Los diagnósticos sobre una base comparada del estado de la democracia se acumulan y las posibilidades de conocer su compleja situación actual se agrandan. Todo ello es fundamental para terciar en el debate, no solo acerca de lo que acontece, sino de sus causas para intentar formular alternativas. Caer en el nihilismo es la peor de las salidas. Si en un texto reciente me refería al pulso de la democracia, de acuerdo con análisis realizados a través de índices medianamente complejos y dejaba pendiente una aproximación alternativa consistente en vislumbrar a la democracia desde diferentes ángulos, a ello hoy se suma un valioso trabajo monográfico regional recién publicado. Veamos.
El proyecto V-Dem, liderado por la universidad de Gotemburgo (Suecia) e iniciado hace tres lustros, parte de la base de la configuración de la democracia en diferentes variedades en función de distintos perfiles. Ello puede facilitar llevar a cabo aproximaciones más finas para evaluar su desempeño, pues se tienen en cuenta por separado facetas del desempeño democrático que no necesariamente coinciden. Estas cinco variedades reciben sus denominaciones, según el criterio conceptual dominante.

Así, cuando lo que importa es el principio de la competición política la variedad de la democracia se denomina electoral y los indicadores que la componen giran en torno a los comicios. La variedad de la democracia liberal supone la existencia de un gobierno limitado, puntos de veto múltiples, rendición de cuentas horizontal, derechos individuales, libertades civiles y transparencia. La variedad de la democracia participativa tiene que ver con el gobierno del pueblo y en qué medida participa en política la ciudadanía. La variedad de la democracia deliberativa se vincula al gobierno por la razón, de manera que las políticas sean el resultado de la deliberación. Y, finalmente, la variedad de la democracia igualitaria se refiere al nivel de empoderamiento igual que debe tener la ciudadanía.
Estas facetas son descompuestas en indicadores que terminan siendo codificados por más de tres mil expertos y el resultado supone una clasificación de los países objeto de análisis gracias a la puntuación alcanzada en una escala de 0 a 1. La posibilidad de analizar su desempeño en el tiempo es otra.
Los datos presentados recientemente relativos al año 2025 referidos a los países latinoamericanos confirman su gran heterogeneidad. En las cinco variedades de democracia de forma constante Uruguay, Costa Rica y Chile destacan por su mayor rendimiento mientras que Cuba, Nicaragua y Venezuela lo hacen en el sentido opuesto. A este grupo se une recientemente El Salvador con valores muy bajos en cuatro de las cinco variedades de democracia como son la liberal, igualitaria, deliberativa y participativa.
En cuanto a la evolución registrada entre 2020 y 2025 el comportamiento de los distintos países es desigual y no se puede hablar de un patrón regional. Se registran retrocesos en las cinco variedades en cinco países (Argentina, Ecuador, El Salvador, México y Perú). Por el contrario, contabilizan progresos seis países (Bolivia, Brasil, Colombia, R. Dominicana, Guatemala y Honduras). Panamá, que tiene valores más altos que Paraguay, mantiene con este país un comportamiento estable como ocurre con los tres países que tienen valores más altos (Uruguay, Costa Rica y Chile) y los tres países con desempeño muy bajo (Cuba, Venezuela y Nicaragua).
Desde una perspectiva muy diferente, pero manteniendo un engarce evidente con lo recién señalado, el Programa de Naciones Unidad para el Desarrollo (PNUD) acaba de publicar su informe sobre democracia y desarrollo 2026 centrado en América Latina y el Caribe. Se trata de un minucioso y extenso estudio de 344 páginas que de manera exhaustiva y siguiendo un riguroso proceso colaborativo hace un análisis del acontecer político en la región, sus riesgos y expectativas.
El trabajo sigue la huella del informe predecesor de 2004 en el que Dante Caputo, Guillermo O´Donnell y Gerardo Munck, entre otros, inspiraron una fértil integración de la faceta institucional de la política con la social en el marco de lo que entonces se denominó una “democracia de ciudadanas y ciudadanos”. Era el gran momento del reto de la consolidación democrática en la región tras haberse culminado los procesos de transición y abrirse paso la agenda de la calidad de la democracia.
Dos largas décadas después, las democracias fatigadas latinoamericanas se sitúan en el interior de un cuadrado sufriendo una presión que a veces se hace insoportable. De un lado está la inteligencia artificial y su relación con la desinformación y el sistema informativo en transformación que ha transformado la esfera pública. Su impacto sobre los mecanismos democráticos y las capacidades del Estado pueden abrir una oportunidad para fortalecer a la democracia, algo que supone un reto imperioso.
Un segundo costado está constituido por la presión criminal que ha puesto en un brete a la limitada capacidad del estado confrontado por economías ilícitas e incapaz de mantener el monopolio de la violencia legítima que proyecta un pulso de permanente desgaste. El tercer flanco lo configura la emigración y el desplazamiento interno sujeto de una tensión permanente de carácter social, económico y cultural. Por último, está el lado definido por los déficits persistentes del desarrollo en tiempos de crisis planetaria y de no satisfacción de demandas de la ciudadanía.
El informe del PNUD titulado Democracias bajo presión. Reimaginar los futuros de la democracia y el desarrollo contiene un bagaje conceptual muy sólido que se articula a través de numerosos indicadores para definir los logros, deudas y riesgos de retroceso de la democracia, así como la manera en que la polarización política la pone a prueba. Sin embargo, no se queda en la ya de por sí importante función descriptivo-analítica, pues en su último capítulo aventura una guía de acción para la política al reimaginar los futuros de la democracia reconectando la democracia, el desarrollo humano y el Estado.
Como señala en el prólogo Michelle Muschett, directora regional para América Latina y el Caribe del PNUD, “el futuro de la democracia y el desarrollo dependerá de la capacidad de nuestras sociedades para transformar la presión en progreso sin sacrificar la agencia y las libertades humanas. Este es un desafío colectivo e ineludible”.










