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La velocidad del dragón: cuando la prisa de hoy es la hipoteca del mañana

La urgencia por concretar grandes obras sin controles rigurosos abre la puerta a decisiones costosas que comprometen el desarrollo y la soberanía a largo plazo.

En el tablero de la geopolítica actual, el tiempo es una moneda de cambio tan valiosa como el dólar o el yuan. Mientras las democracias occidentales llegan a la mesa de negociación cargadas con maletines llenos de manuales de cumplimiento, estudios de impacto ambiental de diez años y cláusulas de derechos humanos que parecen sermones, China llega con un bolígrafo y un cheque. Es el «ritmo China»: una velocidad frenética que no se explica por una logística superior, sino por una voluntad política de saltarse los filtros que suelen proteger a las naciones de sus propios errores.

Donde los controles institucionales son débiles, la rapidez de Pekín actúa como el seductor canto de sirena que permite a las elites ignorar la fiscalización técnica en favor de la rentabilidad política inmediata. China entiende a la perfección el ciclo electoral: un político necesita inaugurar algo grande antes de las próximas elecciones. Pekín ofrece precisamente eso: la capacidad de pasar del plano a la realidad en tiempo récord, sin hacer preguntas incómodas sobre la transparencia de la licitación o la viabilidad a largo plazo. Sin embargo, esta rapidez tiene un diseño estratégico: en países donde la justicia es débil y la fiscalización es nula, es mucho más sencillo cooptar elites que convencer a una sociedad. La negociación deja de ser un acuerdo entre Estados para convertirse en un pacto entre individuos, donde el beneficio inmediato del gobernante se paga con el patrimonio futuro de la nación.

Los ejemplos de este «fast-track» hacia el desastre suenan hoy como una advertencia en todo el Sur Global. En Ecuador, la represa Coca Codo Sinclair se vendió como el milagro energético que el país necesitaba. Se negoció y construyó con una celeridad asombrosa bajo el gobierno de Rafael Correa. ¿El resultado? Hoy la infraestructura presenta miles de fisuras, opera a media capacidad y se encuentra bajo la sombra de una erosión regresiva que amenaza con destruirla por completo. Lo que fue un éxito de «gestión rápida» se convirtió en una deuda eterna por una obra que se desmorona.

Algo similar ocurrió en Sri Lanka, donde el puerto de Hambantota fue el hijo predilecto de una élite política que buscaba proyectos faraónicos en su región natal. La falta de un estudio de mercado serio y la celeridad del crédito chino permitieron construir un puerto que nadie usaba. Cuando el país no pudo pagar, la «facilidad» china mostró su otra cara: Sri Lanka tuvo que entregar la soberanía del puerto a una empresa estatal china por 99 años para condonar la deuda. Incluso en proyectos más pequeños, la prisa suele ser el velo de la corrupción. En Bolivia, el caso de la empresa CAMC reveló cómo los contratos por invitación directa —el mecanismo favorito para la rapidez— terminaron vinculados a círculos íntimos del poder, dejando obras cuestionadas y procesos judiciales a medias.

Sin embargo, la historia no es una condena inevitable. Países como Malasia han demostrado que es posible despertar antes de que el cemento se seque. Tras un cambio de gobierno, Kuala Lumpur puso freno a proyectos ferroviarios multimillonarios ya firmados con Pekín, denunciando que los costos estaban inflados para encubrir esquemas de corrupción de la élite anterior. Al exigir transparencia y sentarse a renegociar desde una posición de fortaleza institucional, lograron salvar miles de millones y recuperar soberanía sobre su propia infraestructura.

La lección para nuestra región es clara: la velocidad de los contratos chinos no es un regalo, es una prueba de resistencia para nuestras democracias. Si un acuerdo es demasiado rápido para ser auditado, es probablemente porque no está diseñado para beneficiar al país, sino para blindar a quienes ostentan el poder en ese momento. Al final, lo que se ahorra en tiempo de negociación se termina pagando con recursos naturales entregados a precio de saldo y con obras que tienen fecha de caducidad mucho antes de que la deuda termine de pagarse.

La próxima vez que un gobierno anuncie un megaproyecto firmado «en tiempo récord», no deberíamos celebrar la eficiencia, sino empezar a buscar dónde está la trampa; porque en la diplomacia de la chequera rápida, el que no lee la letra pequeña termina cediendo el futuro. El verdadero peligro no radica en la ambición de China, sino en la fragilidad de nuestros propios contrapesos.

La rapidez china, en última instancia, no construye puentes hacia el desarrollo, sino pasadizos directos hacia la captura del Estado, donde la factura de la opacidad siempre la termina pagando la próxima generación.

Autor

Directora de la Licenciatura en Ciencia Politica de la Universidad del CEMA, Argentina. Doctora en Ciencia Política de la Universidad de Cádiz, UCA. Postdoctorado en política latinoamericana, IBEI Instituto Barcelona de Estudios Internacionales.

 

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