Bukele por siempre y el humo del bitcoin

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Nayib Bukele mostró sus cartas. Tal como aventuré en una columna anterior, el extremadamente popular presidente salvadoreño recurrió al viejo recurso latinoamericano de violar la constitución para quedarse más tiempo en el poder. Y lo hizo coincidir estratégicamente en un momento en el que la prensa internacional está mucho más interesada en su experimento de legalizar la criptomoneda bitcoin que en cubrir sus asaltos a lo que queda de democracia en El Salvador.

Los magistrados de la Sala Constitucional de la Corte Suprema que Bukele designó usando su mayoría legislativa decidieron retribuirle el favor laboral a su jefe permitiéndole gobernar más allá de lo que le permite la constitución, a pesar de que tiene 4 artículos (el 88, el 152, el 154, y el 248) dedicados a impedir la reelección presidencial. A través de una resolución de 28 páginas, los juristas autorizaron la reelección inmediata para el período 2024-2029. El organismo que debe proteger la constitución la violó con cantinfladas como la siguiente: “Atar la voluntad popular a un texto que respondía a necesidades, contexto o circunstancias de hace 20, 30 o 40 años, resulta ya no garantista, sino una excesiva restricción disfrazada de certeza jurídica”. Ante tan expresa flexibilidad, lo lógico es esperar que la Corte Suprema nunca limite el mandato de quien la controla.   

La Corte Suprema terminó de perder su independencia cuando la Asamblea Legislativa, dominada por el oficialismo (que controla 64 de los 84 curules), decidió destituir a los magistrados de la Sala Constitucional y al fiscal general en su primer día de sesiones, en mayo pasado. Desde entonces, el gobierno sometió a la cabeza del Poder Judicial. Y ahora va por el resto del cuerpo: el 31 de agosto, la Asamblea aprobó una reforma a la carrera judicial que obliga a retirarse a los jueces mayores de 60 años o con más de 30 años de servicio. Esta reforma le permitirá al gobierno poblar las cortes con jueces leales a Bukele.      

El presidente salvadoreño actúa de manera estratégica. Primero, sabe tomar distancia. Aunque le encanta dar declaraciones, evitó referirse a la resolución sobre la reelección presidencial. De esta manera evitó darle importancia. Segundo, maneja los tiempos. Si El Salvador está en las noticias internacionales es porque desde el 7 de septiembre el país legalizó el bitcoin como divisa. La prensa libre del mundo libre ha estado mucho más interesada en el riesgoso experimento con la criptomoneda que en los zarpazos contra la libertad en el país centroamericano. Grandes medios como CNN, el New York Times, Bloomberg, BBC, The Economist y un largo etcétera han cubierto el tema hasta el hartazgo.

Tercero, saca las castañas con la mano del gato. En este caso, la ronroneante Corte Suprema.  Bukele decidió no meter el cambio a la reelección presidencial en el paquete de reformas que el vicepresidente Félix Ulloa presentará el 15 de septiembre a nombre del gobierno. Es más, Ulloa incluso ha dicho que los artículos constitucionales que prohíben la reelección consecutiva no se deben tocar. De esta manera, el gobierno parece respetar pulcramente la regla electoral mientras manda a la corte a violarla con descaro. Chapó.

Más viejo que el hilo negro

La decisión de Bukele de irrespetar la constitución para retener el poder no es infrecuente. Jefes de gobierno de todo el mundo han eludido, suspendido, reformado o reemplazado las constituciones para retener el puesto. Lo hicieron Vladimir Putin en Rusia este año  y Abdel Fattah el-Sisi en Egipto en 2019. Según un estudio de 2018, de los 221 presidentes latinoamericanos, africanos, asiáticos y del Medio Oriente que enfrentaron límites a sus mandatos entre 1975 y 2018, el 30% decidió hacerles una verónica y seguir en el poder.  

El también llamado “continuismo” es una larga tradición latinoamericana. Si hubieran respetado los límites constitucionales, dos vecinos de Bukele no estarían gobernando: ni Daniel Ortega en Nicaragua ni Juan Orlando Hernández en Honduras. Según mis datos, recolectados tanto de biografías presidenciales como de constituciones, entre 1945 y 2012, 31 presidentes de todos los países latinoamericanos (excepto México) y bajo todos los regímenes políticos —democracias, semidemocracias, y dictaduras— intentaron en 40 ocasiones cambiar o reinterpretar la constitución para mantenerse en el poder más allá de su mandato. Tuvieron éxito en 29 ocasiones.

En un estudio que publiqué recientemente examiné la potencial relación causal entre los cinco grandes factores de la personalidad —apertura a la experiencia, responsabilidad, extraversión, amabilidad, y neuroticismo— de los presidentes y la probabilidad de que intenten alterar sus períodos presidenciales. Encontré que los líderes que tienden a ser más abiertos a la experiencia, más neuróticos y menos responsables son más propensos a tratar de retener la jefatura de gobierno. Asimismo, los presidentes son más propensos a tratar de extender sus mandatos cuando tienen fuertes poderes legislativos, lideran nuevos partidos, la reelección inmediata está prohibida y las altas cortes no son completamente independientes. Bukele disfruta actualmente de todas estas condiciones, excepto de fuertes poderes legislativos —aunque eso lo puede suplir con la abrumadora mayoría que lo apoya en la Asamblea Nacional.

         Los destinos de los jefes de gobierno que tuvieron éxito en extender su estadía en el poder fueron muy variopintos. El expresidente ecuatoriano Rafael Correa es hoy prófugo de la justicia de su país, acusado de cohecho. Hugo Chávez gobernó en Venezuela hasta que murió en 2013. Alberto Fujimori se arrancó a Japón en 2000 y hoy está en una cárcel en Perú. Al argentino Juan Domingo Perón lo sacaron con un golpe de Estado en 1955, aunque luego logró volver a la presidencia. A otros, como Carlos Menem de Argentina y Álvaro Uribe de Colombia, no les permitieron extender su mandato en su segundo intento. ¿Cuál destino le deparará a Bukele? Difícil saberlo. Ahora está en la gloria. Pero a veces la historia se repite, y por eso tal vez no estaría mal recordar que a su predecesor Salvador Castañeda lo sacaron con un golpe militar en 1948 cuando trató de extender su mandato. Y es que muchas veces la historia termina mal para el jefe de gobierno, el país, o ambos.

Perú: ¿camino al vacío de poder?

El pasado 15 de agosto y a escasas semanas en el cargo, Pedro Castillo presentaba una desaprobación de 45%, según la encuestadora Ipsos, que es la más alta para un presidente de Perú al iniciar su mandato en los últimos 20 años. Casi un mes después, según diferentes encuestadoras la desaprobación del mandatario se mantiene en niveles similares.

Uno de los principales motivos de este rechazo es la la cercanía de Vladimir Cerrón al nobel presidente. Cerrón, ex gobernador de Junín —región ubicada en la sierra central peruana—y quien ha sido recientemente acusado por la fiscalía por presuntos delitos de corrupción, ejerce gran influencia en el gobierno a pesar de no poder ocupar ningún cargo debido a estar inhabilitado.

Según su abogado, Cerrón estaría evaluando solicitar asilo político ante lo que denominó como una “persecución política” de su cliente. Esto evidencia que el político estaría evaluando la posibilidad de evadir a la justicia peruana en caso de ser condenado por corrupción, financiamiento ilícito de la campaña electoral y lavado de activos.

Otro de los motivos que explican el rechazo de gran parte de la ciudadanía es la incapacidad del mandatario para conformar un gabinete ministerial desvinculado con Sendero Luminoso, agrupación terrorista que actuó en el país durante los años 80s y 90s. Tal es el caso de Iber Maraví, ministro de transportes que cuenta con un conjunto de denuncias por participar en actos terroristas desde los años 80 y, posteriormente, por participar de actos vandálicos durante las huelgas docentes.

El otro ministro que se encuentra en medio del debate público es precisamente el primer ministro, Guido Bellido, cuya página personal de Facebook cuenta con publicaciones laudatorias hacia el ex líder de la agrupación terrorista, Abimael Guzmán, donde suscribe su visión de la realidad peruana y justifica las razones de su accionar. Estas declaraciones del primer ministro, que configurarían delito de apología al terrorismo, han sido recientemente criticadas a la luz de la visita que le hiciera César Tito Rojas, el dirigente del Movimiento por la Amnistía y los Derechos Fundamentales, organización que busca permitir a ex terroristas participar de la vida política.

Si bien la discusión pública sobre la amnistía es de por sí compleja, tal como ha demostrado la experiencia en países como Colombia donde el estatus de las organizaciones como las FARC era diferente al de Perú, es aún más difícil si esencabezada por un primer ministro que realiza declaraciones desde su cuenta pública en las que defiende los actos realizados por la organización terrorista.

La tercera causa de la desaprobación de Pedro Castillo es la economía. La canasta básica ha sufrido un considerable aumento que no necesariamente es atribuible al gobierno, pero que está vinculada al riesgo percibido por los agentes económicos y que ha provocado una devaluación de la moneda peruana en relación al dólar del 12% desde que Castillo ganó la primera vuelta en el mes de abril.

Además, la rebaja en la calificación país por parte de Moody´s, en parte debido a la profunda polarización política, ha cambiado la visión internacional de la nación andina con relación al riesgo, debilitando así su capacidad para formular política pública y afectando negativamente la confianza de los inversionistas en el país. Estos factores arrastran un problema mayor que tiene que ver con la capacidad de endeudamiento y perspectiva crediticia en el mediano plazo.

Las tres razones que explicarían la alta desaprobación del presidente -vínculos con un asesor que no forma parte del aparato público y cuenta con varias denuncias, vínculos con la organización terrorista Sendero Luminoso y crisis económica- proyectan un futuro oscuro para el país. En este marco, en ciertos sectores políticos, y sobre todo desde el sector fujimorista, ya se está discutiendo la posibilidad de una vacancia presidencial.

Ante este panorama, el futuro de Perú se torna delicado y el posible vacío de poder se abre como un escenario similar al protagonizado por el ex presidente Pedro Pablo Kuczynski en 2017, donde luego de la sucesión presidencial, un deslegitimado Congreso tomó las riendas del país.


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Foto de Vice-Presidencia de la República (VPR)

Ecuador: los 100 primeros días de Lasso

Desde la transición a la democracia en Ecuador en 1979, ningún presidente había registrado el 74.1% de aprobación que ahora goza Guillermo Lasso en sus primeros 100 días de Gobierno, según lo demuestran datos de la empresa de opinión pública CEDATOS. Al respecto ensayo dos explicaciones. La primera es el cumplimiento de la principal oferta de campaña: vacunar a nueve millones de personas —de un total de 17 millones— contra el coronavirus en 100 días. El mandatario se concentró en atacar a una de las tres principales preocupaciones de la población, en las que constan también el desempleo y la inseguridad. La segunda explicación es el buen desempeño de Lasso en comparación con el gobierno anterior. 

Este buen arranque del Gobierno, de ideología contraria a la Revolución Ciudadana de izquierda que gobernó 10 años, atraviesa, sin embargo, dificultades políticas que eran previsibles desde la primera vuelta electoral debido a su exigua representación en la Asamblea Nacional. La bancada de CREO tiene 13 curules de 137 mientras que su aliado natural de derecha, el Partido Social Cristiano (PSC), rompió filas y se pasó a la oposición. El costo de este desencuentro puede ser muy costoso ya que al presidente le queda gobernar de forma directa a través de decretos.

El Gobierno es consciente de lo dificil que será pasar nuevas leyes o reformar las existentes, sobre todo en materia económica, debido a que la mayoría está conformada por bloques de izquierda que se niegan a aprobar medidas “neoliberales”, de ajuste extremo o que diluyan procesos de progresividad de derechos socioeconómicos en los segmentos de mayor vulnerabilidad. Los temas de alta sensibilidad para el Gobierno son la explotación minera, las nuevas reglas laborales y la relación con los organismos multilaterales de crédito.

La tensión entre el Ejecutivo y la Asamblea no es nueva en Ecuador, la mayoría de los presidentes ha gobernado sin mayoría legislativa entre 1979 y 2007. No obstante, la desaprobación de la Asamblea a inicios del período nunca había sido tan alta ya que apenas el 16.4% de la población tiene credibilidad en los asambleístas, según CEDATOS. Luego de los primeros 100 días y con un presidente muy bien calificado y una Asamblea en desprestigio, el Ejecutivo ha activado la idea de promover consultas populares para gobernar.  

Consulta popular

Nadie conoce cuáles podrían ser los temas de una posible consulta popular, sin embargo, desde la campaña electoral el mandatario advirtió acerca de la necesidad de eliminar el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCSS) que es el núcleo de la Función de Transparencia y Control Social. Desde esta función se designa a las principales autoridades del sistema de justicia, control y superintendencias. En los últimos periodos gubernamentales, los concursos para contralor, fiscal, Consejo Nacional Electoral, Consejo de la Judicatura han sido severamente cuestionados.

Otros temas de la consulta podrían ser la configuración de una asamblea bicameral, pese a que este diseño institucional fue utilizado desde inicios de la república en 1830 hasta 1979 sin que haya evidencia de sus beneficios para la democracia. Se podrían colar en la consulta también varios temas económicos para la reactivación que trata de impulsar el Ejecutivo, como una reforma laboral entre los aspectos más importantes y de mayor deliberación pública.       

Lasso ha tratado de mantener su alta aprobación sin arriesgarse, aún, a tomar medidas económicas que pudieran afectar su capital político, pese a las demandas cada vez más recurrentes de los sectores sociales como los maestros, sindicalistas y pueblos y nacionalidades indígenas. El presidente ha mantenido el esquema de su antecesor, Lenin Moreno, en el sentido de no revisar la eliminación de los subsidios de los combustibles, seguir la carta de navegación con los organismos multilaterales de crédito y dinamizar lentamente la economía con un desconfinamiento gradual debido al éxito de la vacunación.

Aires de protesta social

Convivir con el status quo le ha costado al Gobierno las primeras advertencias de movilizaciones y paralizaciones a nivel nacional por parte de la Confederación de Pueblos y Nacionalidades Indígenas (Conaie), el Frente Unitario de Trabajadores (FUT), pequeños y medianos agricultores y la Unión Nacional de Educadores (UNE). Las exigencias del sector social son la revisión de la eliminación de los subsidios para los combustibles, la no explotación minera y el pago de la deuda del Estado al Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS), deuda que se ha ido acumulando por el manejo inadecuado de varios gobiernos.

El Gobierno y los sectores sociales no han logrado un mecanismo de diálogo para desatar el nudo, pese a que el primero ha establecido una interlocución con el sector indígena en unas primeras reuniones. Frente a este escenario, la sociedad civil viene impulsando algunos procesos de diálogo nacional en los que se puedan encontrar acuerdos mínimos para una ruta sostenida y de largo plazo. Este papel de la sociedad puede ser protagónico en el caso de que se agudicen las diferencias entre el oficialismo y el frente social, sobre todo por falta de un sistema de partidos que procese y resuelva las demandas.

A manera de colofón

Si la consulta popular es la vía para estabilizar la situación política y la toma de decisiones económicas, el presidente debería mantener una alta aprobación hasta fin de año. Al respecto surgen varias preguntas: ¿quiénes serán los interlocutores en los territorios para ganar la consulta antes de ir a las urnas? ¿podrá el presidente sostener su aprobación si se agudiza el desempleo y la inseguridad antes de la consulta? ¿cómo lograr un acuerdo de gobernabilidad con los sectores de izquierda que ya están pensando en las elecciones locales del año que viene? ¿ante el descrédito del sistema de partidos, acaso la sociedad civil podría convertirse en un actor clave frente a la tensión entre el oficialismo y la oposición? ¿le alcanzará al Gobierno con los resultados exitosos de la vacunación para sacar adelante un país en crisis y apatía política? Sólo el tiempo nos dará las respuestas.


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¿Qué quedó de las transiciones a la democracia?

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Los militares han vuelto a aparecer en la escena política latinoamericana. En algunos casos porque los gobiernos se están apoyando en ellos para llevar a cabo sus proyectos como es el caso de Nayib Bukele en El Salvador, Jair Bolsonaro en Brasil o López Obrador en México. En otros casos porque los mismos militares están interviniendo en la política como en Bolivia, Ecuador o Perú. Y en otros porque son parte de regímenes autoritarios como en Venezuela y Nicaragua. Esta presencia es preocupante porque si algo ha caracterizado históricamente a las Fuerzas Armadas es que son instituciones que no se basan en lógicas democráticas.

La tercera ola democratizadora

Desde finales de los años setenta y hasta la década del noventa del siglo XX sucedieron varios cambios de régimen orientados en gran medida hacia la democracia en diversos países del mundo, y particularmente en América Latina. Desde entonces han pasado cuarenta años y si bien es difícil hacer historia del presente, hoy tenemos una mayor claridad de lo sucedido y de las lecciones que nos dejaron.

La tercera ola democratizadora, como la denominó el politólogo Samuel Huntington, inició en Europa meridional en 1974, en Grecia, con la caída de la Junta Militar que había gobernado desde 1967, y en Portugal con la “revolución de los claveles” contra el régimen militar del Estado Novo, que a su triunfo en 1975 inició un proceso de democratización del país. Le seguirían otros procesos como el español, tras la muerte de Francisco Franco en 1975, y muchos otros en prácticamente toda América Latina y Europa del Este.

Entre los años 70’ y 90’ ocurrieron transformaciones profundas que generaron una especie de optimismo democrático. La opción socialista y comunista se debilitó cuando la Unión Soviética (URSS) empezó a mostrar signos de franco deterioro, sobre todo entre los países que estaban bajo su órbita en Europa del Este.

El debilitamiento de los regímenes militares en América Latina

En América Latina dos conjuntos de factores debilitaron a los regímenes militares que habían irrumpido en las décadas anteriores. Los factores endógenos fueron su ineficiencia e incapacidad para guiar sus economías, lo cual se vio agravado por la crisis económica mundial de los años setenta que disparó la inflación y aumentó la pobreza. A esto se sumaron las políticas represivas que aumentaron el descontento social y la deslegitimación de las élites.

Uno de los factores exógenos fue que los regímenes perdieron el apoyo de Estados Unidos, que abandonó su “Doctrina de seguridad militar”, que durante la Guerra Fría se basó en apoyar a cualquier régimen que se opusiera al avance del socialismo. Ya bajo el gobierno de Ronald Reagan se lanzaron programas para la promoción de la democracia y más tarde el propio Congreso estadounidense creó el “National Endowment for Democracy”.

En cierto sentido, las alternativas se cerraban y se fortalecía la opción de la democracia, “by default”. En este marco, se presentaron en América Latina tres tipos de transiciones de modos e intensidades diferentes.

Diferentes tipos de transición

Las transiciones por “colapso del régimen” se caracterizaron por ser temporalmente breves. En Perú, en 1977 se inició un proceso que derivó en la elección de una Asamblea Constituyente que en 1979 promulgó una nueva Constitución, celebrándose al año siguiente elecciones presidenciales. En Argentina, en 1982 se disolvió la junta militar que puso fin al “Proceso de reorganización nacional” y en 1983 se llamó a elecciones, mientras que en Paraguay se produjo en 1989 un golpe de Estado que puso fin a la dictadura de Alfredo Stroessner reincorporando las elecciones.

Los procesos por “pactos” se caracterizaron por una lenta retirada de los militares del poder, pero con un claro inicio y final. En 1980 se llevó a cabo en Uruguay un plebiscito que dio inicio a un proceso de apertura que finalizó con la elección de 1985. En Ecuador, entre 1976 y 1979 se instaló un “triunvirato” militar que regresó el poder a los civiles. Mientras que, en Brasil, en 1985 se llevaron a cabo las últimas elecciones indirectas y se abrió un periodo de transición tutelada hasta que en 1989 se celebraron elecciones libres y directas que ganó Fernando Collor de Melo. Y en 1980 se llevó a cabo en Chile un plebiscito sobre la continuidad del régimen de Augusto Pinochet que, tras la victoria del “No”, derivó en las elecciones de 1989 y la asunción de Patricio Aylwin.

México será un caso de “transición por reformas”, caracterizado por lentos pero profundos cambios en el sistema político, con un claro periodo de inflexión desde 1997 cuando el hegemónico Partido de la Revolución Institucional (PRI) perdió la mayoría en la Cámara de Diputados y finalizando en las elecciones del 2000 con la pérdida de la presidencia.

Finalmente, si bien Colombia y Venezuela se caracterizaron por ser democracias electorales desde 1958, el primero padeció una alta inestabilidad política derivada de la presencia de guerrillas y el narcotráfico, hasta que en 1991 se promulga una nueva Constitución como instrumento de paz.  Mientras que Venezuela, una de las pocas democracias estables en la región, entró en una vorágine de corrupción endémica a partir de los años 80 que puso en crisis al sistema y favoreció la llegada de Hugo Chávez.

Las expectativas que despertó la democracia

Los factores que fomentaron las transiciones abrieron interrogantes ¿Realmente se orientaban hacia la democracia o eran meras ilusiones? Y si era así, ¿en qué medida perdurarían tales democracias?

Las preocupaciones surgían porque en América Latina las relaciones entre civiles y militares habían signado el desarrollo de la política de las últimas décadas con la notable excepción de México. Su constante presencia terminó por politizarlas, y se convirtieron de facto, en un partido político que expresaba la voluntad política de las Fuerzas Armadas, y ya en el gobierno, organizaban las relaciones de poder en favor del ejecutivo.

Las transiciones a la democracia crearon grandes expectativas que en varios casos se vieron rápidamente frustradas. Pero uno de los logros de las transiciones fue alejar a los militares del poder y desde entonces las crisis políticas, en su mayoría, se han resuelto por la vía pacífica y las incursiones militares, salvo lamentables excepciones, han terminado en fracasos.

De las transiciones del pasado surgieron regímenes democráticos débiles, y aún quedan muchos pendientes, pero es equivocado pensar la democracia únicamente como un fin y no como un medio. La democracia, en palabras de Leonardo Morlino, es resiliente ya que tiene la capacidad de superar problemas profundos. Algo que los latinoamericanos deben tener en cuenta para frenar los deslices antidemocráticos que están amenazando a la región.

Un diferendo argentino-chileno con olor a naftalina

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Los países del Cono Sur americano sucumbimos juntos a la violencia y el terror dictatorial de los años 60 y 70. Y juntos, también, recorrimos el camino de la dictadura a la democracia, en los 80’s y 90’s, con distintos retos, ritmos y condicionantes. La desactivación -cuando no resolución- de los conflictos limítrofes fue uno de los requisitos que permitieron avanzar en esa dirección y asentar los pilares del proceso de integración que también contribuyeron tan decisivamente a hacer de esta parte del mundo una “zona de paz y cooperación”.

El Tratado de Paz firmado entre Argentina y Chile, que puso fin al centenario conflicto por el Canal del Beagle (1984) y los acuerdos de Argentina con Brasil que sentaron las bases del Mercosur (1985-1991) fueron mojones de ese derrotero que mostró la fortaleza de las nuevas democracias para suspender o remover el estado de beligerancia, latente o explícita, que nos tuvo en vilo desde que nuestros países se imaginaron y se constituyeron como estados nacionales. 

La reaparición de un diferendo limítrofe

Por eso es que la reaparición de un diferendo limítrofe entre Argentina y Chile, en este caso por mapas superpuestos sobre una porción de la plataforma continental al sur de Tierra del Fuego que la Argentina considera con legítimos títulos como propia y Chile ha decidido incluir como suya, puede ser la punta de un iceberg de un panorama geopolítico más complejo y preocupante.

Los antecedentes del caso señalan que el 21 de abril de 2009 la Argentina tomó la iniciativa de llevar a la Comisión de Límites de la Plataforma Continental (CLPC) los documentos para fijar el límite exterior de su plataforma. El 17 de marzo de 2017 la CLPC adoptó las recomendaciones excluyendo aquellas zonas sujetas a una disputa de soberanía con el Reino Unidos así como el sector que está regido por el Tratado Antártico. Este dictamen permitió extender los derechos de soberanía argentina sobre los recursos del lecho y subsuelo en más de 1.782.000 km2 que se suman a los ya habidos 4.799.000.

El Congreso argentino aprobó por unanimidad el dictamen textual de la Comisión de Límites que se convirtió en Ley 27557 el 4 de agosto de 2020 promulgada el 25 del mismo mes. El Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile ya había hecho conocer en mayo su oposición a la Cancillería Argentina, y según afirma, reiterando los términos expresados ante el organismo técnico de Naciones Unidas en el 2009 donde se reservó el derecho de determinar los límites de su plataforma. El Decreto Supremo 95 del 23 de agosto y la actualización de la Carta Náutica chilena cuatro días después, estableciendo los derechos soberanos de su plataforma continental, son la continuidad de esas gestiones diplomáticas iniciadas en 2009.

La superposición con la soberanía argentina corresponde al sur del Mar de Drake, conocida como “medialuna”, con una superficie de 5000 km2. Como señala el diplomático y economista argentino Felipe Frymdan, durante largos once años ambos países no encontraron la oportunidad  para dialogar, aclarar las diferencias ni definir qué hacer con tanto agua. Y ahora sobreviene el desentendimiento público que puede derivar en nuevas apelaciones internacionales si no hay un tratamiento bilateral conjunto.

La disputa por el dominio del lecho marino

Este diferendo, por otro lado, se puede inscribir en la disputa por el dominio del lecho marino que se observa en otros espacios estratégicos: en el Ártico, el Caspio, el Mediterráneo, el Mar del Sur de la China. Extender esta soberanía es un fenómeno de la geopolítica global que involucra a potencias mayores y países que se ven empujados a esa carrera por los recursos.

Lo que nos lleva a ampliar el foco regional y observar también este conflicto limítrofe binacional argentino-chileno en línea con los desacuerdos y divergencias que colocan al Mercosur en su peor momento, como parte también de la erosión -sino resquebrajamiento- del piso regional que hizo posible avanzar juntos, dentro y fuera de las respectivas fronteras nacionales de cada uno de los países miembros: Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay. 

Es así como vemos aflorar dos conductas reactivas de “fuga” de las encrucijadas actuales, en apariencia contradictorias, en el fondo consustanciales: despegarse de los compromisos regionales para buscar cada uno por la suya un “salto” hacia los mercados globales, o replegarse en los nacionalismos territoriales y aislacionismos de un mundo que ya no existe.

Dos espejismos que pueden servir para distraer la atención de los problemas domésticos y no hacen otra cosa que evidenciar que cuando faltan proyectos comunes de futuro, nos asaltan los atavismos y fantasmas que parecían definitivamente superados, en un escenario regional cuyo parcelamiento y fragmentación debilita los intereses nacionales de cada país. Lo último que nos faltaba, ahora, es que la Argentina y Chile reediten viejas rivalidades en el Cono Sur, en un túnel del tiempo que nos retrotraiga 40 años atrás, mientras las potencias globales redefinen el Gran Juego de la geopolítica global.  

*La versión original de este texto fue publicada en Clarín, Argentina

La traición a la democracia y sus justificaciones legales

En estos días en los que se cumple un nuevo aniversario del primer golpe de Estado en la historia de la Argentina moderna es necesario recordar lo fácil que fue justificar en términos legales la ilegalidad más absoluta. Cuando el 6 de septiembre de 1930 el  general José Félix Uriburu hizo su golpe inspirado en la experiencia fascista, solo tuvo que recurrir a su poder de facto para barnizar su dictadura con un marco legal.

Cero de exclusividad en esta destrucción de la política constitucional argentina mediante justificaciones legales. En América Latina, ha habido varios líderes políticos y funcionarios que traicionaron las constituciones y el gobierno democrático de sus países al propiciar golpes de Estado y participar en ellos.

También es el caso más reciente de Estados Unidos con el intento trumpista de auto-golpe el 6 de enero de este año. Pero una diferencia con el pasado golpista latinoamericano es que en Estados Unidos las Fuerzas Armadas y los otros poderes no apoyaron el golpe. Tampoco lo hizo la mayoría de la población.

En Argentina no pasó lo mismo en 1930. Los políticos conservadores que habían perdido las elecciones presidenciales de 1928 luego apoyaron el golpe del general Uriburu, quien quería cambiar permanentemente la nación de una democracia a una nueva república fascista corporativista y dictatorial. Analicemos como se “legalizó” ese robo de la democracia.

La Corte Suprema, días después de la toma de posesión de Uriburu, reconoció oficialmente la situación de facto y legitimó el golpe por motivos extraconstitucionales: la estabilidad y supervivencia de la república. Nuestros jueces priorizaron el orden social y la seguridad política sobre la legitimidad democrática, sentando un precedente legal para los futuros dictadores argentinos y también para presidentes democráticas que piensan que la ley es ornamental.

En otros casos latinoamericanos, los tribunales no fueron facilitadores y, en cambio, los golpes fueron legitimados por partidos conservadores y anticomunistas que controlaban las legislaturas nacionales. Tras una derrota en las urnas, estos conservadores se consolidaron y tomaron el poder dentro de las instituciones de gobierno para luego impulsar políticas impopulares y desiguales.

Por ejemplo, en Brasil en 1964 los políticos conservadores, incluida la mayoría en el Congreso, apoyaron un golpe de estado contra el presidente electo João Goulart. En Chile, Augusto Pinochet lideró un golpe de Estado contra Allende, legítimamente electo, superando por la fuerza al gobierno en 1973. El dictador disolvió inmediatamente el Congreso, pero los partidos conservadores apoyaron el golpe.

Estados Unidos apoyó estos dos golpes como parte de su cruzada anti-izquierdista de la Guerra Fría. Mas recientemente, vemos un peligro similar en Brasil en donde los tribunales superiores se oponen a la amenaza de un golpe bolsonarista el año que viene, pero las Fuerzas Armadas y otras instituciones del Estado parecen mantener una alarmante ambigüedad sobre los peligros fascistas del bolsonarismo.

En la historia del golpismo el caso argentino tiene la particularidad de que la Justicia se olvidó de su función y acompañó al poder de facto desde el comienzo. Ya el teórico jurídico más importante del fascismo, Carl Schmitt, había presentado su idea de que la legitimidad es más importante que la legalidad, es decir, que si un gobierno es popular y por lo tanto “legitimo”, esa legitimidad es más importante que el marco legal preexistente. Esta teoría llevó a Schmitt a plantear que la palabra del líder es fuente del derecho. Llegada al límite esta situación destruye la democracia y así paso con el nazismo.

En el fascismo, el poder discrecional del dictador prevalece sobre el estado de derecho. En la Alemania nazi, Adolf Hitler se representó a sí mismo como “el juez supremo de la nación”. Schmitt afirmó en 1934 que el Führer era la encarnación de la “jurisdicción más auténtica”. Schmitt tenía intenciones arribistas e ideológicas. Y terminó convirtiéndose en un nazi pleno legitimando al Führer con su personalidad jurídica y, en última instancia, dando cobertura legal a la idea fascista de que el líder siempre tiene razón.

Al igual que Schmitt, la mayoría de los juristas, fiscales, jueces y funcionarios públicos aceptaron la transformación del sistema legal por parte de Hitler de tal manera que la suya se convirtió en la última palabra legal.

Las mismas intenciones tenía Uriburu como las tuvo Pinochet o los generales de la Junta Militar argentina en las décadas del 70 y los primeros años 80. Lo mismo se puede decir de gobiernos que destruyen la democracia como los de Nicaragua, Venezuela o El Salvador en la actualidad o de los políticos aspirantes a fascistas que glorifican la violencia, mienten descaradamente, se creen los dueños de la verdad y niegan la ciencia (de las vacunas al cambio climático), hacen del odio y la demonización el eje de la política, y pretenden que sus intereses son más importantes que el marco constitucional.

Todos estos ejemplos iluminan la actualización de una tendencia anti-democrática y anti-constitucional de los que piensan que el poder y la legitimidad del poder los autoriza a ir por encima de la ley.

En este marco, el aniversario del funesto golpe de 1930 se presenta como advertencia. La norma y la política no siempre van de la mano. Pero cada vez que la ley se somete absolutamente a la discrecionalidad del poder la democracia sufre o es destruida, como nos pasó en 1930.

*Texto publicado originalmente en Clarín

Foto de Luis E. Fidhel G.

Esquizofrenia colonial en América Latina

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Es buena noticia que en América Latina seamos cada vez más conscientes del racismo y sus efectos negativos. Un síntoma de aquello es que el comentario del presidente argentino sobre el origen naval de sus ciudadanos haya sido tan criticado y haya herido tantas sensibilidades. No obstante, como toda acción genera una reacción, el racismo aflora con fuerza cuando los “no blancos” ocupan el espacio público y/o de poder. Contestan quienes ven peligrar sus privilegios o se sienten agredidos al constatar que se trata de una región mestiza con una gran mayoría de raíces afro o indígenas.

Esto explica la sorna y condescendencia con la que se trata a la presidenta de la Asamblea Constituyente chilena o las críticas al presidente Castillo, que no se limitaron a sus planteamientos políticos –algunos, como los homófobos, muy cuestionables– sino que apuntaron a su origen y a la extracción de sus votantes: hacían demasiado presente al Perú cholo y serrano que avergüenza a la “pituquería” por el riesgo de que los de fuera piensen que “todos son así”.

El racismo en América Latina es generalizado y está bien repartido, basta recordar la actitud de la izquierda correísta ecuatoriana con Yaku Pérez o la lapidación a la actriz mexicana Yalitza Aparicio por usar un vestido de alta costura. La “gente bien” le lanzó piedras por “alzada” o “igualada” y la izquierda “chaira” por no llevar huipil, rebozo y huaraches.

Sacando la conquista del cajón

Mientras en las calles se tiraban estatuas, los gobiernos se subieron a la ola de la critica a la colonización buscando la confrontación con España. A las autoridades les resulta más cómodo y rentable criticar al colonialismo de siglos atrás que adoptar políticas públicas que remedien sus efectos. Ahora bien, han pasado al menos dos siglos desde las independencias y el colonialismo sigue estando ahí porque mutó de externo a interno. Así pues, el racismo como síntoma colonial se ha mantenido, fortalecido y sofisticado, porque beneficia a las élites y clases medias latinoamericanas.

En la insistencia del presidente López Obrador de que la Corona y el Gobierno de España pidan disculpas por la conquista se intuye más oportunismo político que ganas de hablar en serio de las estructuras coloniales que persisten y sus efectos. Resulta más fácil buscar culpables fuera, explotando el nacionalismo, los imaginarios anti “gachupines” y la gratuidad geopolítica que genera atacar a un país con limitado poder en la región que perdería más de lo que ganaría de entrar en una confrontación: el 38% de activos bancarios mexicanos están controlados por dos instituciones con sede en España.

La pareja presidencial nicaragüense también usó el colonialismo como bomba de humo. Estiraron tanto el argumento que provocaron la retirada del embajador de España en Managua. Si se presta atención a los comunicados de Ortega, la persecución a los candidatos opositores no evidencia autoritarismo sino la justa defensa de un país atacado por agentes de potencias extranjeras.

Las consecuencias de la colonización

Es obvio que la colonización es criticable, más aún vista desde hoy. Debemos debatir sobre sus consecuencias y la implicación de los distintos actores. Además del papel de la Corona Española es necesario hablar, por ejemplo, de las monarquías esclavistas –con la casa de Orange a la cabeza– o del papel de la Iglesia Católica que ha tratado de convencernos de que todos los curas eran “Bartolomé de las Casas” cuando en realidad fue una gran beneficiaria de las miserias de la colonización, con el agravante, de ser el único actor de esa época con poder y presencia actual en Latinoamérica.

Pero, sobre todo, es preciso revisar el papel de las nuevas repúblicas y sus élites en la continuidad y fortalecimiento de las estructuras coloniales. La independencia de las metrópolis no significó la desaparición de los mecanismos de explotación porque en los nuevos países hubo un proceso de división simbólica entre una “república de blancos”, herederos y continuadores del orden colonial, y una “república de indios”, para quienes la independencia no implicó mejores condiciones de vida. Además, si de genocidios se trata, Rosas no fue el único en perseguir a tiros a los indígenas de su república.

La épica anticolonial es parte sustancial de la identidad latinoamericana. Lo que para Bolívar o San Martín fue la Corona Española, para las nuevas generaciones es Estados Unidos a pesar de su paulatina pérdida de influencia. En rigor, el papel de potencia extranjera que extrae recursos y riqueza de la “Patria Grande” ahora lo ocupa China y debería ser ésta el nuevo objeto de la lucha anticolonial. 

Sin embargo, ni la izquierda, ni la derecha, ni los presidentes más activos en denunciar el saqueo y los crímenes de las potencias extranjeras repudian a China. Tampoco sus intelectuales orgánicos han producido algo parecido a una versión 2.0 de “Las venas abiertas” que lleve en portada la bandera roja con estrellas amarillas clavada sobre el perfil continental. No sé si se debe al cariño que se le tiene a Mao y su revolución o a la dependencia económicamente con China. Será más bien lo primero: la soberanía y dignidad de los pueblos no se vende.

Foto de Adolfo LJ en Photer

La punta del iceberg de la violencia

La tercera década del siglo XXI está removiendo los miedos e incertidumbres acumulados a lo largo de la historia: enfermedades pandémicas, crisis climática, radicalizaciones y extremismos, autoritarismos, invasiones, tensiones nucleares y proliferación del crimen y el terrorismo. Parece que este siglo, en lugar de ver solucionados los problemas del pasado, es una recolección “frankenstiana” de desgracias añejas. Paradójicamente, incluso con los avances científicos más sofisticados, las amenazas y los problemas parecen agravarse formando una peligrosa colcha de retazo que cubre al mundo de miedo y angustia.

A pesar de que el terrorismo ha tenido una importante carrera a lo largo de la humanidad, el 11 de septiembre de 2001 marcó la seguridad internacional contemporánea. El rostro de Osama Bin Laden materializó durante varios años la figura del terrorismo luego de saltar al estrellato tras los espectaculares atentados que se cobraron la vida de tres mil personas en Nueva York y el Pentágono.

El enemigo estaba claramente definido, tenía nombre, salía en las pantallas de televisión y se convirtió en el principal objetivo de la empresa de Washington por la seguridad internacional. No obstante, a pesar de la muerte de Osama bin Laden diez años después, el problema no cesó y el terrorismo pervive. De hecho, han aparecido nuevos grupos extremistas y los antiguos han mutado, pero ninguno se ha extinguido.

¿Vivimos en un mundo inseguro?

La respuesta tiene matices, de hecho ¿qué es la inseguridad o la seguridad? ¿los Estados pueden sentirse seguros? ¿hay brechas entre la sensación de la ciudadanía y lo de los líderes políticos? La seguridad nunca ha tenido que ver exclusivamente con las dinámicas militares y la presencia de tanques, aviones y despliegues de tropas regulares. La seguridad tiene más que ver más con la prevención de las amenazas que ponen en riesgo a los civiles en el planeta. ¿Qué es más peligroso y para quién, la falta de agua potable o una central nuclear en Irán? ¿la xenofobia en Europa o la contaminación de un río en África?

La narrativa imperante de la seguridad internacional es peligrosa y, paradójicamente, conlleva a peligros e inseguridades. Es una lectura aún binaria, maniquea y contraproducente. Bajo esa lógica, el mundo actual es más tendiente a experimentar violencias que guerras y, en términos absolutos y en clave conservadora, es menos probable una guerra entre Estados que conflictos violentos. Por lo tanto, en la actualidad, las pistas para construir una seguridad sostenible pasan por comprender qué lleva a la violencia y a los conflictos y que los eslabones para construir mejores seguridades son los civiles y las propias víctimas de la violencia.

En otras palabras, el asunto está en que la tarea de minimizar el riesgo de sufrir nuevas explosiones y atentados no puede ser dejada exclusivamente en manos militares. Es más, es una tarea que para realmente tener éxito debe ser construida junto con las víctimas de las violencias y los conflictos. De hecho, esto reafirma la idea de que se pueden alcanzar mayores niveles de seguridad si se tiene como principal objetivo proteger a los ciudadanos.

Se trata de construir legitimidades globales y reemplazar las gobernanzas criminales y terroristas que son las que han definido algunas de las reglas de juego establecidas desde Kabul y Bagdad hasta Bogotá y Río de Janeiro.

La clave de la lucha moderna contra el terrorismo y el crimen organizado está en el desarrollo de instituciones con base en los ciudadanos. Y si bien las armas del talibán en Afganistán y las rutas de los carteles del narcotráfico en Colombia y México deben preocupar a los gobiernos, los ojos deben centrarse en dos problemas generacionales: los niños de la violencia, reclutados y forzados a combatir, y la cultura de la violencia.

El problema de los niños crecidos en la violencia puede ser más peligrosos que todas las armas nucleares juntas, mientras que la cultura de la violencia y el crimen es un fenómeno muy arraigado en América Latina y una amenaza rampante para nuestras democracias. 

Sin embargo, los niños criados en la violencia y la apropiación cultural de la violencia se cruzan, y dicha unión es el punto de inflexión de la sostenibilidad de la seguridad internacional. De momento lo que estamos viendo es la punta del iceberg, pero debemos ver el bloque completo para encontrar la respuesta.

Foto de Apenas um bonito gesto Edward… em Foter.com

Perú: treinta ¿días? después

En el Perú, las leyes de la Física son puestas a prueba, puesto que la actividad política de treinta días parece la de treinta meses. El vértigo de estas primeras semanas de gobierno de Pedro Castillo deja un saldo agotador para la población, al persistir tanto la incertidumbre sanitaria como económica. Por si fuera poco, el flamante gabinete de ministros presidido por el también Congresista Guido Bellido ya cuenta con una notoria renuncia y otro ministro gravemente cuestionado que reconfirman la poca idoneidad de quienes hoy ocupan una cartera ministerial. Tal circunstancia, sumada a la tensa relación con el Congreso, proyectan una guerra de desgaste de final traumático y abrupto.

El pasado jueves 26 de agosto, Guido Bellido, presidente del Consejo de Ministros, llegó al Congreso de la República para pedir el voto de confianza de un gabinete de ministros que ya había nacido en medio de una gran turbulencia: este juramentó cerca de la medianoche del 29 de julio, tras horas de incertidumbre por los problemas que Pedro Castillo y Guido Bellido tuvieron para completar la nómina de 18 ministros. Recién el 30 de julio completaron la lista, con la juramentación de los ministros de Economía y Justicia.

A puertas del voto de confianza, el contexto ya había forzado la renuncia del otrora canciller y exguerrillero comunista Héctor Béjar. La renuncia se hizo impostergable tras hacerse públicas unas declaraciones en las que afirmaba que la organización terrorista Sendero Luminoso había sido un invento de la CIA y de la Marina de Guerra del Perú (sic). La salida de Béjar fue el cierre de un primer capítulo político que ya tenía varios días a un gobierno contra las cuerdas, debido a las flagrantes limitaciones profesionales y la cuestionable capacidad ética de algunos ministros vinculados a Sendero Luminoso o sus organismos de fachada.

Bellido se dirigió al Congreso de la República en quechua, lengua originaria, reconocida como oficial y hablada por cerca de cuatro millones de peruanos. La intervención fue interrumpida por airadas críticas de la oposición, al no entender lo expresado por el Premier y poner en evidencia la falta de traductores oficiales en ese idioma. Evidentemente, Bellido y compañía consiguieron desviar la luz de los reflectores hacia aspectos de forma relacionados a las lenguas oficiales del Perú y evitar discusiones de fondo sobre lo planteado en su discurso. La maniobra distractora tuvo efecto esencialmente por el poco oficio de un Congreso que cayó en el juego de Bellido. De esta manera, el gabinete logró superar el primer escollo para el inicio de su gestión con 75 votos a favor, siendo necesario un mínimo de 66 votos de 130 posibles.

Sin embargo, no pasó ni una semana del voto de confianza para que el ministro del Trabajo y Promoción del Empleo, Iber Maraví, enfrentara serios cuestionamientos por los vínculos que él y su familia tienen con el MOVADEF, vigente organismo de fachada de Sendero Luminoso. La información llevó a que Bellido le pida su renuncia, aún pendiente de ser realizada. De esta manera, esta administración culminó el primer mes de gestión con varios tropiezos básicamente producidos por propios disparos al pie.

Es muy posible que el resto del 2021 se caracterice por el manifiesto amateurismo del gabinete ministerial, que, según se percibe, estaría dirigido desde las sombras por Vladimir Cerrón, presidente del oficialista Partido Perú Libre y sentenciado por corrupción. A ello se suma la presencia ausente de Pedro Castillo, quien ha tenido que declarar en televisión que quien manda es él y no Cerrón, lo que pareciera ser una confesión de parte en el sentido opuesto. Asimismo, la depreciación del sol frente al dólar y las pendientes medidas de reactivación económica plantean un escenario crítico para el despegue de la actividad productiva nacional, en tanto se incrementan las dudas sobre la capacidad ejecutiva para potenciar el sector salud. En paralelo, en el Congreso no son pocas las voces que reclaman censurar a más de un ministro y hasta gestionar la vacancia presidencial, mientras que Guido Bellido amenaza con la disolución del Congreso tal y como ocurrió en septiembre del 2019. En un país que ha pasado por dos renuncias y una vacancia en cinco años, el uso de tales prerrogativas no parece ser ya de tipo excepcional.

Aunque por momentos el Perú parece un producto de la imaginación de Kafka, en otros pareciera haber sido concebido como elemento de ciencia-ficción. Así como la notable película de ciencia ficción Interestelar representó con claridad nociones complejas de la Física con relación al espacio-tiempo, la política peruana parece retarlas también. Finalmente, esta es una carrera contra el reloj entre el Ejecutivo y Legislativo que, desafortunadamente, no dejará a nadie bien parado.


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Foto del Congreso de la República del Perú

Bolsonaro intentará dar un golpe de Estado

Jair Bolsonaro intentará dar un golpe de Estado. ¿Saldrá victorioso? Probablemente no. Pero es terrible que hayamos llegado a este punto. Es fundamental que todos los demócratas tengan clara la inminencia del golpe: opiniones como «las instituciones funcionan» (todavía alimentadas por algunos politólogos) sólo nos acercan a una catástrofe. Bolsonaro intentará dar un golpe, y la prioridad ahora es que su plan salga mal.

Es un proceso que sólo se completará en 2022, y una fecha clave (pero no decisiva) es la manifestación prevista para el 7 de septiembre, por la «libertad», la «intervención militar», «contra el STF», «por el voto impreso» y quién sabe qué más. Se trata de un acto de provocación y es importante que los demócratas no aceptemos la provocación. Que griten solos. Según ellos, es el «7 de septiembre del pueblo». ¿Y qué somos nosotros? ¿No somos acaso parte de este pueblo, no tenemos derecho a celebrar el Día de la Independencia, nuestra Fiesta Patria? Por supuesto que sí, y somos la mayoría. Pero evitemos las provocaciones: lo único que quieren es encontrar justificaciones para cerrar el régimen.

¿Por qué y cómo se llevará a cabo el golpe?

Me refiero aquí al mayor politólogo brasileño, Wanderley Guilherme dos Santos, y su clásico libro de 1962 «Quem dará o golpe no Brasil?” El trabajo actual es mucho más sencillo, por supuesto, y no es necesario que lo haga un Wanderley, lo puedo hacer yo mismo.

Bolsonaro dará el golpe porque siempre ha sido autoritario y sabe que sus posibilidades electorales son escasas. Ha adoptado un comportamiento histérico y paranoico que denota su aislamiento político. Con la economía debilitada, el desempleo, la inflación y las altas tasas de interés, la sequía, la crisis energética a la vista y la pandemia del Covid-19 gestionada criminalmente y aún lejos de su fin, es poco probable que Bolsonaro gane las elecciones de 2022 (si es que las hay). Lula se impone como virtual elegido, catapultado por la reanudación de sus derechos políticos, por el recuerdo de tiempos mejores y por la dispersión del sesgo persecutorio de la Operación Lava Jato.

Como el camino electoral le parece bloqueado, Bolsonaro tendrá que encontrar otros caminos (según su recurrente expresión) «fuera de las cuatro líneas de la Constitución» para proseguir su proyecto regresivo, de volver a un imaginario Brasil armónico y cristiano, en el que los comunistas eran torturados, y las mujeres, los «negros» y los «maricones» aceptaban un lugar inferior en la sociedad sin protestar. Un proyecto centrado en una figura «mesiánica», convencida de su predestinación, que moviliza a las clases medias resentidas por su pérdida de estatus, a las élites advenedizas, a los sectores atrasados de la agricultura y la minería y a parte de los más precarizados de la sociedad. Parece fascismo, huele a fascismo, sabe a fascismo. Y realmente es fascismo.    

Bolsonaro dará el golpe de la siguiente manera: su modus operandi habitual es producir el caos, elegir nuevos enemigos y polarizar. De este modo, mantiene a sus partidarios movilizados y cada vez más armados. Acosan a los ministros de la Corte Suprema, a los senadores, a los periodistas, a la izquierda, a los movimientos indígenas, negros y feministas. Mientras tanto, siguen armándose. 

En el mejor de los casos, Bolsonaro intentará evitar las elecciones produciendo el caos como justificación para una «intervención militar». Lo más probable es que Bolsonaro sea capaz de producir algo más concreto después de su derrota electoral. Alegará fraude, falta de confianza en las urnas electrónicas y es muy posible que decida acantonarse en el Palacio del Planalto. Los partidarios producirán disturbios de policías militares en los estados, eventualmente insubordinación por parte de sectores de bajo rango de las Fuerzas Armadas, y en el límite, invasiones al Congreso Nacional y al Supremo Tribunal Federal.  

Tiene todo para salir mal: parece que no hay base social. Pero el infierno está en los detalles.

¿Por qué puede tener éxito el golpe?

No hay un apoyo popular mayoritario para un intento de golpe de Estado. No hay mayoría en el Senado Federal (ya de la amorfa y conservadora Cámara de Diputados se puede esperar cualquier cosa), ni apoyo en el Tribunal Supremo o entre los gobernadores de los estados. Los grandes medios de comunicación se oponen esta vez claramente a una aventura de este tipo, así como la Iglesia católica, buena parte de los empresarios e incluso los banqueros. Tiene todo para salir mal.

Sin embargo, cabe mencionar que las instituciones brasileñas están destrozadas y el Estado está cada vez más ocupado por los militares desde el golpe de 2016. También sucede que Bolsonaro tiene sus partidarios: empresarios aventureros, parte del agro, asociaciones de camioneros, las cumbres de las iglesias evangélicas, clubes de tiro, paramilitares. Y lo principal: importantes contingentes de la policía militar (que pueden decidir responder directamente a él y ya no a los gobernadores) y posiblemente las Fuerzas Armadas y la Policía Federal parecen dispuestos a seguir a Bolsonaro en su putsch.

Quién posee las armas no es un asunto menor. Así, si los sectores armados deciden mantener a Bolsonaro en el Palacio y ocupar el Congreso Nacional o la Corte Suprema tras la derrota en las elecciones, cabe preguntarse quién sacará al golpista y a sus partidarios de los palacios. Así, volvemos a depender de los llamados «militares legalistas», es decir, de una parte del aparato represivo del Estado que decide garantizar la investidura del presidente elegido (suponemos que será Lula). Teniendo en cuenta la trayectoria autoritaria, intervencionista y demofóbica de nuestras Fuerzas Armadas, depender sólo de ellas no es el mejor escenario. Es mejor no confiar sólo en esto.

Lo que deben hacer los demócratas

Es imprescindible garantizar la preservación física de los demócratas y de sus principales dirigentes. Ya es hora de extremar el cuidado en los mítines de la oposición (que deben seguir celebrándose), evitar las provocaciones y reforzar la seguridad de figuras como Lula. Una victoria contundente del candidato de la oposición en 2022 será importante. Asegurar su investidura, aún más.

No queda mucho más que buscar un «frente amplio», intentando hablar con todos. Preservando, sin embargo, el carácter de izquierda de la candidatura y la agenda de recuperación de derechos y de la propia Constitución de 1988.

Un entorno con tal nivel de polarización como el brasileño hace inviable cualquier pretendida «tercera vía». Si el candidato será Lula, no es necesario renunciar a todo en las negociaciones. Se trata de una fina línea entre garantizar la elección, la investidura y la gobernabilidad, por un lado, y mantener una agenda transformadora, por otro.       

En cualquier caso, un año en el conflicto brasileño equivale a un siglo. Es arriesgado hacer cualquier predicción, pero me aventuro a concluir una más. Recientemente, Bolsonaro dijo en un evento evangélico que visualizaba tres alternativas en su futuro: «estar preso, muerto o la victoria». No cabe duda de que todos los demócratas debemos luchar por la derrota de Bolsonaro (de su candidatura y de su golpe), y desearle salud y bienestar para cuando finalmente rinda cuentas y sea detenido por sus crímenes. 


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Foto de Palácio do Planalto en Foter.com