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La ira y el odio como movilizadores del voto

En una Latinoamérica marcada por el desencanto, la ira, el miedo y el rechazo se han vuelto claves para movilizar votantes, aunque a costa de gobiernos más débiles y apoyos inestables.

Entre los presidentes latinoamericanos predomina el rechazo popular. Izquierda o derecha, nuevos o viejos, mujeres o varones: la constante son electores que están enojados, disconformes y decepcionados. Evidentemente, hay casos que rompen los moldes: la mexicana Claudia Sheinbaum y el salvadoreño Nayib Bukele tienen una imagen positiva que oscila en torno a los 70 puntos. Sin embargo, el panorama general es decepcionante. De 18 presidentes de la región relevados por la encuestadora argentina CB, casi el 60% tienen una imagen negativa superior a la positiva. En la mitad de estos 18 mandatarios, la imagen negativa “muy mala” es superior al 30%. Por lo tanto, no solo hay rechazo, sino que, en un porcentaje más que significativo, se trata de un rechazo extremo.

Suele ser un interrogante frecuente por qué los presidentes pierden tan rápidamente su imagen positiva, por qué al poco tiempo de ganar las elecciones tienen niveles de rechazo tan altos y, sobre todo, por qué antes esto no se daba. La pregunta original que ayuda a entender parte de esta tendencia es por qué, en primer lugar, ganó un presidente: ¿lo amaban u odiaban más a su adversario? En muchos casos, una respuesta posible es que lo que movilizó electoralmente a los votantes no fue el amor, la esperanza o la felicidad, sino la ira, el odio y el miedo.

Por estos días, Bolivia enfrenta un escenario de máxima inestabilidad. El presidente Paz alcanzó apenas 32 puntos en las elecciones generales. A siete meses de asumir, la tensión política y una opinión pública con casi 30 puntos de imagen “muy mala” y 44 de negativa exponen la fragilidad de su marcha. El ascenso de Kast en Chile, que alcanzó solo el 23,9% de los votos en las generales, se entiende mejor como el voto castigo hacia un gobierno de Boric que para muchos resultó decepcionante. El caso peruano no necesita mayor exposición: en abril, Keiko Fujimori alcanzó solo 17 puntos, seguida de cuatro candidatos que oscilaron en torno a los 10 puntos cada uno, reflejo de un país fragmentado que en los últimos diez años tuvo ocho mandatarios. En algunos casos son presidentes que se debilitan, pero en muchos otros son presidentes que ganan débilmente.

Lo que se observa en términos generales es que cada vez es menos probable que un candidato obtenga holgadamente valores superiores al 40% de los votos en elecciones generales. Puede pasar, dependiendo del país y de contextos específicos, pero lo cierto es que se trata de escenarios de otra época. Si miramos 137 comicios presidenciales generales en 15 países latinoamericanos, el dato es evidente: el candidato más votado en 1980 obtenía en promedio 49 puntos; en la década de 1990 y, similarmente, en la del 2000 descendió a los 43 puntos; en la década del 2010 bajó a los 40 puntos; y, finalmente, en la década del 2020 se redujo a los 38 puntos.

El reciente proceso electoral colombiano muestra un matiz en este análisis, exponiendo aún más la dinámica observada en el resto de países: de las últimas nueve elecciones presidenciales, solo en dos los más votados obtuvieron menos de 40% de los votos; en el resto de elecciones -incluyendo la del domingo 31 de mayo (43,7%)- los resultados han superado dicho valor y, junto con los 40 puntos alcanzados por Cepeda, continúa el proceso de polarización electoral creciente que el país vive desde 2014.

No obstante este caso, en términos generales, un candidato presidencial ganador promedio en Latinoamérica obtiene hoy 10 puntos porcentuales menos de lo que obtenía en la década de 1980. Las mayorías se han enflaquecido, debilitado, fragmentado. Aquello que las unía, que les daba fuerza y las alimentaba, parece haber menguado.

Cada vez cuesta más movilizar al votante por la felicidad o la esperanza. Vivimos en sociedades frustradas, con privaciones heredadas y futuros sinuosos. Lamentablemente, no abundan las satisfacciones ni la proyección de una vida mejor. La clave en muchas estrategias políticas actuales reside en energizar el comportamiento electoral sólo a partir de orientar el rechazo hacia un antagonista.

Según la teoría de la Inteligencia Afectiva, desarrollada por Marcus, Neuman y MacKuen en su célebre libro del 2000, Affective Intelligence and Political Judgment, algunas emociones combinan cuotas adicionales de energía psíquica y de estado de alerta que resultan en la movilización de los electores. Trabajos como el del politólogo Valentino identificaron que, dentro de todas las emociones, la ira y el odio son las que mejor desempeño tienen en esta tarea. La atribución de culpa, la percepción de que una persona o grupo es el causante de mi malestar y la idea de que votando a X castigo a Y son algunos de los motores electorales más relevantes en la actualidad.

Estos comportamientos no explican por sí solos el resultado electoral, pero en contextos de fragmentación partidaria, malestar económico y crisis de representación, se vuelven recursos especialmente eficaces para movilizar votantes. Todo ese malestar que viven las personas es traducido -y en muchos casos potenciado- por la política como ira hacia un candidato o grupo. Y si esa ira trasciende el contexto electoral, se convierte en odio.

En tiempos en los cuales las mayorías se debilitan, las minorías intensas son la clave electoral. Pero solo cuando esa intensidad se direcciona hacia un antagonista es cuando la magia electoral ocurre. Donde había personas aisladas, pocos elementos en común y una direccionalidad errática, aparecen el orden, la dirección y la fuerza.

Latinoamérica no es un caso aislado. En gran parte de Occidente, lo que prima no es el amor por los propios, la representación política y la conexión con un partido o candidato. Lo que ha cobrado mayor relevancia es el rechazo, y lo que muchas veces buscan los votantes es a quién votar para perjudicar a quien más detestan. Como diría el politólogo Giuliano da Empoli, la fórmula de estos tiempos es ira más algoritmo.

Alimentar las campañas electorales con emociones como la ira, el miedo y el odio parece haberse convertido en uno de los antídotos electorales más eficaces para sociedades fragmentadas, agotadas y desesperanzadas de la política. Si bien electoralmente existe una ganancia, el costo aparece en presidentes débiles y apoyos fugaces de la opinión pública.

El conflicto es inherente a la política; cuando se expresa en pasiones, puede ser un poderoso instrumento para ganar, pero resulta insuficiente -y peligroso- para gobernar.

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Profesor en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y la Universidad de Belgrano, Argentina, donde también investiga sobre comportamiento político y electoral, comunicación política y psicología política. Magister de FLACSO y politólogo y sociólogo de la UBA.

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