Herencia y pesimismo

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Pasan los caudillos milagreros, los militares en el poder, las democracias (más o menos apócrifas), las dictaduras modernizadoras, pero el atraso sigue dominando la vida de sociedades que no pueden acortar las distancias (de productividad y bienestar) con los países que comúnmente llamamos “desarrollados”. Hubo algunas excepciones de países atrasados que dieron el salto al desarrollo a fines del 800 (en el norte de Europa y Japón) y a fines del 900 (en el oriente asiático), pero para la mayor parte del mundo el atraso ha seguido siendo una maldición capaz de amargar la existencia de gran parte de la humanidad a pesar del paso del tiempo, de las diferentes políticas económicas, de las buenas intenciones de uno u otro gobernante o de las ocasionales bonanzas de sus materias primas. ¿Esta historia está a punto de concluir? ¿Quién puede decir que este legado antiguo, esta herencia, no se prolongará a lo largo de las próximas generaciones o incluso siglos?   

Suponiendo que exista alguna fuerza histórica destinada a conducir a los países más allá del atraso (una especie de mano invisible global), habrá que reconocer que su despliegue ha sido, cuando menos, aletargado, además de errático, en los últimos siglos. Los estigmas siguen a pesar del tiempo y de los cambios de formas: instituciones de baja calidad, pobreza difundida y fuerte segmentación social, además de retraso técnico y baja competitividad. En las sociedades avanzadas ocurre hoy, más que ayer, que los individuos nacidos en familias pobres tienen grandes probabilidades de seguir siéndolo. Y lo mismo vale para países completos. De ser esto así, los espacios del optimismo proyectado hacia el futuro no son muy amplios que digamos.

Es famoso el aforismo de Antonio Gramsci acerca del pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. Añadamos que en sus Cuadernos de la cárcel (una obra desordenada, tumultuosa y exuberante de ideas) insistía en la necesidad de guardarse de aquellos que prometen, entre múltiples patrañas, la abundancia a la vuelta de la esquina y soluciones sencillas a todos los problemas habidos y por haber. El optimismo puede ser una forma de autoengaño (un sedante de la razón) tan dañino como el pesimismo disfrazado de paciente sabiduría.     

Se ha explicado el atraso en muchas formas: por la baja productividad, el insuficiente espíritu empresarial, el retardo tecnológico, un vínculo inadecuado con el mercado internacional, el clima y hasta la ubicación geográfica de los países. Y todo esto, ciertamente, tiene algún grado de verdad en mezclas variables dependiendo de momentos y países. Sin embargo, como si el escenario no fuera suficientemente sombrío, existen otras circunstancias que tienden a amarrar a los países “en vías de desarrollo” a un pasado del cual no pueden emanciparse plenamente, incluso cuando aparecen antenas parabólicas en los techos de los tugurios de los barrios marginales o relucientes malls atestados de clases medias sedientas de símbolos de su bienestar. Las vestiduras cambian solo para encubrir organismos sociales deformados.

Los países, que en distintos momentos de los últimos dos siglos pudieron dar el salto más allá del atraso, tienen algo en común: no tuvieron prolongados pasados coloniales»

¿Por qué, en medio de un atraso que se metamorfosea a lo largo de las generaciones, sus rasgos primarios siguen inalterados? Registremos una circunstancia que podría ser relevante. Los países, que en distintos momentos de los últimos dos siglos pudieron dar el salto más allá del atraso, tienen algo en común: no tuvieron prolongados pasados coloniales. Si esto es cierto, como parece serlo, ¿por qué una larga experiencia colonial trabaría, incluso siglos después de haber sido superada, la emancipación del atraso de países enteros?

Una respuesta podría estar en el surco de desconfianza que la Colonia dejó entre sociedad e instituciones. Ser colonia por un tiempo prolongado implica la conformación de sociedades que no pueden creer en las instituciones que las dominan como si fueran un ente exterior a sí mismas. Instituciones, por consiguiente, que no pueden ser creíbles a los ojos de la sociedad y, sobre todo, de sus sectores más pobres. Instituciones opresivas que reproducen en el tiempo, incluso después de la Colonia, una cultura arraigada de depredación impune hacia los ciudadanos que deberían tutelar. Un componente entrópico instalado en el medio de la sociedad que no solo no favorece, sino que a menudo entorpece la acción colectiva por la ineficacia derivada del escaso control social.       

El surco creado en siglos de Colonia entre sociedad y Estado tiende a conservarse a largo plazo, incluso después de superada la condición colonial. Un surco de mutua desconfianza. Esta lacra de origen constituye una corriente contraria que opera silenciosa y eficazmente a lo largo de los siglos. Y la consecuencia es que una sociedad que, a pesar del descontento y los conflictos no se reconoce en sus instituciones, no solamente no confía en sí misma, sino que tiende a creer que el camino a la prosperidad supone la apropiación institucional ilícita de la riqueza socialmente creada. Pueden variar los regímenes y las formas políticas, pero el legado disgregador dejado por un prolongado pasado colonial tiende a conservarse a pesar del cambio en sus formas. Una corriente invisible pero eficaz en restar eficacia en las instituciones como agente de desarrollo y en mantener hacia ellas una desconfianza social persistente. De ser así, ¿cuántas generaciones o siglos serán necesarios para neutralizar esta corriente contraria a todo intento (por bien intencionado o acertado que pueda ser) de emanciparse del atraso? Al final de cuentas, un camino firme al desarrollo requiere una acción conjunta entre sociedad e instituciones; la desconexión supone inconsistencia y fragilidad incorporadas.

Ahora bien, si lo anterior es cierto, también lo es el que cualquier proyecto sólido de dejar atrás un largo pasado de atraso requiere eficacia y credibilidad de las instituciones públicas. Fuera de eso, todo intento resultará, antes o después, en vano.

Pero hay otra corriente contraria de naturaleza secular que viene de la Colonia (e incluso desde antes). Una estudiosa estadounidense se refiere a ella como falta de empatía social entre diferentes estratos de una misma sociedad. Me refiero a Judith Teichman en su Social Forces and StatesPoverty and Distributional Outcomes in South Korea, Chile and Mexico (2012), obra en la que se comparan estos tres países y se llega a la conclusión de que en Chile y en México la fragmentación social que causó la Colonia ha consolidado una falta de empatía entre diferentes grupos sociales, un legado que ha impedido y sigue impidiendo a los sectores sociales más pobres el que puedan hacer valer sus intereses sobre las decisiones de las elites gobernantes. En otros términos, los pobres no reciben el apoyo de las clases medias para hacer avanzar sus demandas.

La antigua distancia entre criollos, mestizos e indígenas ha operado secularmente como un factor de desconexión social y, a final de cuentas, como un obstáculo al establecimiento de mercados nacionales capaces de alimentar una sólida actividad económica a largo plazo. En cambio, en Corea del Sur, donde la condición de Colonia japonesa duró “apenas” medio siglo, se mantuvieron fuertes nexos entre estratos sociales distintos que condujeron, incluso a gobiernos duramente conservadores como el de Park Chung Hee, a tomar decisiones orientadas, por ejemplo, en el terreno agrario, a evitar segmentaciones sociales continuas que pudieran impedir el desarrollo de un mercado nacional integrado y dinámico. No es descabellado decir que, vistas las cosas por sus consecuencias a largo plazo, fueron más progresistas varios Gobiernos conservadores de Asia oriental que muchos Gobiernos “revolucionarios” de América Latina.    

Concluyamos. Si el surco Estado/sociedad es un dato de larga duración para el cual no parece haber remedios de efecto rápido y, si la escasa empatía de las clases medio-altas hacia los pobres rurales o urbanos está destinada a mantenerse como factor que debilita la capacidad social de presión sobre las instituciones y sus políticas, estamos en una situación en la que las políticas económicas, por acertadas que puedan ser, están destinadas a desempeñar un papel menor del que las teorías económicas les asignan. Las sociedades atrasadas con un prolongado pasado colonial heredan factores entrópicos que no impiden el progreso, sino la salida del atraso. Y esto es exactamente lo que dificulta mirar el futuro con el optimismo deseable.   

Venezuela: es el momento de los militares

El pasado 30 de abril, la marcha por la Operación Libertad, encabezada por Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, tuvo como finalidad alentar a las cúpulas del Ejército a cambiar su lealtad al régimen de Nicolás Maduro por el autoproclamado presidente interino de Venezuela.

Guaidó ya lo había intentado en febrero en Cúcuta, en la frontera con Colombia, donde forzó el ingreso de ayuda humanitaria. Pero en esta ocasión, y de manera más desafiante, se dirigió a la base militar de La Carlota, en el este de Caracas, flanqueado por una docena de militares rebeldes y por el reconocido líder de la oposición y su mentor, Leopoldo López, quien había estado bajo arresto domiciliario.

Un resultado seguro de esta trama ha sido el debilitamiento de ambos protagonistas, Guaidó y Maduro»

El resultado del enfrentamiento fueron cinco personas muertas, múltiples heridos y deserciones de algunos miembros de la Guardia Nacional y, notablemente, del jefe del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), Manuel Christopher Figuera. Parecía el desenlace de un régimen que se desquebraja lentamente ante los ojos del mundo, pero al final el plan fracasó. La mayoría de los oficiales superiores cerraron filas con Maduro, quien pudo mantener el control. No obstante, un resultado seguro de esta trama ha sido el debilitamiento de ambos protagonistas, Guaidó y Maduro, pero peor aún el de un país que ya se encuentra en una situación muy precaria.

Maduro se ha declarado vencedor en esta batalla, pero estos últimos acontecimientos han expuesto indudablemente su debilidad, puesto que es conocido —aunque no reconocido— que tres figuras principales del régimen (el ministro de Defensa, Vladimir Padrino, el presidente del Tribunal Supremo, Maikel Moreno, y el director de contrainteligencia militar, Iván Hernández Dala) se hallan en conversaciones con la oposición, así como también con Washington, para buscar la salida negociada de Maduro. Algunas otras fuentes agregan al ministro del Interior, Néstor Luis Reverol, entre los posibles desertores.

De acuerdo con fuentes de la oposición, el plan era que el Tribunal Supremo de Justicia declarara a la Asamblea Nacional como una institución legítima de poder, a fin de dar al Ejército la justificación legal para que abandonaran totalmente a Maduro. De hecho, un factor esencial sobre la seriedad del plan fue la liberación de López por parte del jefe del Sebin.

¿Y qué fue lo que salió mal? Se especula que las figuras clave del régimen antes mencionadas mantenían contacto con la oposición y estaban de acuerdo con su plan de acción. Sin embargo, también actuaban como informantes para Maduro. Esta es la línea que finalmente están defendiendo los supuestos señalados de ser infiltrados después del fallido levantamiento. En particular, Padrino, quien ha asegurado públicamente que la oposición intentó “comprarlo”. Padrino, Moreno y Hernández Dala han sido señalados por EE. UU. de haber aceptado y participado en el plan, aunque estos lo nieguen rotundamente. También existen registros en Twitter de algunos diplomáticos en Caracas que aseguraban que, de los supuestamente involucrados en la conspiración, Padrino era el agente doble más probable.

A su vez, hay otras teorías, como que la oposición jugó muy mal sus cartas, pues al escuchar rumores de que la trama había sido descubierta, sus líderes se lanzaron a las calles antes de lo planeado, lo que asustó a los conspiradores cercanos al régimen y, por lo tanto, condenó el plan.

Maduro está intentando ahora reforzar el apoyo de entre los militares»

Cualquiera que haya sido la secuencia real de los eventos del 30 abril, Maduro está indudablemente más debilitado. La deserción del jefe del Sebin —de quien se cree que ya abandonó el país— ha sido la más significativa hasta el día de hoy. De ahí que Maduro esté intentando ahora reforzar el apoyo de entre los militares, puesto que sigue la duda sobre la lealtad de algunos hacia él, incluso de parte del mismo ministro de la Defensa. Freddy Bernal, un leal al régimen y quien supervisa la distribución de alimentos del Gobierno, ya advirtió que este primer intento de rebelión ha sido solo un ensayo que podría repetirse en cualquier otro momento.

¿Y ha sido positivo el levantamiento para la oposición? Tampoco. Al haber prometido que el final del régimen de Maduro era inminente, Guaidó ha perdido credibilidad entre miembros de la oposición, en particular, y la población, en general. También hay signos de fatiga y desaliento entre la oposición. Ejemplo de ello fue una protesta el 5 de mayo afuera de las bases militares que atrajo poca asistencia. Las divisiones dentro de la oposición también son evidentes. En un extremo, algunos miembros piden a Guaidó que solicite la asistencia militar de EE. UU., mientras que en el otro extremo presionan para lograr un acuerdo negociado. Las divisiones han aumentado, asimismo, con la decisión del Grupo de Lima de invitar a Cuba para que actúe como intermediario, así como por la liberación de López, quien además de ser una figura carismática y controvertida en la oposición, también tiene enemigos dentro de ella.

Es muy poco probable que veamos a Guaidó encarcelado, a pesar de las constantes amenazas del Gobierno. Quienes son leales al régimen parecen haber llegado a la conclusión de que Guaidó es más inofensivo de lo que aparenta y de que su detención corre el riesgo de crear un “mártir” entre la población y de provocar una reacción en EE. UU.

La situación es muy delicada y la profundización en las grietas dentro del régimen refuerza mi visión de que Maduro abandonará el cargo en la segunda mitad de este año o a comienzos del 2020. A pesar de que existen numerosos riesgos en esta previsión, es importante señalar que históricamente numerosos levantamientos fallidos han antecedido a los exitosos.

Ahora es el momento de los militares para interpretar lo que está sucediendo y lo que están dispuestos a hacer en respuesta. Posiblemente en un futuro no muy lejano veremos a Venezuela avanzando hacia un escenario en el que los militares tomen el control total, sin Maduro, pero no necesariamente en línea con los términos y la agenda de Guaidó para la transición. Lo que se vendrá serán tiempos muy inciertos para una Venezuela ya muy convaleciente.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

El peligro de los «outsiders»

«Hace décadas que en América Latina nos hemos acostumbrado a la llegada de los mesías, salvadores de la patria que dos por tres desembarcan triunfales en el mundo de la política para salvar a su pueblo del establishment, o sea, la política. Se trata de redentores del más diverso pelaje provenientes del mundo del entretenimiento o profesiones que les han permitido acumular prestigio —y, sobre todo, dinero—, que se ven obligados a sacrificarse en nombre de todos para poner orden. O, mejor dicho, desorden. El origen de los outsiders se remonta a las nuevas formas de comunicación política que surgieron a mediados del siglo pasado con la aparición de la televisión. Originalmente, los candidatos eran, en esencia, representantes de partidos, instituciones o ideas, y hacían papeles secundarios. Pero a la revolución de la TV, se sumó a inicios de los noventa “la era de la comunicación”, que dio paso a lo que los académicos denominan como la “humanización progresiva de la política”. Y a medida que las pantallas se fueron apoderando de nuestra atención, las posibilidades de los outsiders se multiplicaron.

Si bien Internet terminó de abrir el telón, la actual desafección a la clase política tradicional, consecuencia de la crisis política global y la corrupción, ha impulsado a manadas de outsiders a salir a escena. Este descontento hacia los “políticos profesionales” ha llevado a que “los electores se muestren atraídos por personajes que no tienen experiencia política, puesto que esa falta de experiencia es considerada como algo positivo”, explicó Roberto Rodríguez Andrés en su artículo El ascenso de los candidatos outsiders como consecuencia de las nuevas formas de comunicación política y la desafección ciudadana.

Si bien no hay una definición consensuada del término outsider, los académicos coinciden en una serie de características que Rodríguez Andrés clasifica de la siguiente manera:

1. Se trata de candidatos electorales que vienen de fuera del sistema y carecen de toda experiencia política. Sin embargo, no todos los que se acercan a la política son outsiders, ya que lo que cuenta es la inercia de la fama, una inercia a la que se aferran y prolongan a lo largo de su carrera política.

Se ubican al margen de las reglas establecidas para criticar a la clase política tradicional y atribuirle todos los males de la sociedad»

2. Se ubican al margen de las reglas establecidas para criticar a la clase política tradicional y atribuirle todos los males de la sociedad, asumiéndose, así, como auténticos “agentes del cambio”. Esta antipolítica, sin embargo, puede atribuirse no solo a ajenos, sino también a candidatos que, como afirmó Rodríguez Andrés, “aun habiéndose dedicado durante buena parte de su vida a esta actividad, se presentan con ansias renovadoras o rupturistas con respecto al orden establecido”, como sería el caso de Jair Bolsonaro.

Las estrategias electorales de los outsiders son otro aspecto en el que tampoco hay unanimidad. Ciertos académicos se limitan a incluir a aquellos que crean formaciones políticas nuevas, mientras que otros también incluyen a aquellos que utilizan a los partidos tradicionales como trampolín, como lo hizo Donald Trump.

3. La última característica y la que mejor los describe es que contra viento y marea logran convertir sus campañas en fenómenos virales que los elevan como la espuma hasta terminar ganando elecciones perdidas desde la teoría.

Partiendo de esta última perspectiva, el outsider, más que un personaje, sería un fenómeno, un suceso, un milagro, que, como aporte, reincorpora a la política a muchos de los desilusionados con los de siempre. Pero este fenómeno es sobre todo un engendro, una aberración que arrastra una serie de riesgos para los sistemas políticos y las democracias de los países.

El primero y más evidente de estos riesgos es la inexperiencia y el desconocimiento de estas personas para liderar un país o, si quiera, conformar gobiernos sólidos. El segundo es la posibilidad de que estos personajes, sobre todo los surgidos de la televisión, como el humorista y presidente guatemalteco Jimmy Morales, desarrollen campañas con objetivos autopromocionales y terminen, como afirmó Rodríguez Andrés, de “banalizar la actividad política, convirtiéndola en una suerte de circo mediático”. Otro riesgo es la erosión que causan en los sistemas, debido a que fraccionan y polarizan la política, lo que lleva a la conformación de Parlamentos hiperfragmentados y Gobiernos débiles que giran en torno al líder. Y el último y quizás el más peligroso de los riesgos es el sobredimensionamiento del personalismo, el populismo y la demagogia, que, en la actualidad, están aumentando no solo en varios países de la región, sino también en gran parte del mundo.

En el contexto actual, el envalentonamiento de los outsiders es inevitable, ya que se trata de un fenómeno social que se retroalimenta de la desilusión, la desazón, la desesperación y la rabia, así como también de la irracionalidad, la irresponsabilidad y la ignorancia. Por ello, a corto y mediano plazo nuestras sociedades seguirán siendo vulnerables al surgimiento de candidatos ajenos a la política, de los cuales muchos, disfrazados de mesías, se convertirán en reyes en esta “era de la comunicación”.

En este marco, no queda otra que ir pensando en alternativas a futuro. Y como ejemplo, un debate que viene a colación es el que despertó Juan J. Linz hace algunas décadas con su ensayo Los peligros del presidencialismo, en el que criticaba el sistema utilizado en la mayoría de los países de América. Ahí, entre varias críticas, mencionaba que la “personalización del poder” era un carácter inherente del presidencialismo. Y “el lado negativo de las elecciones populares directas es que pueden resultar elegidas personalidades ajenas a la clase política [outsiders]”, lo que incentiva la demagogia y el populismo, explicaron Matthew Soberg Shugart y Scott Mainwaring en su ensayo Presidencialismo y democracia en América latina: revisión de los términos del debate.

Este debate es simplemente uno más de muchos. Lo que verdaderamente importa es ir pensando alternativas para que, al menos, a largo plazo, podamos blindar nuestras democracias de los caprichos, egocentrismos y excentricidades de los outsiders.

La economía política de un Estado débil

Desde hace mucho ya, el Estado argentino se caracteriza por su debilidad. Este rasgo básico de nuestro Estado nadie lo ignora, pero pocos extraen de ello las debidas conclusiones de política.

Afirmar que es necesario reconstruir el Estado está muy bien, pero no nos lleva lejos; eso, indispensable, insume tiempo, hay que empezar ya, sí, pero mientras tanto los gobiernos y los grupos sociales que se interesen debemos encarar los problemas con los recursos disponibles, por pobres que sean, y no con los que desearíamos tener.

Los ejemplos de fragilidad del Estado son muchos, pero podemos dar aquí cuatro: el Estado está permanentemente expuesto a las tensiones de la dolarización económica argentina y no cuenta con medios adecuados para superarla; sus capacidades extractivas son elevadas, pero descansan sobre una base notoriamente defectuosa en lo asignativo y notoriamente inequitativa; el cuadro fiscal, que ha mejorado en años recientes, está afectado por bombas de tiempo que todos conocen, como la financiación futura del régimen provisional. Su poder de encarrilamiento y disciplinamiento de las conductas colectivas, en especial de lograr que actores organizados respalden cambios estructurales o presten apoyo tangible a políticas de modernización, es muy bajo.

Por fin, nuestro Estado está afectado por otra debilidad, que no es propiamente estatal pero que repercute brutalmente sobre él: una baja capacidad de cooperación política y un muy escaso capital de confianza entre los actores y de los ciudadanos hacia los políticos.

Resultante de la labilidad estatal es la espiralización de los grandes precios (tipo de cambio, salarios, servicios, etc.), que se expresa emblemáticamente en nuestra inflación crónica. Inflación que tiene un impacto a su vez arrasador sobre el propio Estado, sobre la inversión y sobre la distribución del ingreso. Cuando los gobiernos están en una fase macroeconómica de presunto control de las variables, las voces críticas, es lógico, tienen un alcance reducido. Tampoco es que los que advierten que todo acabará mal digan nada demasiado nuevo, porque los problemas no son, a su vez, demasiado nuevos.

cuando la gestión macroeconómica atraviesa por enormes turbulencias, como es el caso desde hace ya un año, entonces proliferan propuestas

Pero, cuando la gestión macroeconómica atraviesa por enormes turbulencias, como es el caso desde hace ya un año, entonces proliferan propuestas de políticos y economistas que también parece calcadas en gran medida de experiencias pasadas y que alimentan ilusiones sobre el modo de salir de la crisis y colocar al estado y la economía en un sendero sustentable.

Reaparece así el léxico de los consensos, los acuerdos, los planes y las grandes reformas. Grandes, todos: grandes consensos, grandes acuerdos, grandes planes y grandes reformas estructurales. De derecha, centro o izquierda, no importa. Para reconstituir el Estado, para desenvolver una productividad genuina, para administrar adecuadamente el tipo de cambio, etc. Se apela así a la “buena voluntad” (hablar con el corazón, preguntar cuánto está dispuesto cada uno a poner, ya no a pedir, a arreglar el país entre todos); y se termina dando paso a comportamientos defensivos y conservadores.

El problema de todas estas promesas y propuestas es que son falaces, circulares, porque adolecen del mismo defecto: dan por supuesta la existencia de aquello que prometerían crear; un Estado fuerte y un capital de confianza y capacidad de cooperación política (interpartidaria o de otra índole).

Esta suerte de petición de principios política (me dispongo a construir un Estado fuerte asumiendo que ya cuento para esa tarea con él) puede ser ilustrada con simples ejemplos: decimos que son necesarias tres grandes reformas estructurales: provisional, laboral y tributaria.

Muy bien; ¿para qué? Para sacar al Estado y a la economía de la trampa estratégica en que están. Pero, contrario sensu, si no disponemos de los activos políticos y económicos que traería aparejados poner al Estado de pie, ¿de dónde extraeremos las energías necesarias para tales reformas? Todas cuestan dinero (los ajustes son carísimos) y todas requieren de una dosis elevada de cooperación y confianza, y no tenemos nada de eso. ¿Qué se desprende de todo esto?

El consejo que me doy a mí mismo es ponerme cera en los oídos porque, a diferencia de Ulises, no tengo las manos atadas, y en los próximos meses deberé usarlas para introducir sobres en urnas.

Mejor desconfiar de las promesas de grandes acuerdos, de los macroeconomistas que seducen con la magia de los planes (y si creen en ella, desconfiar más aún) o de violentos paquetes de reforma (estos últimos son los peores), y disponerse a exigir que los gobiernos, a lo Albert Hirschman, avancen todo lo que puedan con reformas parciales, poco a poco, que contribuyan a colocar mejor los incentivos estatales, económicos y políticos, y vayan construyendo confianza y capacidad de cooperación, a pesar de que no resuelvan de inmediato ninguno de los grandes problemas, y que estos, por lo tanto, continúen golpeándonos la puerta. Hagamos política, y política económica, con lo que está, no con lo que nos gustaría que estuviera. Asumamos la penuria, tratemos de gestionarla con la mayor equidad posible, soportemos los sofocones de las crisis, y tratemos de ir construyendo las condiciones necesarias para los cambios estatales y económicos de mayor envergadura.

El éxodo venezolano: un desafío regional

En 2016, tras la firma por parte de Colombia y las FARC de los Acuerdos de Paz de La Habana, América Latina y el Caribe inauguraron oficialmente un periodo sin conflictos armados. Pese a las acciones del crimen organizado, la presencia de grupos armados no estatales, o a que la región continúa siendo la más desigual y violenta del mundo (sobre todo para mujeres, defensores de los derechos humanos y del medio ambiente o miembros del colectivo LGTBI+), desde entonces caló hondo la esperanza de encontrar soluciones negociadas a los conflictos no convencionales que aún siguen. La gran paradoja es que el aparente fin de ciclo de la violencia armada coincidió con la aceleración de las mayores migraciones internacionales de la Historia de la región: el éxodo venezolano.

Venezuela fue históricamente uno de los destinos favoritos de la inmigración en América del Sur y como “país de brazos abiertos” recibió indistintamente a europeos, asiáticos, colombianos víctimas del conflicto armado, exiliados de las dictaduras del Cono Sur y trabajadores de dentro y fuera de la región atraídos por el boom petrolero de los años setenta. Hoy, sin embargo, Venezuela experimenta la peor crisis económica, política y social de su historia. Aun teniendo las mayores reservas petroleras del mundo, junto a Honduras, Nicaragua y Haití se considera la cuarta nación más pobre de la región y, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), en 2019, su economía se contraerá un 25%, a la vez que su nivel de inflación alcanzará el 10.000.000%.

Venezuela vive hoy la mayor crisis humanitaria de su historia, y una de las principales consecuencias de este proceso es la salida masiva de personas»

Las consecuencias de esta situación son gravísimas. Aunque en el país no se publican datos oficiales desde hace algunos años, según la última Encuesta sobre Condiciones de Vida en Venezuela (Encovi, 2017), la pobreza por ingresos asciende al 84%, mientras que el 80% de los hogares venezolanos afronta inseguridad alimentaria. A la pobreza y al hambre, se suman los problemas de atención médica y de escasez de medicinas, la inseguridad y el aumento del crimen organizado, los reiterados cortes de agua y luz, y un sinfín de dificultades que afectan el día a día de la población. En definitiva, Venezuela vive hoy la mayor crisis humanitaria de su historia, y una de las principales consecuencias de este proceso es la salida masiva de personas.

La emigración venezolana está constituida por 3,4 millones de personas y, de acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), si se mantiene la crisis actual, podría alcanzar los 5 millones a finales del 2019. En la práctica, 5.000 personas salieron diariamente de Venezuela en 2018 y, aunque existen venezolanos viviendo en España, Estados Unidos y otros países, la mayor parte (2,7 millones) del éxodo es intrarregional, es decir, se concentra en América Latina y el Caribe. Colombia es el principal receptor de migración venezolana, seguido por Perú, Chile y Ecuador, pero ningún país permanece ajeno a este fenómeno.

La migración venezolana se caracteriza por flujos mixtos que incluyen desplazamientos forzados y migraciones más o menos voluntarias. Como fenómeno, genera efectos heterogéneos, tales como la pérdida de capital humano para el país emisor, al tiempo que supone numerosos desafíos económicos, políticos y sociales para los países de llegada, caracterizados estructuralmente por carencias y problemas a la hora de garantizar los derechos de sus propias poblaciones.

Ante este panorama y la elevada politización del flujo migratorio venezolano, a excepción de Uruguay, Brasil y Argentina que extienden la Residencia Mercosur a los venezolanos, o Ecuador, que reconoce la visa Unasur, los países de la región han expresado formas de solidaridad limitadas que incluyen respuestas, sobre todo nacionales y discrecionales, permisos de residencia especiales y de carácter temporal, así como una falta mayoritaria, salvo México, de la aplicación de la definición ampliada de refugio que se encuentra en la Declaración de Cartagena de 1984.

Aunque ha habido proyectos de cooperación regional como las iniciativas del Grupo de Lima y el Proceso de Quito, los países latinoamericanos y caribeños han respondido ante el éxodo venezolano de manera unilateral, obviando que ninguna medida aislada es suficiente y que se necesitan respuestas en diferentes niveles: local, nacional y regional. Por si fuera poco, las “buenas intenciones” y las declaraciones iniciales de solidaridad para con “nuestros hermanos venezolanos”, progresivamente han dado paso a medidas restrictivas al ingreso, permanencia y disfrute de derechos de esta población.

Así, a la tragedia del vecino país, es preciso sumar las políticas de mano dura que no frenan la migración, sino que aumentan la vulnerabilidad de los migrantes y empujan a las personas a desplazarse en condiciones cada vez peores, lo que contribuye al surgimiento de pasos irregulares (trochas), a la trata y tráfico de personas, a la imposibilidad de regularización de su estatus migratorio, y con ello, a la profundización de fenómenos como la explotación laboral, la violación de derechos humanos y el aumento de la precariedad, el racismo y la xenofobia en los países de llegada.

Tras el giro conservador de la región, lejos parecen haber quedado los recientes y reiterados llamados de los países latinoamericanos a no criminalizar la migración, a fomentar y a respetar los derechos de los migrantes y sus familias, o el proceso de construcción de una ciudadanía regional. Aunque América Latina y el Caribe siguen siendo una región principalmente de emigración, la experiencia venezolana está demostrando que los desplazamientos humanos han venido para quedarse y convocan a los Estados y a otros actores a que pongan en práctica los discursos y políticas basados en derechos humanos, de los que ha hecho alarde la región en materia migratoria.

Independientemente de las posturas ante el Gobierno venezolano, dicho éxodo supone un desafío regional que requiere un tratamiento multilateral y la formulación de políticas públicas integrales, no solo migratorias. Para ir más allá de las buenas intenciones, es urgente pensar que los migrantes venezolanos buscan un presente, pero sobre todo un futuro que tienen derecho a conseguir. En este escenario, cabe a los países de la región la responsabilidad y la oportunidad de brindárselo.

La falsedad de la “Conquista de México”

Ya es conocida la carta del presidente de México pidiendo al rey de España que se disculpe por “la Conquista”. La petición ha recibido tanto condena como aplauso. En general, no me opongo a que un Estado reconozca errores pasados con los que tenga clara relación (en un periodo de tiempo razonable); en particular, me opongo a que siga repitiéndose una idea falaz con efectos negativos: que a “México” lo conquistaron “los españoles” en contra de “los indios”. Mi argumento es empírico-analítico, no moral, aunque tampoco inmoral; y en pro de las verdades históricas, no en contra de los indígenas como personas. Veámoslo en cuatro partes:

1. De entrada: México no existía. No pudo ser conquistado. Con la llegada de Hernán Cortés a territorios que hoy son mexicanos, y con sus acciones político-militares posteriores, no se da ni el descubrimiento de México ni su Conquista, sino el inicio de su invención. Es el invento sociopolítico de la Colonia, que lleva al virreinato novohispano, sin el cual, para bien o para mal, no habría México. Lo que sí es México existió después de haber sido creada la Nueva España, con ella y tras ella. Por tanto, Cortés, nos incomode o nos satisfaga, puso las primeras bases de lo que es el país mexicano.

México no pudo ser ni puede ser sin España, así como tampoco sin indígenas»

Con todos sus defectos de origen y los subsiguientes, México no pudo ser ni puede ser sin España, así como tampoco sin indígenas. México se trata de los dos, con todos sus conflictos, alianzas, choques, mezclas, traiciones, intentos, olvidos. Lo que este país deba ser hoy y mañana no debe serlo sin una mejor posición de los indígenas, pero, aunque algunos lo consideren, eso no se logrará falseando la Historia para pintarla en blanco y negro “indigenista”, puesto que se trata de problemas de larga raíz histórica, hay que entender la Historia tan realistamente como sea posible para poder solucionarlos.

2. Lo que aquí había antes de la llegada de unos cientos de españoles a una parte no era un solo territorio legalmente vinculado como hoy, no era un solo país, ni una sociedad ni un Estado o confederación. No era una sola nación indígena con una cultura y nada más. Esos españoles no solo no conquistaron México, sino que no conquistaron a “los indios”…

3. En eso que no era México y donde no todos los indígenas fueron “originalmente” o “típicamente” conquistados, hubo grupos e individuos de la pluralidad indígena que ayudaron a Cortés y sus hombres contra otros indígenas. Son los aliados de Cortés, contra los aztecas, que van de los totonacas a los tlaxcaltecas, pasando por los texcocanos y más. Se calcula confiablemente que en la guerra cortesiana contra los aztecas y la toma de su ciudad Tenochtitlán (esto es lo que realmente correspondería a la distorsionada idea común de “la Conquista de México contra todos los indios”) hubo alrededor de 150.000 soldados/guerreros indígenas. Aliados de los españoles contra no españoles. Por tanto, hubo indígenas que asesinaron a otros indígenas y cometieron abusos contra ellos y ellas…

4. ¿Por qué hubo asesinatos y abusos entre “los indios” y a favor de los españoles? Por venganza. Porque unos abusaron de otros antes de la aparición de Cortés y los suyos. Los aztecas fueron primero victimarios de otros indígenas y después víctimas de sus víctimas. Es muy relevante: además de que los indígenas no eran un solo grupo sino muchos, existían conflictos (también muchos) entre esos grupos. La guerra con fines políticos, tributarios y religiosos era una constante del periodo y, por lo mismo, lo era la construcción de coaliciones defensivas. La gran culpa: el imperialismo azteca.

Entonces: ni México ni monolito social indígena ni paraíso de paz prehispánica. Ninguna de esas tres cosas existía. Sí hubo la guerra entre indígenas y, luego, la guerra entre unos indígenas y unos españoles con otros indígenas. Destrucción y muerte dadas y recibidas en muchas direcciones, con y sin España.

Ahora bien, ciertamente no todo era malo (ni salvaje, bárbaro, inculto) en los aztecas, y los españoles no eran racialmente superiores (ni veo gran superioridad religiosa); y sin duda, en el periodo cortesiano hubo arrasamientos, excesos y vejaciones, pero no como lo cuenta la “historia oficial” mexicana, ideada por el régimen del PRI. No fueron actos contra todos «los indios” y no solo por parte de «los españoles”. Fueron de españoles e indígenas contra unos indígenas que ni eran una democracia ni eran ejemplares en su trato a los demás. No fueron actos contra nosotros los mexicanos de cualquier tiempo, sino contra indígenas cuyos descendientes contribuirían desigualmente pero junto a los españoles a formar un México desigual.

El pasado de los países latinoamericanos puede y debe ser revisado y criticado, pero no como lo quiere el político Andrés López Obrador. Su punto de partida es la llegada a ningún buen lugar. ¿Cómo estar mejor en el siglo XXI confundiéndose desde el XVI?


Episodio relacionado de nuestro podcast:

La desigualdad urbana en América Latina

Un recorrido por Bogotá lo puede llevar a uno a pasar de repente de barrios con casas y edificios de gran lujo, parques y restaurantes de primer nivel mundial a suburbios con calles sin pavimentar y construcciones precarias donde la gente vive al borde de la miseria. Una realidad no exclusiva de la capital colombiana, sino evidente para todo aquel que haya explorado un poco casi cualquiera de las grandes urbes de Latinoamérica. De hecho, en pocos lugares del mundo se pueden ver los contrastes tan extremos que se encuentran en las principales ciudades de nuestra región. Pero, recorridos al margen, ¿qué dicen los datos sobre estas diferencias dentro de las ciudades latinoamericanas?

Desde hace décadas que medimos la desigualdad a escala nacional. Esos datos, como ya hemos discutido varias veces en este blog, reflejan cómo los países latinoamericanos se encuentran entre los más desiguales del mundo. Es evidente que esa desigualdad tiene hoy un fuerte componente urbano, y por ello recientemente hemos empezado a medir la desigualdad dentro de las ciudades. Analizando los datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), se puede ver cómo muchas de las principales urbes latinoamericanas presentan niveles de desigualdad de ingresos muy elevados y, en la mayoría de los casos, superiores al nivel nacional. Por ejemplo, mientras Colombia presenta un coeficiente de Gini (que mide la desigualdad de 0 a 1) de 0.53, lo que hace del país uno de los más desiguales del planeta, Bogotá presenta hoy un coeficiente de Gini superior al 0.6. De forma similar, mientras en Argentina la desigualdad ronda el 0.43, en Buenos Aires asciende a más de 0.5. (Para más datos y un mayor análisis, véase el artículo publicado recientemente en la revista científica Journal of Regional and Urban Economics).

Los datos analizados también reflejan que entre mayor sea la urbe, la desigualdad experimentada por sus habitantes suele ser mayor. Ciudades como São Paulo, Río de Janeiro y Ciudad de México acogen hoy cada una a más de 20 millones de habitantes y son de lejos las mayores aglomeraciones urbanas de América Latina. Las tres presentan los índices de Gini para la distribución del ingreso más altos: alrededor de 0.6. Por el contrario, Montevideo, con una población de menos de dos millones de habitantes, presenta un coeficiente de Gini de 0.45, mucho menor que el de la mayoría de las grandes urbes de Latinoamérica.

Una elevada desigualdad intraurbana se traduce en grandes carencias para muchos de los residentes de nuestras principales ciudades»

Una elevada desigualdad intraurbana se traduce en grandes carencias para muchos de los residentes de nuestras principales ciudades. Por ejemplo, en Colombia hasta un 15% de los residentes de las zonas urbanas no tiene acceso a servicios básicos de alcantarillado. En varios países centroamericanos la cifra sube hasta el 20% y en Bolivia casi alcanza el 40%.

Dado que las grandes urbes actúan como polos de atracción y, por tanto, siguen creciendo de forma acelerada, cabe esperar que sus niveles de desigualdad sigan aumentando. Eso, a menos que se ejecuten acciones determinadas para evitarlo. La desigualdad ha sido tradicionalmente una de las principales lacras y madre de muchos otros males de nuestra región. Hoy, el desafío de la desigualdad tiene principalmente una dimensión urbana que amenaza la viabilidad socioeconómica y política de nuestras ciudades y, por ende, de nuestras sociedades.

Los efectos sistémicos de la corrupción

Los seres humanos sobrestimamos lo malo y subestimamos lo bueno; cualquiera puede intuirlo, yo lo aprendí de mi economista de la conducta favorito, Daniel Kahneman.

Una cara enojada, o un rabioso exaltado, se destacan mucho más en medio de una multitud feliz o tranquila que un rostro feliz o calmo en medio de una multitud alterada o enfurecida. Un político, un funcionario o un juez competentes pasarán desapercibidos en medio de una multitud de inútiles (reales o sospechosos), pero cualquier incapaz llamará la atención sobre todos y los contaminará. Diremos: son “todos incompetentes” y, si estamos delante de un político competente, nos dispondremos, en el mejor de los casos, a considerarlo la mosca blanca. Nos creemos, además, muy astutos por proceder de esta manera, que es universal.

Esto sucede no solamente con conductas, o con imágenes, sino también con palabras, especialmente aquellas que están cargadas de emociones. Las palabras atemorizantes atraen la atención y movilizan las emociones más rápidamente que las que suscitan sentimientos placenteros.

Palabras truculentas nos capturan más eficazmente. Crimen o guerra prevalecen sobre paz o amor. La palabra en sí misma nos amenaza. Esto mismo sucede con el término corrupción. Sentimos la amenaza y sobrestimamos lo malo: todos los políticos, todos los empresarios, todos aquellos que mantienen una posición de poder de cualquier naturaleza son corruptos. Es más, han logrado esa posición por serlo, o porque sus padres, o abuelos, lo fueron. Esta tesitura social predominante es, a la vez, muy racional y muy nociva.

A los humanos nos mueve mucho más evitar pérdidas que conseguir ganancias»

Es muy racional porque nos protege. A los humanos nos mueve mucho más evitar pérdidas que conseguir ganancias, como ha estudiado la economía de la conducta. La decepción es una pérdida. Sicológica, emocionalmente hablando, es una pérdida seria. Si confiamos en quien nos jura ser honesto o nos promete una línea de conducta honesta, podremos sufrir una decepción. En ese caso, nos sentiremos dolidos y humillados.

Nos avergonzaremos de nosotros mismos por haber sido tan estúpidos. Ni siquiera el “pagar para ver” del póker es aconsejable. Si no confiamos, nos protegeremos de todos esos peligros. Y cuando la confianza de los ingenuos sea defraudada, podremos sentirnos justificadamente perspicaces.

Entonces, este modo de proceder es indiscutiblemente racional. Sin embargo, es colectivamente nocivo porque, sin la confianza social ni la cooperación colectiva consiguiente, los comportamientos honestos en el plano público no podrán prosperar. Estamos en el círculo vicioso del apuntalamiento del statu quo, somos conservadores en el mal sentido de la palabra: la sobrestimación de lo malo, que nos empuja a desconfiar, ha llegado a inhibirnos, a desalentarnos: no actuamos, no nos ponemos en movimiento y, si lo hacemos, es por el impulso que nos da la ira, la indignación y, a veces, por cosas peores como el resentimiento.

Bien pensado, cuando condenamos indiscriminadamente a todos los que “están ahí”, caemos en algo parecido a la justificación de la tolerancia ante la corrupción. “Bueno, sí, fulanita roba, pero ¿acaso no lo hacen todas?”. Si “todos lo hacen”, la variable de selección pasa de ser la exigencia de buen gobierno a la generosidad del gobernante de turno para soltar algo del dinero del que arbitrariamente disponen (esto, en beneficio particular de todos los que lo necesitan y, virtualmente, todos, hasta los más ricos siempre necesitan).

Se apagan, así, los signos que nos permitirían ir más allá del (indispensable) plano ético para avanzar en la comprensión social de las conexiones conceptuales y empíricas entre corrupción y mal gobierno, estancamiento económico, y desigualdad.

Esto refuerza el conservadurismo porque si creemos que todos son corruptos, creeremos forzosamente que nada puede hacerse contra ello, salvo depositar las cosas en manos de un nuevo salvador, de derecha, centro o izquierda, que nos prometa todo. Ello, con las conocidas consecuencias.

La inmensa mayoría de los ciudadanos vemos, por ahora, a la corrupción como un simple juego de suma cero: porque los recursos ilegalmente obtenidos podrían destinarse a cosas mucho mejores. Pero los efectos sistémicos de la corrupción no se perciben. Considerando todo esto, no es raro que resulten creíbles para los ciudadanos ciertas iniciativas supuestamente pergeñadas por algunos miembros de peso de lo que se ha puesto de moda en llamar el “círculo rojo”. Dichas iniciativas han sido acopladas a una delirante amnistía a políticos y a empresarios imputados de corrupción.

Es difícil creer que esta especie, aunque resulte verosímil para muchos, tenga alguna veracidad. Nos deja, no obstante, una pregunta en pie: ¿podrá ser el combate a la corrupción el objeto de un tratamiento cooperativo en los próximos doce meses, que comprenderán la campaña electoral, los comicios y los primeros cien días del próximo gobierno?

A mí nunca me convenció la superficialidad del término “grieta”, nunca creí que pudiera expresar la complejidad de las tensiones político-culturales argentinas. No obstante, si pudiésemos tomarlo en serio por un momento, ¿qué significaría “cerrar la grieta” en el combate contra la corrupción? Equivaldría a dejar actuar a la Justicia y acompañarla de un control ciudadano activo, muy activo, y a mantener un impulso mesurado para evitar cazas de brujas, cruzadas justicieras y culpabilizaciones indiscriminadas a diestra y siniestra, lo que implica evitar caer en la tentación fácil de las filiaciones tanto familiares como políticas.

Si pudiéramos tomarlo, así, en serio, sería una oportunidad excelente para que los políticos responsables se aproximaran entre sí y obtuvieran de la ciudadanía un capital de confianza que los beneficiara colectivamente, y no a unos en contra de los otros.

De Venezuela a México

Si Venezuela fuera un país democrático normal (posee los acostumbrados rasgos latinoamericanos de instituciones quebradizas, redes de poder opacas y pobreza difundida), se podrían aguardar las próximas elecciones esperando que Maduro termine por disolverse en las brumas de donde salió. Pero Venezuela no es un país normal, y si Maduro termina por consolidar con más firmeza sus vínculos con el Ejército y una burocracia fuertemente ideologizada, el riesgo es que dentro de sesenta años (como ocurrió con Cuba desde 1959) sus descendientes sigan en el poder ensalzando como logro antimperialista una mezcla de pobreza (más o menos) equitativamente distribuida, partido único y bocas rigurosamente selladas.

De ahí viene el apremio de que el régimen inaugurado por Chávez sea desmontado antes de que se petrifique sellando toda posibilidad de reconstruir una normalidad democrática que, esta vez, demuestre una mayor atención social respecto a los cuarenta años anteriores a la llegada de Chávez al poder. En el presente se juegan muchas décadas por venir.    

El exguerrillero Teodoro Petkoff describió al régimen chavista como la confluencia de militarismo nacionalista con distintas corrientes marxistas-leninistas en un gobierno esencialmente personalista bajo la efigie glorificada de Simón Bolívar. Un gobierno, añadamos, en el cual, a pesar del nacionalismo, el marxismo-leninismo y los mitos patrióticos, las decisiones recaían en una sola persona capaz de anular alrededor de sí todos los otros poderes del Estado. Tierra (institucionalmente) quemada alrededor del Palacio de Miraflores. Un retroceso secular que alguien tuvo la graciosa ocurrencia de denominar socialismo del siglo XXI.

Un país quebrado entre proclamas revolucionarias y alegres fanfarrias patrióticas. Ni el PRI mexicano llegó a tanto, y eso es mucho decir»    

Ya van dos décadas en las cuales las famosas misiones a favor de los pobres, las empresas de producción social, hasta llegar a las comunas, han sido una ininterrumpida huida hacia adelante sin dinamismo endógeno y normalmente impulsadas en vista de las siguientes elecciones para captar votos. Una opereta autoritaria que desde 2014 ha quemado algo así como la mitad del producto interno bruto, con el resultado de la reaparición del hambre masiva, una delincuencia pavorosa y hospitales que ven morir a pacientes por enfermedades curables. Más allá de la infinita creatividad lexical de los gobernantes venezolanos, ni socialismo, ni siglo XXI ni pudor o el más mínimo sentido de responsabilidad social. Un país quebrado entre proclamas revolucionarias y alegres fanfarrias patrióticas. Ni el PRI mexicano llegó a tanto, y eso es mucho decir.    

Ahora vayamos a un librito de 60 años atrás escrito por un intelectual venezolano que en su vida fue diplomático, novelista y profesor universitario: Mariano Picón Salas (1901-1965). El librito en cuestión se titula Regreso de tres mundos y, a pesar del tiempo transcurrido, mantiene una frescura que permite echar algunas luces inéditas sobre la frenética Historia venezolana (y no solo).   

Picón Salas describe a Bolívar como un Quijote “febril e insomne que sale a campo raso a combatir con toda la Edad Media española y con la mágica protohistoria de los deshechos imperios indígenas que subsistía en el inmenso territorio indoamericano”. Ganó y, sin embargo, de alguna manera perdió una guerra desigual en la que el pasado estaba fuertemente enraizado en el presente que pretendía superarlo.

Y, casi simbólicamente, puede decirse que en Ayacucho, cuando quedaron derrotados los españoles, muchos de los héroes que participaron en la batalla tornan a sus patrias –del norte y del sur- a establecer, contra el sueño de Bolívar, su hegemonía caudillista. Hay gauchos que regresan a la Argentina y acompañarán pocos años después a don Juan Manuel de Rosas imponiendo a lanzazos su Restauración. Hay llaneros que conspirarán contra la república venezolana de Páez, y hay cholos de tanto genio como Santa Cruz, que aspira a convertirse en sus frígidos altiplanos en un nuevo Manco Cápac.

Los “furiosos profetas” de los que habla Picón Salas son condotieros de una modernidad nacida enferma por la debilidad de sus instituciones y la profundidad de sus fracturas sociales. Una historia que no termina: el condotiero, en su reluciente armadura, reaparece periódicamente como una pesadilla: sustituir una democracia endeble con un decisionismo supuestamente eficaz e infaliblemente autoritario. Una promesa que desde el siglo XIX asume, y esta es su otra desgracia, rasgos positivistas. Todo se juega en un terreno de racionalidad abstracta en la que la ideología se disfraza detrás de números y esquemas que encarnan profecías radiantes. Volvamos a Picón Salas: “Conocí en estos años juveniles [los del autor] gentes que se prepararon tanto para el día de triunfo o de apocalipsis, que anticiparon todos los esquemas, todos los cálculos, todos los planes, a fin de que la nueva sociedad saliera de sus manos como un vestido bien hecho”. Y volviendo a los clásicos, es Atenas la que nace perfecta, adulta y armada de la cabeza de su padre Júpiter.

Pasan las generaciones y, como un destino malévolo, la historia se repite. Alguien siempre termina por creer que las sociedades son maquinarias cuyas piezas pueden reorganizarse sin reconocer los vínculos del tiempo histórico, del contexto mundial o de las culturas preexistentes. Como si cada sociedad existiera en el vacío cósmico. Esto ha sido el chavismo: un veleidoso e incompetente voluntarismo alimentado, para mayor desgracia, por millones de barriles de petróleo. Una forma de anular el mundo en nombre de un ego tan primario como desmedido; firme creencia de que el mundo se mueve según los buenos deseos de quien lo gobierna, donde convergen el bienestar social ofrecido y la eternización en el poder del caudillo. Rey sabio, padre de la patria, guía moral y comandante en jefe convertidos en un revoltijo en el que la pulsión de eternidad del líder es la única racionalidad posible.    

Picón Salas nos ayuda a entender que el chavismo no es una enfermedad imprevista de la Historia venezolana (y latinoamericana), sino una recurrencia a través de la cual países enteros retroceden al siglo XIX en nombre del futuro, y uno se pregunta cuándo terminará esta desgracia por la que el deseo de progreso trae demasiado a menudo su contrario.

¿Tiene todo esto algo que ver con la actualidad mexicana? La respuesta obvia es no. Nada que ver, salvo por una advertencia y una singular analogía. La advertencia es que no se construyen economías viables (por su eficacia y el bienestar que puedan producir) al margen del mundo. Romper los nexos con el mundo (una tentación comprensible sobre todo cuando en él prevalecen personajes como Trump, Putin o Xi Jinping) en nombre del combate al neoliberalismo puede ser atractivo, pero es un falso camino que no conduce a ninguna parte. Por cierto, los problemas (económicos y sociales) de México comenzaron mucho antes del neoliberalismo, lo que el actual presidente de México tiene la tendencia a olvidar. Lo que implica el riesgo de que lance sus flechas en la dirección equivocada. ¿Qué tiene que ver un añejo presidencialismo absoluto, un sistema corporativo de líderes sociales ligados al Estado y la inconsistencia institucional, que también viene de lejos, con el neoliberalismo?

La analogía es que Chávez hacía todos los domingos su transmisión Aló, Presidente en cadena nacional y hablaba a rueda libre del imperialismo, de sus hijos y de lo que se le ocurriera. El presidente de México reúne a los periodistas de su país todas las mañanas a las siete en sus conferencias matutinas. Si bien tiene otro estilo, es una misma pulsión protagónica que no le hace ningún favor al país. Sería mejor que el presidente quedara fuera del debate cotidiano, a menos que acepte su desgaste inevitable y a menos que quiera correr el riesgo de improvisar o hacer creer a los ciudadanos que solo él, sin secretarios de Estado, sin asesores, sin funcionarios calificados, dirige el país. Un mensaje que puede reconfortar su ego, pero que va en la dirección contraria a la de la construcción de instituciones cada vez más ricas de competencias interdependientes y centros decisorios autónomos, recíprocamente controlados. México está frente al reto formidable de construir instituciones creíbles y eficaces y, para ello, un presidente de declaración mañanera no está claro para qué sirva.

¿Y la igualdad de género en América Latina?

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Latinoamérica se enfrenta a un tiempo trascendental en varios frentes. Por un lado, las elecciones nacionales del año pasado en seis países —incluyendo tres de los más grandes, Brasil, Colombia y México— están reformando gradualmente el escenario político de la región. De manera paralela, la agenda económica es el foco de los esfuerzos de los países para afrontar desequilibrios, implementar reformas y robustecer el crecimiento. Latinoamérica se enfrenta a un tiempo trascendental en varios frentes. Como telón de fondo de todo esto, importantes movimientos feministas se han venido gestando, aproximadamente desde hace dos años, luego de marcadas discusiones sobre violencia machista e igualdad de género que han tenido serias implicaciones críticas tanto en el ámbito político como en el económico.

En las últimas décadas, la mayoría de los países de América Latina han dado pasos importantes y en la dirección correcta hacia la reducción de las desigualdades de género. Muchas mujeres se han afianzado en el mercado laboral y han tenido un mayor acceso a la sanidad. De acuerdo con cifras de la ONU, hoy en día las mujeres superan a los hombres en años de escolaridad, en tasas de esperanza de vida, y su participación política ha venido en aumento.

América Latina necesita al menos ochenta años para cerrar la brecha de género actual, que es del 30%»

Sin embargo, y a pesar de todos estos avances, en la región sigue existiendo una amplia brecha entre los géneros en varios frentes. De acuerdo con el Informe global sobre brecha de género, publicado por el Foro Económico Mundial, América Latina necesita al menos ochenta años para cerrar la brecha de género actual, que es del 30%. La región se encuentra solo por detrás de Europa del Este, Asia Central y América del Norte (representada por Canadá y Estados Unidos), pero aún está lejos de la brecha del 25% de Europa occidental.

Estas cifras son un claro recordatorio de que las mujeres de la región representan el 50% de la población, pero solamente el 41% de la fuerza laboral, y ganan, en promedio, 16% menos que los hombres. Aunado a esto, la segregación ocupacional sigue siendo muy alta y los mejores logros en su educación no han conllevado óptimas remuneraciones salariales. De hecho, la disparidad salarial en empleos cualificados alcanza en promedio el 26%, lo cual frena el empoderamiento económico de las mujeres.

En cuanto a la representación política, la brecha se mantiene amplia. De acuerdo con datos de la Unión Interparlamentaria, del total de asientos parlamentarios en América Latina, tan solo el 29% lo ocupan mujeres, con tasas considerablemente bajas en países como Belice, Haití y Paraguay (entre el 3% y el 10%) y tasas muy altas en países como Bolivia, Costa Rica y México (entre el 45% y el 53%). Por otra parte, las elecciones del año pasado no han traído consigo jefas de Estado, lo que contrasta con el año 2014 cuando la región contaba con el mayor número de jefas de Estado en países como Argentina, Brasil, Chile y Costa Rica. A mi parecer, las probabilidades de que esto vuelva a suceder en un futuro cercano son pocas.

Es indiscutible que una mayor igualdad de género y una mayor participación de las mujeres en la vida política tienen un impacto amplio en el desarrollo, así como también más repercusiones económicas, pues ellas promueven más la estabilidad económica y conducen a un mayor número de resultados democráticos. Una representación femenina más amplia en las cámaras bajas y altas de los Parlamentos nacionales también está vinculada a un mayor progreso en la reforma de la legislación discriminatoria y en una mayor inversión en servicios sociales y del bienestar.

De acuerdo con el estudio Potencial no realizado: el alto coste de la desigualdad de género en los ingresos, del Banco Mundial, la desigualdad de género conlleva un coste global de unos 160 billones de dólares, de los cuales 6.7 billones de dólares son atribuibles a la brecha de género en los ingresos en Latinoamérica.

Una dimensión de la igualdad de género (la legal) resultará entonces de una mayor participación de las mujeres en la fuerza laboral, una menor brecha salarial y un mayor número de mujeres en los Parlamentos. Con esto no quiero decir que se resuelvan inmediatamente todos los demás problemas que tienen su origen en la desigualdad de género (violencia, discriminación, derechos fundamentales… solo por mencionar algunos), pero las leyes y las políticas sí que pueden impulsar una mayor inclusión de las mujeres.

Un ejemplo de ello han sido las políticas de acción afirmativa (como las cuotas), las cuales, más allá de eliminar la discriminación legal, ayudan a nivelar el sueldo entre hombres y mujeres. De hecho, la participación política de las mujeres latinoamericanas fue impulsada en gran medida por las cuotas de género y las leyes de paridad electoral, de las que Argentina fue pionera en 1991. No obstante, es importante recalcar que, aunque estas leyes han contribuido a crear más espacios para las mujeres, estas a menudo son insuficientes.

Es innegable que las oportunidades para las mujeres han mejorado en la región y se están dando los pasos en la dirección correcta, aunque muy lentamente. Sin embargo, hace falta más. Con tan contundente evidencia de que el empoderamiento femenino es clave para cerrar las brechas entre ambos géneros (esto es clave para el crecimiento económico en general), simplemente nos queda esperar que, con tanto en juego para América Latina en temas políticos y económicos, sea el impulso en la paridad de género un tema esencial en la agenda.

Foto de Carlos Velayos on Trendhype / CC BY-NC-ND