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El desafío de gobernar un clima cambiante

El calentamiento global está alterando los patrones climáticos que durante décadas guiaron la planificación de ciudades, infraestructuras y cultivos. Ante un futuro cada vez más incierto, América Latina debe dejar de confiar únicamente en los registros históricos e invertir en adaptación y resiliencia.

Durante siglos, la humanidad construyó su desarrollo sobre una premisa aparentemente inquebrantable, que se basa en que el pasado era la mejor herramienta para anticipar el futuro. Los agricultores sembraban siguiendo calendarios transmitidos por generaciones; los ingenieros diseñaban puentes, carreteras, represas y sistemas de drenaje utilizando registros históricos de lluvias y caudales; las ciudades definían sus planes de expansión considerando zonas que, según la experiencia, nunca se inundaban, bajo el concepto de que la naturaleza tenía ciclos, y que esa propiedad cíclica de los fenómenos naturales permitía planificar.

Hoy esa lógica comienza a resquebrajarse, y no porque la ciencia haya dejado de comprender el clima, sino porque el propio sistema climático está cambiando. Investigaciones recientes, entre ellas las desarrolladas por científicos del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), advierten que el calentamiento global está modificando las condiciones sobre las cuales funcionan los modelos tradicionales de predicción. El problema no radica únicamente en que existan más eventos extremos, sino en que muchos de ellos ocurren fuera de los patrones históricos que durante décadas sirvieron como referencia para diseñar infraestructuras, planificar cultivos o estimar riesgos. 

Cuando el pasado deja de predecir el futuro

La atmósfera es un sistema caótico por naturaleza, en donde pequeñas variaciones pueden producir resultados completamente diferentes. Cuando la temperatura global aumenta, la atmósfera almacena más energía y más vapor de agua, intensificando la interacción entre océanos, corrientes de aire y sistemas de presión. Como consecuencia, los límites de predictibilidad comienzan a reducirse. Un estudio de la Universidad de Stanford mostró que, bajo escenarios de mayor calentamiento, la capacidad de hacer pronósticos meteorológicos confiables podría disminuir incluso en escalas de pocos días. 

Los hechos parecen confirmar esa tendencia. En marzo de 2025, por ejemplo, Bahía Blanca, en Argentina, recibió cerca de 300 milímetros de lluvia en apenas seis horas. Las inundaciones dejaron víctimas fatales, pérdidas millonarias y una ciudad completamente paralizada. El análisis posterior realizado por World Weather Attribution concluyó que las condiciones que originaron ese evento fueron favorecidas por el calentamiento global; una intensa ola de calor, una atmósfera con mayor contenido de humedad y un frente frío que desencadenó precipitaciones sin precedentes para la región.

Lo más preocupante fue la conclusión de los investigadores: los registros históricos ya no eran suficientes para explicar la magnitud del fenómeno. Algo similar ocurrió en Valencia, España, donde las inundaciones de 2024 evidenciaron que incluso países con avanzados sistemas de monitoreo pueden verse sobrepasados cuando la infraestructura fue diseñada para un clima que ya no existe. Las lluvias fueron extraordinarias, pero también quedó en evidencia que las ciudades continúan planificándose con mapas de riesgo elaborados a partir de estadísticas del pasado. 

La Organización Meteorológica Mundial advierte que en los próximos cinco años se mantendrán temperaturas cercanas o superiores a los máximos históricos registrados, lo que incrementa los riesgos para las economías, la seguridad alimentaria, la disponibilidad de agua y la infraestructura crítica. Ya no hablamos únicamente de un problema ambiental; hablamos de un desafío para el desarrollo. Las consecuencias económicas son enormes. Por ejemplo, el Banco Mundial, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) y diversos organismos internacionales coinciden en que los mayores costos del cambio climático no provendrán únicamente de los daños directos ocasionados por tormentas, inundaciones o sequías, sino de la creciente incertidumbre que estos fenómenos generan sobre las inversiones, la producción agrícola, los sistemas energéticos, los seguros y las finanzas públicas. 

América Latina ante un clima cada vez más incierto

Cuando el clima deja de comportarse como antes, también dejan de funcionar muchas de las decisiones construidas sobre la experiencia histórica. América Latina enfrenta una vulnerabilidad particular. Cerca de la mitad de su generación eléctrica depende de recursos hídricos, millones de personas viven de la agricultura, una buena parte de su infraestructura vial atraviesa zonas montañosas expuestas a deslizamientos, mientras que numerosas ciudades costeras enfrentan riesgos crecientes por lluvias extremas y aumento del nivel del mar.

Al mismo tiempo, los recursos para adaptación continúan siendo limitados. Frente a este escenario, algunos países han comenzado a cambiar de paradigma. Los Países Bajos ya no intentan contener toda el agua mediante diques; ahora diseñan espacios para que los ríos se expandan cuando es necesario. Japón, por ejemplo, incorpora criterios de resiliencia climática en cada nueva infraestructura pública. Singapur combina inteligencia artificial, sensores en tiempo real y soluciones basadas en la naturaleza para gestionar inundaciones urbanas. La pregunta dejó de ser cómo evitar completamente el riesgo para pasar a ser cómo mantener funcionando una sociedad cuando el riesgo se materializa.

De la predicción a la adaptación

Ese cambio de enfoque también debería llegar a América Latina, pues durante décadas invertimos enormes recursos en perfeccionar nuestra capacidad de predicción. Sin embargo, el siglo XXI nos obliga a fortalecer otra capacidad igualmente importante, que, aunque no es un concepto nuevo, sí define una nueva forma de política regional basada en la adaptación.

Ciudades capaces de absorber lluvias extraordinarias, redes eléctricas más resilientes, sistemas agrícolas apoyados en escenarios probabilísticos, infraestructura diseñada para condiciones variables y no únicamente para promedios históricos, ecosistemas restaurados que actúen como barreras naturales frente a inundaciones y sequías. Quizá la lección más importante de la ciencia contemporánea no sea que el clima se ha vuelto impredecible, sino que el pasado ya no basta para describir el futuro. Y comprender esa diferencia puede definir el desarrollo de las próximas décadas.

Las sociedades que prosperarán no serán necesariamente aquellas que logren anticipar cada tormenta, cada sequía o cada incendio. Serán aquellas que comprendan que la incertidumbre ya forma parte del nuevo clima y que prepararse para ella constituye, más que un gasto, una de las inversiones más inteligentes que un país puede realizar. Es momento de que no solo la industria y la política afronten este nuevo reto, sino que la academia provea de profesionales que tengan una alta capacidad de investigación, para fortalecer la tesis de que se está forjando un nuevo futuro, con una clima menos predecible y con una infraestructura que debe ser renovada bajo este paradigma. 

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PhD en Automática y Robótica. Ha desarrollado investigaciones en diversas universidades ubicadas en Francia, España y Ecuador, en temas de energía, tecnología y desarrollo. Su línea de trabajo se enfoca en economía social, transformación industrial y evolución educativa.

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