Lasso y las patologías de la democracia ecuatoriana

El desafío más grande del presidente Lasso luego de sus primeros 100 días en el poder es escapar de la tendencia fatal al desgaste político que experimenta todo gobierno cuando ingresa en el momento crucial de concreción de sus perpectivas y proyecciones programáticas. Es en ese momento cuando los condicionamientos institucionales, que en el caso ecuatoriano proceden del mismo diseño constitucional de Montecristi —Constitución de 2008 impulsada por Rafael Correa—, trabajan para debilitar aún más su espacio de gobernabilidad.

El gobierno del presidente Lasso arrancó en una posición de debilidad, al contar con una representación parlamentaria minoritaria (12 de 137 asambleístas) con una votación en primera vuelta que apenas superó el 20%. La alianza con su socio natural del centro derecha, el Partido Social Cristiano que contaba con 18 asambleístas, naufragó apenas iniciado el periodo parlamentario.

Por otro lado, el intento de conformar una alianza con sectores de la izquierda y centro izquierda —Izquierda Democrática, con 18 asambleístas, y Pachakútik, expresion política de la CONAIE, con 24— generó expectativas por la posibilidad de escapar de la polarización y consolidar una tercera vía, donde la sostenibilidad ambiental y la equidad social fueran los ejes del programa político. Un programa desafiante que exigía gran responsabilidad y madurez por parte de los actores políticos.

Si las relaciones entre ejecutivos y parlamentos son por principio complejas, porque expresan una contraposicion ‘natural’ entre lógicas diferentes (las de la representación y las de la gestión), en el caso ecuatoriano estas tienden a manifestarse como una contradicción polarizante. Lo que es natural oposición de programas y de posturas políticas, se convierte en enfrentamiento interno entre las instituciones del sistema político.

El sistema no ha logrado, aún con todas sus reformas y cambios, conectar la pluralidad de la representación con la necesaria univocidad que requiere la toma de decisiones y la gestión de gobierno. La constitución de Montecristi diseña un entramado institucional que potencia y amplifica esta configuración esquizoide, generando patologías que atentan contra la misma vigencia del régimen democrático. 

El camuflaje al que acude el hiperpresidencialismo es la ampliación de la representación: el sistema abre desmedidamente las puertas de ingreso a la participación política, generando la apariencia de democracia. En la actualidad, 269 organizaciones políticas constan en el registro electoral; los requisitos de acceso son laxos, lo cual genera alta dispersión y fragmentación y no incentiva la generación de consensos. Esta fragmentación se ve potenciada cuando se produce la elección de representantes ya que el sistema de doble vuelta electoral permite la expresión mediante el voto de esta pluralidad de fuerzas en la primera vuelta electoral, lo que termina por definir una composición de la asamblea enormemente fragmentada y dispersa.

El presidente electo en segunda vuelta debe enfrentarse a una asamblea en la cual difìcilmente logra construir apoyos consistentes. Los gobiernos, huérfanos de soporte en las legislaturas, se ven compelidos a gobernar por fuera de esos posibles acuerdos. La utilización de ‘decretos leyes’, la declaracion de ‘estados de emergencia’ o acudir a mecanismos de democracia directa como las consultas populares pasan a convertirse en expedientes corrientes de gestión, cuando deberían ser recursos extraordinarios.

El hiperpresidencialismo se refuerza en un sistema que aparentemente es participativo y representativo pero que, cuando se apresta a gobernar, demuestra su gran debilidad, imposibilitando la consecución de acuerdos que proyecten visiones estratégicas.

Es el caso del gobierno de Lasso, el programa para la reactivación económica incluye reformas a los regímenes laboral y tributario dirigidos a reducir el desempleo e incrementar las recaudaciones mediante impuestos progresivos. Frente a la imposibilidad de avanzar por esa vía, al gobierno solo le queda maniobrar en los ámbitos en los que sí tiene control, lo cual debilita el alcance de su programa que se limita a cerrar la brecha fiscal, bajar el gasto público con disciplina macroeconómica e incrementar los ingresos mediante la promoción de actividades mineras y petroleras.

La orientación del programa que apuntaba al necesario cambio de modelo hacia una economía social y ambientalmente sostenible y que se expresó en el inicial acuerdo entre las fuerzas del gobierno (CREO) y sus posibles aliados (ID-PK) se vió entorpecida desde sus inicios por los desacuerdos entre Pachakutik y la CONAIE, su soporte movimentista. Esta última retomó su postura maximalista, aisló al actor que construyó la posible tercera línea dentro del movimiento, Yaku Pérez, quien se vió excluido y terminó por salir de la misma organización a la que catapultó como tercera fuerza electoral.

Estas dificultades terminan por afectar la temporalidad de los procesos de gobierno. Las urgencias de corto plazo predominan sobre las reformas sustantivas que podrían apuntalar la sostenibilidad de la economía y del desarrollo y definir visiones estratégicas consistentes con las actuales complejidades globales. Las intenciones reformistas tienden por tanto a ceder al realismo de los expedientes propios de una economía extractivista y primario exportadora.

Por otro lado, la falta de acuerdos políticos conduce al gobierno a privilegiar políticas que tendencialmente podrían enfrentar una gran resistencia social: el ajuste y la promoción de la minería y el petróleo.

Todo esto revela que, así como hay un déficit público, hay también un colosal déficit de política incentivada por el mismo diseño constitucional. El país no cuenta con actores consistentes que puedan sacarlo de la situación de crisis en la que se encuentra.

En estas circunstancias, la agudización del conflicto social y político puede ser inminente. El capital político de Lasso, fortalecido por el éxito de la campaña de vacunación puede no ser suficiente en este escenario. El anuncio de sortear las dificultades en la construcción de la agenda legislativa a través de una consulta popular parecería abrir un escenario de dificil pronóstico. ¿Tendrán la lucidez necesaria los actores de las distintas tendencias para cambiar sus conductas ante una situación en la que todos podríamos perder? ¿Podrá el país retomar la posibilidad de reencauzar las lineas de gobernabilidad hacia la sostenibilidad ambiental y social del desarrollo?

Foto de samuraijuan en Foter

¿A quién le importa el desastre ecológico en Venezuela?

Mientras que el panel de expertos intergubernamental de las Naciones Unidas (IPCC por sus siglas en inglés) alerta en un reciente informe que las consecuencias del cambio climático son irreversibles, en Venezuela la multifacética crisis social, económica, sanitaria, migratoria y educativa, y las violaciones sistemáticas de derechos humanos tapa el desastre ecológico que sigue su avance bajo la acción depredadora y corrupta del régimen de Nicolás Maduro. La degradación ambiental se debe, sobre todo, a la declinante y maltrecha industria petrolera y la vorágine minera en el sur del país por la explotación ilegal y supuestamente “legal” en el llamado Arco Minero del Orinoco.

El reciente anuncio de que PDVSA y sus socios —incluye a empresas chinas, rusas e iraníes— planean aumentar la producción petrolera de Venezuela no augura nada bueno para el medio ambiente. Se trataría de pasar de unos 500 mil barriles a un millón y medio de barriles diarios.

El grave deterioro ecológico

El deterioro ecológico en el país es notable, aunque ha sido básicamente ignorado por organizaciones internacionales “verdes” como Greenpeace —una tímida mención a derrames petroleros en 2020— y WWF. El desmantelamiento de las capacidades financieras y técnicas de la empresa nacional de petróleo ha contribuido a agravar aún más la crisis ambiental que vive el país. Y esto empezó a ocurrir antes de que el gobierno de Estados Unidos implementara las sanciones en 2019 contra el régimen y la petrolera estatal.  

Reportes indican que la mala gestión y la falta de mantenimiento del Centro de Refinación de Paraguaná han causado graves daños a la flora y fauna marinas en el noroeste de Venezuela, afectando a las pesquerías y la calidad de las aguas. En el oriente del país el coque almacenado a la intemperie, un sub-producto del petróleo pesado, contamina el aire que respiran los habitantes que viven en las áreas cercanas a las refinerías.

En la zona de El Furrial, una localidad del estado Monagas que tiene uno de los campos petroleros con más reservas en el país, se queman diariamente enormes cantidades de gas metano. Esto es una consecuencia directa de las expropiaciones decretadas por el entonces presidente Hugo Chávez en 2009. Una de ellas, Exterran, empresa que se encargaba del procesamiento del gas y la generación de eléctrica, pasó a manos de PDVSA. Ahora el gas se quema, lo que hace de Venezuela el cuarto emisor mundial de metano.

No solo los hidrocarburos alimentan el desastre ecológico de Venezuela. Los pasivos ambientales del chavismo aumentan día a día. La explotación del oro en el Parque Nacional Canaima —patrimonio de la humanidad— en el sur del país está haciendo estragos. La Unesco aprobó el pasado 23 de julio una resolución solicitándole al gobierno que autorice el ingreso al país de una comisión mixta del Centro de Patrimonio Mundial de la organización y de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza para verificar in situ el impacto de la explotación de oro en la zona. 

Según SOS Orinoco, organización que hizo un informe sobre este parque para el World Heritage Watch 2021, ya para 2018 se habían destruido unas mil hectáreas de su ecosistema por la explotación artesanal y cuasi mecanizada, y el uso de mercurio para extraer el oro. La misma organización reporta que en las fronteras del parque nacional, más de 7400 hectáreas han sido impactadas negativamente por la explotación ilegal de oro.

¿ Qué pasa en el Arco Minero del Orinoco?

Lo que ocurre en Canaima forma parte de las puertas del infierno ecológico, social, criminal y sanitario que se abrieron con el Arco Minero del Orinoco (AMO) en el sur del país, declarada por el gobierno en 2016 como Zona de Desarrollo Estratégico Nacional Arco Minero del Orinoco. Un reciente informe de la representación en Canadá del llamado gobierno interino de Juan Guaidó, señala que el ecocidio provocado en el AMO “tiene impacto en toda una región de Venezuela llamada Guayana de 398.345 km2 que representa el 43,47% del territorio venezolano”. Allí se han manifestado todas las perversiones de un estado casi fallido, carcomido por la corrupción, y penetrado por bandas criminales y las guerrillas colombianas del ELN y las FARC-disidentes que extorsionan y asesinan.

A todo esto, hay que sumarle el deterioro de las capacidades de investigación en el país como consecuencia del desfinanciamiento de las universidades, los institutos y centros científicos, los ataques a la libertad académica y la emigración de profesores. Según Emilio Vilanova y otros estudiosos, el rico patrimonio biológico y ecológico de Venezuela está en peligro. En un artículo que apareció en Ecology & Evolution, un grupo de académicos manifestó su preocupación por las dificultades para acceder el terreno y continuar sus investigaciones. Peor todavía, es el incremento de la deforestación, especialmente como consecuencia de la explotación minera.

Las dificultades para cuantificar el daño

El tamaño del daño ecológico en Venezuela no es fácil de cuantificar. El gobierno no rinde cuentas y tampoco lo hace PDVSA ni sus socias. Algunos medios tratan de informar sobre el alcance del ecocidio pero tienen muchas dificultades en un país en el que se encarcela periodistas, se cierran medios de comunicación, confiscan emisoras de radio y televisión y se intimida a los comunicadores. Algunas ONGs como SOS Orinoco o el Grupo Orinoco hacen un trabajo casi heroico ante una comunidad internacional muchas veces indiferente.

Para saber el alcance y las implicaciones de este daño se debe rescatar la investigación científica y esa debería ser una prioridad de la cooperación internacional. Además, se debe levantar el perfil público, nacional y global de la causa ambientalista en Venezuela ya que este ecocidio impacta, no sólo a las poblaciones de las regiones afectadas que continuarán migrando, si no que tiene consecuencias en los países que comparten fronteras marítimas, terrestres y aéreas con Venezuela.

Además, las empresas chinas y rusas que se asocian con PDVSA heredan los pasivos ambientales de la petrolera venezolana. Eso las hace corresponsables y quedan sujetas a las leyes y tribunales de países como Estados Unidos, Canadá o la Unión Europea que les deben pedir cuentas por sus desafueros ecológicos.

Por supuesto, que una solución a mediano y largo plazo pasa por el cambio político en Venezuela, lo que parece no estar en discusión en la mesa de negociación en México. Rescatar la industria petrolera implicará no solamente multibillonarias inversiones, sino nuevas formas de concebir la explotación del crudo y del gas para disminuir el impacto ambiental. La minería deberá ser reconsiderada y limitada y una política agrícola deberá evitar la deforestación.

Pero no hay que ser ilusos. Del régimen chavista no se puede esperar nada bueno para el medio ambiente. Mientras siga en el poder, el medioambiente de Venezuela seguirá en declive. 

Los motivos del declive del oficialismo argentino

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El pasado domingo 12 de septiembre se celebraron las elecciones Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) en Argentina que definieron los candidatos de los partidos para las próximas elecciones parlamentarias de mediados de noviembre. Los resultados, si bien no definen ganadores y perdedores en porcentajes, definen tendencias y estas fueron completamente sorpresivas. Ni el oficialismo, ni las encuestas anticiparon la derrota general del partido en el gobierno —total nacional de los votos— ni la derrota estratégica de la Provincia de Buenos Aires, sede del poder territorial del kirchnerismo, socio fundador y fundamental del gobierno.

La derrota electoral del domingo causó un terremoto político al interior del oficialismo de tal dimensión que se prevé un escenario político muy tenso para los próximos dos años que le queda de gobierno. Si bien las causas y motivos de este resultado electoral pueden ser muchas, hay tres centrales en la explicación de este resultado.

Los tres motivos de la derrota

Argentina ha tenido durante más de diez años entre un 30% y un 42% (actualmente) de la población bajo la línea de pobreza. Una situación estructural, ajena a gran parte de la historia argentina del siglo XX que se ha traducido en un malestar generalizado y que está provocando cambios importantes en la organización y manifestación colectiva del reclamo social. Los nuevos actores, nuevas lógicas de acción colectiva y nuevas demandas son cuestiones que el gobierno, en la situación actual, no puede interpelar.

Otro de los motivos es el manejo erróneo de la situación generada por la pandemia, un aspecto que está afectando a la mayoría de los gobiernos de la región. En el caso argentino, se sigue tratando la pandemia como una cuestión sanitaria cuando el remedio no es sólo sanitario sino político ya que depende de la provisión de vacunas.

Además, hace meses que la población presenta signos de agotamiento debido a la pérdida de empleos, de ingresos, encierros, falta de escolaridad, carencia de esparcimiento o imposibilidad de viajar a raíz de la pandemia. Pretender que ese malhumor social no se transforme en votos de rechazo a los oficialismos es una quimera, más allá del mayor o menor éxito en las campañas de vacunación.

El tercer motivo tiene que ver con los problemas generados a partir de las coaliciones de gobierno. Es decir, las alianzas partidarias, de sectores internos de los partidos, de partidos y movimientos sociales sirven para ganar elecciones pero dificultan la acción de gobierno. Una vez en el gobierno, las coaliciones muchas veces empiezan a desplegar tensiones internas que dificultan la gobernabilidad.

Pues bien, en las elecciones nacionales de 2019 no se formó una coalición de gobierno entre Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández, sino una coalición de poder. Es decir, un reparto del poder político a fin de ganar una elección que el kirchnerismo sospechaba que solo no podía obtener.

Pero si una coalición de gobierno encuentra escollos para gobernar, para un gobierno con poder dividido la dificultad es mucho mayor. Y ante este contexto de crisis socioeconómica y pandemia, la división del poder político se ha hecho ostensible, sobre todo en los últimos meses.

Entonces tenemos tres motivos fundamentales que explican la derrota oficialista. Por su parte, la coalición ganadora está conformada por el PRO —del macrismo con un Macri un tanto apartado intencionalmente— y la Unión Cívica Radical (UCR), partido centenario con tradición y territorio que se recuperó gracias a algunos candidatos que provienen de fuera de la política que potenciaron la alianza ganadora.

A su vez, esta articulación exitosa establece una alianza win-win ya que el PRO, ahora bajo el liderazgo renovado del Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, ingeniero de la nueva alianza, vuelve a posicionarse para el 2023 con mucha fuerza luego de la derrota de 2019. La UCR, a su vez, recupera prestigio, votos y representaciones parlamentarias luego de la crisis de 2001 y la debacle de ex presidente De la Rua.

El “voto bronca” existió, pero no explica, en su totalidad, la derrota oficialista a menos de dos años de haber asumido el gobierno. En todo caso, la deriva más genuina del voto bronca en esta elección la constituya la emergencia del liderazgo de Javier Milei, de Avanza Libertad, una opción libertaria con un discurso antipolítico extremo y que durante la campaña arrastró a miles de jóvenes y el domingo obtuvo en Buenos Aires más del 13% de los votos.

Las PASO, además de habilitar a los partidos y candidatos, define tendencias para la elección parlamentaria del 14 de noviembre. ¿Podrá el gobierno revertir el resultado? Si en política es difícil anticipar resultados que lo digan las encuestadoras que, una vez más, fallaron. Sin embargo, ante semejante resultado parece muy complicado que el gobierno pueda revertir la situación. De mantenerse la tendencia, más allá del panorama que se abre para las presidenciales de 2023, el oficialismo sufriría la pérdida del quorum propio en la Cámara de Senadores.

¿El domingo fue un “cisne negro” en las elecciones en Argentina? No, pero el resultado fue absolutamente inesperado.

Bitcoin en El Salvador ¿Política económica o marketing político?

El presidente Nayib Bukele ha convertido a El Salvador en el primer país del mundo en establecer al bitcoin como moneda de curso legal junto al dólar estadounidense. El principal motivo, según ha argumentado fervientemente, es el ahorro que supondrá la reducción de las comisiones de los envíos de dinero desde el extranjero. Pero, ¿es bitcoin la mejor manera de hacer esto? ¿Cómo se determinan las comisiones asociadas a la transferencia de bitcoin? ¿Qué riesgos tiene para un país en vías de desarrollo?

El sistema financiero está cambiando

La irrupción del criptoverso, que podríamos definir como el conjunto de monedas y activos digitales de cualquier naturaleza y origen, que utilizan criptografía para asegurar las transacciones y que conviven o han convivido de manera virtual en Internet, ha provocado el inicio de la competencia entre sistemas centralizados y descentralizados.

Dentro de los llamados sistemas descentralizados, podemos encontrar las monedas digitales privadas. Los partidarios de las criptomonedas suelen argumentar que éstas no sólo proporcionan una alternativa al dinero fiduciario y a la banca comercial, sino que también son «un medio alternativo de gobernanza y libertad económica al margen de las instituciones existentes», como destaca Walch en su testimonio ante el Comité del Senado de EE.UU. sobre banca, vivienda y asuntos urbanos “Cryptocurrencies: What are they good for?”. 

Las criptomonedas se consideran, por un lado, resistentes a la censura (censorship-resistant), es decir, resistentes a cualquier tipo de manipulación por parte de los gobiernos e instituciones financieras, y, por otro lado, no necesitar un intermediario en el que confiar para ejecutar las transacciones (permissionless).

Un ejemplo de estos sistemas descentralizados es Bitcoin, cuyo token, bitcoin, se convirtió en la primera criptomoneda de la era digital, anunciada en 2008 y lanzada en 2009. Sin embargo, los orígenes del criptoverso no se sitúan en el archiconocido bitcoin. DigiCash (1989), B-money (1998) o el Bit Gold (1998) fueron precursores de esta tecnología cuyo protocolo de consenso ha sido disruptivo en el sector.

Cabe mencionar ciertas similitudes —salvando las distancias— entre el Bitcoin y el funcionamiento de las piedras rai, la moneda usada en la isla de Yap, una de las islas Carolinas perteneciente a los Estados Federados de Micronesia, situada en el océano Pacífico. Las piedras rai, que poseen oferta limitada y cuyo peso hace imposible su transporte, pertenecen a los distintos habitantes de la isla. Dichos ciudadanos, recuerdan colectivamente a quién pertenece cada piedra. Cuando una de ellas es utilizada para comprar algún bien o servicios, la transacción debe ser aprobada por la mayoría de los habitantes del pueblo, una analogía con el protocolo de consenso de Bitcoin.

Si esto ocurre, se valida la transacción y todos los habitantes recuerdan al nuevo propietario de la piedra, mientras que su localización física es completamente irrelevante. Asimismo, no existen intermediarios a la hora de ejecutar la transacción más allá de la conformidad por parte de los habitantes de la isla, equivalentes a los “mineros” en Bitcoin.

Aunque el sistema de la isla de Yap es inviable para un número elevado de transacciones, es totalmente posible almacenar de manera no reversible quién ha realizado cada transacción, una vez validada, de manera virtual en una gigantesca hoja de datos como es la cadena de bloques (blockchain).

Esto ocurre en la red de Bitcoin, empero la verificación de las transacciones no es gratuita. Cada “nodo” o “minero” que consiga ser el primero en verificar un grupo de transacciones (bloque), recibirá una remuneración compuesta por comisiones (fees) asociadas a cada transacción en el bloque y una cuantía fija de bitcoins que se va reduciendo gradualmente hasta que se ponga toda la oferta de bitcoins en circulación (nótese que se han omitido multitud de detalles importantes en el proceso de validación de un bloque por motivos de espacio).

¿Cómo se determinan esas comisiones asociadas a cada transacción? El presidente de El Salvador, esgrime que la adopción de bitcoin como moneda de curso legal supondrá un ahorro importante de las comisiones por enviar dinero desde el extranjero (remesas). Se estima que las remesas que llegan a El Salvador ascienden a alrededor de una quinta parte de su PIB – 6.000 millones de dólares -, y las comisiones suelen superar del 10%.

Sin embargo, cabe puntualizar que las comisiones asociadas a las transacciones de bitcoin, como en casi todas las criptomonedas, no se pagan en función del valor de la cantidad que se transfiere. Si la capacidad de la red se ve superada por la excesiva demanda de transacciones que se realizan, su confirmación se retrasará, priorizándose aquellas transacciones que lleven asociadas unas comisiones más altas.

Los riesgos de la implementación del bitcoin

Aun así, es probable que las comisiones que reciben los “mineros” sean inferiores a las comisiones que cargan las instituciones financieras. Pero, además, entra en juego otro factor de riesgo inherente a convertir una criptomoneda como bitcoin en moneda de curso legal: su extrema volatilidad. La incertidumbre y volatilidad del tipo de cambio de una moneda está inversamente relacionada con la estabilidad económica de un país.

Que las empresas estén obligadas a aceptar pagos en bitcoin puede provocar cambios abruptos en las compañías en el muy corto plazo. Lo mismo ocurre en el sector financiero. El banco más grande de El Salvador, Bancoagrícola, ya acepta los pagos en bitcoin, no sólo para el envío de dinero de unos agentes a otros sino también para la devolución de préstamos. Es probable que algunos agentes intenten aprovechar las oportunidades de arbitraje disponibles para endeudarse y desendeudarse en bitcoin, provocando posibles problemas de solvencia.

Por otro lado, un reciente estudio, confirma que los usuarios estadounidenses de criptomonedas tienden a ser jóvenes, en su mayoría varones, nativos digitales y con un nivel educativo elevado. Según datos del Banco Mundial, en El Salvador un 6.1% de las mujeres y 7,3% de hombres de más de 25 años había completado algún tipo de formación universitaria. Sabiendo esto, parece difícil que la adopción masiva de bitcoin en un país con problemas de infraestructura tecnológica y acceso a internet tenga alguna posibilidad de prosperar.

La adopción de bitcoin como moneda de curso legal se entiende más como una estrategia de marketing llevada a cabo por el presidente del país que una medida adecuada de política económica que mejore la vida de sus ciudadanos. De momento, tras el anuncio de Bukele, la reacción de los mercados no se hizo esperar. Se produjo una reducción de la calificación de su deuda por diversas agencias de rating y un aumento importante de los tipos de interés de su deuda a largo plazo. Los siguientes meses serán determinantes para ver como progresa este experimento monetario.

Brasil: un extraño en su propio continente

Tras dos décadas liderando el proceso de integración de América del Sur y Latina, la ausencia de Brasil en la CELAC expresa un aislamiento regional sin precedentes

El escritor mexicano Carlos Fuentes, ante la pregunta de si la lengua portuguesa no forma parte del futuro de la «hispanidad», respondió que Brasil es un continente en sí mismo. Consideraba al país un caso especial dentro de América Latina por la particularidad de haber obtenido su independencia a manos del colonizador y de haber sido un imperio.

Brasil estuvo lejos del concepto de América Latina durante al menos el primer siglo de su independencia, que cumplirá 200 años dentro de once meses. El primer libro de historia general de América Latina que incluyó a Brasil en el análisis de la región fue escrito por el escocés William Spence Robertson, profesor de la Universidad de Illinois, en 1922

En la política reciente, Ernesto Samper, ex presidente de Colombia y ex secretario general de Unasur, caracterizó a Brasil como un trasatlántico generador de consensos entre las distintas posiciones de la región. Pero entiende que el país ha abandonado América Latina en los últimos años.

Reunión de líderes de toda América Latina y el Caribe

El mayor país de América Latina es el único que no estará representado en la reunión de líderes de 32 naciones latinoamericanas y caribeñas este sábado (18) en México. Será la reanudación de la diplomacia presidencial multilateral en América Latina, cuya parálisis había comenzado antes de la pandemia.

En el Brasil de Lula de 2008, por primera vez en la historia, los jefes de 33 países de América Latina y el Caribe se reunieron sin la presencia de Estados Unidos, Canadá o cualquier otra potencia extrarregional. La Cumbre tuvo lugar en Bahía, estableció una agenda común para la integración y el desarrollo y, dos años después, al fusionarse con el Grupo de Río, dio origen a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).

La ausencia de Brasil en 2021 contrasta con el comunicado de prensa de la Cancillería brasileña sobre la participación de Dilma Rousseff en la Cumbre de la CELAC de 2011. La nota destacaba que Brasil tenía embajadas en todos los países representados en la CELAC, que el flujo comercial de Brasil con los países de la región se había multiplicado por cuatro entre 2002 y 2010, alcanzando los 78.000 millones de dólares.

Costes económicos y políticos de un país aislado

Diez años después vemos un Brasil autoaislado. La falta de concertación regional en los últimos años ha hecho de América Latina una región más polarizada y fragmentada políticamente y más desintegrada comercialmente. Al no participar en el esfuerzo de acercamiento regional, Brasil, además de renunciar a su liderazgo político, pierde económicamente.

El flujo comercial de Brasil con América Latina ha caído en picado en los últimos años. En 2017 se situó en 70.000 millones de dólares y cerró 2020 en 52.000 millones. La caída del saldo a favor de Brasil fue aún más significativa, pasando de 17.000 millones de dólares a 6.500 millones en el mismo periodo. El flujo comercial de Brasil con los 32 países de la región en 2020 fue un 33% menor que en 2010, el momento de mayor liderazgo político de Brasil en América Latina y el Caribe.

En enero de 2020, Brasil suspendió su participación en la CELAC. Itamaraty publicó que «no considera que estén dadas las condiciones para la actuación de la CELAC en el actual contexto de crisis regional». Descontento por participar en un foro con Cuba y el gobierno de Maduro, la respuesta de Brasil fue abandonarla.

A diferencia de la gran mayoría de los países latinoamericanos, Brasil mantiene cerrada su embajada y consulados en Venezuela desde abril de 2020. Al mes siguiente, Brasil cerró cinco embajadas en el Caribe. Como se esperaba, las exportaciones de Brasil cayeron a todos estos países en 2020. El descenso medio fue del 13% respecto al año anterior, y del 38% en el caso de Dominica. Las exportaciones de Brasil al conjunto de los países del Caribe en 2020 fueron un 10% inferiores a las de 2019.

¿Es la CELAC un mero grupo de izquierdas?

A diferencia del Mercosur, la Comunidad Andina o Unasur, la CELAC ni siquiera ha tenido un tratado constitutivo aprobado por los parlamentos de la región o su propia burocracia. La diplomacia de las cumbres latinoamericanas funcionó relativamente bien entre 2008 y 2016. Se alcanzaron acuerdos a pesar de las diferencias ideológicas y mantuvo un diálogo en bloque conjunto con la Unión Europea y China. En ambos casos sería inadecuado celebrarlas junto con la OEA o sin el respaldo de una agrupación regional.

Durante este periodo, la presidencia pro témpore de la CELAC fue ejercida por presidentes de diferentes partidos políticos, como el chileno de centro derecha Sebastián Piñera (2013), la costarricense Laura Chinchilla (2014), de centro, y el ecuatoriano Rafael Correa (2016), de centro izquierda. Ilustran la diversidad y pluralidad de líderes de la región que han apoyado y fortalecido la CELAC.

En todos esos años las concurridas reuniones atrajeron al menos a 20 mandatarios. Pero en enero de 2017 solo cuatro jefes de Estado asistieron a la Cumbre de Punta Cana, a pesar de que había representantes de los 33 países. Ese mismo mes, Donald Trump había asumido la presidencia de Estados Unidos y las negociaciones sobre la apertura cubana, que habían avanzado en los dos últimos años de la segunda administración de Obama, estaban estancadas.

Se difundió que la CELAC y Unasur no eran más que clubes bolivarianos que apoyaban a Cuba y a Nicolás Maduro. Sonaba un poco raro porque ese año el argentino Mauricio Macri había asumido la presidencia pro témpore de Unasur y había presentado una candidatura a su Secretaría General, defendiendo las ideas originales de la organización.

Grupo de Lima, una región dividida

Meses después, en agosto de 2017, el Grupo de Lima fue creado por doce países americanos, entre ellos Canadá. En su primera declaración, la agrupación pidió la suspensión de la Cumbre Celac-Unión Europea, prevista para octubre del mismo año, como forma de aislar a Venezuela.

En enero de 2019, la agrupación reconoció a Juan Guaidó como presidente de Venezuela y pasó a deslegitimar a Nicolás Maduro. México se retiró del Grupo de Lima, lo mismo que hizo Argentina y, más recientemente, Perú. Parece claro que la gobernanza del Grupo de Lima en la crisis de Venezuela era mucho mayor antes de la creación de la agrupación que ahora. La última declaración del grupo se produjo en enero de 2021, días antes de que Trump dejara la presidencia de EEUU.

El nuevo papel de México

El vacío político dejado por Brasil ha sido llenado con éxito por México. La reunión en México con 16 presidentes, entre ellos los de centro derecha de Ecuador, Paraguay y Uruguay, corona la diplomacia mexicana e indica que la estrategia de aislamiento del gobierno venezolano se está agotando.

El país de López Obrador recibió recientemente al gobierno y a la oposición venezolana para una ronda de diálogo con la mediación de Noruega y se ha comprometido con diferentes actividades de la CELAC durante el último año. La agenda incluía la creación de una agencia espacial latinoamericana y la donación de vacunas a países como Belice, Bolivia y Paraguay.

Brasil, al mantener su posición de no hablar con Cuba ni con Venezuela y mostrarse incapaz de presentar una agenda positiva a los demás países de la región, terminó por quedarse solo en su propio continente. El país pasó rápidamente de ser el que más ganaba con la integración a ser el que más pierde con su autoaislamiento. Parece faltarle tanto el espejo como la luz para comprender su pasado o proyectar su futuro.

Foto da Conferência CELAC 2011

América Latina y España, tan lejos, tan cerca

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Rara vez un lugar común ayuda a entender asuntos complejos. El estereotipo de la dualidad entre la proximidad y la lejanía que definen las relaciones entre América Latina y España lo es y las ha signado durante décadas. Sin embargo, además de haber serias dificultades a la hora de identificar los propios polos de la relación, se debe tener en cuenta cómo ha variado la misma. América Latina aparece como una región muy enmarañada en la que los asuntos que se dan en el seno de los países que la integran adquieren perfiles muy particulares y los propios estados compiten en el marco de un vecindario en el que hay tensiones frecuentes. Por su parte, España ha acentuado en los tres últimos lustros sus problemas identitarios internos mientras asienta una posición más firme en el seno de una Unión Europea donde el Brexit ha rediseñado las relaciones entre los socios. Por otra parte, los vínculos gozan de un carácter dinámico que viene marcado por el transcurso del tiempo, por la circunstancia de que el pasado se sedimenta contribuyendo a explicar el presente y por los cambios que se registran en terceros actores cuya entrada y salida de la escena es notoria.

Los países de América Latina y España comparten su inserción en la denominada tercera ola democratizadora que arranca a mediados de la década de 1970, una circunstancia insólita en su historia. La notable renovación de las relaciones condujo a una evidente intensificación de los contactos en ámbitos diferentes, aunque a veces complementarios, como la cultura, la educación, la economía y la política. Quizá sobresalió una estrategia, más activa desde la parte española, al impulsar reuniones periódicas al más alto nivel siguiendo el formato de las cumbres iberoamericanas y su posterior institucionalización en la Secretaría General Iberoamericana, hoy lánguida.

No obstante, a partir del nuevo siglo han tenido lugar desde el lado latinoamericano tres fenómenos de naturaleza diferente cuyos efectos se han intensificado notablemente en la última década y que pueden modificar el heterogéneo marco relacional prexistente.

El primero se refiere al reforzamiento del marco identitario que tiene por eje la cuestión “originaria”. Larvado en torno a las conmemoraciones del denominado V Centenario del Descubrimiento de América supone, aunque no sea algo inédito en la naturaleza histórico-cultural de la región, una introspección sobre la identidad en la que lo indígena, prístino y bondadoso, se opone al conquistador, turbio y violento. Las demandas de petición de excusas a los altos responsables políticos españoles se siguen junto con la satanización de figuras y efemérides de la colonia que ven sus estatuas arrinconadas, así como con el cambio de nombre de lugares públicos. Países en su mayoría dotados de una riqueza lingüística enorme ven resurgir una demanda de reconocimiento de lenguas vernáculas marginadas por la presencia oficial del español. Las palabras del nuevo presidente peruano en su toma de posesión o lo acontecido en su Congreso a propósito del uso del quechua o en la Convención constituyente chilena con respecto a la reivindicación de la comunidad mapuche son evidencias claras muy recientes. En definitiva, la siempre difícil articulación del carácter plurinacional se alza como un reto para una España oficial que vive una situación similar en su propio terreno.

El segundo fenómeno viene de la mano del auge de China. En apenas dos décadas se ha convertido en el primer socio inversor y comercial de muchos países latinoamericanos, adquiriendo un papel preponderante en el terreno económico y desplazando a Estados Unidos, cuya presencia en América Latina se había ido restringiendo a cuestiones migratorias y del narcotráfico al estar más centrada geoestratégicamente en oriente medio. Ahora, el regreso de las tropas estadounidenses reabre la oportunidad de una mayor centralidad de la región, pero las posiciones de China ya están tomadas y socavan procesos de integración regional como el de Mercosur al haber abierto Uruguay negociaciones con el país asiático sin consultar con sus socios. En este escenario, la presencia española se ve limitada y se aleja del momento de mayor imbricación económica previo a la crisis de 2007.

Por último, hay que considerar el deterioro significativo que vive un número creciente de países latinoamericanos en su calidad democrática que hace más compleja la interacción. Lidiar bajo el síndrome de regímenes iliberales o directamente no democráticos supone una complejidad añadida en la agenda ordinaria de las relaciones entre estados. A la profunda deriva autoritaria registrada en Venezuela y Nicaragua se añade la que vive El Salvador y la que se avizora en Guatemala y en Honduras. El devenir que confronta Brasil o Perú no facilita las cosas.

Desde la perspectiva española el escenario tampoco parece fácil a la hora de establecer pautas sobre las que asentar las relaciones latinoamericanas. Sin tratarse de una lógica “suma cero”, la europeización de la vida pública española desempeña un factor determinante proyectándose en dos direcciones que deben tenerse en cuenta. La primera se refiere a la mayor imbricación de la economía española y de su sociedad en el proyecto europeo redefinido tras el abandono de la Unión por parte de Gran Bretaña. La segunda se relaciona con las preferencias de las elites españolas, así como por el peso que Europa ha jugado en su experiencia vital. Un repaso a las trayectorias profesionales de quienes integran el gobierno español lo evidencia en un escenario en el que, curiosamente, uno de los integrantes del gobierno de coalición, Podemos, tuvo en sus orígenes un claro componente latinoamericano.

En paralelo, las efemérides de las independencias, que en algunos casos nacionales celebran los dos siglos, han coincidido con otras bastante significativas como las que han conmemorado la fundación, y la caída, de Tenochtitlan. Todo lo cual ha supuesto la reapertura obstinada del viejo asunto que liga la responsabilidad del ente colonizador para con los pueblos colonizados. La relectura sesgada del pasado se confronta con los designios del futuro en un escenario que no deja de ser azaroso donde se pugna por la solidez del relato en un entorno que ha cambiado significativamente por la fatiga de las democracias que se viene haciendo crónica y por la presencia de China.

Foto de La Moncloa – Gobierno de España em Foter

Abimael Guzmán, Sendero Luminoso y la cuota de sangre

Abimael Guzmán fallecía el pasado sábado, a la edad de 86 años, tras pasar tres décadas en prisión, dada su condición de líder y fundador del grupo armado Partido Comunista del Perú – Sendero Luminoso (PCP-SL), responsable de más de 35.000 muertes oficiales, de acuerdo con la Comisión de la Verdad y la Reconciliación.

Nacido en Arequipa, en 1934, estudió Derecho y Filosofía en la Universidad Nacional de San Agustín, en donde conoció por primera vez la obra del pensador marxista José Carlos Mariátegui y, en concreto, su obra magistral sobre los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Empero, su figura experimentó un mayor protagonismo cuando, en 1962, llegó a la ciudad de Ayacucho para asumir una cátedra como profesor de Filosofía de la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga. Es allí donde rápidamente se convierte en el referente del Partido Comunista del Perú – Bandera Roja (escisión prochina del PCP, desde 1964), además de en un reconocido líder universitario, gracias al respaldo del entonces rector, Efraín Morote Best.

El Ayacucho que encuentra Guzmán se caracteriza por una profunda agitación social, soliviantada por los reclamos en favor del derecho a la educación pública y la reapertura de la universidad. Morote Best contribuye a politizar la universidad y con el apoyo del Frente Estudiantil Revolucionario el pensamiento político de la UNSCH se tiñe de rojo monocolor. Así, el maoísmo —casi una excepcionalidad entre las guerrillas latinoamericanas— se erige como uno de los planteamientos que mejor se adapta a las tensiones, contradicciones y carencias que presenta Ayacucho y, a tal efecto, la universidad y los centros educativos fungen como vanguardia del pensamiento revolucionario maoísta.

Abimael Guzmán, desde el grupúsculo de Facción Roja evoca la necesidad de una violencia claramente ideologizada, inicialmente constreñida a las luchas educativas, pero que rápidamente guarda como objetivo el colapso del Estado. Ayacucho es el punto de partida desde el que promover una ruptura revolucionaria que supere los aspectos que Guzmán entiende que son la base de todos los males del Perú: la dominación feudal y la impronta imperialista.

Al respecto, el país andino debía emular la experiencia de China —adonde viaja en dos ocasiones, en 1965 y 1967—, interiorizando el sentido de una guerra popular prolongada y adaptando el pensamiento de Mariátegui —o mejor dicho, desdibujando y manipulando el mismo— a partir de la sumisión de los aportes marxistas en favor de un proyecto radical y completamente violento.

Lo cierto es que desde 1969-70 se asientan definitivamente las bases propias de lo que es Sendero Luminoso. El conocido como “Camarada Gonzalo” construye paulatinamente una suerte de culto mesiánico a su persona, cuyo fundamento ideológico, hasta 1983, pasa por elaborar un corpus teórico que integre, primero, marxismo, leninismo y maoísmo; y después, su aportación propia. Esto es, se trata de elevar el “Pensamiento Gonzalo” a teoría primaria del marxismo —sin rastro alguno de Mariátegui— de modo que Guzmán se percibe a sí mismo como la cuarta espada del comunismo, a la misma altura que Marx, Lenin y Mao Tes-Tung.

Desde el 17 de mayo de 1980, que se produce la primera acción armada de Sendero Luminoso, Guzmán tiene plena convicción de que el proceso violento y revolucionario debe ir del campo a la ciudad; o lo que es igual, de la periferia hacia el centro. Ha de partir de la serranía sur central andina, y en concreto de Ayacucho, y afianzarse en las provincias de Apurímac y Huancavelica antes de llegar a Lima. Esto, porque en la serranía de los Andes era el lugar idóneo desde el que orientar un espíritu de odio con respecto a un orden establecido cuya superación justificaba todo atisbo de sacrificio y confrontación.

La utopía del futuro fue interiorizada como el motor de la revolución, de manera que devenía urgente exhibir el caudal de violencia en los enclaves de donde partía el proyecto senderista. La idea de “batir y remover el campo” (en la terminología senderista) no responde a otro propósito que el de expulsar a todas las autoridades estatales y evitar cualquier tipo de presencia en los lugares olvidados por la historia peruana de los que surge Sendero Luminoso.

Esto, en todo caso, y en un plano claramente local, lo anterior se va materializando en los primeros años de la década de los ochenta, especialmente, entre 1982 y 1984, aunque acompañado con inconmensurables dosis de muertes, terror y violencia. Además, ha de mencionarse la respuesta errática de un Estado que desconocía al enemigo al que se enfrentaba, que incluso inicialmente lo infravaloraba —pues en términos de amenaza los ojos estaban puestos en Ecuador— y que terminó por impulsar una política de excesos contra la población civil que, igualmente, dejan al Estado como responsable de más de 25.000 muertes, la mayoría violentas, en la primera mitad de la década de los ochenta.

A lo anterior contribuyó, indudablemente, la estrategia dirigida por “Gonzalo”, quien anteponía el partido como vanguardia de cualquier estructura revolucionaria y entendía la necesidad de fundirse con la masa, de manera que para el Estado todo campesino quechua-hablante en Ayacucho era susceptible de ser considerado parte de Sendero Luminoso. Desde entonces, para mediados de la década de los ochenta, la confrontación con la fuerza pública peruana es absoluta y el país se convierte en uno de los enclaves más violentos del continente —junto a Colombia, Guatemala y El Salvador— además de exhibir el mayor registro de muertes violentas en el menor tiempo transcurrido.

Abimael Guzmán quiso acelerar las condiciones revolucionarias de la historia haciendo uso de una cuota de sangre trasnochada, que comenzó con acciones de agitación y propaganda y que rápidamente pasó a “ajusticiamientos selectivos” (haciendo uso de la jerga senderista) y acciones armadas de impronta terrorista contra el Estado peruano y la sociedad civil.

Desde mediados de los ochenta, el enclave de mayor activismo senderista sería, sobre todo, la ciudad de Lima. En el campo se acumulaban estratégicamente las fuerzas, pero Lima era el resorte idóneo desde el que dar voz al planteamiento senderista. La cuota de sangre (también un concepto netamente acuñado por Guzmán) nunca dejó de estar presente. La guerra y la muerte debían ser la preocupación más importante de la sociedad peruana y ello exigía disponer de todos los recursos que fuese necesarios para mantener ingentes dosis de violencia.

Así se elevó la tanatofilia a dogma de fe en Sendero Luminoso. El sello de compromiso con una revolución que solo dejó consigo muerte, destrucción y un fujimorismo que, desde 1990, supo capitalizar a la perfección la detención de “Gonzalo”. Su captura —de la que ayer se cumplían 29 años— marcaría el principio del fin de uno de los grupos armados más sanguinarios del siglo XX latinoamericano.

Empero, su muerte no permite pasar una página de la historia peruana que aún hoy alberga importantes carencias en cuanto a verdad, justicia, reparación y no repetición para con las víctimas —oficiales y también no reconocidas— de la violencia política transcurrida, sobre todo, entre 1980 y 1992. Ojalá Guzmán encuentre en su tumba la paz que le arrebató a los peruanos.

Una tormenta perfecta para el oficialismo argentino

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Se ha llevado a cabo la sexta elección primaria en Argentina desde la puesta en vigencia de las PASO. La combinación entre un clima global adverso para los oficialismos y la mala praxis local en diferentes materias —sanitaria, económica, educativa e institucional entre otras— han tenido como resultado una tormenta perfecta para el oficialismo en el plano electoral.

¿Qué son las PASO?

Las PASO —Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias— constituyen el mecanismo aprobado en el 2009 y estipulado en la ley 26.571, denominada “Ley de Democratización de la Representación Política, Transparencia y Equidad Electoral” sancionada el 2 de diciembre de aquel año, para la elección de los candidatos de los partidos y coaliciones partidarias.

El objetivo primordial de la iniciativa —por lo menos el oficialmente declarado— era desalentar la fragmentación partidaria, en parte producto de la eclosión del año 2001 y la emergencia de nuevas organizaciones que la fomentaban, como así también estimular la competitividad electoral.

Ha transcurrido poco más de una década de la puesta en práctica de la mencionada ley, y se ha hecho uso de dicho instrumento jurídico para elecciones multinivel en los comicios de 2011, 2013, 2015, 2017, 2019 y 2021. En una parte importante de las elecciones primarias llevadas a cabo en los diferentes comicios, el proceso electoral se ha transformado en un ritual que lleva a consagrar fórmulas establecidas de antemano, dado que la contienda política se encuentra limitada por acuerdos dirigenciales que restringen la competitividad.

Dado que la ley ha tenido un impacto más bien limitado sobre la dinámica interna de los partidos políticos, las PASO se han transformado de hecho en una suerte de primera vuelta electoral, transformándose en particular la competencia presidencial sin ir más lejos en un escenario a tres vueltas —primaria, primer y segundo turno— y a dos en el caso de los comicios legislativos.

¿Hemos asistido este domingo a la “primera vuelta”?

Un primer aspecto a destacar es que el proceso electoral del domingo fue un voto de castigo al oficialismo. El peronismo en sus diferentes expresiones ha sido derrotado en 17 distritos electorales, destacándose entre ellos la estratégica provincia de Buenos Aires —concentra el 40% del padrón electoral nacional— como así también la simbólica, aunque no menos significativa derrota en la provincia de Santa Cruz, cuna política de la dinastía Kirchner.

Una primera lectura está relacionada con la expresión de un “anti-incumbent vote” de acuerdo a las consideraciones del politólogo chileno Patricio Navia en un artículo recientemente publicado en la revista Americas Quarterly: un clima de cambio recorre América Latina y esto tiene efectiva traducción en el rechazo de los oficialismos en la (sub) región en un contexto de crisis económica, social y sanitaria. Podemos destacar, entre otros ejemplos, las derrotas del oficialismo en Bolivia en 2020 o en Chile, Ecuador y Perú durante el 2021 y la derrota de Donald Trump en Estados Unidos en los comicios presidenciales de noviembre del 2020 si miramos más allá de los límites de la región.

Este clima electoral convive además con un extendido ambiente de protestas sociales iniciado en el 2019, y que tras la interrupción durante el año 2020 debido a la pandemia, recobró fuerza este año incluso en países ajenos a la oleada inicial como ha sido el caso de las manifestaciones en Cuba durante el mes de julio.

Como Winston Churchill —¡salvando las distancias!— en los primeros comicios de posguerra en Gran Bretaña, Alberto Fernández y otros titulares del ejecutivo serían castigados en las urnas en la etapa “pos-pandemia”, debido a una ola de insatisfacción y malestar social generalizada.

Parafraseando a Nicolás Maquiavelo, la fortuna no parece haber acompañado a los diversos oficialismos de la región, pero en el caso particular del gobierno argentino tampoco la virtud o la eficacia. La economía argentina, una de las más castigadas como resultado de la crisis sanitaria, ha sufrido una caída del PBI por encima del promedio regional durante el 2020. A esto se suma una prolongada cuarentena de escasos resultados (además de las transgresiones desde la propia autoridad presidencial), una ineficaz campaña de vacunación con episodios de abierta violación de los más elementales principios de igualdad (“Vacunatorio VIP”) y un prolongado cierre de la actividad educativa, parcialmente compensada con el dictado virtual de clases.

En suma, el clima global adverso para los oficialismos y un mal manejo del gobierno en materia sanitaria, económica, educativa e institucional entre otras, han producido una tormenta perfecta para el oficialismo en el plano electoral.

El domingo 14 de noviembre tendrá lugar la “segunda vuelta”…continuará.


Episodio relacionado de nuestro podcast

Foto de elecciones internas en Argentina

La única vía política posible para Brasil

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Las movilizaciones del siete de septiembre en varias ciudades del país pretendieron demostrar el apoyo político que un amplio sector de la sociedad aún mantiene hacia el actual presidente Jair Bolsonaro. Demostraron, inclusive, su disposición para conducir la narrativa bolsonarista hacia los límites de los marcos democráticos, llevando al propio Bolsonaro a radicalizar sus posturas.

En sus dos discursos, uno en Brasilia por la mañana y otro en São Paulo por la tarde, Bolsonario pareció atrapado en su propio laberinto criticando al Poder Judicial y parodiando un eventual golpe a la institucionalidad del país. El objetivo había sido demostrar fuerza política y legitimidad ante la sociedad, no obstante, terminó evidenciando fragilidad política y muy poca habilidad para lidiar con sus propios discursos y acciones.

Una grave crisis económica

Brasil se encuentra en uno de los peores momentos económicos de los últimos años con índices de desempleo históricos, inflación en continuo crecimiento, aumento de precios de los alimentos y endeudamiento de las familias. Golpeado por la propia pandemia, el país vive un clima generalizado de escepticismo económico y estrés político que en nada favorece la inversión y el trabajo. El desaliento de la población es perceptible y hay una falta de confianza hacia el futuro inmediato.

En este contexto, las movilizaciones del domingo 12 de septiembre en algunas ciudades del país fueron sintomáticas de la indignación con una situación que se interpreta insostenible, económica y políticamente. Convocadas desde diversos sectores de la sociedad, las movilizaciones alertan de los peligros inminentes del gobierno de Bolsonaro, de su inoperancia frente a los problemas económicos reales y de su desvío en el comportamiento político que amenaza la vida democrática.

Mientras tanto, se sigue alimentando la tesis sobre la división política de la sociedad en dos bloques. Si por un lado los seguidores de Bolsonaro reeditan cuando pueden su postura anti-PT y anti-Lula, los partidarios del ex presidente Lula da Silva trabajan en las redes sociales en el diseño de un escenario semejante, que los sitúa como antagónicos por excelencia al actual gobierno.

Líderes y militantes del PT, y de sus partidos aliados, no estuvieron presentes en las movilizaciones del domingo 12. Unos afirman que no fueron invitados, aunque ya han manifestado su incomodidad en juntarse con otras fuerzas políticas del país para pedir el ya clásico ‘Fora Bolsonaro’. Si bien en otras de sus movilizaciones se ha podido constatar el interés por el impeachment al presidente, líderes y militantes del PT se presentan ambiguos y desconfiados con un proceso que, en definitiva, harían caer políticamente a Bolsonaro y, con esto, dejar vacío uno de los dos bloques de la polarización para la disputa electoral en el año 2022.

Ya es posible leer en las redes sociales a simpatizantes del expresidente Lula procurando radicalizar el ‘peligro Bolsonaro’, inflar el significado político de las movilizaciones del siete de setiembre y de su contenido ideológico con el objetivo de no dejar decaer su poder e influencia. Para estos, Bolsonaro no puede ser relativizado en tanto figura política que podría paulatinamente perder espacios con miras a la futura contienda electoral. Si Bolsonaro se constituyó discursivamente como antagónico al PT y a Lula, se torna necesaria la permanencia de su legitimidad para el mantenimiento de la polarización política.

En este sentido, las movilizaciones recientes y futuras en torno al PT y Lula también jugarán un partido aparte: retroalimentar las viejas disputas políticas con el objetivo de dar rienda suelta al diseño de un escenario político polarizado entre Lula da Silva y Bolsonaro.

Las encuestas señalan una preferencia por Lula

Las encuestas de los últimos dos meses que miden la intención de voto para las elecciones de 2022 dan cuenta de la preferencia por Lula da Silva frente a Bolsonaro y el deterioro progresivo de la figura del actual presidente. Fue en parte por estas cuestiones que últimamente Bolsonaro no cesó en presentarse públicamente para dar cohesión y fuerza a sus electores.

Pero, paralelamente a la caída de su popularidad, otros precandidatos a la presidencia de la República como por ejemplo Ciro Gomes vienen ganando terreno. Esto no quiere decir que las adhesiones a Ciro Gomes estén vinculadas directamente con la caída de la imagen de la figura de Bolsonaro, sino que es en él que parece ir concentrándose el voto de personas que en las encuestas afirman que no votarían ni por Lula ni Bolsonaro.

Los círculos bolsonarista y lulopetista, desde sus antagonismos, trabajan en simultáneo para que no emerja, ni desde la izquierda, centro o derecha política, lo que se ha denominado la ‘tercera vía’ o una alternativa política a la polarización instaurada. Para el bolsonarismo, una ‘tercera vía’ traduciría un lulopetismo travestido, una izquierda disfrazada connivente con la corrupción, etc.

Para el lulopetismo y su círculo de influencia política, más allá de su estructura partidaria, una ‘tercera vía’ es entendida como la continuación de Bolsonaro sin Bolsonaro, de la continuación de un proceso político que habría abandonado las pautas populares y conducido hacia la derechización del país. Sin embargo, lo que se define como ‘tercera vía’, en realidad, no surge como contrapartida a dos vías políticas anteriores, sino como única alternativa política posible a un ciclo político iniciado en los años 2000, y que con Bolsonario gana su expresión más reciente: el lulobolsonarismo.

Lo que muchos definen como ‘tercera vía’ no es otra cosa que la única vía política posible que podría poner fin a un ciclo político con ciertos devaneos populistas y personalistas, y que ha diseñado una sociedad polarizada en constante conflicto. Para gran parte de la sociedad brasileña no existiría esa ‘tercera vía’ porque no se trata de asumir una opción política situada en los intersticios de dos vías ya preexistentes. Para muchos, el ciclo político actualmente encarnado en Bolsonaro, e iniciado con Lula, estaría llegando a su fin. Solo existiría una única vía política posible para su superación y llamarle de ‘tercera vía’ no sería del todo apropiada. En las elecciones de 2022 la verdadera disputa será entre los que quieren dar continuidad a este ciclo político y entre quienes le quieren poner fin. Y para estos últimos, existe una única vía política posible para Brasil.

El bloqueo migratorio en México fortalece al crimen organizado

Las imágenes de las caravanas de migrantes tratando de salir de la ciudad de Tapachula y su neutralización por agentes del Instituto Nacional de Migración (INM) y la Guardia Nacional han vuelto a impactar a la comunidad internacional. En las últimas semanas cuatro caravanas integradas por unas cuatrocientas personas, fundamentalmente centroamericanos, haitianos y venezolanos, han sido dispersadas tras recorrer poco más de cuarenta kilómetros desde Tapachula. La violencia del “rescate” de migrantes —como lo califican las autoridades— que ha sido reflejada en diferentes medios de comunicación, ha generado que se haya sancionado por lo menos a dos agentes del INM.

En esta ciudad fronteriza del sur de México, igual que en otras en el norte del país, se concentran miles de migrantes esperando tener documentación para seguir su camino hacia Estados Unidos. La presencia de más de 80,000 migrantes, en una ciudad con una población cercana a los 354,000 habitantes, genera un impacto negativo importante en la convivencia ciudadana y en el calentamiento de los estados de ánimo.

La falta de respuesta y de recursos de las autoridades migratorias mexicanas tampoco contribuye a que se gestione una “migración documentada y ordenada” de forma eficiente. Entre enero y julio del 2021 el INM ha entregado, en todo el país, únicamente 23,670 tarjetas de visitante por razones humanitarias y 11,768 tarjetas de residente permanente por reconocimiento de refugio.

Record de migrantes detenidos en 2021

Desde el año 2015, la patrulla fronteriza de Estados Unidos ha detenido un promedio anual de medio millón de migrantes, lo que se suma a los que el INM ha “rescatado” en México y ha retornado a sus países de origen. En el año 2019, durante la administración de Trump, la patrulla fronteriza detuvo a 977,509 migrantes. En el 2020, en plena alerta por la pandemia, se regresó al medio millón de detenidos y hasta el mes de julio del 2021, ya en la administración de Biden, se ha alcanzado una cifra histórica de un millón 331,822.

Las caravanas no han tenido futuro desde el momento en que se empezaron a organizar. Sin estructuras de apoyo, como las que ofrece el crimen organizado o las redes familiares, es imposible para los migrantes atravesar México por lo que el número de detenidos por las autoridades estadounidenses únicamente se puede comprender por dos razones: por una intensificación por parte del gobierno de Estados Unidos de las medidas para impedir el paso de migrantes o por el fortalecimiento del crimen organizado en el negocio del tránsito de indocumentados hacia el norte.

México tenía la intención, al inicio de la administración de López Obrador, de abrir las fronteras y fomentar el desarrollo económico del sur este mexicano y de Centroamérica con la idea de que los centroamericanos no tuvieran incentivos para abandonar sus lugares de origen. Todavía el presidente mexicano lo recordó hace unos días.

Las presiones de Donald Trump bloquearon esta pretensión y desde la creación de la Guardia Nacional, que había sido imaginada para combatir al crimen organizado, ésta fue encargada de la neutralización de los migrantes en la frontera sur de México. Desde el año 2019 México ha “rescatado” a 496,189 indocumentados y ha regresado a sus países de origen a poco menos de 300,000.

Los efectos de la pandemia

La epidemia de Covid-19 no ha tenido efectos en desincentivar el cruce de migrantes. La reducción de detenidos en el 2020 se debe más al relativo “relajamiento” de las autoridades migratorias, que a la reducción del paso de migrantes que llevan pasando con mayores o menores dificultades hacia Estados Unidos desde los años ochenta.

El endurecimiento de las medidas de represión por parte del gobierno estadounidense y la presión para que México realice lo mismo está sirviendo únicamente para que el crimen organizado se fortalezca y para que el costo económico que supone migrar hacia el norte para los ciudadanos centroamericanos se incremente.

Los migrantes que se encuentran en Tapachula son los pobres de los pobres y están condenados a esperar la respuesta del gobierno mexicano o a intentar por otras rutas. Existen muchos puntos en la frontera sur de México por la que pudieran aventurarse de una forma más discreta y exitosa, pero estos están controlados por diferentes grupos del crimen organizado y son peligrosos, especialmente si no se conoce el territorio.

La ruta del Ceibo-Tenosique en el estado de Tabasco, que hace frontera con el departamento del Petén en Guatemala, o la cercana de Bethel-Corozal, cruzando el río Usumacinta en el camino hacia Palenque en Chiapas son dos ejemplos de rutas muy utilizadas por migrantes centroamericanos en los últimos años y en los que no se han generado todavía cuellos de botella como el que se ha formado en Tapachula. En las próximas semanas, es muy probable que el problema se vaya expandiendo hacia esos nudos migratorios.