Máximos recursos disponibles, un estándar clave para el derecho al cuidado

Del 12 al 15 de marzo de 2024 tuvo lugar la audiencia pública en la Corte Interamericana de Derechos Humanos para recibir argumentos orales sobre el derecho al cuidado. A la solicitud, que había sido hecha por el anterior gobierno argentino en enero del 2023, se presentaron 49 observaciones de organizaciones de la sociedad civil, 34 de instituciones académicas y otras 24 de individuos, lo cual da cuenta del interés que existe por contar con estándares legales en la materia.

Los cuidados se refieren a las necesidades materiales e inmateriales, públicas y privadas, físicas y emocionales inherentes para la reproducción de la vida. Es necesario dar cuenta del carácter autónomo del derecho al cuidado como componente esencial del bienestar y como pilar fundamental para una vida digna y del desarrollo durante todo el ciclo vital de las personas. En este sentido, las dimensiones de este derecho son entendidas desde la recepción de cuidados, así como la provisión de cuidados y el autocuidado.

A partir de los debates y posturas conceptuales de expertas en la materia, los cuidados pueden resumirse como las actividades que se llevan a cabo en el ámbito doméstico (aunque no exclusivamente) de atención y protección que realizamos para mantener, reparar y perpetuar nuestro mundo desde y para el bienestar de las vidas y el entorno. En la actualidad, debido a la naturalización de la división sexual del trabajo, esta actividad es llevada a cabo, de forma mayoritaria, por mujeres, niñas y cuerpos feminizados.

Si bien no existe un instrumento legal específico que armonice los estándares y las dimensiones del derecho al cuidado, se ha identificado que múltiples dimensiones de este derecho se encuentran contenidas en varios instrumentos del derecho internacional. Abordar esta situación es fundamental, pues la dispersión del derecho al cuidado puede traducirse en la indefensión, como la actual, notoria e histórica falta de cumplimiento de las obligaciones estatales.

En este marco, desde la Plataforma Regional de Oxfam en América Latina y el Caribe se puso sobre la mesa en la audiencia la necesidad de democratizar el debate sobre fiscalidad por una tributación global incluyente, sostenible y feminista que incida en el derecho al cuidado. La propuesta busca visibilizr el principio relativo a los máximos recursos disponibles, incluido en el artículo 26 de la Convención Americana de Derechos Humanos, a partir de una interpretación progresiva e interseccional.

En su argumentación, Oxfam ratificó la necesidad de implementar un enfoque interseccional que permita entender las múltiples dimensiones que constituyen la desigualdad, que tienen implicaciones diferenciadas con intersecciones complejas en razón del sexo, la raza, la clase social, la orientación sexual y la identidad de género, la edad, la etnia, la condición migratoria, la localización geográfica, la orientación política, entre muchas otras.

La propia Corte lo identifica de esta manera en el Caso Gonzáles Lluy y otros vs. Ecuador, donde destaca la intersección de múltiples factores que determinan una situación de discriminación única, que no hubiese existido como tal si alguno de ellos hubiera estado ausente, y profundiza esta postura en los casos Rosendo Cantú y otra vs. México; Trabajadores de Hacienda Brasil Verde vs. Brasil y Vicky Hernández y otras vs. Honduras.

En este sentido, no es ajeno a la Corte que, como lo señala Oxfam en el informe La Ley del más Rico “América Latina y el Caribe se ha[n] convertido en una región más desigual, más empobrecida y mucho más polarizada social y políticamente”, y que las múltiples crisis (como la ocasionada por el covid-19 pero también la climática, la alimentaria y la migratoria), afectan a las personas de manera diferenciada.

En dicho informe se señala que, desde marzo de 2020 hasta finales de 2022, la desigualdad, la pobreza y las brechas sociales se han acentuado considerablemente en América Latina y el Caribe. Frente al 21 % de crecimiento de riqueza de los milmillonarios, los salarios reales de la mayoría de la población han perdido una décima parte de su valor; y 32 % de la población total vive en situación de pobreza, de la cual 13% en situación de pobreza extrema. A finales de 2022, la inseguridad alimentaria afectaba a cuatro de cada diez personas en la región.

Por ello, la propia Corte ha analizado tanto el contexto social como las medidas que hay que tomar para garantizar de manera efectiva los derechos. Ello queda plasmado en el Caso Cuscul Pivaral y otros vs. Guatemala, donde se reconoce que a pesar de los retos metodológicos y normativos, “la Corte no puede quedarse de lado ante el grave problema de la desigualdad, la inequidad y la exclusión social que prevalecen en la región y en la desprotección en materia de desca sobre todo para los grupos más vulnerables”. Y por lo tanto, deberán de abordarse las dimensiones de exigibilidad inmediata y progresividad.

Como consecuencia indirecta de este modelo económico basado en el extractivismo, según el estudio La sociedad del cuidado de CEPAL y Naciones Unidas,  la inversión se deteriora “debido a los mayores niveles de incertidumbre […] e implica cambios drásticos en los ingresos fiscales”. Esto limita la inversión pública y las iniciativas de políticas orientadas a la igualdad, como las políticas de cuidados. Además, cuando el enfoque de género no es tenido en cuenta en las políticas macroeconómicas, son las mujeres quienes durante las crisis terminan amortiguando su impacto mediante el trabajo doméstico y de cuidados sin remuneración.

Finalmente, el énfasis de esta contribución se concentró en el informe en la justicia fiscal y específicamente en el principio de máximo recursos disponibles, como objetivo para garantizar derechos. En tanto se apuesta por sistemas tributarios orientados por los principios de progresividad, transparencia y equidad, y un financiamiento público donde la vida se encuentra en el centro de las decisiones públicas.

Ecuador: la guerra, las cortes y el poder

El presidente ecuatoriano Daniel Noboa declaró “conflicto armado interno” el 9 de enero de 2024 tras un desborde de violencia criminal durante la primera semana del año. Voces especializadas del Derecho Internacional Humanitario cuestionaron de inmediato la idoneidad de dicha figura pues en el país, más allá de la persistente violencia, no existirían otras condiciones (estructuras centralizadas de organización de los grupos armados, capacidad de acción coordinada, voluntad de disputar poder estatal, entre otras) que vuelven plausible afirmar la existencia de tal tipo de conflictividad.

El interrogante quedó planteado para el procesamiento de las instituciones. Nada dijo, sin embargo, la Asamblea Nacional sobre el asunto. Su respaldo al decreto ejecutivo 111 fue unánime. El 11 de enero, por su parte, la Corte Constitucional resolvió que dos acuerdos con EE. UU. que apuntalan la estrategia de guerra, no requerían pasar por el parlamento –como ordena la Constitución para ciertos tratados internacionales– y podían ser ratificados directamente por el Jefe de Estado. El alineamiento de los poderes públicos con la denominada “guerra antiterrorista” no conoce fisuras. Todos los engranajes institucionales blindan al presidente Daniel Noboa y a su frente militar en una dinámica que opera, a través del desafío de contener la violencia, para la relegitimación del bloque de poder carcomido por un lustro de deplorables gobiernos y desmantelamiento estatal.

Las sentencias de la Corte sintetizan bien el proceso en curso. Para los y las jueces, los tratados firmados con EE. UU. -uno relativo a las condiciones de permanencia de personal militar y civil en Ecuador y el otro a operaciones contra actividades marítimas transnacionales ilícitas- no conciernen asuntos territoriales ni implican una alianza político-militar. Ambas causales constan en la Constitución (art. 419) entre las ocho que exigen que un tratado internacional tenga aval parlamentario.

Lesión a la soberanía Nacional

Cualquier lectura de los textos en cuestión deja ver, sin embargo, expresas referencias a presencia militar estadounidense en territorio nacional, operaciones militares conjuntas, cesión de jurisdicción penal a los EE. UU. para juzgar a su personal afincado en el país, uso del espectro radioeléctrico ecuatoriano, entre otros aspectos que lesionan la soberanía y verifican la vigencia de una alianza militar entre ambos Estados.

En sus fallos, además, la Corte evita aludir no solo al “conflicto armado” decretado por el presidente sino a la ola de violencia que vive Ecuador desde 2021 y que ya fuera enmarcada como “terrorismo” a ser repelido militarmente. En abril de 2023, en efecto, el Consejo de Seguridad Pública y del Estado, bajo comando del entonces presidente Guillermo Lasso, declaró como “terroristas” a los grupos delincuenciales y comandó inmediato despliegue militar en su contra. Desde entonces se aceleraron las compras de armamento israelí y tratativas con EE. UU. para preparar combates.

El primer tratado con la superpotencia (interceptación aérea) se rubricó a mediados de 2023. Al igual que los recientemente avalados por la Corte, fue negociado en el anterior gobierno. El expresidente y los militares instalaron pues los escenarios de guerra que hoy se exhiben como decisión pionera de Daniel Noboa, último delfín de las élites. Las resoluciones del Constitucional, que burlan la Asamblea y erosionan el debate democrático, se leen mejor en tal encuadre: están en curso la afirmación del conflicto armado en el corazón del proyecto de poder del bloque dominante y, por esa vía, la recomposición de su unidad y sus maltrechos liderazgos. Urge a los poderosos dejar atrás el calamitoso legado de Guillermo Lasso, eyectado del gobierno acusado de corrupción y nexos mafiosos, y recobrar credibilidad.

La guerra estaba pautada

El apuro de las Cortes no se explica, entonces, ni por presiones imperiales de última hora ni como decisiones in extremis para salir del infierno. La guerra estaba pautada. No hay nada que debatir. Ninguna fuerza política puede oponérsele, so pena de ser imputada de asociación con el narco. La necesaria unidad nacional frente a la crisis parece implicar el venenoso compromiso de no activar los controles democráticos del poder.

Si los tratados con EE. UU. hubieran llegado a la Asamblea, solo alguna voz disidente habría invocado la soberanía o pedido detalles sobre los planes estatales velados por la retórica belicista. Pero ese mínimo democrático es demasiado. Quienes invocan los derechos humanos (DDHH) para condenar abusos militares a “sospechosos” -siempre pobres y racializados- han sido atacados en redes sociales y grandes medios. Mientras las Cortes resguardan por arriba la guerra, por abajo la aplauden las mayorías atemorizadas.

La precaria calma del país tras el decreto ya otorga al presidente elevadísimo apoyo (80%). Con mayoría legislativa redoblada, Noboa relanza la austeridad neoliberal y la búsqueda de inversiones mineras invocando los costos de la paz. Prosigue mientras tanto el hundimiento del Estado social. Se prevé además elevar el presupuesto de seguridad.

Nadie pondrá objeciones: el respaldo a los militares alcanza cifras bukelistas (90%). Quizás por ello pocos hablan ya de la depuración de la fuerza pública, salpicada por la penetración criminal de las instituciones. El poder está oxigenado. Aún más tras la última resolución del Constitucional (6-03-2024) que, tras un pesado silencio, avaló el decreto 111 y dio paso a que la intervención militar en la seguridad interna pueda continuar aún sin estado de excepción. Todo el poder a los tanques.

Las ambiciones de Irán en América Latina

Los contactos con Venezuela durante la presidencia de Sayid Mohamed Jatamí (1997-2005) marcaron el inicio de la aproximación de Irán con América Latina. Desde el año 2005, el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, comenzó a establecer una buena sintonía con Hugo Chávez. La alianza permitió que Irán comenzara a plantearse un plan mucho más ambicioso para ganar apoyo en Latinoamérica.

Irán se encontraba en una situación de aislamiento como consecuencia de su programa nuclear. El gobierno de Teherán necesitaba buscar nuevos socios. En las propuestas de la izquierda bolivariana encontró la unión para actuar frente a un enemigo común, que definieron como imperialismo de Occidente.

Para Irán, el gran reto era establecer relaciones duraderas con países distantes. ¿Qué puntos en común podían existir entre ambas realidades?

Puntos en común

La República Islámica de Irán es un régimen clerical chií en el que los líderes religiosos (ayatolás) establecen las líneas generales por las que se rige el país. El jefe del Estado es el Líder Supremo y cuenta con poderes políticos y religiosos. Atesora el poder junto con el Consejo de Guardianes de 12 miembros. En gran medida, juntos limitan la capacidad que tiene el presidente del país para tomar decisiones. Por tanto, como república islámica, son los principios religiosos los que marcan el devenir de la vida política, social, económica y cultural.

La realidad de Irán contrasta con la de los países latinoamericanos. Es más, si se analizan las propuestas de varios grupos políticos de izquierda, a través de los que Irán trata de ganar presencia en América Latina, pueden encontrarse numerosas contradicciones. Cuestiones como el peso de la religión en la vida política, o aspectos defendidos por amplios sectores de la izquierda, como los como los matrimonios homosexuales, el cambio de sexo o la eutanasia, son castigados en Irán con la pena de muerte.

A pesar de la gran distancia que separa a ambas realidades, los intereses comunes basados en el rechazo a Estados Unidos y la conformación de un orden mundial alternativo han permitido consolidar los lazos entre Irán y varios países latinoamericanos.

Por tanto, no existe ningún componente ideológico en esta aproximación. Sino que responde a una alianza pragmática motivada por la posibilidad de poder actuar contra un enemigo común. Además, Irán necesita aliados políticos y comerciales en América Latina para tratar de paliar las consecuencias de las sanciones y de las malas relaciones mantenidas con la mayor parte de sus vecinos en Oriente Próximo.

Instrumentos utilizados por Irán

La diplomacia desplegada en América Latina al comienzo fue complementada con otras acciones para que la sociedad observara a Irán como aliado. El gobierno desarrolló un programa de poder blando en tres niveles de acción: la actividad llevada a cabo desde las embajadas, el uso de los medios de comunicación y una fuerte presencia en las redes sociales.

Es llamativo que Irán centre parte de su estrategia en una intensa actividad en las redes sociales. La gran mayoría de ellas están prohibidas y bloqueadas dentro de sus fronteras. Las autoridades de Teherán son conscientes de la necesidad de ganar influencia sobre la opinión pública de América Latina para que la región apruebe los acuerdos a los que se puedan llegar con el régimen de los ayatolás.

Con el objetivo de acercarse a Latinoamérica, Irán elaboró una narrativa con la que pretende ensalzar los nexos entre ambas realidades. Hay permanentes alusiones a su posición contraria al imperialismo y a la necesidad de establecer un nuevo orden mundial. La llamada a luchar contra el imperialismo contrasta con los valores culturales que se tratan de transmitir, los que, de forma permanente, hacen referencia a las raíces del imperio persa. Los valores religiosos son siempre una constante en el mensaje iraní. Se exportan los principios del islam chií. Pero, a la vez, se destaca la importancia de la religión para consolidar otros valores, como la lealtad o la familia, con independencia del culto que se practique. También expresan su identificación con las propuestas de la izquierda bolivariana.

Hispantv, noticias en español

La estrategia iraní también incluyó el impulso de un canal de noticias en español que fue inaugurado por el presidente Ahmadineyad en el año 2012. En su discurso inaugural, Ahmadinejad dejó claro que Hispantv surgía como un instrumento ideológico destinado a confrontar a aquellos que buscaban dominar el mundo.

Desde el comienzo de sus emisiones, Hispantv ha sido señalado como un instrumento de propaganda del régimen iraní y criticado por difundir desinformación. No obstante, el enfoque alternativo que ofrece de la realidad internacional ha logrado conectar con amplios sectores de la izquierda latinoamericana. Aunque no se puede considerar a Hispantv como un canal de noticias de referencia en América Latina, es un medio para que Irán cumpla su propósito. Los mensajes emitidos a través del canal son posteriormente difundidos por las redes sociales y llegan a diferentes grupos de la sociedad.

La evolución política latinoamericana de los últimos años señala que las propuestas progresistas lograron ganar varias elecciones en la región. México, Colombia, Perú o Chile son países que, de forma tradicional, permanecían más próximos a los intereses de Estados Unidos. Es evidente que no se puede considerar que Hispantv y el poder blando iraní hayan sido factores decisivos en este cambio, pero sí contribuyeron a reforzar el mensaje de los grupos políticos de izquierda.

*Texto publicado originalmente en Diálogo Político

¿Es democrática la Constitución mexicana?

El 5 de febrero de 2024 el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, presentó un conjunto de veinte iniciativas de reforma a la actual Constitución mexicana. Es casi improbable que puedan ser votadas e implementadas, pues no cuenta con las mayorías legislativas suficientes para lograrlo, lo hace en su último año de gobierno y en medio del inicio de las contiendas electorales de este año. Más allá de esta coyuntura, lo que es cierto es que López Obrador ha puesto sobre la mesa un tema que no ha sido tratado con la debida atención por la clase política y la ciudadanía desde que México transitó a la democracia en el año 2000: ¿es democrática la actual Constitución mexicana? 

La sociedad mexicana puede ufanarse de contar con una de las Constituciones más longevas de América Latina y el mundo. Promulgada en 1917, producto de la Revolución Mexicana que estalló en 1910, en esa época se la consideró una de las Constituciones más avanzadas respecto a los derechos sociales. Empero, ya han pasado más de 100 años, ha sido modificada constantemente, hasta la fecha ha sufrido más de 700 reformas, de las cuales más de 230 se produjeron a partir del año 2000. Desde entonces las modificaciones constitucionales no se han detenido. Cada cambio de gobierno ha implicado introducir nuevas reformas; algunas son sustantivas, pero no al grado de modificar su diseño, que aún mantiene la impronta del siglo pasado.

A finales del siglo XX y principios del siglo XXI varios países de la región promulgaron nuevas Constituciones: Colombia en 1991, Perú en 1993, Venezuela en 1999, Ecuador en 2008 y Bolivia en 2009. En Argentina se llevó a cabo una profunda reforma en 1994, así como en Chile en 2005, donde además en los últimos años se han debatido dos proyectos constitucionales, uno en el 2022 y otro en el 2023, aunque sin éxito. No obstante su fracaso, los ensayos constitucionales han permitido a la sociedad chilena identificar las preocupaciones políticas y sociales del momento, pero también los horizontes que son necesarios plantearse para el siglo XXI. Comparándolo con estos ejercicios, cabe preguntarse: ¿son suficientes las continuas reformas a la Constitución mexicana para asumir que es plenamente democrática? 

En estricto sentido no, la Constitución mexicana es muy elitista. Primero, cualquier intento de reforma depende de la correlación de fuerzas en los poderes ejecutivo y legislativo, y debe ser impulsada y aprobada por los líderes partidistas, un pequeño grupo que controla la agenda política, pues no cualquier miembro de una legislatura puede impulsar verdaderamente una reforma constitucional. Segundo, el proceso formal para modificarla implica que toda reforma debe ser votada por dos terceras partes de las cámaras de Diputados y Senadores, además de por la mitad de las treinta y dos legislaturas de los estados de la federación; si no se cumple uno de estos requisitos, no prospera. Tercero, la revisión del procedimiento queda en manos de otra élite, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, compuesta solo por once personas. Cuarto, esas modificaciones no requieren ser ratificadas o rechazadas por la ciudadanía por la vía del referéndum, como sucede en muchas democracias avanzadas; es decir, la ciudadanía queda excluida de facto y de jure en la confección del principal documento político normativo que la rige. 

La actual Constitución mexicana está sobrecargada de temas secundarios por sobre los sustanciales. La palabra “democracia” aparece solo una vez y no como parte central de un artículo (el tercero, que trata de la educación), sino en uno de sus incisos (el a), donde por primera vez se la define como un sistema de vida. “Democrático/a” aparece solo 16 veces como adjetivo y no como sustantivo. En cambio, “partidos políticos” aparece más de 70 veces, «Instituto Nacional Electoral» (INE) más de 60, “Presidente de la República” más de 50 y “elecciones” más de 40. La palabra “pueblo” solo tiene sentido cuando se refiere a las personas indígenas y afrodescendientes, pero si se observa con detenimiento se confunde conceptualmente con «comunidades»; en el resto del documento, la palabra “pueblo” termina por referir todo y nada a la vez.

Los artículos relativos a las facultades de los poderes ejecutivo, judicial y legislativo, así como las elecciones, abarcan más de la mitad de la Constitución, y en su mayoría se refieren a asuntos procedimentales, por lo que deberían estar en leyes secundarias, ya que solo unos cuantos son sustantivos. Todo ese andamiaje termina por favorecer a los partidos mayoritarios por sobre otras opciones representativas. Los partidos políticos son esencialmente organizaciones de ciudadanos libres que ejercen su derecho de asociación para hacer política, pero en México ese derecho está de facto vetado, pues se deben cumplir una serie de requisitos que en la práctica casi nadie logra.

Solo por ejemplificar, a principios del 2019 el INE recibió la notificación de 106 organizaciones que deseaban convertirse en partidos políticos. Después de más de un año, en septiembre de 2020, terminó otorgándole reconocimiento solo a un partido, casualmente, aliado del gobierno en turno. La figura de «candidatura independiente» se introdujo en el 2012 con el fin de “ciudadanizar” el sistema político, pero con requisitos tan complejos que apenas unos cuantos han logrado obtener un cargo de esa manera. Es tan ineficiente que en 2024 no existe ningún diputado nacional por esa figura. Técnicamente existe la “iniciativa ciudadana legislativa”, pero su puesta en marcha es tan compleja que en los hechos solo puede activarse por las élites de los partidos políticos y, si tiene éxito, su aprobación final queda en manos de los poderes legislativos.

No es casual que desde su introducción, en 2012, solo una iniciativa de ley ciudadana haya sido votada en el Congreso por el impulso de un movimiento elitista. En 2019 se introdujo la “consulta popular” y la “revocación de mandato”, pero ambos ejercicios llevados a cabo en 2021 y 2022 respectivamente fueron activados por el presidente en turno y su partido, no por la ciudadanía.

Como se puede notar, si bien pareciera que las reformas de las últimas décadas han democratizado la Constitución mexicana, lo cierto es que se ha privilegiado una perspectiva minimalista y conservadora de la democracia por sobre una más amplia y liberal.

En un mundo que ya ha cambiado y ante los actuales retos, ¿es conveniente mantener con una Constitución que ha sido remendada sistemáticamente pero sin una profunda reflexión sobre su democraticidad? Quizá no es el momento de cambiarla, pero tampoco se debiera aplazar una actualización profunda que realmente involucre a la ciudadanía.

Más de 10 millones de venezolanos están siendo privados de su derecho al voto 

El pasado 5 de marzo y después de semanas de gran expectación, el Consejo Nacional Electoral de Venezuela anunció que las elecciones presidenciales se celebrarán el 28 de julio. No podemos dejar de lado el simbolismo de las fechas y es que ese día es el natalicio de Hugo Chávez. De manera que parece que el régimen de Maduro, herido de muerte por su baja popularidad (entre 15% y 20% de acuerdo con las encuestas más favorables), acude a la épica del expresidente para intentar remontar la cuesta.

En las circunstancias actuales, con los partidos opositores (incluso el Partido Comunista) intervenidos judicialmente, la candidata más popular de la oposición (con gran diferencia) ilegalmente inhabilitada, el Consejo Nacional Electoral bajo la subordinación del PSUV, sin tiempo para una campaña de inscripción y actualización del registro electoral en buenas condiciones -ni para realizar las auditorías al sistema automatizado- y sin observación electoral internacional profesional y apartidaria garantizada, las elecciones serían un simulacro para que la élite gobernante retenga el poder por un sexenio más.

Así fue en 2018, cuando se dejó fuera de la competencia a la oposición genuina y se permitieron candidaturas débiles y afines para intentar legitimar los resultados. Recordemos que esta estrategia de poco le sirvió al gobierno porque gran parte de la comunidad internacional desconoció el proceso y fue lo que justificó las sanciones impuestas por los Estados Unidos.

La estrategia de la oposición

La oposición debe evaluar una gran variedad de escenarios y los integrantes de la Plataforma Unitaria decidirán si inscribir la candidatura de María Corina Machado o llegar a un consenso para una o varias candidaturas de back up que la puedan representar. 

De cualquier manera, este es un escollo que el liderazgo opositor deberá resolver y para lo que tiene pocos días ya que el 25 de marzo es la fecha límite para la inscripción de las candidaturas.

Ahora bien, ¿qué pueden hacer la sociedad civil y la comunidad internacional? Además de exigir condiciones de competitividad, la eliminación de las inhabilitaciones ilegales y otras arbitrariedades, el foco debe estar en la campaña de inscripción y actualización del registro electoral. Independientemente de lo que la oposición resuelva, se debe garantizar el derecho al voto de los millones de venezolanos, dentro y fuera del país, que actualmente no están habilitados. 

Esto no es un capricho. Distintos instrumentos internacionales, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos o la Carta Democrática Interamericana, garantizan el derecho de las personas a participar en los asuntos políticos de sus países a través del sufragio: el derecho a elegir y a ser electos. 

Por su parte, el artículo 64 de la Constitución establece que “son electores o electoras todos los venezolanos y venezolanas que hayan cumplido dieciocho años de edad y que no estén sujetos a interdicción civil o inhabilitación política”. 

Aunque la Ley Orgánica de Procesos Electorales (LOPRE) contraviene el texto constitucional al establecer que “solo podrán sufragar en el exterior los electores y las electoras que posean residencia o cualquier otro régimen en que denote legalidad de permanencia fuera de Venezuela”, restringiendo así el derecho al voto de todas aquellas personas que se encuentran de manera irregular fuera del país, lo cierto es que ni siquiera aquellos que cuentan con residencia legal han podido inscribirse o actualizar sus datos en el registro electoral.

Millones de personas deben aún inscribirse

Actualmente más de 10 millones de venezolanos con edad para votar deben inscribirse o actualizar sus datos en el registro electoral: 4 millones con edades comprendidas entre 18 y 35 años no están inscritos en el registro electoral, otros 4 millones mayores de edad residentes en el exterior están inscritos para votar en Venezuela y no han podido actualizar su lugar de residencia y votación. Finalmente, un millón y medio de residentes en Venezuela necesitan actualizar sus datos de domicilio y centro de votación.

Quizá para un padrón electoral como el de México, Brasil o Estados Unidos, con cientos de millones de electores, este número no haga la diferencia. Pero de acuerdo con el último corte del padrón electoral venezolano hay 21 millones de electores, de manera que los 10 millones de venezolanos privados de su derecho político serían más que determinantes en los comicios de este año.

En su anuncio del 5 de marzo el CNE informó de que la campaña de inscripción y actualización del registro electoral se celebrará entre el 18 de marzo y el 16 de abril. ¿Es suficiente un mes para inscribir y actualizar el registro de más de 10 millones de personas? Imaginemos ciudades como Bogotá, Lima, Quito o Santiago de Chile, con millones o cientos de miles de venezolanos. 

Queda claro que la voluntad del régimen, a través del CNE como brazo ejecutor, es privar a esos 10 millones de venezolanos de votar. 

Quizá la comunidad internacional y la sociedad civil organizada no decida quién será el o la candidata de la oposición, pero debe exigir que se respeten los derechos políticos de los venezolanos, tanto a votar como a ser votados.

Latinoamérica ante el cambio climático

Ante una agenda que incluye cuestiones como la desigualdad, la pobreza, la inseguridad ciudadana, la corrupción o la erosión de la confianza en las instituciones democráticas, el cambio climático emerge como una amenaza omnipresente y silenciosa que requiere políticas eficaces. Un estudio reciente llevado a cabo por la red de consultoras independientes WIN International en cerca de cuarenta países ha arrojado luz sobre un panorama diverso, revelando tanto consensos como discrepancias en la percepción global del cambio climático. A nivel mundial, una amplia mayoría –el 83%– considera el calentamiento global como una grave amenaza para la humanidad. El análisis comparativo con ediciones anteriores del estudio muestra que el consenso sobre la seriedad del problema permanece sólido en la mayoría de los países, aunque con notables excepciones como Estados Unidos y Polonia, donde segmentos significativos de la población no perciben este tema con la misma urgencia. En América Latina, la preocupación por el calentamiento global supera al promedio mundial, con países como México, Argentina, Ecuador, Brasil, Perú y Paraguay mostrando niveles de alarma particularmente altos. 

Diversidad de opiniones

No obstante, la división de opiniones surge al considerar la capacidad de acción frente al fenómeno. Globalmente, la sociedad está dividida entre quienes creen que aún hay tiempo para actuar contra el cambio climático y aquellos que piensan que ya es demasiado tarde. Esta polarización de opiniones revela un creciente pesimismo, alimentado por la percepción de inacción por parte de los gobiernos. La crítica hacia los gobiernos es un denominador común en casi todo el mundo, con más de la mitad de la población global que expresa insatisfacción con las medidas adoptadas para proteger el medio ambiente en sus países. 

Asia Pacífico es la única región del mundo donde predominan las opiniones favorables. En contraste, en las otras partes del mundo, incluida Latinoamérica, las percepciones son críticas respecto al accionar gubernamental. En nuestra región, Brasil es el país con mejor evaluación y Paraguay es el más crítico. Un estudio realizado en Argentina por Voices y UADE reveló que los ciudadanos criticaban, además del accionar del gobierno, a las empresas y a la sociedad en su conjunto. Esto refleja un escenario más complejo que involucra a múltiples actores y supone nuevas formas de gobernanza con mayores grados de cooperación e interacción entre el Estado y los actores no estatales.

La película de ciencia-ficción y sátira No miren arriba, estrenada en 2021, es una poderosa metáfora del negacionismo contemporáneo. En ella, la inminente amenaza de un cometa es negada y trivializada por la sociedad y por los propios líderes; la crisis climática a menudo enfrenta una respuesta similar de escepticismo y apatía. Varios líderes mundiales se han destacado por su escepticismo o negación del problema. Uno de los más notables fue el expresidente de los Estados Unidos Donald Trump, quien cuestionó la validez del cambio climático por razones humanas y realizó acciones como eliminar las referencias al cambio climático del sitio web de la Casa Blanca. Este fenómeno no solo se limita a líderes políticos, sino que también se ha observado en movimientos y medios de comunicación en varios países​.

¿Qué es lo que piensa la sociedad sobre las causas del cambio climático? 

Un estudio internacional en 45 países ha arrojado resultados esclarecedores sobre la percepción global respecto a las causas. Según el estudio, siete de cada diez personas en el mundo atribuyen el origen del cambio climático a las acciones humanas, evidenciando una conciencia generalizada sobre el impacto de nuestras actividades en el medio ambiente. En contraste, solo un cuarto de la población mundial considera que los cambios climáticos obedecen principalmente a ciclos naturales. 

Particularmente en América Latina, la región se destaca por su firme convicción en la responsabilidad humana detrás del cambio climático. México lidera esta percepción, seguido de cerca por Argentina, Colombia, Perú y Ecuador, todos los cuales presentan cifras que superan el promedio global. Por otro lado, otra encuesta global de WIN el Climate change & Sustainability realizada en 2021 destaca que la amplia mayoría de los ciudadanos del mundo considera que fenómenos como incendios, inundaciones y huracanes se han incrementado como consecuencia del calentamiento global, evidenciando la percepción de que los efectos del cambio climático ya son palpables. Estos hallazgos reflejan una amplia conciencia en la población mundial y, en particular, en América Latina sobre la importancia de las acciones humanas en la aceleración del cambio climático.

Desde el lado de la ciencia, el consenso sobre las causas antropogénicas sobre el calentamiento global es casi unánime. Si los científicos y la sociedad coinciden, esto supone una llamada directa a la acción, con compromisos más firmes y acciones concretas por parte de los gobiernos y las instituciones. Combatir el cambio climático demanda un esfuerzo global que combine políticas efectivas, educación y acciones colectivas. 

La ONU destaca que educar y concienciar son esenciales para respuestas climáticas justas y eficaces. A pesar de las variadas percepciones y recursos, es crucial un compromiso unánime en todos los niveles. Según hemos visto en América Latina, el reconocimiento del calentamiento global como una severa amenaza y la comprensión de sus orígenes antropogénicos son mayoritarios. Sin embargo, esta conciencia no se traduce uniformemente en acciones gubernamentales decisivas, lo que suscita críticas generalizadas. 

El desafío climático debe encontrar su espacio en la agenda política, sin ser eclipsado por problemas acuciantes, como la pobreza, la desigualdad y la inseguridad, que también demandan una atención urgente. Debe además atenderse a que Latinoamérica puede ser una de las zonas más afectadas por los efectos del cambio climático, en especial en las dos subregiones más vulnerables, Centroamérica y el Caribe. 

En este contexto, es imperativo que los gobiernos, la sociedad civil y el sector privado intensifiquen su colaboración. La sinergia entre conciencia colectiva y acción política concreta se perfila como una de las claves para abordar eficazmente los desafíos ambientales, apuntando a mitigar sus efectos adversos y promover un desarrollo sostenible.

El círculo de la mediocridad brasileña

Desde hace algún tiempo, el filósofo y pensador brasileño Roberto Mangabeira Unger insiste, desde su cátedra en la Universidad de Harvard, sin mucha repercusión en Brasil, en que «el problema fundamental de nuestro país no es la desigualdad -aunque esta sea un gran problema-, sino la mediocridad». «Tenemos las herramientas para salir de la mediocridad, pero no tenemos el proyecto», afirma el eminente pensador. Observando más de cerca la evolución de nuestro presidencialismo, vemos que la mediocridad es su ethos, así como su modus operandi.

Desde que el Partido de los Trabajadores llegó al poder, intentando conciliar su histórica estrategia de clase con la estrategia del bienestar -donde la revolución se limitaba a tres comidas en la mesa del trabajador-, descubrió la fórmula del consenso político en el Programa de Bolsa Familia, donde la transformación social ya no necesitaba ningún cambio efectivo en el orden dominante, como se suponía anteriormente con la propuesta del Programa Hambre Cero. Bastaba con «poner a los pobres en el presupuesto», manteniendo los privilegios históricos en nombre de la gobernabilidad, para que se produjera el milagro de multiplicar los votos – preservando, por supuesto, la retórica comprometida y radical.

La fórmula del PT

El gran éxito político-electoral de la fórmula la convirtió en «el programa máximo» del PT, sin que la izquierda del partido dejara de considerarla «el programa mínimo». Mientras Lula anunciaba, entre aplausos internacionales, que la gran tarea de su(s) gobierno(s) sería llevar tres comidas a la mesa para los pobres, la izquierda del PT hizo uso de la alquímia política para fomentar la polarización política («nosotros y ellos») en busca del llamado «gobierno popular.»

Todo parecía ir bien hasta que un levantamiento popular, en 2013, y el desastroso gobierno de Dilma Rousseff allanaron el camino para otro impeachment (2016) y un vacío de poder que el centro democrático no pudo ocupar por muchas razones que no caben en este texto. El freno del gobierno interino de Temer no pudo impedir el giro de la sociedad hacia la derecha, estratégicamente desafiada por Bolsonaro.

El regreso del PT al poder, bajo el manto de un «frente amplio», aprovechando la habitual impotencia del centro democrático en su entropía político-intelectual, era inevitable. Pero este frente sólo allanó el camino para otro gobierno petista y su histórica falta de preparación para enfrentar los grandes desafíos nacionales, a pesar de su fuerte atractivo popular. Una paradoja en los términos que refuerza y renueva el pacto de mediocridad.

El problema de la otrora imbatible fórmula es que la estrategia del bienestar está perdiendo apoyo entre las clases trabajadoras, que buscan cada vez más un lugar mejor en el mercado de oportunidades, bajo la influencia de iglesias evangélicas que propugnan el individualismo de la «teología de la prosperidad». La idea de que las personas dependen del «Señor Estado» sólo se mantiene en el nordeste de Brasil, no por casualidad bastión de las viejas tradiciones patrimoniales. El PT echó allí sus nuevas raíces, con la esperanza de revivir la vieja alianza «obrero-campesina», pero esta fórmula ha perdido atractivo entre el proletariado urbano, que parece haber perdido la fe en cualquier avance por el camino de “la igualdad en la pobreza».

El Centrón – conjunto de varios partidos, sin un perfil ideológico muy bien definido y siempre dispuestos a respaldar el gobierno de turno a cambio de cargos y fondos públicos – tras el fracaso de Bolsonaro y la continua flexibilidad programática de los partidos, ha consolidado su protagonismo. Bajo el liderazgo del presidente de la Cámara de Diputados, Arthur Lira, el Centrón ha pasado de ser un mero contrapoder empresarial a convertirse en un verdadero “partido moderador”, dispuesto a apoyar al gobierno de turno a través de cargos, pero sin renunciar a su cosmovisión liberal-patrimonialista, y por lo tanto, mediocre.

Sin reformas estructurales

Ello no ha impedido que, bajo la conducción del ministro de Economía, Fernando Haddad, se hayan puesto en marcha reformas estructurales racionalizadoras. El problema es que este camino es constantemente hostigado por los sectores más a la izquierda del propio PT, lo que hace aún más difícil la acción de gobierno y lo deja a merced del Centrón.

La posibilidad de desarrollo democrático de Brasil se ha enfrentado, hasta ahora, con nulidades políticas, que son capaces de producir una fuerte movilización social, pero incapaces de asumir un papel de liderazgo, es decir, de conducir al país hacia la emancipación económica y social. Se esperaba que el gobierno de Lula III, tras el desgobierno de Bolsonaro, funcionara como un camino hacia esta emancipación, pero sus tendencias demagógicas en medio de la ausencia de líderes políticos alternativos podrían poner en peligro esa tarea.

El PT no tiene un papel de liderazgo positivo dentro del actual gobierno ni fuera de él. Al contrario, está alimentando el desgarramiento del frente amplio que lo sustenta, con la esperanza de ejercer una hegemonía restringida a sus miembros.

La izquierda brasileña, marcada por la mediocridad y obsesionada con el pasado, que nunca ha comprendido bien, se balancea sobre la vana expectativa de una transformación utópica. La reconstrucción democrática del país, sin embargo, exige claridad, capacidad crítica y coraje por parte de los líderes políticos y sociales. Cualidades que apenas se perciben entre la mayoría de los actuales dirigentes de Brasil.

Sólo cabe esperar que los difíciles tiempos que se avecinan despierten mentes bien pertrechadas, en el gobierno y en la oposición, capaces de redescubrir el camino del desarrollo en medio de las nuevas posibilidades y retos de la reconfiguración internacional, cuyo horizonte es siniestro.

El populismo como respuesta democrática

A principios del siglo XX, el psicólogo estadounidense Abraham Maslow desarrolló su teoría acerca de las necesidades que guían a los seres humanos. Las clasificó entre necesidades más básicas o fisiológicas para la subsistencia, como la comida, el techo y el descanso, y necesidades de orden mayor o más sofisticadas, entre las que se encontraban la autoestima y autorrealización. Maslow suponía que una vez satisfechas las necesidades más elementales los individuos comenzarían a preocuparse por las necesidades de naturaleza más compleja.

Las ideas de Maslow inspiraron al politólogo Ronald Inglehart para teorizar acerca de lo que llamó valores materialistas y posmaterialistas, ejes que permitirían entender las elecciones y acciones de los ciudadanos en diferentes sociedades. Según sus estudios, los individuos con valores materialistas se caracterizaban por tener menores niveles socioeconómicos y se centraban en demandar hacia el sistema político cuestiones como salarios dignos, jornadas de trabajo justas, etcétera. Mientras que, por otro lado, los posmaterialistas, que tenían cubiertas las necesidades más básicas para la subsistencia, se centraban en demandar hacia el poder público soluciones para otras preocupaciones tales como el cuidado del medio ambiente, la libertad de expresión o algunos derechos que nuestros padres o abuelos no se hubiesen imaginado, como el matrimonio entre personas del mismo sexo, la despenalización del aborto y los derechos de los animales, por mencionar algunos. 

El planteo de Inglehart suponía una progresión de la humanidad en valores que repercutirían en formas específicas de organizar políticamente cada sociedad. Así, el predominio de individuos con valores posmaterialistas pavimentaría el camino para el surgimiento de regímenes democráticos pluralistas y respetuosos de las libertades civiles y derechos políticos, mientras que sociedades donde rigen principalmente valores materialistas se preocuparían menos por la tolerancia social y prioridades éticas o ambientales y colocarían su énfasis en favor del orden, la seguridad material y la subsistencia financiera inmediata. En consecuencia, donde predominen valores materialistas las democracias vigorosas tienen menos chance que los desvíos autoritarios, incluyendo los experimentos populistas, capaces justamente de seducir a las grandes mayorías por su promesa de bienestar material y disciplina social por encima de otras prioridades.

¿Es el surgimiento de los liderazgos populistas el resultado de sociedades concentradas en valores materialistas? 

Los discursos anclados en la antipolítica, la entronización de la fuerza y la represión en favor del orden y contra las sutilezas del equilibrio de poderes o los procedimientos institucionales respetuosos de libertades y derechos, y el compromiso retórico con políticas que solventen las necesidades más básicas de la población como su alimentación, hacen especial eco entre los más necesitados, aquellos que fueron más duramente impactados por la desigualdad social y la brecha económica resultante de la globalización.  

Para esos sectores vulnerables y sensibles a un discurso que los pone como prioridad oficial, el surgimiento de los liderazgos populistas no solo los representa al nivel de sus necesidades y valores sino que también pueden interpretar su apoyo a esas propuestas autoritarias y demagógicas como una apuesta por una respuesta democratizadora. ¿De qué manera? En general en el mundo y en América Latina hemos observado en los últimos años cómo el sentimiento de insatisfacción con la democracia ha venido en aumento, mientras que es cada vez más común que en los diferentes barómetros de opinión la ciudadanía apoye la opción por un gobierno no democráticos como preferible, bajo la condición o promesa de que sean capaces de solucionar problemas relacionados con la economía y las necesidades básicas para la subsistencia.

El aumento en la preferencia de los ciudadanos de diversos países por líderes populistas (como Brasil, Argentina, México o incluso democracias como la estadounidense) puede ser preocupante, pero es plausible pensar que sea una respuesta coherente con las creencias elementales de dichas sociedades, afectadas por un proceso de creciente desigualdad económica, exclusión social y precarización de sus estilos de vida. En otras palabras, esos liderazgos no surgen por generación espontánea, sino que en muchos casos son justamente el reclamo ante una forma de gobierno (democracia) que ha dejado de responder a necesidades que se esperaba que solventará.

El caso mexicano

Casos como el mexicano ilustran lo anteriormente dicho. En 2018 llegó a la presidencia de la república un líder populista, Andrés Manuel López Obrador, quien ganó la presidencia de la república con un partido político de reciente creación, además de la mayoría en el Congreso y de las gobernaturas en disputa. Para las posteriores elecciones intermedias de 2021 este partido siguió creciendo, de tal manera que el sistema de partidos que se había mantenido estable desde la llamada transición mexicana a la democracia ubicada en el año 2000 colapsó, dejando al PRD y al PRI al borde de la extinción. 

Aquí entran en juego algunos elementos discursivos en la campaña de AMLO, pero también algunas acciones durante su mandato como presidente, para entender su éxito. Los eslóganes más importantes de AMLO en dos de sus tres postulaciones a la presidencia de la república han estado basados justamente en la respuesta ante demandas materialistas. Por ejemplo, en 2006 el eslogan de campaña de este actor fue “Por el bien de todos, primero los pobres”; para 2012, lo acompañó la leyenda “El cambio verdadero está en tus manos”, y, finalmente, en 2018 la frase rectora de su campaña fue “Por el bien de México, primero los pobres”. La campaña de 2018 de AMLO se centró en temas como la corrupción y la economía, conectados a la idea de generar orden, seguridad y bienestar material para los necesitados.

El gobierno de López Obrador se ha centrado en cuestiones económicas como pensión a adultos mayores o becas a estudiantes de diferentes niveles, entre otros apoyos orientados a cubrir necesidades básicas para la subsistencia, y ello contribuye a explicar sus niveles de popularidad social. Valores posmaterialistas vinculados con la ética, el medioambiente, los derechos civiles y la pulcritud institucional y respeto de las normas democráticas brillan por su ausencia, ya que no resuenan en las cabezas y corazones de las mayorías materialistas. Bajo esa lógica, la defensa de la institucionalidad republicana se presenta como un olvido a los más necesitados y sus prioridades: asegurar su subsistencia. El populismo emerge, así, como una respuesta que busca representar el balance de valores vigentes en la sociedad.

Texto presentado en el marco del acuerdo entre WAPOR Latinoamérica y la Revista Mexicana de Opinión Pública.

Espacios verdes y alimentación saludable: una alianza ganadora contra la prediabetes

En los últimos 30 años el número de adultos con diabetes se ha triplicado en el continente americano, según la Organización Panamericana de la Salud. Las proyecciones de este organismo son impactantes: se espera que para el 2050 los casos de diabetes en la región aumenten un 180%.

En Argentina las cifras también revelan una dura batalla contra la obesidad y la diabetes, con la provincia de Tucumán como uno de los epicentros de esta crisis de salud. Según la Encuesta Nacional de Factores de Riesgo, las prevalencias de obesidad y diabetes han ido incrementando y solo en Tucumán el 27% de adultos se autopercibe obeso y un 13% reporta altos niveles de azúcar en sangre. Sin embargo, en los últimos años varios estudios en esta provincia argentina han demostrado que la aparición de la diabetes mellitus 2 se puede retrasar o prevenir en personas con sobrepeso que tienen una tolerancia disminuida a la glucosa, o prediabetes. 

¿Cómo lograrlo? La respuesta radica en dos variables: actividad física y alimentación saludable, que se perfilan como los verdaderos protagonistas en la prevención de la diabetes.

Argentina: un problema de salud pública

Más de 40.000 ciudadanos en Tucumán afectados por la diabetes buscan asistencia en programas públicos y gratuitos de Atención Integral de Obesidad y de detección, prevención y tratamiento de diabetes mellitus. Estos programas promueven la actividad física como un elemento crucial en la lucha contra la diabetes. Para que la estrategia sea efectiva, se debe contar con una oferta adecuada y accesible de espacios verdes públicos donde poder desarrollar estas actividades. Pero ¿es suficiente la mera presencia de un parque o plaza para cambiar el rumbo de esta epidemia?

Investigadores del Instituto de Ecología Regional, afiliado a la Universidad Nacional de Tucumán y al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), han arrojado luz sobre la desigualdad en la oferta de espacios verdes en la provincia. Un estudio del 2021, realizado en los cinco departamentos que albergan el 70% de la población total de la provincia, conocido como el Gran San Miguel de Tucumán (GSMT), pone de manifiesto un evidente desequilibrio en el diseño y mantenimiento de estos lugares. No es simplemente la cantidad de metros cuadrados lo que resulta crucial, aunque se haya calculado una superficie de 6 m2 de espacio verde por habitante para el GSMT. La verdadera problemática radica en la calidad de estos espacios, a menudo marcada por la ausencia de árboles, la presencia de residuos y la deterioración de las instalaciones, sobre todo en las áreas marginales.

Para lograr una integración efectiva de las demandas sociales, ambientales y sanitarias en el diseño de espacios verdes urbanos es esencial que diversos sectores colaboren estrechamente. En este contexto, el sector de Salud Pública de Tucumán, mediante sus programas, y la Dirección de Investigación en Salud están iniciando una colaboración activa con el Instituto de Ecología Regional. Esta sinergia de esfuerzos se traduce en investigaciones focalizadas en la mejora de la calidad de vida, especialmente en lo que respecta a la diabetes. 

La prevención no solo se basa en los espacios verdes, sino en su transformación. Pistas de salud, bebederos, áreas forestadas y corredores seguros hacia estos lugares son medidas que podrían ser la clave para cambiar la narrativa de la salud-enfermedad en la provincia, integrando el ecosistema urbano como parte de la solución.

En resumen, la creciente amenaza de la diabetes exige una respuesta práctica, que se encuentra en la unión de esfuerzos, la reinvención de nuestros hábitos alimenticios y la transformación tangible de los espacios verdes urbanos. La batalla contra la diabetes radica en las acciones decididas que se toman hoy para forjar un mañana más saludable.

Nueva crisis de seguridad en Haití y la construcción de la idea de emergencia en la comunidad internacional

La más reciente aparición de Haití en los titulares internacionales debido a la invasión de la Penitenciaría Nacional de Haití, en un ataque atribuido al liderazgo de Barbecue, ex policía de la PNH y líder de la Banda G9 an Fanmi y Alye, cuyo resultado fue la liberación de más de 3.000 reclusos refuerza la idea de caos y desorden absoluto en un país caribeño totalmente negro. 

Antes de adherirse a los titulares sensacionalistas y racistas de los medios de comunicación internacionales, es importante comprender la historia política reciente de Haití, a la que la comunidad internacional todavía no ha sabido dar ninguna respuesta: el magnicidio de Jovenel Moïse el 7 de julio de 2021 fue un acontecimiento grave. Desde el asesinato de John Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, ningún jefe de Estado en ejercicio había sido asesinado en el continente americano. 

Hasta ahora, la opinión pública espera que se revelen los autores intelectuales del crimen. Mientras tanto, un gobierno completamente ilegítimo dirigido por Ariel Henry ocupa el poder en Haití bajo fuertes e ininterrumpidas protestas populares. Como es habitual en la política haitiana, Henry permanece incólume y completamente ajeno a la absoluta indignación del pueblo haitiano por su papel de usurpador político durante más de dos años consecutivos.  

Henry no se ha sumado a ningún llamamiento, no ha presentado ningún plan de transición de gobierno, no ha reanudado el proceso electoral que estaba en marcha cuando Jovenel Moïse fue asesinado y no ha hecho nada por el país. Por ello, sorprendió la aprobación de la Resolución 2699 en octubre de 2023, cuando el Consejo de Seguridad autorizó el despliegue de tropas kenianas en el país para controlar las bandas de la capital, Puerto Príncipe.

Una lectura descolonial y antirracista 

Una lectura descolonial y antirracista de Haití debe basarse en un análisis profundo de los efectos a largo plazo de una Misión de Paz de las Naciones Unidas en los países negros. Descolonizar y desracializar la paz implica establecer bases sólidas para analizar y leer las variables sensibles que desestabilizan un país. 

Uno de los «éxitos» y quizás el único objetivo alcanzado por la MINUSTAH (Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití), de 2004 a 2017, liderada militarmente por Brasil, fue la recreación de la PNH – Policía Nacional Haitiana. En ese contexto, fue muy importante para la comunidad internacional y las Naciones Unidas construir una estética de una Policía que se suponía que iba a funcionar: uniformes, coches, armas, equidad de género y formación en derechos humanos. 

Sin embargo, esta estética chocó rápidamente con las condiciones estructurales a las que estaban sometidos los policías: con salarios atrasados y trabajando con hambre, muchos se acercaban a los automovilistas en las calles para pagarles un plato de comida. Muchos trabajaban días hambrientos. Estas condiciones de profunda inseguridad alimentaria y falta de salarios interesaban poco a la comunidad internacional, que creía que estos problemas o no existían o podían autogestionarse. 

De esta profunda crisis estructural surgió un movimiento policial insurgente llamado 509 Phantom, que reivindicaba el derecho al sindicalismo militar mediante la insubordinación y la violencia armada, uno de los impactos más visibles de los efectos post-MINUSTAH. Tras años de deterioro de las condiciones de trabajo de los policías haitianos, el grupo «509 Fantom» comenzó a protestar violentamente contra las instituciones gubernamentales en mayo de 2020, cuando Jovenel Moïse aún estaba en el cargo. 

La crisis se agravó con la detención de varios líderes del movimiento y la prohibición de que los policías reclamaran sus derechos. La situación se deterioró rápidamente en Delmas y Pétionville, con ataques violentos a comercios e intentos de liberación de presos políticos. La única respuesta internacional a esta crisis fue que la embajada estadounidense en Puerto Príncipe clasificara al grupo 509 Fantom como organización terrorista. Tras este episodio, el gobierno de Moïse se acercó a Barbacoa para poder controlar a la policía insurgente, aumentando la potencia política y de fuego del G9 Fanmi y Allie.

El ascenso de la actuación política de Barbecue (Jimmy Chérizier) comenzó entonces bajo Moïse. En el momento del magnicidio, las estructuras de poder de Barbecue se desmovilizaron y luego se articularon con Martine Moïse, viuda de Jovenel Moïse, superviviente del intento de asesinato. A partir de entonces, las bandas se generalizaron en la capital haitiana, no todas bajo el mando de Barbecue, que había ido perdiendo poder político a lo largo de 2023 y, sobre todo, con la posibilidad de una nueva misión de la ONU con fuerzas kenianas. 

El ataque de Barbecue a la prisión fue un intento extremadamente arriesgado de obtener el apoyo político de los presos liberados que supuestamente se unirían al grupo de Barbecue a cambio de su libertad. Haití vive una revolución permanente cuyos mecanismos y desencadenantes están presentes en casi todos los países de América Latina y el Caribe: falta de justicia social, inseguridad alimentaria, déficit de democracia y exclusión de todos los derechos básicos. 

Combatir el racismo y promover la descolonización implica una lucha permanente por la existencia y la supervivencia. En Haití, estas contradicciones están a flor de piel. Controlar a todos los grupos armados (los que están bajo el liderazgo de Barbacoa y los que no) requerirá una gran habilidad política por parte de la comunidad internacional. 

Desgraciadamente, en Haití es necesario producir y reproducir indefinidamente las imágenes del caos para que el espectáculo del sufrimiento y la violencia alcance los niveles estereotipados del racismo, del lugar que ocupa un país negro fuera del continente africano en el imaginario de la comunidad internacional, para que se activen los engranajes de la ayuda internacional. Como la sensación de emergencia se construye artificialmente, la «ayuda» también se ofrecerá siguiendo líneas colonialistas y racistas: sin leer el contexto, sin profundizar en el debate político y las luchas de poder que organizan Haití, y sin democracia. 

Haití es uno de los países de América Latina y el Caribe que más intelectuales de notable genio produce, como Jean Casimir, René Depestre, Edwidge Danticat, Sabine Manigat, René Depestre, Rosny Smarth, Raoul Peck, entre muchos cientos de intelectuales. Reunirlos para debatir posibles soluciones para el Haití del futuro sería lo mínimo que la comunidad internacional podría ofrecer.