Una región, todas las voces

Marco Rubio enfrenta la influencia china en Centroamérica con restricciones de visas

Mientras Trump militariza la lucha antinarcóticos en el Caribe, amenaza a Maduro en Venezuela y negocia con Putin en Alaska y Netanyahu en Israel, el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, también combate la participación de China en Centroamérica, utilizando las visas como arma.

El 4 de septiembre, Rubio tuiteó: “Estados Unidos se compromete a contrarrestar la influencia corrupta de China en Centroamérica. Hoy, el @StateDept anuncia una nueva política de restricción de visas que restringirá las visas estadounidenses para los ciudadanos centroamericanos y sus familiares directos que actúen intencionalmente en nombre del Partido Comunista Chino y amenacen la estabilidad de nuestra región”.

El anuncio señala un mayor esfuerzo de Washington para frenar la influencia de Pekín en Latinoamérica, algo que Rubio ha buscado desde sus años como senador estadounidense. Mientras la administración Trump diseña su política exterior orientada a Latinoamérica, estas restricciones de visas revelan una nueva estrategia de oposición a China en la región, que se centra en individuos y utiliza el palo en lugar de la zanahoria.

Centroamérica y China

Centroamérica está en el centro de los esfuerzos de Estados Unidos para contrarrestar la creciente actividad política y económica de China en Latinoamérica. La región alberga a Guatemala y Belice, dos de los doce países que aún mantienen relaciones diplomáticas con Taiwán y, por lo tanto, renuncian a las relaciones con China, que se niega a mantener relaciones con cualquier país que reconozca diplomáticamente a Taiwán.

El resto de los países centroamericanos (Panamá, Costa Rica, Nicaragua, El Salvador y Honduras) rompieron relaciones con Taiwán desde 2007 para establecer relaciones con China. A cambio, Pekín les ha otorgado proyectos de infraestructura, ayuda para el desarrollo y acuerdos comerciales.

En El Salvador, cabe destacar que China ha construido una biblioteca nacional de vanguardia de siete pisos en la capital, con ventanales de piso a techo y una bandera china izada en el frente. En las afueras de la ciudad, el gobierno chino está financiando la construcción de un nuevo estadio nacional de 100 millones de dólares con capacidad para aproximadamente 50.000 aficionados, cuya finalización está prevista para 2027. A una hora al sur de la costa, empresas chinas construyen un muelle turístico en Surf City: un destino vacacional que el líder populista salvadoreño Nayib Bukele promueve para renovar la imagen de su país tras años plagados de violencia pandillera. Si bien se ha consolidado como un aliado de la nueva administración Trump al acoger a migrantes deportados en su nueva megaprisión, Bukele también ha ayudado a China a aumentar su influencia en Centroamérica.

Respuesta de Rubio

Como senador, Rubio condenó la creciente presencia de China en América Latina en sus testimonios ante el Congreso y presentó una legislación para reducir la influencia financiera de China en la región. En redes sociales, denunció a El Salvador por establecer relaciones con China en 2018, amenazó a Guatemala con recortar la ayuda si hacía lo mismo y elogió a Paraguay por ser el único país sudamericano que mantiene relaciones con Taiwán. En enero, alertó sobre la decisión de los países latinoamericanos de abandonar Taiwán por China durante su audiencia de confirmación, y se comprometió en un artículo de opinión a ayudar a los países latinoamericanos a «resistir más fácilmente a países como China, que prometen mucho pero cumplen poco». Al mes siguiente, completó su primer viaje al extranjero como Secretario de Estado a Centroamérica, donde agradeció al presidente de Guatemala por su apoyo a Taiwán y advirtió a Panamá, El Salvador y Costa Rica que no se acercaran a China.

Las tácticas de Rubio trascienden las advertencias, como lo demuestran estas nuevas restricciones de visas. Revocar visas a extranjeros no es un fenómeno nuevo. Los funcionarios estadounidenses han ejercido durante mucho tiempo los privilegios de visa en esfuerzos anticorrupción para disuadir a líderes extranjeros de aceptar sobornos, malversar fondos públicos o socavar de cualquier otra manera el Estado de derecho. Desde 2021, el Departamento de Estado de EE. UU. ha mantenido y ampliado la «Lista Engel», una lista de figuras centroamericanas presuntamente corruptas a las que se les ha prohibido la entrada a Estados Unidos. Sin embargo, en los últimos años, a medida que Washington ha intentado competir proactivamente con China en Latinoamérica, las restricciones de visas se han convertido en un método para disuadir a los centroamericanos de desarrollar vínculos políticos, financieros o personales con China.

En marzo de 2023, un miembro panameño de la junta directiva del Canal de Panamá fue detenido en un aeropuerto estadounidense, interrogado durante tres horas y luego se le negó la entrada debido a sus negocios con China. En abril de este año, funcionarios estadounidenses informaron al expresidente costarricense y premio Nobel Oscar Arias Sánchez —quien estableció las relaciones de Costa Rica con China en 2007— que su visa fue revocada debido a sus vínculos personales con China. El reciente anuncio de Rubio indica que podrían producirse más cancelaciones de este tipo, y probablemente disuadirá a los centroamericanos que no desean correr la misma suerte.

China: Manteniendo el compromiso y condenando a Rubio

Estas restricciones llegan en un momento crucial en las relaciones de China con Centroamérica. El año pasado, China prohibió la importación de café y macadamia guatemaltecos, aparentemente debido a la continuidad de las relaciones del país con Taiwán. Unos meses después, en Belice, un líder parlamentario indicó que podría romper relaciones con Taiwán y establecerlas con China si es elegido primer ministro. En Honduras, donde unas elecciones cruciales en noviembre determinarán las futuras relaciones del país con China, Pekín ha estrechado lazos con los gobernantes, recibiendo a una delegación del partido gobernante y a más de 20 alcaldes hondureños en visitas gratuitas a China. Las restricciones de visas de Rubio parecen ser un claro esfuerzo por frenar estas tendencias.

Por su parte, Pekín no ha quedado satisfecho. En respuesta a las nuevas restricciones de visados, un portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino declaró: “China expresa su firme insatisfacción y firme oposición a los ataques y difamaciones infundados de Estados Unidos, su flagrante diplomacia coercitiva y su injerencia en las relaciones entre China y Centroamérica. Estados Unidos, con su estrategia de visado, no intimidará a quienes tienen una visión clara ni detendrá la tendencia histórica de desarrollo de las relaciones entre China y Centroamérica”. Rubio, por su parte, tiene prohibido entrar en China desde 2020 por criticar las prácticas del gobierno chino en materia de derechos humanos.

En una llamada con el ministro de Asuntos Exteriores de China, Wang Yi, el 10 de septiembre, Rubio se mostró dispuesto a comunicarse abierta y constructivamente con Pekín sobre asuntos bilaterales entre ambos países. Sin embargo, en Latinoamérica, se muestra firme para contrarrestar a Pekín, indicando a los centroamericanos que pueden interactuar con China, pero que eso podría impedirles realizar viajes de turismo, visitar a familiares o realizar negocios en territorio estadounidense.

Las venas abiertas de Colombia

Colombia volvió hace poco a mirarse en el espejo de su propia historia. No en el de los héroes ni en el de las gestas, sino en aquel que devuelve la imagen incómoda de la guerra, la violencia y el dolor acumulado durante más de medio siglo de conflicto armado. La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), piedra angular del acuerdo firmado en 2016 entre el Estado y la guerrilla de las FARC, dictó en apenas dos días dos sentencias que ya marcan un hito. El martes 16 de setiembre, contra la antigua cúpula de las FARC por el secuestro masivo y sistemático; y el jueves 18, contra oficiales del Ejército responsables de ejecuciones extrajudiciales, los tristemente célebres “falsos positivos”.

El fallo contra la cúpula de las FARC

En un mismo movimiento se reconoció la responsabilidad penal de los máximos comandantes insurgentes y de altos mandos militares. El mensaje es claro: en Colombia no hubo un solo victimario, sino múltiples dinámicas de violencia en las que tanto actores estatales como no estatales perpetraron atrocidades. La justicia de la paz quiso subrayar desde su inicio la imparcialidad y el equilibrio: aquí no se juzga a un solo bando, sino a todos los que hicieron del país un campo de sangre.

Las críticas, sin embargo, no se hicieron esperar. Muchos se preguntan cómo es posible que crímenes de guerra y de lesa humanidad no deriven en largas condenas de cárcel. Para quienes miran la justicia desde un prisma retributivo, las sanciones propias de hasta ocho años –en régimen restaurativo y no tras las rejas– resultan insuficientes, casi una afrenta frente al sufrimiento de las víctimas. Pero la lógica de la justicia transicional es otra: ¿de qué sirve encerrar a los victimarios si con ello no se recupera la verdad ni se logra localizar los cuerpos de los desaparecidos?

La JEP privilegia la verdad completa y el reconocimiento público de la responsabilidad como condiciones para aplicar penas alternativas. El énfasis está puesto en que los responsables reconozcan, en audiencias públicas y frente a las víctimas, la atrocidad de sus crímenes. Ese gesto, aunque insuficiente para cerrar heridas, puede convertirse en una semilla de reconciliación en un país donde la justicia ordinaria jamás logró tocar a los máximos responsables de dichos crímenes.

El fallo contra ocho exintegrantes del secretariado de las FARC es demoledor. Más de seiscientas páginas documentan la práctica sistemática de secuestros masivos como método de financiación y control territorial. Se acreditaron más de cuatro mil víctimas directas, hombres y mujeres privados de la libertad por años. Los excomandantes aceptaron su responsabilidad y pidieron perdón en actos públicos. Eso no se ha visto antes. Algunas comunidades de víctimas ya han recibido esas disculpas en ceremonias colectivas desde el acuerdo de paz 2016. Sin embargo, muchas voces cuestionaron que la sentencia no detallara con suficiente precisión cómo y cuándo los sancionados cumplirán sus trabajos restaurativos, ni qué proyectos concretos se implementarán. Las víctimas esperaban claridad sobre cómo se transformará el dolor en reparación efectiva.

Los “falsos positivos”: un crimen de Estado

El otro fallo se centra en la práctica macabra de los “falsos positivos”. Entre 2002 y 2005, en la región Caribe, al menos 135 jóvenes campesinos, afrodescendientes, indígenas fueron engañados con falsas promesas de empleo, asesinados y presentados como guerrilleros abatidos en combate. A cambio, los militares recibían recompensas y cumplían con la presión de mostrar resultados.

El tribunal concluyó que no se trató de hechos aislados, sino de un plan criminal con lógica institucional, en connivencia con estructuras paramilitares. La sentencia mostró el patrón de una práctica sistemática que, según la Fiscalía, dejó al menos 6.402 víctimas en todo el país. El Batallón La Popa en Valledupar se convirtió en un engranaje de una maquinaria de muerte que golpeó a las comunidades más pobres y olvidadas. El fallo reconoce, además, que bajo esa práctica fueron asesinadas personas en condición de discapacidad y menores de edad. La verdad revelada por la JEP no solo restituye la dignidad de las víctimas, sino que desmonta el mito de que fueron “errores” aislados. Fue un crimen de Estado, planificado y ejecutado.

Más allá del contenido jurídico, hay un debate político de fondo. Resulta perturbador para muchos colombianos que los antiguos jefes guerrilleros, hoy convertidos en dirigentes de un partido político legal, puedan aspirar a cargos de elección popular pese a estar condenados por crímenes atroces. El próximo año, de hecho, Colombia vivirá elecciones en las que algunos de estos excomandantes podrían participar. ¿Es legítimo? La pregunta divide. Para algunos es inaceptable; para otros, es precisamente el costo de la paz.

La justicia transicional apostó por la reintegración política como un medio para transformar las armas en palabras. Lo que a primera vista parece indignante, cobra sentido si se observa desde la perspectiva de un objetivo mayor: Poner fin a la guerra y a la impunidad, y abrir caminos de reconciliación: ese es el horizonte que se dibuja. Aunque una parte de los críticos insiste en hablar de “impunidad”, el presidente de la JEP no rehuyó el debate y recordó que la verdadera impunidad sería no investigar estos crímenes. Y tiene toda la razón. Lo que este tribunal ha hecho no tiene precedentes en la historia de Colombia: escuchar a las víctimas, hacer que los máximos responsables reconozcan sus atrocidades y dictar una sentencia que, lejos de encubrir, expone con crudeza lo ocurrido. Ese fallo histórico no es sinónimo de impunidad; es, por el contrario, su antítesis.

La JEP no nació en el vacío. Su diseño se inspiró en experiencias internacionales como los tribunales de Ruanda y la ex-Yugoslavia, pero con innovaciones propias: participación activa de las víctimas, enfoque étnico y sanciones restaurativas. Que magistradas y magistrados indígenas y afro-descendientes forman parte de la institución no es un detalle menor; es un reconocimiento a que el conflicto golpeó con especial crudeza a pueblos históricamente marginados. Nunca antes un tribunal había logrado que antiguos comandantes guerrilleros reconocieran públicamente su responsabilidad ante miles de víctimas ni que altos mandos militares aceptaran su papel en crímenes sistemáticos. Internacionalmente, estas sentencias son vistas como un referente para futuros procesos de justicia transicional en el mundo, que nos están esperando.

¿Cómo se va a reparar?

La mayor crítica no se centra únicamente en la “suavidad” de las sanciones, sino en la vaguedad sobre cómo se implementarán los proyectos restaurativos. Las víctimas reclaman planes concretos, financiamiento y garantías de cumplimiento. La sociedad colombiana, aún marcada por la desconfianza, necesita certezas de que los responsables no solo pedirán perdón, sino que repararán de forma tangible. El desafío es monumental: transformar el castigo en reconstrucción social, convertir la verdad en reconciliación y hacer de la memoria un cimiento para que la violencia no se repita.

Las primeras dos sentencias de la JEP no cierran la herida, pero abren una nueva página. En un país con venas abiertas desde hace más de cincuenta años, quizá la sociedad aún no esté lista para perdonar. Pero es innegable que se trata de un paso histórico. No es solo el cierre de un capítulo judicial, sino el inicio de otro en la memoria y la paz de la nación. El reto ahora es que la justicia transicional no se quede en el papel, sino que logre permear la vida cotidiana de las comunidades golpeadas por la guerra.

Colombia sigue siendo un país atravesado por la desconfianza, la pobreza y la violencia. Pero con estas sentencias, al menos, se ha comenzado a escribir –dolorosamente, lentamente– una narrativa distinta: la de un país que se atreve a enfrentar su pasado para buscar un futuro en paz. Al final, probablemente haya que aceptarlo como lo expresó el magistrado del caso de secuestros, Camilo Suárez Aldana: “esta sentencia no borra el sufrimiento, pero es un acto de reconocimiento. Es la voz que le dice a la sociedad colombiana y al mundo que lo ocurrido fue injustificable e inhumano. No es solo el cierre de un capítulo judicial, sino que abre una nueva página para la memoria, la justicia y la paz de nuestra nación”.

Las madres sostienen, los padres desaparecen: la impunidad de los deudores alimentarios

Clara lleva tres años separada de José. Tienen dos hijos pequeños. Al principio, él cumplía con la pensión, aunque de forma irregular y después de muchos recordatorios. Con el tiempo, los pagos se fueron espaciando hasta desaparecer. José dice que sus ingresos son inestables, que está “haciendo lo que puede”. Mientras tanto, Clara cubre sola la escuela, la comida, la ropa, las medicinas. Porque, aunque la pensión se llama “alimentaria”, la idea es que alcance para todo lo demás que un niño en crecimiento pueda requerir. Él aparece cada tanto con promesas vagas y uno que otro regalo de Navidad. Ella, en cambio, nunca puede desaparecer. Y mientras tanto, los niños comen, crecen, se enferman, necesitan…

Esta escena no es una excepción. Es un patrón que se repite en miles de hogares latinoamericanos. Lo que empieza como un desacuerdo conyugal termina siendo un abandono estructural de las responsabilidades paternas. Y el costo lo pagan las mujeres… y sobre todo los niños.

Cifras de la vergüenza

En los últimos años, la figura del deudor alimentario ha empezado a tomar más visibilidad en la región. Países como Paraguay, México, Chile y Colombia han creado registros públicos de personas que deben cuotas de manutención por tres meses consecutivos o más. 

En Paraguay hay más de 10.000 personas inscritas en el Registro de Deudores Alimentarios Morosos (REDAM). En Chile, solo en la Región Metropolitana, más de 82.000 padres aparecen como deudores. En México, en el estado de Guanajuato, se abren cerca de 9 denuncias al día por incumplimiento de asistencia familiar, liderando los casos nacionales en la materia. En Argentina el 68% de los progenitores varones no convivientes incumple su responsabilidad parental. Son cifras que deberían alarmar más de lo alarman ahora. 

Debajo de esos datos hay una red compleja de causas que permiten e incluso normalizan este incumplimiento. Una de ellas es la alta informalidad laboral en la región. Muchos de estos padres trabajan por cuenta propia, sin contratos ni ingresos fijos, lo que complica embargos o retenciones directas. 

Sin embargo, el problema va más allá de lo económico, que se esgrime como excusa habitual para no cumplir con las obligaciones de padre. El telón de fondo es una cultura que todavía excusa a los hombres que se desentienden de sus responsabilidades. Se les permite desaparecer del sistema afectivo y económico sin consecuencias reales. 

En cambio, las mujeres que no pueden sostener solas a sus hijos son juzgadas por “no saber elegir”, por “depender”, por “quejarse”. La sanción social es desproporcionada. Esto sin mencionar el uso del retraso en el pago de la pensión como parte de un esquema de control sobre la expareja, que convierte tal acto en violencia vicaria.

En la mayoría de los países de América Latina existen leyes que en teoría permiten embargar cuentas, restringir licencias o incluso impedir la salida del país a los deudores, pero no siempre se cumplen con eficacia. En la práctica los procesos judiciales son lentos, costosos, engorrosos. Las mujeres deben presentar papeles, esperar audiencias, soportar la dilación. Muchas desisten no por falta de razón, sino por agotamiento. La mayoría no denuncia o no tiene acceso a asesoría legal. Además, existe estigma, vergüenza, amenazas, temor de represalias y una cultura que minimiza el incumplimiento de obligaciones alimentarias. 

Pero el deber de proporcionar alimentos y cuidados a los hijos no debería ser solo una obligación legal. Más allá de ello, es un deber ético, social y una medida básica de justicia.

Dejar de pagar la pensión es violencia, y la estamos normalizando

Las cuotas alimentarias son una cuestión de derechos humanos y de políticas públicas. Un menor al que le faltan alimentos, medicamentos o educación porque su padre no cumple es víctima de abandono de una estructura que lo deja desprotegido. Y, en consecuencia, ese menor parte con desventajas en la vida.

En Latinoamérica el incumplimiento alimentario representa una falla estructural que afecta a la vida diaria de miles de familias. Por ello las feministas entendemos el incumplimiento del pago de la pensión alimenticia como una forma de violencia económica, ya que recae desproporcionadamente sobre las mujeres, quienes suelen ser las cuidadoras principales y a quienes se otorga la patria potestad sobre su descendencia. Sin duda alguna, las luchas feministas han sido clave para visibilizar el fenómeno de la explotación económica como una forma de violencia machista, no como un simple conflicto entre exparejas.

El camino para frenar el abandono paterno

Necesitamos registros de deudores más eficientes, actualizados, visibles, fáciles de consultar. Es preciso agilizar los procedimientos judiciales para emitir órdenes alimentarias, embargos salariales o de bienes, retención de impuestos y otras sanciones administrativas que realmente afecten al deudor, como por ejemplo limitaciones para contratar con el Estado, obtener licencias, salir del país o participar en beneficios públicos. 

Pero también, y sobre todo, necesitamos hacer visible esta enorme irresponsabilidad patriarcal a través de campañas educativas para que esto no quede impune. Precisamos trabajar para conseguir un cambio cultural profundo para que el ejercicio de la paternidad no pueda ser optativo y cese la permisividad social hacia quien incumple. 

Hoy existen campañas públicas que exponen a los deudores alimentarios, tales como las patrullas feministas y los tendederos en México, así como iniciativas legislativas que buscan sanciones más severas, desde el embargo de bienes hasta la inhabilitación para ejercer cargos públicos. 

En redes sociales, movimientos como #DeudoresAlimentarios han generado presión social, llevando a muchos hombres a cumplir por miedo al escrache o la pérdida de reputación. Estas estrategias han amplificado el debate, lo que demuestra que cuando hay voluntad política y presión ciudadana, el abandono paterno deja de ser invisible y comienza a tener consecuencias.

Como sociedad, tenemos que dejar de romantizar la imagen de la “madre luchona” y alentarlas a que puedan con todo, porque muchas veces no es que puedan, es que no tienen alternativa. Lo que necesitamos es justicia, no resiliencia.

La historia de Clara no debería repetirse tantas veces en tantos hogares en la región. Si el Estado, la sociedad y los mismos padres cumplieran su parte, ella podría liberarse de la incertidumbre que acompaña cada mes impago. Si de verdad creemos en la igualdad, en la justicia y en el bienestar de la infancia y de las madres, tenemos que dejar de tolerar este abandono cruel encubierto con la complicidad patriarcal, que no solo hace un pacto de silencio que no condena al abandonador, sino que voltea la cara y hasta lo disculpa, dejando a millones de mujeres con hijos e hijas a su suerte.

¿Una nueva década perdida para América Latina?

La economía de América Latina y el Caribe atraviesa una nueva etapa de desaceleración generalizada, síntoma de un decenio marcado por el bajo crecimiento. Entre 2016 y 2025, el producto interno bruto regional habrá aumentado en promedio apenas 1,2%, una cifra incluso menor a la de los años ochenta. Así lo señala el más reciente Estudio Económico de América Latina y el Caribe 2025 elaborado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

La CEPAL proyecta que América Latina y el Caribe crecerá un 2,2% en 2025 y un 2,3% en 2026. Esta senda de bajo crecimiento es el resultado de una combinación de factores internos y externos. Entre los internos destacan las desigualdades estructurales, el escaso crecimiento del empleo, la alta informalidad, el estancamiento de la inversión y la caída del consumo interno. Del lado externo, pesan la debilidad de la demanda mundial y las condiciones financieras restrictivas. A ello se suma la desaceleración del consumo privado, que ha tenido un impacto directo en la actividad económica. Finalmente, persisten las brechas de género, la baja participación laboral de las mujeres y la limitada cobertura de la protección social, factores que profundizan la fragilidad del crecimiento.

A nivel subregional, las proyecciones muestran dispersión en las tasas de crecimiento. América del Sur crecería 2,7% en 2025 y 2,4% en 2026, mientras que Centroamérica y México apenas alcanzarían 1,0% y 1,7%, afectados principalmente por la desaceleración de la economía estadounidense. En el caso del Caribe (sin incluir Guyana), las cifras serían de 1,8% en 2025 y 1,7% en 2026. Estas variaciones reflejan la diversidad de condiciones internas y externas que enfrentan los países de la región.

El documento destaca la elevada dependencia de la región respecto de la inversión extranjera directa y el endeudamiento externo, factores que obligan a corregir los desequilibrios externos mediante ajustes internos de alto costo. A ello se suma la complejidad del escenario global en 2025, marcado por un crecimiento moderado, la ralentización de las economías de Estados Unidos y Europa, el bajo dinamismo de China, así como por las tensiones geopolíticas, el aumento del proteccionismo y los posibles cambios profundos en las cadenas de suministro.

Ante este escenario desfavorable, la CEPAL advierte que los gobiernos deben necesariamente movilizar recursos financieros para el desarrollo y así evitar que la región experimente una nueva década perdida. De esta manera se podría estabilizar la macroeconomía y dar respuesta a los desafíos estructurales no resueltos. La movilización de recursos debe orientarse en tres áreas que la Comisión considera clave. 

En primer lugar, los desafíos fiscales y estructurales exigen redefinir la estructura fiscal a través del fortalecimiento de políticas que tome en cuenta las presiones sobre el gasto público, los niveles de ingreso insuficientes y la débil capacidad institucional. La estrategia central está enfocada al papel del Estado como promotor del crecimiento y del cambio estructural con base en una política fiscal transformadora que asegure uno de los desafíos más apremiantes “la sostenibilidad financiera de los sistemas de protección social”.

Respecto a la movilización de recursos para la transformación productiva sostenible, se requiere acceder a financiamiento asequible y contracíclico tanto nacional como externo que permita hacer frente a los choques, sin poner en riesgo el financiamiento de los objetivos de desarrollo.

Finalmente, debido a que las instituciones financieras nacidas a finales de la Segunda Guerra mundial no han cumplido con los objetivos de su creación y han mostrado incapacidad para respaldar la movilización de financiamiento estable y de largo plazo, se hace necesario definir una reforma a la arquitectura financiera internacional, tanto con nuevas reglas de operación como de instituciones.

En este punto dos aspectos merecen atención: el primero hace referencia al incremento de los niveles de endeudamiento y al alto costo del financiamiento (el dispositivo de la deuda); y el segundo, al rol de la banca de desarrollo como instrumento fundamental en el desarrollo productivo y social.

Ante esta trampa de bajo crecimiento, América Latina y el Caribe se enfrenta a diversas encrucijadas: una población que envejece rápidamente, provocando mayores presiones en los sistemas de salud, pensiones y servicios de cuidado; la crisis climática que exige mayores inversiones y las grandes desigualdades sociales sin resolver. A este cuadro se añaden las medidas arancelarias anunciadas por el Gobierno de los Estados Unidos al resto de las naciones.

Este paquete arancelario transformará sin duda las condiciones del comercio internacional además de los impactos inmediatos en la región y en la propia economía norteamericana “claro está” de manera diferenciada. Sin embargo, para  América Latina, puede constituirse en la oportunidad para promover el escaso comercio intrarregional existente y la búsqueda de mercados distintos al norteamericano en el marco del fortalecimiento del  multilateralismo.

COP-30: el momento de actuar por los defensores del planeta

América Latina enfrenta una de sus más profundas contradicciones: es la región más peligrosa del mundo para quienes defienden el medio ambiente, pero también es el lugar de nacimiento del primer tratado internacional que busca protegerlos: el Acuerdo de Escazú. A las puertas de la Conferencia de las Partes (COP-30), que se celebrará en la Amazonía brasileña, se abre una oportunidad única para que los gobiernos de la región pasen de las promesas a la acción.

¿Será este el momento en que Escazú se haga realidad?

En 2023, al menos 196 activistas fueron asesinados en el mundo por defender la tierra y un ambiente sano. Según datos de la ONG Global Witness, el 85% de estos crímenes ocurrió en América Latina: Colombia encabezó la lista con 79 muertes, seguida por Brasil (25), Honduras y México (18). Sin embargo, de acuerdo con la organización, el número real de víctimas probablemente sea aún mayor, puesto que la mayor parte de casos no se denuncian y muchos permanecen impunes.

Los asesinatos no ocurren de forma aislada: van acompañados de amenazas, persecuciones judiciales, estigmatización y violencia sexual, especialmente contra las mujeres defensoras. Aun así, muchas de las que están en la línea de frente en la defensa de los territorios se han transformado en símbolos internacionales: Berta Cáceres, Francia Márquez, Nemonte Nenquimo, Máxima Acuña son sólo algunos ejemplos de defensoras de la tierra que han sido galardonadas internacionalmente y encarnan la resistencia frente a la destrucción ambiental.

La sede de la COP-30 como epicentro de la violencia

Brasil es un caso paradigmático. En el estado de Pará, donde se celebrará la COP-30 en 2025, la violencia contra defensores ambientales alcanza niveles alarmantes. Entre 1985 y 2023, al menos 612 personas fueron asesinadas en conflictos por la tierra en el estado, según la Comisión Pastoral de la Tierra (CPT).

Un informe reciente de las organizaciones Justiça Global y Terra de Direitos documentó 486 víctimas en 318 episodios de violencia, especialmente contra líderes indígenas, quilombolas y campesinos. En solo dos años, se registraron 55 muertes y 96 intentos de asesinato. Aunque las causas de los conflictos que motivan estas muertes son heterogéneas, en más de 8 de cada 10 casos involucran la defensa de territorios y el medio ambiente.

Detrás de estos conflictos se encuentran dinámicas estructurales: concentración de tierras, demoras en la demarcación de territorios indígenas y avance de actividades extractivas como la minería y los monocultivos. Todo esto alimenta un modelo de desarrollo que amenaza tanto la vida de las comunidades como la del planeta.

COP-30: el momento de actuar

En palabras de la ministra brasileña de Medio Ambiente y Cambio Climático, Marina Silva, la COP-30 debe ser “la COP de la implementación”. Durante el Congreso de Universidades Iberoamericanas sobre los 10 años de la encíclica Laudato Si’, celebrado en abril de 2025 en Río de Janeiro, fue enfática: “Tiene que ser justo para todas y todos, especialmente para los más vulnerables. Ya discutimos presupuestos, ya hicimos todo lo posible por postergar. Ahora, no hay nada más que hacer. Es implementar, implementar, implementar”. Una de esas implementaciones urgentes es el Acuerdo de Escazú, firmado por Brasil en 2018 pero aún pendiente de ratificación. Su puesta en práctica podría marcar un antes y un después en la protección de quienes cuidan la tierra.

El Acuerdo de Escazú es el primer tratado ambiental de América Latina y el Caribe, y también el único instrumento internacional derivado directamente de la Conferencia Río+20. Firmado en 2018 y en vigor desde 2021, ha sido ratificado por 17 países y busca garantizar tres pilares fundamentales: acceso a la información ambiental, participación pública en decisiones ambientales, y acceso a la justicia en asuntos ambientales. Pero su carácter más revolucionario radica en que es el primer tratado del mundo que protege explícitamente a los defensores de derechos humanos en asuntos ambientales. Su artículo 9 establece que: “Cada Parte garantizará un entorno seguro y propicio en el que las personas, grupos y organizaciones que promueven y defienden los derechos humanos en asuntos ambientales puedan actuar sin amenazas, restricciones e inseguridad”.

La ratificación de Escazú por parte de Brasil tendría un valor simbólico y práctico inmenso. Como uno de los países con más violencia contra activistas y sede de la próxima COP30, Brasil está llamado a liderar con el ejemplo.

Además, la falta de implementación de este tipo de marcos jurídicos no se debe solo a la lentitud estatal. Global Witness recuerda que las empresas también deben rendir cuentas. Como ejemplo: el fondo soberano de Noruega recomendó recientemente excluir de sus inversiones a la empresa Prosegur, cuya filial en Brasil (Segurpro) ha sido vinculada a actos de violencia contra pueblos indígenas en Pará.

Escazú puede ayudar a revertir esta impunidad, promover la transparencia y fomentar una democracia ambiental que no deje a nadie atrás, en sintonía con la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

Debemos tener en cuenta que la COP-30 no será una más: será la primera celebrada en la Amazonía. Esto implica un simbolismo político y ecológico sin precedentes. La región amazónica no solo es un regulador climático global, sino también el hogar de cientos de pueblos indígenas, guardianes milenarios del equilibrio ecológico.

Esta COP puede y debe marcar un cambio de paradigma. No basta con nuevos compromisos de reducción de emisiones. Es necesario transformar las formas de gobernanza climática, incluyendo las voces de quienes históricamente han sido excluidos: comunidades locales, mujeres defensoras, pueblos indígenas, población quilombola o palenquera y juventudes rurales, entre otros.

La democracia ambiental que propone Escazú no es una utopía. Es una necesidad urgente. En una región donde la defensa del medio ambiente puede costar la vida, proteger a quienes protegen se convierte en un acto de justicia histórica.

La COP-30 en Belém do Pará representa una oportunidad irrepetible para que los gobiernos de la región demuestren su compromiso con la vida, la justicia y el planeta. Ratificar el Acuerdo de Escazú, dotarlo de presupuesto, garantizar su implementación efectiva y construir mecanismos de monitoreo ciudadano son pasos fundamentales. Y es que Escazú no es solo un tratado, es una puerta abierta a una nueva era de protección ambiental con justicia social, donde vivir en armonía con la naturaleza no sea un privilegio, sino un derecho para todos y todas. En la Amazonía, donde todo comienza, también puede empezar un nuevo pacto por la vida.

La voz de América Latina en la Asamblea General de las Naciones Unidas

Del 9 al 28 de septiembre, Nueva York abrió sus puertas para recibir a presidentes, ministros y cancilleres de todos los Estados miembros de las Naciones Unidas. Latinoamérica presentó ante los micrófonos de la Asamblea General un caleidoscopio de mensajes, temas y disposiciones. Cada nación defendió sus valores ideológicos y expuso, como Estado soberano y miembro de un mundo altamente interconectado, algunas de sus preocupaciones y aspiraciones. Los tres temas protagonistas fueron, sin duda, la condena a la guerra en Gaza (y ciertas menciones a Ucrania), la compleja crisis climática y la necesidad de reformar la estructura interna de las Naciones Unidas. Asimismo, múltiples Estados incluyeron entre sus preocupaciones la migración, el crimen organizado y los riesgos vinculados a la inteligencia artificial.

Los principales ejes de los latinoamericanos en la Asamblea

La mayoría de los países de la región señalaron la inacción o pasividad por parte del mundo ante la guerra en Gaza. Más allá del apoyo más o menos claro a Israel o a Palestina —reflejado en la elección de palabras y en la mención u omisión de ciertos términos— quedó claro que Latinoamérica es consciente de las atrocidades y el sufrimiento que atraviesan miles de víctimas producto de esta guerra. Destacó repetidamente el llamado a la paz colectivo, un pilar original y fundamental de la ONU.

La urgencia de actuar ante el cambio climático fue otro de los temas destacados. Países como Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, Perú, República Dominicana y Cuba hicieron hincapié en la responsabilidad compartida y en la necesidad de conseguir financiación climática. Incluso algunos Estados destacaron explícitamente sus propios esfuerzos para combatir este desafío.

La “arquitectura” de la ONU no se quedó atrás entre los temas más discutidos de la Asamblea, particularmente bajo la iniciativa ONU80. Su principal impulsor, el Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, propuso el pasado marzo optimizar la eficiencia interna, reducir la burocracia, revisar la implementación de mandatos y llevar a cabo cambios estructurales en los programas de la ONU.

El presidente de Panamá, José Raúl Mulino, subrayó el deber de actualizar la arquitectura de la gobernanza multilateral y reclamó una reforma integral “para asegurar que el Consejo de Seguridad sea más efectivo; la Asamblea General, más representativa; las agencias especializadas, más inclusivas; y, sobre todo, para reducir la burocracia”. El representante de Perú declaró su respaldo a la reforma de las Naciones Unidas con el objetivo de fortalecer el multilateralismo, postura similar a la de Cuba. Javier Milei, en línea con el argumento del presidente Donald Trump, habló de la “hipertrofia de administraciones que son poco efectivas” y de su plan ideal para poder volver a la base original de la ONU: cerrar programas ineficaces y condicionar el financiamiento de la ONU en base a resultados.

Los representantes de Paraguay, Honduras y Bolivia hicieron especial énfasis en quitar el poder de veto a los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. De manera similar, el presidente de República Dominicana, Luis Abinader, afirmó que “el mundo no puede seguir siendo un plano trazado por un puñado de arquitectos, habitado por millones de inquilinos.” De esta manera, América Latina dejó en claro que se muestra dispuesta a impulsar ciertas reformas en la estructura interna de la ONU con el fin de fortalecer su eficiencia y de optimizar su funcionamiento.

Temas fundamentales que tuvieron menor relevancia en los discursos:

Otro tema discutido en la Asamblea fue el narcotráfico y el crimen internacional organizado. Colombia en particular reprochó a Trump por atacar con misiles a supuestas “narcolanchas” en el mar Caribe el mes pasado “sin ningún tipo de autoridad.” Además, señaló con firmeza que los verdaderos narcotraficantes no están en las lanchas del Caribe sino en las grandes ciudades del mundo (refugiados entre grandes lujos) y pidió a Estados Unidos que se centre en sus propios asuntos, como la crisis del fentanilo.

Otro tema discutido pero sin el énfasis necesario fue el desarrollo y regulación de la inteligencia artificial (IA). En el marco de la actual revolución digital, se echó en falta un análisis más amplio de las implicaciones éticas, sociales y políticas de la IA en la comunidad global. El representante de Costa Rica fue de los pocos líderes latinoamericanos en hacer especial énfasis en la desinformación masiva y en la necesidad de tomar medidas contra posibles ciberataques (con armas tecnológicas) que paralicen infraestructuras críticas.

Fuera del recinto destacó la presencia del presidente de Colombia Gustavo Petro en una manifestación en contra del genocidio en Palestina, a lo que Donald Trump respondió con la anulación de su visado. Por otro lado, el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, directamente no se presentó a la cita al considerar su asistencia “inútil” y una pérdida de tiempo.

Esta es apenas una pincelada de lo que fueron las preocupaciones, avances, sugerencias y posturas compartidas por los líderes de América Latina frente a los retos de este mundo interconectado y que quedaron registradas en las palabras del presidente Guatemalteco Bernardo Arévalo: “esta organización no fue creada para llevar a la humanidad al cielo, sino para salvar a la humanidad del infierno.”

América Latina: peligrosa indiferencia frente a la crisis multilateral

El gobierno de Donald Trump decretó el fin del orden multilateral económico. Lo hizo, en la práctica, mediante la adopción de restricciones comerciales arbitrarias y discriminatorias urbi et orbi. Con este recurso ha logrado la concertación de acuerdos precarios con distintos países mientras continúa difundiendo mensajes extorsivos. 

Jamieson Greer, que ocupa el cargo de representante comercial de Estados Unidos, reivindicó, en una nota publicada por el New York Times el pasado 7 de agosto, la pretensión de su gobierno para erigirse en el árbitro supremo de las relaciones económicas internacionales empleando expresiones como la siguiente: “En lugar del prolongado proceso de resolución de disputas que favorece la vieja guardia de burócratas comerciales, el nuevo enfoque estadounidense consiste en supervisar de cerca la implementación de los acuerdos y, si fuera necesario, reimponer rápidamente un arancel más alto por incumplimiento…”

Acerca de la viabilidad de semejante postura, conviene advertir, en primer lugar, que, por una razón sistémica, la imposición norteamericana difícilmente pueda prosperar a mediano plazo. En segundo lugar, los países en desarrollo deberían adoptar posiciones afines a sus intereses estructurales previendo una etapa —plagada de dificultades— durante la cual se procurará reconstituir el sistema económico internacional sobre nuevos fundamentos.  

¿Por qué se desmorona el actual multilateralismo económico?

Desde la segunda posguerra, en la medida que el sistema capitalista fue adquiriendo una trama de mayor densidad y extensión, flaquearon las disciplinas multilaterales, y en esas instancias los países más desarrollados impusieron el peso de su poder a través de medidas unilaterales y convenios discriminatorios y restrictivos. 

Fueron períodos de transición que las sucesivas rondas de negociaciones multilaterales del GATT tendieron a superar una y otra vez reajustando las reglas a fin de asegurar su viabilidad. Así debe interpretarse la reforma introducida por la Ronda Uruguay (1986-1993) al instituir la Organización Mundial del Comercio (OMC). Pero esta diversificación de las materias negociadas en el ámbito multilateral, pese a las expectativas iniciales, ya es inoperante. 

Un rasgo definitorio de la etapa de transición en curso es la eclosión de tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC), que, al motorizar procesos inéditos de acumulación, reproducción y concentración del capital, han empoderado a corporaciones transnacionales cuya relación con los Estados nacionales anfitriones se caracteriza tanto por su interdependencia como por su conflictividad, manifiesta o larvada, según las circunstancias, y con decisiva incidencia geopolítica debido a que las TIC incluyen sistemas y dispositivos de uso dual (comercial y militar). 

En el escenario indicado, las reglas multilaterales disponibles no alcanzan a limitar las estrategias agresivas de corporaciones transnacionales en el sector de las TIC. Afloran entonces las atribuciones políticas para fijar regulaciones unilaterales en nombre de principios o valores tales como la libertad de expresión, la protección de datos personales, la defensa de la competencia y, en definitiva, la seguridad nacional. 

¿Por qué se necesita recomponer el orden multilateral económico? 

La multiplicación y aceleración de flujos económicos y financieros mediante las herramientas aportadas por las mismas TIC agudizaron los desequilibrios derivados de la condición asumida por Estados Unidos como “locomotora” del sistema económico internacional, empezando por su cuantioso endeudamiento. Este carácter ambivalente resulta de su condición como proveedor de la moneda de intercambio y reserva de mayor prevalencia mundial, esto es, el señoreaje. 

Uno de los mentores de la política económica internacional para el segundo mandato de Trump ha sido Stephen Miran, quien, a través de un documento difundido en noviembre de 2024 (A Users’s Guide to Restructuring the Global Trading System), recomendó incrementar los aranceles a la importación valiéndose del señoreaje como arma disuasiva. Este influyente asesor escribió: “Cuando el país de reserva es grande en comparación con el resto del mundo, no se le imponen externalidades significativas debido a su condición de reserva”. Más aún: “…si el activo de reserva es el elemento vital del comercio mundial y de los sistemas financieros, esto significa que quien controle el activo de reserva y la moneda puede ejercer cierto nivel de control sobre las transacciones comerciales y financieras”. 

Pero para conservar el señoreaje, la manipulación de las transacciones comerciales y financieras no puede ser infinita. Enfrascado en la contienda geopolítica con China por la conquista de los mismos mercados a través del comercio y las inversiones mediante los aportes tangibles e intangibles de las TIC, Estados Unidos podrá preservar el señoreaje solo si logra imponerse sobre el adversario aceptando determinadas reglas. 

Así, tanto las maniobras de política económica de carácter discriminatorio y restrictivo como las prácticas corporativas de captación y manipulación de voluntades y mercados tienen un límite para todos los contendientes: si arrasaran con los recursos de poblaciones y territorios conquistados, estarían cavando su propia fosa. He aquí la necesidad de recomponer un orden multilateral y así deslindar los campos de batalla. 

Acusaciones al Brasil: un tiro por elevación contra el mundo en desarrollo

Entre las cuestiones más sensibles para países periféricos como son los latinoamericanos y que se agudizarían al prolongarse la orfandad multilateral, merecen citarse las expuestas por la “investigación” iniciada el 15 de julio de este año por la Oficina del Representante Comercial (USTR) de Estados Unidos contra Brasil bajo la leonina Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974. Bajo este régimen violatorio de las reglas de la OMC —según lo recordó la pronta respuesta del gobierno brasileño—, se han formulado impugnaciones insostenibles pero de graves consecuencias en ausencia de un paraguas multilateral adecuado. Entre ellas resalta el desconocimiento de acuerdos de integración económica celebrados por países en desarrollo y, adicionalmente, del trato especial y diferenciado.

El desconocimiento de acuerdos de integración y del trato especial y diferenciado pueden tener graves consecuencias

El gobierno norteamericano manifiesta que constituyen una muestra de deslealtad comercial las preferencias arancelarias no extensivas intercambiadas por Brasil en acuerdos con terceros países —en particular México e India— abarcando bienes cuya producción en los países signatarios alcanzaría estándares de competitividad internacional. 

Todos los Estados miembros de la OMC están amparados multilateralmente para concertar compromisos de integración económica. Adicionalmente los países en desarrollo lograron aquilatar al cabo de la Ronda Tokio un reconocimiento significativo: la “cláusula de habilitación”. Se trata del derecho de dichos países a concertar entre sí preferencias comerciales no extensivas, esto es, fuera del alcance del principio de la nación más favorecida. Dicho reconocimiento multilateral no admite vetos o cuestionamientos de terceros países. Estas objeciones solo se justifican bajo los Sistemas Generalizados de Preferencias (SGP) que utilizan los países desarrollados para suspender preferencias unilaterales y discrecionales otorgadas a países en desarrollo sobre producciones inicialmente no competitivas (“cláusula de graduación”).   

La pretensión de reinstalar una especie de cláusula de graduación vulnera un derecho adquirido por los países en desarrollo y, en ese sentido, al erigirse como árbitro de desempeños competitivos circunscriptos a determinados sectores productivos, desconoce la existencia de disparidades e insuficiencias básicas. 

Así, el cuestionamiento de los compromisos adquiridos por nuestros países para hacer valer las pocas exportaciones tradicionales que cuentan con ventajas competitivas apuesta, una vez más, por la perpetuación de dichas carencias estructurales.

Este despropósito solo podrá superarse reafirmando las disciplinas multilaterales que consagran el reconocimiento de la integración económica y del trato especial y diferenciado para el mundo en desarrollo.

Crimen organizado y desarrollo humano: la urgencia de una respuesta estructural en América Latina

América Latina y el Caribe enfrenta una paradoja inquietante: mientras los países buscan avanzar en sus metas de desarrollo, el crimen organizado se afianza como una amenaza estructural y persistente al bienestar colectivo. 

Las organizaciones criminales han expandido su influencia social y política, gestionando mercados ilícitos cada vez más diversificados. Actividades como la minería ilegal, la trata de personas y la extorsión les han permitido ampliar su control sobre instituciones, territorios y comunidades enteras.

El impacto sobre el desarrollo humano de la región es profundo. Allí donde el Estado no logra consolidarse, las redes criminales llenan el vacío ofreciendo una forma alternativa, y a menudo violenta, de gobernanza. Tal como advierte el Informe Regional sobre Desarrollo Humano 2025, Bajo presión: Recalibrando el futuro del desarrollo del PNUD, esta forma de control no solo reproduce desigualdades, sino que también socava los fundamentos mismos de la cohesión social y la democracia.

Gobernanza criminal y comunidades atrapadas

El crimen organizado no es un actor oculto que opera en los márgenes, sino un poder que se entrelaza con estructuras sociales, económicas y políticas. En barrios periféricos de Río de Janeiro o en zonas rurales de Colombia, grupos criminales proveen seguridad, aplican «justicia», reparten alimentos o financian obras comunitarias y carreras políticas. En muchos casos, esto no sería posible sin la complicidad de autoridades locales o la desesperación de una ciudadanía desatendida por el Estado.

Esta «gobernanza criminal», como la denominan algunos investigadores, no intenta sustituir al Estado, sino coexistir con él, negociando favores y estableciendo zonas de influencia. Se trata de un modelo híbrido que combina violencia, corrupción y servicios, y que tiene efectos devastadores sobre el desarrollo humano. Cuando las personas deben pagar por protección, obedecer reglas impuestas por bandas armadas, o vivir bajo amenazas constantes, la idea misma de derechos queda suspendida.

Un ejemplo extremo es el de Haití, donde casi el 80 % de la capital, Puerto Príncipe, está controlada por bandas que reemplazan al Estado en funciones básicas. Estas estructuras no solo extorsionan a la población, sino que utilizan la violencia sexual como arma de guerra y desplazan a cientos de miles de personas. En otros contextos menos agudos, la ciudad de Rosario se ha convertido en el epicentro de la violencia en Argentina, con una tasa de homicidios que en 2022 alcanzó un récord histórico de 25 asesinatos por cada 100.000 habitantes. El crecimiento del microtráfico ha fragmentado los liderazgos criminales y ha derivado en una violencia caótica que afecta a las comunidades más pobres.

Obstáculos para el desarrollo: violencia, informalidad y exclusión

El crimen organizado no opera en el vacío. Se nutre de entornos marcados por la pobreza, la informalidad, la corrupción institucional y la exclusión social. En esos escenarios, las oportunidades formales y legales son escasas, y los mercados ilegales aparecen como la vía real y alcanzable para la generación de ingresos.

En países como Perú o Brasil, la minería ilegal no solo destruye ecosistemas y desplaza comunidades indígenas, también captura recursos que podrían invertirse en salud, educación o infraestructura. En el caso de la trata de personas, los criminales encuentran en la migración forzada un negocio rentable basado en la explotación sexual y laboral de mujeres, niñas y niños. Y en ciudades de Centroamérica, pequeños comercios, escuelas y hasta hospitales deben pagar «renta» para poder operar sin represalias. 

Asimismo, países que durante años fueron considerados modelos de estabilidad y seguridad en la región, como Uruguay, Chile o Costa Rica, ya no están exentos de los impactos del crimen organizado. En estas sociedades, el crecimiento de los homicidios, la penetración del narcotráfico y la consolidación de mercados ilegales están erosionando esa percepción de excepcionalidad. La fragmentación de bandas, el aumento de la violencia en zonas urbanas y la presión sobre los sistemas penitenciarios muestran que la amenaza ya no se limita a los países tradicionalmente asociados con altos niveles de criminalidad.

La criminalidad organizada vulnera así el derecho a una vida digna, a la educación, a la salud y a la libertad y el círculo se completa con la impunidad. Si los operadores judiciales y policiales son cooptados o intimidados, si las instituciones no protegen a las víctimas ni castigan a los victimarios, la criminalidad se perpetúa. Y con ella, se profundiza la desconfianza en la democracia.

¿Qué hacer frente a un enemigo tan complejo?

Combatir al crimen organizado en América Latina exige mucho más que operativos policiales o leyes más duras. Requiere una transformación profunda de la mirada y de las políticas públicas. Este fenómeno no se limita al tráfico de drogas: se trata de un ecosistema criminal que opera en múltiples mercados ilícitos, que infiltra instituciones, captura territorios y, sobre todo, erosiona las condiciones básicas para el desarrollo humano. Y por eso, las respuestas deben estar a la altura de su complejidad.

En primer lugar, es urgente abandonar las soluciones lineales y apostar por un enfoque integral. Durante décadas, los gobiernos de la región han concentrado esfuerzos y presupuestos en la lucha contra las drogas, dejando en la sombra otras economías ilegales igualmente destructivas: la trata de personas, la minería ilegal, el contrabando o el tráfico de armas. Estas actividades no solo generan enormes beneficios para las organizaciones criminales, sino que también devastan comunidades, destruyen ecosistemas y refuerzan redes de corrupción. Ampliar el foco y actuar de manera coordinada sobre estos frentes es un primer paso esencial.

Pero no basta con identificar los delitos: hay que entender su lógica territorial. Las dinámicas del crimen no son iguales en el norte de Colombia que en una favela de Brasil o en un barrio periférico de Rosario. En algunos casos, se trata de estructuras jerárquicas que ejercen control total; en otros, de redes fragmentadas que se disputan calle por calle. Por eso, las estrategias de respuesta deben construirse desde lo local, con diagnósticos precisos y políticas diferenciadas según las condiciones del territorio.

También es fundamental recuperar la presencia del Estado en los lugares donde ha sido desplazado. Y esto no significa únicamente reforzar la presencia policial. Significa llevar servicios públicos, construir escuelas, garantizar acceso a salud, justicia y oportunidades reales. Allí donde el crimen organiza la vida cotidiana, el Estado debe reaparecer como una alternativa legítima, eficaz y cercana. Sin justicia confiable, empleo digno ni enfoque de género, cualquier estrategia será incompleta.

Finalmente, ningún país puede enfrentar solo un problema que desborda fronteras. Las redes criminales son transnacionales, y la respuesta debe serlo también. Compartir información, coordinar estrategias regionales, armonizar legislaciones y reforzar la cooperación judicial son pasos imprescindibles para cortar los hilos que conectan estos entramados criminales en todo el continente.

Un desafío colectivo y urgente

El crimen organizado no es un problema sólo de seguridad: es un problema de desarrollo y de gobernanza. Afecta la economía, erosiona la democracia y condena a millones a vivir bajo miedo o dependencia. Enfrentarlo requiere voluntad política, capacidad institucional y una mirada regional que reconozca las múltiples caras del fenómeno.

La estrategia de capturar líderes criminales e incautar cargamentos no es suficiente. La verdadera lucha pasa por recuperar los territorios, fortalecer el tejido social y devolver a la ciudadanía la esperanza de que otro modelo de vida es posible. Uno donde los derechos no dependan de un pacto con el crimen, sino del compromiso real del Estado y la sociedad con el desarrollo humano.

Este artículo se basa en el Informe Regional sobre Desarrollo Humano 2025 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en América Latina y el Caribe, titulado “Bajo presión: Recalibrando el futuro del desarrollo”.

El Ejército del Pueblo Paraguayo: la guerrilla que persiste en el corazón de Sudamérica

El pasado 9 de septiembre se cumplieron cinco años del secuestro del exvicepresidente de Paraguay Óscar Denis. Sus hijas han encabezado una lucha constante para exigir al gobierno noticias sobre su paradero; sin embargo, en todo este tiempo las autoridades no han podido dar respuesta a su caso ni al del suboficial Edelio Morínigo, quien permanece en cautiverio desde hace once años. El responsable de ambos secuestros es el Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP), una guerrilla de inspiración marxista que surgió en 2008. Según fuentes oficiales, cuenta con menos de quince miembros, aunque este reducido número ha bastado para poner en jaque a las autoridades del país sudamericano.

A cinco años del secuestro del ex vicepresidente —un hecho que refleja la capacidad de acción de esta organización insurgente—, surge una pregunta inevitable: ¿cómo ha logrado la guerrilla mantenerse activa durante diecisiete años? Una posible respuesta puede encontrarse al analizar sus dinámicas territoriales de lucha armada, lo que permite entender su naturaleza.

El académico Jerónimo Ríos Sierra (2020) analiza, desde una perspectiva territorial, la actividad y evolución de dos de las guerrillas más relevantes de América Latina: Sendero Luminoso (SL) en Perú y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP) en Colombia. Su investigación muestra que ambas insurgencias siguieron una lógica de periferia-centro-periferia. Es decir, surgieron en regiones alejadas de los centros políticos —SL en Ayacucho y las FARC-EP en Marquetalia—, zonas caracterizadas por elevados índices de pobreza. Tras acumular fuerzas, lanzaron ofensivas hacia las capitales (centro); sin embargo, la superioridad militar de los Estados impidió que alcanzaran sus objetivos, lo que las obligó a replegarse nuevamente a la periferia, esta vez sin posibilidades reales de triunfo. En estos territorios de difícil acceso, los grupos recurrieron al comercio de recursos ilícitos, como la hoja de coca, para obtener financiamiento, lo que derivó en un progresivo proceso de desideologización y en la búsqueda de su mera supervivencia. Esta dinámica explicaría la persistencia de ambos grupos —o de sus remanentes— hasta la actualidad.

El Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP) surgió en marzo de 2008, un mes antes de que el ex obispo Fernando Lugo —candidato de la Alianza Patriótica para el Cambio— fuera electo presidente, poniendo así fin a más de sesenta años de hegemonía del Partido Colorado. Desde sus inicios, la insurgencia se declaró de corte marxista-leninista y postuló la toma del poder político por la vía armada, al estilo de los movimientos que proliferaron en Latinoamérica durante la Guerra Fría. Sin embargo, su aparición en un contexto de apertura democrática lo convirtió en un fenómeno anacrónico, tanto a nivel nacional como internacional.

El departamento de Concepción, fronterizo con Brasil, fue el lugar donde la insurgencia inició sus operaciones. Esta región se caracteriza por una economía basada en la ganadería y la agricultura, y por registrar elevados índices de pobreza: el 32% de su población vive en situación de pobreza multidimensional, solo superado por los departamentos de San Pedro y Caazapá (Instituto Nacional de Estadística, 2023). Además, mantiene una marcada distancia geográfica y simbólica respecto a la capital paraguaya. Estas condiciones de origen periférico son compartidas por el EPP con sus homólogos de Sendero Luminoso y las FARC-EP.

En cuanto a la búsqueda de la centralidad, el EPP no ha mostrado indicios de querer controlar Asunción. Ha consolidado su refugio y principal teatro de operaciones en la región norte del país, particularmente en los departamentos de San Pedro, Concepción y Amambay. Según declaraciones del gobierno paraguayo, este grupo armado ha financiado sus actividades mediante el secuestro de terratenientes, la extorsión a la población, así como el cultivo y la comercialización de marihuana. Además, se le atribuye el reclutamiento de menores para integrar sus filas.

Paralelamente, ha logrado cierto grado de apoyo entre sectores campesinos, al presentarse como defensor frente a los abusos de hacendados de la zona, algunos de ellos de origen brasileño. Esto refleja una relación ambivalente de apoyo y coacción hacia la población local, en una lógica similar a la de otras guerrillas latinoamericanas.

Respecto a la ofensiva gubernamental, en 2013 se creó la Fuerza de Tarea Conjunta (FTC) con el objetivo de frenar al EPP e impedir que extendiera su radio de acción hacia zonas urbanas. Sin embargo, su despliegue en el norte del país ha sido cuestionado tanto por la falta de resultados contundentes como por las reiteradas denuncias de violaciones a los derechos humanos en comunidades campesinas. Paradójicamente, estos abusos han terminado por favorecer a la guerrilla, al alimentar el descontento de la población frente a las fuerzas del orden.

De este modo, el EPP no ha seguido la lógica periferia-centro-periferia observada en insurgencias como Sendero Luminoso o las FARC-EP. Si bien surgió en la periferia, todo indica que aprendió de la experiencia de otros movimientos y comprendió que buscar la centralidad habría comprometido su supervivencia; esto lo llevó a consolidarse en las zonas rurales donde opera. Dicho rasgo también se puede entender en su contexto histórico: el EPP emergió cuando la Unión Soviética ya no existía como faro o modelo a seguir, lo cual reafirmó su aislamiento en la periferia.

En cuanto a la obtención de sus recursos, provienen de actividades que históricamente han sido empleadas por guerrillas rurales. Sin embargo, en lo relativo a un recurso ilícito como la marihuana, en 2008 —año en que surgió la guerrilla— el World Drug Report de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito señaló que en Paraguay se cultivaba más de la mitad de toda la producción clandestina de Sudamérica. Los departamentos de San Pedro, Concepción, Canindeyú y Amambay son los que han concentrado la mayor parte de esa producción, zonas en las que el EPP encuentra refugio.

Con base en la propuesta de Ríos, se observa que la insurgencia paraguaya ha seguido una lógica particular al decidir permanecer en su lugar de origen: una zona que ya contaba con un recurso ilícito fundamental, la marihuana. Se ha adaptado a ese contexto, lo que lleva a plantear la siguiente duda: ¿se establecieron en la periferia por razones tácticas o con el objetivo de aprovechar desde un inicio los mercados ilícitos? Su aparición tardía podría estar vinculada con la dictadura de Stroessner, la más prolongada de Sudamérica. Sin embargo, resulta llamativo que surja en un momento de apertura democrática y con la llegada a la presidencia de un candidato progresista.

El EPP ocasionalmente lleva a cabo emboscadas contra las fuerzas del orden y secuestra a figuras relevantes, como el exvicepresidente Óscar Denis. Estas acciones le otorgan cierta visibilidad, pero también implican riesgos: demasiada exposición puede volverse contraproducente para su supervivencia. Resulta fundamental analizar a este grupo armado y reconocer la lucha de los familiares de sus víctimas, pues lo que no se nombra en el espacio público no existe. Asimismo, es necesario admitir el desafío que el EPP representa para el Estado paraguayo y considerar que enfrentarlo únicamente desde una lógica contrainsurgente podría no ser la estrategia más adecuada. De lo contrario, difícilmente se vislumbrará el fin de la insurgencia en el corto plazo.

Trump y el ocaso de Occidente

En estos últimos días comienza a evidenciarse la verdadera dimensión del segundo mandato de Donald Trump en cuanto a la emergencia climática, con un mensaje negacionista que deviene asertivo, tal como le exige el lobby de la industria petrolera, uno de sus principales aportantes de campaña. Amén de reiterar su decisión de retirarse del acuerdo de París, el gobierno republicano avanza en otros frentes, y termina por socavar los tibios esfuerzos iniciados en este campo bajo la administración de Joe Biden. 

Nos encontramos con que el principal responsable de la crisis climática no solo niega el problema, sino que se dirige a agravarlo. Pero no solo altera reglamentaciones o elimina agencias o modifica leyes a nivel local, sino que clama también que la comunidad internacional lo siga. Y es que el gobierno norteamericano comienza a presionar a los países miembros del Banco Mundial para que la entidad retome la capacidad de financiar proyectos petroleros en el mundo en desarrollo. 

La propuesta choca con la actitud de descontinuar el financiamiento de proyectos petroleros por parte de numerosos bancos de desarrollo, incluido el BM, que dejó de brindar fondos para nuevos proyectos de exploración en 2023, o con el impulso de Janet Yelen, Secretaria del Tesoro con Biden, de aumentar los fondos a disposición de la banca de desarrollo para la transición. 

A pesar de estos intentos, en una reunión del directorio en junio pasado, los representantes estadounidenses en el Banco apoyaron el financiamiento de nuevos proyectos gasíferos. Tal medida iría a beneficiar a los países en desarrollo, pues repercutirá en mayor seguridad energética, crecimiento económico y reducción de la pobreza: una vez más, se concibe a los combustibles fósiles como única alternativa para el desarrollo de los que menos tienen. Una mayor disponibilidad de financiamiento por parte de estos organismos, sin embargo, va a disrumpir los esfuerzos de transición en estos países, no solo por la mayor disponibilidad de fondos que obtengan los proyectos petroleros sino por el retroceso tecnológico que implica apostar por tecnologías del pasado. 

Desde la administración republicana se piensa en Dan Katz, segundo de Scott Bessent en el Tesoro, para el puesto que ha dejado libre Gita Gopinath en el Fondo Monetario Internacional tras su retorno a Harvard. Recordemos que en los últimos años esta entidad ha destacado la problemática climática, tanto en documentos del área de investigación como en reportes del staff. Muchos de estos trabajos fueron liderados por Gopinath, y en ellos se destacaban las distintas amenazas que genera el cambio climático tanto en la economía como en las finanzas de los países miembros, los riesgos climáticos (asociados a postergar la transición) y financieros (vinculados a una aceleración en la transición), con montos que pueden crecer de forma inimaginable. En un discurso reciente, Bessent atacó el “sesgo ideológico” adoptado por el FMI, una crítica directa a los trabajos de Gopinath. Cabe consignar que el primero se verá fuertemente impulsado como corolario de las políticas que tiende a reinstalar Estados Unidos, al tiempo que las petroleras verán disipar el riesgo de transición —si pudieran, indefinidamente. 

En su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Trump fustigó las políticas energéticas de la Unión Europea, destacando que llevan a “la muerte del mundo occidental”: “Las energías renovables son un chiste”. Es innegable el liderazgo tecnológico que han adquirido las energías renovables, que hoy permiten generar energía al menor precio, en cualquier rincón del mundo, mientras el precio de las baterías sigue bajando, pero el presidente estadounidense clama regresar al pasado fingiendo desconocer hacia dónde va el futuro. Tal como plantea Al Gore en una nota reciente, con su actitud Trump está ejerciendo una especie de “bullying” sobre los países en desarrollo para que abandonen sus objetivos climáticos a cambio de alguna ventaja comercial. Pero la UE tampoco escapa a la presión. En una visita reciente, Chris Wright, secretario de Energía norteamericano, advirtió que con sus políticas climáticas y su “cruzada” por alcanzar cero emisiones netas de GEI para 2050 la UE debilita toda posibilidad de acuerdo comercial. El chantaje, en definitiva, está expandido. 

Pero, por más que se quiere enmascarar este tipo de presiones como fruto de la geopolítica, lo que se evidencia es el peso que detenta el lobby petrolero en la toma de decisiones del gobierno norteamericano. Ninguna de estas decisiones y amenazas podrían enmarcarse en una mirada estratégica; el liderazgo del futuro se asocia a la carrera tecnológica que imponen las industrias verdes, el control por las baterías y el posicionamiento de la industria automotriz en la era del auto eléctrico.  

Mientras tanto, China sigue avanzando con el desarrollo de la industria verde y la profunda caída en costos que conlleva, mientras se encamina a convertirse en el primer “electro-Estado” del mundo. Su liderazgo resulta destacado en el reporte anual sobre el estado de la transición global del Generation Investment Management, una usina de pensamiento fundada años atrás por el exvicepresidente Al Gore y el ex-ejecutivo de Goldman Sachs David Blood. Allí se menciona el papel de China en la transición, citándose, como ejemplo de su liderazgo, la creciente cuota de mercado que obtiene el auto eléctrico en el mercado local, lo cual disminuye la demanda de combustibles fósiles y, por lo tanto, aumenta el riesgo financiero de aquellas empresas carbonointensivas (incluidas las terminales automotrices asentadas en Detroit, Estados Unidos). El avance alcanzado también comienza a afectar positivamente a terceros países, pues estos obtienen tecnologías limpias a bajos costos y también se benefician con el arribo de inversores chinos en diversos sectores verdes, como observa Brasil en el sector eléctrico o la entrada de BYD. 

Como destaca el citado informe, aunque sean importantes, las decisiones que adopte Estados Unidos ya no determinan la suerte del planeta, pues la mayoría de las emisiones provendrán del mundo en desarrollo. La energía verde es inevitable; lo que resta por saber es cuánto tiempo nos llevará la transición, así como cuál será la situación de los distintos países de la región en el futuro. Aquellos que decidan acatar las directrices que provienen de Washington, es decir, profundizar en el modelo petrolero, seguro que se encontrarán pagando los costos de tales decisiones erradas.