Una región, todas las voces

El Catatumbo colombiano: donde confluyen el conflicto armado interno y la migración forzada internacional

El conflicto armado colombiano ha dejado una profunda marca en la sociedad y el territorio. Aunque hubo mucha esperanza sobre lo que podía ocurrir en el país tras la firma del Acuerdo de Paz en 2016 entre el Gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC-EP), lo cierto es que desde entonces se ha venido registrando el recrudecimiento de la violencia en diversas regiones. Esta situación afecta de manera desproporcionada a la población civil pues, entre otras, la expone altamente a ser objeto de violaciones al Derecho Internacional Humanitario (DIH), como lo ha registrado el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) en Colombia.

Las niñas, niños y adolescentes; comunidades rurales y étnicas; mujeres; y personas con orientaciones sexuales, identidades y expresiones de género y características sexuales diversas, son algunos de los grupos poblacionales que sufren las afectaciones diferenciadas del conflicto armado. A estos, se suman las personas migrantes que se vieron forzadas a abandonar sus países por diferentes causas y que residen o están de paso por Colombia. Al fenómeno en el que se encuentran inmersas estas últimas se le ha venido conociendo bajo el nombre de doble afectación por la importancia que ha requerido el uso del concepto para visibilizar explícitamente su situación. Aun así, hay una diversidad de casos en los que estas personas –en contexto de movilidad forzada internacional, víctimas del conflicto armado–, experimentan dinámicas de afectación triple y múltiple.

En el nororiente colombiano, en la zona de frontera con Venezuela, se encuentra la región del Catatumbo, integrada por varios municipios y resguardos indígenas. El Catatumbo ha sido una zona fuertemente golpeada por la violencia desde hace varias décadas.

A mediados de enero del 2025, esta región fue noticia por la violencia perpetrados por grupos armados no estatales (GANE), que forzaron a las personas habitantes del lugar a desplazarse hacia los municipios de Cúcuta, Ocaña, Tibú y Hacarí. Según Human Rights Watch (HRW), uno de estos grupos inició una campaña para recuperar el control de zonas del Catatumbo, en virtud de la cual se ha asesinado, secuestrado y desaparecido a población civil acusada de tener vínculos con otro GANE presente en la zona y que surgió después de la firma del referido Acuerdo de Paz de 2016.

HRW reporta que los enfrentamientos entre estos grupos han obligado a más de 56.000 personas a huir de sus hogares. Por su parte, ACNUR precisó que, a un mes de ocurrencia de los hechos, los enfrentamientos habían afectado a unas 80.000 personas, de las cuales, más de 52.000 habían sido forzadas a huir de sus hogares y comunidades. Otras 19.000 personas habían enfrentado restricciones a su libertad de movimiento, mientras que más de 8.600 permanecían en confinamiento sin posibilidad de desplazarse. Entre las personas afectadas, se encontraban más de 47.000 niñas, niños y adolescentes, así como unas 4.600 personas refugiadas y migrantes venezolanas. Desde ACNUR se declaró que “desde que existen datos oficiales, este es el mayor desplazamiento masivo en Colombia generado por un mismo hecho”.

Esto corrobora que las personas venezolanas forzadas a migrar hacia Colombia, ya vulnerables por haber huido de su país, se convierten en víctimas del conflicto armado. Según los datos más recientes de Migración Colombia, hasta enero de 2025 había casi tres millones de personas migrantes provenientes de Venezuela en el país. Sin embargo, no se sabe con certeza cuántas de estas han sufrido, por lo menos, un hecho victimizante con ocasión del conflicto armado. Pues, además del generalizado y alto subregistro que existe en Colombia de las violaciones al DIH y al Derecho Internacional de los Derechos Humanos (DIDH), no se cuenta con datos oficiales públicos que den cuenta de la situación.

No obstante, el citado reporte del ACNUR prende todas las alarmas, no sólo porque alerta sobre el impacto del conflicto armado en la población en contexto de movilidad forzada internacional, sino por todas las barreras que enfrentan estas personas para el reconocimiento de sus derechos fundamentales como víctimas (contemplados, entre otras, en la Ley para las Víctimas).

La primera de las dificultades es la falta de acceso a información sobre rutas de atención y derechos. A propósito de esto, se han conocido casos en los que las personas que sufrieron el desplazamiento forzado en el Catatumbo (junto con los demás hechos victimizantes que vivieron), no sabían por qué les habían incluido en un censo con posterioridad a los hechos. También hubo víctimas que desconocían su derecho a la verdad, justicia y reparación integral, con todo lo que el reconocimiento de estos derechos implica.

La segunda barrera tiene que ver con los impedimentos que sufren, derivados de su nacionalidad y/o estatus migratorio, para presentar la declaración del o los hechos padecidos, ante entidades que integran el Ministerio Público. Si bien se conoce que para lo ocurrido entre enero y febrero (aunque los hechos de violencia en el Catatumbo hasta el mes de marzo no mermaban) se activó una ruta de atención para la declaración masiva, hubo muchas personas que quedaron por fuera de esta. No obstante, se resalta la labor del Ministerio Público a finales de abril para asegurar que durante una jornada, víctimas del conflicto armado pudieran presentar su declaración.

El tercer obstáculo tiene que ver con la no inclusión en el Registro Único de Víctimas (RUV) por parte de la Unidad para las Víctimas (UARIV) y, en consecuencia, el no reconocimiento jurídico o formal de su condición de víctimas. En todos los casos que hemos conocido desde la Red-LEM, esto se debe al estatus migratorio de las personas y/o a exigencias desproporcionadas para probar el hecho, particularmente, cuando se trata de desplazamiento forzado.

Los hechos ocurridos en el Catatumbo, tan estremecedores como preocupantes, se añaden a una serie de situaciones de violencia que han tenido lugar en distintos puntos del territorio colombiano, con consecuencias adversas para las personas –como el desplazamiento interno–, según la Defensoría del Pueblo de Colombia. El escalamiento del conflicto, que ya hemos advertido antes, requiere una respuesta firme y coordinada por parte de las autoridades colombianas. Dicha respuesta debe ser garante de los derechos de las víctimas del conflicto armado, entre ellas, quienes se encuentran en contextos de movilidad forzada internacional, como ocurre con los migrantes venezolanas víctimas del conflicto armado en el Catatumbo.

Claudia Sheinbaum: bajo presión y sin mucho margen de maniobra

“¿En qué podemos ayudar para combatir al crimen organizado en tu país? Si quieres podemos enviar tropas del ejército estadounidense a México”: palabras más, palabras menos, esto le habría dicho el presidente Donald Trump a la presidenta Claudia Sheinbaum, y la respuesta inmediata fue de rechazo. “Podemos cooperar y coordinarnos para combatirlo —le respondió Sheinbaum—, pero sin que esto signifique una intervención militar en nuestro territorio”.  

En ese momento se dio por terminada la charla telefónica entre los mandatarios. Unos días después, en un acto público, Sheinbaum lo comentó y remató diciendo a los escuchas que México “no es piñata de nadie”, lo que tiene varias interpretaciones y no todas favorecen, porque a una piñata todos le pegan hasta que la destruyen completamente. Y quizá no sea el caso.  

Y todo indica que la relación entre los dos mandatarios se encuentra en un mal momento. Con una característica sustantiva: Trump tiene la sartén por el mango. Ya le tomó la medida a Sheinbaum, con quien utiliza la dialéctica de la flor y la espina, es decir: por un lado, dice que la presidenta mexicana es encantadora e inteligente, pero, una vez cubierto este trámite de encantamiento, llega la punzada de la espina. La pincha con aranceles, militarización, vuelos y navíos espía, exigencias fronterizas, extradiciones, decomisos de fentanilo, diplomacia dura. Y así hasta que tienen una nueva llamada telefónica, bajo la misma lógica de presión, sin dar respiro.   

Esta estrategia hasta ahora no prevé que los mandatarios tengan una reunión cara a cara, como sí lo hizo Trump con Mark Carney, el nuevo primer ministro canadiense, lo que significa que la estrategia con sus vecinos y socios es distinta. Trump ve en los canadienses unos aliados más confiables, al grado de que ha bromeado diciendo que desearía que Canadá fuera el estado 51 de la Unión Americana y llegó a llamar a Justin Trudeau gobernador y no primer ministro, en un acto de descortesía política que no agradó a los canadienses. Hoy las relaciones entre los gobernantes de estos dos países han bajado de intensidad mediática, pero no así con México, donde todos los días escala la tensión y se ajusta la agenda a las provocaciones de la relación bilateral.  

En el momento de escribir este texto, por ejemplo, hubo tres decisiones estadounidenses que sacudieron Palacio Nacional. La primera, es la probable imposición de un impuesto del 5% a las remesas que los residentes extranjeros en la Unión Americana —legales y no legales— envían periódicamente a sus países, y que cada año en México van en ascenso. De hecho, se calcula que por ese concepto el año pasado llegaron al país alrededor de 64.000 millones de dólares; después de las exportaciones de petróleo, representa la segunda fuente de divisas.  

La segunda decisión, es el acuerdo que el gobierno estadounidense tuvo con Ovidio Guzmán, el hijo menor de Joaquín El Chapo Guzmán, y que se tradujo en la protección de 17 miembros de esta familia mediante su traslado a territorio estadounidense, sin haber mediado comunicación con México de que había extraditado unilateralmente al capo sinaloense. 

La tercera decisión, más doméstica, más de mediano plazo, es indicativa de que probablemente algo mayor se está cocinando con la llamada narcopolítica, que es un eslabón ardiente del concepto de narcoterrorismo y que está ya en las leyes estadounidenses: el gobierno estadounidense retiró la visa a Marina del Pilar Ávila, la gobernadora del estado fronterizo de Baja California, sin dar detalles que motivaron esa acción unilateral poco diplomática y con fuerte carga simbólica.  

No hay que olvidar que hace poco más de un mes Kristi Noem, la secretaria de Seguridad Nacional estuvo en Palacio Nacional y dejó sobre el escritorio de la presidenta Sheinbaum, según trascendió, una lista de narcopolíticos que Estados Unidos quiere que sean llevados ante la justicia estadounidense por sus complicidades con los cárteles de la droga. Se trataría de miembros del gabinete y algunos altos cargos legislativos incluso de este y el anterior gabinete federal.  

Y eso, de ser así, es un serio problema para la presidenta Sheinbaum, porque significa proceder contra miembros de su partido y podría significar una convulsión política de grandes dimensiones, sobre todo si involucra a quienes se ha identificado como los operadores del expresidente López Obrador tanto en el gabinete como en el partido y el Congreso federal.  Es ahí donde la administración Trump aprieta y donde los márgenes de maniobra de Sheinbaum se estrechan.  

Claro, hay quien ve en todo esto una oportunidad para que el gobierno deje de tener tutelas políticas que le impiden ejercer plenamente el poder, pero hacerlo podría tener un alto costo y quizá mayor que la presión de la administración Trump porque haría añicos el proyecto de la Cuarta Transformación (4T), signifique lo que signifique. 

Entonces, Sheinbaum probablemente escoja el mal menor, que es confrontar a Trump cada vez que tome una decisión que afecte a México, y en tanto mandar mensajes a los políticos de su partido. Solo que sus márgenes de maniobra son limitados en un país polarizado desde las elecciones de la primavera de 2024. O sea, que este diferendo va para largo y pautado por la dosificación de decisiones estadounidenses que podrían terminar minando su liderazgo.  

No es descartar que, incluso, en un determinado momento el gobierno de Estados Unidos actúe unilateralmente y haga lo que ya hizo con Ismael Zambada, el legendario narcotraficante sinaloense, que nunca había pisado una prisión y está hoy resguardado en una de alta seguridad esperando posiblemente una o varias cadenas perpetuas. Entonces, este juego de poder, de suma cero, como decía el gran Yogi Berra, el catcher de los Yankees de Nueva York, no se acaba hasta que se acaba.

Economía azul en el Caribe: en busca de la resiliencia y la regeneración

El Gran Caribe, un mosaico de biodiversidad, cultura e historia, se encuentra ante una encrucijada crucial que definirá su futuro. Aunque los Estados caribeños adoptan cada vez más la economía azul como motor del desarrollo sostenible, los cimientos ecológicos que sustentan esta visión —arrecifes de coral, manglares y praderas marinas— se están deteriorando debido al cambio climático y la contaminación.

Esta realidad expone una contradicción más profunda: para ser viable, inclusiva y duradera, la economía azul debe ser regenerativa, basada en sistemas socioambientales participativos, soluciones fundamentadas en la naturaleza, soberanía regional sobre los recursos marinos y una transición energética resiliente y baja en emisiones. No obstante, este patrimonio compartido enfrenta crecientes amenazas ecológicas que ponen en riesgo estas aspiraciones.

La economía azul: entre la promesa y el peligro

Los gobiernos caribeños y las instituciones multilaterales han promovido la economía azul como una nueva vía hacia el crecimiento sostenible. El turismo costero, la pesca y la biotecnología marina surgen como estrategias para diversificar economías tradicionalmente dependientes del comercio internacional y del turismo a gran escala.

Barbados, por ejemplo, lanzó la primera iniciativa mundial de «deuda por clima», creando el Blue Green Bank con el apoyo del Banco de Desarrollo del Caribe, para financiar proyectos resilientes al clima en agua y saneamiento. En Belice, una alianza con The Nature Conservancy permitió la conversión de US$364 millones de deuda nacional, reduciéndola en un 12 % del PIB del país y destinando US$180 millones a la conservación marina, incluyendo el compromiso de proteger el 30 % de las aguas beliceñas. Mientras que República Dominicana ha integrado la economía azul en su plan nacional de adaptación climática, reconociendo que sus ecosistemas marinos generan aproximadamente US$1.790 millones anuales, cerca del 1,58 % del PIB nacional.

Sin embargo, estos avances siguen siendo frágiles ante el creciente estrés ecológico. El modelo de desarrollo global imperante continúa basado en una lógica orientada a la productividad e ignora la creciente fragilidad de los ecosistemas marinos. Estudios científicos advierten que, sin una estabilización urgente de las emisiones de CO₂, hasta el 94 % de los arrecifes de coral se erosionarán para 2050, perdiendo más masa estructural de la que pueden construir. La paradoja es clara: ninguna economía azul puede sostenerse sin una base ecológica sólida.

Redefiniendo el paraíso: el cambio climático y el futuro del turismo en el Caribe

Las señales de alerta se multiplican. La región ya experimenta los impactos de la crisis climática: huracanes más intensos, erosión costera y aumento del nivel del mar amenazan a las comunidades del caribe y a la infraestructura.

La frecuencia de huracanes de categoría 4 y 5 ha aumentado en las últimas décadas y se prevé que continúe en ascenso. Entre 2000 y 2012, más de 100 huracanes azotaron directamente el Caribe, dejando tras de sí devastación económica, social y ambiental. Incluso sin tocar tierra, el huracán Dean modificó drásticamente el perfil de las playas en Trinidad.

En 2024, el huracán Beryl fue el primero de categoría 5 en impactar el sureste del Caribe en junio, causando graves daños. La temporada de huracanes del Atlántico finalizó el año pasado con 18 tormentas, incluyendo 11 huracanes, cinco de los cuales alcanzaron las categorías de 3 a 5, lo que evidencia un patrón climático cada vez más peligroso para la región.

En las Bahamas, gran parte de la infraestructura turística se encuentra en zonas altamente vulnerables al aumento del nivel del mar. Un incremento de tan solo un metro, combinado con fuertes marejadas ciclónicas, podría afectar hasta el 83 % de los complejos turísticos y hoteles del país. Antigua y Barbuda, junto con las Bahamas, figuran entre los países donde el turismo costero representa más de la mitad del PIB. Las costas que hoy generan miles de millones en ingresos turísticos podrían, en pocas décadas, ser absorbidas por el mar.

Más allá del clima extremo, la crisis del sargazo se ha convertido en una amenaza seria. Impulsadas por los nutrientes de la escorrentía agrícola y las corrientes oceánicas cambiantes, estas acumulaciones masivas de algas sofocan hábitats costeros, matan peces y repelen turistas, generando pérdidas económicas significativas y recargando a los gobiernos locales con los costos de limpieza y recuperación ecológica.

La crisis de los arrecifes de coral es igualmente alarmante. Los eventos de blanqueamiento masivo, cada vez más frecuentes, ya han devastado ecosistemas completos en las Islas Vírgenes y el sur de Jamaica. A esto se suma la propagación de la enfermedad de la pérdida de tejido de los corales pétreos, altamente letal, que afecta a múltiples especies y destruye rápidamente lo que queda de los arrecifes caribeños.

Las comunidades en primera línea soportan cargas desiguales

Como muchas crisis, el colapso ecológico dista mucho de ser equitativo. Las comunidades costeras, compuestas principalmente por poblaciones vulnerables, pueblos indígenas, pescadores artesanales y comunidades tradicionales, son las más afectadas y las menos preparadas para responder.

En países como Haití y Dominica, los fenómenos meteorológicos extremos han provocado desplazamientos internos, agravando la inseguridad alimentaria y económica. Los impactos en la salud mental también están en aumento en toda la región. Estos factores de estrés están transformando la vida costera.

Mientras tanto, el acceso equitativo a los beneficios prometidos por la economía azul sigue siendo esquivo: las inversiones rara vez alcanzan a las comunidades de base, no incorporan los conocimientos tradicionales y, con frecuencia, excluyen las voces locales de los procesos de gobernanza.

Una economía azul sostenible también debe ser una economía solidaria. Esto implica defender los derechos territoriales, integrar los saberes locales en la toma de decisiones y garantizar una distribución justa de los beneficios.

Reivindicando el horizonte azul: soberanía y cooperación en el Caribe

El Gran Caribe es más que una región geográfica. Es un espacio político y simbólico de resistencia, solidaridad e interdependencia. Frente a los desafíos oceánicos, la integración regional se convierte en una estrategia de supervivencia, una declaración de soberanía y una vía para reducir las presiones externas sobre los recursos marinos.

En este contexto, fortalecer la diplomacia científica caribeña en acuerdos globales como el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB) y la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) resulta estratégico. Esto requiere más que discursos: exige instrumentos concretos de soberanía, como los bonos azules, que vinculen el financiamiento con resultados de conservación, con mecanismos de supervisión, transparencia y beneficios tangibles para las comunidades locales.

En esta línea, la reciente “Declaración de Montería” de la Asociación de Estados del Caribe (AEC), adoptada el 30 de mayo en su 10ª Cumbre de Jefes de Estado y/o de Gobierno, reafirma que la cooperación regional es clave para alcanzar el desarrollo sostenible del Gran Caribe y cumplir con la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), destacando la necesidad de alianzas estratégicas, inclusivas y coordinadas a múltiples niveles para lograr impactos reales y duraderos.

Redefinir los modelos de desarrollo, reconstruir la relación entre sociedad y naturaleza y adoptar una visión estratégica a largo plazo son pasos esenciales para el futuro del Gran Caribe.

El mar Caribe no es solo un activo económico. Es un territorio vivo, cuna de culturas, conocimientos ancestrales y un horizonte de posibilidades. La región se encuentra en un momento histórico: continuar por un camino de degradación o construir una economía azul regenerativa basada en el cuidado de las personas y los ecosistemas, y en la fortaleza de la cooperación regional.

Portugal: la migración brasileña en la mira tras el auge electoral de la extrema derecha

Con las terceras elecciones en poco más de tres años, se consolidó en Portugal la tendencia de crecimiento de la extrema derecha que afecta a toda Europa y que ha estado presente desde el inicio de la crisis política en 2023, con la dimisión del primer ministro António Costa (PS). Este escenario tiene implicaciones directas para la comunidad brasileña, la mayor comunidad inmigrante residente en el país, que se encuentra cada vez más en el centro de las narrativas políticas y sociales, muchas de ellas marcadas por la xenofobia, el racismo y el nacionalismo.

El contexto electoral portugués de 2025 reforzó la centralidad del tema migratorio, especialmente en lo que respecta a los brasileños. Con 58 diputados electos, Chega, un partido liderado por el nacionalista André Ventura que difunde narrativas antiinmigratorias, igualó en número de parlamentarios al Partido Socialista (PS), compartiendo la posición de segunda fuerza política portuguesa. A la cabeza, el partido de centroderecha Alternativa Democrática (AD) alcanzó 89 representantes a la Asamblea de la República, una cifra muy inferior a los 116 necesarios para una mayoría que le permita gobernar sin alianzas.

El cambio en el clima político ya se está reflejando en el día a día. A principios de mayo, el gobierno portugués anunció que notificaría a 18.000 inmigrantes indocumentados para que abandonaran el país. Tras la notificación, el inmigrante tiene hasta 20 días para abandonar el país bajo pena de detención. En este caso, la mayoría de los afectados proceden de países como India, Pakistán, Bangladesh, Nepal y Bután. Además, inmediatamente después de las elecciones del 18 de mayo, se implementó un nuevo sistema de control fronterizo, que ha provocado esperas de hasta 5 horas en el aeropuerto de Lisboa, con informes de personas que enfermaron y necesitaron asistencia.

Actualmente, más de 400.000 brasileños con residencia regularizada residen en Portugal, según el Servicio de Extranjería y Fronteras (SEF). Esta cifra asciende a más de medio millón si se incluyen también las personas sin regularizar o con doble nacionalidad. Aunque legalmente integrados, los brasileños fueron blanco constante de ataques durante la campaña electoral, con narrativas que los vinculaban con el «parasitismo» del sistema de bienestar social y la inseguridad urbana. En debates televisados, Ventura incluso propuso revocar beneficios legales para los inmigrantes, como el acceso automático al Servicio Nacional de Salud (SNS), y reevaluar las nacionalidades ya concedidas.

Un fenómeno que merece atención es la adhesión de algunos brasileños residentes en Portugal al discurso antiinmigratorio promovido por Chega. Si bien constituyen la mayor comunidad extranjera del país, ciertos segmentos de esta población se han adherido a narrativas que estigmatizan a otros inmigrantes, especialmente a los de Asia y África. Esta postura constituye un intento de diferenciación y asimilación, en el que estos brasileños buscan distanciarse de grupos aún más marginados, con la esperanza de lograr una mayor aceptación en la sociedad portuguesa. Así, terminan adhiriéndose a discursos que, en cierta medida, también los perjudican.

Es en este contexto que los resultados de las encuestas cobran aún más relevancia: a partir del 18, Chega ya no es solo un partido de protesta ni un nicho ideológico. Con una sólida representación y un discurso consolidado, Ventura se posiciona como un actor central en las articulaciones políticas de la derecha portuguesa. Aunque Alternativa Democrática ha descartado oficialmente una alianza formal con Chega, existen claros indicios de un acercamiento estratégico, especialmente en temas como la seguridad pública, la inmigración y la revisión de las políticas sociales. 

Del lado brasileño, la tensión va en aumento. En los últimos años, muchos han reportado un aumento de la hostilidad en su vida cotidiana: en redes sociales, en el trabajo y en los servicios públicos. El discurso de Chega parece conectar con sectores de la sociedad portuguesa que, ante la crisis económica y el aumento del coste de la vida, han llegado a ver a los inmigrantes como chivos expiatorios de problemas estructurales, como el bajo PIB y los altos alquileres.

Al mismo tiempo, la participación política de los brasileños en el país sigue siendo débil. Si bien tienen derecho a voto en las elecciones locales después de cinco años de residencia legal, pocos lo ejercen. En las elecciones legislativas, donde la participación requiere doble nacionalidad, las tasas de abstención son extremadamente altas. La brecha entre la presencia demográfica y la presencia política es uno de los elementos que debilita la capacidad de respuesta colectiva ante el auge de la extrema derecha.

El panorama que se desarrolla en Portugal no difiere mucho del que se observa en otros países europeos: la normalización del discurso de odio como estrategia electoral, el avance institucional de la extrema derecha y la vulnerabilidad de las poblaciones migrantes. En el caso portugués, la novedad es que este avance se produce en un país históricamente visto como acogedor, plural y culturalmente vinculado a Brasil.

A través de una investigación etnográfica y documental —que incluyó la observación de 150 publicaciones de activistas antiinmigración en X, entrevistas con jóvenes miembros de Chega durante el 5.º Congreso del partido en 2023 y el análisis de informes oficiales—, identificamos cómo, desde su fundación en 2019, Chega ha construido, en plataformas digitales, repertorios comunicativos basados ​​en la preservación de la identidad nacional, el pánico moral y las jerarquías étnico-raciales. Este proceso ha cobrado forma en el nuevo clima social registrado desde finales de 2022, materializado en carteles como «Portugal necesita una limpieza» y tesis de reemplazo poblacional y «remigración» (deportaciones masivas, como las de Trump en EE. UU.).

Lo que está en juego, por lo tanto, no es solo la posición de un partido, sino la idea misma de Portugal como una sociedad abierta y democrática. La respuesta a esta amenaza no solo provendrá de las disputas parlamentarias, sino también de la capacidad de movilizar a la sociedad civil, a la prensa y también a los propios inmigrantes, quienes deberán transformar su presencia social en una fuerza política activa. El futuro de los brasileños en Portugal y de la democracia portuguesa dependen de ello.

Panamá: ¿qué hay detrás de las protestas y que está en juego?

Con las actuales protestas en Panamá ya son cuatro los grandes momentos de movilizaciones sociales en el país desde diciembre de 2019. Esto resulta llamativo ya que el país se ha destacado por ser una democracia estable, con continua rotación en el poder, con un producto interno bruto per cápita muy por encima de la media de la región y por no haber tenido históricamente protestas de la magnitud de las que han sucedido recientemente. ¿Qué hay detrás de las protestas, por qué suceden ahora y qué panorama político enfrenta el país?

Actualmente las huelgas y manifestaciones tienen como detonador la aprobación legislativa de una reforma pensional, la firma de un memorando de entendimiento entre Panamá y Estados Unidos que algunos consideran una violación de la soberanía del país, y la discusión del gobierno de abrir nuevamente una concesión minera declarada inconstitucional el año pasado. Pero en diciembre de 2019 ya hubo movilizaciones de carácter juvenil en torno a la reforma constitucional que el gobierno de Laurentino Cortizo anunció en aquel momento y que trató de imponer sin consultas ciudadanas; en julio de 2022 el país vivió las mayores protestas desde la transición a la democracia a causa del alto costo de la vida; y en octubre y noviembre de 2023 se superaron las de 2022 con ocasión de la rápida aprobación legislativa del contrato con la empresa que explotaba la mencionada mina.

El país se encuentra actualmente en un ciclo de insatisfacción ciudadana y cuestionamiento institucional que sobrepasa el tema coyuntural que nos obliga a mirar un poco más atrás.

Según las encuestas del Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales (CIEPS) de 2023, el apoyo a la democracia es bajo, de solo un 37%. Asimismo ha disminuido la opinión favorable de la ciudadanía respecto de instituciones como el gobierno y los partidos políticos, que se supone debieran representar intereses colectivos. El apoyo al gobierno ha caído desde un 40.1% en 2019 a un 23.1% en 2023, mientras que el apoyo a los partidos ha caído de poco más de un cuarto a un 15.1% de la población en el mismo período. A esto se suma que un 62.4% manifiesta sentir una emoción negativa cuando se le pregunta por la política.

Los panameños están sufriendo un retroceso en la confianza en la política como forma de procesar las demandas y el conflicto social.

¿Por qué ahora y no antes?

Esto puede estar relacionado con el estancamiento de la economía, ya que luego de crecer significativamente durante la década pasada el país ha sufrido una desaceleración económica agudizada por la pandemia y los efectos de la cuarentena, una de las más severas a nivel mundial. En un país con gran desigualdad, esto golpeó particularmente a los más vulnerables y a los más jóvenes, los dos grupos sociales con menor apoyo al régimen democrático según las encuestas del CIEPS. Los jóvenes, en efecto, han sido parte importante de las movilizaciones de 2019 y del 2023.

No obstante, esta situación económica y social no es ajena a la del resto de la región, por lo que detrás de la aparente estabilidad política del país, existe un sistema electoral particularmente favorable a las organizaciones partidistas históricas, según estudios de los especialistas Brown Araúz y Nevache. La fórmula electoral y el tamaño de las circunscripciones en elecciones legislativas sobrerrepresenta a los partidos más grandes, que son conocidos por su funcionamiento clientelar y de patronazgo, lo cual ha impedido que nuevos grupos y demandas lleguen al sistema.

Una de las maneras en que el Estado panameño ha tratado de resolver esta deficiencia ha sido con la instauración de la figura de diálogos con los sectores que exigen soluciones puntuales o inclusión. Pero este mecanismo se ha desgastado al punto de que ya no es una alternativa viable a los problemas de representación.

En este marco, se ha implantado la posibilidad de los candidatos elegidos por libre postulación, que ha comenzado a asentarse como expresión del descontento con el viejo sistema de partidos. De allí ha surgido Ricardo Lombana como alternativa presidencial, primero con un tercer puesto en 2019, y luego con un segundo puesto en las elecciones del año pasado. Asimismo, la bancada elegida por la libre postulación se ha convertido en la más grande en la Asamblea, con 20 de los 71 diputados en 2024. Aún está por verse cómo este nuevo fenómeno político, que tiene en la base de su discurso la lucha contra la corrupción, logra captar las diversas demandas sociales y económicas que se vienen acumulando.

Lo cierto es que parece que el gobierno, los partidos tradicionales y las nuevas fuerzas políticas independientes tienen que responder, no solo a los problemas que se han acumulado por las condiciones sociales y económicas, sino también al distanciamiento de parte de la ciudadanía de la idea de la democracia como forma de organización social. La suma de agravios ha deteriorado la confianza en la política, las instituciones e incluso entre los mismos ciudadanos ya que cuatro de cada cinco panameños no confían en el otro, según CIEPS.

La solución no es fácil ni será rápida. El sistema político panameño requiere de un arduo trabajo para recuperar la confianza de los ciudadanos.

¿Por qué -y a quiénes- molestan tanto los periodistas?

El hostigamiento al periodismo, sobre todo cuando afecta intereses y narrativas de quienes detentan el poder, no es novedad ni es propio de un país en especial. Pero adquiere nuevas modalidades, trasciende las fronteras y produce contagio en las democracias occidentales o países con regímenes híbridos en los que avanzan quienes se dedican a demoler la credibilidad en sus instituciones representativas y principios básicos, empezando por la libertad de expresión.

Lo ha advertido recientemente el director del The New York Times, A.G. Sulzberger en un medular alegato en favor de la libertad de prensa en la Universidad de Notre Dame, de los EE.UU.: “El rol que cumple la prensa libre e independiente en una democracia sana está bajo ataque directo, y con embates cada vez más agresivos y decididos para coartar y castigar al periodismo independiente. No creo exagerar si digo que esta campaña anti-prensa atenta contra la especial fórmula de éxito que hizo que Estados Unidos sea un modelo durante casi 250 años. Hoy vemos la democracia bajo amenaza en todo el mundo. Y para los aspirantes a autócratas que buscan socavar la ley, las normas y las instituciones que hacen a una democracia sana, uno de sus primeros blancos de ataque suele ser la libertad de prensa. Las razones no son ningún secreto: cuando se ha logrado coartar la capacidad del periodismo de informar a la opinión pública sobre los manejos del poder de manera independiente, actuar con impunidad se vuelve cada vez más fácil”.

En la Argentina, el presidente Milei y sus seguidores en las redes vienen llevando a cabo una campaña sistemática bajo el slogan “La gente no odia lo suficiente a los periodistas”, copiada de una campaña publicitaria de Donald Trump en los EE.UU.

No es lo único que ha copiado el argentino del estadounidense: la idea de los periodistas como “una casta privilegiada enemiga del pueblo” hunde sus raíces en las ideologías populistas que ven como un estorbo la labor del periodismo y fue adoptada por Trump como parte de su discurso. Los ataques verbales de Milei hacia la prensa vienen siendo una constante en la gestión de gobierno, que se recuesta sobre su equipo de comunicación digital y apunta a brindar su “batalla cultural” a través de las redes sociales. El Foro de Periodismo Argentino (FOPEA) alertó por 179 agresiones a lo largo de 2024, un 53% de crecimiento en relación con el año anterior.

Por otro lado, el Gobierno definió nuevos criterios más restrictivos para la acreditación y el ejercicio de la labor periodística en la Casa de Gobierno, que incluyen un código de vestimenta, limitaciones a la cantidad de cronistas en el lugar y un “Manual de Evaluación Objetiva” que otorga puntaje a los periodistas que pretendan acreditarse en Casa Rosada. Los nuevos requisitos “configuran una situación peligrosa que podría afectar seriamente el acceso a la información pública”, señaló la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA).

El tema fue abordado también por especialistas en comunicación en el Congreso de Opinión Pública de Wapor Latinoamérica 2025, reunido semanas atrás en Florianópolis, Brasil bajo el título “Opinión pública, civismo y riesgos globales en América latina”. En particular, un fenómeno conocido y estudiado como “Percepción Hostil de los Medios” refiere a la tendencia a percibir la cobertura mediática como sesgada en contra de la propia posición, incluso cuando el tema se cubra de manera objetiva y equilibrada. Este fenómeno es particularmente evidente en contextos de polarización de la esfera política, social o religiosa, en los que los individuos tienden a interpretar la información de manera que confirme sus creencias preexistentes y rechace perspectivas divergentes, situación también conocida como “sesgo de confirmación”.

Esta percepción de hostilidad se manifiesta en la impresión de que los medios de comunicación tienden a favorecer al “lado opuesto” del espectro político, ignorando o distorsionando información más favorable al propio punto de vista.

Katia Brembatti, presidente de la Asociación Brasileña de Periodismo de Investigación (ABRAJI), señala que “en una sociedad de plataformas, la teoría de los medios hostiles encuentra un terreno fértil para propagarse”. Los ataques a la prensa, fomentados desde usinas que alientan a líderes populistas y sus seguidores en las redes, están destinados a minar deliberadamente la credibilidad del periodismo, “embarrar la cancha” y reforzar la percepción de que la prensa es manipuladora y engañosa.  Este clima de desconfianza, al que contribuye la utilización de Fake news y Deep fakes, actúa como una nube tóxica sobre la conversación pública y el debate de ideas pero también como caldo de cultivo para la proliferación de narrativas antojadizas.

De allí la importancia de buscar fuentes confiables de información, desarrollar el pensamiento crítico y promover el debate para construir una sociedad más y mejor informada. Como destaca Brembatti:“Es esencial que el periodismo se afirme como un espacio de mediación crítica y responsable, presentando información precisa y contextualizada que permita la formación de una opinión pública informada y consciente”. En un escenario de proliferación informativa, desinformación y ataques a la prensa, la ética periodística cobra aún más relevancia. La búsqueda de transparencia y responsabilidad, y el compromiso de investigar rigurosamente los hechos es esencial para la confianza pública. Una vez más, la democracia y el periodismo libre van de la mano, se implican recíprocamente.

*La versión original de este texto fue publicada en Clarín

León XIV, el papa del sur que redefine la diplomacia vaticana

La elección del papa León XIV ha marcado un punto de inflexión inesperado en la historia reciente de la Iglesia católica y de la diplomacia internacional. Su nombre secular, Robert Francis Prevost, no solo lo distingue como el primer pontífice de origen estadounidense, sino también como un líder profundamente enraizado en América Latina, especialmente en Perú, donde desempeñó su labor episcopal durante casi dos décadas. Esta doble pertenencia —norte y sur, centro y periferia— es mucho más que un dato biográfico: es el eje de un giro geopolítico que podría redefinir el rumbo del Vaticano en el siglo XXI.

La Iglesia católica cuenta hoy con cerca de 1.378 millones de fieles en todo el mundo, según el Anuario Pontificio 2023, publicado por la Oficina Central de Estadística de la Iglesia. De ese total, aproximadamente el 41% reside en América Latina y el Caribe, de acuerdo con estimaciones recientes del Pew Research Center (2023), lo que convierte a la región en el mayor bloque católico global. Sin embargo, ese peso demográfico no siempre se ha reflejado en la toma de decisiones o en el liderazgo eclesial.

La elección de León XIV tiene, por tanto, un profundo significado simbólico y estratégico. En un mundo marcado por la fragmentación geopolítica y la crisis de liderazgos morales, el Vaticano vuelve a posicionarse como un actor con potencial para mediar, denunciar y proponer. Y lo hace a través de un papa que conoce de cerca tanto el poder central como las periferias históricamente marginadas.

Su trayectoria pastoral en Perú —donde fue obispo de Chiclayo entre 2015 y 2023 y administrador apostólico de Moyobamba— no fue la de un visitante ocasional, sino la de un agente comprometido con el tejido social. En un país donde, según datos del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), alrededor del 25% de la población vive en situación de pobreza, su liderazgo ha sido valorado por su cercanía a las comunidades de base y su defensa de los derechos de los pueblos originarios, en particular en la Amazonía. Esta región figura entre las más afectadas por la deforestación, la minería ilegal y el crimen ambiental, según lo reportado por la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (RAISG) en 2023.

Gracias a esta experiencia, León XIV posee una comprensión directa de las desigualdades estructurales del sur global, pero también una capacidad singular para dialogar con las élites económicas y políticas del norte. Esta dualidad le confiere una legitimidad que pocos líderes religiosos o políticos pueden reclamar hoy en día.

Desde los primeros gestos de su pontificado, ha mostrado un estilo directo, sobrio y comprometido. Ha ofrecido al Vaticano como posible sede neutral para facilitar el diálogo entre Ucrania y Rusia, en un contexto en que la guerra ha causado, según la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), más de 500.000 muertes y ha desplazado a más de 14 millones de personas (informe 2024). También ha reafirmado el compromiso de la Iglesia con la protección de la Amazonía y los derechos de los pueblos indígenas, retomando el camino abierto por el Sínodo Amazónico de 2019 y reforzado por Francisco.

En América Latina, su elección ha generado un entusiasmo palpable. Su figura representa una esperanza en medio del avance de nuevas iglesias evangélicas y la creciente desafección hacia las instituciones religiosas tradicionales, un fenómeno ampliamente documentado por Latinobarómetro en su informe de 2023.

No obstante, su liderazgo no estará exento de desafíos. Su paso por Perú ha sido objeto de controversia debido a denuncias sobre presuntos encubrimientos de abusos sexuales en su diócesis. Aunque hasta la fecha no existen pruebas concluyentes y la diócesis de Chiclayo ha defendido la transparencia de su gestión, el tema ha sido recogido por medios como HuffPost y BBC Mundo, y ha generado debate en sectores eclesiales y mediáticos. La percepción pública sobre estos temas sigue siendo crítica: según el último Latinobarómetro, el 68% de los católicos latinoamericanos considera insuficientes las acciones de la Iglesia frente a los casos de abuso clerical.

La forma en que León XIV afronte este tema será determinante para el tono de su pontificado. No solo marcará su relación con la opinión pública, sino también su capacidad para impulsar una reforma institucional con credibilidad. La Iglesia, más que nunca, necesita líderes con voluntad de asumir errores pasados y ofrecer garantías de cambio.

El perfil y la historia de León XIV abren escenarios inéditos para la relación entre la Iglesia y los Estados latinoamericanos. Su pontificado podría traducirse en una Iglesia más activa en la defensa social y ambiental, ya que su experiencia en Perú sugiere un liderazgo pastoral orientado a la justicia social. Se espera una mayor presión de la Iglesia hacia los gobiernos latinoamericanos en temas de pobreza, salud, educación y medio ambiente, en sintonía con la Doctrina Social de la Iglesia.

También podría haber una mayor incidencia en la protección de la Amazonía y de los pueblos originarios. La Amazonía, que abarca ocho países y es hogar de más de 400 pueblos indígenas, se ha convertido en un tema prioritario para el Vaticano. El papa podría fortalecer el diálogo y la presión sobre los gobiernos amazónicos respecto a políticas extractivas, protección ambiental y derechos colectivos, incluso si esto genera tensiones con Estados que priorizan el desarrollo económico.

Otro escenario probable es la renovación del rol de la Iglesia como mediadora. La diplomacia vaticana, bajo León XIV, podría recuperar protagonismo en la mediación de conflictos políticos y sociales, como ya ocurre en Colombia o Nicaragua. La búsqueda de diálogo y la disposición a actuar como puente pueden revalorizar la presencia pública de la Iglesia, no solo como autoridad moral sino como agente concreto de reconciliación.

Es posible además un distanciamiento de la política partidista y un acercamiento a las bases. Su biografía sugiere una tendencia a fortalecer la autonomía de la Iglesia respecto de los partidos políticos, favoreciendo la presencia en comunidades de base y la cercanía con los sectores más vulnerables. Esto podría renovar el vínculo con la sociedad civil, aunque la influencia política directa de la Iglesia seguirá limitada por el pluralismo religioso y el avance de las iglesias evangélicas.

Por último, la transparencia y la credibilidad serán requisitos esenciales para el diálogo. La exigencia de rendición de cuentas en casos de abuso será fundamental para la legitimidad de la Iglesia ante los Estados. La credibilidad moral será el principal capital de León XIV en su relación con los gobiernos y la sociedad.

León XIV no es simplemente un nuevo rostro al frente de la Iglesia: es una figura con relevancia geopolítica. Su biografía le permite tender puentes entre culturas, religiones y bloques de poder. Puede hablar el idioma de los poderosos, pero también el de los olvidados. Puede influir en Washington sin traicionar las causas sociales que abrazó en los barrios del norte peruano. En un escenario internacional donde la reelección de Donald Trump reconfiguraría los equilibrios globales y reforzaría una agenda más nacionalista y conservadora, León XIV podría convertirse en un contrapeso moral e institucional. Aunque sus posturas sobre migración, medio ambiente o justicia social contrastan con las del presidente, su condición de estadounidense y su vocación diplomática podrían abrir canales de interlocución difíciles de imaginar con otros líderes religiosos.

Si logra navegar los desafíos internos y capitalizar el capital simbólico de su historia personal, León XIV podría consolidarse como un pontífice de transición: el que cierre la etapa de escándalos y polarizaciones, y abra un ciclo en el que la Iglesia retome su rol de actor global con autoridad moral y vocación de servicio.

En un mundo que necesita con urgencia más puentes y menos muros, la figura de León XIV no es una simple anécdota diplomática, es una jugada estratégica. La diplomacia vaticana vuelve a tener un rostro capaz de incomodar al poder, pero también de sentarse a dialogar con él. Y eso, hoy más que nunca, es indispensable.

Mauricio Macri: de ‘mago del Kremlin’ a malabarista en los semáforos

Se entiende que la novela de Giulano da Empoli El mago del Kremlin gira alrededor de una de las profesiones políticas más antiguas: la del estratega político. Ya sea un asesor, un consejero o un político, la capacidad para ver escenarios, analizarlos y, desde ahí, proyectar una estrategia de poder es un arte al alcance de pocos. Lo usual es que los políticos se piensen como magos, aunque en su actuar generalmente el traje les queda ajustado.

El expresidente de Argentina (2015-2019) Mauricio Macri seguramente se considera un mago de la política, si tenemos en cuenta sus actitudes, declaraciones y poses de soberbia. Su origen en la política realmente lo avala: creó de la nada un partido vecinal en la Ciudad de Buenos Aires, capital de la república, con el que consiguió victorias electorales y la jefatura de gobierno desde 2007 hasta la actualidad. Al nacionalizar el partido —Propuesta Republicana (PRO), de tendencia derecha liberal— instaló una cuña en crecimiento entre los dos partidos tradicionales de la política argentina desde mitad del siglo XX: el Partido Justicialista (peronismo) y la Unión Cívica Radical.

El devenir político de la Argentina mostró al PRO en constante desarrollo político hasta su hora estelar: la elección presidencial de 2015, en la que el partido, con la candidatura de Mauricio Macri, ganaba la elección derrotando a un kirchnerismo hegemónico entre 2003 y 2015.

Hasta acá una estrategia política impecable, al punto de haber coronado en una presidencia. Como todo gran estratega, atendiendo a la premisa política que señala que más difícil que conseguir el poder es preservarlo y aumentarlo, la tarea restante del PRO de Macri era, mínimamente, consolidar la presidencia, conseguir la única reelección constitucional posible y luego dejar herederos/as políticos/as que sucedieran a esa nueva hegemonía política.

Nada de eso pasó. Una serie concatenada de gravísimos —para un estratega— errores políticos llevaron al PRO a quedar en tercer lugar en las elecciones legislativas del 18 de mayo pasado en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), la ciudad de origen del PRO y donde no perdía una elección de cualquier tipo desde 2007. El mago del poder pasaba a ser un simple malabarista de las esquinas de la ciudad.

La presidencia de Mauricio Macri, una vez desalojado el kirchnerismo, comenzó con un consenso social elevadísimo que lo llevó a una clara victoria en las elecciones de medio término de 2017, no obstante una política un tanto errática sobre todo en lo económico, punto crucial de su programa electoral. Esa sinuosidad en la toma de decisiones llevó al gobierno a pedir un préstamo extraordinario del FMI a fin de sostener el tipo de cambio y controlar la inflación. El fracaso de este proyecto lo obligó a una fuerte devaluación, pérdida de credibilidad de los mercados, inflación y descontento social. Empezaba el camino al calvario.

La mala comunicación política, la inflación y una serie de movimientos políticos desacertados llevaron la elección presidencial de 2019 a un terreno un año antes impensado: la vuelta del vilipendiado kirchnerismo al poder, con un candidato elegido por Cristina Fernández de Kirchner unos meses antes, y ella en el puesto de vicepresidenta. El sueño de la reelección se desvaneció por errores propios y cálculos estratégicos mal planteados.

El gobierno argentino de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, más allá de la pandemia, sucumbió por una feroz y creciente lucha interna entre los funcionarios del presidente y los funcionarios y militantes de Cristina, por una inflación galopante en el último año y por una candidatura oficialista para 2023 por parte de un político oportunista y de discurso percibido como demagógico y falto de sustento. En ese contexto, el triunfo electoral del PRO, única oposición competitiva, estaba ya casi garantizado en la candidatura del dos veces jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta. Inexplicablemente Macri la desperdició provocando un conflicto interno en el PRO entre Rodríguez Larreta, tal vez con miedo a que su seguro triunfo electoral lo desplace del liderazgo del partido, y Patricia Bullrich, figura importante del partido pero de tradición ubicua en la política.

El resultado fue la derrota electoral del PRO en las generales —se ubicó tercero— y el pase a ballotage del candidato kirchnerista y la novedad política de La Libertad Avanza (LLA), de Javier Milei. El traslado del voto PRO a Milei en el ballotage coronó el sorpresivo triunfo electoral de este último.

¿Cómo se ubicó Macri en este nuevo escenario? En el rol autodesignado de estratega político y socio político “prestando” funcionarios dado el carácter novedoso e improvisado en términos de estructura política del nuevo gobierno.

El gobierno de Milei recibió a Macri con cortesía, pero en la medida en que se afianzaba y se daban sus primeros aciertos políticos —control de una inflación desbocada—, el presidente comenzó, primero, a retardar cualquier alianza política, luego a esquivar los intentos de acercamiento de Macri y, por último, a despreciar cualquier acuerdo con él, a señalar que en todo caso los políticos del PRO se pasen a LLA y, luego de la victoria de LLA en “el bastión amarillo del PRO” (la ciudad de Buenos Aires y el color insignia del PRO), a decir que Macri ya se debe retirar de la política. Cualquier medio y análisis político señala estos días que el fracaso estrepitoso del PRO se debió a los errores forzados con los que Macri pensó y protagonizó esta elección.

Seguramente la fuga de personal político del PRO a LLA consolide en la elección general de medio término de octubre a este nuevo espacio y lo catapulte a las presidenciales de 2027. Salvo que el síndrome Macri —de mago a malabarista de calle— asole también a Milei.

Sheinbaum: ¿un sueño feminista olvidado?

Cuando una persona de un entorno subrepresentado es elegido como presidente, suele existir la expectativa implícita de que defenderá los derechos de su propia comunidad. La aplastante victoria de Claudia Sheinbaum en México el año pasado no fue la excepción. Como la primera mujer en liderar una nación norteamericana, el ascenso de Sheinbaum despertó un optimismo tímido tanto en el país como en el extranjero. Su campaña se basó fuertemente en mensajes feministas, con lemas como «Es la hora de las mujeres», que sugerían un posible nuevo capítulo para un país donde un promedio de 10 mujeres son asesinadas cada día.

Pero ocho meses después del inicio de su sexenio, ese optimismo inicial comienza a desvanecerse. Lejos de marcar el comienzo de una nueva era de justicia de género, el gobierno de Sheinbaum ha supervisado recortes presupuestarios devastadores a los servicios para mujeres, ha mantenido un patrón de represión violenta de las protestas feministas y ha ofrecido una respuesta notablemente discreta al reciente aumento de la violencia en Jalisco.

En conjunto, estas acciones han planteado preguntas apremiantes sobre si la representación simbólica se está utilizando como sustituto de una reforma sustancial.

Los pesos hablan más que las palabras

El primer presupuesto federal de Sheinbaum presenta una historia preocupante. A pesar de la retórica de campaña que presentaba a su administración como comprometida con la mejora de los derechos de las mujeres, el plan de gastos para 2025 refleja los patrones de austeridad específicos de su predecesor.

Los programas con enfoque de género clave enfrentan recortes importantes, con un golpe particularmente duro en los albergues para mujeres. Si se tiene en cuenta que el número de mujeres que utilizan estos servicios aumentó un 75% entre 2023 y 2024, la reducción del 4.3% en la financiación para 2025 solo puede ser un desastre.

La recién creada Secretaría de la Mujer, cuyo objetivo es llevar la política de género a las más altas esferas del gobierno, también se ve afectada por la falta de recursos que le permitirían desempeñar su función. Su predecesor, el Instituto Nacional de las Mujeres, también experimentó una notable reducción presupuestaria. Al mismo tiempo, la agencia nacional responsable de la prevención de la violencia contra las mujeres, CONAVIM, enfrenta recortes significativos. Y si bien el financiamiento general para programas de género ha aumentado, la gran mayoría se destina a iniciativas sociales amplias, dejando solo una pequeña fracción dedicada específicamente a combatir la violencia y la discriminación. En un país donde más del 70% de las mujeres y niñas mayores de 15 años han sufrido algún tipo de violencia al menos una vez en su vida, la sociedad civil advierte que estos recortes no solo son decepcionantes, sino que podrían ser mortales.

Provocaciones, no protestas

La gestión de Claudia Sheinbaum como Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, entre 2018 y 2023, estuvo marcada por repetidos enfrentamientos con movimientos feministas, lo que generó críticas por la represión policial a las protestas y una arremetida litigiosa contra activistas. En lugar de desmantelar las fuerzas policiales represivas, como prometió inicialmente, su administración continuó militarizando los espacios públicos y reprimiendo violentamente las marchas feministas.

Un informe de 2021 de Amnistía Internacional reveló que más de una docena de mujeres y niñas fueron detenidas arbitrariamente en varias ciudades mexicanas, incluida la capital, por participar pacíficamente en protestas feministas en 2020. Bajo el liderazgo de Claudia Sheinbaum como jefa de gobierno de la Ciudad de México, las autoridades se enfrentaron a acusaciones generalizadas de uso excesivo de la fuerza contra manifestantes —utilizando gas lacrimógeno y empleando tácticas de control de multitudes como el encierro—, especialmente durante las protestas de 2020 que exigían la legalización del aborto.

Tras las manifestaciones, Sheinbaum persiguió implacablemente a otras jóvenes activistas feministas a través de los tribunales, en una medida que muchos interpretaron como un intento de intimidar y silenciar el movimiento. A pesar del carácter mayoritariamente pacífico de las manifestaciones, Sheinbaum las calificó de «provocaciones», justificando así una respuesta policial contundente.

Al presentar al movimiento feminista bajo una luz negativa, la retórica de la exalcaldesa ha fomentado un ambiente en el que el activismo de las mujeres puede ser fácilmente desestimado como violencia recalcitrante. Esto, a su vez, lleva tanto a funcionarios como a la ciudadanía a sentirse justificados para responder a las protestas con hostilidad o agresión.

Violencia descontrolada

A pesar de las audaces declaraciones preelectorales de Sheinbaum, quien afirmó ser «la única capaz de mostrar resultados en seguridad», el 50% de los encuestados en una encuesta reciente afirmó creer que la seguridad pública ha empeorado o continúa siendo deficiente desde que la candidata de MORENA asumió la presidencia en octubre pasado.

El presunto feminicidio de la influencer de belleza Valeria Márquez durante una transmisión en vivo el 13 de mayo en TikTok el martes pasado es el último de una serie de escándalos violentos que han contribuido a esta percepción. En vivo desde su salón de belleza en Zapopan, Jalisco, Valeria, de 23 años, conversaba nerviosamente con la cámara mientras esperaba la llegada de un regalo anónimo. Momentos después, el asesino, haciéndose pasar por un repartidor, entró al salón y disparó varias veces a Valeria en la cabeza y el pecho, ante la mirada horrorizada de sus seguidores.

No era la primera ocasión en los últimos meses en que la escalada de violencia en Jalisco captaba la atención internacional. El 5 de marzo, se descubrió un campo de entrenamiento y una fosa común de un cártel en Teuchitlán, a solo 50 kilómetros de donde Valeria fue asesinada. Cientos de zapatos y hornos crematorios improvisados ​​dejaron pocas dudas de que el rancho también había servido como lugar de exterminio, pero la Fiscalía General de Sheinbaum negó rápidamente la presencia de restos humanos en el rancho.

Tras el asesinato de Valeria, las autoridades estatales afirmaron que no existían pruebas que sugirieran que el presunto feminicidio estuviera vinculado al crimen organizado, a pesar de reconocer que el asesinato probablemente fue obra de un sicario. Estos repetidos intentos del gobierno de Sheinbaum por ocultar el alcance de la violencia de los cárteles para salvar las apariencias, junto con su falsa y perjudicial afirmación de que las tasas de feminicidio se redujeron en un 40 % durante el mandato de López Obrador, sirven para minimizar las crisis interrelacionadas del crimen organizado y la violencia de género, lo que en última instancia erosiona la confianza pública y obstaculiza la acción significativa en ambos frentes.

Exactamente una semana después del asesinato de Valeria, la ola de violencia que azota a Jalisco llegó a la capital, esta vez golpeando el corazón mismo de MORENA. Ximena Guzmán y José Muñoz, dos de los colaboradores más cercanos de la alcaldesa de la Ciudad de México, Clara Brugada, fueron asesinados a tiros la mañana del martes pasado cuando se dirigían al trabajo en lo que parece ser otro asesinato selectivo.

Mientras la investigación del doble homicidio avanza en un silencio casi total, queda por ver si la estrategia definitiva de la presidenta —negar, negar, negar— se aplicará ahora al destino de los seguidores de su propio partido.

Ser mujer no hace a una presidenta feminista

La presidencia de Claudia Sheinbaum fue anunciada como un momento decisivo: una oportunidad para redefinir el liderazgo en un país asediado por la omnipresente violencia de género. Sin embargo, casi un año después, la brecha entre las promesas y las políticas es cada vez mayor.

La desfinanciación de los sistemas de apoyo vitales para las mujeres, la criminalización de la resistencia feminista y la incapacidad del gobierno para abordar la brutal convergencia de la violencia de género y de los cárteles han demostrado que el simple hecho de ser mujer no define a una presidenta feminista. A medida que se revelan las realidades de su gobierno, se hace cada vez más evidente que la representación sin acción no es progreso: es política performativa disfrazada de igualdad.

La regulación de las plataformas digitales en Brasil a punto de ceder ante los intereses de las grandes tecnológicas

En junio de 2024, el entonces presidente de la Cámara de Diputados de Brasil, Arthur Lira (PP), desestimó el Proyecto de Ley 2630/2020, conocido como la «Ley de Noticias Falsas», argumentando que estaba «contaminado» por la narrativa de que crearía censura en la legislación brasileña. En otras palabras, contaminado por la desinformación difundida por la extrema derecha, el bloque evangélico y los grupos de presión de las grandes tecnológicas. En su lugar, Lira creó un grupo de trabajo para abordar la regulación de las plataformas, una medida comúnmente utilizada cuando no se busca resolver un problema. Casi un año después, no se ha celebrado ninguna reunión, no se ha invitado a nadie y no se han presentado solicitudes. 

En lugar del debate de alto nivel prometido por Lira, los diputados federales Silas Câmara (Republicanos), entonces líder del frente parlamentario evangélico, y Dani Cunha (Unión), hija del expresidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, destituido y condenado por corrupción, presentaron una propuesta alternativa. El texto de esta propuesta tiene 11 páginas y 22 artículos, en comparación con las 48 páginas y 60 artículos del anterior, y hay solo un 5% de coincidencia entre ambos. Por lo tanto, gran parte de la deliberación pública acumulada para la elaboración del informe del diputado Orlando Silva, en el que se basó el primer proyecto, fue descartada por los promotores del Proyecto de Ley 4691.

La nueva propuesta mantuvo, del texto anterior, básicamente los artículos 7 y 8, que exigen a las plataformas identificar, analizar y evaluar diligentemente los riesgos sistémicos, con el objetivo de mitigarlos de forma razonable, proporcionada y eficaz. En la práctica, para lograr este objetivo, los servicios basados ​​en algoritmos deben:

1-Adaptar el diseño, las características y el funcionamiento de los servicios, incluyendo los sistemas y las interfaces.

2-Adaptar las condiciones de uso y los criterios y métodos de aplicación-

3-Adaptar los procesos de moderación posterior, incluyendo la velocidad y la calidad del procesamiento de las notificaciones y, cuando sea necesario, proceder a la eliminación del material publicado.

4-Probar y adaptar los sistemas algorítmicos, incluyendo los sistemas de priorización y recomendación, y la publicidad y propaganda en línea.

5-Fortalecer los procesos internos, los recursos, las pruebas, la documentación o la supervisión de cualquiera de sus actividades.

6-Adaptar la interfaz para proporcionar más información a los usuarios.

7-Adoptar medidas específicas para proteger los derechos de los niños, niñas y adolescentes.

Las disposiciones mencionadas ya estaban presentes en el proyecto anterior. Sin embargo, allí se acompañaban de obligaciones —dentro del concepto denominado “deber de diligencia”— que preveían la moderación por iniciativa de la propia plataforma de publicación en el caso de contenido tipificado en las siguientes infracciones:

  • delitos contra el Estado Democrático de Derecho
  • actos de terrorismo y actos preparatorios de terrorismo
  • delito de inducción, instigación o ayuda al suicidio o a las autolesiones
  • delitos contra niños, niñas y adolescentes e incitación a la comisión de delitos contra niños, niñas y adolescentes o apología de un acto delictivo o autor de delitos contra estos
  • delito de racismo
  • violencia contra la mujer
  • infracción sanitaria, por no ejecutar, obstaculizar u oponerse a la ejecución de las medidas sanitarias durante una Emergencia de Salud Pública de Importancia Nacional. 

Legislación ineficaz

La eliminación del deber de diligencia convierte al Proyecto de Ley 4691 en una legislación ineficaz, carente de mecanismos contundentes para frenar la difusión de desinformación y otras actividades antisociales en internet. Las obligaciones de moderación previstas en la nueva propuesta, como se indica en su artículo décimo, reflejan básicamente prácticas que las plataformas ya han adoptado durante años, ya que son esenciales para el mantenimiento de sus negocios.

Por otro lado, el Capítulo III del proyecto original que exigía a las plataformas notificar a los usuarios cuyas publicaciones fueran restringidas o eliminadas, así como adoptar un debido proceso en materia de moderación, incluyendo protocolos para apelar las decisiones, tampoco se encuentra en el proyecto nuevo.

Resulta irónico que estas disposiciones se abandonaran, ya que la censura que temen los defensores de la libertad de expresión sin restricciones ya existe, pero está en manos de las propias empresas. A lo largo de los años se han ducumentado numerosos casos de supresión de publicaciones por error o sin explicación en redes como Instagram o YouTube, por lo que el Proyecto de Ley 2630 ampliaría las garantías de los derechos de los usuarios.

La nueva propuesta también carece de otros avances previstos en el Proyecto de Ley 2630, como la transparencia en los algoritmos de recomendación, el acceso a los datos para investigadores, la realización de auditorías externas, el reconocimiento de los perfiles de altos funcionarios públicos como información pública y la tipificación del delito electoral de desinformación, entre otros.

Al mismo tiempo, recupera disposiciones para la identificación de individuos que organismos de seguridad y lobistas del sector bancario han intentado implementar durante las últimas dos décadas, desde que el exsenador Eduardo Azeredo presentó proyectos para el registro de usuarios de internet. También establece una contribución del 5% de la facturación de las plataformas al Fondo de Universalización de los Servicios de Telecomunicaciones (FUST), lo que a primera vista puede parecer positivo, pero que en última instancia favorece a las propias empresas, al ampliar la base de usuarios de sus servicios.

Además, mientras el Proyecto de Ley 2630 designaba al Comité Gestor de Internet (CGI.br) como órgano regulador, el Proyecto de Ley 4691 designa a Anatel y a la Autoridad Nacional de Protección de Datos (ANPD). En abril de 2025, el presidente de Anatel puso a disposición la agencia reguladora para actuar en la supervisión de las plataformas, durante una audiencia pública del Consejo de Comunicación Social del Congreso, en la que defendió la aprobación del PL 4691. También en abril, la tramitación del PL 4557/2024, en el que el mismo Silas Câmara propone someter al CGI.br a la autoridad de Anatel, motivó al Comité a emitir una nota pública rechazando dicha propuesta.

Este cambio sería trágico, ya que, si bien CGI.br cuenta con un historial de enfoques críticos y de defensa de los derechos ciudadanos en las redes digitales, Anatel, al igual que otras agencias, es conocida por su negligencia en el ejercicio de sus funciones de supervisión y por episodios de captura regulatoria.

Al observar: el cabildeo de las grandes tecnológicas entre parlamentarios de extrema derecha y el grupo pro-bíblico para enterrar el Proyecto de Ley 2630; la presentación del Proyecto de Ley 4691 por diputados federales alineados con Bolsonaro y evangélicos; el intento de someter a CGI.br a Anatel; y la autodeclaración de Anatel como el regulador ideal de internet en Brasil, se puede observar que, actualmente, el interés público está en juego en el debate sobre la rendición de cuentas de las plataformas digitales.

Solo la sociedad civil puede responder si el escenario actual se convertirá en un jaque mate por parte de parlamentarios comprometidos con grupos de presión e interesados ​​en el desorden informativo.

En colaboración con la Red Nacional de Combate a la Desinformación (RNCD) de Brasil, el Ibict y el ICIE, Latinoamérica21, junto con The Conversation Brasil, Brasil de Fato y otras plataformas aliadas impulsamos la difusión de contenidos que promuevan una ciudadanía más informada y crítica, para enfrentar la desinformación, una amenaza creciente para la democracia, la ciencia y los derechos humanos.