Una región, todas las voces

El ejército brasileño necesita ayuda

El 3 de junio, el Ejército brasileño anunció que no sancionaría al general en servicio activo Eduardo Pazuello, ex ministro de Salud, por haber participado en un acto político con el presidente Bolsonaro el 23 de mayo, en Río de Janeiro. La decisión contradice flagrantemente el Reglamento Disciplinario del Ejército y el Estatuto de las Fuerzas Armadas, que prohíben al personal militar en activo participar en manifestaciones políticas. Al parecer, el comandante del Ejército, Paulo Sérgio Oliveira, cumplió con los deseos de Bolsonaro, quien no quiso aceptar el castigo a Pazuello, a quien el jefe de Estado se refiere como «nuestro gordo».

En palabras de Raúl Jungmann, ex ministro de Defensa, «el Ejército capituló ante la presión del presidente Jair Bolsonaro al no castigar al ex ministro de Salud Eduardo Pazuello”.  La presión es la respuesta de Bolsonaro a los esfuerzos de las Fuerzas Armadas por establecer una separación institucional entre ellas y el actual gobierno, como dejaron muy claro el general Azevedo e Silva, ex ministro de Defensa, el general Pujol, ex comandante del Ejército, el almirante Ilques, ex comandante de la Marina, y el teniente brigadier Bermúdez, ex comandante de la Fuerza Aérea, cuando fueron destituidos por Bolsonaro, a finales de marzo de de este año , precisamente por rechazar aventuras golpistas.

Si la carta de despedida del general Azevedo e Silva, afirmando que durante más de dos años al frente de Defensa había preservado «las Fuerzas Armadas como instituciones del Estado», fue un gesto de ruptura con Bolsonaro en el plano constitucional —es decir, los militares no aceptan la violación de la Carta de 1988—, la decisión de no castigar a Pazuello implica la capitulación del Ejército en el plano político-electoral.

En otras palabras, después de haber dotado a la Fuerza Terrestre de varios puestos ministeriales, miles de cargos en el Ejecutivo Federal y generosos beneficios presupuestarios y salariales, el presidente exige que los oficiales en servicio activo y de reserva sean utilizados con fines políticos explícitos, ya sea para intimidar a la oposición o para el proyecto de reelección.

Desde la perspectiva de Bolsonaro, es fundamental presentarse, ante el electorado nacional en 2022, como el líder de una presidencia que tiene y tendrá al Ejército como uno de sus pilares. El castigo a Pazuello le quitaría credibilidad a esta pieza clave del gobierno y de la campaña de reelección.

Foto de Agência Brasil

Al decidir no castigar a Pazuello, el general Paulo Sérgio Oliveira, además de ver degradada su autoridad y de generar indignación entre varios generales en activo y en la reserva, privó a la organización de la capacidad de gestionar autónomamente su relación con el presidente de la República.

Aunque el gesto de ruptura de finales de marzo sigue siendo válido —ya que nada indica que las Fuerzas Armadas apoyen el rompimiento del orden institucional—, la situación política del Ejército se ha complicado, ya que Pazuello está estrechamente relacionado con el fracaso de Brasil en la lucha contra la pandemia. Después de haber fracasado estrepitosamente como Ministro de Salud y de haber participado en una manifestación política, Pazuello acaba de ser nombrado para el cargo de Secretario de Estudios Estratégicos de la Secretaría Especial de Asuntos Estratégicos de la Presidencia de la República.

En otras palabras, el excapitán está haciendo girar al Ejército como un corcho en el remolino bolsonarista. Sin ayuda externa, la Fuerza Terrestre no tiene salida. Esto significa que los líderes políticos (especialmente FHC, Lula y Temer), los ex ministros de defensa, los gobernadores, los magistrados del Tribunal Supremo y los generales de la reserva deben pronunciarse, con frecuencia y enfáticamente, contra la politización de las Fuerzas Armadas. La politización de las Fuerzas Armadas, al socavar su jerarquía y disciplina, apunta en última instancia a una guerra civil, ni más ni menos.

Sólo se citan individuos arriba porque el gran órgano colectivo que podría imponer límites ineludibles al desbarajuste de Bolsonaro, el Congreso Nacional, está ahora controlado por congresistas de derecha preocupados casi exclusivamente por cuestiones políticas al por menor, especialmente en la Cámara de Diputados.

Además, históricamente, la derecha brasileña siempre se ha sentido cómoda con la presencia de los militares en la política, considerándolos una garantía de último recurso contra la izquierda. Así, en un momento decisivo para el futuro de la democracia en Brasil, el Poder Legislativo está abdicando de su papel principal como freno y contrapeso a las tendencias autocráticas del Poder Ejecutivo.

Por último, también hay que considerar el papel de la Marina en el esfuerzo de contención de Bolsonaro. Es la fuerza políticamente más alejada del presidente. Al estar sometida a la autoridad del jefe de Estado, no puede pronunciarse públicamente contra él. Por lo tanto, los miembros de la élite política a los que se refiere el octavo párrafo de este artículo deberían acercarse a los almirantes con mucha discreción y habilidad, al igual que Tancredo Neves lo hizo con los generales a principios de los años 80 para acelerar la transición democrática.

Si hasta hace poco Brasil era el país del presidencialismo de coalición, a partir de ahora debería ser, durante algún tiempo, el país de las coaliciones cívico-militares. Bolsonaro ya ha hecho de las suyas. Ahora es el turno de las fuerzas democráticas. Si sale victoriosa, la coalición cívico-militar democrática deberá no sólo despolitizar las Fuerzas Armadas, sino también prepararlas para que, a partir de 2023, se establezca plenamente su control por parte de los poderes políticos electivos, empezando por el nombramiento de un dirigente civil al frente del Ministerio de Defensa.

*Este artículo expresa la opinión del autor, que no representa necesariamente la opinión institucional de FGV.

México a mitad del sexenio

Los mexicanos concurrieron a votar el pasado 6 de junio. Elegían 500 diputados, 15 gobernadores (de 32) y cerca de 2000 presidentes municipales, además de autoridades locales. La consulta se desarrolló a mitad del mandato presidencial y se transformó en un referéndum sobre la gestión de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) tal como sucedió con sus antecesores.

Los resultados preliminares son variados, que como suele ocurrir, permiten a cada actor político destacar aquellos datos que le favorezcan. Para estos comicios los principales partidos conformaron dos grandes alianzas. La coalición oficialista se conformó por el Movimiento de Renovación Nacional (MORENA), fundado por AMLO, el partido Verde Ecologista y el Partido del Trabajo. Entre todos hasta hoy tenían mayoría absoluta en el Congreso.

En la oposición se produjo un fenómeno inédito. Después del huracán de AMLO en su victoria de hace tres años, que arrasó con los partidos tradicionales, estos empezaron un proceso de convergencia que maduró para estos comicios. Así se aliaron el viejo PRI, el derechista PAN y el socialdemócrata PRD. El objetivo era impedir que el gobierno alcanzase la mayoría calificada y pudiese reformar la constitución. 

El gobierno se instaló hace tres años con un programa de cambios, la llamada Cuarta Transformación, 4T, que busca combatir la corrupción, atender demandas sociales y operar una renovación de la política. Desde entonces, la sociedad mexicana se ha ido polarizando. La virulencia caracteriza el debate, la “comentocracia” opositora (el mundo de los comentaristas) domina buena parte de los medios de comunicación, en especial en la capital.

El Gobierno no se queda atrás, y desde su inicio, AMLO día a día acomete a primera hora las denominadas “mañaneras”, conferencias de prensa en las cuales comparece entregando su mensaje. Pocos dejan de reconocer que el presidente se comunica con buena parte de la población y de paso marca la agenda. Los polos del debate van desde la denuncia de un nuevo autoritarismo de parte de la oposición, hasta la condena al corrupto “capitalismo de cuates” que el Ejecutivo enrostra a sus adversarios.

Los resultados de la elección

Asumamos que toda elección tiene varios resultados: el numérico, el político y el comunicacional. Numéricamente MORENA y sus aliados perdieron la gran mayoría que tenían en diputados, pero conservaron la mitad más uno, por lo tanto, pueden aprobar leyes y presupuestos, pero no les alcanza para aprobar reformas constitucionales. La oposición, por su lado, logró ponerle un dique a futuras reformas a la carta magna e impidió que el oficialismo obtuviese una mayoría calificada; pero sigue siendo minoría en el Congreso y en el país.

Ante esta situación, cada bando celebra lo que le conviene destacar. Eso en diputados.  Porque en las elecciones para gobernadores, MORENA dio una paliza y se llevó 11 de 15 gobernaciones, el PAN solo ganó dos y el PRI perdió todas las que tenía. 

Foto de dimitridf en Foter.com

Lo anterior es lo numérico. Políticamente a la oposición su alianza le permitió recuperar parte de los parlamentarios perdidos hace tres años. La tajada mayor se la lleva el derechista PAN, que elige más de la mitad de los diputados opositores. El PRI llega segundo y el PRD casi pierde su registro por la bajísima votación que obtuvo. En suma, la alianza le sirvió a la oposición, pero a unos más que a otros. Con todo, la alianza electoral convenció y los tres partidos han proclamado su voluntad de mantenerla en el Congreso. Probablemente la proyecten a la elección presidencial. O sea, tendremos una oposición unida, hegemonizada probablemente por la derecha.

El resultado mediático es lo que queda en la retina. Como ocurrió en esa cumbre iberoamericana celebrada hace años donde se discutía un documento irrelevante que llevó al inolvidable grito del Rey de España a Chávez: “¿porqué no te callas?”.

En las pasadas elecciones pocos se preocuparon del resultado en las provincias (salvo sus habitantes). Los ojos se concentraron en la capital, donde la oposición se llevó la mitad de los municipios. La capital era el bastión de la izquierda, y por cierto, un baluarte de AMLO. 

Da la curiosidad de que en esta ocasión quedó virtualmente dividida entre el occidente (sede de sectores medios y acomodados) y oriente (donde vive “la raza” como suelen decir los mexicanos). En occidente ganó la alianza opositora y en el oriente Morena. La hipótesis probable es que una parte de los sectores medios migraron a la oposición.

Las elecciones en Ciudad de México también tuvieron efectos colaterales. Los aspirantes a suceder a AMLO empezaban a emerger. Los más notorios: el Canciller Ebrard y la jefa de gobierno capitalina, Claudia Sheilbaum.  El retroceso compromete las posibilidades de esta última. La explicación se encuentra en las dificultades provocadas por la pandemia y el accidente de la línea 12 del Metro que provocó varias muertes y la desconfianza en las autoridades. En la capital reside la mayoría de los medios, los corresponsales extranjeros, y la extendida y sofisticada intelectualidad.

¿Que se viene?

Se viene la segunda parte del sexenio con un gobierno que conserva muchas divisiones y dispone ahora de una base de gobernadores. Tiene menos diputados, pero más control territorial. AMLO perdió el impulso arrollador de sus inicios, pero mantiene fuerza suficiente para manejar las riendas del poder. MORENA, por lo tanto, deberá concretar parte de su ambiciosa propuesta y empezar a preparar la sucesión a su carismático líder.

La oposición, por su parte, se reagrupó. Pero además de ofrecerse como un bastión deberá empezar a proponer un proyecto de país que compita con la 4T en el imaginario de los mexicanos. Por lo tanto, se avizora más polarización.

En las elecciones votó poco más de la mitad de los ciudadanos habilitados. ¿Por qué?   Falta por hacer el análisis descarnado de la votación, de quiénes votaron, dónde y por qué. De momento, cabe destacar que casi no se han escuchado reclamos de fraude, algo tan común en el México reciente, cuando imperaba la idea de que “nunca se llama a unas elecciones cuyo resultado no se conozca”. 

La vida continúa. AMLO recibió a Kamala Harris, procedente de Guatemala, y la saludó como “presidente”.  Las relaciones con EEUU son la prioridad internacional de México y en la agenda está la migración, el comercio y el combate al narcotráfico. El izquierdista MORENA ha sabido desarrollar un entendimiento realista con los EEUU, algo no menor en América Latina.

Terminaron las elecciones de medio tiempo y como señala el analista político Rene Delgado, es momento de que los principales actores políticos demuestren que no sólo saben sumar —calcular el numero de funcionarios electos—, sino que también saben leer, o sea, interpretar lo que la sociedad mexicana les está diciendo.

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Perú: Claves de una elección sin resultados oficiales

El Jurado Nacional de Elecciones tendrá la difícil tarea de definir quién será el Presidente del Bicentenario. El número de actas observadas y las nulidades deducidas por los partidos han retrasado la proclamación del ganador. La propia candidata de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, explicó en conferencia de prensa que recibieron información de hechos que configurarían fraude en las mesas de votación. Por tal motivo, se presentaron recursos legales para declarar la nulidad de los votos de 802 mesas que constituyen aproximadamente doscientos mil votos. Ello ha incrementado la tensión post electoral.

Resultados ajustados

La escasa diferencia de votos entre ambos candidatos, menos de sesenta mil en favor de Pedro Castillo —cuando escribo estas líneas— abre remotamente la posibilidad de cambiar la tendencia. La corta distancia entre los candidatos en la segunda vuelta no es inusual en el Perú: Pedro Pablo Kuczynski ganó las elecciones por cuarenta y un mil votos en el 2016. Keiko Fujimori declaró en esta campaña que dirigentes de su partido le reclamaron por no cuestionar la votación en ese momento.

Los resultados contabilizados por la Oficina Nacional de Procesos Electorales muestran al candidato Pedro Castillo del partido político Perú Libre con el 50.165% de votos, mientras que Keiko Fujimori de Fuerza Popular con el 49.835%.

Los candidatos

La segunda vuelta se lleva a cabo entre dos candidatos que alcanzaron los porcentajes históricamente más bajos registrados para ir al ballotage: Castillo obtuvo el 15.38% y Keiko el 10.90% de votos emitidos en la primera vuelta realizada el 11 de abril. La elección presidencial tuvo a dieciocho candidatos en competencia. El crecimiento de la intención de voto de Pedro Castillo se dio en la última semana, cuando la publicación de encuestas ya estaba prohibida.

Si bien Castillo no es ajeno a la política pues fue candidato a un gobierno local en 2002, no tiene experiencia en cargos de elección popular. Fujimori ha sido congresista entre 2006 y 2011. Fue candidata presidencial en el 2011 y 2016, llegando en ambos procesos electorales a la segunda vuelta. En el 2016 lideró la numerosa bancada opositora a Pedro Pablo Kuczynski.

Los elementos de la polarización

El partido Perú Libre, de Pedro Castillo, presentó un plan de gobierno que alertó a sectores defensores del mercado. Propone convocar a una asamblea constituyente con el principal propósito de modificar el capítulo económico de la Constitución de 1993. Anuncia un nuevo modelo que reemplace la economía social de mercado por una economía popular con mercados.

Entre las medidas se plantea la nacionalización de actividades extractivas y revisión de contratos, así como una ley que regule los medios de comunicación. Ya de cara a la segunda vuelta, se han precisado algunas medidas incluyéndose el impuesto a las sobre ganancias, la eliminación de algunas exoneraciones tributarias, la renegociación de contratos de estabilidad tributaria con las grandes empresas.

Fuerza Popular planteó por otro lado, modificaciones constitucionales al capítulo sobre sistema de gobierno, reforma del sistema previsional, mejora de servicio sociales y reforma tributaria. En la segunda vuelta se propuso el reparto del 40% del canon minero recaudado como impuesto a la renta de las empresas mineras.

Como consecuencia de estas medidas, la campaña se polarizó no solo en el eje estado-mercado sino en el comunismo-anticomunismo que se imputó a las propuestas de Perú Libre y al vínculo de algunos de sus integrantes con agrupaciones radicales de izquierda. De otro lado, el eje fujimorismo-anti fujimorismo que ha definido las elecciones en el pasado reciente. El debate sobre derechos e inclusión de minorías no ha tenido un espacio, pues ambas candidaturas coinciden en una posición más bien conservadora.

Si bien los resultados son ajustados a nivel nacional, muestran una distribución geográfica muy heterogénea. Castillo ganó en dieciséis de las veintisiete circunscripciones, las más pobres. Fujimori ganó en Lima, en el norte del país y en la nueva circunscripción de peruanos en el exterior.

Las nuevas reglas de financiamiento prohibieron la publicidad en radio y televisión, salvo aquella contratada por el Estado. Inicialmente la pandemia limitó la campaña presencial, de manera que las redes jugaron un papel protagónico. Principalmente facebook, tic-toc, twitter y WhatsApp fueron el escenario de fidelización del voto donde los simpatizantes se convirtieron en militantes.

Diferencias entre la primera y la segunda vuelta

El voto en el Perú es obligatorio hasta los 70 años. La participación sin embargo ha venido decayendo en los últimos procesos electorales. A pesar de la pandemia, la participación ha sido similar a las elecciones parlamentarias extraordinarias de 2020. En la primera vuelta votaron el 70% de electores, mientras que en la segunda 74.6%. La suma de los votos blancos y nulos en la primera vuelta fue de 29.1%, reduciéndose sustancialmente en la segunda a 6.49%. El voto de peruanos en el exterior se incrementó entre la primera y segunda vuelta de 22.85% a 36.4%.

La Presidencia del Bicentenario

El Jurado Nacional de Elecciones demorará unos días en resolver. Mientras tanto se anuncian manifestaciones de parte de los simpatizantes de ambos candidatos, vigilantes por el respeto de su voto. La apatía política parece haber quedado atrás. Del resultado saldrá una presidencia con poca legitimidad y con un Congreso muy fragmentado y polarizado. La agenda urgente es salir de la dinámica de enfrentamientos entre ejecutivo y legislativo que escaló en los últimos años, atender la pandemia que deja la huella de más de ciento ochenta mil muertos y las consecuencias económicas, cerrar las brechas sociales y construir consensos que permitan desarrollar esta agenda.


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Foto por Globovisión em Foter.com

Cuba y la pandemia: entre la vacuna y la miseria

Cuba podría ser el primer país latinoamericano en producir una vacuna contra la Covid-19. Tanto Soberana 02 como Abdala están en la última fase clínica que debería terminar estas semanas. Una vez aprobadas por la agencia nacional de medicamentos empezaría la campaña de vacunación en la isla, y posteriormente las vacunas se exportarían a América Latina y al Caribe. Si todo sale tal y como está previsto, la vacuna daría un respiro a un régimen político cuya legitimidad está en juego ante el fin del Castrismo, la subida de casos de Covid-19 y la profunda crisis económica que aflige la isla desde el inicio de la pandemia.

Al igual que la mayoría de sus vecinos, Cuba es un país de contrastes. Una primera contradicción es la discrepancia entre una precariedad económica constante y la internacionalización de los servicios médicos y de salud. Largas colas para comprar alimentos y otros productos básicos recuerdan el Período Especial en Tiempo de Paz que en su momento proclamó Fidel Castro y que, salvo en la época de oro de la alianza estratégica con Venezuela (2003-2013), no se ha terminado.

En Cuba conviven altos niveles de subdesarrollo con una biotecnología e industria farmacéutica puntera de primer nivel y con la única Escuela Latinoamericana de Medicina del continente. Cuba gastó en 2018 un 12% de su PIB en salud pública, un porcentaje similar a Alemania, Canadá o Francia, pero su ingreso per cápita no supera los 8,800 dólares al año y es más de cinco veces inferior que el de estos tres países. 

La isla vive la pandemia como una desgracia y una oportunidad. Por un lado, la ausencia de turistas y la parálisis del país hundió su economía que cayó un 11% en 2020 y causó una grave crisis de suministro. Pero, por el otro, ofrece la posibilidad de desarrollar una vacuna nacional cuya exportación aseguraría ingresos nada desdeñables.

Si la isla lograra producir y exportar su vacuna al resto de América Latina, que cuenta con el mayor número proporcional de muertes por Covid 19 del mundo, mejoraría su maltrecha economía y la imagen de un régimen que vive los momentos más bajos de su historia. También aumentaría su prestigio internacional y perfil en la cooperación sur-sur en la que Cuba siempre ha jugado un papel destacado.

La vacuna podría decidir el futuro de la isla

En este sentido, la vacuna decidirá el futuro económico, político y social de la isla. Es una apuesta arriesgada. Por promover una vacuna propia —actualmente hay cinco en la fase final— y tener un “nivel de desarrollo alto” (el cuarto mejor de la región) según el índice de Desarrollo Humano de 2020, Cuba renunció a formar parte de la iniciativa internacional Covax respaldada por la ONU y la OMS para distribuir vacunas a países en vías de desarrollo.

Tampoco ha comprado ninguna vacuna del exterior como lo hicieron otros países latinoamericanos. El gobierno de Miguel Díaz-Canel mantiene la promesa de vacunar durante el verano de 2021 hasta el 70% de los cubanos con Soberana 02 y/o Abdala, un spray nasal que sería el primero contra la Covid-19 que se apruebe en el mundo. Una vez cubiertas las necesidades nacionales, la meta sería fabricar 100 millones de dosis en laboratorios nacionales como BioCubaFarma. Los aliados ideológicos de Cuba, Bolivia y Venezuela, ya han confirmado que comprarán la vacuna, igual que Jamaica y Surinam.

En comparación con sus vecinos, Cuba destaca sobre todo por unos servicios públicos universales dignos de este nombre, a pesar del constante y largo deterioro que las prestaciones hayan experimentado desde el fin de los subsidios de la Unión Soviética. Ello marca una importante diferencia con su aliado Venezuela que sigue suministrando a la isla petróleo a precios subvencionados a cambio de médicos y asesores cubanos que apoyaron activamente la Revolución Bolivariana, cuyo fracaso estrepitoso también es la co-responsabilidad de Cuba que intentó exportar parte de su modelo al país vecino.

La gran diferencia entre Cuba y Venezuela es el Estado, protector en el primer caso y frágil o disfuncional en el segundo. A pesar de las consecuencias económicas del embargo de EE.UU. que sufre la isla desde los años sesenta, Cuba ha sido capaz de construir servicios públicos y prestaciones sociales universales incluyendo la cartilla que sigue suministrando algunos productos, aunque hace tiempo ha dejado de cubrir la canasta básica.

El Estado protector

El Estado protector funcionó también durante la pandemia. En 2020, Cuba sólo registró 12.225 casos de Covid-19 y 146 muertos, el nivel de contagio y mortalidad más bajo del continente. Sin embargo, igual que en China u otros países con gobiernos autoritarios, estos resultados se consiguieron a costa de muchas restricciones de libertad. Los contagiados fueron obligados a ingresar en instalaciones públicas en condiciones desconocidas y todos los cubanos sufrieron un duro confinamiento que aisló Cuba durante casi ocho meses del mundo.

De esta forma se salvaron vidas, pero a expensas de la libertad, algo mucho más complicado de imponer en democracia. Cuando Cuba finalmente abrió sus vuelos nacionales e internacionales, en noviembre de 2020, los contagios se dispararon, porque al inicio no se pidió una prueba PCR negativa a los viajeros.

En medio del auge de la pandemia, el Gobierno decidió, el 1 de enero de 2021, acabar con la dualidad entre el CUC (Peso Cubano Convertible)y el peso cubano y poner en marcha la largamente anunciada reforma monetaria que finalmente gestiona el Post-Castrismo, el dúo entre el Presidente Miguel Díaz-Canel y el Primer Ministro Manuel Marrero.

Al régimen le vendría bien la vacuna porque el descontento viene creciendo en la isla por una situación económica difícil, si no imposible, y nuevas medidas de represión incluyendo —y esto es nuevo— el mundo de la cultura que siempre ha tenido un mayor margen de libertades que otros sectores.

Las vacunas y el internacionalismo médico han estado estrechamente ligados a la Revolución y su vocación social. Desde una mirada histórica también es un homenaje al Ché Guevara que fue médico de profesión. Para la cúpula política, investigar, curar y erradicar enfermedades tropicales o de origen desconocido como el vitíligo ha sido una importante fuente de legitimidad, prestigio y divisas. Desde la victoria contra la dictadura de Batista, convertir la isla en un país de alto desarrollo humano, con servicios públicos universales y de calidad ha formado parte de la agenda del Socialismo sui generis de los hermanos Castro.

Desde los años sesenta, Cuba ha enviado médicos a todas las regiones del mundo, particularmente a África y América Latina. Pero la presencia de médicos cubanos al inicio de la pandemia Covid-19 en Italia u otros países europeos demostró su vocación internacional, —a veces forzada por el régimen y a veces voluntaria— y la calidad de sus profesionales de la salud.

Producir y exportar una vacuna cubana contra la Covid-19 tendría ventajas y desventajas. Por un lado, daría un respiro a la maltrecha economía cubana. Pero también alargaría un agónico proceso de cambio y la vida de un régimen que mantiene un modelo de convivencia que se agotó hace tiempo y ya no corresponde a la realidad de una isla que se ha adaptado al capitalismo sin gozar de los derechos democráticos.


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¿Se cortará la canilla libre del petróleo?

Coautor Leonardo Stanley

La actividad humana ha generado cambios irreversibles en materia climática. Aun cuando el origen se rastree hasta los inicios de la revolución industrial, el incremento en las temperaturas medias se ha vuelto más severo en las últimas cuatro décadas. La industria petrolera es uno de los principales responsables. Así lo entendió la Corte de Distrito de La Haya en su sentencia del pasado 25 de mayo al ordenarle a Shell reducir un 45% sus emisiones de CO2 para el año 2030 (comparado con los niveles de 2019), atribuyendo responsabilidad por la política climática al CEO de la corporación. La demanda fue iniciada por Amigos de la Tierra Holanda (Milieudefensie), otras organizaciones de la sociedad civil y más de 17 mil codemandantes individuales.

Una nueva tendencia

La sentencia es esperanzadora. Pero, ¿es este un caso aislado? Si bien marca un hito en el combate al cambio climático, en los últimos años la responsabilidad de las petroleras ha sido reclamada en diferentes acciones judiciales en Estados Unidos. Ciudades y estados expuestos al cambio climático y al consecuente incremento del nivel de los océanos han decidido demandar a las petroleras por su impacto en la generación de gases de efecto invernadero. Mientras los estados de Connecticut y New York demandaron únicamente a ExxonMobil, las acciones iniciadas por Delaware, Massachusetts, Rhode Island y Minnesota fueron dirigidas a varias de empresas.

El entramado judicial también incluye procesos judiciales iniciados por las ciudades de Nueva York, Charleston, Baltimore, Oakland, San Francisco y Washington D.C. En la demanda presentada por la ciudad de Nueva York en el pasado día de la Tierra (21 de abril), se explica que Exxon, Shell, BP, el American Petroleum Institute desarrollan estrategias de engaño a los consumidores, el denominado greenwashing, planteando que sus combustibles resultaban “limpios” o “reducían emisiones”, sin mostrar los verdaderos efectos ambientales de su actividad.

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Incluso los informes brindados por las petroleras al mercado contenían información dudosa, confusa o incompleta para los inversores, principalmente en lo que refiere a las proyecciones (regulaciones, costo esperado de carbono), afectando la rentabilidad. Así se señala en la demanda presentada el 24 de octubre del 2019 por el Estado de Massachatusetts contra la principal empresa del sector a nivel mundial: ExxonMobil. En los considerandos se destaca que la conducta de la empresa afectó a los inversores institucionales y a un creciente número de entidades financieras.

¿Por qué? Básicamente porque en los reportes para sus accionistas, la empresa niega que las nuevas regulaciones que brindan una protección más efectiva del medio ambiente puedan afectarla. En los hechos, es cada vez más generalizada la aceptación por parte de los tribunales internos e internacionales de la tendencia normativa hacia la mayor protección del medio ambiente, considerando que debe ser esperable para las empresas que esto las afecte.

Las petroleras siguen avanzando

En todas las acciones legales se indica que las corporaciones tenían pleno conocimiento del efecto nocivo de sus actividades sobre la atmósfera. Aun así, continuaron con las tareas de prospección y producción, con una estrategia similar a la que habían adoptado las industrias tabacalera o armamentista en Estados Unidos, como señala Michael Mann en su reciente libro “The New Climate War: The Fight to Take Back our Planet”. El autor manifiesta que la máxima que se pregona es que las petroleras no tienen la culpa, es el consumidor quien, en definitiva, causa el problema: sea porque decide calefaccionar su casa o conducir su automóvil en vez de recurrir al transporte público o a una bicicleta.

A sabiendas del efecto del calentamiento global sobre el nivel promedio de los océanos, las petroleras decidieron introducir cambios en las plataformas offshore, así como avanzar con su actividad hacia nuevas fronteras de producción. Incluso comenzaron a desarrollarse actividades en zonas geografías hasta entonces vedadas a la actividad, como el Ártico. Estas últimas actividades han sido particularmente rechazadas por la organización ambientalista Greenpeace.

El debate por el medio ambiente nace desde la comunidad científica, los movimientos de la sociedad civil y las acciones judiciales, y en este marco los pactos verdes tienen un gran potencial transformador, como señala José Antonio Sanahuja en el Anuario 2020-2021 del Centro de Educación e Investigación para la Paz. Por tanto, a razón del tope a la producción de combustibles fósiles propuesto por la comunidad científica (con más énfasis en el mineral de carbón) y los compromisos de los Estados en el Acuerdo de Paris (2015), no debería continuarse con el estudio de un gran número de los proyectos en el sector. Mientras el “presupuesto de carbono” impone una suerte de límite global a las inversiones del sector, en los hechos la situación se asemeja al juego de la silla: nadie quiere perder su silla y el lobby trabaja para que así sea.

Así como avanza el lobby también avanza el Estado en la defensa del derecho de regular en áreas de interés público (como ser: derechos humanos, medio ambiente, salud pública). El derecho de regular forma parte del espacio de política pública y es el corazón de la soberanía regulatoria, término acuñado por la coautora de este artículo. Un ejemplo reciente puede ser ilustrativo, el 1 de junio, la Administración Biden suspendió las perforaciones de petróleo y gas en la Reserva Nacional de Vida Silvestre del Ártico en Alaska iniciadas e impulsadas en la era Trump. El Estado, en definitiva, defendió su derecho a proteger el medio ambiente y combatir del cambio climático. Si bien la soberanía regulatoria es un concepto aún en transición, el hecho que los Estados busquen recuperar áreas de regulación abandonadas o fortalecer su protección es una demostración de que se está trazando un camino hacia su consolidación.

La conducta de las petroleras ha propiciado el cambio climático, pero sentencias como la de la Corte de Distrito de La Haya brindan esperanza, aunque todavía falta camino por recorrer. En este contexto, ¿Latinoamérica es un mero observador? La respuesta necesariamente debe ser negativa. Nuestro continente resulta fuertemente afectado, algunas ciudades más que otras. Incluso en tiempos en que la sindemia por covid-19 es el centro de todos los esfuerzos, siguiendo el enfoque multisectorial de “una salud” (humana, animal y del planeta) la amenaza del cambio climático plantea la necesidad de redoblar acciones para su preservación. No es, ni debe ser, un lujo del Norte Global sino una preocupación de toda la humanidad.

Leonardo Stanley es investigador asociado del Centro de Estudios de Estado y Sociedad – CEDES (Buenos Aires). Autor de “Latin America Global Insertion, Energy Transition, and Sustainable Development», Cambridge University Press, 2020.

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Brasil y una nueva amenaza de ruptura democrática

Brasil vive días trágicos en los que se suceden dramas personales y colectivos en medio de la crisis de la pandemia. La Comisión Parlamentaria de Investigación (CPI), en marcha en el Senado Federal para investigar la actuación del presidente, ha captado la atención de los brasileños como si se tratara de un reality show. Los testimonios, incluso los mentirosos o contradictorios, describen un gobierno insensible que se negó a acceder a las vacunas y que fomentó el uso de medicamentos ineficaces y peligrosos. Un presidente que repitió una y otra vez ante su séquito de fanáticos que sería necesario permitir el contagio del 70% de la población para detener la pandemia, hasta que las muertes fueron tantas que podría llegar a ser procesado. Los errores y omisiones del gobierno, revelados en la investigación, son suficientes para fundamentar los casos de delito de responsabilidad en el Congreso y de delito común en la Corte Suprema.

El peor momento en 150 años

El país se encuentra en su peor momento en 150 años. Vive una crisis económica desde 2013. En 2015-2016 atravesó la peor recesión desde 1929 y antes de que la economía se recuperara, la pandemia obligó a interrumpir gran parte de la actividad económica. En 2020 la economía cayó un 4,1%. Y en enero de 2021, alrededor de 27 millones de personas vivían por debajo de la línea de pobreza extrema, según estudios de la Fundación Getulio Vargas(FGV).

Los ingresos por trabajo, de acuerdo con la misma fuente, cayeron cerca del 19% en promedio; entre jóvenes, mujeres y negros fue de alrededor del 23%. La inflación acumulada a 12 meses fue del 6,76%, en el primer cuatrimestre de 2021, la más alta desde diciembre de 2016 y las estimaciones indican que va en aumento lo cual podría tener un efecto devastador en la popularidad del presidente.

La desaprobación de Bolsonaro, en alza desde principios de año, alcanzó 45% en mayo de 2021, según Datafolha, y la aprobación sólo 24%. Nunca ha sido más baja. La mayoría, el 58%, ya no lo considera capaz de liderar el país y un presidente impopular paraliza el proceso de toma de decisiones, produciendo estancamiento y crisis.

La pandemia ha sumado un ingrediente explosivo. En junio de 2021 el país cuenta con cerca de 17 millones de infectados y casi medio millón de muertes, con tendencia al alza. Este avance incontrolado de la enfermedad y la insuficiencia del programa de vacunación fue lo que llevó a la convocatoria de la comisión investigadora del Senado.

Las pruebas documentales y testimonios demostraron el grado de negligencia y negaciónismo del gobierno de Bolsonaro en relación a la pandemia, lo cual provocó la primera gran manifestación desde el inicio de la epidemia pidiendo su destitución. La mayoría de los análisis de los procesos de juicio político consideran que las manifestaciones callejeras son una condición necesaria, aunque no suficiente. Otra condición, como lo es la necesidad de una investigación legislativa, ya se ha producido.

La politización de las Fuerzas Armadas

Varios hechos recientes muestran una politización inusual de oficiales y generales activos y retirados de las tres fuerzas, quienes participan ampliamente en el gobierno de Bolsonaro ocupando ministerios y puestos de segundo y tercer escalafón. En este marco, la negativa del comando del Ejército a sancionar al ex ministro de Salud Eduardo Pazuello, general en activo, por participar en una manifestación política junto a Bolsonaro —expresamente prohibida por el Reglamento Disciplinario del Ejército— ha despertado gran preocupación.

Pazuello, ahora asesor presidencial en la Secretaría de Asuntos Estratégicos, podría ser procesado por el Senado por un delito contra la salud pública. Bolsonaro quizás imagina que el episodio de la subordinación del Ejército, aceptando el veto presidencial a un castigo reglamentario, también sirva para intimidar a los senadores. Sin embargo, este cuenta con una minoría en la comisión de investigación y también en el Senado.

Foto de Palácio do Planalto en Photer.com

Bolsonaro ha convocado manifestaciones como reacción a las investigaciones, a la amenaza que implica el ex presidente Lula a su proyecto de poder y a la pérdida de popularidad. Y así como en otros casos apareció a caballo, como solía hacer Mussolini, en este caso convocó a un desfile de motocicletas, imitando el desfile fascista de la década del 30. La imitación abierta de la estética fascistas no es fortuita, es deliberada. Recientemente, un asesor del gobierno vinculado al presidente y sus hijos hizo un gesto de supremacistas blancos estadounidenses durante una declaración del ex canciller Ernesto Araújo en la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado.

Bolsonaro ha invitado al ex ministro Eduardo Pazuello a acompañarlo en un acto político a sabiendas de que se faltaría el respeto al reglamento disciplinario del ejército y que el comando intentaría sancionarlo. El presidente está probando los límites institucionales de la democracia brasileña, mientras que estas se muestran cautelosa. Aun así, el CPI ya tiene elementos para denunciar a Bolsonaro, Pazuello y varios otros funcionarios del gobierno por incumplimiento en la peor crisis de salud pública del país, según el presidente y relator de la comisión de investigación.

Se ve una explosiva convergencia de hechos críticos en el país. Son más que perturbadores del orden institucional democrático, son factores desestabilizadores. La creciente indignación popular con el manejo de la pandemia y la crisis económica y social provocan inseguridad colectiva, miedo y reacciones airadas que se ven reflejadas en la presión sobre Bolsonaro en las calles.

Ante las investigaciones que le pueden llevar ante un juicio político, el presidente ha amenazado en público con decretar el estado de sitio y usar al ejército para garantizar el orden público. La subordinación del mando del Ejército a Bolsonaro, incumpliendo la determinación del regimiento de sancionar los actos de indisciplina y quebrantamiento de la jerarquía implican un nuevo riesgo institucional.

La jerarquía y la disciplina son reglas de oro que sustentan los pilares de la corporación militar. La aceptación de la ruptura de ambos por parte de un general en activo puede tener un efecto dominó, desencadenando manifestaciones políticas de oficiales y soldados de menor rango, hasta entonces contenidas por estas reglas consideradas irrompibles.

Un grave riesgo institucional para la democracia

La politización de los militares plantea un grave riesgo institucional para la democracia. Sólo con su ayuda Bolsonaro podría llevar adelante una transición hacia un régimen autocrático. Esta convergencia de factores de desestabilización político-institucional en un macroambiente de crisis es sumamente peligrosa para la democracia brasileña.

Para complicar aún más el panorama, Bolsonaro muestra indicios cada vez más claros de que puede no aceptar un resultado desfavorable en las elecciones del próximo año y ya ha comenzado, como lo hizo Trump en Estados Unidos, a difundir sospechas de fraude electoral. Afirma que habría sido elegido en la primera vuelta en 2018 de no haber habido fraude y que se está preparando un nuevo fraude para derrotarlo en 2022. También ha dicho que no aceptará un resultado “sospechoso”.

Sin el apoyo militar Bolsonaro carece de fuerza y ​​solo será un gobernante incidental que llegó al poder en una elección inusual y podría ser destituido en otra inusual elección. La pregunta clave es si los militares le darían el respaldo necesario para anular las elecciones.

Foto del Ministerio de Defensa en Foter.com


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Ay, Nicaragua Nicaragüita

El asesinato del periodista y político Pedro Joaquín Chamorro por sicarios de la dictadura somocista en 1978 fue quizás la última torpeza de la dictadura, la que precipitó su caída. En la actualidad, la proscripción y enjuiciamiento de su hija Cristiana y otros tres candidatos opositores al régimen de Ortega, quizás se convierta no solo en una torpeza más del “danielismo”, sino en un preludio de su final. La situación en Nicaragua, sin embargo, es mucho más compleja y no puede simplificarse bajo el discurso polarizante que divide al país en dos.

El autoritarismo oficialista

Desde el retorno de Daniel Ortega al poder en 2007, los valores del histórico Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) se fueron degradando hasta convertir al gobierno en un régimen autoritario. Gran parte de esta tendencia responde a la actitud y decisión de la primera dama Rosario Murillo, quien, aprovechando la enfermedad de su marido lo ha ido desplazando junto a los viejos cuadros danielistas.

Según un viejo sandinista, amigo personal de Daniel Ortega desde hace décadas y quien solicita la reserva de su nombre, cuando se habla de la situación en Nicaragua no hay términos medios. “Algunos sólo repiten lo expresado por la oposición, otros, lo que arguye el gobierno. Pocos se detienen a reflexionar y analizar lo que ocurre con una mirada honesta y veraz… pues sabemos que los políticos y otros referentes públicos no lo harán”.

Mientras parte de la izquierda, la más ortodoxa, se mantiene fiel al régimen y no reconoce los errores del gobierno Ortega-Murillo a medida que se consolida el régimen autoritario, un gran sector de la oposición de derecha, en parte representada por Cristiana Chamorro, “seguirá obviando su propia historia de abusos… No se explayan sobre los verdaderos intereses que defienden, es decir, los de la alta burguesía local”.

Foto de Cancillería de Ecuador

Otro ex sandinista, periodista y comunicador, ahora al servicio de una ONG humanitaria internacional, quien también pide la reserva de su nombre afirma que “el danielismo, con su oportunismo, suplantó los principios del sandinismo histórico, para trabajar en pos de beneficios personales, de familia y de grupo. Empero, no descuidó a sus bases, a las que siempre apoyó”.

Rosario Murillo, conocida como “la Chayito”, cuenta además con una amplia base de apoyos dado su intenso trabajo de inserción desde hace años en los sectores populares de la sociedad. La vicepresidenta se ha esforzado por alinear a la Juventud Sandinista a sus fines personales, a los cuales se suma una gran influencia sobre las organizaciones de mujeres y las que nuclean a los campesinos. Y así es que se ha ido configurando un movimiento interno en el FSLN.

La oposición al régimen

Por otro lado, Cristiana Chamorro, la influyente periodista que anunció que se postularía como candidata en las próximas elecciones presidenciales de noviembre, pertenece a una familia con una larga trayectoria política y empresarial, —ha suministrado cinco presidentes de la República— y ha sido historicamente propietaria de medios de comunicación, otrora casi monopólicos. Y en este marco, la familia defiende los objetivos de la clase a la cual pertenecen, es decir, la alta burguesía nicaragüense.

Pero lo que se está presenciando no es un enfrentamiento entre el gobierno y la familia Chamorro. Hasta el momento otros tres candidatos presidenciales opositores han sido detenidos. Arturo Cruz, acusado de “atentar contra la sociedad nicaragüense”, según el Ministerio, Juan Sebastián Chamorro —primo de Cristiana— y Félix Maradiaga, así como otros líderes de la oposición.

Las voces críticas al gobierno de Ortega y Murillo, sin embargo, no se limitan a los candidatos opositores y la alta burguesía nicaragüense. Figuras influyentes del sandinismo como el ex vicepresidente de Ortega en su primer gobierno (1985-1990), el escritor Sergio Ramírez o el también ex miembro de la Junta Revolucionaria sandinista, el poeta y teólogo Ernesto Cardenal (fallecido en marzo de 2020) o el ex comandante sandinista Hugo Torres, además de muchos otros ex aliados han denunciado en los ultimos años el creciente autoritarismo del régimen.

En este marco, si bien Daniel Ortega se ha ido apartando en gran medida de los líderes históricos, Murillo, desde su posición de vicepresidenta, ha venido socavando su poder al interior del FSLN y del gobierno, suplantando con su propia gente a los viejos cuadros afines a Daniel Orteg a medida que ha ido fortaleciendo sus propias bases.

Estos apoyos, según ciertos analistas, podrían serle suficientes al oficialismo para ganar una elección presidencial, aun sin cometer fraude. Sin embargo, la inseguridad y ambición del propio régimen, le ha llevado a cometer abusos de todo tipo. De este modo, la persecución de Cristiana Chamorro y los demás lideres y periodistas de la oposición es una respuesta, no sólo autoritaria sino irreflexiva, que el gobierno termina aplicando a sus competidores en una suerte de lawfare extremo, modalidad muy difundida entre los gobiernos de América Latina. 


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Paradiplomacia: nuevos marcos en la cooperación internacional

Las relaciones internacionales enfrentan una crisis sin precedentes, tanto a nivel global como regional. Esto es consecuencia de la crisis del multilateralismo, que surgió antes de la pandemia del COVID-19, así como del estancamiento de los procesos de integración regional, desde el Brexit hasta el regionalismo latinoamericano.

En la historia de las relaciones internacionales siempre han surgido «otras voces». Por ejemplo, propuestas con una perspectiva bottom-up (de abajo hacia arriba), como un personaje público que reclama un determinado derecho, o una organización de la sociedad civil que tiende a internacionalizarse a través de un cambio multicultural, o acciones de gobiernos no centrales que intentan posicionar sus intereses en la agenda global, entre otros ángulos «alternativos» de las relaciones internacionales.

El brote de COVID-19 dejó claro que las pandemias no reconocen fronteras y, también, que los riesgos globales producen fuertes movilizaciones nacionales y locales. Pero, al mismo tiempo, hay que reconocer que las pandemias, como las catástrofes naturales o los conflictos armados, han impactado en los marcos de la cooperación internacional, creando otros nuevos, fomentando su adaptación o cuestionando su existencia.

Las diferencias ideológicas, la ausencia de liderazgos nacionales (aunque sería más correcto decir entre autoridades centrales), la aparición de nacionalismos, y el sentimiento general de «sálvese quien pueda» —sobre todo en el ámbito de la geopolítica de las vacunas—, obliga a buscar e identificar aquellos reductos donde la cooperación internacional permanece y subsiste.

En este contexto, la paradiplomacia ha cobrado impulso. La política internacional de los gobiernos locales ha permitido el intercambio de insumos sanitarios a través de los hermanamientos de ciudades preexistentes, así como la consolidación de plataformas de colaboración a través de diferentes redes para dialogar y compartir buenas prácticas, particularmente enfocadas en los servicios públicos esenciales y la economía local, entre otros.

Al mismo tiempo, la paradiplomacia ha sido clave en algunos países escépticos ante el coronavirus, como Brasil o México, defendiendo los intereses locales de los gobiernos no centrales ante la pandemia.

Las páginas web de algunas redes, como las de Ciudades y Gobiernos Locales Unidos (CGLU), C40, Metrópolis, Eurocities o Mercociudades, entre otras, se adaptaron para ofrecer un menú de políticas para hacer frente al COVID-19, basado en experiencias locales.

La proactividad de estas redes ha sido analizada por diferentes actores del sistema de cooperación internacional, instituciones académicas y el sector privado. Al mismo tiempo, este tema refleja la relativa desarticulación internacional entre los gobiernos centrales, impulsando a las autoridades locales a definir políticas para enfrentar la pandemia y mitigar sus efectos.

Las ciudades hermanas y las redes de autoridades locales parecen ser las ganadoras dentro de las actividades paradiplomáticas desde el comienzo de la pandemia. Pero la pregunta es: ¿Qué más podemos esperar? ¿O hacia dónde podemos dirigir este capital acumulado en relación con las lecciones aprendidas y las mejores prácticas aplicadas por las autoridades locales y regionales?

El mundo post-pandémico, probablemente con mayores índices de desigualdad, reclama el fortalecimiento de los liderazgos públicos a todos los niveles. Sugiere considerar las capacidades locales de los funcionarios; desarrollar nuevas capacidades relacionadas con la gestión y prospección de crisis y riesgos, y fortalecer las capacidades de negociación, articulación y comunicación para lograr acuerdos público-privados. Es una oportunidad única para repensar los medios de vida de las personas a escala local/regional en el contexto de una globalización muy criticada.

La paradiplomacia permite canalizar diversos liderazgos públicos que logran construir mayores consensos. El liderazgo público no es sólo político, es multiactor y multidireccional, bajo un pensamiento dialéctico —como sugiere el Instituto Latinoamericano y del Caribe de Planificación Económica y Social (ILPES)— que respeta y potencia conocimientos, capacidades y valores.

La paradiplomacia contribuye a un diálogo multiactoral y acompaña la aparición de nuevos líderes territoriales, el fortalecimiento de las capacidades sociales situadas y la movilización de recursos para la localización de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

Sin embargo, es urgente superar la fase de identificación de buenas prácticas y, sobre todo, dotar a las autoridades locales de mejores argumentos técnicos y potenciar sus discursos político-estratégicos sobre la conveniencia de potenciar la paradiplomacia. Asimismo, necesitamos una paradiplomacia más endógena, con una planificación participativa, y menos reactiva y/o influenciada por factores exógenos.

El actual escenario internacional, y el papel de la paradiplomacia en la respuesta a la pandemia, es una oportunidad para fomentar la validación de la paradiplomacia, su reflexión y fortalecimiento.

Es fundamental superar las discusiones teóricas y construir consensos sobre el concepto: la acción internacional de los gobiernos no centrales y, a partir de ello, analizar cuidadosamente su apoyo al desempeño de los gobiernos locales/intermedios, a la reducción de las asimetrías y a la profesionalización de los funcionarios públicos que trabajan en la materia, así como a la consolidación de alianzas multiactores para reordenar la vida colectiva.

En cuanto a la profesionalización, los centros de investigación e instituciones académicas juegan un papel importante en el desarrollo y escalamiento de contenidos relevantes sobre paradiplomacia, así como en la creación y/o fortalecimiento de redes para la promoción del intercambio de conocimientos (comunidades epistémicas). Finalmente, la paradiplomacia siempre será útil si logra contribuir a la eficacia y calidad en el proceso de gobernar democráticamente un territorio.

Foto del Foro Económico Mundial en Foter.com

Los desafíos de Ecuador son los de América Latina

El ciclo electoral está en marcha en América Latina y más allá de corroborar la hipótesis del péndulo ideológico—entre girar a la derecha o retornar a la izquierda— en la mayoría de los países reina la incertidumbre social. Esto es el resultado de la crisis económica, la incapacidad de repuesta de los gobiernos para enfrentar los efectos de la pandemia y la fragmentación política expresada en el agotamiento progresivo de los partidos tradicionales en Chile y Colombia y la expectativa de cambiar de signo ideológico en Paraguay y Colombia. Además, no se pueden perder de vista los estallidos de descontento social en estos dos últimos países, así como posibles levantamientos en Ecuador y Perú si no se resuelven las crisis. La situación en Venezuela se ha deteriorado a tal punto que ni siquiera puede ser abordada como un régimen democrático en crisis y Nicaragua va a camino de lo mismo.

La calidad de la democracia en la región andina atraviesa uno de sus peores momentos. Ecuador y Perú llegaron a la segunda vuelta con un profunda fragmentación y crisis de representación políticas. En el primer caso, corrieron por la presidencia 16 binomios y en el segundo, 18. Atrás quedó la época hegemónica de los partidos tradicionales desde la tercera ola de democratización a inicios de los 80’.

En Ecuador, las tres últimas elecciones se desarrollaron en el binarismo del correísmo versus anticorreísmo y en Perú, tampoco se supera el legado del fujimorismo. En Colombia es evidente el declive de la oligarquía que ha gobernado, indistintamente, desde el liberalismo y el conservadurismo en sus distintas facciones. Y tampoco se sale del pro y antiuribismo. En los tres casos, la personalización de la política es un elemento explicativo de la polarización.

Las elecciones presidenciales en Ecuador decantaron a favor del opositor a la Revolución Ciudadana. Pero en la Asamblea, el movimiento liderado por Rafael Correa desde Bélgica representa la primera fuerza política, con 49 de 137 curules. En ese sentido, el gobierno de Guillermo Lasso, de corte liberal y conservador, está exigido a negociar permanentemente con los partidos representados en el Legislativo que cuentan con agendas muy distintas como Pachakutik, Izquierda Democrática, Partido Social Cristiano y el mismo correísmo de UNES.

Si bien el partido oficialista CREO ha tenido presencia en la vida política en los últimos tres periodos, es la primera vez que gobierna y eso supone otro tipo de acciones a corto, mediano y largo plazos. La definición de la política económica es el principal examen para la estabilidad política, puesto que a diferencia del correísmo, que gozó de la mayor bonanza petrolera (2007-2014), la situación actual, al igual que para la mayoría de los países de la región, es desastrosa.

El desempleo afecta a siete de cada diez jóvenes entre 16 a 35 años y cuatro de cada diez personas viven con dos dólares al día. A esto se suma un creciente déficit fiscal y un conjunto de fenómenos sociales como la desnutrición crónica infantil, un alto índice de embarazos de niñas y adolescentes, y la inseguridad y violencia en las calles.

El presidente Lasso ha dicho que la mejor medida económica es la vacunación de nueve millones de personas en 100 días para lograr una inmunización de rebaño. ¿Pero cómo se reactivará la economía, se pondrá en marcha el motor de la confianza social y se aplacarán los intentos de desestabilización de sus adversarios políticos?

De momento, el presidente cuenta con una mayoría en la Asamblea Nacional para la elección de las principales autoridades. Pero esta mayoría se debe al apoyo de los partidos que quedaron en tercer y cuarto lugar —Izquierda Democrática y Pachakutik, que tienen agendas muy distintas—, dejando por fuera al correísmo. La pregunta es: ¿Hasta dónde se sostendrá esta alianza? Este complejo escenario que vive Ecuador podría repetirse en Perú y también en Chile, pues la emergencia de nuevos actores para la Asamblea Constituyente tampoco garantiza una mayoría.

El 24 de Mayo, día que se conmemora la independencia de Ecuador, asumió el nuevo Gobierno. Unos días antes, la Asamblea Nacional eligió a sus autoridades, dejando por fuera al correísmo de cualquier cargo pese a ser la mayor fuerza política, y el Presidente rompió con su aliado natural, el partido de derecha Social Cristiano. Lo primero se podría explicar por el binarismo político, pero lo segundo deja dudas porque se estuvo negociando un acuerdo entre partidos antagónicos en una agenda que resulta porosa y por fuera de la comprensión ciudadana.

Por otro lado, la Asamblea Nacional de Ecuador es dirigida por primera vez en su historia por una mujer representante de los pueblos y nacionalidades indígenas y su partido, Pachakutik, representa la segunda fuerza política. Esto es un doble avance en materia de derechos políticos para las mujeres y los indígenas. En su discurso de asunción Lasso resaltó este hecho y otros cuatro aspectos.

El primero fue la restauración de la vida republicana desde una perspectiva de democracia liberal, en donde su meta es la eliminación del caudillismo y el autoritarismo. El segundo fue la inserción en un mundo globalizado desde una política de tratados y acuerdos comerciales. El tercero la promoción de los derechos humanos y la progresividad de los derechos socioeconómicos para la mujer. Y por último el reencuentro del país.

Esta visión ambiciosa ya ha sido puesta a prueba con los primeros anuncios de protestas y movilizaciones en su contra por parte de varios sectores sociales que no le han ni siquiera permitido estrenar su gobierno en paz. La fragmentación es una realidad y la gobernabilidad es el mayor reto.

La miopía política de Bolsonaro en Sudamérica

Hasta principios de la última década, Brasil se consolidó como el gran catalizador de los mecanismos de consenso político y cooperación multisectorial en Sudamérica, actuando también como articulador de consensos y mediador de tensiones e inestabilidades entre sus vecinos. Sin embargo, en los últimos años, el país parece carecer de una estrategia clara para la región, con desacuerdos ideológicos con socios clave y la adopción de posiciones precipitadas y voluntaristas que van en contra de décadas de pragmatismo y prudencia en el trato con sus vecinos.

Fin del pragmatismo en la política exterior

En el caso de Venezuela, el apresurado reconocimiento de Juan Guaidó como presidente del país y el intento de enviar por la fuerza una supuesta ayuda humanitaria minaron cualquier posibilidad de contribuir realmente a la superación de la crisis en un país vecino muy importante. El mero apoyo a las sanciones contra el gobierno de Maduro en foros como el Mercosur, la OEA o el Grupo de Lima es muy poco para un país acostumbrado a actuar con asertividad en favor de la estabilidad subregional. Quemar puentes de diálogo con el mundo se ha convertido en una práctica recurrente de la diplomacia de Bolsonaro.  

La actual política exterior está perdida y permeada por posiciones erráticas e incongruentes, no sólo en las grandes cuestiones de política internacional, sino también en el propio entorno regional de Brasil. La búsqueda del liderazgo regional que caracterizó al país en la década de 2000 ha dado paso a un papel de apoyo incompatible con el peso y la representatividad de Brasil en la región.

El país se ha limitado a confiar en las iniciativas lanzadas e idealizadas por sus vecinos, que, aprovechando el vacío dejado por Brasilia, acaban ganando centralidad y proyección. El PROSUR (Foro para el Progreso de América del Sur), por ejemplo, fue concebido y formado lejos de las oficinas de la Presidencia y del Ministerio de Asuntos Exteriores.

La presencia de Bolsonaro en la toma de posesión de Guillermo Lasso hace unas semanas sólo sirvió para reforzar su limitada y maniquea percepción del futuro de Sudamérica. Su defensa de “unir la región por la libertad” parece reflejar un antagonismo irreconciliable hacia los gobiernos de centro-izquierda o de izquierda, como en los momentos más críticos de una Guerra Fría que terminó hace más de treinta años.

En un pasado no muy lejano, Brasil fue capaz de entablar un diálogo fructífero con gobiernos de distinto signo político, como la Colombia de Álvaro Uribe y la Venezuela de Hugo Chávez. Esto llevó a la creación del Consejo de Defensa Sudamericano en el seno de la UNASUR.

Crisis en las relaciones bilaterales con Argentina

La injerencia sin precedentes en las elecciones argentinas de 2019, con un apoyo explícito a la reelección de Mauricio Macri, no sólo rompió con las prácticas consolidadas a lo largo de la historia de la política exterior del país, sino que provocó una estrecha incompatibilidad ideológica con el presidente Alberto Fernández.

Lo que llama la atención es la absoluta falta de voluntad para superar las diferencias, a pesar de una reunión virtual sin resultados prácticos en diciembre de 2020. Dejarse llevar por pasiones partidistas exclusivas es una actitud incompatible con la del presidente de un país cuyas reconocidas tradiciones diplomáticas se basan en el universalismo y la diversificación de las asociaciones.

En un momento tan delicado para toda la región por la grave crisis sanitaria y sus devastadoras consecuencias económicas, el Planalto debería promover urgentemente el entendimiento con la Casa Rosada. El declive comercial de los últimos años y la pérdida de espacio para las exportaciones brasileñas en el mercado vecino, por ejemplo, exigen del país actitudes pragmáticas y conciliadoras. El flujo comercial bilateral en 2020 fue de poco más de 16.000 millones de dólares, habiendo caído por debajo de la mitad de los 39.000 millones de dólares de 2011.

En términos relativos, Brasil ha ido perdiendo terreno en el mercado argentino frente a las exportaciones chinas, y el gigante asiático se situó durante algunos momentos del 2020 por delante de Brasil como mayor socio comercial de Argentina. Teniendo en cuenta la importancia de este mercado para las ventas de productos manufacturados brasileños con mayor valor añadido, se puede ver que la agenda bilateral está llena de temas urgentes que deberían tener prioridad sobre las rencillas personales.

Reconstruir la política exterior

El delicado momento de la relación con Argentina ensombreció la celebración del 30º aniversario del MERCOSUR. Hay que tomar decisiones importantes sobre el arancel exterior común y el modelo de negociación exterior, pero la distancia entre los dos principales socios es un obstáculo adicional. El futuro del bloque pasa necesariamente por una mejor coordinación entre sus miembros, y es inaceptable cualquier intento de aislar ideológicamente a un miembro por las diferencias momentáneas de los gobiernos de turno.

Sería bueno que el gobierno brasileño conociera y respetara mejor la historia de sus vecinos, especialmente en lo que respecta a las dictaduras militares, cuyo recuerdo está muy vivo y presente en los países del Cono Sur. Elogiar a los dictadores o minimizar los abusos practicados en un periodo tan traumático para la región ya ha provocado confusión y desconcierto incluso con gobiernos con los que supuestamente hay mayor afinidad ideológica, como el del chileno Sebastián Piñera.

Después de tantos abusos en la conducción de la política exterior del país, es urgente no sólo rescatar la imagen de Brasil en el mundo, sino también recuperar una posición más sensata, plural y pragmática en la región. El diálogo, la tolerancia y la prudencia son los mejores inmunizadores contra el virus de la miopía política que ha caracterizado la relación del gobierno brasileño con sus vecinos.

Foto de Palácio do Planalto en Photer.com