El impacto de la Guerra de Irán en América Latina, pese a las apariencias y a la distancia, es y será significativo. El conflicto, con epicentro en Asia Occidental y ramificaciones en todo el mundo, tiene para nuestra región un potencial de inestabilidad considerable.
La ausencia de una “Autonomía Estratégica” real de nuestra región multiplica los riesgos y reduce el margen de maniobra. Nuestros Gobiernos, pese a las apariencias, se ven obligados a someterse a la autoridad del dólar. Cualquier desviación que no cumpla con las reglas sistémicas no escritas puede terminar pagándose con fuga de capitales, depreciación de la moneda local o más inflación. Además, cuando el precio del petróleo se dispara, nuestros agujeros fiscales se agrandan y nuestros endeudamientos externos se agravan.

¿Por qué una guerra tan lejana puede afectarnos tanto?
El conflicto que estalló el pasado 28 de febrero en Irán es una compleja guerra asimétrica. Hay muchos más actores tras bambalinas que combatientes formales en el escenario. En Asia Occidental caen bombas, pero la partida de ajedrez se juega en un tablero universal.
Lo que ahora mismo se dirime no es, únicamente, el control del Estrecho de Ormuz o la continuidad del programa nuclear iraní. Guste o no, se trata de la capacidad de Estados Unidos para sostener tres grandes pilares de su hegemonía: el energético, el logístico y el monetario. Se trata, por consiguiente, de una guerra de desgaste en la que lo que está en juego es, ni más ni menos, que el sistema de gobernanza global con el que llevamos funcionando décadas.
Irán no busca, en ese marco, una victoria militar convencional sino alejar la presencia militar estadounidense de su entorno y erosionar la influencia de Washington de la forma más duradera posible. Y ahí, nuevamente, el problema de nuestros países es que su estabilidad (financiera, pero también política) depende de un cordón umbilical llamado dólar, con el que se calcula el precio del petróleo y con el que se importan bienes y servicios.
El drama de los presupuestos
Un elemento clave, que ayuda a comprender mejor las cosas, es que nuestros países elaboran sus presupuestos, todos los años, a partir de una estimación del precio medio que el Brent tendrá durante el año siguiente. Cuando en 2025 los Gobiernos de Colombia, Brasil y México prepararon sus presupuestos para 2026, partieron de supuestos distintos: Colombia pensó que el petróleo se movería alrededor de los 60 dólares por barril;Brasil, 65 yMéxico, 70.
El Brent, sin embargo, superó los 100 dólares el pasado 11 de marzo, y por lo visto hasta ahora (en el campo de batalla, en las bolsas y en las cancillerías) no parece que vaya a regresar pronto a la franja de los 60-70 dólares por barril .
Ese desfase es un drama. La diferencia entre el precio real y el calculado por nuestros gobiernos el año pasado se llama inflación. O para ser más específicos, ‘presiones inflacionarias’: transporte, fertilizantes, fletes… todo se vuelve más caro rápidamente y termina impactando en la estructura de precios, lo cual afecta el poder adquisitivo de las familias y en última instancia, a la estabilidad de nuestros países.
Inflación y zonas de riesgo
La inflación es clave en nuestro sistema: en la práctica funciona como un dispositivo de gobernanza. Le atribuye al “mercado”, con muy pocas excepciones, capacidad para determinar quién podrá seguir disponiendo de bienes y quién deberá renunciar a comprar; qué empresas podrán mantenerse y cuáles acabarán creciendo -aprovechando las quiebras de sus competidoras… En América Latina la inflación opera como un dispositivo técnico y silencioso de reordenación de las relaciones de poder y de las desigualdades, claro.
En el contexto actual, hay países latinoamericanos que pueden terminar pasándolo muy mal como consecuencia de la disrupción global provocada por la Guerra de Irán. Colombia, Ecuador, Chile, Uruguay, Paraguay o Panamá, por más que tengan poca o ninguna relación con ese lejano país, se caracterizan por una exposición exterior considerable —tanto para importar como para exportar— y eso tiene un precio que, además, se paga en dólares y puede salir muy caro.
Catálogo de casos específicos
México, en ese contexto, es casi una excepción. Por una parte produce y exporta petróleo pero importa gasolina. Además, no puede aprovechar satisfactoriamente la coyuntura alcista porque no consigue escalar su producción de la noche a la mañana. Sin embargo, asegura cada año el precio de su petróleo —lo cual le proporciona una cobertura financiera invaluable— y utiliza los ingresos extraordinarios para financiar subsidios que evitan que las subidas de la gasolina repercutan en la inflación. Esa combinación le hace ser menos vulnerable que los demás.
El resto, ante un evento tan disruptivo como el de la Guerra de Irán, tenderá a sufrir. No se trata, únicamente, de tener petróleo y/o de ser previsores. También, de que las vulnerabilidades estructurales se pagan muy caras. Muchos de los países mencionados un poco más arriba sufrirán la situación con especial crudeza debido a su falta de diversificación productiva, a sus carencias manufactureras y la ya mencionada exposición externa, que no es cualquier cosa.
Un caso particular, en América Latina, es el de los grandes países agroexportadores de Sudamérica. Allá, la carencia y/o encarecimiento del precio global los fertilizantes —que no se producen localmente en cantidades significativas y que han crecido un 30% desde finales de febrero— va a complicarles mantener costes, productividad y ganancias.
La subida de ese insumo, fundamental para que las cosechas rindan más, termina trasladándose a la canasta alimentaria y forma parte de las ‘tensiones inflacionarias’ que nuestra región proyecta hacia otras partes del mundo, afectando así la seguridad alimentaria global. Lo que pasa en Asia Occidental tiene por tanto un impacto grande en América Latina pero también en el resto del mundo y muy especialmente en el Sur Global, el eslabón más débil de un “orden mundial” frágil y asimétrico.
En conclusión
Lo que al final queda claro, por encima de cálculos y previsiones, es que lo preocupante para nuestra región son los impactos que esta situación ya está empezando a provocar: tasas de interés que castigan a la economía productiva; incremento silencioso de la desigualdad; intensificación de las migraciones irregulares y de la criminalidad organizada; degradación ambiental y como previsible colofón, injerencias externas.
Los eternos círculos viciosos que lastran nuestra autonomía estratégica y comprometen nuestro desarrollo regional se ven, en definitiva, reforzados por una guerra lejana que profundiza nuestras fragilidades. No hace falta que haya un solo soldado latinoamericano en el Golfo Pérsico para que, sobre nuestras economías dolarizadas, haya caído una bomba financiera (y política) de efectos retardados. Y la peor noticia es que no hay escudo que la detenga.










