El instituto electoral mexicano depende de la Suprema Corte de Justicia

El pasado 26 de febrero el Frente Cívico Nacional y diferentes organizaciones sociales tanto nacionales como estatales hicieron un llamado a la toma de la plaza pública. El objetivo era pronunciarse en contra del llamado Plan B, de la reforma electoral del presidente Andrés Manuel López Obrador, que pretende alcanzar lo que no pudo a través de su iniciativa de reforma constitucional. Básicamente lo que busca el presidente es controlar la elección para beneficiar a su partido en las elecciones presidenciales de 2024 y la renovación del Congreso de la Unión.

El llamado activó movilizaciones en más de cien ciudades de México y el extranjero (París, Los Ángeles, Washington, Madrid, Lisboa, Madeira, etc.) y se calcula que la participación será de más de un millón de mexicanos. El objetivo eran tres principios: el Instituto Nacional Electoral (INE) no se toca, mi voto no se toca y la Suprema Corte de Justicia decide sobre la constitucionalidad del Plan B.

El presidente López Obrador pretende, mediante una reforma de la ley electoral, reducir a su mínima expresión la estructura y las competencias del INE, de manera de obtener ventajas por esta vía sobre la oposición y conservar la Presidencia para el partido Morena y sus aliados electorales. Teniendo el control del INE y reduciendo sus competencias constitucionales, podría contar con un mayor margen de maniobra en unas elecciones que se pronostican muy competidas.

Esta estrategia de ruptura constitucional fue avalada por la mayoría absoluta que tienen Morena y sus aliados legislativos; sin embargo, no le alcanzó para tener la mayoría calificada (las dos terceras partes más uno en ambas cámaras) que exige la Constitución, a fin de realizar reformas a la carta magna.

En este contexto, el mandatario López Obrador decidió dar un paso atrás para avanzar dos pasos adelante a través de reformas de las leyes secundarias, entre ellas, la ley electoral. Esto suscitó amparos y controversias constitucionales de la oposición y, ahora, le toca a la Corte resolver sobre la constitucionalidad de estas reformas.

Hay dos aspectos (ambos tienen que ver con el contexto de la situación) que son fundamentales. Uno es la designación reciente de la primera presidenta de este órgano constitucional y la decisión de los ministros de que el llamado Plan B no se aplicará en los comicios del próximo verano en los estados de México y Coahuila.

El primero cobra relevancia, porque la candidata del presidente, la ministra Yasmín Esquivel Masso, no solo no obtuvo los votos de sus pares para alcanzar el máximo cargo, sino que enfrenta un fuerte cuestionamiento público por haber plagiado su tesis de licenciatura y doctorado, lo que podría inhabilitarla de su cargo.

El segundo asunto es que la Corte nombró como presidenta a la ministra Norma Piña Hernández, que desde antes de ser elegida tenía uno de los índices de aprobación más bajos de los candidatos que había presentado López Obrador.

Aunque la Corte está compuesta por once ministros y ministras, sus mensajes públicos y simbólicos de que será respetuosa de lo que marca la Constitución y de que no se saldrá de lo que marca la norma cobran importancia.

Ahora, el punto está en cancha de los ministros y ministras de la Corte y son estos los que deben resolver los amparos y controversias constitucionales sobre las reformas de seis leyes secundarias y definir si tienen soporte constitucional. La Constitución y la ley electoral establecen que las leyes electorales no pueden cambiarse noventa días antes de que se inicie el proceso electoral, y oficialmente está previsto que ocurra el 2 de septiembre mediante la instalación del consejo general del INE y la emisión de la convocatoria a las elecciones constitucionales para el periodo 2023-2024.

Especialistas en materia constitucional coinciden en que, una vez aprobado el Plan B por el Congreso de la Unión, el presidente López Obrador tiene 30 días para publicarlo en el Diario Oficial de la Federación. Y una vez publicado, la Corte procede a revisar la constitucionalidad de las reformas de las seis leyes secundarias y tendría hasta el 2 de junio para resolver los amparos y controversias constitucionales ya sobre lo definitivo. Es decir, el INE y los partidos políticos tendrán que revisar sus alegatos para presentarlos de inmediato a la Corte, que deberá trabajar a marchas forzadas para decidir, con base en la Constitución, si las elecciones del próximo año se celebran con la legislación vigente o con el añadido del Plan B.

En definitiva, México transita en estos días por una avenida marcada por una estrategia política que podría romper el orden constitucional, y eso tiene al país en vilo. El destino nacional depende, como nunca antes, de lo que resuelvan los once ministros de la Corte. Mientras ello ocurre, los ciudadanos han decidido tomar la calle para cambiar el intento regresivo de nuestra democracia y sus instituciones.

Un año de guerra, Latinoamérica y la narrativa del Kremlin

Coautora María Isabel Puerta Riera

En Latinoamérica gozan de buena salud las posturas que apoyan de modo franco o relativizan las críticas a la agenda del Kremlin. El principal apoyo político a la invasión rusa en la región son los regímenes de Cuba, Nicaragua y Venezuela.

Los gobiernos de Chile, Argentina y México dudaron al principio de la guerra contra Ucrania en señalar su rechazo a la invasión. Abogaron por una resolución pacífica. Más recientemente, México y Colombia han planteado una salida negociada al conflicto. Esto ha generado —como cabe esperar— un inmediato rechazo del gobierno de Ucrania. En el caso mexicano la posición de neutralidad del Ejecutivo ha contrastado con las acciones de condena contra la invasión impulsadas y suscritas por sus representantes ante la ONU.

La posición «pacifista»

Tras los triunfos electorales de Gustavo Petro y Luis Inacio Lula da Silva, se ha vuelto común cierta postura de tintes «pacifistas». Detrás de condenas genéricas a la invasión rusa expresa lo que Armando Chaguaceda ha definido como ambigüedad calculada.

Aunque Petro esgrime una posición de respeto a la soberanía de los pueblos, ha mostrado ambigüedad en un momento en el que se espera una posición firme frente a la agresión a la soberanía de Ucrania. Por su parte, Lula le está dando continuidad a la posición de «neutralidad» de Brasil fijada durante el gobierno de Bolsonaro y recientemente coincidieron en la negativa a la transferencia de armas a Ucrania y a emitir una condena firme de la agresión rusa (al igual que Bolsonaro). Esto, por supuesto, ha sido interpretado como un apoyo tácito a Putin.

Diversos medios de comunicación latinoamericanos —con cercanía a la plataforma comunicacional del Kremlin— continúan siendo aliados fundamentales para el posicionamiento de la versión rusa. Las justificaciones esgrimidas por Vladimir Putin, a través de sus portavoces no oficiales en los medios rusos, revelan la conexión y contribución de medios aliados en Latinoamérica a la estrategia de manipulación de Moscú.

Tras el inicio de la guerra, el principal argumento esgrimido fue el peligro de la expansión de la OTAN ante el posible ingreso de Ucrania a este organismo. Posteriormente, esto dio paso a otras justificaciones. Algunas de estas, aun cuando pueden parecer absurdas (como la desnazificación) no han dejado de ser parte de la construcción comunicacional replicada por medios locales del continente americano. Hemos observado cómo el framing de las noticias coincide con el de los portavoces oficiales rusos, aunque esta no sea la realidad. El problema sigue siendo que la audiencia latinoamericana desconoce la naturaleza e intención de lo que le venden como noticia.

La audiencia latinoamericana

La influencia rusa se ha profundizado en Latinoamérica. Cuenta, además, con el concurso de medios chinos e iraníes, los que han apoyado el posicionamiento de la narrativa del Kremlin. Esto ha sido clave para ayudar a mitigar la pérdida de alcance tras las suspensiones de RT y sus afiliados en algunos espacios mediáticos. Entre los medios oficialistas latinoamericanos que repiten las matrices generadas por sus pares rusos están Telesur y Prensa Latina.

Como lo ha señalado el DFRLab del Atlantic Council, RT en Español se encuentra entre los primeros cinco medios con mayor posicionamiento en las redes. Por otro lado, el medio oficialista chino Xinhua se ubica en el segundo lugar entre los medios más consultados en Facebook. RT sigue siendo uno de los medios más consultados en Twitter, después de Infobae y El País, y el sexto en Facebook.

Lo que nos muestran estos indicadores es el consumo y legitimación de máquinas de propaganda entre una audiencia que no distingue la titularidad y agenda del medio ni la naturaleza e intención del mensaje que recibe. Por eso es importante saber que en Latinoamérica hay medios y públicos replicando —sin ser aliados del Kremlin— sus narrativas.

Narrativas en las redes

A su vez, las redes sociales de la región son un espacio privilegiado para la difusión de las narrativas prorrusas sobre el conflicto, frente al impacto que ha tenido el declive de transmisiones de RT en plataformas tradicionales, así como de las preferencias de las audiencias.

También se observa una tendencia a percibir los contenidos ofrecidos por estas narrativas como confiables. Esto frente a la disminución de noticias de la guerra en medios occidentales y en los noticieros locales. La estrategia seguida por RT y medios aliados de posicionamiento de contenidos, así como la utilización de métodos novedosos, caras frescas y periodistas locales de trayectoria crítica con los gobiernos de turno parecen favorecer esta tendencia.

En este escenario, los medios de comunicación latinoamericanos se debaten entre una cobertura «neutral» o una que pueda ser interpretada como solidaria con uno de los bloques en conflicto. Ese podría ser el argumento detrás de la justificación sobre la escasa cobertura de medios mexicanos donde el contexto de la violencia doméstica o «neutralidad» del propio gobierno mexicano simplifica la necesidad de invertir recursos en una tarea que otros países y medios con mayor infraestructura pueden asumir, entre ellos, los medios asociados a una de las partes en el conflicto, como RT en la región.

Latinoamérica, ¿terreno fértil para el Kremlin?

Uno de los elementos más frecuentes en la narrativa del Kremlin, y parte de la explicación de su aceptación en América Latina, tiene que ver con un antiimperialismo que denuncia la presencia hegemónica de Estados Unidos en la región. Desde esa perspectiva «antiimperialista», el apoyo en la región a la invasión rusa y la popularidad de los medios que se perciben contrahegemónicos se interpreta como una reacción lógica, aun cuando precisamente representa una contradicción.

La convergencia de estas posturas ambiguas de los gobiernos y de colaboración consciente o intencionada en la difusión de narrativas por parte de medios y audiencias hace que Latinoamérica sea hoy terreno fértil para el discurso del Kremlin.

*Texto publicado originalmente en Diálogo Político

 María Isabel Puerta Riera es Profesora Visitante de Ciencia Política en Valencia College (Orlando, Florida). Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (Venezuela). Secretaria de la Sección de Estudios Venezolanos de Latin American Studies Association (LASA).

Argentina: la (des)unidad del Frente de Todos

Tras el primer año de gobierno del autodenominado Frente de Todos, que asumió en 2019, y habiendo pasado el momento de mayor aislamiento de la pandemia de la COVID-19, el Gobierno argentino comenzó a dar muestras, primero, de sus desavenencias; segundo, de sus divisiones y sus disputas en la actualidad. El conflicto en el Gobierno se expresa básicamente entre los intereses electorales de Cristina Fernández de Kirchner (y el denominado kirchnerismo) y las intenciones del presidente Alberto Fernández y los sectores políticos provenientes del peronismo que lo apoyan.

Recordemos que la creación del Frente de Todos fue una estrategia de Cristina de Kirchner que dudaba de su triunfo en 2019 y decidió postular a Fernández, pero reservándose la vicepresidencia e, implícitamente, el control del Gobierno. Este proyecto empezó a debilitarse por una cierta resistencia del presidente a dejarse dominar, resistencia menguada por el hecho cierto sobre la base de poder del Gobierno: Cristina.

En estos momentos, la política argentina se dirige a las PASO (primarias abiertas y obligatorias) en agosto y a las elecciones presidenciales de octubre. La fuerte crisis económica que vive la Argentina (100% de inflación, para poner solo un indicador) y la crisis social (más del 40% de la población se encuentra bajo la línea de pobreza) permiten diagnosticar una posibilidad real de derrota del Gobierno y una victoria del principal frente de oposición. 

También recordemos que Juntos por el Cambio es un acuerdo político entre Propuesta Republicana (fuerza política creada por el expresidente Mauricio Macri) y la centenaria Unión Cívica Radical. Cabe señalar, a su vez, que en este posible frente ganador todavía no están dirimidas las candidaturas y hay fuertes disputas en su interior.

En el Frente de Todos, las candidaturas en pugna son las del actual presidente, con una muy baja intención de voto; las del ministro de Economía, Sergio Massa, un político ambiguo que apoya todas sus chances de ser candidato en el control de la inflación, y la del kirchnerismo. La vicepresidenta anunció que no será candidata, con lo cual hay grandes especulaciones sobre a quién nominará, aunque sus leales claman por que se presente como candidata.

Para reforzar sus escasas posibilidades de un triunfo electoral, el Frente de Todos comenzó hace un tiempo a declamar, y a realizar movimientos, por la unidad de los distintos sectores (a los ya mencionados, se agregan gobernadores provinciales, intendentes, sindicalistas, movimientos sociales, cada cual con sus propios intereses). Lo paradójico es que a cada discurso y movimiento real sobre la creación de un consenso y una unidad política sólida, el Frente se desune más.

Desde hace poco menos de un año, el presidente Fernández comenzó a dar tímidas muestras de una relativa autonomía respecto a las propuestas y deseos políticos de su vicepresidenta Cristina de Kirchner. Un poco más tarde, desde el espacio político del presidente se empezó, también tímidamente, a enunciar la posibilidad de que este buscará su reelección. Este movimiento fue tildado por el kirchnerismo, lisa y llanamente, de deslealtad y traición política. A partir de entonces la búsqueda de unidad del Frente de Todos empezó a mencionarse cada vez con más urgencia, al tiempo que las posiciones políticas se agredían abiertamente, por lo que aumentaban la brecha entre los diferentes sectores.

Recientemente, por insistencia de Cristina y tras titubeos del presidente, ambos se reunieron en lo que se denominó la Mesa Política Ampliada, una reunión en la que confluyeron los principales espacios políticos del Gobierno con el objetivo explícito de crear políticas para este momento crítico. El objetivo implícito es que todos los posibles candidatos del Frente de Todos empiecen a dirimir posiciones.

El resultado de esa reunión fue una serie de agresiones disfrazadas de frases punzantes de los diferentes sectores respecto a quién debía ser el candidato del Frente. El ensimismamiento de los sectores da la idea de que ninguno cederá y de que la división interna del oficialismo seguirá alimentando la crisis que vive el país y el fuerte descontento social.

Si la oposición, envuelta en similares disputas, aunque con la ventaja de no ser gobierno, estuviese más consolidada sobre un futuro programa de gobierno para resolver los innumerables problemas del país, la elección de octubre ya estaría definida.

Los desafíos de las primarias de la oposición venezolana

Después de las profundas repercusiones que tuvo para la oposición venezolana la reciente implosión del Gobierno interino y luego de numerosas deliberaciones, la Comisión Nacional de Primarias definió una fecha para que las distintas fuerzas políticas de oposición puedan medirse electoralmente y establecer una candidatura unitaria con miras a la próxima elección presidencial. Además de la fecha (22 de octubre de 2023), se anunció un cronograma de actividades y el reglamento de las postulaciones, pautas de campaña y logística de un proceso que aún deja muchas preguntas, especialmente, si se tiene en cuenta que este nuevo intento de resistencia democrática, se enmarca en un entorno autoritario en el que hacer política, al margen del chavismo, representa grandes riesgos.

Este proceso de elecciones primarias de la oposición se desarrolla en un país con más de 300 presos políticos, exilios forzados, inhabilitaciones, judicialización de partidos, ataques legislativos a la sociedad civil organizada y a la libertad de prensa en medio de una investigación en marcha de la Corte Penal Internacional por crímenes de lesa humanidad. 

Preguntas sin respuestas

Ante este escenario, surgen algunas preguntas cuyas respuestas siguen dividiendo a la oposición. La principal interrogante es: ¿qué garantías tiene el elegido o la elegida de no ser detenido o inhabilitado por el Gobierno antes de inscribir oficialmente su candidatura a la elección presidencial de 2024? Esta es una pregunta que todo político opositor se plantea, pero cuya respuesta no es clara, debido a la falta de garantías. De hecho, en el registro de inhabilitaciones del Ministerio Público, que no se publica desde 2018, sobresalen figuras políticas destacadas como Tomás Guanipa, Delza Solórzano, Henrique Capriles Radonski, entre otros.

Otra de las interrogantes ante este nuevo proceso es: ¿qué papel tendrá la autoridad electoral en las primarias opositoras? El desempeño institucional del Consejo Nacional Electoral (CNE), tradicionalmente controlado por el Gobierno, ha sido muy cuestionado y el registro electoral está intencionalmente desactualizado. De hecho, de acuerdo con el periodista Eugenio Martínez, especialista en elecciones, se estima que tres millones de votantes han sido deslocalizados de los centros de votación cercanos a sus domicilios, además de que más de cuatro millones de venezolanos de entre 18 y 30 años no están inscritos para votar. 

Esta desactualización es mucho mayor si se tiene en cuenta la enorme emigración que ha sufrido el país en los últimos años y que solo una minoría de quienes lo abandonaron están registrados en los consulados del país receptor, si es que existe consulado. A esto se suma el largo historial de irregularidades documentadas, parcialidad política y poca disposición a la observación internacional desde 2018.

También genera dudas la financiación de este proceso. Se estima de forma extraoficial que es de entre 7 y 12 millones de dólares, cifras muy elevadas para los estándares de la economía venezolana, considerando, además, que sigue siendo un país sometido a controles cambiarios, sanciones internacionales y restricciones de todo orden que dificultan la financiación de la oposición tanto nacional como internacionalmente. Todo esto podría abaratarse considerablemente de llegarse a un acuerdo con el CNE. Sin embargo, ello amenazaría con reavivar la división, teniendo presente la mayoritaria percepción de parcialidad del árbitro electoral y un insalvable descrédito a la autenticidad de los resultados.

Muchos desafíos y una oportunidad

Cabe destacar, asimismo, que, según diferentes estudios, en los últimos meses la oposición venezolana vive su punto de mayor fragmentación y descrédito en términos de respaldo popular de los últimos años y ha habido un resurgimiento de opiniones antipartido, así como también, un aumento de la desconfianza generalizada en la representación de sus expectativas políticas. Según la consultora Datanálisis, el 61% de las personas quisiera un cambio político, sin embargo solo uno de cada diez cree que exista una posibilidad real para conseguirlo en los próximos dos años.

Al margen de las limitaciones, controversias e incertidumbres imperantes, la historia contemporánea de la oposición venezolana ha tenido desde 2008 (y pasando por el 2012) un importante aprendizaje colectivo del gran valor político que traen consigo los procesos de democracia interna. El panorama parece desalentador y adverso, sin embargo, las primarias del 2023 son, actualmente, la única estrategia de acción colectiva aún en pie. 

Estas elecciones no están exentas de peligros y polémicas, no obstante, podrían ser, una vez más, el proceso aglutinante, de relegitimación y movilización electoral, que tanto anhelan los venezolanos. Por lo tanto, las oposiciones, a pesar de sus diferencias, errores, desencuentros y limitaciones, podrían consolidar una opción política para resistir electoralmente a la opresión y la barbarie.

La última carta de Lasso: disolver el Parlamento

Ante la amenaza de destitución del presidente de la república, este último también tiene una posibilidad: disolver el Parlamento.

Así, la oposición al Gobierno ecuatoriano (esta está liderada por el bloque de la Revolución Ciudadana del expresidente Rafael Correa y se encuentra acompañada por el Partido Socialcristiano del exalcalde de Guayaquil, Jaime Nebot, y por algunos legisladores separados del Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik y de la Izquierda Democrática, además de otros independientes) comprende más de 80 legisladores de un total de 137. Con ello, distaría de unos pocos votos para conseguir los 91 que se necesitan para destituir al mandatario Guillermo Lasso.

A fin de evitar este tipo de desequilibrios y atribuirle una herramienta constitucional al presidente de la república, la Constitución de 2008, inspirada en el socialismo del siglo XXI, introdujo una disposición para disolver la Asamblea Nacional “si de forma reiterada e injustificada obstruye la ejecución del Plan Nacional de Desarrollo, o por grave crisis política y conmoción interna”. Esta medida es lo que la opinión pública conoce como “muerte cruzada”. 

Con esto, el presidente podría gobernar durante algunos meses expidiendo decretos económicos con fuerza de ley que deberá aprobar la Corte Constitucional hasta la celebración de las nuevas elecciones generales, presidenciales y legislativas, la proclamación de los resultados y el traspaso del mando.

La cohabitación pacífica entre el Ejecutivo y el Legislativo duró poco tras la investidura del presidente del Ecuador en mayo de 2021. Guadalupe Llori, de Pachakutik, se posesionó como presidenta del Legislativo y tomó juramento a Lasso, pero el 31 de mayo de 2022 fue destituida por una nueva mayoría. En ese año el presidente de Ecuador intentó impulsar su agenda de reformas, pero tuvo el obstáculo de una coalición débil y una frenética oposición, que estaba en ascenso y que se hizo fuerte con juicios políticos a los ministros y escándalos públicos. Esta maniobra debilitó la estabilidad del gabinete de ministros y pronto irrumpieron las protestas en junio de 2022 que asediaron a Quito por casi tres semanas consecutivas.

Frente a una organización rural, que se encuentra en permanente amenaza de movilización, y una oposición legislativa, cuya agenda consiste en paralizar a los poderes representativos, Lasso hoy se enfrenta a la instalación de un juicio político y a la posibilidad de que se interrumpa forzosamente su mandato. ¿Es posible pensar en una disolución parlamentaria?

La disolución parlamentaria o muerte cruzada no tiene antecedentes institucionales en Ecuador. Sin embargo, los juicios políticos en contra del vicepresidente Alberto Dahik en 1995 y de los presidentes Abdalá Bucaram en 1997, Jamil Mahuad en 2000 y Lucio Gutiérrez en 2005 se caracterizaron por irregularidades que posiblemente convencieron a los constituyentes de 2008 de introducir esta herramienta en caso de que Rafael Correa, presidente en ese momento, se viera en una situación legislativa adversa. Al parecer, se intentó trasplantar una institución parlamentaria a un sistema presidencialista.

Para Arthur Lupia y Kaare Strøm, de la Universidad de California, en San Diego, Estados Unidos, en su célebre trabajo La finalización de la coalición y el momento estratégico para las elecciones parlamentarias (Coalition termination and the strategic timing of parliamentary elections), publicado en 1995, “una crisis de coalición partidaria podría producir cualquiera de algunos de los posibles resultados. En algunos casos, puede terminar simplemente en una reorganización del gabinete o en la renegociación de los términos de la coalición entre sus miembros. También pueden formarse nuevas coaliciones entre partidos que anteriormente no eran socios. Pero la solución extrema es la de disolver el Parlamento y convocar una elección general. En tal situación, los partidos con representación en el Parlamento calculan a menudo las consecuencias de la disolución a la sombra de las elecciones y las expectativas electorales”.

Esto sugiere que la primera posibilidad para el gobierno del presidente Lasso debe ser la de reconstituir la coalición que le permitió tener una mayoría favorable durante el primer año de gobierno, pero bajo los actuales arreglos institucionales de la Asamblea Nacional, a fin de intentar conseguir el apoyo individual de los legisladores de los partidos de la tendencia y asumiendo una posición abierta a la negociación. Si este intento fracasa, el presidente Lasso debe tener el decreto de disolución en el bolsillo. 

Sin embargo, el principal escollo del Legislativo ecuatoriano es su configuración polarizada y fragmentada. Según los expertos Gary King, James Alt y Nancy Burns, de la Universidad de Harvard, en su trabajo Un modelo unificado de gabinete en democracias parlamentarias (A unified model of cabinet dissolution in parliamentary democracies), publicado en 1990, la fragmentación es un indicador que caracteriza el número y tamaño de los partidos políticos en el Legislativo. Un valor más alto de fragmentación indica una distribución mayor de bloques relativamente pequeños. De acuerdo con este indicador, el período de un gabinete es más corto por la inestabilidad que producen las presiones de los pequeños bloques legislativos. A esto se suma que la polarización es una medida de identificación de los partidos extremistas que también abonan a la corta duración por su renuencia al diálogo.

En el Legislativo de Ecuador hay 10 partidos y 15 legisladores independientes o pertenecientes a movimientos subnacionales. Por lo tanto, hay alrededor de una veintena de partidos, de los cuales los dos principales opositores han comunicado su negativa a cualquier acercamiento con el Gobierno. En este escenario, la solución para el Gobierno es buscar la fractura de los partidos polarizados o extremistas y, en último término, como recurso de última ratio, planificar una disolución legislativa estratégica.

Kaare Strøm, de la Universidad de California, y Stephen Swindle, de la Universidad Estatal del Sureste de Missouri, afirmaron en su trabajo La disolución estratégica parlamentaria (Strategic Parliamentary Dissolution), publicado en 2002, que si el jefe de Estado desempeña un papel insignificante, si el Parlamento o el Ejecutivo no pueden evitar la disolución, si un Gobierno minoritario está en el poder o si el jefe de Estado puede decretar dicha disolución unilateralmente, entonces esta es solo cuestión de tiempo.

En los sistemas parlamentarios, los jefes de gobierno convocan a elecciones cuando esperan ganarlas y la disolución del Parlamento es aún más común cuando un Gobierno cuenta con un gran apoyo que les permite reelegirse, arrastrar una mayoría legislativa afín y reconfigurar el escenario político. ¿Tiene esto el presidente del Ecuador?

Si el gobierno de Guillermo Lasso no es capaz de conseguir, en los próximos días un nuevo consenso partidario que le permita concluir su periodo de gobierno, le queda una última carta: la disolución legislativa y gobernar por decreto, reconstituir el sujeto político que lo llevó al poder en las urnas y satisfacer en pocos meses las demandas más urgentes de la clase media y popular que fueron las que lo impulsaron a Carondelet. ¿Lo hará?

El primer año del gobierno de Xiomara Castro

Xiomara Castro, la primera presidenta de Honduras y esposa del expresidente José Manuel Zelaya, derrocado en 2009, ya es un ícono histórico del país, dada la condición de mujer de esta. La pregunta es si pasará a la historia sin otro relieve que el de dicha condición. Y es que, en el seno del oficialismo, tras el primer año de gobierno se oyen quejas que consideran que “se está perdiendo una oportunidad histórica”.

Los cuestionamientos comenzaron poco tiempo después de haber empezado el mandato, cuando solo unos pocos puestos de los más relevantes fueron ocupados por quienes lucharon durante doce años para regresar al poder político-institucional. “Un ministro, considerado un compañero de luchas, ha sido rodeado por ineptos oportunistas, arribistas de última hora, y la culpa la tiene, nada menos que Mel (José Manuel Zelaya)”, comentaba un viejo militante, exliberal, que lo acompañó tras su derrocamiento.

A lo largo de este primer año de la izquierda en el gobierno, José Manuel Zelaya no ha escatimado esfuerzos para demostrar quién es el que manda, aunque sin decirlo explícitamente. Apenas iniciado el mandato de su esposa, el expresidente se armó una oficina en la Casa Presidencial como coordinador del Partido Libre, algo prohibido por la Constitución. Y más tarde llegó a presidir una reunión de gabinete, sin ser miembro del gobierno.

Por otro lado, el controvertido Salvador Nasralla, primer designado presidencial, no demoró en revelar su otra cara: incoherente, egocéntrico, caprichoso e imprevisible. Casi desde el comienzo del Gobierno, se ubicó en el papel de víctima e incluso coincidió con las posiciones de la oposición. En este marco, Xiomara y sus colaboradores de confianza han debido lidiar con propios y ajenos, lo cual le ha pasado cuenta al evaluar los logros de sus promesas de campaña.

El asunto energético viene siendo desde hace varias administraciones un problema grave, debido a las enormes pérdidas de la Empresa Nacional de Energía Eléctrica (ENEE). En mayo de 2022, por solicitud de la presidenta, el Congreso nacional aprobó la ley especial para garantizar el servicio de la energía eléctrica como un bien público de seguridad nacional y un derecho humano de naturaleza económica y social. Dicha ley permite la supervisión estatal y la intervención de las empresas contratadas por el Estado en el subsector eléctrico.

Xiomara Castro también prometió apoyar los derechos reproductivos de la mujer y propuso la despenalización del aborto por tres causales y la aprobación de la píldora anticonceptiva de emergencia (PAE). La primera promesa es difícil de cumplir, pues el aborto está expresamente prohibido en la Constitución. Sería necesario un fallo de la Sala de lo Constitucional para anular esa prohibición o que, por mayoría calificada (86 votos), el Congreso nacional vote su derogación, algo complicado, debido a la enconada oposición de la Iglesia católica y de los sectores evangélicos.

Si bien las Iglesias evangélicas están de capa caída por su irrestricto apoyo al extraditado expresidente Juan Orlando Hernández, todavía tienen una gran influencia sobre ciertos sectores de la alta sociedad hondureña. Muchos legisladores provienen de esos sectores o son fieles de algunos de esos credos. De hecho, el propio ministro de Salud, José Manuel Matheu, del Partido Salvador de Honduras, es un abierto militante antiabortista.  

La transformación de los sistemas de educación y de salud era una de las promesas que generaba mayores expectativas, ya que Castro había prometido incrementar notablemente sus presupuestos. Para este año, el presupuesto general establece aumentos del 7% para la Secretaría de Educación y del 8% para la de Salud. Si bien no es suficiente, sí es algo.

Por otro lado, un sector que reclama por incumplimientos es el de la comunidad LGBTIQ+, cuyos dirigentes han expresado sentirse abandonados por la presidenta. Una de las promesas incumplidas, hasta el momento, es la potestad del individuo de cambiar de nombre en el nuevo documento nacional de identidad (DNI).

En cuanto al medio ambiente, durante la campaña electoral se prometió la eliminación de la minería a cielo abierto y el final de la criminalización y de la persecución penal a los defensores de la tierra. En febrero de 2022, la Secretaría de Energía, Recursos Naturales, Ambiente y Minas declaró a Honduras territorio libre de minería a cielo abierto, pero, en la realidad, nada ha cambiado. Siguen existiendo explotaciones mineras que se enfrentan en duros conflictos con las comunidades locales en Guapinol, Reitoca o Azacualpa, muchas veces con la complicidad de las autoridades locales y de la Policía Nacional o del Ejército.

Una de las más sentidas promesas de campaña fue la desmilitarización de las fuerzas de seguridad del Estado. El régimen anterior de Juan Orlando Hernández creó cuerpos de élite policial y militar, entre ellos la Policía Militar del Orden Público (PMOP). Todos esos grupos siguen activos, aunque con un supuesto cambio de objetivos y de mentalidad en el caso de la policía, a la cual se le pretende dar una visión comunitaria.

Por otro lado, la presidenta Castro decidió medidas represivas contra el flagelo de la extorsión mediante la creación del estado de excepción que, sin embargo, no elimina de raíz la problemática relacionada con las maras y las pandillas. Esos grupos, aseguran analistas, tienen relación directa con exfuncionarios, con exlegisladores y, quizás, con algunos de los actuales. Mientras esa relación no se ataque y se corte de cuajo, el problema seguirá.

Por otra parte, el estado de excepción ha sido fuertemente cuestionado por los defensores de los derechos humanos porque de entrada se implementó en 162 barrios y colonias del Distrito Central y de San Pedro Sula, los dos núcleos urbanos más poblados del país. Esos barrios y colonias tienen los mayores índices de pobreza, lo cual implica que, desde el mismo Estado, se criminalizó la indigencia. A pesar de ello, la medida se amplió en enero de este año a otros 73 municipios.

Muchos otros asuntos han quedado, de momento, en el tintero, como la erradicación de las Zonas de Empleo y Desarrollo Económico (Zedes), creadas por el Gobierno anterior; los pactos de impunidad, que han dejado en libertad a cientos de responsables de corruptelas y otros ilícitos, y la postergada creación e instalación de la Comisión contra la Corrupción y la Impunidad (Cicih). Finalmente, la derogación de la “ley de secretos”, que blinda las acciones de exgobernantes, en la práctica no ha sido acatada ni por el Ejecutivo ni por los demás poderes del Estado.

Por el momento, ante los numerosos incumplimientos de las promesas de campaña de la presidenta Xiomara Castro, los militantes de su partido tienen razón cuando aseguran que “se está perdiendo una oportunidad histórica para cambiar a Honduras”.

México: Usted, ¿por quién marcha?

Estaba sentado en la parte más alta del auditorio que se encontraba repleto, pues la persona que dictaba el curso es una de las figuras clave para la democracia en México. De todas las enseñanzas y experiencias que nos compartió aquellos días, hay una que no he podido olvidar: “La construcción de nuestra democracia se basó en la desconfianza”.

Con esa frase resumió las diferentes disputas técnicas, teóricas, ideológicas y políticas que, entre partidos políticos, estos y la sociedad civil, y ella con el Gobierno llevaron a la creación del entonces Instituto Federal Electoral (IFE) que hoy, como Instituto Nacional Electoral (INE), nuevamente es el centro de la desconfianza que ha hecho que los mexicanos nos pongamos en uno de los dos siguientes bandos: “transformadores” o “continuistas”.

Los “transformadores” apoyan la iniciativa del presidente Andrés Manuel López Obrador para reformar al INE a través del llamado Plan B, que, entre otras cosas, comprende recortes en la estructura operativa del instituto. Por su parte, los “continuistas” critican el Plan B al mostrar que sus recortes estructurales y presupuestales implicarían que la realización y validación de las elecciones pase de facto al gobierno en turno.

Más allá de la discusión de los recovecos legales del plan, este nuevo episodio de desconfianza traduce la narrativa de ambos bandos en una puesta en escena: las marchas. Los “continuistas” salieron primero a la calle el 13 de noviembre de 2022 para denunciar el intento de destrucción del instituto; López Obrador convocó una marcha en respuesta el 27 de diciembre del mismo año para mostrar el amplio respaldo popular de su iniciativa. Para este año, los “continuistas” salieron a la calle el 26 de febrero; los “transformadores” harán lo propio el 18 de marzo.

¿Cuáles son las ideas en contienda? El Gobierno ha puesto a la “austeridad” como el centro de su reforma: quién no defendería ahorrar más y gastar menos (casi) en lo que sea. Por su parte, los continuistas han hecho lo propio con la “seguridad”, es decir, defienden la idea de que, si bien el INE puede ser costoso, la certeza que les otorga a los procesos y resultados electorales están por encima de cualquier cifra.

Las marchas de ambos bandos son un buen signo de los tiempos de polarización afectiva que estamos viviendo. La mayor parte de las reformas impulsadas por el Gobierno nos han obligado a estar a favor o en contra y, en consecuencia, la pluralidad democrática ha tenido que sincretizarse artificialmente para defender en bloque algo sobre lo que tiene diferencias.

La dinámica de la actual democracia mexicana está nuevamente sustentada en la desconfianza que le dio origen y en afectos que la debilitan al dividirnos. El discurso gubernamental refleja la desconfianza que tiene hacia la democracia misma, el INE no es más que la cara visible del desprecio que los “transformadores” le tienen a la democracia, pero que adornan con el discurso de ser portadores de la voz del pueblo. Por su parte, los “continuistas” tendrán poco éxito al traducir su idea de “seguridad” a la población si solamente la ligan al rechazo y enojo que les suscita la figura de López Obrador.

Luego de las crisis que hemos atravesado en este siglo, los mexicanos estaríamos de acuerdo en que ahorrar es una buena idea, pero, al mismo tiempo, sabemos que el alto costo de las elecciones nos ha permitido, durante este mismo siglo, la alternancia en el poder y la expresión de nuestra voz a través de la emisión del voto. En este doble contexto, marchar es expresión de la crisis/oportunidad en que se encuentra la democracia mexicana.

Aunque falta un largo camino legal para que el Plan B sea una realidad, es probable que, a pesar de la segunda marcha ciudadana de los “continuistas”, los “transformadores” ya hayan dado los primeros pasos hacia su aplicación. Por ello, no debemos perder de vista las ideas que sustentan la disputa por el INE, pues estas definen no solo la estructura y el funcionamiento de una institución, sino el futuro de la democracia mexicana.

Usted, ¿por quién marcha: por la austeridad o por la seguridad? Las ideas están en disputa; la calle es la cancha donde se juega la partida.

No toda interrupción presidencial es un golpe de Estado

Hay términos que arrastran simultáneamente una enorme carga emocional junto a una gran capacidad explicativa del acontecer. Es cierto que tanto su uso como su significado varían en el tiempo, pero uno de ellos mantiene su carácter apasionado. Probablemente sea así por la complejidad de los hechos que definen su gran intensidad emotiva y la necesidad de establecer un marco interpretativo que posibilite la existencia de opciones claramente establecidas para reclamar apoyo o aquiescencia social. Por otra parte, son términos que configuran una liturgia que parece fuera de lugar en una sociedad supuestamente madura, una teatralización del disenso, de la confrontación, que, no obstante, trae consigo la añagaza de su carácter polisémico. No se trata tanto de la cantidad sino de la intensidad con que una expresión, como es la de “golpe de Estado”, puede irrumpir en la disputa y volverse acerbo al definir el marco de una discusión política.

Un enunciado seco, de extrema dureza, repleto de dramáticos significados ancestrales que, sin embargo, en el fragor de la liza queda reducido al sinsentido de lo manido se vacía de su poder de denuncia para convertirse en una soflama más. Cuando se utiliza dicha expresión para tipificar una determinada situación, no estoy seguro de si se es consciente de los distintos aspectos cuya secuencia es numerosa e imposible de abarcar aquí: desde su origen en la ciencia política moderna, el 18 de brumario, hasta la elaboración por Curzio Malaparte de su manual escrito en 1930.

En España hay una larga tradición que también se extiende al ámbito de la batalla semántica. Al golpe de Estado de julio de 1936 se le denominó, por parte de los que lo perpetraron, alzamiento para dulcificar el severo simbolismo que esconde el término. En febrero de 1981 hubo un golpe de Estado que fracasó. Paralelamente, dicha categorización fue adjetivada por calificativos que hablaban de su reciedumbre (golpe blando) o de las fuerzas que lo instigaban (del golpe cívico-militar al autogolpe). Por consiguiente, el asunto es viejo y cercano, a la vez que enrevesado. Traigo esta circunstancia a colación por cuanto vuelve a tener actualidad en los dos últimos meses en la política latinoamericana. Brasil y Perú son dos ejemplos de ello.

Desde hace tres lustros se viene hablando, así mismo, de golpes de Estado en Honduras y Paraguay. Para estos dos países, a los que luego se sumó Brasil, la salida presidencial fue inmediatamente catalogada de esa guisa por los seguidores de los presidentes Manuel Zelaya y Fernando Lugo, y de la presidenta Dilma Rousseff. Mientras Zelaya fue sacado por la fuerza de su residencia y llevado en avión a Costa Rica, Lugo y Rousseff dejaron el poder por su propio pie tras sendos juicios políticos. Una forma inequívoca la del golpe de Estado de militancia lícita, pero intelectualmente inadecuada que llevó a abrir otras avenidas conceptuales de contenido menos dramático como la de “interrupción presidencial”.

Más recientemente, en 2019, Evo Morales fue invitado a que abandonara el poder tras una confusa jornada electoral y en un escenario de mucha polarización, en gran medida, debido a que Morales ignoró el resultado de una consulta popular desfavorable a su reelección. En Brasil, a finales de 2022, se volvió a utilizar el término para calificar primero la derrota electoral de Jair Bolsonaro, dado un supuesto fraude ante el que no se aportó evidencia alguna, y poco después para definir la bochornosa y delictiva actuación de sus seguidores cuando tomaron violentamente en enero pasado las sedes de los tres poderes del Estado. De la misma doble forma, detractores y simpatizantes de Pedro Castillo lo han usado en Perú para denominar su intento de disolver el Congreso y seguidamente para calificar su encarcelamiento.

El escenario lleva por consiguiente a un uso que, más allá de su conceptualización político-constitucional, se adentra, una vez más, en el ámbito del relato. Definir lo acontecido con una locución sonora y llena de connotaciones supone posicionarse por delante del adversario; infiere estar en posesión de una verdad legitimadora de lo que acontece, pero alejándose por completo de las reglas de juego y de cualquier mecanismo institucionalizado.

Por todo ello, propongo una definición sencilla para este suceso cargado de tan alto grado de significado. Pero antes quiero recordar que la política se refiere al manejo del poder en el ámbito público y que ello conlleva la gestión del conflicto que existe entre las personas. La evolución habida en el tiempo comporta la aceptación generalizada de ciertos principios como el de la legitimidad legal y racional, y el explícito acatamiento de que debe haber un monopolio de la fuerza que esté sometida a la ley.

Así, un golpe de Estado supone la quiebra de un determinado ordenamiento institucional articulado, según el sentido del Estado de derecho, por medio del uso de la fuerza y torciendo la voluntad de quien hasta entonces detenta el poder. La fuerza se empleó en Honduras, pero no en Paraguay, Brasil ni tampoco en Perú. La interrupción del mandato presidencial, sin embargo, se dio en todos los casos, algo que tiene que ver con procesos más complejos y que requieren de interpretaciones y de explicaciones más elaboradas y menos simplistas, aunque la de golpe de Estado siga siendo el eje narrativo más atractivo.

Ucrania, un año después: perspectivas del conflicto

La prospección del curso de la guerra en Ucrania enfrenta considerables dificultades, no sólo debido a lo poco fiable que son los datos disponibles, sino también al hecho de que los tomadores de decisiones ocultan a la opinión pública las acciones con las que tratan de sorprender día tras día a su oponente. Nuevamente se produce un giro copernicano del combate: a pocos días del envío de carros de combate al ejército ucranio por parte de países de Occidente, el Gobierno de Rusia anuncia que suspende su participación en el tratado sobre el control de armas nucleares. No obstante, pese al alto nivel de hechos imprevisibles, se aprecian algunas tendencias al cumplirse el primer año de conflicto bélico.

La primera es que se avanza hacia un empeoramiento del conflicto, tanto respecto del campo de batalla como a nivel de enfrentamiento geoestratégico. Otro rasgo creciente en los últimos meses es la fatiga tras un año de confrontación, desde el agotamiento de materiales bélicos al cansancio que comienza a apreciarse en la opinión pública. Tomando en cuenta estas tendencias y siempre en términos de probabilidades -porque en un conflicto abierto cualquier cosa es posible- puede observarse que el curso de la guerra se mantiene en una alternancia entre el estancamiento y la escalada, entendiendo esta como una agudización pronunciada del enfrentamiento propiamente bélico. Regularmente, ambas situaciones presentan una relación secuencial: tras una escalada suele producirse un estancamiento, sobre todo en una guerra prolongada.

La prolongación de la guerra ha sido el principal tema en los discursos en torno al primer aniversario de los presidentes Vladimir Putin y de su homólogo Joe Biden. Ambos han afirmado que están preparados para continuar la guerra hasta una hipotética victoria militar, Putin de una forma directa y Biden en términos del “mantenimiento de su apoyo a Kiev dure lo que dure la guerra”. Estas afirmaciones excluyen, al menos de momento, la eventualidad de una negociación de alto el fuego y menos aún para establecer una paz duradera.

De hecho, han sido líderes menos alineados quienes han empezado a sugerir propuestas para detener la guerra, como los presidentes de México, Brasil o India, o de algunos sectores socialdemócratas europeos. También ha despertado expectativas en el sur global la propuesta china de detener la guerra.

Ahora bien, cuando se prevé la prolongación del conflicto como perspectiva para derrotar al oponente, se deben calcular los costos humanos y materiales. Y aunque ninguna de las partes han ofrecido datos precisos sobre decesos directos ocasionados en este primer año de guerra, Naciones Unidas estima en 30.000 las muertes de civiles en este primer año de guerra, así como de siete millones de refugiados ucranios y otros tantos desplazados al interior del país. Además, hay que tener en cuenta las 1.500 millones de personas afectadas por la inflación y los impactos económicos derivados de la guerra en todo el mundo, entre los que se cuentan la población latinoamericana, siempre según Naciones Unidas.

En cuanto a las muertes de combatientes hay grandes diferencias según las fuentes. Los ministerios de defensa de Ucrania y Rusia han aceptado que han tenido perdidas del entorno a 25.000 ucranios y 40.000 rusos. Sin embargo, medios como BBC, DW o FP señalan que en las fases de recrudecimiento bélico se han producido cerca de 8.000 muertos al mes de parte ucrania y unos 12.000 de parte rusa, lo que eleva el promedio anual en torno a 90.000 decesos ucranios y 130.000 de combatientes rusos. Cifras que se aproximan a las que ofrece la compilación realizada para este año por el Estado Mayor de la Defensa de Noruega. En pocas palabras, una pavorosa masacre, incluso si se aceptan las cifras más conservadoras.

Por otro lado, las pérdidas materiales son cuantiosas con la afectación de viviendas, carreteras, aeropuertos y líneas de ferrocarril, instalaciones de salud y educativas. La escuela de Economía de Kiev ha estimado en más de 2 billones de dólares de pérdidas en infraestructuras durante este primer año de guerra.

Es decir, que cuando se contempla la continuación de la guerra, como se desprende de los discursos emitidos en este primer aniversario por los mandatarios de Rusia y Estados Unidos, es necesario tener en cuenta lo que verdaderamente significa: un cúmulo con rasgos apocalípticos de muerte y destrucción. Y este es un buen punto de referencia para avizorar las consecuencias de la ofensiva rusa prevista para el inicio de la primavera, que enfrentará la dotación de armas pesadas (tanques, artillería móvil, etc.) que el ejército ucranio recibirá de sus aliados occidentales.

En sus respectivos discursos para este aniversario, los mandatarios Biden y Putin se han acusado mutuamente de haber iniciado la guerra. Biden se basa en una evidencia, la agresión militar fue una iniciativa de Rusia. Pero en su discurso, el mandatario ruso ha sostenido que las potencias occidentales son las que la han provocado y ha puesto como prueba de su voluntad de paz el envío del memorándum de negociación enviado a Washington y Bruselas en diciembre de 2021 y el rotundo rechazo recibido como respuesta. Resulta indudable que este ninguneo persistente no justifica la agresión militar de Moscú contraria al derecho internacional. Pero la historia se encargará de dimensionar la responsabilidad de las potencias occidentales en su incapacidad de evitar la guerra.

En todo caso, el argumento acerca de la responsabilidad del inicio de la guerra, no puede dispensar de la responsabilidad actual acerca de su prolongación. La evidencia de los efectos aterradores que causa día tras día, tiene suficiente peso moral como para abandonar la tentativa de lograr una derrota del oponente, cueste el tiempo que cueste. Cada día que se prolonga esta guerra aumenta la responsabilidad moral sobre el conjunto de la comunidad internacional.

El voto por internet incentiva la participación ciudadana

El voto por internet ha sido adoptado por un número creciente de países en todo el mundo, incluyendo Estonia, Australia, Suiza, México y Canadá. En estos países, el voto por internet ha mejorado la participación electoral, ha aumentado la transparencia y la confianza en el proceso electoral. En general, el voto por internet es una forma innovadora y cada vez más popular de participar en la democracia, y su adopción seguirá creciendo en el futuro.

Sin embargo, también es importante destacar que no todos los países han adoptado el voto por internet de la misma manera. En algunos países, el voto por internet se utiliza solo en elecciones locales o primarias, mientras que en otros es utilizado en elecciones nacionales y generales. Además, algunos países limitan el uso del voto por internet a ciertos grupos de votantes, como personas con discapacidades o residentes en el extranjero.

A pesar de las ventajas que ofrece este sistema de votación, es importante que se aborden adecuadamente las preocupaciones sobre la seguridad y la integridad del proceso electoral, y que se implementen medidas efectivas para garantizar que el voto por internet sea seguro y confiable.

Estonia a la vanguardia del voto por internet

Las elecciones generales de 2019 en este país báltico fueron un momento clave para la democracia del país y para la adopción del voto por internet en el mundo. Con una participación récord de 63,67% de los votantes, estas elecciones marcaron un hito en la historia política y mostraron la determinación del país en su camino hacia una democracia más avanzada y tecnológicamente sofisticada. Cuatro de cada 10 estonios, emitieron su voto desde la comodidad de su hogar, a través del internet. Esto es significativo, ya que desde 2005, fue el primer país en el mundo en utilizar el voto por internet en una elección nacional. Además, la implementación de este sistema fue relativamente fácil y no hubo informes de fraude o problemas técnicos graves.

Estonia es el país más digital del mundo. La política ha sido encaminada para establecer la e-gobernanza, un sistema que privilegia el uso de tecnologías sobre el del papel. Esto ha permitido grandes avances en la sociedad desde que en 1996 fuera aprobada una Ley de Protección de Datos y se creara el primer banco por internet. Además, los gobiernos han implementado estrategias cibernéticas en materia de salud, identidad, educación, democracia, tributación, entre otras. “Si internet tuviera código postal, muy probablemente estaría aquí en Estonia”, mencionaba Toomas Hendrik Ilves, Presidente del país báltico entre 2006 y 2016.

El uso del voto por internet en Estonia también ha tenido un impacto positivo en la transparencia política. Al permitir una mayor participación y una mejor comprensión de los resultados, el voto por internet ha mejorado la confianza en el proceso electoral y ha aumentado la transparencia en la toma de decisiones políticas.

¿Cómo vamos en América Latina?

En los países que integran la región, se ha podido avanzar en diversas modalidades para tecnificar la emisión del voto. En el caso de Brasil, desde finales del siglo pasado se utiliza este sistema electrónico para sus elecciones, donde a pesar de contar con un número significativo de personas electoras, el escrutinio y cómputo de votos ha demostrado su efectividad.

En México, el Instituto Nacional Electoral (INE) ha diseñado una urna electrónica que recientemente se puso en operación, mientras que desde hace muchos años, los institutos electorales locales de Chihuahua, Ciudad de México, Coahuila y Jalisco han desarrollado modelos ya probados y que han ido evolucionando.

El INE también ha implementado el voto por internet, es decir, voto electrónico no asistido que puede llevarse a cabo desde una computadora o equipo inteligente para votar desde el extrajero. La experiencia ha sido positiva, sin embargo, este sistema enfrenta a una variable importante: la desconexión digital en ciertos segmentos de personas electoras, donde la falta de experticia puede convertirse en un enemigo para la participación ciudadana de personas mayores a 50 años o bien, para personas que por condición de pobreza no tengan relación con medios electrónicos.

Elementos como el anonimato, privacidad, auditabilidad son claves, así como el cifrado de extremo a extremo para permitir que el voto por internet pueda convertirse en realidad. Los partidos políticos y agentes de influencia deben conocer los sistemas de voto por internet que desarrollan las autoridades electorales. Negarse a aceptar que la globalización nos ha rebasado, resulta inapropiado y  altamente costoso.

Hoy las campañas políticas se han enfocado en lo digital. En el recuerdo quedaron las bardas a base de pintura de cal y los pendones colgados en los postes luminarios. La pandemia de COVID-19 aceleró en gran medida el uso de herramientas tecnológicas que desde principio de siglo veníamos utilizando.