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El padecer de América Latina: ¿fatalidad o contingencia?

América Latina sigue atrapada en un modelo de explotación de sus recursos y dependencia tecnológica, pero ¿es posible imaginar otra forma de desarrollo basada en la autonomía y la preservación de la vida?

La política y la economía internacional atraviesan una fase de aceleración y desorden convulsivo. Este cuadro se proyecta sobre las relaciones centro-periferia a través del papel que desempeñan las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) y, últimamente, la inteligencia artificial (IA), para configurar un sistema de dominación neocolonial arrasador. 

Enfocándonos en América Latina, el diagnóstico se podría ilustrar como economía circular, pero no precisamente guiada por un criterio de sustentabilidad ecológica.

La economía circular abarca la explotación de minerales en la periferia que, una vez procesados en los países centrales, proporcionan insumos críticos para infraestructuras eléctricas y dispositivos electrónicos de los que dependen los procesos de acumulación y reproducción del capital a escala global. Así, de algún modo, estas exacciones primarias retornan a la periferia transformadas en modelos, sistemas y dispositivos digitales que, una vez aplicados al consumo, permiten capturar una plusvalía exacerbada y así realimentar dichos procesos de acumulación y reproducción del capital, lo que implica redoblar la intensidad de la explotación de minerales en territorios periféricos.

Demarcaciones territoriales 

Para fomentar el acceso a las fuentes de minerales críticos en América Latina, durante la administración del presidente estadounidense Joe Biden se recurrió a instrumentos de concertación destinados a formalizar y preservar archipiélagos productivos y corredores logísticos a modo de economías de enclave, poniendo siempre de relieve la necesidad de garantizar cadenas de suministro. 

Paralelamente a una carta de intención plurilateral conocida como “Alianza para la Prosperidad Económica de América Latina” (2023), el gobierno de Estados Unidos reactivó “Consejos” de Comercio e Inversión bilaterales previstos por diversos tratados-marco. Dichos formatos presentaron una liviandad engañosa, ya que sugerían la suscripción de concertaciones a título de mera “cooperación”. 

Sin embargo, pesaron los compromisos para crear comités o grupos técnicos abocados al cumplimiento progresivo de los objetivos trazados. Cabía suponer que, al irse articulando los enclaves y circuitos logísticos, debía generarse entre las partes una asociación estratégica cada vez más sólida. 

Bajo el segundo gobierno de Donald Trump, esas promesas de cooperación y complementación han sido sustituidas por imposiciones de una brutal contundencia. Las herramientas extorsivas incluyen la invocación norteamericana de disposiciones legales internas que prevén restricciones y represalias comerciales sin atender a los encuadramientos multilaterales, así como la suscripción de algunos precarios acuerdos que, pese a la invocación de “reciprocidad”, son compendios de obligaciones asumidas casi exclusivamente por sus contrapartes. 

Aunque los comentaristas destacan las concesiones comerciales de bienes, merecen tanta o más atención distintas cláusulas diseñadas para consagrar la dependencia tecnológica. Se convalida la apropiación exclusiva de los respectivos mercados digitales por parte de las corporaciones norteamericanas, incluyendo la apertura irrestricta de los mercados de servicios, la adhesión incondicional a las restricciones adoptadas por Estados Unidos frente a terceros países, la transferencia internacional de datos, incluso personales, y distintos compromisos que apuntan a prescindir de vínculos comerciales con terceros países para el aprovisionamiento tecnológico cuando impliquen alguna interferencia respecto de las concesiones reconocidas a EE. UU.

Plusvalía exacerbada

La concentración del capital dentro de las TIC es de tal envergadura que resulta difícilmente comparable con la experimentada en fases anteriores del capitalismo. Pero no se trata solamente de magnitudes. La plusvalía y el proceso de acumulación y reproducción del capital, en lugar de basarse en la explotación del trabajo asalariado, succionan y monetizan datos proporcionados por los mismos consumidores y usuarios digitales como una especie de trabajo no remunerado mediante dispositivos y procedimientos suministrados precisamente con ese propósito. 

Si bien la concentración del capital parece ajustarse al ritmo febril de la expansión capitalista durante las revoluciones industriales, esta exorbitante apropiación rentística permite presagiar eventos inéditos tales como una tendencia hacia la caída de la demanda efectiva o agregada y las consecuentes crisis sociales (Yanis Varoufakis). Semejantes proyecciones deberían merecer atención, considerando los condicionamientos neocoloniales que realimentan la dependencia tecnológica. 

Aura de racionalidad 

Los modelos y sistemas de inteligencia artificial (IA) facilitan la manipulación del usuario digital. Los agentes de IA actúan como anzuelos dotados de un aura de racionalidad que los hace particularmente amigables. Para empezar, son entrenados replicando la misma secuencia lógica del discurso humano reputado “racional” (algoritmos). Luego, al incorporar información que capturan de los propios usuarios, adquieren una familiaridad que los hace todavía más confiables. 

En dichas muestras de racionalidad y confiabilidad residen los riesgos de una IA que responde a todas y cada una de las demandas de los usuarios digitales. De tal modo se generan prácticas adictivas y la consiguiente cautividad cognitiva de poblaciones vulnerables. Aquí habría que preguntarse si para contrarrestar tamaños perjuicios no convendría indagar sobre el criterio de racionalidad que abona la economía digital, y si este criterio debería considerarse inevitable.

Una racionalidad diferente

Distintas vertientes del pensamiento coinciden en un rasgo de la modernidad occidental: edificación de imaginarios y simbologías que revelan la extrema dificultad de los sujetos y colectivos sociales para fijar conexiones de sentido con su propia naturaleza viviente. 

Dicha enajenación explica que el macrocosmos y el microcosmos sean concebidos como materia susceptible de una explotación que resulta ilimitada por no poder articularse con el objetivo de autoconservación de la especie.

En la segunda posguerra, la Escuela de Frankfurt abordó esta desaprensión cultural reflejada por una concepción instrumental de la razón humana. Max Horkheimer afirmaba: “La naturaleza es concebida hoy día más que nunca como mera herramienta del hombre. La naturaleza es objeto de una explotación total, que no conoce límites, puesto que no conoce ninguna meta instituida por la razón. El imperialismo sin límites del hombre no encuentra jamás satisfacción”.

En cambio, otras culturas como las precolombinas exhiben una racionalidad objetiva identificada con la autoconservación. De ahí que sus patrones de conducta sean incompatibles con la exacción desaprensiva de los recursos naturales.

Las poblaciones latinoamericanas han padecido una y otra vez el servilismo impuesto por la explotación intensiva y extensiva de sus recursos, y luego la desvinculación entre producción y consumo, dirigiendo las relaciones laborales por un lado —explotaciones con fines comerciales— y las familiares y habitacionales por el otro: lo que se usa y consume no es necesariamente lo que se produce (E. Brailovsky; J.V. Rodríguez Cuenca). 

Desarrollo regional

La devastación de los recursos naturales deriva en el deterioro progresivo de las condiciones de vida para millones de latinoamericanos. No será fácil revertir esta tendencia secular y agudizada por la eclosión de contiendas geopolíticas alimentadas desde las TIC. Al menos podrían apuntalarse las producciones localizadas en zonas deprimidas si una posible reconfiguración del multilateralismo económico contemplara el reconocimiento de subvenciones permitidas para regiones desfavorecidas, que en la Organización Mundial del Comercio caducaron en el año 2000.

Entretanto, la leyenda de El Dorado en el siglo XXI tiene una expresión descarnada: economías de enclave para incrementar la oferta exportable de minerales al precio de mayor empobrecimiento y degradación. Pero ¿por qué no difundir las modalidades productivas y laborales que reflejen “otra” racionalidad, como las que ocasionalmente se han venido practicando bajo la forma de asociaciones comunales y trabajos solidarios inspirados en el tequio según su versión precolombina? 

Parece haber llegado la hora de que América Latina pueda reconocerse a sí misma recuperando el imaginario colectivo que anida en sus entrañas.

Autor

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Sociólogo. Doctor por la Univ. Nacional de Córdoba (Argentina). Consultor de organismos internacionales de integración y cooperación. Investigador y docente en el Instituto de Integración Latinoamericana de la Univ. Nacional de La Plata.

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