La alimentación en tiempos de inflación: el costo humano de una dieta inaccesible

La inflación alimentaria ha dejado de ser únicamente un fenómeno económico para convertirse en una preocupación urgente de salud pública. Desde la epidemiología nutricional, se reconoce como un determinante estructural de la malnutrición, con efectos visibles y alarmantes: millones de personas en el mundo comen peor, menos o, simplemente, no comen. Y eso enferma y mata.

Según el informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2025, elaborado por FAO, FIDA, OMS, PMA y UNICEF, 34 millones de personas en América Latina y el Caribe enfrentaron hambre en 2024. Esta cifra representa el 5,1 % de la población regional. Aunque el dato mejora respecto al 6,1 % registrado en 2020, la inseguridad alimentaria sigue presente tanto en zonas rurales como urbanas.

De igual forma, la prevalencia de inseguridad alimentaria moderada o grave en la región afecta a una cuarta parte de la población, ligeramente por debajo del promedio mundial. Además, el número de personas que no podían costear una dieta saludable disminuyó levemente, al igual que el indicador de inasequibilidad de los alimentos saludables. Sin embargo, estos avances son frágiles frente a la presión inflacionaria, que amenaza con revertir los logros alcanzados en la región en los últimos años.

Inflación alimentaria: una presión persistente sobre la seguridad nutricional

La inflación alimentaria reciente ha agravado los riesgos para la salud nutricional, especialmente en los sectores más vulnerables. En 2024, América Latina y el Caribe registraron el costo más alto del mundo para una dieta saludable, siendo este de 5,16 dólares de paridad de poder adquisitivo (PPA) por persona al día. Este dato refleja cómo el alza de precios ha restringido el acceso a alimentos frescos y nutritivos, incrementando el riesgo de emaciación infantil, retraso en el crecimiento y otras formas de malnutrición.

A medida que aumentan los costos en la cadena alimentaria de producción, transporte y almacenamiento, las dietas saludables basadas en frutas, hortalizas, legumbres y proteínas magras se vuelven inaccesibles para millones de personas. En su lugar, proliferan dietas monótonas y con alto consumo de productos procesados y ultraprocesados que son de bajo costo y escaso valor nutricional. Esta tendencia empeora los indicadores de salud pública y contribuye a la doble carga de la malnutrición: la coexistencia de desnutrición y obesidad en los mismos territorios, hogares o incluso individuos.

Malnutrición materna y desigualdad de género

La malnutrición no afecta a todas las personas por igual. Las mujeres en edad reproductiva enfrentan un mayor riesgo nutricional, y la inflación alimentaria profundiza esta desigualdad estructural. En contextos de crisis, los hogares tienden a priorizar la alimentación de los varones o los hijos, relegando a mujeres y niñas a dietas más pobres, perpetuando un ciclo de desigualdad, exclusión y malnutrición femenina.

El impacto es mayor en países con alta desigualdad de ingresos, protección social débil y escaso acceso a recursos. Las mujeres rurales son especialmente vulnerables por su limitada participación en el empleo formal, acceso insuficiente a servicios de salud, escasa educación nutricional y falta de redes de apoyo comunitario. Esta situación compromete no solo su salud individual, sino también el embarazo, el desarrollo fetal, el parto, la lactancia materna y la salud infantil durante los primeros mil días de vida.

Causas estructurales de la inseguridad alimentaria

Para abordar la inflación alimentaria de forma eficaz, es esencial comprender sus causas estructurales. Entre los principales factores destacan dos eventos recientes de impacto global: la pandemia de COVID-19 y la guerra en Ucrania. Ambos provocaron interrupciones en las cadenas de suministro, escasez de insumos, alza de precios de fertilizantes y combustibles, y aumento de costos logísticos. Estos efectos se sintieron de forma desigual en distintas regiones, agravando las inequidades preexistentes.

A esto se suman fenómenos climáticos extremos como sequías e inundaciones que afectan la producción agrícola y elevan los precios de alimentos básicos. En la región, estos factores se combinan con sistemas agroalimentarios frágiles, marcados por baja diversificación de cultivos, dependencia de importaciones, pérdida de variedades nativas y mercados altamente concentrados.

También influyen la falta de infraestructura, acceso limitado a agua potable, escasa educación alimentaria, poca inversión pública en nutrición y políticas agrícolas orientadas a la exportación más que al consumo local.

Estas condiciones encarecen los alimentos saludables y restringen las opciones dietéticas, favoreciendo patrones alimentarios poco saludables: dietas calóricas, basadas en productos industrializados y pobres en micronutrientes esenciales como hierro, vitamina A y zinc.

Es hora de actuar

La inflación alimentaria representa una amenaza creciente para la salud pública. No se trata solo de acceso a calorías, sino del derecho humano a una nutrición adecuada, equitativa y sostenible. Para millones de personas, cada comida implica elegir entre cantidad y calidad, alimentando un panorama preocupante de malnutrición: desnutrición, carencias de micronutrientes y enfermedades crónicas no transmisibles.

Para enfrentarla y poder prevenir futuras crisis, el informe recomienda aplicar políticas focalizadas y coordinadas. Es fundamental proteger a las poblaciones vulnerables mediante subsidios temporales o programas de protección social bien diseñados, con objetivos claros, estrategias de salida definidas y mecanismos de seguimiento que aseguren su efectividad

También es fundamental armonizar políticas fiscales y monetarias que generen un entorno económico estable. Una gestión coherente, con políticas monetarias creíbles y gasto público estratégico, puede estabilizar precios, reducir la volatilidad y fortalecer la seguridad alimentaria.

Además, se necesitan medidas estructurales y comerciales de largo plazo, con impactos sostenibles, como fortalecer reservas estratégicas de alimentos, mejorar la transparencia y competencia en los mercados, e invertir en infraestructura logística, agricultura climáticamente inteligente y sistemas de información agroalimentaria confiables.

Por último, es clave invertir en sistemas agroalimentarios resilientes, inclusivos y sostenibles. Esto incluye apoyar la producción local de alimentos nutritivos, promover la diversificación agrícola, recuperar cultivos tradicionales, mejorar el almacenamiento y transporte, fomentar mercados locales, y apostar por la innovación tecnológica para aumentar la productividad sin comprometer la sostenibilidad ambiental.

La inflación alimentaria es una señal de alerta que exige respuestas urgentes, políticas integradas y compromiso multisectorial. Garantizar el derecho a una alimentación digna, segura y saludable para todos no es solo un desafío técnico, sino un imperativo ético y político inaplazable.

Bolivia: un país a punto de estallar

Bolivia vive los últimos días de un proceso electoral largo, desordenado y turbulento. Si nos preguntamos en qué momento los partidos empezaron sus campañas electorales, seguramente nadie tendría una respuesta. Como nunca antes, el Tribunal Constitucional Plurinacional y el propio Tribunal Supremo Electoral (TSE) han (in)definido los tiempos políticos. Desde inicios de 2024 se plantearon varias controversias judiciales que anularon la candidatura de Evo Morales y dejaron en el limbo la del Movimiento Tercer Sistema; se anuló la personería jurídica de Pan Bol y se bloqueó la postulación de un outsider como Jaime Dunn por tener deudas pendientes con el Estado pese a que la documentación emitida por la Contraloría General del Estado decía lo contrario.

Evo Morales, cuya infinitud en el cargo de presidente tuvo que ser parada en seco por una movilización ciudadana, hoy se halla refugiado en una zona del Chapare a raíz de una orden de detención por un caso de trata de personas que lo implica directamente. Empero, esto no ha impedido al líder cocalero gestar y dirigir varios bloqueos de caminos para presionar y habilitarse como candidato. Estas movilizaciones han logrado, hasta ahora, detener por más de 50 días el flujo de transporte y un daño económico incalculable. Lo peor, es que nada indica que esta lógica de lucha se vaya a detener. En definitiva, es el estilo de Morales de hacer política.

Por su parte, el TSE pasa por una profunda crisis institucional. Según los datos brindados por la encuestas de opinión pública de LAPOP, este organismo tiene apenas un 26,8% de confianza, es decir que tiene dañada el mayor de sus capitales, su credibilidad. Sus vocales protagonizan peleas internas que no parecen motivadas por la mejora del órgano electoral sino por decisiones que tienen que ver con la habilitación o no de candidatos.  Muchas veces no se ha cuidado las formas de civilidad y respeto: en junio de 2025 el vocal  del TSE Tahuichi Tahuichi Quispe calificó de “burros y tan asnos”, a los que le iniciaron un juicio penal por su negativa a habilitar a los partidos Pan Bol y Frente Para la Victoria para que participen en elecciones. En días pasados, el máximo representante de este órgano, Oscar Hassenteufel, aparentemente renunció a su cargo asediado y cansado de las presiones políticas; luego de varias horas, se desmintió la noticia y se dijo que solo había pedido su licencia por enfermedad (de la cual todavía no se repone).

Si lo que dicen las encuestas tienen algún grado de certeza, la fragmentación hará saltar por los aires la estabilidad política siempre tan precaria en el país. Bolivia tiene una inflación acumulada del 39,4%, la empresa petrolera estatal YPFB no puede abastecer el mercado interno de diesel y gasolina, y existe una diferencia del 100% entre el precio del dólar oficial y el del mercado paralelo.

Por su parte, el gobierno ha renunciado a cualquier iniciativa política y da la impresión que solo espera terminar su gestión. El 8 de noviembre de este año Luis Arce entregará el mando a un nuevo gobierno que, con poco músculo político (las encuestas dan al mejor posicionado un margen de votación del 21%) tratará de asumir políticas de shock  que, si bien necesarias, generarán una ola de descontento popular que pondrán en jaque su gobernabilidad.

Hoy el país vive una suerte de fin de época, pero sin un horizonte de futuro claro. La oposición, si bien se ha hecho con la mayor parte de la preferencia electoral, no tiene una propuesta política capaz de cautivar a los sectores populares o a quienes en el pasado votaron por el MAS. Por su parte, los candidatos provenientes del tronco del MAS, Eduardo del Castillo y Andrónico Rodríguez, no pueden separarse del lastre del mal gobierno de Arce y de las influencias del evismo. Rodríguez ha bajado en su preferencia electoral al 6% y del Castillo no logra superar la barrera del 3%.

¿Qué configura este panorama? Por una parte, unas elecciones administradas por un TSE cuya baja credibilidad da lugar a todas las versiones de un posible fraude. Un gobierno nacional que ha dejado de timonear su gestión estatal. Una fragmentación política que hará que cada uno de los partidos tome una parte de la torta del poder político, sin que ninguno de ellos pueda liderar una política anticrisis por su bajo nivel de legitimidad política.

Todo este panorama hace prever el estallido de un conjunto de tensiones que el proceso electoral no podrá resolver.

Democracias pervertidas

La aprobación de la reelección indefinida en El Salvador, que abre el camino para que el presidente del país, Nayib Bukele, se perpetúe en el cargo, y la pantomima mediante la cual Nicolás Maduro se ha proclamado ganador en las recientes elecciones venezolanas nos ponen de cara a lo que son realmente los regímenes políticos en la región. ¿Son democracias? Si la democracia consiste en algo más que depositar un voto periódicamente, la respuesta es no.

¿Son “democracias fatigadas”, el término con el que se propone recientemente etiquetar a estos regímenes? Pero, un momento, ¿de perseguir qué empeños se fatigaron? La fatiga sobreviene luego de un esfuerzo que usualmente permite un logro determinado pero deja exhausto al esforzado. Llamar fatiga a lo que ocurre en nuestros regímenes políticos sugiere, aunque no se lo proponga, que en algún momento estas “democracias” —las comillas son intencionadas— fueron regímenes democráticos que ahora han perdido fuerza para seguir desarrollándose como tales. ¿Fue así?

Si sometemos a pruebas relativamente simples aquello que hemos padecido en la región, los resultados suscitan muy serias dudas. Tomemos el equilibrio de los poderes del Estado. ¿En qué países de la región el poder judicial ha servido como contrapeso al ejercicio del poder por parte del Parlamento y el ejecutivo? En la Costa Rica de otra época ocurría, pero ahora no es tan claro. Ni siquiera en Uruguay —país al que usualmente se adjudica una tradición democrática sin recordar el negro periodo dictatorial entre 1973 y 1985— los jueces han estado a la altura de su función.

Tomemos un caso de mayor rango: la igualdad de derechos, un componente indiscutible de la noción de democracia. ¿Qué grado de igualdad de derechos han alcanzado los ciudadanos en nuestros países? Si no nos basta la respuesta que surja de Constituciones y leyes mentirosas y vamos a la realidad, la igualdad de derechos es una meta muy lejana en todos o casi todos los países latinoamericanos. Pobreza, niveles rudimentarios de educación y otros obstáculos formidables impiden ejercer derechos en condiciones de igualdad.

Y en los países en los que sí se han dado pasos hacia esa meta, con frecuencia ese avance ha sido posible gracias a gobiernos a los que vacilaríamos antes de etiquetar como democráticos. Pongamos dos ejemplos. Juan Domingo Perón en Argentina abrió paso a ciertos niveles de igualdad social mediante el fortalecimiento del poder sindical —al que, desde luego, cooptó y mantuvo bajo control político—. Por otra parte, un gobierno nacido de un golpe militar y un fraude electoral subsiguiente, como el de Manuel Odría en el Perú, introdujo el derecho a voto de las mujeres y estableció la seguridad social pública.

Si lo que hemos tenido difícilmente han sido algo más que regímenes en los que, durante ciertos periodos, se ha podido votar, ¿por qué sostener, pues, que estamos ante “democracias fatigadas”? Más bien, la tendencia que comprueban reiteradamente las encuestas es el crecimiento de los ciudadanos fatigados: hombres y mujeres que se declaran insatisfechos con la “democracia” que tienen, una que simplemente les permite designar periódicamente a quién frustrará sus expectativas.

En ese cansancio han surgido y se extienden las democracias pervertidas, que son regímenes que mantienen el sufragio y responden a alguna demanda social extendida al tiempo que pretenden, con buenos o malos manejos, eliminar cualquier oposición. El crecimiento del delito y la inseguridad han dado oxígeno a propuestas como la de Bukele, que, a cambio de contrarrestar la delincuencia de las maras, está extinguiendo los derechos básicos de los salvadoreños. 

El caso de Daniel Ortega, en Nicaragua, y el de Maduro son ejemplos de hasta dónde puede llegarse en formas de perversión a las que de buena fe nadie podría considerar democracias. Ortega y su mujer, Rosario Murillo, no conocen límites. Ni siquiera guardan las apariencias y encarcelan sin disimulo a quien ose oponérseles. Maduro se mantiene echando mano a cualquier recurso, a costa de millones de venezolanos que han dejado el país no solo por razones políticas sino, sobre todo, económicas. Y de Cuba no resulta necesario ocuparse en este triste repaso.

Así pues, incluso en los ejemplos degenerativos de perversión, el origen no ha estado en “democracias fatigadas” sino en democracias fracasadas que no ofrecen resultados positivos para la vida de sus ciudadanos. De ahí que, junto a la insatisfacción, las encuestas detecten la pérdida de fe democrática entre los ciudadanos. Ese es el panorama.

Cuando la calidad del político es poco relevante

El escenario que cada vez se consolida más en la política mundial es de posdemocracia. Un término ambiguo que define un panorama incierto que integra grosso modo tres situaciones particulares en las que el pluralismo y el estado de derecho quedan cuando menos postergados. La primera es consecuencia de que la democracia constituye un tipo de régimen que tiene en su seno el germen de su propio socavamiento. La segunda se articula en torno al éxito en ciertos aspectos de diferentes modelos autoritarios. Y una tercera situación acoge realidades auspiciadas por liderazgos electos que conllevan proyectos de dominación personal con aquiescencia social.

En todas ellas se abre un espacio problemático que responde a los retos de la revolución digital exponencial con su impacto disruptivo en la sociedad, a la vez que es resultado de las dificultades históricas que padece la democracia representativa. Por otra parte, no son menos importantes las frustraciones creadas a la gente a la hora de confrontar sus problemas y de atender sus demandas. La corrupción y el progresivo imperio del crimen organizado son lacras pesadas. Pero en todas ellas pareciera existir un denominador común en torno a que las características individuales de quienes detentan el poder son poco relevantes.

El número de personas que se dedican a la actividad política o, en otros términos, cuyo oficio es la política, es elevado, aunque resulte difícil su contabilización por la propia definición de ese desempeño. Sin embargo, ello es más sencillo si el universo abordado es el de quienes ocupan la posición política más alta. En el continente americano ese cargo coincide con el de la presidencia de la república elegido directamente por la ciudadanía, con la excepción de Canadá por tratarse de un régimen parlamentario.

Dejo para otra nota un análisis donde considere aspectos relacionados con su formación y con su experiencia, tanto profesional como política, para centrarme en una reflexión de otro orden. Ahora me interesa el rendimiento de las políticas impulsadas de acuerdo con su oferta electoral y también el lenguaje y el comportamiento presidencial en sus comparecencias públicas en relación con su tono agresivo o descalificador del adversario, sin dejar de lado el contexto que configuran las relaciones con los otros poderes del estado y con el partido al que, en su caso, pertenecen o les brindó un apoyo decisivo en su elección.

En la actualidad pueden considerarse cuatro situaciones que terminan validando la tesis de la menor (o nula) relevancia de la calidad de estas personas en el desempeño de su función sabedor, en todo caso, de la dificultad de definir cabalmente el propio significado del término calidad. No obstante, puede formularse una propuesta tentativa de mínimos que recoja los aspectos señalados en el párrafo anterior. El resultado es una matriz con cuatro casillas donde pueden ubicarse como ejercicio exploratorio cuatro presidentes latinoamericanos que llegaron al poder de modo impecablemente democrático.

Yamandú Orsi, presidente de Uruguay desde hace seis meses, cuenta con una mayoría parlamentaria fragmentada y es líder de una coalición sólida. Mantiene un lenguaje y un comportamiento correcto en un país habituado a ello y que goza de un alto grado de madurez democrática. En cuanto al nivel de eficacia de Orsi es aceptable, con notable popularidad, claridad estratégica, posicionamiento internacional y avances tempranos en salud y educación.

Bernardo Arévalo, presidente de Guatemala desde hace 18 meses, desarrolla un lenguaje sereno y equilibrado, así como un comportamiento respetuoso mientras que su eficacia resulta pobre en función del acoso que sufre por parte del estamento judicial y de un poder legislativo en el que su grupo político es bisoño y además está en minoría, así como por las barreras estructurales que tiene el país.

Javier Milei, presidente de Argentina desde hace 20 meses, se comporta de forma grotesca y en su discurso el insulto es una práctica habitual. Su gobierno, ajeno a toda lógica partidista, ha alcanzado buenos resultados en la estabilización macroeconómica y en la reducción del tamaño del Estado con mejoras en indicadores fiscales. Pero estos avances tienen un costo social elevado y un estilo político divisivo que ha alimentado tensiones institucionales y una percepción mixta de su eficacia.

Gustavo Petro, presidente de Colombia desde hace tres años, se caracteriza por su agresividad en la comunicación y por un comportamiento que ha sido tildado de atrabiliario con frecuentes e inexplicables desapariciones y una habitual impuntualidad en actos oficiales. Si bien Petro tuvo un inicio de gobierno ambicioso con reformas sociales y fiscales, su eficacia se vio limitada por la débil gestión institucional en un escenario de clara minoría legislativa, así como con un partido muy débil, grandes escándalos y una crisis fiscal creciente. El país muestra avances en algunos indicadores macro, pero persisten graves falencias en seguridad, confianza pública e implementación efectiva de políticas públicas.

En todo caso y como coda a lo anterior concluyo poniendo la mirada en la figura del consejero del príncipe como factor determinante de la vida política actual y que se ignora con frecuencia. La relevancia de los consultores está en ascenso, pero habitualmente se olvida su presencia, y hace que la calidad intrínseca de la persona que se dedique a la política sea cada vez más intrascendente.

Valga como ejemplo el del principal asesor político del expresidente Biden, Mike Donilon, quien dijo el 31 de julio a los investigadores del Congreso que le pagaron 4 millones de dólares por su trabajo en la campaña de reelección de Biden en 2024, y que habría ganado otros 4 millones de dólares adicionales si este hubiera ganado. Donilon declaró a los investigadores, según recoge el medio Axios, que «todo presidente envejece a lo largo de sus cuatro años de presidencia, y el presidente Biden también. Pero igualmente continuó fortaleciéndose y adquiriendo mayor sabiduría como líder al enfrentarse a algunos de los desafíos más difíciles que cualquier presidente haya enfrentado jamás». El blanqueo del cliente a un alto precio para la política estadounidense, pero que enriqueció el bolsillo del consultor.

Bukele y la reelección indefinida: un punto de no retorno

En 2021, cuando Nayib Bukele actualizó su bio en X para decir “El dictador más cool del mundo”, sus palabras coqueteaban con una realidad que aún no mostraba sus máximos alcances. Pero el 31 julio de 2025, la profecía lanzada por redes sociales por fin se cumplió: con 57 votos a favor y solo tres en contra, la Asamblea Legislativa aprobó un cambio constitucional que le permitiría a Bukele gobernar indefinidamente. 

Entre simpatizantes y críticos por igual, este último asalto a la democracia no es del todo sorprendente. La presidencia de Bukele ha estado marcada desde un principio por todos los sellos de un déspota en ciernes: sumisión del Poder Judicial al Ejecutivo, reducción y reconfiguración del Poder Legislativo, y, más recientemente, forzar al exilio a periodistas y activistas disidentes bajo La Ley de Agentes Extranjeros. No obstante, hay poca duda de que el voto del último jueves constituye el capítulo más siniestro –por ahora– en lo que solo puede describirse como el vertiginoso descenso de El Salvador hacia la tiranía.

De momento, el presidente salvadoreño parece intocable. Su política radical de seguridad ha transformado, pese a graves violaciones de derechos humanos contra -supuestos o reales- pandilleros, la capital mundial del homicidio en uno de los países más seguros del hemisferio occidental, ganándose un apoyo masivo tanto en casa como en el extranjero. Además, se ha visto fortalecido aún más por una oposición débil, su amistad con Trump y la denominada “nueva derecha” mundial, y el conspicuo silencio de los líderes occidentales.

Si bien sólo a un 1.4% de los salvadoreños les parece problemático que el poder esté concentrado en manos de una sola persona, según una encuesta de LPG Dato, Bukele deberá enfrentar obstáculos para mantener el poder en el futuro. ¿Qué pasará cuando la “paz” de Bukele se vuelva costumbre? ¿o cuando el país se vea azotado por una crisis económica, social o ambiental? Parece improbable que el autoproclamado dictador aceptase devolverle el poder y dar paso a un nuevo gobierno ante una derrota electoral.

La erosión democrática 

El cambio constitucional de la semana pasada, que redujo los límites al mandato presidencial, pasó junto con la extensión del período presidencial de cinco a seis año, la eliminación de la segunda vuelta electoral, y la reducción del mandato de Bukele adelantando las elecciones presidenciales de 2029 a 2027 para alinearlas con las elecciones legislativas y municipales con la intención de capitalizar su arrastre electoral. Estos son solo los últimos ataques contra la frágil democracia de El Salvador.

Apenas un año después de su primera elección presidencial en 2019, Bukele evocó recuerdos de la guerra civil que marcó los años 80. Flanqueado por soldados fuertemente armados irrumpió en el Congreso para exigir un préstamo de 109 millones de dólares destinado a su “guerra” contra las maras. Luego, en el 2021, avanzó sobre el Poder Judicial, purgando a las cortes y reemplazando jueces independientes con jueces leales a su partido, Nuevas Ideas. Sin embargo, el 2022 fue su verdadero momento canónico, con el establecimiento del  “estado de excepción” que ha sido renovado hasta la fecha  41 veces por la Asamblea Legislativa.

Durante décadas, El Salvador quedó atrapado en el fuego cruzado entre las infames pandillas Mara Salvatrucha (MS-13) y Barrio 18 en sus dos facciones (Sureños y Revolucionarios), cuyo control se extendía a todos los aspectos de la vida cotidiana. Los ataques contra negocios eran comunes, al igual que los asesinatos violentos que ocurrían con frecuencia e impunidad. Incluso, muchas familias dejaron de mandar a sus hijos a la escuela porque el viaje implicaba atravesar territorios de pandillas en conflicto. Casi todos los aspectos de la vida social eran limitados al barrio y al hogar. 

Como las maras salvadoreñas no jugaron un papel importante en el narcotráfico internacional como el crimen organizado mexicano y colombiano, la extorsión violenta componía su principal fuente de ganancias. En 2014, el Banco Central estimó que el costo de la extorsión en El Salvador era equivalente a más del 3% del PIB; ese mismo año, el gasto público en educación representó el 3.8% del PIB. 

Todas las administraciones previas a la de Bukele prometieron contener a las maras, pero todos fracasaron en acabar con el derramamiento de sangre. Claramente, la mano “dura” no fue lo suficientemente  “firme”. Esas promesas rotas, hechas una y otra vez por los dos partidos dominantes–– la derechista ARENA y el izquierdista FMLN— no hicieron más que reforzar el sentimiento de caos entre la población.

Los errores de la oposición 

A pesar de su popularidad en auge como alcalde de Nuevo Cuscatlán durante su afiliación con el FMLN, donde Bukele empezó su carrera política en el 2012, las relaciones entre el exgerente de un club nocturno convertido en político y su antiguo partido se fueron deteriorando. En Octubre de 2017, el FMLN por fin le expulsó aduciendo “actos difamatorios” en su contra, tras un incidente en el que se le acusó de haber lanzado una manzana a un compañero de partido. Pero esa decisión pronto se convertiría en su desgracia: durante las elecciones legislativas y municipales del año siguiente, en las cuales Bukele se había perfilado para ganar, el FMLN sufrió derrotas aplastantes. Esto se debió, en parte, a que un Bukele resentido había alentado a los votantes a anular su voto o a quedarse en casa durante las elecciones. Con el FMLN recién despojado de su histórica mayoría en la Asamblea Legislativa, ARENA y la derecha en general estaban listas para tomar el control.

El trato hostil del FMLN hacia Bukele le ha jugado en contra desde su ascenso a la presidencia en 2019. Sus críticos, dentro y fuera del FMLN, han centrado, en gran medida, sus ataques en sus políticas de seguridad, una estrategia fallida por varias razones. En primer lugar, el encarcelamiento masivo de pandilleros es la base misma de la popularidad de Bukele. Los intentos de desacreditarlo por violaciones a los derechos humanos en el contexto del Plan Control Territorial contra las pandillas no calan en un electorado cuyos propios derechos fueron pisoteados por los mismos pandilleros que la oposición ahora parece estar defendiendo.

En segundo lugar, y más importante aún, el aspecto más visible del “bukelismo” es solo la punta del iceberg. Aunque el desprecio flagrante de Bukele por los derechos y libertades de los detenidos (sin juicio en megacárceles como el CECOT) merece mucha crítica, es el retroceso democrático más amplio —el control total de las instituciones, la reelección indefinida y una concentración de poder sin precedentes— lo que representa la amenaza más duradera para el futuro de la nación centroamericana. 

¿Una calma efímera? 

Nadie debería sorprenderse por la popularidad de un personaje como Bukele en un país como El Salvador. Al fin y al cabo, vivir sin miedo a la violencia es un derecho humano básico del que el país careció durante demasiado tiempo. La capacidad de Bukele de proveer seguridad donde todos sus predecesores fallaron estrepitosamente explica, no solo su asombrosa popularidad, sino también la apuesta del pueblo salvadoreño a tirar por la borda su propia democracia. 

Pero en la región abundan las lecciones de lo que viene después. Aunque Bukele ha cultivado un apoyo más alto y de una forma mucho más rápida, no debemos olvidar que también hubo un momento en que Ortega disfrutó de un apoyo significativo en Nicaragua, al igual que Chávez en Venezuela. Como Bukele, esos líderes prometieron curar enfermedades que supuestamente no tenían remedio; pero cuando sus pueblos ya no quisieron la medicina fue demasiado tarde.

De momento, la reelección indefinida queda oculta bajo la popularidad de Bukele. Después de todo, esto le otorga una apariencia de legitimidad democrática en el sentido más limitado de la palabra. Sin embargo, en un futuro, tal vez no tan distante, el pueblo salvadoreño puede ser asfixiado por la mano dura que en el pasado le dió “respiro”.

Sheinbaum y Trump: en busca del punto intermedio

La estrategia de Claudia Sheinbaum frente a Estados Unidos se basa, razonablemente, en que a ella le pidan cuentas de su gobierno de ahora en adelante. Ella, sin embargo, cuando lo necesita, vuelve atrás una y otra vez, ya sea para cuestionar a los “conservadores” o exaltar la obra del hasta ahora “mejor presidente de México”, y, desde ese pódium retórico, busca construir acuerdos con el gobierno de Donald Trump. Sin embargo, Trump, en el caso de México, va del pasado al presente para construir el futuro de su proyecto político MAGA (“Make America great again”). Esa carrera imperial, para muchos insensata e irracional por los efectos que tiene en la economía estadounidense, no parece tener punto intermedio. Eso explica la constante inestabilidad en la relación entre estos socios comerciales.

En esa problemática relación, los negociadores mexicanos han ido cediendo en temas de migración. Han blindado la frontera para impedir los flujos de migrantes caribeños, centroamericanos y sudamericanos que buscaban llegar a la Unión Americana causando cuellos de botella en nuestras fronteras, han contenido los flujos de fentanilo a los mercados de la droga estadounidenses y han extraditado a capos que purgaban penas en nuestros penales. 

El gobierno de Sheinbaum ha asumido aranceles en aquellos productos no contemplados en el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), y ahora está sin capacidad para reaccionar ante el 30% a todas las exportaciones mexicanas, incluso con la amenaza de que pueden bajar o subir en función de los resultados de las acciones que lleve a cabo el gobierno. Y, además, tampoco puede reaccionar ante algo que cada vez es más visible, como es el control del territorio y las aguas territoriales en la lucha contra las mafias de piratería, drogas, huachicol, lavado de dinero que se manifiesta en detenciones, decomisos, intervenciones financieras y control sobre el ingreso de precursores químicos para la producción de drogas de diseño.

En el tema donde parece más renuente a ceder es en el de la base política del crimen organizado. Las acciones proactivas y sustantivas contra las mafias remiten irremediablemente al gobierno de López Obrador y su política permisiva de “abrazos, no balazos”. Este punto es el que el gobierno utiliza para presionar: va por más contra las mafias porque lo contrario podría significar una crisis de gobierno de grandes proporciones, ya que López Obrador sigue teniendo control sobre la estructura política y cualquier fallo en contra lo vería como una traición a su proyecto político transexenal. Es el ideal de estar 40 años en el gobierno, como pronostica el senador Fernández Noroña.

En cambio, podríamos decir que en la “negociación bilateral” México ha recibido solo incertidumbre, porque pareciera que, cuanto más da, más se le exige del otro lado de la frontera norte, lo que muestra que lo que acuerdan los negociadores de los lados en difíciles negociaciones es tumbado de un plumazo. Por lo tanto, lo que esgrime la presidenta Sheinbaum cuando afirma que quiere “una relación de iguales” se queda solo como un mantra en las conferencias mañaneras. 

Eso podría estar provocando problemas en el gabinete. Hace algunas semanas corrió el rumor de que Juan Ramón de la Fuente abandonaría la cancillería porque no estaba dando los resultados esperados o no estaría de acuerdo con la política bilateral. Y la verdad es que, en medio de estas estrategias, ¿quién podría obtener mejores resultados?

Entonces, la pregunta que se desprende de estas estrategias de suma cero —donde lo que pierde uno lo gana otro— es qué tendrían que hacer los negociadores mexicanos para lograr un punto intermedio consolidado entre las dos posturas. Tienen dos opciones.

La primera es seguir en la línea hasta ahora sostenida de ceder para favorecer la agenda MAGA, lo que pasaría principalmente por entregar a todos aquellos políticos y empresarios que directa o indirectamente han permitido la expansión de los carteles de la droga en los mercados estadounidenses.

La segunda es enrollarse en la bandera nacional y reforzar el discurso nacionalista que cada vez más escuchamos en la presidenta Sheinbaum, o estimular acciones simbólicas. Al fin y al cabo, somos un país plagado de símbolos, como los que vimos contra la dúctil gentrificación en la Ciudad de México, donde manifestantes organizados inesperadamente esgrimieron los gritos setenteros anticolonialistas de “¡Fuera gringos!”, “¡Gringos, go home!” La realidad es que quienes gentrifican pueden ser perfectamente mexicanos que llegan a rentar o a comprar inmuebles en los barrios tradicionalmente de la clase media capitalina.

Hasta ahora la administración Sheinbaum juega con las dos posturas. Por un lado, libera una orden de aprehensión en contra de Hernán Bermúdez Requena, ex secretario de Seguridad Pública durante el gobierno del poderoso líder de la fracción morenista en el Senado de la República, por el vínculo con el cártel La Barredora, una franquicia local del también poderoso Cartel Jalisco Nueva Generación, que llevó la violencia a ese estado del sureste mexicano. 

En cuanto a las expresiones antiyanquis en una gira por el noroeste del país, la presidenta Sheinbaum en varias ocasiones manifestó un “no al intervencionismo” y exigió “respeto a la soberanía” en clara equidistancia con el “Yanqui go home” de las calles de la Ciudad de México. 

El gobierno de Claudia Sheinbaum está sin duda en un serio dilema y con el tiempo encima, pues, si bien se renovó por 90 días la aplicación del arancel para todas las exportaciones mexicanas, sigue firme la espada de Damocles de que la administración Trump siga presionando y logrando concesiones sin garantías de que, una vez obtenido lo exigido, no vaya a pedir más, especialmente en el tema crucial de los narcopolíticos de Morena. O sea, los 90 días serán un respiro para México, pero también un calvario para los negociadores nacionales. 

Entonces, luego de esos 90 días, sabremos cuáles son las decisiones ejecutivas que tomará Sheinbaum para responder a la dialéctica de Trump de subir o bajar aranceles en función de los resultados en la lucha contra la migración irregular y el tráfico de fentanilo, y es que esta droga de diseño, más allá de sus terribles componentes, tiene más el hasta ahora intocable ingrediente político.

Y es allí donde patina la relación bilateral, porque Sheinbaum no quiere ir contra sus camaradas, y además, si quisiera, no tiene el poder, ni la voluntad de hacerlo, y eso lo saben en Washington. Y por eso dosifican las cargas políticas y mediáticas contra un gobierno que en otros temas ha estado dispuesto a cooperar con el proyecto MAGA y, visto, en perspectiva latinoamericana, va contra la izquierda los gobiernos de Brasil, Colombia y Venezuela.

El derecho desde el territorio: el modelo latinoamericano de Clínicas Jurídicas Ambientales

¿Puede el derecho ser una herramienta para frenar el colapso ecológico? ¿Puede formar profesionales capaces de defender la vida, más allá de los códigos y los tribunales? En un contexto de crisis climática y profunda desigualdad territorial, América Latina está gestando un modelo alternativo: el de las Clínicas Jurídicas Ambientales.

Este modelo parte de una premisa poderosa: el derecho no puede enseñarse en abstracto, encerrado en las aulas. Frente a problemas complejos como el extractivismo, el desplazamiento forzado o la contaminación de ecosistemas, se necesitan profesionales capaces de escuchar, comprender y actuar junto a los territorios.

Las Clínicas Jurídicas Ambientales son espacios pedagógicos donde se enseña derecho desde el territorio, junto a las comunidades, con una ética pública y una vocación transformadora. Una manera de formar abogadas y abogados comprometidos con la sostenibilidad, la justicia climática y los derechos humanos.

Casos que marcan la diferencia

El trabajo de estas clínicas no es teórico y ha generado resultados concretos en diversos países. En La Libertad, Perú, por ejemplo, una filtración de agua en un terreno privado generó, de forma inesperada, un humedal artificial. Aunque no contaba con reconocimiento legal, el ecosistema atrajo especies migratorias y vulnerables. Frente a un proyecto inmobiliario que pretendía eliminarlo, la Clínica Jurídica Ambiental de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) elaboró un informe clave para la Fiscalía Ambiental. El caso detuvo las obras, defendió el principio de no regresión y vinculó el derecho a la defensa de la biodiversidad, incluso en propiedad privada.

En Loreto, también en Perú, se presentó un amicus curiae (en el lenguaje jurídico, se refiere a una persona o grupo que, aunque no es parte en un caso judicial, presenta voluntariamente información o argumentos al tribunal para ayudarlo a tomar una decisión), en un caso sin precedentes sobre cambio climático y niñez indígena. Fue elaborado por estudiantes de la PUCP y de la Universidad McGill (Canadá), y evidenció cómo la crisis climática vulnera derechos fundamentales como la salud y el ambiente sano. El caso marcó un hito en la justicia intergeneracional y en el reconocimiento de los impactos diferenciados del cambio climático sobre la infancia.

En 2023, la red de clínicas presentó un informe ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en el marco de la solicitud de Opinión Consultiva sobre emergencia climática y derechos humanos. El documento, redactado por estudiantes de varios países, fue citado expresamente en la decisión final de la Corte. La nota al pie 1033 mencionó el testimonio de estudiantes de la Clínica Jurídica Ambiental Berta Cáceres (México) sobre los efectos del colapso ecológico en la salud mental. Una forma de decir: el derecho también se escribe desde la vivencia, desde la angustia y desde la esperanza.

Una pedagogía para un planeta en crisis

Pero, ¿qué distingue realmente a estas clínicas? Su apuesta por el «aprender haciendo»: los estudiantes elaboran informes legales, apoyan litigios estratégicos, redactan amicus curiae, asesoran a comunidades y participan en procesos normativos. Todo ello desde una triple perspectiva.

En primer lugar, forman juristas con enfoque de sostenibilidad y justicia climática. No basta con conocer la ley: hay que entender sus efectos y limitaciones, integrar derechos humanos y comprometerse con los desafíos del presente. En segundo lugar, reducen las barreras de acceso a la justicia ambiental, acompañando procesos locales, visibilizando conflictos y traduciendo el derecho en herramienta de acción. Y en tercer lugar, tejen alianzas: con fiscales, jueces, comunidades, gobiernos y organizaciones del Sur y del Norte global. Porque los problemas ambientales son transfronterizos, pero también lo son las soluciones.

Hacia una red global de justicia ambiental

Estas experiencias no son aisladas. Son el corazón de una red que hoy integra más de veinte universidades de América Latina y el Caribe, articuladas en la Alianza de Clínicas Jurídicas Ambientales. Nacida en 2019, esta red comparte metodologías, coordina casos y construye conocimiento situado. Desde 2022, colabora también con EPIC-N (Educational Partnerships for Innovation in Communities), una red global que impulsa la colaboración estructurada entre universidades y comunidades. Ambas metodologías —la clínica jurídica y el modelo EPIC— comparten valores como el aprendizaje experiencial, la planificación participativa y el compromiso con la transformación social.

Esta sinergia permite proyectar el modelo latinoamericano hacia una red global de justicia climática viva. Porque hoy, más que nunca, necesitamos multiplicar estos espacios, consolidar alianzas y tender puentes entre lo local y lo global.

Un derecho para el siglo XXI

Frente al modelo tradicional del abogado distante, técnico y encerrado en la norma, estas clínicas proponen otra forma de ejercer la profesión: desde la escucha activa, el respeto al conocimiento local y el compromiso con los más vulnerables.

No se trata solo de formar abogados, sino de construir ciudadanía jurídica comprometida con los desafíos del siglo XXI. Una ciudadanía capaz de usar el derecho no como barrera, sino como puente. No como trinchera, sino como herramienta de cambio.

Cada clínica que se crea, cada alianza que se teje, cada estudiante que se forma desde esta metodología, nos acerca a un futuro más justo, más participativo y más sostenible. Porque el derecho, cuando se practica con sentido, puede ser una de las herramientas más poderosas para cambiar el mundo.

Los adultos mayores no quieren hogares de ancianos: autonomía, vejez y prejuicio en América Latina

Por décadas, la vejez ha sido pensada -y muchas veces temida- como una etapa de dependencia, fragilidad y retiro social. En gran parte de América Latina, esa idea se ha reforzado con imágenes de “abuelitos” pasivos, necesitados de asistencia y alejados del mundo productivo o digital. Pero ¿qué pasa cuando las propias personas mayores se describen a sí mismas de otra manera?

Un reciente estudio en Chile, elaborado por la consultora Datavoz, muestra resultados que invitan a cuestionar los estereotipos que circulan en buena parte de nuestras sociedades. Según el informe, el 85 % de las personas mayores de 65 años se declara plenamente autovalente; nueve de cada diez utiliza redes sociales sin problemas y una proporción similar rechaza categóricamente la idea de vivir en un hogar de ancianos. Más aún, el 88 % afirma no sentirse una carga para su familia.

La distancia entre esta autopercepción y la mirada que suelen tener los más jóvenes es significativa, y revela un desfase generacional que también podría estar ocurriendo en otros países de la región. La vejez, al parecer, no es sinónimo de dependencia, sino de autonomía. Pero la percepción social va más lenta que la transformación demográfica.

En toda América Latina estamos viviendo un proceso de envejecimiento acelerado. Según datos de la CEPAL, en 2050 una de cada cuatro personas será mayor de 60 años y en seis países de la región el 30% de los habitantes lo será. Sin embargo, nuestras políticas públicas, servicios sociales y discursos culturales siguen operando desde una matriz juvenilista, que no solo ignora la autonomía de los mayores, sino que muchas veces la bloquea activamente.

¿Cómo no pensar en esto cuando solo el 53 % de los jóvenes chilenos está en desacuerdo con vivir en un hogar de ancianos, mientras que entre los actuales adultos mayores ese rechazo llega al 84 %?

¿Será que la distancia no es solo de edad, sino de mirada?

En ese contexto, la urgencia de revisar nuestras políticas públicas se vuelve evidente. No basta con ampliar programas asistenciales: se requiere repensar el diseño mismo de nuestras ciudades, de los sistemas de salud, del transporte y de los espacios comunitarios, para que integren a las personas mayores desde la autonomía, y no desde la dependencia anticipada. América Latina no solo envejece rápido: envejece desigual, con brechas profundas por género, clase y territorio. Sin una acción deliberada y anticipada, corremos el riesgo de llegar al 2050 (cuando uno de cada cuatro habitantes tendrá más de 60 años) con sistemas sociales pensados para una pirámide poblacional que ya no existirá.

El estudio de Datavoz no ofrece recetas, pero sí instala preguntas urgentes. ¿Quién debe cuidar a los mayores? ¿El Estado, las familias, o un modelo híbrido? ¿Cómo sostenemos su derecho a decidir dónde y cómo vivir? ¿Estamos preparados como sociedades para ofrecer alternativas dignas, activas y libres de prejuicio?

La dimensión económica también aparece con matices: casi seis de cada diez personas mayores declara que sus ingresos cubren totalmente sus gastos, aunque con diferencias importantes por género (63 % en hombres, 53 % en mujeres). Solo un 21 % recibe ayuda económica de familiares o cercanos.

Y si bien la mayoría declara sentirse capaz de realizar sus actividades cotidianas, hay dificultades específicas que no deben ser invisibilizadas: el transporte público y el aseo del hogar aparecen como los ámbitos más complejos para este grupo, lo que revela que la autovalencia también tiene condiciones materiales.

Tal vez la pregunta más incómoda es también la más necesaria: ¿cómo nos imaginamos nuestra propia vejez? Porque lo que pensemos hoy sobre los demás, inevitablemente, construirá el mundo en el que viviremos mañana.

El ranquin de mentiras y la vicepresidencia

Nuestra época se caracteriza por la obsesión por los ranquins. Los tenemos de universidades, de canciones, de destinos turísticos, de calidad democrática… No hay ámbito de nuestra vida para el que no haya un ranquin. O quizá sí: no existe un ranquin de mentiras. No hay una lista de las más grandes, las más universales, las más descaradas. Si se creara, tengo claro a dónde iría mi voto: a la idea de que vivimos en democracia. Cumple a la perfección los tres criterios citados: es una mentira colosal, es universalmente aceptada y es repetida con total descaro por todos, gobernados y gobernantes. Los primeros, posiblemente porque en buena medida ignoran la verdad. Los segundos, porque fingen ignorarla.

¿Cuál es esa verdad? ¿Vivimos acaso en regímenes autocráticos, dictatoriales? No: la verdad es que vivimos –excepto desviaciones como Cuba, Nicaragua o Venezuela– en regímenes mixtos. ¿Regímenes mixtos? ¿Qué modernez es ésa? Ninguna modernidad: el concepto tiene, redondeando, 2.000 años. Sostenía Polibio (siglo I) que la mejor forma de gobierno no era la monarquía, la aristocracia ni la democracia. Es decir, no era el gobierno de uno solo, el de unos pocos ni el de la mayoría, sino una combinación de los tres. Esto es, un gobierno mixto con un componente monárquico, un componente aristocrático y un componente democrático. A la sazón, en Roma: los dos cónsules (monarquía), el Senado (aristocracia), los tribunos de la plebe (democracia).

Los constituyentes del Río de la Plata –y probablemente los de toda América Latina– tomaron esta idea al diseñar las repúblicas nacidas de la independencia a comienzos del siglo XIX: un Ejecutivo unipersonal (componente monárquico), un Senado (componente aristocrático) y una cámara baja (componente democrático).

La principal justificación para el componente monárquico era la unidad. Así aparece en el acta del 31 de agosto de 1818: “la idea de apropiar al sistema gubernativo del pais las principales ventajas de los gobiernos monárquico, aristocrático, y democrático, evitando sus abusos. El gobierno monárquico es ventajoso por la unidad de los planes, por la celeridad de la egecucion, y por el secreto”.

Un cuarto de siglo más tarde, al redactarse la Constitución argentina, se incorporaría la figura del vicepresidente, copiada de la Carta Magna estadounidense sin mediar debate. Si para Polibio los dos cónsules romanos constituían el elemento monárquico del sistema de gobierno perfecto, ¿por qué no habrían de funcionar de igual manera el presidente y el vice de una república latinoamericana?

Hoy en día nos sobran argumentos para contestar, tanto desde la teoría como desde la práctica. Obviemos la primera: al fin y al cabo, no tuvo suficiente potencia para que los constituyentes renunciaran a copiar la vicepresidencia y optaran por otra fórmula sucesoria. Y a ellos, que abrían las puertas de un mundo político nuevo, no se les puede imputar las dificultades que evidenciaría la práctica más adelante en el tiempo.

Vayamos, pues, a la experiencia, a la realidad, a lo empírico. Javier Milei y Victoria Villarruel, con su ruidosa ruptura, no han hecho más que actualizar una historia sobradamente conocida: la hemos visto en casi todos los Ejecutivos argentinos anteriores y en numerosos casos del resto de América Latina. Los presidentes y los vicepresidentes tienden a chocar con inquietante frecuencia.

¿Qué ocurre, pues, cuando el presidente y el vice se enfrentan de forma irreconciliable? Recordemos: “El gobierno monárquico es ventajoso por la unidad de los planes”. Es decir, ocurre que se acaba la unidad, que se desnaturaliza el componente monárquico de nuestro sistema de gobierno, que se desvanece su principal razón de ser. Ese elemento cuyo fin era aportar unidad, introduce división. Sepultar la unidad significa enterrar la estabilidad. Significa que los leales al Ejecutivo deberán elegir bando, y por tanto cada lado –y el Ejecutivo en conjunto– quedará debilitado. Significa que comenzará el cortejo del vicepresidente por parte de la oposición (y/o viceversa): los enemigos de mis enemigos son mis amigos, o al menos pueden serlo instrumental y temporalmente, ahondando la precariedad y la inestabilidad del sistema político. Significa que el Ejecutivo no será guardián de los secretos de Estado frente a los enemigos de la nación, sino frente al otro miembro de la dupla. Significa que si el presidente queda inhabilitado temporal o definitivamente, el mecanismo sucesorio no aportará continuidad sino incertidumbre.

Ante todo esto, la solución es sencilla: eliminar la vicepresidencia. Y si el presidente fallece, renuncia o queda inhabilitado… Chile y México, los únicos dos países latinoamericanos que no tienen vicepresidencia, responden. Ninguno de los dos fue escenario de problemas sucesorios, ninguno de los dos sufrió los trastornos que la vicepresidencia trajo al resto de la región. Queda así establecido un nuevo ranquin: el de instituciones más nocivas y prescindibles; y queda asignado su primer puesto: la vicepresidencia alla latinoamericana.

 ¿Giro hacia la derecha en Bolivia?

Javier Milei y Nayib Bukele son los referentes de los candidatos de oposición con mayores posibilidades de ganar las elecciones presidenciales del próximo 17 de agosto en Bolivia. Samuel Doria Medina, candidato a presidente por la alianza política Unidad, y Juan Pablo Velasco, candidato a vicepresidente (acompañante del candidato a presidente Jorge Tuto Quiroga) por la alianza política Libre, mostraron fotos con los presidentes de El Salvador y Argentina, respectivamente. Imágenes que representan simbólicamente un guiño hacia la derecha mediante la politización de la dimensión socioeconómica: gastar menos, ahorrar más.

Traer simbólicamente la motosierra a Bolivia: reducir el gasto del Estado como forma de caminar hacia el déficit cero y bajar la inflación, son medidas que muchos votantes bolivianos apoyan. El alto precio de muchos alimentos de la canasta familiar, la escasez de dólares y la distribución irregular de combustibles, sobre todo, diésel, son el abono que puede legitimar medidas de recorte en el gasto fiscal.

Entre los gobiernos de Evo Morales y Luis Arce (2006-2025), administraron aproximadamente USD 50.000 millones por concepto de renta petrolera. A pesar de que mucha gente salió de la pobreza en los años de bonanza, nuevamente está entrando en la pobreza. Es decir, la falta de previsión y planificación de los gobiernos del MAS ha tenido efectos negativos en la economía de sectores populares, provocado mal humor en los ciudadanos, desencanto político de muchos votantes con la izquierda y, por ende, un guiño preelectoral favorable hacia la derecha o la necesidad de un cambio con esperanza.

De acuerdo a encuestas de los tres principales medios de comunicación en Bolivia (Unitel, Red Uno y El Deber), Samuel Doria Medina (Alianza Unidad) y Jorge Tuto Quiroga (Alianza Libre), son los candidatos opositores que tienen mayor preferencia en la intención de votos: ninguno de los dos llega al 25%; mientras que Andrónico Rodríguez (Alianza Popular), el principal candidato del campo nacional-popular (izquierda) oficialista, no llega al 15%. Si se suman las tendencias de los dos candidatos opositores, es fácil reconocer la posibilidad de un giro hacia la derecha en un país que ha sido gobernado durante casi 20 años por gobiernos de izquierda. Es el movimiento del péndulo.

Samuel Doria Medina es de izquierda en lo formal, de derecha en la práctica y de centro en la narrativa. Formalmente, es vicepresidente de la Internacional Socialista para América Latina y el Caribe; es un empresario capitalista pragmático; y en su discurso combina la tecnocracia con el populismo. Propone electoralmente que en 100 días de gobierno podrá estabilizar la economía y, además, que no afectará los bonos sociales establecidos en el gobierno del MAS. Está con Dios y el Diablo. Cree en la mano invisible y el papá Estado.

Jorge (Tuto) Quiroga es de centro en lo formal, de derecha moderada en la práctica, pero de derecha radical en la narrativa. Su alianza (Libre) está básicamente conformada por un partido de centro izquierda y otro de centro derecha. En la práctica, ha formado parte (vicepresidente) de un gobierno de derecha moderada a finales del siglo XX; y en su narrativa propone un cambio radical de las reglas de juego, préstamos con el FMI, reducir el tamaño del Estado (burocracia), quitar subsidios a empresas estatales y digitalizar todos los entes estatales. Cree más en la mano invisible, menos en el papá Estado.

La politización de la dimensión socioeconómica es lo que predomina en la narrativa económica de ambos candidatos opositores a la presidencia. Considerando la crítica situación económica del país, el humor social de los votantes que están sufriendo los efectos negativos de la falta de diésel y la subida de precios de la canasta familiar, no es para menos. Por tanto, ambos candidatos opositores representan un giro hacia la derecha en el sentido de controlar la inflación, dejar de subvencionar los combustibles, y generar riqueza con los emprendedores y empresarios privados. Sin embargo, es un giro epidérmico, no estructural.

Con el Estado Plurinacional se configuró estructural, ideológica e institucionalmente las dimensiones socioeconómica y sociocultural desde la primera década del siglo XXI. Hubo cambios en cuanto a derechos políticos y sociales. Las prácticas culturales de los pueblos indígenas y las reglas de juego acorazadas por la narrativa nacional-popular desde el campo de la izquierda, cobraron predominio. En 2025 nada de esto está en tela de juicio. La dimensión sociocultural no está politizada porque lo urgente y necesario es salvar la economía, que la gente recupere su poder adquisitivo. Es pragmatismo económico.

Por eso, Javier Milei es un referente simbólico en el marco de la dimensión socioeconómica, no sociocultural, en la narrativa emocional de Samuel Doria Medina y Jorge Tuto Quiroga. Ambos apuestan por llegar a los sentimientos de la gente con propuestas económicas breves, simples y concretas. Parece que lo que más importa en este juego de lenguaje emocional es una motosierra boliviana que corte el gasto público innecesario, que circulen más dólares y se distribuya de manera regular los combustibles, aunque implique pagar un precio más caro por la gasolina y diésel. Aparentemente, 20 años de gobierno de la izquierda nacional-popular ya fueron suficientes. Es la economía, …

Sin embargo, los actores partidarios, sociales, institucionales e intelectuales que promueven este giro hacia la derecha en la dimensión socioeconómica, no han preparado el terreno sociocultural de las ideas (Estado liberal-republicano) para iluminar el camino que se quiere recorrer para los próximos 20 años. Solamente están apostando por un barco necesario y suficiente para cargar combustibles, no por un buque de guerra ideológico-cultural. La motosierra para recortar gastos innecesarios del Estado no basta, también son vitales las palabras, relatos y narraciones que generen confianza en este tránsito hacia un nuevo ciclo político en Bolivia, cuando el viejo ciclo político (izquierda) tiene enfermedades de base muy avanzadas y el nuevo ciclo político necesita un nuevo lenguaje político emocional.