Una región, todas las voces

La violencia política contra las mujeres en América Latina

Hasta el cansancio se ha dicho que la violencia contra las mujeres –aunque resulta correcto decir las violencias por sus innumerables manifestaciones– responde a las asimetrías de poder entre hombres y mujeres, que mantienen a estas últimas en una situación de exclusión, subordinación y desventaja.

En relación con la violencia que las mujeres sufren en la vida política, su conceptualización y abordaje son novedosos debido a que comienza a manifestarse hace poco, visto desde una perspectiva histórica. Ha sido la participación de las mujeres en los espacios políticos lo que ha generado ataques y agresiones que buscan obstaculizar, impedir y limitar el ejercicio de sus derechos políticos.

¿Qué ocurre en América Latina?

El aumento de las mujeres políticas –concejalas, parlamentarias, candidatas y en cualquier otro cargo público por designación o por vía electoral– a finales del siglo XX e inicios del XXI, vino acompañado de la visibilización de un conjunto de agresiones que sufrían aquellas que se atrevían a participar en la arena político-electoral. Fueron los movimientos de mujeres y feministas los que hicieron visible esta realidad.

El desarrollo de mecanismos para el avance de las mujeres en los espacios políticos, primero, mediante las cuotas de género y después con la paridad –progresivamente ha sido incorporada en varios países latinoamericanos–, implicó la superación de ciertas barreras formales que obstaculizaban su participación. Pero las barreras informales siguen vigentes y una de sus expresiones es precisamente la violencia que sufren las que se atreven a intervenir en los espacios políticos.

Cabe destacar que, en estos casos, si bien la violencia puede ser dirigida individualmente hacia una mujer, el mensaje es para todas las mujeres: los espacios políticos no son para ellas y son los hombres los que tienen la capacidad para gobernar.

Al analizar este tipo de violencia, también es importante tener presente que esta no se concreta en un hecho aislado, sino que se trata de un conjunto de acciones que en no pocas ocasiones suponen una escalada que puede terminar en un feminicidio.

Lamentablemente se pueden mencionar los asesinatos de mujeres lideresas en distintos países de América Latina: Juana Quispe en Bolivia, Berta Cáceres en Honduras, Marielle Franco en Brasil y el caso de México que presenta las cifra más alta con 23 mujeres políticas asesinadas en 2018. En 2021, en el contexto del proceso electoral más grande que ha tenido este país, fueron asesinadas 21.

Características regionales de la violencia política de género

En el año 2007, en la Décima Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe celebrada en Quito, por primera vez los gobiernos de la región se comprometieron a adoptar medidas, tanto legislativas como institucionales, para hacerle frente al acoso político y administrativo contra las mujeres que accedían a los espacios políticos. En ese momento no se habló de violencia política y pese al compromiso, hubo que esperar 5 años para que en la región se aprobara la primera ley que regula esta problemática de manera específica.

En 2015 se firmó la Declaración sobre la Violencia y el Acoso Políticos contra las Mujeres. En este instrumento se reconoció que para lograr la paridad política en una democracia no basta con la implementación de cuotas o de la paridad electoral. Se requiere asegurar que los espacios políticos estén libres de discriminación y violencia contra las mujeres que deciden intervenir en estos.

En 2016 se elaboró una Ley Modelo Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en la Vida Política en la cual se recogió una definición bastante amplia que vincula esta violencia con la afectación de los derechos políticos. “Cualquier  acción,  conducta  u  omisión,  realizada  de  forma directa  o  a  través  de  terceros  que,  basada  en  su  género, cause  daño  o  sufrimiento  a  una  o  a  varias  mujeres,  y  que tenga  por  objeto  o  por  resultado  menoscabar  o  anular  el reconocimiento, goce o ejercicio de sus derechos políticos”.

Esta amplitud conceptual se justifica debido a que a nivel regional no hay una definición uniforme de lo que significa la violencia contra las mujeres en política.

Iniciativas legales

Las mujeres tienen derecho a una vida libre de violencia en el espacio político y esto se constituye en un derecho humano que obliga a los Estados a respetarlo, garantizarlo y satisfacerlo. Aunque este es el deber ser, el abordaje en el ámbito legislativo de los países de la región ha seguido un recorrido desigual.

Bolivia ha sido un país pionero al aprobar en 2012 la Ley N° 243, “Ley Contra el Acoso y Violencia Política hacia las Mujeres”, donde se dejó claramente establecido que se trata de una ley de protección integral que busca, no sólo sancionar a los agresores, sino atender a las víctimas y establecer mecanismos de prevención. Fue la primera vez que en una ley se definió el acoso y la violencia contra las mujeres en la política. Estos avances se debieron al trabajo desarrollado por la Asociación de Concejalas de Bolivia (ACOBOL) y el movimiento de mujeres que concientizaron sobre este tipo de agresiones y colocaron el tema en la agenda nacional.

Hasta hace poco tiempo, Bolivia era el único país del continente que tenía una ley específica sobre esta problemática, pero el 4 de agosto de 2021, Brasil aprobó la Ley Nº  14.192, en la cual establece un conjunto de normas para prevenir, reprimir y combatir la violencia política contra las mujeres en espacios y actividades relacionadas con el ejercicio de sus derechos políticos y de sus funciones públicas.

Algunos países como Ecuador, México y Paraguay han incorporado, dentro del articulado de las leyes generales sobre violencia contra las mujeres basada en género, esta tipología. Otros tienen o han tenido proyectos e iniciativas legislativas como es el caso de Colombia, Costa Rica, Honduras y Perú, que no se han concretado en leyes.

En este último caso, entre las razones que explican que la ley no termine de aprobarse está el desconocimiento sobre este tipo de violencia, y por otro, el temor que tienen los hombres de ceder aquello que tradicionalmente han considerado como un espacio propio.

Es importante destacar que la falta de voluntad política en el abordaje de esta problemática demuestra la vigencia del pacto patriarcal, que no reconoce las desigualdades que tienen que enfrentar las mujeres para participar de los espacios políticos, ni visibiliza que los partidos políticos, que en principio deberían ser grandes aliados en el abordaje de este tipo de violencia, en no pocas ocasiones son los que más se resisten a los cambios.

Mientras tanto, las mujeres siguen luchando por estar presentes en los espacios políticos y en la toma de decisiones.


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Gobiernos semileales en América Latina

La democracia fatigada en la que viven la mayoría de los países de nuestro entorno ha asentado al menos dos prácticas: los cargos que ejercen poder son consecuencia de procesos electorales y, con razonable frecuencia, se da la alternancia entre quienes disputan el usufructo del poder. Sin embargo, en el último lustro se han ido asentando prácticas que tienden a erosionar sendos comportamientos que parten del seno de las propias prácticas democráticas. Así, frente a la posibilidad del acoso que pudiera darse desde el exterior del sistema por parte de sectores genuinamente antidemocráticos son actores insertos dentro los que conspiran contra la naturaleza de este.

El politólogo español que enseñó durante décadas en la Universidad de Yale, Juan J. Linz, atisbó este problema y descargo en parte la responsabilidad en lo que él denominó la oposición semileal. En los partidos y actores políticos semileales se registraba la presencia intermitente, de manera atenuada o ambivalente de ciertas características de deslealtad que analizó con detalle.

Si este escenario era entendible en el seno de países socioeconómicamente muy polarizados y con expresiones profundamente totalitarias como las que se daban en la Europa de la década de 1930, en las que diferentes fuerzas exógenas aspiraban a asaltar el poder, la diferencia que se puede percibir en la actualidad es que la tensión se da en el seno del establecimiento político. Ello significa que los productos de la propia democracia, que son los gobiernos, son elementos conspirativos de primer orden contra el propio devenir de la política. De esta manera, se da paso a la insólita actuación de gobiernos semileales.

Tratándose de instancias que son producto de elecciones periódicas, libres y competitivas, una vez en el poder los gobiernos plantean estrategias de acoso y derribo de los mecanismos que auspiciaron su llegada. En primer lugar, promocionan la desconfianza en el quehacer de las instituciones que se ocupan del juego electoral y, luego, plantean su sustitución por otras sobre las que puedan ejercer su completo control.

El carácter semileal en América Latina

En América Latina, lo acontecido en los últimos días en diferentes países tiene componentes obvios de este carácter semileal en el comportamiento gubernamental. En este sentido, Brasil es el caso más obvio y, a la vez, preocupante por tratarse del país más relevante e influyente por su peso económico y demográfico. Su presidente, Jair Bolsonaro, ha intentado, sin éxito, eliminar el sistema de voto electrónico instaurado en 1996 e incuestionado hasta la fecha por estimar que estaba diseñado para favorecer fraudulentamente la candidatura de Luiz Inácio Lula da Silva frente a la suya en los comicios de 2022.

Esta campaña de promoción de la desconfianza, no obstante, trajo consigo que 300 personalidades, fundamentalmente vinculadas al mundo de la economía y de la empresa, publicaran el cuatro de agosto un manifiesto cuestionando las “aventuras autoritarias” de Bolsonaro. Las denuncias de este solo han encontrado eco en algunos sectores ultraderechistas y ni siquiera la mayoría de los partidos que apoyan a su gobierno avalan estas críticas. Esto se reflejó en la derrota que sufrió la propuesta gubernamental en la Cámara de Diputados el 10 de agosto al quedarse lejos de los 308 votos necesarios con 218 votos en contra, 229 a favor y una abstención, resultando así archivada la enmienda constitucional que había impulsado para que se imprimieran los votos.

Un escenario algo parecido se encuentra en México al calor de la crisis que vive el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, reflejada en la reciente dimisión de su presidente, José Luis Vargas. Vargas había llegado a esa posición con el respaldo del gobierno y era un peón fundamental para llevar a cabo la reforma que pretende el presidente del país, López Obrador, y que lleva anunciándose por el enfrentamiento de este con el Instituto Nacional Electoral, la prestigiosa institución encargada del manejo de los procesos electorales. De lo que se trataba era que lo que aprobara el INE fuera sistemáticamente rechazado por el Tribunal y viceversa. Así, el descrédito de lo electoral, fomentado desde la instancia gubernamental, estaba servido.

En el trasfondo se daba cabida al deseo del presidente de contar con un sistema electoral a su imagen y semejanza. En una de sus diarias intervenciones mañaneras, el presidente descalificó al magistrado electo para reemplazar a Vargas, Reyes Rodríguez, por un supuesto tuit en el que éste lo habría insultado. Sin embargo, este último denunció que ese tuit era consecuencia del hackeo de su cuenta. Pero el daño público ya estaba hecho porque López Obrador remató esa denuncia clamando por la renuncia de todos los magistrados, lo que abriría una brecha constitucional con serias consecuencias derivadas del reemplazo de Vargas y, de nuevo, el inevitable proceso de incremento de la desconfianza institucional alimentado desde el gobierno.

El Salvador constituye un caso diferente, pero sus connotaciones vienen derivadas también del atrabiliario proceder presidencial. Nayib Bukele acaba de auspiciar la aprobación por parte del gobierno que preside de un borrador de proyecto de una nueva Constitución que recoge la ampliación de su mandato de cinco a seis años, así como que no sea necesaria la aprobación de las reformas constitucionales por parte de la Asamblea Legislativa vigente y su ratificación por la siguiente, sino que se sustituirá este último paso por un referéndum. Un escenario asimismo de claro desprecio a las reglas de juego con que fue elegido y de manipulación que introduce un notorio sentimiento de sospecha.

Las cosas pintan mucho peor en Nicaragua donde el deterioro político es abrumador y el gobierno actúa aquí de forma absolutamente desleal. El Consejo Supremo Electoral inhabilitó el seis de agosto al partido Ciudadanos por la Libertad que encabezaba una alianza opositora contra la reelección del presidente Daniel Ortega en los comicios del siete de noviembre. En los últimos dos meses el gobierno nicaragüense arrestó a más de 30 opositores políticos, entre ellos siete aspirantes a la presidencia, activistas estudiantiles, líderes del sector privado, abogados defensores y otros. Ortega, de 75 años, y su esposa y actual vicepresidenta Rosario Murillo de 70, son candidatos por su partido, el Frente Sandinista, para su tercera y primera reelección respectivamente.

Foto de jorgemejia em Foter.com


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La negociación existencial venezolana

negociación existencial

El pasado 13 de agosto se inició, en la capital mexicana, un nuevo proceso de negociación entre el gobierno y la oposición venezolana. Este sería el quinto proceso de negociación desde 2014 y el segundo que se realiza bajo la conducción de la cancillería del Reino de Noruega. El recuerdo de los infructuosos encuentros en aquel entonces en Caracas, Oslo, Santo Domingo y posteriormente en Barbados, siguen frescos en la memoria colectiva del país.

Se inaugura una nueva instancia de encuentro político, que en buena medida evidencia la magnitud de la destrucción deliberada y sistemática de Venezuela. El control hegemónico de las instituciones públicas, el bloqueo de los comicios electorales, la persecución, el encarcelamiento y el hostigamiento a partidos, activistas políticos, sindicalistas y demás formas de disidencia política, son las principales características centrales del entorno político venezolano.

En esta ocasión, el régimen de Maduro pareciera estar mucho más necesitado y el cerco diplomático y financiero, al parecer, está haciendo estragos. Parte de estas tensiones internas quedaron en evidencia en las recientes elecciones internas, previas a las regionales que se celebrarán a fin de año, lo cual estaría evidenciando que la narrativa sobre la autosuficiencia política, pese a las sanciones, podría estar llegando a sus límites.

¿Qué hay de nuevo en las negociaciones de México 2021?

A diferencia de las negociaciones anteriores, en esta se han abierto al escrutinio público los siete puntos de la agenda: derechos políticos para todos; garantías electorales y cronograma electoral; levantamiento de sanciones y retorno de activos retenidos en el extranjero; respeto al Estado Constitucional de Derecho; convivencia política, renuncia a la violencia y reparación de las víctimas de la violencia; protección de la economía nacional y medidas de protección social; garantías de implementación, seguimiento y verificación de lo acordado. Esta agenda, al igual que en la ronda anterior mantiene el principio «nada está acordado hasta que todo lo esté».

En este marco, destaca particularmente la comunicación entre las partes. Para la delegación del gobierno, la oposición ya no es un grupo «terrorista y desestabilizador». Mientras que para parte de la delegación opositora, el régimen de Maduro es «el gobierno». Esto pareciera vislumbrar el fin de la dualidad de gobiernos, aunque no necesariamente represente el fin del respaldo diplomático de más de 50 países del mundo, al liderazgo de Juan Guaidó y demás líderes opositores. Como el mismo delegado opositor Gerardo Blyde reconoció, «cada parte ha tenido que ceder parte de su narrativa para lograr un punto medio de inicio».

Negociación existencial para Venezuela y también para sus políticos

La erosión del liderazgo político venezolano, en ambos lados de la mesa, a estas alturas es inocultable. Después de las cuestionadas elecciones parlamentarias del 2020, la desafección política de la ciudadanía se ha incrementado proporcionalmente al agravamiento de la crisis humanitaria que padece el país dentro y fuera de sus fronteras. Entre la precariedad gubernamental para gestionar la pandemia, la fragmentación política de la oposición y la falta de acuerdos para que la ayuda humanitaria llegue a su destino, el descrédito y la desesperanza es transversal a todo el espectro político.

En este sentido, la necesidad de un acuerdo es necesario para los venezolanos, pero también para la maltrecha clase política ya que ambas partes de la mesa necesitan revitalizar su legitimidad.

Otro aspecto importante a considerar, es el efecto que pudiera tener la eventual judialización que tiene el gobierno venezolano ante la Corte Penal Internacional (CPI), el cual podría generar mayor ingobernabilidad tanto a nivel nacional como internacional. Las relatorías documentadas por la alta comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, así como las reiteradas inacciones del gobierno venezolano ante sus recomendaciones, podría representar un agravante para el proceso negociación.

Las negociaciones en México

Que se haya planteado las negociaciones en México, responde también a la iniciativa del gobierno de Andrés Manuel López Obrador y su canciller Marcelo Ebrard, quien además de no esconder sus aspiraciones electorales, busca complementar el acostumbrado respaldo diplomático que el gobierno mexicano ha dado a Maduro. Por otra parte, México en la actualidad, vendría a ser el único aliado en la región que no está inmerso en una conmoción política nacional, tal como lo está Cuba o Nicaragua, o con un clima pre-electoral como es el caso de Argentina.

Otr figura a destacar, es la del diplomático asignado para esta negociación, Dag Nylander, director del centro noruego para la resolución de conflictos, quien conoce muy bien la política exterior venezolana. En 2017 fue delegado por el Secretario General de Naciones Unidas António Guterres, como representante ante la disputa limítrofe entre Venezuela con Guyana.

Sin embargo, ambas partes enfrentan una gran desafección social. En cuanto a la oposición, destaca su errática conducción en la reconstrucción de la «unidad democrática», una labor compleja, esporádica y diferida por un liderazgo que le ha costado más de lo esperado para cohesionar voluntades. Especialmente ante las últimas coyunturas electorales. En este contexto, estas negociaciones podrían contribuir a reanimar su reconocimiento político internacional y conseguir algunos avances significativos a nivel nacional, como algunas habilitaciones y liberaciones de presos políticos.

Ciertamente es prematuro adelantar un desenlace ante un proceso tan complejo. Sin embargo, las fallidas experiencias previas dejan en claro lo difícil que será llegar a un acuerdo. En virtud del historial negociador del chavismo, lo único demostrable es la continuidad de su fragilidad ante la crítica, la poca fiabilidad de su palabra y sobretodo su vigorosa disposición al uso desmedido de la violencia.

Sin embargo, en las actuales circunstancias y ante las presiones internas del chavismo, no es descartable alguna concesión por parte del gobierno, que no toque muy de cerca las instituciones que puedan garantizar su permanencia en el poder. Ello, con la intención de conseguir aligerar el entramado sancionatorio que internacionalmente se cierne sobre altos funcionarios de la dictadura.

También es necesario considerar que el clima internacional parece favorable para acercar posiciones. Las exigencias de la administración Biden parecen alinearse con lo reiterado por la Unión Europea y algunas naciones de la región latinoamericana en términos de permitir asistencia humanitaria, ante un eventual desmontaje gradual de las sanciones. Una posibilidad que dependerá de la capacidad de concesión que presenten las partes.

Habrá que esperar y examinar los próximos acontecimientos. De momento, solo tenemos nueve representantes en cada lado, una cuestionada representación política, mutua desconfianza y renovadas expectativas frente a una nueva negociación. Todos reunidos en Ciudad de México vuelven a intentar entenderse y ponerle remedios a la barbarie que viven los venezolanos.


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El programa «Auxilio Brasil»: una carrera de obstáculos

Recientemente, el presidente Jair Bolsonaro emitió la Medida Provisional (MP) 1.061, en tramitación en el Congreso, que establece el programa “Auxilio Brasil” en sustitución del programa Bolsa Familia (BFP). Las Medidas Provisionales tienen fuerza de ley, por lo que su efecto es inmediato. Estas tienen un periodo de validez de 60 días y el Congreso tiene un periodo de 45 días para su apreciación y aprobación. Es fundamental que la sociedad brasileña esté atenta a esta discusión y sea consciente de los cambios que implicará su eventual aprobación, ya sea en su totalidad o con modificaciones.

¿El fin del Programa Bolsa Familia?

El Programa Bolsa Familia (PBF) es el programa de distribución de ingresos más importante de Brasil, con resultados notorios, ya que ha sacado a millones de familias de la extrema pobreza y la miseria. Hoy Brasil atraviesa su más importante crisis política, económica y social. El desempleo, el endeudamiento, la inseguridad alimentaria, el estancamiento económico y la profundización de las desigualdades se suman a los retos que impone al mundo la pandemia del Covid-19.

Es en este escenario que el actual gobierno propone sin ninguna discusión ni consulta con la sociedad civil el fin del PBF, imponiendo a través de un medida provisional un programa que parece más bien una carrera de obstáculos.

Los cambios son muchos y tendrán un profundo impacto. La falta de definición de los valores llama la atención al leer el MP, no sabemos cuál es el rango de ingresos que define la pobreza extrema y la pobreza, no sabemos el valor de ninguna de las ayudas propuestas, es difícil saber qué pasará con las familias que ya forman parte del Bolsa Familia.

El primer cambio importante es la forma de calcular la pobreza extrema que en el PBF se definió por un ingreso per cápita de hasta R$ 89,00 al mes. Las familias que se encontraban en esas condiciones tenían derecho a una ayuda básica, además de ayudas variables en función del número de personas pertenecientes a la unidad familiar.

El Programa Auxilio Brasil

En el Auxilio Brasil, el cálculo es diferente. La medida provisional estableció varios tipos de ayuda, con diferentes condicionalidades, que se suman cuando las familias cumplen los criterios. Los principales son prestación de primera infancia, prestación de composición familiar y; prestación de superación de la pobreza extrema.

Esta última merece atención. Según la medida provisional, las ayudas se concederán a las familias cuya renta per cápita, calculada después de sumar la prestación por primera infancia y la prestación por composición familiar, sea igual o inferior al umbral de extrema pobreza. Este umbral no está definido y existe el riesgo de que muchas familias que están entre la pobreza extrema y la pobreza se queden sin una parte importante de la prestación, disminuyendo así la cantidad que recibirán.

No es casualidad que se prevea una Prestación Compensatoria Transitoria, que se reducirá «gradualmente», y se pagará a las familias beneficiarias del Programa Bolsa Familia que puedan ver reducidas sus prestaciones por las nuevas normas.

El Programa Auxilio Brasil se compone también de otras cinco prestaciones con condicionalidades, cuyas dificultades impuestas a los beneficiarios van más allá de la exigencia de asistencia escolar y de la obligación de seguimiento sanitario de los niños por parte del SUS. Entre ellas, tenemos la Ayuda al Deporte Escolar, y la Beca Junior de Iniciación Científica. Ambas son ayudas que responsabilizan a los adolescentes de los ingresos familiares, en lugar de centrarse en garantizarles un derecho fundamental básico: la educación.

La otra ayuda, denominada Ayuda al Niño Ciudadano, encarna una vieja propuesta de la derecha neoliberal brasileña: el bono de guardería. Se concederá preferentemente a las familias monoparentales cuyos tutores puedan acreditar ingresos y la inexistencia de una vacante en una guardería pública o privada. La ayuda se destinará a cubrir parte o la totalidad de las cuotas mensuales de las guarderías asociadas al Programa.

Por supuesto, la concesión de ayudas no exime legalmente al Estado de ofertar plazas en guarderías, pero sin duda permite posponer el problema y evitar, al menos a medio plazo, la construcción de nuevas unidades de educación infantil y la contratación de profesores y profesionales de la educación, costes que la lógica definitoria de la actual configuración del presupuesto público no permite. A largo plazo, crea una cultura política que desvincula al Estado y transfiere perversamente la responsabilidad a la familia. La educación de los niños se ha convertido en un beneficio.

Otras dos ayudas, Inclusión Productiva Rural e Inclusión Productiva Urbana, se presentan como incentivos a la producción y a la inclusión en el mercado laboral formal. El primero se dirige a los agricultores familiares que, a cambio, deben donar una parte de su producción, «correspondiente a una parte del importe anual percibido», a familias en situación de vulnerabilidad social. Como en las otras ayudas, no está claro cuál sería el importe de esta contrapartida. Tampoco está claro el criterio de vulnerabilidad social: ¿las familias beneficiarias del Auxilio Brasil no estarían en situación de vulnerabilidad social?

La Inclusión Productiva Urbana se concederá a los beneficiarios que acrediten una relación laboral formal. Pero la medida provisional no define qué es una relación laboral formal, por lo que suponemos que se trata de un trabajo con un contrato laboral firmado, y nos preguntamos si también se contemplarán las actividades remuneradas de los profesionales autónomos y los empresarios.

Falta de claridad y retroceso en la política de redistribución de renta

No está claro cómo se llevará a cabo la inserción de los beneficiarios en el mercado laboral. La prestación trata el desempleo como una cuestión de voluntad, como si la voluntad y el esfuerzo fueran suficientes para insertarse en el mercado laboral formal.

El programa también pretende estimular el microcrédito. Sus beneficiarios podrán realizar préstamos consignados con descuento, de hasta el 30% del valor de su prestación, realizado por el gobierno federal a favor de las instituciones financieras que ofrecen el microcrédito. Se trata de una iniciativa temeraria y de doble cara: si promueve el crédito para las familias de bajos ingresos, también abre a las instituciones financieras la oportunidad de beneficiarse de una parte de la población hasta ahora excluida del mercado.

¿Cuántas familias conseguirán encajar y cumplir con todas las condiciones para mantener unos ingresos cercanos a los garantizados por el Bolsa Familia?  

En el Auxilio Brasil hay que ser mucho más que un ciudadano, hay que merecerlo, demostrar que se está dispuesto a «emanciparse» y superar todos los obstáculos impuestos por un programa de ingresos que acepta y reproduce la desigualdad estructural que define las oportunidades de vida de los brasileños. Se basa en el principio de la competencia neoliberal, en el mérito individual y responsabiliza a los adolescentes del mantenimiento de los ingresos familiares. Nada más alejado de los principios de la Renta Ciudadana que originó el Programa Bolsa Familia. Se trata de un desmantelamiento, una regresión que si no se detiene puede no tener retorno.

Foto de Palácio de Planalto

Bolsonaro devastó la política ambiental brasileña

El 9 de agosto, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) publicó un informe concluyente con actualizaciones sobre la emergencia climática mundial. En más de 3.500 páginas, los estudios realizados por científicos de más de 60 países son concluyentes: la humanidad ha entrado ya en una fase de irreversibilidad de los efectos del cambio climático.

El informe sobre la emergencia climática

Entre los puntos destacados por el informe, hay pruebas irrefutables de que la principal responsabilidad de esta situación recae en las emisiones antrópicas de gases de efecto invernadero. Este escenario no es ignorado por los mayores emisores históricos, como los países europeos, que adoptaron compromisos e incentivos para la recuperación económica verde a través del Green Deal europeo, Estados Unidos, tras la brecha de aislamiento bajo Trump, y China, que incluyó el daño ambiental como indicador de riesgo para las inversiones y garantizó la neutralidad de las emisiones hasta 2060.

Sin embargo, hay un país que va en contra de la tendencia mundial: el Brasil de Jair Bolsonaro. Desde que asumió la presidencia en enero de 2019, Bolsonaro ha adoptado varias políticas que han llevado a Brasil, de actor central en el régimen internacional de cambio climático a paria. Bolsonaro ha dado marcha atrás en su promesa de campaña de extinguir el Ministerio de Medio Ambiente, pero no sin antes despojar al organismo de varias competencias y nombrar a Ricardo Salles al frente de la cartera. A modo de ejemplo, para Salles la atención a la pandemia fue una oportunidad para «pasar la pelota» y asegurar la relajación de las políticas medioambientales.

Otro ministro, el canciller Ernesto Araújo, criticó abiertamente el Acuerdo de París, ha afirmado que las políticas climáticas son un dogma marxista, un ejemplo del discurso negacionista y anticientífico propagado por la base de apoyo bolsonarista. La sustitución de ambos por compañeros con discursos más moderados no ha sido suficiente para revertir la imagen negativa que recae sobre Brasil.

En el centro el Amazonas

En el centro de las críticas está el Amazonas. Mediante el proceso biológico de la fotosíntesis, las zonas forestales funcionan como mecanismos centrales de absorción de carbono. Por lo tanto, la deforestación y los incendios provocan emisiones directas, a través de los gases liberados por la quema, pero también indirectas, debido al desequilibrio en el régimen de lluvias y los índices de humedad. Con menos árboles, hay una reducción territorial de los vectores que absorberían el carbono y limitarían los gases de efecto invernadero.

En 2019, el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Inpe) dio a conocer datos que apuntaban a un aumento del 88% de la deforestación ilegal en la zona forestal respecto a 2018. La reacción de Bolsonaro fue cuestionar la veracidad de los datos y exonerar al entonces director del órgano, Ricardo Galvão. La medida vino acompañada de recortes presupuestarios, vaciando instituciones centrales para el seguimiento y la aplicación de políticas públicas en la región, como el Instituto Brasileño de Medio Ambiente y Recursos Naturales Renovables (IBAMA) y la Fundación Nacional del Indio (Funai).

El desmantelamiento no ha pasado desapercibido: los países europeos han interrumpido la financiación del Fondo de la Amazonia. El asunto se ha convertido en un obstáculo para la aprobación del acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea, y varias empresas han anunciado la interrupción de la importación de productos originarios de Brasil.  

Las políticas de Jair Bolsonaro

Bajo presión, Jair Bolsonaro adoptó la estrategia de cobrar a los países desarrollados el apoyo financiero para garantizar la preservación del medio ambiente en el país. La petición se hizo pública durante la Cumbre de Líderes convocada por Biden en abril de 2021.

En el corazón de este argumento hay dos narrativas principales que son de particular interés para la base de apoyo del presidente. La primera es que la preocupación ambiental de otros países en realidad esconde el proteccionismo contra los productos agrícolas brasileños competitivos. El segundo es una distorsión del principio histórico de «responsabilidades comunes pero diferenciadas», según el cual los países desarrollados deben asumir los costes de las políticas medioambientales, dando a los países en desarrollo más margen para impulsar su propio crecimiento.

Ninguna de las narrativas se sostiene ante el «estado del arte»: para pedir ayuda, Brasil debería al menos hacer sus deberes. En este sentido, la postura de Bolsonaro en la Cumbre conmocionó a dirigentes y expertos por dos razones principales: en primer lugar, la preservación del medio ambiente está protegida y garantizada no sólo por los acuerdos internacionales de los que Brasil es parte, sino también por la Constitución Federal. En la práctica, Bolsonaro pidió dinero para algo que es una obligación legal y para lo que ya debería haber una previsión presupuestaria a corto, medio y largo plazo.

En segundo lugar, la insólita petición vino acompañada de medidas que van en contra: el cuestionable compromiso de acabar con la deforestación ilegal para 2030 sin ninguna presentación de los mecanismos para obtener tal objetivo, y la revisión de los datos de referencia de la Contribución Nacionalmente Determinada de Brasil antes del Acuerdo de París, una medida que, de hecho, aumentó el objetivo de volumen de emisiones del país.

En 2021, nuevos datos del Inpe complejizan el escenario. Un estudio realizado por la investigadora Luciana Gatti señala que la degradación de las políticas medioambientales en Brasil ha provocado que la Amazonia emita más carbono del que absorbe. Según la investigación, la zona que requiere más atención es el llamado «Arco de la Deforestación», cercano a la frontera agrícola.

Esta información nos ayuda a entender por qué los escenarios del informe del IPCC recientemente publicado son especialmente alarmantes para la región. Se esperan efectos como el retraso de los ciclos de lluvia, la sequía, la desertificación y el compromiso de los cultivos agrícolas. Las proyecciones alertan de que la temperatura media en la Amazonia aumentará 2º C, por encima del 1,5º que el Acuerdo de París establece como objetivo máximo deseable. Con ello, la tendencia es que al menos 150 días al año haya temperaturas superiores a 35º C en la región, lo que contribuye a aumentar la velocidad de propagación de los incendios forestales.

El vacío dejado por el Gobierno Federal ha intentado ser ocupado por otros actores. Uno es la iniciativa Gobernadores por el Clima, que cuenta con la adhesión de 25 estados brasileños. A través de compromisos para implementar políticas y buscar la neutralidad del carbono, los gobernantes están articulando contactos directos con líderes extranjeros, además de preparar delegaciones propias e independientes para participar en la COP 26, en Glasgow.

El sector privado también se ha posicionado, colocando las políticas ambientales, sociales y de gobernanza (ESG) en el centro de las estrategias corporativas, orientando el mercado por la adhesión a mecanismos de neutralidad de carbono y la comercialización de bonos verdes. Las grandes empresas del país también se han manifestado contra la política medioambiental del gobierno que provoca pérdidas económicas debido a los boicots y restricciones de otros países a los productos brasileños.

En dos años de gobierno, el verde de la naturaleza no ha sensibilizado al gobierno. Tal vez lo haga el verde del dinero. 

Foto de Amazônia Real

Cada vez más migrantes extracontinentales en América Latina

Coautora Soledad Castillo Jara

La migración de personas provenientes de otros continentes —especialmente de África y Asia— pero también del Caribe es un fenómeno en aumento en América Latina. Y si bien en un primer momento la mayoría se dirige hacia Estados Unidos o Canadá, no son pocos los que se establecen en algún país latinoamericano ya sea por decisión propia, por necesidad ante el agotamiento de sus recursos o como consecuencia de un proceso de expulsión.

¿Por qué y cómo llegan los migrantes extracontinentales a América Latina?

La migración extracontinental en América Latina constituye un flujo mixto ya que dentro del mismo grupo convergen migrantes con motivaciones distintas. En algunos casos, sobre todo entre los emigrantes subsahariana y de Medio Oriente, las principales razones son la persecución y la violencia. Mientras que quienes salen de sus países por razones económicas o debido a desastres naturales provienen, sobre todo, de países del sur de Asia y Haití. Pero hay otras razones que motivan la migración extracontinental como la reunificación familiar.

La llegada a América Latina se explica principalmente por factores políticos, pues, geográficamente, Europa sería un destino más próximo. Pero durante la primera década del siglo XXI ocurrieron casi en paralelo dos fenómenos destacables: el incremento de las restricciones para la entrada en Europa y la flexibilización de los requisitos de ingreso en América Latina.

En particular, algunos países latinoamericanos con gobiernos de izquierda como Argentina bajo Néstor Kirchner (2003-2007), Ecuador bajo Rafael Correa (2007-2017) y Brasil bajo Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010) flexibilizaron sus políticas migratorias, y sobre todo de visados, e impulsaron un discurso oficial centrado en los derechos humanos de las personas migrantes. Estas medidas de apertura, si bien fueron temporales en la mayoría de los casos, resultaron atractivas para la población migrante extracontinental. Una vez establecidos, los flujos de personas de fuera de la región no pararon de aumentar.

Las rutas migratorias se desarrollan de sur a norte. Comienzan en América del Sur, donde los migrantes extracontinentales ingresan a través de países con requisitos de visado poco exigentes como Ecuador o Brasil. Y continúan hacia América Central a través del Tapón del Darién, una zona boscosa y de alto riesgo ubicada entre Colombia y Panamá. Si bien no existen estadísticas parecidas a las de las muertes de migrantes en el Mediterráneo, se estima que el Darién es una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo, pues es una selva espesa, de geografía hostil y con presencia de grupos armados en la cual, además, se interrumpe el trayecto de la carretera Panamericana. Según UNICEF, en los últimos cinco años el número de niños cruzando el Darién se quintuplicó.

Finalmente, los migrantes ascienden a través de América Central y México con destino a Estados Unidos y Canadá. Este extenso y costoso trayecto a menudo se realiza con ayuda de contactos, ya sean traficantes u otros migrantes que conocen la ruta. Asimismo, es usual la alternancia entre medios de transporte terrestres y acuáticos como autobuses, automóviles particulares y botes o tramos recorridos a pie. Toda esta travesía puede durar varios meses o incluso años.

¿Qué desafíos enfrentan los migrantes?

A lo largo de la travesía, los migrantes se enfrentan a diversos desafíos como los naufragios, los problemas de salud causados por la exposición a condiciones climáticas extremas y las estafas por parte de los traficantes durante los múltiples traslados. Asimismo, el hacinamiento, la hostilidad de las autoridades estatales y el colapso de algunos servicios en las zonas de frontera contribuyen a complicar aún más la situación de los migrantes.

Como ejemplo, entre febrero y marzo de 2021, cientos de migrantes africanos y haitianos que huyeron de la crisis sanitaria y económica en Brasil quedaron varados en el Puente de la Integración, en la frontera entre Brasil y Perú. Durante varias semanas, tuvieron que enfrentar el hambre, condiciones inadecuadas de higiene, tratos hostiles por parte de la policía y la separación de algunas familias.

Mientras que a finales de julio de 2021, más de diez mil migrantes africanos, asiáticos y haitianos quedaron varados en la ciudad de Necoclí, al norte de Colombia, a la espera de poder tomar algún medio de transporte hacia Panamá. Ante el colapso de la ciudad, desbordada en su capacidad de alojamiento, servicios de agua y limpieza, el gobierno municipal declaró el estado de calamidad pública.   

La primera barrera que enfrentan los migrantes extracontinentales al llegar a los países de transito o de destino suele ser la regularización de su estadía. El cruce irregular de las fronteras a menudo les cierra las puertas de una regularización posterior. Y cuando optan por solicitar refugio, la tasa de respuestas favorables a sus solicitudes suele ser baja.

En Argentina, por ejemplo, los venezolanos, senegaleses, cubanos, haitianos y dominicanos se encuentran en los primeros lugares en cuanto al número de solicitudes de refugio. Sin embargo, entre 2016 y 2020, fueron aprobadas solo 10 de las 1.267 solicitudes de haitianos, 11 de las 885 solicitudes de cubanos y ninguna de las 705 solicitudes de dominicanos.

Las detenciones y expulsiones en América del Norte, son la última gran preocupación de los migrantes en su travesía. Camerún, la República Democrática del Congo y Eritrea fueron los tres principales países africanos cuyos nacionales fueron detenidos en México en 2018. Y durante los últimos cinco años, personas de más de ochenta países africanos y asiáticos fueron arrestadas en Estados Unidos luego de haber ingresado al país a través de México.

Además, las condiciones de vida en los centros de detención de México son sumamente cuestionables. Organizaciones de derechos humanos han denunciado el hacinamiento, los malos tratos y la falta de atención médica. Un caso emblemático fue el fallecimiento del migrante haitiano Maxene Andre en la Estación Migratoria Siglo XXI; han pasado dos años de ello y su cuerpo aún no ha sido entregado a su familia ni se han esclarecido totalmente las circunstancias de su muerte.

Cuando finalmente los migrantes alcanzan su destino o deciden instalarse en algún país de tránsito, incluso en los casos en los cuales se logra la regularización migratoria, estos enfrentan barreras para su inserción laboral y social. Muchos terminan en empleos informales y estacionales como la venta ambulante en tiendas y en playas en Argentina, o con contratos temporales en fábricas de Brasil. Y como si fuera poco, deben afrontar las dificultades lingüísticas, en el caso de población no hispanohablante, y la discriminación racial en el caso de población afrodescendiente.

Como conclusión, hay que recalcar que este es un proceso relativamente poco estudiado y de difícil medición, dado que a menudo representa flujos migratorios mixtos e irregulares, sobre todo durante la pandemia de Covid-19. En este contexto, desde el punto de vista de las políticas públicas, es necesario comprender, no solo los desafíos que los migrantes extracontinentales enfrentan en sus procesos de tránsito, sino también al interior de los países receptores.

Soledad Castillo Jara es cientista política. Investigadora RENACYT (Grupo María Rostworowski – Nivel III). Pre docente en la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Autora de publicaciones académicas sobre movilidad humana, migración venezolana, y políticas migratorias en Perú y América Latina.

Guatemala capturada por una élite corrupta

Para los guatemaltecos, el 2021 quedará marcado por el recrudecimiento del desgobierno, la corrupción y el afianzamiento de la cooptación de todas las instituciones del Estado. El legado que dejaron las campañas ciudadanas de 2015 contra el entonces presidente Otto Pérez Molina y su vicepresidenta, Roxana Baldetti, se vio truncado tras la embestida del ahora ex presidente Jimmy Morales y su círculo de poder contra la CICIG y las instituciones que llevaban esta lucha.

La reversión del legado de la CICIG

Con la asunción de Alejandro Giammattei la situación no mejoró. El actual presidente fue electo en unos comicios en los cuales supuestamente se enfrentaban dos concepciones político-ideológicas, pero en realidad fue la disputa entre dos grupos con las mismas solapadas intenciones de convertir al Estado en su piñata personal.

A pesar del contexto negativo, las investigaciones dirigidas por la defenestrada y expulsada CICIG (Comisión Internacional contra la Corrupción y la Impunidad en Guatemala), continuaron contra viento y marea bajo la dirección del fiscal Juan Francisco Sandoval, desde la Fiscalía Especial contra la Corrupción. Pero con el tiempo, fueron perdiendo credibilidad debido a la descarada cooptación del Ministerio Público por el grupo político-empresarial que acompaña a Giammattei.

Fue así que el discurso de apoyo a la lucha contra la corrupción fue quedando, paulatinamente, en una mera perorata vacía de contenido y de intenciones, mediante una lucha soterrada contra la Fiscalía Especial Contra la Corrupción y la Impunidad (FECI), que le impedía avanzar. Especialmente, cuando las indagaciones de los fiscales y sus auxiliares se acercaban al presidente, a su grupo de íntimos y, sobre todo, a sus intereses non sanctos

Los acuerdos secretos del presidente

De acuerdo a declaraciones del ex fiscal Sandoval, quien se encuentra autoexiliado, la fiscal general Consuelo Porras entorpecía sus investigaciones mediante todas las formas imaginables, legales o no. Pero la gota que habría derramado el vaso, según expertos, habría sido la investigación alrededor de la llegada de dos aviones privados a Guatemala con matrículas de Rusia y de Kazajistán, que habrían trasladado al país empresarios de esos países para acordar “favores” mutuos con el mismísimo presidente Giammattei.

De acuerdo a fuentes que prefieren no revelar su identidad, la provisión de vacunas Sputnik V habría sido negociada en este contexto. Sin embargo, también se habrían negociado licencias de explotación y derechos mineros en el oriente del país, así como la concesión en uno de los principales puertos del país.

Irónicamente, serían contratos muy similares a los firmados durante la administración de Otto Pérez Molina que resultaron en investigaciones por el pago de coimas millonarias a través del ex secretario privado del depuesto y enjuiciado Pérez Molina.

El paro plurinacional

El malestar de muchos guatemaltecos, indignados por el despido del fiscal Juan Francisco Sandoval, así como por el mal manejo de la pandemia, hasta el momento es visible principalmente en publicaciones de redes sociales y desde organizaciones de sociedad civil. Sin embargo, el rol de los pueblos originarios ha ido creciendo hasta desembocar en el llamado Paro Plurinacional del pasado 29 de julio.

La movilización de más de 200,000 personas que provocó unos 90 bloqueos, fue liderada por la agrupación indígena 48 Cantones de Totonicapán. En tanto que su secretario general, Martín Toc, de 35 años, empieza, según dirigentes sociales guatemaltecos, a perfilarse como referente dentro de los movimientos de bases.

Hasta el momento, quienes no han planteado una postura clara son las cámaras que aglutinan al sector empresarial y que juegan un papel importante dentro de la economía guatemalteca. Algunos creen que están a la espera del devenir de los sucesos, en tanto otros estiman que guardarán el habitual silencio cómplice ante los desatinos de los políticos y funcionarios del Estado.

La ambigua posición de Washington

Desde el Departamento de Estado de Estados Unidos se han emitido comentarios oficiales y oficiosos condenando el desconocimiento de la independencia de la Justicia en Guatemala. Sin embargo, por el momento, Washington no ha pasado a mayores.

Con la excusa de no poder actuar directamente en cuestiones internas de un Estado soberano, por ahora los actuales inquilinos de la Casa Blanca parecen sopesar hasta dónde presionar al único presidente del conflictivo Triángulo Norte que no les es esquivo. Mientras que el Departamento de Estado considera al salvadoreño Nayib Bukele como una piedra en el zapato y al hondureño Juan Orlando Hernández como un presidente de salida, Giammattei es el único de los mandatarios considerado como socio que le queda en la región.

El futuro inmediato

El pasado nueve de agosto se concretó otra jornada de protestas y se espera que las mismas prosigan. Pero es de esperar que la respuesta desde el gobierno nacional siga por la línea del atrincheramiento y los oídos sordos mientras consolidan sus intereses a través de todo tipo de corruptelas.

Además, es de esperar que el círculo del poder político-institucional se centre en eliminar la figura de Jordán Rodas, Procurador de los Derechos Humanos, quien es visto como el único gran obstáculo para la concreción de los planes del grupo que cogobierna con Giammattei.

Nuevas convocatorias desde las organizaciones sociales podrían derivar en un mayor grado de inestabilidad. Pero por otro lado, esto también retrasaría aún más la llegada de las potenciales inversiones tan necesarios para superar la crisis económica agravada por la pandemia de la Covid-19.

Foto de Presidencia de Guatemala

La acción social de las mujeres y la rigidez gubernamental

Ante la profundización de las vulnerabilidades sociales durante la pandemia en América Latina y el Caribe, y frente a la falta de respuestas con enfoque de género, las mujeres han destacado por el papel social que han asumido para paliar la crisis. Las mujeres resuelven la crisis más allá de las políticas públicas”, afirma una representante de una organización internacional con sede en Chile. Según ella, en diferentes ciudades las mujeres pobres se han autogestionado y han obtenido alimentos para cocinar y, ante la falta de recursos disponibles, ofrecer comida para otras mujeres pobres.

El caso no es único y no se limita a los alimentos. Sin la ayuda del Estado, las mujeres latinoamericanas han tenido que realizar acciones para ayudarse a sí mismas y a sus comunidades en cuestiones como la violencia de género, los ingresos básicos e incluso la asistencia en el uso de herramientas tecnológicas esenciales.

Esta es la conclusión de una investigación realizada en conjunto con el Dr. Javier Stanziola para el Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales (CIEPS). El objetivo era averiguar si los gobiernos de la región han respondido a las necesidades de las mujeres a través de políticas públicas con perspectiva de género y los factores institucionales (o reglas del juego) que han afectado los cambios en el proceso de elaboración de políticas.

Entre las reflexiones finales del estudio destaca que la pandemia, lejos de haberse convertido en una oportunidad para la innovación y el cambio, demostró un alto nivel de rigidez institucional en la mayoría de los países estudiados.

La acción social frente a la rigidez

En Colombia, una entrevistada de una organización sindical informó de los esfuerzos realizados para pedir al gobierno una renta básica equivalente al salario mínimo legal para siete millones de familias pobres. Y en Perú, las mujeres de una organización social se reunieron para pedir al gobierno que las capacite respecto al aumento de la violencia de género durante la cuarentena, con el objetivo de llevar las lecciones a la comunidad. Sin embargo, no hubo respuesta.

La formación de estas mujeres con fines de empoderamiento fue un factor común entre las entrevistadas. Un ejemplo es el de un movimiento social en la zona rural de Ecuador, en el que ellas mismas dirigían las escuelas de formación.

“Empezamos por una provincia, luego se abrió para el país (…) [y]) también se abrió a Latinoamérica”, relató una de ellas. Había “alrededor de 200 mujeres, eso es un capital semilla humano político y social en cada una de las provincias…(y) no se quedan con [los] conocimientos, sino que tienen que replicarlos en sus organizaciones, comunidades y también en sus familias”.

Por otro lado, hubo organizaciones que brindaron asistencia acerca del uso de herramientas tecnológicas que los gobiernos utilizaron para cobrar bonos o bolsas de comida. Sin embargo, determinados grupos de mujeres no contaban con conocimientos ni herramientas digitales ni tampoco estaban bancarizadas, como afirmó una entrevistada de una organización de trabajadoras sexuales de Argentina.

Autogestión alimentaria y económica

Además de las historias aquí presentadas, hubo relatos comunes sobre los esfuerzos para satisfacer las necesidades alimentarias del hogar, especialmente entre las mujeres de los sectores vulnerables. Una mujer de un movimiento social de El Salvador dijo que habían entregado 200 cestas de alimentos a mujeres rurales.

En la misma línea, una académica experta de Argentina reconocía quedurante la pandemia las que están en los clubes de barrio, en las organizaciones, generando alimentos para todo el mundo, armando raciones de comida son las mujeres, a veces más visibilizadas a veces menos visibilizadas…” 

Cabe destacar la actuación de las y los productores agrícolas, que utilizaron el trueque para satisfacer las necesidades alimentarias de regiones con diferentes características geográficas y productivas, complementando así los productos que necesitaban para su alimentación, mediante su propia autogestión.

Un ejemplo es el caso de las comunidades campesinas de Ecuador, que se organizaron e hicieron un trueque de alimentos. Una de las entrevistadas de un movimiento social de Ecuador, expresó que el truequeSe hizo, pero no por medio del gobierno nacional, absolutamente esto fue una autogestión del sector campesino de aquí del Ecuador y con las organizaciones sociales ese fortalecimiento que hubo fue tenaz.  (…) Alrededor de 716 organizaciones se unieron durante esta pandemia”.

Esfuerzos con poco éxito y necesidad de políticas públicas con enfoque de género

Los relatos anteriores constituyen una de las dos etapas de la investigación cualitativa. La primera etapa consistió en una revisión de las medidas anunciadas por los gobiernos centrales de 21 países de América Latina y el Caribe al inicio de la pandemia. La segunda, en cambio, se basó en 27 entrevistas a informantes clave en 13 países entre septiembre de 2020 y abril de 2021.

Los esfuerzos políticos observados en los países con más medidas se deben a las plataformas existentes que respondían a determinadas necesidades de las mujeres. Esto ha permitido a los principales actores anunciar medidas, sin tener clara su eficacia. Aunque se ha posicionado un discurso institucional de integración de la perspectiva de género en los países, éste ha sido principalmente performativo. Falta un sentido efectivo de las necesidades diferenciadas de las mujeres y una incipiente transversalidad en el sector público.

El papel de las organizaciones sociales, especialmente las feministas, frente a las rigideces institucionales durante la pandemia surgió en la investigación. Aunque no era el tema del estudio, destacamos cómo estas organizaciones se enfrentaron a la rigidez a través de acciones de incidencia política para situar la agenda de las mujeres en la esfera de los gobiernos centrales.

A pesar de ello, estos esfuerzos han tenido poco éxito, en parte debido a la debilidad de los mecanismos de participación preexistentes antes de la pandemia y a sus escasos vínculos con el ámbito institucional.

En suma, el trabajo, el compromiso y la experiencia de las organizaciones sociales de mujeres, frente a la rigidez institucional, es de gran valor y puede ser útil a los actores centrales para mejorar su comprensión de las diversas realidades que enfrentan las mujeres, lo que generaría la formulación de políticas públicas con mayor consenso. 


Episodio relacionado de nuestro podcast:

El crimen organizado pone de rodillas a México

Ni la estrategia de “guerra contra el narcotráfico” de Felipe Calderón, ni el discurso centrado en la “prevención de los delitos” de Enrique Peña Nieto, ni el de “abrazos, no balazos” y distribución directa de recursos a los más pobres de Andrés Manuel López Obrador han dado resultados. Los homicidios, que en el gobierno de Calderón escalaron de forma dramática, y que tras una moderación en los primeros años de Peña Nieto volvieron a aumentar a partir del año 2016, llegaron en 2019, ya en la administración de AMLO, a un máximo histórico. Desde entonces, los homicidios se han mantenido en niveles semejantes.

La credibilidad del gobierno de México y la posibilidad de que se pueda impulsar una transformación de la forma de hacer política en el país están en riesgo por la incontrolable situación de violencia. Además, las estadísticas del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) y del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) no son confiables. En algunos casos debido a la intencionalidad política de los gobiernos estatales, en otros al miedo de las autoridades locales a las represalias del crimen organizado, especialmente en Tamaulipas y Veracruz, y también al alto número de desaparecidos encontrados en fosas clandestinas que no pueden ser cuantificados.

Los datos oficiales, sin embargo, muestran una geografía aproximada de la violencia homicida. Según las fuentes, los homicidios en México se encuentran actualmente entre los 32.000 y los 37.000 anuales, lo que representa más de 26 homicidios por cada cien mil habitantes. En 2020, las cinco entidades federativas con más asesinatos cada cien mil habitantes fueron Colima (76.2), Baja California (70.5), Quintana Roo (65), Chihuahua (62.1) y Guanajuato (59.9).

¿Qué explica la violencia incontrolable en México?

Hay dos razones fundamentales. La clase política ha renunciado a reformar el sistema nacional de seguridad pública, que implicaba transformar las policías estatales y locales, y contar con una estrategia clara de seguridad. Por otra parte, se está viviendo un recrudecimiento de la lucha de los diferentes grupos del crimen organizado.

Durante el sexenio de Felipe Calderón se inició una política que reconocía la debilidad de las policías locales como el gran reto del sistema nacional de seguridad pública. Se diseñó una estrategia de profesionalización y se destinaron una gran cantidad de recursos económicos para lograr este objetivo. La reforma fracasó, tanto por la falta de compromiso de las diferentes autoridades como por el claro desvío de recursos económicos.

En la segunda mitad del sexenio de Peña Nieto se abandonó esa estrategia que también permitía contar con militares retirados como directores de policías locales. A partir de entonces, se empezó a desplegar la policía militar en el territorio como apoyo a las municipales y estatales, organizándose operativos conjuntos.

Se aprobó, también, una ley de seguridad interior —posteriormente declarada inconstitucional— que autorizaba a los militares a participar en actividades de orden público. Y en el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, se continuó con esta estrategia y se creó la Guardia Nacional, integrada principalmente por elementos militares.

La lucha del crimen organizado por las “plazas”

La violencia obedece al recrudecimiento de las luchas del crimen organizado por los territorios y las “plazas”. México es un país de consumo y de tránsito de diferentes tipos de drogas, pero además, los grupos del crimen organizado se dedican al “huachicoleo” (robo y comercialización de hidrocarburos), o la trata de personas (especialmente migrantes en tránsito hacia los Estados Unidos).

Los centros turísticos del país, especialmente Acapulco (Guerrero), Cancún y la Rivera Maya (Quintana Roo), o Guanajuato son puntos importantes de consumo de drogas, que sumado al cobro de derecho de piso a negocios y el narcomenudeo han disparado las luchas por las plazas.

En Acapulco la violencia se incrementa y se reduce, dependiendo de la dinámica de la lucha entre los diferentes grupos del crimen organizado. En Quintana Roo, que además es un importante punto de ingreso de drogas al país, los homicidios empezaron a escalar de forma rápida desde el año 2017 y no se han detenido. Mientras que ciudades como Los Cabos y La Paz en Baja California Sur, que fueron señalados entre 2016 y 2017 como las más violentas del mundo, han podido ser controladas.

Además del consumo de drogas, la lucha de los grupos por el robo de combustible, provocó que los enfrentamientos y las ejecuciones se incrementaran en Guanajuato. Y la llegada de fentanilo a los puertos del pacífico, especialmente en Manzanillo (Colima), ha provocado el reciente aumento de la actividad criminal en este territorio, y en Zacatecas, que es un punto central para su tránsito hacia los Estados Unidos.

Por otra parte, la violencia ha retomado intensidad en entidades fronterizas como Baja California y Chihuahua; y seguramente, a pesar de las cifras oficiales también lo ha hecho en Tamaulipas. Finalmente, en otros estados, en el que tradicionalmente los grupos del crimen organizado han tenido conflictos como en Michoacán, Sonora, y Sinaloa, vuelven a presentarse altas tasas de homicidios.

Para concluir, la falta de policías locales profesionales, una Guardia Nacional en formación y una política confusa de aproximación a la delincuencia (“abrazos y no balazos”), han provocado que los homicidios siguieran incrementándose en México, mientras el Estado no tiene capacidad de reacción ni de control sobre muchos territorios del país. Esto deja en claro que mientras desde el gobierno no se implementen reformas profundas en la estrategia de seguridad, dificilmente la violencia amainará.

La militarización del gobierno de Bolsonaro

Coautora Juliana Cesário Alvim Gomes

Desde la promulgación de la Constitución brasileña en 1988, los restos autoritarios de la dictadura cívico-militar han sido motivo de crítica. Desde el mantenimiento del aparato de inteligencia consolidado en la época, hasta el uso de la Ley de Seguridad Nacional para perseguir a los opositores. Además de la permanencia de la presencia militar en el aparato estatal y en el proceso de toma de decisiones políticas.

Con la llegada de Jair Bolsonaro a la presidencia hay una seria profundización de este proceso. Sin necesidad de tanques -como la última vez- los militares han vuelto abiertamente y sin pudor a la mesa de decisiones, a los puestos bien remunerados y a los espacios que la redemocratización parecía negarles.

En este proceso, uno de los aspectos que llama la atención es la cooptación y el reparto corporativo de los cargos públicos civiles en la administración pública entre los militares en activo o en reserva.

A principios de 2019, Bolsonaro nombró como ministro de Defensa a un militar, el general Fernando Azevedo e Silva. De esa manera, rompió con la tradición de nombrar a un civil para este ministerio desde su creación en 1999.

En febrero de 2020, por primera vez desde la reanudación de la democracia, un general se puso al frente de la Casa Civil, sumándose a la ya ocupada Secretaría de Gobierno y al Gabinete de Seguridad Institucional. A finales de 2020, cerca de la mitad de los ministros del gobierno federal eran militares y había más de 6.157 militares en activo o de reserva trabajando en la administración pública.

Además de conferir acceso al poder político, estos cargos suelen contribuir a un importante aumento económico de los salarios de quienes los ocupan.

Un general a cargo de la Sanidad durante una pandemia

En este contexto, es representativo el caso del general Eduardo Pazuello, que siendo general militar en activo fue nombrado como ministro de Sanidad durante la pandemia de Covid-19, a pesar de no tener experiencia en el área. Con él, más de 20 militares ocuparon puestos clave en la cartera.

Durante su administración, el Ministerio de Sanidad se opuso a las medidas de confinamiento y al uso de mascarillas y fomentó la adopción de tratamientos inocuos y peligrosos, como la hidroxicloroquina.

Como han revelado las investigaciones del Congreso, se crearon numerosas barreras para la adquisición de vacunas y los datos de la pandemia, como el número de casos y muertes, «desaparecieron» del acceso público, ocultados a la sociedad por el Ministerio. Durante su gestión al frente de la cartera, se registraron en el país cerca de 260 mil muertes por Covid-19, además de tragedias como las 28 muertes por falta de oxígeno en Manaos.

Más allá de la desastrosa gestión, el caso del general Pazuello revela el alcance del corporativismo militar y su potencial para dejar impunes las ilegalidades más evidentes.

Poco después de dejar la cartera, con un nuevo cargo en la Secretaría General del Ejército y tras negar ante el Congreso Nacional las irregularidades en su gestión, Pazuello participó (sin mascarilla) en un acto político junto a Jair Bolsonaro. Todo ello a pesar de la prohibición de que «los militares en activo se manifiesten públicamente, sin estar autorizados, sobre asuntos de carácter político-partidista», tal y como establece el Reglamento Disciplinario del Ejército y el Estatuto Militar.

En vista de ello, el Ejército abrió un proceso administrativo para investigar su conducta. Aunque algunos militares criticaron públicamente la conducta del general, Pazuello no fue sancionado y el proceso fue archivado.

Algunos senadores lamentaron la decisión del ejército de no castigar al general y al ex ministro de Sanidad. Incluso ante tales reacciones, el Ejército brasileño no sólo no castigó a Pazuello, sino que estableció un secreto de 100 años sobre el proceso relacionado con el episodio.

El caso Pazuello revela la importancia de reflexionar sobre el papel y la responsabilidad de los militares en la esfera política. Sobre todo, en un contexto en el que cada vez más personas se implican en la vida política y en el que salen a la luz numerosas irregularidades, como las reveladas por la investigación sobre el Covid-19 del Senado.

Además de la prohibición de las manifestaciones políticas públicas, el Estatuto Militar prevé el pase de oficio a la reserva remunerada (retiro) cuando el militar «supere los dos años de separación, continuada o no, acumulada por el ejercicio de un cargo público o de un empleo público civil temporal, no electivo, incluida la administración indirecta».

Restringiendo esta hipótesis, Bolsonaro emitió en junio de 2021 un decreto que confiere carácter militar a los cargos y funciones «ejercidos por militares» en diversos órganos como el Tribunal Supremo (STF), la Procuraduría General de la República (AGU) y el Ministerio de Minas y Energía, e incluso empresas estatales. Con ello, permite, en la práctica, que los militares en activo permanezcan en estos puestos de forma indefinida, ampliando y agravando aún más el proceso de ocupación de los espacios administrativos y políticos por parte de los miembros de las Fuerzas Armadas.

La necesaria regulación de las funciones de los militares

Como reacción a este proceso, han surgido iniciativas como la Propuesta de Enmienda a la Constitución (PEC) 21/21, que prohíbe que los militares en activo ocupen cargos civiles en la administración pública, ya sea en el gobierno federal, los estados, el Distrito Federal o los municipios.

La PEC determina que, para ejercer estos cargos civiles, un miembro de las Fuerzas Armadas, de la Policía Militar o del Cuerpo de Bomberos que tenga menos de diez años de servicio debe apartarse de la actividad. Si tiene más de diez años de servicio, pasará automáticamente a la situación de inactividad al tomar posesión del cargo.

Actualmente, la Constitución no aborda la presencia de militares en cargos civiles, aunque restringe su elegibilidad en términos similares (retirada de la carrera para los que tienen menos de diez años de servicio y paso a la reserva para los que tienen más), lo que demuestra su preocupación por la implicación política de los militares en activo, incluso como forma de salvaguardar a las propias Fuerzas Armadas. 

Esta preocupación no es infundada. La militarización del gobierno, de la administración pública y de la política amenaza la democracia y los propios derechos humanos, como demuestra la gestión militar de la pandemia de Covid-19 en Brasil.

Es imprescindible regular y restringir la participación de los militares en activo en los cargos y funciones civiles de la administración y el gobierno, so pena de naturalizar la subversión del papel de las Fuerzas Armadas y de hacer permanente e irreversible el daño al equilibrio de las relaciones cívico-militares causado por el gobierno más militarizado desde el fin de la dictadura militar.