Una región, todas las voces

La elección de Ecuador y los corsi y recorsi de la política

Allá, comenzando el siglo XVIII, el filósofo italiano Giambattista Vico proponía entender el despliegue de la historia humana como un indefinido corsi y recorsi, es decir una repetición sucesiva de procesos y hechos, reconfigurados pero repetidos en su esencia última. Algo así como el Eterno Retorno de Nietzche pero sin tanta carga ideológica. Los resultados de la elección en Ecuador parecen, para la política latinoamericana de las últimas décadas, confirmar esa visión de la historia.

En controversia con otros escenarios políticos más previsibles, en el sentido que una disputa electoral puede ser reñida pero su resultado final no sorpresivo en su significado e impacto, la elección de Lasso confirma la regla política latinoamericana: el ganador sorprende y rebasa todas las especulaciones, análisis y encuestas previas.

¿Porqué iba a ganar Arauz?

Después de las elecciones generales, donde se desprendía como obvio que el ballotage, si lo hubiere, iba a ser entre el correísta Arauz y el liberal Lasso, sorprendentemente hubo unos días en que no se sabía si el segundo era efectivamente Lasso, o el líder de la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador) Yaku Pérez. La holgada ventaja de Arauz en esa primera vuelta (33% de los votos) se enfrentaba a una indecisa segunda minoría entre Lasso y Yaku, ambos redondeando el 19% de los votos.

El correismo de Arauz temió que el ballotage fuera con Yaku pues, si bien las relaciones entre Correa y la CONAIE fueron muy conflictivas en el segundo mandato del ex presidente, se suponía que ambos competían más o menos por el mismo electorado. En cambio, un ballotage con Lasso, neoliberal y hombre del establishment financiero, les hacía presuponer un triunfo previsible.

Por su lado, el anticorreismo se quiso aferrar al segundo puesto de Yaku por las mismas razones y objetivos: el líder de la CONAIE le “mordía” votos a Arauz y sumaba, por espanto y no por amor, como decía Borges, los electores de Lasso.

Pero ganó Lasso

Disputadas las elecciones del 11 de abril, sorpresivamente Lasso obtenía una victoria electoral si no holgada, cómoda. Esas que no dejan lugar al reclamo del vencido: 52,5% a 47,5%. Una vez más, la política latinoamericana sorprendía a propios y externos.

Los primeros análisis despliegan una serie de cuestiones para explicar tan sorpresiva victoria electoral. En primer lugar, el reperfilamiento de la campaña de Lasso, diseñada por el inefable Jaime Durán Barba, que buscó abrirse a sectores y temas ajenos a su ideología más conservadora (género, medio ambiente, minorías). En segundo lugar,la agenda marcada por Lasso obligó a Arauz a una confrontación discursiva defensiva. Tercero, el hecho constatado por el voto de que las comunidades indígenas le dieron la espalda a Arauz. Y finalmente, el anticorreismo furioso de gran parte de los sectores medios urbanos.

Cierto es que estos, y otros, factores son heterogéneos, incomparables entre sí, difusos y difíciles de medir. Pero evidentemente algo los hizo confluir en una opción no querida por muchos pero tomada como “el mal menor”. Lo que, por supuesto va a influir luego en la gestión del nuevo gobierno una vez pasada la efímera gloria de la asunción presidencial.

Algunas claves de la política latinoamericana del siglo XXI

Evidentemente, elecciones en Ecuador, Perú, Bolivia, Uruguay, Brasil, Argentina, es decir los dos últimos años, muestran un escenario político muy fluctuante. Hasta poco más de entrada la segunda década del presente siglo, existió una clara predominancia de gobiernos de signo progresista, con lo variopinto que es el progresismo en América Latina (izquierdas, centroizquierdas, socialdemocracias, populismos).

A partir de entonces se observó un incipiente giro político-ideológico, que se ha dado a conocer como el “giro a la derecha” de la política de la región.

Pero desde hace pocos años, la oscilación entre derechas e izquierdas, con todo lo que hay en el medio ideológico, ya no parece seguir un patrón claro. Las elecciones no solo posicionan gobiernos de un color o de otro, sino que esas indefiniciones se observan al interior mismo de los gobiernos.

Basta observar el componente evangélico de gobiernos de “izquierda” como el de López Obrador (que incluye ex políticos del conservador PAN) y de Ortega en Nicaragua. Las fuertes divisiones internas en el gobierno del MAS en Bolivia que, a dos meses de la elección y victoria presidencial, le suceden dos derrotas en elecciones departamentales y municipales. En Perú, en las recientes elecciones hubo seis candidaturas que obtuvieron entre el 8 y el 16% de los votos, en un arco que va de una derecha extrema a una izquierda radical.

La posible nueva candidatura de Lula crece en Brasil a la vez que frena la caída del apoyo a Bolsonaro. Chile aplazó una elección (Reforma de la Constitución) que es una aspiración de la centroizquierda a la vez que una válvula de escape del gobierno liberal de Piñera.

En fin, América Latina es una región particular en muchos aspectos. Por supuesto, la política no podía ser menos. Imprevisibilidad, ascensos y descensos, euforias y depresiones, períodos de auge económicos y crisis fulminantes. Izquierdas y derechas.

Quizás solo volviendo al boom literario de los `60 y su realismo mágico se pueda dar pistas de un entendimiento más definido empírica y metodológicamente para encontrar ciertas pautas de nuestro comportamiento político.Mientras tanto, ser cautos en nuestros análisis prospectivos. Después de todo, las encuestadoras la pasan peor.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Foto de Fundación del Barrio

Migración, fronteras, Covid y más allá

Los movimientos de personas ante la Covid-19 se han visto reducidos drásticamente. En el año 2020, gobiernos de todo el mundo tomaron diversas medidas para cerrar sus fronteras para regular el ingreso del virus SARS, pero también y aún más el de personas. Esta es la primera vez a nivel mundial que, con la colaboración de la sofisticación del control biométrico en fronteras, casi todos los países del mundo compartieron políticas similares en las restricciones al ingreso de personas en sus territorios.

Si bien el punto de inflexión que pudo haber provocado la pandemia de coronavirus en la inmigración no queda exento a las elucubraciones, algunos organismos internacionales como la ONU, plantean que la pandemia es una oportunidad para repensar el movimiento de personas.

Pero ¿repensarlo en qué sentido? ¿Para crear mayores restricciones?¿Para generar más vulnerabilidades de las personas que migran? ¿Para argumentar la creación de más muros?  Son varias las preguntas que surgen y sobre las cuales no se puede hacer futurología.

Los que migran buscando mejores condiciones de vida

A lo largo de la historia ha quedado claro, a diferencia de lo que el sentido común nos indica, que la migración no es un hecho excepcional sino que es una característica intrínseca de los seres humanos. Como varios estudios han mostrado, la creación de las fronteras a partir de la organización del mundo en Estados naciones fue lo que alimentó, aún más, la idea del nosotros vs otros.

Desde la creación de los pasaportes y visados hasta los controles biométricos actuales, los diversos gobiernos se han preocupado por mantener bajo su órbita el “control de sus poblaciones”. Y si ya resultaba engorroso poder cruzar fronteras previo a la pandemia de Covid-19, es evidente que con las fronteras cerradas esto es mucho más complicado.

Según cifras de un nuevo informe de la División de Población del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas, el crecimiento del número de migrantes internacionales durante las últimas décadas pasó de 173 millones de personas que vivían fuera de su país de origen en el año 2000, a 221 millones a inicios de la década pasada y llegó a los 281 millones en 2020.

El mismo informe establece que durante la pandemia la población mundial migrante se redujo aproximadamente un 27%. Con el cierre de fronteras, entiendo que debería ser aún más. Un dato interesante es que las caravanas de migrantes que comenzaron en el año 2018  desde Centroamérica con la intención de ingresar a los estados Unidos no han cesado. Si bien es imposible establecer cifras exactas, según la Secretaria de gobierno de México (SEGOB) casi 81.000 migrantes extranjeros ingresaron entre enero y noviembre de 2020 a dicho país. Estas cifras son considerables, a pesar de que son menos de la mitad del mismo periodo del año anterior. Los principales nacionalidades provienen del triangulo norte de América Central, conformado por Honduras, Guatemala y el Salvador.

Ahora bien ¿qué pasa actualmente con aquellas personas cuya única posibilidad para su supervivencia socioeconómica es migrar a otros países? Si en sus países de origen no encontraban ningún tipo de oportunidades antes de la pandemia, es importante indagar qué está pasando en la actualidad y sobre todo que pasará en el futuro.

Los que migran buscando refugio

Además de aquellos considerados migrantes socioeconómicos, hay millones de migrantes considerados refugiados por tener que abandonar sus países de origen porque corren peligro por razones de etnia, religión, nacionalidad, pertenencia a un grupo social u opiniones políticas, y que no pueden o no quieren reclamar la protección de su país. ¿Qué pasa con esta población? ¿Cómo son protegidos por los organismos internacionales?

En este contexto de pandemia se suman nuevos riesgos. Además de las carencias en asistencia sanitaria a lo largo de sus recorridos, los campamentos de refugiados implican más complicaciones debido a las difíciles condiciones para mantener el aislamiento requerido para no contraer el virus.

Los que residen en otro país

La pandemia de Covid-19 también afecta a los migrantes ya asentados. La mayoría de la población migrante, ya sea por una cuestión de status legal y/o económico, ven más vulnerados sus derechos que los nacionales. Como ejemplo, el acceso de los migrantes a los sistemas de salud es mucho menor que el de las personas locales.

Un caso paradigmático es el de los venezolanos, quienes según datos de la Organización Mundial para las migraciones (OIM) son una de las poblaciones más desplazadas del mundo, superando la barrera de los cuatro millones de personas. Según informes de Banco Mundial, a pesar de migrar para encontrar mejores condiciones de vida, este colectivo se ha empobrecido aun más y tiene más posibilidades de contagiarse y sucumbir a la infección de Covid-19.

A su vez, la mitad de la población que migra son mujeres y niños, lo que deja en evidencia el impacto desigual que la pandemia tiene entre hombres y mujeres, ya que la mayoría de las tareas de cuidado recae sobre ellas. Pero el traslado colectivo de personas sigue fluyendo a pesar de los riesgos que implica la pandemia. Según las autoridades estadounidenses, más de cien mil personas fueron detenidas en la frontera sur en el último mes.

La pandemia del coronavirus nos ha dejado algunas certezas: a pesar de las barreras y los riesgos, las personas se siguen moviendo en busca de mejores condiciones de vida. Por ello, los gobiernos deberían establecer estrategias para garantizar los derechos humanos fundamentales, tanto de aquellas personas que migran como de aquellas que deciden quedarse en su territorio.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Foto Thiago Dezan FARPA CIDH

El PSDB y el tercer vértice en la política brasileña

Coautores Steven Ross/Anselmo Rodrigues

El Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) es un partido político que nace de centro, fundado en 1988 por un grupo político que tenía entre sus líderes a Mario Covas, político y ex gobernador del estado de Sao Paulo. El partido surgió de la combinación de la socialdemocracia, la democracia cristiana y el liberalismo económico y social. En 1989, recién creado, logró el 11,51% de los votos y desde entonces tuvo candidatos en las ocho elecciones presidenciales de la Nueva República. En seis de ellas, se ha impuesto al Partido de los Trabajadores (PT), ganando dos —en la primera vuelta— y perdiendo cuatro. Su peor actuación se produjo en 2018, cuando obtuvo menos del 5% de los votos válidos, quedándose fuera de la segunda vuelta. Teniendo en cuenta su relevancia histórica y el actual panorama político brasileño, ¿cuál es el futuro del PSDB?

La volatilidad del voto del PSDB

A partir de la investigación postelectoral relativa al proyecto de Estudios Electorales Brasileños (ESEB), a través del análisis estadístico, nos propusimos entender la volatilidad del voto del PSDB entre 2010, 2014 y 2018. A través del análisis, identificamos que la probabilidad de que un votante del PSDB para presidente en 2010 repitiera su elección en 2014, se incrementó en un 53%. Sin embargo, entre 2014 y 2018, dicha posibilidad se redujo casi un 100%. Aunque intuitivamente se sabe que en 2018 hubo una fuga de votos del PSDB, especialmente hacia Jair Bolsonaro, el fenómeno no deja de ser asombroso.

A menudo se dice que la identidad de los partidos sirve de ancla para evitar la alta volatilidad de los votos cuando el partido y el sistema de partidos pasan por momentos complicados. En 2018, el PSDB no contó con dicha ancla y la afectividad partidista negativa marcó el tono de esa elección. En la derecha, el rechazo al PT y el rechazo al PSDB aumentaron en un 121% y un 55%, respectivamente.

Y en el campo de la izquierda, el rechazo al PSDB aumentó en un 219% la posibilidad de que un elector votara por Fernando Haddad, ex ministro de Educación y ex alcalde de la ciudad de São Paulo por el PT, y no votara por el candidato del PSDB.

Además, en 2018 algunos candidatos al gobierno estatal por el PSDB pensaron que lo mejor era aprovechar la ola electoral bolsonarista para salir elegidos. Y con el tiempo otro segmento de sus cuadros se unió a los partidos de centro, identificados como “Centrão”, como se conoce a los partidos que venden su apoyo al gobierno de turno a cambio de favores políticos.

El futuro del PSDB

El PSDB debe decidir su proyecto político. O opta par parecerse a los partidos del “Centrão”, como un partido de coadyuvante, pragmático, que apoya a gobiernos de diferentes ideologías a cambio de la fragmentación del poder, o si quiere liderar una agenda para Brasil.

El camino no es sencillo. El partido está polarizado con dos líderes que cuentan con alrededor del 30% del electorado cada uno. Es una mala estrategia pensar que Luiz Inácio Lula da Silva está en la izquierda, que Jair Bolsonaro está en la derecha y que el PSDB junto con los Demócratas (DEM) y otros aliados pueden posicionarse en el centro, ya que Lula ha estado muy ocupado acercándose al centro.

Si el PSDB quiere disputar las elecciones de 2022 debería plantearse crear un campo triangular ocupando un extremo, claramente contrario a los otros dos, el de Bolsonaro y el de Lula. Lula y Bolsonaro ya se han posicionado. Al fin y al cabo, ambos son conscientes de la realidad.

El rechazo al PSDB es parte constitutiva del voto al PT y ahora también a Bolsonaro. A su vez, el rechazo al PT y al PSDB es parte constitutiva del voto a Bolsonaro. A lo largo de los años, el sentimiento de antipetismo fue parte constitutiva del voto al PSDB. Ahora el partido debe posicionarse respecto al bolsonarismo.

Este artículo aporta dos reflexiones muy claras sobre si el PSDB invertirá en ser protagonista con una agenda que respete las instituciones democráticas, las libertades individuales, el medio ambiente, la responsabilidad fiscal y el liberalismo económico, con atención a los imperativos de las políticas públicas. En caso afirmativo, el histórico partido debe posicionarse en la disputa en estos términos, tirando de un vértice para convertir la disputa política brasileña en un triángulo.

No hay garantía de éxito electoral; si la hubiera, la elección sería más fácil. Pero lo que está en juego es la decisión de mantener o no su papel de protagonista en la política brasileña.

Steven Ross es especialista en estadística y profesor de la Universidad Federal del Estado de Río de Janeiro (UNIRIO).

Anselmo Rodrigues es Máster en Ciencias Políticas por la UNIRIO.

Encontro nacional de prefeitos do PSDB

López Obrador, entre el amor y el odio

“Puede parecer pretencioso o exagerado, pero hoy no solo inicia un nuevo gobierno, hoy comienza un cambio de régimen político». Esta frase del presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador (AMLO), a medio camino entre la promesa y la proclama, lleva la marca de fábrica de un estilo de hacer, pensar y sentir la política. Pronunciada en el discurso inaugural del sexenio ante una multitud en el Zócalo capitalino, pinta de cuerpo entero al político que comenzó su carrera en los años setenta, formó parte de la corriente disidente del PRI que dio origen al PRD a finales de los años ochenta y en 2018 alcanzó la presidencia del país.

De cabello blanco, hablar pausado y humor cáustico, se lo conoce por la prosa filosa y una voluntad firme. Veterano de las luchas políticas, fue jefe de Gobierno de la Ciudad de México y candidato en las (controvertidas) elecciones federales de 2006 y 2012. Pero, sobre todo, se lo recordará por haber ganado las últimas elecciones presidenciales con la mayor votación en la historia de México.

El Pejelagarto o el Peje, como también se le llama, es para algunos un gran político y para otros un farsante irresponsable. Sin embargo ¿quién es AMLO? ¿Por qué es amado y odiado a la vez?

CONSERVADOR

Alcanzar la presidencia de México fue el remate perfecto de un recorrido que inició un veinteañero López Obrador cuando se afilió al PRI. Comenzó su carrera en la arena política como coordinador del organismo indigenista tabasqueño, mientras ejercía de profesor de sociología en la universidad estatal. Y a pesar de tener una ajetreada agenda de viajes, familia y estudios, nunca dejó de ser un militante activo.

Su tesis final de la carrera de ciencia política presentada en la UNAM deja entrever su fascinación con la historia nacional. Desde ese momento, pregonó en todos los foros su devoción por figuras como Benito Juárez y Lázaro Cárdenas. No es extraño, por tanto, que como presidente retomara elementos históricos para autoproclamarse como una continuidad del pasado. La Cuarta Transformación estaría a la altura de otros acontecimientos de la historia mexicana como las guerras de la Independencia y de Reforma del siglo XIX o de la Revolución iniciada en 1910.       

Sus ideas y convicciones evocan un tono conservador. Para sus partidarios esa mirada retrospectiva caracteriza a un líder con compromisos permanentes con la justicia social, el fortalecimiento del Estado o los principios tradicionales de la política exterior mexicana. Para sus críticos, en cambio, refleja una perspectiva arcaica que minimiza y soslaya reconocer (y comprometerse) plenamente con los derechos de las mujeres, la comunidad LGBT+ o las cuestiones ambientales.  

Las discrepancias son inevitables. Una sociedad democrática se define por la pluralidad de juicios y valoraciones. Carece de lógica pretender que todo se resuma en una perspectiva única.

PERSONALISTA

Como jefe político, el estilo de AMLO es el personalismo, donde la política – de acuerdo con el Diccionario de Oxford – “se practica según la conveniencia, convicciones, arbitrio o estilo del gobernante o dirigente.” La definición remite a esa imagen repetida de AMLO hablando cada mañana a las 7 a.m. a la ciudadanía desde la sede del gobierno.  

Las conferencias matinales han impulsado hacia adelante el desarrollo de la cultura democrática en México y son además el escenario para recrear el ego personal del presidente. Muchos críticos insisten en que las opciones son mutuamente excluyentes, pero “las mañaneras” significan ambas posibilidades a la vez.

Personalismo es también, según la Real Academia Española, la “adhesión a una persona o a las ideas o tendencias que ella representa, especialmente en política”. La descripción encaja con AMLO, un dirigente que logra que todo lo que sucede en su entorno quede subordinado a él, incluso instituciones y partidos, individuos y colectivos. Y cuando el poder público se cristaliza en un individuo, lo realmente esencial para los demás pasa a ser el gobernante que, como consecuencia, se convierte en el hombre más amado (o el más odiado) del país.

Sin embargo, el personalismo del presidente no es suficiente para explicar la disputa actual entre defensores y críticos de AMLO.  En el fondo, no es el único culpable de volver estéril la búsqueda de acuerdos políticos. El juego de suma cero es abonado por el presidente tanto como por sus detractores. La polarización —término de moda— es una creación artificial, fundamentalmente un discurso utilizado como medio para obtener o conservar el poder, según convenga a tirios o troyanos.

POPULAR

AMLO inició su sexenio en medio de una expectativa superlativa y transcurridos 28 meses su popularidad se mantiene estable. Tiene un apoyo del 61% y en promedio nunca se encontró por debajo del 50%, contando con un respaldo superior al obtenido por Enrique Peña Nieto y similar al de Felipe Calderón en el mismo lapso.

Sin embargo, ante la creciente polarización social, ¿qué puede pasar en las elecciones del 6 de junio próximo? El presidente apuesta al vínculo carismático con sus seguidores para enfrentar a la coalición anti-AMLO (PRI, PAN y PRD). Eso es prácticamente su único capital político, pues tiene una gestión relativamente decepcionante teniendo en cuenta los cambios que se esperaban y carece del respaldo de un movimiento político fuerte ya que MORENA es poco más que un rótulo electoral.

Más alla que AMLO logre mantener la buena estrella o no, una cosa es cierta: nadie podrá quitarle el mérito de haber inventado un personaje político que ha logrado definir por sí mismo una época, la transición democrática mexicana, la misma que aún forcejea entre la tragedia y la farsa. No es poco. Veremos si le alcanza.

Foto de Eneas en Foter.com

El petróleo ya no está de moda

Coautora Daniela Carrión

La industria de la moda es una de las más lucrativas a nivel mundial. Tiene un valor semejante al PIB de Francia y emplea a más de 300 millones personas en el mundo. Sin embargo, la moda rápida o fast fashion es la segunda industria más contaminante del mundo y el Banco Mundial y la Alianza de la Moda estiman que contribuye cada año con entre un 8% y 10% de la emisión de gases de efecto invernadero globales.

Los costos de producción se han reducido con la producción masiva. Sin embargo, existen otros costos menos evidentes como las externalidades negativas asociadas a impactos ambientales como el uso de recursos naturales, contaminación y contribución al cambio climático.

El coste ambiental de la industria de la moda

Además de ser un trabajo intensivo, este sector requiere de grandes cantidades de energía para poder producir. Esto ahonda la problemática del cambio climático y las consecuencias asociadas al aumento de eventos climáticos extremos que repercuten en todos los sectores de la economía.

Desde el inicio de la cadena productiva, cantidades significativas de petróleo son necesarias para la elaboración de materias primas de la industria textil como las fibras sintéticas, materiales como el poliéster y el acrílico que por sus características son altamente demandadas.

La Fundación Ellen McArthur estima que se requieren 342 millones de barriles de petróleo al año para la fabricación de fibras sintéticas, que resultan ser un tipo de plástico. Este tipo de fibras tienen una alta demanda por sus características de resistencia, durabilidad, elasticidad e impermeabilidad. Sin embargo, esa misma durabilidad de las prendas no permite su fácil desintegración una vez desechada en los rellenos sanitarios de los países.

De acuerdo con la Fundación Ellen McArthur, más de seis de cada diez prendas tiene como materia prima textiles de origen fósil. También se estima que el 35% del total de microplásticos que terminan en el mar provienen de ropa y textiles sintéticos.

Además de ser una industria intensiva en el uso de energía, también lo es en el uso de agua. De acuerdo con el periódico The Guardian, 1.5 trillones de litros son requeridos anualmente por la industria de la moda ya que confeccionar unos simples vaqueros requiere de unos 7.500 litros. Además, según un estudio de la Universidad de California, las prendas de materiales sintéticos desprenden en promedio 1,7 gramos de microfibra en cada lavada, que termina volcado a las fuentes de agua.

La fabricación de prendas de vestir ocurre en países en desarrollo donde las condiciones laborales son más flexibles, hay mejores condiciones económicas para las empresas y las regulaciones son más débiles. Si bien parte de las economías de India, China y Bangladesh dependen del sector textil, también es una industria relevante para algunos países de América Latina.

La industria en América Latina

La industria textil fue una de las pioneras en el proceso de industrialización de Brasil y el país es actualmente una referencia mundial en el diseño de trajes de baño, jeanswear y homewear entre otras piezas. Este sector es el segundo mayor empleador de la industria manufacturera y genera alrededor de un millón y medio de empleos directos y casi ocho millones indirectos en más de 33.000 empresas de todo el país.

En México, por otro lado, la Industria textil y de la confección empleó 640 mil personas en 2018 y el sector ocupa la décima posición entre las actividades económicas manufactureras más importantes de país. Con casi la totalidad de las prendas exportadas a Estados Unidos, el desarrollo de esta industria se debe a las malas condiciones laborales y la nula protección ambiental.

Si bien el sector representa buena parte de los ingresos de los países en desarrollo, su reinvención es vital para el planeta y sus habitantes. Por un lado, para mejorar las condiciones laborales de los trabajadores textiles y por otro, para desarrollar una producción más limpia con prácticas sostenibles a lo largo de su cadena de producción que internalicen los impactos en el planeta.

Para ello, es fundamental fortalecer la institucionalidad de los países en desarrollo para mejorar las condiciones laborales de los empleados del sector y para el desarrollo normativo y de control que garantice el cuidado y protección del medio ambiente. Y desde los consumidores, es fundamental que seamos más consientes de los modos de consumo y uso de las prendas que utilizamos a diario.

Tener conciencia global si está de moda, así como revisar los patrones de consumo y producción para hacerlos más sostenibles. Hay que pensar en una economía circular de la moda y para ello es clave tomar acciones que involucren al sector para que realmente se minimicen los impactos ambientales presentes y futuros.

Daniela Carrión es economista y gestora de proyectos financiados por el Fondo Mundial para el Medio Ambiente en Latinoamérica. Master en Relaciones Internacionales de la Universidad Andina Simón Bolívar, Ecuador, y en Ambiente y Desarrollo, en The London School of Economics and Political Science, Reino Unido.

Foto de Agência Brasília en Foter.com

Biden y la tesis de la paz democrática

En los estudios internacionales se destaca, por su importancia teórica y empírica, la “tesis de la paz democrática”. De manera sintética, esta tesis plantea tres axiomas fundamentales: a) el monádico: las democracias son más pacíficas que los regímenes autoritarios; b) el diádico: «las democracias raramente hacen la guerra entre sí; y c) el sistémico: cuantas más democracias existan, más pacífico será el sistema internacional. Un debate sustantivo se ha desarrollado a lo largo de los años entre defensores y detractores de esta tesis; sin embargo, parece necesario hacer un comentario sobre lo problemático de su uso como dogma de la política exterior.

La tesis tiene su origen normativo en un libro del filósofo Inmanuel Kant de 1795: Hacia una paz perpetua, un proyecto filosófico. Dos máximas principales son planteadas allí: la expansión de una federación de repúblicas como fórmula para la paz mundial y la consulta a los filósofos acerca de sus condiciones de posibilidad. No obstante, la aspiración última de Kant era una república mundial regida por el derecho cosmopolita y la hospitalidad universal, una distancia fundamental con los usos contemporáneos de la “tesis de la paz democrática”.

¿De qué manera lo que había sido un ejercicio reflexivo se transformó en dogma? Es a partir del presidente estadounidense Woodrow Wilson, y sus famosos Catorce Puntos para la paz mundial, que se instala una suerte de “ideología misionera” encargada de “evangelizar” con los valores y la forma de gobierno estadounidense a otros rincones del mundo. Ésta, además, se constituye en un pieza angular de la Guerra Fría al proveer el sustento a la doctrina del presidente Truman de 1947. No es la división del mundo entre comunismo y capitalismo, sino entre democracia y autoritarismo, la que delinea los trazos de la confrontación con la Unión Soviética.

La tesis de la paz democrática hoy

Lejos de desaparecer con la caída del muro de Berlín, la “tesis de la paz democrática” no cesa de extender su atracción en las elites estadounidenses. Alcanza su fama mediática en los noventa con el argumento del «fin de la historia” de Francis Fukuyama, Clinton la consagra como eje orientador de su política exterior, George W. Bush la lleva al extremo en Irak y Afganistán con las “guerras ofensivas” después del 11 de septiembre, Obama la reedita en Libia y con el impulso a la “Primavera Árabe” y Trump la reivindica en su cruzada contra la empresa Huawei y el “autoritarismo chino”. Nada se pierde, todo se transforma.

La publicación reciente de la Interim National Security Strategic Guidance muestra a una administración Biden decidida a tomar una línea cada vez más rígida, dogmática y polarizante sobre el desafío que plantea una “China totalitaria”. Apoyar a minorías uygures de Xinjiang, apuntalar al movimiento democrático de Hong Kong, o hacer una defensa férrea de Taiwán son decisiones que tienen un hilo conductor: la visión de un mundo dividido entre naciones democráticas y dictaduras agresivas que intentan socavarlo, en el que sólo Estados Unidos, junto a una liga de democracias, ofrecerían la anhelada salvación.

Movimientos recientes como la propuesta de reafirmar la OTAN atrayendo a India, o el intento de incluir a Corea del Sur en la alianza cuadrilateral entre Estados Unidos, India, Australia y Japón conocida como Quad son apuestas riesgosas a favor de coaliciones democráticas a la carta para contrarrestar a China y Rusia. A ello se suma un postura más intransigente hacia Beijing como la que se pudo observar en la fría reunión del secretario de Estado, Antony Blinken, con funcionarios chinos en Anchorage, Alaska. Parte del problema es una percepción errónea: Estados Unidos cree que aún puede hablarle a China desde una posición de fortaleza.

Biden y América Latina

Si la llamada restauración pasa por la insistencia en que la democracia es el mejor sistema político, esto sugiere que la administración Biden no descarta presionar a países latinoamericanos ni realizar intervenciones con el fin de “defender la democracia y los derechos humanos”.

Las calificaciones vertidas en un reciente informe del Departamento de Estado con menciones de “régimen ilegitimo” a Venezuela, de “Estado autoritario” a Cuba, y de “régimen corrupto” a Nicaragua muestran el uso de un lenguaje más sofisticado para identificar “amenazas iliberales”. La prórroga de la vigencia del decreto que declara a Venezuela “amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad o el abierto pronunciamiento sobre el estado de derecho en Bolivia preanuncian monitoreo férreo, sanciones económicas y/o acciones encubiertas, sin descartar el uso de la fuerza, contra países afines a China y Rusia en la región. Es la geopolítica lo que está debajo del velo.

Los presidentes de Estados Unidos dicen que el mundo para ser seguro debe ser lo más parecido posible a Estados Unidos. Afortunadamente, la tentación de imponer cambios de régimen político en otros países a imagen y semejanza de Washington tiene en los tiempos actuales dos grandes contrapesos: el fuerte rechazo de la sociedad estadounidense al involucramiento en “guerras eternas” y la agudización de la polarización político-ideológica interna. Hoy que la democracia representativa más antigua del mundo atraviesa uno de los momentos de mayor fragilidad de su historia, la tarea mayúscula estará en demostrar que el sistema aún funciona.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Foto de Floyd Brown en Foter.com

En el Perú, el tiempo electoral es circular

Montado a caballo, Pedro Castillo, docente de educación primaria, dirigente sindical y rondero, llegó a Lima el jueves 8 de abril para cerrar la campaña más impredecible desde la meteórica irrupción de otro profesor, que, montado sobre un tractor, consiguió la presidencia del Perú en 1990: Alberto Fujimori. La fortuna —a decir de Machiavello— ha colocado a Castillo en una segunda vuelta con Keiko Fujimori, a la postre, hija del otrora anónimo ingeniero que alcanzó la victoria contra todo pronóstico 31 años atrás.

La monumental fragmentación política peruana, traducida en una parrilla electoral de 18 agrupaciones políticas —con una gran mayoría que no amerita ser considerada como partido— propició que en esta oportunidad 19% y 13% de votos válidos, respectivamente, fueran suficientes para pasar al ballotage. En tal sentido, la primera vuelta peruana tiene ribetes de elección primaria, con amplia oferta electoral y que es capitalizada por quienes consiguen minorías fidelizadas a una propuesta cerca a algún extremo. No se gana una primaria tirado al centro, como tampoco hoy se gana una primera vuelta en el Perú de esa manera.

Erróneamente, la intelligentsia limeña ha pretendido colocar a Castillo el sombrero de outsider, dado su precipitado ascenso en las encuestas de opinión pública, tras estar al margen de las preferencias por casi toda la campaña. No obstante, Castillo no es ningún novato en estas lides.

Como dirigente sindical, Castillo tiene mucha experiencia en el plano político. En el 2017 alcanzó notoriedad nacional como una de las cabezas del magisterio peruano frente a los intentos de reforma planteados por el Ministerio de Educación. Castillo, flanqueado por organizaciones de base, fue cuestionado por tener cerca a algunos personajes con vinculación a los remanentes políticos de organizaciones terroristas como Sendero Luminoso. La puja fue exitosa, al conseguir que se retirara la confianza a la ministra Marilú Martens, y al gabinete ministerial en pleno en el Congreso.

Castillo pertenece a Perú Libre, agrupación concebida en los Andes centrales y cuyo líder es el médico Vladimir Cerrón, quien fuera gobernador de la región Junín y condenado a cuatro años de prisión suspendida por actos de corrupción.

La plataforma de Castillo y Cerrón —Perú Libre— se adhiere al marxismo-leninismo y sostiene una posición política y económica en el ala extrema de izquierda a la vez que respalda posiciones ultraconservadoras a nivel social. Castillo captó la atención del electorado de los Andes centrales y del sur, tradicionalmente inclinado a la izquierda y crítico hacia la política centralista que se dicta desde Lima.

En los 120 días de campaña, este electorado parecía converger hacia opciones de izquierda o populistas como la de Verónika Mendoza o Yonhy Lescano. No obstante, ante el agotamiento de ambas propuestas y errores propios del ejercicio electoral, Castillo tuvo la oportunidad de erigirse como novedad, con un discurso marcadamente contestatario e inflexible.

Por otro lado, Keiko Fujimori tentará la presidencia llegando a segunda vuelta por tercera vez consecutiva. Los apoyos recogidos por su plataforma cayeron sustancialmente desde el 2016, cuando pasó al balotaje en un cómodo primer lugar con cerca de 40% de las preferencias.

Fujimori y su partido, Fuerza Popular, parecieron dinamitar sus opciones políticas con miras a esta elección debido al tiempo que la candidata pasó en prisión preventiva por denuncias de lavado de dinero de la multinacional brasileña Odebrecht. Asimismo, la mayoritaria bancada congresal de Fuerza Popular ejerció una feroz oposición contra el gobierno de Pedro Pablo Kuczynski y fue desaprobada por la opinión pública, al percibir un intento por defender intereses subrepticios a través del poder legislativo. A ello habría que sumarle el rechazo de un importante segmento de la población hacia su padre.

Sin embargo, mientras la discusión política oficial se redujo a interacciones en medios masivos y redes sociales, Fujimori se mantuvo constante en transmitir un mensaje concreto: mano dura. De la misma manera, habría contribuido a su favor dejar de ser el foco de los reflectores y, por ende, de los ataques. Entretanto, opciones de derecha, una representada por el economista Hernando de Soto, y otra por el populista conservador Rafael López Aliaga, se convirtieron en el foco de sendos golpes y de controversia.

Así, la mano dura, sumada al recuerdo del padre, —percibido por parte de la opinión pública como arquitecto de la reconstrucción económica de inicios de los 90— habrían contribuido a su repunte, especialmente en zonas del interior, medianamente impermeables a la discusión política oficial y limeña.

La historia está lejos de acabarse. El 70% del electorado no votó por estas dos opciones políticas. Ambas son ampliamente resistidas y poco predecibles. Fujimori requiere convencer a los electores de que no utilizará el gobierno como arma de venganza política o que su quinquenio no se convertirá en otro episodio de latrocinio institucional y desapariciones. Castillo requiere persuadir al electorado de contar con firme vocación democrática y que está dispuesto a convocar a fuerzas políticas distantes de su propuesta. Además, requiere alejarse de socios con antecedentes de corrupción y deslindar tajantemente de la posible influencia de grupos que hayan reivindicado acciones de violencia.

Ambos candidatos cuentan con amplia experiencia política y movilización social, por lo que subestimar al contrincante sería un grave error. En ese contexto, la fragmentación política, si bien maldita, puede ser también una oportunidad: quien desee ganar cuenta con todos los incentivos para moderarse. Quien consiga peinar el centro, ganará.

Como en el mito de Sísifo, quien fue condenado a empujar una roca cuesta arriba de una montaña por siempre, los peruanos nuevamente nos embarcamos en una elección amarga, carente de inspiración o siquiera ilusión. La roca que empujamos es el propio engaño de pensar que en cinco años, por inercia, las cosas irán distinto. La tragedia es que el tiempo, en el Perú, es circular.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Uruguay y la libertad responsable ante la pandemia

En los últimos días en Uruguay se viene dando una situación que podría parecer una paradoja. Aumentan vertiginosamente los casos de Covid-19 y las personas vacunadas.

El gobierno, los periodistas y la comunidad científica insisten reiteradamente en pedirle a la gente que tome las máximas precauciones para evitar contagios y que se inscriba para vacunarse. Pero el gobierno no impone restricciones mayores a la movilidad de las personas, sino que apela a la “libertad responsable”, con la expectativa de que la gente no salga de su casa cuando no sea necesario y que, de ser necesario, tome las máximas precauciones.

El crecimiento exponencial de los casos ha conducido a que se reproche a la gente una absoluta falta de responsabilidad y de solidaridad social. Pero, del otro lado, grandes cantidades de personas se han registrado para vacunarse, al punto que hicieron colapsar los sistemas de agenda y llevaron a que se duplicara la capacidad de vacunación en poco tiempo. En este caso daría la impresión de que la gente muestra una actitud solidaria y responsable. ¿Cuál es la respuesta correcta?

Bienes públicos y acción colectiva

Una primera forma de razonar es que no se trata de las mismas personas: las responsables se cuidan y se vacunan mientras que las irresponsables se contagian y propagan el virus en la comunidad. Sin embargo, eso no es cierto; en términos generales las personas que se contagian y las que se vacunan son las mismas. Lo que el gobierno y los periodistas no parecen comprender es que personas perfectamente racionales puedan, al mismo tiempo, inscribirse para vacunarse mientras hacen una vida más o menos normal, dentro de las restricciones establecidas. El problema de interpretación consiste en no saber evaluar el carácter de bien público que tiene la inmunidad colectiva.

La ciencia económica estableció hace varias décadas la existencia de los bienes públicos y su diferencia con los bienes privados. Para decirlo de forma simplificada hay dos grandes diferencias. En primer lugar, los bienes públicos -como la limpieza de una ciudad-, una vez provistos, son consumidos por todos los individuos que integran una comunidad, no se puede excluir a nadie de su consumo. En segundo lugar, su provisión requiere la cooperación de los individuos que integran la comunidad; una ciudad no puede mantenerse limpia si la gente la ensucia, requiere que se produzca una acción colectiva.

Los estudios de economía política mostraron hace muchas décadas que, en diversas situaciones, los intereses individuales no convergen con los intereses colectivos. Como dice el personaje de Nash en la recordada escena del bar de “Una mente brillante”: “Adam Smith estaba equivocado”. Es el caso de los bienes públicos: aunque todos estaríamos mejor con una ciudad limpia no tenemos incentivos individuales para no ensuciar. El razonamiento es bien simple: si yo intento colaborar con la limpieza poniendo la basura siempre en el lugar establecido y a la hora adecuada, no voy a lograr que la ciudad esté limpia si los demás no hacen lo mismo.

Por otra parte, si todos los demás lo hacen, la ciudad estará limpia aunque yo no lo haga. La conclusión es evidente: si colaborar con la limpieza tiene un costo y si la limpieza no depende de lo que yo haga, no me conviene colaborar. La situación incentiva el comportamiento que Mancur Olson-reconocido economista y politólogo estadounidense-llamó free rider (colado): puedo obtener el beneficio sin pagar el costo y evito pagar el costo sin obtener el beneficio.

En esos casos, ¿cómo se promueve la cooperación? En el trabajo de Olson se desarrolla un mecanismo: la creación de incentivos selectivos, ya sean positivos o negativos, esto es, premiar las conductas cooperativas o castigar las desviaciones.

La responsabilidad de los gobiernos en la pandemia

Con estos elementos es suficiente para comprender la racionalidad de la simultánea evolución de los contagios y la vacunación. Si el gobierno no reprime la movilidad ni premia el aislamiento, los individuos tienen incentivos para hacer su vida normal, trabajar y hacer vida social, en todo caso, tomando las precauciones que estimen pertinentes, pero contribuyendo en definitiva a la propagación de la Covid. Pero los mismos individuos tienen incentivos para vacunarse, porque la vacuna protege al individuo además de la comunidad. La vacuna es un bien privado, produce inmunidad en el individuo que se la aplica. Y también converge con el bien público, la inmunidad colectiva, en la medida en que un número suficiente de individuos lo haga.

Ningún gobierno debería esperar que individuos racionales autolimiten su movilidad si eso les genera un perjuicio y ningún beneficio individual. La obligación de los gobernantes es conocer esta estructura de incentivos y tomar las medidas conducentes a la provisión de los bienes públicos, creando los incentivos selectivos necesarios. En este caso estableciendo restricciones a la movilidad cuyas infracciones puedan ser castigadas. No se puede mantener abiertos los bares, restaurantes, centros comerciales y otros lugares de ocio y, al mismo tiempo, quejarse de que la gente concurra. Los gobiernos no deben esperar responsabilidad individual sino hacerse responsables.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Foto de jikatu en Foter.com

La cuarta década de un Mercosur averiado

El cruce de ideas entre Fernández y Lacalle Pou (“liberarse del corsé” vs. “bajarse del barco”), menor y anecdótico, quedará registrado sin embargo, como un episodio que refleja las diferencias existentes y sus implicancias: una eventual bifurcación de caminos entre los países del Cono Sur.

En su condición de anfitrión de la cumbre virtual celebratoria del 30 aniversario del Mercosur, el pasado 26 de marzo, el presidente argentino Alberto Fernández protagonizó con su par uruguayo Luis Lacalle Pou un cruce de frases que dejó expuestas las grietas del bloque regional. El mandatario uruguayo reclamó que el Mercosur “no se convierta en un lastre o corsé”. El Presidente argentino recogió el guante y respondió en forma airada: “no queremos ser un lastre para nadie… y si somos un lastre, que tomen otro barco”.  La respuesta dejó a la Argentina virtualmente en “off side” respecto de sus socios y vecinos. Ocurre que Lacalle Pou llevó las voz cantante de la posición que tienen además los gobiernos de Brasil, Paraguay, a favor de flexibilizar la actual estructura arancelaria.

Puede ser que esta última alternativa no sea la que más contribuya al fortalecimiento del mercado común, que se conformó con la idea de alcanzar una verdadera coordinación macroeconómica y hoy muestra un archipiélago de realidades nacionales que corren cada una por su lado. Pero plantear el desacuerdo existente como una discusión entre modelos rígidos de “unión aduanera versus zona de libre comercio” es, además de un error estratégico, una muestra de debilidad relativa que puede dejar a la Argentina en franca minoría dentro del bloque y al bloque mismo en una virtual parálisis.

La cuestión se dirimirá este 22 de abril, cuando se reúnan los cancilleres y ministros de Economía de los países miembros para revisar el Arancel Externo Común (AEC).

El presidente Fernández dijo no creer que una reducción parcial y lineal del Arancel Externo Común (AEC) del Mercosur para todo el universo arancelario “sea el mejor instrumento, frente a la posibilidad de nuevos acuerdos con otros países”. La propuesta argentina se basa en “preservar el equilibrio entre los sectores agroindustriales e industriales” y “la coordinación de políticas macroeconómicas, “para continuar avanzando hacia el consenso de mercado común”.

Hay bastante coincidencia entre los expertos y especialistas acerca de la necesidad de un diálogo constructivo entre los miembros del Mercosur para sostener el bloque para encarar los problemas de competitividad y asimetrías que afectan la inserción en el mundo.  Estos problemas, a los ojos de los “aperturistas”, responden también a una apertura tardía y a la falta de reformas estructurales que siguen pendientes. Como señala el especialista argentino en negocios internacionales Marcelo Elizondo, “desde hace años Latinoamérica pierde relevancia como actor del comercio internacional y poco puede esperarse de una estrategia hacia la propia región. En cambio, otros mercados dinámicos invitan a desarrollar acciones de inserción internacional”.

Algunos indicadores ilustran esta estimación: mientras Latinoamérica genera hoy solo 3,3% de todas las importaciones mundiales, Asia lo hace en 32,2% (10 veces más). Las regiones con mayor participación en las importaciones mundiales son Europa (que genera 36,5% del total y dentro de la cual la UE explica 29,5%), Asia (32,2%) y Norteamérica (18,6%). Luego, Latinoamérica y África generan cada una poco más del 3% del total planetario.

Mirado en escalas temporales más amplias, Latinoamérica es la región que más participación en las importaciones mundiales ha perdido: generaba más de 10% del total a mediados del siglo XX, 6% del total a mediados de los años 60, y continuó en baja desde entonces de tal modo que su incidencia mundial actual es apenas un tercio de la de mediados del siglo pasado. Mientras tanto, Asia (la región de mayor alza en su relevancia relativa) creció en su participación desde 14% en aquel tiempo hasta el 32% actual. Puede agregarse a ello que, en las últimas 5 décadas, Europa perdió algo de participación (desde 53% a 36%) y América del Norte la mantuvo estable.

Si se analiza por países, entre los 30 mayores importadores mundiales hay 12 mercados de Asia (entre ellos China, Corea del Sur o India pero también Taiwán, Singapur, Tailandia y Malasia); 8 de la UE; los 3 de América del Norte y solo un sudamericano (Brasil), al que puede adicionarse a México. Para la propia Argentina, Asia ha adquirido una creciente relevancia y en 2020 fue el continente más abastecido por exportaciones argentinas (superando a Latinoamérica y Europa, que la siguieron en incidencia). A ello se suma la reconfiguración geo-económica global que supone la constitución del tratado de libre comercio RCEP en Asia, que reúne a los países del ASEAN (China, Japón, Corea, India, Australia y Nueva Zelanda).

Esto es lo que está detrás de los reclamos de Brasil y Uruguay, que buscan apertura para abandonar el modelo autonomista del bloque. “El acceso desde nuestros países a aquellos mercados lejanos está dificultado porque, mientras nosotros no tenemos acuerdos comerciales con ellos, sí los tienen nuestros competidores -y hasta vecinos como Chile y Perú- lo que hace más complejo el ingreso para nuestros productos y empresas en ellos”, sostiene Elizondo.

El cruce de ideas entre Fernández y Lacalle Pou (“liberarse del corsé” vs. “bajarse del barco”), menor y anecdótico, quedará registrado sin embargo, como un episodio que refleja las diferencias existentes y sus implicancias: una eventual bifuración de caminos entre los países del Cono Sur. La “patria chica” de los nacionalismos estrechos, en nombre del “interés nacional”, le gana a la declamada “patria grande” cuando los líderes no saben sobreponerse a las señales desafiantes del contexto global y regional con una visión compartida y superadora y con acuerdos estratégicos que lleven esa visión a realizaciones concretas.

*La versión original de este texto fue publicada en Clarín, Argentina

Foto de MERCOSUR – MERCOSUL

Entre el «sueño americano» y el purgatorio

Coautora María del Carmen L. Miranda

En los primeros meses de 2021 el frio, la lluvia y los fuertes vientos se entrelazan con las miradas perdidas, el cansancio, las tiendas de acampar, los cantos religiosos y los bolsos de los migrantes llenos de ilusiones que se amontonan a unos cuantos metros de “El Chaparral”. Así se conoce a la garita que separa a México y Estados Unidos, dos países tan diferentes como sus ciudades fronterizas, Tijuana y San Diego. Los habitantes de este campamento improvisado han sido empujados a emprender el viaje por la falta de oportunidades y la violencia en sus países de origen. Adultos familias y cada vez más niños solos engrosan la población de unas 2000 personas provenientes de países como El Salvador, Honduras y Guatemala, y en menor medida de Haití, Cuba o el mismo México.

Con la victoria de Joe Biden, un nuevo flujo migratorio comenzó a avanzar hacia el norte  atraído por los posibles cambios en la política migratoria.  Pero rápidamente quedó claro que las promesas democratas de la campaña no dejarían de ser promesas, sobre todo teniendo en cuenta las restricciones fronterizas en plena pandemia.

Anclados en Tijuana, un lugar enigmático que, dependido del punto de vista, puede ser donde “comienza la patria” o donde “termina América Latina”, los migrantes permanecen a la espera de alcanzar su objetivo: el “sueño americano”. Un sueño que de momento es una pesadilla.

Perspectivas diferentes.

Desde el punto de vista de los migrantes, los factores que motivan su desplazamiento son muy diversos. Desde conflictos políticos, necesidades económicas y violencia, hasta las más reciente catástrofes ambientales, cada vez más frecuente en consecuencia del cambio climático.

Estados Unidos, sin embargo, tiene una perspectiva diferente. A partir de los ataques terroristas del 2001, las políticas migratorias se fortalecieron y se convirtieron en un instrumento de seguridad nacional. Esto se tradujo en el aumento de restricciones de movilidad entre fronteras y una criminalización de la migración irregular.

Durante la administración Trump la situación de los migrantes, tanto al interior como al exterior del territorio estadounidense, se complicó aun más. Entre la construcción de un muro fronterizo y la cancelación del programa DACA (Deferred Action for Childhood Arrivals) que beneficiaba a millones de “dreamers”, las políticas migratorias tomaron un giro excluyente.

Vendedores de sueños.

Como si fuera poco, en los países emisores de migrantes abundan los “coyotes”. Se trata de personas que conocen la ruta migratoria y que lucran con la necesidad de la gente. Amparados por el anonimato de las redes sociales engañan a sus futuros clientes ofreciendoles nuevas oportunidades, un aparente cruce “seguro” o documentos falsos para transitar libremente por territorio mexicano. Inclusive ofrecen facilidades a la hora de cobrar por los servicios prestados, que pueden ir desde mil hasta cinco mil dólares por persona, dependiendo de la ruta, el tiempo, las comodidades en el camino y el tipo de cruce.

Muchas familias, alentadas por la falsa promesa del “sueño americano” e impulsados por rumores de que a los menores no acompañados no los deportan, envían a sus niños solos con la ilusión de un mejor futuro. De acuerdo con la Oficina de Aduanas y Protección de Fronteras de Estados Unidos, hasta febrero se habían contabilizado 29.010 casos de niños no acompañados.

Fuera del mito

La crisis migratoria actual, demuestra que el cambio de gobierno en Estados Unidos no ha significado una transformación sustancial en temas migratorios. La sobrepoblación en centros de detención para migrantes se ha incrementado a pesar de que el nuevo gobierno ha afirmado que protegería a los niños migrantes. El número de niños detenidos y deportados es alarmante.

La criminalización actual de la migración se ampara en la coyuntura sanitaria. Los migrantes que llegan a Estados Unidos son detenidos y procesados bajo el Código implementada por Trump que determina que debido a la existencia de Covid-19 en México y Canadá, existe un grave peligro de una mayor introducción de la enfermedad en los Estados Unidos.

Según datos de la Oficina de Aduanas y Protección de Fronteras de Estados Unidos, de noviembre a febrero se han realizado 317.590 expulsiones a los estados del norte de México y su traslado, por parte del Instituto Nacional de Migración (INM), a albergues que pertenecen a organizaciones de la Sociedad Civil que no cuentan con las condiciones básicas.

Las injusticias a las que se ven sometidos los migrantes a lo largo de sus travesías son innumerables: detenciones a ambos lados de la frontera, deportaciones, violencia policial, extorsiones, violaciones y hasta el asesinato. Por ello, en un acto de resiliencia, los migrantes han implementado mecanismos colectivos de defensa como avanzar en caravanas para protegerse en grupo o formando campamentos para mantenerse unidos en su paso por ciudades como Tijuana, considerada como una de las más violentas de México.

¿Qué pasará con los niños detenidos en los centros de detención estadounidenses o con aquellos que se encuentran solos en los albergues mexicanos? Ante esta desoladora realidad, el futuro de los niños, que representan más del 60% del flujo migratorio actual, es una incognita.

María del Carmen L. Miranda es Licenciada y Máster en Relaciones Internacionales por la Universidad Autónoma Metropolitana (México). Consultora independiente en temas migratorios.

Fotos de Hugo J. Regalado