¿Qué deben aprender Petro y Márquez de Venezuela?

“Colombia cayó en lo mismo”, “Colombia se va a venezolanizar”, teme un sector de venezolanos tras ver los resultados de la elección en el país vecino. Ese miedo tiene un trasfondo real: la elección de un presidente de izquierda en Venezuela llevó al país al autoritarismo, la fragilidad estatal, la corrupción, la pobreza, la desigualdad, el aislamiento internacional, una migración y un desplazamiento masivo de más de 6 millones de personas. Hoy Venezuela tiene una investigación abierta en la Corte Penal Internacional por presuntos crímenes de lesa humanidad. Al recibir el 20% de la población migrante y refugiada, Colombia, mucho más que cualquier otro país de la región, ha sido testigo de la crisis multinivel que aún atraviesa su país vecino.

Adicionalmente, Colombia abrió las puertas a dirigentes políticos venezolanos que se vieron forzados a huir de su país para evitar ser perseguidos de manera injusta; algunos han estrechado lazos con la derecha colombiana y, probablemente harán de Venezuela un tema de política interna, tal como ocurre en España. Esta es una realidad que el nuevo mandatario colombiano no podrá obviar. Con la toma de posesión en puertas, ¿qué debería aprender el nuevo presidente de Venezuela? Una respuesta sucinta: distanciarse y diferenciarse del chavismo. Veamos.

¿Una izquierda moderna?

A diferencia de Hugo Chávez ―quien apeló al apoyo de actores a lo largo de todo el espectro político en 1998 para obtener una victoria―, Gustavo Petro sí asumió una identidad de izquierda progresista, y asumiendo los riesgos que eso implicaba en un país de trayectoria conservadora. El Pacto Histórico promete justicia social, lucha contra el cambio climático, un alto a la exploración petrolera y un giro hacia la industria y la agricultura nacional. Además, destaca la importancia del desarrollo de las regiones, la inclusión de la población indígena, afrocolombiana, mujeres, jóvenes y campesinos.

Chávez y Nicolás Maduro hicieron promesas de esa índole, utilizando un lenguaje similar, pero no cumplieron con ellas. Si Petro, por lo tanto, quiere abrirle un camino a una izquierda moderna y democrática, junto, por ejemplo, al presidente de Chile, Gabriel Boric, debe ejecutar sus promesas, valorando, así, la relevancia de las coaliciones políticas y sin banalizar la lógica de los mercados o responsabilidad fiscal. Al parecer, el presidente electo lo sabe. En su discurso, el 19 de junio habló de “desarrollar el capitalismo en Colombia” y de producir para redistribuir “sobre la base del conocimiento que es como se produce en el siglo XXI”.

Redistribución e inclusión

Según cifras de la Cepal, Colombia es el país en el que más crecerían los niveles de pobreza durante este año: de 36,3% en 2021 a 38% o 39,2% en 2022. Por otro lado, Oxfam señala que Colombia se ubica entre los cinco países más desiguales del mundo en términos de concentración de tierra; el 81% de la tierra privada se concentra en manos de un 1%. Solo el 40% cuenta con un empleo formal, lo cual representa una de las tasas más bajas en la región.

El Pacto Histórico busca transformar la realidad de “los nadie”, los sectores de la población históricamente excluidos. Francia Márquez, una lideresa ambientalista del suroccidente del país, quien será la vicepresidenta ―la primera mujer en la historia colombiana en ocupar ese cargo―, tiene la misión de garantizar el cumplimiento de tales promesas. Lo esencial será rodearse de asesores y expertos que les permitan diseñar programas sostenibles en el tiempo que empoderen a los grupos vulnerables y les faciliten la movilidad social, algo que no ocurrió en la Venezuela chavista.

En el caso de Venezuela, los programas sociales, financiados por los ingresos provenientes del boom petrolero, no estimularon una redistribución ni inclusión real. Por el contrario, sirvieron como base para el clientelismo político, y con el tiempo, además, se convirtieron en un mecanismo de control social. El chavismo, a su vez, bajo los mandatos de Hugo Chávez, buscó beneficiar a sus bases con programas y reconocimiento discursivo, mientras de manera constante agredió y excluyó a la población opositora.

El chavismo que hoy gobierna bajo el mandato de Nicolás Maduro ha reprimido aún más a la oposición y a la población en general, y ha aceptado la economía ilícita ante la incapacidad de generar los cuantiosos ingresos petroleros del pasado, lo que ha implicado, además, la destrucción del medio ambiente, y un impacto enorme y directo en la población indígena.

Para cumplir con la oferta de una Colombia de “paz y amor”, Petro y Márquez deberían desmarcarse claramente de proyectos autoritarios de izquierda en la región como el venezolano y, además, atender las necesidades de otro grupo vulnerable: la población venezolana que hoy vive en su territorio.

Respeto a las instituciones y a los adversarios

La paz como eje del gobierno es la promesa de Petro. A diferencia de Chávez, el presidente colombiano electo parece entender que la “polarización perniciosa” y la aniquilación del adversario son contradictorias a la democracia. Después de conocer los resultados, sus asesores y él mismo dieron la bienvenida a los 10 millones de votantes de Rodolfo Hernández a su gobierno; invitan al diálogo y aseguran que no utilizarán el poder para perseguir o destruir al oponente.

En 1998, Chávez ganó ofreciendo “freír en aceite las cabezas de los adecos” y cumplió: hoy en día aún hay más de 200 presos políticos en Venezuela, los partidos de oposición están judicializados, un buen número de dirigentes políticos de trayectoria y periodistas están en el exilio; incluso la misma disidencia chavista ha sido perseguida.

Petro y Márquez hablan, más bien, de construir consensos y proponen un gran acuerdo nacional a partir de la participación y el reconocimiento de las regiones. Si el Pacto Histórico cumple esta oferta política, respeta la independencia de poderes y canaliza sus programas de manera institucional, beneficiaría a la sociedad colombiana y agregaría valor a la izquierda democrática, lo que la separaría de las izquierdas autoritarias, así como de la derecha colombiana que en el pasado también intentó erosionar la democracia mientras ejercía el poder.

Para ello, el nuevo par que liderará el Gobierno deberá hacer un ejercicio consciente de institucionalizar los procesos y mitigar el personalismo desde el Ejecutivo, los viejos obstáculos para la democracia en la región. Diferenciarse de Chávez y Maduro, pero también de Uribe, Bolsonaro y Bukele reivindicaría la democracia en Colombia y en toda América Latina.

Tal como dice Francia Márquez, el triunfo de su plataforma es un mandato histórico para transformar a Colombia. Su mera presencia en el futuro gobierno ya marca un antes y un después. Pero eso no basta. La experiencia propia de Colombia y la del país vecino le enseña a todo ese país que las transformaciones en beneficio de la sociedad no ocurren si se excluye, persigue o silencia desde el poder.

Si la paz y la democracia no representan un proyecto colectivo en su diseño y ejecución, está destinado a fracasar. Por tanto, el Pacto Histórico tendrá que demostrar una férrea voluntad política de cumplir con las normas y prácticas democráticas, respetando los tiempos que estas requieren, para así brindarle a Colombia lo que el chavismo no ha hecho en Venezuela.


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