Oficialismo y oposición, las dos caras del Gobierno argentino

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El gobierno encabezado por Alberto Fernández, de Frente de Todos, que asumió el 10 de diciembre de 2019, emergió en el marco de una estrategia política para vencer al entonces oficialismo de Juntos por el Cambio, encabezado por Mauricio Macri. Dicha estrategia, pergeñada por Cristina Fernández de Kirchner, constituyó al nuevo Gobierno, no como una coalición de gobierno, sino como una coalición de poder.

Se entiende como coalición de gobierno al acuerdo entre dos o más fuerzas políticas en torno a un programa político relativamente consensuado y que guarda aspectos considerados fundamentales por las fuerzas que componen la coalición. En cambio, una coalición de poder estriba en el acuerdo de dos o más fuerzas o espacios políticos con el único objetivo de ganar una elección.

La elección presidencial de 2019 en Argentina tuvo esas características: un acuerdo entre el kirchnerismo y sectores del peronismo territorial no kirchnerista, que se aliaron entendiendo que el espacio mayor de la coalición, el movimiento liderado por Cristina Fernández, no podía ganar la elección por sí solo. Tan es así que la líder natural del espacio se relegó a sí misma al cargo de vicepresidenta en la fórmula electoral. Si bien el triunfo fue claro, también se vislumbraban cuatro años de gobierno no tan consensuados.

La pandemia de la COVID-19, que surgió apenas se asumió el gobierno, generó otro escenario político, y la gestión de esta permitió la centralidad de la figura presidencial de Alberto Fernández. El Frente de Todos seguía siendo un frente común, pero bastó que pasaran los meses y que los Gobiernos se vieran obligados a gestionar no solo la crisis sanitaria, sino también la crisis económica por el encierro y la caída de la actividad, para que surgieran las diferencias dentro de la coalición. 

Los desencuentros se fueron sucediendo: la vuelta a la educación presencial, la continuidad de la política sanitaria, las necesidades fiscales, la relación con los distritos gobernados por la oposición o la inflación progresiva, al tiempo de la recuperación del consumo atrasado. En fin, cuestiones que agitaron la agenda gubernamental y que empezaron a hacer crujir el acuerdo electoral.

Sin embargo, el tema que condujo a la fractura actual ―poco explícita― fue la necesidad de encarar lo que en tiempos de pandemia se había podido dilatar: la negociación con el FMI para el refinanciamiento del vencimiento de la deuda, una deuda, en gran parte, contraída en el gobierno de Macri, que ni el gobierno ni la economía argentina estaban preparados para afrontar.

El acuerdo con el FMI exigía, tal como siempre ha sucedido, un ajuste fiscal importante que, en un contexto inflacionario como el que atraviesa el país y recesivo como consecuencia de la pandemia, era difícil de sostener desde una perspectiva electoral, teniendo en cuenta las elecciones presidenciales del año que viene.

El aviso fue la derrota electoral del oficialismo en las elecciones de término medio de noviembre de 2021 que le permitió a la oposición equiparar fuerzas en el Congreso.

La fisura que se había abierto antes de la firma del acuerdo con el FMI había ido dividiendo a los socios principales de la otrora coalición de poder: el kirchnerismo, por un lado, y el “albertismo”, más la mayoría de los gobernadores peronistas, la CGT ―la principal confederación de sindicatos― y las principales organizaciones sociales, por el otro. 

En la vereda de enfrente, la oposición de Juntos por el Cambio, que supo ser una coalición de gobierno entre 2015 y 2019, y que se sostiene como acuerdo programático más allá de sus distintas procedencias políticas, comenzaba a festejar en silencio. 

Pero la división dentro del Gobierno se oficializó con el tratamiento parlamentario de la ley que el presidente derivó para aprobar el acuerdo con el FMI. La aprobación parlamentaria, que no fue solicitada por el Fondo, fue probablemente enviada por el presidente para medir definitivamente fuerzas. El acuerdo se aprobó en el Congreso con los votos del “albertismo” y de la oposición, y el rechazo del kirchnerismo, el otro socio del Frente de Todos. 

Lo que ha seguido a la aprobación parlamentaria es una guerra mediática entre los exsocios, cada día más enconada, para beneplácito y cálculo electoral de la oposición. 

La política actual, sobre todo en América Latina, se compone básicamente de acuerdos entre distintas fuerzas políticas y sociales cuyo objetivo principal ―legítimo― es ganar elecciones. No obstante, la realidad está mostrando (Lenín Moreno, Jair Bolsonaro, Alberto Fernández, Pedro Castillo y quizás también AMLO), que tras el triunfo electoral hay que gobernar y sin cimientos ni acuerdos programáticos sólidos, esos triunfos electorales se transforman en victorias pírricas. 

El problema es que quienes sufren esos desacuerdos y el impacto de las peleas internas en los Gobiernos no son sus protagonistas sino las sociedades.


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Lo efímero de una promesa: el financiamiento verde

Coautor Francisco E. Castañeda

Tras la última reunión de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que tuvo lugar en Glasgow, Escocia, a fines de octubre del año pasado, uno de los puntos que más esperanza generó entre los países en desarrollo fue el compromiso de cumplir con el Acuerdo de París de 2015: otorgar fondos para el cambio climático. El financiamiento externo es un aspecto clave para garantizar la transición energética en los países en desarrollo. Por ello, los líderes del mundo desarrollado se comprometieron en Glasgow a destrabar los fondos otrora prometidos. 

Pero el entusiasmo no se quedó ahí, sino que se amplió al sector privado, de donde se prevé provendrán los mayores aportes para la transición. Mark Carney, pionero en reconocer el problema climático al presidir el Banco de Inglaterra; cofundador, con Michael Bloomberg, del Task Force on Climate-related Financial Disclosures (TCFD), y que actualmente lidera un consorcio de 450 firmas financieras (Glasgow Financial Alliance for Net Zero), destacaba el alineamiento del sector financiero para cumplir con los objetivos climáticos. Pero, sobre todo, en lo relativo a la búsqueda del objetivo de emisiones netas cero para 2050. 

En definitiva, unos y otros prometían financiamiento de fondos a largo plazo para el logro del bien común. Sin embargo, la apuesta de los mercados financieros por el cambio climático puede que dure menos de lo esperado. Recientemente, Larry Fink, CEO de BlackRock y uno de los hombres más poderosos del mundo financiero, declaró que la guerra de Ucrania estaría marcando el fin de la globalización. La irrupción de la pandemia de la COVID-19 atisbó el debate respecto al reshoring, la tendencia a la relocalización de las cadenas globales de valor, algo que ya ha estimulado el creciente poder tecnológico de China.

La invasión de Ucrania ha generado una disrupción entre los líderes occidentales, y de golpe, desapareció la cándida visión que muchos tenían sobre el régimen de Vladímir Putin. Ante la imprevisible respuesta militar, muchos decidieron imponer sanciones económicas a Rusia. No obstante, más allá de los efectos sobre el devenir del conflicto, las medidas adoptadas pueden estar marcando el fin de la globalización financiera y comercial. 

Sin embargo, las consecuencias financieras pueden ser mayores, y, sin duda, lo serán. Paradójicamente, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos puede resultar muy afectado si China decide no continuar comprando masivamente los bonos de la Reserva Federal. Pekín  también puede pensar en acelerar el proceso de internacionalización del yuan, obligando a sus socios a abandonar al dólar en sus transacciones, tal como lo exige la ahora sancionada Rusia a sus compradores de hidrocarburos.   

La invasión rusa ha obligado a la Unión Europea a repensar su estrategia energética, marcando  inequívocamente una aceleración en la transición verde. Para afrontar estos costos, se requieren masivas fuentes de nuevo financiamiento, pero esto trae iniciativas disímiles en este campo en lo que concierne a nuestra región. Para la mayoría de los países latinoamericanos el fin de la actual estructura de globalización financiera y comercial (tal como la hemos conocido hasta ahora) terminará retardando el proceso de transición. Amén de ello, la creciente inflación a escala internacional aumenta el costo financiero y desestimulará el financiamiento a largo plazo. 

La guerra no solo puede implicar una involución en la actual globalización financiera y comercial, sino que también afectará las estructuras multilaterales que han distribuido el poder desde el fin de la Guerra Fría. Un menor acceso al financiamiento externo afectará la transición energética, al tiempo que el aumento en el precio del petróleo otorga mayores incentivos a la exploración de crudo.  

Sin embargo, lo anterior no solo implica una menor disponibilidad de fondos para la transición, sino que también quedará en evidencia un reencaminamiento hacia fondos que buscan rentabilidad a corto plazo. En lugar de avanzar con la transición, un barril por encima de los 100 dólares empujará a nuevas rondas de licitación petrolera. Por otra parte, el incremento en las cuentas de consumo energético por parte de las familias obligará a los países de la región a aumentar los subsidios energéticos, pero reaccionando con mayores niveles de deuda pública y fragilizando las ya deterioradas finanzas públicas luego de la pandemia.

Como otras regiones en desarrollo, la “esperanza verde” de América Latina se asociaba a la llegada de flujos de capitales, y varios líderes volvieron de Glasgow convencidos del poder del mercado para acelerar la transición. Sin embargo, este optimismo se ha diluido ante las nuevas restricciones globales que avizoran una economía mundial más ralentizada y con mayores costos para los Gobiernos. Habrá, por tanto, menos excedentes para invertir en esta ineludible transición energética.

Francisco E. Castañeda es economista (Universidad de Chile), con un PhD en Loughborough University (UK) y MSc en la Universidad de Birmingham (UK). Sus intereses de investigación abarcan el área de macro-finanzas y política industrial. Además es miembro del Comité Científico de Economía Pública de CIRIEC-Liege University. 

La Costa Rica profunda eligió al desafiante Chaves

Finalmente, las encuestas acertaron y el exministro Rodrigo Chaves, del Partido Progreso Social Democrático, resultó elegido como nuevo presidente de Costa Rica. Chaves ha obtenido el 52,9% de los votos frente al 47,1% de José María Figueres, del Partido Liberación Nacional. Pese a las llamadas de atención acerca de los comportamientos confrontativos de Chaves, la mayoría de la población, molesta con el statu quo, ha considerado que sus modos desafiantes tienen más probabilidad de cambiar la situación del país.

El exministro ha conseguido algo más de un millón de votos y ha superado a su oponente en más de cien mil. La abstención se ha situado en un 42%, sólo un 2% más que en la primera ronda de estas elecciones. Al observar la distribución territorial, Figueres ha conseguido superar ligeramente Chaves únicamente en las provincias de San José y Cartago, mientras que éste ha ganado holgadamente en las cinco provincias restantes. Ello guarda relación con la percepción de que el candidato rupturista ha captado claramente la rebelión de la gente común contra las élites que los estudios registraban en los últimos años.

Desde luego, el resto de las fuerzas políticas podían haberse unido para conjurar contra el riesgo de la victoria del candidato confrontativo, pero su rencor hacia José María Figueres se los ha impedido. De hecho, ninguno de los partidos que han conseguido llegar al Parlamento llamaron a votar por Liberación Nacional. Ello, aunque en la última semana una cantidad apreciable de personalidades políticas de distinto signo hicieron declaraciones contra Chaves.

Todo indica que las bases electorales no les han hecho caso, como se desprende del hecho de que, en las dos provincias portuarias, Puntarenas y Limón, donde Chaves había obtenido un bajo resultado electoral en la primera ronda, ahora haya obtenido sus mejores resultados. Parece evidente que los votantes de los otros partidos se han inclinado claramente por Chaves en esta ocasión.

La victoria de Rodrigo Chaves ha provocado inmediatas reacciones de desasosiego en sectores de la clase política costarricense. Encabezando un partido de reciente creación, sin equipo de gobierno conocido y dispuesto a superar las trabas institucionales que impiden actuar para enfrentar la crisis, se percibe al nuevo presidente como encarnación de la incertidumbre.

Por su parte, el movimiento feminista no perdona las acusaciones de acoso sexual que enfrentó Chaves cuando era funcionario del Banco Mundial. La víspera de la jornada electoral, ese rechazo logró reflejarse en varios diarios importantes de Estados Unidos. Chaves responde que eso le sucedió hace 14 años, que nunca fue condenado formalmente, que ya ha sacado las lecciones pertinentes y, sobre todo, que no es justo a que lo condenen para siempre. En todo caso, es evidente que la mayoría de hombres y mujeres, a la hora de emitir su voto, han dado menos peso a ese señalamiento que a su percepción de que Chaves sí será capaz de enfrentarse al estatus quo.

Incluso hay observadores que señalan que la insistencia en este asunto ha terminado por beneficiar al candidato. La conocida periodista, Pilar Cisneros, actual diputada electa por el partido de Chaves, incluye este cuestionamiento como uno de los muchos ataques personales que ha enfrentado el economista. Por otra parte, un segmento importante de la Costa Rica profunda, formado por los sectores religiosos, parece haber expresado con su voto el resentimiento que muestra respecto de la llamada “ideología de género”.

No obstante, para muchas voces en medios culturales y políticos esta cuestión daña el prestigio internacional de Costa Rica, como país abanderado de diversas causas humanistas. Sin embargo, la Costa Rica profunda parece tener otras preocupaciones más prosaicas, además de evidenciar un hígado que se ha ido inflamando con el tiempo. Por eso han optado por el candidato que parecía entender sus molestias más claramente.

El otro asunto pendiente que enfrentará el nuevo presidente guarda relación con la investigación que sigue el Tribunal Superior de Elecciones sobre un paquete de financiación no declarada de su campaña electoral. Si al concluir esa investigación el TSE ve indicios de delito, deberá pasar el caso a la justicia ordinaria, quien iniciará un proceso que podría eventualmente inhabilitar a Chaves o a algunos de sus colaboradores. Algo poco probable pero no imposible.

Tras conocerse los resultados, en su primer discurso de agradecimiento, Rodrigo Chaves ha cambiado apreciablemente el tono de su intervención, subrayando la necesidad de atenerse a la normativa vigente y destacando la colaboración y el consenso con el resto de los actores políticos. Un tono que contrasta con el de algunos de sus seguidores en esa misma noche electoral, mucho más partidarios de una confrontación en distintos campos.

Es indudable que el nuevo presidente va a transitar por un camino tortuoso y lleno de presiones que, si se maximizan, pueden llegar a poner en riesgo la estabilidad de su gobierno. Pero, al escuchar su primer discurso, pareciera que el presidente electo es consciente de ello. Habrá que ver si es cierta su frase de cierre: ¡Costa Rica, lo mejor está por venir! Sobre todo teniendo en cuenta que buena parte del país piensa lo contrario.


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La crisis humanitaria en Europa afecta la frontera México-EEUU

La invasión de Rusia a Ucrania está tensionando las fronteras europeas, lo cual ha llevado a la implementación de ciertos cambios institucionales, sobre todo en los países de Europa del Este y Europa Occidental. En este marco, Estados Unidos también se ha solidarizado con el país invadido y ha anunciado que aceptará a cien mil refugiados ucranianos y donará miles de millones de dólares al país. Mientras tanto, sigue pendiente de concretarse la ayuda comprometida por Washington para el desarrollo de Centroamérica.

Una crisis migratoria en Europa

La crisis actual en Ucrania implica una masiva movilización de refugiados, principalmente en Europa, que de momento son cerca de 3.5 millones, según la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR). Esta nueva crisis, evidencia la necesidad de promover una mayor inclusión y el respeto de los derecho humanos de los refugiados, en un contexto donde los migrantes del mundo sufren todo tipo de abusos como la trata, la prostitución y las violaciones sexuales.

Esto ha llevado a que el Consejo de la Unión Europea decidiera activar por primera vez la directiva 2001/55/CE, por la cual los ucranianos podrán vivir, trabajar y estudiar legalmente durante un año en la UE, prorrogable a tres años, sin tener que pedir protección internacional. Esto refleja un cambio en la situación jurídica y otra manera de gestionar el enorme flujo de refugiados, que se estima llegue a los cerca de 6.5 millones. Esta Directiva fue aprobada en el año 2001 y en sus 21 años de existencia nunca había sido activada. 

Esta es una política necesaria en un marco donde las fronteras de Polonia, Eslovaquia y Rumania con Ucrania se han convertido en regiones con una dinámica humanitaria, social, sanitaria y cultural de gran intensidad. Polonia ha recibido más de la mitad de los refugiados procedentes de Ucrania, alrededor de 2,17 millones, lo que refleja un gran sentido humanitario y de apoyo a poblaciones vulnerables.

¿Cuáles son las lecciones para la gestión de la frontera México-EE.UU.?

Tras el inicio del conflicto armado en Ucrania, el 3 de marzo el gobierno de EE.UU. otorgó el Estatus de Protección Temporal (TPS) a los ciudadanos de Ucrania que ya se encontraban en el país. El gobierno estadounidense ha anunciado que además acogerá a un máximo de 100.000 refugiados ucranianos y de otras nacionalidades que hayan huido de Ucrania tras la invasión rusa y la prioridad es acoger a aquellos migrantes con familiares en Estados Unidos. 

Para ello, se incluirá un programa de admisión de refugiados, los permisos humanitarios y los visados de inmigrante y no inmigrante. Además, según un vocero del gobierno, la Casa Blanca no tendrá que pedir al Congreso que amplíe el actual tope anual de refugiados, que actualmente es de 125.000 personas.

Previo a la guerra, los migrantes de Ucrania y Rusia arribaban a EE.UU. por México ya que este país no requiere visa a dichos ciudadanos, si no sólo una autorización electrónica de viaje la cual se tramita por internet y les permite una estancia como turista por 180 días. Por ello, en 2020, antes del inicio de la crisis, llegaron a México con el objetivo de seguir a EE.UU. más de 12.000 ucranianos, en 2021 fueron más de 28.000 y en enero de este año, a semanas del inicio de la guerra, ya podia observarse un considerable aumento con la llegada de seis mil ciudadanos de Ucrania. 

Es probable que en los próximos meses la llegada de migrantes ucranianos se vaya incrementando. Sin embargo, estas cifras seguirán representando un proporción menor de los migrantes que escapan de sus países como pueden para intentar llegar a EE.UU por la frontera sur.

Por ello, ante los anuncios del gobierno de Biden, el presidente López Obrador ha criticado que se esté priorizando la llegada de ucranianos y que se esté relegando a los migrantes centroamericanos y al Plan de Desarrollo para Centroamérica, en un contexto donde la migracion continental ha generado una crisis humanitaria. Solo en el año fiscal 2020-2021, EE.UU. detuvo a cerca de un millón setecientos mil migrantes de los cuales casi el 40 % eran mexicanos y un 35% centroamericanos.

La invasión rusa de Ucrania ha determinado que el gobierno estadounidense priorice la crisis humanitaria en el este de Europa por sobre la migración proveniente del sur del continente.  Sin embargo, esta debería ser una oportunidad para que sus autoridades promuevan una política inclusiva, humanitaria y laboral hacia poblaciones migrantes de otros países, en especial del Triángulo Norte. 


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La oposición peruana fracasa en su intento por derrocar al presidente

El presidente Pedro Castillo se libró de ser destituido por el Congreso de la República del Perú por medio del sistema de rendición de cuentas interinstitucional que incorpora mecanismos de control político del sistema parlamentarista. La diferencia con el Presidencialismo es que este sistema se ejecuta por la vía del impeachment, algo que se asemeja a un proceso judicial donde los ritos y procedimientos son semejantes y además se circunscriben a delitos claramente tipificados y del cual se presume el presidente cometió durante su gestión.

En Perú, el proceso de destitución es sumario tiene más un componente político que judicial, donde los adversarios -según las reglas- necesitan alcanzar 87 de 130 votos y fundamentar su iniciativa de acuerdo a una de las figuras establecidas en la Constitución como la “incapacidad moral”. Esta es una figura jurídica subjetiva, y por cierto ambigua, que se ha convertido en un elemento secundario en los actuales pedidos de vacancia, dado que la “incapacidad moral” puede estirarse conceptualmente a interés de quien la promueva.

En esta coyuntura, la oposición apenas alcanzó 55 de los 87 votos necesarios, placar bastante previsible, lo que constituye una derrota para la oposición de centro-derecha arrastrada por la cotidiana radicalización de una minoritaria extrema derecha. En todo caso, la inestabilidad deliberadamente agitada por una minoría opositora ha llevado a que el gobierno haya tenido que nombrar cuatro gabinetes ministeriales en seis meses, así como sufrir la censura del congreso a dos ministros -uno recientemente- como también la renuncia voluntaria de otros.

¿Qué significa esta derrota?

El continuo deterioro de la democracia. El diseño institucional de las relaciones Ejecutivo-Legislativo inducen a una serie de dinámicas semejantes al dilema del prisionero, dilema propio de la teoría de los juegos que establece que en una situación hipotética, cada jugador (prisionero) hará, de forma independiente y sin importarle la decisión del otro, lo necesario para aumentar su ventaja o beneficio.

En teoría la mejor solución sería cooperar, sin embargo, la desconfianza entre los jugadores lleva generalmente a la traición. Como menciona el experto Guillermo O´Donnell en su celebre artículo sobre la “Democracia Delegativa”, el dilema del prisionero sería exactamente lo opuesto a las condiciones que promueven las instituciones democráticas sólidas.

Desde el punto de vista de la coyuntura, el gobierno viene mejor articulando y ha demostrado una clara habilidad para crear una coalición de parlamentarios independientes que van más allá de la bancada que lo llevó a la Presidencia. Parece que Castillo y sus aliados han aprendido cuál es la fórmula para evitar la caída del gobierno. Y el ala más radical del partido se ha moderado y han entendido que el poder es disperso y se distribuye de forma heterogénea en distintas fuerzas, con perfiles, discursos e intereses diferentes y que para obtener alguna ventaja, una condición es la de mantener a su socio como presidente.

Los parlamentarios independientes que apoyan al gobierno han hecho sus cálculos políticos. Es mejor un gobierno débil del que puedan servirse que vacar al presidente lo cual podría poner fin tempranamente a sus carreras políticas, dado que no existe la re-elección inmediata.

Los aliados del presidente son consientes de los límites de una agenda que enfatice los cambios radicales. Y Castillo, más allá de haber abandonado su discurso radical también ha entendido que es necesaria la prudencia y moderación. Esta moderación, de alguna forma ha contribuido a atenuar cierta resistencias, dado que no se ha producido una “venezuelización” de la economía, ni se está erigiendo un régimen “comunista” de acuerdo con los delirios insistentes de sus opositores ultraderechistas.

La derrota de la oposición es una nueva señal hacia los sectores políticos conservadores de derecha y, sobre todo, a aquellos con cierta inclinación autoritaria que se oponen a cualquier expansión de la ciudadanía y la ampliación de derechos. Lo curioso es que las fuerzas extremas coinciden pero por motivos diferentes. Para el oficialista Perú Libre, el movimiento popular son un medio a ser instrumentalizado y no un fin en sí, mientras que para la extrema derecha, son quienes ponen en riesgo sus arraigados privilegios.

Si bien la democracia peruana seguirá sufriendo tensiones, existe un amplio rechazo a cualquier movimiento autoritario o de ruptura del orden constitucional, y también se instala la indignación acumulada en un movimiento que demanda el ¨que se vayan todos¨ dada la inoperancia del gobierno. Aún así, con Pedro Castillo en el poder, continúa abierta la puerta para la promoción de potenciales cambios, como también veremos en el otro extremo tentativas de frenar cualquier proceso de emancipación. En todo caso, las elites económicas que hoy se encuentran lejos del poder les queda, o sacrificar la democracia, o convertirse en una alternativa electoral. Pero para ello, deberán esperar cuatro años.


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Chile, transitando hacia un Estado plurinacional

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Esta semana la Convención Constitucional solicitó formalmente una prórroga para poder trabajar durante tres meses más en el borrador del texto constitucional. Esto no sorprendió a nadie; ya desde los planes iniciales de trabajo dicha petición entraba en cualquier cálculo. Lo que sí fue más sorprendente esta semana fue que el pleno de la Convención aprobó por 115 votos a favor, es decir, el 75%, y 34 en contra, es decir, el 25%, que “Chile es un Estado Plurinacional e Intercultural que reconoce la coexistencia de diversas naciones y pueblos en el marco de la unidad del Estado” (extracto del artículo 4 sobre el sistema político, Gobierno, Poder Legislativo y sistema electoral).

Además, en la misma sesión se aprobó que “los pueblos y naciones indígenas preexistentes y sus miembros, en virtud de su libre determinación, tienen derecho al pleno ejercicio de sus derechos colectivos e individuales” (extracto del artículo 5 sobre el sistema político, Gobierno, Poder Legislativo y sistema electoral).

Dicho reconocimiento no es baladí. Viene a dar cuenta de décadas de lucha de parte de organizaciones indígenas que desde distintos ámbitos han bregado por visibilizar la situación de desprotección y subordinación en la que se encuentran. Este reconocimiento formal de la plurinacionalidad del Estado vendría a ser un golpe directo a aquel colonialismo interno que tan claramente graficó Pablo González Casanova hace unas décadas para describir la situación de los pueblos indígenas del continente. 

Ya desde su conformación, la Convención Constitucional representó un cambio cualitativo en cuanto a la forma de representación política del país, instituyendo que debía ser paritaria, es decir, que debía tener la misma cantidad de hombres y mujeres, y que debían existir escaños reservados para pueblos indígenas.

Independientemente de lo tardía de la ratificación de los curules reservados o que estos no representan necesariamente el porcentaje de la población indígena censada en el país, lo cierto es que 17 representantes indígenas de todos los pueblos fueron electos para representar de forma directa a su población, siendo incluso una de ellas la representante mapuche Elisa Loncon, electa presidenta de la Convención Constitucional. 

Dicha situación es diametralmente opuesta a toda la historia republicana de Chile, donde, solo en contadas ocasiones, representantes de los pueblos indígenas pudieron llegar a puestos tanto designados como electos de relevancia, pues siempre fueron relegados a un papel secundario, por lo que ello fue una clara muestra de una relación asimétrica en la que la inclusión de sus demandas, necesidades o cosmovisiones no forman parte del Estado-nación chileno.

Aún queda camino por recorrer y el proceso constitucional no ha finalizado. La plurinacionalidad, luego de ser aprobada en comisión, pasó al pleno y se aprobó. Ello le permite a este articulado pasar a ser parte integral del borrador que será presentado ante el país para su aprobación en lo que se conoce como el plebiscito de salida, que debe hacerse aproximadamente 60 días después de haberse acabado el texto final.  

El consenso en la Constituyente con respecto a este nuevo paradigma fue bastante amplio y logró superar con claridad los dos tercios exigidos como mínimo para que el pleno apruebe cualquier artículo. Sin embargo, las críticas desde las fuerzas conservadoras ―tanto dentro como fuera de la Convención― no han disminuido. Con argumentaciones muchas veces plagadas de falsedades, pretenden influir, ya no para eliminar este tipo de artículos del borrador, sino para  que se rechace el texto en el plebiscito de salida. 

De forma sencilla, el derrotero de las estrategias de la derecha conservadora se ha caracterizado por, entre otras cosas, negarse a la conformación de la Convención (votar en contra en el plebiscito que dio pie al proceso); defender a rajatabla el quorum de 2/3 porque había sido aprobado en la elección; llevar a cabo un trabajo disruptivo de sus convencionales electos; usar la falacia como táctica política; plantear mediáticamente que la Convención está hegemonizada por la izquierda, pero sin dejar lugar al disentimiento; asegurar que el quorum de 2/3 es demasiado bajo; plantear la posibilidad de agregar una nueva alternativa en el plebiscito de salida, alterando, con ello, lo acordado y aprobado electoralmente.

Cuando se busca criticar la plurinacionalidad se suele hacer con argumentos que se basan en falacias, ignorancia o en ambas. La participación de representantes indígenas y la aprobación de distintos articulados que consagran sus derechos colectivos como pueblo han llevado a plantear que se estaría escribiendo un texto constitucional para parte de una minoría o que esta nueva carta magna será una de tipo indigenista, más allá de la ignorancia supina que implica utilizar como argumento un concepto que remite a aquella corriente presente en la América Latina del siglo XX, donde los Estados se hacían cargo de los indígenas pero sin ellos. 

Lo cierto es que el reconocimiento de plurinacionalidad del Estado de Chile va precisamente en la dirección contraria. Este deja de lado los paternalismos y la relación colonial que ha establecido el Estado de Chile con los pueblos indígenas, y elabora, en conjunto, una nueva Constitución que se haga cargo de lo anterior. Se trata de una Constitución en la que el Estado no hace un favor al reconocer a las instituciones o pueblos indígenas, sino que estas hacen parte integral de él, por lo que las diferentes instituciones del país se deben adaptar a este nuevo paradigma.

Otra de las recurrentes acusaciones que se han hecho como parte del debate convencional con respecto a la plurinacionalidad y la autonomía de los pueblos indígenas es que lo que se pretende es dividir al país, crear un Estado paralelo o directamente la secesión. Sin embargo, este nuevo Estado pretende ser una contrapartida al Estado-nación decimonónico chileno, construcción teórica y empírica en la que únicamente se imagina la posibilidad de un Estado y una nación, siendo, en este caso, los pueblos indígenas una serie de naciones cuyas culturas, idiomas, cosmovisiones, historias y subjetividades están dominadas e invisibilizadas o, en el mejor de los casos, folklorizadas. 

En otras palabras, lo que se pretende es una comunidad imaginada, donde todos estén presentes con sus diferencias y autonomía pero tal como señaló la convencional Rosa Catrileo durante el debate en la Convención: “Dentro de los márgenes del Estado”. 

Por otro lado, a estas alturas resulta innegable que la revuelta social de 2019 remeció los cimientos de la anquilosada política chilena. Pese a errores propios y estertores conservadores, el trabajo de la Convención Constitucional sigue en un sentido similar, agenciando en el borrador del texto constitucional ciertos cambios sustantivos como la paridad y perspectiva de género, la protección del medio ambiente y, por cierto, la plurinacionalidad. 

Esto último, probablemente no sea una solución mágica a todos los problemas o conflictos entre el Estado y los pueblos indígenas. Empero, puede representar un inicio para solventar la endémica prosopagnosia del país, donde solíamos mirarnos al espejo y reconocer ascendencia europea, mientras, consciente o inconscientemente, olvidábamos nuestra raíz indígena. 

Queda por verse cómo se materializará la plurinacionalidad, toda vez que la libre determinación y lo que señalan ambos artículos debe concretarse, y ello encontrará resistencia dentro del mismo Estado uninacional y unicultural que ha dominado por dos siglos.


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El impacto económico para América Latina del conflicto en Ucrania

El conflicto en el este de Europa ha causado consecuencias directas en el dinamismo de la economía global, e indirectas en las economías latinoamericanas. Dependiendo de la magnitud e intensidad del conflicto en el futuro cercano, es posible proponer escenarios prospectivos y sus desdoblamientos. De momento, ya se prevé un impacto negativo de un punto porcentual en el producto mundial, según proyecciones de organismos internacionales. 

Antes del inicio de las hostilidades, la economía mundial adolecía de las consecuencias de la pandemia de la COVID-19, debido a la interrupción de numerosas actividades productivas. Esto, a pesar de los sucesivos paquetes de estímulos económicos impulsados por casi todos los países del mundo. 

Dichos estímulos fueron necesarios tanto para mantener alguna protección social y sanitaria como para reactivar los aparatos productivos de muchos países. Sin embargo, dichos paquetes económicos, que llegaron a los 9,0 trillones de dólares (11% del producto mundial), también acabaron generando presiones inflacionarias significativas.

A partir de la invasión rusa a Ucrania y de la inmediata imposición de sanciones económicas de parte de algunas potencias occidentales al Gobierno de Moscú y a su entorno de simpatizantes y colaboradores ―incluyendo al régimen de Minsk―, se constató una aceleración de las presiones inflacionarias preexistentes. 

El aumento de los precios fue bastante claro en el caso de bienes exportados por Rusia, Ucrania y Bielorrusia al mercado internacional, particularmente en el ramo de la energía (petróleo, gas natural, carbón), alimentos (maíz, trigo), insumos (fertilizantes) o minerales estratégicos (neón, paladio, aluminio, titanio). 

En el campo logístico, además del ataque a la infraestructura de Ucrania (puertos, carreteras, puentes, centrales nucleares, fábricas, zonas residenciales), hubo un notorio incremento en los precios de los fletes y seguros de cargueros en el mar Negro, así como también crecientes obstáculos en el transporte terrestre y aéreo entre Europa central y oriental. 

Se calcula que, en el primer mes de las operaciones militares, los costos económicos para Ucrania han sido superiores a cien mil millones de dólares. Muchos recursos han sido también asignados por el Gobierno de Moscú para financiar su esfuerzo bélico. En este sentido, y sin olvidarse del sufrimiento humano, vale preguntarse: ¿quién pagará por esa destrucción masiva de la economía de Ucrania (reparaciones de guerra)? 

Desde la perspectiva de los estudios en seguridad económica internacional, se sabe que las sanciones impuestas por ciertos Gobiernos occidentales contra la economía rusa han comenzado a generar consecuencias como la pronunciada depreciación del rublo, la desconexión de redes digitales y del sistema de intermediación financiera, o la elevación de las tasas de interés básica en aquel país. Se supone que estas serán cada vez más incisivas y costosas para el Gobierno de Moscú. 

Sea como fuere, el Gobierno ruso, aunque ha reconocido algunas implicaciones de la “guerra económica” de potencias hostiles, mantiene las operaciones militares contra su vecino. Al mismo tiempo, el Gobierno de Kiev ha recibido ayuda humanitaria, económica y militar de parte de numerosos países, con el propósito de mantener a flote su aparato productivo y esfuerzo bélico. Todo ello genera implicaciones locales, bilaterales y globales a medio y largo plazo.

¿Y en los países latinoamericanos?

El conflicto en el este de Europa abre oportunidades, incentivos, riesgos y amenazas. De partida, por la distancia geográfica, la guerra no ha causado consecuencias vitales en América Latina. Sin embargo, la situación podría cambiar considerablemente en el caso de una escalada de las tensiones y operaciones bélicas dentro y fuera de Ucrania, incluso con el uso de armamento no convencional o la eventual incorporación de otros actores estatales y no estatales de seguridad.

En términos operativos y pragmáticos, la retracción de las exportaciones ucranianas, rusas y bielorrusas de ciertas materias primas y bienes industrializados podría hasta crear oportunidades y demandas adicionales a empresas exportadoras latinoamericanas, principalmente en el caso de las denominadas economías emergentes (Brasil, México, Argentina, Colombia, Chile y Perú). 

Por otro lado, una recomposición de la alicaída industria petrolera venezolana podría ser considerada, especialmente si es acompañada de una gradual suspensión de las sanciones estadounidenses y europeas, y de un esfuerzo de reconciliación y redemocratización del país. 

Por lo tanto, las exportaciones latinoamericanas podrían substituir una parte significativa de la producción de los países beligerantes, principalmente en el mercado de Estados Unidos, la Unión Europea y ciertos países africanos y asiáticos.  

Sin embargo, las oportunidades comerciales deberán ser confrontadas con el acelerado proceso de inflación global, de turbulencia, de incertezas y de encarecimiento de las importaciones. Vale reiterar que, dentro de lo que es la recuperación económica pospandemia, el conflicto militar puede retardar aún más la reanudación del crecimiento y de la transformación productiva con equidad entre los países latinoamericanos. Asimismo, algunos analistas ponderan acerca de las implicaciones de una posible desglobalización, del resurgimiento de presiones proteccionistas y del neopopulismo.

A pesar de las visitas de Alberto Fernández (centro-izquierda) y de Jair Bolsonaro (derecha populista) a Vladímir Putin poco antes del inicio de la guerra, lo más probable es que el conjunto de los países de la región procure la diversificación de socios externos. Además, muchos buscarán construir algún tipo de equilibrio y equidistancia en el contexto de la competencia entre potencias mundiales que se avecina, incluso en lo tocante a la gobernanza económica global. Ello incluye un esfuerzo para evitar la internalización o importación de conflictos extrarregionales a la ya delicada coyuntura pospandemia de COVID-19. He aquí los trazos de un “nuevo nuevo normal”.

La evolución reciente de las negociaciones para encontrar una salida pacífica sugiere algunos avances parciales y hasta autorizan la manifestación de un cauto optimismo. Naturalmente, casi toda la comunidad internacional y nuestra región respalda una salida negociada al conflicto. Ello se vio reflejado en la votación de la mayoría de los países latinoamericanos en dos resoluciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas para exigir el fin de las hostilidades. 

Este posicionamiento se fundamenta en la identidad internacional, en la experiencia histórica de la región ―objeto de numerosas embestidas comparables desde EE. UU. y países europeos que en su momento fueron catalogadas como imperialistas―, en la cultura diplomática predominante, contraria a las guerras expansionistas y al uso de la fuerza en la política internacional, y en la madurez y la calidad democrática de muchas de nuestras sociedades. Dicho esto, parece pertinente insistir en la necesidad de construir un orden internacional de pueblos libres.


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Costa Rica se enfrenta a sí misma

A días de la elección de este domingo 3 de abril, cuando los costarricenses acudan a las urnas para elegir al próximo presidente, el escenario de la campaña presenta algunos cambios. Las encuestas siguen dando como vencedor al exministro Rodrigo Chaves frente al expresidente José María Figueres, pero la distancia se ha acortado apreciablemente. El sondeo de la Universidad de Costa Rica, que a principios de marzo otorgaba a Chaves una ventaja de 11 puntos, en su último sondeo lo ubica a solo 4 puntos por delante. 

No obstante, los sondeos de otras encuestadoras (Opol, Idespo, Enfoques) siguen dando a Chaves la cómoda ventaja inicial. Lo que sí ha aumentado es el porcentaje de electores que rechazan a ambos candidatos y de indecisos que ascienden del 15% al 18%. Incluso, han surgido grupos que llaman abiertamente a la abstención o al voto nulo.

El curso de la campaña muestra cada vez con más nitidez la diferencia entre las marejadas de superficie y los movimientos gruesos del mar de fondo. En la última semana, diferentes sucesos han afectado la imagen de ambos candidatos, los cuales han sido utilizados por ambas partes para llenar de invectivas personales y poco edificantes la contienda electoral. 

La campaña de Figueres ha cometido errores gruesos como el viaje del candidato a República Dominicana, que fue pagado por un conocido empresario, o la emisión de un impresentable video que mostraba a varios jóvenes saltando al vacío desde la terraza de un edificio, para escenificar que votar a Chaves representa un salto al vacío.

De parte del candidato Rodrigo Chaves, que no logra desprenderse del recuerdo de la acusación de acoso cuando trabajaba en el Banco Mundial, el problema más grave es el procesamiento que lleva adelante el Tribunal Supremo de Elecciones acerca de un financiamiento ilegal de su campaña. Esto se habría realizado mediante un fideicomiso creado antes de presentar oficialmente su candidatura pero que supuestamente continuó operando después. Es una interrogante saber si el Tribunal emitirá sentencia antes de las elecciones y las consecuencias que tendría para Chaves si este o miembros de su equipo son encontrados culpables. 

Bajo estos movimientos de superficie, los cuales pueden resultar decisivos, el mar de fondo que agita al país centroamericano presenta menos novedades. Antes del inicio de la primera vuelta, cerca del 80% del electorado rechazaba el statu quo económico y político. Sin haber salido del todo de la depresión productiva por la pandemia de la COVID-19, una serie de casos de corrupción y la percepción de que las élites políticas no han sabido o querido cambiar las cosas, provocaron una extendida molestia social. Esta situación, agravada por los bajos niveles de confianza mutua, impidió que se llegara a consensos básicos sobre el desarrollo nacional. 

Ante este panorama, buena parte de la población ha buscado soluciones fuera del statu quo y, por ese camino, encontró a Rodrigo Chaves. Este candidato no solo procedía de fuera de la clase política, sino que además proponía una forma de actuar que rompía con las trabas institucionales que impidieran actuar para superar la crisis.

El enorme apoyo que concitó esta propuesta guarda relación con el nudo gordiano que el país no ha conseguido superar. Se ha dicho que Costa Rica se ha enfermado gravemente de su propio éxito. El país estaría padeciendo las consecuencias del desarrollo exitoso logrado en décadas anteriores, que compactó instituciones y grupos sociales que hoy son verdaderos obstáculos en el siglo XXI, algo que se refleja particularmente en el propio Estado. 

La configuración de un Estado fuerte, de aspiración social y que cubre su pequeño territorio, parece haber extendido la administración pública a un ritmo mayor que el aumento de su eficiencia. Ello se aprecia en la formación de sectores corporativos en su interior, los cuales frenan cualquier intento de modificación que pueda dotar de mayor flexibilidad al aparato público para adaptarse a las nuevas exigencias. Como resultado, el Estado ha comenzado a funcionar para sí mismo sobre la base de sus propios intereses funcionariales, más que para satisfacer los intereses de la sociedad. 

Así, cuando Chaves señala a los monopolios internos, a las entidades ineficientes o a las pensiones de lujo que cobran determinados funcionarios, está aludiendo a problemas reales que proceden de esa enfermedad y son reconocidos por gran parte de la ciudadanía.

Desde el campo contrario, se señala que el hiperpresidencialismo que propone Chaves pone en riesgo la institucionalidad del país. Y la acusación parece bien fundada. El problema es que ese riesgo interesa menos a una mayoría ciudadana que lo que exige es atacar de una vez los problemas de fondo. Esta mayoría, según los sondeos, percibe que la candidatura de Figueres está formada por el propio statu quo, apoyada también por un sector de la población que añora la Costa Rica exitosa del pasado.

Por otra parte, los temores que genera Chaves todavía no parecen suficientes para superar la división que muestran las otras fuerzas políticas, movidas por un rechazo vengativo hacia el candidato José María Figueres. Según el estudio de la UCR, una proporción elevada de socialcristianos y de votantes del PAC, actual partido del Gobierno, estarían más dispuestos a votar por Chaves que por Figueres. Todo indica que el resultado del domingo dependerá en buena medida de la persistencia de este rechazo rencoroso, en medio de la rebelión de la gente común contra las élites tradicionales.

Pareciera que en estas elecciones Costa Rica se enfrenta a sí misma. Algo que hace prever un mandato complejo, sea cual sea el candidato que se haga con la silla presidencial el próximo domingo.


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Gustavo Petro, ante una oportunidad histórica

Colombia ha sido uno de los países con mayor tradición conservadora de todo el continente. Desde la conformación de mayorías monocolor, tanto del Partido Conservador (1886-1930) como del Partido Liberal (1930-1945), la endeble democracia colombiana se ha erigido desde un bipartidismo que, de facto, y también de iure, especialmente desde la configuración del Frente Nacional (1958), ha cercenado cualquier expresión política proveniente de la izquierda.

La concurrencia electoral de partidos progresistas  comenzó, stricto sensu, en 1972, con unas elecciones legislativas en las que diferentes expresiones como el Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (MOIR), el Frente Popular Colombiano o el Partido Comunista Colombiano ―creado en 1930― consiguieron casi 800.000 votos. Sin embargo, los sucesivos comicios fueron dejando diferentes intentos de adhesión, con su posterior ruptura, que hicieron que la izquierda transitara sin ninguna relevancia política.

Hubo que esperar hasta el comienzo de los noventa, y en concreto, a la aprobación de la Constitución de 1991, para que la izquierda tuviera algún tipo de protagonismo, pues  en muchas ocasiones, debido al conflicto armado, esta quedó reducida a la connotación insurreccional que abanderaban las guerrillas. Así, la ADM-19, heredera de la recién desmovilizada guerrilla del M-19, obtuvo en los comicios de 1990 una decorosa tercera posición, con algo más de un 10% de los votos en favor de su candidato, Antonio Navarro Wolff. 

Desde entonces, las expectativas de un giro progresista, espoleadas por la desmovilización de varios grupos guerrilleros o el cambio que supuso el avanzado orden constitucional de 1991, se dio de bruces con la realidad. La superación de la extemporánea Constitución de 1886, a la vez que reconocía inconmensurables posibilidades para la transformación y modernización de un precario Estado social como el colombiano, consolidaba un modelo neoliberal, aperturista y desregulador como pocos en el continente. Tanto, que pocas cosas hicieron más daño a la recién nacida Constitución de 1991 que el “Consenso de Washington” de 1989.

La violencia  por el conflicto también hizo de las suyas para socavar las posibilidades de cualquier atisbo de progresismo en Colombia. Primero, en los ochenta, agitando un genocidio político a la militancia y dirigencia del partido Unión Patriótica. Una formación surgida en 1985 tras los Acuerdos de La Uribe con las FARC-EP, y que debía posibilitar un tránsito hacia la vida democrática de parte de la izquierda que aspiraba al sueño de la revolución social. 

El paramilitarismo, en connivencia con agentes del Estado y miembros de la Fuerza Pública, perpetraron una violencia política dirigida y sistematizada que se tradujo en miles de muertes, incluyendo la de candidatos presidenciales como Jaime Pardo Leal o Bernardo Jaramillo, y a la que se sumarían otros como Carlos Pizarro Leongómez (comandante del M-19 y primer máximo dirigente de su partido político). 

Aparte de lo anterior, desde 1993 ―bajo las siglas Autodefensas Unidas de Córdoba y Urabá (ACCU)― y desde 1997 como Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), el paramilitarismo alcanzaba sus mayores niveles de violencia contra la sociedad. Activistas sociales, líderes comunitarios y sindicalistas fueron objeto de una violencia desmedida, traducida en cientos de masacres y varios miles de muertos. 

Cualquiera de los anteriores era sinónimo de simpatizante de la guerrilla y, por ende, para el paramilitarismo, simplemente debían ser eliminados. De igual manera, las FARC-EP o el ELN, con sus crímenes y acciones contra la ciudadanía, y su intromisión en el narcotráfico durante los años noventa terminaron por desnaturalizarse, perdiendo cualquier atisbo de simpatía por los sectores más vulnerables de un país que, por si fuera poco, encontraba en las guerrillas un problema adicional, nada baladí, a una vida de carestía y falta de oportunidades.

A este panorama se sumaba un sistema político profundamente corrupto y al servicio de unas élites tradicionales que han tendido a patrimonializar el Estado y tejer todo tipo de relaciones clientelares, en donde la izquierda democrática no podía sino tener serias dificultades para concurrir a las elecciones con unas mínimas posibilidades de éxito. Igual sucedía con otros factores adicionales como la proximidad al código geopolítico estadounidense, la militarización del espacio público producida por las políticas de mano dura en materia de seguridad ―como sucedió con las presidencias de Álvaro Uribe (2002-2010)― y una cultura política fuertemente parroquial y desafecta, sobre todo, en el entorno rural.

Mientras todo esto se ha ido yuxtaponiendo a lo largo de las décadas, la izquierda democrática ha estado imbuida en disputas internas y alianzas coyunturales después desdibujadas por personalismos y desavenencias ideológicas. Asimismo, la movilización social ha tendido a funcionar más bien a golpe de estallido de rabia, y en muchas ocasiones, carente de toda brújula, pues por muchas décadas, y por desgracia para la izquierda democrática, la guerrilla se atribuyó el papel de único interlocutor capaz para enarbolar la bandera de la transformación social a través de su confrontación con el Estado.

Empero, los mismos factores que por mucho tiempo han dificultado la concurrencia electoral de la izquierda, ahora mismo soplan a favor del cambio político. La firma del Acuerdo de Paz ha liberado un espacio para la izquierda al difuminarse los ejes guerra/paz que por tanto tiempo dominaron la concurrencia electoral colombiana. Esta difuminación ―lo que no supone que la violencia armada no siga siendo un problema que resolver― permite visibilizar, problematizar y politizar aspectos, problemas y cuestiones de orden social (vivienda, educación, salud, empleo) que dotan de un nuevo significado a la propuesta programática de la izquierda. 

Aparte, aunque lejos todavía de una relativa capacidad de estructuración, las movilizaciones sociales de 2019 y 2021 contra el gobierno de Iván Duque también muestran un cambio de repertorio en los mecanismos de protesta y reclamo político de los que se sirve la ciudadanía. Se trata de un reclamo que, cada vez menos, se acepta desde la idea preconcebida de parte de las élites del país en concebir la democracia como algo carente de conflicto y como estricta concesión de derechos. El conflicto social, la capacidad de la democracia como institucionalización de dicho conflicto, y entender los derechos como conquista son una parte novedosa que la ciudadanía colombiana debe descubrir. 

No se puede obviar, finalmente, que el modelo neoliberal dominante sobre un orden constitucional que ofrece muchas posibilidades encuentre en lo anterior un escenario idóneo para arrojar y dar a luz a multitud de contradicciones y tensiones todavía por resolver. De este modo, la izquierda ha encontrado en Gustavo Petro, antiguo miembro del M-19, además de reconocido senador y exalcalde de Bogotá, el tipo de líder que necesitaba. 

Se trata de un candidato que ha conseguido aglutinar a casi la totalidad de movimientos, plataformas y formaciones de izquierda. Ya en 2018 obtuvo el mejor resultado de la historia por parte de la izquierda democrática en Colombia, llevando la disputa electoral sobre los ejes izquierda/derecha. Ahora, cuatro años después, y encabezando el Pacto Histórico Nacional, ha sido la fuerza más votada en el Senado y la segunda más votada en la Cámara de Representantes. Además, la consulta interna que debía espolear a Petro como candidato de la formación, y en la que ha irrumpido el nombre de su vicepresidenta, Francia Márquez ―mujer negra, abogada, activista y víctima de la violencia― se han acompañado de altísimos niveles de participación que permiten afirmar que tanto uno como otra se encuentran ante la oportunidad histórica de llevar a Colombia al primer gobierno de izquierdas de su historia. Ojalá nada lo impida.


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Crimen organizado, extractivismo y ausencia de Estado de derecho en Guatemala

Guatemala es un país en el que el débil Estado ha sido capturado desde hace décadas por una alianza entre el empresariado y el crimen organizado, por una parte, y la clase política configurada tanto por diputados como por miembros del Ejecutivo, por otra, en una clara interconexión. Esta situación se ha exacerbado durante la pandemia de la COVID-19 al decretarse estados de sitio en zonas ocupadas por empresas mineras para perseguir líderes comunitarios y en áreas de conflictividad social. 

En este sentido, pueden citarse varias situaciones acerca de la persecución del gobierno del presidente Alejandro Giammattei a actores de la rama judicial que tienen como misión algunas labores relacionadas con actos de corrupción o de protección de violaciones de derechos humanos, así como sobre la consolidación de la impunidad con la que el Gobierno arropa los desmanes medioambientales de los que son beneficiarios empresas mineras transnacionales en connivencia con la élite nacional. 

En el primer ámbito, el desmantelamiento de oficiales del Poder Judicial incómodos y que han mantenido una actitud independiente ha sido una nota dominante en los últimos tiempos. Así, Juan Francisco Sandoval Alfaro, exfiscal de la Fiscalía Especial contra la Impunidad, que ya estaba siendo perseguido por el aparato estatal desde el gobierno del presidente anterior, Jimmy Morales, al destapar el caso de la Alfombra ―que llevaron empresarios mineros rusos a la casa presidencial y en la que había fajos de billetes de miles de dólares―, activó el detonante para su partida al exilio, primero a El Salvador y luego a Estados Unidos. 

En la misma dirección, el 9 de marzo la magistrada Erika Aifán siguió la misma ruta que Sandoval Alfaro, integrando, así, una lista de 15 operadores de justicia que han dejado recientemente el país. Aifán abandonaba una carrera judicial de casi veinte años en la que había abordado casos por corrupción, lavado de dinero o narcotráfico a decenas de los empresarios, políticos o capos criminales más poderosos de su país hasta llegar al propio presidente Giammattei. 

Como último jalón, hasta el momento, de este sombrío escenario y en una dirección similar, el Tribunal Supremo de Justicia suspendió el 22 de marzo al juez anticorrupción Pablo Xitumul, conocido por su combate contra la corrupción y el manejo de casos en los que se encontraban involucrados altos cargos de las Fuerzas Armadas.

En el segundo ámbito, en octubre de 2021, fuerzas policiales y del Ejército entraron en un par de comunidades de El Estor, un pueblo cerca de la costa caribeña, usando como escudo legal el decreto de estado de sitio establecido para ese municipio en el contexto de la pandemia. 

Entonces, una familia de activistas comunitarios en defensa del medio ambiente, perseguidos por el Estado y por la minera, fue retenida por las fuerzas policiales que secuestraron computadoras y material resguardado en una radio católica/comunitaria. 

Como muchas otras, se trató de personas sumamente expuestas y sin ningún tipo de apoyo o protección por su lucha contra la empresa suizo-rusa Solway, propietaria de una mina de níquel a cielo abierto. Santa Catarina Ixtahuacán y Nahualá, ubicados en el occidente del país, son también áreas conflictivas que además están tomadas por el crimen organizado.

Este escenario, que en definitiva tuvo sus prolegómenos más recientes cuando la exfiscal general Thelma Aldana fue bloqueada en su carrera presidencial con el Movimiento Semilla y que tuvo que exiliarse en Estados Unidos en 2019, está, por otra parte, acorde con el desempeño del país en otros indicadores. Así, el Índice de Transformación de la Fundación Bertelsmann para 2022 ubica a Guatemala como el cuarto peor país en desempeño en la región superando únicamente a Nicaragua, Cuba y Venezuela, algo que ya señaló el índice de The Economist Intelligence Unit para 2021

Ambas mediciones confirman la situación arriba indicada y que también está en línea con el puesto 150 que ocupa el país de un total de 180 en el Índice de Percepción de la Corrupción que lleva a cabo Transparencia Internacional. El informe subraya que el caso pocas veces citado de Guatemala, cuyo nivel de ingresos de las remesas de sus emigrantes lo coloca en segundo lugar de toda América Latina tras México (11.000 millones de dólares), sitúa al país en la cola del desempeño político latinoamericano. Su carácter de Estado semifallido se combina con un alto deterioro de su institucionalidad democrática que lo lleva al borde del autoritarismo.

El pasado 24 de marzo, António Guterres, secretario general de la ONU, mostró ―al albur de la persecución que desde el Estado están sufriendo fiscales y jueces― su preocupación por este problema y señaló la importante contribución que los funcionarios judiciales guatemaltecos han tenido en el combate contra la impunidad y la corrupción, una tarea que durante años se vio apoyada por el trabajo de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (Cicig), desmantelada, sin embargo, con oprobio en septiembre de 2019.