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La regulación de la IA debe hacer algo más que evitar un destino fatal

La regulación de la inteligencia artificial no puede limitarse a prevenir una catástrofe global: debe frenar también la destrucción ambiental y social que su infraestructura ya provoca en territorios concretos.

En el lenguaje de los gobiernos, las zonas de sacrificio son áreas permanentemente degradadas que se abandonan a la contaminación o a los residuos tecnológicos en favor del crecimiento económico. Poco a poco, estas zonas han provocado la extinción de especies y la destrucción de sus hábitats, privándolos a ellos y a nosotros de nuestro futuro común. Por suerte, los oligarcas tecnológicos han previsto una alternativa: renunciar al planeta Tierra para vivir en el espacio exterior. Y la consecuencia lógica de esta narrativa cuidadosamente construida acaba de cristalizar con las recientes advertencias de que la IA podría acabar con todos nosotros.

La idea de que la inteligencia artificial podría acabar con la vida en la Tierra se remonta a la ciencia ficción del siglo XX. Sin embargo, amenazas muy reales han saltado de las páginas de las novelas y de las pantallas de cine a las declaraciones de los principales promotores de la IA, antes de entrar en el debate público general durante las últimas semanas. Esto ya no es ficción. Sin embargo, nuestra más reciente ola de temores —por válidos que sean— no debería eclipsar las amenazas existenciales reales que la infraestructura de la IA ya está generando.

Los llamamientos públicos a “frenar” la IA realizados por algunos de sus propios abanderados, como Dario Amodei y Sam Altman, desvían la atención de sus actuales peligros insidiosos. Incluso si las sociedades consiguen desarrollar la IA mediante una regulación global cuidadosa, esta tecnología depende de un uso intensivo de recursos naturales irrecuperables y ha demostrado tener capacidad para perjudicar el intelecto humano.

La IA ya está destruyendo pequeñas zonas del planeta, donde ecosistemas naturales y tierras agrícolas están siendo destinadas a centros de datos a hiperescala y explotaciones mineras para satisfacer la demanda tecnológica. Mientras tanto, las universidades están experimentando una presión histórica para abandonar su razón de ser, porque no todas cuentan con los recursos del MIT, cuyo “Comité Ad Hoc sobre el Uso de la IA en la Enseñanza, el Aprendizaje y la Formación para la Investigación” ha propuesto un rediseño fundamental de la enseñanza para hacer frente al uso generalizado de la IA por parte de los estudiantes.

Abordar las amenazas de una aniquilación total no tiene por qué significar aceptar una aniquilación parcial. Pero quienes controlan el desarrollo de la IA no querrían nada más que lleváramos por alto peligros como las zonas de sacrificio, concentrando nuestra atención en agentes de IA que “se salen de control” y piratean plataformas en línea. En su reciente libro End Times Fascism and the Fight for the Living World, Naomi Klein y Astra Taylor analizan precisamente cómo la “guerra sobre quién sobrevivirá al futuro”, librada por oligarcas tecnológicos extremistas aliados con otros extremistas, incluido el Gobierno de Estados Unidos y grupos religiosos, nos ha llevado hasta este punto.

La realidad es que la “rebeldía” de la IA fue planificada desde el principio por los mismos oligarcas tecnológicos que ahora hacen sonar las alarmas. Desarrollar modelos de IA potentes les otorgaría poder. Señalar a la IA como si sus agentes fueran realmente independientes es una manera inteligente de eludir la responsabilidad por la amenaza sistémica que ellos mismos crearon, alimentada por una ideología de derechas y respaldada por gobiernos cómplices.

Cualquier cosa conectada a internet —incluidos los pilares de la sociedad, desde los sistemas de abastecimiento de agua hasta la banca— podría no estar a salvo. Algunas IA han intentado modificar u ocultar registros mientras infringían las reglas, lo que sugiere una desobediencia demasiado inteligente, aunque, por supuesto, lejos de una verdadera conciencia. Las IA no necesitan tener voluntad propia para causar un gran daño. Simplemente necesitan acceso a los sistemas que sostienen la vida. Para una entidad en línea, en un mundo en línea, ese acceso no es necesariamente difícil de obtener.

Las IA incluso podrían demostrar ser capaces de tomar el control de sistemas militares. Desde lanzar misiles avanzados modernos o armas nucleares hasta simplemente proporcionar datos falsos a los responsables humanos de la toma de decisiones, un agente de IA sin control podría controlar directa o indirectamente suficiente infraestructura militar como para destruir rápidamente a la humanidad. No tiene por qué haber ninguna racionalidad detrás de ello. La aniquilación mundial podría ser tan sencilla como que una IA pulsara, de manera efectiva, el botón equivocado.

Aun así, el desarrollo de la IA se presenta como inevitable, y sus desarrolladores esperan que su palabra sobre el ritmo de desarrollo sea aceptada como ley. Rápido o lento, debe seguir avanzando. Esto no es liderazgo, sino tecno-fascismo: amenazas de destrucción sin posibilidad de elección. Por tanto, la idea de que atender a las advertencias de los oligarcas tecnológicos puede salvar a la vida de la extinción no hace sino reafirmar el régimen tecno-fascista, arraigado en una biocleptocracia que plantea un riesgo existencial.

De hecho, para muchas personas ya no se trata de un riesgo: su rincón del mundo ya ha sido destruido por la IA. Tierras agrícolas se han convertido en centros de datos a hiperescala en lugares como el estado de Virginia, en Estados Unidos, Brasil y Chile, desplazando a algunas personas por necesidad y a otras por elección, cuando su territorio, antes sostenible, se convierte en un páramo sometido a un zumbido constante. La minería de los llamados minerales críticos necesarios para construir la infraestructura de la IA también ha amenazado cursos de agua y bosques en lugares como Brasil y Chile, al mismo tiempo que estos países soportan la carga de nuevos centros de datos. La destrucción ya está ocurriendo, aunque todavía no sea fácilmente visible desde las perspectivas más privilegiadas del mundo.

Está lejos de ser evidente que la humanidad pueda evitar una destrucción rápida y total del planeta a manos de agentes de IA. Sin embargo, incluso si se evitan los peores escenarios, los daños parciales se acumulan hasta constituir una amenaza existencial propia. “Frenar” claramente no es suficiente. Tenemos una responsabilidad colectiva de detener la destrucción de la vida causada por la IA en lugares concretos: lagos, ríos, bosques y tierras agrícolas. De lo contrario, estos focos de daño se acumularán hasta convertirse lentamente en una amenaza global, destruyendo poco a poco cada vestigio de vida, sin siquiera el honor de hacerlo con estrépito.

Autor

Otros artículos del autor

Doctora en Promoción de la Salud. Miembro del Consejo Asesor Internacional de The Lancet Global Health y miembro del Comité Directivo del Grupo de Trabajo Temático de Sistemas de Salud en Entornos Frágiles y Afectados por Conflictos de Health Systems Global Health.

Periodista ambiental y máster en Bellas Artes (MFA) en no ficción de la University of New Orleans y formación en el Centro de Periodismo de Investigación (SUJO) de Bergen, Noruega.

 

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