La reconciliación con la política

El mundo de la opinión publicada en torno a la política, constituido por ensayistas y personal, en mayor o menor medida especializado, tiende a poner el acento en los aspectos más contenciosos, cuando no escabrosos o incluso catastrofistas de ella. Su loable afán crítico subraya las falencias, los errores, los desajustes, incluso las trapacerías frecuentes que oscurecen su acontecer. Esta tarea de denuncia en principio necesaria contribuye, no obstante, a emborronar a veces el accionar político. También consolida el sentir generalizado de que la política es sucia por ser un terreno donde el conflicto y la transacción a cualquier precio predominan con las consiguientes conexiones con el mundo de la corrupción y de la ilegalidad. El resultado conocido es la desafección, la falta de confianza en las instituciones y en profesionales de la política, así como su cada vez más alto grado, no solo de minusvaloración, sino también de desprecio. En definitiva, el impacto en el deterioro de la democracia es palpable. Sin embargo, hay otros costados de la actividad política que requieren observarse para contribuir a reivindicar su revalorización.

En el último mes una secuencia de sucesos diversos puede tomarse en cuenta para abogar por la existencia de una arena favorable de evidente reconciliación con la política. En su quehacer esta ha dado señales en cierta medida positivas, en términos de Hanna Arendt, en pro de velar porque la convivencia entre las personas pueda ser posible, superando el prejuicio máximo de que la política sea “una sarta fraudulenta y engañosa de intereses e ideologías mezquinos”.

Si se entiende por político un ámbito del mundo en el que los individuos sean primariamente activos y den a los asuntos humanos una durabilidad que de otro modo no tendrían, entonces la esperanza no es en absoluto utópica. En cierta medida hay eventos que se han movido en esta dirección y que ineludiblemente requieren ser realzados. A continuación abordo sucintamente una serie de casos que apenas han tenido realce mediático pero cuyo componente de dignificación de la política es relevante.

Panamá, a pesar de su dramática desigualdad, de la existencia de asuntos de corrupción notables y de una sistemática debilidad en sus instituciones representativas, es un país que las diferentes instancias evaluadoras del rendimiento de la democracia en la región lo sitúan entre el 4º y el 5º lugar. Posiblemente ello se deba al activismo democrático de su Tribunal Electoral, impulsor a la vez que veedor de un proceso periódico de reformas electorales que buscan una democracia de mayor calidad.

Ello se refleja, por ejemplo, en el desarrollo de la figura de las candidaturas de libre postulación y también en una generosa y eficiente política de financiación pública del proceso político. La legislación prevé la posibilidad de que esta pueda ser devuelta por los beneficiados en cuyo caso engrosaría el presupuesto nacional de ciencia y tecnología.

Recientemente la bancada de Vamos, una instancia integrada por jóvenes asambleístas a través del referido mecanismo de la libre postulación y que constituye el principal grupo parlamentario del país, renunció a la financiación pública recibida de seis millones de dólares por considerar que dicho monto tendría un mayor impacto en el siempre precario sistema nacional de ciencia y tecnología en concreto en el ámbito del tratamiento y de la prevención del cáncer.

Representante de VAMOS, Luis Duke, y el director de SENACYT Eduardo Ortega. 

En Uruguay las cifras de participación política en las recientes elecciones presidenciales y legislativas se acercan al 90% del electorado. Cierto que el voto es obligatorio pero también lo es en una buena parte de los países latinoamericanos sin que se alcance ni por asomo ese nivel. Esta continuada actitud ciudadana es una expresión de compromiso inequívoco con la política que se traduce en escenarios de alternancia y de juego vigoroso en las relaciones entre los Poderes Ejecutivo y Legislativo.

Por otra parte, la estabilidad de su sistema de partidos proyectado en tres fuerzas políticas es asombrosa e inédita en América Latina ya que dos de ellos (el Partido Nacional y el Partidos Colorado) contienden desde hace 180 años y el tercero (el Frente Amplio) desde la década de 1960. Además de todo ello, el electorado rechazó en sendas consultas populares una propuesta que violentaba derechos ciudadanos en pro de la lucha contra la delincuencia y otra referida a una reforma del régimen de pensiones que pondría seriamente en riesgo su continuidad. Cuestiones todas que alzan al país constantemente al primer lugar en las clasificaciones de calidad de la democracia en la región.

Los gobiernos de Lula da Silva en Brasil y de Gustavo Petro en Colombia, ambos claramente alineados en la izquierda de la arena política de sus países, han manifestado firmemente que no reconocerán la reelección del presidente Nicolás Maduro si su gobierno no publica los registros detallados de la votación del 28 de julio antes del 10 de enero cuando termina su mandato actual. En el mismo sentido, el gobierno brasileño bloqueó la entrada de Venezuela en el sistema de BRICS+. El significado de esta postura de los dos grandes vecinos de Venezuela con respecto a este régimen autocrático que refuerza el principio de elección democrática del poder político es sobresaliente puesto que su liderazgo es notable, además de contar con intereses evidentes inmediatos por su carácter fronterizo.

La democracia fatigada que asola a los países latinoamericanos tiene en la Justicia una herramienta por la que evidenciar que el estado de derecho puede funcionar consolidando la separación de poderes. Esta circunstancia ha tenido durante el último mes dos evidencias muy importantes. En Brasil el asesinato de la concejala de Río de Janeiro Marielle Franco – visto por muchos como un ataque a la democracia, en gran parte por su origen humilde y por sus incansables esfuerzos por mejorar las condiciones de vida de los sectores populares de Río- y de su chófer, Andersen Gomes, en marzo de 2018 no ha quedado impune. La Corte Suprema acaba de condenar a los autores, los expolicías Ronnie Lessa y Elcio Queiroz, detenidos en marzo pasado, a 78 y 59 años de prisión respectivamente. En una región en la que la impunidad es lamentablemente una nota con frecuencia dominante, esta acción refuerza el estado de derecho.

Otra evidencia, en una dirección diferente pero que también tiene por protagonista a la judicatura, ha tenido lugar recientemente en Perú y en Argentina siguiendo la estela de otros casos nacionales. En la medida en que la corrupción supone el abuso del poder en beneficio propio, la lucha contra ella es crucial para la protección de la democracia.

Por ello, el sistema político peruano, que adolece de serios problemas con relación a la descomposición de su sistema de partidos y a la ineficiencia de su Poder Ejecutivo, asolado con la cifra más baja de apoyo popular de toda América Latina, ha visto cómo la Justicia ha desempeñado un papel extraordinario al involucrar a cuatro expresidentes (Alan García, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski y Alejandro Toledo) en actos de corrupción. El último de los recién citados acaba de ser condenado a 20 años de prisión por haber recibido unos 35 millones de dólares en sobornos procedentes de la caja B de la constructora brasileña Odebrecht.

En Argentina, por su parte, la Cámara Federal de Casación Penal ha confirmado la condena a seis años de prisión e «inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos» contra la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner por un caso de corrupción relacionado con irregularidades en obras viales. Es previsible que Fernández presente una apelación ante la Corte Suprema, un proceso que podría extenderse por varios meses o incluso años.

Este escenario empata con otros casos notorios como los de los expresidentes Ricardo Martinelli de Panamá también condenado a diez años en 2023 y hoy refugiado en la embajada nicaragüense en su país, Juan Orlando Hernández de Honduras extraditado desde su país y condenado en Estados Unidos en 2024 a 45 años de prisión por delitos de narcotráfico, Tony Saca de El Salvador condenado en 2018 a diez años de cárcel y Mauricio Funes del mismo país, asilado en Nicaragua, pero condenado en El Salvador a 14 años de prisión en 2023.

Sucesión dinástica y radicalización autoritaria en Nicaragua

En los últimos meses se han intensificado las señales de una sucesión dinástica en Nicaragua. Seis años después que emergiera la crisis sociopolítica en 2018, el régimen dictatorial encabezado por Daniel Ortega y Rosario Murillo, su esposa y vicepresidenta, muestra signos claros de agotamiento. No solo por sus edades, también son incapaces de ofrecer una propuesta de futuro para el país. Las multitudinarias protestas que se extendieron durante 2018 y 2019, además de los altos niveles de abstención electoral en las presidenciales de 2021, mostraron que la población también está agotada. El descontento persiste y se ha profundizado. Aún así, los Ortega-Murillo insisten en permanecer en el poder y para eso han optado por la familia.

Una de las señales es la acelerada reestructuración de los círculos de poder, removiendo a numerosos funcionarios y cercanos colaboradores que ya no son de su confianza. Los cambios han generado un gran nerviosismo entre quienes, hasta ahora, se consideraban cercanos y “leales”. El grupo de los defenestrados ya es importante, y han encarcelado a varios. Las purgas muestran que la estructura de poder está mutando para que la persona elegida como sucesora mantenga el control sobre el país y pueda sostener la continuidad autoritaria. El régimen radicaliza el estado policial sobre el resto de la población nicaragüense. También ha adoptado formas de persecución transnacional para quienes están en el exterior a fin de asegurar el control y llevar a buen término la sucesión dinástica.

Un proyecto familiar dictatorial

Ortega ha acumulado diecisiete años continuos en la Presidencia de Nicaragua. En 2007, cuando regresó a ocupar el cargo, ya tenía entre manos instalar su proyecto autoritario. Desde el principio se empeñó en asentar las bases del régimen dictatorial. Pero, a diferencia de otros regímenes autocráticos en Latinoamérica, en los que la sucesión recayó en personas leales a los caudillos como en Cuba y Venezuela, en Nicaragua adquirió las características de una sucesión dinástica. Los demás integrantes del clan familiar se preparan para dar continuidad a la dictadura.

La primera en la línea de sucesión es Rosario Murillo, esposa de Ortega, vicepresidenta y única vocera del régimen. Murillo adquirió poder a raíz del apoyo que brindó a Ortega cuando  en 1998 su hija Zoilamérica denunció que la abusaba desde niña. Una vez Ortega se instaló en la Presidencia, el poder de Murillo se incrementó aceleradamente, tomando el control del aparato de gobierno y del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

En 2016, durante el congreso del FSLN, Ortega anunció la candidatura de Murillo para vicepresidenta en las elecciones de ese año. Las dudas que habían respecto a la instalación de una nueva dinastía se despejaron. Por supuesto, Murillo ascendió a ocupar el cargo en un proceso electoral fraudulento.

El eje de poder gira alrededor de Daniel Ortega y Rosario Murillo, pero en la medida que el tiempo ha avanzado y la crisis sociopolítica se profundiza y prolonga. Murillo se ha alzado por encima de toda la estructura. Incluso sobre personas de la más alta confianza personal de Ortega y la llamada “militancia histórica” integrada por exguerrilleros que pelearon en contra de la dictadura de los Somoza y se han mantenido bajo el alero del FSLN. Uno de los casos más recientes es el de Humberto Ortega, hermano de Daniel, general en retiro y el primer comandante en jefe del Ejército. Humberto se atrevió a criticar públicamente la sucesión dinástica. Eso bastó para que lo mantuvieran incomunicado y en detención domiciliar durante varios meses hasta su fallecimiento en septiembre pasado.

El círculo Murillo

Murillo ha construido un círculo propio de personas leales dentro del partido y el aparato de gobierno. La mayoría son relativamente jóvenes, comprometidas a punta de prebendas. Es conocida por el férreo control que ejerce sobre todas las instituciones estatales. Utiliza discursos de odio y amenazas para referirse a quienes considera opositores. Tiene un trato humillante con sus propios hijos y le obsesionan los asuntos esotéricos.

Mientras tanto, el resto de la familia Ortega-Murillo ejerce funciones públicas clave sin contar con nombramientos oficiales. Por ejemplo, encabezan delegaciones oficiales en visitas al exterior. Laureano Ortega Murillo ha adquirido un perfil público muy activo en los años más recientes porque le han encargado establecer acuerdos de colaboración con Rusia y China. También con algunos países del Medio Oriente. Usualmente encabeza las delegaciones oficiales que visitan Rusia y China.

Camila Ortega Murillo es la asistente personal de Rosario y coordinadora de la Comisión Nacional de Economía Creativa. En una ocasión Ortega le otorgó plenos poderes para firmar un memorando de entendimiento sobre temas culturales con China. Los demás hijos de la pareja presidencial se encargan de dirigir los medios de comunicación progobierno más importantes y empresas del grupo económico Ortega-Murillo. El proyecto político autoritario y de partido transmutó a uno de naturaleza familiar y con rasgos sultánicos.

Agotamiento del modelo

La primera en la línea de sucesión es Rosario Murillo. Pero es evidente que otros integrantes de la familia ya se están preparando en lo que parece ser un proyecto político autoritario pensado para el largo plazo. Pero esa sucesión enfrenta varios problemas. Uno de ellos es que no goza de respaldo ni legitimidad entre la población. Por el contrario, el descontento se ha profundizado y extendido incluso entre sus propios simpatizantes.

La posibilidad de continuidad del proyecto está comprometida porque el modelo ya se agotó. No es capaz de ofrecer posibilidades de futuro aún a sus propios partidarios. Por eso han optado por la radicalización autoritaria siguiendo cuatro líneas. Una es la reestructuración de la estructura de poder para que la persona sucesora cuente con la complicidad de sus más leales colaboradores. Luego, la reconfiguración del sistema de dispositivos de represión, vigilancia y control para contener el creciente descontento ciudadano. También, la creación de un marco legal que justifique sus actuaciones arbitrarias. Por último, la destrucción del capital social de organizaciones ciudadanas. Según ellos, podría incubar una nueva ola de protestas como la de 2018. Los Ortega-Murillo son conscientes de que el 2026 se perfila como una fecha clave para avanzar en su afianzamiento considerando que para ese año están previstas las próximas elecciones presidenciales.

La sucesión y las próximas elecciones se pueden convertir en un punto de inflexión. Tanto para abrir una oportunidad de cambio democrático como de fortalecimiento del proyecto autoritario. La sucesión implica de hecho, una transición que el régimen quiere que transcurra completamente bajo su control. Pero no hay ninguna garantía de ello. Sobre todo porque la posible “sucesora” atiza cada vez más las animadversiones de sus propios seguidores. Para las fuerzas de la oposición democrática de Nicaragua este escenario plantea varios desafíos.En principio, prepararse para ese eventual momento y constituir un interlocutor legítimo que pueda presentar una propuesta de transición democrática a la sociedad nicaragüense y la comunidad internacional.

*Texto publicado originalmente en Diálogo Político

Carlos Andrés Alvarado: «La polarización y el populismo no son fenomenos nuevo, lo que sí es nuevo es la mezcla con la globalización»

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Carlos Andrés Alvarado Quesada fue el Presidente más joven de Costa Rica desde la fundación de la Segunda República, ejerciendo el cargo desde el 8 de mayo de 2018 hasta el 8 de mayo de 2022 por el Partido Acción Ciudadana.

La informalidad tras la reforma de la seguridad social en Panamá

El nuevo gobierno de Panamá, que tomó posesión en julio de este año, se ha propuesto reformar el sistema de seguridad social, que enfrenta una crisis financiera que afecta tanto el programa de pensiones, invalidez y maternidad, como los servicios de salud que brinda la Caja de Seguro Social (CSS), ente que administra los fondos de los asegurados.

El proyecto de ley propone, entre otras medidas, un aumento en la edad de jubilación y un incremento en la cuota patronal, además de aportes por parte del Estado, con el objetivo de garantizar la sostenibilidad del sistema de pensiones. Por el lado de la atención de salud, se busca generar cambios que permitan la integración de los servicios que brinda la CSS y el Ministerio de Salud, y la agilización y compra conjunta de medicamentos, con el fin de asegurar su abastecimiento.

Mientras que algunos gremios empresariales han mostrado su apoyo a la iniciativa, los sindicatos de trabajadores, médicos y maestros han expresado su rechazo, argumentando que las reformas afectan negativamente a los trabajadores y no resuelven los problemas estructurales de la CSS. El debate continúa en la Asamblea Nacional, donde se espera que se realicen modificaciones al proyecto original antes de su aprobación, que, en teoría, debe darse durante el mes de diciembre.

El problema de la informalidad laboral

Un aspecto que planea como telón de fondo a estas reformas es la informalidad laboral, fenómeno que divide en dos el territorio y a la clase trabajadora panameña. Las garantías laborables que brinda el sistema de seguridad social como, el acceso a la atención de salud y las pensiones a la edad de retiro, son beneficios a los cuales más de la mitad (52%, 2,142,321 habitantes) de la población no tiene acceso, ya sea vía directa, como afiliado, o indirecta, como beneficiario, según datos del censo de población de 2023.

La informalidad es un problema que ha afectado a más del 45% de la población panameña persistentemente, durante casi todo lo que va del siglo XXI, según datos del INEC. Estas cifras resaltan la necesidad de ajustar no solo las variables financieras y ‘paramétricas’ del manejo de la CSS, sino también, los elementos estructurales sobre los cuales se ha cimentado el funcionamiento económico y territorial del país desde al menos, la década de 1970.

Los datos del censo de población y vivienda, sobre la población sin seguro social en Panamá en 2023 muestran que la exclusión del seguro social es un problema generalizado en los corregimientos urbanos del país, donde en ningún corregimiento baja del 25% de población sin cobertura, llegando incluso al 50% en algunos casos.

La situación en las áreas rurales es aún más crítica, con porcentajes de exclusión que superan el 70% y que en muchos corregimientos alcanzan niveles alarmantes de más del 90%, especialmente en las comarcas indígenas. Esto evidencia una profunda desigualdad en el acceso a la seguridad social entre las zonas rurales y urbanas, y entre las periferias y los centros urbanos del país.

En Panamá, según grupos de edad, la población sin seguro social presenta una tendencia en forma de «U» invertida, afectando mayormente a los jóvenes entre 15 y 34 años (63%) y a los adultos mayores de 65 años o más (24%). Y en cuanto a la actividad económica, los sectores con mayor porcentaje de personas sin seguro social son agricultura, ganadería, caza, silvicultura y pesca (81%), el empleo doméstico (70.5%) y la construcción (66%).

Estos datos son similares al resto de América Latina donde el 55% de los trabajadores tienen un empleo informal sin contrato ni cobertura de seguridad social, y 3 de cada 10 no alcanzan a tener los ingresos necesarios para superar el umbral de la pobreza, según la más reciente edición del Índice de Mejores Trabajos del BID (2024).

Una gran evasión fiscal

La informalidad en el caso panameño también se hace evidente, en lo que respecta a indicadores sobre porción de ventas no reportadas, que llega al 50%, -lo que indica un alto nivel de evasión fiscal-, además de registrar el 40% de su PIB dentro de lo que se considera, economía subterránea, que es aquella que incluye tanto actividades que no se registran ante el Estado, como aquellas actividades ilícitas, de acuerdo con el reporte, ‘Informalidad: escape y exclusión del Banco Mundial, 2007.

Según este mismo reporte, la informalidad en América Latina se debe a la incapacidad del sistema capitalista para integrar a toda la población en el mercado laboral, además de la desconfianza institucional y el incumplimiento de normas. Esto genera un grupo excluido y pobre, y otro de mayores ingresos que elige no participar en el sistema de seguridad social por sus limitados beneficios.

Uno de los economistas ganadores del Premio Nobel 2024, James Robinson, señala en su artículo ‘La miseria en Colombia’ (2016), que “la raíz de este problema se encuentra relacionado con las estructuras extractivistas y la falta de credibilidad de las instituciones. Las regiones que tienen instituciones económicas ‘extractivas’, que no crean incentivos de base amplia ni oportunidades para las personas, crearán pobreza. Tener un Estado capaz y efectivo es un prerrequisito para el desarrollo económico y la reducción de la pobreza”.

Otros aspectos que afectan el comportamiento de la informalidad en Panamá están relacionados con la hiperconcentración sectorial y geográfica de la actividad económica. Los datos del censo de negocios (INEC, 2012), muestran como el 60% de las empresas, el 91% de los salarios pagados y 93.5% de los ingresos empresariales se encuentren concentrados en el corredor transístmico del Canal de Panamá. Por el lado sectorial, el 67% del PIB se concentra en el sector de servicios, relegando a otros sectores como el agrícola a una baja inversión y productividad.

La ampliación de la base de afiliados a la seguridad social requiere políticas que fomenten la formalización laboral, tanto en áreas rurales como en las informales urbanas. Se debe impulsar el cooperativismo, la creación de espacios para emprendimientos y modelos innovadores de seguros que atiendan la diversidad de ingresos y actividades económicas. Es fundamental, además, garantizar salarios dignos, superiores al costo de la canasta básica, especialmente en sectores como agricultura, construcción y trabajo doméstico. De la adopción de este tipo de políticas dependerá en gran medida la sostenibilidad futura del sistema de seguridad social.

¿Por qué varios países andinos están sufriendo sus mayores crisis hídricas a la vez?

Este año, Colombia y Ecuador están sufriendo la peor crisis hídrica de su historia. En la capital colombiana, cada nueve días se corta el servicio de agua potable durante un día completo y en el Ecuador hay cortes de electricidad ―generada principalmente con recursos hídricos― de hasta 10 horas por día. La razón es tan sencilla como dramática: se han vaciado los reservorios de agua que abastecen a las hidroeléctricas y proveen agua potable. ¿Cómo se ha llegado, en dos países en pleno crecimiento económico, a una situación tan extrema? Mucho tiene que ver el cambio climático, pero más aún con el deficiente manejo de un ecosistema natural fundamental: el páramo andino.

¿Qué es el páramo andino?

El ecosistema conocido como el páramo se encuentra por encima del límite de bosque (generalmente a los 3500 metros sobre el nivel del mar) en los Andes del Norte (Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú) con extensiones menores en Costa Rica y Panamá. A esta altitud, el clima es húmedo muy frío y se desarrolló un ecosistema abierto, dominado por pastos, arbustos, una diversidad de hierbas pequeñas y unas formas de crecimiento espectaculares como las almohadillas y las rosetas gigantes, incluyendo los emblemáticos frailejones y bromelias gigantes. Este ecosistema es un hábitat por excelencia de los animales más características de los Andes: el ojo de anteojos, la danta de montaña y el cóndor andino. Esta riqueza y singularidad de la flora y fauna, hace del páramo el ecosistema de alta montaña más diversos del mundo.

En total, el páramo cubre unos cuatro millones de hectáreas, que corresponden a menos del 5% de la superficie de los países que lo comprenden. Sin embargo, su importancia económica y social es proporcionalmente mucho mayor. La alta montaña tropical, en las latitudes donde se ubican los páramos, suele estar cubierta de neblina y recibe mucha lluvia. Esto hace que el páramo sea muy humedo y se forme una gran biomasa principalmente de pastos (paja) que cubre el suelo.

Una vez muertas las hojas de este manto de plantas, se incorporan al suelo y debido a la lenta descomposición causada por las bajas temperaturas, la materia orgánica se acumula en el suelo. La densa vegetación y el suelo orgánico hacen que todo el ecosistema se comporte como una esponja, reteniendo gran parte de la abundante agua que cae, distribuyéndola a humedales, quebradas y ríos, formando así la base del sistema hídrico de una importante parte de Sudamérica. Este servicio ecosistémico asegura el balance ecológico mucho más allá de la zona montañosa, y no es exagerado afirmar que sin los páramos los valles interandinos, el bosque amazónico y la selva pacífica no serían tal como los conocemos.

El papel del páramo en la provisión del agua para el continente no es solamente fundamental desde el punto de vista ecológico, sino también social y económico. Más de la mitad de la población de los Andes del Norte, incluyendo toda la población de Bogotá y Quito, toma agua directamente del páramo, tan pura que casi no necesita tratamiento para la potabilización. En ambos países, la generación eléctrica depende en su gran mayoría del agua originada en la alta montaña. Y la agricultura andina de flores y papas, e inclusive los extensos cultivos de arroz y verduras en la costa norte desértica del Perú, se riegan con agua proveniente de los páramos a través de sistemas de canales hasta más de cien kilómetros de longitud.

¿A qué se debe la crisis hídrica en los Andes del Norte?

Las anomalías en los patrones de lluvia en los últimos años, causadas por el calentamiento global y los fenómenos del Niño y la Niña más irregulares que antes, contribuyeron a que este año sea extremadamente seco en toda la cordillera andina. Este menor volumen de agua en forma de lluvia y neblina en el páramo, se ha traducido a su vez en menos agua distribuida a quebradas, ríos y los reservorios de agua potable y para la hidroenergía. Esto ha llevado a que se acaben las reservas de agua en la montaña, lo cual está provocando los cortes en los servicios públicos básicos del país.

Pero no se puede señalar únicamente al cambio climático, éste solo ha acelerado la crisis. Durante décadas, los páramos han recibido poca atención de parte de la sociedad andina y de sus gobiernos. Mientras tanto, un sinnúmero de actividades agrícolas sin control, como cultivos de papa mal planificados, el sobrepastoreo y asociado a esta, las quemas de vegetación, arrasaron con la vegetación del páramo natural y erosionaron sus suelos negros y orgánicos, dañando así la esponja natural en la alta montaña.

Sumado a esto, los campesinos de los altos Andes, marginalizados por las instituciones gubernamentales, no lograron aplicar prácticas sustentables a sus fincas y se han visto obligados a subir aún más al páramo, para encontrar otras tierras para sus cultivos y animales. Finalmente, proyectos de inversión económica como la minería metálica, la construcción de carreteras y las mismas hidroeléctricas han contribuido a la degradación del páramo. Esta destrucción ambiental ha sido la verdadera causa de que los páramos pierdan su capacidad de regular el agua en los Andes y el cambio climático es «apenas» un factor que acelera esta crisis.

Un cambio de rumbo

En la última década, luego de muchas alertas desde la academia y las ONG, y gracias a los levantamientos de las comunidades andinas rurales en defensa del territorio y el agua y en contra especialmente de la minería, se ha comenzado a visibilizar la problemática que afecta al páramo. Hoy en día, gran parte de los andinos son conscientes de la relación de los páramos con el acceso al agua y que es necesario cuidar la torre de agua con sus esponjas naturales. Finalmente, el páramo atrae la atención del sistema político y la sociedad.

Pero ¿ya es tarde? ¿hemos perdido la batalla contra la degradación ambiental? Afortunadamente no. Tanto el sector público, como las comunidades rurales, la academia y las ONG están invirtiendo esfuerzos y recursos para llevar adelante un manejo sostenible de los páramos. Más de la mitad de este ecosistema ya está incluido en diferentes formas de conservación, y en el resto se aplica legislación específica para protegerlo. Actualmente existen compensaciones para los campesinos que decidan conservar o restaurar sus tierras y cada vez hay más iniciativas amigables ambientalmente, basadas en agricultura sostenible o ecoturismo.

Si bien vamos por buen camino, aún hace falta un pacto entre todos los sectores de la sociedad para reconocer la responsabilidad colectiva y de cada persona para manejar inteligentemente los recursos hídricos y energéticos, apoyar a los habitantes rurales de la alta montaña para que sean aliados en la gestión ambiental y para otorgar al páramo el estatus que merece: un ecosistema fundamental para el futuro de los Andes.

*Un texto producido en conjunto con el Instituto Interamericano para la Investigación del Cambio Global (IAI). Las opiniones expresadas en esta publicación son las de los autores y no necesariamente las de sus organizaciones.

El voto obligatorio y los retos de la democracia en América Latina

El voto obligatorio es una característica común en América Latina: 13 países de la región han decidido que el sufragio no solo sea un derecho, sino también un deber, reforzado con diversos grados de sanción y efectividad. Bajo esta premisa, el voto obligatorio busca que todos los sectores de la sociedad participen activamente en la toma de decisiones públicas, contribuyendo así a una democracia más inclusiva. Sin embargo, detrás de esta obligatoriedad se esconden desafíos complejos: el acto de votar, por sí solo, no siempre se traduce en una participación comprometida e informada.

El reciente estudio del GPS Ciudadano, elaborado por la consultora de opinión pública Datavoz en Chile —país que en 2022 reintrodujo el voto obligatorio tras una década de voluntariedad—, revela una realidad que resuena en toda América Latina. En el contexto de este estudio, los encuestados consideran la falta de voto como una infracción social de alto calibre, más grave incluso que actos como evadir el pago del transporte público o arrojar basura en espacios protegidos. Este hallazgo sugiere que, para los ciudadanos, votar es más que un acto electoral; es una responsabilidad ética, una expresión de compromiso cívico y una pieza fundamental en el engranaje de la sociedad democrática.

Sin embargo, la obligatoriedad del voto no es la solución mágica para alcanzar una democracia robusta y representativa. Este mecanismo, aunque efectivo para movilizar electores, no garantiza que esa participación se traduzca en representación genuina o en una restauración de la confianza hacia instituciones y partidos políticos, que sigue siendo un tema pendiente en gran parte de América Latina. La región enfrenta un reto que va más allá de la simple obligatoriedad: ¿cómo transformar este deber en un ejercicio de participación consciente y de conexión real con el sistema político?

La cuestión central no es solo si el voto debe ser obligatorio o voluntario, sino cómo asegurar que ese acto obligatorio contribuya a una democracia realmente cercana a sus ciudadanos. Aunque la participación aumenta en países con voto obligatorio (según el Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral – IDEA, en un promedio de un 7 % en comparación con países de voto voluntario), este incremento no siempre refleja una ciudadanía bien informada o comprometida. América Latina necesita un enfoque renovado, donde la educación cívica y una comunicación política honesta y accesible se conviertan en los pilares que sustenten un electorado consciente de su poder y responsabilidad.

Uno de los retos más comunes en los países con voto obligatorio es el aumento de los votos nulos y blancos, que en muchos casos denotan desilusión más que desinterés. El malestar ciudadano no se borra en las urnas; por el contrario, se hace visible cuando la ciudadanía se siente obligada a votar sin opciones que perciba como auténticas o representativas. 

En Chile, las elecciones recientes muestran cifras que no hacen sino confirmar este último argumento: más del 25 % de los votos fueron nulos o blancos en las elecciones de consejeros regionales, 10,7 % en la elección de alcaldes, 18 % para gobernadores y 21,4 % para concejales. Este fenómeno es una señal de desconexión profunda, que no se soluciona con sanciones económicas, sino con un cambio real en la relación entre los ciudadanos y sus representantes.

La obligatoriedad del voto puede ser una herramienta poderosa en nuestra región, pero su impacto depende de mucho más que de las sanciones. Que los ciudadanos perciban el voto como un deber fundamental es un buen punto de partida, pero debe complementarse con esfuerzos que busquen reconstruir la confianza en las instituciones y la representatividad democrática. América Latina debe avanzar hacia una democracia en la que la educación cívica y la transparencia en las candidaturas faciliten una participación genuina, conectando a los ciudadanos con las instituciones y reforzando el sentido de pertenencia y compromiso.

Una democracia sólida no se construye solo con la asistencia a las urnas; se construye con votantes informados y comprometidos, cuyas voces reflejan una voluntad auténtica y consciente. La experiencia de Chile sirve como recordatorio para toda América Latina: el voto obligatorio puede ser solo el primer paso hacia una democracia plena, pero el reto verdadero está en construir un sistema que refleje de manera fiel la diversidad y la voluntad de nuestros pueblos.

Inversiones chinas en Brasil: oportunidades para un futuro sostenible

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Desde los primeros pasos del proceso de expansión de las empresas chinas, iniciado a mediados de los años 2000 y que se intensificó a finales de esa década, Brasil ha sido el principal destino de las inversiones del gigante asiático en América Latina y figura entre los cinco países que más han recibido capital productivo chino en el mundo. Con poco más de una década y media de actividad constante, las inversiones chinas ya están presentes en todas las regiones de Brasil, desde los grandes centros urbanos y capitales hasta pequeñas ciudades del interior.

Durante este período, hubo cambios en el perfil de los proyectos que atrajeron el interés chino, ya sea por las políticas internas adoptadas por Pekín, por momentos de mayor o menor apertura del mercado brasileño, o debido a turbulencias en el escenario internacional. Inicialmente, reflejando el crecimiento exponencial del comercio bilateral, había un gran entusiasmo por el sector de las materias primas, especialmente en el área de extracción de petróleo. Hoy en día, están presentes en Brasil algunas de las mayores empresas chinas del sector, como China National Offshore Oil Corporation (CNOOC), China Petrochemical Corporation (Sinopec) y China National Petroleum Corporation (CNPC).

En un segundo momento, el área de energía –especialmente la generación, transmisión y distribución de electricidad– comenzó a atraer la mayor parte de los proyectos, especialmente con la entrada de gigantes como State Grid y China Three Gorges, que tienen en Brasil su principal mercado fuera de China. Al mismo tiempo, la industria manufacturera ganó espacio, con la entrada de empresas chinas de diversos segmentos, como automotriz, electrodomésticos y maquinaria y equipos, incluyendo a BYD, TCL, Gree, Midea, Sanxing Electric y Xuzhou Construction Machinery Group (XCMG).

Además, hay inversiones consolidadas en el sector minero, con la presencia de grandes iniciativas de CMOC en el área de niobio y fosfatos, y en el segmento agrícola, con aportes de empresas como COFCO y Long-Ping High-Tech, que van desde la comercialización y suministro de productos agrícolas hasta la fabricación de productos químicos para la agroindustria. En el segmento de infraestructura, también destacan las inversiones de las empresas estatales, que desde 2018 tiene en su cartera la Terminal de Contenedores de Paranaguá.

El crecimiento del comercio bilateral y la entrada de inversiones han generado, a su vez, un creciente interés en el sector bancario, que gradualmente ha comenzado a operar directamente en el país. En la primera década de los 2000, la presencia de bancos chinos aún era incipiente, contando básicamente con el Bank of China, pionero en la presencia de estas instituciones en América del Sur. Luego, en 2009, se estableció como Banco de China Brasil S.A., el primer banco chino en ingresar efectivamente en el territorio nacional. A partir de 2012, otros bancos comenzaron a operar en el país, como el Industrial and Commercial Bank of China (ICBC), el Bank of Communications (BOCOM) y el China Construction Bank (CCB).

Cabe destacar que poco más de la mitad de los proyectos chinos en Brasil ingresaron al país a través de iniciativas greenfield, con el establecimiento de nuevos negocios o nuevas rondas de inversiones en proyectos iniciados en años anteriores. Esto ha generado numerosos beneficios para la economía brasileña, ya que crea redes de conectividad entre cadenas de valor, además de dinamizar el mercado laboral. Al mismo tiempo, muchas empresas chinas también optaron por ingresar al país apostando por fusiones y adquisiciones, aprovechando ventajas puntuales, como la caída relativa de los precios de los activos nacionales debido a la devaluación del real.

La trayectoria de las inversiones chinas en Brasil muestra que las relaciones en esta área han alcanzado un grado considerable de madurez, con una rápida evolución –cuantitativa y cualitativa– de estas inversiones, lo que ha preparado bases sólidas para las nuevas tendencias que comienzan a emerger. Actualmente, los grandes proyectos de inversión de China en el extranjero son menos frecuentes, dando paso a emprendimientos menores en las llamadas «nuevas infraestructuras», con iniciativas en áreas que están en el centro de los planes de desarrollo del liderazgo chino, como las energías renovables, los autos eléctricos, la tecnología de la información, la infraestructura urbana y las manufacturas de alto estándar.

Es en este escenario que han surgido nuevas oportunidades para Brasil. En años recientes, ha habido un renovado entusiasmo por parte de empresas chinas de Tecnología de la Información para invertir capital en el país, incluyendo participaciones en varias rondas de inversión en startups nacionales, abriendo el camino para la expansión de grandes tecnológicas como DiDi, Tencent y Ant Financial.

De la misma manera, áreas relacionadas con la transición energética han despertado el interés de las empresas chinas, en línea con la meta de China de alcanzar la neutralidad de carbono para 2060, una ambición que necesariamente requerirá la ayuda de aliados en diversas partes del mundo. La reciente entrada de GWM y BYD en el mercado nacional ilustra casos emblemáticos. Además, es cada vez más común la entrada de nuevos proyectos en energías limpias, especialmente solar y eólica, con oportunidades latentes en áreas como el hidrógeno verde, biocombustibles para la aviación y el transporte marítimo, así como la extracción y procesamiento de minerales críticos como el litio.

Los avances de las inversiones chinas en Brasil son notables. En el marco de una agenda común basada en el desarrollo sostenible y tecnológico, Brasil y China pueden dar nuevos pasos hacia asociaciones que fortalezcan no solo las relaciones bilaterales, sino también la posición de ambos en el mundo.

* Este texto fue publicado originalmente en la web de REDCAEM

El régimen cubano busca acusar de ‘sedición’ a J. G. Barrenechea, periodista independiente y columnista de L21 

El régimen cubano busca acusar al periodista independiente José Gabriel Barrenechea Chávez del delito de sedición por supuestamente liderar la protesta ocurrida el 7 de noviembre en Encrucijada, su municipio de residencia. Barrenechea se encuentra en huelga de hambre, según informó el grupo de asesoría jurídica Cubalex, para protestar contra su detención, mientras que las autoridades han solicitado 90 días de prisión provisional mientras se prepara su juicio.

Barrenechea fue arrestado arbitrariamente el 8 de noviembre, y su paradero fue desconocido hasta el 11 de noviembre, cuando el pastor Mario Félix Lleonart confirmó que estaba detenido en la sede de la Seguridad del Estado de Santa Clara. Lleonart también indicó que las autoridades lo acusan de liderar la protesta, aunque la del 7 de noviembre solo fue una de las al menos 14 manifestaciones registradas a raíz del apagón generalizado en el país.

El apagón comenzó el 6 de noviembre, a causa de un colapso del sistema eléctrico nacional tras el paso del huracán Rafael. Los residentes de Encrucijada, agotados tras más de 24 horas sin electricidad, salieron a las calles para exigir la restitución del servicio. Las protestas fueron parte de un descontento más amplio, que incluyó reclamos en varios puntos del país.

Barrenechea, nacido en 1971 en Encrucijada, Villa Clara, es un destacado pedagogo, escritor e investigador cubano y es una de las 19 personas detenidas arbitrariamente por su supuesta participación en estos eventos, un patrón que recuerda las acusaciones de sedición contra numerosos cubanos tras las protestas de julio de 2021, cuando se solicitaron penas de hasta 30 años de prisión.

Exigimos la inmediata liberación de José Gabriel Barrenechea y de todos los periodistas detenidos arbitrariamente. La libertad de prensa y de expresión son derechos fundamentales que deben ser protegidos, no criminalizados. En Latinoamérica21, siempre estaremos del lado de la libertad de prensa y de expresión, defendiendo el derecho de todos a informar y ser informados sin temor a represalias.

Donald Trump y el regreso del espectáculo del Muro

Apenas se confirmó su victoria, Donald Trump hizo su primera aparición pública como el 47º presidente electo de Estados Unidos. El tema de la inmigración y la ampliación del Muro, pilares centrales de su campaña, estuvieron presentes. “Vamos a tener que cerrar las fronteras, queremos que venga gente, pero tiene que venir legalmente”, afirmó.

En las elecciones presidenciales, temas como la migración y el cierre de fronteras fueron decisivos. Existe un discurso predominante en el país sobre la crisis migratoria, considerada la más grave de la historia en la frontera sur. Según BBC Brasil, alrededor de 11 millones de inmigrantes indocumentados viven en Estados Unidos, una cifra estable desde 2005. Los demócratas fueron acusados ​​de dejar las fronteras abiertas y ahí es donde reside su derrota. Pero, ¿republicanos y demócratas eran divergentes o apostaban por puntos diferentes pero convergentes?

Al contrario de la campaña de Kamala Harris, el Muro fue central en la campaña de Trump. Para él y sus más de 72 millones de votantes (incluidos una gran parte de hombres latinos), la frontera sur representa uno de los mayores desafíos para hacer que “Estados Unidos vuelva a ser grande”. El Muro, no sólo abordaría la migración incontrolada en el país, sino que también podría enderezar la economía nacional. Después de todo, para Trump, la migración y la economía van de la mano.

A lo largo de los 20 puntos de su plan de gobierno, los temas de migración y economía están estrechamente entrelazados. Está claro que la recuperación del empleo para los “Forgotten Men and Women of America” pasa por la expulsión de los inmigrantes indocumentados, responsables de sobrecargar el mercado laboral y devaluar los salarios.

Los republicanos reivindican la misión de asegurar la frontera, deportar a los extranjeros “ilegales” y revertir las políticas de “fronteras abiertas” promovidas por los demócratas que no sólo han quitado empleos, sino que han aumentado el costo de la vivienda, la educación y la atención médica para las familias “estadounidenses”. 

Sin embargo, no a todos los inmigrantes se les prohibirá entrar en el país. Según el futuro vicepresidente, JD Vance, los republicanos planean seleccionar a los más aptos para cubrir puestos específicos. Al parecer, el Muro les ayudará en esta selección.

La obsesión con el Muro

Esta obsesión no comenzó exactamente con Trump. Al contrario de lo que afirma, él no lo creó. El Muro, en la práctica, apareció poco después de que Donald Trump entrara en política. Y, muy probablemente, seguirá existiendo después de que él sea un recuerdo. Se convirtió en una fijación nacional, capaz incluso de superar las diferencias entre los gobiernos republicanos y demócratas. Es posible que el Muro se haya convertido en una institución del Estado norte-americano.

Bush padre lo inició, dividiendo San Diego de Tijuana; Bill Clinton utilizó restos de la guerra de Vietnam para ampliar la fortificación; Bush hijo contaba con congresistas demócratas como Obama y Hillary para reforzar la valla; Obama inyectó 600 millones de dólares y añadió otros 200 kilómetros; Trump, en su primer mandato, construyó 130 km; y Biden tuvo “cuidado” al cerrar las brechas en el Muro.

Los gobiernos invierten en el Muro. Lo amplían y lo recauchutan. Calienta los corazones de los estadounidenses que ven el sueño americano o sus mascotas amenazados por sus vecinos latinos. Sin embargo, probablemente también sepan que los verdaderos problemas del país no están en la frontera, sino en un continuo y aparentemente irreversible declive geopolítico, financiero, económico y social.

El valor simbólico

El Muro ofrece un respiro político y simbólico cuando los presidentes se sienten atrapados. Cuando la popularidad cae o la crisis de la clase media se intensifica, es cuando demócratas y republicanos parecen buscar ayuda. Entre tantos chivos expiatorios, los latinoamericanos ocupan un lugar central. No es un Muro de lamentos, sino de soluciones inmediatas. Evocar el Muro es rescatar los ideales de la Nación. Y Trump lo sabe bien.

Al igual que otros presidentes, Trump también entiende que el control de la inmigración no se limita al Muro ni más allá. Implica acciones distintas a la de alinear altas columnas de acero. Reforzar las fronteras exige avances en las Américas, a través de acuerdos bilaterales incisivos. Pero no sólo. Cuando es necesario, también se puede chantajear económicamente y tomar decisiones unilaterales. Todo presidente estadounidense necesita socios dispuestos a hacer el trabajo sucio. Recordemos el lema de Biden, durante la Cumbre de las Américas de 2022: “Ninguna nación debería asumir sola esta responsabilidad”.

En su primer mandato, Trump supo utilizar este recurso. Junto a él trabajaron figuras políticas aparentemente antagónicas. Este fue, por ejemplo, el caso de los entonces presidentes de México, López Obrador, y de Brasil, Bolsonaro, al contener a venezolanos y brasileños, antes de que llegaran al Muro.

Sin embargo, Trump entiende que la atención está puesta en el Muro. Más que trabajar eficazmente, sabe que la política migratoria debe ser espectacular. No basta simplemente con contener a los inmigrantes potenciales, incluso antes de que piensen en abandonar su hogar. Esto no da visibilidad. Es necesario sentenciarlos en público y el Muro lo permite.

Este puede haber sido el “error” de Kamala, designada por Biden para resolver la crisis migratoria. Al uberizar su política de inmigración, los demócratas se centraron excesivamente en sus “colaboradores” externos y dejaron el Muro para más tarde. 

Kamala visitó México y el Triángulo Norte (El Salvador, Guatemala y Honduras), lugar donde supuestamente se encuentran “las raíces” del problema migratorio, y les dijo a los guatemaltecos: “no vengan”. Continuó avanzando por América y envió delegaciones a varios países. Ecuador y Colombia firmaron acuerdos para recibir a los venezolanos de “manera ordenada”. Desde julio de este año, Panamá es socio de la deportación aérea de migrantes que arriesgaban cruzar hacia el Norte. Pero estas acciones parecen haber sido ignoradas por un público sediento de resultados inmediatos, que sólo el Muro ofrece.

Cuando llegó el momento de invertir fuertemente en la frontera, donde está el Muro, el Senado, dominado por republicanos trumpistas, negó la ley que asignaba 118.200 millones de dólares para ese fin. Biden y Kamala no pudieron completar el proyecto y esto sonó como una política divergente de la de Trump.

Trump entiende los reality shows. Durante años, señaló con el dedo supuestos fracasos y dijo: “¡Estás despedido!”. Sabía que esto tenía un gran atractivo popular. Especialmente de los estadounidenses sentados sobre interminables pilas de facturas por pagar, en un intento de apoyar el ideal del “estilo de vida estadounidense”. Ya presidente, Trump entendió que el Muro debía ser su gran escenario. Y no renunciaría a ello para ganar un nuevo mandato, aunque sabe que el Muro por sí solo no resolverá la crisis. Durante los próximos cuatro años, Trump y el Muro volverán a ganar protagonismo y aplausos de una audiencia enojada y asustada por el mundo de abundancia que se ha ido.

Chile: las lecciones de una elección

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Han pasado más de dos semanas desde las elecciones municipales en Chile, y los resultados siguen dando material para la reflexión, con elementos que podrían resonar en toda América Latina: la participación electoral, el significado de los votos nulos y blancos, el impulso de los candidatos independientes y la presencia de mujeres en el ámbito político. Estos factores ofrecen lecciones no solo para Chile, sino para toda una región que enfrenta el desafío de fortalecer su democracia en tiempos de desafección ciudadana.

A pesar de que el voto sigue siendo obligatorio en Chile, y de que en esta elección la multa por no votar se redujo, la participación se mantuvo en niveles altos y comparables a los de elecciones anteriores. El estudio de opinión pública GPS Ciudadano de la consultora Datavoz, realizado en septiembre, mostró precisamente que la ciudadanía percibe el acto de votar como una responsabilidad prioritaria, incluso en momentos de descontento. Para muchos latinoamericanos, votar, aunque sea para anular o dejar en blanco, es una manera legítima de expresarse, un derecho que trasciende coyunturas políticas.

Este escenario plantea un desafío que se debe abordar con prontitud: la necesidad de informar mejor a los votantes sobre sus opciones. En Chile, los datos son claros: en el caso de los consejeros regionales, uno de cada cuatro votantes no eligió a ningún candidato; algo similar ocurrió con los cargos de gobernadores y concejales. A primera vista, esto podría parecer apatía, pero el interés mostrado en la elección de alcaldes sugiere algo distinto.

En realidad, enfrentamos un déficit de representación. La desconexión es profunda y requiere esfuerzos en toda la región para acercar la política a los ciudadanos, lo que implica una educación cívica robusta. Si los ciudadanos desconocen el impacto de los cargos, subestiman su voto y, con ello, pierden la oportunidad de hacer valer sus intereses. Estos datos revelan una tendencia compartida en la región, donde la obligatoriedad del voto no siempre se traduce en una votación informada o motivada.

La fuerte presencia de candidatos independientes en Chile confirma otro fenómeno relevante en varios países de la región: el deseo de los votantes de elegir figuras sin vínculos con los partidos tradicionales. En la elección de alcaldes en Chile, el 60% de los electos fueron candidatos independientes, y de ellos, la mitad compitió fuera de los pactos de partidos. Aunque algunos recibieron respaldo público de partidos —como en el caso de Marcela Cubillos e Iván Poduje en comunas clave—, estos casos fueron la excepción e incluso no resultaron electos. Esta tendencia apunta a una creciente desconfianza compartida en la región, donde los votantes ven en los candidatos independientes una alternativa a las estructuras convencionales.

La representación femenina también sigue siendo un tema clave. En Chile, solo el 25% de los candidatos a alcaldes eran mujeres, reflejando una subrepresentación que sigue presente en toda América Latina. No obstante, se eligieron 57 alcaldesas, lo que implica que aproximadamente una de cada seis comunas será dirigida por una mujer. Además, más de la mitad de estas mujeres electas son independientes, un porcentaje que es ligeramente superior en los hombres en la misma situación. Este dato es indicativo de un respaldo creciente a las candidatas femeninas en una región donde la paridad política enfrenta barreras tanto estructurales como culturales.

En definitiva, estas elecciones nos dejan importantes lecciones que los actores políticos en América Latina no deben pasar por alto. Si queremos construir democracias sólidas, cercanas y representativas, es esencial informar, educar y crear espacios de participación efectiva, especialmente para mujeres y jóvenes. Solo así podremos avanzar hacia una democracia que refleje realmente la diversidad y voluntad de nuestros pueblos.

La experiencia chilena nos recuerda que, incluso en contextos de desmotivación y desencanto, la ciudadanía sigue valorando su derecho a votar como un medio de expresión y cambio. Este es un poderoso recordatorio que una democracia bien informada y paritaria es fundamental para lograr un vínculo genuino con la ciudadanía y avanzar hacia sociedades más justas y equitativas.