Una región, todas las voces

La Argentina y el amado Bukele

Cuando los gobernantes, ex gobernantes y líderes proponen otros “atajos” en nombre del pueblo, oponiendo la democracia a la república, no cabe sino desconfiar y advertir adónde nos conducen.

En El Salvador, el Congreso controlado por una flamante mayoría abrumadora del oficialismo, resolvió, el pasado 1° de mayo, la remoción de la Corte Suprema en pleno y el desplazamiento del fiscal general. El presidente Nayib Bukele, desde su cuenta oficial de Twitter, —no le hacen falta ni comunicados oficiales, ni ruedas de prensa, ni discursos desde el balcón, le alcanza con un tuit al presidente salvadoreño que gobierna a través de las redes sociales— rubricó la decisión: “Y el pueblo salvadoreño, a través de sus representantes, dijo: ‘destituídos´”. Y sanseacabó… Así nomás, el Presidente y el Parlamento que acompaña sus dictados borraron de un plumazo la división de poderes y designaron a un nuevo fiscal general y jueces supremos afines, que asumieron de inmediato acompañados de fuerzas policiales. Adiós Estado de Derecho, camino allanado a la “democracia cesarista” o “autocracia electiva”, según se quiera ver.

La versión argentina

Es la misma concepción que sostienen líderes, políticos, ex gobernantes o actuales altos funcionarios en los países latinoamericanos. En la Argentina son los “cruzados anti-Lawfare”, liderados por la vicepresidenta Cristina Kirchner. La expuso así el ex vicepresidente Amado Boudou, en una clase virtual con estudiantes de la UBA, el 3 de mayo: sostienen que vivimos en “democracias condicionadas” por “poderes fácticos” que no responden a la voluntad popular. De tal modo, quienes gobiernan en nombre del pueblo o representan a “los movimientos populares” no tienen en realidad el poder: el poder lo tienen otros.  

Foto por institutopatria em Foter.com

¿De qué hablamos cuándo hablamos de lawfare?”, se pregunta Boudou. “Es un dispositivo de control social, hablamos de la democracia condicionada y alterada por mecanismos institucionales e institucionalizados”, asegura. Dice que se trata de “cosas que están ocurriendo desde México hasta Tierra del Fuego” y remarca que no es “un invento de un espacio político”. Según el ex funcionario, se trata de “un dispositivo disciplinario. Es persecución, el horrible espectáculo público del castigo”. Dice, además, que los tribunales “se han convertido en parodias” y que el objetivo del lawfare son los políticos, sindicalistas y dirigentes que “pretenden transformar la realidad”.

Esta defensa se presenta, así como una elaborada coartada retórica para recubrir lo que no es sino una batalla política por el control de todos los resortes del Estado. En algunos casos, para evitar que se investigue y sancione a quienes pudieron haber cometido o cometieron desde el poder político actos o hechos de corrupción. En otros casos, para des hacerse de las trabas, controles y contrapesos que limitan la acción de los líderes y gobernantes que creen necesitar, o merecer, atribuciones excepcionales para ejercer el poder.

Argentina no es El Salvador

Argentina no es El Salvador, porque allí Bukele es el presidente y en Buenos Aires, el ex vicepresidente que comparte sus planteos, se encuentra cumpliendo sentencia, condenado por corrupción en su paso por la función pública.

Mientras tanto, un fallo de la Corte Suprema de Justicia argentina, que le puso límites a las facultades excepcionales del Gobierno nacional para enfrentar la crisis sanitaria derivada por la pandemia del Covid-19, motivó otra andanada de furia oficial contra el máximo tribunal, con los mismos argumentos utilizados por el joven mandatario salvadoreño. Los jueces no fueron votados por el pueblo, actúan como un “poder contramayoritario”, sostienen como si no fuera precisamente esa su función constitucional en un Estado de Derecho. Lo que mueve a pensar que si el Frente de Todos, la coalición que gobierna la Argentina lograra en las próximas elecciones el 70% de los votos que le permitieron a Bukele contar con un Parlamento propio, a juzgar por las cosas que se han dicho, nada impediría que se pretenda también aquí seguir el camino salvadoreño, remover a los miembros de la Corte y nombrar jueces que acompañen al Gobierno.

Nada, en realidad, que no hayamos visto en el pasado. “Lo que está ocurriendo en El Salvador, se escribió en las redes sociales, muestra que, si la demolición de la democracia liberal está acompañada de las mayorías populares, es imparable”. Pero, ¿quién/es habla/n en nombre de qué “mayorías populares”? ¿y qué viene cuando los pueblos pierden esa democracia liberal a manos de caudillos, dictadores o líderes descontrolados?

La cuestión es tan antigua como nuestras propias Repúblicas del Nuevo Mundo, “el experimento político latinoamericano del siglo XIX”, título de una estupenda obra de Hilda Sábato (Taurus, 2021), que reconstruye la génesis de conflictos y encrucijadas que marcaron nuestra historia y nos siguen acompañando. Detrás de los recurrentes conflictos de poderes entre Ejecutivos, Legislativos y Judiciales podemos encontrar, y este sería el caso, un conflicto entre dos concepciones contrapuestas acerca de la propia naturaleza del poder en una democracia. Y es comprobable que no es el desmantelamiento institucional de las repúblicas sino su fortalecimiento el camino de la consolidación de nuestras democracias, que no pueden sino respaldarse en la división de poderes y el Estado de derecho. Cuando los gobernantes y líderes proponen otros «atajos» en nombre del pueblo, sobre todo cuando lo hacen encubriendo sus propias responsabilidades y yerros, no cabe sino desconfiar y advertir adónde nos conducen.


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*La versión original de este texto fue publicada en Clarín, Argentina

Foto de PresidenciaSV

Las elecciones y la promesa constitucional de Chile

Este fin de semana, casi 6,5 millones de chilenos votaron en una elección sin precedentes en la historia del país. Además de elegir a los representantes locales y por primera vez a los gobernadores regionales, lo realmente relevante fue la elección de los representantes de la Convención Constitucional. Finalmente, la clase dirigente chilena cumplió la promesa asumida tras la ola de protestas que comenzaron en octubre de 2019 —en contra de las desigualdades, las políticas de mercado y la desconexión de la élite— de reemplazar la actual Constitución.

Los resultados de la última jornada electoral arrojan luces sobre el proceso constituyente chileno. El primer punto es que, si bien en el plebiscito del año pasado los chilenos demostraron estar bastante de acuerdo respecto a lo que no quieren, los resultados de las elecciones de este fin de semana demuestran que los chilenos están menos convencidos del “voto constituyente”.

Baja participación

Aunque en el plebiscito de octubre de 2020 la tasa de participación fue de 51%, la más alta desde 2009, la participación en la reciente elección volvió a bajar y fue de 43%, asemejándose más a las elecciones anteriores que al plebiscito y con sesgos de clase y quizás de edad en la participación electoral.

En el plebiscito, varios distritos de clase trabajadora habían estado muy presentes. La participación de la comuna popular de La Pintana, en Santiago, había aumentado a 52%, casi 15 puntos más respecto a las elecciones presidenciales de 2017. Sin embargo, en esta ocasión la participación de la misma comuna bajó a un 36%. Y los jóvenes que en aquella ocasión sorprendieron por su gran participación esta vez al parecer no repitieron.

La opinión popular en el plebiscito fue categórica con un 78% a favor de proseguir con el proceso constituyente y un 79% a favor de hacerlo a través de una asamblea elegida expresamente para redactar una nueva Constitución. El voto del plebiscito, como señala el politólogo Juan Pablo Luna, fue un “voto destituyente” contra la clase dirigente y el modelo económico.

Sin embargo, la baja en la participación de la elección del fin de semana es decepcionante dada la cantidad de elecciones concurrentes y la exitosa campaña de vacunación contra el COVID-19. Gracias a la reducción de barreras para la participación de candidaturas independientes y la fragmentación de la centroizquierda partidaria hubo más alternativas de voto que nunca. Y medidas como la jornada electoral de dos días y el feriado irrenunciable tampoco fueron capaces de lograr superar la barrera psicológica del 50% del padrón electoral (aunque sin ellas, quizá la participación habría sido aún más baja). Los políticos —tradicionales y nuevos— por lo tanto, no fueron capaces de reencantar a la ciudadanía.

Un nuevo mapa político

Aunque la respuesta del electorado a participar fue tibia, las preferencias ganadoras redibujan el mapa político chileno de manera sorprendente. La crítica al modelo económico y la pésima evaluación del gobierno del presidente Sebastián Piñera explicarían la debacle de la derecha, que obtuvo apenas 37 de los 155 escaños de la Convención. Esto no le permitiría al sector tener poder de veto en la redacción de la Constitución, para lo cual era necesario obtener un tercio de los curules. También damnificada fue la ex Concertación que, salvo el Partido Socialista, experimentó un marcado retroceso electoral.

Los ganadores de la jornada sin lugar a duda son, por un lado, la alianza entre el Frente Amplio y el Partido Comunista, cuya apuesta de competir separada de la centro-izquierda le rindió frutos en la Convención y a nivel municipal. Y, por otro lado, las organizaciones independientes como la Lista del Pueblo superaron todas las expectativas, obteniendo 48 escaños. Muchos de estos liderazgos, como el de Giovanna Grandón (conocida popularmente como la “Tía Pikachu”), se formaron al alero de las protestas de 2019. El texto constitucional que resulte, por lo tanto, tiene definitivamente el potencial de ser distinto de la Constitución actual.

Hay otras características del experimento constitucional chileno que aportan a la novedad de los flamantes convencionales constituyentes. En particular, estos representantes se parecen más que nunca a sus representados en términos de género y de los pueblos originarios. Con el mecanismo de paridad, un 51% de la Convención estará conformado por mujeres, lo que contrasta con el 23% en la Cámara Baja del Congreso. El mecanismo, de hecho, reasignó más escaños a hombres, demostrando lo competitivas electoralmente que son las mujeres cuando aparecen en la papeleta en igualdad de condiciones.

Por otra parte, fueron elegidos 17 representantes de los diez pueblos originarios reconocidos, un salto cualitativo en términos de representación. La candidata más votada de estos escaños fue la líder espiritual Francisca Linconao, quien ha sido una de los protagonistas del conflicto entre el Estado chileno y el pueblo mapuche en el sur del país.

Los ganadores de estas elecciones tienen desafíos complejos. Las autoridades locales deben mantener las relativamente buenas evaluaciones ciudadanas que han tenido desde las protestas de 2019 y durante la pandemia. Los gobernadores (algunos de los cuales serán elegidos en segunda vuelta en junio) tendrán que recoger las demandas de sus regiones con un diseño institucional que no les otorga mucha autonomía.

Finalmente, los convencionales deberán hacerse cargo de las expectativas que los votantes posaron en ellos y renovar el compromiso político con quienes no participaron de esta elección para generar un nuevo pacto social.

Foto de Mediabanco Agencia

¿Podría EE.UU. crear leyes para «protegernos»?

Altos funcionarios del gobierno de Estados Unidos advierten regularmente a sus contrapartes en América Latina sobre la creciente presencia económica de China. Esto conduce, según su discurso, a que las políticas de los gobiernos latinoamericanos tengan una creciente dependencia e influencia de China. Al mismo tiempo, Estados Unidos está ejerciendo presión política y económica sobre los gobiernos latinoamericanos para excluir, por ejemplo, a empresas chinas de la concesión de licencias 5G. Esta injerencia en los derechos soberanos de estados independientes no es nada nuevo para América Latina como tradicional “patio trasero” de la potencia del norte. Pero ahora esta injerencia también es evidente en Europa.

Bajo la presidencia de Joe Biden, Estados Unidos, al igual que los gobiernos europeos, está nuevamente abogando por un orden mundial liberal basado en reglas que se aplican a todos por igual. Pero al mismo tiempo, Estados Unidos reclama el privilegio de ignorar estas reglas a voluntad.

La intromisión de Estados Unidos en Europa

Esto es exactamente lo que sucede con las sanciones extraterritoriales y unilaterales contra la construcción de un gasoducto de gas natural entre Rusia y Alemania que atraviesa el Mar Báltico. El gasoducto Nord Stream 2 —que reforzará Nord Stream 1 en funcionamiento desde 2012—tiene 1.230 kilómetros de longitud y a fines de marzo faltaban solamente 121 kilómetros. Sin embargo, Estados Unidos se ha marcado el objetivo de evitar que se complete el último tramo con sanciones dirigidas a empresas relacionadas con el proyecto.

Las sanciones se basan en una ley del Congreso de Estados Unidos que tiene como objetivo autoproclamado la protección de la seguridad energética de Europa. Si no se tratara de Europa, casi se podría hablar de una ley neocolonialista. Estados Unidos define y decide unilateralmente cómo Europa preservará su seguridad energética frente a Rusia y reivindica el derecho a imponer sanciones a empresas europeas. Uno se siente tentado a decir que, con amigos como estos, ¿quién necesita enemigos?

Las sanciones a las empresas especializadas en la colocación de tuberías se implementaron inicialmente bajo la administración Trump y se ampliaron en 2021 a un espectro cada vez amplio de empresas relacionadas con la construcción del gasoducto, incluyendo empresas participando en la financiación del proyecto, aseguradoras y certificadoras. El nuevo secretario de Estado, Antony Blinken, se ha posicionado claramente contra el proyecto y el gobierno estadounidense está considerando el nombramiento de un enviado especial para frenar Nord Stream 2.

El Gobierno alemán considera ilegales las sanciones extraterritoriales de Estados Unidos que no están legitimadas por el derecho internacional. Que Estados Unidos imponga multas a empresas europeas que hacen negocios de manera legítima supone una violación de la soberanía europea. Además, Estados Unidos quiere aprovecharse económicamente de las sanciones y externalizar los costos de su política contra Rusia.

Una decisión del gobierno alemán de no continuar con el proyecto podría resultar costosa. Las empresas involucradas en el proyecto podrían reclamar legalmente indemnizaciones calculadas en unos 10.000 millones de euros. Como alternativa al gas ruso, la administración Trump estaba promoviendo el gas natural licuado (GNL) estadounidense, apodado como «gas de la libertad», cuyo precio no suele ser competitivo con el gas ruso. Y, mientras Estados Unidos está preocupado por la dependencia energética de Europa, la agencia Bloomberg informó que según sus cálculos los envíos de petróleo ruso a Estados Unidos alcanzaron el récord el año pasado.

Rusia incluso superó a Arabia Saudita para convertirse en el tercer mayor proveedor de petróleo de Estados Unidos. Los ingresos en divisas de Putin —en dólares estadounidenses— parecen ser menos preocupantes para Estados Unidos que sus ingresos por la venta de gas natural a Europa.

La dependencia energética

El gasoducto no aumentará la dependencia energética de Rusia, a largo plazo la demanda de gas natural disminuirá debido a la transición hacia energías renovables en Europa. Sería una estrategia más inteligente y menos conflictiva de Estados Unidos ayudar a acelerar este proceso.Y como fase intermedia, el gas natural, de todas maneras, es más ecológico que el carbón.

Si se concretiza la interrupción del tramo final del Nord Stream 2, Rusia podría extorsionar a Ucrania transportando menos (o en el caso extremo ningún) gas a través de los gasoductos que atraviesan y abastecen al país vecino. Estos efectos secundarios se pueden abordar de otras maneras (como ya sucedió con garantías para Ucrania) y no necesariamente requieren que se detenga Nord Stream 2.

Hay que admitir que también existen objeciones al gasoducto en Alemania y otros países de Europa. Se puede discutir si Nord Stream 2 se volvería a construir hoy desde un punto de vista ecológico. Las sanciones pueden justificarse en determinadas condiciones, pero no deben socavar el mismo orden jurídico internacional que pretende proteger. La ley no puede aplicarse retroactivamente a empresas europeas que se comprometieron con el proyecto en otras condiciones, los contratos deben respetarse —Rusia ha cumplido sus obligaciones contractuales con Alemania en el pasado—, y las leyes nacionales no deben aplicarse empresas de terceros países que se comporten de acuerdo con las leyes locales.

Si Europa no pueda proteger a sus empresas de las sanciones ilegales de Estados Unidos, ¿qué pasará entonces con la tan invocada autonomía estratégica? A lo mejor las futuras cumbres UE-ALC deberían incluir el tema de las transgresiones estadounidenses en la agenda y adoptar una posición común; especialmente porque el tema no es nuevo en América Latina.

Quizá en algún momento se le ocurra a algún senador estadounidense crear una ley para proteger a América Latina de China y sancionar a las empresas que hagan negocios con el país asiático.¿Parece una exageración? Si Estados Unidos logra imponer su legislación incluso en Europa, ¿qué debería impedir que lo haga en América Latina? Se debe tener precaución cuando Estados Unidos declara su intención de proteger a sus amigos.


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Foto de R Boed en Foter.com

Chile: la implosión de la política postransicional

La elección de constituyentes es producto de un acuerdo interpartidario, luego de que el país fuese testigo del Estallido Social de octubre del 2019; una serie de protestas callejeras con una importante dosis de violencia. El primer paso del acuerdo contempló la realización de un plebiscito donde, de forma aplastante, con casi un 80% de apoyo (aunque con un 50% de participación), la ciudadanía optó por apoyar una nueva constitución que será redactada por una convención constituyente cuyos integrantes fueron finalmente electos este fin de semana. El Estallido Social forzó al país a discutir sobre su política y su arquitectura institucional. Jaqueó al viejo sistema chileno, elitista, tecnocrático, y en cierto sentido aristocrático.

Hace muchos años que venimos argumentando que Chile no tiene una institucionalidad que esté preparada para momentos de estrés. Tiene una institucionalidad diseñada para el éxito, pero si no hay éxito, todo se complica. No tiene los amortiguadores necesarios para absorber los golpes, algunos de los cuales son producto de su propio éxito (mayores demandas, mayor endeudamiento, mayor inequidad). Si a esto le agregamos una crisis social, política, económica y de salud pública como la que estamos viviendo, en un contexto de un galopante déficit de legitimidad, el detonante pudiese haber sido cualquier cosa.

La política se abre a la gente común

Cuando la dirigencia política se convenció que con la represión no era capaz de controlar el movimiento y estallido social, no tuvo otra opción que abrirse a caras nuevas, a aceptar “pueblo” y a que gente común tomara decisiones. Tanto así que se optó por una Convención Constituyente con paridad de género y representación de los pueblos originarios, algo que diez años atrás nos hubiese parecido ciencia ficción.

En caso que todo el proceso llegue a buen puerto, esta sería la primera vez en la historia de un país donde la constitución haya sido redactada por un cuerpo esencialmente equilibrado entre mujeres y hombres. Este momento democratizador merece ser celebrado.

Sin embargo, está el peligro de cualquier cambio brusco. La inexperiencia y la falta de gradualidad son un enorme riesgo. Curiosamente, el 80% de los candidatos se postulaban por primera vez a un cargo y casi la mitad eran menores de 40 años. Más aún, este escenario se torna más complejo cuando los resultados muestran un país mucho más fragmentado, menos participativo y fluido que el que la enorme mayoría de los analistas estimó.

A pesar que mucho del proceso fue detonado por una fuerte frustración con la institucionalidad vigente y su “clase política tradicional”, los partidos tuvieron un rol protagónico a la hora de proponer los candidatos constituyentes. Estos se agruparon en tres grandes coaliciones: “Vamos por Chile” (la actual coalición de gobierno y que ocupa el arco que va desde la centro-derecha a la derecha), la “Lista del Apruebo” (esencialmente la heredera de la antigua Concertación, que ocupa el espacio de centro y centro-izquierda) y “Apruebo Dignidad” (izquierda compuesta principalmente por el Partido Comunista y la coalición de partidos Frente Amplio).

Hubo otras agrupaciones de diverso tinte ideológico pero cuyo caudal de voto fue menor. Y, en una decisión un tanto inusual, la ley electoral permitió la asociación de independientes en listas instrumentales sin tener que ser técnicamente partidos. Esta decisión impactó fuertemente en los resultados.

Elecciones en paz

La elección transcurrió sin mayores sobresaltos. En términos generales, el gran perdedor fue el sistema de partidos tradicionales que gobernó a Chile desde la transición democrática. El gobierno tuvo un paupérrimo desempeño, quizás tan malo como el de la ex Concertación que quedó cuarta, superada por Vamos por Chile, la Lista del Pueblo y por Apruebo Dignidad.

Los grandes vencedores de la jornada fueron el mundo de lo independiente —constituido principalmente por un potpurrí de liderazgos fraccionados, personalistas, frustrados y muy anclados en lo local— y la oposición partidaria más alejada al gobierno donde destacó Revolución Democrática (Frente Amplio), encabezado por Giorgio Jackson, ex líder del movimiento estudiantil universitario de 2011.

Si bien el reglamento interno de la Constituyente será diseñado por la misma convención, en el acuerdo interpartidario se acordó que el borrador final sea aprobado por dos tercios de los convencionales. Como ningún grupo logró obtener un tercio, 52 convencionales, nadie tendrá la capacidad de vetar unilateralmente cualquier decisión que se esté tramitando. Pero, así como nadie puede vetar, para todos será difícil negociar para lograr los dos tercios.

El camino hacia una nueva constitución parece lleno de peligros, algunos de ellos planteados por la propia democracia. Por un lado, hay una fortísima demanda de transparencia y apertura que presagiaría que el proceso de negociación será abierto y visto por la ciudadanía. En este escenario, los convencionales tienen incentivos para mantener posiciones puristas en la negociación y no “tranzar” artículos constitucionales.

Por otro lado, por la cantidad de elecciones que se celebrarán entre esta y el plebiscito “de salida”. Durante este año los chilenos también votarán una segunda vuelta en las elecciones para gobernadores regionales, primarias nacionales, elecciones generales (para el Congreso y el Ejecutivo) y finalmente una posible segunda vuelta para la presidencial. Esperar que la convención y las otras elecciones no se contaminen mutuamente es ingenuo. Cada una de estas elecciones tiene la oportunidad de plantear nuevos conflictos y abrir nuevos debates que podrían socavar el apoyo al proceso de creación de una nueva constitución.

Si bien hay una presencia enorme de caras nuevas —tanto así que ni fotos de algunos de ellos y ellas tenían los canales de televisión a la hora de entregar los resultados— la inexperiencia política de los delegados de la convención, tan atractiva ahora para un país hambriento de cambios, podría convertirse en un lastre. Estos recién llegados podrían estar tentados a redactar un documento maximalista o caer, involuntariamente, en errores, los que podrían ser aprovechados por políticos constituyentes más experimentados y grupos de interés más cohesionados.

Otra gran fuente de incertidumbre tiene que ver con que el plebiscito de salida debe ser ratificado a través del voto obligatorio. El hecho de que en Chile la participación electoral se ubica en torno al 50% desde 2012, —la mitad de los ciudadanos de a pie que consistentemente optan por no emitir su voto se verán obligados a hacerlo— vuelve el resultado aún más impredecible.

En fin, si por un lado se siente mucho de imprudencia en el proceso, —una suerte de salto al vacío— también se siente una oxigenación necesaria y un mesurado optimismo.

Foto de jose pereira


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Pandemia y brutalidad policial en Río de Janeiro

La violencia policial es una constante en América Latina, como herencia de los regímenes autoritarios y de la militarización de la policía. Según un informe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNDOC), Brasil es el segundo país con mayor tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes, sólo superado por Venezuela. En este escenario, la reciente operación en la favela de Jacarezinho, en Río de Janeiro, es un ejemplo emblemático de la brutalidad de las fuerzas de seguridad.

En abril de 2020, las muertes por acciones policiales en el estado de Río de Janeiro aumentaron un 43% en comparación con el año anterior, según datos del Instituto de Seguridad Pública (ISP). Bajo la administración del gobernador Wilson Witzel, la policía civil y militar mató a 117 personas, casi seis por día, lo que convierte a ese mes en el más letal en acciones policiales desde el inicio de la serie histórica en 1998, sólo superado por julio de 2019.

Menos de un año después, el 6 de marzo de 2021, 27 jóvenes fueron asesinados durante una operación de la Policía Civil en la favela de Jacarezinho, en lo que se convirtió en la operación más letal de la historia de Río de Janeiro. El encargado de gestionar la operación esta vez fue el gobernador Cláudio Castro, que había tomado posesión del cargo hacía menos de dos semanas debido a la destitución de Witzel por corrupción.

Ambos episodios, aunque separados por un año, pueden ser unidos al ocurrir en medio de una pandemia que, el día de la Operación Jacarezinho, ya había matado a más de 400.000 brasileños.

Actuación de las fuerzas de seguridad durante la pandemia

La pandemia autorizó la suspensión de una serie de actividades cotidianas en nombre de la preservación de la vida. Una orden judicial emitida por el Supremo Tribunal Federal en junio de 2020 limitó las operaciones policiales en las favelas de Río de Janeiro durante la pandemia a casos «absolutamente excepcionales». Entonces, ¿por qué, en lugar de decretar una pausa, se ha intensificado la violencia policial, provocando hasta ahora casi 800 muertes?

La respuesta no está, desde luego, en la «guerra contra las drogas», que hasta ahora no deja de demostrar su fracaso en el objetivo de reducir el tráfico y el consumo mediante el desmantelamiento de las redes criminales y la incautación de sustancias ilícitas. Mucho menos en la justificación moralista de investigar la seducción de niños y adolescentes por el narcotráfico ofrecida por la corporación policial.

Al final, lo que mata, ya sea en abril de 2020 o en el 06 de mayo de 2021, es el racismo. El racismo impulsa la «guerra contra las drogas» cuyo objetivo no tiene relación con los objetivos declarados, sino con los marcadores sociales de raza, género, clase y territorio construidos en el marco de una sociedad forjada por la esclavitud.

Foto de Deo Araujo en Foter.com

El poder de matar de la policía no se suspendió durante la pandemia precisamente porque este poder se produce diariamente como una actividad esencial del Estado. Y así como el Estado definió la apertura de mercados y farmacias como sus actividades esenciales, también siguió definiendo la «guerra contra las drogas» como su actividad esencial. Porque es a través de esto que el Estado sigue cumpliendo su función más esencial, la de discriminar quién debe vivir y quién debe morir, y demarcar performática, ruidosa y sangrientamente la distribución desigual del valor de las vidas.

Es a través de la «guerra contra las drogas» que el Estado sigue delimitando cuál es la «carne más barata del mercado», como denuncia la canción «La Carne» en la voz de Elza Soares.

Si, por un lado, el gobierno de Witzel llamó a los cariocas a unirse en torno a la guerra contra el virus Covid-19, por otro lado, este mismo Estado dividió a la sociedad en combatientes y enemigos de la guerra contra las drogas. En esta última, el Estado fue autorizado por el gobernador a apuntar directamente a la «cabecita» de un segmento específico de la población que habitaba en las favelas y periferias de la ciudad.

Este segmento se encontró en un fuego cruzado, víctima de dos «guerras», una en la que estaba llamado a luchar y cooperar con el Estado para aplanar la curva del virus y otra mucho más familiar, en la que siempre ha sido el objetivo de las acciones mortales del Estado.

La necropolítica estructural del Estado brasileño

Lo que vimos el 6 de mayo fue un capítulo más, el más letal, de este proyecto estatal de necropolítica que, como nos muestra el autor camerunés Achille Mbembe, está orientado a causar la muerte. La producción de la muerte no es ocasionada por policías desviados, por accidentes en el camino o por resultados imprevistos, sino por acciones estatales sistemáticas y rutinarias que no pueden ser suspendidas ni siquiera en medio de la pandemia.

Tanto Witzel como Castro optaron por no externalizar el poder de la muerte a un virus, que aunque recae desproporcionadamente sobre segmentos vulnerables de la población, mata de una manera demasiado amplia y descentralizada para sus gustos.

Para los segmentos racializados de la población brasileña, la normalidad siempre ha convivido con la truculencia policial y con la lógica de la guerra contra sus territorios. Las muertes resultantes de la acción policial en Jacarezinho muestran que el pacto más esencial para el Estado es el pacto asimétrico que deshumaniza a una parte importante de su población y autoriza la «guerra contra las drogas».

Este pacto está tan arraigado en el Estado brasileño que cualquier iniciativa que pretenda suspenderlo, como fue el caso de la medida cautelar concedida por el STF, es eludida y se convierte en objeto de «burla». De hecho, el nombre dado a la operación en Jacarezinho, «Exceptis» o Excepción, fue calificado por varias entidades, entre ellas la Defensoría Pública del Estado de Río de Janeiro, el Colectivo Papo Reto, Redes da Maré y Justiça Global, como una «burla» ante la restricción de las operaciones policiales durante la pandemia, «salvo en situaciones de absoluta excepcionalidad».

El mensaje dado por la operación tomada como legítima por los agentes del Estado, policías, gobernador y presidente, fue que no es la ley la que define la normalidad y la excepción en relación con los territorios periféricos, sino la fuerza bruta.

Mediante el uso de una fuerza excesiva y desproporcionada, contraria al Estado de Derecho, los agentes del Estado, al tiempo que se burlaban de la ley, decían en tono alto y perverso que allí, en el espacio de la favela, el estado de excepción es permanente y normal. Lo que equivale a decir que para el Estado hay una normalidad que no se puede poner en cuarentena, que no puede dar tregua: el genocidio de los jóvenes negros, pobres y favelados. 

Foto de André Gustavo Stumpf no Foter.com

La gestión del miedo en la política

El miedo es uno de los principales sentimientos que embarga a las personas. La historia de la humanidad no se entiende sin su presencia, tanto en el fuero íntimo de los individuos como en sus relaciones grupales. En el primero se configura como el armazón que sustenta las diferentes religiones o las distintas formas de confrontar la propia existencia; a través de las segundas articula la convivencia humana, desde las formas sociales más simples a las más complejas, desde la tribu hasta el estado.

Históricamente, guerras, revoluciones y pandemias han sido caldo de cultivo del miedo, de manera que en ellas ha medrado convirtiéndose en un actor tan relevante que a veces ha resultado definitivo. En un tono e intensidad disparejas, se hace también presente en la convivencia cotidiana de cada época mediante pautas ligadas a variadas expresiones de la injusticia, como la inseguridad y la desigualdad.

Totalitarismos y democracias lo tienen en cuenta para gobernar

Por todo ello, dentro de los recursos de los que goza la autoridad, en su máxima expresión radica la gestión del miedo. A través de su administración se puede legitimar desde el total abuso del poder hasta el logro de un clima social basado en la serena cooperación entre la gente. Tanto el totalitarismo como la democracia gobiernan teniéndolo en cuenta y, aunque obviamente sus supuestos sean diametralmente diferentes, el devenir de ambos, en gran medida, se encuentra muy ligado a él.

Con relación a este asunto, la pandemia de la COVID-19 está resultando un excelente banco de pruebas para evidenciar el estado de las cosas en América Latina. Quince meses después de su irrupción en una región donde el miedo circula entreverado por los efectos de la exclusión, principal y prevaleciente forma de desigualdad, y ciertas formas de violencia ¿cómo pueden afectar las medidas de prevención dictadas por las autoridades en un escenario en el que salir de casa a la calle, cada día, es vital para la supervivencia?

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Las escenas con filas de enfermos en los pasillos y entradas de los hospitales o con cadáveres en las calles, como fue el caso de Guayaquil, provocaron un pánico que se trasladó al uso masivo de cubrebocas y al imperio de la sanción a quien no los portara. Después, la implementación de diferentes formas de excepcionalidad, como los estados de sitio o de alarma, recordaron la máxima de Carl Schmitt sobre la definición del soberano. Las poblaciones ventearon las diferentes medidas según el país, pero también conforme a su situación personal de acuerdo con sesgos económicos, sociales o culturales. Desde quienes aceptan todo lo establecido por el poder hasta quienes “hacen de su capa un sayo”, la casuística es multicolor.

El miedo nutre los discursos oficiales

A la par, el miedo ha nutrido una amplia gama de discursos oficiales: algunos obsesivamente presentes, como es el caso, insólito en términos históricos, del colombiano Iván Duque dirigiéndose diariamente durante una hora a su país; otros, acompañados de decisiones políticas más o menos acertadas, van desde el negacionismo de Jair Bolsonaro en Brasil o del mexicano Andrés Manuel López Obrador en el inicio, hasta el más obsesivo de los protocolos de prevención que ha caracterizado al liberalismo responsable del uruguayo Luis Alberto Lacalle Pou o la actuación en Costa Rica de Carlos Alvarado, pasando por la más pura y simple inhibición de quienes miran para otro lado, como Alejandro Giammattei en Guatemala, Daniel Ortega en Nicaragua o Abdo Benítez en Paraguay.

Todo esto se ha dado en un marco de datos poco fiables e inconsistentes en gran medida, en ocasiones fruto de una debilidad de las instituciones encargadas de su captura (Honduras o El Salvador pueden ser dos casos paradigmáticos) y, en otras, de una vesania oficialista (Venezuela y Nicaragua son los dos países más sobresalientes) que contrastan con la eficiencia chilena, quizá por el protagonismo que desde el principio de la pandemia ha tenido su Colegio de Médicos. En todo caso, la citada ausencia de un patrón de comportamiento único, que no es solo patrimonio latinoamericano, ha permitido el surgimiento de varios trabajos e informes sobre el estado de la cuestión, por lo que el grado de conocimiento que se tiene ahora de la situación es notable.

Ahora bien, entre los dos escenarios opuestos que podrían resultar, esto es, el de un gobierno azuzando el miedo pandémico como mecanismo de control y legitimación frente a otro negacionista o de negligente actuación, la región transita por el filo de ambos. Políticamente hablando, el asunto apenas si ha sobrevolado en los comicios celebrados en el último mes en tres países andinos (Bolivia, Ecuador y Perú) y tampoco enmarca las campañas electorales chilena y mexicana, ni la segunda vuelta peruana. Es cierto que ninguno de los responsables máximos de la conducción política se ha visto o se va a ver sometido a su validación, por cuanto que o no son objeto de reelección o no concurren directamente a los comicios, pero la cuestión no aparece de forma preeminente.

Faltos de encuestas de opinión pública generales para todos los países que puedan señalar pautas de comportamiento comparados, los efectos del miedo quedan así diluidos o, mejor, configuran apenas una hipótesis. Suponen un insumo que, aparentemente, se ciñe al estricto nivel individual en cuanto alteración, o no, de las expectativas vitales de cada persona.

Además, si se tiene en cuenta que toda pandemia, como señala el padre de la anatomía patológica, Rudolf Virchow, es “un fenómeno social que conlleva algunos aspectos médicos”, cabría preguntarse por su impacto en sociedades líquidas profundamente desiguales y empobrecidas, donde la transición digital genera, a su vez, todo tipo de dilemas y más brechas.

Por todo ello, el riesgo es que su gestión termine siendo profundamente disruptiva en niveles muy fragmentados que pueden tener un enorme impacto en democracias fatigadas cuyo futuro es más incierto que hace apenas un lustro. El salto de una política del miedo a una política del cuidado, como señalan Franco Berardi y Byung Chul Han, es un imperativo ante el que, a día de hoy, pocos reaccionan.


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La observación electoral en tiempos de inestabilidad

Desde 2018, América Latina vive lo que el investigador Daniel Zovatto denomina un «superciclo» electoral, en el que se celebra un elevado número de elecciones, ya sean locales o generales. Este intenso calendario se desarrolla en un contexto convulso en términos de estabilidad democrática. Las protestas contra los gobiernos de tendencia autocrática y el descontento con la democracia y las instituciones se reflejan en las calles y la situación no muestra signos de recuperación. Es en este escenario que la observación electoral muestra su importancia.

La función de las misiones de observación es realizar una recopilación detallada de información sobre las elecciones tanto durante el periodo preelectoral (la precampaña o la campaña propiamente dicha), como durante y después de las elecciones. Con esta información, es posible aumentar la transparencia del proceso electoral, preparar material de consulta especializado con sugerencias de mejora, lo que, a su vez, aumenta la legitimidad de los resultados. De este modo, la sociedad se ve involucrada en temas complejos o que están siendo rechazados debido a ciertos discursos que han surgido en los últimos tiempos, como es el caso de las elecciones.

La neutralidad de los observadores

Sin embargo, la labor de observación debe ser silenciosa y sin causar interferencia en ningún proceso relacionado con las elecciones. No es una práctica llevada a cabo por las autoridades electorales, ni consiste en el control de los aspectos electorales, función reservada a otros actores políticos y sociales. La observación electoral debe realizarse en base a unos criterios preestablecidos, con una metodología propia de recogida y evaluación de datos y que culmine en un estudio técnico (preferiblemente público) al final del trabajo.

En América Latina, hemos tenido una verdadera profusión de misiones de observación electoral desde la década de 2000. Algunos países de la región se sumaron a esta práctica hace décadas. Es el caso de Colombia y Bolivia, donde, según datos de la Organización de Estados Americanos (OEA), hay 14 y 18 misiones internacionales, respectivamente. Sin embargo, ha sido a partir de este nuevo siglo cuando muchos otros países se han sumado, especialmente en los últimos 10 años, cuando los países que antes se resistían a esta práctica decidieron permitir la realización de misiones en sus territorios. Es el caso de Estados Unidos y Brasil, que tienen exactamente dos misiones en la OEA.

Existen razones de esta «resistencia» por parte de algunos Estados latinoamericanos. Desde la tercera ola de redemocratización de los años ochenta, había muchas esperanzas en el continente sobre la democracia y su permanencia definitiva. Al fin y al cabo, varios países estaban saliendo de regímenes militares dictatoriales y ya no querían seguir ese camino. La adhesión a la democracia era alta, como indicaban los datos del Latinobarómetro de la época. El informe de 1997, indicaba un apoyo a la democracia del 63%, el punto más alto de la serie.

Ante este panorama, los países no se preocuparon demasiado por mantener intacta la democracia porque entendieron que la adhesión a la misma, la celebración de elecciones periódicas y el sufragio universal eran ya estrategias suficientes para mantener este apoyo en porcentajes elevados. Así, ¿por qué preocuparse de buscar formas de legitimar procesos electorales que, hasta entonces, ya parecían gozar de este estatus?

La integridad de los procesos electorales

Esta comprensión, incluso limitada, de la observación electoral llevó a varios gobiernos a juzgar simplemente que la práctica no era necesaria, quizá con una actitud un tanto altiva. Había una confusión entre tener un calendario electoral periódico con voto universal y la integridad de esos procesos electorales. Para que una elección se considere íntegra, hace falta mucho más que votar. Además, ningún proceso, electoral o de otro tipo, está permanentemente exento de revisión y mejora, algo que también han pasado un poco por alto los líderes políticos de la región.

Sin embargo, con el creciente descontento social hacia los gobiernos, aumentó la presión sobre los procedimientos electorales debido a los rumbos que comenzó a tomar la política latinoamericana, llevando, en algunos casos, a la impugnación tanto de las elecciones como de las autoridades responsables de su organización y administración. Los diversos intentos de los actores políticos por burlar las reglas del juego, unidos a la desesperanza de las sociedades latinoamericanas, condujeron a una situación preocupante que puede haber llevado a algunos países a ver la observación electoral como un medio para contener el daño ya hecho y comenzar a recuperar sus sistemas políticos en términos de integridad.

La importancia de la observación también se refleja en quienes la llevan a cabo. Hay misiones nacionales e internacionales que recorren el continente para supervisar las elecciones y recoger datos, formando una red de colaboración internacional destinada a fortalecer las democracias latinoamericanas. En este sentido, cabe mencionar el Acuerdo de Lima, una red de observación e integridad electoral formada por organizaciones de la sociedad civil de América Latina y el Caribe en el año 2000 y cuyo principal interés es contribuir a la transparencia, legitimidad, legalidad e igualdad en los procesos electorales.

Dado lo anterior y el panorama actual, es necesario ampliar la práctica de la observación electoral en América Latina, fortaleciendo a sus agentes e ilustrando a los ciudadanos e instituciones sobre sus aspectos y funciones. Es necesario preocuparse más por la integridad electoral para restablecer el apoyo a la democracia y, para ello, la observación electoral tanto nacional como internacional puede ser de gran valor.

¿Aún es posible evitar el fin del mundo?

La reciente Cumbre de Líderes sobre el Clima convocada por el Presidente de Estados Unidos, Joe Biden, nos recuerda que estamos en una mala situación. Incluso sectores relevantes del capitalismo global ya han comprendido la urgencia del momento: estamos en el umbral de una catástrofe. De hecho, estamos entrando en ella, una sensación profundizada por la pandemia de Covid-19. Esto está relacionado con la devastación del medio ambiente, que genera un contacto más estrecho del ser humano con los animales salvajes y su comercialización incontrolada, y con la aceleración de la movilidad humana en todo el mundo. La pandemia se prolongará durante mucho tiempo, y no será la última.

Es importante que los sectores del capitalismo mundial se muevan, proponiendo reducir las emisiones de gases e invertir en tecnologías limpias y eficientes. Esto ya es algo. Algo que el presidente brasileño Jair Bolsonaro y su gobierno ecocida seguirán sin entender. Sin embargo, estas loables propuestas procedentes del «capitalismo ilustrado» sólo sirven para reducir los daños, para mitigar el problema, para posponer el fin del mundo.

Si, en lugar de posponer el fin del mundo, queremos evitarlo, puede ser útil recurrir a las perspectivas de los pueblos indígenas, con la esperanza de que sus ideas y prácticas puedan enseñarnos algo.

Incluso si la humanidad desapareciera de la faz de la tierra (hipótesis más probable), o incluso si el capitalismo se derrumbara, los resultados de la devastación en el planeta se seguirían sintiendo durante algunos siglos. En otras palabras, lograr algún tipo de «desarrollo sostenible» en tres o cinco décadas ya no garantizará la vida de nuestras futuras generaciones. Ha llegado el momento de realizar cambios radicales.

En primer lugar, es necesario recordar que hay pensamiento y pensadores autóctonos. No me refiero a las cosmovisiones ancestrales que sobreviven en alguna zona remota, para ser codificadas y traducidas por algún antropólogo. De hecho, existe una amplia red de intelectuales, activistas y movimientos indígenas que se conectan de sur a norte de «Indoamérica», la América indígena en la que deberían encajar los pueblos originarios de nuestra llamada «América Latina».

Estamos cayendo y necesitamos un paracaídas

Escuchemos lo que dice Ailton Krenak, ecologista y filósofo brasileño de la etnia krenak. En su pensamiento es muy importante la idea de la caída. Su pueblo está en decadencia y en guerra desde el inicio de la conquista y el consiguiente genocidio de los pueblos indígenas, y nada indica que esto vaya a cambiar. Pero para él, no sólo los pueblos indígenas han estado en decadencia en los últimos siglos, sino toda la humanidad.

El ser humano se ha desconectado de la naturaleza, se ha alejado de la Tierra. Pero la Tierra y la humanidad son la misma cosa. Krenak no ve dónde puede haber algo que no sea naturaleza, porque todo es naturaleza.

Lo que ha cambiado ahora es que, si hasta hace un tiempo eran los pueblos indígenas los que estaban amenazados de exterminio, ahora es toda la humanidad. Nos enfrentamos a la inminencia de que la Tierra no soporte nuestra demanda.

Pero tal vez esta caída, el fin del mundo, sea sólo la interrupción de un estado de placer extático que no queremos perder. Krenak se dedica a imaginar paracaídas para al menos suavizar esta caída. Y el posible paracaídas antes del fin del mundo puede ser, más que una relación diferente entre nosotros y la naturaleza, la ruptura efectiva de una barrera: la aceptación de que somos naturaleza.

La forma de vida adoptada hasta ahora se presenta como insostenible. Para Krenak, somos peores que el Covid-19. La perspectiva antropocéntrica está produciendo la destrucción del propio ser humano. Nuestra forma de vida es artificial, ficticia, desvinculada del organismo vivo que es la Tierra.

Sin embargo, hay quienes son considerados una «sub-humanidad», fuera de la humanidad hegemónica. Son los que viven en los márgenes del mundo: los indígenas. Para ellos, todo es naturaleza, el ser humano es parte de la naturaleza. De sus valores aún puede surgir otro mundo.  

¿Aún es posible vivir bien? ¿Aún es posible vivir?

Entre los pueblos andino-amazónicos tenemos las ideas de «buen vivir», o de «vivir bien». Dos propuestas están en su base: la comunidad en la relación entre las personas, con reciprocidad e igualdad; y una visión más holística y armónica de la relación entre la humanidad y la naturaleza, según la cual el ser humano es parte del medio ambiente y la generación actual está conectada con las generaciones pasadas y futuras.

Como puede verse, estas propuestas permiten pensar en otro mundo, en la propia superación de nociones como desarrollo y progreso, ideas centrales tanto del capitalismo como del llamado «socialismo real» del siglo XX y de los recientes gobiernos llamados «progresistas» en América Latina.

Para los intelectuales indígenas que defienden el buen vivir, la relación armónica y holística dentro de las comunidades, entre las generaciones, y entre las generaciones y la Madre Tierra (Pacha Mama) es la base del pensamiento indígena, y la mayor contribución de este pensamiento a un mundo que está en vías de extinción.

Mónica Chuji, intelectual quechua ecuatoriana, activista medioambiental y feminista, destaca que estas ideas surgen precisamente en un momento en el que, como consecuencia del desarrollo, el planeta está en crisis, las desigualdades se profundizan y las consecuencias se extienden a toda la humanidad.

Para ella, el buen vivir contradice el paradigma cartesiano que es la base de la modernidad: el hombre como dueño de la naturaleza. Este paradigma considera la naturaleza exterior a la historia humana, el ser humano separado de la naturaleza, el individuo separado de la comunidad.

Es toda esta concepción cartesiana la que hay que superar si queremos evitar el fin del mundo. O, más exactamente, evitar el fin de nosotros mismos. Como hemos insistido durante tanto tiempo en desconectarnos del planeta, es posible que la humanidad desaparezca, pero la Tierra, la Pacha Mama, nos sobrevivirá y vivirá mejor sin nosotros. Pero parece que aún estamos a tiempo de sobrevivir si damos un giro radical a nuestra forma de vida.


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Foto de Jose Muñoz. en Foter.com y Foto de Gabriel Villena en Foter.com 

Argentina: Vaca Muerta y el perecimiento del gas

La pandemia ha generado el colapso del sistema de salud, aunque hace tiempo que la salud pública ha perdido el interés de la sociedad. Los medios periodísticos se hicieron eco del paro de los médicos en Neuquén, pero destacando los costos que este tipo de medida genera sobre la producción de Vaca Muerta (VM). Omar Gutiérrez, gobernador de la citada provincia argentina, destaca el carácter “netamente político” del paro.

VM se presenta como una oportunidad única para el desarrollo del país: pura ganancia. Se presenta al gas como vector de transición. A diferencia del petróleo, su aprovechamiento no involucra incrementar el volumen de emisiones de carbono. Pero pocos hablan de los costos ambientales que genera la actividad, los cuales, tarde o temprano, terminan siendo afrontados por la sociedad. O los efectos sobre la salud que impone el fracking, asociados con la utilización de químicos o a partir del mal manejo de residuos. Poco importa si debe imponerse una “zona de sacrificio”, la actividad genera beneficios para las mayorías. Esta sería la lógica que aceptan todos, neoliberales y neoextractivistas por igual.

Los vientos están cambiando de dirección

Pero los vientos favorables que antaño auspiciaban el despegue están cambiando de dirección. Toda esperanza de salvarse a partir de la exportación de gas podría terminar evaporándose en el aire. Lamentablemente, el metano no se disuelve tan fácilmente. Un informe de Naciones Unidas a publicarse en los próximos días destaca los efectos nocivos que conlleva la emisión de este tipo de gas en la atmósfera terrestre.

A diferencia del dióxido de carbono que se mantiene por cientos de años, el metano perdura poco tiempo (aproximadamente una década) aunque resulta mucho más peligroso. Según plantea el panel intergubernamental de expertos en cambio climático (IPCC), el efecto del metano sobre el calentamiento del planeta resulta 86 veces más fuerte que el generado por el CO2 (¡por ello, se referencia al metano como carbono con esteroides!). Por esta razón, y a fin de reducir rápidamente el calentamiento global, un creciente número de expertos sugiere abandonar los proyectos gasíferos.

La condena que genera la explotación repercute más allá del ambientalismo. Existe desinterés entre los inversores por financiar nuevos proyectos y las compañías líderes se apresuran en vender activos. Un creciente número de empresarios temen que el gas se convierta en el nuevo carbón. La premura por salir se vincula al temor de quedar patrimonialmente expuestos: sus activos pueden desvalorizarse mucho antes de lograr amortizar sus inversiones.

El estado de California acaba de informar la prohibición del fracking a partir del 2024, y en pos de reducir la emisión de metano, la administración Biden ha decidido revertir el trato benevolente adoptado por Trump con el sector. En pocas palabras, las medidas restrictivas ganan adeptos, pues disminuir el nivel de emisiones de metano representa el medio más rápido y efectivo para cumplir el objetivo pautado en el acuerdo de Paris.

Crece el consenso por un “new greendeal”, una marea que ahora arriba a ambas costas del Atlántico Norte. Mientras tanto, Asia-Pacífico sigue invirtiendo en tecnologías renovables, con la triada compuesta por China, Japón y Corea del Sur liderando producción e innovación a nivel global. Ello explica la continua reducción en los precios de equipos renovables, mayor competitividad que permite a la industria desplazar a cualquier proyecto no renovables.

El avance no es lineal. Si bien la industria petrolera ya no desconoce los efectos nocivos que genera su producción, poco hacen para revertirlo: el negacionismo de ayer ha mutado al imposibilismo, tal la descripción del científico estadounidense Michael Mann en su libro más reciente The New Climate Wars. Idéntica actitud también es observada entre los países productores de petróleo de la región, como México o Argentina que persisten en su apuesta al fracking.

Repensar la política energética

Todo ello debería obligar a actuar por el bien común y repensar la política energética. Sin embargo, en el presupuesto elevado por el gobierno argentino se plantea «fomentar el desarrollo de yacimientos convencionales y no convencionales, así como la exploración costa afuera de hidrocarburos. Las obras de infraestructura acompañarán esta proyección”. Estableciendo al gas como «vector fundamental para alcanzar la transición energética, (…) sin perder de vista la posibilidad de generar saldos exportable”.

A los subsidios originales, este año se le sumarían, al menos, unos US$ 550 millones de fondos que se asocian al impuesto a las grandes fortunas. Estos beneficiarán el financiamiento de programas y proyectos de exploración, desarrollo y producción de petróleo y gas natural, en principio realizados por YPF. De esta manera se sigue describiendo al gas como vector, se destinan más y más fondos y se ocultan los efectos que genera la actividad.

Desde una mirada pública, deberíamos reconsiderar el porqué de la situación actual. A fin de fomentar una actividad que, a todas luces, no resulta económicamente viable, el gobierno de Argentina mantiene los subsidios y se embarca en un mayor déficit fiscal.

Se podrían redireccionar recursos a la demanda, con créditos blandos para refaccionamiento de hogares (estimulando el uso de doble vidrio para aislación térmica), o con transformaciones en el transporte público (racionalización del sistema, subsidios para la remodelación del transporte colectivo para modelos eléctricos).

Todo ello conllevaría a una reducción, aunque paulatina, en la demanda de gas. Tampoco podemos pensar en resolver, en lo inmediato, el problema fiscal o la creciente brecha externa que genera un precio subsidiado. Pero debemos pensar a la transformación como factible. Basta ver la reconversión del sistema de transporte en el área metropolitana de Santiago de Chile. También se podría analizar la experiencia iniciada por Gustavo Petro en Bogotá con los taxis eléctricos, cuyos defectos pueden servir al momento de diseñar la transición. No se necesitan más fondos, lo que se necesita es decisión política.

Las noticias que llegan de la provincia de Neuquén no solo resultan sesgadas, evidencian también el escaso valor que, como sociedad, asignamos al bien común. Como planteara el gobernador Omar Gutiérrez, el paro mostraba un carácter político. Ciertamente lo fue. Pero también es política la indecisión generada en torno a la ley de biocombustibles, así como seguir otorgando subsidios a VM o desfinanciar la salud pública.

Desconocer o considerar como inevitables los efectos nocivos que genera esta actividad también es una decisión política. Es un costo que impone el desarrollo, aún cuando ello resulta, a todas luces, irracional. Una decisión que prioriza los beneficios de unos pocos y las ganancias de corto plazo.

La élite chilena: cerca, pero tan lejos

El proceso constituyente chileno ha concitado interés por diversos motivos: su paridad de género, escaños reservados para pueblos originarios y su sistema electoral entre otros aspectos. Sin embargo, el proceso no ha tenido en cuenta la relación entre la élite y el resto de la sociedad.

Las élites, entendidas como grupos minoritarios de personas que concentran las posiciones de importancia dentro de una sociedad, han estado presentes históricamente en toda sociedad de cierta magnitud. Entre sociedades existen diferencias en la distancia entre estas élites y el resto de la sociedad, sin embargo, sus posiciones necesitan ser legitimadas por el resto de la sociedad. En caso contrario, las sociedades pueden experimentar crisis y/o grandes transformaciones.

La distancia entre élite y la sociedad tiene distintas manifestaciones. Una es la movilidad, tanto hacia dentro como hacia fuera del selecto grupo. Otra dimensión tiene que ver con la distancia en el acceso a recursos, bienes y servicios, lo que se traduce en estilo y calidad de vida. Y una tercera dimensión se asocia con diferencias en las percepciones y en la forma de entender la realidad, por tener experiencias e intereses distintos.

La gran distancia entre élites y sociedad

En el caso de Chile, llama la atención la gran distancia entre élites y sociedad que se expresa en una baja movilidad social y una alta reproducción intergeneracional de la élite. Es muy probable que quien nace en la élite se mantenga en ella y que quien no, no logre ese tipo de posiciones. Esto se explica por la importancia de los contactos, los apellidos y la participación en instituciones exclusivas para acceder a oportunidades.

Asimismo, se aprecia una importante segregación social, en la que quienes tienen mayores ingresos acceden a ciertos colegios, vecindarios, instituciones de salud y otros servicios donde coinciden las personas con un origen común homogéneo, obteniendo además una calidad muy diferente al resto de la población. Todo esto configura que el patrón de desigualdad de Chile, uno de los países más desiguales del mundo, sea justamente su alta concentración de riqueza y bienestar en un número reducido de personas.

Respecto de las percepciones, un estudio reciente de los investigadores Atria y Rovira llama la atención sobre la gran diferencia de percepciones y valoraciones que existe entre la élite, sobre todo la económica, y el resto de la población. Esta diferencia es tan marcada, que pareciera que vivieran en países diferentes.

Desde 1998, algunos estudios en Chile, principalmente desde el PNUD, identifican un malestar social asociado a que las promesas que trajo el retorno a la democracia habían sido defraudadas, al tiempo que las personas percibían que sus condiciones materiales mejoraban, pero no al ritmo de la élite. Este malestar parece haber explotado en octubre de 2019, advirtiendo que la distancia entre élite y sociedad había alcanzado una situación crítica. El progreso del país que la elite había proyectado al mundo no era percibido igual por el conjunto de la población.

Simultáneamente, se derrumbó la idea de que, si la élite mejora sus condiciones, esos beneficios tarde o temprano se traspasarían a todos. Parecería ser que cada vez más personas creen que lo que ganan unos es a costa de otros. Así, se observa un quiebre, que pareció motivar reflexiones y aperturas por parte de sectores de la élite, abriendo la posibilidad a cambios tendientes a un nuevo trato.

La poca empatía de la élite

No obstante, durante las últimas semanas las declaraciones de diferentes dirigentes de gremios empresariales en medio de la pandemia rechazando las ayudas económicas propuestas por el gobierno, que pese a su carácter asistencialista tendrían un efecto redistributivo, han causado polémica. Esto demuestra la poca empatía de la élite por el resto de la población.

En consecuencia, parece que, pese a las buenas intenciones de ciertas personas, la distancia entre la elite y el resto de la sociedad genera una caja de resonancia en que el discurso de la élite se reproduce entre personas que perciben la realidad de una forma similar, y al mismo tiempo, la hacen ignorar lo que viven muchas personas cotidianamente. 

El proceso constituyente que enfrenta Chile y cuyo próximo hito es la elección de convencionales el 15 y 16 de mayo, es una oportunidad para reconfigurar la relación entre elite y sociedad, reduciendo estas distancias. Para ello es clave que en la experiencia constituyente participen, tanto como convencionales y/o en otros roles, personas de diferentes sectores de la sociedad. El riesgo de que sea una nueva instancia capturada por la élite implicaría que nuevamente se ignore la experiencia de parte importante de la población, lo que podría intensificar la fractura social.

Es momento de construir una institucionalidad donde los destinos del empresariado, de las autoridades políticas, de las grandes rentas y el resto de la población se proyecten desde un horizonte común. Ello implica un nuevo trato. Como se dijo al principio, si bien toda sociedad tiene élites, la distancia que se aprecia en Chile es inusual. Sociedades en las que las propias élites utilizan, cuidan y desarrollan los servicios a los que accede la mayoría de la población, y donde las oportunidades y las condiciones de vida están menos determinadas por el origen social, tienden a presentar mayores grados de cohesión y capacidad para afrontar desafíos en común, como ha demostrado esta pandemia.

Además, una élite que cambia y se renueva, incorporando personas de diversos orígenes, tiene mayores posibilidades de interpretar cambios y anticipar las medidas necesarias para el bienestar común.

Foto de Deensel y Foto de bdeboikot en Foter.com


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