Una región, todas las voces

La política contemporánea y los antagonismos feroces

Jacques Ranciere, filósofo político francés, escribe que la política existe porque existe el desacuerdo. Porque el desacuerdo es constitutivo de la vida humana y social. Y, de ahí, la necesidad de la política. No para anular el desacuerdo, aunque eso también es política, la política dictatorial, sino para llegar a arreglos mínimos que nos permitan vivir en el desacuerdo. En este sentido, hace ya décadas se fue instituyendo y perfeccionando el sistema electoral como la manera más óptima de representar en un gobierno las decisiones, producto de los debates pertinentes, que nos incumben a todos. El desacuerdo formalmente instituido e instituyente.

Las elecciones, entonces, fueron un campo de batalla de ideas, posiciones, representaciones sobre la vida social. Arena política que entraba en ebullición en los momentos electorales para que, pasado ese fragor, con vencedores y vencidos democráticos, las cosas volvieran a un cauce tal que permitiesen el despliegue de la vida cotidiana. Los ánimos exacerbados en la contienda electoral dejaban paso a las incumbencias y preocupaciones personales, grupales y sectoriales. Ni la paz celestial ni la pax romana. Simplemente seguir viviendo y esperando la próxima batalla.

La política de los últimos años

La política de los últimos años está mostrando otras características: un antagonismo material y simbólico feroz, dialéctica e ideológicamente violento, que sobrevive a las contiendas electorales. Una división —no necesariamente en dos— social, política y hasta filosófica que pervive a las elecciones y, lo más significativo, que recrudece luego de éstas. Un cuadro social en el que se mantienen en calidad de confrontación las posiciones políticas más allá del resultado electoral. Sociedades fragmentadas sin que la política electoral genere los bálsamos necesarios para unificar ciertos criterios y decisiones respecto a las políticas a seguir.

Es necesario aclarar: no sobreviven los ánimos confrontativos en virtud de las opciones electorales que acaban de competir, es decir de los partidos políticos que se presentaron. Perviven enfrentamientos y antagonismos sustentados en representaciones de la vida política y social, representaciones que los partidos en competición electoral más o menos asumieron programáticamente. Las elecciones, más allá de ganadores y perdedores, no difuminan las posiciones sociales ideológicamente instituidas.

La última elecciónen EE.UU. es un paradigma de ello. Ya no es la clásica contienda demócratas vs. republicanos. Quizás ni siquiera entre Trump y Biden. Se trata de una feroz batalla ideológica, cultural y simbólica entre dos maneras de representar los valores de una correcta vida humana y social en el contexto de la globalidad contemporánea. Visiones absolutamente contrapuestas e irreconciliables. Imaginarios que apuestan por una institucionalidad social compuesta de valores absolutamente confrontados, de mutua exclusión. Y esa división no la diluye el resultado electoral; por el contrario, quizás la recrudezca.

El escenario en América Latina

El mismo escenario se libra ya, desde hace década y media en América Latina, entre las posturas comunicacionalmente definidas como populistas y republicanas, complejizadas ahora por la división entre populismos de derecha y de izquierda. En Europa entre populismo y liberalismo filosófico-político. O entre nacionalismo y cosmopolitismo cultural. En algunos países asiáticos entre un autoritarismo definido como necesario pues mantiene las tradiciones ante la disolvencia de valores culturales y las opciones más occidentalizadas. Ni hablar en los sistemas políticos teocráticos.

En la contemporaneidad latinoamericana esta polarización social se observa nítidamente en los últimos sucesos políticos. La reciente elección en Perú puede leerse como problemática, no solo por el casi empate electoral sino porque refleja una aguda e irreconciliable división en la población entre dos proyectos antitéticos de futuro. La resolución definitiva de la Junta Electoral, que previsiblemente reconocerá el triunfo de Pedro Castillo, exacerbará, cabe especular, el enfrentamiento al interior de la sociedad peruana.

La constituyente chilena, más allá de su heterogénea composición, se resume claramente entre quienes quieren una reforma estructural del modelo vigente desde hace 40 años y quienes solo aceptarán retoques cosméticos al texto constitucional heredado del pinochetismo.

El conflicto colombiano es tan divisorio que los análisis políticos prevén una próxima contienda electoral en donde el potencial triunfo de Gustavo Petro implique el fin del uribismo. Lo mismo en Brasil donde los traspiés, por decirlo elegantemente, de Bolsonaro, son directamente proporcionales a la suba en las encuestas de Lula. Las próximas elecciones de medio término en Argentina observan el mismo componente: confrontación y división tajante de la sociedad en dos opciones casi excluyentes, al menos en la aceptación social.

La disputa y el enfrentamiento es atemporal

Lo interesante es notar que lo que parecen ser contiendas electorales reñidas lo son en tanto representan divisiones sociales muy fuertes, violentas en algunas etapas, irreconciliables, al punto que constituyen los vectores reales de la disputa político-electoral.

Generalmente, las disputas electorales en los sistemas políticos representativos traen consigo debates y enfrentamientos que tienen el tono y el tiempo de lo que duran esos momentos. Hoy, pareciera estar aconteciendo lo inverso: la disputa y el enfrentamiento son atemporales, residen en el seno de la sociedad. Las elecciones solo son amalgamas muy parciales de diferencias, rabias y odios.

La política electoral ya no cumple la promesa democrática de ser catalizadora de las pulsiones sociales y, en su resolución, generar caminos sinuosos pero progresivos, generadores de visiones de futuros posibles. La política electoral se ve actualmente rebasada por desacuerdos personales y sociales, entroncados en concepciones vitales de la vida social. Una modalidad de desacuerdo que excede a la democracia representativa. Una estructura del desacuerdo que es incluso disruptiva de la forma democrática de validar la vida en sociedad. Esa forma democrática a la que Winston Churchill consideraba “el menos malo de los sistemas políticos” conocidos hasta ahora.

Foto de Presidencia de la República Mexicana

¿Está en peligro la democracia argentina?

A partir del conflicto del año 2008, comenzó a incrementarse en Argentina la violencia simbólica. Hubo un retorno de la confrontación que trajo aparejada la emergencia de una serie de expresiones tendientes a la descalificación del adversario y a la exacerbación de divisiones (pre) existentes en la sociedad argentina. Aparecieron términos de dudosa capacidad explicativa, pero de indudable eficacia persuasoria como la categoría de “destituyente” o metáforas como “la grieta” para dar cuenta de conflictos y fracturas que parecían (y algunos parecen) existentes desde tiempos inmemoriales.

La crisis de la democracia a nivel global

Uno de los grandes debates contemporáneos en el ámbito internacional está sin duda relacionado con la crisis de la democracia a nivel global, como así también con el surgimiento de alternativas “iliberales” a la democracia. De esta manera, el hasta hace poco tiempo atrás inevitable y arrollador avance de la democracia liberal a escala mundial se ha visto desafiado por nuevas alternativas competitivas durante las primeras décadas del siglo XXI.

No estaríamos aquí en presencia de un desenlace resultado del “Backslading” o la “Regresión democrática”, tampoco del clásico “Breakdown” o “Quiebre” de las democracias resultado de la proliferación de golpes de carácter cívico-militar entre la segunda y tercera oleada democrática. Nos encontraríamos frente a una lenta erosión de la democracia mediante una serie de cambios que, amparados en procedimientos legales, socavan la democracia en un proceso de creciente autocratización.

En este marco, un régimen político puede ser definido como democrático si cumple con al menos tres condiciones básicas. Primero, un proceso de elecciones razonablemente libres, competitivas y transparentes. Segundo, un resultado electoral que cuente con la aceptación o por lo menos la tolerancia del mismo por parte de los perdedores. Y por último, excluye el uso de la violencia (física o simbólica) en la disputa política.

¿Cómo se ha desarrollado la democracia en Argentina desde 1983?

La democracia argentina ha dado sobradas muestras de resiliencia a lo largo de las últimas tres décadas, debiendo hacer frente a las crisis militares entre 1987 y 1990, económica de 1989/1990 e institucional y social del año 2001/2002. Todas estas pruebas fueron en mayor o medida superadas de manera satisfactoria. Al mismo tiempo, un largo ciclo de emergencia tiene lugar desde el año el año 1989 hasta la fecha con algunos breves interregnos entre 1999-2001 y 2015-2018. La Argentina se encuentra (casi) en emergencia permanente.

El retorno de la democracia en 1983 trajo aparejada la emergencia de un conjunto de prácticas políticas más bien acordes con un estilo consensual, aún con un proceso de instauración del nuevo régimen político caracterizado por la ausencia de pactos consociativos entre las élites políticas como aquellos producidos en Venezuela y Colombia durante la década de 1950 o España durante los años setenta.

La unidad partidaria frente a la sublevación militar de semana santa en 1987, los acuerdos que hicieron posible la reforma constitucional de 1994, la experiencia cuasi coalicional de Eduardo Duhalde y la conformación de la Mesa de Diálogo auspiciada por la Iglesia Católica en el marco de la crisis social del 2001/2002 constituyen algunos emblemáticos ejemplos de una mayor inclinación al compromiso, independientemente del juicio de valor que puedan merecer esas iniciativas de “unidad en la diversidad”.

El conflicto entre un novel gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y las organizaciones agropecuarias en los primeros meses del año 2008 sobre la “Resolución 125” constituyó una bisagra, en la medida en que reinstaló una dinámica de confrontación prácticamente abandonada desde el retorno de la democracia en 1983.

¿Cómo impactó el conflicto con el sector agropecuario de 2008?

Retornando a la definición sobre la democracia y sus atributos básicos, el proceso electoral en Argentina es razonablemente libre, transparente y competitivo, dando lugar en los últimos años a una competencia entre dos principales coaliciones electorales, Juntos por el Cambio y Frente de Todos.

Este escenario, que se desarrolla a nivel nacional, convive con la persistencia de regímenes sultanísticos u oligárquico-competitivos en el ámbito subnacional con escasa o nula alternancia o posibilidad de rotación efectiva de las élites políticas. La designación de figuras polémicas como la del juez Alejo Ramos Padilla en la Justicia Electoral de la provincia de Buenos Aires ha despertado preocupación en sectores de la oposición con respecto a las necesarias garantías del proceso electoral y sus resultados.

Los resultados electorales cuentan con la aceptación o por lo menos tolerancia de los perdedores, aunque se han advertido algunas situaciones que merecen especial atención. La ausencia de la ex presidente Cristina Fernández de Kirchner en la ceremonia de asunción presidencial de Mauricio Macri fue leída como un gesto de desconocimiento de la legitimidad del resultado electoral del 2015. Y las denuncias realizadas desde el entonces espacio Unidad Ciudadana en las elecciones legislativas de 2017 representan una señal de advertencia sobre el resquebrajamiento del consenso sobre la tolerancia hacia un resultado electoral desfavorable.

A pesar de dichos antecedentes, la exclusión del uso de la violencia política, así como la existencia de un consenso en torno a la necesidad de la resolución pacífica de la disputa política han sido características a destacar desde el 10 de diciembre de 1983. Sin embargo, el incremento de la violencia discursiva representa una amenaza al consenso existente desde 1983.

¿Qué futuro espera a la democracia argentina?

Estamos frente a un futuro incierto. Sin el peligro de la regresión democrática o del quiebre institucional, pero con un riesgo cierto de autocratización hay hoy en Argentina un contexto electoral con debilitamiento de las garantías de transparencia e imparcialidad, una disminución de la tolerancia hacia resultados electorales adversos, un debilitamiento del consenso acerca de la exclusión de la violencia como recurso (por el momento solo en el plano simbólico) y el retorno de las “fantasías priistas” en el oficialismo gobernante.

Estos elementos representan indicios de un complejo escenario de desarrollo de la democracia argentina. No obstante, nuestro compromiso es mantener el pesimismo de la inteligencia, pero al mismo tiempo un optimismo de la voluntad.


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Foto de Ryan Poole en Foter.com

La vacunación amaina la tormenta en Ecuador

Ecuador se encuentra en medio de una tormenta que viene azotando a la región inclusive antes de la pandemia. Pero la vacunación se ha convertido para el gobierno en un muro que viene conteniendo las demandas de los diferentes sectores sociales, quienes están demostrando poca paciencia ante la resolución de sus exigencias.

A casi dos meses de la asunción de Guillermo Lasso, la principal oferta de su campaña —nueve millones de personas inoculadas en cien días— se va cumpliendo. La diplomacia de la vacuna ha funcionado porque el gobierno ha conseguido que millones de dosis de distintas marcas lleguen al país. Y su alianza con la empresa privada está siendo efectiva en términos de logística y acompañamiento. De esta manera, el presidente ha ganado oxígeno frente a un escenario que comienza a ponerse difícil por la complejidad de la crisis económica.

En menos de dos meses Lasso ya enfrentó el primer intento de paralización por parte del sector agrícola, específicamente de los arroceros, quienes han visto caer el precio del quintal de 100 libras a menos de USD 30, mientras que el arroz que entra de contrabando desde Perú se vende a mejor precio en el mercado.

Otro frente que el Gobierno no puede perder de vista si piensa en la gobernabilidad a mediano y largo plazos es la nueva dirigencia de los pueblos y nacionalidades indígenas que recayó en el liderazgo de Leonidas Iza, quien representa al ala más radical. El antecedente más cercano y que dimensiona la capacidad de movilización del movimiento indígena es su protagonismo durante la protesta social de octubre de 2019. Lasso y Leonidas Iza se encuentran en los polos opuestos en temas de economía, conducción del Estado y medioambiente.

Manejo político, relaciones exteriores y pragmatismo

Todavía no se conoce cómo funcionará el equipo político del Gobierno por diversas razones. El principal protagonista y que fungía como ministro de Gobierno, César Monge, fue reemplazado por Alexandra Vela, debido a motivos de salud que lo tienen alejado de la esfera pública, lo cual ha levantado una ola de especulaciones. Las diferencias entre el Gobierno y sus aliados—Pachakutik e Izquierda Democrática—para elegir a las autoridades de la Asamblea comienzan a evidenciar la falta de una agenda programática. Y el Gobierno busca encontrar el equilibrio interno entre el ala más neoliberal y un equipo más moderado con tinte social.

Simultáneamente a la vacunación, el Gobierno ha apuntalado sus esfuerzos para combatir la desnutrición crónica infantil que mantiene a Ecuador en uno de los peores puestos de la región. La consigna del mandatario es un país libre de desnutrición. Alrededor de este objetivo se han aglutinado diversos sectores empresariales, organizaciones de la sociedad civil, la cooperación internacional y asesores en la materia. Sin embargo, de momento no hay una arquitectura institucional definida para llevarlo adelante.

Ante la crisis económica y los sucesos en la vecina Colombia, el gobierno está siendo muy cauteloso a la hora de tomar cualquier decisión. Ha detenido el envío de un proyecto de Reforma Tributaria y tampoco se conoce de ninguna medida polémica. Si bien aún no enfrenta una crisis e intenta acercarse a distintos sectores, no cuenta con los recursos que puedan satisfacer las múltiples demandas. De ahí que el gobierno no haya encontrado resistencias a su acercamiento a los organismos multilaterales de crédito para resolver necesidades inmediatas.

En materia de relaciones exteriores, el gobierno ha definido claramente su postura. Hay un total distanciamiento con Venezuela y Nicaragua, y ha optado por mantener una relación protocolaria, pero no cercana, con los gobiernos de orientación ideológica a la izquierda, del estilo de Bolivia y Argentina. El presidente ha manifestado preocupación por lo que sucede en Colombia y no ha hecho espacio en sus comentarios a la situación política de Perú. No obstante, juega al multilateralismo para conseguir las vacunas, pues ha dicho que estas no tienen ideología. Pasos pragmáticos, antes que ideológicos.

En ese mismo sentido, en la línea que combina el pragmatismo y la identidad de un hombre de Estado, el presidente ha dado un singular paso con la creación de la Subsecretaría de Diversidades y ha dicho que respeta el criterio de la Corte Constitucional acerca de la despenalización del aborto en casos de violación, pese a sus posiciones conservadoras y su adscripción al Opus Dei. Lasso se ha granjeado el respeto de los colectivos por la diversidad, los que han puesto expectativas sobre posibles políticas públicas que los puedan favorecer.

Los menos de dos meses del gobierno han transcurrido en relativa calma, sobre todo teniendo en cuenta que el país sufre una severa crisis económica, y atravesó una severa crisis política que se inició inclusive antes de la pandemia. Sin embargo, si los diferentes sectores sociales no tienen respuestas efectivas a sus demandas, pese a que de momento no hay recursos, el país podría ser testigo de un nuevo estallido social.

Foto de la Asamblea Nacional de Ecuador

El gobierno central obstaculiza la descentralización chilena

La elección democrática de la figura del gobernador regional es una de las principales medidas de descentralización política que ha tomado Chile para que las decisiones no se sigan tomando exclusivamente en la capital. A partir del 14 de julio, estas autoridades encabezan los gobiernos de las 16 regiones del país. Sin embargo, desde el gobierno central se han realizado distintas acciones que obstaculizan el proceso, intentando retener las cuotas de poder que se han construido a través del tiempo.

Este hito histórico se instaura en medio de un complejo e incierto contexto. Además de las dificultades económicas y de salud pública producidas por la pandemia del COVID-19, el sistema político chileno se encuentra en una importante crisis de legitimidad, marcado por una intensa movilización social y que, recientemente, ha dado inicio al funcionamiento de una convención constitucional para escribir su nueva constitución.

En este sentido, hay que considerar que los cambios y problemas políticos no sólo se dan en la esfera nacional, sino que también, están cada vez más presentes a nivel subnacional, ya que las y los gobernadores electos, llegarán a sus cargos en medio de indefiniciones legales, escasez de competencias, sin lugar de funcionamiento e intentos de disminución de los recursos financieros para el ejercicio de sus funciones.

Gobernadores supervisados

Si bien los gobernadores son autónomos del gobierno central, su gestión seguirá siendo dependiente en muchos sentidos de los designios de este nivel. Junto con la figura del gobernador, existirá un delegado presidencial regional, autoridad representante del presidente en la región, que tendrá atribuciones de gobierno interior, ejecutando las políticas del gobierno central en el territorio y supervigilando los servicios públicos.

El gobernador regional tendrá competencias para asignar fondos de desarrollo regional, aunque será el delegado regional el encargado de coordinar los servicios públicos desconcentrados que, muchas veces, ejecutan estos fondos en los territorios.

En esta línea, cualquier estrategia regional conllevará a la necesidad de establecer un proceso de negociación con los representantes del presidente para que sus funciones sean efectivas. Por lo tanto, la figura del delegado se transforma en un símbolo del centralismo, de la relación de control y vigilancia que se ha perpetuado por décadas. Con todo, se puede observar un cierto paternalismo desde el gobierno central hacia las regiones, como si no tuviesen la madurez o la capacidad suficiente para administrar, gobernar y, en el fondo, tomar decisiones de manera autónoma.

Otra dificultad que enfrentarán las y los gobernadores es la poca precisión respecto a las competencias que tendrán. A fines de mayo de este año se aprobaría una “ley corta de descentralización” para traspasar competencias desde el gobierno central a las autoridades regionales. Sin embargo, la ley no se promulgó, a pesar de que la instalación de las y los gobernadores ya es un hecho, y bajo una realidad donde los datos indican el aumento de la pobreza, la extrema pobreza y la desigualdad en las regiones de Chile.

El gobierno central bloquea la descentralización

Las y los gobernadores electos comenzarán su mandato con importantes y preocupantes problemas de recursos. A días de asumir, se les informó que desde la Dirección de Presupuestos (DIPRES) se les recortaría el presupuesto para su funcionamiento. Más que una simple disminución de fondos, la jugada del gobierno consistió en transferir estos recursos financieros hacia los delegados regionales presidenciales. Cabe señalar, que la elección de los gobernadores constituyó una importante derrota electoral para el gobierno: de los 16 nuevos gobernadores, solo uno adhiere a la coalición del presidente.

Ante la presión de las nuevas autoridades, y de la opinión pública, el gobierno tuvo que dar pie atrás a esta decisión. Aun así, el traspaso de recursos desde los gobernadores hacia los delegados tenía un profundo sentido político, donde se intentaba debilitar a las nuevas autoridades que serán opositoras a un gobierno con escasa legitimidad. Tal como se ha visto en otros contextos, las autoridades políticas regionales pueden ser un importante contrapeso al poder ejecutivo. Con estas medidas, el gobierno da cuenta de los temores que levantan las nuevas autoridades; después de todo, la descentralización implica que los territorios obtengan cuotas de poder en desmedro del centro.

A pesar de todas las dificultades anteriormente descritas, las y los nuevos gobernadores inician un nuevo ciclo político con una legitimidad democrática que nunca habían tenido las autoridades regionales. Sin duda, su elección constituye la mayor reforma de descentralización política desde el retorno a la democracia. Así, a partir de esta legitimidad, hay que avanzar hacia una institucional, y eso será cuando las personas vean cambios y que la elección de esta figura no es una pérdida de tiempo o una cuestión testimonial.

La descentralización como herramienta para el desarrollo regional

La descentralización no puede ser un fin en si mismo, debe ser considerada una herramienta política que podrá ser efectiva en la medida que se limiten bien sus instrumentos, se fortalezca la autonomía política, financiera y administrativa. Es decir, entregar poder real y no con lógica gatopardista, porque el objetivo debe ser avanzar más decididamente en los múltiples problemas que aquejan a los territorios y que deben ser resueltos desde allí.

En Chile, las políticas públicas centralistas han mostrado, sistemáticamente, su fracaso para hacer frente a la diversidad territorial existente. El caso de La Araucanía es uno de los más emblemáticos, tanto por los conflictos históricos que se han suscitado entre el Estado chileno y el pueblo mapuche, como también, porque es reconocida como una de las regiones más pobres del país. Por lo tanto, miramos con esperanza el inicio de este nuevo ciclo político, donde las y los gobernadores podrán hacer un cambio en las dinámicas de poder y en las políticas regionales, a pesar de los esfuerzos por dinamitar el proceso.

En el corto plazo, la clave será la coordinación entre los distintos gobernadores y la capacidad de negociación con otros actores del sistema político para consolidar su legitimidad institucional. En el largo plazo, será central la consolidación legal de competencias y recursos bien definidos. El proceso constituyente actual se abre como una ventana de oportunidad para plasmar esto último a nivel constitucional.


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Foto de Nicolas Solop en Foter.com

El «descubrimiento» de Machu Picchu y el duelo de relatos

Machu Picchu (originalmente conocido como Patallaqta) fue un antiguo pueblo inca situado en la jurisdicción peruana de los Andes, a ochenta kilómetros de Cusco y a 2.430 metros sobre el nivel del mar. Los documentos indican que el pueblo se construyó en el siglo XV, pero no hay consenso en cuanto a las razones de su construcción. Algunos sostienen que fue un refugio campestre para el emperador Pachacútec (1408-1471), en un contexto de expansionismo del Imperio Inca. Otros sugieren que la ciudadela se construyó como base para gestionar la plantación de alimentos en la región.

Durante la colonización española (1532-1824), Machu Picchu fue abandonada paulatinamente por los lugareños, lo que le valió la reputación de «ciudad perdida de los incas». Aunque no estaba oficialmente ocupada, hay pruebas de que era conocida por los españoles. Sin embargo, la montaña permaneció aislada de la vida económica y social, condición que continuó incluso después de la independencia de Perú en el siglo XIX.

La historiografía norteamericana sostiene que Machu Picchu fue «descubierto» el 24 de julio de 1911 por el profesor y explorador estadounidense Hiram Bingham (1875-1956) en un viaje de exploración acompañado por algunos colegas de la Universidad de Yale. Por recomendación del profesor Albert Giesecke (1883-1968), rector de la Universidad Nacional de San Antonio Abad en Cusco, Hiram Bingham fue presentado a Melchor Arteaga, un campesino peruano encargado de guiar a Hiram Bingham a Machu Picchu, que ya era conocido por un número desconocido de campesinos locales. 

Bingham no fue el primero en visitar las ruinas. El campesino peruano Agustín Lizárraga, en busca de tierras para la agricultura, habría desbrozado Machu Picchu y registrado su propio nombre en una piedra del Templo de las Tres Ventanas, el 14 de julio de 1902, aproximadamente diez años antes de que los exploradores de Yale llegaran al sitio. Cuando Bingham llegó a Machu Picchu en 1911, encontró la piedra en la que estaba escrito, en carbón, «A, Lizárraga 1902», que anotó en su diario. Sin embargo, Bingham omitió esta información en los relatos oficiales de la expedición que se publicarían.

Armado con una cámara Kodak, Bingham tomó cientos de fotografías en su primera visita a las ruinas, el 24 de julio de 1911. Tras regresar a Estados Unidos, consiguió el patrocinio para otra expedición en 1912, acompañado de un grupo más estructurado de geólogos, arqueólogos, ingenieros y topógrafos. Con la difusión de sus investigaciones y sus informes, Bingham pasó a ser conocido como el «descubridor» de Machu Picchu, fama que sigue viva, incluso en Perú, donde la historia suele divulgarse a los turistas interesados.

En el transcurso de las expediciones, miles de piezas y reliquias arqueológicas incas fueron trasladadas a Estados Unidos para su estudio e investigación en la Universidad de Yale, con el permiso temporal del gobierno peruano. Bingham y su equipo se apropiaron de unas cincuenta mil piezas arqueológicas incaicas para su investigación en Estados Unidos, entre ellas oro, plata, madera, hueso, piedra y cerámica, lo que provocó sucesivas protestas del gobierno peruano en el siglo XX.

Parte de este material sólo fue repatriado a Perú en 2012, un siglo después del «descubrimiento» de Bingham, como resultado de un acuerdo entre el gobierno peruano y la Universidad de Yale. Se estima que todavía existe una amplia colección de reliquias incas en museos norteamericanos y europeos.

¿Por qué se conoce a Hiram Bingham como el «descubridor» de Machu Picchu?

La respuesta está en la capacidad de difusión de los hechos que tenía el norteamericano en ese momento. Los registros de Bingham fueron objeto de una edición completa de National Geographic, en abril de 1913, hecho que le dio a conocer en la comunidad académica internacional, especialmente en Estados Unidos.

Desde la perspectiva de Bingham, su viaje tenía fines exploratorios y científicos, ya que la región era considerada territorio virgen para aventuras, investigaciones y exploraciones, lo que contrasta con la visión de Lizárraga, para quien Machu Picchu era una zona de siembra, sin razón para su divulgación internacional.

Sería injusto infravalorar el éxito de Hiram Bingham, que estudió a fondo la región y que, de hecho, se aventuró en las montañas andinas en busca de Vitcos, la región donde se refugiaron los últimos incas tras la invasión española, así como de Nusta Isppana. Como resultado de esta misión, llegó a Machu Picchu. Fue uno de los responsables de hacer visible Machu Picchu al mundo a principios del siglo XX. Sin embargo, no fue definitivamente el descubridor pionero de la región.

Sería igualmente injusto ignorar que el «descubrimiento» de Machu Picchu fue una hazaña transnacional en la que participaron norteamericanos, peruanos e investigadores de otros países que conocían la existencia de las ruinas, y que registraron informes y testimonios mucho antes de la llegada de Bingham, en 1911. Ejemplos de ello son los alemanes Rudolph Berns y Hermann Göring, el franco-austríaco Charles Wienner y el italiano Antonio Dell’Acqua, entre otros.

Según consta en la página web oficial del Parque Nacional de Machu Picchu, «la ciudad nunca se perdió, ya que fue visitada y habitada ocasionalmente», lo que contrasta con la narración de Bingham sobre su declarado «descubrimiento» de la región.


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Foto de Олег Дьяченко from Pixabay

La alternativa a la izquierda del PT

La serie de sketches de la obra de Miguel Magno “¿Quien le teme a Itália Fausta?”, inspirados en la actriz brasileña más importante de la primera mitad del siglo XX, fueron fundamentales para recuperar a la mujer que inició la modernización del teatro nacional, sacándolo del marasmo y la falta de creatividad en que se encontraba. Itália Fausta, en una época adversa al feminismo, se enfrentó al establishment y contribuyó a la evolución del teatro. La izquierda brasileña, en el espectáculo programado para 2022, o bien evoluciona sin miedo hacia una nueva etapa, o se mantendrá estancada en el guión ya conocido, sometido al establishment.

El Partido de los Trabajadores (PT) parece querer repetir el camino recorrido. Lula, tras ser reincorporado al juego político por el Supremo Tribunal Federal, visitó al ex-presidente José Sarney, recibió al líder del PSD, Gilberto Kassab, señaló una aproximación con los senadores Renan Calheiros y Eunício de Oliveira del MDB, que comandaron el impeachment de la ex-presidenta Dilma, y escuchó, en silencio, a su amigo, el senador y ex-gobernador de Bahia, Jacques Wagner, declarando que siempre ha sido un político de centro.

En un contexto en el que la extrema derecha está en el poder y la sociedad ha recuperado su identidad conservadora como consecuencia del ciclo petista, el debate sobre la izquierda preocupa a sus actores, porque divide las fuerzas, resalta los errores y cuestiona su representatividad. A diferencia de lo que Lula (PT) imaginaba, la candidatura de Ciro Gomes (PDT) complica sus planes para ser ungido como la única alternativa al bolsonarismo.

Dos disputas en la próxima elección

En la próxima elección se dibujan dos disputas: por un lado la izquierda ante la extrema derecha, y por otro, la «izquierda de la tradición» ante la «izquierda de la diferencia». Para simplificar los conceptos, defino a la primera como la izquierda de tradición marxista-leninista-trotskista, que no convive con sus pares sin ser hegemónica, representada por el PT. Y la segunda es la izquierda laborista, o centro-izquierda, que tiene en la democracia su génesis, representada por el candidato del PDT. Agrego una previsión: el centro político, que busca articularse, no reunirá fuerzas para el choque que se avecina con dos polos claramente definidos.

Y es en la segunda de esas disputas donde radica la dificultad de Lula. El petismo viene orientando el «nosotros contra ellos» desde 1994, cuando logró caracterizar al PSDB como una agremiación de derecha. La polarización es la estrategia del lulopetismo, en la victoria y en la derrota. En 1989, para aglutinar fuerzas en el campo que pretendía liderar, acusó sin miramientos a Leonel Brizola de gastar en exceso en la construcción de los Centros Integrales de Educación Popular (CIEPs), por ejemplo.

La historia se repite como nos enseñó Hegel. Por lo tanto, el reto del PT, ahora, será confrontar, en un primer momento, a Ciro Gomes y su nuevo laborismo. ¿Podrá hacerlo con éxito? ¿Lula defenderá, una vez más, la política de financiación del BNDES a las grandes empresas brasileñas? Si la lucha de clases es un concepto de la izquierda de la tradición, he aquí un buen ejemplo de la renuncia del PT al concepto marxista.

¿Pasará Lula ocho años más sin proponer reformas políticas, fiscales y educativas? Los dos mandatos del ex presidente podrían clasificarse como una mezcla de, liberal en lo económico sin dejar de ser patrimonialista y, democratizador en lo político, sin dejar de ser asistencialista. Salvo la creación del FUNDEB, el fondo para la educación básica, no hubo ninguna otra política estructural que pueda ser entendida como de izquierda.

Lula fue el propio «pacto social»

Como bien acuñó el ex-presidente José Sarney, Lula fue, en su momento, el propio «pacto social». Por un lado, hizo las concesiones necesarias para conciliar con el gran capital. Y por el lado de la izquierda, en la práctica, las políticas compensatorias se combinaron con un vigoroso discurso emancipador. Un talento político envidiable el de Lula, ya que consiguió la sumisión de la izquierda a una socialdemocracia coja, con el apoyo de intelectuales, artistas y militantes.

El discurso de Lula, hasta ahora, se limita a contrarrestar la locura bolsonarista con consignas repetitivas, como “no a las privatizaciones” o “gobierno genocida”. En estos puntos las izquierdas no divergen, pero por obvios resultan insuficientes. Mientras que Lula no presentó aún un proyecto de sociedad y desarrollo nacional, Ciro Gomes ha propuesto un proceso de reindustrialización, desarrollo tecnológico y reconstrucción del ahorro interno. El PT tiene dificultad de afrontar el debate de la izquierda propuesto por el candidato laborista porque no se trata de un debate de «nosotros contra ellos», ni es posible acusarlo de representar a la élite nacional.

De hecho, los burócratas-intelectuales, forjados en las estructuras estatales de los gobiernos del PT, están llamados a oponerse al Proyecto Nacional de Desarrollo, propuesto por la precampaña electoral de Ciro Gomes, —a veces procurando desconstruir el sujeto y no la propuesta— lo cual avergüenza a una parte de la intelectualidad, que reconoce en dicho proyecto la formulación de un plan de país.

En este contexto, Lula y el PT tendrán que decidir cómo enfrentar a candidatura de Ciro Gomes para que el pueblo brasileño no termine encontrando en él una alternativa de izquierda. Lo que generó Itália Fausta en el siglo XIX, al abrir el teatro hacia lo nuevo, incluso subvencionando la crítica de la generación del dramaturgo Miguel Magno en los años 80 del siglo XX, tiene poco parecido con el actual escenario electoral brasileño, salvo en el miedo que provoca el candidato del PDT en el establishment de la izquierda, al subir al escenario y posicionarse en el centro político y al mismo tiempo a la izquierda de Lula.


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La tormenta cubana trasciende el bloqueo

Bajo la consigna “Patria y Vida” miles de cubanos salieron a las calles a manifestarse contra el gobierno. Estas protestas son el resultado de un conjunto de variables que trascienden el longevo embargo económico establecido por Estados Unidos y están más vinculadas a la estructura económica, el contexto autoritario y a las decisiones tomadas por el gobierno de Miguel Díaz-Canel.

Políticamente, sólo en un régimen autoritario un presidente puede creer que su país puede ser autosuficiente y controlar la pandemia, a la vez que rechaza todo tipo de acuerdo, ya sea con China, Rusia o la vía del COVAX —acuerdo de la ONU— para acceder a las vacunas. Por el contrario, el gobierno está inoculando a la población con una vacuna nacional en vías de experimentación y sin evidencia de su eficacia. Y si bien el índice de fallecidos por Covid-19 es uno de los más bajos de la región, se debe en buena medida al estricto confinamiento que se aplicó en la isla.

En lo económico, ya los indicadores de 2019 mostraban una desaceleración del PBI de 0,5% y en 2020 la caída fue del 8,5% según la CEPAL. El colapso de la economía ha sido catastrófico, sobre todo en el sector del turismo —contribuye con el 10% del PIB— donde se han perdido más de 200 mil empleos debido a que el turismo en 2020 se redujo a una cuarta parte del registrado en 2019. Y en los primeros cinco meses del 2021 la cifra registró menos del 1% de visitantes del 2019, cuando la isla superó los cuatro millones de turistas a pesar de las restricciones impuestas por Estados Unidos que prohibieron a los cruceros atracar en el puerto de la Habana.

Más allá del embargo

Calcular el impacto del embargo es muy difícil. Puede que haya agravado la crisis, pero existen otros factores que han contribuido a la formación de esta tormenta. Los ingresos de divisas por los servicios médicos prestados internacionalmente han disminuido, como también se ha afectado el acceso a combustible desde Venezuela.

Por otro lado, Cuba continuó una tendencia exportadora de commodities como cigarros y cigarrillos, caña de azúcar y sacarosa, alcohol y metales como el níquel, mientras que importa alimentos y otros productos de alto valor agregado como maquinarias, vehículos o componentes electrónicos. Sin embargo, con la pandemia y la contracción del comercio internacional la situación se tornó dramática a pesar de que, exceptuando a Estados Unidos, la isla mantiene relaciones comerciales normales con casi todos los países del mundo.

La balanza comercial cubana ha sido históricamente muy deficitaria, como la de muchos países. Pero eso no sería un gran problema si la isla dispusiera de una política monetaria saludable y recursos suficientes para corregir las distorsiones y amortiguar los efectos de la crisis.

Si bien Estados Unidos impuso reglas más rígidas para las empresas norteamericanas, lo cual ha encarecido los costos comerciales, y ha restringido el acceso al crédito externo, lo que obliga a los cubanos a pagar en efectivo y por adelantado por medio de entidades bancarias de terceros países, Cuba ha conseguido driblar el bloque.

Los problemas estructurales de la isla

El problema de fondo de Cuba es que el sector productivo, monopolizado por el Estado, no ha conseguido dar un salto cualitativo relevante como para mejorar sus relaciones de intercambio. Cuba es uno de los países con menor sofisticación tecnológica, inclusive por debajo de buena parte de los países de América Latina.

El otro aspecto, son las distorsiones económicas que contribuyen a una mayor especulación y procesos inflacionarios. Para intentar solucionarlo, el gobierno optó por la unificación monetaria a partir del primero de enero de este año. Desde 1994 en Cuba existían tres monedas de curso legal: el Peso Cubano, el Peso Cubano Convertible o CUC y el dólar americano.

Pero una cosa es la política oficial y otro el mundo real. La transición hacia esa corrección monetaria desató un proceso de especulación sin control y se fortaleció el mercado paralelo lo cual llevó a una mayor devaluación del peso cubano. La especulación obligó a los cubanos a refugiarse en el dólar americano, pero ante la ausencia del turismo, el dólar prácticamente desapareció.

Ante la ausencia de dólares, el gobierno se las ingenió para vender mercaderías en dólares en 72 supermercados de las más de 5 mil tiendas que están bajo su control, una medida que benefició a unos pocos cubanos, dado que no son muchos los que reciben remesas desde el extranjero. Y el Estado, ante la falta de divisas para comprar productos esenciales en el exterior, terminó abandonando miles de tiendas donde se compraban productos con pesos cubanos.

En resumen, la crisis del sector exportador cubano, el impacto del embargo impuesto por los Estados Unidos y la corrección monetaria, sumadas el desabastecimiento, el desempleo y el confinamiento, terminaron de asfixiar al régimen autoritario y sobre todo a los cubanos de a pie que ya no aguantan más.

La crisis no tiene visos de resolverse en el corto plazo y la ecuación aparentemente sólo podría ser resuelta con ayuda internacional. Mientras tanto, la insatisfacción ciudadana podrá seguir recorriendo las calles buscando —más que una salida a la crisis sanitaria— evitar que se instale una crisis humanitaria vinculada al severo déficit nutricional.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Crimen pandémico y Estados distraídos en la región

América Latina es una región pacífica pero altamente violenta y criminalizada. La dimensión de “pacífica” se refiere más a que no hay tensiones militares de gran nivel que amenacen la estabilidad regional y que no hay hipótesis reales de confrontación a pesar de ciertas escaramuzas limítrofes con bajos dilemas de seguridad. Sin embargo, la naturaleza de la región es compleja, violenta e insegura. A saber, entre las 50 grandes ciudades más violentas e inseguras del mundo, 42 son latinoamericanas y, mientras la región representa el 13% de la población mundial, aquí sucede el 40% de los homicidios violentos del mundo. En América Latina hay más violencia y crimen que en cualquier otra parte del planeta.

A pesar de ello, al principio de la pandemia, como se esperaba, hubo un descenso interesante en el crimen tradicional en la región desplazando la violencia y los principales crímenes al interior de los hogares. Dicho descenso puede responder a que el crimen tradicional estuvo afectado por el aislamiento social y la alteración de la vida cotidiana en gran parte de los países. Por otro lado, los criminales digitales se aprovecharon de la pandemia y los ciberdelitos crecieron más de 70% en la región.

El aumento del crimen y la violencia en la pandemia

Sin embargo, a partir de mayo de 2020, las estructuras y los fenómenos criminales tradicionales comenzaron a adaptarse a las nuevas situaciones de emergencia y vigilancia en los diferentes países. La puesta en marcha de estrategias para el control de la población y el aislamiento social en la mayoría de los países de América Latina por parte de las instituciones estatales, dejó en evidencia Estados distraídos.

Mientras las fuerzas de seguridad patrullaban las zonas rurales y urbanas haciendo labores atípicas en materia sanitaria, los grupos y organizaciones criminales potenciaron sus capacidades de gobernanza en varios territorios. Y en los países más débiles y con instituciones más distraídas, los criminales comenzaron rápidamente a adoptar y emular elementos distintivos de los Estados.

En México, Colombia y Brasil, por ejemplo, grupos armados de diferentes naturalezas suplantaron roles estatales en el orden y control territorial, social y económico. El tráfico de menores entre Haití y República Dominicana se elevó un 60 %, la participación de los peligrosos carteles del narcotráfico mexicano en los diferentes nodos geográficos en Colombia con el Clan del Golfo, los Pelusos y demás, se incrementó hasta el punto de comprender esta dinámica como una diplomacia criminal. Mientras que las maras centroamericanas de MS-13 y Barrio 18 encontraron nuevos métodos de lavado de activos en negocios legales.

El crímen y la construcción de legitimidades

Estos ejemplos no demuestran que la pandemia es la causante del crimen y la violencia, sin embargo, dejan en claro que esta ha sido un elemento acelerador del fenómeno. Y es que crecimiento del críemen puede tener una explicación interesante, y es que, los operativos de las fuerzas de seguridad en las calles y la distracción sanitaria de los Estados han dejado el camino libre a los criminales para construir ciertas legitimidades en alguno territorios latinoamericanos donde las organizaciónes ya estaban acentadas.

De hecho, tanto en Centroamérica como en Suramérica, algunas de las estructuras armadas al margen de la ley impusieron sus propias medidas de asilamiento y aprovecharon las precariedades de las políticas públicas estatales para brindar protección a la población, administrar justicia, prevenir contagios, construir rutas de acceso y tejer relaciones subterráneas con la población. Todo esto a un alto costo social. Por lo tanto, la pandemia impulsó con más fuerza la gobernanza criminal y dejó al desnudo las grandes falencias institucionales en la región.

En conclusión, mientras los tomadores de decisiones en los diferentes estados siguen leyendo el contexto de seguridad de sus países en clave de policías y militares, los criminales entienden que la legitimidad es un recurso fundamental en su estrategia de pervivencia. La militarización de la seguridad no es directamente proporcional a un estadio de paz y de no crimen y no violencia. Hacen falta mejores reflexiones sobre la seguridad particular y una mejor cercanía sobre las “seguridades cotidianas” del ciudadano de a pie, para que haya mejores relaciones cívico-estatales y no cívico-criminales. Por todo esto, América Latina es una región muy pacífica pero peligrosa.

Foto de markarinafotos en Foter.com

Realidad y desafíos en las relaciones Brasil-Venezuela

Con el avance de la crisis venezolana a lo largo de la década de 2010, especialmente tras la toma de posesión de Nicolás Maduro en 2013, se produjo un progresivo descenso del comercio bilateral entre Brasil y Venezuela, habiéndose reducido el flujo comercial total a menos de 1.000 millones de dólares en los últimos cuatro años.

Las relaciones en la década de 2000

Esta situación, contrasta con la de la década de 2000, cuando la asociación bilateral con Venezuela se fortaleció en un contexto marcado por la llamada «ola rosa» (la serie de victorias electorales de los partidos de izquierda) en la región y la construcción de una agenda más armonizada entre los gobiernos de Lula y Chávez.

Es cierto, sin embargo, que también hubo espacio para el desacuerdo, como cuando el presidente brasileño trató de promover la diplomacia del etanol como base para la integración energética en la región y fue desafiado por el líder venezolano.

En ese período, además de los proyectos de patrocinio conjunto, como la Comunidad Sudamericana de Naciones (CASA), luego transformada en la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), también hubo grandes avances en el comercio bilateral, en un escenario marcado por el esfuerzo brasileño de diversificar las asociaciones y avanzar en los intercambios con los países del llamado sur global.

A principios de la década de 2010, el comercio con Venezuela alcanzó la marca histórica de 6.000 millones de dólares anuales (en 2012 y 2013), con un gran superávit comercial brasileño. De hecho, las ventas brasileñas se mantuvieron entre 4.500 y 5.000 millones de dólares anuales entre 2012 y 2014, lo que sitúa a Venezuela entre los mayores mercados para las exportaciones del país.

En una comparación con las dos mayores economías europeas, antiguos socios de Brasil, las ventas a Venezuela fueron ligeramente inferiores al volumen exportado a Alemania en el mismo periodo (entre 6.600 y 7.300 millones de dólares) y superiores a las ventas a Francia (entre 2.900 y 4.100 millones de dólares).

El declive del comercio y la desvinculación ante la crisis venezolana

Históricamente, Brasil ha mantenido una posición de articulador de consensos y mediador en los conflictos de su región, y ha sido importante para mitigar las crisis en diferentes periodos, así como para ayudar a poner fin a las guerras entre vecinos. En la década de 1930, por ejemplo, fue posible ver el activismo brasileño, junto con Argentina, en la mediación de la Guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia. Más recientemente, en la década de 1990, el país fue fundamental para negociar la paz entre Perú y Ecuador en la Guerra del Cenepa (1995-1998).

En ese mismo período, podemos reconocer la importancia del país en la preservación del orden democrático en Paraguay ante el intento de golpe de Estado liderado por el general Lino Oviedo en 1996, así como la rápida reacción contra el golpe de Estado en Venezuela que derrocó al gobierno de Hugo Chávez durante menos de 48 horas en 2002. A finales de ese mismo año, el gobierno de Fernando Henrique Cardoso envió un barco de Petrobras con combustible a Venezuela para ayudar a abastecer al país en el contexto de una huelga general.

Sin embargo, se observa que con la intensificación de las críticas al gobierno de Maduro desde la administración de Michel Temer, Brasil parece haber renunciado a un mercado clave para las ventas brasileñas en la región, con un volumen de exportaciones que oscila en torno a sólo 500 millones de dólares al año. 

La ineptitud de Brasil ante la crisis venezolana es aún más evidente con la controvertida decisión del gobierno de Bolsonaro de reconocer a Juan Guaidó como presidente legítimo encargado de Venezuela, siguiendo la posición de los Estados Unidos de Trump, acompañado también por miembros de la Unión Europea.

Al decantarse decididamente por un bando y asumir una retórica agresiva contra Maduro, con el excanciller Ernesto Araújo denunciando una «narcodictadura» y un «complejo político-criminal» chavista, Brasil se ha alejado en gran medida de la moderación que siempre le ha caracterizado en el trato con sus vecinos y ha minado las perspectivas de actuar como mediador entre gobierno y oposición.

Señales positivas pero insuficientes

La nueva administración del embajador Carlos França en el Ministerio de Relaciones Exteriores (Itamaraty) ha adoptado un tono más moderado en su manejo de diversos asuntos internacionales y en su postura ante la crisis venezolana. Al asumir un perfil más pragmático, el canciller reconoce que, ante la permanencia de Maduro en el poder, con el apoyo de las Fuerzas Armadas y de sectores estratégicos, es importante que Brasil restablezca los canales de diálogo con su gobierno, aunque oficialmente el país siga reconociendo a Guaidó como presidente legítimo, posición abandonada a principios de año por la Unión Europea.

A pesar de la mayor moderación del nuevo mando del Itamaraty, Brasil sigue siendo un mero espectador de las iniciativas de acercamiento entre gobierno y oposición, como la nueva ronda de negociaciones liderada por Noruega. Al mismo tiempo, falta un pensamiento más claro capaz de reconocer los enormes intereses económicos de Brasil en el país vecino y las posibilidades de recuperar un mercado que, debido a la profunda recesión, aún no ha sustituido a Brasil por otros proveedores.

Más que nunca, el país parece haber olvidado la vieja máxima de José Ortega y Gasset: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo».

Foto de Ministério da Defesa de Venezuela

Las prisiones latinoamericanas en pandemia

Coautor Carlos Eduardo Bezerra

La pandemia del nuevo coronavirus ha planteado grandes retos a los responsables de la toma de decisiones, especialmente en países con pocos recursos e influencia en la escena internacional. Además de la gestión de los sistemas sanitarios y de evitar el colapso económico y social, desde el inicio de la pandemia en América Latina se ha planteado otra cuestión: ¿qué hacer con la población privada de libertad?

Ante el empeoramiento de la Covid-19 en la región, cuyos índices de difusión son los más altos del mundo, la situación de los sistemas penitenciarios es extremadamente grave. Las nuevas variantes del virus, la infradeclaración y una posible tercera oleada, puede dar lugar a un panorama dramático de infecciones y muertes tanto de presos como de profesionales de los sistemas penitenciarios.

En la primera fase de la pandemia surgieron dos preocupaciones. Por un lado, la posibilidad de un genocidio biológico en los sistemas penitenciarios debido al hacinamiento, las malas condiciones sanitarias y el escaso acceso a servicios médicos. Por otro lado, la posibilidad de que las prisiones se conviertan en bombas de relojería, debido al gran flujo de personas.

Mayores tasas de encarcelamiento

Los países latinoamericanos tienen más de 1,6 millones de personas privadas de libertad —más del 15% de los presos del mundo—, con una tasa media de 273 presos por cada 100.000 habitantes, según datos del World Prison Brief, Institute for Crime & Justice Policy Research (WPB). Entre 2006 y 20 16, la población encarcelada en América Latina aumentó en torno al 71%.

El Salvador, Cuba, Panamá, Costa Rica y Brasil son los países latinoamericanos con mayores tasas de encarcelamiento, muy por encima de la mayoría de los países del mundo. Mientras que Haití, el país con la tasa de encarcelamiento más baja del bloque, se acerca a la media mundial.

Teniendo en cuenta el aumento de las tasas de encarcelamiento, en una década, Venezuela, El Salvador, Perú, Guatemala y Nicaragua duplicaron con creces sus cifras, mientras que Cuba y México registraron un descenso en este indicador. Ante estos numeros, la pandemia exigió varias medidas para controlar la propagación del virus.

Estas actitudes pueden pensarse en tres fases distintas: las acciones iniciales, tomadas bajo el impacto del descubrimiento del virus y el reconocimiento de su gravedad; el período entre la primera y la segunda ola que en América Latina va desde el tercer trimestre de 2020 hasta el final del mismo año; y la aparición de nuevas variantes del virus en el paso al año 2021. El gráfico 1 muestra la evolución de la pandemia en la región, permitiendo visualizar las fases de la enfermedad.

Gráfico 1. Evolución de la Covid-19 en América Latina.

Fuente. Elaboración propia a partir de los datos del, Our World in Data en <https://ourworldindata.org/>.

Divergencia entre los punitivistas y los grupos pro-descarcelación

Los periodos analizados tienen en común la intensificación de la disputa entre los grupos más punitivistas y los defensores de las formas alternativas de resolución de conflictos, en particular los grupos pro-descarcelación.

En la primera fase, la medida inmediata en varios casos fue la suspensión de actividades en el sistema penitenciario, entre ellas: visitas familiares, audiencias, talleres, actividades educativas, etc. Esta medida aumentó el aislamiento de los presos, dificultó el acceso a los artículos de higiene básicos y generó una ola de protestas y motines en varias unidades.

En la segunda fase, se intensificó el pulso entre los partidarios de menos presos y los de más castigos. En Brasil, que cuenta con el 45% de los presos de la región, los defensores del encarcelamiento se enzarzaron en una disputa retórica, argumentando que se produciría un daño a la sociedad al liberar a los «criminales peligrosos» y afirmando que el aislamiento de los presos garantizaría una mayor seguridad, ya que el riesgo de contagio y muerte sería menor en las cárceles. Entre los responsables públicos que se han pronunciado en este sentido están los ministros Sérgio Moro (ex ministro de Justicia) y Luiz Fux (ministro del Tribunal Supremo).

Por otro lado, la Recomendación nº 62, del 17 de marzo de 2020, del Consejo Nacional de Justicia (CNJ) brasileño aconseja a los tribunales y magistrados la adopción de medidas preventivas a la propagación del Covid-19 dentro de los establecimientos del sistema penitenciario y juvenil.

Entre ellas hay recomendaciones de control sanitario y de descarcelación, como por ejemplo, la libertad para personas de grupos de riesgo y la progresión de las penas. Los estudios sobre los impactos de esta recomendación muestran que no hubo ningún cambio en la actuación de los jueces ni reducción significativa de la población encarcelada.

El primer contrapunto a las posturas más punitivas está en el hecho de que un gran contingente de la población encarcelada, o bien no cometió delitos violentos o bien está bajo la condición de detenido provisional. En cuanto a la postura de que las prisiones son lugares más seguros, existe un error demográfico al comparar la población general con la población encarcelada. Esto se debe a que el segundo grupo está compuesto predominantemente por jóvenes, que, hasta la llegada de nuevas cepas de la enfermedad, son el grupo menos susceptible de infectarse y morir.

La necesidad de dar prioridad a los presos en la vacunación

Sin embargo, a partir de enero de 2021, existe un intercambio de posiciones de las tasas de mortalidad entre la población penitenciaria y la población general. La aparición de nuevas variantes de la enfermedad es la principal explicación del fenómeno.

El gráfico 2 muestra el número acumulado de muertes en el sistema penitenciario brasileño. Hay dos puntos que llaman la atención. El primero es la aceleración de las muertes a partir de enero de 2021, especialmente a partir de abril. En segundo lugar, está el fuerte aumento de las muertes de trabajadores registradas por el CNJ. Teniendo en cuenta que el número de funcionarios del sistema penitenciario brasileño es mucho menor que el número total de presos, esto indica un subregistro de muertes de personas privadas de libertad en Brasil.

Gráfico 2. Total de óbitos acumulados en el sistema de prisiones brasileño.

Fuente. Producción propia a partir de los datos del Consejo Nacional de Justicia – CNJ.

Si por un lado es un deber de los Estados preservar la vida de sus internos, por otro lado, las prisiones no son sociedades separadas, impactando y siendo impactadas por la propagación de enfermedades dentro y fuera de las unidades.

En Brasil, la solución al problema es tomar en serio la Recomendación Nº 62 de los jueces y, por supuesto, priorizar a la población carcelaria en el plan de vacunación, incluyendo obviamente a los trabajadores del sector y a sus familiares.

Ante la escasez de vacunas y la lentitud de la inmunización en América Latina es fundamental comprender la importancia de la inmunización de este grupo específico, para preservar la vida, cumplir con los compromisos constitucionales y proteger a toda la sociedad.

Carlos Eduardo Bezerra Investigador del Proyecto «Estudio de los impactos de las políticas públicas de combate a la pandemia del nuevo Coronavirus en Brasil: un enfoque socio-matemático crítico», UNIRIO.

Foto de GOVBA