Después de la tormenta: los desafíos económicos de Brasil

Coautor Claudio Andrés Téllez Zepeda

Hace apenas tres semanas, el 8 de enero, el mundo vio con horror cómo los partidarios del presidente saliente Jair Bolsonaro irrumpieron en los edificios del Gobierno federal de Brasil. La cuarta democracia más grande del mundo fue rehén de activistas neotrumpistas y se ha denunciado que contó con la posible connivencia de secciones de las fuerzas militares y de seguridad.

Sin embargo, a pesar del paso de esta tormenta, la economía de Brasil, que está en problemas, sigue siendo la décima más grande del planeta y la más grande de América Latina y el Caribe. Como resultado, la forma en la que evolucione en el transcurso del mandato presidencial 2023-2026 tendrá ramificaciones con impactos allende las fronteras del país.

Los desafíos que el presidente Luiz Inácio Lula da Silva tiene por delante son realmente desalentadores: una tasa de interés establecida por el banco central que llega al 13,75% y una alta inflación en medio de una recesión mundial. El desempleo alcanzó un máximo del 14,1% en el primer trimestre de 2021, pero tuvo una modesta recuperación empañada por el aumento del trabajo informal y la precariedad en la economía del mismo tipo.

La proporción de jóvenes brasileños que no trabajan ni estudian se incrementó a poco menos de dos de cada diez en 2011 al 23,5%. Una década después, el número de hogares con renta per cápita inferior a 497 reales al mes (96 dólares aproximadamente) aumentó a 62,9 millones de personas en 2021. Lo más alarmante, especialmente para una potencia agroexportadora como Brasil, es que poco más de la mitad de la población se ha enfrentado a algún grado de incertidumbre alimentaria en los últimos años y, desde principios del año pasado, 33,1 millones de brasileños padecen hambre inmediata.

Efectivamente, el límite del gasto de la era de Michel Temer congeló el gasto público en términos reales por hasta veinte años desde diciembre de 2016. Sin embargo, el Congreso respondió a la derrota electoral de Bolsonaro mediante la aprobación de un incremento del límite del gasto por un año. Así, elevó el techo a 145 mil millones de reales (27,95 mil millones de dólares) y sacó de la camisa de fuerza fiscal un monto de 23 mil millones de reales (4,43 mil millones de dólares) para las inversiones públicas.

La intención era (esto estaba alineado con las promesas de campaña de Lula) permitir el mantenimiento del programa Bolsa Família (eliminado en diciembre de 2021 y reemplazado por Auxílio Brasil) y recomponer los gastos con la Farmácia Popular y la alimentación escolar, entre otros programas. Sin embargo, dado que se prevé que el gasto público se incremente, existe una necesidad urgente de crear una nueva ancla fiscal, a fin de tranquilizar a los mercados y evitar que la inflación regrese a los altos y volátiles niveles del tumultuoso pasado de Brasil.

Debido a las altas (y crecientes) tasas de interés globales y al agotamiento de la liquidez, hay mucha presión sobre la tasa de cambio. A su vez, los precios internacionales de las materias primas, excepcionalmente volátiles desde la invasión de Rusia en Ucrania en 2022, han hecho que la agroindustria brasileña (sobre todo en lo referente a las perspectivas de exportación de soja) enfrente un riesgo significativo a la baja.

Por otro lado, se espera que, con el nombramiento del economista Bernard Appy para la Secretaría Especial del Ministerio de Hacienda, el gobierno de Lula priorice la reforma tributaria. De hecho, Appy es el mentor de la propuesta actual en el Congreso, la PEC 45/2019, que comprende la sustitución de los impuestos federales y estatales por un tributo único llamado impuesto sobre bienes y servicios (IBS), similar al impuesto al valor agregado (IVA) utilizado en varios países.

Simplificar el código tributario podría conducir a grandes ganancias en cuanto a eficiencia y productividad para la economía del país. El Gobierno progresista del Partido de los Trabajadores (PT) también está estudiando la tributación de dividendos superiores a 1 millón de reales (194.600 dólares) al año y una reducción en los impuestos sobre la nómina que son pagados por las empresas. Asimismo, se podría explorar otra vía para abordar el déficit de ingresos fiscales: revisar los subsidios federales y reintroducir el código federal, el PIS y los impuestos Cofins sobre los combustibles que la administración saliente eliminó en un año electoral. El reciente ministro de Economía, Fernando Haddad, también prometió una propuesta marco para una nueva ancla fiscal con miras a abril de 2023.

La República Popular China sigue siendo el mayor socio comercial de Brasil. Sin embargo, no se puede contar con China para impulsar la economía brasileña tanto como antes. Las exportaciones mineras de Brasil (en particular, el mineral de hierro, que representó el 70% de las exportaciones mineras totales) han sufrido con la caída de la demanda desde que comenzó la desaceleración del sector inmobiliario de China por la crisis de Evergrande y los bloqueos prolongados en la búsqueda de una estrategia «COVID cero».

No obstante, China ha pivotado partiendo de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, a la que Brasil desea unirse. Después de que prestatarios como Venezuela y Ecuador no pagaron sus préstamos, Pekín busca ahora un modelo de asistencia para el desarrollo más estándar que esté centrado en la construcción de infraestructura básica y en la obtención de acuerdos petroleros de empresas estatales. Sin embargo, una economía de ingreso medio-alto como Brasil no puede ganar mucho con esto. De hecho, la dependencia excesiva de las exportaciones de productos básicos (tanto mineros como agrícolas) de una China cada vez más orientada hacia la tecnología podría impulsar una reprimarización y desindustrialización de la economía brasileña.

En cambio, el acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur, especialmente gracias a las prioridades ambientales del presidente Lula, se alinea con las de Bruselas. En enero de 2022, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) decidió, asimismo, abrir discusiones para la adhesión: Brasilia debe perseguir esto de manera proactiva.

Los resultados de las elecciones de 2022 fueron celebrados en todo el mundo por parte de ambientalistas, activistas de derechos humanos y voces a favor de la democracia. Junto a Chile y a Colombia, Brasil marcó, a su vez, el comienzo de una nueva marea rosa del progresismo suramericano mediante posibles lecciones para todos nosotros. Sin embargo, así como ocurre con todas las revoluciones político-idealistas, la prueba real de su eficacia residirá en la gestión económica y en una gobernanza tangible y competente.

Lula da Silva tiene sus retos por delante y tendremos que estar atentos. ¡Por ahora, boa sorte Brasil!

Claudio Andrés Téllez Zepeda es matemático aplicado y politólogo chileno con doctorado en Relaciones Internacionales por la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro.

Democracia: ¿cómo vamos y hacia dónde?

“Nos tratan como delincuentes, pero estamos salvando a la democracia”. Estas fueron las palabras que una mujer brasileña le dijo a un reportero luego de haber sido arrestada por irrumpir en la sede del Congreso de aquel país. Con esa frase, quizá sin saberlo, aquella mujer resumía una narrativa de posverdad política, que impera en nuestra región, pero también, y aquí lo paradójico, una verdad sobre la democracia: su constante disputa.

Las diferentes crisis que se han sucedido después de la Segunda Guerra Mundial han abierto brechas que la democracia, como forma de gobierno, ha sido incapaz de resolver. No es casual que esa brasileña se justificara argumentando que sus acciones defendían a la democracia porque, así como para muchos ciudadanos de la región, defender una forma de democracia que solucione aquellas brechas es más importante que nunca.

En consecuencia, la disputa actual está enmarcada en un estado de declive en las democracias a escala mundial. Año a año desde 2008, vamos retrocediendo en los indicadores básicos de buena salud democrática. No es casual que la Encuesta Mundial de Valores del año pasado, realizada en 77 países, mostrara que el porcentaje de encuestados que apoyaría a un líder que no tuviese que contender con su Congreso u otras fuerzas políticas fuera del 52%, mientras que en 2009 era del 38%. Así las cosas, entonces no debe sorprendernos que, de entre los encuestados, menos de la mitad (47,4%) respondiera que la democracia es importante para su sociedad.

Por su parte, en su más reciente informe sobre el estado global de la democracia, la organización IDEA Internacional refuerza una tendencia que ha venido midiendo en los últimos cinco años, a saber: que el número de países moviéndose hacia el autoritarismo es más del doble de aquellos que se están consolidando como democracias. La ciudadanía está votando por soluciones, no por debates ni derechos o libertades.

En este contexto global, América Latina también muestra una tendencia hacia el declive (a pesar de ser una de las regiones con más sistemas democráticos). Para ilustrar esta situación, IDEA Internacional destaca, entre otras cosas, los retrocesos institucionales en Bolivia, Brasil, El Salvador y Guatemala; las noticias falsas y la desinformación como catalizadores de la polarización; el incremento de las protestas masivas por la nula eficacia de los programas sociales, y la consolidación de autocracias en Haití, Nicaragua y Venezuela, que se han sumado a la de Cuba.

Por desgracia, estos hallazgos no sorprenden, pero al mismo tiempo invitan a cuestionarnos sobre las acciones y las responsabilidades para su profundización o solución. Tenemos la ventaja de ser conscientes de la crisis y, en consecuencia, reflexionar sobre temas y problemas que resultan incómodos pero urgentes.

¿Los Gobiernos latinoamericanos están preocupados por el bienestar de las personas o por su continuidad en el poder? La “nueva ola progresista” será juzgada, o bien por la fuerza que haya tenido por romper pactos hegemónicos, o bien por haber maquillado de rosa, verde o morado sus políticas sociales. Debemos estar alertas para saber si los disturbios en Brasil y Perú son síntomas de la misma enfermedad regional o son hechos coyunturales de cada país. Pero, sobre todo, deberá preocuparnos el que la polarización nos haya convertido en enemigos absolutos.

¿Cómo va la democracia? En caída. La paradoja que resulta de este contexto de crisis es preocupante (pero fascinante como objeto de estudio) porque, así como lo advirtió aquella ciudadana brasileña, hoy en día defender la democracia parece implicar el debilitamiento de sus fundamentos, a fin de ganar el monopolio de su quehacer y definición. Nuestra actual disputa por la democracia tiene una dimensión heroica en la que “salvar a la democracia” implica una violencia simbólica y material que quizá no podremos evitar.


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Los gobiernos locales y la migración: propuestas para una agenda regional

Los gobiernos locales son los principales órganos políticos encargados de gobernar las comunidades locales y, como tales, tienen la responsabilidad principal de prestar servicios esenciales y están en una posición única para generar cambios significativos en el acceso a derechos e inclusión de la ciudadanía a su cargo. Es por esto que las autoridades locales desempeñan un importante rol en la atención e integración de migrantes, solicitantes de asilo y refugiados en las ciudades de las Américas. Aunque suele pensarse que la movilidad humana es un tema que solo es abordado a través de políticas públicas de alcance nacional, las autoridades locales se encuentran en una posición de cercanía única con las personas que gobiernan. Por ende, son las primeras en gestionar los impactos que generan los movimientos migratorios y el desplazamiento forzado en sus ciudades, y en la ciudadanía.

Además de las oportunidades que les ofrece su rol para gestionar políticas públicas que permitan un pleno aprovechamiento de la llegada de migrantes y refugiados, tampoco podemos negar que las ciudades y sus gobiernos han tenido que asumir un costo importante para recibir e integrar a poblaciones migrantes y desplazadas forzadas que han venido en aumento en años recientes.

Al día de hoy sabemos que en las Américas viven más de 73.5 millones de migrantes internacionales, de los cuales, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), más de la mitad (43.3 millones) son trabajadoras y trabajadores migrantes. A finales de 2021, se reportaban cerca de 18,5 millones de personas desplazadas o en necesidad de protección en la región, incluidos solicitantes de asilo, refugiados, apátridas y desplazados internos, lo que representa alrededor del 20% de la población mundial desplazada por la fuerza.

Además, se estima que más de seis millones de refugiados y migrantes de Venezuela han abandonado su país y son acogidos en 17 países de América Latina y el Caribe, mientras que más de 1 millón de personas han huido de la violencia y la persecución en Centroamérica, incluyendo más de 100.000 nicaragüenses que se han desplazado principalmente hacia Costa Rica.

Adicionalmente, sabemos que las autoridades locales se enfrentan a varios desafíos en la inclusión de las personas migrantes y refugiadas, los cuales se profundizan a nivel local desde las ciudades hasta las llamadas zonas de frontera. Estos van desde la insuficiencia de recursos financieros y capacidades técnicas, la falta de alternativas para la inclusión social plena de los migrantes, hasta la falta de coordinación adecuada entre los gobiernos nacionales y locales, entre otros.

A pesar de estos desafíos, los migrantes y refugiados contribuyen de manera significativa al desarrollo de las comunidades que los acogen. Por un lado, contribuyen al crecimiento del PIB mediante el aumento del consumo y de la mano de obra joven y calificada y, por otro, refuerzan la transferencia de conocimientos y enriquecen el patrimonio cultural y social.

Pero estos beneficios no pueden aprovecharse sin que los gobiernos locales ocupen el espacio para liderar este aprovechamiento. Un rol activo por parte de los gobiernos de las ciudades generará mecanismos que permitan aprovechar su talento humano y contribuciones económicas al tiempo de combatir la discriminación y la xenofobia en las comunidades de acogida.

Ante las actuales crisis de desplazamiento forzado en la región, resulta cada vez más relevante promover espacios de intercambio de buenas prácticas y lecciones aprendidas, además de cooperación internacional y asistencia técnica, que permita a los países receptores replicar las buenas prácticas que se han desarrollado en otros países. Y que, al mismo tiempo, puedan brindar una respuesta holística y efectiva al fenómeno, además de generar consciencia y propender por la solidaridad y la cohesión en las comunidades receptoras.

Durante la Cumbre de Ciudades de las Américas (Cities Summit of the Americas) a celebrarse en Denver, Colorado (USA) en abril de 2023, será lanzado el Estudio Regional “El Rol de los Gobiernos Locales en la Recepción e Integración de Migrantes y Refugiados en Ciudades de las Américas,” con el objetivo de generar un diagnóstico sobre las necesidades de las autoridades locales en materia de recepción e integración de migrantes y refugiados, además de incluir una recopilación de buenas prácticas desarrolladas a nivel local.

El propósito de llevar este tema a la Cumbre de Ciudades de las Américas es provocar un diálogo sobre los desafíos y oportunidades que enfrentan las autoridades locales que actúan en la recepción, la asistencia, la protección y la integración socioeconómica y cultural de las personas migrantes, solicitantes de asilo y refugiadas, así como seguir haciendo propuestas de soluciones para que la migración sea un ganar-ganar para las personas migrantes y desplazadas forzadas y sus comunidades de acogida. Esto no es una tarea imposible. Puede lograrse con políticas públicas que permitan aprovechar sus contribuciones.


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Por la democracia brasileña, eliminemos la reelección de los fiscales generales

Hay consenso entre los analistas políticos brasileños en que el actual fiscal general, Augusto Aras, ha tenido una actuación, cuando menos, desastrosa. En lugar de combatir los desmanes de Jair Bolsonaro y su entorno, el jefe del Ministerio Público Federal habría sido cómplice del ahora expresidente. Aunque el diagnóstico es correcto, la explicación del porqué se comportó así suele ser errónea. Atribuir a Aras un alineamiento ideológico con el bolsonarismo, o incluso una especie de desvío de carácter, es inexacto y difícil de probar, además de no explicar el aparente cambio de posición que el fiscal adoptó tras la elección de Luiz Inácio Lula da Silva en 2022. La manera de hacer el nombramiento y, sobre todo, la posibilidad de renovación del mandato de los fiscales generales de dos años son los puntos en los que se halla la clave para entender el comportamiento del fiscal general. Y no solo de este, sino también de los demás que han pasado por el cargo. Aras es, ante todo, un arribista, pero no necesariamente un hombre de extrema derecha.

Augusto Aras, así como sus predecesores, siguió las reglas del juego. Rachel Dodge, nombrada por Michel Temer en 2019, autorizó solo casos contra Bolsonaro cuando ya no tenía posibilidades de ser nombrada de nuevo al frente de la Fiscalía General por parte del nuevo presidente, según la prensa. Rodrigo Janot, por su parte, trabajó durante sus dos mandatos a favor de los intereses de sus colegas del Ministerio Público Federal, cuando serían ellos los que elegirían al fiscal general (Lula y Dilma Rousseff aceptaron casi automáticamente el nombramiento del más votado por los propios miembros del órgano). Geraldo Brindeiro, que fue nombrado y reelegido tres veces más por Fernando Henrique Cardoso, llegó a ser conocido como el «archivador general de la república» por archivar muchas acusaciones contra el Gobierno.

Con la vista puesta en su candidatura en 2018, Aras no participó en la elección organizada por los fiscales federales porque sabía que Bolsonaro no escucharía los deseos de la corporación. Al buscar su reelección en 2021, el fiscal general pudo demostrar que era bastante cuidadoso con el entonces presidente, incluso siendo considerado por parte del mismo Bolsonaro para una futura vacante en el Supremo Tribunal Federal (STF).

Aras apenas molestó a Bolsonaro hasta que se conocieron los resultados de las urnas en 2022, todavía con la esperanza de que la pluma del entonces presidente pudiera llevarlo al STF o a otro período al frente del Ministerio Público de la Unión. Ahora, con un nuevo presidente y sin posibilidades de conservar cargos importantes, intenta limpiar un poco su desgastada biografía actuando contra los terroristas que atacaron la democracia brasileña este año. La vergüenza es lo que queda de la reputación de Aras.

El actual fiscal general se defiende diciendo que no es cierto que hubiera protegido al expresidente Bolsonaro. Recuerda que actuó en algunos casos, pero que evitó la politización de los tiempos de la operación Lava Jato. Los números parciales de su actuación, sin embargo, no parecen apoyar esta postura. El fiscal general archivó varias denuncias de que el presidente había actuado de forma delictiva en la gestión de la pandemia de la COVID-19, que fueron presentadas por la Comisión Parlamentaria de Investigación (CPI) del Senado.

Durante la campaña electoral de 2022 (la más violenta desde la redemocratización en 1985 y que estuvo marcada por el uso de fake news por parte de los aliados de Bolsonaro), Aras, que también es fiscal general electoral, no empleó la justicia electoral en ninguna ocasión sobre el uso de mentiras y fake news, según un reportaje de Folha.

Una investigación de Transparencia Internacional muestra que ha abierto menos procedimientos de investigación penal (PIC) relacionados con la corrupción de sus predecesores. En 2016, todavía con Rodrigo Janot como fiscal general, había 577 PIC. Con Aras, estas cifras se redujeron a 366 en 2019, 200 en 2020 y 241 en 2021. El STF y sus ministros tuvieron que adoptar medidas heterodoxas para sortear la inercia de quien detenta el monopolio de la acusación penal en relación con el presidente, los ministros y los parlamentarios.

El mandato de Aras finaliza en septiembre. Lula no se comprometió a respetar la elección organizada por los fiscales federales (y lo hizo con razón). La experiencia de un fiscal federal que tiene como elector a sus propios colegas, también resultó desastrosa. Janot, que dirigía el Ministerio Público Federal durante la operación Lava Jato, hizo tanto daño a la democracia brasileña como Aras.

Y la cuestión no es necesariamente la posición política de ambos. El problema es que la posibilidad de volver a ser nombrado en el cargo o de ocupar otros puestos destacados en el Estado brasileño, como ministro del STF, incita al fiscal general a actuar de una manera que puede considerarse indebida.

Cuando un presidente nombra y vuelve a nombrar al fiscal general sin consultar a los miembros del Ministerio Público Federal, tal como hicieron Fernando Henrique Cardoso y Bolsonaro, somos testigos de ocupantes de la Fiscalía General que son excesivamente indulgentes con los jefes del Ejecutivo.

Cuando, por otro lado, el poder de nombramiento se transfiere a los 1.200 fiscales públicos, tal como hicieron Lula y Rousseff, corremos el riesgo de tener un ocupante de un cargo muy poderoso sin más límite político que su propia corporación.

Es necesario acabar con la posibilidad de reelección y la creación de una larga cuarentena para quienes ocupan la Fiscalía General. De lo contrario, Brasil volverá siempre al mismo dilema de vez en cuando: excesiva independencia o falta de autonomía, dos extremos perjudiciales para la democracia.  


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Reducción de asambleístas en Ecuador: modificar todo para no cambiar nada

Coautor Gabriel Galán Melo

Ecuador celebrará su décima segunda consulta popular desde el retorno a la democracia. Esta herramienta de democracia directa ha sido usada por siete mandatarios en dicho lapso. Actualmente, la consulta que plantea el gobierno de Guillermo Lasso contiene ocho preguntas y propone reformas constitucionales en temas como la extradición de ecuatorianos, la autonomía de la Fiscalía General del Estado o la incorporación de un subsistema de protección hídrica del Sistema Nacional de Áreas Protegidas. Pero quizás la pregunta más controvertida, a pesar de la presunta aceptación masiva por parte de la ciudadanía, es la que propone la reducción de asambleístas.

Las dos últimas legislaturas han tenido una aprobación bajísima por parte de los ciudadanos. Y si bien, generalmente, los Parlamentos no gozan de la aceptación popular mayoritaria en los sistemas presidencialistas latinoamericanos, la situación de Ecuador es particular. La Asamblea Nacional que concluyó en 2021 terminó con una aceptación del 2%, y el Parlamento actual tiene una aprobación de entre el 8% y el 11%.

Las razones del descontento son las disputas inútiles, la aprobación de resoluciones banales que no corrigen los problemas del país, las acusaciones de corrupción y una tensión continua con el Ejecutivo, que mediáticamente expone los vicios de la política nacional. Si bien esto ha generado la crisis de legitimidad, resulta absurdo afirmar (como lo hacen los promotores de la consulta popular) que la crisis se solucionará con una reducción de asambleístas.

Más bien pareciera que el Gobierno nacional, aprovechando la diminuta aceptación del Parlamento, busca impulsar la disminución de aproximadamente 20 asambleístas como una forma de ganar legitimidad para su también alicaída gestión. Salvo el resultado positivo del plan de vacunación contra la COVID-19, Lasso no ha encontrado la manera de impulsar reformas ni ha creado y ejecutado políticas públicas que permitan atender asuntos como la provisión de medicamentos, la reparación de la infraestructura o el desarrollo de un plan elemental contra la desnutrición infantil.

En este contexto, el Gobierno ha manifestado que ha decidido impulsar la disminución del número de asambleístas por la supuesta falta de credibilidad de la legislatura actual, por su baja producción legislativa, escasa fiscalización y manifiesta desconexión con las demandas ciudadanas. Y, por otro lado, también serviría para corregir una supuesta sobrerrepresentación de las provincias pequeñas del país.

La falta de credibilidad en la legislatura es real, empero, si analizamos los porcentajes de aceptación de otras instituciones ecuatorianas, todas, sin excepción, acusan bajos niveles de legitimidad. Es decir, el problema no está solo en la Asamblea Nacional, sino en todo el entramado institucional ecuatoriano. En el caso del Ejecutivo, por ejemplo, su valoración ha variado entre el 11% y el 25%, según varias encuestadoras.

Así, la amenaza de “muerte cruzada” ha sido permanente: por el lado de la Presidencia, el hecho de disolver el Parlamento por grave crisis política y conmoción interna y, por el otro lado, el que la Asamblea Nacional destituya al presidente por la misma razón.

Además, la supuesta reducción de asambleístas se aplicaría a partir de la elección de 2025, ya que ninguna reforma puede ser retroactiva, por lo que no afectaría a los asambleístas actuales. Más bien, lo lógico sería encauzar un proceso de revocatoria de mandato en el que decidan los ciudadanos, pero esto no se ha hecho. Conforme la Constitución, existen mecanismos de control para la cuestionable labor de los legisladores, sin necesidad de sacrificar uno de los elementos más importantes de la democracia: la representación.

Si bien el Gobierno afirma que existe una sobrerrepresentación en el Parlamento, se centra exclusivamente en lo cuantitativo, es decir, en la cantidad de asambleístas que actualmente se eligen por cada circunscripción. La reforma busca dar mayor peso a los representantes de la circunscripción nacional, que pasaría de 15 a 36 representantes. Respecto a las provincias, en especial, las menos pobladas como Carchi, Bolívar, Sucumbíos, Napo, Orellana, Pastaza, Zamora Chinchipe y Morona Santiago, se quedarían con un solo representante.

En consecuencia, la propuesta no toma en consideración la diversidad y heterogeneidad en los niveles de desarrollo de varias de las 24 provincias del país. Con la reforma, Guayas y Pichincha abarcarían el 18% del total de los asambleístas; los legisladores nacionales, el 31%, y las 22 provincias restantes, el 51%.

El Gobierno no está tomando en cuenta, a su vez, que, en estas nuevas provincias “uninominales” en la que el clivaje étnico es muy marcado, sería contraproducente dejar un solo legislador como representante, ya que gran parte de la población quedaría subrepresentada.

Según el politólogo alemán Dieter Nohlen, los sistemas electorales tratan de atender tres tipos de demandas: la concentración, que facilita la gobernabilidad; la representación y la participación. De estas, la concentración y la representación tienen una relación inversamente proporcional, es decir, cuando se prioriza una, disminuye la otra y viceversa.

En este marco, la propuesta quizá persiga, en teoría, mejorar los niveles de gobernabilidad a costo de la representatividad. La propuesta del Gobierno priorizaría la concentración al elegir a más asambleístas nacionales, los cuales se benefician del arrastre del voto presidencial, por lo que se aseguran un mayor número de legisladores oficialistas. No obstante, no se consideran dos elementos: la fórmula de asignación de escaños y el número de escaños por elegir en cada circunscripción electoral.

En la circunscripción nacional de 36 escaños, por ejemplo, a la que se aplicaría una fórmula (fórmula de Webster) que tiende naturalmente a fragmentar aún más la composición del Parlamento, el resultado seguirá siendo un buen número de partidos políticos, alcanzando, así,  pocos escaños. Por tanto, la reforma, del modo que ha sido elaborada, seguiría sin afectar sustancialmente el modelo actual.

La fragmentación de nuestro sistema de partidos es, sin duda, una de las variables que inciden directamente en las relaciones entre Ejecutivo y Legislativo. Sin embargo, si aplicamos la reforma planteada al Parlamento actual, esta no soluciona el problema, y evidencia, más bien, que la fragmentación de nuestro sistema de partidos es una característica estructural de la política ecuatoriana.

En conclusión, la reducción de asambleístas que plantea el Gobierno es inútil para corregir los problemas estructurales de nuestra política como la fragmentación del sistema de partidos, y menos aún mejorará las relaciones entre el Ejecutivo y el Legislativo. Tampoco supondría una sanción a los legisladores actuales (profundamente reprochados) porque la reforma no los toparía de modo alguno ni garantizaría a futuro una mejora en la producción legislativa, o la indispensable probidad de los Parlamentarios. En definitiva, la reducción de asambleístas que se propone, pretende modificar todo, para no cambiar nada.

Gabriel Galán Melo es profesor de la Universidad Hemisferios, Universidad Andina Simón Bolívar y Universidad Internacional SEK. Abogado, por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Magíster en Derecho y Ph. D, por la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Quito.

Los bots no votan: ¿injerencia de Rusia en Colombia?

Los bots rusos promovieron en las elecciones de 2022 al ahora presidente Gustavo Petro y podrían haber influido en su victoria, según la interpretación de algunos políticos y medios de comunicación de los Twitter Files. Esta noticia no tiene nada de novedoso. De hecho, ya se había sugerido la presunta injerencia de Rusia desde 2017 hasta 2021 en las elecciones presidenciales y los estallidos sociales en México, Colombia, Chile y Cataluña. En ambas ocasiones, los señalamientos de los medios y partidos políticos no han contado con la suficiente evidencia para afirmar que exista una relación directa con las granjas de troles rusos patrocinados por el Kremlin.

Estas acusaciones no son accidentales. Las interferencias en los procesos electorales, la desinformación o noticias falsas y los ciberataques son algunas de las modalidades de la guerra de información empleada por Rusia alrededor del mundo. Estas acciones se caracterizan por emplear estratégicamente y de manera coordinada cuentas automatizadas (bots) o falsas para manipular el debate en las redes sociales. Las plataformas en las que han sido más comunes estas operaciones son Facebook y Twitter, las cuales los han denominado como comportamiento inauténtico coordinado (CIB) y actividad dañina coordinada, respectivamente.

Desde el año 2010, México ha sido el epicentro de práctica de estas operaciones con bots rusos, que también han sido presuntamente usados en Vietnam, Turquía y Estados Unidos. Sin embargo, los expertos como Alberto Escorcia no acusan de manera directa al Kremlin, sino a la industria privada de la desinformación o también conocidos como “mercenarios digitales” compuesta principalmente, más no de modo exclusivo, por agencias de marketing digital y hackers que han sido contratadas por partidos políticos y empresarios. Carlos Melo, director de VictoryLab, conocido, asimismo, como el Rey de la Noticias Falsas, ha afirmado que su éxito en este tipo de operaciones se lo debe a la compra de cuentas falsas de origen ruso, que renombra en español y usa a su favor para posicionar tendencias en internet de forma inorgánica.        

¿Exageración, sospecha o amenaza?

La polarización política y las polémicas por una moderación de contenidos efectiva y transparente en plataformas como Twitter y Facebook no es un fenómeno exclusivo de los Estados Unidos. Esta vez, la información que el dueño de Twitter, Elon Musk, ha suministrado a periodistas independientes como Matt Taibbi (algunos catalogados como republicanos) incluye a la región.

Este periodista publicó un hilo en el que muestra cómo Twitter lidiaba con las solicitudes de partidos políticos y agencias de inteligencia para moderar o eliminar cierto tipo de contenidos. Dichas peticiones revelan, entre otras cosas, que el partido demócrata buscó favorecer y hasta encubrir a los suyos, y la falta de evidencia técnica de las agencias de inteligencia para solicitar modificaciones en ciertas cuentas de usuarios o tendencias en la plataforma.

Este hilo posee una solicitud que hizo una agencia de inteligencia para monitorear los hashtags y las cuentas de usuarios de Cuba, Venezuela y Colombia. Ahí aparecen algunas tendencias que hubo en este último como #PactoHistórico, #PetroPresidentedeColombia2022 o #PetroPresidente2022 y nueve cuentas de usuarios de Twitter por tener presuntamente un comportamiento inauténtico.

Esto llevó a un gran número de notas periodísticas y de publicaciones en Colombia de algunos políticos opositores, que aseguran que hubo injerencia de Rusia en las elecciones del 2022. Estas aseveraciones son exageradas, pues la información suministrada por Taibbi sugiere que no se cuenta con suficientes pruebas para afirmar que existió una campaña de influencia que haya sido dirigida desde el Kremlin. Además, se duda del alcance que puedan llegar a tener estas “operaciones”, ya que solo el 4% de la población usa esta red social.

No obstante, ¿qué hay de cierto en las sospechas de la agencia de inteligencia? Siguiendo solo dos de los doce criterios planteados por el Laboratorio de Investigación Forense Digital (DFRLab), del Atlantic Council, para identificar comportamientos inauténticos en usuarios, es decir, características sospechosas para ser potenciales bots, se ve que las sospechas de la agencia de inteligencia no son infundadas, pues algunas de estas cuentas tienen un número desproporcionado de publicaciones, y sus horarios de actividad son dudosos. Ahora bien, afirmar que son una amenaza de origen ruso es una exageración. Para ello, se requiere una investigación más profunda y técnica que difícilmente se realizará por sus altos costos económicos para que se determine si existe dicha conexión.

Política, dinero y desinformación

La narrativa de los medios de comunicación y los políticos colombianos centra su atención en la desinformación como un problema exclusivamente de cuentas falsas o automatizadas de origen extranjero. Sin embargo, la verdadera amenaza, según Camille François, directora de información de la empresa de ciberseguridad Graphika, se puede encontrar en el ámbito interno, tal y como ocurrió en las elecciones de Estados Unidos del 2016. Con ello se refiere a cuentas auténticas, de personas reales como políticos que fueron elegidos a escala nacional, quienes compartieron su “opinión genuina” y esta fue inexacta o falsa, pero se diseminó como verdad.

Lo anterior minimiza, mas no elimina, la responsabilidad que pueda llegar a tener la presunta injerencia extranjera en las elecciones y su capacidad de determinar el acontecer político nacional. No está de más mencionar que esta no es la única conexión que pueda existir con extranjeros de la industria privada de la desinformación. En el pasado, ya el hacker colombiano Andrés Sepúlveda alertó sobre cómo contrató servidores localizados en Rusia y Ucrania, con el objeto de diseminar rumores acerca de líderes de izquierda o progresistas y, así, acabar con ellos políticamente.   Por último, el fenómeno de la desinformación en procesos electorales es un riesgo político para la región en el año 2023. La situación de Colombia es tan solo la entrada, dado que el plato fuerte han sido las elecciones en Brasil y el intento golpista de los bolsonaritas, quienes alegaron fraude electoral anticipado. Hay que estar atentos a lo que pueda suceder en Argentina, Guatemala y Paraguay en esta materia, puesto que, si bien los bots no votan, sí están en la capacidad de sincronizar el pensamiento colectivo en redes sociales y llegar a manipular el debate digital.


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Descifrando el «Sur», la nueva moneda común sudamericana

A muchos les sorprendió el anuncio realizado esta semana, durante la cumbre argentino-brasileña de Buenos Aires, de una nueva moneda común que, en principio, no implicaría la desaparición ni del peso ni del real. No debería sorprender: el sur, que así se llamaría, sería un instrumento contable, más que una moneda tangible. Se trataría, por tanto, de un índice cuyo valor siempre sería diferente al de las monedas que lo compondrían, y se calcularía en función de una canasta de esas mismas divisas o de materias primas. Monedas de ese tipo, en principio, suelen servir para fomentar y agilizar el comercio intrarregional, pero también para proteger a economías vulnerables y endeudadas de los vaivenes del sistema financiero internacional.

Por más que se trate de un instrumento monetario que se adaptaría muy bien a las problemáticas estructurales de América del Sur (fluctuaciones monetarias, dificultad para adquirir divisas fuertes, encarecimientos cambiarios, etc.), no se trata de un invento suramericano. Precedentes hay muchos y es que a menudo se olvida que una moneda tiene tres funciones básicas: facilitar el intercambio de bienes y servicios; la contabilidad y el ahorro. Las llamadas “unidades de cuenta” son “monedas” que tienen asignada una función referencial no necesariamente relacionada con el intercambio o el ahorro: por eso puede darse la aparente paradoja de que, una moneda común no corriente, conviva con las monedas nacionales que la alimentan.

La “moneda de cuenta” más antigua que existe ahora mismo no está vinculada a un proceso de integración: son los derechos especiales de giro (DEG) del Fondo Monetario Internacional. Existen desde 1969 y su valor se calcula tomando en cuenta una canasta de monedas fuertes: el dólar, el euro, la libra, el yen y el yuan. Tienen, básicamente, una función protectora contra la inflación. A comienzos de siglo hubo un intento de convertir los DEG en una divisa de reserva internacional en detrimento del dólar, pero no avanzó. La que, sin embargo, sí evolucionó fue la moneda común más conocida: el euro. Aunque actualmente tiene la triple función monetaria, su antecesor, el ECU, no circuló nunca: se limitó a ser un referente en el espacio europeo.

Quizás, por eso, cuando el ECU se convirtió en euro, se instaló en el subconsciente colectivo global como un ejemplo por seguir. En muchas partes del mundo en las que había procesos de integración en marcha se crearon monedas comunes que, en una gran cantidad de casos, comenzaron siendo instrumentos contables, es decir, monedas no corrientes. En África, por ejemplo, en 1999 empezó un proceso, que debía haber concluido en 2020, orientado hacia la creación del afro: para 2023, únicamente tres de los 55 miembros de la Unión Africana han aprobado el proyecto. Ahora mismo, la convergencia monetaria que parece tener más posibilidades en África sería el eco, la decolonizadora moneda de la Comunidad Económica de África Occidental, que comenzó en 2001.

A principios de siglo, en el sur de Asia (la India) y en la Unión Euroasiática también circularon sendos proyectos fallidos de monedas comunes (respectivamente, la rupa y el altyn). Lejos de ahí, aunque también en Asia, el Gobierno japonés promovió en 2005 el AMU, un índice calculado en función de una canasta de hasta 13 monedas del área, que incluye al yen y al yuan, y que, a día de hoy, sigue siendo calculado a pesar de las tiranteces entre Japón y China. América Latina, por último, no se quedó al margen: actualmente, siete países de la ALBA (Antigua y Barbuda, Bolivia, Cuba, Dominica, Nicaragua, San Vicente y Granadinas y Venezuela) comercian entre sí utilizando el sucre, un sistema de compensación promovido en 2008 para baipasear al dólar.

Lo más retador, sin embargo, está por venir: el sur es solo la expresión suramericana de un fenómeno más global. De hecho, hace años que el orden monetario internacional se ha estado resquebrajando y no se trata, tan solo, del petroyuán o de innovaciones tecnológicas (criptodivisas, CBDC, etc.). La deuda mundial (y la moneda es un reconocimiento de deuda) asciende ya a 300 billones de dólares, lo cual equivale a un 349% del PIB global. En ese marco, los países tienen cada vez menos margen de maniobra. Además, la pandemia de la COVID-19 y la guerra de Ucrania han agravado la situación. Y ahí el dólar, como moneda internacional de reserva, pero también de crédito e intercambio, resulta cada vez menos atractivo: por eso se buscan tantas alternativas.

¿Y qué buscan los países que buscan alternativas? Pues, por una parte, evitar al dólar en las transacciones comerciales internacionales (revalorizando sus propias monedas y eliminando gastos cambiarios que son innecesarios) y, por la otra, reducir vulnerabilidades, especialmente aquellos Estados que tienen deudas (y, por ende, pagan intereses) en dólares. El modelo que se ha ido imponiendo son sistemas de compensación que tratan de huir de reglas fiduciarias; fomentan alineamientos regionales (y no globales) de las políticas monetarias, y en el contexto de un nuevo orden mundial energético revalorizan la posesión y exportación de materias primas estratégicas, como es el caso de casi todos los países de América Latina.

Fernando Haddad, ministro de Economía de Brasil, publicó hace menos de un año un artículo en el que no solo pedía abiertamente la creación de una moneda común suramericana: sugería la creación de un banco central que la gestionara, y ponía la experiencia del Plan Real brasileño como eventual referente. En agosto de este año, en la cumbre de los BRICS que se celebrará en Sudáfrica, es probable que se lance el R5, un índice compartido que debería convivir con el sur, así como el sur lo hará con el real. De hecho, la idea central parece ser que cada miembro de los BRICS promueva su propia red monetaria, basándose en los mismos principios, en su área de influencia: todo un desafío a la longeva hegemonía del dólar.En los días siguientes al anuncio público del sur, muchos analistas del norte global no tardaron en criticar la propuesta. La mayoría de los argumentos más serios (escala diferente de las economías brasileña y argentina; posición diferenciada de ambas en la economía internacional; fracaso de iniciativas parecidas en otras regiones, etc.) tendieron a partir de percepciones muy formales de lo que es una moneda. El trayecto que le queda al sur por delante es sinuoso. Sin embargo, debiera ser repensado a la luz del contexto geopolítico en el que nos movemos: la capacidad de maniobra de los Gobiernos está cada vez más comprometida por endeudamientos y fluctuaciones que se hallan en el origen de muchos males. Miren hacia el sur.

Sociedades cansadas y democracias fatigadas

Con mucha frecuencia, la política es analizada desde el estricto ámbito del poder. Ahí, las instituciones, como factores que regulan la interacción humana con la finalidad de evitar incertidumbre, desempeñan un papel muy relevante. Los análisis giran en torno a las elecciones y sus resultados a la hora de conformar los poderes del Estado y su habitual confrontación. Los partidos políticos centralizan la atención, así como los diferentes liderazgos. Las ideologías en cuanto a conjuntos de valores y de elementos comprensivos del mundo también son objeto de interés. En fin, las políticas públicas que atienden demandas, en mayor o menor medida presentes, constituyen un eje fundamental de estudio de la política. Con todo ello se construyen tipologías y se sabe del avance o del retroceso de acuerdo con determinados parámetros. Así hablamos de erosión o desgaste de la democracia e incluso avizoramos su quiebra.

Es tal la preocupación en estos aspectos que, sin embargo, en muchas ocasiones se tiende a dejar de lado el ámbito concreto que está integrado por personas donde tiene lugar el ejercicio del poder. La sobreexposición de visiones estrictamente centradas en lo político-institucional requiere, por consiguiente, abordar la realidad desde una perspectiva interdisciplinar. La demografía, por ejemplo, ayuda a explicar el cambio social señalando cómo están íntimamente conectadas las variaciones entre diferentes grupos de edad, en las tasas de fertilidad y lo que suponen los movimientos migratorios. Todos estos aspectos inciden hoy de forma substantiva en los procesos políticos.

De la misma manera, los cambios producidos en la sociedad, al amparo de la revolución tecnológica en la que nos hallamos insertos, han supuesto una profunda conmoción como jamás antes en la historia de la humanidad por la velocidad exponencial en que se han producido tanto en el tiempo como en el espacio. Además, estas transformaciones muestran un claro desbalance en su desarrollo hacia el sector empresarial privado.

Trabajos como La sociedad del miedo de Heinz Bude o La muchedumbre solitaria de David Riesman han ido completando las premoniciones de Zygmunt Bauman acerca de la sociedad líquida y sus efectos. Las ideas de que se pasa de la promesa de ascenso a la amenaza de exclusión, de que las emociones sustituyen a las razones y de que lo que mueve a seguir adelante ya no es el mensaje positivo sino el negativo, han ido ocupando el escenario. Un panorama, pues, en el que el miedo lleva a la impotencia, donde somos individuos solitarios estando en crisis la idea de “nosotros” por la multiplicación casi sin límite de las identidades en las que nos calzamos.

Byung-Chul Han ha teorizado también sobre este nuevo estado de cosas al referirse a la sociedad del cansancio. Usando la metáfora del enjambre, alude a la capacidad de autoexplotación que tiene el ser humano para con una existencia en la que las nuevas tecnologías multiplican las tareas haciendo del tiempo, como nunca, un bien escaso. Estar permanentemente conectados contribuye, asimismo, al agotamiento. Si a todo ello se añade que, al amparo de la proliferación de las políticas identitarias, también claramente azuzadas por la revolución digital, la política del resentimiento se enseñorea de la plaza pública, la perspectiva no puede ser menos halagüeña.

La sociedad del cansancio consolida el hartazgo respecto a fórmulas que, aunque en términos temporales no son tan viejas, parecieran arrastrar una longevidad insufrible. Si en los países latinoamericanos, las democracias actualmente implementadas gozan de menos de medio siglo de vigencia en promedio y su rendimiento ha sido razonablemente positivo, pareciera que la velocidad de los cambios sociales y culturales les hacen mostrarse como antiguallas insoportables.

La floración de identidades múltiples, potenciada por las redes sociales, se complementa con la disolución de vínculos tradicionales en un contexto en el que no se alcanzan las expectativas gestadas. No vivir mejor que los padres es una evidencia que agota las promesas del gran circo mediático en el que se ha convertido la política que entra en una fase de fatiga reflejada en el descontento con las instituciones y con la propia democracia, así como en la crisis de la representación política en la que los partidos aparecen como los principales responsables.

Del descontento y de la minusvaloración dan sobrada cuenta los análisis demoscópicos. Como muestra reciente, basta recordar, para los dos países que monopolizan estos días la atención mediática, que el 37% de los brasileños están en favor de un golpe de Estado que desaloje a Luiz Inácio Lula da Silva de la Presidencia y que solamente el 20% de los peruanos aprueban la gestión de Dina Boluarte, mientras que el 14% aprueban al Congreso de la república.

Por su parte, la función de intermediación, clave en la faceta representativa en la que se expresa la democracia realmente existente, se ve desarticulada. En sí misma toda intermediación hoy está absolutamente patas arriba; pero, además, los partidos han perdido toda capacidad de identificación por parte del electorado. Hoy es más fácil la identificación con individuos a quienes se adora (o se odia) que son los que vienen a definir la liza política. En este sentido, Gallup acaba de poner de manifiesto que el 41% de los jóvenes en Estados Unidos se identifican como independientes, mientras que en 1990 eran el 33%, por lo que se da un empate entre las afinidades demócrata y republicana.

Así las cosas, no resulta extraño el panorama que correlaciona el cansancio societal con la fatiga de la política. En medicina, la astenia es el estado que sigue a la fatiga cuando las cosas no van a mejor porque la ausencia de aire, la sensación de ahogo, invade a quien la padecía. La cuestión, por consiguiente, es si la democracia de los países de América Latina está al borde de caer en esa situación crónica que pone en riesgo el indudable avance que ha habido en la mayoría durante las últimas cuatro décadas.


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El bolsonarismo: ¿la antesala del terrorismo de ultraderecha en Brasil?

El pasado domingo 8 de enero una turba de ultraderecha, estimulada por discursos y omisiones del expresidente Jair Bolsonaro después de su derrota no reconocida, invadió y depredó las sedes de los tres poderes del Estado. Tras los ataques, la Policía Federal encontró en la casa del exministro de Justicia de Bolsonaro, Anderson Torres, el borrador de un decreto para establecer un “Estado de Defesa” en la sede del Tribunal Superior Electoral (TSE) y cambiar el resultado de las elecciones de 2022. Se trataría de una intervención inconstitucional para tomar el TSE, y sería un golpe de Estado, que tendría el objetivo de invalidar la legítima victoria de Luiz Inácio Lula da Silva.

El deseo de ruptura democrática es creciente desde hace años en Brasil. Estamos viviendo una clara escalada del fascismo, que ya no se avergüenza de mostrarse tal cual es ni tampoco intenta camuflarse en el conservadurismo, como sí ocurría hasta hace una década. Esta escalada sistemática de la violencia política nos ha llevado hasta acá.

Dado que buena parte de las personas que participaron en los ataques se sentían frustrados por el hecho de no haber podido contar con los militares para dar un golpe de Estado, creyeron, realmente, que habían tomado el poder. Pero parece ser que los hilos que movieron estos actos, en apariencia, espontáneos, tenían la intención de generar caos para que el presidente Lula ordenara una intervención militar, lo cual daría poder a los militares, a fin de que, finalmente, dieran el golpe. Sin embargo, el plan no funcionó, ya que Lula solo ordenó una intervención federal, lo que no confiere poder a los militares.

A pesar de ello, hemos sido testigos de un fenómeno de delirio colectivo y de profunda alienación, tal como ocurre en la extrema derecha en varios países, la cual se alimenta a base de teorías de la conspiración como las de la agrupación QAnon. No obstante, esto lleva a una total desconfianza en las instituciones y organizaciones internacionales, partidos, prensa y órganos del Estado.

El fascismo brasileño finalmente salió a la luz. Y ese fascismo está políticamente articulado con grupos de extrema derecha de las Américas y de Europa, como es el caso de Vox, de España; el trumpismo y el QAnon, de Estados Unidos, y sectores de la diáspora venezolana y cubana, especialmente de Miami.

Los métodos utilizados por estas agrupaciones para atraer seguidores tienen que ver con la radicalización y, a la vez, la alienación de los individuos. Primero, las personas son atraídas mediante noticias falsas, indignación selectiva, soluciones fáciles para problemas complejos y lecturas superficiales de la realidad. Luego se busca que ellos cambien su idea de lo que es la lógica de lo obvio y consolidado, para lo cual se apela a teorías de la conspiración, que solo ellos, los “iniciados” en los “grandes misterios”, están listos para identificar. 

De esta manera, las personas adquieren un sentido de pertenencia y particularidad que hace que se sientan incomprendidos por el resto de la sociedad, ahora que son los grandes conocedores de la “verdad”. Esto profundiza la intolerancia al conocimiento institucionalizado y a opiniones divergentes de su nueva realidad, ya que les recuerda sentimientos del pasado. Finalmente, se aíslan (y son aislados) de familiares y amigos, lo que profundiza la adhesión al extremismo.

El nivel de alienación de una gran cantidad de extremistas durante los ataques en Brasilia era tan alto que muchos estaban convencidos de que habían logrado dar un golpe de Estado. Así, se expusieron en las redes sociales y produjeron la mayor parte de las pruebas en su contra por los crímenes cometidos.

De hecho, tras el encarcelamiento de cientos de invasores en Brasilia, muchas personas, sin entender lo que realmente estaba pasando y la gravedad de los acontecimientos, exigían acceso a internet en la comisaría para seguir publicando contenido en las redes sociales.

Los campamentos golpistas que apoyaban a Bolsonaro y a una intervención militar en Brasil duraron varios meses, y los extremistas convivieron y establecieron nuevos vínculos personales ahí. Con el pasar de los días, muchos perdieron su trabajo, sus parejas, se alejaron de sus familias y amigos, y se radicalizaron aún más.

Después de la desilusión con el propio Bolsonaro y las Fuerzas Armadas, que, según ellos, no tuvieron el valor de “salvar a Brasil”, y estimulados por líderes en las sombras, los extremistas intentaron su propio (torpe) golpe, con la certeza de representar a la mayoría de los brasileños, lo cual se convirtió en una especie de ceremonia iniciática. Tras la frustración y el sentimiento de opresión por un sistema corrupto, muchas de estas personas deben haber reforzado los lazos de grupo.

El problema es que ahora, luego de haber cruzado la línea roja y de haber intentado dar un golpe en persona, muchos podrían sentir que ya no hay barreras. Sin embargo, esta sensación es un caldo de cultivo perfecto para el nacimiento de posibles grupos terroristas de extrema derecha, que podrían estar bien armados y que contarían con el apoyo de ciertas facciones de la policía, las Fuerzas Armadas y de una red política internacional.

En otras palabras, los ataques golpistas de Brasilia pueden haber sido el rito de iniciación de un posible naciente grupo terrorista de extrema derecha en Brasil. Por ello, la justicia brasileña debe estar alerta e identificar a las agrupaciones que se tienen que desarticular de inmediato para evitar su complicidad con un ya consolidado pseudopartido político muy competitivo electoralmente y con capacidad de hacer aflorar valores y prácticas fascistoides en la sociedad a través de su gigantesca máquina de propaganda.

El fascismo en Brasil es una fuerza que llegó para quedarse, que ya va más allá de Bolsonaro y que probablemente prescindirá de él, incluso, en lo electoral. Vencer a ese fascismo cultural será un trabajo de largo aliento, que trascenderá al actual gobierno Lula-Alckmin y no debe verse afectado por las disputas entre la izquierda y la derecha moderada.

Perú, el país de Nunca Jamás

Sesenta muertos en cuarenta y siete días. El Perú se redibuja nuevamente como una caricatura indeleble de nuestra incapacidad colectiva, temores e incompetencia para la búsqueda de un bien común perdurable. Como aquel país de la ficción infantil británica Peter Pan, el Perú es el reducto geográfico en el que comanches, piratas y adultos de perenne inmadurez conviven, sin rendición de cuentas o respeto de la ley. Como resultado, tenemos un popurrí de grupos de interés con el principal objetivo de forzar la renuncia de la presidenta Dina Boluarte y la convocatoria a elecciones de manera inmediata.

Ahora, la pregunta vargasllosiana que parafraseo a continuación sin querer forzar el cliché es: ¿en qué momento se jodió el Perú esta vez?

Suponer que este vendaval de violencia y anarquía surge de forma espontánea el 7 de diciembre del 2022 es de supina ingenuidad para quien se diga peruano. Si buscamos un origen reciente, los peruanos comenzamos a fragilizar la enclenque tradición política que iniciamos el 2001 con el malbaratamiento de herramientas legales y constitucionales, pero de uso excepcional, como las mociones de censura, mociones de vacancia y cierres constitucionales del Congreso.

Desde el 2016 en adelante fuimos testigos de una guerra de desgaste entre todos los actores políticos: Fujimoristas, izquierdistas, seguidores de Martín Vizcarra, y derechistas en general, y por entre los palos, toda la delincuencia organizada del país: narcotraficantes, traficantes de tierras, caciques regionales vinculados a actividades ilegales como la minería y tala ilegales, y muchos más, que, a su vez, se enriquecen y adquieren poder en este desgobierno y caos. Donde la ley no impera, manda el poder de su dinero.

La clase política, si se le puede llamar así en el Perú, empleó mecanismos legales y constitucionales de forma irresponsable, como si se le entregaran armas a un niño del País de Nunca Jamás que no distingue de la severidad o uso como último recurso de cada una de ellas. Hoy la izquierda reclama indignada por la salida de Pedro Castillo de la presidencia, pero olvida que en marzo del 2018 fue la más entusiasta, junto con el fujimorismo, en propiciar la renuncia de Pedro Pablo Kuczynski y el ascenso de Martín Vizcarra. En buen cristiano, la vaca se olvida cuando fue ternera.

Como resultado, ante nuestros ojos pasaron disoluciones fácticas del Congreso y vacancias presidenciales que contribuyeron a que, desde entonces, hayamos tenido seis presidentes: en promedio, uno por año.

Tal fragmentación llevó a la incertidumbre y volatilidad de las elecciones del 2021 que, por lo impredecibles, llevaron a dos candidatos que, en conjunto, apenas acumulaban algo más del 30% de votos válidos en la primera vuelta. Jamás, desde el final de la dictadura de las Fuerzas Armadas en 1980, dos candidatos presidenciales pasaban al balotaje con menos del 50% obtenido entre ambas fuerzas políticas.

Las elecciones no estuvieron exentas de cuestionamientos, que hubieran venido de cualquiera de ambas partes en caso hubieran sido perdedoras. El cuestionamiento al sistema y reglas electorales es síntoma de la precariedad y debilitamiento institucional arrastradas desde que se rompieron algunas reglas no escritas que permitían cierto equilibrio de gobierno cada quinquenio desde el 2001 hasta el 2016.

La precariedad y la improvisación no pueden parir el orden y la predictibilidad, por lo que el ascenso al poder de Pedro Castillo vino bañado de gestos vacuos, sin la menor idea de cómo hacer gobierno y con centenares de favores que cumplir a varios de los grupos de interés que conviven en los márgenes de la legalidad en el Perú. Sujetos con procesos abiertos por terrorismo, vínculos con el narcotráfico, denuncias de violencia doméstica, charlatanes ejerciendo la medicina en la periferia peruana, entre otros, pasaron a ocupar los más altos cargos ejecutivos a nivel nacional. Los menos idóneos al frente de los destinos e ilusiones de una vida más próspera de millones de peruanos.

La incompetencia y dolo de varios de estos funcionarios condujeron a la implosión de entidades públicas que, tras décadas de clientelismo y uso politizado, habían pasado a ser brazos ejecutivos de política y gestión. El Perú pasó a ser administrado por individuos que escondían fajos de dólares en un baño de Palacio de Gobierno, o que malversaba dineros públicos para, insólitamente, pagar deudas en el sistema financiero. El Perú visto como botín de poca monta para quienes lo habían tomado por la fuerza de la ignorancia, la inmadurez y la fragmentación de sus gentes.

Como corolario de dicho desastre, las denuncias contra el presidente Pedro Castillo se hicieron tantas y tan veraces, que su vacancia parecía un hecho. Se hicieron sendas e improductivas mociones de vacancia desde el 2016 en adelante, pero quizá la más contundente y necesaria era la que se cocinaba a inicios de diciembre del 2022.

Preso de la desesperación y angustia, asesorado apenas por el díscolo ex primer ministro Aníbal Torres y por su advenediza jefa de gabinete, Betssy Chávez, Pedro Castillo llamó al golpe de Estado más absurdo que se hubiera visto en la Historia del Perú y, seguramente, en la Historia Universal. Totalmente desprovisto del poder de las Fuerzas Armadas, cualquier intento de interrupción democrática es inviable. Sin embargo, Pedro Castillo asumió tal decisión, con pleno conocimiento de lo que hacía y el objetivo: evitarse la prisión y gobernar de facto.

Afortunadamente para el país, la incompetencia evidente de Pedro Castillo para gobernar se hizo plena también en el kafkiano golpe de Estado que intentó perpetrar. De inmediato, el Congreso, incompetente también para cuajar una moción de vacancia sólida durante meses, pudo finalmente hacer sesión y, con abstenciones de sus propios partidarios como Guido Bellido, aprobaron vacar al presidente. En apenas tres horas, el Perú pasó de ser víctima del primer golpe de Estado del siglo XXI a enmarrocar al delincuente expresidente y conducirlo a la sede policial más cercana.

¿Es Dina Boluarte presidenta constitucional? Sí, lo es. Pedro Castillo fue vacado por atentar contra la Constitución que juró defender. Si hay un golpista, es Pedro Castillo, no Dina Boluarte. Sin embargo, no pasaron ni 24 horas para que todos aquellos grupos de interés que perdieron el favor obtenido durante el corrupto régimen de Castillo, saliera a las calles para azuzar y provocar a miles de peruanos con el propósito de liberar a Castillo, forzar la renuncia de Boluarte y convocar a una Asamblea Constituyente que sigue sin generar consenso.

Ahora, la gestión de Boluarte desde su origen hizo agua: no cuenta con lealtades en el Congreso, ni partido político. Ha armado gobierno con lo que ha podido, y en esa improvisación no sorprende que la brutalidad y manejo poco eficaz de acciones de Inteligencia hayan llevado a tan torpe contención de estos grupos de interés. Los sesenta fallecidos son una tragedia, porque, a fin de cuentas, quienes mueren no son los azuzadores de un lado o los generales del otro: son los pobres que, como carne de cañón, van a contener las marchas o se lanzan contra un pelotón policial. Por supuesto, que lo acontecido requiere que se investigue a profundidad y que se sancione a quienes hayan sido responsables de esas muertes. En esa línea, es también fundamental que se esclarezca el origen de estas acciones, tanto de los azuzadores y agitadores, como de quienes cumplen órdenes ejecutivas.

Esto nos debe conducir no a una, sino a varias reflexiones.

En un país como el Perú, donde existen leyes, normas y documentos hasta la saciedad, el problema no está en cambiar el texto, sino en hacerlo cumplir. El problema del Perú no pasa por el pensamiento mágico de escribir otra Constitución. La Carta Magna actual protege y promueve, entre otras cosas, el derecho a la sanidad y educación públicas y de calidad. Si no se hace cumplir, no es falta del texto, sino de la incompetencia e inmadurez de la clase dirigente nacional que no sabe hacer frente a esa exigencia y con el refuerzo de criminales y grupos al margen de la legalidad que medran de esta anarquía sin contrato social.

Al Perú le urge reconstruir un contrato social de respeto a la vida, a la integridad física y mental de las personas, al trabajo digno, al acceso a la salud y educación de calidad, a una jubilación decente, al orden, a la seguridad y a la propiedad privada y a la oportunidad de buscar un mejor futuro para ellos y sus familias. Sin estas condiciones, sin esa predictibilidad para planificar una vida mejor, el Perú es inviable.

En esa línea, desde fuera, es lamentable que los medios de comunicación compren solo una versión de los hechos, cuando lo que se vive en el país es resultado incendiario de sectores organizados que solo buscan recuperar cuotas de poder. La complejidad del contexto no da lugar a visiones dicotómicas, de blanco y negro, buenos y malos. Sin embargo, la prensa internacional parece haberse comido tal cuento.

Sí, en el Perú existen demandas postergadas de urgencia, pero estas no surgen el 7 de diciembre de 2022, y es de candidez enorme suponer que estas van a ser atendidas después de toda esta tragedia. Esas voces, reales y legítimas, serán ahogadas por el reclamo interesado que se reduce a la salida de Boluarte y cambiar la Constitución. Es más trágico aún que así se vea y se deje pasar, con indiferencia.

El que anticipe con bola de cristal qué puede ocurrir a continuación no merece la menor atención, puesto que en el Perú tal ejercicio es mera gitanería. Tras el paro nacional del 19 de enero en adelante, es tan posible que Boluarte renuncie como que la violencia continúe. En el interín, los inmaduros de siempre, los comanches y los piratas, siguen haciendo del Perú, ese país donde no gobierna nadie, ese lugar del Nunca Jamás.


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