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Colombia: ¿hacia una fractura nacional?

La inédita disputa entre los extremos políticos pone a prueba la estabilidad democrática de Colombia en un contexto de creciente polarización.

El pasado domingo se llevó a cabo la primera vuelta de las elecciones presidenciales y los colombianos quedamos en shock, dado que en la segunda vuelta, dentro de escasas tres semanas (21 de junio), se enfrentarán los dos extremos del espectro ideológico en un país que afronta una grave (y, peligrosa) polarización política y un agravamiento del orden público interno. Por un lado, el candidato más situado a la izquierda, Iván Cepeda y, por otro lado, el candidato más situado a la derecha, Abelardo de la Espriella.

El resultado fue una total sorpresa: mientras que en el campo de la izquierda se daba por descontado el triunfo de Cepeda (obtuvo 43.7%) en la primera vuelta, en el campo opositor se creía que la candidata del Centro Democrático, Paloma Valencia (obtuvoe el 6,9%), liderado por el expresidente Álvaro Uribe Vélez le disputaría la Presidencia de la República en la segunda vuelta. Ambos sectores fallaron en sus pronósticos. Abelardo de la Espriella del partido Defensores de la Patria obtuvo el 43.7%.

Una lectura optimista y una lectura pesimista

Frente a los resultados electorales existen dos lecturas de lo que podría pasar en el país. Por un lado, una lectura optimista sería que dada la tradición electoral de Colombia, esta polarización no va a tener un impacto devastador. Por otra parte, una lectura pesimista sería que el país sufra serias consecuencias en su estabilidad democrática.

En relación con la visión optimista, es importante recordar que, desde el fin de los únicos gobiernos militares que tuvo Colombia en el siglo XX (Gustavo Rojas Pinilla y la Junta Militar de Gobierno entre 1953 y 1958), hemos tenido quince presidentes a lo largo ya de 68 años. Una excepcional estabilidad civilista en el contexto latinoamericano. Incluso, Gustavo Petro, el primer presidente de izquierda en la historia de Colombia, se posesionó el 7 de agosto de 2022 sin ningún contratiempo, en contraste con la toma del Capitolio en Washington el 6 de enero de 2021 por parte de los seguidores de Donald Trump indignados con el triunfo de Joe Biden o con la toma de la Plaza de los Tres Poderes en Brasilia el 8 de enero de 2023 por parte de los seguidores de Jair Bolsonaro, molestos con el triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva.

Esta tradición política sería un motivo de tranquilidad. Sin embargo, hubo una elección que sí generó una grave crisis en el país. En 1970, tras el triunfo electoral de Misael Pastrana Borrero, los seguidores del general Gustavo Rojas Pinilla -con un discurso de corte populista- alegaron que había habido un fraude electoral, salieron a las calles y el presidente Carlos Lleras Restrepo declaró al país en “estado de sitio”. Poco después, en reacción a ese supuesto fraude surgió el M-19, es decir, el grupo guerrillero en el cual militó Gustavo Petro.

¿El clima actual de polarización se asemeja al clima de 1970, es decir, al de la única elección en el cual la estabilidad democrática del país estuvo en riesgo? ¿Vamos a revivir nuevamente de manera irresponsable la sombra de un fraude electoral?

Sin duda, en la balanza debemos colocar, de un lado, la larga tradición de gobiernos civiles electos en Colombia, la división de los poderes públicos y la autonomía de la rama judicial y del otro, la profunda polarización política actual, y a partir de allí intentar determinar cual tendrá mayor peso.

¿Es inevitable la polarización política extrema?

Tras el anuncio de los resultados electorales por parte de las entidades oficiales se generó un clima de crispación que genera muchos temores: por una parte, el mensaje irresponsable del presidente Petro poniendo en duda la transparencia electoral, la cual fue replicada por el candidato de su partido, Iván Cepeda. Por otra parte, los discursos incendiarios del propio Cepeda y, más tarde, de Abelardo De la Espriella tras conocer que uno y otro se enfrentarían en la segunda vuelta, en una lógica de amigos-enemigos.

Estos discursos polarizantes, aunados a la fragmentación extrema del sistema de partidos que ha conducido a una “personalización” del liderazgo político sin controles y al agravamiento del orden público, tanto de la mano de actores armados de origen político como criminal, puede llegar a ser explosivo. No debemos olvidarnos nunca de “El Bogotazo” del 9 de abril de 1948.

Por ello, es necesario que la opinión pública se movilice y le exija a uno y otro candidato mesura en el uso de la palabra. En ninguna circunstancia y menos en la actual coyuntura del país es responsable pronunciar discursos de odio. Por otra parte, es indispensable que construyamos unos “acuerdos sobre lo fundamental” como los denominó el líder conservador asesinado, Álvaro Gómez Hurtado en su momento que se basen en el respeto a la Constitución de 1991, al estado de derecho y a la división de los poderes públicos, el reconocimiento de los resultados electorales y al triunfador en el proceso electoral.

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Profesor de la Universidad Nacional de Colombia. Fue presidente de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR) e integró la Junta Directiva del Fondo de Víctimas de la Corte Penal Internacional.

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