Una región, todas las voces

El presidencialismo entró en crisis

En los años 60 y 70 del siglo pasado eran recurrentes los golpes de Estado encabezados por militares en América Latina. En las primeras dos décadas del siglo XXI, sin embargo, las interrupciones de mandatos presidenciales han desarrollado otras características. De las catorce interrupciones solo dos fueron golpes de Estado y el resto fueron renuncias o destituciones llevadas adelante por los parlamentos. Si bien estas diferencias son sustanciales, pues no es lo mismo un régimen encabezado por militares que por civiles, la interrupción de un mandato presidencial siempre genera crisis en los sistemas políticos independientemente de las formas.

Entre el año 2000 y 2020 varios países latinoamericanos experimentaron crisis derivadas de la rigidez del presidencialismo. En este período se produjeron dos golpes de Estado exitosos —Jamil Mahuad en Ecuador (2000) y Manuel Celaya en Honduras (2009) — y uno fallido —Hugo Chávez en Venezuela (2002)—.

Además, se produjeron cinco destituciones a través de los parlamentos. En el año 2000 Alberto Fujimori renunció inicialmente desde el extranjero, pero el Congreso peruano terminó separándolo oficialmente del cargo. En 2005 Lucio Gutiérrez fue destituido en medio de una profunda crisis económica. Y más tarde, en 2012 Fernando Lugo fue destituido en Paraguay y en 2016 Dilma Rousseff en Brasil, en ambos casos como consecuencia del enfrentamiento entre las facciones que apoyaban a sus gobierno y aquellas que estaban en contra. El último presidente destituido por un Congreso fue Martín Vizcarra en Perú a fines de 2020, situación que generó rechazo de una parte de la ciudadanía.

Finalmente, seis presidentes renunciaron a su cargo a lo largo de los últimos 20 años. Fernando de la Rúa en Argentina en 2001, mientras que en Bolivia Gonzalo Sánchez de Losada renunció en 2003 y Carlos Mesa en 2005, los tres en medio de graves crisis económicas y políticas. Otto Pérez Molina en Guatemala en 2015 y Pedro Pablo Kuczynski en Perú en 2018 por acusaciones de corrupción. Y el último Evo Morales en 2019 por acusaciones de fraude electoral. La crisis presidencial en Venezuela de 2019, en torno a la legitimidad y el reconocimiento de dos presidentes, Juan Guaidó y Nicolás Maduro, requiere una clasificación separada, pero es parte del mismo conjunto de eventos críticos de los presidencialismos en la región.

Las debilidades del presidencialismo

El principal problema del presidencialismo latinoamericano es que su diseño es rígido, es decir, los periodos de gobierno son fijos, a diferencia de los sistemas parlamentarios y centra las capacidades de la acción gubernamental en una figura unitaria: el titular del poder ejecutivo. El presidente es jefe del gobierno y por lo tanto de la administración pública, pero también es jefe de Estado, y consecuentemente representante supremo de una comunidad política. Esta doble función genera problemas si los otros poderes no son autónomos e independientes.

Otros factores que debilitan el presidencialismo son un sistema de partidos poco institucionalizado y altamente fragmentado y una débil interiorización del rule of law lo que genera impunidad y consecuentemente desconfianza en el sistema político en su conjunto, algo evidente en América Latina, donde violar sistemáticamente la ley tiene costos muy bajos y beneficios muy altos, sobre todo para las élites.

En suma, en los sistemas presidenciales de los países latinoamericanos —una mala copia del modelo estadounidense— las crisis de gobierno se convierten generalmente en crisis de sistema. Y esto termina frecuentemente con una nueva destitución o renuncia presidencial.

El retorno de liderazgo populista

Cómo si no fueran suficientes las deficiencias mencionadas para hacer tambalear los sistemas políticos, los presidencialismos latinoamericanos cuentan con otro factor de riesgo: los presidentes en sí mismos. En nuestra región, quienes aspiran a la presidencia suelen presentarse en cada campaña ante la opinión publica y el electorado como la encarnación de la solución a todos los problemas sociales. Y cuando las situaciones se agravan esta lógica adquiere el matiz “cesarista” en sentido gramsciano.

Como señaló en 1939 el escritor chileno Ariel Peralta Pizzarro, el cesarismo es esa solución arbitraria y centrada en la personalidad que se presenta como necesaria ante la incapacidad de los actores colectivos de alcanzar acuerdos plurales para encontrar soluciones profundas. Esta lógica ha permanecido a lo largo del tiempo y aflora con fuerza cuando los sistemas políticos no logran procesar las demandas del sistema social.

Ante los problemas del presidencialismo, han vuelto a resurgir en América Latina los liderazgos carismáticos con bases movimientistas en sustitución de los partidos y con tendencias populistas. Estos líderes fomentan una relación de dominio que trata de eliminar las mediaciones para crear un trato patrimonialista y personalista.

En Colombia, Álvaro Uribe promovió una reforma en 2004 que le permitió reelegirse de manera inmediata, mientras en Ecuador, Rafael Correa impulsó una nueva constitución en 2008 que le permitió reelegirse al año siguiente. En Bolivia, Evo Morales ya durante su segundo periodo y con una nueva constitución manipuló al poder judicial para que favoreciera su tercera reelección, lo cual derivó, en una crisis del sistema que terminó con su renuncia en 2019. En El Salvador, Nayib Bukele en febrero de 2020 tomó la Asamblea Legislativa con el apoyo de un sector militar y policial para intimidar a los congresistas para que apoyaran una de sus políticas. En Argentina, Cristina Fernández gobierna por encima del presidente en funciones y probablemente lo hacía también durante el segundo mandato de su esposo Néstor Kirchner. En México, Andrés Manuel López Obrador, y en Brasil, Jair Bolsonaro, gobiernan con lógicas proto-autoritarias, aceptan las reglas de la democracia, pero hacen lo posible para no guiarse por sus principios. Mientras que Nicolás Maduro convirtió a Venezuela en un régimen autoritario.

Los procesos de democratización de las últimas décadas impulsaron reformas para reducir el poder de los ejecutivos. Se incrementar los controles de los legislativos sobre los gabinetes, se rediseñaron los mecanismos para la destitución o juicio político o se crearon órganos constitucionales autónomos para controlar las políticas y el actuar de los gobiernos. En algunos casos, se optó por la ampliación de la separación de poderes como en las constituciones de Ecuador, Bolivia y Venezuela. Pero paradójicamente en la mayoría de los países también se reforzaron los sistemas de elección al incorporar la segunda vuelta electoral y permitir la reelección y se aumentaron igualmente las facultades de los ejecutivos para legislar. Estas lógicas crearon presidencialismos híbridos e institucionalmente débiles.

El presidencialismo opera en un contexto de una ciudadanía latinoamericana con un débil espíritu democrático que favorece los deslizamientos autoritarios. Mientras no se fomente una cultura democrática, nuestras sociedades seguirán confiando en que una sola persona podrá resolver mágicamente todos sus problemas.

Photo by Cancillería Ecuador on Foter.com

Las relaciones Colombia-EEUU en la era Biden

Colombia ha sido tradicionalmente un aliado incondicional de Estados Unidos, independientemente de si el huésped de la Casa Blanca era republicano o demócrata. Este acomodamiento ideológico y/o pragmático con la potencia del norte —principal socio comercial de Colombia, el mayor inversionista y país de residencia de 2.643.178 colombianos— depende, sin embargo, de las preferencias de los tomadores de decisiones, así como de las élites políticas gobernantes. En los últimos años, la relación entre Donald Trump e Iván Duque, sin embargo, fue más fuerte y terminó rompiendo esa tradición bipartidista. Funcionarios del gobierno colombiano apoyaron la reelección de Trump y la candidatura de Mauricio Claver-Carone a la presidencia del BID, lo que generó malestar entre los líderes demócratas y latinoamericanos.

A pesar de que la constitución de 1991 buscaba fortalecer la integración de Colombia con América Latina y el Caribe, Estados Unidos ha seguido siendo el principal referente para diseñar los lineamientos externos colombianos. Y en este sentido, se observa una triangulación de las relaciones internacionales con Venezuela, China y Cuba en temas como migración, drogas y multilateralismo.

A pesar de ese Respice Polum —“mirar hacia el norte” —, la relación con China se sigue fortaleciendo. Es el segundo socio comercial de Colombia y las inversiones en infraestructura han venido aumentando como lo demuestra la adjudicación del metro de Bogotá a las compañías China Harbour Engineering Company Limited (Chec) y Xi’An Rail Transportation Group Company Limited. A partir de la pandemia, también se han fortalecido los vínculos con Corea y Alemania, gracias a la cooperación.

Los cambios sucedidos en los últimos meses plantean una reformulación de las relaciones entre Colombia y Estados Unidos. El nuevo presidente Joe Biden ha dado muestras que su administración plantea enfoques diferentes en temas como democracia y con ello la implementación del acuerdo de paz y la protección de los derechos humanos, la lucha contra el narcotráfico y el crimen transnacional, la respuesta a la crisis en Venezuela, la expansión del comercio, el cambio climático y los derechos humanos. Sin embargo, el desinterés por América Latina parece mantenerse intacto al igual que la continuidad en el esfuerzo por recuperar el liderazgo frente a China.

Tres posibles escenarios en las relaciones con Estados Unidos

Teniendo en cuenta estas consideraciones se plantean tres escenarios posibles para las nuevas relaciones entre Colombia con Estados Unidos bajo la administración Biden: de continuidad, cambio e intermedio.

En el primer escenario, de continuidad y matices, Estados Unidos enfocaría sus esfuerzos en la recuperación económica interna y en particular la pandemia, a la vez que buscaría apoyos para legitimar su liderazgo. En su relación con Colombia enviaría mensajes de fortalecimiento de la democracia y que para la Casa Blanca la opción militar para sacar a Maduro no es válida. Se enfocaría en temas de salud pública y prevención y advertiría de los riesgos del uso del glifosato para combatir cultivos ilícitos. En lo multilateral, y a pesar de haber regresado a la OMS y al Acuerdo de París, buscaría aliados para realizar un softbalancing al poderío y presencia de China particularmente en América Latina.

Este sería un escenario más retórico que de acciones hacia Colombia, que haría sentir cómodo a las élites políticas gobernantes representadas principalmente por el Centro Democrático —partido liderado por el expresidente Álvaro Uribe—, así como a las élites económicas y las Fuerzas Militares. En este marco, Colombia fortalecería su relación comercial, política y militar con Estados Unidos, moderaría su lenguaje confrontacional frente al gobierno de Venezuela y realizaría declaraciones retóricas frente a los inmigrantes procedentes de ese país como ha sido el Estatuto Temporal Migratorio formulado hace un mes.

En el segundo escenario, de presiones y cambios, Estados Unidos solicitaría un mayor compromiso con la democracia, mayor independencia judicial acogiéndose a las decisiones de las Altas Cortes y en materia ambiental, acciones que vayan más allá de la retórica del Pacto de Leticia, como se conoce al acuerdo regional para proteger la cuenca del río Amazonas. En cuanto a Venezuela, el gobierno de Biden plantearía abiertamente una mirada más amplia que contemple el diálogo y presionaría a los organismos multilaterales para forzar a que Nicolás Maduro negocie la transición a través de elecciones libres.

Ante esta situación, el gobierno de Duque se vería obligado a reorientar la agenda bilateral con Estados Unidos. Debería fortalecer la democracia, la protección de los derechos humanos y particularmente de los líderes sociales, así como comprometerse explícitamente con la implementación del acuerdo de paz, del que el propio presidente Biden hizo parte.

En cuanto a su relación con Venezuela, debería moderar su lenguaje frente al gobierno de Maduro y reabrir algunos consulados. Recordemos que Bogotá no tiene embajador en Caracas desde el 2018 y que en el 2019 se rompieron las relaciones diplomáticas entre ambos países, generando un vacío institucional. A cambio, la Casa Blanca continuaría apoyando económicamente a la administración de Duque para afrontar la presencia de los cerca de dos millones de inmigrantes venezolanos en territorio colombiano.

Ante el tema de las drogas ilícitas, el Ministerio de Defensa debería enfocarse más en la prevención y salud pública, e implementar políticas laborales ya que la pandemia de Covid-19 ha reducido las posibilidades de muchos campesinos a sus cultivo.

El tercer escenario plantea una situación intermedia, tomaría elementos de los dos anteriores, y es el más probable que ocurra. Todo dependería de la evolución de los factores internos y externos mencionados, pero debido al enfoque conciliador de Biden, este no apostaría por cambios radicales. El margen de maniobra, tanto para Estados Unidos como para Colombia, variaría según el tema. Para el primero pesan más los elementos estructurales e institucionales mientras que para Colombia influye más la voluntad política, así como las presiones externas y de las elites internas. Como ejemplo, para Estados Unidos la relación de Colombia con Cuba no sería una prioridad, pero por otro lado apoyaría las negociaciones con la guerrilla del ELN.

Lo más razonable, en este escenario más pragmático, sería que el gobierno de Iván Duque se distanciara de la ideologización de su política exterior, con una agenda integral con los Estados Unidos y con acciones puntuales hacia los países con una presencia ascendente en Colombia.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Foto de ONU Ginebra en Foter.com

De “la lista de Odebrecht” a “la lista de vacunados”

Presidente Vizcarra verifica el desarrollo de los ensayos clínicos de la fase 3 de la vacuna contra el covid-19 del laboratorio Sinopharm de China en la UNMSM.

Hace exactamente cuatro años, se debatía en la mayor parte de los países de la región la existencia de una lista de beneficiarios de sobornos o dádivas, por parte de la empresa brasileña Odebrecht. La historia no se repite pero rima. En el 2021, discutimos si hay algunos afortunados que, saltándose todos los protocolos acordados, han pasado a engrosar la lista de vacunados contra la Covid-19.

América Latina esperaba ansiosa la llegada de la vacuna. Sin embargo, a medida que han comenzado a llegar las primeras dosis, también han comenzado a aparecer las primeras denuncias de irregularidades en su distribución y utilización. El proceso de inmunización nos ha recordado de nuevo que la falta de transparencia y el manejo irregular de recursos son una alargada sombra que siempre acecha a la región.  La ausencia de un proceso claro, la opacidad y la detección de ciertas anormalidades en el acceso a la vacuna han convertido al proceso de inoculación en un nuevo dolor de cabeza para los ciudadanos latinoamericanos.

Pese a que las primeras dosis llegaron apenas hace unas semanas, ya son varios los países del subcontinente donde se ha registrado casos de vacunación irregular de ciudadanos. Por lo general, estos están relacionados directa o indirectamente con el poder de turno. La utilización de las vacunas adquiridas con recursos públicos para beneficio del círculo cercano de las autoridades, o el irrespeto a los turnos asignados para la vacunación, se han podido registrar en Argentina, Ecuador, Colombia, Perú y Chile.

Vacunación irregular

A pesar de liderar la tasa de vacunación a nivel mundial, en Chile, 37.000 personas menores de 60 años y sin morbilidades se han vacunado fuera de tiempo. La tercera parte de estas personas residen en la región metropolitana. Entre ellas se encuentra el alcalde de la comuna “La Florida”, Rodolfo Carter. En Argentina, el ex ministro de salud, Gines González García se reservó 3000 vacunas “Sputnik V” para uso discrecional. El periodista Horacio Vebitsky, afín al gobierno, anunció personalmente haber recibido al vacuna, gracias a la invitación del ex ministro. De igual forma, fueron vacunados familiares y amigos, lo que motivó la renuncia del ex – funcionario.

Perú fue el primer país en registrar la vacunación de funcionarios que no tenían relación alguna con el personal médico y de primera línea en la contención del virus. En los ensayos de la vacuna “Sinovac”, realizados a 12.000 voluntarios en el país, se pudo conocer que alrededor de 2000 dosis fueron destinadas a la vacunación de funcionarios del gobierno peruano. Entre los afortunados se encontraban personajes tan ilustres como el expresidente Martín Vizcarra, su esposa y su hermano -todo queda en familia-, la ex ministra de salud Pilar Mazzetti, la canciller Elizabeth Astete, el nuncio apostólico, rectores de las universidades San Marcos y Cayetano Heredia, y hasta el médico de cabecera del ex presidente Fujimori. En Colombia, el periodista y empresario Óscar Medina anunció a través de sus redes sociales, haber sido vacunado, por gestión del hospital en el cual es contratista.

Ecuador es talvez uno de los peores casos. En el país andino no sólo se han vacunado de manera irregular autoridades y sus familiares, sino que el protocolo se lo han saltado también personal administrativo de hospitales, dirigentes deportivos, tiktokers, un periodista afín al gobierno actual y hasta un chef. Mientras que el personal de salud que trabaja en primera línea y los adultos mayores de centros geriátricos esperaban su turno, otros iban avanzando en el camino de la inmunización. Rodrigo Paz, ex alcalde de Quito y ex presidente del equipo de fútbol “Liga Deportiva Universitaria”, habría recibido la vacuna a finales del mes de febrero. Dos tiktokers conocidos, Salomon Doumet y María del Alma Cruz, anunciaron, sin ningún empacho, haber sido vacunados a inicios del mes de marzo gracias a la influencia del padre del primero.

El lastre de la corrupción

En América del Sur no sólo tenemos problemas relacionados con el acceso a las vacunas.  Una vez más, debemos lidiar con la corrupción, la cual no está únicamente enquistada entre los funcionarios del Estado, también forma parte de la cultura de los ciudadanos y ciudadanas de nuestros países.

Hace unos años, el escándalo de corrupción de Odebrecht afectó a casi la totalidad de los gobiernos de América Latina. Su impacto fue tan fuerte que motivó la alternancia en el poder y entró con fuerza en la agenda pública, tanto desde el punto de vista de los medios de comunicación como por las autoridades judiciales. Pese a que, como consecuencia de esta trama de corrupción, se sentenciaron a funcionarios estatales y empresarios privados, parece que no se aprendió lo suficiente. Hoy nos encontramos frente a una nueva lista, la de vacunados irregulares,  que evidencia las malas costumbres persistentes en la región.

Lamentablemente, la ley del más vivo parece ser la regla y no la excepción.  La vemos todos los días en los noticieros y en las redes sociales, cuando un alto funcionario de gobierno, diputado, autoridad local, líder religioso o dirigente sindical, está involucrado en pagos indebidos por contratos, votos para aprobar leyes o por recibir beneficios por fuera de la ley. Pero también tenemos a ciudadanos que se saltan la fila para realizar un trámite, jefes que no pagan lo que le corresponde a sus empleados, o trabajadores que se llevan los materiales de oficina a sus casas.

La naturalización de la corrupción

La corrupción nos tiene infectados hasta la médula. Hemos naturalizado comportamientos que infringen las leyes, y se han vuelto parte de los códigos de conducta y marcos de interpretación de la realidad. Si nos miramos al espejo, y nos comparamos con nuestros gobernantes, éstos solo serán un reflejo de cómo concebimos la política, al Estado y a sus instituciones. Esto no quiere decir que sea cierta aquella trillada frase sin sentido que dice “si cambiamos individualmente, cambiaremos al país”, pero tenemos que ser conscientes que al irrespetar la ley, también somos corresponsables de la debilidad institucional que aqueja a nuestros países.

El Covid 19, desde sus inicios hace un año en América Latina, ha puesto en evidencia no solo la incapacidad de los sistemas políticos de nuestros países para resolver problemas. También nos ha mostrado que la débil institucionalidad es producto de una cultura que legitima la corrupción y que incluso la normaliza para poder sobrevivir. Sus efectos no se limitan a la baja confianza hacia las instituciones, el auge del populismo o la cascada de escándalos que se quedan impunes. Tal vez el más grave de todos sea una cultura política que parece concebir al Estado no como un acuerdo para garantizar una voluntad colectiva, sino más bien una oportunidad para conseguir la voluntad individual.

Fotod de Juanpa Azabache

Bolivia atrapada en un círculo vicioso

La instrumentalización política del poder judicial ha sido una práctica recurrente de todos los gobiernos en Bolivia. El país ha quedado atrapado en un círculo vicioso: abuso permanente del Estado contra el individuo. Actualmente, con el gobierno de Arce, nadie está seguro y muchos desconfían de la promesa de “un nuevo tiempo”. El vicepresidente, David Choquehuanca, en su discurso inaugural anunció: “Debemos superar la división, el odio, el racismo, la discriminación entre compatriotas, ya no más persecución a la libertad de expresión, ya no más judicialización de la política”. Sin embargo, tras cuatro meses en el poder sus acciones no han hecho más que contradecir el discurso.

Con base en la presuposición del golpe de Estado contra Evo Morales en noviembre del 2019, el gobierno de Arce y Choquehuanca ha construido un relato para justificar sus acciones. Con acusaciones de “sedición, conspiración y terrorismo”, la expresidenta Áñez fue detenida el sábado 13 de marzo con un gran despliegue de la policía nacional bajo la dirección su comandante general, como si se tratara una delincuente peligrosa. El fin del gobiernos era demostrar a la opinión pública una suerte de trofeo de guerra y que nuevamente tienen el monopolio de la violencia legítima para arremeter contra los enemigos políticos.

Un tuit de Evo Morales ilustra la concepción política predominante en el MAS: “Por justicia y verdad para las 36 víctimas fatales, los más de 800 heridos y más de 1.500 detenidos ilegalmente en el golpe de Estado. Que se investigue y sancione a los autores y cómplices de la dictadura que saqueó la economía y atentó contra la vida y la democracia en Bolivia”.

¿Por qué la aprehensión de la expresidenta Jeanine Áñez se basa en una presuposición?

Noviembre del 2019 no se puede entender sin febrero del 2016

Desde el 21 de febrero del año 2016, cuando se celebró el referéndum donde la mayoría rechazó la cuarta postulación de Morales, hasta el 10 de noviembre de 2019 cuando Evo renuncia a la presidencia, se sucedieron una serie de acontecimientos sociopolíticos y la acumulación del malestar social contra la corrupción y autoritarismo de la tercera administración consecutiva del MAS.

Las irregularidades cometidas por el Tribunal Supremo Electoral (TSE) antes, durante y después de las elecciones del 20 de octubre del 2019, denunciadas por la misión de observación electoral de la OEA, fueron la chispa que prendió el encono colectivo acumulado. En otras palabras, se trató de una rebelión ciudadana, surgida en el departamento de Santa Cruz y que se expandió a todo el país, contra el poder autoritario y la manipulación de un proceso electoral. 

Ante las protestas Evo Morales tuvo que renunciar a su cargo, a lo que le sucedieron una cadena de renuncias de senadores y diputados del MAS. Esto generó un vacío de poder por 48 horas que desembocó en que Jeanine Áñez, en su condición senadora opositora —segunda vicepresidenta— fuera convocada para asumir la presidencia mediante la aplicación del principio de continuidad administrativa.

El hecho de que Morales renuncie a la presidencia por sugerencia de los militares es la base para fundamentar la idea de golpe de Estado. Sin embargo, el discurso niega visibilidad a la rebelión ciudadana y lo sucedido tras la transición constitucional donde los militares quedaron en sus cuarteles, el parlamento siguió cumpliendo sus funciones y se convocó a nuevas elecciones, suspendidas dos veces a causa de la pandemia. Esta sucesión de hechos fue considerado por el propio Luis Arce como una “presidencia transitoria constitucional”.

Según el experto boliviano en derechos humanos, Luis Yañez, “existen cuatro evidencias concretas de que el nuevo Gobierno tenía un origen constitucional y no así de facto”. En primer lugar, la Asamblea Legislativa Plurinacional —de mayoría masista— aprobó, por unanimidad la Ley Nº 1266 que dejó sin efecto los resultados del fraude y convocó a nuevas elecciones. Segundo, la Declaración Constitucional (001/2020) extendió el mandato de la presidenta y de los propios asambleístas. En tercer lugar la Ley Nº 1270 también dispuso la extensión señalada y por último la bancada del MAS aceptó la renuncia de Morales al día siguiente. 

Ojo por ojo

La vorágine política provocada por las aprehensiones, justificadas ideológicamente en la falsa tesis del golpe de Estado y la “pasión por la justicia”, ha atrapado a Bolivia en un círculo vicioso bajo la lógica del ojo por ojo. Esto ha recrudecido la polarización social y ha abonando un terreno fangoso que hace más difícil la gestión pública en tiempos de pandemia.

En el gobierno interino de Jeanine Añez también hubo persecuciones y aprehensiones. Y la línea autoritaria del exministro de gobierno, Arturo Murillo, colaboró en la degradación de la democracia durante el año 2020. Pero no cabe duda que el actual gobierno del MAS está repitiendo el libreto de forma recargada. Confiado en su mayoría electoral (55%), considera que tiene luz verde para cometer atropellos a los derechos humanos en nombre de la verdad y para despreciar a la minoría opositora, así como vigilar y castigar al individuo. ¿Es esto democracia?

Cuando las acciones políticas están determinadas por presupuestos ideológicos y ánimos revanchistas, no existe espacio para el acuerdo y el respeto. El circulo vicioso del ojo por ojo atrapa a los gobernantes, y sus discursos, —basados en hipótesis sin fundamentos— se convierten en justificantes para prácticas abusivas contra sus enemigos políticos.

El arresto de la expresidenta Jeanine Áñez ha vuelto a remover el sistema político en tiempos de pandemia y ha reactivado la polarización discursiva que puede entorpecer la coordinación interinstitucional entre el gobierno nacional y los gobiernos territoriales autónomos recién electos y donde el MAS carece de músculo. Esto podría complicar la gestión pública para empezar a superar la crisis socioeconómica provocada por la pandemia en Bolivia.

Foto de Brasil de Fato

Vivir en la era de la posverdad

Coautor Marco Schneider

La vida humana se basa en la credibilidad en los mensajeros que diseminan mensajes y cuyo sentido depende del pre-conocimiento de quienes los reciben. No es que antes vivíamos en la era de la verdad y que ahora vivimos en la era de la mentira. La diferencia es que hoy vivimos en una sociedad en la que se ha masificado el poder de diseminar mensajes y declararlos verdaderos gracias a la interacción que ofrece la red digital. Eso es vivir en la era de la posverdad

Esta red, que en sus inicios era considerada como un desafío a los poderes centralizados, ha creado nuevos oligopolios por encima de los centros políticos y legales dictando sus propias reglas de juego. La anticiencia, el negacionismo climático, las teorías de la conspiración o el discurso del odio, no son más que viejos fenómenos actualizados en nuevas modalidades y cuya dimensión nos ha llevado a situaciones disruptivas, tanto en regímenes democráticos como autocráticos.

Quien envía un mensaje puede hacerlo creyendo honestamente que lo que dice es verdad. Pero el emisor puede no solo comunicar algo falso sino también intentar dañar al receptor, es decir, mentir. El lugar desde donde se juzga la veracidad es un lugar de poder y quien ocupa ese lugar puede caer en la tentación de abusar de ese poder para engañar al otro, excluyéndolo de su capacidad crítica y hasta su eliminación. En este marco, vivir en la era de la posverdad significa tener conciencia de la precariedad de la comunicación humana, tanto con respecto al error como a la mentira.

Esta nueva era nos ha llevado a vivir en medio de alucinaciones colectivas, hedonistas y nihilistas, mudas o ignorantes, mediadas por mucha inversión en tecnologías de la información, comunicación, vigilancia, minería de datos y publicidad masiva. Información personalizada, centrada en el consumo de bienes y experiencias o servicios tarifados, para proyectos de vida de clase media banales e inviables para la mayoría de los soñadores.

De esta manera, la posverdad actualiza como farsa las tragedias de la antigüedad, cuando pensar en un mundo mejor era imposible en términos racionales de corto o mediano plazo. Hoy, esta tragedia se repite como drama farsesco, porque las condiciones materiales y culturales para la mejora social, modesta y universal están dadas desde hace al menos un siglo. Pero la lógica sistémica del capitalismo hace imposible lo posible.

¿Podemos superar la posverdad sin desconectarnos? 

La posverdad no es un problema de individuos aislados, es un problema cultural, colectivo, social. Y la desconexión, a escala social, no es posible ni deseable. La cuestión es entonces qué hacer con una determinada cultura de la conexión. Se trata de combatir legalmente el control oligopólico y corporativo de los flujos, tiempos, contenidos y accesos, a la vez de promover la alfabetización mediática e informacional a gran escala y en particular la competencia crítica en información. 

La raíz del problema no está en la conexión, concebida en términos generales y abstractos, sino en la desconexión conectada, o en la conexión alienada, expropiada por la comunicación corporativa, la ideología neoliberal y el espionaje. La posverdad es entonces, en esta clave analítica, el nombre sintético de las actuales modalidades de alienación —entendida como la expropiación de alguien por otro— interconectadas globalmente por la desinformación digital en red.

Esta alienación se produce cuando se expropian la tierra, el cuerpo, el pensamiento y las herramientas del individuo y se privatiza lo común. Hoy en día, además de todo lo demás, los datos y los rastros digitales están alienados en la escala del big data. Estos datos, obtenidos tras una cuidadosa vigilancia, guiada por fines económicos mercantiles y propósitos políticos de tenor predominantemente neoliberal, retornan semióticamente de forma personalizada, pero a escala masiva en forma de publicidad, propaganda y fake news, forjando en gran medida la posverdad. 

¿Las particularidades en América Latina? 

En América Latina la manifestación más preocupante de la posverdad ha sido el “lawfare” que opera al servicio de los intereses del gran capital. Así se conoce a la acción programada y conjunta de sectores del poder judicial y legislativo, junto a ciertos medios de comunicación corporativos para movilizar a la opinión pública a través de la saturación de noticias ideológicamente sesgadas contra liderazgos populares que van en contra de sus intereses.

El derrocamiento de gobiernos populares de centroizquierda sin intervención militar ha sido un fenómeno reiterado en América Latina en la última década, como es el caso de Honduras, Ecuador, Bolivia o Brasil. En el caso de Brasil, particularmente, se forjó una violenta imagen pública en contra del PT (Partido de los Trabajadores) que no se corresponde con los hechos.

El apodo distorsionado —“kit gay”— que se dio a un folleto preparado por el último gobierno del PT destinado a prevenir la homofobia entre adultos, buscó instaurar la idea de que incentivaba a la homosexualidad infantil. Pero aún más grave fue la campaña para asociar la imagen del PT a la del partido de la corrupción, cuando los datos demostraban que los delitos habían sido muchos menos que los de los partidos acusadores.

Esta distorsión en la percepción pública de los hechos sirvió de caldo de cultivo para el golpe contra Dilma Roussef y la detención de Lula. La razón jurídica esgrimida para el impeachment de Roussef, las supuestas «pedaladas fiscales», además de insuficientemente probadas, habían sido una práctica contable habitual de todos los gobiernos postdictadura en Brasil. Y la prohibición de la candidatura de Lula a las elecciones de 2018, que acaba de ser oficialmente desenmascarada por el Tribunal Supremo de Brasil, permitió el triunfado del actual gobernante del país.

En el año 2016 el Diccionario Oxford entronizó al neologismo posverdad como palabra del año ya que había sido el término utilizado para intentar describir fenómenos inesperados como el Brexit o la victoria de Donald Trump. El hecho de que las creencias influyan en la opinión pública más que las pruebas o los argumentos racionales es antiguo. La novedad de la posverdad, como nuevo modo multifacético de engaño, es la mediación sociotécnica de los flujos de desinformación cuya velocidad, ubicuidad, capilaridad y coste relativamente bajo, desde la captación y extracción de datos hasta la circulación de la información, no tienen precedentes.

Marco Schneider (Río de Janeiro) es investigador del Instituto Brasileiro de Información en Ciencia y Tecnología (IBICT) e Profesor de Comunicación en la Univ. Federal Fluminense (UFF). Doctor en Ciencias de la Comunicación por la Univ. de São Paulo.

Foto de ell brown en Foter.com

También el Estado viola los derechos de la mujer

Coautor Kevin S. Tiburcio

A más de 1500 km. de Buenos Aires, en un rincón perdido del Chaco argentino en la provincia de Formosa, más de 80 mujeres embarazadas de la comunidad idígena wichi denunciaron persecución policial y traslados forzosos a centros de aislamiento gubernamentales para ser sometidas a cesáreas. Las mujeres, escondidas supuestamente en el monte, denunciaron ante las cámaras que, tras las cesáreas forzosas, las mujeres son separadas sin aviso y hasta por 14 días de sus bebés que son llevados a centros de neonatología en los hospitales de la capital provincial.

Esta escandalosa denuncia de violencia obstétrica —violencia ejercida por profesionales de la salud que afecta el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres— ha sido rechazado por el Gobierno de la provincia como un acto mediático de una cadena de televisión. La politización del tema y la ausencia de denuncias formales han puesto la denuncia en tela de juicio. Sin embargo, como sucede en otros casos, el miedo a éstas y otras prácticas de violencia frecuentemente reprimen a los afectados.

Más allá del caso específico del grupo de mujeres wichi, lo cierto es que en Argentina el número de cesáreas se encuentra en un 45% del total de los nacimientos, una proporción tres veces mayor a la recomendada por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Esto demuestra un abuso por parte de las autoridades políticas y sanitarias de este tipo de práctica que muchas veces se basa en motivaciones económicas.

Los derechos de la mujer

El pasado 8 de marzo, cuatro días antes que la denuncia saliera a la luz, se conmemoraba el Día Internacional de la Mujer, fecha anual en que especialistas, colectivos, organizaciones y la sociedad civil se replantean el alcance de los derechos de las mujeres. Y si bien en Argentina y en América Latina lentamente se van alcanzando nuevos logros, lo cierto es que aún queda un largo camino por recorrer para garantizar estos derechos, entre ellos los reproductivos.

Actualmente, si bien muchos casos de abusos se mantienen en la oscuridad, otros salen a la luz gracias a denuncias o investigaciones en profundidad. Hace algunos años, el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM de México denunció que cuatro de cada cinco mujeres indígenas padecen maltrato, humillación, ridiculización y agresiones psicológicas, físicas y verbales durante el embarazo, parto o cuando solicitan atención en los servicios de salud.

Fujimori y la esterilización forzada en Perú

Si bien las esterilización forzadas y las cesáreas obligatorias son prácticas cada vez menos frecuentes, en el pasado fueron utilizadas por el estados en muchos países de la región. En Perú, a lo largo del periodo presidencial de Fujimori, se practicó sistemáticamente la esterilización forzada, como se conoce al procedimiento que hace a las mujeres incapaces de reproducirse sexualmente, sin su consentimiento.

El Programa de Salud Reproductiva y Planificación Familiar, como se conoció al plan estatal peruano, se basaba en la necesidad de que las mujeres accedieran al control natal gratuito. El plan también proponía la salud sexual y reproductiva como un derecho para mujeres y hombres. Sin embargo, la aplicación de las medidas anticonceptivas o de control natal recayeron únicamente sobre las mujeres.

Según el informe basado la investigación en el caso de las esterilizaciones involuntarias realizadas en el Perú, entre el año 1996 y 2001 se realizaron 272,028 esterilizaciones. El año 1997 fue que el que registró el mayor número de casos con 109,689 esterilizaciones realizadas, en su mayoría, a mujeres indígenas y campesinas sin su consentimiento.

El papel del Estado

¿Cuál es la relación entre la esterilización en el Perú y la situación denunciada por las mujeres wichí en Formosa?

La violencia obstétrica puede ser interpretada como la violencia sistemática por parte del Estado al omitir y desarticular el cuidado de la salud materna y los derechos de las mujeres. La misma se presenta cuando existen omisiones, atención inadecuada, malos tratos, procedimientos innecesarios o injustificados durante la atención del parto y puerperio. Es un tipo de violencia directa que generalmente viola los derechos reproductivos de mujeres pertenecientes a los sectores más vulnerables de la sociedad.

En Argentina actualmente se cuenta con diversos instrumentos normativos que reconocen esta violencia y la necesidad de que los partos sean respetados. El parto respetado tiene por objeto garantizar el ejercicio pleno de la libre decisión de las mujeres para el proceso en el mismo y reivindica la implementación de los métodos menos invasivos. Sin embargo, uno de los principales problemas que se siguen presentando en la atención materna es que la línea principal o la columna vertebral de los programas públicos y las políticas de salud recaen solamente sobre la condición reproductiva de la mujer.

Hay una necesidad urgente de que los servicios de atención materna tomen en consideración también las necesidades emocionales y fisiológicas de las mujeres. La mayoría de los casos de mortalidad materna podrían ser prevenidos si los servicios de atención se adecuaran a las necesidades de las madres y no estas a las necesidades institucionales.

En todo caso, estas prácticas terminan siendo un determinante que inhibe los deseos de las mujeres de procreación o sus expectativas familiares. Este tipo de violencia llevadas adelante desde el Estado, que tienen como víctimas a las mujeres por su condición biológica para la gestación, va en contra de su obligación de garantizar el respeto y acceso a los derechos.

Foto de Eneas De Troya

Kevin Sander Tiburcio Zamudio es Licenciado en Administración Pública y Ciencia Política de la Facultad de Economía y Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC).

El aislamiento de Brasil en la lucha contra el Covid-19

Coautora Rafaela Rodrigues

Mucho se ha hablado, dentro y fuera del Brasil, de la hecatombe que ha sufrido el país desde el inicio de la pandemia. Recientemente, Brasil fue considerado el país con la peor respuesta a la crisis sanitaria del SARS-CoV-2 en el mundo, según el Instituto Lowy, de Australia. Y en las últimas semanas, el Director General de la Organización Mundial de la Salud (OMS) llegó a afirmar que la situación de la pandemia en Brasil es una amenaza para América Latina y el mundo.

Brasil en las antípodas de su política exterior

Brasil es hoy uno de los países con más restricciones en el extranjero para los viajeros. No podría ser diferente, teniendo en cuenta la constante e inédita violación del derecho a la vida y a la salud de los brasileños, promovida directamente por el Gobierno Federal y sus representantes.

La cortina de humo levantada a través de las fake news y la guerra de odio que se ha instalado en el país desde las últimas elecciones de 2018, potencia una maraña de información de diferentes hechos y versiones. En este escenario, la actuación del presidente Jair Bolsonaro, actualmente sin partido, pretende a menudo enmascarar la situación real, alejando el foco de la mala gestión del Ejecutivo Federal —especialmente del Ministerio de Salud— en la lucha contra la pandemia.

En retrospectiva, la suma de actos contra la salud pública durante la pandemia refleja un movimiento sistemáticamente contrario a la historia propositiva del país, tanto en el contexto de las políticas de salud como en los acuerdos de cooperación internacional en el área. Es lamentable que, aún teniendo uno de los mayores sistemas de salud pública y universal (SUS) del mundo, el ex ministro de Salud, Eduardo Pazuello, haya dicho que, antes de asumir el cargo, “ni siquiera sabía lo que era el SUS”.

Ideologías políticas aparte, nada de lo que ocurre hoy en Brasil representa la historia de la acción del país en el ámbito de la salud, ni en política exterior.

Apogeo y crisis de la diplomacia brasileña en la salud

Durante la mayor parte de su historia republicana, la diplomacia brasileña se guió por la autonomía y el pragmatismo, paradigmas abandonados por el actual gobierno. Los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso (PSDB), por ejemplo, ampliaron las asociaciones internacionales y la participación en diversos foros mundiales. Algunas iniciativas, muchas de ellas lideradas por el entonces ministro de sanidad, José Serra, reforzaron una política innovadora de acceso a medicamentos para el VIH/SIDA, al asociar la salud al concepto de derecho humano fundamental.

En el ámbito de la Organización Mundial del Comercio (OMC), la Declaración de Doha sobre los ADPIC (Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual) y la Salud Pública, de 2001, es un ejemplo del protagonismo de Brasil al proponer la reunión interministerial que permitió interpretar los acuerdos internacionales de propiedad intelectual a la luz del interés público. De esta manera se defendía la primacía de la salud sobre las normas del comercio internacional. 

A raíz de la reducción de costes de los medicamentos antirretrovirales, Brasil decretó por primera vez, en 2007, la ruptura de la patente de un medicamento extranjero. El entonces presidente Lula da Silva y el ministro de Salud, José Gomes Temporão, iniciaron el proceso con la publicación de una ordenanza, que declaraba de interés público el medicamento Efavirenz, del laboratorio estadounidense Merck. Los gobiernos del PT de Lula y Dilma Rousseff impulsaron la acción internacional de Brasil en la agenda de salud, que se basó en gran medida en el fortalecimiento de la cooperación entre los países del llamado Sur Global.

En 2011, los BRICS promovieron una reunión de sus ministros de Sanidad en China, cuyo objetivo era permitir el acceso universal a los medicamentos. En esa ocasión se aprobó la transferencia de tecnología entre los miembros del bloque y otros países en desarrollo para aumentar la capacidad de producción de medicamentos asequibles.

Para Brasil, uno de los mayores importadores de suministros hospitalarios y de laboratorio de China e India, continuar con las políticas de cooperación y las alianzas comerciales de antaño maximizaría los beneficios políticos, económicos y sociales a corto plazo, especialmente durante la pandemia.

Sin embargo, el actual canciller brasileño, Ernesto Araújo, insiste en la teoría del “virus chino” como forma de dominación de otros países, además de atacar públicamente a la OMS, organismo en el que Brasil ya ocupó uno de los 34 puestos del Consejo Ejecutivo entre 2004 y 2007, habiendo sido reelegido por otros tres años, entre 2008 y 2011. Estas acciones no tuvieron otro efecto que el de retrasar aún más el envío de nuevas vacunas a Brasil.

La defensa de la salud como derecho humano fundamental

Una mirada hacia atrás nos trae una sensación de distopía. Al presentarse al mundo con un mensaje negacionista, que descalifica a la ciencia, difunde informaciones falsas y promueve institucionalmente el aumento del número de muertes al no combatir la pandemia, Brasil pierde, además de vidas, estatus internacional en el área de la salud.

Con esta postura, se pierde además la oportunidad de articularse en bloque para que los países del Sur Global reciban más dosis, ya que China, India y Rusia ya han desarrollado sus propias vacunas, además de Estados Unidos y Reino Unido. Según las cifras publicadas en enero por la OMS, por cada 39 millones de dosis de vacunas contra el covid-19 repartidas entre 49 países desarrollados, un país pobre sólo recibe 25 dosis.

La igualdad en la inmunización es un supuesto básico para acabar con la pandemia. Sin embargo, tras décadas de reconocidos programas de vacunación en Brasil, el presidente Bolsonaro afirma públicamente que no se vacunará contra el Covid-19 y anima a la población a hacer lo mismo, aludiendo a los posibles efectos secundarios.

Las consecuencias no terminan ahí. Si bien el país fue premiado internacionalmente por sus programas sociales de referencia en la lucha contra el hambre, Brasil ha dado un paso atrás. En 2021, tras el fin de las ayudas de emergencia, Brasil contará con más de 60 millones de personas bajo el umbral de la pobreza.

Es necesario combatir la propaganda institucionalizada del Gobierno Federal contraria a las prácticas sanitarias actuales, la difusión de noticias falsas o científicamente no comprobadas, y los reiterados actos contrarios a la salud pública, incluyendo los que restringen o retrasan las respuestas de los gobiernos estatales y municipales a la pandemia.

La movilización política y, sobre todo, de la sociedad en torno a la salud como derecho humano fundamental sigue siendo crucial para consolidar los logros alcanzados en el pasado. Hay que evitar nuevos retrocesos y promover avances inmediatos en el contexto de la mayor crisis sanitaria del siglo. 

Rafaela Rodrigues es doctoranda en Política y Relaciones Internacionales en el “Centro de Pesquisa e Documentação de História Contemporânea do Brasil” (CPDOC) de la Fundación Getúlio Vargas (FGV).

Foto de Eduardo.Coutinho

Sudamérica: un espacio migratorio “casi perfecto”

América del Sur constituye, según algunos expertos, un espacio migratorio regional “casi perfecto”, en la medida en que sus migrantes son en su inmensa mayoría nativos de la misma región. El subcontinente es conocido por su diversidad cultural, étnica y lingüística, gracias tanto a su antigua herencia indígena como a las progresivas aportaciones migratorias de todos los rincones del planeta. En este contexto, la movilidad humana en general, y las migraciones transnacionales en particular, constituyen una verdadera máquina de diversificación e integración de las poblaciones y culturas del mundo.

El crecimiento de la migración intrarregional

La diversificación se produce desde la perspectiva local de la sociedad receptora. Y la integración se produce a nivel regional, debido al aumento y consolidación de los intercambios materiales y simbólicos entre las sociedades y los países vecinos o cercanos. Este es un hecho de gran relevancia al considerarse que uno de los principales cambios ocurridos en el paisaje migratorio transnacional contemporáneo es la reorientación regional de sus flujos.

Según la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), el volumen de las migraciones Sur-Sur ya es superior al de las migraciones Sur-Norte. De los 258 millones de migrantes registrados en el mundo en 2017, unos 100 millones (o casi el 40% de este total) emigraron de un país del Sur a otro país también del Sur, frente a solo 86 millones (o algo más del 30%) de personas que emigraron del Sur al Norte. En este escenario, el ejemplo sudamericano es uno de los más emblemáticos.

El legado de los procesos de integración regional

Sudamérica tiene una población de casi 430 millones de habitantes, lo que representa el 65% de la población latinoamericana y el 42% de los habitantes de las Américas. Según la ONU, a nivel social y político, América del Sur sigue enfrentándose a los retos de la desigualdad social y la falta de coordinación política y económica regional.

Estos retos se hacen evidentes sobre todo si consideramos la crisis generalizada que atraviesan las principales organizaciones regionales: la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) en un avanzado proceso de desintegración; la Comunidad Andina (CAN) prácticamente paralizada; y el Mercado Común del Sur (Mercosur) luchando por su supervivencia.

No obstante, hay que reconocer que las tres instituciones tuvieron el mérito de elaborar políticas migratorias impregnadas de los principios universales de los derechos humanos y de los ideales de igualdad y justicia social.

Según el estudio Hacia el Sur. La construcción de la ciudadanía suramericana y la movilidad intrarregional”, estas políticas sentaron las bases de una integración regional progresiva que garantizara a los ciudadanos del subcontinente el derecho al libre tránsito, la residencia en cualquiera de los países miembros de estas organizaciones, la equiparación de los derechos sociales y laborales con los nacionales del país receptor, la simplificación y estandarización de documentos, trámites y procedimientos legales y administrativos.

En la práctica, el pasado esclavista y colonial de la región, la rigidez de sus jerarquías sociales, de clase y étnicas, el nacionalismo, la xenofobia y el racismo institucional terminan por obstaculizar la implementación y el cumplimiento del ideal de una ciudadanía sudamericana.

Esto también ocurre como consecuencia del desconocimiento de los acuerdos y de los derechos que de ellos se derivan tanto por parte de los ciudadanos como, en ocasiones, de los propios funcionarios del Estado.

Un espacio migratorio regional “casi perfecto”

Las migraciones intrarregionales constituyen una experiencia bastante nueva para Sudamérica. Hasta mediados del siglo XX, el subcontinente era conocido más bien como destino de inmigrantes internacionales, en su mayoría europeos. En un segundo momento, la tendencia se invirtió y Sudamérica se convirtió en una región de emigración principalmente hacia Norteamérica y Europa.

Sin embargo, si la emigración sigue siendo una realidad estructural del paisaje social de todos los países sudamericanos, desde el final del siglo pasado del siglo XX, esas migraciones se volvieron cada vez más intrarregionales, beneficiándose en primer lugar Argentina, Chile y Venezuela, antes que los flujos comenzaran a diversificarse, sumándose Brasil y otros países de la región.

Estas poblaciones buscan mejores condiciones de vida, como en el caso de los bolivianos que migran hasta Argentina y Brasil para trabajar en sectores como la industria textil, o los colombianos que buscan protección internacional como consecuencia de la violencia y del conflicto armado que afecta al país hace más de medio siglo.

Según la OIM, en 2015 la región tenía unos 5 millones de inmigrantes frente a una docena de millones de emigrantes. Entre 2010 y 2015, además de registrar un aumento progresivo y considerable de las migraciones que supera el 10%, cabe destacar que el 70% del contingente de inmigrantes presentes en el subcontinente estaba compuesto por nacionales de la misma región.

Sin embargo, para evaluar mejor este espectacular crecimiento, no podemos ignorar el número actual de ciudadanos venezolanos que abandonan su patria como consecuencia de la crisis social y política que asola el país. Según las proyecciones del ACNUR y la OIM, en 2020 el número de migrantes y refugiados venezolanos habrá alcanzado los 6,4 millones.

De esta forma, si calculamos que al menos 2/3 de la población venezolana migrada permanecerá en la región, podemos deducir que las migraciones intrarregionales en América del Sur deberán alcanzar futuramente un volumen que se aproxima a 8 millones de individuos.

Y, aunque consideremos que, hasta 2015, Venezuela acogió a más de 1,5 millones de migrantes, en su mayoría intrarregionales, de los cuales una parte puede haber salido del país, sigue siendo aceptable mantener la estimación de más de 7 millones de migrantes intrarregionales en el subcontinente. Esto significa que cerca del 90% del conjunto de las migraciones tienen lugar en América del Sur.

En cualquier caso, no son las cifras en sí las que nos interesan sino el hecho, observado por estudios como “Radiographie des flux” (2019), de que Sudamérica sería un espacio migratorio regional “casi perfecto”. Así, más que la cantidad y la densidad de los flujos, cabe destacar su significado humano y cultural.

En una región relativamente joven y aún en proceso de formación social y cultural, es necesario observar el fenómeno migratorio intrarregional como factor de producción de una identidad sudamericana y vector de integración regional de “abajo hacia arriba”.

Si, como hemos visto, las principales instituciones interestatales de la región no han demostrado la fuerza suficiente para acelerar este proceso de integración, no se puede negar que uno de sus principales legados: el Acuerdo de Residencia y Libre Tránsito (establecido por el Mercosur), demuestra que no sólo existe una demanda real de movilidad humana en la región, sino que a medida que el Acuerdo se arraigue en el imaginario social de la región, se producirá una mayor integración de forma natural.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

¿Centroamérica se suma a la producción de cocaína?

A inicios de febrero de este año y en el marco de la Operación Cazador, bajo la supervisión de un juez con jurisdicción nacional, agentes de la Dirección Nacional Policial Antidrogas (DNPA) y de los Comandos de Operaciones Especiales (COE) de Honduras decomisaron un plantío de arbustos de coca. El operativo, que se desarrolló en un área rural en el departamento de Colón, en el norte del país, acopió más de 13.000 plantas y elementos necesarios para la fabricación de la pasta básica de cocaína.

La idea de que Centroamérica es exclusivamente una región de tránsito de la droga desde Sudamérica hacia los mercados consumidores del norte empieza a ponerse en duda. Si bien sigue siendo zona de recepción y despacho de cargamentos procedentes del sur, lo cierto es que, desde hace algunos años, países como Guatemala y Honduras se van convirtiendo, aunque lentamente, también en productores de esta droga.

La aparición de los cultivos

Centroamérica es una de las regiones más violentas del mundo,  pero como si no fuera suficiente, desde mediados de la década pasada las fuerzas de seguridad han ido descubriendo cultivos de coca en zonas aisladas y escasamente pobladas en estos dos países. Y hay quienes aseguran, que seguramente existen cultivos de tipo experimental también en El Salvador y en Nicaragua, sólo que aún no han sido descubiertos.

Los países del Triángulo Norte —El Salvador, Guatemala y Honduras— llevan décadas absorbiendo buena parte del tráfico de drogas desde el sur. Aportan a ese fenómeno las vastas regiones aisladas, casi inaccesibles, como la mayor parte de la Mosquitia hondureña. Asimismo, cuentan con extensas costas marítimas y fuerzas navales que no siempre cuentan con la capacidad operativa para controlarlas adecuadamente.

En 2018 se decía: “por ahora, los cultivos ilegales en el Triángulo Norte son más anecdóticos que peligrosos. Unas 50 hectáreas en Honduras no son nada…”. Sin embargo, se han ido descubriendo cultivos más extensos con laboratorios, invernaderos y con tecnología para producir más cantidades de cocaína, en mejores condiciones y con mayor calidad. Eso sí preocupa, aunque la producción todavía no haya alcanzado cifras relevantes.

Los plantíos centroamericanos

En mayo de 2018, debido a un “chivatazo”, las fuerzas de seguridad de Guatemala se adentraron en zonas casi inaccesibles de Alta Verapaz, una región con cerros de hasta 2,500 metros de altura, calurosa y húmeda. Se trata de un territorio muy similar a los Andes de la cuenca amazónica, donde se cultivan los mejores plantíos de coca. Fue una operación realizada en estricta reserva que permitió hallar el primer cultivo de hoja de coca en el país.

Ese mismo año, las autoridades de Honduras descubrieron tres plantíos, uno de ellos de unas 20 hectáreas. Estos descubrimientos comenzaron a evidenciar que los carteles están buscando alternativas de producción más cercanas al mayor mercado consumidor del mundo: Estados Unidos. La menor distancia de Honduras y Guatemala con Estados Unidos, comparado con Perú, Bolivia o Colombia, reduce significativamente los riesgos en el transporte y la costosa y compleja logística necesaria para transportar toneladas de cocaína desde Sudamérica.

El crecimiento de los cultivos en Honduras

Desde 2017 se han encontrado, en Honduras, plantaciones de hoja de coca en los departamentos de Yoro, Olancho y Colón, todos ellos ubicados en la zona norte del país. El primer cultivo se encontró en abril de 2017, en una zona montañosa de Esquipulas del Norte, en Olancho. Fueron requizados unos 84 mil metros cuadrados de plantaciones y un narco-laboratorio anexo, cuyas actividades databan de cierto tiempo atrás. En 2019 las autoridades hallaron varias manzanas de hoja de coca en el departamento Colón, lindante con la costa caribeña. Este departamento es donde más hectáreas de plantaciones se han encontrado.

A pesar del aumento de plantíos requisados en el pís, algunos analistas creen que estos cultivos tienen limitaciones virtualmente insuperables. Una de ellas es que el territorio hondureño es pequeño y que la hoja de coca requiere de mucho desmonte para recibir suficiente luz solar, lo cual haría las plantaciones fácilmente visibles desde el aire. Sin embargo, según autoridades policiales, si estas plantaciones se hicieran intercaladas y de menor tamaño no sería tan fácil descubrirlas e incluso podrían ser confundidas con el desmonte para explotación ganadera.

A pesar de que las condiciones del territorio centroamericano no son las más idóneas, la tendencia creciente de este fenómeno es preocupante teniendo en cuenta el contexto del Triángulo Norte. Se trata de países con instituciones débiles, altos niveles de corrupción, fuerzas armadas y de seguridad permeables a los “incentivos” del narcotráfico y sociedades inmersas en la violencia, producida tanto por el crimen común como por el crimen organizado.

Estas sociedades vienen sufriendo, además, de los embates de persistentes crisis económicas, a esta altura estructurales, que han desembocado en migraciones y desplazamientos masivos. Todos estos ingredientes son tierra fértil para que los cultivos de coca se conviertan en una alternativa de sobrevivencia para las familias marginadas que viven entre cerros, selvas y bosques, donde las autoridades tienen escasa o nula presencia.

El Lawfare electoral en Ecuador

El “lawfare”, como se conoce a la utilización de instrumentos jurídicos para articular una persecución política, se extiende por América Latina. En el último lustro, la “guerra jurídica” se ha intensificado, cuantitativa y cualitativamente, convirtiéndose en una estrategia regional coordinada que utiliza la legitimidad del aparato jurídico del Estado para subvertir, forzar o manipular los procesos democráticos de alternancia en el poder. Ecuador es un ejemplo ilustrativo de este proceso.

El procesamiento o encarcelamiento de líderes políticos como Lula da Silva ha sido la punta del iceberg del “lawfare”, pero la estrategia va mucho más allá. Entre otras medidas, incluye la acción de los medios de comunicación para aniquilar la imagen de líderes políticos; la utilización del aparato administrativo sancionatorio para perseguir a la militancia de la oposición; la imparcialidad judicial; o la injerencia en los procesos electorales. Estas estrategias han marcado el escenario político en Argentina y Brasil, y ahora también en Ecuador.

Ecuador, elecciones y lawfare electoral

En Ecuador estas estrategias han sobrepasado la dinámica tradicional de utilizar el sistema penal para anular al adversario político, bajo el amplio paraguas de la “lucha contra la corrupción”, para dar un salto al ámbito procesal-electoral. El lawfare comenzó en 2017, desarrollándose tanto en el ámbito judicial penal —la Fiscalía General del Estado y los tribunales— como en el ámbito administrativo con la Contraloría General del Estado.

Por un lado, se abrieron procesos penales y se dictaron penas de prisión preventiva contra dirigentes del “correísmo”, incluyendo al expresidente Rafael Correa. Y, por otro, se persiguió con sanciones económicas y amenazas de procesamientos a numerosos ex funcionarios de ese gobierno.

En octubre de 2019, tras el levantamiento popular y la represión policial y militar, esta utilización de la vía penal dio un giro cualitativo importante. De la persecución de la corrupción se pasó a perseguir una supuesta rebelión que afectó a destacados líderes políticos y sociales. Esta estrategia fue criticada desde diversos organismos y la propia Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) llegó a otorgar medidas cautelares para poner fin a la privación de libertad de los líderes políticos acusados de rebelión.

Las elecciones generales

Previo a la elección general, cuya primera vuelta se celebró el 7 de febrero, la maquinaria del lawfare se reactivó. Comenzaba así lo que podemos llamar el “lawfare electoral”, que ha englobado tres estrategias fundamentales: obstaculizar la inscripción de políticos, deslegitimizar candidatos y atacar a la institucionalidad electoral.

La primera se enfocó en impedir tanto la inscripción de la Revolución Ciudadana (RC) —partido del correísmo— en el registro de organizaciones políticas como la inscripción de sus candidatos. Estos debieron entonces presentarse a las elecciones locales de 2019 como miembros del movimiento Fuerza Compromiso Social (FSC).

Tras los comicios, sin embargo, la Contraloría General del Estado consiguió, bajo amenaza de destitución y mediante multas a los integrantes del Consejo Nacional Electoral, anular también el registro de FSC, lo que forzó, cuatro meses antes de la cita electoral, la inscripción de una nueva alianza, esta vez con el Movimiento Centro Democrático, denominada Unión por la Esperanza (UNES). Finalmente, en septiembre de 2020, el Consejo Nacional Electoral aceptó la inscripción de la coalición que presentó como candidatura al binomio Andrés Arauz-Rafael Correa.

En paralelo a los obstáculos para la inscripción del partido, en julio de 2020 se reformó el Reglamento de Democracia Interna, incluyendo requisitos que dificultaban la inscripción de las candidaturas a presidente y vicepresidente. Esto, sumado a la inhabilitación judicial acelerada del expresidente Correa, obligó a un cambio de fórmula electoral in extremis. El binomio original finalmente fue sustituido por el binomio Andrés Arauz-Carlos Rabascall, que también fue impugnado, aunque finalmente pudo ser inscrito y confirmado en diciembre, apenas dos meses antes de la cita electoral.

Las dificultades para participar en el proceso electoral en Ecuador, sin embargo, no se han limitado únicamente al correísmo. A mediados de noviembre del año pasado la presidenta del Consejo Nacional Electoral (CNE), confirmó que Álvaro Noboa, líder del Partido Renovador Institucional Acción Nacional, tampoco podría postularse como candidato a la presidencia debido a incumplimientos del movimiento que buscaba auspiciarlo.

La OEA y la condena de interferencias en el proceso electoral

Estas acciones han sido observadas por parte de actores nacionales e internacionales. El informe de la Misión de Observación Electoral de la Organización de Estados Americanos (OEA) señaló los obstáculos hallados en el proceso de inscripción de las candidaturas y la consiguiente repercusión en la igualdad de oportunidades en la contienda electoral.

A pesar del “lawfare electoral”, el binomio Arauz-Rabascall ganó con el 32.7% de los votos y superó por más de diez puntos al siguiente candidato, Guillermo Lasso. Este resultado, que requiere de una segunda vuelta, ha generado un rearme del lawfare, con una estrategia ahora centrada en el segundo y tercer objetivo mencionados: atacar la figura de Andrés Arauz y deslegitimar al Consejo Nacional Electoral (CNE).

Estas estrategias tampoco son novedosas, pero el cambio cualitativo se ha producido con la aparición en escena de Francisco Barbosa, Fiscal General de Colombia, evidenciando la articulación regional de la guerra jurídica. Barbosa llegó a Quito a petición de su homóloga ecuatoriana en pleno recuento electoral y antes de la presentación de resultados definitivos. El motivo del viaje era aportar supuestamente pruebas de una presunta relación entre la financiación de la campaña de Andrés Arauz y el movimiento guerrillero colombiano Ejército de Liberación Nacional (ELN). Dichas pruebas no han sido reveladas, ni en Colombia ni en Ecuador.

Por otro lado, el Contralor General del Estado, solicitó el inicio de una auditoria informática del sistema, prolongando así la ofensiva contra el Consejo Nacional Electoral (CNE). Mientras que la Fiscalía, comunicó al Consejo su voluntad de recolectar el contenido digital de la base de datos que administra el sistema informático electoral. Ambas injerencias fueron criticadas en el informe de la Misión de la OEA, donde se menciona que los continuos ataques al CNE, como árbitro de la contienda electoral, deben evitarse para no afectar a la legitimidad del propio proceso.

Además, las acusaciones —sin sustento— de fraude en el recuento de la primera vuelta y la acción propagandística de ciertos medios de comunicación, están contribuyendo a crear una narrativa del fraude y a empañar los comicios de cara a la segunda vuelta, acelerando el proceso de descomposición de la institucionalidad del Estado y del gobierno de Lenín Moreno.

Si a todo esto sumamos la dimisión de los ministros de Salud y Gobierno, las recientes masacres descontroladas en las prisiones, el aumento de la pobreza y la precariedad o los escándalos de las vacunaciones indebidas, lo que obtenemos es un escenario extremadamente volátil, que plantea un riesgo de ruptura democrática e institucional. En este escenario, las elecciones del 11 de abril son una oportunidad para restaurar, no solo la justicia social, sino la propia institucionalidad democrática en el Ecuador.

Foto de Agencia de Noticias ANDES