Una región, todas las voces

Un punto de inflexión para la democracia colombiana

El estallido social que acontece en Colombia desde hace más de un mes se inscribe en un momento de cambio de ciclo político que comienza con la firma del Acuerdo de Paz con las FARC-EP en noviembre de 2016. Y no porque este tipo de protestas y su significado político tengan algo que ver directamente con lo comprometido a la guerrilla. Más bien, porque su desmovilización abre una ventana de oportunidad, por un lado, para la protesta social y, por otro, para la izquierda en general.

La interlocución social fue patrimonializada por la guerrilla

Acogiendo las tesis del reconocido sociólogo francés Daniel Pécaut, en Colombia, durante décadas, en gran medida la interlocución social con el Gobierno fue patrimonializada por la guerrilla. Esto cercenaba las posibilidades de la movilización social por fuera de la agenda del conflicto armado. Es decir, sin guerrilla de por medio, buena parte de las reivindicaciones, irresolutas y desatendidas durante décadas, encuentran un escenario diferente de problematización, visibilidad y politización.

De otra parte, igualmente durante décadas, el andamiaje político-partidista mayormente gravitó en torno al eje seguridad/paz. Como es de esperar, y más allá de las dificultades que lastran la implementación del Acuerdo de Paz, lo anterior libera un espacio de disputa política muy diferente. Es decir, aspectos tales como educación, salud, vivienda o condiciones laborales, durante mucho tiempo relegados a un segundo plano, pasan a ocupar una centralidad política.

Foto de Humano Salvaje

Esto desemboca en que el eje de la contienda política se desarrolle sobre un eje izquierda-derecha que se traduce, por ejemplo, en que Gustavo Petro obtuviese el mejor resultado de la izquierda colombiana en las elecciones presidenciales de 2018. Lo anterior, toda vez que en la actualidad es, nuevamente, el candidato con mayor respaldo político-electoral.

En este contexto de cambio de ciclo, igualmente, debe transformarse profundamente el rol de la fuerza pública y la noción misma de conflicto social. Al establecimiento político más recalcitrante, en el que se inscribe el uribismo, la protesta ciudadana siempre ha sido sinónimo de violencia.

Este simplismo, nada casual, en realidad supone rechazar de plano uno de los derechos que mayormente sustenta la democracia. Es decir, con los violentos no se negocia. A los violentos se les reprime. Y de paso, se consolida la idea de una democracia cuya base de derechos, libertades y garantías se entiende en términos de concesión, pero no de conquista.

Más de un mes de protestas dejan, además, imágenes para el olvido. Escuadrones de la policía que, en ocasiones, actúan más como sicarios que como garantes del orden público, disparando arbitrariamente contra la ciudadanía. Asimismo, “gente de bien” que, armada, ha salido igualmente a repeler de manera violenta las protestas, haciendo valer una suerte de lógica parapolicial que estuvo vigente en Colombia durante casi tres décadas.

Además, no puede obviarse el oscurantismo de las cifras. En los primeros días ya se hablaba de más de treinta muertos y mil heridos. Semanas después el seguimiento y la transparencia de las cifras brilla por su ausencia. Incluso, algunas organizaciones que hacen seguimiento al estallido social ya hablan de hasta 60 muertes, si bien la Fiscalía General de la Nación habla de 130 desapariciones.

Con abusos y desinformaciones por doquier, en cualquier país democrático, además de la dimisión del ministro de Defensa y de buena parte de la cúpula militar y policial, se estaría pensando, de manera inmediata, en una transformación profunda de la fuerza pública.

El estallido social corre el riesgo de desvanecerse

Sea como fuere, este estallido social corre el riesgo de desvanecerse con más pena que gloria. Primero, por la creciente cobertura mediática que asocia la protesta al vandalismo —algo típico en la desacreditación de toda movilización ciudadana—, pero también por la necesidad de mostrar algún tipo de avance tras un mes de paro ciudadano. De hecho, ya este fin de semana han sido multitudinarias algunas movilizaciones a favor del desbloqueo producido por la protesta.

El estallido social necesita dotarse de elementos formales que canalicen el sentimiento de hartazgo con el Gobierno en forma de actores claramente identificados. Necesita una hoja de ruta y una agenda correctamente definida y desde una interlocución legítima y representativa que consiga establecer mecanismos de intercambios cooperativos que sean mutuamente favorables para las partes. En concreto debe definirse con claridad del lado de la ciudadanía quién negocia qué, en nombre de quién, y para qué.

Tal vez, lo anterior debe realizarse, además, desprovisto de cortoplacismos. Este Gobierno está dando sus últimos estertores y en 2022 llegará un nuevo Ejecutivo, muy alejado del uribismo que, imperativamente, necesitará integrar buena parte de estos reclamos en su agenda política. Por ello, conviene evitar precipitaciones y entender que es momento de reformas estructurales de largo alcance y no de concesiones puntuales que se inscriban en el plano de la coyuntura.

En conclusión, nos encontramos ante un punto de inflexión para la democracia colombiana. Un punto que exige de compromisos institucionales y de una cultura política madura que puede redefinir un contrato social que, en Colombia, durante décadas, ha sido concebido como un instrumento de mínimos al servicio de unas elites políticas. Una élite que, con algunas honrosas excepciones, se han caracterizado mayormente por gobernar al margen de las necesidades de su sociedad.

Foto de © Leon Hernandez

Elecciones en Perú: “es el empleo, estúpido”

Coautor Álvaro Zapatel

En 1992, James Carville, estratega de campaña de Bill Clinton, colgó un cartel en su cuartel de operaciones que contenía 3 mensajes: cambio vs más de lo mismo, no olvidar el sistema de salud y “la economía, estúpido”. Bill Clinton terminaría popularizando la arenga sobre la economía, pues la frase, en tanto política, es contundente: el electorado tiende a preocuparse por la salud de su economía. 

En tal sentido, el indicador más tangible de fortaleza económica es el nivel de empleo. La capacidad de un gobierno para la generación de puestos de trabajo persiste como el hecho fundamental que permite avizorar su potencial éxito o fracaso. En el caso peruano, su economía está sumida en lo que se denomina como la trampa de los ingresos medios (middle income trap), que significa que este país no cuenta con un encadenamiento que absorba capital humano desde diversas industrias de alta productividad. Pero entonces, en Perú, ¿de qué vive la gente?

La informalidad

El 53% de la economía peruana se fundamenta en el sector servicios, de acuerdo con el último reporte país de Statista para el 2020. En efecto, los restaurantes, hoteles, comercios, taxis y actividades de similar índole representan más de la mitad del producto bruto interno de este país. Este sector es el gran empleador en un país con altos grados de informalidad (más del 70%), hecho que tiene una evidente correlación con este fenómeno. Cada quién vende lo que puede y como puede.

Se proyecta que para el 2024, 58% de la población económicamente activa peruana laborará en el sector servicios. Con las medidas restrictivas por la pandemia que ya acumulan un año sobre la ciudadanía, y la crisis generada por unas elecciones polarizadas, sabemos de antemano que otro periodo de incertidumbre política y económica se avecina y que afectará principalmente a este mayoritario y vulnerable sector. 

En tanto persista la informalidad, incentivos perversos que impiden una mayor sofisticación en el desarrollo de este segmento y la precariedad del empleo, el sector servicios pareciera estar condenado al estancamiento. En ese contexto, se vuelve imperativo el esfuerzo por generar mecanismos que incrementen la formalización, el crecimiento y la productividad. 

El sector servicios, de gran heterogeneidad, es intensivo en mano de obra especialmente en países amenazados por la trampa de ingresos medios como el Perú y perenniza la postergación de la automatización que permita incrementar la productividad. Para resolver parte de ese problema, destaca la buena práctica realizada por España, mediante instituciones públicas que fomentan la tecnificación del comercio exterior, como el ICEX España Exportación e Inversiones, entidad que ha generando alianzas entre productores regionales españoles y grandes jugadores internacionales en el sector logístico como es el caso de Amazon, para posicionarse como marcas premium. Algunas de las empresas beneficiadas por el ICEX, venden volúmenes de cientos de miles de euros al mes y solo tienen menos de cinco empleados, dado que el e-commerce les ha permitido reducir costos.

Perú requiere reforzar sus diferentes cadenas productivas con burocracias que vayan más allá de llevar a productores a concursos y ferias internacionales, y generen acuerdos que permitan vender volúmenes mayores mediante denominaciones de origen con calidad certificada, es decir, en bloque y para el sector premium internacional. En Amazon, hoy podemos ver que, gracias a la gestión conjunta de productores y negocios exportadores, existe la sección denominada “Products from Spain”, que pone en vitrina lo mejor de este país, y cuyos principales compradores están fuera, generando mejoras de productividad debido al ingreso de divisas extranjeras como la libra de Reino Unido, que es el principal comprador de esta sección de Amazon.

Las discusiones entre candidatos, y sus respectivas propuestas, suelen parecerse a listas de compras: enumeran deseos y pocas veces se escucha o se lee sobre la manera en que se conducirán tales promesas, dado que la ciudadanía no suele exigir que se brinde mayor detalle al respecto.

¿Cómo aumentar la productividad?

Desde la economía, se sabe que existen pocas maneras de aumentar la productividad: shock tecnológico o mediante la capacitación de la población económicamente activa y su educación orientada a determinadas industrias. Si a ello se le suma el precario nivel aptitudinal de la fuerza laboral peruana, el panorama es retador, cuando menos. Por ejemplo, de acuerdo con la Evaluación de Competencias de Adultos (PIAAC) de la OCDE, menos del 0.5% de la PEA peruana cuenta con competencias laborales mínimas, y menos del 1% cuenta con competencias mínimas en lógico-matemática para el trabajo.

Entonces, con 1 millón de nuevas personas que se sumarán a la fuerza laboral, acumuladas entre el 2020 y el 2024, habría que preguntarse: ¿dónde y en qué condiciones trabajarán? ¿Qué producirán? ¿A qué industrias contribuirán? ¿Cómo se encadenan a un marco estratégico productivo que se debiera tener como país? ¿Es viable la colaboración y transferencia de conocimiento proporcionado?

Por ejemplo, se podría incluir a grandes distribuidores a nivel global como Amazon, para generar un encadenamiento con mayor productividad, que asegure a ese millón de personas un mejor futuro, con trabajos pagados por encima de la línea de la subsistencia, evitando el subempleo e impulsando nuevos emprendimientos.

Es de perogrullo decir que para poder exportar y tener buenas relaciones con otros países, se requiere tener una visión globalista de la economía. Por lo tanto, es desalentador tomar conocimiento de propuestas de gobierno que plantean el cierre de fronteras comerciales con el propósito de generar procesos endógenos de industrialización que ya han demostrado ser ineficaces en la consecución de mayor productividad y mejora del capital humano.

En el Perú, lamentablemente, abunda la vocación por plantear política pública sin base en evidencia y los que pierden, como siempre, son los que menos tienen. Por ello, con ánimo de mejorar el nivel de la discusión política peruana, les recordamos la frase con la que se inició este artículo, pero con un cambio: es el empleo, estúpido. 

Álvaro Zapatel es economista y profesor adjunto en el Instituto de Empresa de Madrid. Fue consultor en Práctica Global de Educación del Banco Mundial. Máster en Administración Pública por la Universidad de Princeton.


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Foto de Nando.uy en Foter.com

Elecciones concurrentes en México

Este domingo se celebrará la elección intermedia más importante de las últimas décadas. Se renovará por completo la Cámara Baja y todas las entidades del país tendrán elecciones locales concurrentes con la federal. Se disputan 20,415 cargos en total: 500 diputaciones federales, 15 gubernaturas, 1,923 ayuntamientos, 1,063 diputaciones locales y 14,222 regidurías, además de concejalías, sindicaturas, juntas municipales y presidencias de comunidad.

En esta contienda, las estrategias de competencia de los partidos políticos son diferentes de las estrategias a nivel subnacional y las opciones para la Cámara de diputados federal se reducen debido a las coaliciones. Por un lado se encuentra Morena-PT-PVEM, el partido de gobierno sumado a partidos menores, que mantiene una ventaja, y por otro PAN-PRI-PRD, coalición de los tres principales partidos que se habían disputado el poder durante los últimos 30 años en México, lo cual es una especie de ensayo de lo que veremos para 2024. Por su parte, el partido Movimiento Ciudadano optó por ir sólo para fortalecer su identidad para el 2024, al igual que los partidos de reciente creación debido que así los obliga la legislación.

La finalidad a corto plazo de estos últimos es mantener el registro nacional, aunque lo más probable es que, a pesar de sus estrategias por posicionar candidatos famosos sin trayectoria política —actores, deportistas, luchadores y personajes reconocidos— no logren mantenerlo. Cabe señalar que, aunque la estrategia de posicionar famosos no es nueva ni exclusiva de algún partido, fue la apuesta de los nuevos partidos ya que no cuentan con fondos ni espacio en medios de comunicación para competir en igualdad de condiciones con los demás.

En este sentido, las estrategias de competencia de los partidos a nivel subnacional van en relación a las condiciones de competencia local de cada partido, razón por la que vemos todas las combinaciones de coaliciones posibles. Esto, sin embargo, genera el riesgo de que los ciudadanos puedan confundirse a la hora de votar, como ya ha pasado en procesos anteriores.

Las elecciones más incluyentes

Por primera vez habrá en México paridad de género en las candidaturas en todos los cargos de elección popular, incluidas las presidencias municipales y gubernaturas, espacios que hasta ahora habían sido casi exclusivos para hombres.

Actualmente, sólo dos mujeres ocupan la titularidad del poder ejecutivo en los estados en contraste con 30 entidades donde los titulares son hombres. Este no es un tema menor, porque de confirmarse las tendencias en la intención de voto, al menos cinco mujeres estarían ocupando estos espacios, lo que ayudaría a derribar los prejuicios de género que se ven reflejados en el incremento de la violencia hacia las mujeres en el ámbito político. El último informe del Instituto Nacional Electoral (INE) reporta 108 quejas sobre faltas o delitos que pueden constituir violencia en razón de género.

Otras acciones afirmativas que se aprobaron y que, por supuesto no han estado exentas de la resistencia y violencia por parte de los propios actores políticos, son las que garantizan espacios de representación a grupos que históricamente han sido vulnerables. Entre ellos las personas indígenas, afrodescendientes, con alguna discapacidad y de la comunidad LGBTTTIQ+.

La violencia política-electoral

Según el reporte de la Consultoria Etellekt, el proceso electoral 2020-2021 es ya “el segundo más violento desde el 2000”. A unos días de la jornada electoral van más de 443 víctimas; 282 aspirantes y candidatas, 79 profesionales de la política y el resto son víctimas que eran familiares o colaboradores de los políticos. Se precisa también que la violencia se intensifica en el ámbito municipal, donde incluso se puede decir que hay lugares donde no existen las condiciones básicas para ejercer libremente los derechos políticos, y a pesar de ello, habrá elecciones.

Las misiones de observación electoral internacional han señalado la violencia política como uno de los mayores retos para las elecciones. Más que la propia contingencia sanitaria, ya que las autoridades electorales han demostrado su capacidad para implementar protocolos con excelentes resultados en las elecciones locales del 2020 en Coahuila e Hidalgo.

Lo que se espera este 6 de junio

A medida que se acerca la elección se intensifican las malas prácticas electorales. Abundan las noticias falsas, encuestas manipuladas, simuladores de “voto útil” y hasta campañas pagadas en favor del abstencionismo y el voto nulo, que buscan influir y/o manipular la decisión de los votantes. Ninguna de estas prácticas es nueva, pero en condiciones de pandemia estas podrían tener un efecto mayor.

Otra variable que no favorece la participación es el antecedente de que las y los mexicanos participan menos en elecciones intermedias. Sin embargo, no se había tenido una elección intermedia con tantos cargos en juego, razón que podría incentivar a los ciudadanos para salir a votar.

Otro aspecto destacables es que desde el inicio del proceso electoral, se han intensificado las tenciones entre el partido en el gobierno y los consejeros del INE. Por lo que es muy posible que existan conflictos poselectorales si los resultados no favorecen a los candidatos de MORENA, especialmente en Guerrero y Michoacán.

Para la “Cuarta Trasnformación” que impulsa López Obrador, son de suma importancia los resultados electorales dado que influirán en su proyecto para los siguientes tres años. Hasta ahora, entre la mayoría de las analistas electorales hay un consenso que predice que el partido gobernante disminuirá su número de curules en comparación con sus resultados en 2018.

Sin embargo, su estrategia de coalición con el Partido del Trabajo, y sobre todo con el Partido Verde, le dará los suficientes curules para obtener la mayoría absoluta (50+1) y acercarse a una mayoría calificada (2/3) del congreso. Esto se podría asegurar incluso con el transfuguismo legislativo que es cuando los legislador cambia de partido durante su cargo.  Aunado a esto, MORENA será el partido con mayor número de gubernaturas, entre 13 y 14 según las tendencias.

De volverse realidad este escenario, el partido oficialista tendría todas las posibilidades para impulsar cambios constitucionales mientras que la oposición tendría que afinar una coalición más amplia para las elecciones de 2024.


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Foto de Carlos Herrera Tello en Foter.com

Venezuela: crisis interminable y diálogo de sordos

Nunca es tarde para que los intelectuales críticos latinoamericanos reconozcamos el autoritarismo del gobierno venezolano. Ya hay suficientes razones para que los académicos “progresistas” asumamos públicamente el “cierre” del régimen y tengamos en cuenta este hecho a la hora de analizar las posibles salidas al “empate catastrófico” establecido en Venezuela. Mantener el silencio, o preservar un apoyo formal (a veces acrítico) al régimen de Nicolás Maduro no ayuda a resolver el impasse.

Las críticas del proceso venezolano

El tema es difícil de abordar. En los primeros años de la “Revolución Bolivariana” de Hugo Chávez ocurrieron muchas cosas bonitas y emocionantes en Venezuela. Una nueva Constitución amplió los derechos sociales y abrió el espacio para los mecanismos de democracia directa y participación popular. Las inversiones sociales y las campañas de movilización redujeron considerablemente la pobreza, erradicaron el analfabetismo y ampliaron el acceso a la atención sanitaria.

Se construyeron miles de espacios de democracia participativa como los Consejos Comunales, que en sus primeros años contaron con la participación de la mayoría de la población, incluidos los opositores. En el ámbito de las relaciones internacionales, la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) trató de construir una alternativa a la dominación estadounidense en la región del Caribe. 

Además, existe un gran temor a que, al criticar al chavismo, se caiga en argumentos que deben evitarse a toda costa. Yo mencionaría al menos dos malos argumentos que se complementan entre sí. El primero es la acusación de “populismo” que siempre se lanza contra cualquier líder que busque una relación directa con las masas eludiendo los mecanismos liberales de representación.

El populismo es un concepto vacío y combativo que generalmente se utiliza para deslegitimar al adversario. Apenas disimula el miedo de pueblo de los que acusan a alguien de populista, la demofobia de los que esperan que la política se canalice siempre a través de las instituciones de la democracia liberal. Aquí llego al segundo mal argumento contra el chavismo que es la visión limitada de la democracia, que para muchos se reduce a reglas y procedimientos para organizar la disputa política entre grupos de élite. La participación popular, el olor del pueblo, la movilización, la política en la calle es el terror de esta gente.

El fin de la democracia

Se entiende entonces por qué tenemos tanto miedo de criticar al chavismo. La mayoría de sus críticos son elitistas y autoritarios desde hace más de dos décadas, y esgrimen argumentos en su contra desde estas perspectivas. Así, durante mucho tiempo, hemos ignorado o criticado en voz baja problemas graves como la profundización de la dependencia del petróleo o la creciente militarización de los cuadros gubernamentales.

En cualquier caso, se celebraban elecciones fiables verificadas por organismos internacionales, se preservaban los espacios de la oposición (casi todos los principales periódicos y canales de televisión venezolanos de la época), y el chavismo quedó efectivamente legitimado por el voto mayoritario.

En 2015 comenzó una deriva autoritaria. Tras la desaparición del líder chavista en 2013 y el recrudecimiento de la crisis económica derivada de la caída del precio del petróleo y los graves problemas en la gestión del Estado, la oposición obtuvo una mayoría cualificada en las elecciones parlamentarias (dos tercios de la Asamblea). Con ello, podrían reformar la constitución y bloquear el gobierno, señalando el principio del fin del proceso bolivariano.

El gobierno optó entonces por reaccionar y aplicar sucesivos “golpes” a través de las instituciones para sobrevivir, maniobrando a través de los resquicios institucionales con los que contaba y los apoyos que aún tenía en el aparato estatal en el Ejecutivo, el Poder Judicial y las Fuerzas Armadas. Se adoptaron sucesivas interpretaciones distorsionadas de la Constitución para mantener al chavismo en el poder.

Foto de andresAzp en Foter.com

Entre otras cosas, se anuló la elección de los diputados de la oposición para impedir que ésta mantuviera una mayoría cualificada en la legislatura; se utilizaron todos los subterfugios para retrasar y finalmente evitar la convocatoria de un referéndum revocatorio, para el que se habían recogido suficientes firmas; y se convocó una “Asamblea Constituyente” que no llegó a ninguna parte sólo para eludir la legislatura de mayoría opositora.

Así, la democracia venezolana se degeneró. Aun siendo un defensor de la tesis de que la democracia puede asumir muchas formas, que es mucho más que las instituciones, no puedo aceptar que la democracia signifique “gobierno de una minoría”.

Y eso es lo que es hoy el chavismo, un régimen que se mantiene en el poder representando a la minoría del pueblo venezolano, a través de elecciones ilegitimas en las que la mayoría no está de acuerdo en participar. Si en democracia se forma una nueva mayoría, la nueva minoría debe reconocer su derrota. Desde 2015, Maduro no ha dado señales de considerar esta posibilidad.

La cuestión es que la oposición no ha sido capaz de constituir una alternativa fiable tras varios intentos de golpe de Estado y episodios de no reconocimiento de las reglas del juego también por su parte. No ayuda que la oposición se asocie con el trumpismo y el bolsonarismo, defienda una invasión militar de su propio país y esté dirigida por un autoproclamado “presidente”. Por otro lado, no se vislumbra ninguna salida de ninguna oposición de izquierdas o efectivamente popular.

El diálogo como clave para superar la crisis sin fin

En una danza macabra entre un chavismo que ya ha demostrado que hará cualquier cosa para mantenerse en el poder —y mantiene el apoyo militar— y varias oposiciones que se debaten entre el golpismo, el abstencionismo y eventualmente el diálogo, Venezuela vive un “empate catastrófico”. En esta situación en la que fuerzas diametralmente opuestas se bloquean mutuamente, avanza una crisis humanitaria con hambre, huidas a través de las fronteras de Colombia y Brasil y cruces precarios en barco hacia Trinidad y Tobago.

El tema de Venezuela parece haberse convertido en una crisis interminable. Es difícil encontrar una salida dada la extendida crisis económica y sanitaria, la profunda polarización, los sabotajes y el papel sedicioso de actores externos desestabilizadores como el trumpismo, la Organización de Estados Americanos y los gobiernos de Duque y Bolsonaro.

Si hay alguna solución posible, será a largo plazo: diálogos, diálogos y más diálogos, mediados por actores internacionales mínimamente equilibrados. Es de esperar que, en algún momento de esta historia, se retome todo ese potencial bloqueado de participación popular, se exprese todo ese aprendizaje participativo acumulado y se reencuentre la llama dormida de la esperanza revolucionaria en algún lugar de este hermoso país.

Foto de MARQUINAM en Foter.com

¿Repetirá Lula la historia de Brizola?

Durante la campaña presidencial de 1989, la portada de la edición del 12 de noviembre del Jornal do Brasil titulaba «Brizola – la vuelta al punto de partida en 1964: a un paso de la presidencia». Así, Leonel Brizola, entonces ex gobernador de Rio Grande do Sul y líder del Partido Democrático Laborista (PDT), reaparecía en la escena política como candidato presidencial, 25 años después. Su objetivo, retomar el «hilo de la historia». 

Esta expresión sintetizaba el eje central de su campaña electoral de 1989. Tras las presidencias de Getúlio Vargas y João Goulart y tras la interrupción forzada de la democracia por la dictadura militar, había llegado el momento de que Brasil redescubriera el laborismo.

La campaña de Brizola

En la campaña, Brizola ofreció al pueblo brasileño los logros pasados de las leyes y políticas laboristas de Vargas y Goulart. Sin embargo, el líder laborista no imaginó que el pueblo brasileño reclamaría el futuro a ser conquistado. Fernando Collor de Mello, el nuevo liberal del conservadurismo brasileño y Luís Inácio Lula da Silva, el nuevo socialista, derrotaron a Brizola y disputaron la segunda vuelta de las elecciones presidenciales.

El líder laborista no entendió que los brasileños estaban cansados del pasado de la dictadura, que formalmente se había agotado en 1988 con la llegada de la Constitución Ciudadana. Las elecciones de 1989 abrirían un nuevo ciclo democrático en el país. Y todos los que formaron parte del pasado debían permanecer allí, incluso los que lucharon para que el pasado fuera diferente.

Paradójicamente, Brizola había envejecido junto al régimen militar contra el que tanto había luchado. El pueblo brasileño quería avanzar, ocuparse del presente y cuidarlo para que se convirtiera en el futuro esperado. Brasil, entonces, decidió elegir lo nuevo, o mejor, los representantes de lo nuevo, que como sabemos, muchas veces aparecen como simulacros, repetición de lo viejo, o incluso, espasmos de lo viejo, cuando, según Gramsci, lo viejo no se extingue e impide que nazca lo nuevo.

El Brasil de 2022 puede repetir la historia, como decía Hegel, y habiendo sido una farsa en 1989 (Collor), puede consumarse como tragedia en 2022, recordando también a Marx.

En el escenario actual, la Era Lula -1989 a 2022- puede tener un desenlace similar al de la Era Brizola -1961 a 1989-. Esta definición de Era responde a dos criterios: el líder ungido con voz nacional y la afirmación-negación del líder en la escena política. Así como Brizola irrumpió a nivel nacional como líder de la Legalidad en 1961 y en 1989 retornó, Lula pasó a la segunda vuelta en 1989 y es también el líder que se afirmará o negará en 2022.

En la definición que propongo, los resultados electorales y los elegidos son secundarios. El valor que consagra la Era está dado por la dimensión del protagonista y la inserción de sus ideas en el escenario político del país a lo largo del período referido.

La polarización entre Lula y Bolsonaro exterioriza el enfrentamiento entre el retorno a los gobiernos pasados de Lula y a la reiteración de Bolsonaro, el líder de un gobierno débil en todos los sectores, desde la economía hasta la salud, que envejeció tempranamente por intentar rescatar el régimen militar como por no haber hecho nada para desarrollar la nación.

Bolsonaro no es un líder forjado en el campo de la lucha política. Es sólo un producto de la era digital, como Waldo en la serie estadounidense Black Mirror, en medio de las desviaciones del Partido de los Trabajadores en el Palacio de Planalto. Hay que vigilarlo de cerca, pero es secundario en terminos históricos. Si no fuera por el trágico resultado de la pandemia, su gobierno sería recordado en un párrafo en los libros de historia de la escuela secundaria.

Elecciones de 2022

Lo que se decidirá en 2022 es si acabamos con la era Lula mediante el voto o si abrimos un nuevo ciclo democrático en el país. Para ser más didácticos: la victoria de Lula o de Bolsonaro representará la prolongación de la Era Lula. La victoria de un proyecto verdaderamente nuevo puede o no surgir de las urnas ante la eventual consagración popular de un liderazgo alternativo a la polarización.

De los nombres propuestos, a excepción de Ciro Gomes, los demás son experimentos de la élite nacional para encontrar su legítimo representante, lo que, por otra parte, no han conseguido hasta ahora. La élite brasileña, en el último periodo, o se concilió con Lula, o se sometió a las aventuras de Temer, primero, o de Bolsonaro después.

El hecho es que 2022 puede ser interpretado por el votante como una oportunidad para pasar página. Lula será presentado como el líder de las conquistas sociales, pero como dijo el ex ministro de Justicia de su segundo gobierno, Tarso Genro, las conquistas se naturalizan y se asimilan como resultado de la actuación individual del sujeto.

En 2022, Lula puede ser lo viejo que intenta vencer al monstruo gramsciano de la transición, alimentado por los errores petistas que hasta ahora ni siquiera han sido admitidos por el líder y el PT. Lula no podrá presentarse con un discurso posmoderno, ni siquiera contemporáneo. Tendrá que invertir en el discurso de retomar el hilo de la historia. 

De esa manera, siendo asimilado como lo «viejo» a ojos del elector, Lula puede repetir la historia de Brizola. Sobre todo si el ciudadano brasileño, cansado del ciclo de la promesa, traicionado por la operación lava-jato, e iluminado por la comprensión de que su destino no pasa por volver al pasado lulopetista, que tuvo en Bolsonaro el legado más contundente, se abre a nuevas perspectivas y rechaza a los representantes del mismo ciclo. En este momento, un espectro ronda Brasil: la experiencia de 1989.

Fotos Antigas RS – Visite

América Latina busca protección social

Latinoamérica atraviesa una de las situaciones más dramáticas de su historia. La pandemia persiste y algunos de sus países se encuentran entre los mas castigados del planeta. Ha quedado en evidencia la falta de servicios estatales capaces de atender la enorme demanda sanitaria debido a la disminución y en gran parte privatización de los mecanismos de previsión social. Esto ha potenciado, en varios países de la región, agudos procesos sociales y políticos que se venían experimentando previo a la pandemia.

Apertura, desregulación y privatizaciones

En las últimas décadas, la mayoría de las economías latinoamericanas se habían reorganizado siguiendo la receta de la apertura, la desregulación y las privatizaciones. Y una de las consecuencias mas notorias fue el achicamiento del Estado y el traspaso de muchas de sus funciones, especialmente en materia de educación, salud y previsión, al sector privado.

La llegada de gobiernos de corte social demócrata o izquierdistas morigeró a ratos ese proceso, mediante una redistribución via presupuesto. Pero ello descansó en gran medida en el incremento de los recursos fiscales que proveyó el boom de las materias primas a comienzos de siglo. Hacia mediados de la segunda década las economías comenzaron a enfriarse y la crispación volvió a emerger.

En 2019 Ecuador, Chile, Colombia y Bolivia vivieron convulsos estallidos sociales.  Regiones del interior de Perú se resistían a diversos proyectos extractivistas avalados por los gobernantes limeños y crecía la indignaba con la corrupción de sus elites. Los argentinos vivieron ese año un derrumbe económico, con una gran inflación y una peor devaluación, lo cual terminó con una deuda impagable con el FMI.  Las elecciones sirvieron de válvula de escape y así emergió el gobierno de Alberto Fernández.

Brasil y México vivían los primeros momentos de Bolsonaro y AMLO, cada uno en su estilo canalizando la protesta social acumulada. Venezuela prosiguió en crisis y expulsando migrantes que empezaron a saturar la capacidad de los países vecinos. Y en Centro América, entre la eterna crisis y la amenaza de las maras, surgieron las caravanas de migrantes rumbo al Norte.

Ante semejante escenario, como siempre, el republicano Uruguay y la democrática Costa Rica se mantenían como los únicos bastiones de estabilidad en la región. 

El inicio de la pandemia

En marzo del 2020 apareció el primer caso de Covid-19 en Brasil. A las pocas semanas, cuarentenas, desplomes económicos y miedo azotaron a los latinoamericanos. Según la CEPAL, en el 2020 las exportaciones se redujeron un 13% al tiempo que las importaciones cayeron un 20%. La contracción económica de la región fue cercana a un 8%, la mayor en 120 años.

La rabia acumulada se mezcló con la incertidumbre laboral y la amenaza sanitaria. Las sociedades buscaron protección y los ojos se volvieron hacia el Estado. Pero la mayoría de los países carecían de servicios estatales capaces de atender la enorme demanda sanitaria.

El crecimiento económico de los años previos en muchos casos incrementó el trabajo informal y el endeudamiento de las familias por la vía de la expansión del crédito privado. Así, la cuarentena y el encierro encontró a millones de trabajadores latinoamericanos sin ingresos formales, dependiendo del día a día y endeudados. 

Los caminos de salida

Es difícil delinear el final del túnel cuando la mayoría prosigue penosamente en el “callejón de la amargura”. En aquellos países donde el estallido de la crisis sanitaria, sumado al descontento social preexistente coincidió con un proceso electoral, la energía se canalizó o se está encauzando por esa vía como en Argentina, Ecuador, Perú. Y en Chile surgieron acuerdos para llevar a cabo reformas institucionales profundas.

En cambio, donde no existen mecanismos institucionales para procesar las demandas sociales y las elecciones se ven algo lejanas, el conflicto se ha instalado, como en el caso colombiano. El hecho es que la mayoría de las sociedades latinoamericanas demandan mecanismos básicos de protección social que hoy, o son exiguos, o simplemente no existen o fueron desmantelados por la fiebre privatizadora.

Construir una red básica de seguridad social modificará las bases del Estado subsidiario y privatizador imperante en la región. Obviamente, es un tema de prioridades políticas y sociales mas que estrictamente técnico. Como tal, debe ser definido a partir de la opinión ciudadana de cada país.

Por cierto, los regímenes que colocan en el centro la protección social de los ciudadanos tienden a elevar la calidad de su democracia. El liberalismo extremo que hemos conocido también ha generado una amplia demanda de participación, trasparencia y control ciudadano que le ponga frenos a la corrupción y a la reproducción de burocracias políticas que copan el Estado. 

El estado de bienestar en América Latina

¿Pueden las economías latinoamericanas sostener un Estado de Bienestar? ¿Por básico que sea? Hay países en mejores condiciones que otros, pero también se echa de menos mecanismos multilaterales eficientes que permitan construir instrumentos mínimos de concertación ante desafíos comunes: desde la negociación hasta la producción de vacunas. Si un país del tamaño de cubana es capaz de hacerlo, ¿por qué no lo pueden hacer países mas grandes?

Si miramos el mapa político próximo de Sudamérica vemos que en Brasil asoma Lula, en Colombia Petro, y en Perú en pocos días la segunda vuelta definirá si regresa el fujimorismo o si el profesor Castillo se convierte en presidente. Para las elecciones chilena aún faltan varios meses, pero es claro la derecha no se mantendrá en el poder.

La construcción de Estados Benefactores a la latina, para no transformarse en barriles sin fondo, requiere de una estrategia de desarrollo que lo soporte. En Sudamérica ayuda el incremento de la demanda y de los precios de sus productos de exportación, pero obviamente es necesario un impulso a la infraestructura, un incremento de la productividad, diversificar la oferta exportadora y por cierto, un salto en recursos humanos. Además, hace falta actuar coordinadamente ante el crimen organizado y reformar el Estado para sanear las practicas corruptas y clientelares. 

No es poco, tampoco es fácil y menos rápido. Pero son desafíos que hay que enfrentar. Este puede ser un buen momento para que buena parte de los países de la región asuman la conformación de nuevos pactos sociales para lo cual hace falta que se construyan mayorías ciudadanas que respalden el proceso.

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Portuñol: el reflejo de identidades híbridas

Lengua fronteriza, el portuñol es tanto un medio de hibridación de culturas e identidades como de integración social y económica. Su herencia milenaria y su potencial vanguardista hacen de Portuñol un fiel reflejo de nuestro lugar en el mundo. En el tiempo y en el espacio. 

El portuñol puede definirse como una mezcla informal de elementos lingüísticos tanto del portugués como del español. Una composición que proporciona un entorno comunicativo amplio y maleable, y no un marco unificado, provisto de reglas claras y definitivas. Lengua viva y en constante evolución, sus hablantes alternan los registros léxicos y las reglas sintácticas en función del contexto social y del contenido a transmitir o debatir.

En rigor, no se debe hablar de un «portuñol» singular y estandarizado, sino de una pluralidad de «portuñoles», diversos, regionales, contextuales y circunstanciales. La pronunciación, las expresiones, las metáforas y otras figuras del lenguaje pueden cambiar considerablemente según el origen nacional, étnico y regional de los interlocutores, su conocimiento relativo de las dos lenguas originales y la frecuencia con la que practican el habla híbrida.

Un código común

Una lengua es un sistema de signos lingüísticos que permite representar la realidad y codificar —o decodificar— los datos informativos de esa misma realidad. Su objetivo principal es el intercambio de información, mediante signos gráficos o vocales, entre individuos de un mismo grupo humano en un contexto social e histórico determinado. Es decir, no hay forma de describir el mundo que nos rodea y comunicar sus características, de forma comprensible, sin el uso de un código lingüístico común.

Sin embargo, el lenguaje no se limita a transmitir información de forma neutral, automática o impersonal. Una lengua contiene y refleja la visión del mundo, las expectativas y los temores de las personas que la utilizan. Expresiones metafóricas como «la cosa está negra» para demostrar pesimismo o «eso es cosa de indio» para describir algo desordenado, por ejemplo, ofrecen pruebas simbólicas del origen cultural y psicológico de las bases eurocéntricas y racistas del discurso social que rige la mente colonial brasileña.

Además, toda lengua se adapta y evoluciona en función del entorno natural, social, cultural y político en el que surge y se desarrolla. La lengua tiene una historia y un origen que dan fe de las transformaciones morfológicas y sintácticas que experimenta. El español y el portugués, por ejemplo, compartieron raíces comunes durante miles de años antes de dividirse hace unos siglos en dos cepas diferentes pero aún muy cercanas.

Lenguas y fronteras

En la actualidad se hablan unas 7.000 lenguas en el mundo: sólo 230 en Europa, más de 2.000 en África, más de 2.000 en Asia y más de 1.300 en Oceanía. En América se hablan más de 1.000 lenguas; en la década de 1950 había 1.700. Aquí nos referimos a la totalidad de las lenguas habladas, pero no necesariamente escritas o reconocidas como lenguas oficiales.

En América, la mayoría absoluta de estas lenguas pertenece a los pueblos indígenas, frente a cinco lenguas europeas (español, inglés, portugués, francés y neerlandés) y una docena de criollos o creoles.

Los 440 millones de habitantes de Sudamérica se dividen casi en partes iguales entre el portugués (en Brasil) y el español (en los demás países). Esto no significa que las áreas de influencia y uso de cada una de las dos lenguas estén delimitadas siguiendo las divisiones administrativas y su trazado en los mapas escolares.

Al contrario: cuando se trata de prácticas culturales, como es el caso de la lengua, las fronteras no sólo son más porosas de lo que se podría imaginar, sino que muestran todo su potencial para transmitir subjetividades, imaginarios y cosmovisiones. Un ecosistema social, cultural y económico que sólo podía favorecer el mestizaje de las lenguas habladas y la consolidación de la práctica cotidiana del portuñol.

Recordemos que Brasil tiene casi 17.000 km de fronteras terrestres que lo conectan con todos los países sudamericanos -excepto Ecuador y Chile-. De los 5.565 municipios que componen el territorio brasileño, 588 (más del 10%) son ciudades fronterizas y 33 están clasificadas como ciudades gemelas. Es decir, son municipios atravesados por una o varias líneas fronterizas, donde generalmente se observa una fuerte movilidad humana, intercambios y dinámicas integradoras.

En términos de población, este espacio transfronterizo suma más de 2 millones de personas, sólo en el lado brasileño. Si sumamos esta cantidad a la población del otro lado de las fronteras, junto con los flujos comerciales, turísticos, migratorios y estudiantiles, quizá el número total de hablantes de portugués en la región se acerque a los tres millones.

El idioma que reconecta

Desde una perspectiva estrictamente lingüística, el portuñol puede constituir una «interlengua» (una etapa intermedia en el proceso de aprendizaje de una nueva lengua), un dialecto (como es el caso de la variante riverense resultante de la antigua presencia luso-brasileña en territorio uruguayo) o incluso una simple «lengua de contacto» destinada a remediar la falta de dominio de una misma lengua por parte de ambos interlocutores.

El portuñol, en este sentido, no es único ni inédito en el panorama lingüístico mundial. El contacto entre diferentes lenguas, su influencia mutua y la aparición de una configuración que permita la intercomprensión de los pueblos que comparten un mismo espacio social parece haber sido recurrente en el pasado lejano y cercano de la Humanidad y sigue siéndolo en la actualidad. El suahili o el maltés, por ejemplo, son una ilustración histórica de la formación de nuevas lenguas a partir de distintos orígenes. El espanglish norteamericano y el yanito, su equivalente europeo hablado en Gibraltar, son competidores contemporáneos de nuestro portuñol regional.

La gran diferencia, sin embargo, es que, al contrario de los ejemplos mencionados, el portuñol tiene su origen en dos lenguas «hermanas», procedentes de la misma rama lingüística y que comparten un largo pasado común. De hecho, si el spanglish puede considerarse como una lengua nueva y original, la forma lingüística del portuñol existe en realidad desde hace mucho tiempo y todavía puede comprobarse en la actualidad y la vivacidad del gallego.

En otras palabras, al mismo tiempo que expresa la realidad actual de nuestra región y apunta hacia su futuro social, cultural y económico, el portuñol no deja de reiterar las raíces lingüísticas comunes de las poblaciones sudamericanas. Así, el portuñol no sólo acerca a los pueblos de la región, sino que los vuelve a reconectar —de nuevo— en torno a un arquetipo lingüístico que sorprende por su capacidad de reinventarse.

Es de esperar que, a medida que avance la integración económica, social y cultural de nuestra región, el portuñol se fortalezca. Y viceversa.

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El estallido social y la crisis del uribismo

En el último mes Colombia ha vivido momentos de gran esperanza, así como una gran tristeza e incertidumbre. De un lado se está frente a la movilización más grande de la historia reciente del país, de otro frente a una represión estatal sin precedentes recientes.

Las primeras movilizaciones se organizaron para exigir el desmonte de reformas de perfil neoliberal que había planteado el gobierno como la tributaria y la de salud —ambas cayeron— y la solicitud de una renta básica universal. Estas movilizaciones generaron una respuesta violenta de la policía lo cual ha llevado a que ahora también se exija la reforma de la propia institución. Todo esto, ha derivado en una crisis de gobernabilidad, con la renuncia en pocos días de tres ministros (Hacienda, Cancillería y el Comisionado de paz) y a que la Conmebol retirara a Colombia de la organización de la Copa América prevista para junio.

Durante el último mes, en 763 municipios —cerca del 70% del territorio—ha habido acciones colectivas masivas según el Ministerio de Defensa. Desde las marchas multitudinarias a nivel nacional, plantones a nivel local e intervenciones artísticas, hasta la creación de los llamados puntos de resistencia en los cuales la comunidad se ha tomado las calles de su barrio.

La clase obrera se ha reagrupado en torno al Comité Nacional del Paro, pero también han participado movimientos feministas, estudiantes, movimientos indígenas, afrodescendiente, campesino, taxistas, organizaciones campesinas y pequeños propietarios de camiones de carga que han bloqueado las principales carreteras. Pero son los jóvenes urbano-populares quienes se han convertido en los protagonistas de las movilizaciones.

Durante las noches, sin embargo, se impone la violencia policial y paramilitar. Grandes operativos militares han tomado las carreteras y barrios de Bogotá y especialmente de Cali. Hasta el momento se han producido 51 asesinatos, de los cuales 43 han sido presuntamente por la violencia policial, según la ONG Temblores.

¿Por qué un estallido social? ¿Qué hay detrás de la represión del Estado colombiano? Para intentar explicar la situación planteamos tres hipótesis.

La crisis del uribismo

El uribismo es un proyecto político que surgió en el departamento de Antioquia en 1995 con la gobernación de Álvaro Uribe y se consolidó en 2002 con su elección como presidente del país. Desde entonces ha participado en nueve elecciones nacionales y solo ha perdido una, ante Juan Manuel Santos. Sin embargo, en los últimos años este proyecto ha entrado en una crisis social y política.

Las políticas sociales implementada en el gobierno de Iván Duque dispararon la pobreza del 35,2% en 2017 al 42,5% en 2020 según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), lo que ha implicado un retroceso de 10 años en la reducción de la pobreza. Esta situación se agravó por las magras políticas para paliar los efectos de los confinamientos a causa de la pandemia, que se centraron en algunos subsidios para las clases populares y en la creación de fondos de préstamos, pero que no tuvieron en cuenta la protección del empleo o la creación de una renta básica para los sectores más afectados. A esto se sumó un ineficaz plan de vacunación que terminó sembrando la desesperanza y desesperación de la gente.

Por otro lado, se ha producido un derrumbe político del uribismo. El discurso que articulaba a la sociedad en torno a un escenario de amigos y enemigos de la patria en un contexto de guerra como el que vivía Colombia en sus primeros gobiernos, perdió cohesión a partir de la firma del acuerdo de paz en 2016 y el desarme de más de 13.000 exguerrilleros de las extintas FARC.

Esta crisis quedó plasmada en las encuestas electorales de cara a las elecciones presidenciales de 2022 donde inclusive antes del estallido, el candidato de izquierda llegaba al 38,3% de intención de votos, en tanto la candidata de la coalición uribista que mejor punteaba llegaba apenas al 11,8%. La imagen desfavorable de su referente político, el expresidente Álvaro Uribe, era del 66%.

Un ciclo exitoso de movilización

Las protestas hacen parte del ciclo de movilizaciones iniciadas en 2011 con las manifestaciones universitarias. A estas siguió el Paro Agrario en 2013, las Mingas indígenas a lo largo de toda la década y nuevas movilizaciones universitarias en 2018. El 21 de noviembre de 2019, cuando millones de personas, en esencia jóvenes universitarios y las clases medias colmaron las calles, fue la antesala del actual estallido social.

El inicio de este ciclo coincide con la apertura de las negociaciones de paz en 2012, que implicó una apertura democrática. El aumento de las movilizaciones fue fortaleciendo a los diferentes movimientos sociales que fueron construyendo agendas más definidas. Pero ante la falta de respuestas, los actores sociales vieron en el paro la oportunidad para presionar al gobierno a cumplir ciertos reclamos que han sido postergadas por casi una década.

Los conflictos sociales no son guerras

Hasta el año 2016, la violencia policial contra manifestantes era opacada por las dinámicas de la confrontación bélica con la guerrilla. Pero a partir de la firma del acuerdo de paz esta se ha hecho visible. Las Fuerzas Armadas, y en particular la policía, que depende del Ministerio de Defensa, mantiene, a pesar del acuerdo de paz, la doctrina de seguridad nacional basada en la doctrina del enemigo interno.

En la actual coyuntura la represión policial es inocultable como lo denuncian organizaciones como Human Right Watch, Amnistía Internacional o Naciones Unidas. Pero la represión no es un accidente, sino que es la doctrina del uribismo. Se reprime con dureza a un sector de la población—la más pobre— para provocar la confrontación violenta y justificar medidas más excepcionales.

En este marco, la represión tiene dos mecanismos, uno en el terreno de la violencia directa, que implica arrasar con los puntos de resistencia barrial y con los bloqueos en las carreteras, y el segundo en el terreno de la información. La circulación masiva de contenidos que muestran los despliegues de esta violencia es una estrategia para generar pánico colectivo y desmovilizara las clases medias y los sectores de centro que al comienzo se plegaron al paro. Esto explica que se reprima en los barrios populares y no en las zonas de clase media.

En Cali, tras la represión se retiró a la fuerza pública de varias zonas lo que provocó el auge de saqueos de locales comerciales. En consecuencia, los vecinos llamaron a organizarse para defenderse de los “vándalos”. La incitación al uso de la violencia entre civiles fue algo premeditado lo cual quedó evidenciado a través de redes sociales, cadenas de whatsapp, medios de comunicación y manifestaciones de líderes de opinión del uribismo. 

En conclusión, la represión no busca solo contener la protesta, sino que es un intento del uribismo de relanzar su relato. Las imágenes de guerra, el lenguaje bélico y la agudización de la confrontación le sirve para fortalecer la idea de que el Estado no están enfrentando una protesta social sino una amenaza “terrorista”. El manejo de la propaganda es la manera de mantener al país en estado guerra, a pesar de que esta ya ha acabado.

Foto de Remuk

AMLO y su cuarta transformación

A casi tres años del triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y la irrupción del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), las elecciones del 6 de junio se vislumbran como catalizadores de la hegemonía electoral de esta organización política y con ello, la continuidad de la llamada cuarta transformación de la política mexicana. Transformación que es pretendida por el ahora partido gobernante, y que más que un programa de gobierno se ha utilizado como un slogan de campaña desde su llegada al poder. La cuarta transformación, conocida como la “4T” ha sido el argumento más potente del cambio político en el país y el slogan vitoreado por el partido en el gobierno y el presidente.

El eje central en el que gira la 4T hace alusión a un momento de cambio del sistema político que tiene como precedentes, según sus creadores, tres momentos históricos: la independencia, la reforma y la revolución. La esencia de la cuarta transformación, según sus defensores, se define en general por el cambio de régimen político. Por un lado, se asocia al cambio de la política económica que da fin al paradigma neoliberal de los gobiernos precedentes. Un segundo elemento son las políticas sociales, buscando una mayor cobertura de la población con menos recursos. Un tercer elemento es el fin de la corrupción como sistema enquistado en la estructura estatal, y por ultimo, la austeridad republicana.

Argumento electoral

La 4T como argumento electoral es sumamente rentable. Pese a ello, parecería ser que únicamente hablan de ello sus gestores. Las continuas críticas al desempeño del gobierno, la centralización y personalización de la política, la inexperiencia administrativa, las deficientes decisiones en política pública, la reducción de presupuestos a instituciones del Estado, el continuo ataque a organizaciones, medios y periodistas detractores de la 4T se posicionan como eslabones esgrimidos por la oposición frente a una fuerza política legitimada por las urnas. El hartazgo ciudadano frente un sistema político desgastado y que por décadas no supo responder a sus demandas, es hoy quien controla la mayoría en el Congreso suficiente para cambiar la Constitución. Situación a la que el sistema político no se encontraba preparado debido a la hegemonía previa a la transición democrática

Foto de Eneas en Foter.com

Para entender esto es preciso reseñar que la transición a la democracia y la alternancia política de principios del presente siglo manifestó la nueva dinámica del sistema político, con gobierno sin mayorías legislativas, lo cual promovió la irremediable construcción de acuerdos (formales e informales) entre las diferentes fuerzas políticas del país. Con ello como estructura de ese nuevo sistema político, los actores olvidaron un elemento central en democracia, la posible llegada de un nuevo partido hegemónico, fuera de las fuerzas políticas tradicionales.

Posterior a la transición, tanto los gobiernos del Partido Acción Nacional (PAN 2000-2012), como el gobierno del retorno del Partido Revolucionario Institucional (PRI 2012-2018) evidenciaron la visible incapacidad de estos partidos para crear mayorías que les permitieran tanto el control del Congreso como el Poder Ejecutivo. Con la llegada de MORENA al poder en las elecciones de 2018, el sistema político y su incipiente democracia se dio cuenta que las mayorías podrían alcanzarse.

Independientemente de los efectos del sistema electoral en la conformación del poder político en México, MORENA logró controlar ambos poderes del Estado de forma legítima y bajo los estándares democráticos que habían persistido desde 1994.

La aprobación del presidente

Lo anterior se robustece de la mando del estado de ánimo de la sociedad que, a poco másde un año del inicio de la pandemia, manifiesta un amplio apoyo a la gestión de AMLO. La aprobación presidencial se sitúa por encima del 60%, ubicándose como uno de los presidentes con mayor aprobación en la historia democrática del país y comparativamente por arriba de la media internacional. Cabe destacar la relevancia de estos niveles de aprobación en el contexto de la crisis sanitaria, en la que hasta la fecha se han contabilizado oficialmente más de dos millones de infectados y poco más de 220 mil muertes.

Sobre la percepción democrática, la mitad de la ciudadanía se encuentra satisfecha, sin embargo, cerca del 80% confía poco o nada en los partidos políticos. En el país, según los encuestados, es más frecuente ejercer la libertad de culto religioso (89%) que la libertad de expresión (66%), y seis de cada diez mexicanos opina que las leyes se respetan poco o nada. Con una economía contraída en razón de la pandemia y las decisiones del gobierno, avanzan los programas estratégicos del Poder Ejecutivo y también el programa de vacunación, que hasta el momoento ha llegado a poco más de 15 millones de dosis aplicadas.

Las próximas elecciones podrían significar la continuidad del proyecto que conforma la coalición gobernante. Esto consolidaría las bases, según sus protagonistas, de la cuarta transformación. La oposición se resiste a la idea de un partido hegemónico semejanteal PRI del siglo XX, mientras MORENA intenta controlar, no sólo el poder Ejecutivo y Legislativo, sino también consolidarse en la arena subestatal y municipal. Cosa no menor en un escenario de polarización y la incapacidad de encontrar puntos de acuerdo respecto al futuro político del país.


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Caminos para el desarrollo de Haití

Coautor Robson Dias da Silva

El primer país latinoamericano en convertirse en república, Haití, es uno de los más pobres del mundo. Cuenta con bajísimos índices de desarrollo humano y social y ocho de cada diez de sus 11,2 millones de habitantes viven por debajo del umbral de la pobreza, o sea menos de dos dólares al día. La agricultura de autosubsistencia es el principal medio de abastecimiento de alimentos, tanto en las zonas rurales como urbanas muy pobladas. Por lo tanto, el país que comprende la parte occidental de la isla de La Española, sufre la amenaza constante de no poder garantizar una alimentación regular y de calidad a la mayoría de su población.

Economía de subsistencia

Casi dos tercios de los haitianos sobreviven de la agricultura de subsistencia orientada al mercado interno, produciendo principalmente cereales, legumbres y alimentos básicos, haciendo de la agricultura la principal base económica del país. Aproximadamente el 78% de las familias participan de alguna manera en actividades agrícolas. Y la superficie cultivada está dividida en aproximadamente un millón de unidades agrícolas, de las cuales cerca del 80% están en manos de pequeños agricultores con parcelas inferiores a 1,3 hectáreas.

Estos pequeños agricultores se enfrentan a grandes dificultades de producción como la pérdida de fertilidad del suelo, el cambio climático, un débil sistema de financiación, acceso restringido a semillas de calidad e inestabilidad del mercado local. Pero también existen desafíos desde el punto de vista de la transformación y la comercialización debido a la escasa infraestructura con una pobre capacidad de almacenamiento y la falta de conexiones con carreteras y redes de transporte.

Como base de la económica nacional, la agricultura desempeña un papel fundamental en el suministro de alimentos y la generación de ingresos a nivel local. Además, el sector es clave para aumentar la resiliencia de otras actividades económicas y adaptar el país a los riesgos impuestos por las catástrofes naturales. Por lo tanto, la agricultura haitiana no sólo podría mejorar significativamente la seguridad alimentaria del país, sino también impulsar su economía y hacer que el país sea más seguro desde el punto de vista medioambiental.

Entre 1998 y 2012, un período de relativo crecimiento en las economías de América Latina y el Caribe, la expansión de Haití fue de apenas el 1,0% anual, muy por debajo de lo necesario para reducir los niveles de pobreza. Pero en 2019, el país redujo aún más su pobre crecimiento al 0,7%.

En el primer año de la pandemia, según estimaciones de las Naciones Unidas, la economía haitiana se contrajo un 2,0% y se espera que este año el descenso sea de alrededor del 1,8%. La pandemia, por lo tanto, se suma como un elemento más al ya complejo escenario nacional, resultante de años de inestabilidad política, guerra civil y desastres naturales como el terremoto de 2010 y el huracán Matthew de 2016.

Hacia una transformación productiva

La geografía, el potencial agrícola, los recursos naturales, la cultura y la historia de Haití lo convierten en un país rico en oportunidades. Sin embargo, para iniciar un proceso de transformación productiva y social, se necesitan políticas claras, integrales y adaptadas para apoyar a los pequeños agricultores y a las pequeñas y medianas empresas que forman parte de la cadena de valor agrícola.

En este sentido ¿Cómo se podría transformar, ampliar y fomentar la agricultura haitiana reforzando la pequeña producción agrícola? Hay dos áreas prioritarias de intervención con un claro potencial para aumentar la productividad agrícola, impulsar los ingresos rurales y mejorar la seguridad alimentaria en el país.

En primer lugar, hay que promover la diversificación de las fuentes de ingresos entre los hogares rurales. Al diversificar la producción agrícola, los riesgos asociados tenderían a reducirse, lo que permitiría aumentar los ingresos y mejorar la seguridad alimentaria nacional. Todo esto haría que el país fuera más resistente y menos vulnerable a las crisis.

Foto de Alex E. Proimos en Foter.com

Y, en segundo lugar, hay que mejorar el rendimiento de los mercados rurales. La productividad agrícola se ve afectada por la limitada disponibilidad y los altos costes de los insumos de producción. Además, la falta de acceso fiable a los mercados reduce el interés por invertir en la mejora de la producción agrícola.

Teniendo esto en cuenta, los responsables políticos y demás actores deberían centrarse en ampliar la diversificación y mejorar el acceso a los mercados, los instrumentos financieros y la asistencia tecnológica agrícola y climática. Se necesitan políticas que promuevan y refuercen los vínculos entre las ciudades y el campo para facilitar el acceso de los pequeños agricultores a los mercados.

Dichas políticas deberían incentivar a los agricultores a aumentar la producción, la transformación y la comercialización mediante el acceso al crédito, seguros agrícolas, priorización de la producción local, fomento del sector privado para que se comprometa con los pequeños agricultores. Además, se debe apoyar la creación de cooperativas de producción y comercialización, asociaciones de agricultores e incentivos para proteger y preservar el medio ambiente.

Para ello, se debe reforzar la investigación destinada a identificar las actividades agrícolas más adecuadas para cada zona de producción agroecológica. También debe fomentarse el fortalecimiento de los servicios de extensión con iniciativas como las Escuelas de Campo o la FAO, y una mayor disponibilidad y accesibilidad a los insumos clave como semillas y fertilizantes.

Desarrollo de actividades no agrícolas

Además, se deben promover actividades no agrícolas para diversificar las fuentes de ingreso de las familias rurales. Esto contribuiría a reducir la vulnerabilidad y a establecer una planificación a largo plazo, que es esencial para hacer frente a los riesgos climáticos tan presentes en el país.

Para ello, las inversiones deben dirigirse a reducir las barreras a la educación básica, la formación profesional, el capital inicial, el acceso a los servicios básicos y a los mercados. La “industrialización sin chimeneas” podría utilizarse como marco para buscar cambios estructurales, no sólo en los países y comunidades subsaharianas como se ha debatido en los foros mundiales, sino también en Haití y otros países del Caribe.

Por último, la ampliación del crédito y la reducción del coste de producción están directamente asociadas a la reducción del riesgo, que en Haití tiene un fuerte contenido climático. Por ello, la adopción de instrumentos financieros innovadores como los seguros paramétricos podría ser una herramienta útil.

Al compartir los riesgos con diferentes regiones y mercados —locales y externos— se daría un primer paso hacia el fortalecimiento de los mercados financieros y la creación de acuerdos institucionales supranacionales que aumentarían las cantidades disponibles para los agricultores. Así se ampliarían sus mercados y reducirían los riesgos relacionados a los huracanes y las inundaciones.

Este tipo de seguro, al vincular un menor riesgo con el desarrollo de tecnologías y la adopción de medidas respetuosas con el clima, actuaría como fuerza motivadora para la adopción de nuevas prácticas. Y especialmente las sugeridas por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), para garantizar que los países y las partes interesadas sean resistentes al cambio climático.

El pueblo de Haití merece el apoyo mundial.

Robson Dias da Silva es economista y profesor de la Universidad Federal Rural de Río de Janeiro (UFRRJ). Doctor en Desarrollo Económico por la Universidad Estatal de Campinas (UNICAMP).

Foto de Nathan Congleton en Foter.com


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