¿Quién ganó el plebiscito en Chile?

La obvia respuesta es un inapelable rechazo con un 61,87% versus un 38,13% del apruebo. Votaron 12,9 millones de electores, es decir, el 85,3% del padrón electoral. Esto solo es comparable al porcentaje de participación que puso fin a la dictadura militar en 1989. Un dato clave: la opción rechazo ganó en todas las regiones, incluso en la región metropolitana (Santiago) y Valparaíso. En estas dos, según distintas encuestas, había posibilidad de que se impusiera la opción apruebo. No fue así.

Momento de prudencia

La lectura política debiera ser más prudente y analizar el contexto por el que atraviesa Chile. No hay espacio para triunfalismos, como se señaló desde casi todas las veredas del rechazo después de conocidos los resultados de los comicios.

Los distintos actores políticos de la opción contraria al apruebo se han puesto frente a los micrófonos para intentar capitalizar la victoria. Durante la campaña, no se habían dejado ver, por lo que no se puede sostener la tesis de que los vencedores son los partidos de oposición al Gobierno.

Tampoco ganaron los extremos que no buscan acuerdos mayoritarios y buscan instaurar constitucionalmente sus propias miradas de mundo. Esta razón, por la que muy posiblemente quedarán aislados si no cambian de postura y actitud, no permitirá alcanzar un acuerdo nacional en materia constitucional.

El alma nacional

La tarea de negociar no será fácil para el gobierno derrotado. Como advertimos, los partidos oficialistas fueron precisamente los actores claves en la articulación de los contenidos de la propuesta constitucional rechazada. En especial, de la perspectiva indigenista y plurinacional, las incertidumbres en materia de propiedad privada y los lineamientos en seguridad pública. Estos elementos podrían entenderse como lejanos a lo que el cardenal Raúl Silva Henríquez, en el contexto de una búsqueda de la democracia perdida en Chile, denominara el alma nacional de Chile, la que a su juicio se conforma por una certeza u orden jurídico, por la libertad de las personas y la fe del pueblo. Tres elementos no observados en el texto constitucional.

En concreto, el alma nacional no habría estado en sintonía con la perspectiva refundacional, la cual desafía las libertades. El proceso constituyente se sustentó en una intolerancia expresada en el desinterés por ampliar los acuerdos y consensos; el desprecio a la historia de nuestro orden jurídico que puso fin al Senado y al Poder Judicial, sumado a la irrelevancia y prescindencia de normas que mitigan la violencia, como la desaparición del estado de emergencia del texto constitucional vigente, el cual permite al Gobierno de turno utilizar a las fuerzas armadas en materia de violencia política o social, apoyando las labores de seguridad pública. Todos estos elementos son claves para comprender el triunfo del rechazo.

Riesgos y percepciones

Desde una mirada integral a la propuesta de Constitución, la mencionada plurinacionalidad habría sido percibida como un principio que significaba un alto riesgo a la unidad del pueblo de Chile, siendo en sí misma una amenaza al orden jurídico de la República, a las libertades e igualdad de todos ante la ley, y un corte con la idiosincrasia popular. En definitiva, sería el reconocimiento de once pueblos en el territorio de Chile con sus respectivos principios de autodeterminación y autogobierno, una de las razones por las que se habría apreciado que el texto constitucional creaba las bases para la deconstrucción de la República, proponiendo una nueva morfología en el poder que no reconocía el alma nacional.

¿Una nueva oportunidad?

Pasada la página, si asumimos la necesidad de un nuevo acuerdo nacional, Chile tendría una nueva oportunidad para hacerlo. Ahora más transversal y mayoritaria. Para ello se requiere que ningún actor político crea que por sí solo puede interpretar y proponer una propuesta constitucional. Solo así aprenderemos del proceso constituyente recién vivido. ¿Quién ganó la elección del plebiscito de salida? Podría responderse que el pueblo y su anhelo de unidad nacional.

Todo lo señalado no significa que la crisis de representatividad y desconfianza en las instituciones haya sido superada. En este momento resulta fundamental que el Gobierno del presidente Gabriel Boric pase de una posición de derrota a transformarse en un actor que conduzca la negociación política por un camino de gran entendimiento nacional. Esto muy posiblemente le signifique una tensión en el bloque oficialista, ya que el Partido Comunista y algunos sectores del Frente Amplio fueron los artífices ideológicos de la propuesta constitucional.

Otro gran desafío es que el Congreso consiga legitimar una propuesta de proceso para el acuerdo nacional que se requiere. Parece fundamental no olvidar el alto nivel de impopularidad que mantiene dicha institución. Por tanto, en una acción colaborativa con el Poder Ejecutivo, se debería establecer un mecanismo de consulta al soberano para que tenga la decisión final respecto al diseño institucional por el que debe transitar el acuerdo nacional.

Segunda etapa

En consecuencia, el proceso no ha terminado. Por el contrario, este recién se iniciará en una segunda etapa que, esperamos, pueda sacar las lecciones del proceso que ha concluido. Ello a pesar del cansancio de los electores por un frecuente llamado a las urnas y los costos económicos asociados a esto, ya que pareciera de vital importancia que los ciudadanos sigan activos y movilizados hasta conseguir una institucionalidad que signifique un amplio acuerdo nacional en materia constitucional.

En ese sentido, los movimientos que han acompañado el proceso, surgidos desde la sociedad civil, tales como Amarillos por Chile, entre otros, desde ahora son doblemente responsables de colaborar y apoyar el camino de entendimiento nacional. Ello mientras los partidos políticos se adaptan y ajustan a los nuevos tiempos y las instituciones vuelvan a recuperar la fe pública. Esa sería la mejor y casi única estrategia de salida de la crisis institucional y de representatividad en el país.

*Texto Publicado originalmente en Diálogo Político

Digitalización y privacidad: ¿más allá de un capitalismo de vigilancia?

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No es novedad que la pandemia de la COVID-19 aceleró la digitalización de la vida cotidiana, intensificando la canalización online de nuestras actividades o forzando una migración para el mundo virtual de quien sustentaba una forma analógica de vivir. La profundización de la vida anclada en la internet suele ser interpretada como favorable a la democratización de la información y la comunicación, además de facilitar varias rutinas. Pero esa intermediación remota vía internet de nuestra cotidianeidad está lejos de ser neutra.

La digitalización de nuestras vidas genera ganadores y perdedores, agudiza desigualdades sociales, reduce la circulación de informaciones y datos personales a una lógica de producción de valor para las empresas a cargo de la intermediación digital y disemina la vigilancia y el control comportamental sobre los individuos, lo cual corroe nuestras libertades y derechos. Ese proceso resume el concepto de “capitalismo de vigilancia” desarrollado como advertencia por la socióloga Shoshana Zuboff.

Pero ¿hasta qué punto esa perspectiva es percibida por los ciudadanos? ¿Quién gana y quién pierde a los ojos de los usuarios?

La naturalización de la vida en las redes

Los cambios ocurridos durante los confinamientos de 2020 y 2021 no dejaron de proyectarse sobre nuevos ámbitos en 2022, algo que deberá continuar. Numerosos estudios apuntan a que la mayoría cree que las actividades educativas y de capacitación continuarán canalizadas de modo online, las prácticas de compras se convertirán en experiencias de e-commerce y las actividades cívicas serán instrumentalizadas, mayoritaria o exclusivamente, por la vía digital.

La encuesta Market Analysis/WIN Network realizada en 39 países confirma esa tendencia, a la vez que revela una lectura ambigua del proceso de cambio radical hacia la esfera online, así como una aceptación acrítica del llamado capitalismo de vigilancia.

La libre disponibilidad de información personal, al igual que nuestros gustos particulares, es algo que difícilmente permitiríamos en encuentros cara a cara con desconocidos. Lo mismo podemos decir de detalles sobre nuestros familiares y amigos, formas de contacto, pormenores de por dónde viajamos o consumimos. Sin embargo, esas preocupaciones son relajadas y liberadas para el universo corporativo a cambio de algún beneficio gratuito o según el valor agregado percibido en la ampliación de la internet y de la fe existente en la tecnología. 

En la muestra global del estudio, menos de la mitad de los entrevistados (47%) se dicen preocupados por compartir sus informaciones de las redes sociales, una sensación sin variaciones antes y después de la pandemia. En América Latina esa división de opiniones es aún más crítica. Antes de la cuarentena, 55% admitían recelo de exponer sus datos y opiniones online, un nivel de resistencia que cayó a casi la mitad poco antes de 2022. 

En nuestra región, Brasil es una excepción. Una amplia mayoría de la sociedad brasileña siempre mostró preocupación con la libre disposición e intercambio de informaciones personales en las redes. Esto hace de Brasil el líder mundial del escepticismo digital sobre el intercambio de informaciones personales en las redes, y seguido por China.

Desde la perspectiva del capitalismo de vigilancia, que mira al usuario de redes como objeto de extracción de valor y lucro, dicho escepticismo puede ser una fuente saludable de protección. Por otro lado, la actual preocupación de los brasileños parece derivar mucho más de la falta de conciencia sobre el destino de sus datos personales que de una experiencia adversa navegando en internet o una crítica conceptual frente al funcionamiento controlador de la industria de TI.

Preocupa la inseguridad potencial a la defensa de la privacidad antes que la posibilidad de revelar datos que alimenten gratuitamente los algoritmos de las grandes firmas de TI, que saben cómo monetizarlos en servicios que esos mismos usuarios después pagan. 

Una mirada benevolente y negligente sobre el ecosistema online

En América Latina, apenas cuatro de cada diez personas dicen tener idea del destino de sus datos compartidos pública y gratuitamente en la internet. Sin embargo, antes de la pandemia, esa sensación de control sobre la exposición y el uso por terceros de los datos personales era incluso menor. Esto sugiere que la inmersión digital forzada por la cuarentena indujo a una suspensión de los miedos y a una ilusión benevolente de cada persona en su relación con las redes sociales. 

De acuerdo con el estudio Market Analysis/WIN, las incidencias de riesgo como phishing, e-mail hackeado o filtración de datos personales no cambiaron con la pandemia. Sí hubo un aumento de casi 10% en la recepción de spam y en el registro de cuentas de banco o tarjetas hackeadas, lo cual afectó en mayor medida a los más viejos y menos alfabetizados digitalmente.

El aumento de la exposición online y la colonización de nuestras rutinas por los canales digitales no se reflejó en una suba significativa del número de personas preocupadas con la disponibilidad de sus datos en las redes. Y a pesar de los delitos cibernéticos y de la poca conciencia sobre el destino de nuestros datos, hay una sobrevaloración de los medios digitales. De hecho, nueve de cada diez brasileños consideran que la tecnología de la información es de suma importancia en la organización de la vida.

Esa influencia del ecosistema online siembra la duda de si los individuos no estarían trabajando gratuitamente para las big techs al utilizar las plataformas digitales “sin costo”, alimentando, así, sus algoritmos y quedando expuestos a riesgos de crímenes cibernéticos. En este sentido, los datos muestran una lectura más optimista que pesimista, aunque racional, en la medida en que apuntan hacia una normalización del bajo costo que se paga con la diseminación de datos personales y la amenaza potencial a la privacidad a cambio de accesibilidad online y conveniencia remota y favorecida por la internet. 

O sea, la monetización empresarial gratuita de la información, provista por las personas al usar las redes sociales, pasa desapercibida o (entonces) es naturalizada como un costo aceptable. Ello no quiere decir que una mayoría de usuarios no tenga un cierto escepticismo con relación a compartir sus datos en las redes, pero esa reacción no nace de una concientización politizada contraria al capitalismo de vigilancia que lleve a una mayor exigencia a la protección de la privacidad y seguridad de los datos, dos temas que constituyen la próxima frontera decisiva para consolidar la “democratización del acceso”.

*Este texto fue escrito con la colaboración de Ivan Albuquerque, Monize Arquer y Camila Cassis

Fabián Echegaray es doctor en ciencia política por la Universidad de Connecticut y director de Market Analysis, consultora de opinión pública con sede en Brasil.

Ivan Albuquerque es politólogo por la UFSC y analista de investigación en Market Analysis

Monize Arquer es politóloga por Unicamp, profesora en la UFES y analista de investigación en Market Analysis

Camila Cassis es politóloga por Unicamp y analista de investigación en Market Analysis


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Plebiscito constitucional chileno: hacia un nuevo consenso 

El domingo 4 de septiembre Chile celebró la elección más importante desde la transición a la democracia, o tal vez, la más relevante de toda su historia. Esta elección tuvo el propósito de permitir a chilenos y chilenas aprobar o rechazar, a través de un plebiscito ratificatorio, la nueva Constitución redactada por una Convención Constituyente paritaria conformada por 155 integrantes electos directamente por la ciudadanía.  

La decisión de darle al electorado la oportunidad de manifestar su acuerdo o no con redactar una nueva Constitución y elegir el mecanismo para hacerlo se materializó el 15 de noviembre de 2019 a través de un pacto suscrito por los principales partidos políticos con representación parlamentaria. El llamado Acuerdo Por la Paz Social y la Nueva Constitución fue la respuesta desesperada de una clase política que se vio completamente desbordada por una crisis de legitimidad de proporciones bíblicas. 

Esta crisis alcanzó su clímax durante el estallido social que se inició el 18 de octubre de 2019 cuando miles de chilenas y chilenos salieron masivamente a las calles, durante varias semanas, a manifestar su descontento y demandar cambios. Un año después, casi el 80% de las y los votantes que participaron del llamado plebiscito de entrada del 25 de octubre de 2020, estuvo de acuerdo con la redacción de una nueva carta magna por una Convención Constituyente electa por la ciudadanía. 

Este contundente apoyo a una nueva Constitución contrastó fuertemente con el resultado de la elección celebrada el domingo 4 de septiembre. En efecto, 62% de quienes asistieron a las urnas durante la jornada rechazó la Constitución propuesta. En términos prácticos, esto significa que la Constitución vigente, escrita (a pesar de los ajustes que ha experimentado desde entonces) durante la dictadura militar presidida por Augusto Pinochet, sigue siendo válida. 

El triunfo del “rechazo” este domingo estuvo dentro de lo esperado, al menos si tomamos en consideración que prácticamente todos los sondeos de opinión realizados durante las semanas previas vaticinaban este resultado. No obstante, el desenlace de esta elección fue, sin dudas, sorprendente al menos en tres sentidos. Primero, nadie anticipó que el “rechazo” se impondría con tanta holgura, superando al “apruebo” por 24 puntos. Segundo, en 97% de las comunas y en todas las regiones del país (incluyendo la Región Metropolitana de Santiago), el electorado rechazó el texto constitucional propuesto. Tercero, aun considerando que en esta elección se instauró el voto obligatorio con inscripción automática, el nivel de participación fue inusitadamente alto para Chile. En un país en el que la participación electoral venía cayendo desde la transición, para alcanzar una meseta en torno al 50%, no deja de sorprender que en el plebiscito de salida haya alcanzado al 85% del padrón. En consecuencia, el triunfo del “rechazo” fue, sin lugar a duda, tan contundente como transversal.  

Las causas de este categórico resultado son probablemente diversas y requerirá algún tiempo lograr desentrañar sus raíces. No obstante, se pueden especular algunas explicaciones preliminares. Por un lado, la Convención Constitucional experimentó una caída de los niveles de confianza y no ha estado exenta de los mismos problemas de legitimidad que han afectado a la elite política. De acuerdo con la Encuesta Pulso Ciudadano, en julio de 2021, 73% de las y los encuestados manifestaba niveles altos o intermedios de confianza en la Convención, pero esa cifra cayó progresivamente hasta alcanzar un 39% en junio de 2022. 

Muy probablemente la desconfianza en las y los convencionales se haya traducido en un rechazo al texto que produjeron. En segundo lugar, la composición de la Convención resultó ser problemática. Buena parte de los convencionales, que se presentaron como independientes, carecía de experiencia política previa, lo que probablemente dificultó las negociaciones y favoreció una mirada centrada en objetivos particularistas y maximalistas. Tercero, el texto constitucional propuesto enfatizó aspectos que probablemente no reflejaron ni las preferencias ni las prioridades de la ciudadanía. Por último, algunos aspectos clave de la Constitución propuesta no fueron comunicados de manera clara y fueron presentados apelando a un discurso que generó altos niveles de suspicacia e incertidumbre dentro de una ciudadanía que ha estado en vilo desde hace tres años. Muy probablemente, los relativamente bajos niveles de aprobación a la gestión de este gobierno por parte de la ciudadanía no hayan contribuido a cimentar el apoyo por la nueva Constitución.  

Más allá de las posibles causas de este desenlace, la interpretación obvia de los resultados electorales contrastantes del plebiscito de entrada y el de salida es que la ciudadanía quiere que las cosas cambien, pero no en la dirección que trazó la Constitución propuesta. Como resultado, lo que probablemente debería venir en un futuro cercano es un nuevo proceso de cambios constitucionales que apunte a capturar los corazones y las mentes de la ciudadanía.  

En lo inmediato, esta nueva etapa requerirá de un cambio de gabinete, que refuerce la presencia de actores políticos con amplia experiencia, que sean capaces tanto de entablar un diálogo fluido con la oposición como de establecer acuerdos amplios e inclusivos. El Congreso tendrá un papel crucial para enfrentar los desafíos políticos que trae consigo este resultado electoral y el gobierno del presidente Gabriel Boric tendrá que trabajar arduamente para promover mayores niveles de cohesión dentro de una izquierda altamente fragmentada. La oposición deberá cumplir el compromiso que contrajo ante la ciudadanía de “rechazar para reformar” evitando la tentación de optar por cambios cosméticos que no se hagan cargo del profundo descontento que llevó al estallido social.       

Promover una agenda de cambios constitucionales en un país polarizado y desencantado no será fácil y requerirá que los partidos y líderes políticos estén dispuestos a negociar, ceder y tomar decisiones difíciles sobre temas complejos. Un importante desafío por sortear es que ninguna fuerza política cuenta con mayorías en el Congreso. Por esta razón, será imperioso que los partidos y actores políticos de lado y lado estén dispuestos a construir una coalición amplia, promover la disciplina al interior del Congreso y a comportarse con un nivel significativo de responsabilidad y generosidad. 

Chile: Apuntes de urgencia sobre el referéndum constitucional

La pérdida del Apruebo en el referéndum ha instaurado la desilusión generalizada entre los grupos que propugnaban el cambio de Constitución en Chile y, por el contrario, una gran alegría entre quienes defendían el status quo jurídico de la Constitución de 1980. Son reacciones emocionalmente comprensibles, pero requieren de una reflexión moderada. La lectura sobre la derrota del Apruebo habrá que hacerla con calma y con suficientes elementos de análisis, y ahora solo es posible una primera aproximación.

Comencemos por ubicar la situación en la que está el proceso. La negativa al proyecto de Constitución (62%) debe analizarse insoslayablemente a la luz de las mayorías que iniciaron un proceso constituyente democrático en octubre de 2020, cuando el 78% apoyó la redacción democrática de una Constitución, y el 79% prefirió una asamblea constituyente originaria, sin participación del parlamento. La posición del pueblo parece clara: sí a un proceso constituyente que derogue la Constitución pinochetista, no a un proyecto de Constitución concreto que no cubre las expectativas que reclama.

¿Hay un problema en el contenido de la propuesta? Solo hay que echar una mirada rápida a los debates durante la campaña para acercarnos al principal problema del proyecto: contiene una carga social importante en derechos, pero invisibilizada detrás de varias decisiones arriesgadas, innecesarias y de difícil comprensión. Por ejemplo, la discusión sobre el fin de la unidad del Estado chileno.

Una Constitución no precisa declarar por escrito la plurinacionalidad, concepto teóricamente relevante pero difícil de explicar en el campo político. Es suficiente con incorporar materialmente su contenido, como los derechos de los pueblos indígenas o el reconocimiento de sus actos. Tampoco es necesario (en este caso, ni siquiera teóricamente correcto) enunciar que la soberanía reside en el pueblo “conformado por diversas naciones”; bastaría con incluir instrumentos de democracia participativa para hacer efectiva esa soberanía. Son insumos que no aportaron luz al debate; al contrario, mucha confusión. Una Constitución no es un tratado de teoría constitucional; es la norma fundamental de un Estado que refleja sus fundamentos.

Al común de la población, en general, estos debates no le suscitan el menor interés. Al contrario; los considera contraproducentes porque desvían la atención de las verdaderas reivindicaciones sociales que impulsaron al pueblo chileno a tomar las calles en octubre de 2019. Sus preocupaciones suelen ser las que afectan a los derechos sociales (trabajo, vivienda, salud…) y les permitirán vivir mejor.

Aunque el proyecto constitucional apostaba por un Estado social sólido, no fue el eje prioritario de su mensaje, ni se comunicó adecuadamente. Las personas buscan además que se cuente con ellas para decidir cuestiones importantes. Por ejemplo, reformar la Constitución. En el proyecto presentado, la reforma de la Constitución no requería de decisión popular. El Gobierno (presidencialista, con ajustes menores) seguía siendo el mismo, una vez se abandonó por parte de la Convención la innovadora propuesta de avanzar hacia un sistema parlamentario.

El bicameralismo legislativo continuó, transformado en una cámara de representación territorial, pero sin competencias legislativas en las regiones. Eran cuestiones trascendentes que podrían haberse tratado de mejor manera en la Convención; pero esta ocupaba el tiempo en otros asuntos, como discutir reglamentos que poco importaban a la gente.

La campaña del rechazo engordó con estos y otros errores, ampliamente susceptibles de ser instrumentalizados. Recordemos el espectáculo ofrecido en determinados momentos por la Convención constitucional que -por inexperiencia, falta de responsabilidad, o las dos cosas- abría las portadas del día con las dificultades para construir consensos, y nimiedades varias. Al final, las noches se hicieron eternas en una aprobación desesperada por cumplir los plazos. La Convención vio erosionada a marchas forzadas su credibilidad y dilapidado su capital político. La campaña del Apruebo no lo tenía fácil.

Porque, si un proceso constituyente es el momento más indicado en un país para crear consensos, este desde luego no lo fue. Quienes estaban a favor o en contra del proyecto buscaban el apoyo incondicional a una u otra opción, sin posibilidades de acercamiento: blanco o negro; ahora o nunca; Pinochet sí o no.

Pero la democracia real no es la que determina la voluntad de una mayoría coyuntural sobre otra, sino la que construye cimientos de consenso para un acuerdo mayoritario. La confrontación acabó en un choque de trenes más parecido a una elección presidencial que a la construcción colectiva de una Constitución. De haber ganado el Apruebo, el problema sería el mismo: creer, desacertadamente, que en un proceso constituyente democrático hay vencedores y vencidos.

En las confrontaciones se lleva la victoria quien aprovecha mejor las debilidades del rival. En la sociedad donde las fake news se distribuyen masivamente pulsando con un dedo, alguien puede creer que el país tendría dos banderas, o que el Estado embargaría los bienes de las familias, con una simple interpretación interesada de un texto. No tener en cuenta la incidencia de este tipo de informaciones (desinformaciones, pero informaciones para quien las recibe si un mayor andamiaje crítico) es un suicidio político. Porque no nos permite conocer la realidad en la que se mueven algunos sectores sociales ni tener en cuenta que quienes se posicionan contra los avances democráticos pondrán todos los recursos necesarios para acceder a grandes campañas de desprestigio. Cabe recordar los casos aún recientes del Brexit en Gran Bretaña y la “victoria” de Trump en Estados Unidos para caer en cuenta de esta realidad de nuestra época, y de la necesidad de enfrentarla con las herramientas adecuadas.

Cabe añadir al análisis el error político de enorme envergadura que fue la decisión tomada por el Apruebo de proponer la reforma de la Constitución inmediatamente después de su aprobación, cuando aún ni había nacido. No es difícil vislumbrar el duro impacto que un mensaje de este calibre supone en un electorado que es convocado para votar por una Constitución de la que se reconoce que está mal redactada y se reformará al día siguiente de su aprobación.

Son decisiones que desincentivaron el apoyo y que solo pueden ser fruto de un frío laboratorio de análisis partidista. Si a ello le sumamos otro gran error, obligar a los electores a votar (voto obligatorio que había sido desterrado en Chile), las consecuencias no se hicieron esperar. La obligatoriedad del voto se traduce en el desprecio hacia la opción, democráticamente legítima, de no participar en determinada votación por las razones que cada uno crea convenientes. El voto obligatorio crea sesgos en el comportamiento electoral que alteran la decisión democrática, porque la aproximación a las urnas no se realiza desde la misma perspectiva cuando alguien quiere participar que cuando no quiere, pero le obligan.

Son muchas las preguntas que nos ha dejado la experiencia chilena, como la conveniencia o no de que los referéndums respondan a preguntas dicotómicas y no complejas, o la forma como las asambleas constituyentes deben canalizar la voluntad popular. Tiempo habrá para estas reflexiones. Lo que parece claro es que se ha desestimado un proyecto concreto de Constitución, pero se mantiene intacta la voluntad del pueblo chileno de dejar atrás el pasado. Por lo tanto, el proceso constituyente sigue plenamente activo.

La falta de medicamentos en Brasil: un problema que viene de fuera y se encuentra con la inercia política

Los brasileños que buscan medicamentos básicos en farmacias y hospitales, como antibióticos, antialérgicos y analgésicos, encuentran las estanterías desabastecidas y se quedan con las manos vacías. Un informe publicado por el Consejo Regional de Farmacia de São Paulo (CRF-SP) avala esta percepción al señalar la falta de medicamentos en las farmacias. Diferentes campos ideológicos debaten diversas soluciones al problema, pero la discusión no parece haber llegado aún a la campaña electoral brasileña.

Según el documento CRF-SP, el 98,5% de los farmacéuticos consultados indicaron la falta de medicamentos, especialmente de antibióticos. En julio, la Confederación Nacional de Municipios (CNM) reveló que el 80% de los municipios enfrentaba escasez de medicamentos. La red privada tampoco escapa a los elevados precios: una encuesta publicada por la Confederación Nacional de Sanidad con 112 hospitales privados reveló que el 87,6% de ellos tenía dificultades para comprar suero, además de enfrentarse a un importante aumento de los precios de otros artículos.

La escasez afecta aún más a los medicamentos pediátricos, destinados a esa parte de la población especialmente vulnerable a las enfermedades respiratorias.

El problema, sin embargo, no es una sorpresa. En el primer semestre, el Consejo Nacional de Secretarios de Salud (Conass) y el Consejo Nacional de Secretarios Municipales de Salud (Conasems) ya venían alertando sobre la falta de medicamentos. En junio, varias entidades profesionales del sector sanitario se unieron para exigir respuestas al Ministerio de Salud.

Dependencia de China

La razón inmediata de la escasez de medicamentos es la dependencia de Brasil de los insumos importados, especialmente de China. Según datos de la Asociación Brasileña de la Industria de Insumos Farmacéuticos, el país importa cerca del 95% de los Insumos Farmacéuticos Activos (IFA) necesarios para fabricar los medicamentos de consumo interno.

La pandemia de Covid-19 ha interrumpido las cadenas de producción mundiales. Por el lado de la oferta, la ampliación de las medidas de bloqueo en China ha afectado a la capacidad de producción de sus fábricas. Debido a la pandemia, también se han observado fuertes inflexiones en los patrones de demanda de productos manufacturados, incluidos los medicamentos.

En el caso de la industria farmacéutica, mientras que la demanda de insumos necesarios para combatir el Covid-19 aumentó exponencialmente en 2020 y 2021, la demanda de otros tipos de medicamentos disminuyó. Con el avance de la vacunación y la vuelta a la vida social, las enfermedades respiratorias volvieron a circular, haciendo de 2022 un año atípico: los casos de enfermedades respiratorias crecieron incluso antes del invierno. La demanda de medicamentos creció de forma precoz y encontró al sector farmacéutico desestructurado.

Además, la guerra de Ucrania reforzó el proceso inflacionario -que ya había sido estimulado por la reanudación de la demanda de servicios- con el aumento de los precios del combustible en el mercado internacional, que encareció los gastos de transporte y produjo un impacto generalizado en los precios.

La devaluación del real también encareció los productos importados. En otros sectores de la economía, los precios se trasladan al consumidor, como se observa a diario en los supermercados. Sin embargo, la industria farmacéutica está muy regulada y depende de la autorización estatal para reajustar sus precios, lo que repercute en su rentabilidad.

¿Quién es el responsable de la escasez?

Ante este escenario, sería posible concluir que la escasez de medicamentos en Brasil es un producto de la globalización: la liberalización económica de los últimos 40 años provocó el desplazamiento de sectores industriales a China y países vecinos, donde se instaló la «fábrica del mundo». Así, los demás países estarían a merced de los problemas originados en los países asiáticos, con las manos atadas para responder a las fluctuaciones inesperadas de la oferta.

Según esta lectura, la crisis de escasez de medicamentos no sería una crisis brasileña: diferentes países como Alemania, Francia, Canadá, Australia, Sri Lanka y Myanmar también han sufrido escasez de medicamentos. Sin embargo, cabe destacar que los dos últimos se enfrentan a graves crisis económicas, mientras que los tres primeros observan un racionamiento de medicamentos específicos. No es el caso de Brasil, que se ha enfrentado a la escasez de una lista más amplia de medicamentos, incluidos los de uso indispensable, como los antibióticos.

Silencio interno

Las crisis internacionales están mediadas internamente por acuerdos institucionales nacionales. La articulación entre los actores políticos de las diferentes coaliciones, que gestionan los recursos institucionales disponibles, ayuda a explicar las respuestas de los gobiernos a las crisis externas.

En Brasil, a pesar de las más de 680.000 muertes por Covid-19, el gobierno de Bolsonaro nunca ha cambiado de rumbo en cuanto a la política sanitaria. Pese a cambios en el discurso, la estrategia es la misma: abstenerse de coordinar la respuesta a la crisis de (des)abastecimiento. En plena campaña para la reelección, Bolsonaro guarda silencio. El Ministerio de Sanidad y Anvisa afirman que no pueden intervenir en las causas de la crisis, atribuidas a restricciones externas. Como medida paliativa, fue autorizado el aumento de los precios de los medicamentos con riesgo de desabastecimiento y se redujeron algunos impuestos en la importación de insumos.

A pesar de la exitosa trayectoria de coordinación federativa en salud, construida desde la creación del Sistema Único de Salud (SUS), el gobierno de Bolsonaro se abstiene de movilizar respuestas en colaboración con los entes federativos para enfrentar el desabastecimiento. También se abstiene de intermediar, a través del Itamaraty, la importación de insumos básicos que escasean, manteniendo la inercia observada durante el apogeo de la pandemia de Covid-19. Por último, se abstiene de ayudar a los sectores más vulnerables de la población y continúa con recortes presupuestarios en el área de salud.

Como respuestas a medio/largo plazo, los expertos han propuesto diversas soluciones. Por un lado, la reanudación del activismo estatal para crear un sector farmacéutico de vanguardia, capaz de reducir la dependencia de los insumos chinos. Para ello son necesarias grandes inversiones en ciencia y tecnología y en la formación de personal cualificado.

Esta propuesta ha ido ganando terreno en los países desarrollados que ya tienen industrias farmacéuticas consolidadas, como Francia y Alemania. En Brasil, la Fiocruz ha firmado asociaciones internacionales para evitar la dependencia de las fábricas chinas, pero su alcance está limitado por la ausencia de apoyo gubernamental.

En el polo opuesto, el bando liberal defiende una mayor desregulación del sector, considerando que el techo de los precios de los medicamentos es un impedimento para las inversiones en la industria farmacéutica. La opción por una de las alternativas es eminentemente política, pero hasta ahora este debate ha estado ausente en la campaña electoral.

¿Se ha roto el consenso democrático en la Argentina?

La sociedad argentina está conmocionada por el atentado -fallido- contra la vicepresidente Cristina Fernández de Kirchner. Si bien aún se desconoce si se trata de acto de carácter individual o una conspiración más amplia, es un hecho de suma gravedad. En el pasado, los argentinos se han visto sacudidos por episodios de similar magnitud como las rebeliones militares entre 1987 y 1990, el intento de copamiento de un cuartel en 1989 por parte del Movimiento Todos por la Patria-MTP, el atentado al expresidente Raúl Alfonsín en 1991 y los atentados a la embajada de Israel en 1992 y la mutual AMIA en 1994 entre otros. Sin embargo, la particularidad de este episodio es que sucede en medio de un proceso de erosión del consenso democrático que se ha ido construyendo desde 1983.

¿En qué consiste el consenso democrático en la Argentina?

Podemos definir como consenso democrático la existencia de por lo menos tres condiciones básicas. En primer lugar la existencia del mutuo reconocimiento de los actores como adversarios y al mismo tiempo como interlocutores legítimos, en segundo lugar la existencia de procesos electorales cuyos resultados gocen de la aceptación (o por lo menos tolerancia) por parte de los perdedores y en tercer término la exclusión del uso de la violencia física y simbólica para dirimir la disputa política.

El retorno de la democracia en 1983 trajo aparejada la emergencia de un conjunto de prácticas políticas acordes con cierto estilo consensual. La unidad partidaria frente a la sublevación militar de semana santa en 1987, los acuerdos que hicieron posible la reforma constitucional de 1994, la experiencia cuasi coalicional de Eduardo Duhalde y la conformación de la Mesa de Diálogo auspiciada por la Iglesia Católica en el marco de la crisis social del 2001/2002 son ejemplos de esa mayor inclinación al compromiso. No obstante, el proceso de instauración del nuevo régimen político se caracterizó por la ausencia de pactos consociativos entre las élites políticas como aquellos producidos en Venezuela y Colombia durante la década de 1950 o en España durante los años setenta.

El conflicto entre un novel gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y las organizaciones agropecuarias en los primeros meses del año 2008 sobre la “Resolución 125” constituyó una bisagra. Esta crisis reinstaló una dinámica de confrontación prácticamente abandonada desde el retorno de la democracia en 1983.

El retorno de la confrontación trajo aparejada la emergencia de una serie de expresiones tendientes tanto a la descalificación del adversario como a la exacerbación de divisiones (pre) existentes en la sociedad argentina. En este contexto, aparecieron términos de dudosa capacidad explicativa, pero de indudable eficacia persuasoria como la categoría de “destituyente” y reaparecieron otros tendientes a la degradación política y personal (“gorilas”).

A pesar de ello, los resultados electorales han contado, en general, con la aceptación o por lo menos tolerancia de los perdedores, aunque se han advertido algunas situaciones que merecen especial atención. La ausencia de la ex presidente Cristina Fernández de Kirchner en la ceremonia de asunción presidencial de Mauricio Macri fue leída como un gesto de desconocimiento de la legitimidad del resultado electoral del 2015. Las denuncias realizadas desde el entonces espacio Unidad Ciudadana en las elecciones legislativas de 2017 y un posterior e insólito festejo de la derrota del oficialismo en noviembre del año 2021 representan una señal de advertencia sobre el resquebrajamiento del consenso sobre la tolerancia hacia un resultado electoral desfavorable.

Asimismo, el enrarecido clima político en los últimos días ha debilitado el consenso sobre el rechazo del uso de la violencia. Esto ha sucedido en particular a partir del alegato y pedido de condena de la vicepresidente por parte del Fiscal Diego Luciani, las manifestaciones frente al domicilio de la vicepresidente, los enfrentamientos con la policía de la Ciudad de Buenos Aires y con el Jefe de Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta, a la sazón precandidato a presidente por Juntos por el Cambio, y una serie de amenazas cruzadas tanto a la vicepresidente como al propio fiscal de la causa Vialidad.

El peligro de la naturalización de la violencia física, en una sociedad marcada por la experiencia del terrorismo “privado” y “estatal” de la década del ‘70, permanece latente.

¿Está roto el consenso democrático?

Sin el peligro de la regresión democrática o del quiebre institucional, pero con un riesgo cierto de autocratización, existe hoy en Argentina un contexto político caracterizado por una disminución de la tolerancia hacia el adversario y los resultados electorales adversos, un debilitamiento del consenso acerca de la exclusión de la violencia, verbal y física, como recurso, y el eterno retorno de las “fantasías priistas” en el oficialismo.

La copa no está rota, pero está resquebrajada.


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Venezuela y la irresponsable narrativa de la recuperación

En los últimos meses ha cobrado fuerza la narrativa sobre una supuesta recuperación de la situación en Venezuela. Maduro y sus colaboradores, pasando por aliados nacionales e internacionales, hasta medios de comunicación, han comenzado a difundir la idea de que las condiciones mejoran y que los venezolanos comienzan a regresar. Eso a pesar de las advertencias realizadas por distintos organismos internacionales y organizaciones de la sociedad civil de que las causales que provocaron la emergencia humanitaria compleja todavía permanecen. Pese a ello, la promoción de esta narrativa ha continuado y, en algunos casos, se confunde con otros intentos de normalizar al régimen político vigente. Considerando lo anterior, importa contrastar esas visiones con la realidad.

Las dimensiones del colapso económico y sus consecuencias sociales

De acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), entre 2013 y 2021 el Producto Interno Bruto (PBI) venezolano experimentó una reducción de más de 80%. Según la misma organización, Venezuela cerró el 2021 con un PIB per cápita promedio de US$ 1.685, el valor más bajo entre los países del continente americano. Esa realidad fue la consecuencia de casi dos décadas de políticas erráticas como el control de precios de los productos y servicios, el gasto público desmedido, la estatización de un centenar de empresas y el control de cambio de las divisas extranjeras.

A esto hay que sumar escandalosos casos de corrupción, el colapso de la industria petrolera por la pésima administración de la estatal PDVSA, y a partir de 2019, la imposición de sanciones sectoriales. Durante el mismo periodo, la economía nacional experimentó uno de los más largos ciclos de hiperinflación que se hayan observado en la historia, destruyendo el valor del bolívar y los ahorros de las familias. Como agravante de la situación, en esos años ocurrió un colapso general de los servicios públicos.

Como resultado, según la encuesta ENCOVI, entre 2013 y 2021 la tasa de pobreza por ingresos aumentó de forma acelerada hasta situarse en más de 90%. En 2019 la dramática situación llevó a la Alta Comisionada para los derechos humanos de la ONU a calificarla como una emergencia humanitaria compleja.

La crisis humanitaria provocó daños irreparables en toda la sociedad como muestran los casos documentados que fueron denunciados en los últimos años. En 2020, el Programa Mundial de Alimentos, calificó a Venezuela como el cuarto país en el mundo con mayor proporción de la población en situación de inseguridad alimentaria aguda (9,3 millones de venezolanos, equivalente a 32% de la población). Además, más de 6 millones de personas abandonaron el país, provocando la mayor crisis migratoria ya vista en las Américas.

La respuesta gubernamental fue negar la crisis, prolongar decisiones de política que causaron el colapso económico, culpar a otros y darle la espalda a una población desesperada por sobrevivir. A partir de 2018, en un reconocimiento implícito del fracaso de las políticas económicas, Maduro levantó el control de precios y los aranceles para la importación de alimentos y otros productos, permitió que los productos y servicios pudieran ser transaccionados en divisas extranjeras, comenzó a recoger el dinero inorgánico de la calle para controlar la hiperinflación y empezó a ofrecer empresas expropiadas y quebradas a sus antiguos dueños, a la boligurguesia u aliados internacionales.

¿Estabilización en el foso?

En el último trimestre de 2021, de acuerdo con datos del propio régimen y estimaciones de distintos analistas, la economía venezolana volvió a presentar señales de crecimiento. Desde finales del año pasado, la inflación también presentó señales de desaceleración.

En este nuevo contexto de liberalización económica desordenada y en donde la seguridad jurídica está condicionada a la voluntad del régimen político, algunos sectores económicos comenzaron a mostrar señales de recuperación parcial, principalmente aquellos asociados al sector comercial y de servicios orientados al consumo final.

Para 2022, distintos analistas coinciden en que la economía deberá crecer a tasas de entre 5 y 20% en comparación al tamaño del PIB nacional de hoy. Sin embargo, también destacan que los sectores que muestran señales de recuperación son de poca profundidad productiva y bajo valor agregado.

Los brotes parciales de prosperidad en el nuevo capitalismo de amigos también están limitados a una pequeña proporción de la población con acceso a divisas extranjeras, profundizando la exclusión de la mayoría de los ciudadanos. Según estimaciones de la empresa de consultoría ANOVA, entre 2020 y 2021, mientras los ingresos promedio de la economía aumentaron en 65%, los ingresos del 30% de la población más pobre cayeron o permanecieron estancados.

Mientras tanto, el país presenta serios problemas estructurales que impiden su recuperación y que perpetúan la senda de empobrecimiento generalizado iniciado en 2013. La tasa de desocupación laboral se mantiene en más de 40%, equivalente a casi 9 millones de personas en edad productiva para trabajar, pero que se encuentran fuera del mercado laboral. En julio, según cálculos del CENDAS-FVM, el salario mínimo se situaba en 23,04 dólares mensuales, mientras el costo de la cesta básica se calcula en 460 dólares.

En 2022, Venezuela fue excluida del informe sobre la inseguridad alimentaria aguda, presentado por el Programa Mundial de Alimentos y la FAO, por las dificultades de esas organizaciones para acceder a datos. Sin embargo, según estimaciones recientes de la respetada especialista en protección y asistencia humanitaria, Susana Rafalli, entre 10 y 11 millones de venezolanos tienen necesidades humanitarias urgentes.

En ese contexto, el flujo migratorio se mantiene. Según la última actualización de la plataforma R4V, la cifra de venezolanos en el exterior es de 6.8 millones de personas y diversos análisis confirman que son muchos más los venezolanos que salen que los que regresan.

Tal como muestra la evolución de los indicadores socioeconómicos, lo que se vive en Venezuela está lejos de ser una recuperación. Con dificultad se puede hablar de una estabilización, considerando las dimensiones del colapso sufrido. Lo que sí es cierto es que la gran mayoría de la población todavía se encuentra en situación de pobreza, un tercio de la población pasa hambre y es mucha más la gente que sale que la que regresa. Por ello, es necesario decir que la narrativa de la recuperación es irresponsable y no contribuye en el incentivo a la comunidad internacional para seguir apoyando los esfuerzos para atender la emergencia humanitaria dentro y fuera de Venezuela.

TikTok y las nuevas crónicas de Indias

¿Qué tienen en común los miles de migrantes venezolanos y el hidalgo español Vasco Núñez de Balboa? Ambos fueron polizones en la selva del Darién, entre Colombia y Panamá (una de las zonas más peligrosas del mundo), con el objetivo de mejorar sus vidas. Mientras Balboa es ensalzado en los textos de Historia por escapar de sus deudas en Santo Domingo y buscar resarcirse económicamente, los migrantes son estigmatizados por salir de sus países de origen en busca de un mejor futuro para sus familias. Del hidalgo conocemos sus osadías por las crónicas de Indias, y de los migrantes las vivimos a través de sus videos en la plataforma de TikTok. Esta red social de origen asiático ha facilitado conocer de primera mano cómo es la travesía día a día de estos nuevos hidalgos para cruzar el Tapón del Darién en busca del sueño americano.     

TikTok, además de viralizar coreografías y duetos o reacciones de centennials, también ha ganado popularidad entre los migrantes de la región y el mundo para relatar sus historias sobreviviendo al Darién. Ya sea por su facilidad para la edición de videos o por su corta duración, este tipo de contenido es preponderante en TikTok, y escaso en otras redes sociales como Instagram, Twitter, YouTube o Facebook. Este fenómeno social y digital es relevante para la región, pues los numerales #selvadarien #selva #darien han sido utilizados unas 1.900 veces en Colombia, 1.737 en Chile, 1.368 en Perú, 312 en México y 280 en España en los últimos 120 días, según el centro de creatividad de TikTok.

El fenómeno global de TikTok ha suscitado todo tipo de controversias. Entre ellas, la tensión tecnológica y legal entre esta empresa de origen chino y Estados Unidos por el presunto robo de datos personales de usuarios norteamericanos, así como la naturaleza y el funcionamiento del algoritmo junto a sus moderadores de contenido, los cuales presuntamente discriminaban a ciertos grupos minoritarios. En Latinoamérica, la discusión ha sido matizada, pues no se ha centrado exclusivamente en asuntos de seguridad nacional o en el algoritmo, sino que ha abarcado el fenómeno de la desinformación, el ocio en los jóvenes, la pandemia, la comunicación política, particularmente en el periodo de elecciones presidenciales, y la educación.

Sin embargo, hasta el momento no se ha abordado con profundidad el fenómeno migratorio en esta red social que, si bien no es el contenido más viral, sí es la compilación digital más extensa de esta difícil realidad.

Las nuevas crónicas indias del #darien

La plataforma podría considerarse como un diario de viaje público en formato de video que compila y retrata las travesías en el Darién. El contenido producido por los migrantes puede catalogarse en cuatro grandes temáticas: las sugerencias para las rutas de viaje, la descripción de los peligros de esta selva, la búsqueda de familiares desaparecidos y las bromas o parodias de los migrantes. Todo este contenido está acompañado de un gran número de comentarios de los usuarios que se encuentran en otros países, ya sea planeando iniciar su travesía, compartiendo su experiencia o simplemente enviándoles ánimo a sus connacionales.      

Respecto a las sugerencias para las rutas de viaje, este engloba una serie de contenidos. En primer lugar, los lugares seguros que deben buscar los migrantes, incluso algunos videos contienen mapas hechos a mano de los caminos, horarios y tiempos de salida. Es común encontrar que la entrada al Darién por Colombia debe ser desde Capurganá y Banderas, lo que tomará aproximadamente de 10 a 15 días a pie y el costo puede oscilar entre los 50 y 100 dólares. La otra ruta sugerida es marítima y presuntamente es más segura. Se debe tomar un servicio de bote, chalupa o yate desde Necoclí, Colombia, hasta Carreto en Panamá. Tiene una duración de 2 a 4 días y su precio puede llegar a los 500 dólares por persona.

Muchos videos también sugieren a los próximos migrantes cómo deben ir vestidos y qué llevar en sus maletas. Por ejemplo, llevar dos o máximo tres mudas de ropa, botas de caucho, enlatados y ollas para hervir el agua y no sufrir deshidratación. 

Las descripciones sobre la selva y cómo esta afecta la salud son reiteradas. En algunos videos el Tapón del Darién es denominado como la entrada al infierno. Algunas de las preocupaciones más comunes son el cruce de los ríos por las crecientes, debido a las fuertes lluvias, las montañas que deben escalar en grupo y las arcaicas herramientas que emplean para sortear estos accidentes geográficos. Estos riesgos se traducen en accidentes, que, en los peores casos, causan muerte. Por último, el contenido que se ha vuelto más viral en TikTok, por el número de visualizaciones y comentarios, es el de la búsqueda de personas que han emprendido la ruta y no se han comunicado con sus familiares o los que se han perdido en medio de la travesía.   

Nuevos formatos, más evidencia 
TikTok se ha convertido en un nuevo diario de Indias que permite al resto de la sociedad ver este fenómeno migratorio casi en vivo y contado en primera persona por sus protagonistas. Años atrás, era imposible encontrar este tipo de contenido en Instagram o en YouTube, ya que sus formatos y algoritmos requieren que el material viral sea mucho más elaborado. Pero, en la actualidad, gracias a esta red social, es posible corroborar las alarmantes cifras que ofrecen organizaciones internacionales como Naciones Unidas. Para julio del 2022 habían ingresado a Panamá alrededor de 50.000 personas por medio de la selva del Darién. De estas, más de la mitad eran migrantes venezolanos; el 7,9%, haitianos, y el 5,2%, cubanos, entre unas 50 nacionalidades. Dadas estas circunstancias, esta red no solo permite hacernos una idea de la cantidad de personas que se exponen a esta travesía, sino también de las duras condiciones.


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La guerra de Ucrania y su impacto sobre la seguridad alimentaria en América Latina

La guerra entre Rusia y Ucrania, que empezó a finales de febrero de este año, ha traído fuertes consecuencias no solo en Europa, sino también a escala mundial. Dichas consecuencias van desde la misma destrucción de la economía y obras de Ucrania, pasando por la violación de derechos humanos de la población (parte de esta ha debido huir y buscar refugio en otros países), hasta los efectos que perjudican a los mismos rusos, su economía y relaciones internacionales.

Analizar, pues, el nuevo tablero geopolítico nos sitúa en medio de las tensiones que se presentan en Eurasia, como parte de las pretensiones expansionistas de Rusia por retomar su predominio sobre el territorio de Ucrania.

A este último país, además de que Rusia lo considera su lugar mítico, se agrega la condición geoestratégica que lo hace prototipo de Estado-bisagra, propicio para acercar a Rusia a las aguas cálidas del Mediterráneo y a los mercados que logró potencializar con varios miembros de la Unión Europea (EU), principalmente en lo que concierne a la venta de hidrocarburos.

Se trata de una situación de confrontación bélica en la que se mezclan acciones propias de la geopolítica clásica, centrada en el crecimiento y la recuperación del espacio vital (lebensraum). También se revalora el control sobre las fronteras y las áreas geográficas con enorme potencial, ya sea en materia cultural o productiva. Sin embargo, es esencialmente favorable para contener cualquier tipo de amenaza que afecte los criterios de la seguridad y la defensa, tal como se observa en el caso de Rusia con respecto a la presencia cercana de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

A lo anterior se suman otras interpretaciones sobre el mismo conflicto que ofrecen los postulados de la geopolítica crítica, que incluye a otros agentes y factores para el análisis. En este caso, es pertinente mencionar el papel de los corporativos dedicados al negocio de la agroindustria y a los hidrocarburos, aunado con las empresas transnacionales que se dedican a la comercialización de alimentos, pero sin dejar de lado las empresas dedicadas a la alta gama tecnológica que se emplea, entre otras cosas, en la supervisión de áreas de cultivo mediante drones que se operan de forma remota.

En este sentido, la mirada sobre Ucrania como epicentro del conflicto que incide en este rediseño del tablero geopolítico mundial se convierte en genuino laboratorio cuyos efectos incluso llegan hasta América Latina y la región del mar Caribe.

Efectivamente, la capacidad productiva de cereales, aceites y fertilizantes que ofertan tanto Rusia como Ucrania (por cierto, esto ha dado lugar a que el territorio ucraniano se haya convertido en el “granero de Europa” y también de otros países del mundo, entre ellos, Egipto, Líbano y Somalia) ha encendido los focos de alerta de la comunidad internacional por el alza de los precios en productos de gran demanda como el maíz, el trigo, la cebada y los aceites de girasol.

Lo mismo ha pasado con los fertilizantes derivados del nitrógeno y el potasio (se espera que estos sean despachados a sus mercados de destino desde los puertos del sur de Ucrania, que, sin embargo, permanecen bloqueados por las autoridades rusas).

La continuidad de este bloqueo en los principales puertos de Ucrania, aunado con las retaliaciones por parte de los países occidentales que se han sumado al veto de los productos y suministros procedentes de Rusia, está generando, sin duda alguna, un efecto boomerang en toda la cadena de suministros que se emplea para garantizar la seguridad alimentaria a nivel mundial.

¿Qué repercusiones tiene para América Latina y el Caribe? Una repercusión fundamental corresponde a la preocupación de los agricultores latinoamericanos, quienes, en medio de este fuego cruzado, se enfrentan a un posible desabastecimiento de fertilizantes provenientes tanto de Rusia como de Ucrania. Esta situación genera un ambiente de incertidumbre a corto y mediano plazo para cubrir la demanda de abonos utilizados en la actividad agrícola que caracteriza a varios países de la región.

En este sentido, Brasil es uno de los más vulnerables en medio de esta coyuntura, ya que comercializa con Rusia cerca del 80% del suministro que requiere en materia de fertilizantes.

Por su parte, países como Haití, e incluso los que también integran el Triángulo Norte (Guatemala, El Salvador, Honduras), entre otros, cuyas capacidades agrícolas son limitadas, ya sea por falta de suelos productivos, sequías continuas, violencia rural y desplazamiento forzado, erosión de las tierras cultivables, falta de fuentes hídricas, etc., se ven obligados a importar la mayoría de sus alimentos.

A su vez, estos precios se cotizan en estos momentos al alza, bien por el ambiente de guerra en Ucrania, bien por el rezago inflacionario que se acumula desde que la pandemia de la COVID-19 desaceleró las economías del mundo de una manera drástica.

Esto hace que actualmente el mapa geográfico de la crisis alimentaria en países de América Latina y del Caribe presente focos de población subalimentada, lo que nos sitúa frente a un contexto de mayores desigualdades frente al acceso a los alimentos básicos, pero también frente a posibles situaciones de mayor tensión de carácter socioeconómico, que se le atribuye al aumento de productos esenciales para la actividad agrícola, tal como son las semillas y los fertilizantes. A ello se suman, asimismo, los problemas de falta de rentabilidad para atraer la mano de obra requerida en el sector agrícola.

En síntesis, las tensiones que se presentan actualmente en Eurasia avivan los divisionismos en forma de dos bloques que contienden en este nuevo tablero geopolítico, lo que conlleva una mayor polarización en el terreno internacional.

Al mismo tiempo, resurgen viejos y nuevos problemas sustantivos a la supervivencia de la raza humana, ya que atañen a un plato de comida diaria, a la obtención de una fuente de empleo, a un techo para vivir, a permanecer en un lugar en paz, y todos estos aspectos tienen una repercusión directa en América Latina y el Caribe.

* Este texto fue publicado originalmente en la web de REDCAEM


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La crisis de la democracia brasileña más allá de Bolsonaro

La crisis de la democracia brasileña ha sido atribuida por muchos analistas, exclusivamente, al gobierno de Jair Bolsonaro y a su anacrónico deseo de imponer una dictadura al estilo del régimen que empezó en 1964. De hecho, Bolsonaro nunca ocultó su aversión al régimen democrático a pesar de haber hecho carrera en él desde 1988. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos por debilitar la democracia desde la Presidencia de la República, este no es el único factor desestabilizador. Hay otros factores que actúan en la misma dirección, pero el más significativo es la corrosión de la propia democracia brasileña, de modo que incluso un presidente políticamente débil es visto como una seria amenaza.

Entender las causas de esta corrosión, por lo tanto, es fundamental si queremos evitar la regresión que reside no solo en la cultura autoritaria de nuestra modernización económica, sino también, y sobre todo, en la cultura neopatrimonialista que inspiró nuestra última redemocratización.

No me refiero solo al proyecto de «apertura lenta, gradual y segura» del propio régimen militar, que presuponía la aniquilación incluso de sus adversarios socialistas desarmados. Tampoco me refiero a los reformistas de diversos matices reunidos en el Movimiento Democrático Brasileño (MDB). Me ocupo aquí de la perspectiva liberal clásica, el manifiesto democrático de 1977, redactado en los portales de la Facultad de Derecho de la Universidad de San Pablo (USP) y firmado por el jurista Goffredo da Silva Telles Junior, documento utilizado hoy como base e inspiración de una nueva carta en defensa de la democracia amenazada por Bolsonaro.

La carta de Telles Jr., en realidad un manifiesto, expresaba claramente el punto de vista que matizaba la concepción de la Nueva República y que está en el origen de su crisis. Su grito contra la «opresión de todas las dictaduras», aunque pronunciado en un ambiente totalmente diferente, resonó en nombre de la vieja tradición de la «poderosa Familia (…)” formada durante siglo y medio en “las grandes Facultades de Derecho” del país, de la que surgieron 17 presidentes de la República, la mayoría de ellos en la Antigua República (1889-1930).

El orden ilegítimo inaugurado por los militares fue condenado en la Carta de 1977 por el uso de la «fuerza» en desacuerdo con el «poder» emanado del «pueblo». La “fuerza» legítima, decía Telles Jr., solo podía ser un instrumento subordinado al «poder» legítimo, derivado de las leyes del Poder Legislativo y otorgadas por el «pueblo», y no «bajado desde arriba», como ocurría en el régimen militar.

Esto implicaba que las leyes eran «productos naturales de las exigencias de la vida», que reflejaban «los deseos dominantes del pueblo», no de sus élites. Sin embargo, como criticó Oliveira Vianna, el pensamiento jurídico-político de “las grandes Facultades de Derecho” del país se inclinaba más por el «idealismo utópico de las élites» que por las necesidades del pueblo, como se ve en la defensa dogmática de la propiedad privada, incluso aquella robada al Estado por la usurpación institucionalizada de tierras. Esta miopía, a pesar de la retórica humanista, se mantiene hasta hoy en favor de leyes «jurídicamente perfectas» pero incapaces de alcanzar eficazmente sus objetivos.

El mundo idílico de nuestros pensadores jurídicos no ha cambiado mucho desde 1977, instituyendo el «pueblo» ideal, al que le correspondería «decidir sobre su régimen político» y «sobre la estructura de su Gobierno», pero sin hacer mayores consideraciones sobre sus condiciones reales, materiales e instrumentales, para ello. En este punto, vale la pena recordar al ilustre jurista brasileño Victor Nunes Leal, quien, treinta años antes, había advertido sobre la ineficacia de las «medidas de moralización de la vida pública nacional» sin una lucha eficaz contra la pobreza.

Si se aplica el criterio de que «la legitimidad de la Constitución se evalúa por su adecuación a las realidades socioculturales de la comunidad», como propone la Carta de 1977, sería forzoso admitir la separación entre nación y Estado a lo largo de la historia del Brasil, incluso en la vigencia de las Constituciones democráticas. En el pasado, esta diferenciación se basaba principalmente en las restricciones legales a la libre organización de los trabajadores, pero desde 1985 se ha hecho viable a través de la corrupción institucionalizada (incluyendo la compra de votos), operada progresivamente por los partidos políticos, desde la derecha hasta la izquierda. Sorprendentemente, no se dice ni una palabra sobre esto en la nueva carta de 2022.

Viendo la trayectoria de Brasil hasta ahora, parece que seguimos presos del «viaje de ida y vuelta» al que alude otro renombrado jurista brasileño, Raymundo Faoro, donde la conciliación de empresarios y trabajadores con grupos parasitarios de la clase política y del mercado financiero, perpetúa el subdesarrollo de casi siglo y medio y su geografía humana desigual e injusta.

La transición democrática brasileña de los años setenta y ochenta, liderada por el MDB e inspirada en el abstraccionismo jurídico-político, se mostró incapaz de cambiar esta realidad, lo que nos devolvió a la inestabilidad política. Esto fue posible porque nuestras instituciones, en palabras de Oliveira Vianna, hicieron «concesiones imprudentes a las prácticas corruptas», que no solo permitieron la supervivencia de las oligarquías, sino que dieron pie al deterioro de las fuerzas democráticas de todos los matices.

Esta es la principal causa de la crisis actual, porque, como decía el sociólogo Seymour Lipset, junto con el desarrollo económico y la legitimidad política (elecciones libres y limpias), la estabilidad de cualquier democracia depende de la medida en que el sistema cumpla sus funciones básicas de gobierno. Desgraciadamente, y no solo hoy, vamos mal en todos estos ámbitos, y desde “las grandes Facultades de Derecho” no se han ofrecido aún los remedios necesarios y urgentes para salir de la crisis.