Lula, de la perseverancia y del final del bolsonarismo

Luiz Inácio Lula da Silva es probablemente el político latinoamericano que más veces se ha presentado a una elección presidencial en las últimas cuatro décadas y, junto al dominicano Leonel Fernández, el que más elecciones competitivas ha ganado. Su edad, 77 años, hará que a partir de enero próximo sea el mayor de los presidentes de la región. Sus dos mandatos presidenciales anteriores (2002-06 y 2006-10) no solo supusieron la histórica llegada al poder de un hombre de izquierda, sino que constituyeron un periodo de avance de la democracia, de crecimiento económico y de reparto de la riqueza, con la consiguiente disminución de la desigualdad y la eliminación de importantes bolsas de pobreza.

La bonanza económica, los débiles mecanismos de control y un reparto indiscriminado del pastel político entre amplios sectores de la clase política dispararon los casos de corrupción que alcanzó cotas de amplia generalización. Los enemigos políticos de Lula apuntaron a él como máximo responsable, pero su culpabilidad no llegó a ser fehacientemente probada, aunque penó 580 días de prisión. Esa circunstancia le inhabilitó para ser candidato en 2018.

Brasil, por otra parte, es un caso singular de presidencialismo de coalición, lo que supone que los Gobiernos están acostumbrados a generar en el Poder Legislativo amplias coaliciones para sacar adelante sus políticas públicas. El elevado número de formaciones políticas, así como criterios de alta proporcionalidad en su sistema electoral legislativo, hacen del país uno de los de mayor fragmentación de su sistema de partidos.

También se trata de un país federal con estados como São Paulo, con una gran población y una economía que le situaría en el tercer lugar de entre los países latinoamericanos si fuera independiente. El país cuenta, además, con una diferencia notable entre sus propios estados en términos de las principales variables socioeconómicas. Por otra parte, desde 1985 ha venido consolidando instituciones políticas en el ámbito de la Administración Pública, del Poder Judicial y del Tribunal Superior Electoral, cuyo desempeño es ejemplar. Además, logró el sometimiento de los militares al poder civil.

Sin embargo, hace cuatro años la insólita elección de un candidato con magras cualificaciones políticas cambió el escenario político en dos direcciones marcadas por un preocupante nivel de desinstitucionalización. En primer lugar, el vencedor de los comicios, Jair Bolsonaro, puso en marcha una operación de personalización extrema y, seguidamente, cuestionó una parte fundamental del orden democrático, como es el ordenamiento electoral, que lo hizo el centro de sus diatribas y con la consiguiente erosión de la democracia.

Tras cuatro años de poner en duda a un sistema electoral modélico, articulado desde 1996 mediante el voto electrónico, las denuncias sobre supuestas irregularidades se multiplicaron por 20 pasando de una cifra en torno a las 700 en 2018 a las 14.000 en 2022. En la primera vuelta presidencial en la que también se eligió al Congreso y a autoridades electorales, los cerca de 700 millones de votos emitidos fueron escrutados en menos de tres horas sin reportarse desviaciones notables y quedando revalidado el trabajo del Tribunal Superior Electoral por la plural veeduría internacional.

Los comicios de Brasil han comportado ciertas similitudes en cuanto a los resultados en comparación con sus países vecinos. La más evidente supone el hecho de la alternancia política, tal como ha sucedido en todas las elecciones libres y competitivas celebradas en los últimos tres años en América Latina donde la oposición se alzó con el poder. En segundo término, tal como acaeció recientemente en Chile y en Colombia, un candidato de la izquierda llegó al poder. En tercer lugar, el Gobierno tendrá que trabajar para componer una alianza que lo apoye en el Congreso, algo que también ocurre en estos dos países y a lo que se suman Costa Rica, Perú y Uruguay, que tuvieron, asimismo, comicios recientes. Finalmente, el margen de victoria del vencedor sobre el perdedor ha sido de poco más de dos millones de votos, es decir, el 1,8% del electorado, una cifra mayor a la que se registró en Perú y en Uruguay donde la victoria de Pedro Castillo y de Luis Lacalle, respectivamente, ocurrió por una diferencia aún más pequeña.

No obstante, un buen número de trabajos de opinión que han sido publicados han insistido de manera obsesiva en la idea de un país radicalmente dividido, cuando el escenario es más complejo. No es solo una cuestión del avance de la denominada polarización afectiva frente a la clásica de carácter ideológico; lo que ha ocurrido debe vincularse con los efectos del presidencialismo en el que la lógica que se sigue es la de “suma cero” y el resultado es que el vencedor se lo lleva todo.

Además, en un escenario en el que solo compiten dos candidatos, la tendencia no hace sino consolidar la batalla mediática que se viene librando desde hace meses, por no decir años. Las campañas electorales centradas en candidatos afinan hoy sus estrategias en el hiperindividualismo que se enseñorea de las sociedades líquidas mediante el uso de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación. La explosión de los bulos y el manejo de las cajas de resonancia que constituyen las redes sociales vacían las campañas de cualquier contenido programático.

Lula cuenta con el sostén de un partido político que fundó hace cuatro décadas y que mantiene cierta solvencia en el panorama político del país y ha gozado del apoyo de políticos tradicionales del sistema político brasileño que se sitúan en el espectro de la centro-derecha, como es el caso de su compañero de fórmula Geraldo Alckmin, del del expresidente Fernando Enrique Cardoso y de la candidata Simone Tebet.

Por otra parte, la localización geográfica del voto no hace sino representar una división del país que es histórica en términos de su renta, algo que se refleja en el hecho de que Lula ganara en 13 estados, y Bolsonaro en 14. Un estado relevante como es Minas Gerais ha vuelto a votar como la media del país.

Frente a ello, Bolsonaro ve dilapidado su capital político al quedar fuera de las instituciones y ni siquiera tiene la seguridad de contar con el partido prestado que apoyó su candidatura. En efecto, ahora el Partido Liberal encara una gestión de sus propios activos en el ámbito legislativo y en el estadual. Por su parte, el complejo mundo del evangelismo que aupó a Bolsonaro centrará su atención para los próximos cuatro años en la gestión de su transversal bancada legislativa sin tener necesidad de aquel que hace cuatro años y medio volvió a recibir el bautismo en el río Jordán como vanidosa premonición del desastre del manejo de la COVID-19. La política brasileña tiene presidente, pero no líder de la oposición.

Escazú, ¿un acuerdo nocivo para la región?

La gran mayoría de expertos en temas de sostenibilidad apoyan el Acuerdo y recientemente ONG ambientalistas y de derechos humanos de la región han comenzado a reclamar a los Gobiernos la adhesión de sus países al Acuerdo. Sin embargo, también hay voces que consideran que el acuerdo es un mecanismo concebido por poderes transnacionales para limitar la autonomía de la región.

En qué consiste el acuerdo

El Acuerdo de Escazú es un tratado internacional que tiene como objetivo gestionar el territorio y el medio ambiente y que en última instancia está sujeto a los tribunales internacionales. Se aplica exclusivamente a países de América Latina y el Caribe, y “ninguna otra región del mundo ha suscrito un acuerdo de esta naturaleza”, explica el ingeniero venezolano Julio César Centeno.

El acuerdo se basa en tres conceptos señalados en el principio diez de la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, de 1992. Este fue emitido por la cumbre de ONGs que se hizo de manera paralela a la Conferencia de Naciones Unidas para el Medio Ambiente y el Desarrollo, en la cual se aprobó la Convención sobre la Diversidad Biológica y el Acuerdo Marco sobre el Cambio Climático. Básicamente, el acuerdo comprende el derecho público en tres ámbitos fundamentales: el acceso a la información ambiental, la participación en procesos de toma de decisiones de tipo ambiental y el acceso a la justicia en asuntos que afecten el medioambiente.

De esta manera, el Acuerdo de Escazú, jurídicamente vinculante, obliga a los Estados a dar a conocer, sin restricciones, toda la información que poseen acerca del medioambiente y los recursos naturales del país. Además, obliga a los Estados a garantizar la colaboración con cualquier persona natural o jurídica, nacional o extranjera, sujeta a la jurisdicción nacional, que se interese en la toma de decisiones y el seguimiento de cualquier acción de desarrollo, pública o privada, con efectos ambientales, reales o potenciales. El acuerdo obliga, también, a los Estados a garantizar a esas personas el acceso a la justicia para solventar discrepancias sobre cualquier tipo de desarrollo que presumiblemente afecte al ambiente.

Sin embargo, agotadas las instancias judiciales nacionales, el Acuerdo contempla apelar a la jurisdicción internacional, abriendo las puertas al dictamen final y vinculante de entes como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CorteIDH) y la Corte Penal Internacional (CPI).

El jurisconsulto, catedrático de la Universidad de Harvard y ex canciller del Perú, Francisco Tudela, expresa que “agotadas las instancias nacionales, el destino final de cualquier controversia sobre afectación ambiental en el marco del Acuerdo de Escazú es la Corte Interamericana de Derechos Humanos, cuyos dictámenes serían jurídicamente vinculantes”. Por lo tanto, quienes finalmente decidirían sobre cualquier actividad vinculada a la gestión del territorio, ya sea pública o privada, no serían los tribunales nacionales, sino la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Las voces en contra del acuerdo

Debido a ello, actores regionales como el ingeniero Centeno, el jurista Tudela u organizaciones comunitarias como la Mancomunidad Amazónica Peruana, que agrupa a los Gobiernos regionales, consideran que el acuerdo es un mecanismo legal para que poderes transnacionales tengan injerencia y poder de decisión con respecto a los recursos de los países de la región.

Está “claro que las decisiones sobre nuestro medio ambiente y sus controversias serán transnacionalizadas. Ya no dependerán de los peruanos ni de nuestras instituciones públicas, sino de organismos internacionales, ubicados fuera de nuestras fronteras y comprometidos con intereses ajenos a los nacionales”, indicaron los miembros de la citada Mancomunidad peruana.

El convenio permite a los defensores del ambiente tomar medidas para defender sus derechos y de la “salud” medioambiental. De esta manera, organizaciones internacionales podrán restringir y controlar la autodeterminación de los Estados de América Latina y el Caribe con respecto a la gestión de sus recursos naturales y sus territorios. Básicamente se someterá “toda decisión sobre actividades de desarrollo, aprovechamiento de recursos naturales y gestión del territorio a la voluntad de terceros, instrumentos no elegidos por la voluntad de los ciudadanos de cada país”, afirmó Centeno.

Los terceros a los que hace referencia Centeno, son, principalmente, ONG y fundaciones nacionales o extranjeras con residencia autorizada en el país, las cuales, en su mayoría, responden a intereses ajenos a los de la nación donde operan. De hecho, muchos de estos entes utilizan su poder para influenciar a activistas y organizaciones locales.

Además, muchas de las ONG y fundaciones locales suelen estar financiadas por organizaciones internacionales a las cuales deben responder, como transnacionales ambientalistas, organizaciones como la USAID, organismos de cooperación internacional de países desarrollados, entre los que sobresale la española AECID, o del ámbito privado.

En este contexto, durante el mes de septiembre se desarrolló en el Congreso de Perú y en el marco del Parlamento Andino el “Análisis del Acuerdo de Escazú”. Allí, mientras la representante del Ministerio del Ambiente, Fey Yamina Silva Vidal, afirmaba que el Acuerdo se basa en la necesidad de conservar los recursos naturales ilimitados, el parlamentario Jorge Montoya afirmó que el mismo “viola la soberanía nacional” y que “firmar Escazú sería abdicar y aceptar que no somos capaces de auto gobernarnos”.

El Acuerdo de Escazú es un experimento jurídico que se aplicará únicamente a América Latina. Y en este contexto, para ciertas voces como Centeno, busca “el control de los inmensos recursos de esta privilegiada región”.

El espinoso regreso de Lula

Después de contener el aliento por 45 horas, a la espera de que el presidente Bolsonaro aceptara públicamente la resolución del Tribunal Superior Electoral que convierte a su contendor Lula da Silva en presidente electo de la República, parece llegada la hora de confirmar la buena nueva de que el bolsonarismo desalojará el palacio de Alborada. No importa que no haya reconocido explícitamente la derrota electoral y que no haya felicitado al ganador de las elecciones. Si hace honor a su palabra de que “seguirá cumpliendo los mandatos de la Constitución”, existe espacio para la esperanza de que en Brasil se producirá un cambio de gobierno de forma pacífica.

Otra cosa es observar con realismo el escenario que se abre ante el futuro gobierno de Lula da Silva. Se ha repetido hasta la saciedad que el Brasil que recibe nada tiene que ver con aquel que empezó a gobernar el primero de enero del 2003. Comenzaba entonces el boom de los commodities que elevó los ingresos de toda la región y, en el plano político, su opositor había sido José Serra, el delfín de Fernando Henrique Cardoso del Partido socialdemócrata del Brasil. Además, Lula ganaba las elecciones con el 61% de los votos, es decir, se evidenciaba un claro desplazamiento del electorado hacia posiciones progresistas.

Nada de eso tiene lugar en el Brasil actual. El clima económico es de estancamiento, espoleado por una inflación inducida y en medio de una crisis internacional. El clima político no oscila entre el centro y la izquierda, sino que muestra una profunda división entre una izquierda contenida y una derecha agresiva. De hecho, la victoria de Lula es la más estrecha desde el regreso a la democracia en el gigante sudamericano. Apenas un punto porcentual (50,9% frente al 49,1%).

Con esa escasa diferencia, es un alivio que Bolsonaro no esté recurriendo los resultados por las vías legales. Además, el poder legislativo que se ha constituido es mayoritariamente favorable al actual presidente y representará una poderosa brida para las políticas del nuevo gobierno, sin mencionar la gobernación de los poderosos estados de San Pablo y Rio de Janeiro, en manos de los seguidores del presidente saliente.

En su discurso de celebración de la victoria, Lula da Silva ha reconocido que su principal reto consistirá en evitar la polarización y comenzar a unificar el país. Pero esa no será una tarea fácil en lo absoluto. De hecho, para acometerla acertadamente, se ha de partir de un diagnóstico acertado. Y en ese sentido Lula no se mostró demasiado realista cuando negó que hubiera “dos Brasiles”. Eso es confundir los deseos con la realidad. Como ha señalado acertadamente el exministro boliviano del MAS, Manuel Canelas: “Bolsonaro ha sido derrotado en las urnas, pero es innegable que culturalmente no”.

El resentimiento social contra el progresismo de las élites que ha sabido cautelar Bolsonaro, como ya lo hizo Trump en Estados Unidos, no es precisamente una tormenta de verano. En realidad, los resultados electorales en Brasil muestran una situación similar a la de Colombia o Chile. La división en Colombia es histórica y recientemente ha tenido lugar en Bogotá una concentración multitudinaria para dar inicio a una marcha nacional contra el presidente Petro. Mientras que en Chile, el presidente Boric pudo comprobar que la otra mitad del país era capaz de derrotarle en la consulta popular sobre el cambio constitucional.

Los resultados electorales de Brasil confirman así el diagnóstico de la región. No se ha producido un desplazamiento del electorado hacia posiciones progresistas, como tuvo lugar en el pasado, incluyendo la experiencia del propio Lula a comienzos de este siglo. Lo que se manifiesta es una profunda división sociocultural en estos países, pese a la conformación de gobiernos progresistas.

En estas condiciones adversas, Lula da Silva tiene un estrecho margen de maniobra. Si quiere gobernar para todos los brasileros tendrá que conciliar con representantes de Bolsonaro, pero eso le puede causar desafección entre amplios sectores del Partido del Trabajo. De momento, tendrá que comenzar por pacificar el país. Las acciones violentas de los camioneros y otros grupos bolsonaristas en estos primeros días tras la elección no son buenos augurios.

¿Democracia hackeada? La desaparición de los otros

Mucho se ha escrito desde 2016 sobre la llamada posverdad. Dada la novedad de lo que pueden hacer las nuevas tecnologías en la manipulación y distorsión de la realidad, de crear mentiras a escala global y creíbles, de las fake news y su viralización, específicamente en la política, parecería como si estuviéramos ante alguna nueva forma de acceso a la verdad, a mejores y más poderosas formas de mentir y distorsionar los hechos.

Pero el problema no es que se mienta a esa escala, sino que no hay referencia común a la búsqueda de la verdad. Se ha perdido la fe en los hechos, en la facticidad, porque la información circula desconectada de la realidad y la verdad se puede construir y deconstruir sin un mundo común que compartir.

El problema no es que se mienta, porque es algo que siempre existió en la política, sino que no haya distinción entre verdad y mentira. Asistimos a una nueva ceguera ante los hechos, porque la verdad se reduce a la impresión subjetiva de cada uno y se constituye en verdad suprema para cada uno, sin necesidad de confrontarla con la facticidad.

El verdadero problema de fondo es que se deja de creer en la verdad, y la realidad queda desconectada de toda la información que circula. El verdadero problema son individuos que no pueden ver a los otros, sino solo a sí mismos encerrados en un subjetivismo ensordecedor que los incapacita para escuchar a los otros.

El problema más grave al que se enfrentan las democracias actuales, cautivadas y sumergidas en el tsunami informativo y el manejo de datos, es algo más profundo y complejo que el impacto de las nuevas tecnologías y del indigerible caudal de información que se produce continuamente. El problema es la desintegración de una cultura común, de una conciencia común de lo real y de mínimos éticos compartidos, todo ello sostenido en un individualismo cada vez menos capaz de comprender la vida junto a otros.

En uno de sus últimos ensayos, el filósofo Byung Chul Han (Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia, Taurus, 2022) analiza el impacto de la digitalización sobre la esfera política y los trastornos que se generan en los procesos democráticos. Tal vez una de las cuestiones más significativas de su análisis, que no aparece tan clara en analistas contemporáneos, es el cambio estructural de la esfera pública y el final de la acción comunicativa, debido al encierro narcisista de nuestro tiempo.

Cuando el smartphone se convierte en un «Parlamento móvil con el que se debate en todas partes y a todas horas», se crean enjambres digitales que publican permanentemente información privada, acelerando la desintegración de la esfera pública: «Produce zombies del consumo y la comunicación, en lugar de ciudadanos capacitados».

La crisis de la democracia es una crisis del escuchar

En un trabajo anterior, el filósofo describe la cultura narcisista en la que vivimos (La expulsión de lo distinto, 2019), enferma de igualitarismo y de un hiperindividualismo subjetivista que es incapaz de escuchar la voz de los otros. Asistimos al fin del discurso, porque el discurso es un movimiento de ida y vuelta. Cuando solo importa mi realidad, mi experiencia, mi visión y nada más, el otro desaparece y, con él, lo fundamental del discurso público.

«La expulsión del otro refuerza la compulsión autopropagandística de adoctrinarse con las propias ideas. Este autoadoctrinamiento produce infoburbujas autistas que dificultan la acción comunicativa». Y a medida que aumenta la autopropaganda, solo crece la escucha de uno mismo y nada más.

Un problema creciente en nuestros días es la incapacidad para separar mis opiniones de mi identidad. Al no poder distinguir a las personas de sus ideas, las personas «se aferran desesperadamente a sus opiniones porque, de lo contrario, su identidad se ve amenazada». En esta situación, Han entiende que cualquier intento de hacer cambiar de opinión a alguien está condenado al fracaso: «No oyen al otro o no lo escuchan… La crisis de la democracia es ante todo una crisis del escuchar».

Aunque la palabra empatía se ha puesto de moda, se la echa en falta, porque el culto al yo nos hace cada vez más sordos a la voz de los demás.

La crisis de la memoria individual y colectiva

Una crisis en la que poco se repara es la ruptura de las tradiciones y la fractura de la memoria individual y colectiva a la que asistimos. Una sociedad que corta y olvida sus raíces pierde sus relatos de sentido, su orientación y significado. La socialización de las nuevas generaciones no las conecta con sus raíces, sino con un caudal de información fugaz y atomizada. No solo hay un desprestigio de la historia, de la tradición y de las raíces culturales, sino que se vive de la novedad y de lo efímero, perdiendo la conexión con una cultura común y por lo tanto con mínimos valores compartidos.

Todos los que han hecho meritorias deconstrucciones, transformaciones y renovaciones de la herencia recibida, conocían muy bien el pasado y sabían sacar de él lo mejor para impulsarse hacia el futuro. Pero cuando se confunde deconstrucción con demolición y renuncia al propio suelo, se queda uno flotando en la nada, a merced de cualquier viento y sin orientación.

No es casual que el gran drama de nuestro tiempo sea la falta de sentido de la vida y el resurgir de manifestaciones fundamentalistas e identitarias que buscan compensar esa pérdida, que buscan atender esa nostalgia de un tiempo perdido y tal vez desconocido.

Se necesita reflexión, profundidad de análisis del pasado y del presente, y recuperar la memoria para no quedar a la deriva. A su vez, la vida humana solo es posible con otros y para ello es necesario volver a verlos, reencontrarse, escuchar y salir del encierro narcisista para que la política sea de verdad búsqueda del bien común y no un espectáculo frívolo de las miserias humanas.

La crisis de la política actual es simplemente un reflejo de la crisis de la cultura occidental que viene hace tiempo olvidando sus raíces y sus valores fundamentales.

*Este texto fue publicado originalmente en Diálogo Político


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Ganó Lula, triunfó la democracia

Luiz Inácio Lula da Silva será presidente por la tercera vez en Brasil. En el segundo turno de las elecciones más polarizadas desde el retorno a la democracia, Lula venció con el 50,90% de los votos frente al 49,10% obtenido por Bolsonaro. La victoria de Lula fue confirmada por el Tribunal Superior Electoral (TSE) a las 19:57 horas, cuando el 98% de las urnas habían sido contabilizadas y ha sido reconocida por los Estados Unidos y diversos países. Sin embargo, por las características de estas elecciones, su victoria representa mucho más que la resurrección política de Lula o del éxito del Partido de los Trabajadores (PT). Pese a diversas amenazas e intentos de entorpecer el proceso electoral por parte del gobierno de Jair Bolsonaro, el triunfo del mayor frente amplio desde la dictadura militar es a todas luces la victoria de la democracia sobre el riesgo de regresión autoritaria.

Las elecciones presidenciales del día 30 de octubre no fueron ecuánimes y se caracterizaron por la circulación de noticias falsas, altos niveles de desinformación, violencia política y amenazas directas a la continuidad democrática. El frente amplio pro democracia encabezado por Lula enfrentó a la máquina del Estado brasileño puesta al servicio del actual presidente para comprar votos y lealtades. A través del denominado “orçamento secreto”, considerando el presupuesto de 2023, el Ejecutivo habrá distribuido 80 mil millones de reales más allá de lo que permite la Constitución a cambio de apoyo político.

En un contexto de violencia y marcada polarización, entre los episodios más sobresalientes de la última semana destacan los disparos y el lanzamiento de granadas hacia miembros de la Policía Federal por parte de Roberto Jefferson, aliado de Bolsonaro en prisión domiciliaria que estaba siendo detenido de forma preventiva por incumplir medidas cautelares, divulgar noticias falsas e insultar a miembros del Supremo Tribunal Federal (STF); la amenaza y persecución armada en la calles de São Paulo de un apoyador de Lula por parte Carla Zambelli, diputada y estrecha aliada de Bolsonaro; y la denuncia improcedente de supuesto favorecimiento comunicacional de la campaña de Lula en las radios del país por parte del Ministro de las Comunicaciones Fabio Faria.

El hecho más grave fue, sin embargo, el intento de impedir o retrasar la votación de los electores a partir de controles y cortes ilegales de carreteras durante el segundo turno. Tales medidas fueron desarrolladas por la Polícia Rodoviária Federal (PRF), cuyo director fue recomendado por Flávio Bolsonaro y es apoyador del actual presidente, y tuvieron como objetivo especialmente la región Nordeste, donde se concentra la mayor parte de los apoyadores de Lula. Como ha sido relatado por diversos medios, la decisión sobre esta operación ilegal fue tomada en la residencia presidencial. Los más de 560 controles realizados a lo largo del país fueron denunciados públicamente por observadores internacionales y organizaciones como Transparencia Internacional.  Los mismos fueron interrumpidos solo tras la intimación de Alexandre de Moraes, ministro del STF y presidente del Tribunal Superior Electoral (TSE).

Pese a los intentos de obstaculizar el correcto desarrollo de las elecciones, los resultados arrojaron la victoria de Lula, sindicalista e histórico líder de la izquierda brasileña que fue impedido de participar en las elecciones de 2018 por haber sido condenado en un proceso parcial y sin pruebas suficientes en el marco de la operación Lava Jato. Por su parte, Jair Bolsonaro, actual mandatario y candidato de extrema derecha es el primer presidente no reelecto desde que se aprobó la enmienda de la reelección, en 1997. De forma inédita, 31,8 millones de brasileños se abstuvieron, es decir, el 20,6% de las personas con derecho a voto, una cifra importante, pero menor respecto al primer turno donde la abstención alcanzó el 20,95%. Los votos blancos y nulos juntos representaron el 4,59% del total.

Brasil está de vuelta

En su primer discurso oficial, usando un tono conciliador, Lula agradeció a todos los sectores que lo apoyaron y a los medios de comunicación. Dijo que gobernará para todos los 215 millones de brasileños, puesto que no existen dos países, sino una sola nación. El histórico dirigente del PT también reconoció la necesidad de pacificar y reconstruir el país, recuperando el diálogo y la convivencia social con todos los actores. Además, Lula asumió la necesidad de gobernar respetando la autonomía de las instituciones y reconstruyendo la convivencia armónica entre los tres poderes.

En relación a las prioridades anunciadas, acabar con el hambre que hoy afecta a 33 millones de brasileños según la Red Penssan, reducir la pobreza y las desigualdades y retomar las políticas sociales fueron los primeros compromisos asumidos. Lula hizo también hincapié en que Brasil está de vuelta y que a partir de ahora es necesario reconquistar la credibilidad, la previsibilidad y la estabilidad para recuperar la confianza internacional y atraer inversiones extranjeras. Junto a estos objetivos fueron también establecidas como metas la industrialización y el retorno del protagonismo de Brasil en las relaciones internacionales, promoviendo diversas reformas y proyectos de cooperación Sur-Sur y Norte-Sur. A diferencia de la política exterior del gobierno Bolsonaro que hizo de Brasil un paria a nivel regional y global, Lula anunció el retorno del país a la lucha global contra el cambio climático, las desigualdades y a favor de un comercio más justo. En relación a la Amazonía, asumió el compromiso de poner fin a la deforestación que alcanzó niveles récord durante el actual gobierno.

Al margen de los anuncios y las buenas intenciones, los desafíos que tendrá que enfrentar el gobierno encabezado por el binomio Lula-Alckmin a partir de enero de 2023 serán enormes y requerirán múltiples esfuerzos y concesiones por parte de todos. Las disputas geopolíticas y el complejo contexto económico en el que se verifica su victoria también dejan prever no pocas dificultades para alcanzar sus metas. Sin embargo, el triunfo de la democracia y la posibilidad de reconstruir un proyecto de convivencia pacífica y justicia social para Brasil son por sí solos una buena noticia.

Sólo la política frenará el cambio climático

Un reciente informe de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) destaca que los gases de efecto invernadero (GEI) han alcanzado niveles récords: un 50% más durante el período 1990-2021. Además de mostrar los niveles extremos de dióxido de carbono que alberga la atmósfera, el informe pone de relieve el peligroso incremento que evidencian las emisiones de metano: aunque permanece menos en la atmósfera, su efecto sobre el cambio climático resulta mucho más pronunciado. Más preocupante es la tendencia que proyecta: los años que vienen vamos a arder.

Según el último informe de la Agencia Internacional de Energía (AIE), la invasión de Rusia a Ucrania acarreó una carrera por nuevos proyectos petroleros. El aumento en el precio de los combustibles fósiles brinda a las petroleras ganancias extraordinarias, a un grado tal que António Guterres, secretario general de las Naciones Unidas, no para de denunciar, al tiempo que clama por impuestos extraordinarios.

El mayor costo energético, sin embargo, podría acelerar la transición energética, como plantea el director ejecutivo de la AIE, Fatih Birol. Tal aseveración se fundamenta con hechos, como los cambios aparejados a partir de la irrupción de nuevos paquetes verdes, por ejemplo, la ley de reducción de la inflación, que introdujo el gobierno de Joe Biden, en EE. UU., la batería de medidas que ha creado la Unión Europea (UE) o los nuevos paquetes de Japón, Corea del Sur, China e India. En definitiva, aun cuando algunos celebren una mayor producción y otros salen a buscar gas a cualquier rincón del planeta, tanto productores como compradores saben que el pico de fósiles está a la vuelta de la esquina.

Dejando de lado las promesas, lo cierto es que, de continuar el nivel actual de producción y consumo, las proyecciones seguirán siendo catastróficas, tal como surge del último informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP, por sus siglas en inglés): La brecha de emisiones de las Naciones Unidas: la ventana que se cierra, UNEP, 2022. Considerando los compromisos asumidos por los países en París en 2015, (las denominadas contribuciones nacionales determinadas —CND—), vamos hacia un índice de emisiones que produce un aumento de 2.5 Cº en la temperatura promedio del planeta.

Los efectos que el incremento de 1.2 Cº ha causado en 2022 son evidentes: un tercio del territorio de Pakistán está bajo el agua, los casquetes polares se derriten y Groenlandia va perdiendo el permafrost, tal como se conoce a la capa de suelo permanentemente congelado. Todo ello implica un alza en el nivel de los océanos, lo cual repercute en las ciudades costeras de todo el mundo. La industria aseguradora lo sabe. Por ello, ha dejado de asegurar numerosos hogares en las zonas costeras de EE. UU.

Tal como surge de los últimos informes del panel internacional de expertos en cambio climático (IPCC, 2022), el principal obstáculo es político. Lo que se necesita son nuevas regulaciones e impuestos, tanto como el rediseño del sistema financiero. Y ello no solo es responsabilidad de los países desarrollados: en la región, la industria petrolera recibe cuantiosos fondos, al tiempo que se beneficia de grandes subsidios. La transición no puede dejarse en manos del mercado, son los Gobiernos locales los que deben fijar las metas y canalizar los fondos.

Estos reportes repercutirán, sin duda, en Sharm el Sheij, Egipto, donde tendrá lugar la 27.va Conferencia de las Partes (COP). Varias delegaciones de la región van a destacar el papel que Latinoamérica puede desempeñar en el mercado energético como proveedor de gas natural. El entusiasmo no solo refleja precios, sino también la declaración de la UE respecto a considerar al gas como sustentable. La urgencia no solo tapa lo importante, sino que también justifica incoherencias.

Las señales equivocadas lamentablemente pueden terminar llevando a decisiones erróneas. Una serie de informes del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) plantea los altos riesgos financieros que acarrea embarcarse en estos proyectos: activos varados. Un informe reciente de la UNEP, ¿Es el gas natural una buena inversión para América Latina y el Caribe?, destaca lo errado que resultaría avanzar en esta dirección.

Teniendo en cuenta tanto lo económico como lo social, el informe resalta que los beneficios resultan sensiblemente menores a los que generaría avanzar con la transición. La apuesta por renovables podría crear tres millones de empleos, además de implicar adelantos tecnológicos hacia cadenas de valor más dinámicas. Pensando en las necesidades energéticas que enfrenta la región, invertit en renovables conllevaría ahorros millonarios; ello, fruto de la continua caída de los precios de los equipos.

Pero en las decisiones públicas prima el corto plazo, no existen grietas al aplaudir el extractivismo. Ciertamente los precios envían señales favorables, pero las decisiones de inversión se rigen por la rentabilidad. Son los Gobiernos los que deberían, con sus políticas, señalar los peligros que conlleva invertir en nuevos pozos y avanzar con el fracking. Sin embargo, salvo excepciones, nadie en la región propone el debate.

Todo lo anterior nos plantea la necesidad de transformar nuestro esquema de producción, nuestro sistema de transporte, la vida misma. Los reportes mencionados son una muestra de la seriedad del problema. Si queremos que la temperatura no aumente por encima de los 1.5 Cº de aquí al 2030, las emisiones de GEI deberían caer en un 45%. Tenemos los medios; las alternativas resultan factibles en lo técnico y en lo económico. No obstante, la avaricia puede más que la simpatía, una lectura parcializada de la obra de Adam Smith.

Si no actuamos, no solo estamos condenando a las generaciones futuras, sino que forzaremos a millones de personas a lanzarse a la búsqueda desesperada de nuevas fronteras, y sentenciaremos a miles de personas a exponerse a eventos cada día más extremos. Y si se desatienden los peligros que implica avanzar sobre los límites de la Tierra, la economía pierde sentido. Al presentar el último informe, la directora ejecutiva de la UNEP, Inger Andersen, afirmó que la ventana se nos cierra, que no hay espacio para cambios incrementales, pues el tiempo se ha acabado. El momento actual nos exige repensar nuestro modo de vida, replantear nuestra visión de desarrollo. 

Qué implica la reforma electoral que impulsa el Gobierno mexicano

En 2018 los mexicanos votaron por Andrés López Obrador, un candidato disruptivo cuyo discurso prometía romper con la política tradicional y favorecer a las personas más desprotegidas. Desde entonces, se ha impulsado una serie de reformas constitucionales que, más que estimular el debate y la construcción de acuerdos, profundizaron la polarización política.

Recientemente el partido oficialista “revivió” una iniciativa de reforma político-electoral de fondo. Uno de sus puntos medulares es sustituir el Instituto Nacional Electoral (INE) por el Instituto Nacional de Elecciones y Consultas (INEC), disminuir de once a siete el número de consejeros electorales y que estos sean propuestos por los poderes de la Unión y electos por el voto popular. Esta reforma incluye al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF).

El proyecto también comprende suprimir los Organismos Públicos Locales Electorales (Oples), así como los tribunales locales, para que toda la administración y justicia electoral se concentre tanto en el INEC como en el TEPJF.

Por otro lado, la reforma plantea una nueva configuración de las cámaras de Diputados y de Senadores que reduce el número de diputados de 500 a 300 y de senadores de 128 a 96. Estas figuras legislativas, además, pasarían a ser elegidas por el sistema de representación pura, es decir, a partir del porcentaje de votación obtenido. Y, a su vez, se pretende incluir a quienes integren los ayuntamientos en los municipios.

La reforma propone, asimismo, la eliminación del financiamiento ordinario a partidos políticos, lo que limitaría el flujo de prerrogativas exclusivamente a periodos electorales. Del mismo modo, se procura la implementación del voto electrónico y la reducción de radio y televisión en materia electoral.

¿Cómo entendemos esta reforma?

La reducción del presupuesto a partidos políticos (no su eliminación), la implementación del voto electrónico, la disminución de integrantes del Congreso y hacer más eficiente el gasto en los procesos electorales, sin comprometer su calidad, son aspectos positivos de esta iniciativa.

Sin embargo, la reforma debería fortalecer la calidad de las elecciones y garantizar el acceso de todas las personas a cargos electivos a través de la cristalización (para alcanzar el rango constitucional) de acciones afirmativas que tanto el INE como los Oples han impulsado en favor de segmentos de la población históricamente marginada. Vulnerar derechos al coartar la participación de aspirantes en la conformación del máximo órgano de deliberación nacional debería evitarse con la permanencia de convocatorias abiertas, sin embargo, sí deberían revisarse los requisitos y el proceso de evaluación.

Un aspecto de la propuesta que debería ser analizado al detalle es el de disminuir el número de consejerías electorales. Si el criterio es financiero, debería ponderarse la nueva carga de trabajo a la que se enfrentará este nuevo órgano. Pero en caso de que llegase a prosperar la propuesta para crear el INEC, cuestión que no se visualiza fácilmente en el interior del Congreso, resultaría importante sostener la renovación escalonada de sus integrantes y no vulnerar el derecho de nadie a participar, salvo los supuestos establecidos en la norma.

También es importante replantear el financiamiento a los partidos políticos (desde el porcentaje mínimo para acceder a las prerrogativas de ley), así como también revisar a la baja la fórmula de asignación de recursos. Además, entrados en reformas de fondo, habría que normar la distribución de estos de manera interna, es decir, evitar que los partidos políticos se conviertan en elefantes blancos cargados con fuertes nóminas y se pierda el sentido de estas agrupaciones: hacer política.

Respecto a la desaparición de los Oples planteada en la iniciativa oficial, es importante revisar su funcionamiento. Partiendo de lo local, han surgido numerosas políticas destacadas en favor de las mujeres, personas con discapacidad, indígenas, jóvenes, adultos mayores y diversidad sexual, entre otros, así como el uso de la urna electrónica y en casos puntuales, la organización de elecciones por sistemas normativos indígenas.

A su vez, el proyecto no enuncia de manera tácita qué sucederá con las elecciones municipales que se rigen por Sistemas Normativos Indígenas, también conocidas como Usos y Costumbres. Oaxaca, Chiapas y Guerrero cuentan con municipios que se rigen por este sistema y es el OPLE el que conoce y valida sus elecciones. Tan solo en Oaxaca, 417 municipios utilizan este sistema.

Ahora bien, el INE no cuenta con área especializada para revisar estos casos y ha optado por dejarlo en manos de las autoridades locales; por tanto, su experiencia en el tema resulta limitada. Entonces, ¿dónde quedan los derechos de las comunidades indígenas para elegir a sus gobernantes?

Por otro lado, de llevarse adelante la reforma electoral, habrá importantes ahorros en la organización de elecciones locales con la implementación de la urna electrónica y la disminución de prerrogativas a los partidos. De los Oples puede evaluarse el doble financiamiento que reciben los partidos (nacional y locales) y el regreso de consejerías ciudadanas, o bien, acotar el número de integrantes y los tiempos de receso, siempre revisando la particularidad de cada entidad federativa. El ahorro a escala local está en revisar la doble prerrogativa partidista.

Otra medida que puede resultar digna de analizar es la de generar una fórmula para la asignación de recursos a los Oples, tomando en consideración factores como la lista nominal y el número de elecciones por organizar en el ejercicio.

Respecto a la reducción y a la forma de elegir a las diputaciones y senadurías, así como la disminución de congresistas locales y concejalías a los ayuntamientos, hace falta un análisis minucioso que evalúe los beneficios y desventajas. La idea de homogeneizar procesos, asignaciones y atribuciones es interesante, siempre y cuando la intención no tenga otro fin que no sea el fortalecimiento del sistema electoral. La autonomía de estos órganos del Estado debe ser salvaguardada.

En conclusión, una reforma político-electoral debe ajustarse a la sana competencia de participantes, cuidar y reforzar las instituciones y evaluar lo que puede mejorarse. Se puede ahorrar y mucho, si hay sinergias de coordinación, si se revisan atribuciones y se simplifican procesos. La clave está en que las fuerzas políticas estén dispuestas a ceder. De ser así, podrá implementarse una reforma constructiva de cara a los comicios de 2024.


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América Latina y China en tiempos de incertidumbre mundial

Las dinámicas internacionales no dan tregua a la economía y al comercio internacional, lo que lleva a las organizaciones y analistas a la permanente revisión de las proyecciones económicas para los próximos meses. Lo cierto es que ya no es posible adelantar qué ocurrirá en la economía global, y la alternativa es limitarse a identificar posibles escenarios.

Actualmente, toda la atención mundial está centrada en la guerra en Ucrania que comenzó en febrero de 2022 y atraviesa una fase de acrecentamiento, dada la anexión de Vladímir Putin de otras cuatro provincias ucranianas. Junto con Crimea, anexada en 2014, Rusia controla el 22% del territorio de Ucrania y la porción más rica en productos agrícolas y minerales. Y a esto se suma el posible uso de armas nucleares por parte de Putin.

Pero también se ha llegado a límites inesperados en el enfrentamiento de Estados Unidos y China por Taiwán, dada la visita de la presidenta de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, Nancy Pelosi, a la isla. Mientras se estabilizan las tensiones entre las dos principales potencias mundiales, Corea del Norte dice presente con una seguidilla de lanzamientos de misiles, algunos de los que llegaron a atravesar territorio japonés.

En este contexto, las principales economías mundiales enfrentan enormes desafíos y ya evidencian resultados económicos muy deficientes en lo que va de 2022. Naturalmente la guerra en Ucrania ha tenido impactos en los precios internacionales, no solo de productos alimenticios, sino también energéticos, lo que afectó los precios internos con elevados niveles de inflación en los últimos meses.

Recientemente, y debido a las políticas monetarias y financieras (tasas de interés) seguidas por las principales potencias, además de cierta recuperación y el aumento de los niveles de oferta, los precios internacionales han sufrido una importante baja, si bien siguen a precios históricamente altos.

Por otro lado, está el factor China, que ha sufrido los efectos de su política de COVID cero en la economía, especialmente por las drásticas decisiones de cuarentenas obligatorias y cierres de puertos, tal como ocurrió con Shanghái. Si bien se espera que tras el comité central del Partido Comunista comience un levantamiento progresivo de las medidas restrictivas en China, es posible que hasta mediados de 2023 no se logre una estabilización total.

En los hechos, de acuerdo a los datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), en el segundo trimestre de 2022 la economía de China cayó -2,6%, mientras que la de Estados Unidos y el Reino Unido, -0,1% (en el caso de la primera potencia mundial, sería el segundo trimestre consecutivo de caída). Mientras tanto, Japón creció 0,5% en el segundo trimestre de este año y la eurozona, 0,6%.

Adicionalmente, el FMI prevé para el año 2022 y 2023 crecimientos económicos que estarán en los índices más bajos en lo que va del siglo XXI y espera una situación aún peor con el corte total del suministro de gas de parte de Rusia a la Unión Europea, lo que aumenta los riesgos de recesión. Por otra parte, la Organización Mundial del Comercio (OMC) revisó sus proyecciones para el crecimiento del comercio mundial para 2023, y este estará en los peores índices de las últimas décadas.

En este escenario de globalización económica e interdependencia, América Latina no está exenta de la crisis global, en especial por la importancia que tienen las principales economías mundiales como mercados de destinos de las exportaciones, por ejemplo, China, donde se observa una caída en las ventas hacia ese mercado (como también la ya señalada disminución de los precios internacionales de algunos productos).

Además, en tiempos de incertidumbre, el dólar se fortalece, lo que tiene implicancias en los grados de deuda de muchos de los países latinoamericanos. Estos, a su vez, se ven impactados por las subas de las tasas de interés para controlar la inflación. Ello encarece los índices de financiación de muchas de las economías emergentes.

Por otro lado, y más allá de los efectos recién señalados, algunos países de América Latina muestran desempeños mejores que los proyectados, incluso con la revisión al alza del crecimiento esperado para lo que resta del año. La capacidad de producir productos agrícolas y alimentos procesados (si bien existen amenazas climáticas), así como, en algunos casos, bienes energéticos de forma muy competitiva (con capacidad de exportar al mundo), es un enorme diferencial en la coyuntura actual en la que existen limitaciones de oferta estructurales.

En un contexto de inestabilidad, con guerras en curso y con temores, debido al atravesamiento de dificultades todavía mayores, conceptos vinculados con la seguridad alimentaria y la continuidad de las cadenas de abastecimiento ubican a muchos de los países latinoamericanos en una posición de ventaja comparativa, que debe ser aprovechada y complementada con reformas estructurales que aún siguen pendientes.

* Este texto fue publicado originalmente en la web de REDCAEM

La limitada noción de la democracia del presidente Boric

El presidente de Chile, Gabriel Boric, insiste con frecuencia en que se ha tenido que desprender de buena parte de los tópicos tradicionales de la izquierda chilena. Sin embargo, quizás no sea consciente de todos los que todavía arrastra. En las últimas semanas, ha repetido una frase que le encanta, pero sin darse cuenta de que refleja una noción de la democracia limitada, propia de la izquierda tradicional, en especial en América Latina.

El presidente afirma cada vez que tiene oportunidad: “La democracia está para resolver los problemas de la gente, porque si no lo hace, la gente se desencanta”. En eso consistiría el valor fundamental de la democracia: en procurar el bienestar de la población, sobre todo en el plano socioeconómico (aunque no únicamente). Al expresar esa idea, Boric se inscribe en la concepción usual de la izquierda latinoamericana, según la cual la naturaleza de la democracia es puramente instrumental; no tiene valor en sí misma.

Este desconocimiento del valor sustantivo de la democracia tiene consecuencias: es lo que ha conducido a elogiar al régimen cubano durante mucho tiempo y a disimular las “imperfecciones” de Gobiernos como el venezolano o el nicaragüense.

La izquierda latinoamericana se resiste todavía a admitir que la democracia tiene un doble valor. El sistema democrático no es simplemente una fábrica de bienestar. Su valor sustantivo consiste en que es un sistema que le permite a un conjunto social adoptar decisiones colectivas, en condiciones pacíficas y previsibles. Ese valor sustantivo es crucial para el desarrollo humano. Luego, las decisiones colectivas democráticas podrán gustarnos más o menos, ser acordes o no con nuestra ideología o nuestro sistema de valores. Pero si una decisión ha sido adoptada normativamente de forma correcta, la democracia ha cumplido con su función principal: permitir que el conjunto social pueda adoptar decisiones colectivas de manera pacífica.

Desde luego, el sistema democrático también se orienta hacia el bien común, y, en ese sentido, perseguirá el bienestar de la población. Pero reducir el valor de la democracia a esta segunda función refleja un menosprecio del valor sustantivo de la democracia, que puede poner en riesgo ese plano del desarrollo humano. Como dijo Adam Przeworski, el desarrollo es algo muy oral: poder comer y poder hablar. Y si se conculca cualquiera de los elementos del binomio se impide el desarrollo humano.

Por otra parte, el desconocimiento del valor sustantivo de la democracia induce hacia el mantenimiento de una deficiente cultura política cívica y política. Si la ciudadanía (y, sobre todo, sus representantes políticos) solo valora la democracia por su capacidad de generar bienestar, no puede extrañar el hecho de que la ciudadanía deje de sentirse comprometida con la democracia en cuanto aparezca una crisis económica nacional o internacional.

¿Dónde entonces habrá que buscar a los defensores del valor público del sistema político democrático? Y, desde luego, si no hay defensores del valor sustantivo de la democracia, este sistema político estará expuesto a múltiples crisis y nunca podrá afirmarse que se ha consolidado básicamente. Los sondeos de opinión muestran que en los países de la región continúan importantes bolsones de población con baja cultura democrática que desprecian el valor de la democracia.

El presidente Boric debería captar que en Chile hay todavía bolsones de esa población desentendida o desafecta respecto a la democracia y, de hecho, podrían haber tenido bastante peso en el resultado del pasado plebiscito. Desde luego, ambos planos del valor de la democracia se conectan: elevar el nivel de vida de la población también puede contribuir a un mayor compromiso con el sistema democrático. Pero no es algo automático ni lineal.

Es necesario poner especial atención a la elevación de la cultura política democrática en América Latina. Por ello, sería un logro fundamental del mandato presidencial de Boric el hecho de que el compromiso con el valor sustantivo de la democracia aumente apreciablemente entre la población al final de su gobierno. Sin embargo, para ello, debería desprenderse cuanto antes de esa noción de la democracia simplemente instrumental que todavía arrastra.


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Educación inicial para combatir la pobreza y la desigualdad

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Entre el año 2019 y 2020, la pandemia de la COVID-19 profundizó los problemas fiscales de los Gobiernos centrales en la mayor parte de los países de la región. En Ecuador, esta situación obligó al Gobierno a ejecutar recortes presupuestarios en varias áreas que afectaron fuertemente la provisión de servicios del Estado. Uno de ellos fue el recorte en el sector educativo, específicamente en el proyecto de Educación Inicial y Básica del Ministerio de Educación, lo que ocasionó el cierre del Servicio de Atención Familiar para la Primera Infancia (Safpi). Este servicio atendía las necesidades educativas de niños de tres y cuatro años de familias vulnerables, que, por sus condiciones, no podían asistir a una institución educativa.

Cuando se establecen este tipo de acciones en un país, el principio fundamental que debe guiar los recortes es que deben ser realizados en aquellos gastos o inversiones que son menos fundamentales o que afectan en menor proporción las necesidades básicas y el bienestar de su gente. Es decir, se deben efectuar de manera estratégica, pensando en el presente, pero también en el futuro.

De acuerdo con datos oficiales, en el programa Safpi se invirtió alrededor de 3,4 millones de dólares entre 2018 y 2020. Se trataba de un programa educativo de visita directa al hogar, que buscaba generar ambientes de aprendizaje favorables y sensibilizar sobre el papel de los miembros de la familia en el desarrollo integral de los niños. Por lo tanto, su presupuesto se destinó, en su mayoría, a la contratación de docentes, que en dos años lectivos llegaron a 400 parroquias y a entre 16.000 y casi 20.000 niños por periodo.

El cierre de este programa significó una gran pérdida para muchas familias, pero también para toda la sociedad en su conjunto. Los programas focalizados hacia familias vulnerables o de escasos recursos pueden reducir la pobreza y la desigualdad, ya que ayudan a nivelar las condiciones disparejas en las que las personas cultivan sus aprendizajes emocionales y sociales durante los primeros años de vida, los cuales determinan los resultados en el plano individual durante la vida.

Una de las claves, como lo menciona el premio nobel de economía, James Heckman, yace en que la desigualdad en el desarrollo de habilidades en las personas se explica principalmente por las características del hogar. Estas características incluyen los ingresos, la educación de los padres y madres, la nutrición y la calidad del cuidado y crianza que reciben los seres humanos en sus primeros años de vida.

En el caso de aquellos hogares que se encuentran en condiciones de pobreza y vulnerabilidad, varios de estos elementos son más bajos o de menor calidad, por lo que se siembran desigualdades entre personas desde la infancia.

La evidencia recabada en varios países muestra que aquellos niños de hogares en condiciones de pobreza o vulnerabilidad que participaron en este tipo de programas alcanzó un mayor nivel de desarrollo de habilidades, mejor desempeño escolar y nivel educativo, mayores ingresos, mejor salud, menor participación en criminalidad y un comportamiento menos violento en su adultez. En general, cada dólar invertido en estos programas rinde 7,3 dólares de beneficios, ya que se previene el incurrir en costos sociales y económicos futuros para remediar problemáticas generadas por personas que no alcanzan todo su potencial.

Si tomamos en cuenta esto, al analizar la eliminación del programa Safpi en Ecuador, debido a los recortes realizados por los efectos de la pandemia, no solo se afectó el acceso educativo de miles de niños, sino que también se eliminó un mecanismo que ha probado ser sumamente efectivo en cuanto a la reducción de la pobreza y la desigualdad, incluso sin tener en cuenta el hecho de que el programa contaba con un presupuesto relativamente bajo y hasta menor que los gastos en publicidad del Gobierno.

Esto nos deja, sin duda, dos grandes lecciones. La primera es que los programas de educación temprana son imprescindibles porque permiten igualar las condiciones en las que la población desarrolla sus habilidades en sus primeros años de vida. Y la segunda es que los Gobiernos y ciudadanos debemos tomar conciencia de que la decisión de recortar o eliminar una política o programa público debe fundamentarse en mantener una visión objetiva y estratégica que impacte mínimamente el bienestar social, y en una perspectiva a largo plazo.


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