Venezuela y las relaciones diplomáticas interrumpidas

El contexto: una tendencia contundente e irreversible

El 28 de julio se viven momentos de tensión en Caracas mientras se esperan los resultados oficiales de las elecciones presidenciales para el período 2025-2031. Entrada la noche, el Consejo Nacional Electoral anuncia que, con el 80% de las actas transmitidas, existe una “tendencia contundente e irreversible” que da la victoria de Nicolás Maduro, con el 51,2% de los votos. El candidato más votado de la oposición, Edmundo González, alcanza el 44,2%. El abanico de reacciones internacionales no se hizo esperar: desde aceptación y apoyo, pasando por el pedido de transparencia, imparcialidad y garantías en los resultados, así como la búsqueda de acuerdos que permitan una solución política, hasta cuestionar los resultados presentados por el Poder Electoral y apoyar expresamente al mencionado candidato opositor.

El día siguiente, Argentina, Costa Rica, Ecuador, Guatemala, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana y Uruguay emiten un comunicado contundente: exigen “la revisión completa de los resultados con la presencia de observadores electorales independientes que aseguren el respeto de la voluntad del pueblo venezolano que participó masiva y pacíficamente”. Asimismo, solicitan una reunión urgente del Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos, en la cual se discuta el tema. Desde la región, a estas declaraciones se suman las del presidente de Chile, Gabriel Boric, quien afirma que su país no reconocerá “ningún resultado que no sea verificable”.

A partir de este momento, el escenario cambia drásticamente en términos diplomáticos: el gobierno de Nicolás Maduro rechaza las “injerencistas acciones y declaraciones” y determina el retiro inmediato del personal diplomático de Argentina, Chile, Costa Rica, Perú, Panamá, República Dominicana y Uruguay en territorio venezolano. ¿Qué significa? ¿Cómo está regulado internacionalmente este tema? ¿Cómo continúa el vínculo entre los estados involucrados?

Relaciones diplomáticas

Las relaciones diplomáticas entre estados son reguladas por la Convención de Viena de 1961, un tratado que regula las relaciones diplomáticas y la inmunidad del personal diplomático, así como la inviolabilidad de los locales de la misión. Los 193 miembros de la Organización de las Naciones Unidas y sus observadores permanentes son parte de la convención. En estados como Palaos o Sudán del Sur, que no son signatarios, sus disposiciones se aplican como parte de la costumbre internacional. En 1963 este tratado se complementó con la Convención sobre Relaciones Consulares que regula la protección de los intereses del estado que envía y sus nacionales, el fomento de las relaciones comerciales y culturales, la extensión de pasaportes y documentos de viaje y la asistencia a los nacionales, entre otras cosas.

Ahora bien, volviendo a la situación en Venezuela y la intimación de retiro de los funcionarios diplomáticos, es importante precisar que, conforme al artículo 9 de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, el estado receptor “podrá, en cualquier momento y sin tener que exponer los motivos de su decisión, comunicar al estado acreditante que el jefe u otro miembro del personal diplomático de la misión es persona non grata, o que cualquier otro miembro del personal de la misión no es aceptable”. La premura y la polémica ocasión en que se comunica la decisión es, sin duda, fuente de cuestionamientos. De hecho, fue calificada como “injustificada y desproporcionada” por Uruguay, y como una demostración de “profunda intolerancia a la divergencia, esencial en una democracia”, por Chile.

¿Esto significa que se rompieron las relaciones diplomáticas? El comunicado de Venezuela no contiene una declaración expresa en tal sentido, si bien los funcionarios diplomáticos venezolanos también fueron retirados de Argentina, Chile, Costa Rica, Perú, Panamá, República Dominicana y Uruguay. Jurídicamente, los vínculos se mantienen y la interrupción es temporal. Entonces, ¿cómo continúan las relaciones entre las partes, en particular, en materia diplomática y consular? ¿Quién protegerá en territorio venezolano los intereses de los nacionales de los estados mencionados o los atenderá en caso de requerir un pasaporte, por ejemplo?

La situación de Argentina es un ejemplo ilustrativo. El 1 de agosto, la Cancillería anuncia que Brasil se encargará de “la custodia de los locales de la misión argentina en Caracas, incluyendo la Embajada y la Residencia Oficial, sus bienes y archivos, así como la protección de sus intereses y los de los nacionales argentinos en territorio venezolano”, en seguimiento del artículo 45 de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas y los artículos 8 y 27 de la Convención de Viena sobre Relaciones Consulares.

Brasil también se encargará de la protección de los asilados, aspecto de particular relevancia en el contexto actual. Desde el 20 de marzo, en la Embajada de Argentina en Caracas se encuentran asilados seis miembros de la campaña de los opositores María Corina Machado y Edmundo González. Incluso el 29 de julio, uno de ellos denuncia en la red social X que efectivos de la Dirección de Acciones Estratégicas y Tácticas intentaban ingresar por la fuerza al local de la misión, complementando con una transmisión en vivo de Instagram para documentar los momentos de tensión.

Aunque hasta el momento no hay pronunciamiento desde el gobierno argentino, cabe señalar que también es de aplicación la Convención sobre Relaciones Diplomáticas, ya que en su artículo 22 indica que los locales de la misión son inviolables, y los agentes del estado receptor solo pueden ingresar con autorización del Jefe de Misión. Asimismo, el estado receptor tiene la obligación de proteger los locales de las misiones diplomáticas acreditadas.

El futuro incierto

Una semana después de los comicios, los cuestionamientos y las reacciones políticas continúan y los diplomáticos retirados retornan a sus países —en el caso de Argentina con dificultades por el cierre del espacio aéreo venezolano para aeronaves de matrícula de ese país—. Sin embargo, las preguntas sobre cómo se resolverán las relaciones diplomáticas interrumpidas aumentan. En Argentina, Chile, Costa Rica, Perú, Panamá, República Dominicana y Uruguay viven casi dos millones y medio de migrantes venezolanos, conforme a datos de la Plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela. Para los venezolanos en el exilio la incertidumbre sobre el destino de su país, y el propio, se acrecienta.

La salud mental de una región en crisis: el suicidio en América Latina

El suicidio es la causa de más de 703,000 muertes al año en todo el mundo, lo que equivale a que cada 40 segundos una persona se quite la vida, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS). La salud mental no había sido tema de discusión por años, pero luego de la pandemia de COVID-19 ha recobrado la importancia que merece, aunque no a los niveles necesarios para la implementación de políticas específicas. De hecho, esta es la cuarta causa de muerte a nivel global y la tercera en América Latina donde en 2019, unas 98,000 personas de entre los 15 y los 29 años se quitaron la vida, según la OMS.

En el año 2000, la tasa de suicidios en América fue de 7.53 suicidios por cada 100,000 habitantes, en contraste con las 21.88 suicidios por cada 100,000 habitantes en Europa, según datos de Burden of Suicides de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Para el año 2019, la tasa de suicidios en América aumentó a 9.64, mientras que en Europa descendió a 12.76.

De acuerdo con esa misma fuente, durante el periodo 2000-2019, el mayor índice de suicidios se encuentra en Estados Unidos y Canadá, en comparación con el resto de los países de la región. En América Latina y El Caribe, Uruguay es el país que presenta la mayor tasa de suicidios (15.51), el doble del promedio de la región (6.5).

La salud mental considera varios aspectos como la salud emocional, cognitiva y conductual, así como la capacidad de enfrentar y adaptarse eficazmente a los desafíos de la vida. Estas condiciones de buena salud mental requieren comprender la salud como un bien común e implica que, el bienestar de la sociedad depende de la participación y el compromiso de todos sus miembros para lograrlo.

Sin embargo, cuando este estado de bienestar se ve afectado, pueden manifestarse diversos trastornos como resultado del sufrimiento emocional. El exceso de dolor y angustia pueden llevar a las personas a contemplar el suicidio.

A pesar de que la decisión de quitarse la vida es individual, las implicaciones sociales del suicidio son sustanciales en términos de la salud y el bienestar de una comunidad y de la sociedad en su conjunto. Por tales motivos, este fenómeno debe considerarse un problema de salud mental y de salud pública que requiere la acción conjunta de los gobiernos, las instituciones de salud y la sociedad en general para ser solucionado.

La OMS considera cuatro acciones claves para mejorar este estado situacional: 1) la promoción, que busca incidir sobre los determinantes favorables (factores de protección, es decir, condiciones que favorezcan a la disminución de la vulnerabilidad de una persona al suicidio y al aumento de su capacidad para afrontar las dificultades) para la salud de la sociedad; 2) la prevención, que busca detectar y trata con anticipación a las personas con un mayor riesgo de suicidio; 3) la intervención, que consiste en brindar apoyo y tratamiento al individuo que ha tenido un intento de suicidio, así como a su familia; y finalmente, 4) el enfoque multisectorial, que promueve la colaboración y coordinación entre diversos sectores de la sociedad.

Para que la intervención desde la política pública sea eficiente y efectiva, es requisito fundamental que los Estados garanticen la estabilidad fiscal, de tal manera que las intervenciones sean sostenibles. La perspectiva económica es relevante debido al cumplimiento de las reglas fiscales, pero también teniendo en cuenta que la pérdida de vidas a causa del suicidio tiene repercusiones en la fuerza laboral y la productividad de los países.

La participación del Estado adquiere un papel primordial con la implementación de políticas públicas, que son posibles gracias a la inversión del gobierno. De acuerdo con los datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el gasto en salud como porcentaje del Producto Interno Bruto (PIB), en promedio entre el 2000 al 2019, representó aproximadamente el 7.21% del presupuesto total de los gobiernos de América Latina. Presentando un aumento gradual, con un mínimo del 5.84% en 2003 y un máximo del 11.86% en 2019.

El país de la región que más presupuesto destinó al sector salud en el período analizado es Chile (3,97% del PIB). Sin embargo, resulta un número relativamente bajo, pues es menor al porcentaje más bajo destinado al sector salud por un país europeo, Letonia, que destinó un 4,17% de su PIB.

De acuerdo con el World Bank Open Data, el gasto en salud mental como porcentaje del gasto total en salud en la región está encabezado por Jamaica y Costa Rica con el 6,04% y el 2,91% respectivamente. Otros países como Paraguay y Perú comprometen una fracción menor de sus recursos, con tan solo el 0,31% y el 0,27%, respectivamente. Este destino del gasto en salud mental resalta las prioridades de gasto de los gobiernos respecto a este tema.

En el corto plazo es crucial enfocarse en la capacitación del personal de salud para afrontar casos de autolesión y muestras de enfermedades psicológicas. Mientras que en el largo plazo, será necesario evaluar los resultados de las políticas públicas ya implementadas como la creación y mantenimiento de infraestructura médica, en lo tangible; y los esfuerzos para reducir el estigma asociado a ciertas condiciones de salud como problemas de salud mental, en lo intangible.

El impacto del aumento del gasto público en salud no se manifiesta de manera inmediata, la inversión en salud mental mostrará resultados en el largo plazo, y aunque los réditos políticos no sean tan evidentes en las esperadas elecciones, la inversión en salud en general es crucial para el bien de las familias y los países. Ojalá la clase política latinoamericana entienda que los verdaderos estadistas deben pensar en la siguiente generación y no en la próxima elección.

Transición energética y restricción externa: ¿hacia dónde se encamina la región?

Vivimos momentos difíciles, coyunturas trascendentales. La humanidad ha cruzado seis de los nueve límites del planeta. El agravamiento de la emergencia climática provoca eventos extremos cada día más potentes, lo cual nos exige mayores inversiones en adaptación. Dicha urgencia induce a los gobiernos a lanzar nuevos proyectos en energías renovables, una inversión en mitigación que reduce la voracidad del riesgo climático. Sin embargo, avanzar con la transición, mutar hacia una matriz energética renovable, genera un impacto financiero que no siempre resulta correctamente mensurado. Así las cosas, los riesgos climáticos ya impactan en el sector financiero, tanto en el presente inmediato (costos que generan los desastres naturales) como a mediano plazo (costos asociados a la presencia de activos varados).

Pero el presente no solo requiere de grandes inversiones; impone también nuevos desafíos, con repercusiones tanto a corto como a mediano y largo plazo. Aunque ello incluye diversas aristas, el análisis aquí se centra en la interrelación que existe entre el cambio climático, el modelo de desarrollo y la restricción externa.

La restricción externa se relaciona con una visión de desarrollo centrada en la demanda, asociada a una mirada estructuralista tanto como post-keynesiana, destacando el papel que juegan las dinámicas de exportaciones e importaciones en el desarrollo económico de largo plazo. La balanza comercial muestra ciclos recurrentes, porque los productos que se exportan desde la región muestran bajos niveles de elasticidad mientras que las importaciones que llegan de fuera se asocian con bienes de alta elasticidad, se disparan ante el mínimo signo de recuperación. La falta de divisas es una constante en nuestra historia como región, lo que llevó a numerosos gobiernos a estimular el proceso de industrialización por sustituciones a mediados del siglo pasado. Ya en los años 70 se pensó evitar tal escasez a partir de la apertura financiera, fomentar la entrada de capitales del exterior, unas experiencias que siempre terminaron en crisis y nuevo endeudamiento.

Considerando la dinámica exportadora, en los últimos años los recursos naturales han dominado las ventas externas de la región. Mientras que en el Asia-Pacífico se avanzaba hacia una mayor diversificación productiva, los proyectos extractivos terminan induciendo una economía de enclave en Sudamérica. Explotamos litio y cobre, compramos baterías y telefonía celular, pero también vendemos petróleo al tiempo que importamos paneles solares. Tal patrón de comercio termina impulsando un determinado patrón de inversiones, fondos que arriban en busca de las ventajas competitivas que ofrece la región.


Centremos nuestra atención en los flujos de comercio-inversión en materia energética. Se plantean ventajas asociadas a la presencia de reservas de petróleo, se abren ventanas, se impulsa la llegada de inversores. No solo se les ofrecen incentivos fiscales y cambiarios; en nombre de la seguridad jurídica se promete estabilidad al sector petrolero, lo cual los blinda ante cualquier proyecto de transición energética. 

Pero, a diferencia de lo observado con otros recursos, ninguno de los países de la región logra competir con los grandes jugadores de la industria petrolera. En otras palabras, no contamos con las ventajas comparativas que exhiben países como Arabia Saudita. Esto no debería pasarse por alto, más cuando desde diversos ámbitos se nos alerta de lo cercano que se encuentra el pico de petróleo. Aun cuando la caída en la demanda no resulte inmediata, lo que sí puede ser abrupto es la caída en el valor de los activos: cuando el pico de demanda resulte próximo, los inversores saldrán a vender sus acciones del sector petrolero. Actitudes como esta aceleran la salida de capitales, lo cual acrecienta la restricción externa —amén de los eventuales juicios que eventualmente presente el sector ante la alteración en su ecuación económico-financiera que conlleva la irrupción de un activo varado.


Por otra parte, alentar la llegada de inversores al sector petrolero resulta ciertamente erróneo desde una perspectiva de largo plazo. En materia tecnológica, son las energías renovables las que prometen mayores innovaciones, es la industria disruptiva. De allí se obtendrán las futuras rentas, las cuales resultan claves para garantizar un proceso de desarrollo inclusivo amén de sostenible. Inexorablemente la descarbonización avanza en distintos rincones del mundo; de no hacer nada (o persistir con el modelo petrolero), más temprano que tarde esto afectará al esquema productivo y la inserción externa de la región. Proseguir con los proyectos petroleros implica instaurar una senda de desarrollo equivocada, un bloqueo tecnológico que condena al país al pasado.

Pese a ello, algunos economistas siguen pensando en la demanda agregada con incidencia coyuntural que las decisiones del presente no influyen en las acciones del mañana. La profundización del modelo extractivo puede, en el corto plazo, inducir una sobrevaluación del tipo de cambio, la tan mentada “enfermedad holandesa”, con graves consecuencias en la estructura productiva. Esta resolución (temporal) de la restricción externa bloquea el surgimiento de proyectos verdes tanto como de la inversión en energías renovables, el país deviene un “refugio de la contaminación”. De ahí que toda política que evite la sobrevaluación de la moneda doméstica resulta bienvenida, en particular aquellas que inducen al cambio estructural, tal como resulta una política de industrialización en clave verde.

Las innovaciones verdes inducen procesos de innovación abiertos al tiempo que promueven el trabajo en red. Desde una perspectiva macro, avanzar con la transición energética implica reducir la incertidumbre que caracteriza al mercado petrolero, fuertemente afectado por las tensiones geopolíticas y la especulación financiera.

Dicha transformación productiva, por otra parte, enlaza las urgencias del presente con las restricciones del largo plazo. Avanzar hacia una “industrialización verde” implica ofrecer productos de elasticidad elevada, que generan renta y ayudan a resolver la restricción externa. La descarbonización de la matriz productiva no solo transforma la canasta exportadora, resguarda también al medio ambiente.

La urgencia de la crisis climática nos conecta con este último escenario: los límites del planeta nos obligan a cambiar de modelo productivo tanto como abandonar patrones de consumo. Determinados factores no resultan sustituibles, en tiempos de emergencia climática manda el concepto de sostenibilidad dura. La economía debe reconocer la restricción que le impone la naturaleza. Ello obliga a ejercer menos presión sobre el medio ambiente, pero también a avanzar hacia procesos productivos con tecnologías, productos y servicios que reduzcan el riesgo ambiental al tiempo que minimicen el uso de recursos. Resulta imperioso movernos hacia una “economía verde”, hacia nuevos patrones de consumo y producción. Dicho cambio implica un nuevo enfoque de desarrollo, un cambio estructural verde inclusivo y sustentable.

Nuestras sociedades deben enfrentar el cambio climático en un contexto de fuerte incertidumbre: se desconoce el momento en que irrumpirá un quiebre y rompa el equilibrio del ecosistema en cuestión (descongelamiento de los casquetes polares, desertificación del Amazonas, pérdida del permafrost). A fin de impedir dicha ocurrencia, se debe actuar, invertir en proyectos de mitigación. Que ello no ocurra, que se sigan alentando proyectos petroleros, se explica por ambiciones desmedidas de la clase empresarial tanto como por la miopía de la clase dirigente. En pocas palabras: codicia y poder.

Desigualdad climática: un desastre nada natural

Por décadas, América Latina ha sido la región más desigual del planeta. Además, es altamente vulnerable al impacto del cambio climático, a pesar de que sus emisiones totales representan aproximadamente el 8,3% de las emisiones globales. Esto es especialmente evidente en áreas estratégicas como la Amazonía y Centroamérica, cruciales para el control de recursos productivos y energéticos. Existe una clara asimetría entre las emisiones y la manera en que se generan y perpetúan las vulnerabilidades en la región. 

Diversas investigaciones revelan que las poblaciones empobrecidas son más vulnerables a los impactos del cambio climático, al mismo tiempo que emiten menos carbono que los grupos que tienen mayores ingresos. El análisis realizado por Oxfam sobre la desigualdad de carbono en 2020 mostró que el 10% más rico de la población mundial no solo es responsable del 46% del crecimiento de las emisiones entre 1990 y 2015, sino que también utilizará lo que queda del presupuesto de carbono antes de 2030.

El simple reconocimiento de un modelo de desarrollo insostenible ya no es suficiente. Es imperativo admitir la existencia de una deuda climática que divide a los países desarrollados de los empobrecidos. Esta deuda también se manifiesta internamente en los países, reflejando una creciente desigualdad, que se expresa en los impactos sociales y ambientales distribuidos de manera asimétrica entre la población, como las olas de calor y las sequías. Además, se manifiesta en el acceso desigual a los bienes comunes como el agua y la tierra. Finalmente, se evidencia en las injusticias relacionadas con las responsabilidades de financiación y reparación. Es hora de abordar estas cuestiones de frente.

Asimetría de los impactos

La Oficina Regional de OCHA para América Latina y el Caribe ha insistido que los eventos climáticos están aumentando los riesgos y la vulnerabilidad justamente en los lugares donde se concentra la pobreza, la desigualdad, la falta de alimentos y la violencia. Estos aspectos, sumados a factores como los desplazamientos forzados y las acciones de las industrias extractivas están afectando la capacidad de las poblaciones locales para prepararse y responder adecuadamente a la actual emergencia climática. Esta situación afecta de manera particular a las mujeres y niñas, quienes además enfrentan riesgos y agresiones diferenciadas, muchas veces orientadas a minar su liderazgo y el ejercicio de sus derechos.

Por otro lado, miles de personas sufren de inseguridad alimentaria moderada o grave en América Latina. Los eventos climáticos extremos, como sequías y altas temperaturas, están afectando los cultivos y el rendimiento de los suelos. El hambre en El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua pasó de afectar a 2,2 millones de personas en 2018 a casi 8 millones en 2021. Según el Programa Mundial de Alimentos este incremento estuvo relacionado con la crisis del COVID19, pero también con factores climáticos extremos. Vale la pena recordar que el impacto de los huracanes Eta y Iota afectó a alrededor de 9 millones de personas y dejó daños materiales por aproximadamente mil millones de dólares en los países centroamericanos y México.

Acceso desigual a bienes comunes

El acceso a un recurso vital como el agua, también se ve gravemente afectado por la crisis climática. La deforestación, la sobreexplotación, los cambios en el uso del suelo, la expansión de la urbanización, las actividades productivas intensivas (como la agricultura industrial y la ganadería) y la minería contribuyen al estrés hídrico de la región. El estrés hídrico y las consecuentes sequías tienden a agravar las desigualdades vinculadas con el acceso al agua. Las investigaciones realizadas para el periodo 1970-2019, señalan que se perdieron alrededor de 28 mil millones de dólares debido a las sequías en la región. El estrés hídrico también tiene un impacto importante en materia de energía, pues más de la mitad de la electricidad en la región proviene de plantas hidroeléctricas.

La ciudad de Lima, con una población de más de 10.2 millones de habitantes, es una de las ciudades más áridas del mundo con precipitaciones menores a 15 mm al año. Se abastece principalmente de las cuencas hidrográficas de los ríos Rímac (en cuya cabecera de cuenca actualmente se desarrolla un proyecto minero), Chillón y Lurín, que nacen en los nevados y glaciares de la Cordillera de los Andes. Estos ríos han disminuido su extensión en un 43 % en los últimos cuarenta años como consecuencia del deshielo de los glaciares causado por el incremento de la temperatura. Recientemente, hemos vivido racionamientos de agua y electricidad en ciudades importantes como Bogotá y Quito.  

Responsabilidades de financiación y reparación.

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) ha advertido que los impactos de los eventos hidrometereológicos extremos serán cada vez más frecuentes e intensos. Producto de esta situación, las pérdidas y daños están aumentando a nivel exponencial. Se trata de cultivos, infraestructura e incluso vidas humanas y animales que están viendo mermados sus medios de vida y sus derechos.  A pesar de que el Acuerdo de París reconoce la importancia de evitar, minimizar y abordar las pérdidas y daños, hasta la fecha los avances en este sentido se ven limitados por el escaso compromiso de los países desarrollados en materia de responsabilidades y financiamiento.La financiación -cuando se ha otorgado- ha sido en forma de ayuda, principalmente como seguros, apoyos humanitarios y en forma de préstamos. Pero la ayuda es voluntaria, se realiza sobre la base de la caridad y muchas veces del interés propio de las inversiones o negocios existentes en los países empobrecidos. Sabemos que muchas compañías y empresas de los países desarrollados utilizan diversos mecanismos de “responsabilidad corporativa” para encubrir sus acciones e impactos en los territorios afectados. El debate alrededor de pérdidas y daños defiende la necesidad de reparación por parte de los países desarrollados. Se basa en la necesidad de que el fondo adoptado en las negociaciones internacionales y actualmente bajo responsabilidad del Banco Mundial, actúe a partir de un principio de justicia: aquellos que más han contribuido a la situación de emergencia están en deuda con los países y comunidades menos responsables y más afectados por la actual crisis climática.

Fraude sin precedentes y nuevo impulso

Qué es diferente esta vez en Venezuela

El 28 de julio, aniversario del nacimiento de Hugo Chávez, los venezolanos emitieron sus votos en una elección presidencial. Desde 1999, la oposición no había podido derrocar a la “revolución bolivariana”. Esta vez, sin embargo, encuestadores serios estimaron una amplia victoria para el candidato de la oposición, Edmundo González Urrutia. La mayoría de las elecciones en Venezuela no han sido libres ni justas durante mucho tiempo, pero a pesar de ser conscientes de las condiciones injustas, la preferencia de los venezolanos por una transformación pacífica del conflicto motivó a los ciudadanos a votar. Esta vez fue diferente: el gobierno de Nicolás Maduro ha participado en lo que parece ser un fraude masivo sin precedentes, manipulando los votos y negándose a hacer públicos los recuentos desglosados ​​por estado, municipio y centro de votación. Esta intensificación de las irregularidades electorales plantea nuevos desafíos a la perspectiva de una transición democrática que requiere una estrategia de respuesta nacional e internacional adecuada.

Una historia de represión

Esta no fue la primera vez que los ciudadanos votaron en condiciones injustas. El abuso de los recursos estatales en las campañas políticas ha sido algo común desde que el fallecido presidente Hugo Chávez encabezó la Revolución Bolivariana. La revolución de Chávez, que lleva el nombre del héroe de la independencia del país, Simón Bolívar, tuvo como objetivo durante mucho tiempo establecer un estado socialista mediante la redistribución de la riqueza, la nacionalización de industrias clave, programas sociales y la disminución de la influencia extranjera. 

El panorama económico de este movimiento ha cambiado considerablemente en los últimos años, a medida que Maduro empujó a Venezuela hacia una forma de capitalismo neopatrimonial y autoritario, pero su voluntad de permanecer en el poder a toda costa solo se ha intensificado. Durante mucho tiempo, los opositores han sido enmarcados como marionetas de Estados Unidos y actores de extrema derecha. También se utilizaron la manipulación de los distritos electorales y el legalismo autocrático para desmovilizar a las fuerzas antichavistas. 

Sin embargo, los patrones de represión cambiaron bajo los gobiernos de Nicolás Maduro. Políticos de oposición, activistas, defensores de los derechos humanos y periodistas se han visto obligados a exiliarse; los partidos han sido despojados de su estatus legal y de sus símbolos partidarios. Los disidentes chavistas también han sido objeto de represión. Estos son solo algunos ejemplos del arsenal de irregularidades. 

En la última década, el gobierno redobló la apuesta por estas tácticas, buscando fragmentar a la oposición y dificultarle mucho la competencia. Pero hasta entonces el gobierno se había mostrado reacio a alterar abiertamente el resultado de las elecciones. En 2013, por ejemplo, la oposición denunció fraude pero no pudo ofrecer pruebas de manipulación de votos. Unos años más tarde, en 2015, la oposición participó en las elecciones legislativas bajo la coalición conjunta MUD, obteniendo una victoria aplastante. 

Si bien la élite gobernante desmanteló la Asamblea Nacional y desató una represión sin precedentes después de las elecciones, inicialmente reconoció los resultados, y Maduro incluso asistió a su sesión inaugural. Más tarde, en 2016, el gobierno utilizó los tribunales para rechazar un referendo revocatorio que el gobierno probablemente habría perdido si se hubiera celebrado. 

Un precedente directo de manipulación de votos fueron las elecciones regionales de 2017, donde el gobierno había cometido fraude al alterar el recuento de votos a nivel de los centros de votación, como lo demostró el candidato de la oposición a gobernador del estado Bolívar, Andrés Velázquez. Desde que perdió su competitividad, el gobierno ha buscado constantemente empujar a la oposición a una estrategia de boicot, que reduciría los costos de revertir o no reconocer los resultados. 

Este fue el escenario en 2018 cuando los actores tradicionales de la oposición decidieron boicotear las elecciones presidenciales en un momento en que Maduro tenía un bajo índice de popularidad debido a la grave crisis socioeconómica. En 2021, la oposición volvió a una estrategia electoral para desafiar al titular durante las elecciones regionales. Cuando ganó la oposición, el gobierno inicialmente reconoció los resultados, pero posteriormente amenazó a los alcaldes y gobernadores de la oposición una vez en el cargo.

Si bien el régimen ha utilizado diversos medios para contrarrestar la voluntad del pueblo, no se había producido un fraude flagrante en una contienda a nivel nacional hasta esta elección.

¿Qué es diferente esta vez?

El chavismo entró en la contienda con la expectativa de que la oposición se fragmentaría antes de las elecciones. A pesar de todos los incentivos que el gobierno impuso para causar divisiones, como la represión selectiva de los oponentes tradicionales y el margen de maniobra para los grupos cooptados, las élites opositoras que antes eran radicales recurrieron a las elecciones para derrotar al gobierno. 

Las élites en el poder también hicieron campaña sabiendo que tendrían problemas para movilizar a las bases chavistas. Durante varios años, los chavistas descontentos han presionado y cuestionado a la élite gobernante, exigiendo que se respeten sus derechos y antiguos beneficios; también han señalado críticamente la corrupción y la riqueza desmedida entre las élites gubernamentales. 

En este contexto, el gobierno hizo nuevas promesas y se basó en viejas tácticas de intimidación y vigilancia para movilizar a sus simpatizantes. El gobierno también se basó en un discurso desgastado de resentimiento social, argumentando que la oposición estaba liderada por la vieja oligarquía, cuyos “apellidos” se usaban para gobernar el país. Muchos venezolanos señalaron el carácter cínico de esta campaña liderada por un puñado de individuos que han gobernado durante más de dos décadas.

Pero la elección también fue el resultado de cuidadosas negociaciones internacionales, donde la administración estadounidense proporcionó un alivio crucial de las sanciones a cambio de condiciones electorales mínimas, al tiempo que alentaba a la oposición a volver a la vía electoral. En parte debido a los Acuerdos de Barbados, la Plataforma Unitaria, una alianza de partidos de la oposición, organizó una elección primaria, donde María Corina Machado fue elegida como candidata unitaria. El gobierno violó con frecuencia los términos del acuerdo, pero la oposición siguió centrada en derrotar a Maduro en las urnas. Como Machado siguió sin poder postularse para un cargo, la alianza finalmente se quedó con lo que se suponía que sería un reemplazo temporal, el ex diplomático Edmundo González Urrutia, quien se presentó contra el titular.

Alcance del fraude y profundidad de la victoria

Esta es una elección nacional donde el cargo de la presidencia estaba en juego. El gobierno ha alegado que la piratería electrónica extranjera en el sistema de transmisión retrasó la tabulación de los datos de los colegios electorales a la sede del Consejo Electoral. Y, sin embargo, con un aparente 80% de los votos contados, el Consejo declaró a Maduro como ganador con poco más del 51% de los votos. No se ha proporcionado un desglose de la votación por estado, municipio y centro de votación, como es la norma. Por otro lado, la oposición afirma que sus testigos sufrieron intimidación, y que muchos fueron retirados a la fuerza de los centros de votación. Aun así, los observadores electorales lograron reunir más del 80% de los escrutinios, lo que muestra un margen de casi 70% a 30% a favor de Edmundo González.

Si bien no se han verificado por completo, hasta ahora, la mayoría de las pruebas indican que el recuento de la oposición es el resultado correcto. De ser cierto, esta sería la primera vez en 25 años que la oposición no solo gana una elección presidencial, sino que lo hace con una victoria aplastante. Según estos resultados, el gobierno perdió todos los estados y todos los municipios por un amplio margen. Los resultados ya no revelan una división urbano-rural que era común en años anteriores del chavismo. Tampoco muestra un sesgo de la clase trabajadora y del sector popular a favor del gobierno.

Vemos, en cambio, un amplio rechazo al gobierno, lo que en parte explica las consecuencias inmediatas del anuncio. En todo el país estallaron masivas protestas espontáneas y cacerolazos (una forma tradicional de protesta en la que la gente golpea cacerolas y sartenes). Comenzaron en los barrios populares, no en los bastiones tradicionales de la oposición de clase media y alta. 

Al optar por participar en las elecciones en las peores condiciones desde 1999, los actores de la oposición pudieron capitalizar el descontento interclasista por primera vez. Además, como los ciudadanos participaron activamente en la organización y movilización en torno a las elecciones, así como el día de las elecciones, se sintieron parte de un movimiento pro cambio y, por lo tanto, personalmente estafados cuando el gobierno anunció los resultados. Participar y ganar por un margen tan amplio impuso el conocido dilema de reconocer y negociar o participar en un fraude masivo. Dados los altos costos de salir, la élite gobernante ha elegido esto último.

El camino a seguir

Venezuela está entrando en una nueva y peligrosa fase de su conflicto. El gobierno ha aumentado rápidamente la represión contra los manifestantes y está implementando mecanismos de vigilancia e intimidación contra la población. Está empleando diferentes tácticas represivas para fragmentar y desmovilizar a la sociedad. Imágenes y videos de comunidades populares revelan que grupos armados afines al régimen intimidan a los ciudadanos e imponen toques de queda. En los sectores obreros y de clase media, se apoyará en una fuerte presencia policial y militar. Las élites de la oposición han sido acusadas de fascistas y las élites del régimen han pedido el encarcelamiento de Machado y González Urrutia. Esta escalada está aumentando los costos de la participación y el disenso abierto.

Si bien esto es cierto, al elegir una estrategia de resistencia democrática pacífica e institucional, la oposición ha creado impulso para un movimiento pro democracia diverso y transclasista. A nivel de la élite, los líderes de la oposición deben seguir siendo resilientes frente a las estrategias de fragmentación previstas por el gobierno. 

Ahora es el momento de abrir aún más la carpa, ya que los anuncios recientes de intelectuales, ex ministros y líderes del chavismo y otros candidatos a las elecciones presidenciales demuestran que se puede forjar una amplia coalición por la democracia. Algunos de estos líderes, que antes eran críticos de la oposición tradicional pero ahora piden la publicación de los resultados y la reversión del fraude, pueden servir de puentes entre las facciones gubernamentales que temen la represión pero están considerando la posibilidad de disentir abiertamente, y el movimiento pro democracia. 

Para que el deseo de cambio de los venezolanos se materialice, los opositores deben seguir comprometidos entre sí y con una estrategia de base interna. Las experiencias pasadas con movimientos paralelos y fuera del sistema, como el “gobierno interino” encabezado por el ex legislador Juan Guaidó, descarrilaron a los opositores y desmovilizaron a la sociedad.

Más allá de navegar por los intereses de las comunidades exiliadas y otros actores extranjeros que podrían verse tentados a apresurarse a ejercer la máxima presión sin considerar las nuevas restricciones impuestas después de los resultados, los opositores deben aprovechar el arte de la diplomacia de alto nivel. Varios gobiernos, incluidos los de Estados Unidos, miembros de la Unión Europea y América Latina, ya han pedido transparencia y verificación inmediata de los resultados electorales. 

Asimismo, organizaciones internacionales y grupos de derechos humanos han exigido el fin de la represión contra los manifestantes. El papel de los gobiernos históricamente tolerantes con el chavismo es crucial, como los de Brasil y Colombia. Deben permanecer vigilantes, seguir exigiendo la divulgación de los resultados y operar en coordinación con otros gobiernos latinoamericanos, así como con Estados Unidos, para ofrecer una vía diplomática para una solución negociada a esta crisis.

Las élites de la oposición deben cuidar el impulso que han ayudado a construir con los movimientos de base, la sociedad civil organizada y los ciudadanos comunes. Ambos líderes se han dirigido a los ciudadanos en persona tres veces: dos veces después del anuncio de los resultados el 29 de julio y nuevamente el 30 de julio. También han publicado mensajes en sus plataformas de redes sociales. 

Si bien es comprensible que, en medio de una ola de represión, el liderazgo sea cauteloso, es esencial organizar y canalizar el descontento de manera consistente. Esto comienza por elaborar mensajes que tengan en cuenta las necesidades y realidades de los diferentes grupos dentro del campo pro cambio, incluidos aquellos que están siendo más duramente reprimidos por el gobierno. La causa común de este bloque heterogéneo es la verificación y el respeto de los resultados electorales. La preferencia de la sociedad por una solución pacífica al conflicto debe ser respetada por la oposición. Cualquier acto de violencia debe seguir siendo rechazado, como lo han sostenido hasta ahora Machado y González Urrutia.

La oposición también debe encontrar formas de apoyar a las comunidades que son blanco de la represión. Las víctimas de la violencia necesitarán recursos materiales e inmateriales para enfrentar las trágicas consecuencias de su deseo de cambio.

En las elecciones del 28 de julio, el gobierno entró en un nuevo nivel de irregularidades electorales, alejándose de cualquier pretensión de rendición de cuentas democrática. Esta ruptura de la confianza en el pueblo venezolano marca el comienzo de nuevos desafíos para una transición en Venezuela. Aunque el gobernante autoritario tiene la ventaja hasta ahora, la sociedad venezolana y la oposición pueden trabajar con actores internacionales para exigir una verificación transparente de los resultados electorales y la apertura democrática. 

Los venezolanos ya cumplieron con las expectativas de los actores internacionales al participar a pesar de todos los riesgos y costos. Permitir que el gobierno se salga con la suya mediante fraudes no solo aumentaría los riesgos de disenso y provocaría más desplazamientos, sino que también incentivaría a otros autócratas a seguir el mismo camino en otros lugares.

Este artículo refleja únicamente las opiniones de los autores.
*Texto publicado originalmente en Verfassungsblog   

¿Puede la inteligencia artificial superar las barreras de la desigualdad?

En una sociedad más conectada que nunca, ¿estaremos todos alfabetizados digitalmente? En Brasil, donde los pagos masivos se realizan a través de PIX, las tele-consultas médicas son cada vez más populares, donde los números de trabajadores de aplicaciones, como repartidores y conductores, sólo suben, y donde el uso de herramientas de Inteligencia Artificial está creciendo, este parece ser el próximo destino en el horizonte tecnológico.

Sin embargo, según una encuesta realizada por el Instituto Market Analysis Brasil, el 36% de la población nunca ha oído hablar de la herramienta de Inteligencia Artificial (IA) más popular en la actualidad, ChatGPT. Además, el 40% de los brasileños no siente la necesidad de herramientas de IA en su vida diaria. Entre ellos, el 53% tiene poca o ninguna educación y el 36% pertenece a clases sociales de bajos ingresos. También según datos de la última Encuesta Nacional por Muestra de Hogares – PNAD Continua, 24 millones de brasileños nunca han accedido a Internet. La mayoría de ellos se encuentran en zonas rurales, en las regiones Norte y Nordeste del país. Estos grupos se identifican como «analfabetos digitales», ya que no están familiarizados con las tecnologías de inteligencia artificial ni siquiera con Internet.

En un escenario tecnológico en el que se discute cada vez más la creación de datos sintéticos mediante Inteligencia Artificial Generativa y su uso en estudios de opinión pública, ¿cuál es el impacto de este importante sector de la población digitalmente excluida? ¿Lo digital sería capaz de predecir, simular o incluso influir en los comportamientos y opiniones de quienes sólo participan en el mundo analógico?

Un experimento reciente del estudio World Values Survey (WVS) realizado en Brasil por los profesores Henrique de Castro y Daniel Capistrano demostró la dificultad de los algoritmos de IA para crear datos sintéticos que representen a la población con menor educación y perteneciente a clases sociales más bajas. Así, vemos que es precisamente la población menos educada, con menores ingresos, la que más desafía las capacidades de predicción de la IA. Los llamados “analfabetos digitales” son también, por tanto, aquellos “indomables” por la tecnología, impredecibles a los datos sintéticos.

Las implicaciones de este fenómeno son profundas y, en cierto modo, paradójicas. En una sociedad cada vez más monitoreada y en la que se intenta controlar y moldear opiniones a través de preferencias anticipadas o construidas artificialmente mediante algoritmos de IA, es precisamente entre quienes tienen menos educación y menores ingresos donde la influencia de estas tecnologías encuentra mayor resistencia. Estos individuos, a menudo excluidos de las muestras de investigación y menos presentes en las plataformas digitales, siguen siendo más «invisibles» para los algoritmos y desafían la capacidad predictiva de la investigación.

A medida que la tecnología avanza y se vuelve más sofisticada, aquellos que se encuentran al margen de este avance pueden convertirse en verdaderos agentes invisibles del cambio, influyendo decisivamente en la dirección política y social del país, especialmente en una sociedad polarizada como la brasileña, en la que 2 millones de votos decidieron la última disputa presidencial.

Sin embargo, aunque están menos influenciados por la tecnología, estos grupos no son inmunes a la manipulación. Otros medios tradicionales de influencia, como la televisión, los líderes religiosos y los líderes locales, todavía ejercen una influencia significativa y pueden moldear opiniones de manera efectiva, a menudo compensando la falta de impacto directo de los medios digitales.

Uno de los vectores de influencia a considerar también hoy en día es Internet a través de la televisión. La televisión es actualmente el segundo medio de acceso a Internet para los brasileños (el 47,5% la utiliza), superando, por primera vez, al ordenador personal (el 35,5% la utiliza). Con el auge de los servicios de streaming, los canales de YouTube y los podcasts, cabe preguntarse: ¿son estos contenidos digitales, vistos por televisión, los formadores de opinión de una sociedad con una alfabetización digital parcial? Esta pregunta es fundamental para comprender la dinámica del consumo de información y la formación de opiniones en diferentes segmentos de la población.

Es necesario ampliar el debate sobre la vigilancia y el control social mediante la IA. La idea de que es posible un seguimiento completo de la sociedad puede resultar ilusoria si no consideramos las limitaciones inherentes al alcance de la tecnología. La resistencia natural de los segmentos menos conectados puede servir como recordatorio de que la diversidad y la complejidad humanas siempre encontrarán maneras de manifestarse, incluso en un mundo cada vez más digitalizado. Este aspecto debería ser central en cualquier debate sobre el futuro de la tecnología y la sociedad.

Esta situación abre espacio para cuestionar el papel de la tecnología en nuestra sociedad y la necesidad de políticas inclusivas. Es esencial que las políticas públicas y privadas sobre IA consideren a estos grupos marginados, no solo como un desafío a superar, sino como una oportunidad para un enfoque más equitativo e inclusivo. La inclusión digital debe verse como un derecho fundamental, necesario para la plena participación en la sociedad contemporánea.

Para que la inclusión digital se convierta en una realidad integral, se necesita un esfuerzo concentrado que vaya más allá de la mera disponibilidad de tecnología. Es imperativa una inversión significativa en infraestructura, educación y formación. Las zonas rurales y las regiones Norte y Nordeste de Brasil, que sufren el mayor déficit de conectividad, necesitan iniciativas específicas que fomenten la expansión de la red de Internet de alta velocidad. Además, la educación digital debe integrarse en los planes de estudio escolares desde los primeros grados, asegurando que las nuevas generaciones desarrollen habilidades tecnológicas desde una edad temprana. Los programas de alfabetización digital para adultos también son esenciales para permitir que la población utilice las herramientas digitales de manera efectiva.

Además de promover una sociedad más igualitaria y participativa, es crucial que este acceso sea también crítico y reflexivo. La educación digital no debe centrarse sólo en las habilidades técnicas, sino también en desarrollar una comprensión crítica de la tecnología y sus impactos sociales, éticos y políticos. Esto incluye enseñar cómo identificar y combatir la información errónea, comprender las implicaciones de la privacidad y la seguridad en línea y reflexionar sobre el papel de las grandes corporaciones tecnológicas en nuestra vida cotidiana. Al fomentar un enfoque crítico, garantizamos que los ciudadanos no sean meros consumidores pasivos de tecnología, sino agentes activos que pueden cuestionar, influir y dar forma al desarrollo tecnológico de una manera consciente y ética.

Un enfoque crítico también implica crear conciencia sobre los sesgos inherentes a las tecnologías de inteligencia artificial y la importancia de una representación justa en los datos utilizados para entrenar estos sistemas. Por ejemplo, las herramientas de inteligencia artificial que utilizan como fuente textos que consagran prejuicios raciales o lógica sexista reproducirán estos sesgos como sabiduría convencional. Sin esta conciencia, se corre el riesgo de perpetuar las desigualdades existentes y crear nuevas formas de exclusión. Por lo tanto, las políticas públicas y las iniciativas educativas deben incluir debates sobre la ética en la tecnología, promoviendo una cultura del cuestionamiento y la rendición de cuentas. Al empoderar a la población para que piense críticamente sobre la tecnología, no solo empoderamos a las personas, sino que también fortalecemos la democracia, garantizando que la evolución digital sea inclusiva, justa y se refleje críticamente en la sociedad.

La ‘inexistente’ erosión de la democracia

¿Puede haber retroceso democrático allí donde nunca ha existido democracia? Diversos diagnósticos basados en la información que ofrecen encuestas e índices como el Latinobarómetro, Democracy Index de The Economist, Bertelsmann Transformation Index, V-Dem y Freedom House señalan que la democracia en el mundo está en retroceso desde hace algunos años en Europa, Asia, África y, sobre todo, América Latina. Entre los factores indicativos de dicho retroceso se encuentran: la desvalorización del estado de derecho y las dificultades del acceso a la justicia, una menguada integridad electoral, el ascenso de la polarización y la desconfianza hacia los partidos y los poderes legislativos, así como el aumento de las preferencias por liderazgos y soluciones autoritarios.

Una lectura diacrónica del Latinobarómetro nos muestra que la erosión de la democracia, independientemente del nivel alcanzado en cada país de la región, no es homogénea, no ocurre en la misma medida ni a la misma velocidad. Pero también es posible notar que existen sociedades periféricas en América Latina donde la democracia no ha llegado y nunca llegará, por ello ni siquiera es perceptible esa erosión, pues no pueden padecer los efectos del retroceso de algo que nunca ha existido. 

Los datos del Latinobarómetro del 2023 y años anteriores permiten notar que, respecto de las preguntas relativas a la satisfacción con la democracia, en localidades de menos de 10.000 habitantes los porcentajes de insatisfacción son elevados, similares a las grandes zonas urbanas de más de 100.000 habitantes y las capitales de los países. Pero es relevante que, en general, en las zonas de menor densidad poblacional las respuestas “No sabe” tienden a ser superiores al 5% del total de las personas entrevistadas y en algunos casos alcanzan el 10%, como en Bolivia, Honduras y México. Es decir, en zonas poco pobladas de América Latina la ciudadanía ni siquiera puede expresar una opinión sobre la satisfacción con la democracia porque lo más probable es que no exista. 

Es significativo que, igualmente, en zonas menos pobladas, menores a 20.000 habitantes, la propensión a “apoyar a un gobierno militar si las cosas se ponen difíciles” tiende a tener respuestas superiores respecto a las zonas más pobladas y urbanas. En casos como Argentina, Bolivia, Ecuador, El Salvador, México y Paraguay más del 40% llega a estar de acuerdo con esa afirmación, mientras que en Guatemala, Honduras y Perú incluso supera el 60% de los encuestados, y porcentajes similares se presentan en algunas regiones de México.

Resistencia y crisis de la democratización

Hace unos años, en lugar de la erosión, el tema que preocupaba a las élites intelectuales y académicas de América Latina era la crisis de la consolidación de la democracia. Las transiciones crearon muchas expectativas: se creía que con alejar a los militares e instaurar elecciones competitivas como la única vía legítima de acceso al poder bastaba para que se instauraran regímenes democráticos. Dicha visión minimalista y estrecha de la democracia consideraba que solo con eso aparecían como efecto el estado de derecho, la disminución de las desigualdades sociales, el interés de la ciudadanía en la participación y la presencia de partidos responsables en el gobierno y en la oposición. 

A finales del siglo XX el politólogo Guillermo O’Donnell afirmaba que la democratización tendría efectos dependiendo de la homogeneidad o heterogeneidad social, la eficiencia del estado y la existencia o no de esferas de poder autónomas del poder central y su base territorial. En poco tiempo los primeros diagnósticos encontraron que la democratización en América Latina estaba incompleta, o, en el mejor de los casos, que las democracias eran defectuosas. Por ello se acuñaron diversos términos para tratar de comprender qué tipo de (no) democracias se habían instaurado en la región: delegativas, imperfectas, inconclusas, etc. 

Visto a la distancia, los problemas de la democracia en la región son más complejos que la denominada erosión, y no porque esta no exista, sino porque la consolidación nunca llegó a todos lados o fue un proceso imperfecto en el mejor de los casos. Pero, además, en muchas regiones de América Latina, sobre todo en las periferias o fuera de los grandes centros urbanos, la democracia es inexistente o su desarrollo fue y ha sido precario al grado de que difícilmente puede decirse que haya madurado. Entonces, ¿se puede hablar de erosión de la democracia cuando esta es un proceso inacabado e imperfecto?

La dualidad estructural como explicación

Entre los años 60 y 70 del siglo XX cobró relevancia la idea de la “dualidad estructural” en las ciencias sociales latinoamericanas. Julio Cotler lo sintetizó: en un estado pueden convivir dos formaciones sociales diferentes de manera simultánea, lo que genera contrastes significativos y persistentes entre centros urbanos y periféricos, entre las zonas urbanas y las rurales. Así como existen países desarrollados y subdesarrollados, en los países de América Latina existen análogamente procesos de desarrollo y subdesarrollo estrechamente ligados. Rodolfo Stavenhagen lo llamó “colonialismo interno”. 

Si bien esta explicación cayó en desuso, los actuales problemas en la región ponen de manifiesto que la dimensión territorial, la heterogeneidad social y los alcances de la eficiencia estatal en América Latina mantienen esa dualidad estructural. Los problemas de la democracia, que a veces se observan como procesos lineales y homogéneos, adquieren mayor complejidad. El orden democrático y la efectividad estatal tienden a desvanecerse en la medida que nos alejamos de los centros nacionales y urbanos. Por ello no es lo mismo hablar de democracia en la Ciudad de México, en Buenos Aires, en Sao Paulo, en Lima o en Bogotá que en Chiapas, en el Conurbado Bonarense, en el Mato Grosso, en el Puno o en el Cauca, regiones donde probablemente los problemas de la democracia sean la menor de las preocupaciones de la ciudadanía. 

América Latina se democratizó en algunos niveles, sobre todo al nivel de las instituciones de alcance nacional y consecuentemente en los grandes centros urbanos, pero no sucedió igualmente en los niveles locales ni en las periferias. Por ello quizá más que erosión de la democracia estamos ante una crisis de penetración de la eficiencia estatal y consecuentemente de democratizaciones inacabadas y en algunos casos ausentes que, sumado a la crisis del modelo económico neoliberal, igualmente precariamente impuesto en muchas zonas, mantienen a la región sumida en graves problemas cuya urgencia de soluciones eficientes abren fácilmente la puerta a soluciones autoritarias.

Carta del presidente López Obrador al “amigo” Donald Trump

El miércoles 24 de julio Andrés Manuel López Obrador reveló el contenido de una carta que envió a Donald Trump en su calidad de candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica. 

La misiva de un presidente en funciones a un candidato presidencial es inusual porque puede ser interpretada como un apoyo tácito a quien la recibe. Así, políticamente es inoportuna, una descortesía hacia Kamala Harris, la próxima candidata presidencial del Partido Demócrata, y también hacia sus potenciales electores. 

Sin embargo, lo más significativo es lo que representa para Claudia Sheinbaum, la presidenta virtual que tomará las riendas de México el próximo 1 de octubre, y su contenido, que pone en entredicho la soberanía del país. 

A este contacto epistolar le anteceden las declaraciones de Trump en materia de migración internacional, seguridad y crimen organizado. Esta triada, en el vínculo bilateral México-Estados Unidos, es explosiva, porque para Trump van en paquete y con cargo a México por la llamada política de tercer país vigente, que no significa otra cosa que, si México no hace la tarea de gendarme de los migrantes caribeños, centroamericanos y sudamericanos tendría un costo en aranceles para los productos mexicanos. 

Así, que López Obrador se dirija a Trump en la carta como si ya fuera el presidente de EE.UU. es un yerro diplomático mayor que no tiene precedente entre las dos naciones y que acota el espacio político de su sucesora, además de confirmar la sospecha de que AMLO seguirá buscando influir en las decisiones de la siguiente administración pública.  

La carta de marras señala: “Quiero manifestarle dos asuntos que usted abordó en la reciente convención del Partido Republicano. El primero es su opinión sobre que los migrantes son «invasores y maleantes» y que, de ganar la presidencia, cerraría desde los primeros días de su mandato la frontera. Entiendo que está en campaña y que no es como algunos piensan un obcecado, por eso mismo considero importante señalarle que es tan intensa y extendida la relación económica entre nuestras naciones que tomar una medida de esa índole, cerrar la frontera, sería equivalente a convocar a una rebelión en ambos lados de la frontera por los daños que causaría a los pueblos, a la industria y al comercio. Esta perspectiva indeseable se manifestaría con particular gravedad en Estados Unidos y especialmente en California, Arizona, Nuevo México y Texas, que junto con los seis estados fronterizos de México representan la cuarta economía mundial”. 

“Agrego que dicha decisión impediría el cruce de las aduanas y los puentes fronterizos a 1 millón de personas y a los 300.000 vehículos, de los cuales 70.000 transportan mercancía de un país a otro, que diariamente transitan por la línea divisoria en ambas direcciones. Considero que lo más eficaz y humano es entender las causas de la migración, ayudar a que haya trabajo y mejores condiciones de vida en los lugares de origen de las personas y que, en lugar de adoptar medidas unilaterales, es preferible optar por el diálogo, la cooperación y el acuerdo”. 

Y ante el paso atrás que ha dado el consejero delegado Elon Musk en la construcción de la planta de Tesla en Nuevo León llamando a esperar el resultado de las elecciones presidenciales de noviembre, AMLO dijo al “amigo” republicano: “Tampoco es recomendable ni conveniente, amigo presidente Trump, fabricar en su país todos los automóviles y autopartes que se consumen en su país. Es incuestionable que Estados Unidos posee una experiencia histórica inigualable en el mundo y que cuenta con tecnología y capital; sin embargo, sus costos de producción son muy altos, situación que se ha venido resolviendo con la creación de plantas automotrices y de autopartes en nuestro país, en beneficio tanto de los inversionistas y las empresas como de los trabajadores y consumidores estadunidenses”. 

Y siguió: “Basta un ejemplo: un carro importado de México le representa a un comparador estadunidense un ahorro de entre 10.000 y 15.000 dólares. Le ruego además que tome en cuenta los datos siguientes: en Estados Unidos viven 37,7 millones de mexicanos, siete de cada 10 trabajadores agrícolas son de origen mexicano. El año pasado los mexicanos contribuyeron a la economía de ese país con 325.000 millones de dólares y generosamente enviaron a sus familiares en México 63.000 millones de dólares, es decir, mandan el 18,5% y dejan en Estados Unidos el 81,5% del total de sus ingresos”. 

No menos importante es el tema de la lucha contra los cárteles de la droga. Ante la pregunta de Fox News de si está en pie la amenaza de bombardear a los cárteles mexicanos, la respuesta de Trump fue: “México va a tener que ser más duro con eso o la respuesta será absoluta”. 

En definitiva, la campaña de Trump exalta el protagonismo de AMLO, que compromete nuevamente a Claudia Sheinbaum en un tema que, como bien señala Elon Musk, debe llamar a la prudencia: hay que esperar primero a que termine el fragor de la campaña presidencial estadounidense y que sus ciudadanos manifiesten si quieren ser gobernados por Donald Trump.

Combatir la desigualdad para defender la democracia

La narrativa de que la polarización social se debe al populismo y extremismo político es falsa, conceptual y fácticamente, y tiende a invisibilizar las causas que subyacen el malestar e incertidumbre que marcan nuestro momento histórico: la creciente desigualdad. Es esta la que realmente polariza nuestras sociedades. La concepción liberal-conservadora, predominante en el ecosistema mediático de la mayoría de nuestros países, convirtió en sentido común -lo que simplemente es así y no debe ser cuestionado-, la idea de que el populismo es la gran amenaza para las democracias.

Desde esa mirada o posicionamiento ideológico, los problemas provienen de políticos “populistas” que en busca de popularidad prometen cosas irrealizables. Pero esa perspectiva tiene dos inconsistencias graves. La primera es que tiende a exonerar a las élites económicas de la región que, en muchos casos, ejercen el poder real a través de mecanismos de dominación como la captura de la política vía el financiamiento de candidatos y partidos, el control de instrumentos de dominación/coerción económica como las finanzas, y la propiedad de los principales medios de comunicación.

Toda sociedad se estructura a partir de relaciones de poder. Y los tres poderes fundamentales son el poder político (instituciones que gozan de legitimidad burocrático-legal y tradicional al decir de Max Weber), el poder económico (propiedad de los principales medios de producción de riqueza) y el poder ideológico (estructura propietaria de los medios de comunicación de alcance nacionales).

Pero la narrativa liberal-conservadora oculta estas relaciones de poder que, desde un sentido republicano, deberían ser de discusión cotidiana. De modo que se debería señalar y, cuando corresponda, criticar esos poderes para develarlos y someterlos a la deliberación pública en lo que atañe a las consecuencias colectivas de sus acciones y decisiones.

La segunda inconsistencia de la falsa conciencia que atribuye nuestros problemas al “populismo” es que incentiva la lógica anti política. Al colocar la política como origen de las problemáticas colectivas, la opone a la ciudadanía y a los ámbitos privados que serían espacios de la virtud. De ahí esa cada vez más común simplificación del debate público que, especialmente en las conversaciones digitales, banaliza el debate al punto de normalizar ideas como la eliminación de la política para evitar la corrupción y así alcanzar el bienestar tantas veces prometido.

Este tipo de concepción tiende a alimentar sentimientos antidemocráticos porque sin política no hay democracia posible. La política en su sentido profundo y clásico implica esa acción colectiva con la que, a decir de Hannah Arendt, actuamos entre muchos. Lo cual, a su vez, remite a la virtud cívica y al carácter republicano que se requiere para que la política sea operativa; es decir, para que se definan los espacios comunes donde pueda concretarse.

La anti política subvierte este proceso y se convierte en un caldo de cultivo de alternativas ultraderechistas y antidemocráticas. Es una evidencia que allí donde se instala esta lógica anti política crecen las opciones políticas antidemocráticas. Véase los casos de Argentina, Brasil, El Salvador y Ecuador.

La desigualdad en la región

Nuestra región vive hoy bajo niveles de desigualdad sin precedentes, según el reciente informe de Oxfam, EconoNuestra, para América Latina y el Caribe. Esto rompe con el fundamento de la democracia que es la existencia de un marco de igualdad (formal en el liberalismo y sustancial en sentido republicano) entre quienes constituimos una comunidad política.

Actualmente, en América Latina y el Caribe, los equilibrios que sostienen la democracia se han roto producto de la creciente desigualdad. Esa es, entonces, la principalísima amenaza para nuestras democracias. Especialmente si consideramos la penetración que ha tenido en nuestros países el consenso ideológico (neoliberal en principio y últimamente de signo liberal-libertario) que naturaliza tales niveles de desigualdad como consecuencia de la “libertad económica”.

Este discurso plantea la desigualdad como un fenómeno favorable, partiendo de la base de que el progreso individual depende únicamente del esfuerzo personal y que la política no es más que un ámbito corrupto y “empobrecedor”. Esta narrativa busca establecer que las personas más capaces son quienes se convierten en multimillonarios. Estamos, pues, ante una suerte de vulgarización de la lógica meritocrática que, como señala Michael Sandel, de por sí es un problema para alcanzar una convivencia colectiva que potencie la virtud cívica.

Por otro lado, según el informe de Oxfam, en 2015, 32 latinoamericanos concentraban la misma riqueza que la mitad más pobre de la región, mientras que hoy esa cifra se ha reducido a dos billonarios. El mismo informe plantea el problema que implica la capacidad que tienen estos magnates de cooptar la política a base del poder que les confiere su riqueza.

Una élite superrica latinoamericana está concentrando un poder desmesurado, lo cual amenaza la democracia. Y el problema no es que sean ricos, la clave es que, siendo el económico uno de los tres poderes que estructuran la sociedad, si los ricos son cada vez más ricos, por un modelo capitalista que tiende a la excesiva concentración vía la financierización, pues prácticamente todos los poderes estarían en manos de los mismos (minúsculos y cerrados) sectores.

Considerando que los medios de comunicación, en la práctica totalidad de nuestros países, suelen ser propiedad de grandes grupos económicos y, como muestra la historia, todo poder excesivo corrompe y desvirtúa a la vez que enajena de la realidad a quienes lo poseen, hay que desarrollar mecanismos republicanos que limiten la concentración excesiva de riqueza porque esta implica la concentración excesiva de poder. De esta manera, se podría garantizar una mejor convivencia democrática basada en la virtud cívica, al tiempo que sociedades mejor equilibradas permitirían el pleno desarrollo de nuestros países.

Cuando existen diferencias tan grandes, producto de las brutales desigualdades como las que hoy conocen nuestros países, se vacía el espacio público entendido como la res pública clásica, con lo cual, no hay virtud cívica ni posibilidad de hacer juicios colectivos sobre lo que nos es común a todos y todas. De ese modo, la discusión pública se vacía de sus contenidos específicamente políticos. Y la gente pierde la capacidad de entender sus problemas como compartidos con sus semejantes; lo que por tanto limita la capacidad de resolverlos de forma colectiva.

Sin esta posibilidad de valorar lo público y defender lo común, no hay democracia posible. De manera que debemos decididamente combatir la desigualdad para defender la democracia. 

Los cómplices del fraude electoral en Venezuela

Se cumplieron las previsiones más pesimistas: pese a los 22 puntos de ventaja que las encuestas otorgaban como promedio a la oposición venezolana, el chavismo institucional ha proclamado la victoria de Maduro por un 51,2 % de los votos emitidos. Muchos hicimos estas oscuras previsiones a partir de la forma empleada por Maduro para anunciar su aceptación de los resultados: no dijo que respetaría la voluntad ciudadana expresada en las urnas, sino que se atendría a lo que dictara la autoridad electoral, el Consejo Nacional Electoral, bien conocido por su militancia chavista. Era todo un anuncio premonitorio.

Se ha constatado así la lógica más tóxica: el régimen de Maduro no está en condiciones de abandonar el poder, pase lo que pase en Venezuela. Simplemente, no puede. Es tan grande la carga de las tropelías cometidas, de las violaciones morales y a los derechos humanos, que los personeros del sistema están convencidos de que el abandono del poder les supondría exponerse a una lluvia de demandas inasumible. En realidad, buena parte de ellos están convencidos de que tendrían que abandonar el país si el chavismo dejara de gobernar Venezuela.

Pero ese convencimiento extremo hace bastante inviable la opción defendida por algunos aliados del chavismo y una buena cantidad de pragmáticos: que el abandono del poder de Maduro y los suyos se diera luego de una negociación que ofreciera garantías de que los dirigentes chavistas no sufrirían graves represalias.

Al descartarse esa opción, sólo queda un escenario: la resistencia a brazo partido, desconociendo cualquier crítica mínimamente razonable, o, dicho en otros términos, la fuga hacia adelante, hacia el endurecimiento dictatorial. Es en ese camino que pueden producirse fisuras en el régimen autoritario. Cierto, la presión internacional, solicitando el conocimiento de las actas electorales, es un poderoso factor de presión, pero no resolverá la dramática situación si el régimen sigue fuertemente cohesionado. Será la necesidad de Maduro y sus escuderos de endurecer su gobierno, lo que puede provocar contradicciones internas que debiliten su consistencia.

En todo caso, es importante que la mirada democrática no se centre únicamente en la felonía perpetrada. Es necesario ampliar la lente para observar los cómplices que le sirven de puntos de apoyo internos y externos al régimen de Maduro. Por otra parte, la lista no es tan larga si se trata de los cómplices más destacados.

En primer lugar, están los países que han reconocido esa misma noche los resultados fraudulentos. Existe un grupo motivado por factores geopolíticos, al estilo de la vieja guerra fría: China y Rusia, en primer lugar. Y luego, la complicidad de otros regímenes ideológicamente aliados: Cuba, Nicaragua y Bolivia, a los que se agrega ahora Honduras, en buena medida por razones internas. Importa destacar el caso de Bolivia, porque se constata algo que ha sido motivo de debate en la izquierda latinoamericana: el gobierno boliviano y el partido que lo apoya, el MAS, no pertenecen a la izquierda democrática. La posición de los gobiernos brasilero y chileno, y de forma más tímida el colombiano, al exigir la revisión electoral, establece la distancia necesaria al respecto.

Por cierto, la respuesta de Maduro ha sido consistente con esa fuga hacia formas más autoritarias: ha retirado el personal diplomático venezolano de siete países latinoamericanos, Argentina, Chile, Costa Rica, Panamá, Perú, República Dominicana y Uruguay, por no reconocer su victoria y poner en duda el resultado electoral.

Y finalmente, hay que mencionar a los cómplices del régimen chavista que, por diversas razones, han dado cobertura al gobierno de Maduro y su fraude electoral. Entre ellos destaca un dirigente socialista español, Rodríguez Zapatero, que se ha negado a sumarse al reclamo internacional de que se hagan públicas las actas de los resultados electorales. Esta negativa de Zapatero resulta más notable por cuanto otros simpatizantes de Maduro, invitados también por el gobierno venezolano como observadores externos, como los expresidentes Leonel Fernández de República Dominicana y Ernesto Semper de Colombia, se han sumado a la demanda internacional de conocer todas las actas del escrutinio.

El argumento usado por Zapatero hasta el momento, para no desmarcarse del régimen chavista, ha consistido en que es necesario establecer opciones que favorezcan la negociación entre el régimen y la oposición. Pero ese argumento resulta hoy un insulto o una quimera. Por convencimiento ideológico o por estupidez política, Zapatero (uno de los aliados más encendidos de Pedro Sánchez) es hoy el símbolo de la complicidad con un régimen de dictadura.

La posición que se adopte respecto de la crisis venezolana se ha convertido así en la prueba del ácido para la izquierda latinoamericana, permitiendo diferenciar su consistencia democrática de su viejo espíritu autoritario. Y no importa si esa posición esté condicionada por una amarga experiencia interna, como sucede en el caso de Honduras; la subordinación del respeto al ejercicio democrático por otros intereses o circunstancias califica igualmente a quien acepta un grosero fraude electoral.