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Trump derrotado: ¿más débil o más peligroso para América Latina?

La derrota electoral de Trump debilita su margen de maniobra interna, pero podría intensificar su presión sobre América Latina, una región dividida y con escasa capacidad de respuesta común.

Donald Trump acaba de sufrir su derrota política más contundente desde su regreso a la Casa Blanca. Las elecciones del 3 de noviembre devolvieron a los demócratas el control de ambas cámaras del Congreso y provocaron resultados impensables hace apenas unos meses. En Texas, James Talarico derrotó al republicano Ken Paxton en la disputa por el Senado y Gina Hinojosa desplazó al gobernador Greg Abbott. En Ohio, Sherrod Brown recuperó un escaño senatorial y Amy Acton venció a Vivek Ramaswamy, uno de los principales aliados de Trump.

La guerra con Irán y sus consecuencias económicas fueron decisivas. Trump reconoció que el conflicto contribuyó a la derrota, aunque atribuyó buena parte del descontento al encarecimiento de los combustibles. La guerra que Washington decidió librar en Oriente Medio terminó pasando factura en las gasolineras estadounidenses.

Pero la derrota tiene consecuencias que trascienden sus fronteras. Un Trump acotado por el Congreso tendrá mayores incentivos para buscar en el exterior las victorias políticas que ahora le resultarán más difíciles en Washington. América Latina ocupa un lugar privilegiado en ese cálculo.

Trump será institucionalmente más débil, pero puede resultar más peligroso para una región políticamente fragmentada. Conserva su capacidad para imponer decisiones unilaterales, mientras los gobiernos latinoamericanos carecen de una posición común para negociar con Washington.

Un presidente debilitado, pero no desarmado

La nueva mayoría demócrata asumirá el 3 de enero de 2027 con el control de ambas cámaras. En el Senado tendrá al menos 54 escaños, que serían 56 si se confirman sus ventajas en Alaska y Misisipi. Podrá bloquear iniciativas republicanas, investigar decisiones presidenciales y disputar el presupuesto federal.

No obstante, no tendrán los 60 votos necesarios para superar el obstruccionismo parlamentario y de los dos tercios requeridos para revertir un veto presidencial.

El Congreso podrá investigar las operaciones militares en Venezuela, cuestionar el financiamiento de la guerra con Irán y activar los mecanismos de la Resolución de Poderes de Guerra. También podrá condicionar los recursos destinados a la cooperación militar y de seguridad en América Latina.

Trump, sin embargo, conserva instrumentos que no dependen de mayorías legislativas, como son las sanciones dentro de las facultades legales existentes, los acuerdos ejecutivos y las atribuciones comerciales y militares. Ya en 2018, cuando los demócratas recuperaron la Cámara de Representantes, la fiscalización aumentó sin impedir sus medidas unilaterales. La diferencia es que ahora enfrenta una oposición más amplia y una guerra cuyo costo político ya se reflejó en las urnas.

Negociar o presionar: la disyuntiva en América Latina

Trump dispone de dos caminos para enfrentar su debilitamiento. Puede negociar acuerdos que le permitan exhibir éxitos internacionales o intensificar la presión sobre gobiernos extranjeros mediante aranceles, sanciones y cooperación militar selectiva.

No son estrategias incompatibles. Una amenaza comercial puede anteceder a una negociación y una demostración de fuerza puede presentarse después como victoria diplomática.

La presión tiene, además, un marco doctrinal. La Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre de 2025 recuperó expresamente la Doctrina Monroe mediante el denominado “Corolario Trump”, que reivindica la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y busca impedir que potencias extrarregionales, China en primer lugar, controlen activos estratégicos como las tierras raras y otros minerales críticos, la infraestructura y las rutas comerciales.

El “Escudo de las Américas”, presentado en marzo de 2026 junto a doce gobiernos latinoamericanos y caribeños, forma parte de esa estrategia. Bajo el argumento de combatir el narcotráfico, Washington busca consolidar una red de aliados políticos. Colombia se sumó en agosto, con la llegada de Abelardo de la Espriella a la presidencia. México, Brasil, Uruguay y Guatemala permanecen fuera.

La derrota republicana dificultará la consolidación de una estructura hemisférica duradera si el Congreso cuestiona sus recursos o sus operaciones. Pero Trump tiene aún la opción de concentrar esfuerzos en acuerdos bilaterales con gobiernos afines, menos costosos y más fáciles de presentar como resultados inmediatos.

La paradoja es evidente; una estrategia hemisférica más débil puede traducirse en más intervención estadounidense, no en menos.

Venezuela: la soberanía hipotecada por un siglo

Venezuela ofrece el ejemplo más contundente. Tras la operación militar estadounidense del 3 de enero de 2026 y la captura de Nicolás Maduro, Washington pasó a desempeñar un papel determinante en la reorganización política y petrolera del país.

En agosto se anunció un acuerdo que otorgó a North American Blue Energy Partners, empresa controlada por el empresario venezolano Alejandro Betancourt, derechos de explotación por 100 años sobre 17 campos petroleros. El esquema contempla una participación del 35 % para la Office of Strategic Capital del Pentágono y el derecho del Departamento de Estado a comprar el 20 % de la producción a precio de costo. Las concesiones fueron otorgadas por las autoridades interinas encabezadas por Delcy Rodríguez.

El senador Jack Reed, principal demócrata en el Comité de Servicios Armados, calificó el acuerdo como “un abuso flagrante de poder y del dinero de los contribuyentes” y exigió una rendición de cuentas completa sobre su fundamento legal. Exasesores energéticos estadounidenses advierten, además, que un gobierno futuro podría impugnarlo. La nueva mayoría tendrá más herramientas para investigarlo, aunque no una vía automática para anularlo.

La pregunta incómoda va más allá de Washington. ¿Dónde está la respuesta regional frente a un acuerdo que compromete durante un siglo recursos estratégicos venezolanos?

Brasil y México: dos capacidades distintas de negociación

El 25 de octubre, Lula obtuvo su reelección con el 51,8 % de los votos frente al 48,2 % de Flávio Bolsonaro, representante de una corriente estrechamente identificada con el trumpismo. El candidato derrotado anunció que pedirá anular la elección por la ampliación del horario de votación. La diferencia fue de 4,4 millones de votos; después de las 17 horas se emitieron poco más de 35.000. El guion lo escribió Trump en 2020.

Lula negociará los conflictos arancelarios con Washington desde una posición renovada, con la diversificación comercial y sus vínculos con China como respaldo.

México enfrenta una situación distinta. Su integración productiva con Estados Unidos hace inviable cualquier distanciamiento económico. La revisión del T-MEC, los aranceles al acero, el aluminio y los automóviles, y las exigencias en materia de seguridad seguirán condicionando la relación bilateral.

Para la presidenta Claudia Sheinbaum, el nuevo Congreso representa una oportunidad para ampliar interlocutores en asuntos comerciales y migratorios. Al mismo tiempo, la exclusión de México del Escudo muestra que Washington distingue entre sus socios económicos y sus aliados políticos. La interdependencia es una vulnerabilidad para México, pero también un recurso de negociación. El desafío es aprovecharla sin que las diferencias sobre seguridad o sobre China terminen subordinando toda la relación.

Argentina: el costo de apostar por Trump

Javier Milei enfrenta otro problema. Su gobierno convirtió la afinidad política con Trump en un activo internacional y recibió a cambio un respaldo financiero extraordinario. En octubre de 2025, el Banco Central argentino y el Tesoro estadounidense firmaron un acuerdo de intercambio de monedas por hasta 20.000 millones de dólares.

Un Congreso demócrata podrá examinar las condiciones de esa asistencia. El acuerdo no desaparece por el cambio de mayoría, pero su utilización futura enfrentará mayor escrutinio político.

Milei apostó a una relación privilegiada con Trump. Ahora deberá comprobar cuánto de ese respaldo responde a intereses permanentes de Estados Unidos y cuánto dependía de una coyuntura política que acaba de modificarse.

El verdadero riesgo: una América Latina dividida

La derrota de Trump no tendrá consecuencias uniformes. Brasil cuenta con una economía diversificada y mayor autonomía política. México dispone del peso que le otorga su integración productiva. Argentina depende de respaldos financieros externos, específicamente estadounidenses, y Venezuela enfrenta una intervención directa sobre sus recursos estratégicos.

Esa heterogeneidad es la principal ventaja que Trump todavía tiene en la región. No necesita reconstruir una hegemonía hemisférica plenamente institucionalizada para obtener resultados. Le basta con aprovechar las asimetrías existentes, ya sea premiando aliados, presionando adversarios y fijando condiciones distintas para cada país.

Los próximos meses mostrarán qué camino prevalece. Las decisiones presupuestarias sobre cooperación militar, el escrutinio del acuerdo petrolero venezolano, las negociaciones arancelarias y la continuidad del Escudo serán las señales. El horizonte de 2028 también pesará, ya que Trump no podrá reelegirse, y algunos gobiernos buscarán asegurar compromisos antes de enero de 2029 mientras otros intentarán ganar tiempo. Ninguna de esas apuestas ofrece garantías, porque la competencia con China y los intereses hemisféricos de Estados Unidos trascienden a Trump como presidente.

La derrota republicana abre oportunidades para renegociar acuerdos, ampliar interlocutores y revisar compromisos. Pero cada gobierno negocia desde sus propias urgencias, y esa fragmentación limita lo que la región puede obtener. El peligro, por tanto, no está únicamente en Trump, sino en una región que continúa enfrentando individualmente las presiones de una potencia muy superior.

Trump perdió en las urnas de su país. Falta saber si América Latina sabrá ganar algo con ello o si volverá a negociar, cada gobierno por su cuenta, los términos de su propia subordinación.

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Profesor e investigador del Centro de Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de México. Ex Presidente de la Asociación Mexicana de Ciencia Política (AMECIP). Doctor por FLACSO-México.

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