Una región, todas las voces

Argentina: una elección, múltiples decisiones

Argentina se encamina a unas elecciones con un nivel de movilización inusitado. La abultada diferencia que obtuvo el Frente de Todos en las PASO (Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias), las cuales, más allá de definir algunas candidaturas a nivel municipal y provincial, funcionaron como un importante muestreo de voluntades, generó una fuerte reacción entre partidarios del oficialismo y temerosos del kirchnermismo que se materializó en un nivel de organización y movilización que pocos esperaban. El pasado 24 de agosto, una multitud se desplazó hacia el centro de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para culminar en la emblemática Plaza de Mayo y encontrarse luego, en una decisión de último momento, con un presidente que se acercó a saludar y arengar a los autoconvocados dando inicio así a lo que algunos llamaron “la rebelión de los mansos” por tratarse de un sector de la sociedad que suele mantenerse al margen de este tipo de manifestaciones aunque conserva en la memoria las marchas de protesta contra el gobierno de Cristina Kirchner en los años 2012 y 2013. Desde este punto de partida, el gobierno organizó un exigente itinerario de encuentros populares en distintos puntos del país que contrastaron con la tibia recepción del día de su asunción en aquel 10 de diciembre de 2015. Paradójicamente, un presidente debilitado por una elección adversa, se encontró con la fuerza de cientos de miles de personas en las calles y un momento culmine el pasado sábado 19 de octubre en el Obelisco, cuando se produjo la mayor concentración desde los cierres de campaña luego del regreso de la democracia en el año 1983.

El cimbronazo que sintió el mercado financiero luego del inesperado resultado de las PASO (por la abultada diferencia en favor del frente opositor), con caída de acciones y bonos argentinos, una fuerte devaluación del peso y gran desconfianza en el programa de gobierno y las personas que conformarían un hipotético gobierno de Alberto Fernández hicieron revivir temores que, lamentablemente, están muy frescos en la memoria en los argentinos. Fue así que los bancos debieron trabajar fuera de sus horarios habituales para satisfacer la demanda de dólares de muchos argentinos que temían una nueva pesificación (recuerdos del 2002), no renovaban sus plazos fijos y hacían todo lo posible por salir de la moneda local. La paradoja de votantes del Frente de Todos que a su vez no confían en la voluntad y capacidad de sus dirigentes para evitar una mayor devaluación de nuestro peso sería un interesante tópico para que tome algún especialista de aquellas ramas de estudio que cabalgan entre la psicología y las ciencias sociales.

¿Qué se podría esperar de un segundo gobierno de Mauricio Macri en caso de conseguir revertir el resultado de las PASO? En primer lugar, habría un fuerte impacto sobre las variables financieras, reversión del precio de default que adquirieron los bonos argentinos y un freno a la constante caída de reservas que viene sufriendo desde el 12 de agosto el Banco Central pese a las restricciones impuestas en conjunto con el Ministerio de Hacienda. Por lo demás, se espera una continuidad en sus políticas exterior, de seguridad, educación, salud y defensa, al tiempo de continuar con la reducción de un déficit fiscal que, ante la ausencia del crédito internacional, aparece como una de las pocas herramientas para sortear la restricción externa, un fenómeno frecuente en la historia económica del país.

Con poco margen (falta de recursos) para volver a políticas de corte populista, un futuro hipotético gobierno del Frente de Todos podría ser más ortodoxo que el actual en términos fiscales

¿Cuál sería el impacto si Alberto Fernández confirma la elección que realizó el 11 de agosto y se alza con la presidencia sin necesidad de acudir a un balotaje a mediados de noviembre? En principio, continuaría el empuje sobre el tipo de cambio y se intensificaría la presión de los distintos actores económicos para conocer cuál sería el programa de un futuro gobierno suyo. Los incentivos allí ya no encontrarían puntos de contacto entre oficialismo y oposición por lo que el actual gobierno intentará evitar una mayor devaluación de la moneda mientras que el gobierno electo propugnaría para que ese “trabajo sucio”, lo hiciese Mauricio Macri. Con poco margen (falta de recursos) para volver a políticas de corte populista, un futuro hipotético gobierno del Frente de Todos podría ser más ortodoxo que el actual en términos fiscales y utilizar la buena llegada que habitualmente tiene el peronismo con los grupos corporativos para realizar reformas tales como la previsional y la laboral, las cuales resultaron imposibles para un gobierno sin mayoría en las cámaras legislativas y con fuertes obstáculos impuestos por grupos de poder cercanos al sistema tradicional de hacer política y conservar privilegios. Donde sí es posible que un gobierno de Alberto Fernández haga un giro copernicano es en la política exterior. Quizás la vedette del gobierno de Mauricio Macri, reconocido por los principales países del mundo y por líderes de diversas extracciones políticas, es allí donde las diferencias se vislumbran más fácilmente. La relación con Brasil, Estados Unidos y Europa debería arrancar prácticamente desde cero. La distancia respecto al Grupo Lima y la negativa por parte de Fernández de señalar, como lo que efectivamente es, a la dictadura de Nicolás Maduro, atentan contra las posibilidades de mantener el camino emprendido por el presidente Mauricio Macri en cuanto a los alineamientos de una región ya de por sí muy convulsionada por estos días.

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Chile: y como se sabía, explotó el polvorín

Estoy escribiendo estas líneas a pocos minutos de que, por tercer día consecutivo, se instaure el toque de queda en Chile. Si me decían hace unos días que este fin de semana lo pasaría encerrado entre estados de emergencia y toques de queda, no lo hubiese creído. El polvorín chileno explotó y el detonante fue una tentativa de suba del precio del transporte público. Pero el que crea que el boleto es lo que está detrás de esto, le está errando y por mucho. El boleto es apenas la punta del iceberg.

En cuanto a la coyuntura, las instituciones están absolutamente desorientadas y desbordadas; y es difícil ver cómo esta situación continuará en un futuro inmediato. La Presidencia se empecina en hablar de “grupos de vándalos concertados” e inclusive Sebastián Piñera ha dicho que Chile se encuentra en guerra (sic). Lo que el Gobierno no quiere entender es que no hay concertación de vándalos. Estas manifestaciones han sido respuestas inorgánicas, espontáneas, transversales, y donde los que participan conforman un collage de intereses y aspiraciones (algunas de ellas, contradictorias). Y he aquí el drama: no hay una cabeza con quien negociar, no hay líderes, no hay estructuras orgánicas; es una explosión social inédita en Chile, en la región, y quizás, por su naturaleza, en el mundo.  

Por cierto, existe anomia. Mucha. Existen individuos que se aprovechan del desconcierto imperante para saquear. Esto ha llevado a que, como reacción al vandalismo, grupos organizados de vecinos tomen la ley en sus manos y se conformen como grupos de autodefensa, “los chalecos amarillos”. El Gobierno de Chile ha mirado con buenos ojos a estos grupos; de hecho, les ha dado luz verde. Esto es muy peligroso porque tácitamente acepta compartir el monopolio del poder.

Hasta hace pocos años, mucha gente estaba convencida de que Chile era el país modelo, el “tigre de Sudamérica.” Se crecía, disminuía la pobreza, se jugaba limpio y, supuestamente, había instituciones sólidas. Sin embargo, estas realidades, que fueron llevadas a una categoría de mito en algunas instancias, han ido colapsando una a una. Casos de triangulación de dineros públicos con fines espurios, corrupción profunda en Carabineros y la institución militar, financiamiento oculto de la política y un profundo sentir de injusticia justamente al aplicar justicia (cuando a unos se les aplican penas draconianas, a otros simplemente los castigan con penas simbólicas).

Una de las cosas que duele es que la debilidad del acuerdo social imperante fue alertada una y otra vez»

Pero la realidad es que el modelo “no goteó” como se había prometido. Una de las cosas que duele es que la debilidad del acuerdo social imperante fue alertada una y otra vez, y desde hace muchos años. La indolencia y el negacionismo de un sector mayoritario y transversal de (todas) las élites quedaron en evidencia.

Hace años se alerta que la democracia chilena tiene enormes problemas de representación. No es normal que la única forma de que las élites gobernantes escuchen a un grupo (sean estudiantes, mujeres, medioambientalistas o, simplemente, “ciudadanos de a pie”) sea solo por medio de cocktails molotov, el corte de avenidas o cosas peores. Pero las instituciones ahora no dan para mucho más.

Así como es imposible saber cómo se desarrollarán los eventos, también es difícil recomendar una solución. Quizás, me pregunto si no será un momento oportuno de consultarle a la ciudadanía si convocamos una Asamblea Constituyente verdaderamente representativa para que le dé al país una Constitución que esté en sintonía con los principios que la ciudadanía apoya mayoritariamente.

Pero temo que eso es demasiado riesgoso para los tradicionales ganadores.

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Ecuador, en la encrucijada regional

La crisis política que ha vivido Ecuador en los últimos días le ubica en el centro de definición de cruciales tendencias regionales sobre cómo abandonar modelos económicos que combinan extractivismo y rentismo de los recursos naturales, y sobre cuya lógica se sustentan sistemas políticos basados en el clientelismo y la corrupción.

América Latina no logra salir de su tradicional vocación de ser proveedora de materias primas al sistema de la economía mundial, lo que la vuelve sumamente dependiente de ciclos expansivos y recesivos; esto hace que la búsqueda de financiamiento público conduzca a exacerbar la sobreexplotación de la naturaleza. Es el caso del Brasil y la Amazonía, o del mantenimiento de privilegios que debilitan las cuentas fiscales, como es el caso de las graves distorsiones de la economía petrolera venezolana.

En la realpolitic regional, el enfrentamiento tiende a polarizarse entre aquellos modelos políticos que redistribuyen por medio de la intervención del Estado y aquellos que apuntan a liberalizar las fuerzas del mercado. Ambas líneas parecerían servirse a su manera del extractivismo; las unas, para incrementar los márgenes de utilidad de sus empresas; las otras, para reproducir formas clientelares y corporativas de distribución económica. Ambas utilizan al Estado de distinta forma y reducen sus capacidades de regulación y control o amplían los marcos de su intervención.  

Las medidas económicas ejecutadas por el gobierno de Lenín Moreno intentaron, de alguna forma, alterar esta lógica política. Además, estaba obligado por el agobiante déficit público, producto de la gestión rentista de la última década. Las medidas llevaron a una movilización social de enormes proporciones hasta el punto de poner en riesgo la estabilidad democrática del país. La política de eliminación de los subsidios a los combustibles compartía tanto la certeza de ser técnicamente correcta como políticamente costosa, de allí que el fracaso en aplicarla pueda ser atribuida, entre otros factores, a una percepción equivocada del mismo Gobierno sobre la magnitud y complejidad de esta operación. De hecho, esta acción devolvió el protagonismo al movimiento indígena del Consejo Nacional de Organizaciones Indígenas (Conaie) que había sido neutralizada y atacada fuertemente durante el periodo correísta.

Habiendo empezado como paro de transportistas, el país se enfrentó a una movilización indígena en el país, pero con fuerza principalmente en la región sierra. Pero a diferencia de otras ocasiones, la violencia, el vandalismo y la acción delincuencial se presentaron con fuerza. ¿Estas acciones son adjudicables a los indígenas? Una somera revisión de sus anteriores movilizaciones registran su firmeza y contundencia, pero no la utilización de formas de violencia extrema y de vandalismo. Para el Gobierno y para muchas voces de la sociedad civil, junto a la protesta indígena se ubicaba una clara intención de desestabilización por parte del expresidente Rafael Correa y su movimiento, ahora denominado Revolución Ciudadana. 

La medida adoptada tenía, sin duda, impactos diferenciales: la reacción inicial fue de los sindicatos del transporte; el impacto mayor era, sin embargo, en las economías rurales que proveen de alimentos a bajos costos a la economía urbana. Una lógica en la cual se vuelve patente la inequidad campo-ciudad y que, paradójicamente, es reforzada por el subsidio. El impacto también es significativo en los sectores medios y altos que hubieran debido pagar los combustibles a precios internacionales, a las economías del contrabando, a las empresas navieras vinculadas a la pesca industrial, a las economías vinculadas a la minería ilegal, al narcotráfico y, en particular, a la producción de cocaína. La medida, además, se ubicaba a la altura de las exigencias contemporáneas de combate al cambio climático: el Estado no tiene por qué subsidiar la emisión de CO₂ a la atmósfera.

Para el Gobierno, además, la eliminación del subsidio significaba dejar de depender del crédito oneroso y poner bajo control la ecuación perversa de déficit público y endeudamiento, que venía caracterizando al manejo de la política económica. La situación de la economía del país no es de fácil solución: niveles de endeudamiento a tope de lo permitido, petróleo comprometido en preventas petroleras hasta el año 2024, pérdida de la capacidad de inversión pública. En definitiva, la tormenta perfecta.

La virtual imposición del movimiento indígena en la mesa de negociaciones obligó al Gobierno a retroceder»

El desenlace, tras 12 días de un conflicto desgastante y que amenazaba con desestabilizar al régimen, parecería devolverle al país al momento previo y dejó la sensación de que el intento por racionalizar la economía fue infructuoso; la virtual imposición del movimiento indígena en la mesa de negociaciones obligó al Gobierno a retroceder. Si bien la pacificación que resultaba del acuerdo fue saludada por todos, la sensación de que «no todos ganaron» comenzó a aparecer de inmediato; el conflicto dejó pérdidas humanas y materiales incalculables y su salida despertó viejos fantasmas que permanecían dormidos, los del racismo y el regionalismo, en particular entre las clases medias de las principales urbes, las cuales observaron el conflicto desde la comodidad de sus dispositivos tecnológicos.

Distintas preguntas se desprenden del análisis: existen varias disyuntivas que pueden ser comunes a distintos Gobiernos y países de América Latina: cómo crear e implementar políticas que arreglen las cuentas fiscales y resuelvan, a la vez, ancestrales problemas de inequidad; cómo impulsar el crecimiento sostenible que no se apoye sobre la sobreexplotación de riquezas naturales. Las salidas al conflicto nos revelan que la movilización en Ecuador y su desenlace están fuertemente implicadas en la definición de modelos políticos de gestión que se apoyan en antagónicas fuerzas políticas, que los conflictos ya no son locales, sino que pertenecen a complejas lógicas de la geopolítica mundial y regional. El escenario es muy complejo, pero no por ello la necesidad de nuevos arreglos y soluciones deja de ser impostergable.

Foto de André Gustavo Stumpf en Foter.com / CC BY

¿Qué se debate en esta elección?

A menos de una semana de las elecciones generales en Bolivia, el debate está descentrado de los temas que debieran ocupar a la opinión pública que son, por defecto, las propuestas programáticas de los partidos. Existen una serie de espacios de debate creados por los medios de comunicación; la prensa escrita ha realizado el esfuerzo de sistematizar los programas de gobierno por áreas temáticas; la televisión organiza diálogos y entrevistas a los candidatos; los jóvenes y las mujeres organizan sus preguntas; las redes están inundadas de sitios donde se difunden ideas extraídas de los programas, pero estos no logran instalarse en la agenda política ni generan argumentos que convencen a la ciudadanía.

Los planeamientos en Bolivia son, en unos casos, reiterativos; en otros, indiferenciados unos de otros, o, en muchos casos, cada candidato arma una argumentación distinta a la de otros de la misma tienda política; en los peores casos, desconocen sus propios programas de gobierno presentados al Tribunal Supremo Electoral (TSE).

En realidad, la agenda política preelectoral está enfocada en confrontaciones y posicionamientos de los candidatos y los electores respecto a las contingencias de la historia reciente.

Un hecho que ha marcado la agenda política desde hace un par de años y continúa vigente en el debate electoral es el posicionamiento sobre los resultados del 21F. El rechazo mayoritario a la reforma constitucional que buscaba la reelección presidencial indefinida (se llevó a cabo de todos modos) ha partido las aguas entre oficialismo, junto a sus organizaciones afines que apoyan el liderazgo de Evo Morales y las diferentes oposiciones políticas que defienden la institucionalidad y el respeto al voto que se expresa mediante comunicados del Comité Nacional de Defensa de la Democracia (Conade), movilizaciones cívicas, plataformas ciudadanas y en el discurso de al menos tres candidatos: Carlos Mesa, Óscar Ortiz y Víctor Hugo Cárdenas.

Han vuelto a despertar las tensiones regionalistas que habían sido atenuadas desde la aprobación de la Constitución»

Otro eje de confrontación discursiva se ha instalado alrededor de los incendios en la Chiquitania, donde en medio de esta tragedia de la humanidad, se han revelado aristas políticas y visiones de país enfrentadas respecto a la preservación de los bosques, la madre tierra y los territorios indígenas versus el desarrollo, la producción agrícola intensiva y la depredación del medio ambiente por los nuevos asentamientos, pero sobre todo entre quienes exigen que el Gobierno declare “desastre nacional” como una reacción obvia a la impotencia frente al fuego, y la resistencia a realizar esta acción.

Al mismo tiempo, han vuelto a despertar las tensiones regionalistas que habían sido atenuadas desde la aprobación de la Constitución, y ahora, después de una década, presenciamos la reactivación de discursos federalistas y el grito de “la tierra es de los cruceños y va a ser de los cruceños”, por ejemplo, en la reciente asamblea de la cruceñidad. La X Marcha indígena también es un reflejo político de este acontecimiento, pero desde otro ángulo: la defensa de su hábitat, de la “casa grande” de los pueblos indígenas frente a la devastación por las políticas gubernamentales.

De manera bastante curiosa, el órgano electoral también se ha convertido en un objeto de disputa política, pues ante sus recientes actuaciones, claramente se posicionan dos discursos: el de quienes cuestionan la parcialidad de sus decisiones, la falta de transparencia y de aplicación equitativa de la norma versus el de quienes lo defienden y justifican señalando que está ejerciendo sus funciones adecuadamente. Entonces, los programas de gobierno están eclipsadas por los acontecimientos políticos y las emergencias que impone la propia realidad.

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En octubre no hay milagros para Vizcarra

El título parafrasea el paradójico nombre de un libro escrito por el novelista Oswaldo Reynoso. Y es paradójico porque, en la cultura popular peruana, octubre es el mes dedicado a la veneración del Señor de los Milagros, a quien se le confieren numerosos actos divinos que salvaron a la ciudad de Lima de terremotos y otras calamidades. En esa misma línea, el desenlace de la crisis que llevó en dirección de colisión a los poderes Ejecutivo y Legislativo del Perú el pasado 30 de septiembre dista mucho del acto milagroso que los peruanos solemos esperar en octubre, aunque se quiera pensar lo contrario.

La disolución del Congreso de la república del Perú ha gozado de masiva aprobación popular, el respaldo de las Fuerzas Armadas y la venia de la comunidad internacional. Así, el presidente Martín Vizcarra tendrá, hasta enero, la delicada responsabilidad de administrar el exceso de poder en sus manos en tanto espera el pronunciamiento del Tribunal Constitucional sobre lo que el mandatario denominó “negación fáctica de la cuestión de confianza” que el Ejecutivo planteó al Legislativo (interpretación “vizcarriana” que, por su carácter inédito, resulta controversial).

Vizcarra llegó al poder, debido a las agobiantes circunstancias que enfrentó su predecesor, Pedro Pablo Kuczynski. Hoy, el presidente carece de operadores políticos en campo y de legisladores leales a su liderazgo. Son estas características las que impiden pensar en un Vizcarra con pretensiones dictatoriales. El peligro está en la “caja de Pandora” (como la denominó el semanario The Economist) que se abrió con la “negación fáctica” interpretada por el presidente. Quizá Vizcarra no tiene aspiraciones autocráticas, pero un potencial candidato de plataforma radical —nada extraño en estas tierras del sol— puede amenazar con llegar al poder e interpretar a su antojo la novedosa “negación fáctica de la cuestión de confianza”.

Recientes declaraciones del presidente parecen evidenciar que no hay un plan definido hacia el 2021″

La gran mayoría de los partidos políticos legalmente inscritos han decidido participar en el proceso electoral de enero del 2020, lo que contribuirá a dar legitimidad política a la medida empleada por Vizcarra. En el intermedio, el presidente podrá legislar por decretos pendientes de aprobación del nuevo Congreso. Ello le permitirá, en principio, conducir las grandes reformas que, desde la retórica antifujimorista, fueron boicoteadas por el obstruccionista Congreso disuelto. No obstante, recientes declaraciones de Vizcarra parecen evidenciar que no hay un plan definido hacia el 2021, lo que podría redundar en un desenlace decepcionante para una población que espera con urgencia las medidas que permitan reactivar el crecimiento económico, la generación de empleo y la lucha contra la delincuencia.

Por otro lado, existe la gran probabilidad de que el Congreso electo para el periodo 2020-2021 no cuente con la capacidad requerida para proponer y emprender las reformas pendientes, lo que decantaría en otra decepción para la opinión pública. Además, según allegados, Keiko Fujimori, lideresa del fujimorismo y actualmente con prisión preventiva, pendiente de juicio por el presunto delito de lavado de activos, tendría interés en postularse a este Congreso. De tener éxito, ella podría ser una locomotora electoral que permita el reingreso de recalcitrantes fujimoristas al Poder Legislativo para reeditar la confrontación con el gobierno de Vizcarra. Tal posibilidad, que no lo dude el presidente, sería el peor con miras hacia el venidero proceso electoral.

En octubre no hay milagros, y es fundamental que el presidente Vizcarra lo tenga claro.

Foto de Cancillería del Perú en Foter.com / CC BY-SA

Ecuador: crisis política y responsables

La eliminación del subsidio a la gasolina y al diésel en Ecuador es la primera decisión económica de trascendencia que asume el gobierno de Lenín Moreno. A pesar de que la crisis económica que vive el país ameritaba el que esa medida y otras colaterales se tomaran hace mucho tiempo, lo cierto es que al fin está en vigencia. Sin embargo, y como toda decisión que afecta al bolsillo de la ciudadanía, genera conflictividad y así lo debió entender el Gobierno.

Desafortunadamente, da la impresión de que en Carondelet no tenían un plan de contingencia para afrontar la arremetida de diferentes sectores sociales. También da la impresión de que la noticia de la eliminación del subsidio fue conocida con muchísimo tiempo de antelación en los exteriores del palacio de Gobierno. No se entiende de otra forma que las protestas de transportistas y, posteriormente de indígenas, se hubieran hecho visibles a las pocas horas de que se hizo pública la decisión de eliminar el subsidio. Cualquier movilización de ese tipo requiere tiempo para su correcta articulación.

No se trata solo de falta de previsión para crear una estrategia de respuesta política ni tampoco de omisión en cuanto al debido control de la lealtad de quienes rodean al presidente de Ecuador. También se trata de una deficiente estrategia de exposición pública de la medida adoptada. En efecto, al sumar el asunto del subsidio al resto de las propuestas de reforma que irían a la Asamblea Nacional, la idea que hubo entre la población fue que, al igual que la eliminación del subsidio entró en vigencia inmediatamente, un curso similar asumían el resto de las medidas, como el recorte de las vacaciones en el sector público o las modificaciones del régimen laboral.

Por ello, ahora las demandas de diferentes sectores se refieren al “paquetazo” económico, cuando, en realidad, lo único que hay ahorita es la eliminación del subsidio a la gasolina y al diésel. Si la aplicación de las medidas tenían velocidades diferentes, quizás una opción también era exponerlas a la ciudadanía por cuerda separada. 

El Gobierno no tiene otra alternativa que mantenerse en su posición de defensa de la eliminación del subsidio, pues claudicar implicaría no solo afectar al proceso de reestructuración de la economía nacional, sino también debilitarse políticamente»

Pero lo hecho, hecho está. Ahora el Gobierno no tiene otra alternativa que mantenerse en su posición de defensa de la eliminación del subsidio, pues claudicar implicaría no solo afectar al proceso de reestructuración de la economía nacional, sino también debilitarse políticamente hasta el punto de que dicha decisión debería ir acompañada de la renuncia del presidente Moreno.

Como nadie en Ecuador desea inestabilidad y caos, salvo los prófugos y atracadores de los recursos públicos que nos gobernaron durante diez años, es necesaria una actitud conciliadora de parte y parte. Sin embargo, esa no parece ser la lógica que ahora mismo orienta a las organizaciones indígenas. Situadas en el punto extremo de pedir el retorno del subsidio como punto de partida de cualquier acercamiento, su posición no es la de quien cede y negocia, sino la de quien, de forma intransigente, quiere para sí todo lo que está en disputa. No solo eso. Hace pocas horas han privado de la libertad a varios policías y amenazan con aplicar justicia indígena. Los indígenas han pasado de la protesta y el reclamo a conductas delictivas.

En una situación como la descrita, el Gobierno de Ecuador no solo debe buscar la mediación de organismos como la Organización de las Naciones Unidas (ONU) o las universidades, sino también crear una estrategia de fina política en la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie).

En dicha operación se deberá evaluar si realmente todos los sectores que están agremiados ahí están en una posición francamente extremista, poco cívica y que compromete los intereses de todo un país o, si por el contrario, la actitud intransigente corresponde solamente a unos cuantos dirigentes con pretensiones electorales.

En vista de la evolución de la organización indígena durante los últimos años, da la impresión de que la segunda opción es la más cercana a la realidad. En todo caso, con miras a dicha operación política, al Gobierno no solo le favorece el advenimiento de un feriado nacional, sino también el respaldo de diferentes sectores sociales y, esencialmente, de las Fuerzas Armadas. De hecho, la sólida posición que han mantenido los militares en los últimos días debe ser asumida, casa adentro, como una forma de evidenciar al país de que efectivamente son demócratas y respetan el orden constituido.

En medio del conflicto y de las condenables violaciones de los derechos humanos que se han verificado, y para que el acuerdo llegue lo más pronto posible, el Gobierno tendrá que necesariamente ampliar el espectro de asuntos por negociar con las organizaciones sociales. En ese punto, seguramente muchas de las posibles reformas que iban a ser sometidas a la Asamblea Nacional quedarán truncadas o, al menos, modificadas de forma tal que resulten inviables en la práctica. Quizás también las cabezas de algunos ministros deberán rodar. Esos son los costos que tendrá que pagar el presidente Moreno, en parte, por sus desprolijidades, y, en parte, por la intransigencia de los movilizados. Peor aún, ese es el costo que tendrá que pagar el país por la década de desgobierno de las mentes lúcidas y las manos limpias. Sí, las mentes lúcidas que destruyeron la economía nacional. Sí, las manos limpias que ahora están entre barrotes o buscando el caos para evitar la posibilidad de terminar con sus huesos en el presidio.

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Desafío: la creciente división política

A fines de la década de los ochenta, el sociólogo brasileño Sergio Abranches definió el sistema político de Brasil como “presidencialismo de coalición”, sintetizando una de sus características principales y que lo hacía sui géneris en relación con la mayoría de los regímenes presidencialistas, y con predominancia de Gobiernos de un solo partido. Esa peculiaridad del presidencialismo brasileño, Gobiernos integrados por más de un partido, respondía a la gran fragmentación del sistema político del país. Esta fragmentación se agudizó desde entonces y Brasil ha pasado de 18 partidos con al menos un diputado en 1998 a nada menos que 30 partidos en esas condiciones en la elección de 2018. Con esto también aumentó el número de partidos relevantes o efectivos. Pero ese aumento de la fragmentación política no es exclusivo de Brasil. Desde la última década del siglo pasado, en gran parte de las democracias de América Latina se registra un incremento de la fragmentación de sus sistemas políticos, aunque de menor magnitud que la observada en Brasil.

Argentina, Chile, Colombia, Perú, México y la tradicionalmente bipartidista Costa Rica han visto acrecentarse en las últimas décadas el número de partidos representados en el Legislativo, así como el número de partidos relevantes. Excepciones destacadas a ese proceso son Bolivia y Ecuador, cuyos sistemas políticos han caminado en los últimos años en sentido opuesto: hacia una menor fragmentación. Uruguay, uno de los países con un sistema político más estable de la región, y tres partidos notorios desde la redemocratización, probablemente incremente ese número en la elección de octubre de este año, y es un hecho que el próximo presidente no contará con mayoría absoluta en el Parlamento, como fue el caso de los últimos tres gobiernos del Frente Amplio.

Ese es precisamente uno de los principales efectos del aumento de la fragmentación política en regímenes presidencialistas con representación proporcional: una menor representación del partido del presidente en el Congreso, y con ello se incrementa, obviamente, la dificultad de la gestión de gobierno.

En Brasil, en 1998 el partido del presidente Henrique Cardoso, el PSDB, tenía el 19% de los diputados. Hoy, el PSL de Jair Bolsonaro tiene el 10% y es uno de los dos partidos con más representantes en la Cámara Baja. En Argentina, en la elección de 1995, el Partido Justicialista (Peronista) del presidente Carlos Menem tenía el 51% de los diputados. Veinte años después, en 2015, el partido del electo presidente Mauricio Macri, el PRO, abarcaba aproximadamente el 16% de la Cámara y su coalición electoral, Cambiemos, el 33%. El Partido Justicialista (aglutinado en el Frente para la Victoria), que continuaba siendo el principal partido político del país, veía reducir su representación a aproximadamente el 37% de las bancas. En Chile, la coalición vencedora en 1993, Concertación para la Democracia, conseguía aquel año el 58% de los diputados, y el partido del presidente Eduardo Frei, la Democracia Cristiana, el 30%. Veinticinco años después, la coalición de gobierno presidida por Sebastián Piñera, el Chile Vamos, cuenta con el 46% de los diputados y, el partido del presidente, Renovación Nacional, el 23%. En Colombia, con una histórica tradición bipartidista entre liberales y conservadores hasta comienzos de este siglo, el partido del presidente electo en 1994, el Partido Liberal, obtuvo el 54% de los diputados. En la actual legislatura, electa en 2018, el partido del presidente Iván Duque, el Centro Democrático y el segundo con mayor representación en la Cámara, cuenta con poco más del 18% de los diputados.

La tendencia predominante de las últimas décadas en gran parte de las democracias de América Latina»

Mayor fragmentación política y partidos del presidente con menos representación. Esa es la tendencia predominante de las últimas décadas en gran parte de las democracias de América Latina. No obstante, exceptuando Chile, con un sistema bien establecido de dos grandes coaliciones electorales y de gobierno (y, en cierta medida, la experiencia de la coalición Cambiemos en Argentina, pero minoritaria en el Parlamento), los gobernantes latinoamericanos se muestran poco dispuestos a formar coaliciones de gobierno o ampliar sus coaliciones electorales, o poco hábiles para gestionarlas eficazmente. En Brasil, la mala gestión de Dilma Rousseff de su amplia coalición de gobierno, o la negativa del actual presidente Bolsonaro a buscar una coalición con otros partidos, son dos ejemplos de ambas dificultades. La opción del expresidente peruano Pedro Pablo Kuczinsky, o del actual presidente colombiano Duque, por gabinetes ministeriales minoritarios, conformados básicamente por miembros del partido de gobierno y ministros de perfil técnico no partidario, son otros dos ejemplos.

En sistemas presidencialistas, los gobernantes tienen mandato fijo y no precisan mayoría legislativa para mantenerse en el cargo durante todo el mandato, excepto cuando enfrentan procesos de impeachment. No obstante, la dificultad de aprobar las políticas de gobierno, especialmente las que implican reformas significativas, son mayores en situaciones de fuerte fragmentación política. En un reciente evento en la ciudad de San Pablo, el politólogo argentino Daniel Zovatto recordó que la mayoría de los presidentes latinoamericanos electos recientemente enfrentaron un rápido desgaste de su capital político por no contar con mayoría en el Parlamento y tuvieron consecuentes dificultades en la aprobación de reformas y la gobernabilidad.

La tendencia a una creciente fragmentación política —todo indica que continuará— requiere una gran capacidad de negociación por parte de los presidentes latinoamericanos con diferentes fuerzas políticas, incluyendo la capacidad de formar coaliciones de gobierno y una gestión eficaz de estas. Desafío complejo, pero cada vez más necesario, en el presidencialismo crecientemente multipartidario de las democracias latinoamericanas.

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¿Por qué Evo Morales no quiere debatir?

Hace casi ochenta días, el candidato a la presidencia de Bolivia por la Alianza Comunidad Ciudadana (CC), Carlos Mesa, invitó a debatir al candidato ilegal del MAS, Evo Morales. La respuesta no se dejó esperar: el propio candidato-presidente y sus voceros dijeron públicamente que Morales estaba acostumbrado a debatir única y directamente con el pueblo. Dicha respuesta, además de considerarse una salida política, dejó mucho que pensar. ¿Qué significa exactamente debatir con el pueblo?, ¿por qué es importante que los candidatos debatan?, ¿qué aspectos positivos se pueden obtener en un debate?, ¿a mayor democracia, mayor debate? Analicemos.

Debatir con el pueblo no significa prácticamente nada. Es imposible pensar que un solo candidato pueda debatir con el conjunto de personas que vive en Bolivia. El problema, al parecer, es que el presidente Morales está acostumbrado a escucharse a sí mismo y, para él, debatir con el pueblo es realizar un monólogo en una plaza pública y ser aplaudido y vitoreado con vehemencia. Morales habla solo con sus militantes; elude hacerlo con la enorme ciudadanía que se le opone. Es el mal del poder casi absoluto: sentir que él lo sabe todo y creer que la mayoría le da siempre la razón.  

La virtud de un debate tiene que ver justamente con eso: darle opciones a la ciudadanía, mostrar capacidades, líneas de pensamiento, proyectos, programas, y dejar que los que difieran y tengan la posibilidad de elegir, según esas opciones, sean los propios votantes»

Lo que debe entender el presidente es que en pleno siglo XXI, el debate se ha convertido en una herramienta fundamental de la comunicación política y de la democracia. Gracias a esta herramienta, los ciudadanos pueden conocer de una manera diferente y digerible las distintas opiniones y propuestas sobre temas estructurales para el país y que, en el caso de las elecciones presidenciales en Bolivia, se enmarcan en los programas de Gobierno. La virtud de un debate tiene que ver justamente con eso: darle opciones a la ciudadanía, mostrar capacidades, líneas de pensamiento, proyectos, programas, y dejar que los que difieran y tengan la posibilidad de elegir, según esas opciones, sean los propios votantes.

El debate, en ese sentido, se convierte incluso en un instrumento pedagógico en el que el ciudadano puede aprender sobre distintas temáticas que se abordan a través de él.

Lamentablemente en Bolivia, al parecer, no existe la costumbre de debatir, menos a dialogar y, por lo tanto, el nivel de debate es mínimo. Esto se puede advertir en esta época electoral con algunos candidatos a diputados y senadores que no se preparan o están nerviosos y no ofrecen insumos valiosos de información, que son fundamentales para la ciudadanía. Lo mismo sucede con algunos periodistas que pareciera que no prepararan las preguntas y la forma del debate e improvisan todo el tiempo, lo cual hace que otra vez los temas se repitan y que no se le dé información valiosa al futuro votante. La cualidad del debate ha ido decayendo poco a poco. Quizás esto se deba a que hace más de trece años no existen espacios de debate plural. Desde que al presidente Morales se le ocurrió no debatir con nadie, la gran mayoría de los bolivianos se han relajado y han caído en la misma lógica de no exigir debates. Esto, entonces, se convierte en un círculo vicioso. Si los candidatos rehúyen el debate, la ciudadanía no tiene espacios amigables para recibir información y, por lo tanto, acude a las urnas para votar sin conocer la esencia de las propuestas. Por ende, sin saberlo, corre el riesgo de votar por un candidato irresponsable, corrupto y prorroguista. Es decir, la votación se convierte en una ruleta rusa en la que el ciudadano vota según su “suerte”.

Por el contrario, si los debates fueran una realidad en Bolivia, como en casi todos los países democráticos del mundo en donde se fomenta el debate plural, argumentado y multipartidario, los ciudadanos podrían efectuar un adecuado control ciudadano al cumplimiento de los programas de gobierno cuando el candidato ganador asuma su cargo en una lógica de corresponsabilidad entre el Estado y la sociedad. Además, el debate podría conducir a que pueda haber acuerdos mínimos entre distintas opciones. Es decir, si en el debate se identifican coincidencias entre candidatos, a la hora del ejercicio del poder, la ciudadanía podría exigir que esas coincidencias se plasmen en una realidad.

En fin, como podemos advertir, los debates son muy importantes para forjar una opinión ciudadana responsable, para generar participación ciudadana, para desarrollar corresponsabilidad entre el Estado y la sociedad, y para educar a los ciudadanos. Sin embargo, si en Bolivia no se fomenta el debate al más alto nivel, se sufrirán las consecuencias negativas del caso, es decir, se reducirá la posibilidad de participación, el nivel de conocimiento y opinión será mínimo en cuanto a las propuestas, proyectos, programas y, por lo tanto, de manera casi inconsciente se seguirá fomentando el autoritarismo y la ignorancia en la sociedad.

Quizás esa sea la explicación de fondo por la cual Evo Morales rehúsa hasta el día de hoy el debate: evitar que los bolivianos lo cuestionen, lo controlen y evalúen.  

Foto de Kris Krug en Foter.com / CC BY-NC-SA

Argentina y Uruguay: elecciones y cambios

Argentina y Uruguay tienen un pasado común y profundos vínculos en múltiples dimensiones, desde el plano económico hasta el cultural. Durante los últimos cincuenta años los procesos políticos en los dos países han tenido coincidencias visibles: violencia política y dictaduras desde los sesenta hasta los setenta; transición a la democracia en los ochenta; giro “neoliberal” en los noventa; crisis económica profunda y giro a la izquierda a comienzos del siglo XXI. El proceso electoral que se está dando en este momento en las dos orillas del Río de la Plata parece querer agregar similitudes. Los calendarios de las elecciones coinciden casi a la perfección: hubo primarias entre julio y agosto. Esta vez, por primera vez en la historia, las dos vueltas presidenciales están previstas para los mismos días: 27 de octubre y 24 de noviembre. En ambos países, además, hay aroma a alternancia. De todos modos, la política en ambos tiene diferencias notorias en instituciones y comportamientos.

Las primarias argentinas nacieron de una reforma electoral de 2009 que las convirtió en simultáneas, abiertas y obligatorias (PASO) (todos los ciudadanos que tengan hasta 70 años están obligados a ir a votar, y todos los partidos deben presentar su papeleta para los cargos en juego) y se pusieron en práctica desde 2011. Dada la actual e inédita situación política que se produjo a partir de los resultados del 11 de agosto pasado, cuando se dio como un hecho que el presidente Mauricio Macri no logrará ser reelecto, se avivaron una serie de críticas que probablemente lleven a un gran debate en el próximo periodo legislativo.

Las primarias en Uruguay se crearon, por su parte, partiendo de la reforma constitucional de 1997 que, además, instaló el sistema de doble vuelta para la elección presidencial, y separó en el tiempo las elecciones nacionales de las departamentales. Las primarias no son obligatorias y, como regla general, son muy competitivas. Para que un candidato sea elegido presidente, este debe superar el umbral del 50% de los votos en primera o segunda vuelta. El Parlamento se elige conjuntamente con la primera vuelta de la elección presidencial.

En Argentina no hubo primarias efectivas en ninguna de las 10 fuerzas que se presentaron a las primarias presidenciales, aunque sí hubo competencia para los cargos legislativos en 18 de los 24 distritos electorales del país. El ejercicio electoral se convirtió en una gran encuesta anticipada que tuvo efectos políticos reales. La fórmula de Alberto y Cristina Fernández (CFK) obtuvo casi 17 puntos de ventaja sobre la que encabeza Macri, lo que hace que sea muy probable el que los opositores se impongan en primera vuelta sin necesidad de concurrir a un balotaje.

En la orilla de enfrente, hubo competencia intensa y sorpresas significativas. En el Frente Amplio, por la nominación presidencial, compitieron cuatro candidatos. El más votado fue el socialista Daniel Martínez, exintendente del departamento de Montevideo. En el Partido Nacional se impuso, como hace cinco años, Luis Lacalle Pou. En los colorados, la derrota del expresidente Julio María Sanguinetti fue sorpresiva y categóricamente perdió ante Ernesto Talvi, un economista que dio el salto a la política desde un think tank de orientación liberal. Las primarias dejaron en evidencia que también en Uruguay hay espacio para los partidos que prosperan en el río revuelto del desencanto: Cabildo Abierto, un partido creado este año en torno a la figura de Guido Manini Ríos, un excomandante en jefe del Ejército, que fue destituido por Tabaré Vázquez en febrero de 2019, fue el cuarto partido más votado.

Las elecciones PASO argentinas conmocionaron la escena política y los mercados. Dada la contundencia del resultado de las elecciones, y partiendo de los antecedentes de política económica de CFK, el lunes 12 de agosto la economía estalló con una devaluación cercana al 20%. Esto produjo todo tipo de alarmas en el mundo financiero, subió el riesgo país y se profundizó la fuga de capitales, lo que debilitó las reservas del Banco Central. El Gobierno anunció una serie de medidas a corto plazo para reanimar la economía y combatir la inflación. Pero se vio obligado a “reperfilar” la deuda a corto plazo y aplicó un control de cambios a contramano de su deseo. La turbulencia económica se podría profundizar si el Fondo Monetario Internacional (FMI) decide no girar los 5.400 millones de dólares que debería como fruto del acuerdo de un año atrás. En cualquier caso, los actores económicos, políticos y sociales dan por segura la futura presidencia de Alberto Fernández, de modo que toda la expectativa está puesta sobre sus dichos y gestos.

A diferencia de lo ocurrido en Argentina, las primarias uruguayas no generaron incertidumbres mayores»

A diferencia de lo ocurrido en Argentina, las elecciones primarias uruguayas no generaron incertidumbres mayores. Los partidos priorizaron el ajuste de sus plataformas electorales y la elaboración de listas de candidatos a senadores y diputados, y pusieron rápidamente proa a octubre. El Frente Amplio, que sigue siendo el partido más poderoso pese a que su intención de voto es la más baja en dos décadas, intenta recuperar espacio entre los electores centristas. El Partido Nacional y el Partido Colorado, mientras tanto, hacen equilibrio entre la promesa de cooperar entre sí en una eventual coalición de gobierno y competir por pasar al balotaje (y, por ende, por el liderazgo de la coalición en ciernes). En cualquier caso, el panorama está muy claro. Lacalle Pou o Talvi, uno de los dos pasará al balotaje, contará con el apoyo del otro y buscará construir una coalición que ofrezca mayoría parlamentaria en ambas cámaras. En caso de ser necesario, buscarán y obtendrán el apoyo de partidos menores. Se avecinan tiempos de cambio en Río de la Plata.

Foto de Cancillería Argentina en Foter.com / CC BY

¿Hay ballottage? Cansancio con “macrismo vs kirchnerismo”

ANDREI ROMAN COAUTOR

Las PASO en Argentina sorprendieron a todos con un resultado que daba a Alberto Fernández una ventaja abrumadora sobre Mauricio Macri. Una investigación realizada por Atlas Político, que aquí comentamos, confirma esta tendencia y muestra una serie de resultados muy positivos para Alberto Fernández. Pero, dicho esto, cabe agregar que con la desaceleración de candidato del Frente para Todos en las encuestas, su victoria todavía no está garantizada.

Lo cierto es que la primera vuelta podría reservarnos algunas sorpresas inesperadas. Serán presentados en este artículo algunos argumentos que relativizan la aparente ventaja abrumadora Fernandez parece tener sobre Macri en la primera vuelta de las elecciones argentinas.

La última encuesta de Atlas Político, del 5 de septiembre de 2019 que utilizamos en el presente artículo, incluye optimizaciones que permiten ofrecer una representación más fidedigna del pensamiento actual del electorado argentino en relación a las PASO.

Si las elecciones fueran hoy, Fernández ganaría en la primera vuelta, logrando superar el piso del 45%. Alberto Fernández logra sacar provecho de la mala calificación del gobierno de Macri, que el 63% de los argentinos desaprueba.La investigación muestra una serie de resultados muy positivos para Alberto Fernández. Si las elecciones fueran hoy, Fernández ganaría en la primera vuelta, logrando superar el piso del 45%. Fernández logra sacar provecho de una mala calificación del gobierno de Macri, que el 63% de los argentinos desaprueba. Para la mayoría de los argentinos, los principales problemas del país son económicos: 37.8% apuntan a la inflación y 14.8% al desempleo, un problema generalmente asociado al primero, la inflación. Habiendo sido elegido con la esperanza de finalmente turbinar a la economía argentina, la decepción con el gobierno de Macri no podría ser más natural.

AtlasIntel muestra es que la ventaja de Alberto Fernández está lejos de ser inevitable.

Lo que la investigación de AtlasIntel muestra es que la ventaja de Alberto Fernández está lejos de ser inevitable. Primero, las cifras muestran que la población, al contrario de lo que indican otras encuestas recientes, está ampliamente dividida sobre quienes serían los responsables del colapso masivo y la crisis de la deuda que surgió tan pronto como se publicaron los resultados de las PASO.

El 49% considera que Macri es el responsable. Pero prácticamente el mismo porcentaje, 48.6%, declara que es el temor al regreso del Kirchnerismo. En otras palabras, a pesar del rechazo y enojo que la mayoría de los argentinos siente por un gobierno que ha fallado de muchas maneras, la idea de que el regreso del kirchnerismo podría empeorar la situación está profundamente arraigada.

El éxito de Alberto Fernández muestra que la estrategia de Cristina Kirchner de aceptar el puesto de vicepresidenta tuvo los efectos esperados. Alberto aparece 5 puntos por delante de Cristina, en un contexto en el que la mayoría de los argentinos (52.9%) siguen a favor de su arresto por corrupción. La situación de Macri a este respecto tampoco es positiva, ya que el 54% de los argentinos está de acuerdo con su eventual arresto por corrupción. Cristina como vicepresidenta fue una gran jugada: esencialmente suplantó el tema de la corrupción en la agenda electoral que, junto al temor sobre la pauta económica, es la mayor debilidad del Frente de Todos.

Alberto Fernández fue capaz, con la colaboración de Cristina y la pasividad de Cambiemos, de diferenciar su discurso habitual, buscando acercarse a un estilo como el de la socialdemocracia europea. En el contexto de las elecciones argentinas de 2019, esto es lo que representa el ‘cambio’ tan deseado por la mayoría de los argentinos, no el Cambiemos de los fracasos del gobierno de Macri. Alberto Fernández ahora cuenta con la confianza de 5-6 puntos de opinión, relativos a los que rechazan tanto a Macri como a Cristina y que, ante un escenario de balotaje entre estos dos terminaría por anular su voto. Pero lo cierto es que la victoria de Fernández-Fernández no será tan fácil como algunos analistas creen.

De hecho, la encuesta realizada por AtlasIntel señala que Macri todavía puede soñar con la victoria. Las medidas de estabilización económica fueron muy bien recibidas: el 67% de los argentinos aprueba las restricciones impuestas a las compras en dólares y el 72% aprueba la reestructuración de la deuda con el FMI. Si estos porcentajes pudieran de alguna manera comenzar a influir en la intención de voto, pasando por la deconstrucción de la imagen moderada de Alberto Fernández, una segunda ronda, aunque todavía es poco probable, aún podría materializarse.

Foto de midianinja en Foter.com / CC BY-NC-SA