Costa Rica: elecciones en tiempos de crisis

Existe coincidencia en todas las casas de sondeos y estudios acerca de que el vocablo que define bien la actual carrera electoral en Costa Rica es incertidumbre. Una incertidumbre relativa, claro, porque más de la mitad de la población cree que el próximo presidente de la República será José María Figueres, el candidato del socialdemócrata Partido de Liberación Nacional (PLN). Pero la considerable dispersión de candidaturas y el alto nivel de indecisos (más del 40%) valida esa sensación de incertidumbre, puesto que, aunque existe coincidencia acerca de que ningún candidato ganará en primera vuelta, resulta imposible predecir quienes pasarán a la segunda.

El problema de fondo es que esta campaña, deslucida e incierta, tiene lugar en una coyuntura de crisis nacional como no se recordaba desde 1984, cuanto explotó la gran crisis de la deuda. Esto es repetido por la mayoría de los candidatos, varios de los cuales hablan de la emergencia nacional en que se encuentra el país. Y, desde luego, hacía tiempo que no tenía lugar una coincidencia tan grave entre estancamiento económico y crisis sociopolítica.

Inmediatamente antes de que llegara la pandemia, Costa Rica mostraba un serio desequilibrio macroeconómico. El aumento pronunciado de la deuda y el déficit fiscal obligó al gobierno a lanzar la Ley 6935 sobre Fortalecimiento de las Finanzas Públicas, que provocó un fuerte descenso del consumo y un aumento considerable del malestar social. De todas formas, al comenzar 2019 la deuda llegaba al 60% del PIB y el déficit fiscal al 7% del producto interno. Y sobre ese panorama aterrizó la pandemia a comienzos del 2020. La contracción económica de ese año se aproximó al 5% del producto nacional y los gastos sanitarios agravaron la situación de las finanzas públicas: la deuda ascendió hasta superar el 70% del PIB y se incrementó todavía más el déficit fiscal.

El gobierno del Partido de Acción Ciudadana (PAC), encabezado por Carlos Alvarado, aceptó que el país iba a la inmediata bancarrota si no acudía al apoyo internacional y entró en negociaciones con el FMI. En septiembre del 2020 se produjo el estallido social contra la negociación con el Fondo que paralizó el país por varios días y que a muchos les hizo recordar la protesta en Chile del año anterior.

Recientemente, cuando faltan pocos días para las elecciones, ha salido a la luz el verdadero alcance de aquel estallido social: los líderes de la protesta habían pedido al entonces presidente de la Asamblea, Eduardo Cruickshank, que fuera conformando un gobierno porque el objetivo último de la movilización era derrocar al presidente Alvarado. Esa perspectiva de golpe en una democracia como la costarricense da una idea de la gravedad de la crisis sociopolítica.

La caída en picado de la popularidad del gobierno saliente, en medio de sonoros escándalos de corrupción, podría provocar el hundimiento del partido de gobierno, el PAC, que no sólo perdería rotundamente las elecciones (las encuestas le dan un 1% de intención de voto) sino que incluso enfrenta el riesgo de ser irrelevante en la Asamblea Legislativa.

Dos gobiernos sucesivos han bastado para socavar los fundamentos sobre los que se basó la configuración del PAC. Pero tal vez el fenómeno más preocupante sea el bajo nivel de confianza mutua que experimenta el país. Ticos y ticas no confían en las instituciones públicas, pero tampoco entre ellos. Los últimos estudios al respecto, muestran niveles de confianza mutua semejantes a países como El Salvador o Nicaragua.

No es extraño, por tanto, que los intentos de lograr acuerdos básicos para enfrentar la crisis nacional no hayan llegado a buen puerto en esta legislatura. Faltaban ingredientes básicos como la credibilidad del liderazgo convocante y un nivel mínimo de confianza mutua.

En estas condiciones, hay dos fenómenos que están presentes en estas elecciones: la escogencia por descarte (o elección del menos malo) y la existencia de un elevado nivel de intención oculta del voto. No son fenómenos nuevos, porque ya se manifestaron en las elecciones de 2018, pero en las actuales parecen más pronunciados.

En los últimos sondeos el porcentaje de los indecisos ha vuelto a subir hasta el 49% y las respuestas más frecuentes refieren a que elegirán por descarte. Pero la mayoría de los observadores creen que el aumento de los indecisos contiene una apreciable cantidad de voto oculto. El electorado no está dispuesto a declarar por quien votará, entre otras razones porque también hay un elevado voto de rechazo manifiesto.

Por ejemplo, el candidato que encabeza los sondeos, José María Figueres, enfrenta esa grave circunstancia: un 40% de los encuestados afirman que nunca lo votarían, lo que pone en duda su victoria en la segunda vuelta. Un menor rechazo presenta la candidata del Partido de Unidad Social Cristiana (PUSC), Lineth Saborío, que aparece como segunda opción en los sondeos.

Se especula sobre cuál será el destino final de ese voto oculto. Todo indica que una parte iría hacia el PAC, que difícilmente se quedaría sólo con ese 1% de apoyo. Otra parte se orientaría hacia el propio Figueres, pese al voto contrario que se hace público. Y quizás en ese voto oculto haya también alguna proporción de votantes que apoyaría a Fabricio Alvarado, del partido Nueva República, que representa los sectores confesionales, principalmente evangélicos, quien ya perdió las pasadas elecciones por haber planteado la separación de Costa Rica de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, cuando ésta resolvió a favor del matrimonio homosexual.

En todo caso, no está descartada la sorpresa de que quien pase en segundo lugar a la siguiente ronda pueda ser elegido presidente, dado el nivel de rechazo que presentan las principales fuerzas políticas. Y probablemente el candidato elegido lo haría con una proporción muy reducida del padrón electoral.

Puede así hablarse de un círculo vicioso entre incertidumbre electoral y crisis económica y sociopolítica. La dispersión de candidaturas y el alto nivel de indecisos no son simplemente fenómenos políticos epidérmicos, sino que reflejan problemas de profundas raíces en las entrañas de la sociedad. De lo que no hay duda es de que el próximo mandatario va a caminar por el filo de la navaja. Incluso si obtiene algún período inicial de gracia, cualquier tropiezo en su gestión hará emerger nuevas manifestaciones que expresen el malestar social acumulado. Es difícil estimar el grado de turbulencia que se anticipa en el horizonte.

Foto de izahorsky em Foter


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Crisis en el Congreso de Honduras a días de la asunción

El pasado 21 de enero, los diputados recientemente elegidos en Honduras debían nombrar una Comisión Directiva provisional para el Congreso Nacional que presidiría la sesión de este domingo 23, en la cual se votaría por la Junta definitiva. Sin embargo, el acuerdo preelectoral que definía que el próximo presidente del Congreso debía ser escogido por uno de los partidos minoritarios de la coalición ganadora, fue desconocido por una parte de la bancada parlamentaria electa del partido mayoritario de la coalición, el Partido Libre. Esto ha generado una crisis política de proporciones en el seno de la coalición que gobernará, a días de la asunción de la nueva presidenta Xiomara Castro.

El acuerdo preelectoral entre el partido Libertad y Refundación (Libre), Unidad e Innovación Social Demócrata (PINU-SD) y Partido Salvador de Honduras (PSH) del elegido vicepresidente Salvador Nasralla, definía que el PSH nombraría al presidente del Congreso Nacional a cambio de que éste renunciara a su propia candidatura a la presidencia y se sumara a la fórmula como vicepresidente.

Ante el resultado que dio como amplio ganador al partido Libre, sus líderes propusieron de común acuerdo con Nasralla —previo a la sesión del 21—, al diputado Luis Redondo, del Partido Salvador de Honduras (PSH) como presidente del Legislativo. Sin embargo, en la elección provisional del 21 de enero, 20 de los 50 diputados electos de Libre se rebelaron contra el mandato partidario y votaron, con el muy sospechoso aporte de los 44 diputados del todavía oficialista Partido Nacional (PN) y de casi todos los legisladores del alicaído Partido Liberal (PL), por el diputado de Libre Jorge Cálix.

Inmediatamente los diputados rebeldes fueron expulsados del partido. Esto, sin embargo, no evitó que el domingo 23, cuando se debía realizar la elección definitiva y ante la vigilia mantenida por la militancia de Libre en el Congreso Nacional para evitar la elección, los disidentes y quienes los apoyaban se reunieran en el club recreativo Bosques de Zambrano, a pocos kilómetros de la capital y escogido como lugar sustituto, para llevar adelante la sesión.

En tanto, en el edificio del Congreso, 32 diputados de Libre (dos rebeldes desertaron de su posición anterior), junto a los del PSH y el PINU-SD y unos pocos liberales, sesionaron con la presencia de varios diputados suplentes, votando su propia Junta Directiva, con Luis Redondo a la cabeza.

Tras los sucesos, la jefatura del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas emitió un comunicado de apoyo a la constitucionalidad, garantizando la asunción del mando de Xiomara Castro. En tanto, el Consejo Hondureño de la Empresa Privada (COHEP) al igual que la embajada de Estados Unidos, llamaron al diálogo.

Desde el Partido Nacional, acusado como artifice de la turbia maniobra, hubo un silencio casi absoluto, mientras que Yani Rosenthal, el ex candidato liberal y ex convicto por lavado de dinero del narcotráfico, aplaudió la decisión de la mayoría de la bancada de su partido. Lo concreto es que son pocos los sectores que apoyan decididamente a Cálix y su grupo, pues desde la gran mayoría de los estamentos de la sociedad, se manifiestan por el diálogo y en apoyo a Xiomara Castro como presidenta.

¿Y ahora qué?

De acuerdo con la mayoría de los analistas locales, quien gana tras todo este escandalete es Xiomara Castro, porque, si bien desde el punto de vista legal, la comisión presidida por Cálix sería la legalmente constituida, —no todos están de acuerdo— el eje, de ahora en más, pasa por lo político.

En primer lugar, la futura presidenta tiene el apoyo explícito de las FFAA, lo cual sumado al control de la Policía Nacional le permitirá “proteger” el edificio del Congreso. Aunque no se llegue a ello, quien recibiría las “llaves” del Palacio Legislativo, sería la Comisión conducida por Luis Redondo, pudiendo, por lo tanto, ingresar al hemiciclo legislativo. Además, la presidenta dispondrá de los fondos destinados al funcionamiento del Congreso Nacional, a través de la Secretaría de Finanzas, los cuales entregaría a la Comisión presidida por Luis Redondo.

Por otro lado, para que la Junta Directiva presidida por el díscolo Jorge Cálix se confirme, su nombramiento debe ser publicado en la Gaceta oficial, cuya sede está actualmente ocupada por sindicalistas afines a Xiomara Castro, que impiden al actual gobierno completar su maniobra. Incluso, aunque el todavía partido oficialista lo publicara, sería cuestión de horas para que el nuevo gobierno la anulara.

Más allá de estas supuestas maniobras, constitucionalmente quien debería decidir es la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ), dominada por el presidente saliente, Juan Orlando Hernández, a quien se acusa de estar detrás de toda esta maniobra, con el objetivo de evitar caer en manos de la Justicia. La cuestión pasa por saber hasta dónde llegarán esos jueces. Han sido fieles servidores del poder que se va, pero ¿lo seguirán siendo? En cuanto a los integrantes del Ministerio Público, también favorecedores de la impunidad actual, podrían, de mantenerse fieles al mandatario saliente, ser destituidos por un nuevo Congreso afín a Xiomara Castro.

El rol de Estados Unidos en la crisis hondureña

En cuanto al apoyo de las FFAA, se especula que hay un guiño de EEUU detrás. Xiomara tiene legitimidad, por lo cual Washington no irá en su contra, salvo que sus políticas vayan en contra de sus intereses, lo cual no parece probable por ahora. De hecho, el mensaje del partido Libre a Washington, inclusive antes de las elecciones, fue que de alcanzar el gobierno se centraría en la lucha anticorrupción y en mejorar la economía. Dos aspectos centrales, ya que son las principales causas de la emigración masiva.

Una clara señal de Estados Unidos será el accionar de su sistema judicial respecto al narcotráfico y una persecución inmediata contra el presidente saliente y sus secuaces sería entendida como una señal de apoyo indirecto a Xiomara. Por lo pronto, Kamala Harris no ha cancelado su visita al acto de asunción, otro signo de apoyo.

Para EEUU, la estabilidad de Honduras es fundamental, ya que las constantes crisis se han traducido en salidas masivas de migrantes irregulares. Además, siendo Honduras el único país en el Triángulo Norte con el que podría contar, se infiere que la potencia del norte, tan influyente en la región, no permitirá acciones desestabilizadoras. Pero claro, esto es Centroamérica, ferviente cultora del realismo mágico, así que, a observar con atención, porque todo puede pasar.

La pandemia: de la hegemonía al repliegue del Estado

Hace ya casi dos años aparecía un nuevo virus, luego bautizado Covid-19, que sumergía al mundo en una pandemia. El temor, casi terror, inicial llevó a miles de millones de personas en el globo a encerrarse en sus casas —por decisión propia o aceptación sin mayor cuestionamiento de las disposiciones de los gobiernos— atentos a cómo se desarrollaba la situación. Pero a dos años del inicio de la pandemia ¿qué ha cambiado? Básicamente que el control de la situación ya no lo tienen los gobiernos, como sucedió al principio, sino que pasó de manera contundente a la sociedad.

En estos dos años, en lo que respecta al Covid-19 se han desarrollado una sucesión de mutaciones que permiten imaginar que el virus, contra lo que se pensaba al principio, va a permanecer con nosotros durante mucho tiempo. La variante actual, Omicron, representa un nuevo desarrollo del virus que es interpretado por la ciencia —y el sentido común— como una especie más contagiosa pero menos letal.

Un sentido común que parece querer decir algo así como que “ya que no es tan letal y estamos en gran parte vacunados, contagiémonos todos de una vez y hagamos languidecer y morir al maldito virus”. Es decir, en dos años naturalizamos la pandemia y le perdimos el miedo.

Primer Tiempo: los gobiernos deciden, dicen y mandan

La súbita aparición del Covid-19, la posterior pandemia, la falta de antecedentes y la inexistencia de una cura, sean vacunas, internaciones o tratamientos, sumió a la humanidad en el caos. Esta situación derivó, de forma hobessiana, en el consenso absoluto de que las decisiones debían ser tomadas por los gobiernos para tratar de enfrentar al monstruo.

Los gobiernos reaccionaron en general muy rápidamente y ordenaron, hasta tratar de entender lo que pasaba y sus posibles consecuencias, que las personas se aislaran por tiempo indeterminado en sus casas. Nadie debía salir y sólo había que gestionar el aprovisionamiento de las casas y preparar los sistemas de salud. El mundo se despobló.

Las decisiones gubernamentales de encierro obligatorio fueron acatadas urbi et orbi. Los espacios públicos quedaron vacíos. Solo se habilitaron horarios muy restringidos para el aprovisionamiento mínimo necesario de alimentos de las familias. Mientras tanto la cantidad de internados y muertos crecían drásticamente.

El terror se expandía y con él el acatamiento absoluto a las decisiones políticas. Nunca, desde los antiguos imperios, los mandatos de los gobiernos gozaron de tanta legitimidad. Nunca, desde las monarquías, se otorgó tanta aceptación a la idea que el gobierno es tal en tanto protege a sus pueblos.

La adaptación de los sistemas de salud y la búsqueda de soluciones como las vacunas que se fueron desarrollando contribuyeron definitivamente a esa gloria gubernamental. Los gobernantes encarnaban casi el ideal griego del buen gobierno. Decisión, democracia y consenso.

Segundo Tiempo: los gobiernos ya no deciden, no dicen, ni mandan

A la misma velocidad que el virus, la situación política fue mutando. Se comenzaron a desplegar, en formas diferentes pero en todas las regiones, resistencias cada vez más fuertes a las decisiones gubernamentales. Al principio, sobre todo contra el encierro obligatorio, y luego contra la vacunación.

Ya desde fines de 2020, pero claramente en todo el transcurso de 2021, a lo largo y ancho del globo fueron expandiéndose distintas formas de resistencia primero, y rechazo después, a las decisiones gubernamentales. Más allá de los argumentos —encierros, aislamientos, vacunaciones, restricciones a viajar, diagnósticos de la situación— el denominador común de esas resistencias fue el creciente rechazo al “absolutismo político gubernamental”, es decir, a la potestad política de decidir sobre la vida personal y social de las poblaciones.

En la medida que las poblaciones fueron aceptando la persistencia de la pandemia en el tiempo, se fueron sintiendo más seguras a partir de las defensas corporales, vía vacunas o contagios, y se comenzó a discutir acerca del sentido, la legalidad y la legitimidad de la centralización política del control de la pandemia. Reitero, las formas de resistencias y rechazo son varias, al punto que habría que interpretarlas en relación a la cultura de las poblaciones.

Las sociedades comenzaron a cercar a los gobiernos y a decidir cómo protegerse, transitar, circular, relacionarse, viajar, aislarse, desaislarse. Los gobiernos debieron replegarse, ceder su pretensión hegemónica, otear permanentemente el humor social y, a partir de ahí, tratar de gestionar la evolución de la pandemia.

Tercer Tiempo: Omicron devuelve (no tanto) la inicativa a los gobiernos

El vertiginoso aumento de contagios provocado por la variante Omicron está actualmente devolviendo la iniciativa y el comando de la situación a los Estados que en algunos casos han implementado nuevas restricciones a la circulación, aprobación de pasaportes de vacunación y otras medidas. El aumento de contagios también ha incidido en el aumento de la preocupación en amplios sectores de la ciudadanía que ha optado por volver a replegarse.

Sin embargo, salvo un aumento alarmante de fallecimientos por la pandemia, los Estados, en particular en los regímenes democráticos, ya no tendrán el mismo grado de libertad de acción en la gestión sanitaria. La pandemia está ahora mucho más condicionada a las decisiones de los ciudadanos, aunque a veces estos se equivoquen…

Foto de Carlos Andrés Gamero Esparza (leondeurgel) em Foter


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Bolsonaro oculta los datos de la pandemia y nos parece normal

Mientras que en los primeros días de 2022 el mundo registraba récords consecutivos de infecciones de Covid-19, causados principalmente por la variante Ómicron, Brasil cumplía un mes sin informar sobre el número de casos de la enfermedad. En medio de la peor omisión de datos de la pandemia, los científicos brasileños parecían gritar solos que el país estaba ciego respecto a su pandemia, mientras que en la prensa el problema ya no parecía preocupar.

Este no ha sido el primer “apagón de datos” pandémico en Brasil. En 2020, cuando el Gobierno Federal decidió por primera vez adoptar una política basada en la omisión de datos, organismos de comunicación, políticos, expertos e influenciadores digitales reaccionaron con fuerza en nombre de la defensa de la vida y la transparencia. Desde entonces, se han producido otras ocultaciones deliberadas, pero ¿por qué ahora parece que a los brasileños les importa menos? ¿Qué ha pasado con el periodismo y su papel de «perro guardián» ahora que la pandemia ha vuelto a crecer gracias a una variante aún más contagiosa?

Una posible respuesta puede estar en la comparación entre el contexto de 2020 y el de 2022.

El primer “apagón de datos” oficial del gobierno de Bolsonaro

Al analizar cerca de tres millones de tuits entre el 3 y el 10 de junio de 2020, se observa que por entonces había un uso creciente del discurso de culpabilidad hacia el Gobierno Federal en la mala gestión de la pandemia.

La razón es que ese 3 de junio el Ministerio de Salud retrasó por primera vez la publicación de los datos oficiales sobre el número de muertos e infectados hasta las 22:00 horas. La estrategia buscaba evitar que las horribles cifras de la pandemia se difundieran en el programa de periodismo televisivo más tradicional del país, el “Jornal Nacional”, que se emite en el horario de máxima audiencia, a las 20:00 horas.

El día 5 de junio de 2020, Bolsonaro amenazó con abandonar la Organización Mundial de la Salud (OMS), alegando que la institución tendría una actuación «partidista». El día 6 se fijó oficialmente a las 22:00 horas como el horario para la publicación de los datos. En ese mismo día, preguntado por un periodista de la CNN Brasil sobre el “apagón de datos”, Bolsonaro celebró diciendo “se acabaron las noticias en el Jornal Nacional”.

La actitud del gobierno tuvo una rápida respuesta en la prensa y a partir de ese día, los principales medios de comunicación se unieron para formar un consorcio que reuniera y difundiera datos sobre la pandemia. El cobro de las cifras sobre muertos y contagiados comenzó a hacerse directamente con los estados, dejando de depender de la divulgación por parte del gobierno.

La decisión de cambiar la hora de divulgación oficial en el 2020 fue vista por varios sectores de la sociedad como un intento deliberado de ocultar los datos, definiéndolo como el primer «apagón». La medida tenía como objetivo ocultar las cifras y chocar así con los medios de comunicación, lo que puede haber contribuido a que su reacción haya sido más contundente que la de 2022.

En este primer mes de 2022, a pesar de la gran aceleración de los contagios y muertes, el avance de la vacunación, el ambiente preelectoral y la narrativa de que la variante Ómicron es más contagiosa pero menos mortal, junto con el deseo de superar la pandemia, parecen impedir que el tema de la omisión de datos oficiales adquiera la importancia que tuvo en 2020 y sensibilice a los periodistas y a la opinión pública.

En 2020, por otro lado, una serie de condiciones acumulativas generaron una verdadera ola de atribuciones de culpa al Gobierno Federal e hicieron que el tema del “apagón de datos” fuera central. Entre ellos, el empeoramiento sistemático de la pandemia, los enfrentamientos entre Bolsonaro y gran parte de los medios de comunicación, la esperanza de varios sectores de aprovechar el desgaste de Bolsonaro ante la opinión pública y la crisis económica asociada al Covid-19.

En 2022, esta tendencia a creer, o a querer creer, que la crisis está a punto de terminar, aunque empeore desde un punto de vista objetivo, parece tener la misma raíz que las condiciones que llevaron a muchos brasileños a evitar la vacunación, o al apego a soluciones fáciles como la cloroquina y otros medicamentos dudosamente milagrosos. Son percepciones dictadas más por los deseos que por la observación de la realidad.

Por otro lado, la fatiga provocada por las medidas de distanciamiento social puede estar afectando incluso al periodismo en Brasil para dejar de hablar del “apagón de datos” como uno de los principales problemas actuales.

Por qué esta omisión de datos es más grave

Brasil fue uno de los países más afectados por la pandemia en el mundo. Aunque sólo corresponde al 2% de la población mundial, el país concentra el 6% de las infecciones de Covid-19. Antes de este último “apagón de datos”, que comenzó en diciembre de 2021, el país acumulaba el 8% de los casos del mundo con más de 20 millones de infectados. En número de muertes, Brasil sólo pierde ante Estados Unidos.

El 13 de diciembre, el Ministerio de Salud informó que había sufrido un ataque de hackers en todos sus sistemas. La acción derribó el acceso a los certificados de vacunación de los brasileños y, lo que es más grave, impidió que los hospitales, laboratorios y alcaldías informaran de las cifras de nuevas infecciones y muertes. El problema tardó un mes en solucionarse parcialmente y, aún hoy, los estados siguen afirmando que no funciona correctamente.

Este último “apagón”, sin embargo, afectó a los datos en su origen. Con todas las bases de datos caídas, ni siquiera los estados pudieron visualizar las cifras de casos y muertes. Durante un mes, Brasil registró cifras muy bajas de infecciones y muertes, dando la impresión de que la pandemia estaba llegando a su fin.

Mientras tanto, las playas y los sectores turísticos estaban abarrotados, poniendo a prueba la capacidad real de protección de las vacunas hasta hoy desarrolladas. La recopilación de datos siguió realizándose, al igual que la difusión en los medios, aunque las cifras ya no se correspondían con la realidad. La falsa sensación de que «la pandemia está terminando» se vio reforzada por una divulgación acrítica de las cifras.

Ahora, una vez resuelto parcialmente el problema, los registros diarios de casos parecen asustar a todos. Y para colmo, las principales víctimas de esta nueva oleada parecen ser los niños, aún no vacunados. La falta de transparencia durante la pandemia es una política gubernamental en Brasil, pero esta información no parece llegar al público. Un grave fallo de los comunicadores durante una pandemia que ya ha matado a más de 600.000 personas en el país.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Relativicemos el éxito de la “diplomacia de las vacunas” china

0

La rivalidad entre Estados Unidos y China por la hegemonía global se agudizó mucho antes de la llegada del Covid-19. Pero la pandemia se ha convertido en una nueva arena política en la que se está llevando a cabo este conflicto. Desde América Latina, prevaleció por mucho tiempo la impresión de que la diplomacia china de las mascarillas, la disponibilidad de sus vacunas y la rápida recuperación de su economía en 2020 cambiarían el equilibrio de poder en detrimento de Estados Unidos.

Pocos analistas habrían contradicho la opinión de la Economist Intelligence Unit en abril de 2021 de que China había obtenido una clara ventaja en la diplomacia de las vacunas sobre Estados Unidos en América Latina. Hasta mediados de mayo 2021, China había exportado más de 250 millones de dosis (42% de su producción total), de las cuales cerca de 165 millones fueron a América Latina. El gobierno chino ha sido muy hábil en la comercialización de sus vacunas y en la escenificación pública de sus entregas. Y si bien sólo una pequeña parte fueron donadas, esto a menudo se desdibujó en la percepción del público.

China se ha beneficiado del vacío de liderazgo de Estados Unidos. Hasta junio de 2021 la potencia norteamericana no era un actor importante en la diplomacia de las vacunas. Sólo cuando la campaña nacional de vacunación estaba avanzada EE.UU. comenzó a exportar e incluso donar vacunas de su excedente acumulado.

Desde una perspectiva china, el campo de juego para la diplomacia de las vacunas en América Latina cambió significativamente en el segundo semestre de 2021 cuando Estados Unidos y Europa comenzaron a contar con más vacunas disponibles para el resto del mundo. Según el seguimiento del comercio de las vacunas de la OMC y del FMI, tomando como indicador el lugar de producción final (“llenar y terminar”) de la vacuna, la UE tenía una mayor participación (38.1%) en el comercio mundial de vacunas contra Covid-19 en 2021 que China (35.9%) y Estados Unidos (13%).  La UE exportó 62.6 % de su producción y Estados Unidos 51.2 % (con un fuerte aumento en diciembre). En contraste, China, debido a la demanda interna, exportó solamente el 31.5% de su producción. 

En el caso de América del Sur, sin embargo, China todavía es el principal proveedor, tanto en ventas como donaciones, pero la Unión Europea ha recuperado terreno. Dando una doble ponderación a las vacunas que requieren una dosis (J&J y CanSino), hasta fines de diciembre China había suministrado el 36.4% de las dosis de America del Sur, la UE el 29,8%, Estados Unidos 5.6% y Rusia el 4.4%.

Mirando hacia el futuro, la imagen se ve diferente nuevamente con las empresas europeas y norteamericanas dominando el mercado. Según el rastreador de vacunación de Americas Society/Council of the Americas (AS/COA) con fecha del 31 de diciembre de 2021 se contabilizan 1.172 millones de dosis de AstraZeneca, J & J, Pfizer-BioNTech, Novavax, Vaxxinty y Moderna, 433 millones dosis de vacunas chinas (CanSino, Sinopharm, Sinovac) y 82 millones dosis de vacunas rusas (Sputnik) contratadas, tanto aseguradas como opcionales, por gobiernos latinoamericanos.  

Aunque a China le gusta presentarse como un gran benefactor, cabe señalar que la mayoría de las dosis de vacunas enviadas a América Latina se vendieron y no se regalaron. Estados Unidos supera claramente a China en las donaciones de vacunas. Según cálculos basados ​​en varias bases de datos (OPS, Departamento de Estado de Estados Unidos, Duke Global Health Innovation Center), para fines de 2021 Estados Unidos había enviado gratuitamente 53 millones de dosis a América Latina, los países de la UE 11.5 millones —España ha contribuido con nueve millones— y China sólo cinco millones.

¿Hasta qué punto China ha tenido éxito con su diplomacia de las vacunas?

Hay que distinguir, por un lado, en qué medida China ha evitado una pérdida de reputación y, por otro, ha ganado simpatía. Parece que China logró evitar una crisis de imagen al comienzo de la pandemia. China lanzó una política de información asertiva a través de sus embajadas en América Latina para repudiar las críticas a su gestión de la pandemia y construir una narrativa positiva.

Los datos del Barómetro de las Américas 2021 de LAPOP sugieren que China tuvo poco éxito en convertir la diplomacia de las mascarillas y la entrega de suministros médicos y vacunas en una ganancia de simpatía en América Latina.

En contraste, después de un declive dramático durante la presidencia de Trump, la confianza en el gobierno de EE.UU. se recuperó con Biden y casi volvió a los niveles de la era Obama. Mientras que en 2018/19 sólo el 39% de los latinoamericanos encuestados confiaba en el gobierno de EE. UU., la proporción aumentó al 57 % en 2021. En contraste, la confianza en el gobierno chino cayó del 47 % al 38 %. En la gran mayoría de los países latinoamericanos —con excepción de Haití y Perú—, hay mayor confianza en Estados Unidos que en el gobierno chino.

La pandemia fue una gran oportunidad para China de reducir la influencia de Taiwán en América Latina. Antes de que estallara la pandemia, nueve de los 15 Estados soberanos que mantenían relaciones diplomáticas plenas con Taiwán estaban en América Latina y el Caribe. Con la llegada de la pandemia el gobierno chino ha contado con equipos de protección médica y posteriormente vacunas para convencer a estos países. Pero Beijing no ha tenido mucho éxito en sus esfuerzos por debilitar a Taiwán en la región. Ningún país se ha alejado de Taiwán a cambio de mascarillas y vacunas chinas. En el caso de Paraguay, el único país sudamericano que aún mantiene relaciones oficiales con Taiwán, China no lo ha logrado. Tampoco en el caso de Honduras. Esto habría sido un gran éxito para China.

El único país que rompió las relaciones diplomáticas con Taiwán durante la pandemia fue Nicaragua que anunció su decisión recientemente. Aunque simbólicamente un avión chino con una donación de 200,000 dosis de la vacuna Sinopharm aterrizó en el aeropuerto de Managua el 27 de diciembre, la decisión de Nicaragua no fue provocada por la diplomacia de vacunas de China sino por el creciente aislamiento internacional del régimen de Ortega y la creciente presión y nuevas sanciones de EE.UU. Además, el número de dosis de vacuna donadas por China fue modesto en comparación con las donaciones de España (1,7 millones de dosis) y Francia (827.000 dosis) en 2021.

Sin duda China ganó terreno frente a Estados Unidos en América Latina hasta bien entrado el segundo año de la pandemia. Sin embargo, esto sólo ha tenido un impacto geopolítico limitado y no ha llevado a un aumento general de la simpatía hacia China en América Latina. Estados Unidos aún puede responder al desafío chino y ha recuperado terreno con la administración de Biden y su propia diplomacia de las vacunas.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

La migración, el tráfico de migrantes y la trata de personas

El 3,5% de la población del planeta, unas 272 millones de personas son migrantes internacionales, según un informe de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) de 2020. A nivel mundial, el número estimado de migrantes ha venido aumentando en las últimas cinco décadas. Este número es 119 millones mayor que el de 1990 y más del triple que el de 1970.

La perspectiva de que vivimos en un mundo conectado, con diversas asimetrías, trae a colación el debate sobre las migraciones internacionales y las formas de migración forzada y las vulnerabilidades resultantes como el tráfico y la trata de personas. En este sentido, la migración es un complejo desafío global.

Diferencias conceptuales

En un mundo de constantes movimientos humanos, la trata de personas y el tráfico de inmigrantes se han convertido en un problema a combatir. Hay diferencias conceptuales entre la migración, el tráfico de personas y la trata de seres humanos, y entenderlas es esencial para crear mecanismos específicos para combatirlos, prevenirlos y asistir a sus víctimas.

La migración es un fenómeno social que se produce con el desplazamiento de personas, de forma voluntaria y sin la intermediación de terceros, de un lugar a otro, ya sea dentro de los países o entre Estados con la intención de permanecer en ellos. La migración debe ser un fenómeno que debe ser respetado y garantizado, incluso con políticas internas de acogida y atención a los migrantes.

El tráfico de personas, por su parte, ocurre cuando una persona es transportada de forma consentida por terceros a otro país, por medios ilícitos y con la intención de obtener, directa o indirectamente, un beneficio económico. La utilización del «servicio» de un tercero se debe a que las personas no pueden entrar en el país de destino por los medios normales, porque no es nacional o residente permanente y no cumple los requisitos necesarios para obtener el visado requerido. En el tráfico, existe el consentimiento dado por la víctima, que acuerda con el tercero su transporte al destino deseado.

Esta modalidad no contiene el elemento de coacción o engaño. Por lo tanto, se considera una forma de violación de las leyes de inmigración y presupone la participación voluntaria de los migrantes en redes de tráfico ilícito con la intención de entrar irregularmente en otro país.

Debido a su carácter irregular, no existen estadísticas mundiales fiables sobre el número de migrantes que son objeto de tráfico ilícito cada año, según la OIM. Por otro lado, los datos de la Policía Federal de Brasil indican que sólo en 2021, el tráfico de personas puede haber movido 8.000 millones de reales y la estimación media es que para llegar a Estados Unidos, cada migrante paga unos 112.000 reales a los coyotes o traficantes de personas.

La trata de personas, por su parte, supone el desplazamiento mediante engaño, coacción o aprovechamiento de su condición de vulnerabilidad social, con la intención de explotarlas en el destino final, obteniendo un beneficio económico. Esta explotación puede adoptar muchas formas, como la sexual, el trabajo forzado, el matrimonio forzado, la donación de órganos o la mendicidad. La trata transforma a la persona en un objeto de comercialización.

Separar el tráfico de personas de la migración

El fenómeno de la trata de personas afecta principalmente a mujeres y niñas, que constituyen el 65% de las víctimas, según el informe de estadísticas sobre tráfico sexual internacional de 2022. Este fenómeno se refiere fundamentalmente a una forma de explotación como consecuencia del sistema económico imperante en el mundo.

Esta percepción es fundamental, ya que a menudo se piensa en la trata de personas como resultado de su desplazamiento, ya sea interno o internacional. Lo que lleva a la trata de personas es su explotación, independientemente del propósito de explotación.

Cuando la comprensión del fenómeno de la trata se centra en la migración, existe un margen para aplicar medidas de control de la migración como justificación para combatir la trata de personas. La migración, en sí misma, no debe ser impedida, limitada o restringida. La migración es un derecho humano que debe ser cumplido por los países. Pero cuando se comprende que la trata de personas es un fenómeno de explotación, se crea la oportunidad de pensar en la víctima como el punto central de protección.

La claridad de este marco normativo facilita la observación, el análisis, el diseño y la ejecución de posibles políticas públicas que aborden el fenómeno desde un enfoque integral, en el que la transversalidad efectiva sólo se garantiza con el enfoque de derechos.

La migración como derecho

Las condiciones de vida en gran parte de los países de América Latina impiden la retención de la población que busca mejores condiciones de vida fuera de fronteras. Además, en el contexto de la pandemia, la pobreza, las desigualdades y la falta de empleo se han agudizado, mientras que 73 multimillonarios de la región han aumentado sus fortunas en 48.200 millones de dólares en el 2020, según un reciente informe de Oxfam.

La situación de desventaja de muchos migrantes hace que a menudo estos acepten puestos de trabajo en peores condiciones a las que habrían aceptado en sus países de origen. A pesar de estar en peores condiciones (muchas veces incluso en situaciones análogas a la esclavitud) o realizando labores menos complejas, la remuneración por este trabajo suele ser mejor que en sus países de origen, ya sea por el propio valor o por el mejor tipo de cambio. De esta manera, los inmigrantes pueden enviar dinero a sus familias, que a menudo sobreviven gracias a la ayuda.

Por otro lado, existen otras motivaciones simbólicas, que no pasan únicamente por las condiciones económicas. El sueño de trabajar en Europa o Estados Unidos es muy fuerte y ha sido idealizado. Migrar representa la búsqueda de condiciones para ser alguien diferente, con nuevos roles sociales.

Por lo tanto, es importante comprender el proceso migratorio para entender la transformación de la esfera económica, social, cultural y simbólica de los procesos migratorios.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Retrocesos en la participación laboral de las mujeres en Chile

Coautor Renata López

Las mujeres hemos sufrido históricamente brechas en el mundo laboral, las cuales a pesar de los avances se han profundizado durante la pandemia. Por ello, uno de los grandes desafíos para la recuperación social y económica es atender los derechos laborales de las mujeres y que el Estado se haga cargo de garantizar que podamos generar nuestros propios ingresos, alcanzar la autonomía y contar con oportunidades de empleo con condiciones laborales seguras.

Las brechas que sufren muchas mujeres, en Chile y en el resto de América Latina, son desafíos que se deben asumir, no sólo en una esfera general, sino que deben atenderse también a nivel subnacional. Por ello, hace falta, no sólo detenerse en la realidad chilena en general, sino que se debe abordar el problema de manera descentralizada y con una perspectiva territorial.

En primer lugar, hay que señalar que la desigualdad en la participación laboral femenina es producto de la división sexual del trabajo. Tradicionalmente las mujeres han realizado el trabajo de reproducción y de cuidados (sin remuneración), de servicios y comercio, mientras que en áreas como la industria, agricultura y mercados financieros la fuerza de trabajo se compone, mayoritariamente, por hombres. En el 2010, en Chile los hombres alcanzaban una participación laboral promedio de 74,2%, mientras que las mujeres llegaban al 46,8%, según los datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE, 2021).

Durante la última década las mujeres aumentaron progresivamente su participación en el trabajo remunerado. Entre noviembre de 2019 y diciembre de 2020 la participación laboral femenina alcanzó su valor máximo de 53,3%. Pero este incremento se vio afectado por la crisis sanitaria y económica producida por el Covid-19, de tal manera que para el trimestre abril-junio de 2020 la participación de las mujeres se redujo al 41,2%, mientras que los hombres llegaron al 62,7%. Si bien entre noviembre y diciembre de 2020, avanzada la pandemia, la participación femenina aumentó al 45,3%, queda claro que hubo un retroceso comparado con el escenario previo a la crisis sanitaria.

Casi la tercera parte de las mujeres mencionaron como razón principal para no participar en el mercado laboral la situación familiar permanente, es decir, la necesidad del trabajo doméstico y de cuidados no remunerados (INE, 2021). El impacto económico y laboral sobre las mujeres es importante debido a que muchos hogares son encabezados por mujeres, por lo que rápidamente se agotan los ahorros y crece el endeudamiento de estas familias, según concluye el Banco Central de Chile (2021).

Pero más allá de la pandemia, uno de los grandes retos en la desigual participación laboral entre hombres y mujeres es la conciliación de la vida laboral y familiar. Por lo tanto, las políticas de reactivación laboral, con foco en las mujeres, deben ir de la mano con la institucionalización de un sistema de cuidados que permita poner término a las brechas que provienen de cuestiones estructurales. Por ejemplo, las labores de cuidado han sido históricamente una responsabilidad exclusiva de las mujeres, lo que se traduce en jornadas laborales extremas en el caso de las mujeres que además tienen trabajos remunerados.

Sin embargo, la realidad de las mujeres es heterogénea. Las brechas de género varían en la medida que otros factores profundizan dicha desigualdad. En el caso de La Araucanía, —la región más pobre de Chile y donde se vive hace años un profundo conflicto entre el Estado y el pueblo mapuche— existe una crisis multidimensional con un 17,4% de pobreza y un 5,9% de pobreza extrema que la ubica entre las regiones más desfavorecidas a nivel nacional.

La encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional (CASEN, 2020) indica que en esta región un 61,5% de las mujeres se encontraban inactivas laboralmente y un 32% de ellas señalaron que la razón principal para no estar buscando trabajo son los quehaceres del hogar y el cuidado de terceros. Un informe realizado por el Observatorio Laboral de La Araucanía (2021) indica que la participación laboral femenina previa a la pandemia llegaba a un 48% y que, debido a la situación sanitaria, en los últimos trimestres de 2020 esta se redujo al 36%. Además, desde que comenzó la crisis, en la región se han perdido 42.000 puestos de trabajo para las mujeres y sólo se han recuperado 19.000.

En Chile existen políticas de inserción laboral para mujeres a cargo del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género como, por ejemplo, los programas “Mujeres jefas de Hogar en La Araucanía”, “4 a 7” o “Mujer Emprende y Buenas Prácticas Laborales”. A pesar de que estas políticas pueden contribuir a asumir los desafíos de reactivación económica y laboral, ciertamente no son suficientes. Ante el nuevo contexto de pandemia se requiere, además, rediseñar las políticas, revisar sus instrumentos y distribución de recursos con perspectiva regional, como también, es importante que desde el Estado se reconozcan las labores de cuidado y del trabajo doméstico. Se necesitan además tomar decisiones que contemplen las diferencias regionales y que atiendan sus desigualdades específicas.

La situación laboral de las mujeres tuvo un gran retroceso por la pandemia y el impacto fue mayor para las mujeres con dificultades estructurales que no pueden alcanzar la autonomía económica y un desarrollo laboral pleno. Por ello, el avance hacia una corresponsabilidad efectiva, el fin de los estereotipos de género y la seguridad laboral y protección social de quienes realizan labores de cuidados son un paso urgente.

Renata López Martínez es pasante del Centro de Políticas Públicas, Universidad Católica de Temuco. Estudiante de Trabajo Social, Universidad Católica de Temuco.

Photo by lauritadianita on Foter


Episodio relacionado de nuestro podcast:

La migración venezolana en busca de “una visa para un sueño”

Cada vez más migrantes venezolanos se encuentran en la necesidad de conseguir, como entona la canción de Juan Luis Guerra, “una visa para un sueño, una visa para no volver…con mil papeles de solvencia, que no les dan pa’ ser sinceros”. Con el flujo ininterrumpido de personas que huyen de Venezuela, más países de las Américas han impuesto medidas que dificultan el tránsito y llegada de migrantes y refugiadas a sus territorios.

Los países se debaten entre los imperativos morales que motivan sus obligaciones internacionales frente a los migrantes y refugiadas y la necesidad de controlar sus fronteras, y la discrecionalidad con la que cuentan para definir sus políticas migratorias. Se trata de un falso dilema, pues hay suficientes evidencias que demuestran que la imposición de nuevos requisitos más difíciles de cumplir no desincentiva la migración. Estos no evitan que las personas que huyen por sus vidas y la de sus familias crucen fronteras internacionales.

A mayor vulnerabilidad, más requisitos

En diciembre, mientras se celebraban las fiestas de fin de año, México anunciaba que se impondría el requisito de visa a nacionales venezolanos “que pretendan ingresar al país como visitantes sin permiso para realizar actividades remuneradas”. El gobierno mexicano ha señalado que ha identificado un aumento en la cantidad de personas de esta nacionalidad que ingresan con una finalidad distinta a la permitida bajo la estancia de visitante, así como un incremento de su tránsito irregular hacia un tercer país. Con México, ya son 99 los países que exigen visa a los venezolanos.

Este anuncio causa revuelo, pero no sorpresa. Como parte de una tendencia regional hacia el endurecimiento de las políticas migratorias, México se suma a la larga lista de países que han impuesto la visa como requisito previo al ingreso a su territorio desde la masificación de la migración proveniente de Venezuela a partir del año 2015.

En 2017 Panamá encabezó la imposición de visas a venezolanos, en 2018 Chile creó la “visa de responsabilidad democrática” y en 2019 se sumaron Perú, Trinidad y Tobago y Ecuador, según una investigación de los expertos Andrew Selee y Jessica Bolter publicada por el Migration Policy Institute,

En contraste, Colombia, siendo el país que recibe —con diferencia— la mayor cantidad de personas que huyen de Venezuela, ha mantenido una política de fronteras considerablemente más abiertas que sus homólogos.

Acuerdos incumplidos: la larga espera por una respuesta regional

En el 2018 los Estados miembros de la ONU adoptaron el Pacto Global para la Migración Segura, Ordenada y Regular en la Asamblea General. El Pacto, aunque es un acuerdo no vinculante, constituye un hito al ser un esfuerzo mundial por definir objetivos frente a la protección de los derechos humanos de las personas migrantes.

Sin embargo, el Pacto reitera la soberanía y discrecionalidad que tienen los Estados para definir sus políticas migratorias, al tiempo que establece compromisos políticos bastante vagos, como advierten los expertos Guild, Basaran y Allinson. De hecho, a menudo el lenguaje del Pacto es tomado por los gobiernos para referirse a políticas de visa que en esencia son restrictivas, como orientadas a garantizar una “migración ordenada, segura y regular”, convirtiéndolo así en un eufemismo.

A nivel regional, ha habido esfuerzos como el Proceso de Quito o incluso acuerdos del Grupo de Lima, pero los mismos han sido incumplidos, dando lugar a una respuesta desarticulada e incoherente de los países receptores frente a la migración masiva proveniente de Venezuela.

La desigualdad detrás del sistema de visas

No es un secreto que existe una suerte de jerarquía global de libertad en el sistema de visas. Las personas provenientes de países pobres, que atraviesan dictaduras y que viven conflictos armados, enfrentan enormes barreras de movilidad.

En el otro extremo, por ejemplo, los ciudadanos de los Estados miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, a menudo se encuentran exentos de las típicas restricciones de visa que se imponen al resto de los mortales. Esto fomenta las marcadas desigualdades entre ciudadanos del Norte y del Sur Global.

Adicionalmente y sobre todo en aquellos lugares en donde la geografía lo permite, la imposición de requisitos más difíciles de ingreso regular no tiene el efecto disuasorio anhelado por los gobiernos. Lejos de detener la migración, estas políticas contribuyen a que sea más difícil identificar y contabilizar a quienes ingresan, aumenta los riesgos a los que se enfrentan las personas más vulnerables en los pasos irregulares y promueve todo tipo de economías delictivas relacionadas con la migración, como el tráfico y la trata de personas.

Tras la implementación del requisito de visa a venezolanos en Chile, Ecuador y Perú, la migración regular disminuyó y se creó una falsa percepción de mayor control de las fronteras, según lo demuestra el estudio de Andrew Selee y Jessica Bolter publicado por el Migration Policy Institute. Pero, por el contrario, y como era de esperarse, lo que ocurrió fue un aumento notable de cruces por pasos no autorizados, así como un auge en las redes de traficantes de migrantes y grupos criminales que controlan esas peligrosas rutas.

Una realidad que trasciende a los venezolanos

Por supuesto, este no es un fenómeno que viven exclusivamente los venezolanos. Esta dura realidad también la enfrentan personas de otras nacionalidades de Sur y Centroamérica, asiáticas y africanas. La situación de las personas provenientes de Venezuela, por su magnitud, solo ha puesto en evidencia la ineficacia de las políticas de visa para frenar la migración forzada. Las visas son costosas, requieren documentación oficial y a menudo implican requisitos prácticamente imposibles de cumplir para los migrantes.

Las personas cuya vida depende de la decisión de huir de su país van a seguir cruzando las fronteras en búsqueda de oportunidades. Por su parte, las políticas restrictivas de regularización migratoria sólo aumentan las barreras que estas personas deben enfrentar para poder hacer ejercer sus derechos en los países de destino e integrarse a las sociedades de acogida.

Incertidumbre a días de las elecciones en Costa Rica

Faltan sólo tres semanas para la elección presidencial del domingo 6 de febrero en Costa Rica y muy pocas cosas se saben con certeza. Probablemente la más evidente es que ninguno de los candidatos que disputarán la contienda obtendrá el 40% de votos requeridos por la Constitución Política para ser elegido presidente.

Si sucede lo esperable, las dos personas que obtengan mayor número de votos deberán enfrentarse el primer domingo de abril en una segunda ronda electoral, donde bastará la mayoría simple de los sufragios para ganar los comicios y ser declarado Presidente de la República.

Las últimas encuestas reflejan una lucha por los dos primeros lugares entre cuatro candidatos: José María Figueres del Partido Liberación Nacional (socialdemócrata), Lineth Saborío del Partido Unidad Social Cristiana (socialcristiana), Fabricio Alvarado del Partido Nueva República (conservador protestante) y José María Villalta del Partido Frente Amplio (socialista).

Otra “certeza” a la fecha es el pobre desempeño electoral del partido actualmente en el poder, Partido Acción Ciudadana (PAC), cuyo candidato Welmer Ramos no parece convencer ni siquiera a su propia base ante una Administración muy desprestigiada. Según la medición de diciembre del Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP) de la Universidad de Costa Rica, Ramos aparece con una intención de voto del 0.5%.

Si el partido que gobierna Costa Rica desde hace ocho años no logra un repunte sorpresivo en estos pocos días que le quedan —algo altamente improbable— el país será gobernado por una nueva fuerza política. Y cabe la posibilidad de que el PAC ni siquiera logre ingresar al parlamento, compuesto por tan sólo 57 diputados.

Por otra parte, la campaña no ha captado verdaderamente la atención del electorado. Mucho se debe a la pandemia, aunque también al hecho de que ninguno de los partidos tiene los suficientes recursos económicos para invertir en la campaña. Los grandes mítines son cosa del pasado. Ahora, prácticamente la totalidad de los recursos se utilizan en spots publicitarios televisivos (muy onerosos) y en las redes sociales.

Sin embargo, se espera que cuando se inicie la temporada de debates en los grandes medios de comunicación se despertará el interés de la ciudadanía que aún no sabe a quién dar el voto. Según el CIEP, los indecisos son poco más del 40% de las y los electores, quienes, por tanto, tienen en sus manos la determinación de quiénes serán los que pasen a la segunda ronda en abril.

Hay que tener en cuenta que en los debates no participarán los veinticinco candidatos que participan de la contienda. La mayoría de los medios de comunicación invitarán probablemente a los seis o siete candidatos que estén encabezando las encuestas. La excepción a esto fue la serie de debates organizados por el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE), máxima autoridad electoral en el país, donde participaron todos los aspirantes a la presidencia.

El TSE dividió a los candidatos en cuatro grupos (según el orden en que aparecerán en la boleta de elección) y, durante cuatro noches, grupos de 6 o 7 candidatos expusieron sus propuestas. El intercambio fue más bien escaso por el propio formato implementado por el TSE.

Si bien se cree que esos debates tuvieron poco seguimiento por la mayoría de la ciudadanía, algunas de las intervenciones han trascendido, principalmente en redes sociales, con un gran impacto en el ánimo del electorado. Particularmente se ha señalado el golpe a la candidatura de Lineth Saborío, la candidata de uno de los partidos con mayor apoyo, quien ha sido presentada como una aspirante sin ideas concretas. Con frases ambiguas se ha visto en problemas cuando justamente, al contestar una consulta por su falta de propuestas, respondió de forma ininteligible.

Por otra parte, el votante conservador, liberal o de derecha, tiene el inconveniente de una sobreoferta de candidatos, lo cual diluye el peso de los votos. Además, algunos de estos candidatos han decidido atacarse entre sí para robarse votos en su intención personal por entrar en los codiciados dos primeros lugares.

Por ejemplo, el candidato Rodrigo Chaves del Partido Progreso Social Democrático le recordó a su contrincante Eliécer Feinzaig, del Partido Liberal Progresista en el debate del TSE, que fue suspendido por la Contraloría General de la República para ocupar cargos públicos por cuatro años por las acciones de Feinzaig como Viceministro de Transportes durante el Gobierno de Miguel Ángel Rodríguez (1998-2002).

Por su parte, Chaves ha sido atacado por la fuerte sanción que le fue impuesta por el Banco Mundial cuando, siendo alto funcionario de ese organismo internacional, se le denunció por acoso sexual por parte de dos de sus subalternas.

Debe tenerse en cuenta que el electorado costarricense es muy volátil y que situaciones coyunturales y sobrevinientes pueden alterar la preferencia electoral en muy poco tiempo. Así sucedió hace cuatro años cuando dos candidatos que contaban con apenas el 5% del apoyo electoral dieron un salto para entrar a la segunda ronda, producto de una resolución de la Corte Interamericana de los Derechos Humanos sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Dicho esto, y, a la espera del desarrollo de la campaña en las últimas tres semanas, todo parece indicar que José María Figueres del histórico PLN pasará a la segunda ronda. Si se da una caída abrupta de la candidata Saborío del PUSC (como se especula esté sucediendo), es probable que el contrincante de Figueres sea el conservador Fabricio Alvarado. Pero claro, en tres semanas, todo puede cambiar.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

El Brasil emergente

0

Hay un Brasil que se está extinguiendo a medida que emerge uno nuevo, pero esta transición no se intuye simplemente observando la esfera política. Desde la transición democrática veníamos acostumbrados a detectar en los vaivenes de la vida política e institucional las energías sociales y culturales subyacentes, las ideas que estaban en disputa, los valores y la ética que se ponía a prueba en los nuevos tiempos de los años 1980 y 1990. La vida cultural y social se incorporaba como accesorio a la comprensión de la esfera de la política definiendo elecciones como la de escuchar Caetano Veloso o Chico Buarque. Nada escapaba a la política; ni la elección de la pasta de dientes.

Pero la esfera de la política no necesariamente se encuentra en correspondencia con los aspectos sociales y la vida cultural de un país. Esta puede llegar a desvincularse, paradójicamente, de aquello que se crea y transforma en la cotidianidad de las personas, en sus gustos, valores e intereses, de las maneras de encarar sus desafíos, de consumir, de amar y de ser reconocido por cercanos y ajenos.

El mundo del trabajo, la religiosidad o la estética han desarrollado cambios significativos en los últimos 30 años, mientras la esfera de la política parece aún reproducirse en disputas ideologícas entre izquierda y derecha que poco abarcan lo social. Los últimos 20 años de progresismo político en torno a gobiernos de centro-izquierda, materializados en un ciclo de ambigüedades sociales y económicas, desembocaron en un aparente callejón sin salida donde la esfera de la política balbucea por falta de aire.

Parece que se ha agotado su oxígeno y aquello que mantenía su energía eventualmente creadora desembocó en la antítesis de la política, en su negación como juego de la disputa de los libres intereses de ciudadanos en una sociedad democrática. Materializada en batallas identitarias y de los ‘lenguajes apropiados’, de políticas de ‘auxilios económicos’ para los más pobres y de acusaciones personales, la negatividad de la política domina a fuerza de superficialidad y falta de creatividad y debate sobre proyectos e ideas políticas. El a priori de todo argumento es el fin de la política como ejercicio, y de la esfera de la política como lugar de creación y transformación de la vida de las personas.

El Brasil que está dejando de existir progresivamente es aquel en el que se creía que las personas vivían en torno a continuas demandas, a conflictos y la comprensión de que en todo vinculo social siempre, en todo momento, está en juego una lógica de poder. Va quedando de lado aquella sociedad crispada a fuerza de la proliferación de situaciones en las que se creía que no habría más cabida a nociones como diálogo, consenso, ‘mulato’, transición, mezcla, hibridización o encuentro.

El Brasil de la imposición de las perspectivas, donde se determinaba —como si estuviese prefijdo— aquello que podía ser dicho desaparece. Hay cierto hastío por el Brasil polarizado donde se lo discute todo y donde se toma posición por todo como si ello implicase ejercer ciudadanía. Hastío por el populismo hard.   

Mientras este Brasil se diluye, gran parte de la población ve emerger valores, gustos y estilos de vida que que influyen el mundo del trabajo y la autopercepción de las persona. Músicas, estéticas, la propia esfera de la cultura, indican cómo este Brasil emergente está asociado a los llamados ‘batalladores’ brasileños, millones de personas que vienen construyendo subjetividades y deseos.

Se trata de quienes ya pasaron por las llamadas ‘políticas compensatorias’, a las que, paradójicamente, intentan no depender. Estos incorporaron cierta ética de la ‘autoconstrucción’ que no necesariamente es el producto de haber visto videos en redes sociales de ‘autoayuda ni por haber internalizado alguna lógica neoliberal para bien del capital, como creen algunos intelectuales.   

Tal vez pueda entenderse esta corriente como producto, directo e indirecto, de las iglesias evangélicas y sus múltiples facetas. No hay que olvidar que si en el Brasil del 2010 había poco más de un 15% de evangélicos (pentecostales, neopentecostales, etc.), en el del 2020 son un 31%, más de 65 millones de brasileños. Según estimaciones, en 15 años los evangélicos serán mayoría entre la población brasileña.

Pero más allá de este dato, el Brasil emergente no se reduce al Brasil evangélico. Está constituido por personas que incorporaron la ‘cultura de la iniciativa’ y que una parte de su identidad está integrada al ‘ecosistema del emprendedor individual o colectivo’, una característica comprobada en su enorme resiliencia y su capacidad para construir redes de relaciones y de solidaridad, intercambios de bienes y servicios.

En este ambiente, estos ‘batalladores’ se han construido en torno a un discurso en el que no admiten la tutela ni la intromisión, más que nada por una absoluta desconfianza de aquello que no provenga de su propio esfuerzo y accionar. El Estado es una figura distante y próxima a la vez que ejerce un papel poco relevante en el desarrollo de sus vidas personales.

El Brasil emergente no está contemplado en la disfuncional esfera de la política actual. Mucho ha cambiado social y culturalmente en el país en estos últimos 20 años. Ni alienado ni intelectualizado, el Brasil emergente sabe lo que no quiere: que se repitan tragedias. La pregunta que queda es: ¿para las elecciones de octubre de 2022 la esfera de la política mirará hacia las millones de personas de este Brasil emergente?

Photo by Agência Brasília on Footer


Episodio relacionado de nuestro podcast: