¿Se decolora la segunda «marea rosa»?

¿Qué ha pasado con la «marea rosa»? Los resultados de los principales procesos electorales que tuvieron lugar en América Latina durante 2023 parecen reforzar la tendencia predominante durante este siglo, que suele otorgar la victoria a las oposiciones. Lo que algunos analistas interpretan esencialmente como un signo de inestabilidad, para otros representa la alternabilidad propia de una cierta consolidación democrática, a pesar de los múltiples obstáculos que la democracia sigue enfrentando en la región. En todo caso, es preciso examinar la situación concreta de cada país por separado.

Liberales y conservadores

Argentina siempre sorprende en política, tanto por los factores que inexplicablemente se mantienen constantes como por aquellos que parecen irrumpir de la nada. El controvertido libertario Javier Milei consumó finalmente su insólito ascenso hasta la presidencia. Lo obtuvo gracias a un discurso rompedor y sin el respaldo inicial de una fuerte organización partidista. Disputó el nicho de la oposición liberal a sus ahora socios de la coalición Juntos por el Cambio.

Cabe sumar el resultado de las elecciones legislativas y provinciales, en las que los liberales obtuvieron un amplio respaldo político que posiblemente les permita iniciar la reforma de las políticas que han llevado a la Argentina al borde de la hiperinflación.

Paraguay, en cambio, es la excepción que confirma la regla de la alternabilidad que viene imponiéndose en las presidenciales de la región hace más de una década. Se reafirmó la hegemonía del conservador Partido Colorado. No solo alcanzó la presidencia el candidato oficialista, el economista y exministro de hacienda Santiago Peña, sino que los colorados también conquistaron la mayoría en el Senado y 14 de las 17 gobernaciones.

Por otra parte, en Chile continúa el largo y polémico proceso constituyente iniciado en diciembre de 2019. Una convención, ahora con predominio del conservador Partido Republicano de José Antonio Kast, elaboró una nueva propuesta y el texto sometido a plebiscito el 17 de diciembre tuvo un resultado paradójico. El mismo electorado que aprobó un cambio de Constitución rechazó el proyecto final. Esto refuerza la postura de quienes abogan por mantener la vigencia de la actual constitución.

Sin Octubre Rojo

Ecuador experimentó un intenso año electoral. Inició en febrero con un plebiscito sobre ocho cuestiones constitucionales y la elección de 5.660 autoridades locales. Los resultados se saldaron con la derrota de la posición defendida por el presidente Guillermo Lasso, agobiado por la oposición de izquierda y por el avance de los carteles de la droga. En mayo, Lasso activó el mecanismo constitucional de la muerte cruzada. Convocó así a elecciones presidenciales para el 20 de agosto, sacudidas por el asesinato del candidato Fernando Villavicencio, crítico del correísmo y del narco. El ganador fue Daniel Noboa, empresario de 35 años, hijo del varias veces candidato presidencial Álvaro Noboa.

A la semana siguiente, el 22 de octubre, la candidata liberal María Corina Machado se impuso con rotundidad en las primarias de la oposición venezolana. Obtuvo 93% de los votos escrutados. En un proceso que se condujo contra viento y marea, organizado por la sociedad civil y evadiendo los obstáculos del régimen autocrático de Nicolás Maduro, más de 2,5 millones de electores se movilizaron dentro y fuera de Venezuela para emitir y contar sus votos manualmente. Con este gesto de desafío cívico, los venezolanos han trazado una vía para afrontar las complejas elecciones presidenciales del 2024.

Y el 29 de octubre tuvieron lugar las elecciones regionales en Colombia. La ruptura del frente que consolidó en el poder al controvertido presidente Gustavo Petro alimentó la ya notable fragmentación del sistema político colombiano. Esto ocasionó que hasta 35 partidos participaran en los comicios. El oficialismo obtuvo la victoria en 9 de los 32 departamentos. Solo tres de sus candidatos vencedores pertenecen al Pacto Histórico. Por otro lado, el petrismo salió derrotado en las principales alcaldías, incluyendo Bogotá. Se evidencia de este modo la pérdida de respaldo popular en su primer año de gobierno.

México y Guatemala

En junio se realizaron elecciones en dos estados mexicanos. Mientras que en el norteño Coahuila el PRI logró retener la gobernación, en el estado de México, el más poblado del país, la candidata de MORENA, Delfina Gómez, puso fin a casi un siglo de hegemonía del PRI. Por otro lado, las primarias del partido oficialista consagraron a la ex jefa de gobierno de la capital, Claudia Sheinbaum, como abanderada de MORENA para las presidenciales de 2024. El opositor Frente Amplio, que nuclea al PAN, el PRI y el PRD, llevará como candidata a la senadora Xóchitl Gálvez.

En Guatemala, la victoria del socialdemócrata Bernardo Arévalo en las presidenciales ha estado acompañada de toda clase de obstáculos. Su partido, el Movimiento Semilla, ha sido acusado de fraudes, irregularidades y de registrarse con firmas falsas. El Ministerio Público suspendió su personalidad jurídica. En tanto, el país se mantiene conmocionado por continuas protestas populares. El Consejo Permanente de la OEA expresó, en su resolución del pasado 15 de noviembre, su preocupación por la «excesiva judicialización del proceso electoral».

En resumen, mientras que en Sudamérica se observa un avance general de la centroderecha, en México y Centroamérica las izquierdas resisten o avanzan. Si bien en la mayor parte de los casos se ha producido un cambio democrático de gobiernos, el caso guatemalteco preocupa por los obstáculos judiciales interpuestos. Y, en Venezuela, las fuerzas democráticas libran una lucha cívica que aún aguarda por un importante desenlace en 2024.

*Texto publicado originalmente en Diálogo Político

Ante la vice sólo tenemos preguntas

Un mal día lo tiene cualquiera

Un mal día lo tiene cualquiera. Incluso los Padres Fundadores estadounidenses. Un mal día de finales del XVIII decidieron inventar una figura hasta entonces inédita: la vicepresidencia.

Un buen día también lo tiene cualquiera. Incluso la vicepresidencia. No se ha reconocido suficientemente a Mike Pence, cuya heroica rebeldía frente a Donald Trump frenó el golpe a la democracia del 6 de enero de 2021. Fue mérito del hombre, pero también de la institución: si Trump hubiera pensado en remover a Pence para continuar con el golpe, no habría podido; la Constitución estadounidense no lo permite. El presidente no puede desplazar al vice; ni en Estados Unidos ni en América Latina, que copió la vicepresidencia norteamericana.

Decíamos que un mal día lo tiene cualquiera. Lo tuvieron también los padres fundadores latinoamericanos cuando decidieron copiar la vicepresidencia estadounidense. Y llevan teniendo un mal día tras otro desde hace doscientos años, en tanto no eliminan un cargo que trae innumerables problemas y exiguas soluciones. Pero también en América Latina un buen día lo tiene cualquiera, o casi: Chile y México lo tuvieron, eliminaron la vicepresidencia y comieron perdices hasta el día de hoy, al menos en ese ámbito.

Quien no comprenda esta fiereza contra la vicepresidencia, piense en el brasileño Michel Temer, el salvadoreño Óscar Ortiz, el hondureño Ricardo Álvarez, el peruano Omar Chehade, el ecuatoriano Jorge Glas, el venezolano Tareck El Aissami, el paraguayo Luis María Argaña, el boliviano Álvaro García Linera, el guatemalteco Gustavo Espina… Por mencionar apenas algunos ejemplos.

Para qué sirve un debate

Argentina no se queda atrás. La lista de conflictos vinculados a la vicepresidencia es apenas más breve que la lista de vicepresidentes. Salvando a Víctor Martínez y Gabriela Michetti, todos los demás vices desde el retorno a la democracia chocaron visiblemente con los respectivos presidentes. Por lo tanto, parecería interesante saber, antes de votar, quiénes son los candidatos a vicepresidente.

Para eso se celebraron en Argentina dos debates de vices: uno antes de la primera vuelta y uno antes del balotaje. Ambos compartieron una característica, a saber, se debatió allí cuanto tema pueda concebir la imaginación humana, excepto uno: la vicepresidencia.

Gracias a los dos debates más descabellados en la historia de la televisión argentina, no sabemos absolutamente nada sobre la visión que Victoria Villarruel, vicepresidenta de Javier Milei, tiene del cargo que ocupará los próximos cuatro años. Ni de su papel dentro del Ejecutivo, ni de su rol como presidenta del Senado. ¿Qué responsabilidades le asignará el presidente? ¿Será una vicepresidencia discreta o con gran protagonismo? ¿Qué planes tiene para el Senado? ¿Recortará o ampliará el personal? ¿Sesionará con mayor o menor frecuencia? ¿Potenciará la televisión de la Cámara o la eliminará? ¿Qué haría ante conflictos con Milei? ¿Qué espacio ocupa en su escala de valores la lealtad?

El juramento y la lealtad

Por el artículo 93 de la Constitución, Villarruel asume jurando “desempeñar con lealtad y patriotismo el cargo de vicepresidente de la Nación”. La fórmula no explicita lo fundamental: ¿lealtad a qué, lealtad a quién? En principio se pueden plantear tres opciones: a la Constitución, al presidente o a la nación. Esto podría parecer una formalidad intrascendente, pero es todo lo contrario, por dos motivos.

En primer lugar, lealtad a la nación por encima de todo significa que, ante la eventual obligación de elegir entre la Constitución y la nación, priorizaría la segunda. Es decir que la nación (la voluntad del pueblo) estaría por encima de la ley. No suena muy prometedor para el Estado de Derecho. Más grave aún si significara lealtad al presidente por encima de lealtad a la Constitución: implicaría que, por ejemplo, Pence tendría que haber sido leal a Trump por encima de la ley y dar luz verde al golpe a las instituciones. De modo que la primera conclusión es clara: se trata de lealtad a la Constitución.

Pero ¿qué ocurre cuando la Constitución no está en juego? Ante un conflicto similar al de la Resolución 125, que obligó al vicepresidente Julio Cobos a elegir entre la lealtad a la presidenta y la lealtad a la nación, ¿qué haría Villarruel?

Cobos tuvo la enorme gentileza de concederme una entrevista. Al preguntarle por qué no abandonó el cargo tras su voto “no positivo” contra un proyecto de su propio gobierno, afirmó: “Tenía una obligación institucional con el pueblo, con los que me votaron y los que no; (…) tenía una obligación moral con la historia y el deber de cumplir con el cargo y con el periodo que este determina”. Lealtad a la nación por encima de lealtad al presidente. No todos los vices habrían tomado la misma opción. ¿Qué haría Villarruel?

Gracias a los dos debates más descabellados en la historia de la televisión argentina, no lo sabemos. No es responsabilidad exclusiva de los organizadores: los candidatos tenían la oportunidad de plantearse preguntas unos a otros y ninguno aprovechó para abordar la vicepresidencia, la lealtad al presidente, su criterio ante una situación similar a la de Cobos.

La canción de la primavera

El hit de la primavera argentina 2023 fue “Por sí o por no”, de Sergio Massa. Es un buen formato para preguntarle a Villarruel: ¿qué haría en el lugar de Cobos, renunciaría o permanecería en el gobierno? Y en el de Víctor Martínez, vicepresidente de Alfonsín, ¿abandonaría el gobierno con el presidente o se quedaría para satisfacer la función sucesoria? Y en el de Mike Pence, ¿guardaría lealtad al presidente o se enfrentaría con él?

Dijo un rabino: ante la muerte no tenemos respuestas, sólo preguntas. Ante la vicepresidencia de Villarruel, exactamente lo mismo. Con una excepción: sabemos que Milei no puede destituirla. Ya le habría gustado a Alberto Fernández quitarse de encima a Cristina. Tanto como a ésta le habría gustado cargarse (políticamente) a Cobos. Pero no se puede. Sólo queda confiar en que Milei y Villarruel tengan un buen día tras otro. Como los tiene cualquiera.

Un año más de democracia fatigada

El panorama electoral en 2023 es un débil indicador para tomar el pulso político a América Latina si se tiene en cuenta que solamente cuatro países de la región celebraron elecciones presidenciales: Paraguay, Guatemala, Ecuador y Argentina. Si bien la geografía permite concebirlos como una muestra representativa parece evidente que por su demografía y habida cuenta del peso de sus economías no pueden dibujar titulares orientativos generalizables al resto del continente.

Los resultados electorales supusieron victorias de candidatos con márgenes de éxito claro frente a los segundos. Salvo en Paraguay las relaciones entre el Ejecutivo y el Legislativo permiten avizorar un panorama muy complicado de confrontación y poca colaboración, además, los gobiernos van a estar liderados por presidentes (todos varones) con muy reducida experiencia política que cuentan con partidos pequeños y con escasa trayectoria. Por otra parte, la alternancia de la oposición se dio en tres de los cuatro países (la excepción es también Paraguay), algo ya habitual en el caso de Guatemala pues se ha producido siempre en los últimos cuarenta años; por último, la orientación ideológica de los ganadores es dispersa ya que cubre buena parte del espectro programático.

En relación con el desarrollo de esos comicios caben registrar tres notas compartidas en los cuatro casos: el mantenimiento de las pautas tradicionales de participación electoral, la desorientación de las casas encuestadoras a la hora de realizar sus prospectivas y el activismo en las redes sociales. En otro orden, Ecuador ha registrado la mayor presencia de la violencia en el proceso con asesinatos de candidatos, y Guatemala, donde el vuelco político fue mayor por el triunfo de una opción política, el Movimiento Semilla, que defiende postulados contrarios a la tradición conservadora y oligarca de las últimas décadas, contempla cómo se ha judicializado el proceso estando todavía en el aire que el candidato vencedor, Bernardo Arévalo, asuma la presidencia en enero.

En términos regionales se ha incrementado la tendencia hacia la fragmentación haciendo más difícil todavía la existencia de una sola voz con la que los países latinoamericanos puedan tener una interlocución internacional. El Grupo de Puebla que da cabida a los denominados gobiernos progresistas ha perdido a Argentina como socio valioso. También el paulatino sesgo hacia China que tienen las inversiones y el comercio exterior puede ralentizarse por la posible posición contraria que adopte el nuevo gobierno argentino. 

No obstante, lo acontecido en conjunción con procesos electorales de otra índole, -notablemente en el ámbito municipal colombiano y con respecto al plebiscito constitucional chileno-, con los antecedentes de 2002 y con las proyecciones del ciclo electoral de 2024, permite volver a considerar cuatro asuntos que definen un perfil de comportamiento político que parece consolidarse.

En primer lugar, la presencia de líderes con un bagaje extremadamente diverso, pero dotados del impulso institucional que les brinda el presidencialismo, tiene como un asunto urgente de primera magnitud la construcción y consolidación de una base social que permita la sostenibilidad del proyecto político en marcha. Ello se da en un escenario de sociedades líquidas donde la articulación del propósito colectivo resulta muy compleja. El 55,7% del electorado argentino que ha apoyado a Javier Milei es un contingente desprovisto de toda identidad común como de hecho sucede en la mayoría de los países latinoamericanos. Sin embargo, su simpatía hacía la causa por la que en su momento votaron requiere de continuidad para no entrar de inmediato en el cauce de la desilusión que contribuye tan rápidamente a la desafección política acelerando la democracia fatigada. El fenómeno mexicano tras Andrés Manuel López Obrador es el caso excepcional contrario.

En segundo término, el referido bagaje con el que se mueven los presidentes latinoamericanos y la presidenta hondureña Xiomara Castro está cada vez más nutrido por figuras marcadas por un profundo individualismo y ajenas en su mayoría a toda tradición partidista. Además, su desconocimiento de la política práctica es habitual. Carentes de experiencia previa son catapultados en su oficio por asesores profesionales que no solo controlan el arte de escribir discursos y de orientar las principales estrategias comunicacionales de la campaña electoral sino que ahora son maestros en el uso de mecanismos de inteligencia artificial y en el manejo de las redes sociales que es el principal medio de construcción de una carrera política. Un proceso creado sobre pies de barro que requiere para su éxito en su continuidad de la satisfacción del punto anterior.

En tercer lugar, el denominado frente ideológico, o si se prefiere programático, está desdibujado porque los viejos patrones articulados en el eje izquierda-derecha se encuentran desconfigurados. Si muchas veces la ubicación de la política latinoamericana en ese eje resultó complicada hoy lo es más. Diferentes cuestiones contribuyen a su enredo: la floración de identidades múltiples que se traslapan y el confuso panorama internacional con una lógica aplastante de las relaciones amigo-enemigo articulada en diferentes frentes configuran un mapa en el que resulta muy difícil situarse y en el que, por consiguiente, la confusión se adueña de los actores.

Ello, no obstante, no significa que la polarización no esté presente, pero su traza se gesta gracias a la combinación de tres factores que son insoportablemente recurrentes: el juego suma cero que impone el presidencialismo en torno a la personalización de los comicios donde las candidaturas individuales son el factor preponderante; la articulación de las campañas electorales por parte de profesionales de la consultoría que exacerban los aspectos diferenciales emocionales más relevantes para hacer de ellos el eje central de la política; y la existencia de sociedades más desarticuladas, desconfiadas y alienadas ante una política que muestra su cara oscura de la corrupción y de su incapacidad de abordar los problemas más urgentes e inmediatos de la gente.

Referéndum Constitucional en Chile: un déjà vu en la tierra de las paradojas

El domingo 17 de diciembre Chile votó sobre un segundo texto constitucional. Nuevamente la ciudadanía chilena rechazó la propuesta y volvemos a estar en casi el mismo lugar de un proceso que se abrió en octubre del 2019 en el contexto de lo que hoy se conoce como el Estallido Social. Si bien el fracaso del texto del domingo es mucho menos estrepitoso que el de septiembre del año pasado, cuando la diferencia había sido de 24 puntos, este domingo fue de 11%, en este breve comentario intentaré responder dos preguntas: ¿quiénes son los ganadores (hasta el momento) del proceso y qué podrá pasar de ahora en más?

Queda claro que los sectores conservadores del país, a pesar de que su posición fue rechazada, fueron los grandes ganadores del este proceso. Seguramente los lectores se preguntarán cómo puede ser que diga eso si el gobierno y los conglomerados de centro e izquierda defendían la opción “en contra” del nuevo texto constitucional (es decir, al menos indirectamente, defendieron el statu quo) y el mundo más conservador apoyó el “a favor” que resultó derrotado. Para explicar este asunto, es necesario tener presente el contexto más amplio en el que tuvo lugar el plebiscito de salida.

Bajo el pegajoso lema “no son 30 pesos, son 30 años”, en alusión a los 30 pesos de aumento de la tarifa del metro que culminó con el Estallido, y los 30 años de gobiernos concertacionistas de centroizquierda, la protesta social fue una tremenda catarsis colectiva. En aquel entonces, los diversos grupos que salieron a gritar sus demandas en la calle, en muchas ocasiones de forma violenta enfrentaron la crudeza de la represión policial. El sistema político, tan vilipendiado por su inmovilismo e incapacidad de no poder llegar a consensos, paradójicamente acordó, en noviembre del 2019, destrabar la crisis sociopolítica a partir de un proceso constitucional en el que aún estamos inmersos.

El llamado Acuerdo por la Paz consistió en un plebiscito de entrada donde las y los chilenos se preguntaron si apoyaban cambiar la Constitución y en caso afirmativo quién debería escribir el borrador: un grupo mixto de legisladores y ciudadanos electos para ese propósito, o un grupo de personas completamente electo. El Plebiscito resultó en un abrumador apoyo al proceso de cambio liderado por ciudadanos electos, que fue respaldado por casi un 80% de los votantes, pero que eran exactamente la mitad del electorado total.

En la interpretación de este porcentaje, la izquierda chilena cometió un error letal. Creyó que gozaba de una amplia mayoría de apoyo, cuando en realidad, el 10% voto en contra del cambio, y el 50% de la ciudadanía chilena no participó del proceso, ya sea porque le temían al contagio del COVID, o porque estaban asustados de la violencia del estallido o porque simplemente no quisieron votar.

La posterior elección de las y los integrantes de la Convención Constitucional encargada de redactar el nuevo texto, se vio signada por la irrupción de independientes, muchos de ellos representando a los sectores más radicales, que mayoritariamente carecían de experiencia política. El resultado fue un borrador identitario, inconexo, maximalista, e incongruente. Concluido el proceso se produjo el llamado Plebiscito de Salida de septiembre de 2022, en el que la ciudadanía debía ratificar el texto propuesto a través del voto obligatorio. Este último fue uno de los aspectos más contenciosos del acuerdo de noviembre, donde, como era de esperar, el mundo progresista defendía la obligatoriedad del voto y los sectores conservadores eran renuentes a incluirlo.

Así, el texto redactado por la Convención en contraposición a la llamada “Constitución de Pinochet” trajo consigo dos paradojas inéditas. En primer lugar, dado que las encuestas de opinion pública mostraban una imparable tendencia alcista del rechazo muy concentrado en los sectores populares (aquellos que usualmente no votan), llevaron a la izquierda oficialista a intentar desmovilizar a la ciudadanía y a la derecha, en la oposición, a movilizarla todo lo que podía, algo tan contraintuitivo como inesperado.

La segunda paradoja fue que el proceso fue tan desprolijo y enredado que el país llegó a una situación en que cada lado del contencioso pedía el voto ciudadano con la promesa que cambiarían en caso de ganar: “apruebo para reformar” o “rechazo para reformar”. Esto es algo extraño, por decir lo menos, en el mundo de los votos populares y directos y seguramente connota las enormes pifias de los textos en discusión.

El resultado del “Plebiscito de Salida” fue una paliza por donde se lo mire: no solo por los 24 puntos de diferencia a nivel nacional, sino porque resultó derrotado en 338 de los 346 municipios del país, incluso por más de 60 puntos de diferencia en comunas de alta concentración Mapuche a pesar de que supuestamente el nuevo texto era sensible a las demandas y necesidades de los pueblos originarios.

Luego del fracaso de septiembre, la elite política nuevamente acordó comenzar otro proceso constituyente pero esta vez liderado por los partidos políticos. En diciembre de 2022, el Congreso decidió crear una Comisión de Expertos conformada por 24 miembros en régimen de paridad de género y conglomerado (oficialismo/oposición). Su objetivo sería elaborar un anteproyecto de propuesta basado en doce grandes principios que lograron consenso entre los partidos políticos, sobre el que trabajaría un Consejo Constitucional de 50 miembros popularmente electos.

Sin embargo, lo que nadie anticipó fue el rotundo éxito del recientemente creado Partido Republicano (PR), una escisión de extrema derecha de la UDI, el conglomerado que hasta entonces representaba a los sectores más conservadores. En la elección de consejeros, el PR obtuvo 23 de los 50 cupos que se sumaron a los 11 de la derecha tradicional. El resultado de la elección supuso un viraje copernicano en la composición del órgano encargado de la redacción final del texto constitucional, que estuvo a las antípodas de la Convención previa.

Frente a estos cambios, no he dejado de pensar lo que el mismo Newton diría en esta circunstancia: “recuerden mi tercera ley: toda acción genera una reacción de igual intensidad, pero en sentido opuesto”. Así como sucede en la física, también en la política hay momentos en que las leyes de Newton son casi perfectas y la conformación del Consejo calzaba como un guante.

La gran pregunta era qué estrategia dominaría las acciones de los principales protagonistas de la redacción del borrador. Los grandes sectores del centro, centro derecha y derecha, no parecían incómodos con la Constitución vigente. Y uno podría imaginarse que, al tener semejante dominio del proceso, ahora la derecha se podría dar el lujo de moldear un borrador a su antojo… total, en caso de no aprobarse, prevalecería aquella Constitución que habían defendido meses atrás. No es sorprendente, entonces, que esta vez el texto se radicalizara, esta vez hacia la derecha.

La izquierda, en cambio, tuvo que hacer un fuerte ejercicio de acomodo para lidiar con otra gran paradoja: la llamada “Constitución de Pinochet”, que se había defenestrado pocos meses atrás, tenía ahora que ser defendida considerando que la alternativa era claramente peor para sus intereses. Incluso discursivamente el giro no pasó inadvertido: la llamada “Constitución de Pinochet” en septiembre de 2022 pasó a ser la “Constitución vigente” o la “Constitución de Lagos” en diciembre de 2023, sin que cambiase una sola palabra. Creo que nadie en su sano juicio se hubiese imaginado el 11 de marzo de 2022, el día que asumió el Presidente Boric, que el gobierno de Chile se vería en la necesidad de defender la “Constitución de Pinochet”.

El rechazo del domingo fue claro. Sin embargo, estoy convencido que, de haberse emulado la lógica del “plebiscito de entrada” del 2020, donde se hicieron dos preguntas, pero en esta oportunidad, hubiésemos consultado si queríamos una nueva constitución y en caso afirmativo hubiésemos enfrentado el borrador del Consejo de Expertos frente el borrador del Consejo Constitucional hubiese salido triunfador el borrador de los Expertos por un amplio margen.

¿Qué pasará de ahora en más? Es dificil de determinar. El Presidente Boric fue explícito que cualquiera hubiese sido el resultado, no se trataría el tema otra vez bajo su actual administración. Por un lado, desde la izquierda hay quienes temían que, de aprobarse el texto de 2023, Chile entraría en un ciclo nuevo de inestabilidad incluso vislumbrando un nuevo estallido social. Por otro lado, desde la derecha, argumentaban que el nuevo texto produciría estabilidad y el fin del “caos”. Por su parte, buena parte de las y los legisladores ha apoyado la idea de que con los actuales quórums (de los más bajos del continente) es posible introducir cambios al texto vigente y que esta discusión debe ser llevada por el Congreso.

El escenario es aún incierto. No obstante, no caben dudas que el futuro dependerá, en gran medida, de la responsabilidad, actitudes y decisiones de la elite política del país. Lo que creo que es claro, es que la ciudadanía está un tanto desgastada por un proceso de cuatro años que a sus ojos resultó en nada y que buena parte considera extremadamente alejado de sus preocupaciones e intereses.

Hoy, luego de cuatro años, estamos viviendo un déjà vu en la tierra de las paradojas.

 

El Salvador y sus dos mundos

El primer párrafo de la novela: “Historia de dos ciudades”, escrita en 1859, por Charles Dickens ((1812-1870), escritor Inglés, aplica perfecto a la realidad de El Salvador en estos días en donde vivimos en 2 mundos: Estamos en el mejor de los mundos (pero virtual) y en el peor de los  mundos (el real).

Comienza la novela de Dickens:

“Capítulo I: La época

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo”.

En El Salvador actual se puede aplicar a la exactitud esta descripción de Dickens porque aquí hay dos realidades: la que dice que este país “es el mejor de los mundos”, “que es el país más maravilloso”, “que es el Presidente más cool del universo” y por otro lado está el peor de los mundos que es la otra realidad, la del hambre, se habla de hambruna en documentos de Naciones Unidas (ONU), un país con una alta tasa de desempleo, de migración sin freno, pobreza a niveles de espanto, persecución, irrespeto a los derechos humanos.

Hay un régimen de excepción que establece captura a pandilleros, pero en estas redadas llevan personas que nada tienen que ver con esas estructuras criminales y violenta derechos humanos, imponiendo la tesis de “seguridad sin derechos humanos y sin respeto a las leyes”. Se habla de 70 mil capturados de los cuales cerca de 40 mil no tienen ningún delito, son inocentes.

Ese mejor de los mundos del que hablan es virtual, digital, construido a base de creación de contenidos falsos de la mano de la post-verdad y la persuasión a través de la manipulación con las nuevas tecnologías. Existen ejércitos digitales, granjas de troles, pautas millonarias en redes para insertar en las mentes de las personas esa narrativa del mejor de los mundos.

El peor de los mundos es el real, del salvadoreño que pasa hambre, que no tiene trabajo, que anda por las calles con miedo a que le capturen a él o a un cercano, que más que vivir lo que le toca es sobrevivir.

Ante esos dos mundos nos enfrentamos. Con el agravante que la mayoría de medios de comunicación tradicionales y de nuevas tecnologías están plegados a la narrativa oficial. Sus armas: la fake news, la mentira falsa, el ocultamiento de agenda, sobredimensionar superlativamente los hechos, la reserva de información oficial, los linchamientos mediáticos. La verdad en estos dos mundos tiene que abrirse paso en una correlación tan desigual comparable a una gota de agua ante el inmenso océano. Así de cruel, con el peligro de amenazas y persecución.

Con su maquinaria digital y virtual han logrado imponer una visión de país irreal. Desde luego muchos la aceptan y la creen. Esa es la tremenda paradoja: muchos de los hambrientos y desempleados (como en un espejismo) aplauden esa virtualidad.

Del otro lado está ese El Salvador real, que no come, que no tiene empleo, que está preocupado porque no se respetan los derechos humanos. A este país el actual Ejecutivo le dinamitó todas las instituciones democráticas. No hay hasta este momento, ninguna institución del Estado que muestre independencia en el ejercicio de sus funciones. Podemos afirmar que hay ya una dictadura instaurada que se ratificará en un proceso electoral desequilibrado y amañado que se desarrollará en febrero del 2024, en donde, violentando más de ocho artículos de la Constitución de la República que prohíbe la reelección continua, el Presidente, bajo el argumento que la población así lo quiere, se ha inscrito para ser candidato a la presidencia.

En El Salvador se resquebrajó todo el andamiaje democrático, ese es El Salvador real. En este escenario surge, como estruendo, la inquietante pregunta: ¿Es lo electoral el camino?

Laura Chinchilla: «El deterioro democrático lleva a la incertidumbre»

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Laura Chinchilla Miranda fue la primera mujer en llegar la presidencia de Costa Rica, gobernó entre el 2010 y el 2014, y fue la quinta mujer en llegar ala presidencia de un país en la historia de América Latina.

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Ernesto Samper Pizano fue presidente de Colombia entre el año 1994 y 1998 y además de abogado, economista y descender de distinguidas familias que han tenido un rol protagónico a lo largo de la historia del país, ha sido el Secretario General de la UNASUR entre el 2014 y 2017.

Osvaldo Hurtado: «Los partidos son la peor forma de organización de la participación ciudadana, con excepción de todas las demás»

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Dos claves del crecimiento económico latinoamericano: productividad y población

En la década que va del año 2003 al 2012, el crecimiento económico de la región alcanzó el 3.8% (promedio anual del PIB). En los 10 años siguientes, este indicador cayó al 1.3%. El periodo de mayor crecimiento estuvo marcado por un notable desempeño del sector externo. En línea con su larga historia como proveedora de commodities en la división mundial del trabajo, América Latina exportó crecientes volúmenes de petróleo, carbón, oro, cobre, estaño, soja, carne de res, harina de pescado, camarones, cacao y demás bienes primarios. El papel de China en lo que se conoce como el “súper ciclo” de commodities fue determinante para mantener los precios internacionales de estos en niveles altos.

Cuando la demanda asiática se debilitó, nuestras exportaciones perdieron dinamismo y las economías nacionales en general se ralentizaron, arrojando los magros resultados de los últimos tiempos. La importancia de la demanda externa por productos originados en la afortunada dotación de recursos naturales que la región ha exhibido por siglos es innegable. Ahora, a pesar de las grandes diferencias entre las dos décadas, el factor común al desempeño de largo plazo latinoamericano no radica tanto en las dinámicas de precios y demanda externa como en nuestra propia productividad. Veamos en detalle, yendo más atrás.

Entre 1980 y 2021 el PIB latinoamericano pasó de US $ 783 billones a US $ 5,500 billones, un incremento del 600% (según datos de World Bank Database). Un guarismo muy respetable, aparentemente. En 1980 la región contaba con 362 millones de habitantes; en 2021 con casi el doble, 656 millones. El ingreso por persona en dólares en 1980 equivalía a US $2,162, mientras que en 2021 llegaba a US $8,384. El alza medida en términos per cápita se reduce al 290%. Este simple ejercicio nos confronta con una intuición que sugiere que la causa más importante detrás del crecimiento económico (o del mayor tamaño de la tarta) no es la mayor eficiencia con la que combinamos los factores de producción, a saber, tierra, capital y trabajo; sino que más bien utilizamos mayores cantidades de estos (más leche, harina, huevos y energía para hacer la tarta que técnicas y tecnología para hacer rendir sus ingredientes).

El problema fundamental de las economías latinoamericanas ha sido y sigue siendo el de la productividad, es decir: el cómo hacemos la tarta.

Los economistas distinguen las fuentes del crecimiento en dos tipos: la que viene de mayores insumos para producir bienes y servicios, y la derivada de mayores eficiencias para hacerlo. Desde los años 20 del siglo pasado el mayor aumento de insumos ha consistido en el número de personas. La explosión demográfica (un rápido y significativo crecimiento de la población en la cual las tasas de natalidad superan a las de mortalidad), acompañada de mayor esperanza de vida, significó que la población latinoamericana se multiplicó por un factor de 8 y pasó de menos de 100 millones a casi 800 actualmente (un ritmo anual de algo más del 2%).

La otra fuente, aquella relacionada con la eficiencia con la cual ese creciente número de personas también trabaja para producir esos bienes y servicios, conocido como la PMF (Productividad Multi-Factorial), durante los últimos 20 años ha sido negativa en una escala pequeña –pero negativa, igualmente–, según cálculos del Fondo Monetario Internacional.

Aunque hay diferencias importantes al interior de la región, en general la situación no es halagüeña para nadie.

¿Cuál es el reto que enfrenta la región entonces? El problema radica en la evolución de su principal fuente de crecimiento hasta ahora, la gente, pues, como ya vimos, no ha sido la productividad la que lo explica. La transición demográfica que comenzó hace más de 100 años se encuentra hoy en una etapa relativamente avanzada, una tendencia hacia el equilibrio (en niveles bajos) de las muertes y los nacimientos totales. Esto tiene dos implicaciones.

Primero, que las tasas a las cuales venía creciendo la población año tras año serán menores en el futuro inmediato. Así pues, la cantidad de ingredientes para producir la tarta se empieza a reducir. Para mantener la población de una sociedad estable (sin considerar flujos migratorios internacionales) esta debe alcanzar lo que los demógrafos denominan la tasa de fecundidad de sustitución o reemplazo, que es de 2,1 hijos por mujer en edad reproductiva (entre los 15 y 49 años aproximadamente).

Datos recientes de un trabajo conjunto de la Organización Panamericana de la Salud y de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (OPS-CEPALC) indican que un total de 23 países se encuentran actualmente en ese grupo: 14 del Caribe, 3 de América Central (Costa Rica, El Salvador y México) y 4 de América del Sur (Chile, Brasil, Colombia y Uruguay). Argentina se encuentra próxima a este desde comienzos de siglo.

Segunda implicación: a medida que la tasa de crecimiento poblacional disminuye, su población también envejece. Y esto impacta en el crecimiento económico de otras dos maneras. Por un lado, a medida que la sociedad envejece, la ratio de dependencia se eleva. Esto quiere decir que el número de personas mayores de 65 años que dependen de un tercero (sea de la familia o del Estado) para mantener sus ingresos crece con relación al segmento de la población económicamente activa (entre los 15 y 64 años).

La ventaja temporal que tuvieron las sociedades en las etapas intermedias de la transición demográfica, como le ocurrió a gran parte de América Latina entre las décadas del 40 y del 80 del S. XX, exhibiendo niveles muy bajos de esta dependencia, ahora se torna en desventaja.

Por otro lado, el registro histórico tiende a indicar que son los jóvenes (y no los viejos) los agentes que dinamizan la economía a través de empresas y emprendimientos que innovan tanto en los productos como en los procesos de producción, y de la adopción temprana de prácticas y tecnologías disruptivas. Como sabemos, los jóvenes son menos reacios al cambio.

América Latina no se ha caracterizado por crecer económicamente a punta de mejoras en la productividad. Su crecimiento ha estado sostenido considerablemente por la expansión de su población.

El arribo a las etapas avanzadas de la transición demográfica empieza a estrechar el crecimiento por esta vía y hace imperativo lograrlo haciendo a sus pobladores más eficientes –tanto viejos como jóvenes–. Un reto extraordinario.

Los barones del crimen en la relación entre México y EEUU

Las relaciones diplomáticas entre México y Estados Unidos en los tiempos de la llamada Cuarta Transformación (4T), han estado marcadas entre otras cosas por la producción y distribución de fentanilo en México para los consumidores en las ciudades norteamericanas, que de acuerdo con las declaraciones de las autoridades de ese país causan cada año un promedio 100.000 muertes por sobredosis.

Un rasgo cada día más visible en las relaciones bilaterales es que antes o después de un encuentro entre los mandatarios de los dos países ocurren detenciones de líderes de los cárteles del crimen organizado o la narcopolítica que viene desde los tiempos de Donald Trump, más que como solución, como simulación en la atención del problema. 

La primera de estas detenciones fue el caso de César Duarte, un exgobernador acusado de peculado y asociación delictuosa que huyó a Estados Unidos y fue detenido en Miami, días antes de que el presidente López Obrador tuviera su primer encuentro con su homólogo Donald Trump, lo que fue interpretado como un gesto de buena vecindad y distensión política luego de las tensiones provocadas por la construcción del muro fronterizo que “reforzaría” la seguridad estadounidense. 

Así, en agosto de 2020, semanas después de que el presidente López Obrador había realizado una visita de Estado a Washington para encontrarse en la Casa Blanca con Donald Trump, fue detenido José Antonio Yépez, líder del Cártel de Santa Rosa de Lima, a quien se lo acusaba de diversos delitos, pero se inscribía en la presión que ejercía Estados Unidos sobre el presidente mexicano luego de la violencia que había alcanzado a ciudadanos norteamericanos. 

En marzo de 2022, previo a un encuentro del presidente mexicano con el secretario de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Alejandro Mayorkas, elementos del ejército detuvieron a Gerardo Treviño Chávez, presunto líder del Cártel de Noreste, al que se lo acusaba de violencia criminal, tráfico de drogas y lavado de dinero, lo que provocó enfrentamientos en la frontera tamaulipeca que llevaron a suspender la movilidad entre los dos países.

Ya con el gobierno demócrata de Joe Biden, la colaboración continuó con la participación abierta de la DEA y fue detenido un histórico del narcotráfico, el legendario Rafael Caro Quintero, quien fue detenido el 15 de julio de 2022, dos días después de que el presidente mexicano regresó de Washington con el compromiso de que el gobierno estadounidense invertiría 1.500.000 dólares en infraestructura para la frontera norte.

El 5 de enero de 2023 fue detenido Ovidio Guzmán López, hijo de Joaquín El Chapo Guzmán, cuatro días después de la visita Joe Biden a México para participar en la X Cumbre de Líderes de América del Norte. 

La detención de Guzmán López era en ese momento estratégica por el vínculo de este personaje con la producción y distribución de fentanilo en las ciudades norteamericanas. Los estadounidenses ofrecían 5 millones de dólares de recompensa para quien ayudara a su localización. 

Su detención en los suburbios de Culiacán, Sinaloa, provocó lo que se conoce como el segundo culiacanazo, es decir, convirtieron la capital sinaloense en escenario de lucha entre esta fracción del Cártel de Sinaloa y las fuerzas de seguridad del Estado mexicano dejando un escenario de guerra y una estela de muertes de los dos bandos. 

Cabe señalar que en esta operación hay un personaje que jugó un papel central, que es Néstor Isidro Pérez Salas, quien se desempeñaba como encargado de la seguridad de los hijos de Joaquín El Chapo Guzmán, pero, también, se lo identifica como productor y exportador de fentanilo. 

Esta detención ocurrió cuatro días después del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC, por sus siglas en inglés), en el que el presidente López Obrador se habría reunido con Joe Biden y, también, con el presidente Xi Jinping de la República Popular de China acordando combatir el tráfico ilegal de precursores químicos de drogas sintéticas. 

En definitiva, la sucesión de este tipo de hechos durante el gobierno de la 4T muestra que su política exterior soberanista está pautada por las necesidades de cada una de las naciones y que esto no habrá de cambiar, sino consolidarse en la presente y la siguiente administración, lo que significa que el crimen organizado, contrariamente a lo que se afirma de que se “manda solo”, es, al final, moneda de cambio cuando suceden este tipo de encuentros entre los mandatarios de los países vecinos.