El presidenciable chileno que busca detener y expulsar niños migrantes

José Antonio Kast, el candidato a las elecciones presidenciales por el Partido Republicano de Chile que llegó a la segunda vuelta en primer lugar prometió cercar la frontera, perseguir y capturar inmigrantes irregulares en centros de detención, incluyendo a niñas, niños y adolescentes, mientras se procesa su expulsión del país. Así, además del nombre del partido, Kast también copió las propuestas antiinmigrantes de Donald Trump.

¿Quién es José Kast?

José Antonio Kast Rist tiene 55 años y se presenta como católico y conservador. Empezó en la política en el movimiento estudiantil gremialista y participó de la franja electoral del dictador Augusto Pinochet, en el plebiscito de 1988 y posteriormente fue electo diputado por cuatro mandatos consecutivos. En 2017 ocupó el cuarto puesto en las elecciones presidenciales con 8% de los votos y este 21 de noviembre pasó a la segunda vuelta en primer lugar, con cerca del 28% de los votos.

Es el hijo menor de inmigrantes alemanes ya fallecidos. En el libro “Misión de amor”, su madre, Olga Rist, narró como su padre, Michael Kast, ascendió a suboficial nazi, combatió en varios frentes, obtuvo documentos falsos y cruzó fronteras ilegalmente para huir a Argentina y luego a Chile con ayuda de otro oficial nazi. El candidato negó que su padre fuera adherente del nazismo, pero la prensa reveló los documentos que comprueban que Michael Kast se había afiliado al partido de Adolf Hitler.

Como candidato Kast ha prometido varias medidas polémicas que luego ha retirado debido a las críticas como la salida de Chile de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) o eliminar el Ministerio de la Mujer y el Instituto Nacional de Derechos Humanos. Además, ha propuesto subsidios sólo para mujeres casadas y revocar la ley de aborto. Es admirador de Pinochet y amigo del presidente Jair Bolsonaro. Pero una de sus propuestas más radicales es, sin dudas, su política antiinmigración.

“Campos de concentración” para migrantes

Tras su llegada a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump declaró la persecución de cerca de 11 millones de inmigrantes para su detención y expulsión, bajo acusaciones infundadas de que millares cruzaban la frontera con la intención de cometer crímenes. Además del intento fallido del muro, su política de “tolerancia cero” contra la inmigración irregular resultó en la detención de miles de niñas y niños, quienes fueron separados de sus familias.

Los centros de detención de migrantes irregulares, sea en la frontera de Estados Unidos o en el Mediterráneo, han sido repudiados por organizaciones internacionales de derechos humanos como Amnistía Internacional y la ONU. Sin embargo, esta propuesta inspira campañas de extrema derecha en todo el mundo.

José Kast ha propuesto su propia versión del muro de Trump, prometiendo construir una zanja con rejas en la frontera para evitar el cruce irregular de personas. Además, inspirado en otras medidas del expresidente norteamericano, Kast promete el “Estatuto de Expulsión de Inmigrantes Ilegales” y la creación de una unidad de policía especializada en perseguir a personas en situación irregular en todo el territorio nacional.

Los derechos humanos de niñas y niños refugiados y migrantes

En su programa, José Kast promete que las medidas antiinmigración serán realizadas “con especial cuidado de los menores” y “conforme a derecho”. Sin embargo, la mera detención de niños y adolescentes por razones migratorias es una violación de derechos humanos. Los tratados internacionales y las leyes en la materia establecen que se debe observar el principio del interés superior de los niños y adolescentes, además del derecho a no ser separado de su familia. Según datos oficiales, hay decenas de miles de menores en situación migratoria irregular en Chile, miles desacompañados.

Más de seis millones de venezolanos han abandonado su país y en Chile, según cifras oficiales desactualizadas, habría cerca de 500 mil, incluidos centenas de miles de niñas, niños y adolescentes. Desde 2018, la ONU solicita que los Estados protejan al flujo migratorio venezolano, conforme las leyes y tratados sobre refugiados, aplicables a la mayor parte de personas provenientes de ese país.

A lo largo de los últimos años, el presidente Sebastián Piñera ha hecho campaña explotando la crisis de la frontera y asociando la migración a problemas sociales como la delincuencia. El término “Chilezuela” fue la tendencia de las últimas elecciones chilenas, donde Piñera, con el apoyo de Kast, prometió “ordenar la migración” para que Chile no se convirtiera en Venezuela. Sin embargo, su gobierno empeoró la crisis al prometer “visas de responsabilidad democrática” y ayuda humanitaria que en la práctica fueron rechazadas y sin otorgarles tampoco refugio.

La disputa por el nuevo Chile

Chile vive un proceso de transformación social profundo desde el “estallido social” de 2019 que llevó al plebiscito sobre una nueva Constitución de 2020 dónde el 78% de los votantes aprobó iniciar un proceso constituyente. De esa manera el país eligió una Convención Constituyente con mayoría progresista que es pionera en el mundo por la paridad entre mujeres y hombres, además de incluir la representación de los pueblos indígenas.

En las elecciones de este domingo José Kast se enfrentará a Gabriel Boric, diputado por el Frente Amplio que obtuvo cerca de 26% de los votos en la primera vuelta y quien se presenta como un militante de la izquierda democrática que promete ordenar la migración respetando los derechos humanos, de refugiados y migrantes. Según el último sondeo de Atlas Intel, hay un empate técnico pero con un gran número de indecisos.

El próximo presidente asumirá el poder en un país sumergido en una crisis económica y humanitaria pero que busca construir un nuevo modelo social, político y económico a partir de la Constitución. Esperemos que este modelo incluya el pleno respeto de los derechos humanos de todas las personas y la protección de niños y niñas con independencia de su nacionalidad o estatus migratorio.

Kast, Milei y el auge del libertarismo en el Cono Sur

Un fantasma está recorriendo América Latina, el libertarismo, o dicho más específicamente, los libertarios. Actualmente, las expresiones políticas absolutamente novedosas del libertarismo en la región la constituyen Javier Milei y su exitosa candidatura parlamentaria en Argentina y José Antonio Kast con su sorpresivo primer puesto en la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Chile. ¿Son iguales? No. Pero son parecidos, expresan el libertarismo occidental en modo latinoamericano.

Este fenómeno se ha desplegado en los últimos años en el mundo occidental. Se trata de una corriente que en resumidas cuentas incluye un discurso y una interpelación política reactiva a ciertos emergentes del orden global y su correlativo cambio cultural: migraciones, multiculturalismo, ambientalismo, diversidad sexual, individualismo o género. El denominador político común que engloba esas reacciones es el nacionalismo.

Pero en América Latina, la irrupción libertaria se produjo con el auge de Jair Bolsonaro, quien introdujo una intrincada mezcla de conservadurismo sociocultural, neoliberalismo económico y fundamentalismo religioso.

Los rasgos comunes

Milei y Kast son, en primer lugar, neoliberales, es decir creyentes renacidos en la economía de mercado tal cual esta se despliega, y adversarios absolutos de cualquier política de intervención estatal o de redistribución de los ingresos tal cual se llevó a cabo en muchos países de la región en la primera década y media de este siglo. Y, para ambos, esas políticas tienen nombre y apellido: socialismo comunista.

Ambos reposicionan, casi como precepto religioso, la centralidad del individuo y su voluntad racional para llevar adelante su proyecto de vida. El éxito o no solo depende del esfuerzo y la capacidad es decir, meritocracia. Así como pregona el calvinismo para la salvación de las almas, el futuro está predestinado. Quien llegó es por su mérito; quien no por su demérito. Por lo tanto es inútil, costoso y distorsionante intentar modificar la ecuación a través de la política.

América Latina responde, para ellos, a la cultura occidental, racional, moderna, descolectiva, libre. La forma actual de esa cultura occidental es el orden global capitalista en el modo neoliberal, tecnologizada, abierta a todo y geopolíticamente hegemónica.

Las diferencias en el parecido

Ahora bien, Milei y Kast no son lo mismo, o, mejor dicho, expresan formas diversas de lo mismo: su libertarismo. Javier Milei es un economista que se hizo popular a partir de su aparición en programas de TV como comentarista económico, donde puso en juego un estilo argumental provocador, insultante, soez y agresivo. Incluso su apariencia física y de estilo, la cual no modificó, es antiestética y disruptiva de lo que se espera en una figura de la TV primero y de la política después.

La popularidad le abrió la oportunidad para entrar en el juego político. Pero más que pulir su discurso, lo profundizó, tanto ideológica como estilísticamente. Esto, sumado a los insultos y provocaciones le hizo crecer políticamente, y tras candidatearse a diputado nacional se ubicó como tercera fuerza política en la Ciudad de Buenos Aires. Su lema de batalla es la destrucción de la “casta política”.

Javier Milei es un emergente de los sectores medios urbanos, del ascenso social que lleva generaciones en Argentina, no proviene de la elite. Por eso, su estilo discursivo es introyectado rápidamente y permite canalizar el descontento generalizado, sobre todo de los jóvenes. Su programa es simple: economía de mercado, individuo y mérito y no hay ningún otro fundamento sociológico, cultural o ideológico. La vida fluye y lo único que la política debe proteger es la libre decisión, voluntad e iniciativa individual.

La versión chilena del libertarismo

Chile es el primer experimento neoliberal de América Latina. Esto, sumado al disciplinamiento social, producto de la brutalidad de la dictadura que duró 17 años, modificaron la estructura social y los patrones culturales del país.

José Antonio Kast es un emergente del cambio económico y social que devino estructural luego de la dictadura de Pinochet. Es la nueva clase alta chilena (al comienzo de la transición democrática se los denominaba los pinorich), la clase económica absolutamente dominante y enriquecida del otrora denominado “milagro chileno”.

Esta nueva burguesía, dueña de todos los resortes económicos de Chile, se alió con el tradicional patriciado chileno, la clase alta tradicional, estamental, rectora de la vida chilena hasta prácticamente Allende. Una clase referencia, dado el tradicionalismo de la sociedad chilena, pero ya desposeída de la gran riqueza, más aún luego de las reformas estructurales de 1982-1984.

En este marco Kast expresa la nueva riqueza, por eso es un férreo defensor del capitalismo neoliberal, pero también la alianza de clase con el patriciado chileno. Recogiendo los valores de este último se entiende en el discurso de Kast su devoción por las tradiciones normativas y su absoluto rechazo a cambios socioculturales como la paridad de género, el aborto, la diversidad sexual o la mezcla racial.

En ese contexto luce un discurso pulido, conservador, claro, acompañado por una imagen pulcra, serena y elegante. Su estilo referencia a una clase segura de sí misma y que se autoconsidera rectora de una sociedad occidental, civilizada y pujante. La síntesis, o el cemento político de esa alianza de clases, lo constituye la defensa religiosa del pinochetismo y la necesidad política de velar por su legado.

Más allá de las semejanzas y diferencias, Milei y Kast son dos de los principales libertarios emergentes en América Latina y dos referentes de la política alternativa más reciente y novedosa que despliega el mundo occidental.


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Somos una región desigual y discriminatoria

¿Sabías que una mujer que nace en una comuna pobre de Santiago de Chile tiene una esperanza de vida de hasta 18 años menos que otra nacida en una zona con mayores recursos? Un estudio reciente afirma, además, que esta diferencia puede llegar a 9 años entre los hombres y que las desigualdades en la región más urbana del mundo, afectan con más fuerza a los habitantes de las grandes periferias, favelas o villas miserias.

La desigualdad y la discriminación son dos rasgos estructurales de América Latina. Aunque hay países más desiguales como Chile, México y Brasil, y otros menos desiguales como Uruguay y Argentina, en todos hay concentración de poder y riqueza, así como grupos discriminados. Esto constituye un serio obstáculo para la democracia en la región.

Causas de la desigualdad y la discriminación

La desigualdad y la discriminación en América Latina se explican por factores como el legado colonial, la asimétrica distribución de la tierra y la riqueza, la vigencia del modelo de desarrollo extractivista, los sistemas tributarios regresivos y problemas sociales como el machismo, el racismo o la homofobia. Esto provoca que las personas no tengan las mismas oportunidades.

Existen diversas formas de analizar la desigualdad, una de ellas es distinguir entre desigualdades verticales y horizontales. Las primeras son las existentes al interior de los grupos, basadas en las diferencias de ingresos o riqueza. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en promedio el 10% más rico de la región captura casi la mitad de los ingresos nacionales, mientras que el 1%, más rico acumula más de la quinta parte.

Por otro lado, las desigualdades horizontales explican las diferencias entre grupos, basadas en el género, etnia o raza, orientación sexual, etc. Sin embargo, todas estas se combinan y refuerzan entre sí y se expresan en las diferencias de acceso a servicios públicos y a la representación política, o en las diversas capacidades de influencia en las decisiones públicas.

En América Latina la pobreza tiene género, color, edad y concentración territorial. La pobreza e indigencia es más elevada entre los pueblos indígenas y la población afrodescendiente, y especialmente acentuada entre la población femenina y rural perteneciente a esos grupos. Mientras que la incidencia de la pobreza es mayor en la infancia y la adolescencia.

Por otro lado, la discriminación implica un trato perjudicial reservado a grupos o a individuos en función de su género, etnia o raza, nacionalidad, ideas políticas o religión. Las discriminaciones también son múltiples y se retroalimentan a partir de identidades coexistentes y sistemas de opresión como el patriarcado, el racismo o la homofobia. En el caso de América Latina, las mujeres tienden a sufrir múltiples formas de discriminación por razones de género y otras formas de discriminación si son pobres, negras, indígenas, lesbianas o migrantes.

El impacto de la pandemia

Aunque estos fenómenos no son una novedad, se han agravado durante la pandemia de Covid-19. A pesar de los avances alcanzados en las últimas décadas, como la reducción generalizada de la desigualdad de ingresos y de la mejoría de los indicadores sociales, América Latina está experimentando diversos retrocesos.

Según la CEPAL, debido a la pandemia, y pese a las medidas tomadas para enfrentarla y combatir sus efectos negativos, la pobreza y la extrema pobreza han alcanzado niveles récord. En 2020, 209 millones de latinoamericanos se encontraban en situación de pobreza y 78 millones en extrema pobreza. Paradójicamente, según Oxfam, en 2020 «la fortuna de los 73 milmillonarios de América Latina aumentó en 48.200 millones de dólares desde el comienzo de la pandemia”.

Según el Latinobarómetro (2021), poco más de la cuarta parte de los latinoamericanos considera que la desigualdad en su país es completamente inaceptable y un 16% señala que es aceptable, mientras que sólo el 9% cree que es completamente aceptable. En este marco, los latinoamericanos creen que las peores desigualdades se expresan en el acceso a los servicios de salud, en las oportunidades de educación y trabajo, y en las diferencias ante la justicia.

Además, más de uno de cada cuatro latinoamericanos se siente parte de un grupo discriminado y los países con mayores índices son Brasil, Chile, Bolivia y Argentina, mientras que los grupos mayormente discriminados son los pobres, indígenas, afrodescendientes y homosexuales. Sin embargo, en un contexto de mayor movilidad humana, los inmigrantes aparecen también como un grupo crecientemente discriminado —sobre todo en República Dominicana, Costa Rica y Chile— pero con importantes diferencias entre países.

La democracia significa más que elecciones libres

Consolidar la democracia en América Latina no será posible sin resolver los problemas de desigualdad y discriminación de la región. La democracia es, con efecto, el gobierno de la mayoría con el respeto a los derechos de las minorías y, de acuerdo con autores como Norberto Bobbio, los valores últimos en los que se inspira son la igualdad y la libertad.

A pesar de sus múltiples transformaciones y promesas no cumplidas, la democracia no debe ser vista como un fin en sí misma, sino como el inicio de un camino donde lo que debe prevalecer son los intereses del conjunto de la sociedad. Además, de acuerdo con el PNUD, existen vínculos directos entre la desigualdad y el bajo crecimiento, por lo que la desigualdad supone no solamente un obstáculo para alcanzar una democracia plena, sino también un lastre para el progreso de América Latina.

En un contexto en que las consecuencias de la pandemia amenazan con profundizar estos problemas y el malestar y las protestas de la ciudadanía, es fundamental generar nuevos pactos sociales que conviertan a nuestras sociedades en lugares más justos e inclusivos. En este proceso, la construcción de un verdadero Estado de bienestar y la transformación de nuestro actual modelo de desarrollo son tareas urgentes.

La presencia militar china en Latinoamérica

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La instalación de una base de comunicaciones espaciales de la República Popular China en Neuquén, Argentina, en 2017 operada por personal militar, es una muestra de que la potencia asiática construirá, con cautela, instalaciones militares en suelo extranjero cuando las necesidades estratégicas lo requieran.

El componente militar chino en apoyo a la expansión económica liderado por las empresas estatales chinas ha avanzado con cautela durante mucho tiempo. Pero algunos expertos han anticipado el inminente establecimiento de una base por parte del Ejército Popular de Liberación (EPL) en Panamá, desde que la empresa china Hutchison Whampoa ganó concesiones para operar dos puertos allí en 1999, o en El Salvador, desde el anuncio de los planes chinos para un megaproyecto en La Unión.

Debido a la dependencia de China de las potencias establecidas como Estados Unidos y la Unión Europea para acceder a los mercados y la tecnología, el país asiático ha evitado, en general, establecer alianzas y bases militares formales, particularmente en regiones del mundo como el hemisferio occidental y en zonas donde Estados Unidos es sensible a la presencia china y donde el EPL aún no tiene la capacidad para defender efectivamente tales bases.

No obstante, en sus Libros Blancos de 2015 y 2019 sobre la estrategia de defensa, las Fuerzas Armadas chinas reconocen explícitamente la importancia del compromiso militar global en apoyo de la creciente presencia comercial de China en el mundo. Las operaciones de contrapiratería de la Armada del EPL frente a las costas de África desde 2009, y el establecimiento en 2017 de una base militar en Djibouti, estratégicamente ubicada en las proximidades del Canal de Suez, son una muestra de la tendencia del ejército chino por expandir sus fuerzas armadas en el extranjero.

El avance estratégico chino en Argentina

Además de la base de comunicaciones espaciales en Neuquén, China tiene actualmente interés en construir y posiblemente operar una «base logística» antártica en Ushuaia, en el extremo sur de Argentina. Esto genera preocupación porque es muy consistente con la lógica y el patrón del avance del EPL en la expansión de su alcance estratégico global. El proyecto costaría 300 millones de dólares y en principio podría ser financiado por China. Aunque como señaló el entonces jefe del Comando Sur de los Estados Unidos, el Almirante Craig Faller al visitar el área, la pregunta es quién lo opera.

En términos comerciales, la flota pesquera de aguas profundas china mantiene una presencia regular en las aguas cercanas del Atlántico Sur, y a veces dentro de la Zona Económica Exclusiva de Argentina. Con respecto al petróleo y los minerales, aunque China ha sido técnicamente signataria desde 1983 del Tratado Antártico de 1959 que prohíbe reclamos territoriales en el continente, y como consecuencia, su explotación comercial, el tratado se vuelve modificable en 2048. De hecho, en octubre de 2021, en la reunión del G20 en Roma, los Ministros de Relaciones Exteriores de Argentina y China firmaron un acuerdo de cooperación para la explotación de la región antártica y los océanos circundantes.

En términos militares, la República Popular China ha mostrado un interés creciente en la Antártida. Desde 1984 mantiene presencia allí y actualmente tiene cuatro bases de investigación, incluida una en el área correspondiente al reclamo histórico de Argentina.

En 2013, un grupo de trabajo naval chino que incluía dos fragatas de misiles de la Armada viajó a la región y realizó ejercicios militares con sus pares de Chile, antes de pasar por las difíciles aguas del Estrecho de Magallanes, y luego realizar escalas en puertos tanto en Argentina como en Brasil. El rompehielos Xue Long II de la Armada del EPL realizó su primer viaje a la Antártida en noviembre de 2019 y también está en conversaciones con Chile para acceder a Punta Arenas para apoyar el reabastecimiento de sus bases antárticas desde allí.

La construcción y operación de una base logística polar en Ushuaia se ajusta al patrón de la Armada china para expandir su presencia global de múltiples maneras. En primer lugar, una base de este tipo respaldaría el acceso de China a un área de interés. Al igual que con la base de China en Djibouti, el establecimiento de una instalación aparentemente comercial en el extremo sur de Argentina le daría al EPL una negación plausible de sus intenciones militares. También el impacto en los Estados Unidos se limitaría por su distancia respecto a este país, y tendría la ventaja de realizarse en un área donde China ya tiene una presencia comercial y estratégica significativa.

¿Qué implicaciones tiene la presencia militar China en Latinoamérica?

Por el momento, el gobierno de Argentina ha intentado dar garantías de que no está avanzando en la instalación de una base controlada por China en Ushuaia, pero las implicaciones estratégicas de tal presencia no deben tomarse a la ligera. Desde un punto de vista estratégico, la perspectiva de que China controle el tránsito del Atlántico al Pacífico a través del Estrecho de Magallanes o el Paso Drake en tiempo de conflicto sería importante, particularmente si la potencia pudiera cerrar el Canal de Panamá en el contexto de una guerra como la potencialmente desatada por su intento de incorporar por la fuerza a Taiwán.

Para los británicos, la presencia de China se sumaría a la amenaza que representa Argentina para las islas Falkland / Malvinas, aumentada por la adquisición programada de aviones de combate chinos FC-1 por parte de Argentina.

La aparente pausa en la incorporación de China a la base planeada en Ushuaia no representa el fin de la amenaza mientras continúen creciendo las capacidades de proyección de poder naval del EPL y mientras el gobierno argentino continúe estrechando el vínculo con China en términos comerciales, financieros y políticos. La zona conocida como el «fin del mundo» puede estar geográficamente lejos de Washington, pero el impacto en Estados Unidos y la región de las decisiones que allí se tomen con respecto a China no es menor.

*Columna inicialmente publicada en el portal de la REDCAEM.


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El futuro gobierno de Honduras define la ruta

A pocos días de ser electa presidenta de la república, aunque todavía no proclamada como tal por el Consejo Nacional Electoral (CNE), desde el entorno de Xiomara Castro se dio a conocer de forma no oficial una propuesta de 30 puntos para los primeros 100 días de gobierno. Esta propuesta permite vislumbrar el rumbo que seguirá el gobierno de un sector político-social que lucha desde el 28 de junio de 2009 —fecha del golpe de Estado que depuso al presidente Manuel Zelaya— contra los poderes fácticos que entronizaron un gobierno de facto, tres gobiernos nacionalistas y un fraude escandaloso en 2017.

Algunos de los puntos propuestos están claramente dirigidos a las bases del partido y de la alianza que apoyó a Castro, así como a la población más castigada por las políticas neoliberales aplicadas en el país durante los últimos años. Otros, envían mensajes al empresariado, buena parte del cual llamó a votar por Castro, y otros tantos están dirigidos al ámbito internacional, especialmente a Estados Unidos. Unos para transmitir que habrá colaboración en temas álgidos como la corrupción y la economía, causantes del aumento de la emigración irregular, y otros menos amistosos que anuncian el establecimiento de relaciones diplomáticas y comerciales con China.

Este último, sin embargo, según declaraciones del futuro vicepresidente, Salvador Nasralla, y del diputado electo Hugo Noé Pino, será pospuesto para su tratamiento en el Congreso Nacional. Este fue, en realidad, un guiño hacia Washington previo a la elección, como señal de la prudencia que caracterizaría al nuevo gobierno respecto de sus relaciones con el norte.

Doce años de lucha constante

El Partido Libertad y Refundación (Libre) partició electoralmente por primera vez en las elecciones generales de 2013. Desde entonces, el camino ha sido largo, tortuoso y no exento de ásperas discusiones, duros enfrentamientos internos y diáspora de dirigentes, cuadros medios y bases. Sin embargo, al final, el nuevo partido fue visualizado como el único con capacidad para expulsar de la Casa Presidencial al oficialista Partido Nacional, un partido desgastado por doce años de gobierno, por su autoritarismo, por la resistencia popular a algunas de sus políticas y, sobre todo, por la corrupción y su relación con el narcotráfico.

En este marco, a lo primero que apunta la propuesta es a derogar las leyes más controvertidas de lo que Xiomara denomina como una “dictadura”. Así, irán al cesto de basura la Ley del Consejo de Seguridad y Defensa, la Ley de Secretos, la Ley de Escuchas, la Ley de Zonas Empleo y Desarrollo Económico (ZEDE) y otras similares, “aprobadas en la hemorragia legislativa del 2013 para conformar la dictadura”.

El segundo punto, también de una gran relevancia, podría generar rispideces en parte de la sociedad, así como en Washington, al proponer el llamado a una consulta popular para que el pueblo decida acerca de una Asamblea Nacional Constituyente. Este fue precisamente uno de los motivos esgrimidos en 2009 para derrocar a su esposo, Manuel Zelaya Rosales. Sin embargo, este punto también se pospondría para generar consenso entre las fuerzas políticas y las representaciones de la sociedad civil.

Los aspectos dirigidos a las bases y al conjunto de la población más marginada, proponen la disminución de los altos y desproporcionados sueldos de funcionarios y todo gasto oneroso y superfluo, así como la venta del avión presidencial y los vehículos de lujo del Estado. Además, se propone una baja en el costo de los combustibles y la reorganización de las empresas estatales.

La propuesta asegura, asimismo, que no se impondrán impuestos al pueblo hondureño, especialmente a los sectores productivo y comercial y “mucho menos a los pobres”. Se indica, además, que se cancelarán los impuestos que han afectado al consumidor final y la competitividad del sector empresarial, pero también se señala que se impondrán “compromisos de aportación a los grandes capitales financieros” y que con esos aportes se financiarán becas y empleo para la juventud.

Medidas para las víctimas

Una medida muy esperada por los seguidores de la futura presidenta, es la decisión de decretar una amnistía inmediata para los llamados presos políticos y “un indulto para aquellos prisioneros que fueron condenados indebidamente por protestas en defensa de los derechos humanos y de los recursos naturales”. Y en cuanto a los casos de los asesinatos de Berta Cáceres y Margarita Murillo, se pretende seguir adelante con los juicios para llegar a los autores intelectuales. Algo complicado de concretar, dado el poder que ostentan los supuestos mandantes.

En esta línea, se contempla la protección del medio ambiente y la derogación de permisos mineros, hidroeléctricos y forestales de dudosa aprobación por parte de las autoridades salientes. La propuesta señala, además, que hay un compromiso de “trabajar por la reparación de los daños causados por las violaciones a víctimas de la violencia política, de los asesinados durante el fraude electoral de 2017 y de los feminicidios”.

En este marco y como uno de los puntos más relevantes, se indica “la instalación de una Comisión Internacional contra la Corrupción y la Impunidad (CICIH). Esta Comisión será creada por el Gobierno de Honduras con apoyo de la Organización de Naciones Unidas”. De esta manera, Honduras retoma la senda abandonada por Guatemala de establecer un órgano independiente de carácter internacional, cuya finalidad será apoyar a las instituciones del Estado en la investigación de los delitos cometidos en el país y que en el caso de Guatemala, terminó con el encarcelamiento del expresidente Pérez Molina y la exvicepresidenta Roxana Baldetti.

En otros puntos, lo propuesta incluye el tema de los migrantes y de sus necesidades de reunificación familiar, y a los docentes con la renegociación del Estatuto del Docente. También se promete el aumento al salario básico, becas para los sectores más desposeídos y la derogación de leyes lesivas para los intereses de los sectores más sumergidos, como la Ley Fundamental de Educación, la Ley de Empleo Temporal y la Ley Marco de Seguridad Social.

En conclusión, los puntos planteados en esta propuesta indican que el nuevo gobierno comenzará su gestión con fuerza y decisión. El pueblo hondureño espera que se cumplan las promesas con eficiencia y eficacia y que el país inicie una senda que permita vislumbrar horizontes de progreso y bienestar.

La disputa por la democracia en América Latina

Durante las campañas electorales que se llevaron a cabo en 2021 en Ecuador, Argentina, Perú, Chile, México, Honduras y Nicaragua, abundaron discursos polarizadores y estrategias electorales de ríspida confrontación. La polarización refleja un estado de ánimo que comparten las élites y la ciudadanía, pero esta no se limita a las contiendas electorales y a la confrontación entre partidos, es producto de una grieta profunda en torno al significado de la democracia que se abrió tras las transiciones a finales del siglo XX.

A principios de los 80 del siglo XX América Latina transitó a la democracia por default, pues la alternativa socialista se empezaba a diluir, y no obstante que aún subsistían esfuerzos por promoverla, se desvaneció totalmente con la posterior implosión de la Unión Soviética. Por otro lado, Estados Unidos abandonó su política de apoyo a los gobiernos autoritarios y abrió una nueva política de promoción de la democracia en la región, no sin cuestionamientos.

La democratización no solo implicó la incorporación de las elecciones libres como instrumento para instaurar y cambiar gobiernos, también creó una fractura entre dos posiciones político-ideológicas que se disputan los significados de la democracia.

Dos modelos de democracia

En 1951 el historiador Jacob L. Talmón publicó “Los orígenes de la democracia totalitaria”, en donde argumenta que durante el siglo XVIII y paralelamente al surgimiento de la democracia liberal, emergió otro tipo de democracia que denominó “totalitaria”.Esta última, si bien afirma el valor de la libertad, difiere de la democracia liberal en su actitud frente a la política.

La concepción liberal —señala Talmón— asume que la política es una actividad de aciertos y errores, de resultados pragmáticos debido al arbitrio e ingenio humano, donde se acepta la pluralidad de planos porque existen actividades colectivas y personales que exceden el campo de la política.

En contraparte, la perspectiva democrático-totalitaria se basa en la suposición de una verdad política única y exclusiva, que postula un esquema mesíanico de realidades perfectas, preordenadas y armoniosas a las que las personas son conducidas y obligadas a llegar. La democracia totalitaria solo reconoce un plano: el político, y por lo tanto extiende el campo de la política hasta abarcar toda la existencia humana.

A diferencia de la democracia liberal, que se basa en un conjunto de ideas y preceptos pragmáticos, la democracia totalitaria se basa en una coherente y completa filosofía que tiene como fin aplicar la política de manera absoluta en todos los campos de la vida. ¿Es la libertad humana compatible con un modelo exclusivo de existencia social?

Para la democracia totalitaria si es compatible, según Talmón, pues esta idea se le cree inmanente a la voluntad y razón de las personas, de allí que todas las formas extremas de soberanía popular llegan a ser concomitantes con este fin absoluto.

Aunque Talmón acuñó el término “democracia totalitaria” hace más de setenta años, sus argumentos vuelven a tener sentido, no en torno a los referentes empíricos inmediatos que el observó, sino respecto a la sustancia de la confrontación de cómo comprender los componentes de la democracia.

Las dos ideas de democracia apelan al dogma de la soberanía del pueblo, pero mientras la democracia totalitaria asume que la voluntad del pueblo expresada espontáneamente debe aceptarse sin reservas, la democracia liberal la sujeta a controles republicanos e institucionales. Mientras que la primera supone que no se debe cuestionar a las mayorías, la segunda plantea la pregunta de ¿hasta donde estamos sujetos a la voluntad de la mayoría?

Actualmente en América Latina coexisten dos modelos opuestos de democracia, uno liberal-representativo y otro mesiánico -popular o de masas. Mientras el primero es elitista, pues supone que la democracia es la competencia de élites políticas por el voto de la ciudadanía para acceder al gobierno, el segundo apela a una lógica plebiscitaria y “movimentista” donde no existe la ciudadanía sino el pueblo que se expresa por medio de las mayorías.

La fractura y la confrontación ideológica

Dos de los modelos de democracia que están en disputa en América Latina se condensan en los documentos de dos organizaciones que son reflejo de la fractura y la confrontación ideológica. El primer modelo lo promueve el Foro de Sao Paulo que surgió en 1990 a iniciativa de Luis Inácio Lula Da Silva y Fidel Castro. Este Foro nace en el contexto del desencanto que generó el fracaso del socialismo y trata de recomponerlo y transformarlo en el contexto de la democracia latinoamericana.

Como se lee en uno desus documentos base de 2017, “Entre la globalización neoliberal y el proteccionismo imperial” para los miembros del Foro, los sistemas pluripartidistas“representan intereses de clase antagónicos entre sí, y las instituciones se convierten en trincheras de lucha”. Cuestionan la democracia representativa y las elecciones porque dividen al pueblo. “En nuestro caso, -afirman- la división tiene que ser entre el proyecto neocolonial-neoliberal y el proyecto nacionalista y de transformación social.”

Esta corriente apela a que el compromiso con la democracia debe tener un carácter “popular, directo, participativo y comunitario”, así como la construcción de identidad nacional y americana “como mecanismo de construcción de hegemonía y poder popular y político”. Reclama el papel del Estado como insustituible para garantizar a la ciudadanía el disfrute de los derechos y la movilización popular como expresión del pueblo.

A casi once años de la creación del Foro, los países que integran la Organización de Estados Americanos (OEA), adoptaron en Lima, en septiembre de 2001, la Carta Democrática Interamericana que es precisamente el otro polo de la idea de la democracia en la región. Promueve fundamentalmente la democracia liberal representativa, y su esencia se resume en su artículo tercero que establece “el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales; el acceso al poder y su ejercicio con sujeción al estado de derecho; la celebración de elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo; el régimen plural de partidos y organizaciones políticas; y la separación e independencia de los poderes públicos.”

Es evidente que la OEA y el Foro de Sao Paulo son organizaciones diferentes. La primera es un organismo regional que se conforma por Estados, mientras que el Foro es un mecanismo de coordinación entre partidos y movimientos. Pero ambos definen líneas de política y condensan dos visiones opuestas sobre la democracia y en disputa en América Latina.

A esta disputa hay que agregar la perspectiva iliberal de los partidos y líderes de la nueva ultraderecha, también muy críticos con componentes esenciales de la democracia liberal representativa, como las instituciones del Estado que controlan el Ejecutivo (en particular el Poder Judicial), los partidos políticos y los medios de comunicación. Sin embargo, a diferencia de las otras dos visiones, esta corriente no cuenta con una organización o foro que aglutine los partidos y sectores sociales que la promueven.

El modelo liberal-representativo fue el que se adoptó para promover la democratización, en tanto que el modelo de democracia popular y mesiánico, así como el iliberal de la ultraderecha, surgen en contraposición a las promesas incumplidas de ese modelo.

A inicios de la tercera década del siglo XXI, la política en la región oscila entre estos modelos de democracia. La cuestión es que mientras no se resuelva esta disputa por la democracia, la polarización en la región puede aumentar y abrir la puerta a soluciones no democráticas que nadie desea.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Guillermo Lasso y sus demonios

Antes de empezar su mandato como presidente de Ecuador, Guillermo Lasso ya era políticamente débil. Llegó con una votación prestada, ganó en una primera vuelta tan ajustada que era en sí misma sospechosa, enhebró un acuerdo ideológico con un aliado natural, el Partido Social Cristiano, que nunca confió en él y no tenía partido, aunque le sobrara dinero para la campaña. Dos razones más profundas conspiraban en contra de su programa económico y social conservador. En las urnas y en el parlamento se impusieron movimientos políticos que han mantenido una retórica bastante alejada de las políticas de ajuste neoliberal, tanto entre los seguidores del expresidente Rafael Correa como en el poderoso movimiento indígena, Pachakutik, que históricamente ha mantenido una agenda política radical.

En las calles, el vigoroso levantamiento de octubre de 2019 contra las draconianas medidas de ajuste económico acordadas por Lenin Moreno con el Fondo Monetario Internacional había demostrado que el margen de maniobra para reducir el déficit fiscal con típicas medidas impopulares, como el alza del precio de los servicios básicos, era bastante estrecho.

Un presidente en dificultades

El problema de fondo es que la agenda económica neoliberal es muy poco aceptable. Asume que las empresas necesitan pagar menos impuestos y sufrir menos regulaciones para crecer; mientras, paralelamente, las clases trabajadoras deben tener menos seguridades y estabilidad para trabajar eficientemente. Para que los ricos trabajen, hay que pagarles más; para que los pobres trabajen, hay que pagarles menos. No es una pastilla fácil de tragar. No solo en Ecuador.

Con frecuencia, las agendas neoliberales más estrictas se han aplicado por la fuerza, sin deliberación democrática, o han sido el resultado de un giro pragmático de gobernantes que llegaron a ganar elecciones enarbolando un discurso muy diferente. El neoliberalismo ha exacerbado las desigualdades económicas, porque ése es, precisamente, su supuesto. Los más exitosos sobreviven y prosperan, y reciben el premio que se merecen. Los demás pagan el precio de la ineficiencia y quiebran. También merecidamente. Medidas compensatorias temporales, como transferencias condicionadas y focalizadas, buscan evitar resultados demasiado extremos entre quienes fracasan; mientras la educación debe servir para mejorar paulatinamente la competitividad de las nuevas generaciones de trabajadores menos aptos.

En ciertas circunstancias, más o menos excepcionales, este tipo de razonamiento y de lógica política, gana más adeptos de lo usual, que oscila entre un 20 o 30% del electorado en América Latina. En Ecuador, tales circunstancias excepcionales no han aparecido. Guillermo Lasso, por lo tanto, atado de pies y manos, se ha visto obligado a postergar o moderar sus aspiraciones de imponer una agenda semejante.

Presentó a la Asamblea una reforma laboral flexibilizadora denostada por la izquierda, junto a una reforma fiscal muy tímidamente redistributiva, impugnada por sus aliados a la derecha. Luego decidió presentar únicamente la reforma fiscal, esperando que una mayoría parlamentaria hostil aceptara aumentar impuestos en época de crisis. Al momento de escribir estas líneas, este segundo intento parece haber recibido el apoyo velado del correísmo para que entrara en vigencia sin ser negado ni aceptado por el Parlamento. Una victoria relativa.

Deshonrado por las revelaciones de los Papeles de Pandora de que mantiene una parte de su fortuna en el extranjero, sin que todavía se haya revelado el monto del dinero que sacó al exterior, —su programa económico convoca a la inversión extranjera y nacional— Lasso reaccionó acusando a sus detractores de formar parte de una conspiración internacional.

Formaban parte del acuerdo para desacreditarlo tanto su antiguo aliado a la derecha, Jaime Nebot, como sus adversarios Rafael Correa y el presidente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), Leonidas Iza. La verdad es que no importa el gobierno de que se trate; las teorías conspirativas pululan en todos los gobernantes acechados por los desastres creados por su propia incompetencia: desde Nicolás Maduro hasta Jair Bolsonaro, pasando por Guillermo Lasso.

No debería sorprender si pronto acusa de conspiración política a quienes perpetraron las masacres carcelarias, que por primera vez en la historia ecuatoriana han significado la muerte de casi 300 presos en un año.

Hacia la recuperación de la política y de un proyecto de país

¿Le queda alguna alternativa? El gobierno parece encontrarse en un punto muerto. Ha perdido aliados a la derecha y solo siembra desconfianzas a su izquierda. No puede aspirar a convocar una consulta popular: ¿sobre qué tema? ¿El alza de impuestos? ¿De las gasolinas? ¿Una reforma laboral que facilite los despidos y la contratación por horas? ¿Alguien piensa que tendría alguna oportunidad de ganar?

Tampoco parece viable recurrir a la llamada “muerte cruzada”, disposición constitucional por la cual se disuelve el parlamento y se convoca a nuevas elecciones. Todas las previsiones sugieren una derrota apabullante en la eventualidad de querer recurrir a semejante opción.

La única alternativa políticamente viable es un giro radical en su agenda económica y social. Aprovechando el alza de los precios del petróleo, ciertos préstamos internacionales cuyos costos descienden precisamente por el alza de precios, y otras medidas quizá más cercanas a su programa neoliberal (por ejemplo, la venta de propiedades públicas rentables diseñadas para favorecer a los compradores), podría hacer una inyección poderosa de fondos públicos en la economía para su reactivación.

Podría apelar a una típica medida contra-cíclica en momentos de recesión, facilitar la circulación de dinero para reactivar el consumo y aumentar la tasa de inversión. Obras públicas, transportes, el sector inmobiliario y el turismo nacional (hasta que el internacional se reactive).

La actual devaluación del dólar en la economía internacional ofrece otro respiro. En una economía dolarizada, la producción nacional se abarata, las exportaciones se vuelven más competitivas, la cotización de las materias primas que el país exporta tiende al alza, el drenaje de dólares por importaciones baratas en los países vecinos se desacelera.

El contexto internacional ofrece una oportunidad para emprender una agresiva política de reactivación económica y recomponer su mellada credibilidad interna. Pero eso significa abandonar los dogmas de la austeridad y la mínima intervención pública en la economía.

Ha sido mucho más común ver candidatos heterodoxos sufrir una conversión a la ortodoxia económica neoliberal (Menem, Fujimori, Cardoso, Alan García, Paz Estenssoro). ¿Podría ser Guillermo Lasso el primer candidato neoliberal que se convirtiera al keynesianismo en momentos en que priman en todo el mundo los paquetes de estímulos al consumo interno, al gasto público y la producción nacional? Soñar cuesta poco.

¿Un nuevo rumbo en la política alemana hacia América Latina?

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Después de 16 años de gobierno de Angela Merkel, Alemania ahora tiene un nuevo canciller. ¿Qué significa eso para las relaciones con América Latina?

Como ex alcalde de Hamburgo, una ciudad con una larga tradición comercial con América Latina, el nuevo canciller federal Olaf Scholz conoce la importancia de la región para la economía alemana. Durante su tiempo como alcalde, cultivó activamente contactos con Latinoamérica. No obstante, esta no tendrá una alta prioridad en la política exterior alemana. Habrá mucha continuidad. Pero también se pondrán nuevos acentos.

Como canciller Scholz encabeza una coalición heterogénea que incluye al Partido Socialdemócrata (SPD), al Partido Democrático Libre (FDP) y al Partido Verde (Bündnis 90 / Die Grünen). En los manifiestos electorales de los tres partidos de gobierno, el Partido Verde ha dado el mayor espacio a América Latina. Según el manifiesto la sostenibilidad ecológica, la participación democrática, la paz y la igualdad de género estarán en el centro de la cooperación con los estados y sociedades civiles en América Latina.

El FDP es un partido liberal clásico. En su manifiesto electoral, pide que Alemania se convierta en un defensor del libre comercio basado en reglas y que promueva nuevos acuerdos de libre comercio. La única mención de América Latina se refiere a la rápida firma y ratificación del acuerdo entre la UE y Mercosur. El manifiesto electoral del SPD también menciona el Acuerdo UE-Mercosur, pero, al igual que el Partido Verde, condiciona la firma al cumplimiento de diversos requisitos.

En Alemania los resultados de las negociaciones de coalición se consignan en un acuerdo de coalición. Según este acuerdo la política exterior del nuevo gobierno estará basada en valores y tendrá un enfoque europeo más fuerte. Trabajar por la paz, la libertad, los derechos humanos, la democracia, el estado de derecho y la sostenibilidad son las piedras angulares de la política exterior.

La coalición de gobierno expresa la intención de fortalecer “la comunidad de valores” con las democracias en América Latina y el Caribe. Promete ampliar “su compromiso de fortalecer a las sociedades de la región en su lucha contra el populismo, los movimientos autoritarios y las dictaduras”. Apoyará los procesos de reconciliación y paz en el continente. Además, el gobierno alemán ve los estados de la región “como socios centrales para la cooperación multilateral, entre otras cosas en la preservación de la biodiversidad, en la lucha contra la crisis climática y para relaciones económicas sostenibles”.

La política exterior depende, no solo de los programas gubernamentales, sino también de las personas responsables. En muchos países de América Latina, mujeres han sido nombradas ministras de Relaciones Exteriores, mientras que en Alemania Annalena Baerbock es la primera mujer en dirigir el Ministerio de Relaciones Exteriores. Es la segunda vez que el Partido Verde nombra al Ministro de esta cartera y el primero, Joschka Fischer (1998-2005), fue muy respetado tanto en Alemania como en el extranjero.

La nueva ministra de Relaciones Exteriores se enfrenta a grandes expectativas y cierto escepticismo sobre cómo una política exterior más orientada en valores puede hacer frente a realidades geopolíticas adversas. El acuerdo de coalición contiene muchas ideas innovadoras como una política exterior feminista para fortalecer los derechos, recursos y la representación de mujeres y niñas en todo el mundo y promover la diversidad social. Además, aboga por “una política climática exterior consecuente” que se refleja en la posición del nuevo gobierno respecto al acuerdo con el Mercosur.   

La ratificación del acuerdo UE-Mercosur

Los requisitos para la firma y ratificación del acuerdo UE-Mercosur son muy exigentes. La coalición condiciona su apoyo al acuerdo a la disposición de los países socios de contraer previamente obligaciones legalmente vinculantes, viables y verificables sobre la protección ambiental, social y de derechos humanos. Además, estos deben concluir acuerdos adicionales aplicables en la práctica sobre la protección y el mantenimiento de las áreas forestales existentes.

Estas demandas exigentes son bien intencionadas y apuntan en la dirección correcta, pero podrían fallar en su objetivo y no conducir a los resultados deseados. Se debe evitar en todo caso que se dé la impresión de que Alemania está subiendo a un pedestal político-moral y desde allí dando instrucciones a los países del Mercosur.

Demasiado idealismo en las relaciones con América Latina puede provocar resultados adversos. En su posicionamiento respecto al acuerdo UE-Mercosur el nuevo gobierno debe lograr un equilibrio entre valores e intereses tanto económicos como geopolíticos. Según el acuerdo de coalición, el nuevo gobierno quiere aumentar la soberanía estratégica de Europa en un sistema multilateral en estrecha cooperación con aquellos estados que comparten sus valores democráticos.

Pero la UE, y ciertamente Alemania por sí sola, no son los socios comerciales más importantes de América Latina y su peso seguirá disminuyendo durante esta década. Si la UE no firma pronto el acuerdo con Mercosur, este acuerdo eventualmente se volverá irrelevante; especialmente porque en su forma actual contiene muchas más ventajas para la UE que para los miembros del Mercosur.

La nueva ministra de Relaciones Exteriores, Baerbock, también aboga por una postura más dura hacia China. Esto conlleva el riesgo de alinear demasiado a Alemania con la política estadounidense, y que no encaja con los intereses de la mayoría de los gobiernos latinoamericanos que tratan de no verse envueltos en el conflicto entre China y Estados Unidos, especialmente porque China es un socio comercial importante para muchos países.

En caso de una política más confrontativa con China, Alemania no necesariamente puede contar con el apoyo de América Latina, a pesar de que América Latina quiere a Europa y a Alemania como socio y como contrapeso a la creciente influencia económica de China en América Latina.

Queda por ver cómo se puede conciliar una política exterior con una orientación más basada en valores con la orientación más pragmática de la era Merkel, que también caracteriza el enfoque del nuevo canciller Olaf Scholz.

¿Hacia una sociedad sin cárceles?

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La historia latinoamericana recordará al 2021 como un año complejo. No solo por los retos de la recuperación social y económica post-pandemia, sino por otros eventos preocupantes que nos siguen revelando la fragilidad de nuestras democracias como las protestas violentamente reprimidas en Colombia, las manifestaciones anti-inmigración en Chile y los resultados electorales inesperados en varios países de la región.

Más allá de la violencia y de las masacres carcelarias

Entre febrero y noviembre de este año, en varias cárceles de Ecuador han tenido lugar una serie de episodios de violencia extrema que resultaron en el asesinato de cientos de personas encarceladas. La cobertura mediática y la narrativa oficial para explicar estas masacres ha puesto en el centro al empresariado mafioso dedicado al narcotráfico transnacional. Sin embargo, hay que considerar una cuestión más profunda y a la vez muy cotidiana relacionada con el “sentido común”: el significado de la justicia y el rol que el castigo penal cumple en nuestra identidad colectiva.

Una de las instituciones consideradas indispensables, que considero paradójicas, es la penalidad. Es decir, el conjunto de mecanismos a través de los cuales opera el poder punitivo (leyes sustantivas y procedimentales, juzgados, penitenciarías, policía, discursos securitistas, entre otros) y que incluye al castigo carcelario. Aunque hoy nos parezca que nuestra forma de castigar es “civilizada” en comparación con los castigos corporales y la ejecuciones públicas de la Edad Media, en la práctica, el aparato penal nunca ha dejado de ser brutal. La masacre de Carandirú (Brasil) y las masacres en Ecuador nos han permitido confrontar lo que cotidianamente negamos: nuestros sistemas de justicia producen dolor, violencia, desposesión y exterminio.

Quizá uno de los sostenes más importantes de la creencia que tenemos de que el castigo cruento es una cuestión del pasado y nuestro presente de democracias liberales es un pináculo de la evolución histórica, es que hoy, formalmente, los castigos crueles, inhumanos y degradantes están expresamente prohibidos en instrumentos internacionales y constituciones. No obstante, aún somos muy medievales en la práctica: la prohibición formal no se ha traducido en realidad material.

De hecho, en gran medida, la prohibición expresa de castigos deshumanizantes tiene el efecto paradójico de reconciliarnos con el castigo penal, nos hace percibirlo como benigno, nos hace creer que es susceptible de “optimización”, y “humanización”, aunque la historia haya probado lo contrario década tras década, siglo tras siglo. Sin mayor evidencia para probarlo asumimos que el castigo repara a las víctimas, que disuade a potenciales infractores futuros, que remedia problemas que lejos de ser interpersonales son producto de un capitalismo tardío que opera a través del despojo.

Además, nos confiamos porque hay un sistema de derechos humanos que en el papel protege a las personas encarceladas. Nos sentimos tranquilos porque hay un debido proceso (también en el papel), que creemos que velará por nosotros si nos investigan penalmente. Sentimos tranquilidad porque pensamos que la violencia carcelaria es cosa de “los otros”, de los “delincuentes”, aunque ante nuestra mirada se vaya expandiendo el sistema penal, criminalizando cada vez más conductas y acercándose cada vez más a nuestras familias.

Construir alternativas al sistema carcelario

Por décadas, la investigación ha mostrado que la reincidencia es lo más común (la prisión no rehabilita), que el ingreso a la cárcel suele poner a las personas en contacto con redes delictivas con las que antes no tenían relación (la prisión no neutraliza) y que las personas en prisión tenían tan pocas oportunidades de supervivencia que habrían delinquido sin importar la amenaza de castigo penal (la prisión no disuade). Aun así, no somos capaces de imaginar un mundo sin cárceles.

El problema no es, vale aclarar, que existan principios de derechos humanos cuyo fin es proscribir tratos y castigos que atentan contra la dignidad humana. Estos son necesarios. El problema es que nuestras respuestas como sociedades tienden a ser cada vez más legalistas y menos socioeconómicas. La repetida creación de leyes, reformas legales y políticas públicas, desvían nuestra atención de la experiencia encarnada, corporal, de existir en la prisión.

Cuando comprobamos que ocurren violaciones a los derechos humanos en las cárceles, en lugar de plantearnos la reducción y potencial eliminación de un sistema que siempre produce dolor, pedimos la creación de más reglas abstractas. Reglas que nos consuelan, pero que poco o nada cambian en el mundo real.

Cuando un juzgado penal ordena prisión preventiva o un tribunal dicta sentencia condenatoria a un nivel formal y abstracto está actuando en el marco de la Constitución y los principios de derechos humanos. Sin embargo, sobre todo ante un problema sistémico, recurrente y estructural como el de las cárceles ecuatorianas, la condena es, en el mejor de los casos, una condena a castigos inhumanos, y en el peor de los casos, una condena a muerte.

Los enunciados legales que establecen límites a las penas ocultan la materialidad corporal del castigo. El ordenamiento jerárquico de los principios abstractos por encima de las experiencias encarnadas es muy propio del modelo epistémico cartesiano y del liberalismo jurídico, que a su vez propicia el relegamiento de otras formas posibles de ver el mundo y la vida en comunidad. La normalización del encierro y el dolor infligido sobre el cuerpo como una retribución “justa”, a la par con el carácter fundamentalmente abstracto y autorreferencial del derecho, restringe nuestra capacidad de imaginar un mundo distinto.

Entonces, mi invitación es a que pensemos en todos los mecanismos no penales que ya tenemos para resolver nuestros conflictos y los llevemos más allá. La justicia no penal ya existe: cuando se redistribuyen los recursos para que más personas puedan vivir dignamente, cuando accedemos a educación y salud sin importar nuestro nivel de ingresos, cuando podemos comprar productos locales y contribuir a una economía más solidaria. Pensemos en el abolicionismo penal como una estrategia radical para contrarrestar los nefastos efectos de la hegemonía capitalista, colonial y patriarcal. El poder político de nuestra imaginación es más revolucionario de lo que creemos.

Apuntes sobre la valoración de la democracia y las instituciones

¿Qué nos dice el Latinobarómetro 2021 sobre la valoración de las instituciones y la democracia en América Latina? Las alarmas siguen encendidas. La pandemia movió los cimientos de la sociedad y sus instituciones, pero demostró ampliamente que la democracia es el mejor sistema posible para navegar las mareas más embravecidas. Este aprendizaje también derramó, aunque discretamente, en el ideario latinoamericano con relación a la valoración que hacen los ciudadanos de la región sobre la democracia.

Insatisfacción con la democracia en América Latina

El más reciente informe de la Corporación Latinobarómetro publicado en octubre de 2021 cuenta con una muestra tomada en plena crisis del coronavirus entre octubre de 2020 y mayo de 2021, registra un pequeño descenso de la insatisfacción con la democracia como sistema de gobierno: 70%, dos puntos porcentuales menos que los registrados en el último reporte de 2018. De tal forma que la satisfacción apenas subió un punto porcentual y se ubica en 25%. Es una confianza escasa, tímida y lamentablemente en picada. Los principales actores de la democracia, los partidos políticos, han sufrido un descalabro sin igual. Solo un 29% de los encuestados en los 18 países de América Latina declaran cercanía partidaria. En 2015 este dato era de 40%.

Si bien la insatisfacción con el sistema democrático en América Latina se acentúa. La región promedia un 49% de apoyo a la democracia. Los casos más dramáticos de bajo apoyo a la democracia se encuentran en Honduras (30%), Guatemala (37%), Brasil (40%), México (43%) y El Salvador (46%).

Una de las preguntas interesantes que el estudio hace a los encuestados es su adhesión a la frase de Wiston Churchill: «La democracia puede tener problemas, pero es el mejor sistema de gobierno». En 2013, Latinobarómetro registró el valor más alto de apoyo a esta afirmación: 79%. Desde entonces, la caída de este indicador no se ha detenido. Para 2020 fue de 63%.

¿Auge de la mano dura como idea popular en América Latina?

El descenso en los números de soporte a la democracia encuentran un correlato en el respaldo al autoritarismo, a la posibilidad de gobiernos militares y al populismo. Grosso modo, el nuevo Latinobarómetro dice que 31% de los latinoamericanos apoyaría a un gobierno militar en reemplazo del gobierno democrático y al 51% no le importaría «que un gobierno no democrático llegara al poder si resuelve los problemas». Son dos puntos porcentuales más que en el año 2008. Estos números cuentan de una situación preexistente a la pandemia. El apoyo a la democracia en América Latina requiere un empujón y las luces amarillas (casi rojas) están encendidas.

¿Cuánto más fuerte deben sonar las alarmas? En resumen 7 de cada 10 personas están insatisfechas con el sistema democrático, y apenas 3 de cada 10 dicen tener simpatía por algún partido. Nuestras democracias se están quedando sin apoyo popular y sin militantes.

La paradoja del poder

¿En la actualidad tienen más poder los actores en quienes menos confiamos? ¿Confianza y poder están desvinculados? Son preguntas propias de reflexiones en marcos de autocracias. Pero, en la región, con más democracias que autoritarismos, Latinobarómetro refresca que la confianza de la ciudadanía no está puesta mayoritariamente en la élite política responsable de conducir el barco. Está encabezada por la Iglesia (65%), con distancia sobre las fuerzas armadas (44%), la policía (36%) y luego aparece un primer actor político: el presidente (33%). El Parlamento (20%) y los partidos (13%) aparecen entre los últimos lugares cuando se pregunta sobre la confianza institucional.

Los números que presenta Latinobarómetro sobre democracia en América Latina en su informe 2021 son preocupantes. Interpelan directamente el trabajo del sistema político en su conjunto. Muy especialmente a los partidos políticos. Estas señales aparecen en un contexto de crisis de la institucionalidad democrática en varios países y consolidación de experiencias autocráticas como la de Venezuela y Nicaragua, y la permanencia histórica de la dictadura cubana. Pero también, del ascenso de algunos populismos que, desde distintos puntos del espectro político (como por ejemplo México con un gobierno de izquierda y El Salvador y Brasil con gobiernos de derecha), influyen en la percepción ciudadana sobre la democracia como el sistema que garantiza las libertades y el consenso social.

*Texto original publicado en Diálogo Político