Apuntes republicanos sobre la corrupción en América Latina

Es difícil concebir la democracia en los márgenes de un orden republicano, entendido éste como una construcción colectiva con un fundamento legal y moral de lo público. En otras palabras, no hay República sin la construcción deliberada de un orden político basado en la igualdad ante la ley, la justicia social y el compromiso cívico. No obstante, la ley, la justicia y la virtud cívica parecen ser antinomias en las frágiles democracias latinoamericanas.

Aunque el republicanismo clásico admite los riesgos del tránsito de la virtud a los intereses para la República, las democratizaciones latinoamericanas han sido afectadas de forma determinante por deformaciones estructurales (reglas formales e informales) y patrones culturales de comportamiento colectivo que laceran el cemento moral del interés público.

Así, el déficit en la virtud cívica y el predominio de intereses privados por encima del interés público parece haber pervertido los fundamentos del orden colectivo republicano en América Latina. En primera instancia, la corrupción podría definirse con un acto de transgresión de una norma orientado por intereses particulares a cambio de una recompensa. Sin embargo, esta transgresión suele ser un fenómeno más complejo que encontramos, tanto en el sector público como en el privado.

Según el experto Malem Seña, los actos de corrupción política son aquellos que constituyen “una violación activa o pasiva de un deber posicional o del incumplimiento de una función de carácter político con el objeto de obtener un beneficio extraposicional, cualquiera que sea su naturaleza”.

Estos estándares normativos siempre están condicionados por el contexto histórico y socio-cultural de la norma. Esta relatividad de la norma implica que conductas consideradas corruptas en una sociedad, no lo son en otras. Incluso, que ciertas transgresiones, tanto en el sector público como privado, se constituyan en reglas informales que equilibren e incluso optimicen ciertas transacciones entre ambos sectores, siendo valoradas positivamente por la cultura social.

La corrupción es un fenómeno multidimensional que atraviesa la sociedad, afectando tanto al funcionario como al ciudadano, por lo que tiene como escenario tanto al Estado como a la sociedad civil. Un estado débil o de limitada capacidad de gestión pública y defectuosas democracias, difícilmente harán prevalecer el interés público frente al exacerbado egoísmo del mercado.

El Estado en América Latina ha oscilado entre los excesos regulatorios de gobiernos de vocación nacionalista popular y la flexibilidad extrema del liberalismo económico impulsado por la globalización capitalista. En ambos extremos ha sido visible la profunda vocación autocrática de ciertos liderazgos, y un efecto estructural que definiré  como la estatización o privatización de lo público. He ahí el mayor incentivo para el florecimiento de la corrupción política.

Tanto la estatización como la privatización de lo público tienen por base el debilitamiento de la distinción público-privado y la perversión de una ética de lo público. En países latinoamericanos, los ciclos históricos de episodios autoritarios no han sido la excepción, y las democratizaciones recientes, a pesar de sus recurrentes procesos electorales, no han  limitado la emergencia de liderazgos con vocación autocrática.

Las transiciones de finales de los 70’ y 80’ marcaron el tránsito de sociedades de matriz estado-céntrica fuerte, propia de regímenes burocráticos-autoritarios, a una proyección económica neoliberal, afianzada en el Consenso de Washington, cuya premisa fue la reducción del aparato estatal y la liberalización económica y el monopolio del mercado.

Así, las oscilaciones políticas de la región han sido entre Estado y mercado. Los gobiernos progresistas del ‘giro a la izquierda’, con su vocación populista, intentaron frenar los efectos diferenciadores y excluyentes del mercado, aduciendo que fortalecía a los poderosos grupos económicos y las elites regionales. Pero en la mayoría de los casos, al intentar fortalecer el aparato estatal para ampliar los efectos redistributivos de sus políticas públicas hacia sectores populares, confundieron el interés público (de la nación) con sus intereses políticos-electorales.

La estatización de lo público implicó así una politización de los derechos sociales y una creciente polarización social. No menos importante fue el desmontaje de los mecanismos liberales de transparencia y control del gobierno, su rendición de cuentas y el respeto a los derechos civiles y políticos de la oposición.

Esta dinámica de autocratización ha sido el caldo de cultivo de la corrupción y una emergente nueva elite económica, cuyo capital se explica por la lealtad al proyecto populista y la facilidad para ingresar en cuentas privadas familiares cuantiosos recursos del erario público. En la experiencia reciente latinoamericana, los intentos progresistas por fortalecer el Estado no han derivado en una revalorización del interés público y una nueva ética que minimice el interés privado al margen de la ley y que proyecte una noción de justicia social.

Por otra parte, los gobiernos de la derecha neoliberal han potenciado la privatización del Estado, es decir, su captura preferencial para intereses corporativos privados y de las elites económicas locales y regionales vinculadas a los flujos de capital global. Dadas las crecientes privatizaciones, el debilitamiento del Estado ha limitado el acceso a servicios públicos de grandes sectores populares. Esta privatización del Estado subvierte los mecanismos de representación popular y las instancias de mediación donde se cristaliza la participación política, lo que genera una desconexión entre demandas ciudadanas y políticas de gobierno.

La exclusión acentúa el sentimiento de abandono y cercena los fundamentos cívicos de la participación popular. Desde la precariedad de lo cotidiano es dificil imaginar la construcción racional de un orden colectivo; y menos aún, el cultivo de las virtudes cívicas. La ley, y el Estado de derecho, como normas universales, pierden su sentido, y con ella, la más elemental noción de justicia social.

Definir las bases de la República implica, entonces, crear condiciones para el desarrollo de un marco jurídico que garantice la preeminencia regulatoria de la ley como estimulo a la noción de un proyecto compartido, regido por los principios de la libertad, la justicia social y el compromiso cívico. La República debe ser un proyecto de nación inclusiva, sin presencia de mecanismos opresivos o excluyentes; sin monopolios ni revanchas.

COP 26: entre el discurso y la acción

0

Del 31 de octubre al 12 de noviembre tendrá lugar en Glasgow, Escocia, la COP26, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, considerada como la última oportunidad para evitar una catástrofe medioambiental. Realmente lo es y los antecedentes no son halagüeños: la reunión preparatoria que convocó a los países del G20 fracasó, los líderes no pudieron ponerse de acuerdo en descontinuar el uso del carbón, ni en materia de subsidios. De fracasar el encuentro y no establecerse una hoja de ruta que evite superar el umbral de los 1,5Cº con respecto a los niveles preindustriales, en el mediano y largo plazo el planeta sufrirá una serie de eventos de consecuencias desconocidas. Pero tan necesario como actuar es conseguir los fondos para poder actuar.

Fruto del Acuerdo de Paris de 2015, los 196 países que se comprometieron a mantener el aumento en temperatura promedio a raya aceptaron trazar un plan de reducción de emisiones. Pero los compromisos pautados están lejos de alcanzar los objetivos, ya que las proyecciones plantean un aumento en la temperatura promedio de entre 2.7Cº y 3.1Cº para finales del siglo.

El financiamiento es otro aspecto clave y en particular para los países en desarrollo. Esto fue reconocido en 2009 y los países desarrollados se comprometieron a aportar US$ 100.000 millones por año para financiar la transición. Pero estas promesas tampoco se cumplieron: los fondos prometidos nunca llegaron.

Lo que sí abundan son los costos asociados al endeudamiento externo cuyos desembolsos terminan afectando los presupuestos públicos y el combate del cambio climático en sí. No hay avances en las propuestas de desafectar parte de los recursos financieros comprometidos al pago de la deuda soberana y destinarlos al financiamiento de un programa de transición a gran escala. La arquitectura financiera, en definitiva, refleja un discurso que presenta el problema climático como una oportunidad de negocio. La banca global, los mercados de capitales y las calificadoras de riesgo terminan delineando la política fiscal, los programas de adaptación y mitigación del cambio climático.

Acciones que no reflejan opciones

Aunque el bla, bla, bla se escucha en cualquier rincón del mundo, tal como destaca Greta Thunberg, resulta más contradictorio cuando surge de boca de los principales líderes mundiales. Los países desarrollados no logran descontinuar su política de subsidios. En Estados Unidos, por oposición de su propio partido, J. Biden no puede pasar su programa verde, mientras que los socialdemócratas en Noruega declaran la continuidad de la explotación petrolera.

No importa la responsabilidad histórica de los países industrializados, tampoco el llamado de la Agencia Internacional de la Energía (EIA) por mantener “el petróleo en el subsuelo. Los países desarrollados asimilan compromiso financiero a una promesa vaga atada a nuevos instrumentos de financialización y evitan adecuar la normativa en materia de transferencia tecnológica como los tratados de inversión o las reglas en materia de propiedad intelectual.

Idéntico reclamo podría hacerse a quienes desde el ámbito privado planten su compromiso con lo ambiental pero luego priorizan rendimientos de corto plazo. Ello resulta evidente ante el comportamiento de las principales administradoras de fondos de inversión como BlackRock. Aún cuando en su carta anual de 2018 a los CEOs su representante Larry Fink generó el entusiasmo de algunos inversores, también cimentó el descrédito en otros. Y es que BlackRock es uno de los principales responsables financieros en la deforestación que sufre el Amazonas. La hipocresía en su máxima expresión.

BlackRock detenta un lugar privilegiado, no solo por los fondos que maneja, sino también por las operaciones que realiza. La empresa se ha convertido en una consultora, auditora, en una calificadora de riesgos y un proveedor de servicios altamente demandados por el Estado. El desarrollo de una taxonomía de finanzas orientada a cumplir con los objetivos de sostenibilidad ambiental, inclusión social y transparencia del gobierno, le permite ocupar un rol de “regulador” del sector bancario.

Pero el conflicto de intereses resulta mayúsculo, por donde se lo mire, aunque muchos prefieren hacer la vista gorda. BlackRock también se destaca por invertir cuantiosos fondos en la industria petrolera, reservas de petróleo y gas, pero también en carbón. Inclusive los fondos denominados “sostenibles” contienen inversiones en carbón y petróleo.

El compromiso debería medirse no sólo por los objetivos que persiguen estas organizaciones, si no también por sus acciones, lo cual debería extenderse a también a las auditoras tradicionales. Ello plantea la necesidad de observar si estas empresas plantean el objetivo de carbono-cero, auditando el cumplimiento del mismo en aquellas compañías en las que invierten y asesoran.

Por otra parte, debería de haber un compromiso diferenciado entre aquellos que operan en el sector real como las petroleras o en el sector financiero. Para estos últimos el compromiso debería reducirse, y así evitar el problema de “lock-in” o dependencia. A fin de evitar esta situación, las administradoras de fondos y el sector financiero en general deberían estar sujetas a un adelantamiento de los objetivos de carbono cero (al 2030?). En caso contrario se financiarían obras cuya vida útil se extiende a posteriori del 2050. 

Las finanzas deben ser entendidas como un medio, un instrumento que nos permite transitar la transición hacia una nueva economía. Con este objetivo, las Naciones Unidas junto al Reino Unido —quien preside la COP 26— han lanzado Glasgow Financial Alliance Net Zero (GFANZ), la cual involucra a las alianzas preexistentes. El objetivo de este sistema es dinamizar el financiamiento que acelere la transición, planteándose que la mitad de la reducción en emisiones deben de realizarse al 2030.

Para llevar adelante esta transición se necesita de un fuerte involucramiento de la sociedad civil. De lo contrario el anuncio puede terminar en otro bla bla bla.

Elecciones en Chile: la pelea por el segundo puesto

El 21 de noviembre los chilenos acudirán a las urnas a elegir presidente, parlamentarios y consejeros regionales. Termina el mandato de Sebastián Piñera, quien detenta una bajísima popularidad, que oscila en torno al 10% en la mayoría de las encuestas.  

A las elecciones presidenciales concurren siete candidatos, pero la disputa real está concentrada en tres: el joven Gabriel Boric (35) abanderado de “Apruebo Dignidad”, alianza que reúne al llamado Frente Amplio (FA) con el partido comunista.  Va primero en las encuestas con porcentajes que oscilan entre el 20 y el 30%

En el FA conviven varios grupos, pero los más influyentes expresan una izquierda pos guerra fría, que a los tradicionales temas sociales agrega lo medio ambiental, la inclusión social y una mirada renovadora de la gestión del Estado.  En gran parte representa a las generaciones que crecieron en democracia. 

El candidato del partido republicano de extrema derecha, José Antonio Kast, hoy se coloca en segundo lugar contra todo pronóstico.  Ex diputado de la UDI, critica a lo que llama la derecha “light”, asumiendo posiciones duras en temas como la inmigración —propone crear una zanja fronteriza—, propone el restablecimiento del orden y es fuerte crítico del gobierno por una supuesta debilidad ante la izquierda. 

En tercer lugar, aparece la demócratacristiana Yasna Provoste, que ganó las primarias de lo que queda de la antigua Concertación. La senadora ganó ampliamente a los candidatos del PS, del PPD y del radicalismo, en unas primarias donde concurrieron poco mas de 150 mil personas. Apuesta al cambio con gobernabilidad.

La pelea por el segundo puesto

En Chile, si un candidato no obtiene el 50% más uno en la primera vuelta, se convoca a un ballotage entre los dos primeros. Lo evidente es que ninguno ganará en primera vuelta, por tanto, la pelea quedará reducida a quien llegue segundo. Kast o Yasna.  La segunda vuelta será otra elección.

Cabe mencionar que en Chile el voto es voluntario y vota poca gente, expresión entre otras cosas del descrédito de la política y también del individualismo que emana del modelo económico, donde lo público queda relegado a un segundo plano. En la consulta más votada, el plebiscito que aprobó la Convención Constituyente, votó cerca del 51% del padrón, unos 7.5 millones de ciudadanos. En la elección que con posterioridad eligió a los constituyentes votó menos, cerca de un 41%, poco más de 6 millones. Agreguemos que todo esto ha sido en tiempos de pandemia. 

Los restantes candidatos tienen poca opción. El oficialista Sichel, pese a ganar en unas primarias donde concurrió más de un millón de votantes, se derrumbó en pocas semanas, en gran parte por errores propios y también por la mochila que implica ser el abanderado del Gobierno más impopular de los últimos años. 

Eso explica la migración del votante de derecha hacia Kast, lo que se traducirá en mucho voto presidencial por él y un voto parlamentario por la derecha tradicional. También figura en su cuarto intento el social demócrata Marco Enríquez Ominami, de pocas posibilidades, aunque destaca por su experiencia y su audacia comunicacional. Los otros son candidatos menores.

Un entorno muy dinámico

Chile se encuentra en una coyuntura donde conviven dos procesos institucionales muy definidos, con reglas y cronogramas: las elecciones mismas y el proceso constituyente. Este último ha empezado el trabajo de contenido y a mediados del próximo año, deberá presentar el texto de la nueva Constitución para ser ratificado en un referéndum.  

Eso es lo formal institucional. Porque desde marzo del 2020 Chile está en pandemia, y de paso, en medio de un difícil momento económico. Las prolongadas cuarentenas derrumbaron la economía, y por ser además una economía exportadora, el desbarajuste del comercio internacional ha afectado más que en otras partes.  

Amén de los procesos formales ya descritos, la coyuntura chilena está afectada por otras variables que inciden en la campaña electoral: la inmigración, la situación de la Araucanía, la emergencia del miedo a la inflación y a la violencia y la situación presidencial.

A Chile han llegado en los últimos años mas de 1.5 millones de migrantes: haitianos, colombianos, dominicanos, cubanos, y por cierto, una gran cuota de venezolanos que se suman a los tradicionales peruanos y bolivianos.  En el último tiempo, la afluencia ilegal ha aumentado, especialmente por la frontera con Bolivia y ha dado origen a dolorosas escenas de racismo y xenofobia.

En la Araucanía se entremezclan las justas demandas de inclusión del pueblo mapuche con todo tipo de ilegalidades donde destaca el robo de madera y ataques incendiarios.  La radicalidad de los incidentes se acompaña de una pasmosa ineptitud del gobierno para asumir el problema. El presidente, por su parte, ha sido acusado constitucionalmente por conflictos de intereses por la compra poco trasparente de una minera a través de paraísos fiscales. La Cámara de Diputados votará antes de las elecciones, es probable que la apruebe.  

En este complejo cuadro, emerge un factor subjetivo: el temor al renacer de la violencia urbana que desvirtuó parcialmente a las amplias movilizaciones ciudadanas en la primavera del 2019.  Saqueos y asaltos, si bien minoritarios, son devastadores en una sociedad acostumbrada a la disciplina social. Marco Enríquez, el candidato presidencial del Partido Progresista lo resume bien: cada piedra lanzada es un voto más para Kast. El miedo emerge, no es posible medirlo, pero compite cada vez más con el anhelo de cambio que mayoritariamente expresó Chile en el último tiempo. 

En esta dinámica coyuntura chilena, donde se mezcla lo electoral con el impacto de la migración y los ecos de la Araucanía, acompaña la precariedad de un gobierno políticamente solo en medio de una sociedad que tiende a polarizarse. Paralelamente, la Convención Constituyente inicia sus labores para construir el nuevo pacto social que deberá expresar la nueva Constitución. 

Obrador y los liderazgos del progresismo latinoamericano

El triunfo de Andrés Manuel López Obrador en 2018 fue un respiro para la izquierda en América Latina, su victoria venía a llenar el vacío que habían dejado los liderazgos del progresismo latinoamericano. Sin embargo, el presidente mexicano dedicó los primeros tres años de su administración, casi de forma exclusiva, a la política interior y no fue hasta mediados del presente año que decidió dar un paso al frente en la región.

Desde la campaña electoral de 2006, en México se ha intentado vincular a López Obrador con el socialismo del siglo XXI. Pero creo que no existe cercanía con los gobiernos de la marea rosa; es más, el mismo Obrador toma distancia de los liderazgos de la izquierda latinoamericana y solamente reconoce a Fidel Castro.

Críticas a los liderazgos progresistas

En su último libro, A la mitad del camino, publicado en septiembre del 2021, el titular del ejecutivo mexicano aborda la polémica relación bilateral con Donald Trump y la misión que rescató al ex presidente Evo Morales. En este apartado del segundo capítulo, El respeto al derecho ajeno es la paz, López Obrador realiza algunas críticas a los liderazgos progresistas.

Entre otras cosas reconoce al gobierno de Evo Morales, pero indica que los dirigentes del “Movimiento al Socialismo (MAS) cometieron errores, pues no debieron insistir tantas veces en la reelección; un dirigente no debe, en ninguna circunstancia profesar demasiado apego al poder”. Y a diferencia de lo sucedido en Bolivia, Obrador subraya que la política exterior mexicana “no está motivada por ideologías sino por los principios de justicia, igualdad, libertad, democracia, soberanía y fraternidad”.

AMLO deja entrever en el libro, además, cierto resentimiento hacia algunos líderes latinoamericanos de izquierda de aquella época. Señala que, “cuando fuimos oposición en México, la actitud de Evo, como la de casi todos los gobernantes de izquierda en América Latina no fue precisamente cercana”. López Obrador recuerda el distanciamiento y que cuando visitaban los diferentes países “ni siquiera nos dedicaran una llamada telefónica, y cosas más desagradables y de fondo. En el trato de entonces hacia nosotros solo se distinguió por su apoyo solidario el comandante Fidel Castro Ruz”.

En su relato López Obrador considera a Fidel como un “gigante de la región”. En contraste, no le dedica ni una sola palabra a Lula, Mujica, Chávez, Correa o a los Kirchner. Es frío, indiferente y distante con el progresismo latinoamericano. Ideológicamente, el presidente de México es lejano a la revolución bolivariana, sus referentes son Benito Juárez y Lázaro Cárdenas por lo que podemos ubicarlo más cercano al nacionalismo/revolucionario del Partido Revolucionario Institucional, donde tuvo su primera formación política.

El presidente mexicano no ha visitado a ningún presidente de América Latina. Pragmáticamente los recibe en Palacio Nacional o los invita a un acto de conmemoración, desde Luis Arce de Bolivia a Guillermo Lasso de Ecuador, justificándose en los principios constitucionales de la política exterior mexicana.

Por otro lado, para la celebración del bicentenario de la independencia de México fue invitado como orador el jefe del Estado cubano, lo que provocó críticas de la prensa y de la ciudadanía por el acercamiento innecesario con un régimen autoritario. Una cosa es albergar a todos los mandatarios de la región en una cumbre y otra muy distinta es darle protagonismo a Miguel Díaz-Canel, lo cual se entendió como un respaldo público al régimen cubano.

El reposicionamiento de México en la región

Los recientes acercamientos de México con los liderazgos latinoamericanos han sido por conducto del canciller Marcelo Ebrard. En esta nueva etapa, el gobierno mexicano intenta construir un nuevo eje que vaya desde Tierra de Fuego al Río Bravo, promovido por la sintonía que existe entre Alberto Fernández de Argentina y López Obrador. En este marco, entre ambos países impulsan la distribución de vacunas gratuitas contra el COVID-19.

Ebrard ha reactivado la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) como alternativa a la Organización de los Estados Americanos (OEA), y precisamente en la última cumbre López Obrador intentó tomar el liderazgo de América Latina con resultados contrastantes.

La segunda etapa de la administración de Obrador es una incógnita. Aún es difícil leer si de verdad busca consolidarse como un líder latinoamericano o si le cederá el espacio a otro mandatario. En este sentido, el próximo ciclo electoral también pueden llega a influir ya que para el 2022 se pueden sumar nuevos liderazgos de izquierda en Chile, Colombia y Brasil, comenzando otro ciclo progresista en América Latina.

Como conclusión, podemos señalar que el presidente de México claramente se distanció de los liderazgos de izquierda de la marea rosa y que en esta nueva etapa es incierta su intención de encabezar la región. La duda es si de verdad tiene vocación latinoamericanista o si su objetivo es buscar réditos en la política interior mexicana.

Foto de la Casa Rosada, Argentina


Episodio relacionado de nuestro podcast:

La creciente lucha contra la desinformación

Sin precedentes, así puede denominarse el crecimiento en la región de los “fact checkers”, también conocidos como “verificadores» que se dedican a detectar errores y noticias falsas en los medios de comunicación. De siete plataformas activas en el 2018 se pasó a 46 en abril del 2021, —localizadas en países como Argentina, Colombia, Chile y México— según un informe de la Universidad de Duke (2020). Estas iniciativas han surgido con el objetivo de mitigar los efectos nocivos de la desinformación que busca entre otras cosas manipular la opinión de las audiencias a favor de los intereses de actores privados y políticos.

Junto al covid-19 también se desató la infodemia, es decir, la incredulidad de las personas para afrontar la pandemia debido a la sobreabundancia de información sobre el tema, tanto inexacta como acertada. Esto provocó que los verificadores de la región, con el apoyo de Google, crearan el sitio web Chequeado Latam Coronavirus, a través del cual detectan y mitigan los bulos más virales y potencialmente peligrosos, logrando así reducir la difusión de rumores y contenidos falsos. 

Simultáneamente, en el 2021 el Knight Center for Journalism in the Americas de la Universidad de Austin Texas lanzó un curso online masivo y abierto que tenía como objetivo, en palabras de su instructora Cristina Tardáguila, “crear un ejército global de verificadores en América Latina y el Caribe”. 

¿Cuál es el origen de los “fact checkers”?

Estas iniciativas surgieron originalmente en Estados Unidos a mediados de los 90’ con el apoyo de CNN y el entusiasmo de largo aliento de periodistas como Brooks Jackson, quien diez años más tarde fundara FactCheck.org en la Universidad de Pensilvania. Sin embargo, estas iniciativas tomaron relevancia global en el 2009 cuando PolitiFact y su fundador Bill Adair ganaron el premio Pulitzer por la labor de verificar las elecciones presidenciales disputadas entre Obama y MacCain en 2008.   

En 2015 se creó la red internacional de verificadores, International Fact-Checking Network (IFCN), compuesta por 74 iniciativas alrededor del mundo. Su objetivo era crear un espacio colaborativo para promover la reunión de periodistas verificadores a nivel mundial y así mejorar las prácticas de esta emergente forma de hacer periodismo. 

Con el objetivo de mantener altos estándares en la verificación periodística, la IFCN orienta sus acciones bajo un estricto código de ética, el cual también debe ser seguido por las plataformas que quieran ser parte de la red. Su pilar es la transparencia y por ello la investigación y su metodología debe ser extremadamente cuidadosa. Además, la financiación y la administración de estas plataformas es abierta y sus verificaciones no se modifican de acuerdo a los intereses políticos o económicos de turno. 

¿Quienes son y cómo actúan los verificadores de la región?

Las plataformas de la región buscan verificar el discurso público de partidos políticos y líderes de opinión entre otros para que las audiencias puedan acceder a una opinión informada basada en datos para la toma de decisiones. Sin embargo, estas iniciativas no pueden analizar toda la información sospechosa sino únicamente aquella que se haya tornado altamente viral en internet, especialmente en redes sociales, o la que pone en riesgo la vida de alguna persona. Una vez realizada la verificación, las plataformas publican el contenido catalogándolo como verdadero, falso, engañoso o sostenible; dichas etiquetas varían de acuerdo al país. 

De acuerdo con la coordinadora de la iniciativa argentina Chequeado, Olvia Sohr, verificar información no es la única actividad que realizan estas organizaciones, algunas se dedica también a la educación, innovación y automatización. Además de Chequeado, una de las primeras de la región, existen otras iniciativas nacionales como Bolivia Verifica, Colombiacheck, Ecuador Chequea, Chequeado de Chile o El Sabueso de México.    

¿Cuáles son los retos para los verificadores de la región?

A pesar de su reciente creación, estas plataformas han logrado mejorar el debate público en Latinoamérica. Sin embargo, al ser un fenómeno que depende de internet sus retos de funcionamiento son innegables. En primer lugar, la financiación de estas iniciativas no es estable debido a su naturaleza y código ético, por lo que dependen de diferentes actores privados que en algún momento pueden verse afectados por sus publicaciones. Esto provoca inestabilidad para las organizaciones y sus empleados lo cual hace que sea difícil que se mantengan a largo plazo.  

Así mismo, internet es una plataforma horizontal de flujo de datos donde muchos actores privados pueden conocer sus herramientas y manipularlas de acuerdo a sus intereses. Las operaciones de influencia son un ejemplo de ello, ya que actores privados usan de manera desproporcionada cuentas en redes sociales para viralizar cierto tipo de contenido que, en la mayoría de los casos, es falso. Para ello, las plataformas, además de contar con periodistas capaces de analizar y discernir sobre la veracidad de la información, también tendrán que dominar temas de Big Data y algoritmos para afrontar estos nuevos modos de desinformación. 


Episodio relacionado de nuestro podcast:

¿Hablamos de los huérfanos de Covid-19?

Vivimos una tragedia colectiva que no se puede silenciar: en octubre Brasil alcanzó la marca de 600.000 muertos por Covid-19. Al menos 1/3 de ellos tenían entre 30 y 60 años, los muertos menores de 30 años representan alrededor del 1,7% del total. La mayoría eran hombres.

Hay una cifra desconocida y silenciada en esta tragedia: la que revela cuántos (y quiénes) son sus huérfanos. Estamos hablando de una generación que, en pocos días, ha perdido a su padre, a su madre (a veces a ambos) o a sus abuelos. Una generación que no ha sido capaz de despedirse, velar y enterrar a sus padres. Una generación que vivirá con un trauma individual y colectivo que, por el momento, somos incapaces de medir.

Una estimación -ya que no tenemos datos oficiales- es que hay alrededor de 113.000 menores que han perdido a su padre, a su madre o a ambos. Si incluimos a los abuelos como cuidadores, hay al menos 130.000 niños y adolescentes. La mayoría de los huérfanos han perdido a su padre, históricamente responsable del sustento económico de la familia. En otras palabras, también habrá que medir el impacto de este escenario en la profundización de las desigualdades y la pobreza.

La Comisión Parlamentaria de Investigación (CPI) de Covid, realizada por el Senado Federal, ha colaborado para que la muerte y el duelo de esta tragedia dejen de ser invisibles. Su trabajo será fundamental para la construcción de la memoria colectiva de nuestro trauma, para que los responsables de esta tragedia criminal sean castigados, para que sus actos no sean olvidados. También ha cumplido la importante función de dar voz a quienes sufrieron y sufren las secuelas de la enfermedad, de dar voz a sus huérfanos.

Es responsabilidad de la sociedad y del Estado acogerlos. Es urgente desarrollar programas y políticas públicas que garanticen a los menores oportunidades para (re)construir sus vidas y realizar sus sueños. Y es fundamental acoger a nuestros huérfanos en su duelo.

Aprender del pasado

Veamos un ejemplo reciente y muy brasileño: las víctimas de la epidemia del virus Zika. Niños con microcefalia. Mujeres, las «madres del Zika», que necesitaron renunciar a sus vidas para dedicarse al cuidado intensivo e integral de sus hijos.

La mayoría de estas víctimas viven en la región noreste del país, son pobres, madres desempleadas y abandonadas por sus parejas. Madres e hijos que cumplen una rutina diaria y agotadora de tratamientos indispensables para el desarrollo y el bienestar de los niños.

Los niños que nacieron víctimas de las secuelas del virus del Zika, en el peor brote que vivió Brasil entre 2015 y 2016, tuvieron inicialmente derecho a la Prestación Económica Continua (BPC). Recién en 2019 se sancionó una ley que aprobó el derecho a una pensión vitalicia de un salario mínimo mensual. Sin embargo, el acceso al tratamiento depende del lugar donde vivan, de las redes de políticas públicas y de los programas disponibles en las localidades, depende de que el cuidador principal se dedique por completo al cuidado y transporte de los niños.

En la práctica, muchas de estas mujeres y niños dependen de la caridad de quienes les rodean. No sólo para asegurar el tratamiento de sus hijos, sino también el sustento de la familia. La realidad de las víctimas del Zika es un ejemplo de olvido, invisibilización y negligencia que no se puede silenciar ni repetir.

Es una negligencia que trasciende el ámbito económico, de la garantía de un «ingreso para la supervivencia». Es una negligencia social, emocional, de responsabilidad colectiva.

Lecciones de la pandemia y el rescate de la política

Una lección importante de las epidemias es que sus impactos son siempre peores entre los más vulnerables. La proliferación incontrolada del mosquito Aedes aegypti y la rápida propagación de los virus del Zika, el dengue, el Chikungunya y la fiebre amarilla son viejos conocidos de la salud pública brasileña. Su proliferación es mayor en lugares con carencias en el acceso al agua potable y al alcantarillado. Por lo tanto, las zonas más pobres, con una población más vulnerable.

Las pandemias no son «igualitarias», y el coronavirus tampoco. También en este caso, los pobres y los negros fueron los más afectados, los niños especialmente. Al igual que las víctimas del Zika, las muertes por Covid-19 en Brasil tienen ingresos, clase y raza. Son precisamente estas personas las más afectadas por las comorbilidades identificadas como factor de riesgo. Y ahora sus hijos, miles, están abandonados a su suerte.

En la Cámara Federal y en el Senado se están tramitando diferentes proyectos de ley que pretenden garantizar los ingresos de los menores huérfanos de Covid-19. Propuestas preparadas a ciegas, ¡pues ni siquiera sabemos quiénes y cuántos son! ¿Cómo proponer acciones, prever el presupuesto para la distribución de beneficios y programas de fomento? Hay mucho que hacer y el tiempo es escaso. Pronto se cumplirán dos años de la pandemia: ¿reproducirá Brasil la negligencia?

Como muestra el informe sobre el Covid da la CPI, hay una diferencia fundamental entre el Zika y el Covid-19 que conviene recordar: este último tiene en su historia la marca indeleble de las acciones de un gobierno que colaboró deliberadamente con la diseminación del virus y el agravamiento de la pandemia, lo que profundiza el trauma y aumenta la responsabilidad colectiva.

¿Cuál es el compromiso de la sociedad con el futuro de toda una generación de huérfanos y víctimas de Covid?

El dolor, las secuelas y las consecuencias de la enfermedad en la historia vital de cada víctima deben entenderse como algo colectivo, nunca individualizado. Cada muerte debe ser recordada. Los huérfanos siempre serán los huérfanos de Covid. Una pandemia es un trauma colectivo, que debe ser elaborado por el colectivo. Desde el principio hablamos con ilusión y apuntamos con premura a la «nueva normalidad». ¿Cómo podemos volver a la normalidad ante semejante trauma?

Además de la implementación urgente de políticas públicas, es necesario que la sociedad brasileña haga el trabajo de duelo. Es necesario contar y relatar nuestras experiencias individuales con Covid-19, y elaborar colectivamente sus significados políticos y sociales, y las marcas de la pandemia en nuestra historia: construir la memoria del trauma. Sólo así es posible reelaborar y recrear: no se puede volver a la antigua normalidad, y una nueva en el futuro sólo será posible si nos comprometemos con ella. 

Este compromiso pasa por el rescate de la política, por entender que las políticas públicas, los discursos y las decisiones políticas importan. La construcción de la memoria o del olvido es una decisión política y colectiva, que quedará tatuada en el cuerpo social.

Que Brasil no olvide. Nuestras víctimas y huérfanos necesitarán algo más que el acceso a la ayuda pecuniaria para reconstruir sus vidas. En este momento, muchos niños brasileños están afligidos, aún más vulnerables, viviendo en la incertidumbre sobre su futuro como resultado de la pandemia. ¿Quién se ocupará de ellos? ¿Cómo van a llevar el luto? ¿Cuántos tendrán que pasar por procesos de adopción? ¿Cuántos no tendrán siquiera la posibilidad de ser adoptados? ¿Qué será de nuestro futuro como sociedad si se silencia su (nuestro) dolor?

Bolivia. Luis Arce: El evismo sin Evo

“Cuando me quedo solo en la noche y descanso es cuando me pongo a pensar en los temas y pienso qué decidir.  Así siempre ha sido. Yo decido” (Evo Morales en Mayorga 2019, 150).

A un año de la elección de Arce como presidente del Estado boliviano conviene preguntar si su forma de gobernar es parecida o no al de Evo Morales (2006-2019). A primera vista parece que si: Arce, al igual que Evo, tiene un discurso agresivo con los opositores a los que acusa de seres sin patria, de golpistas sin redención ni sanción, y de masacradores sueltos e impunes a los cuales solo cabe perseguir y encarcelar. En este sentido, su perfil de economista y profesor universitario, de hombre de fórmulas matemáticas, su imagen de ministro de economía de Evo, ha sido opacado por la aparición de esta versión evista de Arce.

Pero, mas allá de los discursos encendidos de Arce, de su reminiscencia insistente de los meses del gobierno “de facto” de Jeanine Áñez, realmente Arce no puede, por más que lo intente, ser la mejor versión del evismo. Postulo que ahí se puede encontrar la causa de los problemas y tribulaciones de un gobierno que, en menos de un año, ha retrocedido en varias iniciativas políticas, una de las más notables la Ley contra la legitimación de ganancias ilícitas.

Cuando gobernaba Morales, tenía bajo su mando no solo la primera magistratura del país, sino la jefatura del su partido, el MAS-IPSP, más la dirección de las nueve federaciones de cocaleros del Chapare. Es decir tenia (todo) el poder estatal, todo el poder partidario y el dominio sobre uno de los sindicatos mas relevantes del país. En cambio Luis Arce solo tiene parte del poder gubernamental, tiene muy poca influencia sobre el partido que sigue en manos de Morales y no tiene llegada con la bases campesinas, acostumbradas, o deslumbradas o convencidas por la figura de Evo.

En segundo lugar, como anota Fernando Mayorga (2019), un rasgo característico del estilo de gobierno de Morales era la concentración de las decisiones en su persona. Morales, si bien oía a sus bases, escuchaba a sus ministros y atendía los consejos de asesores, era quien finalmente tomaba la ultima decisión, muchas veces en franco desconocimiento de la opinión de su círculo más cercano.

Morales encaraba los conflictos, los hacia durar, los alargaba, los ninguneaba, los despreciaba y solo cuando tenía a las protestas en las puertas de Palacio de gobierno, reculaba, retrocedía en su decisión y accedía a las demandas. Era entonces que, frente a sus opositores (agotados por el cansancio de la larga lucha), anunciaba que retrocedía en su decisión bajo el discurso que había escuchado al pueblo, del cual, en una onda populista se sentía intérprete.  

Se puede hacer referencia a la movilización de los médicos en contra la Ley del nuevo código penal que duró casi tres meses (2017-2018) e implicó la presencia permanente de los galenos en las calles y la participación decisiva de otros sectores. Solo cuando Evo vio que la negativa del gobierno era insostenible, procedió a la anulación de la mencionada Ley.

En cambio, Arce, ante el primer viento en contra, ante la primera amenaza de movilización, retrocede, se asusta, busca establecer o reestablecer la paz.  En octubre de este año, el conflicto que despertó La ley de legitimación de ganancias ilícitas solo duró una semana: ante el solo anuncio que actores estratégicos como los mineros cooperativistas y los gremialistas ingresaban a las movilizaciones, el gobierno paralizó en seco el tratamiento de la Ley en la Asamblea legislativa.

Morales hace política en todo momento, en sus horas libres, cuando hace deporte o juega al fútbol contra adversarios que, curiosamente, siempre pierden; tiene una larga experiencia en los conflictos, en las luchas callejeras y de caminos y, a pesar que exhibe una envidiable vitrina con títulos de Doctor honoris causa, solo ha logrado el bachillerato. En cambio, Arce no tuvo una carrera política sino académica, no sale de alguna cantera sindical, ni siquiera de las altas dirigencias masistas, gusta de dar clases y es un burócrata eficiente y de carrera.  Si a Evo le faltan aulas, a Arce le faltan calles. 

Con todo, esta es una explicación parcial. El contexto político y social también juega y mucho. Morales gobernó un país donde la oposición era un mero globo de ensayo de las elites económicas asustadas ante la irrupción de un partido populista. La misma, ya sea por la aprobación de la nueva Constitución en 2009 o de su fracaso en el referendo revocatorio de 2018, había sufrido una derrota moral de la cual le costaba salir. Además, tenia una sociedad satisfecha con los efectos de la bonanza de la economía y la movilidad social asociada a la misma.

En cambio, el contexto político del gobierno de Luis Arce es completamente distinto. Tiene tras de si una grave derrota política con la salida de Morales del poder en noviembre de 2019. Si bien en la narrativa del MAS (del cual Arce se ha convertido en un entusiasta emisor) hubo un golpe de Estado urdido por una elite oligárquica que manipuló masas incautas, en realidad, detrás del retroceso en las decisiones de Arce esta el temor que, así como pasó en 2019, el conflicto desencadene uno mayor que, nuevamente, ponga en jaque al gobierno.

En suma, existen tres elementos que problematizan la gestión de Luis Arce. En primer lugar, Arce no puede concentrar las decisiones, de hecho solo tiene dominio pleno sobre el área económica.  En segundo lugar, carece de la experiencia política como para poder administrar una iniciativa política polémica y llevarla a cabo y, en tercer lugar, no parece que tenga mayor llegada en los movimientos sociales afines al MAS.

El presidente Arce necesita urgentemente dar identidad y proyecto político a su gobierno, puede ser el líder que encare, por ejemplo, una profunda reforma a la justicia boliviana, hasta ahora ahogada en corrupción, ineficiencia y sumisión al poder gubernamental. Para ello es necesario el apoyo de varios actores hasta ahora no tomados en cuenta. Todo político busca dejar un testimonio de su paso por el poder,  continuar bajo los parámetros del evismo, no parece ser suficiente.

Foto de Brasil de Fato

¿Una nueva agenda de seguridad América Latina-Estados Unidos?

0

Seis meses después de haber dado a conocer su propuesta de política antidrogas, el gobierno de Estados Unidos ha planteado el 8 de octubre pasado su interés por promover una nueva agenda de cooperación con México en materia de seguridad y prevención. El marco de la agenda es el Entendimiento Bicentenario sobre Seguridad, Salud Publica y Comunidades Seguras, cómo se ha denominado al acuerdo, y que sustituirá a la Iniciativa Mérida. Ambos gobiernos reconocen la importancia de atender la violencia, desarticular las organizaciones criminales transnacionales y enfocarse en la prevención, a fin de crear las condiciones para una cultura de paz, atendiendo las causas fundamentales del crimen.

La viabilidad de la implementación de la agenda dependerá de que la diplomacia se logre traducir en una eficaz gestión de la propuesta de Plan de Acción, a concretarse en diciembre, donde se especificará lo que se realizará durante los próximos tres años. Sin embargo, el tráfico de drogas hacia los Estados Unidos no se limita a la relación con México, implica también una agenda compleja con países como Colombia, Perú, Ecuador y Bolivia, productores de coca y de amapola. La política de control de drogas desde esos países hacia México y Estados Unidos no ha reducido el problema, por el contrario, es más complejo desde el punto de vista de producción, distribución,  financiero y corrupción.

En la coyuntura actual, los gobiernos de México y Estados Unidos tienen objetivos diferentes. México tiene como prioridad el combate al crimen organizado con el uso de inteligencia y la aplicación de la ley y la reducción del tráfico de armas desde el territorio de Estados Unidos, ya que el 70% de las armas decomisadas provienen del país vecino.

Si bien el gobierno estadounidense comparte este enfoque, sus prioridades son otras. Por un lado, busca reducir el tráfico de migrantes irregulares que en su mayoría atraviesan México en su recorrido desde de Centroamérica y recientemente los migrantes haitianos que provienen desde Brasil. Y por otro lado, busca frenar el flujo de fentanilo, un opioide sintético similar a la morfina pero entre 50 y 100 veces más potente que está sustituyendo de forma acelerada el consumo de heroína en el país.

La relevancia del problema migratorio para Estados Unidos ha quedado plasmada con la participación del Secretario de Estado, Anthony J. Blinken, en la Reunión Ministerial Regional sobre Migración de este 20 de octubre en Bogotá. Entre las propuestas acordadas se pueden mencionar las siguientes: reforzar la aplicación de la ley en las fronteras mediante control de visados; protección de los migrantes más vulnerables como las víctimas de la trata y el contrabando de personas; mejorar la gestión de los refugiados y migrantes venezolanos en Colombia y haitianos en el marco regional, y finalmente promover proyectos de infraestructuras resistentes al clima que crean empleos en las comunidades expulsoras de migrantes. El problema del tráfico de drogas no fue una prioridad en la agenda del secretario Blinken en el marco del encuentro regional.

El gobierno estadounidense pretende cambiar el enfoque de su política antidroga, ahora el énfasis está puesto en la salud pública. El problema es que históricamente la prioridad en la agenda estadounidense se ha enfocado en la intercepción de drogas, no en la reducción del consumo. Políticamente las acciones policiacas son más visibles y tienen más impacto que las preventivas. No obstante, el consumo de drogas en la sociedad estadounidense, destacando el fentanilo en sus distintos derivados, sigue en aumento.

Finalmente, más allá de la relación con México, el gobierno estadounidense tiene otras prioridades relacionadas a la coyuntura interna como avanzar en la vacunación, la reactivación económica mediante la aprobación del programa de infraestructura, avanzar hacia una agenda verde, la negociación comercial y de seguridad con China y la reforma migratoria. Por lo tanto, el combate a las drogas, más allá del control migratorio fronterizo, no parece que sea una prioridad para el gobierno estadounidense, por la complejidad multidimensional del tráfico y consumo de drogas.

El gran reto de la nueva política del Entendimiento Bicentenario es su viabilidad en un marco en el cual los países latinoamericanos tienen prioridades diferentes. Una de ellas promover políticas antidrogas basadas en los derechos humanos, desarrollo económico, inversión en infraestructura, sostenibilidad ambiental y una eficaz gobernanza de los conflictos en las comunidades productoras de opio y coca.

Por ello, es probable que en el corto y mediano plazo no se reduzca el tráfico de drogas hacia Estados Unidos proveniente de países latinoamericanos, ni el consumo de drogas de los estadounidenses, así como tampoco se podrá controlar el ingreso de armas hacia México ni el crimen organizado.


Episodio relacionado de nuestro podcast

¿Y si creamos nuestro propio New York Times?

0

El 28 de septiembre el New York Times sacó su último texto original en español. El cierre de la sección de opinión en español, un proyecto que formó parte de un proceso iniciado en 2016, fue rechazado por un grupo de 100 latinoamericanos o especialistas en la región entre reconocidos periodistas, cinco ex presidentes y referentes del mundo de la cultura, que instaron al editor del periódico más influyente del mundo, a través de una carta, a no cerrarla. Esta decisión no solo entierra un espacio periodístico que ha sido esencial para fortalecer la comprensión de la audiencia global sobre nuestra región, sino que evidencia su irrelevancia en el debate global. Sin embargo, lo más triste de todo esto es que nos recuerda la profunda subordinación de la región a la hora de informar sobre sí misma.

Digo esto no tanto por el rol específico del medio estadounidense como porque el cierre de su sección en español forma parte de un fenómeno mucho más profundo. De hecho, el principal representante entre los medios que se dedican a explicar América Latina, es El País. La principal cabecera española es quien mejor y más profundamente cubre la realidad de nuestra región. Y por ello, muchos latinoamericanos desayunamos los domingos leyendo un diario de España para entender qué pasa en nuestra región.

Para convertirse en el principal referente en cubrir América Latina, en los últimos años El País ha abierto redacciones en Ciudad de México y Sao Paulo para cubrir sus secciones de América, México y Brasil. Pero estos no son los únicos casos, la gran mayoría de los medios globales occidentales tienen versiones, secciones y espacios dedicados a cubrir la realidad latinoamericana.

BBC Américas, formada por BBC News Mundo y BBC News Brasil, cuenta con unos 80 periodistas entre su redacción de Londres, Miami y Sao Paulo para cubrir América Latina e Iberia. Le Monde Diplomatique ha sido una referencia para los lectores latinoamericanos de izquierda durante décadas, así como el Nuevo Heraldo de Miami se ha posicionado entre los de derecha.

Este fenómeno, además, no se reduce a la prensa, sino que afecta a todos los medios informativos. En televisión, CNN en Español se posicionó fuertemente a partir de la expansión de la televisión por cable en la región y ha sido desde entonces el principal canal de televisión especializado en cubrir América Latina. De esta manera, gran parte de la audiencia interesada en informarse sobre el acontecer latinoamericano termina recurriendo a medios extrarregionales.

¿Y qué tiene América Latina para decir? Poco y nada.

Las dificultades históricas de la región para avanzar en su integración se reflejan también en el mundo periodístico, donde no han existido grandes proyectos que informen sobre ella de manera crítica. Esto muchas veces se atribuye a una debilidad identitaria que impide que se consolide una latinoamericaneidad lo suficientemente fuerte como para permitir el éxito de proyectos periodísticos regionales. De hecho, las métricas de algunos medios globales que cubren la región evidencian que los principales intereses siguen siendo nacionales: mexicanos, brasileños, argentinos, colombianos, terminan consumiendo contenido sobre sus propios países sin una mirada supranacional.

Pero estas dificultades no han detenido el surgimiento de diferentes proyectos periodísticos que han intentado posicionarse a nivel regional. El que tuvo más resonancia de los últimos años es el canal de televisión Telesur, fundado en el año 2005 por el Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información de Venezuela. Sin embargo, este ambicioso proyecto rápidamente se fue perfilando como un medio propagandístico del gobierno venezolano y demás gobiernos latinoamericanos con sesgo populista de izquierda.

En América Latina han existido y existen muchos otros medios, pequeños o grandes, más o menos ideologizados, tanto de izquierda como de derecha, que intentan posicionarse más allá de sus fronteras nacionales. Pero lo cierto es que hasta el momento no hay medios latinoamericanos de referencia especializados en cubrir la región de forma global.

Más allá de los proyectos frustrados debido a una excesiva ideologización o la ausencia de nuevos proyectos debido a esa supuesta débil identidad latinoamericana, lo cierto es que la apuesta de los medios globales por cubrir la región evidencia que existe un mercado de consumidores de contenido sobre América Latina lo suficientemente interesante como para correr el riesgo.

Por ello, creo que mucho más importante que rogar al New York Times que no nos dé la espalda es juntar fuerzas para intentar crear nuestro propio New York Times. Y Latinoamérica21 va a ser parte de este proceso.

Hay un Brasil del que no todos los investigadores pueden o quieren escapar

0

En los últimos años, una serie de artículos de prensa han explorado una expresión recurrente en tiempos de crisis socioeconómica en Brasil: la «fuga de cerebros». En términos generales, expresa la no inserción de los jóvenes investigadores en el mercado laboral que, sin alternativa, optan por emigrar a Europa, Norteamérica o Asia.

Ante un país que patina en una interminable crisis económica generada por la élite agro-minera, por el intempestivo humor del mercado financiero y por las medidas de austeridad de los gobernantes, esta parece ser la solución inmediata que encuentra parte de la población universitaria. Sobre todo frente a un gobierno federal supuestamente nacionalista, pero que, hay que reconocerlo, muestra ignorancia y aversión al papel de las universidades y de la ciencia nacional para el desarrollo de Brasil.

Este mes, la revista Piauí publicó un informe sobre la «diáspora» de cerebros, en el que señalaba que un elevado número de investigadores de universidades públicas nacionales consolidadas emigraban por falta de perspectiva. En un momento dado, el artículo afirma que estamos cerca de «un éxodo de nuestros mejores científicos», especialmente a Europa. En la misma línea, encontramos artículos publicados por la BBC y G1.

Al seguir este trágico debate sobre el desmonte acelerado de nuestra investigación y la emigración de nuestros investigadores, la pregunta que queda es: ¿quiénes son esos «cerebros» que se van? O más bien, ¿quién puede irse?

El origen de la «fuga”

Recientemente el gobierno promovió el recorte de R$ 600 millones del Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (FNDCT), vinculado al Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovaciones (MCTI), cuyo ministro responsable dice haber sido sorprendido o despertado por «sorpresa», mientras probablemente dormía en una espléndida cuna con almohadas de la NASA.  El recorte corresponde al 92% del presupuesto para la ciencia y la investigación nacionales.

Hay que señalar que, por muy brutales que sean los recortes, no son nuevos. Este mismo ministerio perdió el 52% de su presupuesto entre 2013 y 2020. El Ministerio de Educación (MEC), por su parte, ha sufrido un recorte del 50% en el mismo periodo.

Este desmantelamiento no sólo compromete la formación de las nuevas generaciones de investigadores, sino también la continuidad de los que estaban en proceso de consolidación. Años de financiación en becas de investigación, instalaciones físicas, recursos humanos, equipos y bibliotecas para formar a profesionales tan caros y necesarios para el país y que, al final, se entregan en bandeja de plata a nuestros «socios comerciales».

La expansión de la educación universitaria

Entre 2003 y 2014, Brasil experimentó un proceso amplio y sin precedentes de reestructuración y expansión de su educación superior. Se crearon 18 nuevas universidades federales y 173 campus universitarios en los grandes centros urbanos y, sobre todo, en el interior del país. Además, se crearon 360 institutos federales.

A pesar de las numerosas críticas que puede recibir esta política universitaria, popularizó el acceso de las clases sociales menos pudientes a la educación superior. Conjuntamente con las universidades estatales existentes, se produjo una descentralización y popularización del acceso a la universidad, mediante la ampliación de unidades y plazas, pero también de programas de permanencia de estudiantes e investigadores.

En este breve periodo de tiempo, hemos pasado de 505.000 a casi un millón de estudiantes. Los jóvenes de las periferias urbanas o de fuera de los grandes centros, los indígenas, los quilombolas y, más recientemente, los refugiados, comenzaron a producir ciencia y a ocupar cátedras universitarias.

Poco a poco, el perfil del universitario brasileño fue cambiando. Para estos jóvenes, sus familias y sus comunidades, era la posibilidad de ascender socialmente a través de la educación y, tal vez, de dar autonomía política y científica a sus regiones. Por desgracia, sin haber tenido tiempo suficiente para madurar, ahora vemos los frutos de este programa bajo graves riesgos. Las universidades públicas y los institutos federales con su personal docente y sus alumnos abandonados a su suerte.

Una «fuga» selectiva

Esta expansión, sin embargo, no se contempla en la supuesta «diáspora». Lamentablemente, la mayoría de las instituciones mencionadas en los artículos no revelan la actual geografía universitaria brasileña. Es mucho más grande. Hay otro universo académico que siempre ha vivido este drama de la escasez de recursos. O bien porque son instituciones estatales que no tienen políticas universitarias en sus estados; o bien porque son instituciones federales jóvenes que no se han consolidado. Su existencia está sumida en la escasez.

Estas universidades no están en las grandes capitales. Se encuentran en lo que los medios de comunicación y muchos doctores adoran clasificar como el «Brasil profundo». Un lugar ficticio, casi inmutable y alejado de un mundo globalizado. El remanso al que suelen acudir muchos investigadores de los grandes centros para investigar. Se trata del «sertão» de Minas Gerais, la frontera con Venezuela o la región semiárida del noreste.

Tenemos que ser conscientes de que muchos de los estudiantes situados en estas universidades y que aspiraban a seguir una carrera de investigación en sus áreas de formación, no podrán escapar.

Sí, la llamada «fuga de cerebros» es cruel porque también es selectiva. Requiere una serie de capitales y redes de apoyo. Lo que generalmente no revelan los artículos es que, para emigrar, el investigador necesita dominar otro idioma, tener un visado, contar con redes universitarias y, sobre todo, tener unos recursos económicos mínimos y, en muchos casos, el apoyo de la familia para iniciar este incierto viaje. Se olvidan de subrayar que migrar es un acto colectivo. En definitiva, pocos son los «cerebros» dotados de esos capitales, que logran escapar o incluso promover el autoexilio en el hemisferio norte.

En las universidades brasileñas, no sólo tenemos estudiantes que viven este drama. También tenemos profesores/investigadores sin protagonismo mediático. Sin embargo, aun así, siguen haciendo ciencia y resistiendo el desmantelamiento. No sólo este en concreto, sino el continuo desmantelamiento que viven sus centros, en esta república agropredadora.

Investigan con escasos o nulos recursos, realizan trabajos de extensión, desafían acciones xenófobas en zonas de frontera, denuncian la disputa del agua de las poblaciones tradicionales con las empresas mineras, trabajan junto a los quilombolas en la demarcación de tierras o en el acceso a la vacuna contra el COVID-19. Lejos de idealizar a este grupo invisible, han desarrollado técnicas y formas de investigación con pocos recursos y siguen trabajando.

Por esta razón, me inclino a decir que no hay éxodo o diáspora de investigadores brasileños. Esto parece un discurso de clase, de una supuesta élite intelectual que se arroga el lugar del discurso de toda una comunidad universitaria que ha crecido significativamente, pero que desconoce por completo. Lo que hay es un acentuado desmantelamiento de la educación y la ciencia brasileñas. En algunos lugares, ha llegado con más fuerza. Para otros, siempre ha estado ahí.

La academia brasileña necesita superar este discurso de clase y de representación de un grupo mucho mayor del que quiere ver. Hay muchos más desmontes y dramas. Hay muchos otros jóvenes universitarios que perdimos y que ni siquiera fueron contados, porque no pudieron escapar. Y también hay investigadores que siguen atrincherados y alejados del ficticio debate nacional. Tal vez, ninguno de ellos sea contabilizado, porque no son percibidos como «los mejores cerebros del país».