Fracasó el golpe, Perú sigue inestable

El intento de golpe del miércoles 7 de diciembre duró dos horas. La huida de Pedro Castillo hacia la Embajada de México lo condujo a prisión. La sucesión en la Presidencia de la república se efectuó de inmediato y se respetó puntualmente lo dispuesto en la Constitución. 

Aparece, por otro lado, una nueva figura a cargo del Poder Ejecutivo —por primera vez una mujer, se ha resaltado—, pero permanece el mismo elenco en el Congreso, que en noviembre tenía solo el 18% de la aprobación ciudadana. Más allá de los detalles del triste episodio del miércoles 7, preocupa saber si el panorama político del país será distinto a partir de ahora o continuará enfangado por rencillas y maniobras, sobornos y compras de apoyos, discursos exaltados y nulas realizaciones.

Claro está, en lo ocurrido recientemente en Perú hay elementos que destacar. El primero es que la intentona golpista de Castillo se resolvió rápidamente, sin ocasionar ese día ni un muerto ni un herido. El segundo es que la respuesta de las instituciones fue inmediata, contundente y unánime en su rechazo al golpe. La presidenta de la Corte Suprema, el presidente del Tribunal Constitucional, la Defensoría del Pueblo y un largo etcétera de representantes institucionales salieron al frente. De esa manera, no solo contestaron el torpe manotazo de Castillo, sino, lo que es de la mayor importancia, angostaron al mínimo las posibilidades de respaldo a él.

Esto último acaso guarde relación con el esperado pronunciamiento de las fuerzas armadas (y policiales) —a las que algún editorial trasnochado siguió llamando “instituciones tutelares”— que tardó en conocerse bastante más que las voces institucionales civiles. Finalmente, militares y policías declararon su apego a la Constitución. El fracaso del golpe quedó sellado.

Más de un fracaso

Pedro Castillo había cometido el último de su larga cadena de errores durante sus 16 meses en el cargo. Con su caída, terminó un gobierno que se denominó de izquierda y pertenecía a su sector iliberal, más bien reaccionario, que representaba lúcidamente aquel personaje que alzó a Castillo en la candidatura presidencial, debido a que él mismo no podía ser candidato por haber sido condenado por corrupción: Vladimir Cerrón, un médico formado profesional y políticamente en Cuba, donde vivió más de una década. Con el fracaso del gobierno de Castillo, se cancelan por tiempo indefinido las posibilidades en la competencia política de las izquierdas que lo respaldaron pese a su rendimiento.

Con ese desenlace, también quedó como un recuerdo ingrato el papel desempeñado por la OEA en la crisis política de Perú. El informe preparado por la misión de la organización, que visitó el país días antes de que Castillo anunciara su autogolpe, pareció hecho a la medida de la necesidad del expresidente de conseguir en la escena internacional un respaldo que en el país era cada vez más escaso. Se sabe que en los pasillos de Washington, el secretario general Luis Almagro alentaba el voto a favor del informe, haciendo suyo el fantasmón levantado entonces por el gobierno de Castillo: la democracia en el Perú estaba amenazada por un golpe en marcha, encabezado por el fujimorismo y en el que participaban las instituciones de justicia y los medios de comunicación.

El rechazo generalizado a la maniobra gobiernista vía OEA-Almagro, con el que se recibió el informe en el Perú, precedió a la estocada final que le dio el propio Castillo —declarativamente partidario del diálogo político—, al anunciar la disolución del Congreso y la intervención en todas las instituciones de justicia. La OEA ha añadido un fracaso más a un historial escaso en éxitos, que aconsejaría un examen de conciencia acerca de las decisiones adoptadas por la institución en el caso peruano.

Un panorama incierto

Dina Boluarte es una abogada de 60 años que nació en una provincia de la sierra pobre del Perú. Fue funcionaria de una entidad pública (Reniec), encargada de la documentación ciudadana, que goza de respeto por la eficacia de su funcionamiento. Renunció a su cargo en abril de 2021 al ser elegida en la fórmula presidencial de Castillo, y se desempeñó como ministra en su gobierno durante 16 meses, hasta fines de noviembre de 2022. Poco después, el 5 de diciembre, el Congreso la exoneró de responsabilidad en una violación normativa poco transcendente, señal de que se le alistaba para sustituir al entonces presidente. El miércoles 7 se constituyó en la sexta persona en seis años que asume la Presidencia de la república.

Justamente un año antes de que Castillo intentara el autogolpe y fracasara, abriendo paso a Boluarte para que asumiera el cargo para sustituirlo, la hoy presidenta declaró públicamente, dado el primer intento parlamentario de destituir a Castillo de la Presidencia, que si él renunciaba, ella también dejaría el cargo de vicepresidenta. A fines de enero, cuando ya se habían agriado las relaciones entre Castillo y Perú Libre, el partido que los llevó a ambos como candidatos, Boluarte declaró en una entrevista que no compartía el ideario de Perú Libre. Y, en alusión a la falta de democracia interna en el partido encabezado por Vladimir Cerrón, se declaró: “De izquierda democrática, no totalitaria, ni sectaria que permite la divergencia y la crítica y donde no hay líderes infalibles ni intocables”.

¿Quién es, pues, Dina Boluarte? No es sencillo dar ahora una respuesta, así como tampoco lo fue en el caso de Castillo cuando asumió el cargo. En la ceremonia de asunción del cargo precisó, de manera poco común, que juraba desempeñarlo “hasta el 26 de julio de 2026”. Con este añadido a su juramento, descartaba una de las demandas que han sido planteadas en el país y que incluso cuenta con el dictamen favorable de una comisión del Congreso: adelantar las elecciones generales. Si bien el reclamo de Boluarte tenía plena base legal, dos días después empezó a retroceder y, debido a diferentes manifestaciones que ha habido en el interior del país, las cuales han ocasionado varios muertos y llevaron al Gobierno a declarar el estado de emergencia en algunas provincias, la presidenta anunció este lunes 12 de diciembre en la madrugada que hacía suyo el proyecto para que el Congreso adelantara las elecciones a abril de 2024. En dos semanas, la presidenta había renunciado a dos años de mandato.

En estas arenas movedizas, la pregunta es cuánto puede durar el nuevo gobierno. “La crisis peruana no ha llegado a su fin con la sucesión presidencial”, es la frase que el viernes 9 de diciembre inicia la columna editorial de uno de los principales diarios limeños. El desafío político mayor de la presidenta Boluarte es formular un plan con objetivos claros —que no parece tener— y navegar con un Congreso en el que, igual que Castillo, no cuenta con mayoría propia y en el que el fraccionamiento produce alianzas inestables, frecuentemente alimentadas por la defensa y promoción de intereses particulares que capturan a los parlamentarios. Las manifestaciones de estos días en diferentes puntos del país tienen lugar no tanto en defensa de Castillo, sino más bien por la exigencia de que el actual elenco congresal cese y se lleve a cabo elecciones generales.

Boluarte intenta capear el temporal cambiando de posiciones según sopla el viento, luego de haber designado a su primer gabinete ministerial. Es un elenco de profesionales con experiencia en gestión pública, la mayor parte de ellos sin antecedentes políticos. Lo encabeza Pedro Angulo, un exfiscal y exdecano del Colegio de Abogados de Lima, cuya ambición política se conoció cuando fue candidato al Congreso, pero no resultó elegido; en 2021 anunció su candidatura presidencial, pero no llegó a inscribirla. El nuevo primer ministro acumula 13 investigaciones en el Ministerio Público y suma tres denuncias por acoso sexual.

En tanto se define el ahora imprevisible rumbo político, los fuertes problemas del país continúan a la espera de ser atendidos. Un sistema de salud pública que dio lugar a que, como resultado de la pandemia de la COVID-19, el Perú alcanzara el mayor número de muertos en el mundo, en relación con su población. Una economía con buenos índices macroeconómicos, pero que solo provee empleos en condiciones regulares a uno de cada cuatro trabajadores. Un sistema educativo de pésima calidad, cuyos problemas se han agravado con la pandemia. Un sector agrícola que está viendo una reducción drástica de su producción, debido a la falta de fertilizantes que el gobierno de Castillo no supo resolver, situando al país en el nivel más alto de Sudamérica en cuanto a la inseguridad alimentaria, indicó la ONU en noviembre. Esto es una agenda de urgencias que no encuentra un cuadro político estable para enfrentarla.

Bukele militariza municipios para contener la caída de su popularidad

En el mes de mayo, en una reunión con alcaldes, el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, aseguró que Soyapango era el municipio más seguro del país, incluso más que Costa Rica, el país de la región con menores índices de criminalidad. Sin embargo, pocos meses después, el pasado sábado 3 de diciembre, el primer mandatario salvadoreño salió a anunciar, sin medias tintas, que Soyapango estaba totalmente cercado por efectivos militares y de la Policía Nacional Civil (PNC), debido a la gran presencia de pandilleros y al auge de la criminalidad.

¿Militarización o cerco?

Bukele anunció en declaraciones que “8.500 soldados y 1.500 agentes han rodeado la ciudad, mientras los equipos de extracción de la policía y el Ejército se encargan de sacar uno a uno a todos los pandilleros que aún se encuentran ahí”. Según aseguraron voceros oficiales, no se trataba de una militarización del municipio, sino de un cerco para evitar la huida de criminales todavía presentes. A partir del inicio de la operación, se ha visto a grupos de entre diez y veinte soldados y policías recorriendo las calles del municipio para pedir documentación a los transeúntes, arrestando, además, a quienes consideran sospechosos, principalmente jóvenes.

Soyapango, con una población de 258.000 personas, es uno de los municipios más poblados del país, de acuerdo con cifras oficiales de hace un par de años, y un centro de intensa actividad económica e industrial. Por lo tanto, las operaciones también están afectando el normal flujo del comercio y la economía.

De acuerdo con Bukele, se trata de la quinta fase del gubernamental Plan de Control Territorial, anunciado en noviembre pasado. Esta fase consistiría en capturar a los mareros y demás criminales escondidos en sitios que, hasta ahora, eran considerados seguros para los pandilleros. Un vocero del gabinete de Defensa indicó que las fuerzas de intervención tienen listados con los nombres de los delincuentes que se refugian en Soyapango, por lo cual la búsqueda se está haciendo de manera personalizada.

Puesta en escena

Para la numerosa oposición al Gobierno, este aparatoso despliegue es una nueva puesta en escena del presidente, muy adepto a los golpes de efecto que, si bien atraen las miradas, no garantizan una mejora en la situación de inseguridad en la que vive una gran parte de la población salvadoreña.

Según la oposición, estos golpes tendrían como objetivo encubierto la recuperación de la popularidad del presidente, que está debilitada entre la ciudadanía. Aunque para la —muy poco creíble— encuestadora CID-Gallup, Bukele es el político con mayor nivel de aceptación de América Latina, lo cierto es que, de los altísimos índices que tuvo al comienzo de su gestión, ahora alcanza un 58%, de acuerdo con las cifras recabadas por otras empresas encuestadoras. Si bien se trata de un alto grado de aprobación, el apoyo se reduce de forma persistente, según esas mismas fuentes.

Pero a pesar de lo contradictorio de las medidas, teniendo en cuenta las declaraciones oficiales de hace apenas unos meses del presidente, algunos de sus ministros y la misma alcaldesa de ese municipio, Nercy Montano, quien aseguró que su municipio era el más seguro de toda Centroamérica, el ministro de Defensa, René Francis Merino Monroy, aseguró el lunes 5 de diciembre que esta estrategia de cercos militares se empleará en otros municipios del país.

Ante estos nuevos anuncios y como suele suceder con respecto a cada decisión controvertida de Bukele, las críticas surgieron de inmediato desde diferentes sectores de la oposición que consideran que esta no solo es una medida con pocas probabilidades de éxito, sino que también viola los derechos humanos del grueso de la ciudadanía.

El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) ha criticado la medida por violar las regulaciones sobre seguridad ciudadana establecidas en los Acuerdos de Paz. Lo mismo han expresado dirigentes de otros espacios opositores como el Partido Vamos, que ha señalado a Bukele como un líder autoritario y lo ha comparado con Daniel Ortega, de Nicaragua.

Ante las críticas, el ministro de Defensa aseguró que “no hay complicaciones para la población honrada”, y que el grado de error es cero. Sin embargo, los vecinos de Soyapango no han sido consultados sobre las medidas aplicadas.

Pero no solo desde la oposición política han surgido reproches, sino también desde las mismas fuerzas policiales. El Movimiento de los Trabajadores de la Policía (MTP) —una especie de sindicato— ha hecho llegar sus quejas al Gobierno y a los medios de comunicación, y ha indicado que no se está teniendo en cuenta el bienestar de los funcionarios policiales que participan en el cerco. Según han expresado, los policías, tras los intensos patrullajes nocturnos, deben dormir en el suelo y carecen de alimentación apropiada y condiciones básicas de aseo personal.

A pesar de las numerosas críticas a la política de seguridad del Gobierno, no es probable que Bukele dé marcha atrás en esta fase del Plan de Control Territorial. El presidente jamás vuelve sobre sus pasos y siempre encuentra una forma de salir de apuros. Cuando las cosas no van bien, apela a mentiras que, sin embargo, cada vez creen menos ciudadanos.


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Del “mítico” al fraude: elecciones brasileñas de 2022

El tema de este texto es delicado y peligroso hasta el punto de que se ha convertido en uno de los tabúes de nuestra sociedad. No estamos hablando del hambre, como hizo Josué de Castro. Estamos hablando de la delicadeza del único régimen de gobierno capaz de resolver conflictos sin necesidad de violencia física: la democracia. Según Our World in Data, 7 de cada 10 personas viven en sistemas autocráticos, es decir, donde no es posible elegir a los representantes políticos a partir de elecciones libres y justas. En este artículo, sostenemos que las elecciones presidenciales brasileñas de 2022 no fueron ni libres ni justas. Hay pruebas sólidas de que el candidato en ejercicio, Jair Bolsonaro, utilizó políticamente las instituciones gubernamentales y abusó del poder económico con el objetivo de obtener beneficios electorales, además de degradar intencionadamente la confianza de la población en el sistema de recuento de votos.

El 29 de octubre, Silvinei Vasques, entonces director de la Policía Federal de Carreteras (PRF) pidió votos para Bolsonaro en las redes sociales. Al día siguiente, la PRF puso en marcha 549 operaciones de inspección de vehículos en todo el país, lo que representa un aumento del 70% con respecto a la primera ronda. Durante las inspecciones, 610 vehículos de transporte público fueron detenidos, a pesar de la prohibición del Tribunal Superior Electoral. La mayoría de las operaciones tuvo lugar en el Nordeste, principal bastión electoral del Partido de los Trabajadores (PT) y única región en la que Lula obtuvo más votos que su adversario. Aquí está la primera puñalada a la noción de elecciones libres y justas, puesto que hay registros objetivos del uso político de la PRF para suprimir votos contra Lula.

Pocos meses antes de las elecciones, Bolsonaro sancionó la Propuesta de Enmienda a la Constitución nº 15/2022, que aumentó el gasto social durante el año electoral, así como amplió la carta de crédito consignado para los beneficiarios de la Ayuda Brasil. Es decir, la Constitución se modificó para que fuera legal distribuir dinero durante el periodo electoral. Aquí tenemos el segundo golpe contra la idea de elecciones libres y justas.

Además, Bolsonaro intentó socavar la confianza de la población en la integridad del sistema digital de recuento de votos. Según él, y gran parte de sus seguidores, las urnas electrónicas son susceptibles de fraude. Estos discursos se han repetido exhaustivamente en los últimos cuatro años. Como muestra nuestra investigación, hubo 18 discursos públicos sobre fraude electoral y desconfianza en las urnas electrónicas. Sin embargo, ni el TCU ni la OAB encontraron indicios de irregularidades. Ni siquiera el esperado informe de las Fuerzas Armadas fue capaz de identificar ninguna anomalía.

A continuación, presentamos los resultados de una investigación en curso sobre fraude electoral. Nuestro análisis se basa en un supuesto fundamental: la manipulación intencionada de los votos deja huellas que pueden detectarse mediante análisis estadísticos. Siguiendo las mejores prácticas metodológicas internacionales, empleamos cinco procedimientos diferentes. La imagen 1 ilustra dos de ellas, utilizando como técnicas la aplicación de la ley de Newcomb-Benford y el gráfico de huellas dactilares. La primera técnica analiza las frecuencias relativas de las segundas cifras observadas en el recuento total de votos, mientras que la segunda herramienta compara la relación entre la tasa de participación y la proporción de votos válidos del candidato ganador.

Una forma de encontrar patrones estadísticos sospechosos es examinar con qué frecuencia se repiten ciertos dígitos en el recuento de votos en distintos municipios o distritos electorales para un candidato determinado. En las elecciones propiamente dichas, los valores del primer dígito, el segundo dígito y el último dígito de los votos acumulados tienden a seguir una distribución predecible. Según la ley de Newcomb-Benford, en un conjunto de números espontáneos, las primeras cifras tienen más probabilidades de aparecer que las últimas.  Esta curiosidad matemática fue descubierta originalmente por el astrónomo Simon Newcomb cuando, al hojear un libro de tablas de logaritmos, observó que las hojas iniciales estaban significativamente más desgastadas que las finales. Esta regularidad numérica fue redescubierta por Frank Benford en un artículo publicado en 1938. En él, Benford calculaba la frecuencia esperada de los dígitos a partir de una amplia variedad de distribuciones de datos y demostraba que nos encontrábamos ante una ley: los dígitos menores aparecen con más frecuencia que los mayores. Desde entonces, este procedimiento empezó a utilizarse para detectar patrones sospechosos en los datos.  

Las figuras 1 y 2, por ejemplo, muestran que la frecuencia de la segunda cifra (ilustrada por las barras) se aproxima al patrón esperado (representado por la línea roja) para los candidatos más votados. Esta correspondencia entre lo observado y lo esperado aumenta la confianza en la imparcialidad del proceso electoral. Las técnicas que se centran en los primeros y últimos dígitos tampoco detectaron anomalías.

Otro procedimiento consiste en analizar la relación entre el porcentaje de votantes presentes y la proporción de votos emitidos a favor del candidato ganador. En elecciones libres y justas, la teoría sostiene que el dominio del voto no debe darse para que un candidato ganador obtenga el voto de todos los presentes. Esto se debe a que, asumiendo que la abstención debería variar más o menos uniformemente entre los colegios electorales, se espera que el voto a un candidato determinado sea independiente de la tasa de participación. El gráfico de huellas dactilares es una herramienta que pone de relieve este tipo de tendencia mediante la acumulación de puntos en la esquina superior derecha. Si esto ocurre, podría ser un indicio de manipulación del resultado electoral, ya que los votos de los votantes ausentes se transferirían artificialmente al candidato ganador. No encontramos ningún patrón sospechoso (véase la figura 3). 

El análisis electoral forense es un campo de estudio reciente y se enfrenta a algunos retos. Se sabe, por ejemplo, que el voto estratégico produce anomalías estadísticas que pueden confundirse fácilmente con intentos deliberados de manipular el recuento de votos. Teniendo esto en cuenta, empleamos diferentes técnicas de investigación con el objetivo de aumentar la fiabilidad de los resultados. Una cosa es corromper el recuento de votos obedeciendo a una regularidad matemática conocida, como la Ley de Benford, por ejemplo. Otra cosa es ser capaz de engañar al sistema de acuerdo con múltiples pruebas estadísticas en un periodo de tiempo extremadamente corto, unas tres horas. Algo que sólo sería posible en un universo de ficción. Además, la disponibilidad pública de los datos y los códigos informáticos garantiza la transparencia y replicabilidad de nuestro estudio.

En resumen: no encontramos indicios de fraude en los resultados de las elecciones presidenciales de 2022. Ninguno de nuestros procedimientos de investigación forense corrobora la tesis de que los votos fueron manipulados. El diccionario Michaelis define el mito como una historia fantástica que no se puede demostrar, protagonizada generalmente por seres sobrenaturales. El mítico candidato, ahora derrotado, no parece haber comprendido que su fábula mágica se terminó.


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Coautores: Cláucia Piccoli Faganello, Pontificia Universidad Católica de Rio Grande do Sul (PUCRS); Pedro Cardoso Saraiva Marques, Universidad Federal de Pernambuco (UFPE); Nelson Goulart, Universidad Estatal del Norte Fluminense Darcy Ribeiro (UENF); Quemuel Baruque de Freitas Rodrigues, Universidad Federal de Pernambuco (UFPE); Bernardo Rangel Tura, Instituto Nacional de Cardiología del Ministerio de Salud (INC – MS); Renato Lira Brito, Universidad Federal de Pernambuco (UFPE); Artur Quirino, Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG); Lucas Silva, Universidad Estatal de Ciencias de la Salud de Alagoas (UNCISAL); Ananda Marques, Universidade Federal do Piauí (UFPI)/Escola de Saúde Pública do Maranhão (ESPMA); Hesaú Rômulo, Universidade de Brasília (UnB)/Universidade Federal do Tocantins (UFT); Ana Carol Aldapi Vaquera, Universidade Federal da Paraíba (UFPB).

Elecciones en Guatemala: una oportunidad histórica

En las elecciones presidenciales de Guatemala de 2015 y 2019, una serie de irregularidades ensombrecieron el proceso electoral. La Organización de los Estados Americanos (OEA) advirtió en los informes de Observación Electoral respecto a las oportunidades que enfrentaba este país sobre el proceso comicial de 2023. El próximo mes de junio el pueblo guatemalteco se volverá a encontrar con las urnas para elegir al próximo presidente y vicepresidente, 160 diputaciones al Congreso, 340 alcaldías y 20 diputaciones al Parlamento Centroamericano.

Más de 130.00 personas participarán el día de la jornada electoral en la recepción y escrutinio de los votos. En Guatemala, la Constitución establece que luego de llevarse a cabo las elecciones generales, en el supuesto de que no exista una mayoría absoluta en la elección presidencial, deberá convocarse a una segunda vuelta y esta se celebrará entre 45 y 60 días después de la primera ronda electoral. Esta será la gran oportunidad para Guatemala de recuperar la confianza en el proceso comicial.

En 2019, dicho proceso se vio ensombrecido en la primera vuelta, debido al alto grado de polarización política, alimentado por procesos de desinformación y la falta de resultados que despertaron dudas en torno a la credibilidad de los comicios. En ese contexto, la OEA detectó deficiencias en los sistemas informáticos de transmisión de resultados, y recomendó, entre otras cosas, replantear el diseño de transmisión de resultados preliminares, utilizando tecnologías que blinden la seguridad de los resultados; centralizar el proceso de digitación de actas y que estas cuenten con identificadores de caracteres para optimizar los tiempos a fin de ofrecer información rápida a la ciudadanía y que el avance de los resultados pueda observarse en tiempo real.

Con el propósito de alcanzar estos objetivos, deberán de llevarse a cabo simulacros que permitan la posible atención a contingencias y contar con entes externos al Tribunal Supremo Electoral (TSE) que puedan evaluar el desarrollo de los sistemas.

La transmisión de datos y las complicaciones que se tuvieron con el sistema informático en la primera vuelta electoral mermó la confianza en el proceso comicial y puso en riesgo la credibilidad del organismo electoral. Incluso, se tuvo que recurrir a autoridades del Ministerio Público para que realizaran una inspección al departamento de informática del TSE, ya que, debido a las fallas que presentó la aplicación informática, se tuvo que recurrir al cómputo de actas. Esto retrasó la publicación de resultados en diferentes distritos.

Incluso, la Fiscalía que atiende temas relacionados con posibles delitos electorales detuvo a dos exautoridades del TSE que fueron señaladas por delitos de destrucción de registros informáticos e incumplimiento de deberes.

¿Cuáles son las tareas pendientes?

Los partidos políticos deben ser conscientes de las deficiencias que se presentaron principalmente en la primera vuelta de las elecciones de junio de 2019. Si bien hubo mejoras para los comicios en la segunda ronda, ahora se necesita la disposición de cada uno de los actores políticos para garantizar que la autoridad electoral pueda hacer su trabajo. La observancia de las fuerzas políticas fortalece al sistema electoral y brinda certeza al proceso electivo.

Por su parte, la autoridad electoral cuenta con una gran oportunidad. Es importante que cumpla las recomendaciones de los organismos internacionales. Se debe garantizar que el conteo de los votos que hace la ciudadanía en los centros de votación pueda ser transmitido en tiempo real por los propios ciudadanos, utilizando tecnologías de reconocimiento, transmisión, digitación y digitalización ágiles, confiables y blindados de intereses maliciosos que solo abonarían a un clima de zozobra en torno a la renovación de los poderes en Guatemala.

La participación externa e internacional debe ser garante en la observancia de las etapas del proceso electoral. Ya en 2019 hubo acompañamiento cívico al proceso electoral, en el que se pudieron identificar las deficiencias. Por ello, es importante que la autoridad electoral de Guatemala genere insumos que garanticen la certeza respecto a los resultados, que proporcione información rápida, fluida, y que busque mecanismos que permitan darle gobernabilidad al país, en medio de una elección que promete altos niveles de competencia.

El TSE de Guatemala tiene hoy la oportunidad histórica de brindarle al pueblo guatemalteco la tranquilidad de que sus votos serán contados con absoluta transparencia, a la vista de todos y con la conformidad de los fiscales electorales, en un proceso confiable que brinde certeza, amplio consenso y viabilidad de futuro para Guatemala. Afortunadamente, el fantasma del fraude no está presente con respecto a las elecciones del próximo junio, ya que el TSE ha sido claro en sus determinaciones, lo que se traduce en retornar a la confianza ciudadana, en vías de un proceso limpio y sin sobresaltos.

El uso de tecnologías aplicadas por la propia ciudadanía, validada con todos los esquemas de seguridad y en una dinámica de tiempo real, además del acompañamiento de la auditoría técnica internacional, podrá fortalecer el proceso. La ciudadanía, los actores políticos, las agrupaciones y la sociedad en su conjunto deben dar a Guatemala esta gran oportunidad.


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A Cristina Kirchner le llegó el día que nunca llegaría

La condena por cargos de corrupción a la actual Vicepresidenta y ex Presidenta de Argentina Cristina Fernández de Kirchner a seis años de prisión e inhabilitada de por vida para ocupar cargos públicos plantea interrogantes importantes sobre la independencia de poderes en Argentina. No es la primera vez que un expresidente es condenado en Argentina, pero también hay diferencias significativas con los casos anteriores.

Hay obviamente una gran distinción entre la corrupción y matar gente. En 1985, los miembros de la Junta dictatorial que gobernó el país durante la “Guerra Sucia” (1976-1983) fueron condenados y arrestados por sus crímenes genocidas. Mientras que, en 2001, el presidente peronista Carlos Menem (1989-1999) fue condenado y detenido por la venta ilegal de armas a Croacia y Ecuador durante la década de 1990.

El caso de Cristina Fernández de Kirchner, sin embargo, es diferente y su condena no se relaciona con historias de violencia sino con cargos de corrupción. A diferencia de los casos anteriores, la sentencia de la vicepresidenta no está firme y con seguridad va a ser apelada. Además, la vicepresidenta en funciones tiene inmunidad por lo que en un futuro próximo no será detenida como sí lo fue Menem.

¿Por qué Cristina es condenada ahora? Como tantos políticos argentinos, Cristina Kirchner no puede explicar por qué tiene tanto dinero. Pero para comprender lo sucedido, algo que parecía que nunca iba a suceder, es importante entender el contexto específico en el cual sucedió.

Aunque muchas de las acusaciones eran fuertes y claras, hasta ahora CFK (como se la conoce en Argentina) había podido doblegar a su voluntad al actual gobierno peronista. Sin embargo, el gobierno de Alberto Fernández que la defiende de la boca para afuera también terminó por proporcionar, quizás sin querer, el contexto perfecto para que su juicio se resolviera. Además, a un poder judicial con vínculos con la oposición se sumó, para enrarecer aún más el ambiente, el atentado -poco claro- contra Cristina llevado a cabo por un grupo de lumpenes con preferencias neo-nazis.

En un mensaje acalorado, Cristina Kirchner denunció “mafias judiciales” y “estados paralelos”, y aunque dijo que no iba a hondar en cuestiones teóricas, dejó claro que para ella este es un tema ideológico. La historia del populismo y su propia historia de virajes ideológicos no concuerda con su postura. En los noventas, la mayoría de los peronistas coincidía por entonces con Nestor Kirchner en que Menem representaba una continuidad histórica con Perón. En los 2000, Néstor Kirchner y Cristina Kirchner renegaron de su pasado menemista y se presentaron como líderes de una era nueva, diametralmente opuesta a la del menemismo, que había traicionado “las banderas nacionales”.

Sin embargo, cuando años antes Menem llevó al peronismo hacia la derecha neoliberal, Cristina Kirchner se mantuvo en el barco mientras afirmaba abiertamente que apoyaba al presidente que “aborrecía” los planteos feministas y que la Argentina ya no corría peligro de ser derrotada por el “infame trapo rojo de los 70”. Años después, en los 2000, cuando intentó encarnar la izquierda populista, Cristina Kirchner puso en tela de juicio la supuesta izquierda que se identificaba con el color rojo mientras promovía una izquierda “verdadera” representada por los argentinos que lucían los colores nacionales. Según ella, no había posiciones legítimas, ni de derecha ni de izquierda, más allá del kirchnerismo. En concreto, en el populismo la posición del líder es más importante que los contenidos de sus cambiantes discursos.

Tras la condena, ha mantenido sus acusaciones contra los medios críticos con ella, y en particular al diario Clarín, uno de los más importantes del país, por manejar el poder judicial. Esta es una historia que viene de lejos. Durante diez años, los ex presidentes Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner lanzaron una ofensiva contra los medios críticos. Pasando de la demonización a la práctica, utilizaron la Administración de Ingresos Públicos para acosar al periódico opositor con auditorías y finalmente con leyes antimonopólicas que favorecían a medios cercanos ideológicamente. Métodos similares, aunque más extremos, se usaron y se siguen usando en países como Venezuela, Nicaragua y El Salvador.

Además, de forma esperable, Cristina Kirchner volvió a acusar al poder judicial de estar en su contra. Vale recordar que el propio peronismo manipuló al mismo poder judicial durante los gobiernos de Carlos Menem, Néstor Kirchner y la propia Cristina Kirchner (2007-2015).

En la práctica, la Vicepresidenta no ha podido explicar el enorme aumento de su patrimonio al cabo de una vida dedicada a la función pública. Cabe recordar que inexplicablemente su hija tenía más de cuatro millones y medio dólares en dos cajas de seguridad en Buenos Aires. A esto se suma el hecho de que un amigo de su marido, un empleado bancario con nulos antecedentes empresariales, se convirtió del día a la mañana en un exitoso emprendedor y en el magnate de obra pública en la Patagonia durante los años 2000.

Ante esta realidad, muchos argentinos creen convincentemente que el problema de la corrupción no es exclusivo del peronismo o de los Kirchner y vinculan el caso a otros de la región. En lo personal no estoy de acuerdo con los argumentos sobre las supuestas similitudes entre este juicio y otros casos en América Latina. Quizá el caso que más se acerque a este es el de Donald Trump en el sentido de que, así como en el Partido Republicano, muchos peronistas se alegran en silencio por la caída de un ícono populista por corrupción.

¿Será este juicio el inicio de una investigación más amplia y seria sobre la corrupción en la política argentina, problema que trasciende al peronismo? Este tampoco es el caso. Solo el tiempo dirá si este enjuiciamiento a la Vicepresidenta tiene consecuencias políticas significativas o si es solo un caso más de “mucho ruido y pocas nueces” en la larga historia de corrupción en Argentina.


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El aviso peruano

En el escenario latinoamericano las sanas reglas del juego político pueden retorcerse, pero, afortunadamente, no demasiado. Especialmente en países profundamente divididos, como es el caso de la mayoría de los países de la región en la actualidad. Esta es una lección que muchos se empeñan en desconocer, desde Río Grande hasta Tierra del Fuego. Y los últimos acontecimientos- dramáticos- en el Perú vienen a recordarlo.

Posiblemente, el tercer intento de vacancia impulsado en el Congreso peruano por los partidos de la oposición no hubiera obtenido los votos suficientes para destituir al presidente Castillo. Pero ante la posibilidad de que sus antiguos aliados le jugaran una mala pasada, el mandatario optó por forzar las reglas del juego y disolver el Congreso pocas horas antes de que se votara la moción de vacancia. Una fuga hacia adelante que solo le ayudó a descubrir lo aislado que estaba. Desde la cúpula militar hasta los diputados de su propio partido, Perú Libre, todos rechazaron la maniobra presidencial. Hoy Castillo sigue abandonado y solo en la misma cárcel donde también se encuentra el expresidente Fujimori.

Cuando la prensa y los observadores tratan de explicar cómo es posible que se haya llegado a esta situación, ponen el acento en la incapacidad de Castillo para gobernar el país. Y es cierto que su conducción errática de los asuntos públicos constituye un factor fundamental para explicar esta crisis. El recuento de este año y medio de presidencia muestra una acumulación de bandazos y rupturas espectacular. Ha formado en este breve plazo cinco gobiernos, unas veces con representantes radicales y otras con moderados e incluso conservadores. La última ruptura sonada fue con el estratega de su proyecto, Vladimir Cerrón, el hombre que conformó el partido Perú Libre y llevó a Castillo a la presidencia.

Indudablemente, esa incapacidad de orientar la nave del país es una poderosa razón explicativa del trance actual. Pero no es la única y quizás no es la más profunda. Creo que la causa fundamental refiere al desconocimiento del mandatario electo en junio de 2021 de la verdadera composición política del país. Resulta chocante que los medios de comunicación tiendan hoy a olvidarse que Castillo ganó la segunda vuelta con el 46,8% de los votos, frente a los 46,6% de su oponente, Keiko Fujimori, de Fuerza Popular. Es decir, cuando Castillo llegó al Palacio de Gobierno de Lima encontró un país radicalmente dividido. Eso representó para Castillo un dilema considerable: ¿debía llevar adelante el programa izquierdista por el que había sido elegido o, a la vista de la división patria, debía moderarlo para intentar alguna suerte de reunificación del país?

En el fondo, ese es el mismo dilema que enfrentan los nuevos gobiernos progresistas en Brasil, Colombia, Chile y Argentina. Por eso sigo sosteniendo que América Latina no está viviendo una nueva oleada progresista como sucedió al inicio de este siglo. El ejemplo de Lula es paradigmático. Su primer gobierno fue el resultado de un corrimiento del electorado hacia posiciones progresistas, ganó las elecciones con más del 60% de los votos. Hoy, sin embargo, apenas supero la mitad del electorado. Tanto Petro, como Boric, Fernández o Lula, ya saben que tendrán que gobernar un país profundamente dividido, política y culturalmente. Lo que no está tan claro es si son plenamente conscientes de las consecuencias que ello significa en la práctica.

El drama que hoy vive el Perú debiera ser un aviso para navegantes, una lección aprendida que no habría que desconocer. Todo indica que tratar de impulsar un programa izquierdista en un país radicalmente dividido presenta enormes riesgos, que pueden conducir a la búsqueda de caminos erráticos, como le ha sucedido de forma exagerada a Castillo.

La tarea que tienen por delante los gobiernos de corte progresista en la región es complicada. Lejos de impulsar a fondo los programas izquierdistas, deben lograr un equilibrio entre una ejecución moderada de esos programas y acuerdos amplios con las fuerzas de oposición para evitar una polarización que conduzca a la ingobernabilidad de sus países. El abismo al que hoy se asoma el Perú debiera ser un poderoso aviso para muchos gobiernos circundantes.


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Radicalización memética: el humor como forma violenta de hacer política

En los años previos al auge del trumpismo, la Rana Pepe, un popular meme de internet, se hizo viral entre el populismo global de derechas. Se trataba de una rana antropomórfica verde con cuerpo humanoide que siempre decía la misma frase: «Feels good, man”. Inesperadamente, Pepe se convirtió en un meme representativo en internet cuando su popularidad se disparó en Myspace, Gaia Online y 4chan en 2008. A partir de entonces, su uso por parte de los partidarios de Donald Trump, especialmente los grupos de alt-right y supremacistas blancos, fue tan fuerte que es considerado por muchos estudiosos como uno de los elementos indispensables en la comunicación digital que impulsó al trumpismo a la Presidencia de EE. UU.

La Rana Pepe no tardó en llegar a Europa, donde fue adoptada por varios grupos populistas de derecha, como el Front National (hoy conocido como Rassemblement National) y vinculó a Pepe con Marine Le Pen. El meme siguió viajando rápidamente y representando diferentes formas de ironía y humor en América Latina, África y Hong Kong. Su fuerza supuso que se añadiera a la base de datos de símbolos de odio de la Liga Antidifamación junto a la esvástica y la cruz en la gota de sangre del Ku Klux Klan. El enorme poder de este meme hizo que algunos estudiosos empezaran a pensar en la importancia del humor y las imágenes de los memes en los procesos de globalización y radicalización política.

En 2021, Fielitz y Ahmed, de la Red de Concienciación sobre la Radicalización (RAN), publicaron un informe para la Comisión Europea titulado: «Ya no es gracioso: el uso del humor por parte de los extremistas de derecha». Los autores defendían la importancia de estudiar estas formas de comunicación violenta y el necesario aprendizaje que se podría promover a partir del estudio de diferentes regiones del mundo, como los países latinoamericanos. De esta manera, durante la reciente campaña electoral de Brasil pude continuar estudiando el comportamiento político de los electores del presidente Jair Bolsonaro. En mi actual proyecto estudio cómo esta forma específica de comunicación memética contribuye a entender la normalización de la violencia en la extrema derecha latinoamericana.

Miles de imágenes y videos cortos de TikTok inundaron estos meses las redes sociales en Brasil. Los memes incitaban a un placer desconocido que no era fácil de descifrar. El humor ejercía en la campaña electoral una violación de la dignidad de los colectivos LGTBIQ+, racializados o de izquierdas, pero esta violencia era presentada en un código que hacía parecer que se trataba de una acción benigna. La mayoría de los simpatizantes bolsonaristas encontraban graciosas las bromas sobre estos colectivos, pues de algún modo estaban atacando una norma social y moral, lo que llamaban como “políticamente correcto”. Atacar a estos colectivos les producía risa, puesto que el ataque a esta norma social y moral estaba combinado simultáneamente con un código particular que otorgaba carácter benigno a la violación de esta norma.

Así, mis informantes reían al observar imágenes caricaturescas del futuro presidente Luiz Inácio Lula da Silva siendo torturado, transformado en un animal o denigrado: “Es gracioso, se están riendo de un ladrón”. De la misma manera, los entrevistados se reían de imágenes que mostraban perros apoyando a Bolsonaro, dado que estos serían devorados por hordas de petistas hambrientos; también se burlaban del vello corporal de las mujeres feministas o de la reproducción numerosa de colectivos afrobrasileños que querrían recibir ayudas sociales que los miles de memes representaban en sus diversas formas.

El humor funciona en la extrema derecha como un modo placentero de desinhibición de los prejuicios. El proceso de radicalización política supone que cada vez exista un desplazamiento mayor entre la noción de violencia maligna, es decir, aquella con la que no se puede bromear, hacia una violencia benigna, que sí sería objeto de humor.

A medida que el racismo, el machismo y otras formas de violencia se fueron normalizando en la retórica bolsonarista, el ataque a estos colectivos se pudo explicitar con mayor naturalidad. Los adversarios políticos eran representados de manera cada vez más explícitamente violenta en la campaña electoral, en la que se pudo bromear con su muerte, castración, amputación, humillación a través del montaje pornográfico o deshumanizado.

En una época marcada por la desinformación en línea y el aumento de los niveles de polarización social, existe un creciente interés en el debate público sobre el papel adecuado que debe desempeñar la comunicación memética para hacer frente a las actividades nocivas. El papel del humor en los procesos de polarización y radicalización política no ha sido hasta ahora suficientemente estudiado, aunque investigaciones recientes muestran las similitudes con los fascismos históricos: la construcción de antagonistas a través de imágenes burlescas, específicamente del pueblo judío, gitano y la comunidad LGTBIQ+.

Existe una fina línea entre la risa y la humillación, la comedia y la tragedia, y el humor y el daño. El humor se torna en un código fundamental en el entendimiento de la disonancia cognitiva de las extremas derechas, para las cuales funciona como una forma de violencia velada. En América Latina, la condición poscolonial implica que los elementos del populismo de derecha, como el autoritarismo, el militarismo y el racismo, estén codificados a través de formas comunicativas particulares.

La comunicación memética se mueve en los códigos del humor y la ironía, donde las regulaciones y normas internacionales son ambiguas. La internacionalización de la cultura humorística está en marcha en la extrema derecha del entorno latinoamericano, por lo que urge estudiar modos de regulación y educación acerca del uso de estos códigos “soft”, que presentan un papel central en los procesos de radicalización política.


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Perú, ¿una democracia inviable?

Perú ya tuvo tres presidentes encarcelados (Alberto Fujimori, Ollanta Humala y Pedro Pablo Kuczynski) en las últimas dos décadas. El expresidente Alan García se suicidó por la presión de ser acusado por corrupción, y Alejandro Toledo se encuentra en vías de ser extraditado desde los Estados Unidos. Pedro Castillo será pronto el cuarto presidente de Perú en ser encarcelado y obligado a responder ante la justicia, pues fue destituido por sedición al haber decretado inconstitucionalmente el cierre del Congreso.

Durante su gobierno, el ya expresidente, buscó ampliar apoyos e intentó hacer un gobierno de coalición, y esto le costó quedarse sin partido político, pues Perú Libre, el partido de izquierda marxista que le catapultó al poder, decidió abandonarlo. Los motivos fueron el rechazo a los deseos del partido de gobernar como minoría e imponer funcionarios sin idoneidad para ejercer cargos públicos.

Castillo, aislado, tampoco poseía capital social como para construir puentes con otros actores políticos y, por ende, para constituir un gobierno más amplio. Sin mayoría en el Parlamento, logró apenas sumar algunos aliados circunstanciales para evitar su destitución en el Congreso.

El ahora expresidente Castillo, sin capacidad para imponer una agenda de gobierno o para dar dirección política adecuada, terminó ahogándose bajo presuntas acusaciones de corrupción, las mismas que, amplificadas por los medios de comunicación, lo llevaron a improvisar. Su círculo personal más próximo actuó de forma desleal y optó por denunciarlo en la medida en que no obtenía favores personales.

En la última semana, obtuvo una victoria significativa cuando el Tribunal Constitucional desestimó la acusación de traición a la patria por unas declaraciones en las que ofreció una salida al mar a Bolivia. Sin embargo, esa victoria fue sobredimensionada por el exmandatario, quien creyó ingenuamente que cerrar el Congreso llevaría a la opinión pública a manifestarse a su favor en las calles.

A pesar de que el día en el que el Congreso discutiría por tercera vez sobre su destitución, la oposición no contaba con los 87 votos parlamentarios para conseguirlo, la decisión del exmandatario no tenía ningún respaldo político. Aún así, decidió precipitadamente decretar el cierre del Congreso.

Ante este movimiento, la cámara se reunió de inmediato en sesión para declarar la incapacidad moral del presidente y, pocas horas después de su decisión desacertada, fue detenido y puesto a disposición de la Fiscalía. Al cabo de pocas horas, Dina Boluarte fue reconocida por el Congreso de la república como su sucesora. Boluarte, que viene de las filas de Perú Libre, fue finalmente expulsada de su partido al declarar que no abrazaba su ideario.

Lo cierto es que la asunción de Boluarte a la Presidencia es la sexta en seis años. Boluarte no tiene ningún apoyo formal en el Congreso y por eso intentará constituir un gabinete plural. De no lograrlo, las probabilidades de que sea destituida son muy altas.

Este peligro radica en particular en la extrema derecha, que cuenta con diferentes bancadas y tiene un destacado protagonismo. Estas formaciones están dispuestas a desgastar el aparato institucional peruano mientras no exista sintonía ideológica con el Gobierno. Partiendo del hecho de que Dina Boluarte es una mujer de izquierda, cualquier agenda diferente sería motivo suficiente para sustituirla.

Existe evidencia de que la oposición (especialmente la de extrema derecha) actuó de forma desleal y con fundamentos poco constitucionales para destituir al expresidente Castillo. Y es que las prerrogativas de control político dan visibilidad a sus parlamentarios, que poco se comprometen con las demandas urgentes del país.

No hay duda de que este récord de inestabilidad del sistema político en el Perú se sustenta en el propio diseño institucional, que da pie a la confrontación, en lugar de la cooperación. De hecho, el ejercicio del poder en el país se reduce a la presencia de un presidente con muchos recursos políticos frente a parlamentarios que, para convertirse en opciones de alternancia, no pueden apelar a otra estrategia que la de la confrontación, incluso siendo desleales con el régimen democrático, si hace falta.

Si Castillo hubiera aceptado la vacancia, quizás políticamente habría salido fortalecido. El diseño institucional peruano hizo que Castillo optase por salir equivocadamente de la constitucionalidad vigente. Y ese fue un grave error.

Con su decreto, esperaba llamar a nuevas elecciones parlamentarias. Sin embargo, nada garantizaba que un nuevo Congreso le fuera favorable, dado que no tenía partido ni representaba una propuesta ideológica concreta. Es decir, se habría tratado del ejercicio del poder sin finalidad clara y sin ninguna propuesta determinada para el segmento del electorado que le aupó al poder y que tanto demanda cambios sociales.

Lo que Pedro Castillo realmente consiguió fue juntar a todos en su contra y con ello hacer inviable cualquier movimiento progresista en el Perú.

La sentencia a Cristina abre un nuevo capítulo de la política argentina

Cristina Fernández de Kirchner fue condenada a 6 años de prisión e inhabilitación especial perpetua para ejercer cargos públicos por el delito de administración fraudulenta en perjuicio de la administración pública, en la denominada comunicacionalmente “Causa Vialidad”. En la causa judicial, iniciada casi cuatro años atrás, se dictaminó que desde 2009 hasta 2015 las presidencias de Cristina de Kirchner direccionaron fraudulenta y espuriamente montos exorbitantes de dinero destinados a obras públicas de vialidad hacia una empresa vinculada a la familia Krichenr. Esta empresa -Austral Construcciones- fue creada durante la presidencia de Néstor Kirchner y a cargo de un ex empleado bancario -Lázaro Báez- sin experiencia previa en el rubro. Junto a Cristina fueron condenados Lázaro Báez y otras personas relacionadas con esos hechos.

En octubre la fiscalía solicitó para la vicepresidenta una pena de 12 años de prisión efectiva por el delito de dirigir una asociación ilícita en perjuicio del estado. Si bien la defensa tuvo tiempo para rebatir los cargos, muchos medios sostuvieron que la estrategia consistió más en denunciar una persecución política, al estilo lawfare, que en comprobar la falsedad de la acusación.

El remate de este proceso fue la lectura del fallo por parte de un tribunal federal compuesto por tres jueces, dos de los cuales rechazaron la figura de asociación ilícita y basaron la condena en administración fraudulenta. El tercer juez, que sostuvo la asociación ilícita, aprobó el fallo en disidencia.

Tras la lectura del fallo, Cristina Fernández de Kirchner se dirigió al público a través de las redes sociales, sosteniendo nuevamente que el fallo es producto de una persecución política a su persona, similar a las persecuciones políticas a otros líderes populares en América Latina en los últimos años. La vicepresidenta señaló además que la “persecución” va en contra de la defensa de los intereses populares que esos liderazgos encarnaron en las últimas dos décadas en la región. Cristina afirmó además que estos ataques se estructuran en poderes fácticos articulados entre sectores judiciales, corporaciones económicas, partidos de derecha y la intromisión de sectores de la política norteamericana.

La vicepresidenta, su sector político y sus aliados venían sosteniendo desde hace tiempo, en la medida que se acercaba el final del juicio y la promulgación del fallo, que todo era una causa inventada, persecutoria, de los mismos poderes antipopulares de la Argentina. Y que por lo tanto, la condena era inevitable, pero dado el contexto mencionado, ilegítima y políticamente perversa.

Mientras tanto, para la oposición política, sectores empresariales y comunicacionales, grupos y organizaciones de izquierda y parte de la sociedad civil, el juicio y su posible fallo condenatorio no es sino la evidencia última de una matriz de corrupción que atravesó las tres presidencias “kirchneristas” (la primera de Néstor Kirchner, las otras dos de Cristina).

A partir del fallo se desprenden cuatro aspectos fundamentales. En primer lugar, la condena a prisión de Cristina no es efectiva por el momento. Más allá de la continuidad de instancias judiciales, la vicepresidenta es, por la Constitución argentina, presidenta de la Cámara de Senadores de la Nación y, por ende, tiene inmunidad parlamentaria. De igual manera la inhabilitación para ejercer cargos públicos no se sustentará dadas instancias judiciales previsibles (tribunales de apelación, Corte Suprema) que pueden durar años.

Por otro lado, la causa “Vialidad”, cuya primera instancia se cerró ayer, está atada a otras dos causas -“Hotesur” y “Los Sauces”- que, según la parte acusatoria, implicó lavado de dinero mediante alquileres de propiedades de la familia Kirchner, al provenir de “retornos” de los cuantiosos fondos obtenidos por las concesiones de obras públicas a Austral Construcciones. En estas dos causas están comprometidos los dos hijos de Cristina ya que formaban parte de las asociaciones comerciales de la familia.

En los días previos al fallo, desde la estructura política del kirchnerismo y aliados, se señalaba que si se condenaba a la Vicepresidenta se producirían estallidos políticos y sociales, desde manifestaciones populares, ocupación de sedes judiciales y marchas hacia los tribunales federales. Además, se apuntó a la “paralización del estado y la administración” por la acción de los trabajadores estatales. Lo cierto es que de momento, nada de esto ha sucedido.

En su alocución en redes tras el fallo, Cristina anunció que nunca más va a ser candidata a nada, en línea de lo que se venía mencionando e insinuando en los últimos meses sobre la candidatura presidencial para las elecciones de octubre de 2023. Pero más allá del sentido real de esta renuncia, tras el fallo se abre en Argentina un panorama político incierto.


La presencia armenia en América Latina hoy

Coautora Julia Tordeur

Las tensiones entre Armenia y Azerbaiyán son históricas, pero tras el fin de la guerra de Nagorno Karabaj de 2020 y la crisis fronteriza de 2021, los enfrentamientos a gran escala registrados desde septiembre se han cobrado la vida de centenas de personas. La gravedad de la situación es tal que el Consejo de Seguridad de la ONU celebró recientemente una reunión a puerta cerrada para abordar el tema. El conflicto, sin embargo, encuentra también eco en América Latina donde las comunidades de origen armenio han condenado “la invasión del territorio soberano de Armenia por parte de Azerbaiyán” y han organizado protestas frente a las sedes de las Embajadas de Azerbaiyán.

A pesar de no ser la más numerosa en América Latina, la comunidad de ciudadanos de origen armenio se destaca por ser una de las más activas, heterogéneas e influyentes en la región. Las diversas iglesias, escuelas, clubes, diarios y radios de origen armenio, además de su importante representación en la política, los negocios y las artes de Latinoamérica así lo comprueban.

Las principales comunidades armenias en América Latina están presentes en Argentina, Brasil, Uruguay, Venezuela, Chile, Honduras y México, pero también existen grupos significativos de esta comunidad en países como Colombia, Ecuador, El Salvador, Guatemala o Cuba.

La llegada de los armenios a América Latina está directamente relacionada con los conflictos políticos que empezaron durante el Imperio Otomano. La mayoría de los armenios que llegaron a la región lo hicieron escapando de masacres, persecuciones y procesos de deportación durante la Primera Guerra Mundial y los años posteriores. Muchos son sobrevivientes del Genocidio Armenio, registrado entre 1915 y 1923.

En el contexto de amplias migraciones forzadas, la migración armenia y la formación de una diáspora global, fue facilitada por el Pasaporte Nansen, creado en 1921 por la Sociedad de las Naciones a través del Alto Comisionado para los Refugiados. Sin embargo, a su llegada, los migrantes armenios no eran identificados como armenios, sino como inmigrantes de Europa Occidental, y a menudo se les confundía con sirios y libaneses que también desembarcaban en las metrópolis latinoamericanas.

La presencia y el activismo político de la diáspora armenia en América Latina han sido especialmente evidentes en relación al reconocimiento del Genocidio Armenio. En 1965 Uruguay fue el primer país que reconoció oficialmente este hecho y hoy existen diversos países de la región y entidades como el Parlamento Andino que lo reconocen y condenan.

Actualmente muchos latinoamericanos de origen armenio mantienen su activismo por esta causa, mientras que Armenia intenta promover más y mayores vínculos con esta población. Dos ejemplos ilustran ambas tendencias. En 2021, tras la derrota de Armenia ante Azerbaiyán en el marco del conflicto en Nagorno Karabaj, el ministro armenio de Relaciones Exteriores, Ara Aivazián, convocó en una entrevista a los miembros de la diáspora armenia en América Latina a participar activamente en la reconstrucción del país, definido como su “segunda patria histórica”.

Por otro lado, en abril de 2022, un día antes de cumplirse 107 años del inicio del Genocidio Armenio, Uruguay recibió la visita del canciller de Turquía, Mevlüt Çavuşoğlu. La visita tenía como objetivo la inauguración de la nueva embajada turca en el país, en el contexto de la profundización de las relaciones bilaterales y la firma de un Tratado de Libre Comercio. Sin embargo, la fecha escogida y el gesto del embajador de reproducir con sus manos el símbolo de una organización paramilitar proturca frente a los manifestantes de la comunidad armenia uruguaya generaron numerosas críticas y condenas.

Pese a que la presencia de la diáspora armenia es regional, en dos países latinoamericanos la importancia de esta comunidad es más marcante: Argentina y Brasil.

La diáspora armenia en Argentina y Brasil

Según los censos locales, la comunidad armenia en Argentina y Brasil comenzó a formarse en las últimas décadas del siglo XIX y se consolidó entre 1930 y 1940.

Argentina y Brasil se convirtieron en destinos de esta población debido a factores como sus políticas migratorias y las oportunidades que ofrecían sus economías, así como la existencia de redes y comunidades de acogida. Las comunidades armenias se asentaron sobre todo en ciudades como São Paulo y Buenos Aires, pero diversas ciudades del interior como Córdoba u Osasco también se convirtieron en el hogar de esta población.

Desde finales del siglo XX, las comunidades armenias de Argentina y Brasil experimentaron un importante crecimiento económico actuando en el comercio y la industria de ambos países.

A nivel económico y comercial, Argentina se encuentra actualmente entre los 10 países con mayores flujos de inversión hacia Armenia. En este proceso es importante señalar el papel que desempeñan actores clave de la diáspora armenia en Argentina como Eduardo Eurnekian, considerado por la revista Forbes como uno de los hombres más ricos del país, y activo miembro de la comunidad armenia.

A nivel político, pese al fortalecimiento en los últimos años de las relaciones bilaterales con Turquía, Argentina ha mostrado su apoyo a la causa armenia con el reconocimiento del genocidio por parte de la Cámara de Diputados y el Senado Federal. Además, la Ley 26.199, de 2007, declara al 24 de abril, Día del Genocidio Armenio, como “Día de acción por la tolerancia y respeto entre los pueblos”.

Por otro lado, en Brasil, las primeras familias que desembarcaron en São Paulo formaron grandes industrias vinculadas al sector textil y al comercio de calzado, pero su presencia también es importante a nivel político y cultural.

En el marco del centenario del Genocidio Armenio, la comunidad armenia del país, vinculada especialmente al Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), buscó la aprobación de una moción de reconocimiento por parte del Senado. A pesar de que, en 2015, el Senado Federal reconoció unánimemente el Genocidio Armenio, ni el Poder Ejecutivo ni el Ministerio de Relaciones Exteriores emitieron declaraciones apoyando esta medida. Como señala el historiador Heitor Loureiro, durante la década de 2000, el reconocimiento del Genocidio Armenio ha experimentado algunos retos debido a factores como la agenda de la política exterior brasileña y la profundización de la relación con Turquía, considerada como estratégica.

Más allá del activismo de la diáspora, de su lucha por la memoria y el reconocimiento del Genocidio Armenio o de la denuncia del conflicto entre Armenia y Azerbaiyán, las comunidades de origen armenia y sus numerosas contribuciones son centrales y constituyen un buen ejemplo de la diversidad que hoy caracteriza y enriquece nuestra región.

Júlia Tordeur, historiadora y politóloga. Doctoranda en Historia Social (UFRJ) y en Historia, Política y Bienes Culturales (FGV-CPDOC). Especialista en memorias colectivas y derechos humanos en América Latina (Clacso). Investigadora del Grisul.