los votantes y socavó la confianza en las instituciones. Todo ello supone que los marcos cognitivos han cambiado profundamente de forma que el dominio de la desinformación es cada vez más palmario y, como consecuencia, las personas se hayan insertas en una arena dominada por la perplejidad y la incertidumbre que hace difícil entender la complejidad de lo que está sucediendo.

Los ‘showmans’ de la política 

El ascenso de liderazgos estridentes en varias partes del mundo ha generado que la ciencia política replantee las raíces de estos personajes. El término showman no pertenece a la ciencia política, sino que está inspirado en P.T. Barnum, un empresario y cirquero estadounidense que era carismático, llamaba la atención y conectaba con su audiencia. Sin embargo, este fenómeno también se ha hecho presente en la política.

Los showmans no necesariamente son populistas en su totalidad, ya que estos últimos utilizan los medios de comunicación para fortalecer su imagen, viven de lo mediático. Se caracterizan por utilizar la política de las emociones para cautivar y montan una obra de teatro frente a la población que se enfoca en la irreverencia y la polémica. Si bien ejercen el poder, disfrutan ser el centro de atención a través de la moda, de declaraciones o de amoríos.

En Libia, Muamar el Gadafi no solamente se convirtió en dictador, sino que, con su vestimenta, robó la atención de otros líderes: camisas con el mapa de África, lentes negros grandes, ropa para velear o ir a la playa. Gadafi fue uno de los showmans más prolíficos de África. Le gustaba llamar la atención y robar las primeras planas de los diarios, pero detrás de la moda se ocultaba un régimen del terror.

En Argentina, Carlos Menem se identificaba como peronista, pero cuando accedió al poder impulsó las privatizaciones, la desregulación económica y el libre mercado. Cuando llegó a la Casa Rosada, profundizó en la teatralidad y se hizo conocido por jugar fútbol, básquetbol, montar a caballo, salir con celebridades y ser infiel, tanto que se lo apodó “el galán de La Rioja”. Sus largas patillas lo hicieron conocido en todo el país, pues emulaba a los caudillos del siglo XIX.

En el vecino Ecuador, Abdalá Bucaram ganó la presidencia siendo un ícono porque cantaba, bailaba, salía con modelos, creó su propia marca de leche y grabó un disco con canciones de Julio Iglesias. Bucaram no dio los resultados esperados como gobernante, y fue destituido tras un año de gobierno. 

Más al norte, Hugo Chávez llegó al poder en 1999. Su caso es interesante porque limpió su imagen autoritaria mediante un disfraz de personaje centrista, cariñoso y tolerante a la crítica; cantaba canciones, bromeaba, hacía deporte y tenía su propio programa, Aló presidente. Chávez montó en escena no solo su liderazgo populista, sino todos los mecanismos para dinamitar la democracia.

En 2017, Donald Trump irrumpió en el sistema político de Estados Unidos y se convirtió en presidente. El republicano bailaba frente a las masas, insultaba a sus adversarios, despedía a secretarios mediante Twitter. Trump se conduce como una estrella de televisión y empresario; esto ha generado que haya problemas para analizar su comportamiento como mandatario. Su estilo rememora su programa El aprendiz y su frase “You’re fired!” (“Estás despedido”), donde humillaba a emprendedores, así como hace hoy con funcionarios.

En 2019, El Salvador rompió con el bipartidismo de la mano de GANA y su candidato, Nayib Bukele, quien hoy es apodado “el dictador más cool”. Con sus redes sociales y su juventud rompió los esquemas de la comunicación tradicional; su mano dura sedujo a sus connacionales. La producción que Bukele invierte en operativos grabados, capturas de pandilleros y encarcelamientos ha permeado en buena parte de la población que lo considera el mejor presidente.

Asimismo, articuló un discurso confrontativo que lo llevó a tomar la Asamblea Nacional con militares y policías porque se negaban a aprobar fondos para un proyecto de seguridad. El influencer ha llevado más lejos su papel. Desde que consiguió su segundo mandato, su performance ha cambiado: utiliza chaqueta militar que se asimila a la de los caudillos del siglo XIX, su guardia adoptó uniformes afrancesados y sus edificaciones son dignas del autócrata que es.

Silvio Berlusconi, empresario y estrella de televisión, gobernó Italia tres veces (1994-1995, 2001-2006 y 2008-2011). Su estilo de gobernar estaba marcado por los insultos, la prepotencia y la seducción, no por nada lo apodaban “el ministro de corazones”. Sus conquistas amorosas eran bien conocidas por los italianos, al igual que los señalamientos de corrupción.
Los showmans están presentes en varios momentos de la historia. Puede que sean confundidos con populistas, pero no todos los líderes carismáticos apuestan por la teatralidad. No es la primera vez que líderes mundiales se comportan como actores para ejercer el poder y con ello dominar la opinión pública. Se trata de personajes han entendido la importancia de los medios de comunicación para gobernar.

¿Por qué el crimen organizado es cada vez más grave en América Latina?

Las redes de crimen organizado en América Latina, que convergen entre estructuras regionales y extra-regionales, atraviesan hoy un boom económico histórico. Todo indica que 2024 probablemente se haya consolidado como el año más lucrativo para las economías ilícitas, con cifras récord registradas en  el hemisferio.

Con el avance de lo que hemos denominado La Cuarta Ola de Crimen Transnacional (COT), el crimen organizado ha dejado de ser una amenaza periférica para la mayoría de los ciudadanos. Se ha convertido en un actor central, capaz de representar una amenaza existencial para la supervivencia de la democracia representativa y del Estado de derecho. La inundación de capitales ilícitos y prácticas corruptoras en la política, tanto a nivel nacional como regional, hace urgente comprender estos nuevos fenómenos y articular respuestas dentro de un marco institucional y democrático.

La COT se caracteriza por operar con nuevos mercados, nuevos actores y modalidades inéditas. Algunos de estos actores, extra-regionales que irrumpen con audacia, se comportan como agentes económicamente racionales que responden a las oportunidades emergentes y aprovechan las transformaciones de las economías ilícitas en todas sus manifestaciones.

Evolución del fenómeno

La primera ola fue representada por Pablo Escobar y el Cártel de Medellín. Fueron los pioneros en el movimiento de toneladas de cocaína hacia el mercado estadounidense a través de las rutas del Caribe.

Encabezada por el Cártel de Cali, la segunda ola perfeccionó un esquema más sofisticado de envío de cocaína a EEUU y diversificó las rutas a través de Centroamérica y México. Hasta este punto, se trataba de un producto (cocaína) hacia un mercado (EEUU).

La tercera ola, de la Revolución Bolivariana, se caracteriza por la criminalización de estructuras estatales que emplearon a grupos armados como las FARC, utilizando la producción y el tráfico de cocaína como instrumentos de política estatal y modificando funcionalmente ciertas políticas públicas. En este punto, el producto principal se diversifica (cocaína y oro) hacia un mercado principal (EEUU) con expansión hacia Europa.

La actual cuarta ola está marcada por la instalación de grupos extra-regionales, como la Ndrangheta italiana, las mafias albanesas o redes criminales turcas. Impulsan la expansión de drogas sintéticas y la explotación de oro ilícito. Estas organizaciones operan en muchos casos bajo la protección de gobiernos autoritarios, autodenominados de izquierda o de derecha, intercambiando capitales de los mercados ilícitos por protección política.

Control territorial

Esta Cuarta Ola no se define exclusivamente por la violencia, aunque tiende a registrar periodos especialmente sangrientos durante las disputas por el control territorial estratégico entre grupos locales. Sin embargo, su verdadera amenaza radica en la capacidad de las organizaciones criminales para instaurar lógicas de gobernanza paralela, ejercer control territorial, penetrar instituciones y sustituir funciones propias del Estado.

Esta estrategia, muchas veces facilitada por la complicidad de redes políticas dentro del propio Estado produce un doble efecto: deslegitima al Estado, al evidenciar su incapacidad para combatir el crimen transnacional, y otorga legitimidad a los grupos criminales, que asumen funciones estatales —como proveer seguridad, generar empleos o impartir formas rudimentarias de justicia— con mayor eficiencia que las instituciones formales. Es una forma de poder que opera desde los márgenes, pero influye directamente en el núcleo mismo de la vida política, económica y social de nuestros países.

Estos actores criminales redefinen las reglas del juego en los territorios. Capturan funciones del Estado y corrompen las bases democráticas hasta que queda muy poco de la infraestructura institucional. Es un fenómeno que, siguiendo la analogía del virus descrito por Pablo Zeballos, se expande de forma desapercibida inicialmente, hasta que mata al cuerpo anfitrión.

Convergencia transnacional

La evidencia de la nueva convergencia propia de la Cuarta Ola abunda en la actualidad. Un ejemplo claro se dio en junio de 2025, cuando un tribunal en Chile condenó a dos ciudadanos chinos, un albanés y un peruano por el tráfico de cocaína desde Valparaíso con destino a Róterdam, Países Bajos. Pocos días después, en una  operación conjunta con la policía italiana y británica, las autoridades colombianas detuvieron en Santa Fe de Bogotá a Giuseppe Palermo, uno de los capos de la poderosa mafia calabresa, la ‘Ndrangheta.

Estos hechos constituyen claras muestras de las nuevas y peligrosas convergencias del crimen organizado transnacional en América Latina. Actores extra-regionales han tejido alianzas inéditas, construyendo superestructuras globales en coordinación con grupos criminales regionales y nacionales que controlan territorios e infraestructuras estratégicas.

Otro ejemplo paradigmático ocurrió en marzo de 2025. Un equipo de fiscales en Arica, Chile lograron que un juzgado condenase a 34 miembros de la banda criminal Tren de Aragua por múltiples actos de violencia y homicidio. Este grupo nacido en Venezuela y que ahora opera a nivel regional, es representante del fenómeno particularmente peligroso como es la variante del COT: la Exo-Criminalidad de Riesgo (ECR).

Menos democracia, más autoritarismo

La otra cara de la moneda del debilitamiento de los estados democráticos es el crecimiento de un autoritarismo ideológicamente agnóstico. Se mantiene en el poder usando grupos del crimen organizado transnacional como instrumentos de la política del estado. El caso más notable fue la alianza de los países Bolivarianos (Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Cuba) con las FARC cuando el grupo guerrillero era el productor de cocaína más grande del mundo.

Dentro de los estados autoritarios que se definen por esas alianzas hoy en día están Venezuela, Nicaragua, y El Salvador. Cada uno sigue el mismo modelo de consolidación autoritario a pesar de la autodefinición de unos como de “izquierda” y otros como “derecha.” La brecha más grande ahora no es, como en el pasado, entre ideologías de derecha e izquierda, sino entre la democracia participativa e institucional o el autoritarismo en alianza con el crimen transnacional.

¿Hay salida?

América Latina no puede seguir atrapada entre la violencia criminal y la ilusión autoritaria que hoy se expande en diversas partes de la región. Este modelo se sustenta en mega cárceles, detenciones masivas sin pruebas, juicios colectivos sin derecho a una defensa adecuada y censura a medios independientes. La salida no está en ceder derechos básicos a cambio de una seguridad aparente —como propone el autoritarismo basado en la lógica del “enemigo interno”—, sino en construir seguridad para proteger los derechos.

De esta diferencia se desprende el futuro de la región: avanzar hacia una institucionalidad sólida y duradera, o caer en un autoritarismo cada vez más personalista. Superar la trampa autoritaria exige democratizar la seguridad, transparentar la información, empoderar a las comunidades, recuperar los territorios a través de la inclusión y reencantar a la ciudadanía con un Estado que funcione, proteja y rinda cuentas.

Como advirtió Giovanni Falcone, juez asesinado por la mafia italiana, “la insolencia del crimen organizado es del mismo tamaño que la ausencia del Estado”. Esa constatación está más vigente que nunca en América Latina. Allí donde el Estado se ausenta, el crimen ocupa el espacio con poder, violencia y promesas vacías de orden. La verdadera salida no es resignarse a esa sustitución, sino reconstruir la legitimidad estatal desde la eficacia, la transparencia y la protección de los derechos ciudadanos.

*Texto publicado originalmente en Diálogo Político

¿Una grieta en el relato mileista?

En casi dos años de gestión, la evaluación del gobierno de Javier Milei se ha mantenido sorprendentemente estable: no hay una tendencia marcada hacia el desgaste, pero tampoco hacia el fortalecimiento. Este fenómeno resulta llamativo, considerando que, como el propio Presidente afirma, llevó adelante “el ajuste más grande de la historia”, lo que inevitablemente generó un impacto negativo en distintas variables de la economía diaria de los argentinos. Sin embargo, algunos momentos en estos meses sí produjeron preocupación por su vertiginoso efecto en la opinión pública.

Si se realiza un promedio simple de las principales mediciones sobre la aprobación del gobierno de Milei, el promedio del ciclo es de casi 49 puntos. Sin embargo, septiembre de 2024 aparece como el punto más bajo con 45 puntos. Determinar su causalidad es complejo, pero la mayoría de analistas e investigadores coincide en que hubo cinco temas centrales que funcionaron como catalizadores. Uno fue el deterioro del presupuesto universitario, que derivó en una multitudinaria marcha a finales de abril. Otro, los recortes en la cobertura médica para adultos mayores a través del PAMI en junio y agosto, y la represión de la marcha de jubilados tras el veto a la ley previsional en septiembre. Hacia finales de mayo se conoció además la existencia de acopio de alimentos por parte del Ministerio de Capital Humano, que impedía su llegada a comedores populares. Por último, y no menor, la cotización del dólar blue —aquel que se negocia en el mercado informal— alcanzó en julio los $1.500 para la venta, generando la sensación de desestabilización económica. Cada uno de estos elementos, en distinta medida, activó sensibilidades diversas: desde el temor por el futuro educativo y social hasta la percepción de injusticia en el reparto de recursos o la pérdida de control económico.

Por entonces, la Universidad Di Tella reflejó este período de inestabilidad en su Índice de Confianza en el Gobierno. En la última medición del mes de agosto de 2025 no solo se registró una nueva caída abrupta de casi 14 puntos intermensualmente, sino que el nivel quedó por debajo del observado en septiembre de 2024. Nuevamente, el malestar presupuestario en el hospital de niños Garrahan, el veto al aumentando la jubilaciones, el veto a la ley que declara emergencia en discapacidad, el consumo que no logra recuperarse y un nuevo rally alcista de la cotización del dólar, aparecen en el centro de las turbulencias.

Como si el panorama no fuese lo suficientemente desalentador para el oficialismo, a poco más de quince días de las elecciones en la provincia de Buenos Aires y dos meses de los comicios nacionales, el caso Spagnuolo apareció como un nuevo factor de desestabilización. Se trata de una denuncia por supuestas maniobras de corrupción en la administración de fondos públicos destinados a la compra de medicamentos para personas con discapacidad, que involucra a un funcionario de segunda línea pero con vínculos estrechos dentro del oficialismo. A los pocos días de conocerse el caso, una encuesta de M&F reveló que el 90% de los argentinos estaba al tanto del tema, un número inusualmente alto en un país donde la política suele ocupar un lugar secundario frente a otras urgencias cotidianas. La atención se explica, sin dudas, tanto por el contexto electoral como por la amplificación mediática y, en no menor medida, por la difusión interesada que habrían promovido sectores internos en pugna. Ahora bien, aunque la visibilidad del escándalo es enorme, su impacto electoral inmediato parece limitado: el 80% de los encuestados afirma que no cambiaría su voto por este motivo. El informe no lo precisa, pero incluso si solo una fracción de quienes aseguran que modificarían su elección correspondiera a votantes blandos, el efecto podría ser significativo y traducirse en un daño serio en una elección reñida.

Dicho lo anterior, es posible que el impacto más relevante de este caso no esté en alterar la intención de voto en el corto plazo, sino en su potencial para erosionar el relato mileísta. Algo que, sin dudas, sería muy lesivo en el mediano y largo plazo. El gobierno construyó desde el inicio un relato político basado en la idea de que la corrupción y la mala administración de lo público eran patrimonio exclusivo de una “casta” político-empresarial ajena, responsable del estancamiento y la pobreza en el país.

Frente a ello, Milei se presentaba como alguien que venía desde afuera de la política para terminar con la casta y sus prácticas. El ajuste económico se justificaba en el sacrificio coyuntural para poder estar mejor en el futuro. En los estudios de opinión pública todo eso ha permeado y es apoyado. Hay muchos aspectos de Milei que no agradan, pero se le reconoce la capacidad de haber ordenado la economía, generar más tranquilidad y contrastar con los kirchneristas. El caso Spagnuolo, sin embargo, amenaza con corroer ese relato originario al mostrar que las prácticas opacas pueden anidar también dentro del propio espacio oficialista. Es, por ahora, una grieta en el relato, pero podría convertirse en algo más grave para aquello que le da sentido a la llegada de Milei al poder, sus acciones cotidianas y su proyección hacia el futuro.

Aún es posible que el gobierno obtenga un buen resultado electoral en 2025, tal como reflejan las encuestas. La percepción de que logró estabilizar la inflación y la ausencia de alternativas competitivas en la oposición constituyen sus activos más importantes. No obstante, el desafío no se limita a contener el impacto coyuntural en las encuestas, sino a reconfigurar un relato político que hoy se ve amenazado en su núcleo más sensible: la promesa de ser distintos.Es posible que la idea de que se trata de una “operación mediática” sea, por un tiempo, el único recurso al que el gobierno apueste. Pero esa táctica es tan débil como insostenible. Si la percepción de corrupción germina en el electorado, en particular entre los más cercanos al oficialismo, las palabras perderán peso ante lo que se percibe como hechos. Como diría el filósofo y poeta Ralph Waldo Emerson: “Lo que haces habla tan fuerte que no puedo escuchar lo que dices.”

Aprendiendo del pionero manufacturero de Centroamérica: cuatro lecciones de Costa Rica

Hace 30 años, Costa Rica era una economía basada en recursos naturales y dependiente de la exportación de materias primas. Hoy, sin embargo, es un próspero centro de manufactura e innovación con más de 90 multinacionales de tecnología médica que operan dentro de sus fronteras. Costa Rica es una de las economías más avanzadas de América Latina, con un crecimiento promedio del 18% anual en las exportaciones de dispositivos médicos. En 2023, la principal fuente de ingresos por exportaciones de Costa Rica fueron los dispositivos médicos y, sorprendentemente, en 2022, Costa Rica superó las exportaciones biomédicas de China a Estados Unidos. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿cómo logró un país de tan solo 5,3 millones de habitantes alterar el statu quo comercial en las Américas?

Esta extraordinaria transformación comenzó en la década de 1990. El gobierno costarricense detectó el impacto de la globalización en las cadenas de suministro y decidió reorientar su economía para atraer inversión extranjera directa (IED) mediante la transición hacia cadenas de suministro de mayor valor y tecnología. Inversiones clave en la educación y capacitación de la fuerza laboral, además del desarrollo de políticas y prácticas empresariales inteligentes y orientadas al crecimiento, generaron un impulso que impulsó la economía del país hacia una nueva era. En el transcurso de 15 años, Costa Rica pasó de ser una economía dependiente en gran medida de la exportación de recursos naturales a un importante centro manufacturero en el hemisferio occidental, batiendo récords de inversión extranjera directa (IED) en el proceso. A continuación, cuatro lecciones del ascenso de Costa Rica.

Lección n.° 1: No politiquear

Incluso en las democracias más estables, las políticas de la administración anterior suelen abandonarse con la transición de gobiernos. Sin embargo, cuando el gobierno costarricense decidió centrar su atención en la fabricación de dispositivos médicos, se aseguró de que esta nueva política estatal no se viera afectada por las mareas políticas. Los responsables políticos y las élites de la industria compartían una visión: al reformar la economía de la cadena de suministro, podrían reformar la economía costarricense en su conjunto. 

El país adoptó un enfoque de Cadena Global de Valor (CGV) examinando cada paso del proceso, desde el abastecimiento de materias primas, la investigación y el desarrollo, el diseño, el ensamblaje, los controles de calidad y las regulaciones de exportación. Al adoptar un enfoque de cadenas de valor globales (CVG), el gobierno garantizó que tanto el sector público como el privado comprendieran claramente las industrias existentes y las cadenas de suministro globales, lo que les permitió implementar eficazmente nuevas políticas específicas para promover el desarrollo económico en los sectores e incrementar la IED total. 

Además, se crearon estructuras de gobernanza, como la Consejería Presidencial para la Competitividad y la Innovación, para reunir a importantes actores del sector público y privado con el fin de impulsar la participación en la economía global y guiar y supervisar la nueva estrategia de Costa Rica para la cadena de suministro. El Ministerio de Comercio Exterior de Costa Rica (COMEX), la Promotora de Comercio Exterior de Costa Rica (PROCOMER) y la Agencia Costarricense de Promoción de Inversiones (CINDE) también impulsaron políticas favorables a las empresas para garantizar que las empresas e inversionistas extranjeros pudieran integrarse fácilmente en los mercados nacionales y locales. Esto dio lugar a que multinacionales como Intel, Boston Scientific y Hewlett Packard se establecieran en Costa Rica. Al demostrar un apoyo continuo a los sectores público y privado, las empresas aseguraron el compromiso del gobierno con el desarrollo de la industria costarricense de dispositivos biomédicos. 

Lección n.° 2: Crear un entorno propicio para los negocios

La red de Tratados de Libre Comercio (TLC) de Costa Rica abrió las puertas a los mercados estadounidense, europeo y asiático, generando más oportunidades para la IED de grandes multinacionales. Bajo el sistema de incentivos de la zona franca costarricense, las empresas de tecnología médica (MedTech) pueden operar libres de impuestos durante varios años, lo que les brinda margen para establecer operaciones mientras se establecen en el país. Las políticas comerciales abiertas y el sistema de incentivos para las empresas de MedTech permitieron a Costa Rica invertir en sus plantas de fabricación y canales de distribución, fortaleciendo sus vínculos en la cadena de suministro. 

COMEX, PROCOMER y CINDE garantizan que los TLC y los sistemas de incentivos formen parte de un ecosistema de políticas orientadas al mercado para atraer IED al sector de dispositivos médicos. Hoy en día, con la creciente popularidad de la deslocalización cercana y la deslocalización amiga en el hemisferio occidental, Costa Rica se ha posicionado como un socio ideal para Estados Unidos.

Lección n.° 3: Capacite a su fuerza laboral actual

Costa Rica también realizó una importante inversión en capital humano para aumentar la competitividad e impulsar la innovación. El Instituto Nacional de Aprendizaje (INA) ofreció una serie de programas técnicos y vocacionales para capacitar a los trabajadores en industrias de alta demanda. 

En 2020, el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Telecomunicaciones de Costa Rica y CINDE desarrollaron programas de certificación profesional para ampliar el nivel de talento, innovación y competitividad en la industria de dispositivos médicos. La Consejería Presidencial para la Competitividad y la Innovación monitorea el éxito y la eficacia de estos programas para evaluar si se alinean con el enfoque de cadenas de valor mundiales (CVG) y si están mejorando el capital humano y la capacidad de innovación de Costa Rica en el sector. 

Al priorizar el desarrollo de la fuerza laboral, el gobierno estableció una reserva de trabajadores altamente calificados que no solo apoya al sector de dispositivos médicos, sino que también los prepara para otras cadenas de suministro de alta tecnología en los sectores de las ciencias de la vida y el farmacéutico.

Lección n.° 4: Cultivar el talento interno

Costa Rica es uno de los países con mayor nivel educativo de América Latina y ocupa el segundo lugar en dominio del inglés. Sin contar con un ejército que financiar, Costa Rica ha realizado importantes inversiones en educación durante los últimos 50 años. Al cultivar una fuerza laboral altamente capacitada, calificada y orientada al mercado, las universidades han sido fundamentales en la transformación de su economía exportadora. 

Las universidades públicas reciben importantes subsidios del gobierno y han desempeñado un papel clave en el desarrollo y la gestión del talento que ingresa a estas áreas de alta tecnología. CINDE estableció alianzas con universidades estadounidenses como la Universidad Rice, la Universidad de Wisconsin Stout y la Universidad de Minnesota para impulsar la investigación y el desarrollo en ingeniería biomédica. 

También se ha asociado con el Instituto Tecnológico de Georgia para desarrollar planes de estudio complementarios en el sector de dispositivos médicos y otras áreas de alta demanda. Las alianzas universitarias generan oportunidades para una mayor investigación e innovación, a la vez que fortalecen los vínculos industriales entre Costa Rica y Estados Unidos. Al gestionar su propia cartera de talento local, Costa Rica orientó su fuerza laboral hacia el éxito en sectores críticos y transformó por completo la trayectoria de sus exportaciones.

Conclusión

La evolución de la cadena de suministro de Costa Rica no fue un éxito repentino; tardó 15 años en ver un cambio sustancial en su economía exportadora. Pero fue su éxito. La IED de multinacionales y las alianzas transnacionales con universidades han impactado significativamente al sector, pero las políticas e iniciativas en sí fueron iniciadas e impulsadas íntegramente por el gobierno costarricense y sus socios del sector privado. 

A medida que las empresas de tecnología médica continúan expandiéndose, crean oportunidades para una mayor inversión en otros sectores exportadores de las industrias tecnológica, de ciencias de la vida y farmacéutica. El énfasis de Costa Rica en la capacitación, formación y desarrollo profesional de la fuerza laboral para la industria de dispositivos médicos preparó simultáneamente a los trabajadores para la transición hacia otras cadenas de suministro de alta tecnología, manteniendo el flujo de una fuerza laboral nacional altamente calificada y competitiva. 

A medida que la geopolítica cambia los patrones comerciales y los países buscan diversificar y reducir el riesgo de sus propias cadenas de suministro, Costa Rica ofrece lecciones y perspectivas cruciales sobre cómo fomentar un ecosistema exportador resiliente.

Milei: crónica de una derrota autoinfligida

Este 2025 se celebran en Argentina elecciones intermedias. Se renuevan en las provincias, y el 26 de octubre a nivel nacional, parte de las cámaras de diputados y senadores. En estas elecciones, algunos gobernadores no oficialistas trataron de desdoblar su elección local para despegarla de la nacional. Las elecciones provinciales la monitorean ellos directamente: la elección nacional la controla el gobierno. Muchos gobernadores no quisieron plegarse a la elección nacional del 26 de octubre por temor a que el consenso hacia el gobierno de Milei interfiriera en sus territorios.

Uno de los gobernadores que logró desdoblar su elección fue el de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, político impulsado en su momento por Cristina de Kirchner pero que hace tiempo trata de generar poder propio pensando en la elección presidencial de 2027, por un lado, y en ser candidato del disperso peronismo, por el otro, ahora que el aura de Cristina, más su situación judicial, se diluyó y, con ella, la del otrora hegemónico kirchnerismo. Cabe acotar que el padrón electoral de la provincia de Buenos Aires cubre casi el 40% del padrón nacional, lo que hace de su resultado un predictor de una elección nacional consecutiva.

Dos meses atrás, en pleno romance político con gran parte de la sociedad, el gobierno de Milei estaba confiado en una victoria, en este primer test electoral, holgada. Dos semanas antes de la cita comenzó a hablar de un empate técnico. Y finalmente el domingo la fuerza política del gobernador de Buenos Aires obtuvo el 47,33% de los votos provinciales, mientras que el partido del gobierno obtuvo un 33,45% de los votos. De acuerdo con el comentario general y al análisis de los medios, fue una derrota aplastante.

Los análisis políticos de la hora y los medios no dudan en señalar las principales variables que explican la derrota: control de la inflación a costa de un ajuste brutal que empezó a empobrecer a los sectores medios (los sectores socioeconómicamente bajos, es decir, la pobreza orilla en el 35% de la población), el abandono de la obra pública y el lento pero progresivo deterioro de la infraestructura física, la ofensiva contra las jubilaciones, la salud pública y el sistema universitario nacional, el cierre de pequeñas empresas y comercios, el aumento del desempleo y la precariedad laboral.

Pero se puede considerar otro factor al que se ha prestado una atención difusa y desenfocada: el carácter de outsider de Milei y, por ende, el funcionamiento político de su gobierno.

La literatura política y comunicacional de los últimos años se ha dedicado a comentar y analizar la emergencia de líderes políticos que ganan elecciones y que no provienen de los partidos tradicionales ni del mismo sistema político. Como señalaba Max Weber cuando caracterizó la dominación carismática, estos políticos surgen en sociedades y momentos históricos enmarcados en fuertes crisis. El mundo contemporáneo observa crisis de variada índole en muchos países, y, consecuentemente, el arribo al poder de líderes extraños a la política tradicional: los outsiders.

La cuestión es que la literatura se enfocó hasta ahora en describir el origen de esos liderazgos en los distintos países, las personalidades, los entornos, las medidas que toman, pero no, al menos como variable principal, la perfomance política de los outsiders. Es decir, la relación que hay entre su origen político, la crisis que enfrentan al asumir el poder y, acá creo está el tema, la calidad de su accionar político en función de los problemas a resolver y la relación que constituyen con el resto del sistema político. En este plano, considero, por lo tanto, que ya se puede hablar de “malos outsiders” y “buenos outsiders”. No buenos y malos en sí mismos, sino en función de los resultados políticos que van obteniendo.

El “buen outsider” es aquel liderazgo novedoso que sorprende, que concentra la legitimidad del poder en un momento de crisis, que analiza las causas centrales de la crisis y traza las primeras medidas pero tomando en cuenta, a la vez, las consecuencias colaterales de esas medidas, que convoca a expertos o buenos conocedores profesionales de esos problemas, que comienza a anunciar medidas, muchas de ellas de shock, que analiza los medios para implementarlas (si leyes, decretos, políticas ejecutivas), que comienza a tejer alianzas con parte del denostado sistema político tradicional, que comunica paulatinamente los pasos a seguir, que rechaza las quejas opositoras con lenguaje político y no soez, que intenta convencer más que amenazar, que se rodea de personal político nuevo pero dentro de ese marco ético, que recalcula ante los escollos pero no intenta avanzar empecinadamente.

Por supuesto, el “mal outsider”, sobre todo el “muy malo” si es que choca permanentemente contra la realidad, se enfurece, e insiste en insultos y amenazas; es todo lo contrario a lo antes mencionado.

El presidente Milei es un ejemplo claro del “mal outsider”. La fuerte derrota electoral del domingo se lo demuestra siempre y cuando lo entienda y no, como es su estilo innegociable, intente redoblar la apuesta haciendo las cosas de la misma manera, con la misma gente y la misma intolerancia política.