Una región, todas las voces

¿Por qué sólo vacunar no es la solución?

La pandemia nos ha puesto ante una complejidad de retos cuyas urgencias se enfrentan al tiempo. El tiempo de la ciencia, el tiempo de la gestión pública, el tiempo de la gestión individual de nuestras necesidades y de nuestras necesidades más básicas, incluso el tiempo de nuestra inmediatez.

La capacidad de producir una política pública sostenible en el tiempo depende de diferentes factores como la coordinación de las acciones, el seguimiento de las condiciones de vida y de los impactos de las acciones públicas, la producción de conocimiento e información, la evaluación constante de los resultados y, finalmente, la buena comunicación con la población.

Gestión de la crisis sanitaria y de la buena salud

Al definir qué es la salud y cuáles son los comportamientos saludables, las políticas sanitarias dirigen un verdadero control de los cuerpos individuales y colectivos. Producen una avalancha de información, pautas y datos a disposición de los individuos, a través de aplicaciones para teléfonos móviles, para guiarlos en el cuidado de sí mismos y de la colectividad. Todo cuidadosamente calculado, planificado y comunicado.

El éxito de la gestión de una crisis social y sanitaria pasa necesariamente por la capacidad de comunicación de los gobiernos y la producción y difusión de información destinada a clarificar y orientar el comportamiento de la población. Requiere objetividad y una transmisión precisa de la información.

Desde el comienzo de la pandemia de Covid-19 el mundo ha buscado formas y alternativas para garantizar la normalidad, aunque sea señalando la promesa de una «nueva normalidad».

Esta búsqueda nos impide pensar en términos de ruptura. Las crisis son combustibles para una transformación. Sin embargo, la ruptura que motiva la búsqueda de nuevas formas de acción, de otros parámetros, de nuevos paradigmas y utopías, también nos sume en el miedo, la ansiedad y el duelo. Nos aprisiona en la gestión de la urgencia.

La necesidad de ofrecer garantías de normalidad ha impulsado el discurso político, las decisiones de política pública, los debates en los medios de comunicación y las elecciones de cada uno de nosotros. En varios países esto se suma a una gestión pública antidemocrática guiada por principios neoliberales: la urgencia del mercado, la eliminación de lo social, la austeridad fiscal, la manipulación de los miedos individuales y colectivos.

Chile es el país de América Latina que más ha avanzado en la vacunación de sus ciudadanos.  Sin embargo, el mes pasado, cuando alcanzó casi el 40% de su población vacunada con la primera dosis se disparó el número de contagios. Los expertos en salud pública apuntan a un error de comunicación del gobierno de Sebastián Piñera.     

Al centrarse en la campaña de vacunación y sus beneficios, y al mismo tiempo relajar las restricciones de circulación con la reapertura de escuelas y centros comerciales, el gobierno ha fomentado la reanudación de la rutina, potencializando la circulación del virus. La ocupación de las camas de Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) se ha disparado, hay un agotamiento de los trabajadores sanitarios y los pacientes son cada vez más jóvenes ya que carecen de resistencia inmunológica.

A pesar del avance de la vacunación la letalidad sigue siendo la misma. El virus sólo migró y se adaptó a un nuevo grupo que, además, por ser más joven, resiste más tiempo ante la gravedad. En resumen, el gobierno transmitió el mensaje equivocado, y la gente ansiosa de normalidad no se lo pensó dos veces.

La situación en Brasil más allá de la vacunación

La vacunación se ha convertido en una consigna en Brasil. Los esfuerzos y la comunicación de los gobiernos estatales se han volcado en la vacunación, que adquiere aires de pasaporte a la normalidad. Pero a esto se añade el «abrir y cerrar» de los colegios, el comercio, las zonas de ocio, los bares y los restaurantes.

En todo el país, lo que vemos es un ir y venir de recomendaciones sin sentido basadas en una lógica local y fragmentada. Todas estas medidas están centradas en el esfuerzo de mantener la rutina y no disgustar a los intereses económicos más poderosos, y sobre todo sin ninguna coordinación centralizada.

En los medios de comunicación se habla del número de camas y de las vacantes en las UCI como si fueran un recurso infinito, independiente del presupuesto o de los recursos humanos. La tasa de ocupación de camas es uno de los principales indicadores adoptados para el decreto de las «fases» que indican la gravedad de la pandemia que atraviesa cada municipio.

Estos indicadores han llegado a guiar nuestra vida. Cuando los índices suben, las restricciones aumentan, y cuando bajan, las restricciones se relajan. Este ir y venir de datos y decisiones parece darnos una frágil pero necesaria sensación de previsibilidad y control. Y la gente entiende el mensaje: si los bares, restaurantes o escuelas están abiertas uno puede asistir a ellos.

Estamos ante decisiones tomadas desde parámetros «fuera de lugar», guiadas por ideas y valores que no son capaces de dar respuesta a la crisis que vivimos.

Mientras la comunicación sobre los riesgos del Covid-19 no sea clara, y prevalezcan las acciones centradas en la vuelta a una «vida normal», la gestión pública se reducirá a la gestión de las urgencias impuestas por el numero de fallecidos. Un día necesitaremos camas, al siguiente oxígeno, luego sedantes, y más ataúdes.

Más allá del riesgo de normalizar la escalada de muertes, está en juego la credibilidad de la vacunación. La trampa está en hacer creer a la gente que la vacuna es la gran solución a una crisis que requiere mucho más que acciones y esfuerzos basados en una lógica de urgencia.

La vacuna es sólo una parte de la solución. Debe ir acompañada de medidas de distanciamiento, un largo periodo de aislamiento social, el uso de mascarillas, la realización de pruebas masivas y el seguimiento de los pacientes. Y sobre todo, de fomentar la aceptación de que se ha producido una ruptura definitiva con la vida que llevábamos.

Foto de Luis Zafra no Foter.com

¿Aumentó la presencia de mujeres en la política brasileña?

Coautora Luciana Santana

La presencia de mujeres en la política presupone una mayor representación y tiene, en sí misma, un carácter didáctico: cuantas más mujeres actuando en política, mayores los incentivo para que nuevas candidatas se presenten a cargos públicos. Sin embargo, menos de quince de cada cien diputados del Legislativo federal brasileño son mujeres. Esta amplia distorsión se repite en otras instancias de representatividad, lo que contribuye a la invisibilidad de la condición de las mujeres, así como de sus demandas e intereses.

La participación política de las mujeres en Brasil es inferior a la de otros países de América Latina y del mundo. Según el ranking de participación de mujeres en los parlamentos de 2017, elaborado por ONU Mujeres y la Unión Interparlamentaria (UIP), Brasil se encuentra en el puesto 154 entre 174 países. En promedio, en América Latina y el Caribe, la tercera parte de los legisladores son mujeres, esto es más del doble del registrado en el Legislativo brasileño. Estos números hacen de Brasil el país con menos mujeres legisladoras de Sudamérica.

La participación de las mujeres en la vida política se enfrenta a varios retos. En primer lugar su papel en la unidad familiar, aún muy vinculado al cuidado de niños y ancianos, la ubica en una situación de desventaja con relación al hombre. Ademas, el machismo estructural de la sociedad brasileña sigue considerando la política como un ámbito masculino. Y finalmente, hay una evidente falta de incentivos en los partidos y en el sistema político en general para una mayor inclusión.

Cambios en la legislación

Algunas medidas fueron adoptadas con el fin de enfrentar estos desafíos. Desde 1995 se han aprobado e implementado diversas normas legales con el fin de fomentar y garantizar la participación de las mujeres en los procesos electorales y aumentar así su presencia en cargos electivos. La Ley 9.100/95 determinó que al menos la quinta parte de los candidatos de cada partido o coalición electoral a cargos legislativos debían ser ocupados por mujeres.

Dos años más tarde, en 1997, la Ley de Elecciones amplió el alcance de la legislación estipulando que cada partido debía presentar al menos un 30% de candidatas para cargos legislativos. Sin embargo, la falta de sanciones en caso de incumplimiento de esta norma restó eficacia a la misma. Recién en 2009, con una nueva modificación de la legislación, fue posible hacer obligatorio el cumplimiento de este porcentaje mínimo.

Continuando esta tendencia de reformas para una mayor inclusión de la mujer en la política, en 2015 el Congreso brasileño aprobó una ley que obligaba a los partidos a destinar recursos del fondo partidario —la financiación pública que reciben los partidos— a las campañas políticas de mujeres. Sin embargo, esta ley creó una desigualdad formal entre hombres y mujeres ya que establecía que un mínimo del 30% de las mujeres tendría acceso a un máximo del 15% de los recursos financieros.

La ley fue posteriormente declarada inconstitucional por ir contra la igualdad de género y fue estipulado que la financiación partidaria debía ser proporcional entre candidaturas de mujeres y hombres.

El impacto de la legislación en la participación femenina

A partir de los cambios en la legislación el número de candidatas, tanto para cargos legislativos como ejecutivos, aumentó. Sin embargo, esto no se ha traducido de en un incremento proporcional de mujeres electas, lo que sugiere que muchas de las candidatas tienen pocas posibilidades reales en la competición electoral.

El aumento más significativo en la representación femenina se produjo, paradójicamente, en las últimas elecciones legislativas de 2018, cuando Bolsonaro —candidato ultraderechista y misógino—alcanzó la presidencia. Ese año, en comparación con la elección de cuatro años antes, hubo un aumento del 52,6% de mujeres electas para la Cámara de Diputados, que pasaron de ser 53 a 77 diputadas. A nivel sub-nacional, en las legislaturas de los estados el aumento fue del 41,2%, mientras que en el Senado no hubo cambios y la representación femenina se mantuvo en el 13%.

En los cargos ejecutivos la situación es aún más desigual. En el caso de los gobiernos de los estados, desde la redemocratización en la década de los 90’, en la  gran mayoría de las elecciones sólo han sido electas una o dos gobernadoras en un total de 27 estados. Sin embargo, el número de candidatas a gobernadoras pasó de 21 a 31 entre las elecciones de 2014 y 2018. En el mismo período el número de candidatas a una vice-gobernación aumentó de 45 a 75. 

A nivel local se repite el mismo patrón, con un mayor aumento del porcentaje de mujeres candidatas que de mujeres electas. En las últimas elecciones municipales, en novembro de 2020, solo el 16% de los cargos locales furon conquistados por mujeres, en tanto que las candidaturas femeninas eran la tercera parte del total. Aunque se trata de un porcentaje récord en elecciones municipales, este número sigue siendo muy inferior a la proporción de mujeres en la sociedad brasileña que es más de la mitad de la población.

Las medidas de incentivo a la participación política por medio de la legislación han presentado resultados que, aunque tímidos, parecen prometedores, sobre todo cuando se trata de la competición por cargos legislativos. Si bien la presencia de mujeres en los puestos ejecutivos es todavía muy baja, la legislación ha tenido un impacto positivo en el número de candidatas a estos cargos, y ha estimulado  un cambio de estrategia de los partidos, que han presentado un mayor número de fórmulas mixtas para los gobiernos de los estados, aunque en la mayoría de estos casos con la mujer en condición de vice.

Otras estrategias posibles

No obstante estos avances es necesario seguir aumentando la participación. Esto puede hacerse a través de los partidos políticos, con incentivos para la participación de mujeres en los órganos de dirección; con la ocupación de puestos estratégicos que aumenten su visibilidad ante el electorado; y apoyando candidatas par que sean competitivas y tengan potencial de éxito electoral.

Además, se deberían sustituir las cuotas de género por cuotas de representación, es decir, la reserva de escaños parlamentarios exclusivamente para mujeres. Es fundamental también incentivar la participación de mujeres negras e indígenas y elaborar políticas de sensibilización de la sociedad sobre la importancia de aumentar la representación femenina en la política.

Luciana Santana es professora de la Universidad Federal de Alagoas (UFAL) e investigadora do Centro de Estudos Legislativos (CEL) da Uniersidad Federal de Minas Gerais (UFMG). Doctora en Ciencia Política por la UFMG. Especializada em estudos legislativos e políticas públicas.

Foto de Jonas Pereira/Agência Senado


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La defensa del medio ambiente crece desde el pie

Coautor Leonardo E. Stanley

Desde los inicios de la Revolución Industrial el promedio de las temperaturas se incrementó gradualmente. Sin embargo, al día de hoy nos encontramos ante una situación sin precedentes. En las últimas cinco décadas el aumento se ha acelerado y ha colocado a la humanidad al límite de la seguridad ecológica. Según el Informe publicado en 2018 por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU, de persistir esta tendencia, en menos de diez años podría sobrepasarse el umbral de los 1.5 grados en relación a la temperatura que había antes de la radical transformación de los métodos de producción. Las consecuencias podrían ser dramáticas: la vida en numerosos puntos del planeta se vería afectada y miles de personas deberían migrar.

La urgencia agudiza las contradicciones del sistema productivo y pone en el tapete la pertinencia de abandonar el modelo actual de desarrollo y reconsiderar los costos ambientales de ciertos sectores industriales. El tan mentado “business as usual” ya no es una respuesta válida. Pero quienes se resisten a modificar los comportamientos se encuentran muchas veces protegidos por esquemas jurídico-institucionales creados como trajes a medida para proteger a inversores extranjeros.

En diversas partes del mundo se han gestado movimientos desde la sociedad civil en pos de los derechos ambientales y sociales, lo cual en varios casos implica un riesgo para sus miembros. América Latina y el Caribe sigue siendo la región más peligrosa para los defensores de los derechos humanos y del medio ambiente. Países como Bolivia, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Paraguay aún no cuentan con protocolos ni políticas que protejan a quienes trabajan en temas de medioambiente, según establece el último Informe de Amnistía Internacional.

Controversias inversor-Estado

Los asesinatos en El Salvador de los defensores ambientales Marcelo Rivera, Felicita Escheverría y Dora Alicia Resinos Sorto—embarazada de 8 meses—se enmarcan en la oposición de la comunidad local contra el proyecto minero PacRim. Este es un caso emblemático y la controversia inversor-Estado está siendo dirimida en el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias relativas a Inversiones.

Aun sin poder determinarse los autores de los delitos, la Procuraduría entendió que había indicios para pensar que los homicidios podían tener un origen común, como señala el escrito amicuscuriae presentado por la organización no gubernamental CIEL y que fuera rechazado por el tribunal. Finalmente, el laudo de 2016 fue favorable al Estado y a partir de allí El Salvador se convirtió en el primer país en el mundo en prohibir la minería metálica.

América Latina: cuna de las otras voces

Las voces invisibles en el arbitraje Inversor-Estado van ganando espacio en otros ámbitos. En Colombia, un grupo de 25 niños y jóvenes —entre 7 y 25 años—inició una demanda ante la justicia debido a que sus derechos humanos estaban siendo amenazados por la desforestación de la Amazonia colombiana y el consecuente efecto invernadero.

Con una visión amplia de los derechos humanos, en la sentencia de 2018 la Suprema Corte de Colombia reconoció los derechos de las generaciones presentes y futuras por el perjuicio inminente que genera la desforestación. Esta además consideró a la Amazonia colombiana como una entidad sujeta de derecho.

Otro caso es el del guía de montaña peruano, Luciano Lliuya, quien interpuso una demanda ante los tribunales de Essen, en Alemania, contra la proveedora de electricidad alemana RWE en relación a su responsabilidad en la acumulación de dióxido de carbono en la atmósfera. Si bien el tribunal falló en su contra en primera instancia, Lliuya apeló ante el Tribunal Regional Superior de Hamm y se encuentra a la espera de resolución.

La defensa del medioambiente crece desde el pie. En el año 2013, el incumplimiento en el monitoreo de glaciares y descarga de agua al Río Estrecho por parte de la minera canadiense Barrick Gold generó daños ambientales y a la salud de la población local en la frontera entre Chile y Argentina. En la sentencia el Tribunal Ambiental de Antofagasta estableció la clausura total y definitiva del proyecto aurífero Pascua Lama.

En la Corte Constitucional de Ecuador se está dirimiendo otro caso respecto a la explotación del proyecto minero Río Magdalena en el Bosque Protector Los Cedros por parte de la Empresa Nacional Minera. El caso llegó a la Corte Constitucional después de que el fallo en segunda instancia de la Corte Provincial de Imbabura concluyera que no se estaban vulnerando los derechos de la naturaleza. El juicio es particularmente interesante debido a que la empresa minera es estatal y por consiguiente responsabilidad del Estado.

¿Nada nuevo bajo el sol?

En las disputas mencionadas se observan una serie de cambios institucionales, respaldados en las obligaciones asumidas por los Estados en tratados internacionales, que protegen la biodiversidad o los derechos de los pueblos indígenas y comunidades locales. Asimismo, en América Latina se han consolidado cambios a nivel interno. Ecuador y Bolivia han protegido los derechos de la naturaleza a nivel constitucional, Colombia reconoce los ríos como sujeto de derecho, y en Chile el tema se está debatiendo en el seno de la Asamblea Constituyente. 

Los litigios en materia climática no resultan novedosos, sí los argumentos de los demandantes y la mayor receptividad por parte de los tribunales a analizar estos temas. La Corte Suprema del Reino Unido aceptó la demanda presentada por las comunidades Ogale y Bill, de Nigeria, contra la empresa Royal Dutch Shell y la filial nigeriana Shell Petroleum Development Company. En febrero de este año la Corte falló a favor de los demandantes.

Aunque las empresas petroleras no desconocen el efecto nocivo de su actividad, han logrado evadir responsabilidad durante años. La imposibilidad de reconocer el origen de las emisiones frustraba las querellas e impedía actuar contra el cambio climático. Hoy existen datos que brindan mayor precisión, identifican la fuente responsable, el nivel de contaminación y pueden estimar el tiempo que perdurarán los efectos.

Estos mismos conceptos podrían aplicarse a sectores como la desforestación, la contaminación hídrica y la mega minería. Los casos relatados son solo un ejemplo de que la defensa del medioambiente también crece desde abajo y ha comenzado a calar hondo en América Latina y otras partes del mundo. Esas voces, muchas veces olvidadas, son las que cuestionan un escenario internacional donde la actividad industrial genera un daño ambiental que termina afectando a la mayoría.

Leonardo Stanley es economista e investigador asociado del Centro de Estudios de Estado y Sociedad – CEDES (Argentina).  Es autor de “Latin America Global Insertion, Energy Transition, and Sustainable Development», Cambridge University Press (2020).

Foto de aguscruiz no Foter.com

Lula, Bolsonaro, la tercera y cuarta vía

Cuando la presidenta Dilma Rousseff sufrió el golpe parlamentario en 2016, el plan de los principales actores implicados era claro: la presidencia saldría de las manos del Partido de los Trabajadores (PT), de izquierdas y ganador de las últimas cuatro elecciones, y caería en sus manos.

Inmediatamente, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), hasta entonces parte de la base del PT, asumió la presidencia a través del vicepresidente Michel Temer. Era la tercera vez que el partido ocupaba el cargo, siempre a través de vicepresidentes. Mientras que el derechista Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), principal opositor del PT, y quien había sido derrotado en segunda vuelta en cada una de las últimas cuatro contiendas, creyó que de esta manera finalmente ganaría las elecciones.

En contra de las previsiones, las críticas al PT y la posterior condena de Luiz Inácio Lula da Silva, líder del partido, favorecieron la llegada al poder de Jair Bolsonaro.

La búsqueda de la «tercera vía»

Tras el golpe, los grandes medios de comunicación persiguieron al PT de forma parcial, imaginando que la política tradicional, alineada con sus socios del empresariado volvería al modus operandi habitual. Se sumaron, además, a esa visión elitista y antidemocrática, los miembros vinculados al caso Lava Jato en el Poder Judicial y el Ministerio Público Federal.

La operación culminó con la detención de Lula en 2018 en un juicio repleto de irregularidades. A partir de entonces, el candidato que iba en segundo lugar, Jair Bolsonaro, pasó a liderar las encuestas. El político, que hasta entonces había sido irrelevante y era más conocido por defender la tortura y el autoritarismo, logró la hazaña de convertirse en presidente. Pero nunca lo habría logrado si no hubiese sido por el consorcio que sacó al PT del poder.

Quienes imaginaron que la salida del PT premiaría a algún sector más «equilibrado» de los defensores del mercado se equivocaron. La criminalización de la política no sólo afectó a la izquierda, sino también a la derecha que protagonizó el golpe en 2016 y trató de contraponerse como una «tercera vía» equilibrada.

Actualmente, el regreso de Lula como potencial candidato refuerza la tendencia del PT a ser el principal opositor del bolsonarismo. Sin embargo, la llamada «tercera vía», que incluye a varias figuras destacadas como algunos gobernadores del PSDB, busca repetir la narrativa antipetista.

Las Fuerzas Armadas y la consolidación de una cuarta vía

Mientras el «centro democrático» dice oponerse al autoritarismo de Bolsonaro que ayudó a hacer posible, se consolida una cuarta vía. Desde el golpe, se ha producido una militarización de la política brasileña, que se ha acelerado durante el período Bolsonaro.

Ya en las protestas contra Dilma Rousseff podían verse consignas reclamando el regreso de los militares. Tras la destitución y asumir como presidente, Michel Temer designó a diferentes comandantes en su gabinete, entre ellos el ministro de Defensa, algo que no había ocurrido en más de 15 años. Además, autorizó una intervención militar federal en la política de seguridad de Río de Janeiro con poderes sobre el propio gobernador.

Más tarde, Bolsonaro, un capitán retirado, eligió en su campaña al general Hamilton Mourão para ser su vicepresidente. Y una vez elegido nombró a militares para un número récord de puestos en el gobierno. Incluso colocó a un general como ministro en la cartera de Sanidad, tras despedir a los médicos que juzgaron que su política negacionista de la pandemia iba demasiado lejos.

Debido a la presión del partido gobernante en el Congreso, recientemente Bolsonaro tuvo que destituir a regañadientes al ministro de Asuntos Exteriores, Ernesto Araújo. El ministro se desgastó después de ofender repetidamente a China, pegarse a Donald Trump y obstaculizar la compra de vacunas, como quería Bolsonaro.

Poco después, el presidente hizo nuevos cambios en los ministerios para asegurar una lealtad incondicional. Nombró a un delegado de la Policía Federal como nuevo Ministro de Justicia con el fin de garantizar el apoyo de los policías. Y nombró a una diputada de primer mandato para que fuera su articuladora política, con la intención de facilitar acuerdos con sectores clientelistas del Congreso.

Sin embargo, la destitución del general que ocupaba el Ministerio de Defensa es el caso más complejo. Este había declarado que las Fuerzas Armadas son instituciones de Estado y no de gobierno y se negó a apoyar el estado de sitio que Bolsonaro estaba planeando. Poco después de su dimisión, los mandos de las tres Fuerzas Armadas también entregaron sus cargos, algo inédito en el país. Si Bolsonaro quería demostrar que mandaba, el resultado fue el contrario.

Sin embargo, hay generales que aún le son fieles, como el actual jefe del Gabinete de Seguridad Institucional y su asesor especial, ambos con antecedentes recientes de amenazas al Tribunal Supremo.

Como las Fuerzas Armadas actúan sin transparencia, es difícil prever lo que pasará. Pero es poco probable que esta ala más radical se retire de la política, como recomendarían sus deberes constitucionales. Aunque están atrincherados en las estructuras de gobierno, su movimiento para despegarse de la erosionada imagen de Bolsonaro como paria internacional, denominado “genocida” por sus compatriotas por contribuir activamente para una mortandad sin paralelos en esta pandemia. Este podría ser el camino para que las Fuerzas Armadas vuelvan a la presidencia, sin un torpe intermediario. La última vez que lo hicieron, permanecieron 21 años violando los derechos humanos.


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Foto de Palácio do Planalto em Foter.com

Cuba: el Castrismo sin Castros

Entre el 16 y el 19 de abril se realizó en el Palacio de las Convenciones en La Habana el VIII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC). Cita quinquenal, —no siempre cumplida— del órgano más poderoso de la isla para examinar el rumbo del país y elegir nuevos miembros para el Buró Político y el Comité Central del Partido. Para este año, la principal novedad era el retiro anunciado de Raúl Castro.

Aunque se especuló sobre una posible dilación de la decisión, debido a la grave crisis que vive la isla, Raúl Castro dimitió a su cargo el primer día de la cita cumpliendo con su palabra y abriendo la posibilidad para un cambio en el rumbo del país. Sin embargo, los días venideros demostraron que la suerte estaba echada y que Miguel Díaz-Canel, sucesor de Raúl en el puesto de Primer Secretario, se encargaría de garantizar la continuidad.

Los titulares de los principales medios globales discurrieron entre “una nueva era sin Castro” y “sale Castro, queda el castrismo”. De un lado, expresiones categóricas que auguraban vientos de transformación y la posibilidad de un giro en la política que ha regido en la isla desde 1959. Y por el otro, expresiones de continuismo que ponían en evidencia que la impronta de 62 años de dictadura no quedaría atrás solo por la salida de uno de sus patriarcas.

Aunque ambos titulares tienen algo de cierto, el hecho es que más allá del simbolismo del apellido Castro, los cambios realizados por el Congreso buscan la continuidad. Las esperanzas de millones de cubanos se frustraron al ver que la nomenclatura de la isla lanzó señales de mantener la hoja de ruta que hasta ahora ha llevado a la isla a la dramática situación en la que se encuentra, con largas colas para el abastecimiento, una devaluación cada vez mayor, un comercio en divisas que vende a ciudadanos que ganan en moneda nacional y una ola represiva contra artistas, activistas y periodistas.

El Buró Político quedó compuesto por 14 miembros, de los cuales solo tres son mujeres, mientras que el Comité Central redujo su número de integrantes dado que salieron 88 y entraron 55 nuevos miembros. Este cambio, en cierta medida implica una renovación generacional, pero de ninguna manera significa un cambio en la hoja de ruta.

Un ejemplo del continuismo es el de Humberto López, conductor del programa Hacemos Cuba, que hasta ahora se ha ocupado de vilipendiar a artistas, activistas y periodistas independientes en horario estelar de la televisión cubana y quien ahora es premiado con su incorporación en el órgano del Partido. Todo parece indicar que la demostración de aptitudes “revolucionarias” como censurar, perseguir, atacar, o reprimir a ciudadanos que se manifiestan libremente tiene recompensa.

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Por otro lado, las manifestaciones opositoras y las denuncias ciudadanas son duramente reprimidas. Este es el caso de Luis Robles, el joven que se manifestó con un cartel en rechazo a la dictadura y pasó meses en prisión. Zanahoria para los “revolucionarios” y garrote para los opositores y disidentes.

El caso de López no es el único. Mayra Arevich pasó de ser la presidenta de ETECSA —Empresa de Telecomunicaciones de Cuba— a convertirse en la nueva Ministra de Telecomunicaciones, y Jorge Luis Perdomo, que hasta la fecha estaba en ese cargo, pasó a ser Viceprimer Ministro. La primera fue promovida por poner la empresa de telecomunicaciones a disposición para bloquear a quienes disienten del régimen e impedir sus comunicaciones con el exterior; y el segundo por promover la censura y defensa del Decreto Ley 370 (llamada Ley Azote) por medio del cual se ha perseguido, multado y sancionado a activistas y periodistas en la isla.

Los mensajes son claros y el Congreso del Partido ha lanzado señales de continuidad en su evento a puerta cerrada. Sin embargo, la militarización de La Habana y las largas colas de abastecimiento son señales de un Partido desconectado con la ciudadanía. Mientras muchos esperaban alguna muestra de apertura que permitiera liberar la economía y hacer frente a la devaluación, inflación y desabastecimiento, los ciudadanos de a pie, como lo señala la periodista Yoani Sánchez, empiezan a ver que la única salida es “huir”. No se trata de un asunto de debilidad, sino de desesperanza y resignación.

Solo queda esperar que las expresiones alternativas, el malestar y la efervescencia social, como la experimentada recurrentemente en el barrio San Isidro, se extiendan lo suficiente como para presionar a la dictadura a alterar el rumbo. Si ha de haber una salida para Cuba, esta está en manos de la ciudadanía y no de un Partido envejecido y desconectado con la realidad.

Foto de Cubadebate em Foter.com


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La pandemia y sus efectos en la informalidad laboral

Tras más de un año del inicio de la crisis sanitaria, el balance en términos sociales para la región muestra un escenario complejo. De acuerdo a estimaciones del Fondo Monetario Internacional, América Latina y el Caribe es la región más golpeada por la pandemia ya que su economía se contrajo en aproximadamente 7,4% en 2020. Este deterioro se ha visto reflejado en un incremento del desempleo, tanto formal como informal, que ha desembocado un drástico aumento de la pobreza.

En el mercado laboral se evidencia un importante retroceso en toda la región. De acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) cerca de tres millones de empresas han cerrado durante la pandemia. Esto llevó a que el desempleo, que afectaba a ocho de cada cien personas previo a la crisis sanitaria, en el 2020 pasara a afectar a casi 11.

Pero el desempleo no afectó solo a los trabajadores formales. En los meses de mayor confinamiento y paralización de la actividad económica, entre los meses de abril a junio del año pasado, un importante segmento de trabajadores informales pasó al desempleo o inactividad. Datos de la CEPAL evidencian una reducción anual para el segundo trimestre de 2020 en el empleo informal de 35% en Chile, 20% en Brasil y 31% en Costa Rica.

Esta reducción del “trabajo en negro” afectó principalmente al sector rural por la precariedad laboral en los trabajos agrícolas de la región. Adicionalmente, las mujeres con trabajo informal se vieron más afectadas que los hombres debido a su mayor participación en sectores que se vieron más afectadas como la hotelería y turismo, el servicio doméstico y el comercio.

Con la paulatina reactivación productiva las tasas de empleo informal en la región se están incrementando. En México, por ejemplo, este indicador aumentó de 48% a 55% entre abril y agosto de 2020. Y se espera que cuando la situación se normalice y los latinoamericanos vuelvan a buscar trabajo, el camino más directo será la informalidad con puesto de menor calidad y con caída de salarios.

Aproximadamente unas 7,5 millones de personas se sumarán este año, según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), a la enorme bolsa de latinoamericanos que trabajan sin seguridad social. Y para los siguientes años, el porcentaje de personas trabajando en la informalidad se incrementará del 56%, previo a la pandemia, al 62%.

Si bien la medición de la informalidad varía entre países, este tipo de empleo es un fenómeno latente y constante en las economías de América Latina y el Caribe. Además, el trabajo en “negro” se distribuyen de forma desigual con una presencia desproporcionada de mujeres, jóvenes, personas con bajos niveles educativos y habitantes de zonas rurales.

¿Qué es el trabajo informal y a qué se debe?

Este tipo de empleo se caracterizan, de acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT), por no brindar acceso a contratos, licencias, vacaciones, indemnizaciones, sobresueldos y principalmente, acceso a seguridad social. Y su caracter estructural en la región se debe a la incapacidad de las economías para generar puestos de trabajo en condiciones adecuadas y formales, a la debilidad institucional, la corrupción, las amplias brechas educativas y sociales, e inclusive la discriminación, ya sea por etnia, género o condición socioeconómica.

Por lo tanto, la insidencia de este fenómeno, tanto previo como durante la pandemia, varía drásticamente entre países. Mientras que en Uruguay la informalidad afecta a uno de cada cuatro personas o en Chile a tres de cada diez, en países como Hounduras, Guatemala o Bolivia afecta a alrededor de ocho de cada diez trabajadores. O sea que contar con un contratos es cosa de privilegiados.

Los desafíos de la recuperación

Un aumento en los niveles de informalidad implica, a nivel social, un incremento de la población en situación de pobreza, de la desigualdad y un deterioro general de las condiciones de vida. A nivel macroeconómico la consecuencia es una reducción en la demanda y consumo de los hogares y por ende de la actividad económica en general.

Para hacer frente al incremento de la informalidad, desempleo, pobreza y la recuperación económica, es fundamental que en el corto plazo los países mantengan y en lo posible amplíen las políticas de ayuda social adoptadas en 2020. Así mismo, es necesario implementar medidas destinadas a la generación de empleo formal y reactivación de pequeñas empresas.

En el mediano y largo plazo América Latina y el Caribe tienen el desafío de fortalecer su institucionalidad, mejorar la productividad, corregir inequidades estructurales, cerrar brechas sociales y ampliar sus sistemas de protección y seguridad social. Solo de esta manera podrán mitigar, tanto las causas como las consecuencias de la informalidad laboral.


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Foto de Cícero R. C. Omena

La vacuna: ¿de los pueblos o de la especulación?

Nueve de cada diez personas de países en desarrollo no recibirán la vacuna contra el Covid-19 en 2021. Esta constatación es el motivo por el cual múltiples sectores vienen exigiendo liberar temporalmente los derechos de propiedad intelectual de las vacunas para inmunizar a la población mundial.

De acuerdo con información de la Organización Mundial de la Salud, al 19 de abril el mundo contaba con más de 140 millones de contagios de Covid-19 y tres millones de muertes. De estas últimas, casi la mitad ocurrieron en el continente americano con Estados Unidos (561.611 muertes), Brasil (371.678) y México (212.228) a la cabeza. A su vez, se aplicaron 792.796.083 dosis de vacunas para contrarrestar el virus, lo que equivale a más de uno de cada diez habitantes del planeta. Pero el panorama empeora cuando se analiza cómo se han distribuido dichas dosis.

Según el Director General de la OMS, el 87% de las dosis fueron aplicadas en países ricos, mientras el 0,2% de la población de los países de menores recursos recibieron alguna dosis. América Latina, que se estipula necesitaría 500 millones de dosis para inmunizar a su población, recibirá para fines de abril —mediante Covax— algo menos de 380.000 dosis. Solo un puñado de países tienen un nivel mayor al 10% de su población con al menos una dosis: Chile (66,58 dosis por cada 100 habitantes), Uruguay (36,48), Brasil (15,24), Argentina (13,48) y Panamá (12,7). Por su parte, países como Nicaragua, Guatemala y Honduras no llegan siquiera a una dosis por cada 100 habitantes.

El mundo no sólo necesita una mayor producción de dosis, sino también que estas lleguen a todos los rincones del planeta, al mismo tiempo y en condiciones tales de volver efectiva la inmunización de toda la población. En este sentido, el Acceso Mancomunado a la Tecnología contra el Covid-19 (C-TAP), lanzado por la OMS junto al gobierno de Costa Rica y co-patrocinado por otros 40 Estados reunidos en el Llamamiento a la acción solidaria, se posiciona como una opción prometedora.

Este llamado insta a gobiernos, organizaciones financiadoras, empresas y a la comunidad científica a compartir voluntariamente el conocimiento, la propiedad intelectual y los datos relacionados con la tecnología de la salud Covid-19. Pese a eventual utilidad en el ámbito sanitario y económico, pero también para la gobernanza internacional, al día de hoy ni una sola farmacéutica que tenga aprobada alguna de las vacunas para combatir la pandemia ha adherido a este mecanismo.

Por otra parte, India y Sudáfrica iniciaron un proceso en la OMC para solicitar la exención de determinadas disposiciones del Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el comercio para la prevención, contención y tratamiento del Covid-19. El reducido grupo de países ricos que lideran la vacunación a nivel mundial se oponen: Estados Unidos, Reino Unido, Suiza y la mismísima Unión Europea.

No resulta complejo desentrañar los intereses por detrás de este posicionamiento. Por citar un ejemplo, de las 10 farmacéuticas más valoradas en el mundo en 2019, cinco son estadounidenses (Pfizer, Abbot, Merck, Celgene y Abbvie), dos suizas (Roche y Novartis), una alemana (Bayer), una francesa (Sanofi) y una inglesa (Gsk). A su vez, un reciente estudio publicado en The Lancet, evidencia que el sector público y de la filantropía —con la Fundación Bill y Melinda Gates a la cabeza— aportaron más de diez mil millones de dólares para el la investigación y desarrollo de vacunas contra el Covid-19.

Más del 83% de este financiamiento se concentró en cinco vacunas que tienen como denominador común la presencia del gobierno de EEUU como financiador en todas ellas. A esto se suma el estudio que confirma, para el caso de la vacuna de AstraZeneca, que la industria farmacéutica aportó solo el 3% de los 120 millones de euros invertidos para su desarrollo.

Recientemente, un grupo de ex mandatarios y premios Nobel instaron al actual presidente de los Estados Unidos a que apoye la suspensión de los derechos de propiedad intelectual para la producción de vacunas contra el Covid-19. A esto se suman los resultados de una encuesta, en este mismo país, en el que el 60% de las personas consultadas —de distintas orientaciones ideológicas— expresa su acuerdo con dicha suspensión. En este mismo sentido se ha expresado la Comisión Interamericana de Derechos Humanos junto a la Relatoría Especial sobre los Derechos Económicos, Sociales, Culturales y Ambientales y a la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión.

Uno de los principales argumentos contra la liberalización de los derechos de propiedad intelectual sobre las vacunas radica en el hecho de considerar las mismas —y, en definitiva, a la salud— como un bien de consumo. Sin embargo, la vacuna contra el Covid-19 debe ser considerada un bien público global, como sostuvo el Secretario General de la ONU. Siguiendo esta premisa y bajo el lema “la vacuna de los pueblos”  es que personalidades internacionales instan a una producción masiva y disponible para todos, en todos los países y gratuita.

Ahora bien, en un mundo en el que reina el “salvase quien pueda” —donde primero, obviamente, se salvan los más ricos— ¿por qué habríamos de esperar que las grandes farmacéuticas actuaran en forma colaborativa y solidaria? También se abre un interrogante sobre el rol, y qué puede esperarse de las fundaciones filantrópicas, como la Fundación Bill y Melinda Gates, que han financiado miles de millones de dólares para el desarrollo de vacunas.

La responsabilidad de lo que se haga o deje de hacer, así como la factibilidad de cambiar el curso de la pandemia sigue recayendo en los Estados y en sus capacidades de dotar de sentido —y contenido— los mecanismos colaborativos globales como Covax y C-TAP. Estos deben apostar por consensos globales sobre la importancia de salvaguardar la vida de los y las habitantes del planeta por encima del mantenimiento de las reglas del mercado.


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Enfrentamientos en Apure: la responsabilidad del régimen venezolano

En la madrugada del domingo 21 de marzo, los residentes de La Victoria, un municipio venezolano del estado Apure ubicado en la frontera con el departamento colombiano de Arauca, comenzaron a reportar en redes sociales explosiones, disparos y la presencia de helicópteros en la zona. Tras horas de enfrentamientos el Ministro de Defensa comunicó a través de su cuenta de Twitter que la Fuerza Armada Nacional Bolivariana de Venezuela (FANB) actuaba en defensa de la nación.

Durante los primeros días de los enfrentamientos la información fue limitada. Días más tarde el canciller del régimen bolivariano, Jorge Arreaza, declaró que se trataba de un ataque a la soberanía del país por parte de grupos armados irregulares protegidos por el Gobierno de Colombia. Y finalmente se identificó a los atacantes como grupos terroristas colombianos. Sin embargo, desde las primeras horas se presumía que se trataba de una confrontación entre fuerzas del estado y un grupo disidente de las FARC.

Lo cierto es que en esta zona fronteriza conviven diferentes grupos armados y de crimen organizado que compiten por el territorio y el control del narcotráfico. Diferentes grupos disidentes de las FARC se encuentran desde hace tiempo en territorio venezolano con el beneplácito del régimen.

En ese marco, los enfrentamientos serían el resultado de las diferencias entre los acuerdos locales entre el Frente Décimo e integrantes del ejército venezolano en la región y los acuerdos entre el régimen de Maduro con la Segunda Marquetalia, la disidencia de las FARC dirigida por Iván Márquez. En esta lucha por el control del narcotráfico están involucrados también efectivos de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y las temidas Fuerzas de Acciones Especiales.

La frontera de 2.200 kilómetros que separa ambos países está acostumbrada al conflicto, sin embargo, la región fronteriza que comparte Arauca, en Colombia, y Apure, en Venezuela, no suele ocupar los titulares. Por ello, el reciente conflicto, marcado por el hermetismo e información contradictoria divulgada por el régimen venezolano y por la magnitud de las consecuencias humanitarias, es particularmente preocupante

Las detenciones arbitrarias, las ejecuciones extrajudiciales, la destrucción de las viviendas y el temor a las fuerzas del Estado provocaron los primero días el desplazamiento de más de tres mil refugiados a Arauquita, del otro lado de la frontera. Y si bien los enfrentamientos han disminuido, el último reporte del Grupo Interagencial sobre grupos migratorios mixtos, afirma que siguen llegando refugiados. Hasta el momento habría más de cinco mil personas desplazadas, entre ellas menores de edad y mujeres embarazadas.

Pese a los esfuerzos del gobierno colombiano y particularmente de la Gerencia de Fronteras de Colombia, junto con diferentes socios de agencias internacionales para atender a esta población y procurar un retorno seguro, los ataques por parte del régimen no cesan. Desde Venezuela, el Alcalde de La Victoria acusa al gobierno colombiano de impedir el retorno de los venezolanos. Estos entrecruces se dan en medio de la crisis de la pandemia en la cual algunos refugios establecen cercos epidemiológicos para contener los brotes de contagios.

En este marco, el régimen venezolano señala directamente a Iván Duque como responsable del conflicto con el respaldado del gobierno de Estados Unidos, y ha amenazando con llevar a Colombia ante instancias internacionales por la supuesta agresión. Sin embargo, más allá de los argumentos exhibidos por el régimen de Maduro, estos no justifican la violación de los Derechos Humanos.

La responsabilidad de las ejecuciones extrajudiciales de más de 18.000 civiles que se han hecho pasar como miembros de grupos armados o de bandas criminales en zonas urbanas en los últimos siete años; la violación a la integridad personal; la ausencia de garantía a la asistencia humanitaria; el retorno seguro; y el desplazamiento forzado de más de 5.000 personas en la frontera Apure–Arauca, recae únicamente en el Estado venezolano.

El régimen argumenta que no tiene la obligación de responder ante el Sistema Interamericano, dado su supuesta salida de la OEA. Sin embargo, más allá de su estatus ante el organismo, la protección de los Derechos Humanos no está sujeta al reconocimiento en un tratado. Y si bien es evidente que la ratificación de los instrumentos no garantiza la efectiva protección de los Derechos Humanos, si generan responsabilidad internacional independientemente de quien detente el poder. 

La obligación de proteger a la población deriva además del Sistema Universal de Protección de Derechos Humanos y de lo consagrado en sus instrumentos, los cuales han sido firmados y ratificados por Venezuela. Especialmente los establecido en lo que se conoce como la Carta Internacional de los Derechos Humanos.

Finalmente, es menester recordar que existe también una responsabilidad compartida de la comunidad internacional en apoyar institucional y económicamente a Colombia para la atención de la crisis migratoria y ahora en la atención de los refugiados en el Municipio de Arauquita. El endurecimiento de las políticas migratorias en algunos países de la región, lejos de aportar soluciones, genera una mayor carga para Colombia frente a una crisis que lamentablemente parece estar lejos de llegar a su fin. Los enfrentamientos en la zona de fronteriza de Apure–Arauca exigen una atención coordinada de todos los países vecinos.

Foto de Carlos E. Perez S.L

Perú: ¿El fin de la dispensación Fujimori?

Perú está en segunda vuelta, luego de que en la primera ronda Pedro Castillo obtuviera el 19% y Keiko Fujimori el 13%. El elevado ausentismo en Lima, especialmente en zonas de clase media, marcó una jornada donde la gran sorpresa fue la emergencia del maestro de escuela Pedro Castillo, quien encabezara una huelga docente en 2017. Queda claro que mientras casi un 20% del país ve en él un cambio, el otro 80% no logró ponerse de acuerdo. Esto resultado electoral deja en evidencia la crisis de representatividad que vive el país, a más de 20 años de las reformas políticas que lo transformaron.

Las causas

Mark Lilla, autor norteamericano de Regreso Liberal, señala que en política hay dispensaciones. Así como en Estados Unidos Reagan inició la dispensación neoliberal, en Perú cabría decir que Alberto Fujimori inició una suerte de versión autoritaria de esa corriente política y económica. La versión peruana estuvo marcada por un pragmatismo que, si bien pudo contener y encausar algunos problemas y movimientos sociales, potenciando aspectos económicos, tuvo como contraparte una profunda erosión del sistema político y partidario.

En el caso de Fujimori, el liberalismo pragmático con el que decidió y dirimió su dispensación, lo llevó a horadar y destruir definitivamente un sistema que —si bien no era perfecto— guardaba aún algo de sentido. Eliminó así la bicameralidad, que filtraba a la cámara baja representativa con gente de mayor experiencia, compró, de la mano de su asesor Vladimiro Montesinos, las líneas editoriales de medios de comunicación, y asentó la idea de que los partidos políticos eran envoltorios carentes de contenido y sin instrumentos necesarios para gobernar. Además, responsabilizó a los partidos de que el terrorismo emergiera.

Al cerrar el Congreso y crear una nueva constitución, Fujimori pudo hacer un país a su medida, que requería ser dirigido por un presidente autocrático, con asesores y operadores en la sombra, elecciones amañadas. La narrativa antisistema caló profundo en los electores que dejaron la actividad partidaria, pues como mencionara Margaret Thatcher “No hay alternativa”. Fujimori consideraba que los “políticos tradicionales” eran inefectivos y que él era la única alternativa.

Las consecuencias

Luego de Fujimori, Alejandro Toledo, Alan García en un segundo mandato, Ollanta Humala y Pedro Pablo Kuczynski transitaron por la misma constitución. Creada en 1993, tenía la ventaja de afirmar el libre mercado, lo que ciertamente le permitió al país mantener cierto rigor fiscal y crecer de forma razonable, aunque con las falencias de un aparato estatal inconcluso y de baja calidad.

Como telón de fondo, ninguno de estos presidentes abordó la crisis de representación porque asumieron, tácitamente, que no había alternativa. Por ello, hoy los peruanos llegamos a estas elecciones con representantes que no tienen agenda ni arraigo, y que lideran partidos que alquilan para la elección.

Mientras tanto, las fuerzas ocultas —aunque no tanto— como el narcotráfico, la minería ilegal y los operadores políticos, hoy convertidos en tramitadores de estos intereses, pululan en el backoffice de los partidos políticos que son vientres de alquiler. Estos gestionan rutas para que el dinero oculto, producto de la corrupción como es el caso Lava Jato, o el narcotráfico, puedan seguir perpetuando sus intereses. Mientras tanto,la ciudadanía permanece sin una representación que estructure sus intereses a favor del desarrollo de la clase media y de la modernización real del país.

Por si fuera poco, el modelo de gobierno, agudizó su crisis con un Congreso que descubrió que podía desalojar presidentes bajo la difusa base de la “incapacidad moral”, estipulada por la Constitución de 1993. Esto permitió que Perú tuviera cuatro presidentes entre el 2018 y 2021: Kuczynski, Martín Vizcarra, que fuera vicepresidente de Kuczynski, Manuel Merino, que quisiera asumir en representación del Congreso, de forma constitucional pero sin legitimidad popular, y Francisco Sagasti, un tecnócrata moderado sin escándalos de corrupción, que gobierna actualmente en una suerte de piloto automático.

Escenarios a futuro

Gane Castillo o Fujimori, Perú se enfrenta a la posibilidad real de que cualquier presidente sea destituido en cualquier momento tras un breve cabildeo de los operadores en la sombra, vinculados al fujimorismo, al aprismo y al narcotráfico. Y en este marco, el hartazgo de la ciudadanía puede llevarla a aceptar un nuevo caudillo autoritario que, como señala el politólogo Steven Levitsky, se sirva de los mecanismos de la democracia, en forma limitada, para gobernar -en la forma- un país que prefiere el autoritarismo a la democracia ante la falta de alternativa clara.

Si bien Perú parece dar señales de que el ciclo político está llegando a su fin, desde que Fujimori renunciara por fax desde Japón el país ha vivido en democracia. Sin embargo, los hechos señalan que esta continuidad democrática no se mantendrá si no se reorganizan nuevamente los partidos con representación nacional, que hasta el momento son la única alternativa para gobernar un Estado. Hacen falta organizaciones políticas con buenas bases a nivel regional, con legitimidad más allá del dinero y que permitan tener un manejo efectivo del territorio nacional.

Quien sí contaba con este tipo de organización es precisamente Pedro Castillo. Gracias al aparato partidario del Comité Nacional de Reorientación del SUTEP (CONARE), una facción escindida del Sindicato Único de Trabajadores de la Educación del Perú – SUTEP, Castillo ha podido articular una plataforma a nivel nacional en torno a una agenda estatista y reivindicacionista del campo. Esta confrontación entre lo rural y lo citadino evidencia la profunda fragmentación que enfrenta la nación andina. Adicionalmente, el fundador del partido de Castillo, Vladimir Cerrón, que tiene procesos por corrupción tras ser gobernador regional, ha declarado numerosas veces que Venezuela le parece un ejemplo y una democracia, hecho que ha generado razonable alarma.

Más allá de quién sea el próximo presidente, queda claro que si la organización partidaria no se reestablece como norma de acción política, tendremos pronto otro caudillo autoritario. No olvidemos que durante el fallido intento de Manuel Merino de asumir el poder el año pasado, la policía disparó canicas y perdigones contra la población, de forma totalmente desproporcional, que terminaron con la muerte de dos personas. Esto habla de unos rasgos profundamente autoritarios que pueden dar lugar a liderazgos aún más peligrosos.

Foto de lamula.pe


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Las elecciones y el poder

El asentamiento del poder bajo parámetros democráticos en buen número de países, tras lo que vino a denominarse la tercera ola democratizadora que tuvo lugar en el último cuarto del siglo pasado, es un hecho de sobra conocido. La democracia se configuró como una forma de ejercicio del poder en la que las elecciones desempeñaron un elemento crucial de la misma que, no obstante, se veía acompañado de otros aspectos institucionales en torno al Estado de derecho, de valores articuladores de la convivencia y de cierto nivel de igualdad socioeconómica. Por consiguiente, la relación entre las elecciones y la democracia es unívoca. Esta no existe si no se llevan a cabo aquellas, pero las elecciones por sí solas no traen consigo la democracia.

Desde la teoría política este escenario ha sido contemplado en la última década por analistas de la Universidad de Gotemburgo en Suecia bajo el paraguas del proyecto de investigación denominado “Variedades de la democracia”. Su visión es relativamente sencilla, conciben la democracia como un poliedro de cinco caras diferenciadas del conjunto general como cinco variedades: la electoral, la deliberativa, la igualitaria, la liberal y la participativa. Cada una de ellas es descompuesta en diferentes componentes que son medidos con escalas simples en relación con su nivel de observancia, generándose un índice que permite analizar su evolución a lo largo del tiempo y compararlas de un país a otro.

Con muy pocas excepciones, la política latinoamericana en las últimas tres décadas ha girado fundamentalmente en torno a la dimensión electoral de la democracia. Esta variedad pone el énfasis en la libertad de asociación y expresión, en elecciones limpias, en la extensión del sufragio y en la existencia de cargos públicos electos. El hecho electoral se ha satisfecho razonablemente bien en América Latina con elecciones celebradas de manera periódica y con resultados reconocidos por las partes, produciendo el triunfo de la oposición en prácticamente la mitad de los casos.

Los datos del referido proyecto de investigación sueco validan esta circunstancia al situar los índices de la democracia electoral a lo largo del tiempo por encima de los otros cuatro. En gran medida esto es así por una combinación venturosa, en términos generales, de instituciones que han funcionado correctamente y de una ciudadanía cuyo comportamiento ha seguido pautas de indudable madurez.

Sin embargo, en la compleja arena de las relaciones de poder no deja de haber tensiones que ponen de manifiesto posiciones de clara confrontación. Lo acontecido al respecto en Brasil y en México en la última semana es una evidencia de ello y prueba simultáneamente el deterioro de las cinco variedades citadas, en el primero a partir de 2016 y en el segundo después de 2018. En ambos casos, pugnas políticas entre los poderes del Estado ponen en cuestión los propios procesos electorales e incluso al órgano arbitral de los mismos.

Por un lado, el Tribunal Supremo de Brasil decidió el pasado 15 de abril, por ocho votos a tres, confirmar el fallo en solitario que el mes pasado anuló las condenas contra el expresidente Lula por corrupción en el caso Lava Jato. La Corte ratificó que no debió ser juzgado en Curitiba, en el juzgado que entonces ocupaba el juez Moro, luego ministro de Justica con Jair Bolsonaro, por lo que las condenas allí impuestas quedaron anuladas y los expedientes serán juzgados en Brasilia.

Por consiguiente, ello no significa que el expresidente haya sido absuelto, pues la decisión es que vuelva a ser juzgado por tres casos de corrupción en los que está acusado de recibir prebendas de empresas a cambio de contratos públicos, pero mientras tanto está plenamente habilitado para la contienda electoral de 2022, lo que supone un cambio drástico en las expectativas de esta.

Por otro lado, Arturo Zaldívar, presidente de la Suprema Corte de Justicia de México, ha visto cómo el Senado ha prorrogado su mandato por dos años, una decisión denunciada por la oposición como inconstitucional que ha vuelto a evidenciar la injerencia del oficialismo en el ámbito del Poder Judicial. La Constitución establece que el plazo máximo para el presidente de la Corte es de cuatro años, sin posibilidad de reelección inmediatamente posterior.

El Consejo de la Judicatura Federal, que es el órgano de gobierno de los jueces, ha insistido en que ni ha elaborado ni ha solicitado la medida. Zaldívar ha sido una figura de extraordinaria importancia en el complejo asunto de la reforma energética que es uno de los proyectos estrella del presidente López Obrador. El presidente de México, que según un sondeo del periódico Reforma del 16 de abril cuenta con una tasa de aprobación del 63%, envió en marzo una carta a Zaldívar pidiéndole formalmente una investigación del juez que suspendió temporalmente la aplicación de la nueva ley.

Ello se suma, a dos meses de las elecciones donde estarán en juego más de 20.000 cargos públicos, a la grave tensión generada desde el grupo en el poder con respecto a la actuación del Instituto Nacional Electoral en los casos de exclusión de dos candidatos a gobernadores y en la orden al presidente de retirar la conferencia matutina por incumplir la veda electoral. El riguroso quehacer del presidente de esta institución, Lorenzo Córdova, es cuestionado y ello pone en riesgo todo el proceso electoral al fomentar el desprestigio de los mecanismos que lo regulan, así como de los propios funcionarios.

Las dimensiones del poder bajo el paraguas de la democracia constituyen un entramado de equilibrio inestable. El desprecio por las reglas del juego y por aquellas instancias que suponen control y balance en torno a los poderes del Estado arriesga aun más el futuro de unas democracias fatigadas, articuladas en un escenario donde destaca el malestar de la ciudadanía y la crisis de la representación política.


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Foto de Red Mi VOZ