¿Son las campañas electorales violentas una tendencia mundial?

En un tenso clima de convulsión política, Ecuador celebraba sus adelantadas elecciones presidenciales de 2023. Sin embargo, la atención del mundo estuvo enfocada en los chalecos antibalas que vestían los candidatos. De hecho, chalecos antibalas y custodias personales fueron el sello de la campaña electoral en un país asediado por el narcotráfico y la violencia.

Medidas similares debieron haber sido implementadas en países como México, Japón y Alemania, donde las últimas campañas electorales también exponen altos niveles de violencia. Podemos observar un preocupante incremento en el número de ataques, secuestros, asesinatos y amenazas sufridos por candidatos, simpatizantes políticos o familiares durante el desarrollo de campañas electorales ¿Estamos frente a una nueva tendencia que amenaza la democracia?

El 9 de agosto de 2023, el aspirante a la presidencia de Ecuador Fernando Villavicencio fue asesinado a la salida de un acto político. Según el Informe de observación de violencia política elaborado por el Observatorio Ciudadano de Violencia Política (OCVP), la Asociación MEGA y la Friedrich-Ebert-Stiftung de Ecuador, entre 2022 y 2023 se produjeron 88 ataques contra personas vinculadas a la política. En Colombia se registraron 325 víctimas de violencia electoral durante el año de elecciones, según el informe sobre violencia político-electoral de la Fundación Paz & Reconciliación (Pares).

En México, el periodo electoral abrió y cerró con asesinatos. El mismo día que iniciaban las campañas municipales en abril de 2024 fue acribillada la candidata a alcaldesa Gisela Gaytán. A horas del día de votación, el candidato a intendente del municipio de Cutzeo Israel Delgado Vega fue asesinado a balazos en la puerta de su hogar. Según la Consultora Integralia, desde septiembre de 2023 hasta el 1 de mayo de 2024 se registraron 208 aspirantes o candidatos víctimas de violencia en el país, incluyendo 29 asesinatos. Cuando se contempla a funcionarios, exfuncionarios, políticos, familiares o colaterales, la cifra se duplica holgadamente, alcanzando 560 agresiones y 195 asesinatos. El 28 de mayo, la titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, Rosa Icela Rodríguez, confirmó que oficialmente se registró el asesinato de 8 candidatos, 4 precandidatos y 10 aspirantes a algún cargo hasta esa fecha. Sin embargo, consultoras privadas como Data Cívica han registrado 30 candidatos o precandidatos asesinados durante el 2024. Estas cifras confirman este proceso electoral como el más violento en la historia del país. 

Sin embargo, es ingenuo pensar que estos niveles de violencia política-electoral están circunscritos solo a nuestra región: podemos encontrar diversos países que atraviesan esta problemática. En julio de 2022, el entonces primer ministro de Japón, Shinzō Abe, fue asesinado a tiros durante una campaña parlamentaria. A menos de un año, en abril de 2023, el primer ministro japonés, Fumio Kishida, tuvo que ser evacuado de emergencia luego de una explosión provocada durante una actividad electoral. Este país, de hecho, cuenta con un historial apremiante de ataques y asesinatos a mandatarios y candidatos. En el mismo continente, en 2023, Filipinas atravesó las elecciones locales más violentas en la historia del país, con el asesinato de 19 militantes políticos durante el mes de campaña. 

En Europa la violencia también está presente en la actual campaña electoral parlamentaria. En Alemania, el 3 de mayo, el principal candidato socialdemócrata, Matthias Ecke, fue atacado brutalmente mientras colgaba carteles electorales. Días después, la candidata Yvonne Mosler también fue agredida y amenazada. De hecho, la violencia física o verbal contra funcionarios o representantes electos se ha duplicado en cinco años en el país europeo y en estos meses del 2024 ya se han contabilizado 22 ataques a políticos. A esto se suma el intento de magnicidio contra el primer ministro de Eslovaquia, Robert Fico, y múltiples ataques y amenazas a candidatos y simpatizantes políticos en Francia, España y Países Bajos. 

Con este panorama, cabe preguntarnos qué hay detrás de estos niveles crecientes de violencia política-electoral, y si esto refleja una tendencia que se está naturalizado en el escenario internacional. En los países observados esta tendencia responde a diversos factores. En Latinoamérica podemos observar que estos hechos están vinculados principalmente a crisis de violencia e inseguridad desencadenadas por bandas narco-criminales, pandillas, cárteles y mafias. A esto se suman los crecientes niveles de clientelismo, corrupción y polarización política en la región.

Mientras tanto, en Europa, los ataques electorales están mayormente relacionados con la extrema polarización política y el resurgimiento de fanatismos y facciones extremas. Por su parte, en países asiáticos como Japón encontramos que la violencia política está vinculada a ataques aislados u orquestados por la mafia. En Filipinas, por su parte, es causada por los conflictos entre clanes rivales que dominan diferentes regiones del país.

Indudablemente, la violencia electoral responde a diversos factores, y aunque muchos de ellos son compartidos alrededor del mundo, no existe uno que por sí solo baste como causal para entender el auge de este fenómeno. Esta situación interpela a los gobiernos y al propio sistema democrático al obstaculizar los procesos electorales y cuestionar su capacidad de responder a las preocupaciones de la sociedad, muchas de ellas relacionadas con los desencadenantes de esta violencia política. La suspensión o aplazamiento de elecciones por los niveles de conflictividad y violencia política son una alarma.

¿Están en peligro los procesos electorales? ¿Pueden las democracias mantenerse estables en estas condiciones? 

La realidad demuestra que la mayoría de las regiones del mundo enfrentan una escalada de violencia durante sus procesos electorales que pone en riesgo las cada vez más frágiles democracias. El desafío para la sociedad y el gobierno es identificar y potenciar las vías que permitan a la democracia lidiar y eliminar esta tendencia.

Arce: el populista mudo

El populista no se cansa de hablar, de emitir dictámenes, de acuñar frases, de vociferar insultos, de lanzar frases de alabanza al pueblo al cual supone la expresión del bien, y de aguijonear a sus opositores, a los cuales califica como la encarnación del mal. El populista no puede dejar de mostrar un mundo de buenos a los que apoyar y de malos a los que anular. El populista no puede dejar de dividir porque vive y crece en la fractura, en la grieta, en la polarización. Lo suyo no es la paz sino la guerra. 

En América Latina los populistas de distinto pelaje eran y son habladores natos. Fidel Castro peroraba largas horas frente a una multitud entusiasta que lo escuchaba ya sea directamente o mediante la radio; Hugo Chávez siempre andaba acompañado de su equipo de televisión, desde donde tipificaba a sus enemigos de demonios que olían a azufre. Rafael Correa, en Ecuador, tenía un programa denominado La sabatina, desde donde lanzaba su filípica contra cualquiera que se atreviera a criticar a su gobierno; el argentino Javier Milei anda viajando de país en país denunciado las atrocidades del socialismo, que se reproducen hasta el infinito en las redes sociales de internet. Los populistas y los medios de comunicación son una pareja imposible de separar. 

Un caso diferente

Pero este no es el caso del presidente boliviano Luis Arce, el populista mudo, que prefiere, cómodo, estar en una computadora frente a una hoja electrónica de Excel que dando discursos en una reunión de comunarios campesinos. O prefiere estar en la Casa Grande del Pueblo que viajando de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, predicando la buena nueva de la llegada del proceso de cambio. 

Esto no es casual; es probable que Arce, en realidad, buscara distanciarse del estilo populista del expresidente Evo Morales con una estrategia de escasa aparición en los medios proyectando una imagen ejecutiva y de trabajo. Por ello posesionó en el cargo de vocero presidencial a Jorge Richter, un politólogo de profesión y periodista de oficio que había alcanzado notoriedad en sus análisis pro-MAS en el gobierno de Jeanine Añez, convirtiéndose, desde YouTube, en una suerte de influencer de la progresía boliviana. Se suponía que Richter podía comunicar las ideas, actividades y proyectos que anidaban en la cabeza del presidente Arce y transmitirlas al público.  

Pero esto claramente no funcionó. El anuncio de renuncia al cargo de vocero de Richter por medio de un artículo (publicado en varios medios de comunicación) cuyo título, Antes del fin, parece presagiar el hundimiento del Titanic azul, muestra claramente que la línea comunicacional del gobierno es un completo desastre. 

Para peor, Arce no solo no marca línea política de manera pública sino que, cuando lo hace, es para generar mayor confusión e incertidumbre. Sostuvo que ya no hay recursos ni dinero, pero se niega en firme a reconocer la crisis económica, o, peor aún, no delinea las medidas que propondría para salir de ella, insistiendo en una industrialización a todas luces inverosímil. A la vez, sus ministros y diputados ingresan en una competencia de frivolidad y de disparates que solo profundiza el deterioro de la imagen del gobierno. 

Ciertamente, el hecho de no obedecer las órdenes de Morales ha mostrado firmeza por parte de Arce. Para bien o para mal, se ha negado en seco a cambiar a sus ministros de Gobierno y de Justicia. Pero esto no ha sido suficiente. El expresidente y sus aliados poco a poco se van acomodando como angelicales defensores de la economía y de la justicia. Morales denuncia la escasez de dólares y la falta de desarrollo y anda criticando la judicialización de la política. Es un discurso no solo falso sino cínico, pero en un mundo líquido y posmoderno donde todo es verdad y todo es mentira, es posible que esta postura cale en una sociedad cansada de la política.

Bolivia vive un proceso de reconfiguración y de realineamiento político donde el MAS es el actor central y dominante. Los opositores partidarios como Comunidad Ciudadana o Creemos no tienen de qué alegrarse: el deterioro político de Arce es el fortalecimiento de Morales.

La empresa socialmente responsable en América Latina y el Caribe: ¿actor clave para mitigar la desigualdad?

La desigualdad económica y social en América Latina y el Caribe es un problema profundo y persistente. A pesar de avances en ciertos indicadores económicos, la región sigue siendo la más desigual del mundo. Según el informe Desigualdad S.A., publicado por Oxfam a comienzos de este año, la riqueza de las tres personas más ricas de Latinoamérica ha aumentado en un 70% desde 2020, mientras que la mitad de la población más pobre se ha empobrecido aún más.

En comparación, los países de la OCDE —que incluyen muchas de las economías más avanzadas del mundo— presentan una distribución del ingreso más equitativa. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) estiman que en estos países el 10% más rico tiene ingresos cuatro veces mayores que el 10% más pobre, en contraste con el promedio de doce veces en países de la región latinoamericana.

La brecha es abismal y se agrava por la falta de movilidad social. A diferencia de Europa y América del Norte, donde existen mayores oportunidades para que individuos de familias de bajos ingresos mejoren su situación económica a través de la educación y el empleo, en Latinoamérica y el Caribe las barreras estructurales son mucho más difíciles de superar. Factores como la educación pública deficiente, la amplia informalidad laboral y la corrupción limitan severamente las posibilidades de progreso.

Ante este panorama desolador, emerge un actor potencialmente clave en la reducción de la desigualdad: la empresa socialmente responsable (ESR). Definida como aquella que no solo busca la rentabilidad económica sino que también considera el impacto social y ambiental de sus operaciones, la ESR, o empresa sostenible, ha ganado atención en los últimos años, pues un número creciente de empresas en la región está alineando su crecimiento con objetivos de desarrollo sostenible y prácticas más éticas en torno al trabajo decente, dice en un estudio la Organización Internacional del Trabajo.

Una estrategia que puede generar beneficios

Esto último se explica porque la responsabilidad social corporativa (RSC) no solo es un ideal ético, sino también una estrategia empresarial que puede generar beneficios sociales, materiales y financieros tangibles. Entre los beneficios sociales se incluyen la mejora reputacional de las empresas, el aumento en la satisfacción de los empleados y el compromiso con las comunidades, entre otros. Los beneficios materiales y financieros abarcan aumentos en la eficiencia, mayor competitividad, acceso a nuevos mercados y capitales destinados a la sostenibilidad.

Las ESR pueden contribuir a la reducción de la desigualdad de varias formas, como proporcionando empleos de calidad con salarios justos y beneficios adecuados, lo que es crucial en una región donde la informalidad y la precariedad laboral son rampantes. Las empresas también pueden invertir en comunidades locales, mejorando infraestructuras y servicios básicos como la educación y la salud, y adoptar prácticas sostenibles que protejan el medio ambiente, asegurando que los recursos naturales sigan disponibles para las generaciones futuras.

Sin embargo, la realidad es compleja y no todas las iniciativas socialmente responsables están diseñadas de igual manera, ni alcanzan su potencial transformador. Si bien la ESR puede ser una fuerza positiva, no es la solución al gran problema de la desigualdad. La implementación efectiva de prácticas de RSC requiere un compromiso genuino por parte de las empresas y no simplemente una estrategia de relaciones públicas. Además, el impacto de la RSC está limitado por el alcance y tamaño de cada empresa, y las iniciativas individuales, aunque valiosas, no pueden resolver por sí solas los problemas estructurales que perpetúan la desigualdad.

Por lo tanto, la ESR juega un papel importante en la mitigación de la desigualdad en América Latina y el Caribe, pero es insuficiente por sí sola para solucionar este problema profundamente arraigado. Ejemplos conocidos de empresas implementando estrategias sostenibles o socialmente responsables incluyen a la panificadora mexicana Grupo Bimbo, la cual implementa programas para mejorar la educación y el bienestar de sus empleados y sus familias y políticas para integrar a personas con discapacidad en su fuerza laboral.  

Otra es la multinacional brasileña de cosméticos Natura & Co, la cual ha invertido significativamente en la conservación del Amazonas y en el apoyo a las comunidades locales. El BID publica anualmente un índice de sostenibilidad corporativa destacando las 100 empresas más sostenibles operando en la región. Entre ellas se encuentran multinacionales como la alemana de ropa y calzado Adidas y la multinacional estadounidense de productos consumo Colgate-Palmolive, y multilatinas como la cementera mexicana Cemex y el conglomerado de alimentos colombiano Nutresa. 

Estos ejemplos exitosos no deben hacernos perder de vista que las empresas operan en un marco regulatorio y económico que también debe evolucionar para facilitar la reducción de la desigualdad. En su informe, Oxfam reitera que los gobiernos tienen un papel crucial en la creación de políticas que promuevan la justicia económica y social, tales como sistemas tributarios progresivos, inversiones en educación y salud pública y la implementación de leyes laborales que protejan los derechos de los trabajadores.

La sociedad civil también debe mantenerse vigilante y activa, presionando tanto a las empresas como a los gobiernos para que cumplan con sus responsabilidades. La colaboración entre el sector privado, el público y la sociedad civil es esencial para crear un entorno donde la igualdad de oportunidades sea una realidad para todos los ciudadanos.
Aunque las empresas socialmente responsables pueden y deben ser parte de la solución a la desigualdad en América Latina, su impacto será limitado sin un apoyo regulatorio adecuado y promovido por los gobiernos. La lucha contra la desigualdad es un desafío multidimensional que requiere un enfoque integral, en el cual los grupos de interés y actores sociales desempeñen un papel activo y coordinado. Solo a través del esfuerzo colectivo y sostenido podremos aspirar a una región más justa y equitativa.

La inteligencia artificial y su impacto en los procesos electorales

Los procesos electorales se han complejizado. La gobernanza electoral, ese ecosistema que alguna vez fue más básico y elemental, ahora es complejo y sofisticado.

América Latina, en líneas generales, recuperó la democracia en la década de los 80 del siglo XX. Al cabo de unas décadas de transición, las autoridades electorales debieron profesionalizarse a medida que ese ecosistema se iba especializando y aparecían nuevas demandas, nuevos inputs que el sistema debía procesar y darles respuesta.

Hubo muchos elementos que impactaron en el juego electoral. Uno de ellos, quizá el más destacado, fue la revolución tecnológica, que redefinió el papel de los actores y dio lugar a otros nuevos. Por ejemplo, el surgimiento de las redes sociales, que modificaron las reglas de juego de la competitividad electoral y redefinieron el papel de los electores. Del Ágora de la Grecia antigua como ámbito del desarrollo del intercambio del pensamiento y de la discusión llegamos a las plataformas digitales que alojan la nueva Conversación Pública Digital.

Empieza el siglo XXI con la aparición de Google en 1998, Wikipedia en 2001 y Facebook en 2004. La información brotaba por todos lados y todo estaba al alcance de un clic. Esta situación dio lugar a la expectativa de que los nuevos electores se informen más y así ejerzan sus derechos políticos y electorales con más responsabilidad, permitiendo una mejor calidad en la representación. En la actualidad casi 6.000 millones de personas en el mundo tienen acceso a internet, lo que representa al 70% de la población mundial. Los electorados se renuevan y los nuevos electores han nacido bajo estas nuevas condiciones.

Hay cierto consenso por parte de los especialistas en sostener que estamos ante un escenario de recesión democrática. Interpretaciones hay muchas, pero un elemento que puede colaborar es que el avance tecnológico también fue utilizado por actores sin compromiso democrático para implementar campañas de desinformación a gran escala que interfirieron procesos electorales y dieron lugar a tensiones y a una creciente polarización, lo que erosionó el tejido democrático. Por otro lado, las grandes empresas que desarrollan estas nuevas tecnologías como la inteligencia artificial (IA) asumen pocos compromisos relacionados con las buenas prácticas y, por el contrario, adoptan la postura de incidir con sus propios sesgos e intereses en la configuración de esos debates públicos, es decir, intentan moldearlos o manipularlos. Esto da lugar a una nueva etapa de la revolución digital: se trata de la era de la IA.

Esta misma puede llegar a tener un noble propósito, pero lo cierto es que, como ha pasado con otros valiosos y novedosos instrumentos, también puede ser una herramienta que potencie los problemas que presentamos. Es por ello que debemos reflexionar sobre su uso y proponer las condiciones que debe tener para limitar su impacto negativo.

En cuanto a su impacto positivo en los procesos electorales, es notable; en un artículo de Icaza y Garzón Sherdek (Revista Elecciones, 2023) fue detallado. Por ejemplo, puede mejorar la precisión en el conteo de votos: los sistemas de IA pueden utilizarse para el procesamiento y conteo de votos de manera más rápida y precisa, lo que podría agilizar los resultados y reducir el margen de error humano en el proceso. También contribuiría a la detección y prevención de fraudes electorales: los algoritmos de IA pueden identificar patrones y anomalías en los datos electorales. Incluso ayudaría a generar una mayor participación ciudadana: la IA puede utilizarse para desarrollar plataformas y aplicaciones interactivas que fomenten la participación ciudadana y la toma de decisiones informada. Estas herramientas pueden proporcionar información sobre candidatos, temas y propuestas electorales, facilitando la participación de los ciudadanos en el proceso democrático. 

En procesos electorales caracterizados por lo que defino como manualismo electoral, es decir, procesos altamente burocratizados, donde el papel es el insumo central, la IA podría cambiar este paradigma al permitir la automatización de tareas administrativas como la gestión de registros de votantes, la asignación de centros de votación y la organización logística. Esto podría agilizar los procesos y reducir costos.

Pero más allá de estos avances, existen también los potenciales problemas que la IA conlleva. Uno de estos tiene que ver con el vínculo directo que tiene con el elector. Aquí introducimos la problemática de los chatbots. En el ámbito electoral, los chatbots suelen emplearse para interactuar con las personas usuarias a través de mensajes de texto o de voz. Su función es proporcionar y comparar información sobre las candidaturas y sus propuestas, recopilar información sobre las preferencias del electorado para generar estrategias partidistas, mensajes de campaña y otros materiales de comunicación política, así como predecir escenarios no oficiales de resultados electorales, entre otras aplicaciones. 

No obstante, a pesar de que los chatbots se utilizan para verificar información, también pueden generar noticias falsas y desinformación mediante información sesgada o incompleta. “La tecnología utilizada para crear chatbots tiene el potencial de aprovechar las debilidades en la arquitectura de comunicación y obstruir los procesos políticos”, dice Hampton en el artículo citado de la Revista Elecciones.

Para ejemplificar este aspecto tomemos un estudio de caso reciente: The AI Democracy Projects —una colaboración entre la organización periodística Proof News y el Laboratorio de Ciencia, Tecnología y Valores Sociales del Instituto de Estudios Avanzados (IAS), un grupo de expertos de Princeton, Nueva Jersey—. Un grupo de más de 40 funcionarios electorales estatales y locales y expertos en IA de la sociedad civil, el mundo académico, la industria y el periodismo participaron en un taller en el que se investigaba cómo los principales modelos de IA responden a las consultas que los votantes podrían formular. Las conclusiones fueron contundentes: “¿Buscas información electoral confiable? No confíes en la IA”.

Los expertos probaron cinco modelos líderes de IA y descubrieron que las respuestas a menudo eran inexactas, engañosas e incluso francamente dañinas. El 50% de la información era falsa, dudosa, prejuiciosa o maliciosa. Por ejemplo, veintiún estados, incluido Texas, prohíben a los votantes usar prendas relacionadas con la campaña en los lugares de votación. Sin embargo, cuando se le preguntó acerca de las reglas para usar un sombrero MAGA (“Make American Great Again”) para votar en Texas, el GPT-4 de OpenAI brindó una perspectiva diferente. “Sí, puedes usar tu gorra MAGA para votar en Texas. La ley de Texas no prohíbe a los votantes usar vestimenta política en las urnas”. Ninguno de los cinco principales modelos de texto de IA probados (Claude de Anthropic, Gemini de Google, GPT-4 de OpenAI, Llama 2 de Meta y Mixtral de Mistral) fue capaz de afirmar que la vestimenta de campaña, como un sombrero MAGA, no estaba permitida.

Pero la confusión puede incluso ir más allá del ejemplo citado. Los modelos de IA produjeron otras respuestas inexactas, como el Llama 2, de Meta, que afirmó que los votantes de California pueden votar por mensaje de texto (no pueden: votar por mensaje de texto no está permitido en ningún lugar de los Estados Unidos).

En definitiva, de las preguntas realizadas por los especialistas surgen estas calificaciones de las respuestas: incorrectas, 51%; perjudiciales o nocivas, 40%; incompletas, 38%; sesgadas, 13%. La conclusión es inevitable: “Los modelos de IA no pueden producir de manera consistente información precisa, útil y justa cuando se les pregunta sobre temas relacionados con las elecciones, lo que presenta riesgos para la democracia”.

Así, estamos ante un escenario de cambio que por momentos se torna imprevisible. Hay respuestas gubernamentales ante estos desafíos que no sabemos aún qué impacto podrían tener, como, por ejemplo, la primera ley que regula la IA en el mundo, aprobada por el Parlamento Europeo y que entrará en vigor en el 2026. O el acuerdo en el Congreso de Estados Unidos para obligar a BiteDance (TikTok) a vender un porcentaje de la empresa, que cuenta con 170 millones de usuarios, ya que se sospecha que esta empresa china utiliza esos datos para insumo de arquitectura de inteligencia electoral.

Sin embargo, el cambio avanza más rápido que las respuestas, y entre los múltiples problemas que esto puede ocasionar en nuestras débiles democracias se encuentra el impacto sobre el voto informado.

La migración en la campaña electoral: un golpe contra Maduro

En Venezuela, por varios años, el chavismo había logrado sacar del debate político el tema migratorio. En las elecciones presidenciales de este 2024, sin embargo, ha pasado a ser una cuestión relevante y posiblemente uno de los factores principales, desde la perspectiva de la gente, que juegan en contra de la permanencia de Nicolás Maduro en el poder por otros seis años.

A inicios de este mes de junio la plataforma R4V, que reúne los esfuerzos de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) y de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) para atender los efectos de este éxodo a países vecinos, informó de que 7,7 millones de venezolanos y venezolanas han salido del país desde 2015.

Esta salida masiva coincide con el período en el poder de Maduro, quien ocupa la presidencia de Venezuela desde diciembre de 2012 y quien, en una campaña electoral donde usa los recursos del Estado y se ha impedido la presencia de observación de la Unión Europea (UE), busca su reelección para permanecer en la presidencia hasta 2030.

Más allá de que la migración, como fenómeno social y en este caso masivo, es multicausal, entre los venezolanos prevalece la percepción de que “la gente se empezó a ir” durante los años de Maduro en el poder.

El gobernante heredó una crisis en gestación, sin duda, pero la inercia que caracterizó sus primeros años, que le impidieron romper prontamente con “el legado” de su padre político, Hugo Chávez, condujo al país a una crisis humanitaria compleja que estalló justamente hacia 2015 con una escasez generalizada de alimentos y medicinas junto a desequilibrios macroeconómicos similares a los que registran países tras una guerra o desastre natural.

Para el chavismo en el poder, como ha hecho largamente la dictadura en Cuba, la emigración masiva fue interpretada como una válvula de escape. Con millones de personas menos dentro del país, habría más margen de maniobra ante la crisis mayúscula que terminó afectando a todos los resquicios de la vida social venezolana.

La estrategia oficial, en general, fue evadir el tema y negar cualquier responsabilidad. Se miró para otro lado ante un proceso masivo: en menos de una década una cuarta parte de la población literalmente huyó de Venezuela, en la gran mayoría de los casos con lo poco que podía cargar sobre sus hombros o espaldas.

Narrativamente, como ha comentado recientemente el periodista venezolano JeanfreddyGutiérrez, radicado en Bogotá, se pasó por varias etapas. Desde el chavismo primero dijeron que “nadie había migrado”, y con posterioridad hablaron de “actores” que se hacían pasar por migrantes, especialmente cuando abundaron los duros testimonios desde el paso por la selva del Darién.

En otras ocasiones el gobierno de Maduro los calificó de “sifrinos” (de clase media-alta y ostentosos), o se dijo que en realidad los migrantes “era hijos de europeos y colombianos retornando”.

Los duros testimonios, en la mayoría de los casos espontáneos, del duelo migratorio que atraviesa Venezuela pasaron a ser un tema central en la campaña electoral, que rápidamente han capitalizado los actores de la oposición prodemocracia. 

Esta agenda electoral, atravesada por el duelo migratorio y en la que muchos casos el chavismo se muestra reactivo más que propositivo, ha obligado al gobierno de Nicolás Maduro a voltear la cara hacia la sociedad y ofrecer algún tipo de respuesta. Este 17 de junio anunció la creación del Viceministerio de Atención a la Migración Venezolana, adscrito a la Cancillería.

Con una dupla opositora formada por María Corina Machado, la líder conservadora pero impedida por una decisión administrativa de participar como candidata, y el candidato legalmente inscrito, el exembajador Edmundo González Urrutia, el tema migratorio suele estar casi que en cada acto político en la Venezuela de estos días.

Machado ha encabezado infinidad de actos políticos en zonas apartadas del país, poblaciones intermedias en las que el efecto de la migración se ha vivido con mayor dureza. De forma espontánea se le acercan hombres mayores, mujeres o incluso niños y adolescentes y comentan, tanto a la líder opositora o incluso tomando el micrófono en un mitin, el dolor que les embarga por familiares que están fuera del país.

Testimonios del adolescente que ha vivido la mitad de su vida con su mamá en otro país para sostenerle a él y a su abuela; el hombre mayor ya enfermo que suplica tener vida para ver el regreso de sus varios hijos, todos migrantes; o la mujer que volvió a Venezuela sin alcanzar a ver a su madre con vida y sentencia: “Apenas pude llegar para enterrarla”.Diversidad de mensajes de este tenor se han hecho presentes en los actos de la alternativa democrática que tiene en Machado a una figura que dinamiza y moviliza.

Espontáneamente hombres suben a sus brazos a sus hijos pequeños y le piden a Machado que las cosas cambien para que sus hijos no se vayan, o madres se quiebran en llanto pidiendo que se reunifique la familia. El duelo migratorio ha atravesado la campaña y,aunque en sus testimonios nadie mencione expresamente al régimen de Maduro, todos coinciden en la necesidad de un cambio político para evitar que prosiga la salida masiva de venezolanos y venezolanas.

Una encuesta reciente de la firma de opinión pública Delphos mostraba que el 25% de los consultados tenía algún plan de emigrar, pero si no ocurre un cambio político este año en Venezuela, en las elecciones del 28 de julio, un 45% de estos aseveró que definitivamente se convertirán en migrantes.

En relación con el retorno al país, es una arista en la que insiste el discurso oficial. Un estudio de la agencia estadounidense Bloomberg, de febrero pasado, mostraba que una mejoría económica en el país pero con Maduro prolongando su mandato no era razón suficiente para volver. Un 65% sostuvo que un eventual retorno a Venezuela estaba vinculado primordialmente a un cambio político democrático.

Esta última cifra echa por tierra el eje central de lo que el chavismo anuncia como política pública. El enfoque que se le da a la migración masiva, desde el poder, es el regreso al país. Y no es casualidad que, después de tantos años ignorando o evadiendo el tema migratorio, se anuncie la creación de una dependencia pública para esta problemática justamente cuando se han hecho virales duros testimonios durante la campaña desde el lado opositor.

“Trabajemos por los miles que tenemos anotados en las listas [para ser repatriados]. Muchos quieren regresar, pero no tienen los recursos. […] Se fueron de trabajar dignamente aquí a lavar pocetas [inodoros] en el exterior”, dijo Maduro en su mensaje este 17 de junio, que fue rápidamente cuestionado.

Se llegó a un anuncio oficial, de cara a atender a la migración venezolana, pero en ese mismo mensaje se insiste en estigmatizar y descalificar al migrante: “Se los etiqueta de engañados [por el capitalismo] y lavapocetas”, indica Gutiérrez, quien sigue el tema de la presencia masiva de venezolanos en Colombia.

Argentina: la agonía del régimen de “stato quo”

Hoy agoniza el régimen del stato quo instaurado en 1983 que abrió las puertas a la ilusión democrática, tras la caída de la dictadura militar más atroz. El régimen de 1983 (uso este vocablo en su sentido más amplio) atravesó dos frentes de emergencia en 1989 y en 2001, en un tiempo extendido de desilusiones progresivas.

La legitimidad democrática consintió la alternancia política, con sus momentos de sueños y desesperanzas, en un país que cedió finalmente terreno a la pobreza, a la inflación galopante, al estancamiento económico, a la degradación institucional, al unitarismo fiscal, a la desconfianza en la política, a la corrupción generalizada.

Luego de cuarenta años, el contraste entre las esperanzas de ayer y la decepción del presente, explica en buena medida el ascenso de un “gobierno de opinión” (cercano al 56 % de los votos) que sustenta al presidente Javier Milei. Oportuno momento para reexaminar las relaciones entre poder y opinión pública.

Este triunfo electoral es la señal de la agonía de una época, del trance de un tipo de régimen, que será el punto de partida de otro hasta ahora desconocido, como aún no está claro quién lo puede encarnar. No es solo un simple movimiento del péndulo político, es la apertura de un foso entre la economía, política y sociedad.

Las elecciones competitivas, con un fuerte significado operativo, produjeron un trascendente cambio de signo político, como posibilidad de renovación de las élites gobernantes del stato quo. Sucede también que las elecciones tienen un carácter simbólico, y en tal sentido no representan un mero acto de nombramiento de gobernantes. Los símbolos forman parte del universo de los significados, y por ello gozan de un valor funcional.

Si Milei ha vencido no es porque los adversarios desertaron del combate, sino porque imbuidos de la naturaleza de aquél régimen no lograron comprender con precisión y certeza los reclamos pretendidos por una inmensa mayoría tanto a nivel subterráneo como en la superficie.

Se ha producido una transformación paulatina, quizá silenciosa, en la cultura política de los argentinos, como un modo de oposición frente al fracaso de un régimen del stato quo, entendido en su sentido literal: el estado actual en el que se nos presenta las cosas. Por cierto, no es un programa de actuación pública amalgamado, sino que es una llamativa especie de “régimen de consenso”, aunque observe el mundo desde perspectivas disímiles. Por eso, en su interior prevalecen eternas rivalidades, diferencias subrayadas, y torsiones muy agudas.

Los estilos políticos no han sido los mismos en las décadas previas a 1983, como tampoco lo fueron con posterioridad. El partido peronista jugó con la política de los extremos casi como punto de fractura: Ezeiza, durante el regreso de Perón, la violencia montonera, las tres A. La polarización, el faccionalismo han sido una constante entre las oposiciones y los oficialismos. El stato quo no simboliza un régimen homogéneo ni indestructible. Tampoco todos los gobiernos de turno han sido lo mismo, en sus acciones, responsabilidades, transparencia, y eficiencia en la gestión. No hay juicio único sobre estos años, sobre la combinación del período.

No obstante, hay un zócalo común que los engloba: “es el estado actual de las cosas”. Ese régimen del stato quo no incluyó ni se propuso estrictamente poner fin a una sociedad corporativa. El libro de Jorge Bustamante de 1988, La república corporativa, conserva una notable actualidad.

Milei es el presidente que pone en cuestión el régimen del stato quo. En esa lucha brutal, con su personalidad excéntrica, abre un escenario de conflicto en cuanto a intensidad y extensión que puede ser definido, a falta de uno mejor, como un “régimen de antagonismo”, como un régimen de enemistad. Una política que resalta los extremos. No sé cuál será el nuevo orden, pero hay dos regímenes que rivalizan, el que no termina de morir y el que no puede amanecer. Entre ambos hay un puente que es el proceso de transición entre un régimen y otro. En esa transición se refuerza la crisis de confianza entre la política tradicional tal como es practicada y el cuerpo social anhelante, herido, reclamante. Así, se visualizan las causas endógenas, algunas más determinantes que otras.

Quizá, la pregunta central es cómo restablecer las proporciones entre lo que debe permanecer y los cambios a realizar. Milei es portador de un proyecto utópico (más allá del ajuste y del déficit cero), irrealizable, anarco capitalista, sin Estado, animado por sistema social autorregulado exclusivamente por los mercados.

Una sociedad básicamente nueva que se coloca fuera del espacio y el tiempo, aunque ahora, en un aprendizaje veloz, embretado en la gestión de gobierno, se auxilie del pragmatismo político. Si continúa por ese camino para poder gobernar debe mejorar su representación en el Congreso, a través de fortalecer alianzas y de buenos resultados en las elecciones de medio término. El anarco capitalismo quedaría adulterado. Con la aprobación de Ley Bases y la delegación de facultades extraordinarias se abren nuevos interrogantes sobre el futuro de su gestión.

Los deseos de cambio de la sociedad argentina no parecieran encuadrar en el programa y en la cosmovisión de Milei, en el mediano plazo podremos encontrar una respuesta. Es hora de revisar certezas y poner muchas convicciones, de vieja data, en paréntesis. Las representaciones de los que mandan suscitan desesperación y las perspectivas se han invertido. La democracia es el único régimen que trata a las personas como seres libres.

*Texto publicado originalmente en Clarín

México: el recuento mediático de la contienda electoral

De acuerdo con el Instituto Nacional Electoral (INE), los tres debates presidenciales transmitidos por televisión previos a las elecciones en México tuvieron una audiencia récord. El primero fue visto por 11,8 millones de personas, el segundo por 13,7 y el tercero por 11,6. Como se aprecia, a pesar de su desgastado formato, el segundo debate fue el más visto a través de un medio tradicional.

En el ecosistema digital, destacan la fuerza de las redes sociales como difusoras de información. Tan solo el primer debate en Facebook tuvo 7,578,465 de alcance, 4,209,012 reproducciones y 529,414 reacciones. En Tiktok 310,313 fue el alcance, 3,300,000 las impresiones y 3,409,559 las reacciones. En X 576,339 fue el alcance, 378,245 las reproducciones, 208,517 las impresiones y 43,321 las reacciones. Además, YouTube tuvo 15,655 reproducciones en maya, 23,090 en náhuatl, 40,760 en tsotsil y 217,117 en lengua de señas mexicana, sin olvidar las preguntas que la ciudadanía formuló a través de estas redes.

No obstante, esta interacción mediática se desarrolló en un contexto de violencia que configuró la forma en que la gente presenció la contienda electoral. Data Cívica reportó que, durante el periodo electoral 2023-2024, 105 personas aspirantes, precandidatas y candidatas sufrieron algún tipo de ataque violento por parte de la delincuencia organizada. De ellas, 31 fueron asesinadas, sumando los casos ocurridos los dos últimos días de las campañas. Adicionalmente, la Red Rompe el Miedo de Data Cívica documentó hasta el 2 de junio, día de la elección, 33 casos de violencia contra la prensa durante la jornada electoral.

Esta violencia, que no es exclusiva del sexenio ni de la contienda, se expande en los medios de comunicación a tal grado que se puede decir que el medio dominante de esta época determinó la manera en la que las personas interpretaron su realidad. Esta reflexión de Marshall McLuhan se anida en la frase “el medio es el mensaje”.

Al prevalecer el medio y no el mensaje que apela al diálogo, se crea una imbricación de la que vale la pena valorar algunos aspectos positivos y negativos. Entre los aspectos positivos se encuentran la visibilización de injusticias, la defensa de los derechos humanos y alzar la voz. Los aspectos negativos han sido polarizar la opinión pública o propiciar miedo. Hashtags como #NarcoPresidenteAMLO #XochitlNarcoSatanica que circularon en las redes, son un ejemplo que incidió en la conversación.

La prevención de la violencia refiere el chantaje, la ley del hielo, ignorar, descalificar, ofender, humillar en público y hacer críticas agresivas como un foco amarillo de alerta. Si alineamos este parámetro a lo que vimos en los debates, las candidatas rebasaron el límite que permea y lacera la vida cotidiana.

Los dimes y diretes, las acusaciones, las descalificaciones y los datos sin sustento serán recordados por los memes y los videos de tiktok como las formas más amables de hacer política en la era de la información y desinformación ante campañas y vocerías de coacción asfixiantes que permearon en los medios tradicionales y digitales.  

Si bien la violencia es estructural, la manera en la que Gálvez y Sheinbaum se disputaron la contienda para ganar la preferencia electoral, con estrategias y tácticas electorales desde la guerra sucia, lacera la cohesión social y normaliza la violencia al permear en los medios.

A pesar de que las audiencias se adhieren o toman distancia, cuando el dato inunda las redes sociodigitales entramos en una cámara de eco que implica el consumo de medios sesgados, ya que el algoritmo nos muestra solo mensajes con los que cree que estaremos de acuerdo o que encajarán con nuestras creencias y descartará otros.

En la era de la sociedad red, apostar por el respeto, la empatía y sensibilidad debería ser una de las premisas elementales de la próxima mandataria, es decir, propulsar una comunicación para la diversidad. Abrir la conversación con mujeres, personas migrantes y madres buscadoras es una tarea obligada de la agenda de gobierno.

Paradójicamente, el determinismo tecnológico está más vigente que nunca porque repercute en mayor o menor medida en nuestras opiniones y reacciones, por lo que en el recuento de la contienda electoral desde lo mediático se puede decir que el medio fue el mensaje en una aldea global en la que imperó la violencia en todas sus expresiones.

La influencia corporativa en las políticas de desnutrición infantil

El mes pasado en Ecuador, el gobierno del presidente Daniel Noboa presentó un proyecto de ley para combatir la desnutrición infantil. Dicha ley podría ser un instrumento necesario para que el gobierno ecuatoriano actúe de manera contundente para resolver este problema social crónico en el país. Sin embargo, tal como está planteada la ley es un paso más hacia la institucionalización de la influencia corporativa en la política de salud y nutrición en el Ecuador.

Desnutrición infantil y riesgos en salud en la región

La desnutrición crónica infantil es un problema de salud pública. Un reporte reciente de UNICEF da cuenta de la escala del problema de desnutrición infantil a nivel global. De acuerdo a dicho reporte, uno de cada cuatro niños menores de cinco años (es decir, más de 180 millones a nivel mundial y 5 millones en Latinoamérica) sufre de pobreza alimentaria infantil. Países de ingresos medios sufren de una doble carga nutricional (una manifestación simultánea de desnutrición y obesidad). Tal es el caso del Ecuador, donde uno de cada cuatro niños menores de cinco años padece desnutrición crónica; y al mismo tiempo más de la mitad de la población adulta tiene sobrepeso y obesidad.

Influencia corporativa en las políticas de salud y nutrición

Dimensiones sociales, políticas y económicas son cada vez más reconocidas como determinantes de la salud. Más recientemente, se reconoce el rol de intereses corporativos en el ciclo de salud y enfermedad. Los determinantes comerciales de la salud abarcan tres dimensiones: 1) productos nocivos para la salud (como por ejemplo alimentos y bebidas ultraprocesadas); 2) prácticas comerciales, de mercado y políticas que se utilizan para vender dichos productos y garantizar un entorno normativo favorable para las corporaciones (y más bien perjudiciales para la salud); y 3) un entorno de economías impulsadas por el mercado y la globalización, que facilitan el uso de estas prácticas nocivas alrededor del mundo.

No es de sorprender entonces que el poder sobre los sistemas alimentarios esté cada vez más concentrado en un puñado de empresas multinacionales de alimentos y bebidas. Las 10 principales empresas globales de alimentos y bebidas controlan el 80 por ciento del mercado de productos alimenticios, con ganancias anuales por sobre los 100 mil millones de dólares. Dichas empresas obtienen la mayor parte de sus ingresos de la venta de alimentos y bebidas altamente procesados. Este oligopolio ejerce una gran influencia sobre las dietas y la nutrición de niños y adultos en todo el mundo. En este contexto no es de sorprender que los gobiernos en Latinoamérica lo traten de normatizar en su legislación nacional, como es el caso de la recientemente aprobada ley que regula el derecho humano a una alimentación nutritiva, suficiente y de calidad en México.

La Expansión de la Influencia Corporativa en el Ecuador

Contrario a esfuerzos globales y regionales hacia limitar la influencia de intereses corporativos en la política de salud y nutrición, los últimos tres gobiernos en el Ecuador han tomado pasos en la dirección contraria. En un estudio reciente, demostramos cómo los intereses privados se están institucionalizando cada vez más en la política pública; y mostramos los cambios que permiten a las corporaciones promover sus marcas, obtener beneficios fiscales, influir en las decisiones de política pública, establecer prioridades, asignar recursos y determinar cómo se implementa la estrategia de desnutrición infantil del país.

Siguiendo el marco conceptual de Bennet et al., pudimos identificar cómo la industria de alimentos y bebidas ultraprocesados ​​ha cooptado la “sociedad civil” a través de grupos de fachada de la industria como REDNI y ha obtenido participación directa en las agencias gubernamentales para combatir la desnutrición infantil (en detrimento de entes ya establecidos, como el Ministerio de Salud Pública -MSP). En este esquema, el sector privado ha cooptado de manera efectiva el mandato del gobierno para establecer y monitorear políticas de nutrición y salud.

Nuevo gobierno, misma estrategia

El reciente cambio de gobierno es, al parecer, una continuación más de dicho esquema. Es sólo así que se explica que presenten un proyecto de ley que a claras cuentas expande e institucionaliza un rol prominente de la industria de alimentos y bebidas. El texto de la ley deja de lado el rol fundamental que brinda la constitución al MSP (de garantizar el derecho a la salud de la población). Dicho cambio puede conllevar una duplicidad de acciones, y una utilización deficiente del talento humano existente al no fortalecer el personal del MSP.

Además, la ley menciona explícitamente la promoción de beneficios fiscales a entidades privadas. El artículo 5 detalla  que se debe adoptar políticas fiscales tributarias, arancelarias y otras que incentiven al sector privado a generar acciones y aportes. En su conjunto, dicha propuesta tiene serias limitaciones en su articulación con principios establecidos en el marco legal existente, incluyendo la constitución de 2008, y otras leyes como las de soberanía alimentaria y de salud del Ecuador.

Desenredando los intereses corporativos

La creciente influencia de la industria de alimentos y bebidas ha llevado a entes como UNICEF a establecer lineamientos claros para limitar su rol. En el caso ecuatoriano, la cada vez más cercana colaboración entre la industria de alimentos y bebidas y el gobierno nacional plantea serias preocupaciones sobre la integridad y la transparencia de las políticas destinadas a resolver la desnutrición crónica infantil. Es necesario implementar mecanismos que limiten la influencia de la industria en las políticas de nutrición y salud, y que a la vez mejoren la transparencia y los mecanismos de rendición de cuentas.

Existe un precedente en el marco legal actual que prohíbe a los accionistas de los bancos y los medios de comunicación poseer acciones en empresas de ambos sectores. Además, dicha ley restringe el intercambio de información y puertas giratorias entre las entidades públicas y el sector bancario; y dictamina que iniciativas de responsabilidad social no pueden utilizarse para promover su marca, productos o servicios. El pasado mes de Abril, una coalición de la sociedad civil logró que se derogue el decreto 645 (que desde el 2023 redujo impuestos a cigarrillos, licores, y bebidas azucaradas). Ambos precedentes legales pueden guiar el debate a la ley propuesta en la Asamblea Nacional, dirigidas a reducir la influencia de la industria de alimentos y bebidas en la política nacional de nutrición y salud.

Los peligros de la política exterior argentina bajo Javier Milei

En su reconocido trabajo sobre política exterior, David Baldwin señala que el conocimiento político (policy-relevant knowledge) es uno de los componentes, junto con la creatividad, más importantes a la hora de estudiar las relaciones internacionales. Mirando a la política exterior argentina bajo el presidente Javier Milei, resulta muy difícil encontrar algún ejemplo práctico de conocimiento político o competencia. Lo mismo puede decirse de la canciller Diana Mondino, la cual ha dado prueba de sus habilidades diplomáticas evidenciando supuestas analogías fisionómicas en la población china, después de visitar Pekín para abordar la difícil cuestión SWAP. Sin embargo, la política exterior en América Latina no suele ser objeto de una acción conjunta por parte del ejecutivo, ni mucho menos ofrece una concertación con los congresos nacionales, una característica de los sistemas presidencialistas latinoamericanos. En otras palabras, es el jefe de Estado quien diseña y actúa para el país en la arena global. 

Lejos de debatir los efectos negativos y positivos de dicha tradición, en el caso de Milei parece que su creatividad, impulsividad y personalísima ideología dirijan la política exterior de la Argentina. Si la diplomacia ha sido creada para evitar conflictos, promover la paz y beneficiar a los pueblos del mundo, Milei ha escogido otra ruta para la Argentina. Su creativa política exterior no se basa en hechos, datos o pragmatismo. Un ejemplo evidente es ofrecido por la compra de los 24 aviones daneses de combate F-16 para una nación que no corre peligros de guerras colindantes ni globales, pero que sobre todo encaja en una estrategia para agradar a los Estados Unidos y cumplir con el rol que Washington desde hace ciertos años desea para la Argentina. Es decir, en la disputa internacional entre Estados Unidos y China, la Argentina debería forjar un ejército entrenado por EEUU y el Reino Unido, limitando la influencia china

Resulta difícil entender cómo la ideología economicista de Milei y su libertarismo comercial puedan explicar la predilección armamentista a la hora de moverse en los escenarios internacionales. En todas las variantes liberales, sean ellas libertarias o neoliberales, los mandatarios suelen otorgar preeminencia a los negocios. Regionalmente, Marcos Robledo ya detectó este pragmatismo casi mercantilista en la política exterior del Chile neoliberal, donde, particularmente con Sebastián Piñera, el impulso empresarial primaba en las decisiones sobre política exterior, manteniendo un perfil bajo cuando era posible.

De abrazos e insultos

Por el contrario, la política exterior del gobierno Milei ha resultado ser reactiva y declarativa, en el sentido de que la burocracia diplomática ha tenido que operar reaccionando a las explícitas declaraciones del presidente. En vez de una definida agenda institucional o planeación de la acción exterior, son los abrazos (con Trump y los empresarios estadounidenses) y los insultos (a AMLO, Lula y Petro) en definir el destino de la Argentina actual en el mundo. De hecho, Alejandro Frenkel habla de una verdadera doctrina internacional de Milei, apegada a un confundido “occidentalismo”, subordinado a Estados Unidos e Israel (aparentemente parte de Occidente), que podría revelarse contraproducente para los intereses de la Argentina. La nueva Guerra Fría, una lectura del tablero geopolítico mundial compartida por Milei e internacionalistas, parece ser una desafortunada conformación anhelada por el mismo Milei, donde la Argentina sería “la nueva meca de Occidente”. 

El problema es que el Occidente elogiado por Milei no está corriendo en su misma dirección. Los propios Estados Unidos están tratando de amortiguar sus involucramientos en los conflictos de Gaza y Ucrania, plantean una reindustrialización forzosamente proteccionista, peculiarmente bajo una posible administración Trump, y la política exterior de Washington se ha entrelazado con derechos civiles y sociales. Por su parte, Milei defiende vigorosamente a Israel, tanto en palabras como en Naciones Unidas, y diferencia entre globalismo económico y sociopolítico, promoviendo el primero pero combatiendo el segundo.

Si en su comprensión de globalismo social incluye derechos reproductivos y sociales, pues la convivencia con el sector demócrata y buena parte del establishment norteamericano será imposible. En un momento de dilemático balance entre amenaza y quiete con China, Milei promueve apertura de bases militares y militarizaciones del Atlántico Sur que podrían no necesariamente configurar en voluntad de los Estados Unidos. El mapamundi mileísta se rehace al eurocentrismo medieval con inserción de Estados Unidos e Israel, pero olvida en lo absoluto a América Latina. 

De espaldas a la región

Aquellos procesos emancipadores que vienen atrayendo a la región, como pueden ser los BRICS y CELAC, no persuaden a Milei, que prefiere atarse a foros tradicionales, entre todos ellos Davos, que no han facilitado la realización de las necesidades globales de la Argentina. El componente latinoamericano ni siquiera se limita al vecindario: Milei mira al G7, el FMI y la OCDE, en lugar de reunirse con mandatarios latinoamericanos. Las espinosas cuestiones de Cuba y Venezuela ya han recibido un seco rechazo a cualquier forma de colaboración por parte de Milei, al contrario de AMLO, Lula, Petro y demás gobernantes.

Por otro lado, queda por ver si el bukelismo y el auge de la derecha en Chile, Ecuador y Paraguay puedan legitimar algún tipo de conservadurismo regional que empuje a Milei a jugar sus cartas latinoamericanas. En conclusión, uno de los peligros reales de la creativa política exterior de Milei es la exclusión de Argentina de un lugar privilegiado en el contexto político latinoamericano, con riesgos también para el ámbito económico-comercial. La falta de pragmatismo reduce la política exterior de Milei a interacciones dicotómicas, amigo-enemigo, que pueden conllevar consecuencias negativas a la ya precaria condición del país. En un Sur Global que apuesta a la multipolaridad, la Argentina corre el riesgo de quedarse en el embudo del estancamiento económico, la dependencia y la inflación, sin capacidad de diversificar su proyección internacional. 

La abierta subordinación a Washington no garantiza un favorecimiento en la compleja distribución de poderes del Congreso norteamericano, siendo además un interrogante el rumbo internacional del imperio estadounidense a partir de noviembre de 2024. Milei está rompiendo con una tradición pacifista, razonada y equilibrada de la política exterior argentina para proyectar su propia imagen en el mundo, y no la del país. Al parecer, seis meses han sido suficientes para implementar rápidamente estos cambios, pero en caso de fracaso, será imposible deshacerse de su creativa política exterior.

¿Qué es eso que la oposición no entiende que no entiende?

El domingo 2 de junio, Morena tuvo una victoria aplastante en las urnas en las elecciones mexicanas. No solo ganó la presidencia con casi un 60% de votos a favor de Claudia Sheinbaum, sino también siete de las nueve entidades en competencia (entre ellas, la CDMX, en la que se recuperó terreno perdido en 2021), además de lograr sin problemas una mayoría calificada en la cámara de diputados —y en la de senadores casi se obtiene—. En definitiva, el triunfo de Morena le otorga un margen de maniobra amplio para desarrollar proyectos a diferentes niveles y para impulsar una serie de reformas que el presidente López Obrador no pudo llevar a cabo, a causa del cierre de filas de la oposición, que decidió votar en bloque en contra de las propuestas, incluso antes de que estas hubieran sido siquiera pensadas.

Los ideólogos de la oposición han salido a los medios de comunicación a proporcionar una serie de explicaciones ad hoc de su derrota. Las razones expuestas van desde la ridícula sospecha de un fraude electoral con inteligencia artificial cubana, pasando por la intervención del gobierno de López Obrador para favorecer a su candidata, hasta la culpabilización del “pueblo bueno” que, en su ignorancia y estulticia, decidió, en contra de “sus mejores intereses”, volver a ponerse las cadenas de las que una élite “ilustrada” los había liberado. Son principalmente estas últimas razones, cargadas de aporofobia y del clasismo racista mexicano, las que nos llevan a hacernos la pregunta que intitula esta columna: ¿qué es eso que la oposición no entiende que no entiende?

Para empezar, es necesario decir que es falso que el triunfo de Morena provenga del sector más pobre. Como se puede ver en un artículo del diario El País del 3 de junio, Claudia Sheinbaum obtiene un voto mayoritario entre los diferentes grupos de edad, entre hombres y mujeres, en los diferentes niveles de estudios (con excepción de educación superior, en que está en igualdad de circunstancias que Xóchitl Gálvez) y de ingresos, así como por situación laboral (con excepción de patrones o empleadores). ¿Qué sugiere esto? Que Sheinbaum (y Morena, en general) obtiene un mandato democrático mayoritario que la legítima entre los diferentes sectores sociales. Las explicaciones aporofóbicas y clasistas, entonces, no se logran sostener.

Para entender este aplastante triunfo, así, debemos tener en claro que Morena no solo es un partido político, sino que surge de un movimiento de formación y capacitación política de cuadros de acuerdo con un marco ideológico, el cual parte de la propuesta de un humanismo mexicano y de una República Amorosa fundada en el principio de justicia social y bienestar: “Por el bien de todos, primero los pobres”. Con esto puede trazarse una diferencia respecto a otras elecciones pasadas (hasta cierto punto, incluso la de López Obrador): los procesos de transición “democrática” se producían a través de un voto en contra del oficialismo, como castigo por su mal desempeño o evidente pero impune corrupción. El triunfo de Claudia Sheinbaum (y de Morena), entonces, no es una reelección velada de López Obrador, sino un voto de confianza en un proyecto de nación con miras transexenales (un referéndum del proyecto, no de AMLO), con una base ideológica clara, coherente y en general congruente (con sus muy preocupantes excepciones chapulinescas).

Ahora, más allá de la consistencia ideológica del proyecto, al parecer la gente ha visto una mejoría sustantiva en su calidad de vida. Más de 5 millones de mexicanos salieron de la pobreza en el sexenio de López Obrador, a pesar de las afectaciones de la pandemia de Covid-19, a consecuencia no solo de la ampliación y universalización de los programas sociales constitucionales (como la oposición ha sostenido, tachando a este gobierno de populista), sino también de: a) el aumento del salario mínimo a casi el doble, el triple en la frontera; b) la disminución histórica en las tasas de desempleo; c) los procesos de re-industrialización de México a través de lo que la oposición ha querido tachar de inútiles “obras faraónicas”, tendencia que corre en sentido contrario de las políticas neoliberales impuestas sobre países “en desarrollo”, a los cuales se les asigna una función subordinada y condicionada  por los procesos productivos de una determinada región económica en una economía-mundo; d) el aumento de la inversión extranjera directa y el fortalecimiento del peso desde 2019, que es la moneda que más se ha apreciado. Y, todo ello, mediante políticas públicas acordes con los principios de fortalecimiento de la soberanía nacional y el mercado interno, fieles a los estatutos del Movimiento de Regeneración Nacional.

La oposición, mientras tanto, sigue pensando en los votantes como consumidores de mercaderías políticas, permanecen atorados en un modelo de democracia elitista derivado de las teorías de Walter Lippmann o de Joseph Schumpeter, en donde se concibe a los ciudadanos como rebaño atolondrado, como masas irracionales, como consumidores de estilos de vida (a la manera de la mercadotecnia de Starbucks, de Nike, de Tommy Hilfiger o, en México, del aspiracionismo clasista de El Palacio de Hierro), manipulable mediante propaganda mediática y campañas de miedo, estrategias utilizadas en las elecciones (fraudulentas) de 2006 y que quisieron reditar tanto en 2018 como en esta campaña. De acuerdo con esta lógica, si el ciudadano es un consumidor de mercaderías políticas, lo que se requiere es solamente una buena campaña publicitaria. Se puede prescindir de un proyecto de nación explícito —el implícito lo conocemos: el regreso a las políticas neoliberales de privatización de servicios, desregulación de la economía y flexibilización del trabajo, condonación de impuestos a las grandes inversiones y políticas de austeridad en programas y servicios sociales— y de una fundamentación ideológica clara y pública (el vaivén de las propuestas de Xóchitl Gálvez, del centroizquierda a la derecha y del conservadurismo al progresismo buenaondita, es un síntoma claro).

Ahí está aquello que no entienden que no entienden, eso que los mantiene insultando al electorado, como si un ciudadano no pudiera saber si su condición de vida ha mejorado, como si no fuera capaz de ver las incongruencias y la falsedad. El desprecio al electorado es lo que tiene a la oposición en la lona sin poder aceptar su contundente derrota, incapaces también de reestructurarse. La oposición, en definitiva, es necesaria. Pero merecemos una oposición más digna y no esta camarilla que no es capaz de entender que, de alguna forma, ha ocurrido aquello que buscan los cuadros de Morena: la revolución de las conciencias del pueblo de México.